Historia resguardada
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Capítulo 19 · Nombre con un peso
Ambarine y sus aliados preparan la entrada al palacio para buscar a Emeter y una pieza de la Alechrona. Antes de partir, deben hablar de lo que significa seguir a una Folsitia y de lo que cada uno arriesga.
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Volver al mapa de capítulosEl agua se había enfriado cuando Velenthesa me pidió que sacara las manos.
Había una mancha oscura bajo una uña. La froté con el borde del paño y volví a meter los dedos en la palangana. Ella acercó un banco con el pie. No me senté hasta que me tocó el hombro.
—Voy a cambiarla.
Levantó la palangana. Me quedé mirando el lugar donde había estado, con las manos sobre las rodillas. Tenía húmedas las mangas. Desde el patio llegaban voces y el ruido de algo que arrastraban sobre la tierra. Cada vez que dejaba de escucharlo, levantaba la cabeza.
Habíamos vuelto con Jereldren tendido en el carro. Brenor había sujetado un extremo de la tela mientras Orven acomodaba el otro. Yo los había ayudado a subirlo. No recordaba haber recogido mis cosas de la parada, pero la bolsa estaba a mis pies y una de las cuerdas se había enredado en la correa.
Velenthesa regresó con agua limpia. Tenía el delantal torcido y los cuernos le proyectaban dos sombras sobre la pared.
—Bebe algo también —dijo.
Miré la jarra que había dejado junto al banco.
—¿Dónde está Brenor?
—Con él.
Asentí y empecé a secarme. La mancha bajo la uña seguía allí.
Aquella noche, Cael preguntó por las entregas. Lo hizo al entrar, antes de vernos bien. Llevaba una hoja doblada y buscaba a Jereldren con la mirada. Velenthesa salió con él al corredor. Yo escuché cómo bajaba la voz y después el roce del papel al abrirse.
Había personas esperando cosas que no iban a llegar.
Me levanté para ir a buscar los bultos. Al pasar junto a la puerta del patio vi a Brenor sentado bajo el toldo reparado. Tenía el arco entre las rodillas y una mano cerrada alrededor de una flecha. No era la que había disparado. Aquella ya no estaba en el carcaj.
Orven se encontraba a unos pasos, de pie junto a la rueda. Dijo algo que no alcancé a oír. Brenor levantó la cabeza.
—¡Lo tenías cubierto! —dijo Orven—. ¿Por qué bajaste el arco?
Me detuve detrás de la puerta.
—Había aceptado el dinero. Jereldren estaba sacándolo y pensé que ya se iba a ir.
—Los otros dos seguían ahí. Uno junto al pozo y el otro en la salida. Los viste conmigo.
—Sí, los vi.
—Entonces, ¿por qué? Ya habías tensado. Solo tenías que seguir apuntando hasta que se alejara.
Brenor dejó el arco apoyado contra el banco. La flecha seguía en su otra mano.
—Fue un momento. Lo bajé un momento y tú me gritaste. Quise volver a levantarlo, pero ya lo tenía agarrado.
—Te dije que no lo bajaras. Estaba saliendo para llegar hasta ellos.
Orven tenía tierra seca en una rodilla. No había vuelto a limpiarse la ropa desde la parada. Dio un paso hacia el banco y Brenor se levantó.
—No lo vi sacar el cuchillo —dijo el arquero—. Estaba mirando. Tenía la flecha puesta y estaba mirando...
—Por eso tenías que mantenerlo cubierto. Había ido a buscarlo con otros dos hombres. ¡No bastaba con que dijera que sí al dinero!
—¡Ya lo sé!
Orven dejó de hablar. Brenor bajó los ojos hacia la flecha. Tenía los dedos apretados alrededor del asta y le temblaba el brazo.
Quise salir, pero no sabía a quién iba a acercarme.
—Pude disparar cuando se acercó. Antes de que llegara a tocarlo —continuó Brenor—. No había nadie en medio. Pensé en hacerlo y después lo vi extender la mano para recibir la bolsa...
Se le quebró la voz. Orven se quedó frente a él, con una mano sobre el borde del carro.
—Cuando tiré, ya estaba corriendo. Jereldren se estaba cayendo junto al carro y yo todavía tenía que levantar el arco.
Orven abrió la boca. Brenor negó con la cabeza antes de que dijera nada.
—Debí disparar antes.
El arquero recogió el arco y pasó junto a mí. Me aparté para dejarlo entrar. Tenía los ojos enrojecidos y una oreja vuelta hacia atrás. Orven permaneció en el patio hasta que Velenthesa fue a buscarlo.
Yo seguí hasta los bultos. No sabía cuál había que entregar primero.
Al día siguiente lo enterramos.
Ayudé a llevarlo hasta el lugar que habían dispuesto. Había más personas de las que esperaba. Algunas habían dejado el trabajo para venir y otras se quedaron poco, con los ojos puestos en el camino. Yo me coloqué junto a Brenor y sostuve una herramienta cuando dejó de usarla. Tenía tierra en las manos otra vez.
Al volver, encontré sobre un banco la tela que Jereldren me había dado al subir al carro por primera vez. Ya la había lavado muchas veces. Una esquina estaba deshilachada y yo había empezado a remendarla sin terminar. Me la llevé al cuarto donde estaba durmiendo y la dejé doblada junto a la manta.
Durante los días siguientes, cada vez que llegaba un carro me asomaba antes de pensar quién podía ser. Una tarde escuché una risa parecida a la suya y salí al patio con un cuenco en la mano. Era otro hombre. Me vio y me preguntó si buscaba algo.
Dije que no.
Velenthesa seguía abriendo temprano. Cael iba de una casa a otra con las anotaciones de las entregas y regresaba para preguntar por alguien que yo apenas recordaba. Shaeli buscó otros transportistas. Todos conocían una parte de los viajes de Jereldren; ninguno parecía conocerlos completos.
Yo reconocía algunos caminos, pero al intentar explicarle uno a Shaeli descubrí que no sabía el nombre de la mujer que nos recibía allí. Tuve que describirle la casa hasta que la reconoció.
El carro quedó guardado bajo un techo. Una vez entré para buscar una cuerda y encontré a Brenor revisando el costado. Le pregunté si sabía lo de la mercancía robada.
No dejó de mirar la madera enseguida.
—No.
Me senté en el borde de una caja. Podía recordar historias enteras, discusiones por un precio, el nombre de alguien que lo había hecho esperar bajo el sol. Había cosas que me había repetido hasta aburrirme. Ninguna me ayudaba a entender lo que acababa de saber. Brenor pasó un dedo por una astilla desprendida del carro y la arrancó con cuidado.
—No sé qué hizo después —dije—. Con el dinero. Con su compañero.
—Yo tampoco.
Me dio rabia que pudiéramos quedarnos allí, al lado de sus cosas, sin encontrar otra respuesta. Pensé en el hombre que había muerto en prisión. Había escuchado hablar de él por primera vez unos instantes antes de perder a Jereldren y ahora volvía una y otra vez a esa parte de la conversación. Quería que Jereldren estuviera delante para preguntárselo. También quería que volviera a pedirnos ayuda para mover una caja, cualquier cosa que lo hiciera levantar los ojos hacia nosotros.
Brenor tiró la astilla a un lado.
—Me falta su voz —dijo.
Asentí. Tardé un poco en poder hacerlo.
Nos quedamos allí hasta que Shaeli entró buscando la misma cuerda que yo había ido a recoger.
Dos semanas después teníamos que llevar provisiones a una casa donde habían recibido a más personas de las previstas. Orven quería esperar noticias de un cruce donde habían visto guardias; Brenor proponía otro paso, pero no sabíamos cómo estaba el cauce que debía atravesar el carro. Discutieron hasta que el conductor, que solo disponía de aquella mañana, aceptó otra carga y se fue.
Acabamos repartiendo una parte de las provisiones entre varias personas para llevarlas a pie. El resto tuvo que esperar hasta el día siguiente. Yo fui con Brenor en el primer viaje. Orven se quedó para buscar otro carro.
La mujer que nos recibió contó los recipientes y preguntó por el que faltaba. Le dije que llegaría después. No gritó ni discutió. Se quedó mirándome un momento y volvió a contar las cosas, esta vez con la boca apretada.
No fue la última discusión. En las semanas siguientes, si Brenor cambiaba algo de lo acordado, Orven quería saber por qué. El arquero dejaba de revisar sus flechas para responderle y a veces seguía hablando cuando el otro ya había pasado a otra cosa. Otras empezaban con una pregunta pequeña y terminaban repasando decisiones que ya habíamos tomado. Shaeli cortaba la conversación cuando necesitaba una respuesta. Cael se quedaba mirando sus notas, hasta que un día dejó la pluma y dijo que también necesitaba tiempo para avisar a los demás.
Yo llegaba a las reuniones queriendo que terminaran antes de que alguno de los dos alzara la voz. Empecé a ofrecerme para las tareas que quedaban en medio. Podía ir a preguntar, revisar el paso, llevar primero una parte. Si salía, al menos dejaba de escucharlos.
Una tarde Velenthesa me pidió que recogiera agua antes de salir a comprobar una entrada. Fui a buscar a Tirka. Estaba ayudando a Cael a ordenar lo que habían traído de otra casa. Le pedí que llevara el agua y le dije que podía terminar lo otro después. Se quedó quieta, con un rollo de tela contra el pecho.
Cael levantó la cabeza de sus hojas.
—Yo le pedí que viniera —dijo.
—No tardará.
—Ambarine, tenemos que entregar esto antes de que se vayan.
Me di cuenta de que seguía esperando que Tirka dejara el rollo. Ella lo apretó un poco más y me miró a los ojos.
—Voy cuando termine.
Volví por la jarra. La llené, la dejé en la cocina y salí más tarde de lo que había pensado.
Llegué cuando ya estaban cerrando el portón. Debía observar por dónde entraba una carga pequeña, pero no vi pasar ninguna. Al regresar tuve que admitir ante Shaeli que había llegado tarde. Ella iría a la mañana siguiente y la entrega tendría que esperar hasta que volviera.
Más tarde encontré a Tirka sentada, limpiándose los pies. Me senté a su lado para quitarme las botas.
—Perdona por lo de antes. No debí decirte que dejaras el trabajo de Cael.
Tirka levantó la cabeza y asintió. Volvió a limpiarse los pies mientras yo me quitaba las botas.
Durante los dos meses siguientes recorrí los mismos caminos muchas veces.
Iba a llevar encargos con otras personas y me quedaba unos minutos más para mirar el lugar desde el regreso. A veces Brenor me hacía cerrar los ojos y señalar por dónde habíamos venido. Orven prefería preguntarme dónde nos reuniríamos si no pudiéramos continuar juntos. Nashira quería que le describiera lo que había cambiado desde la última visita.
Al principio me esforzaba tanto por dar una respuesta que dejaba de mirar. Una mañana señalé como nueva una cerca que siempre había estado allí. Nashira la tocó con dos dedos.
—Estaba cuando vinimos.
—La parte de arriba es distinta.
Lo dije demasiado rápido. Ella volvió la cabeza hacia mí. Me agaché para mirar las uniones y acabé reconociendo la misma madera torcida.
—No me había fijado —admití.
Seguimos. La siguiente vez que me preguntó, le dije que necesitaba acercarme un poco más. Lo hice desde donde todavía podíamos volver al camino sin pasar frente a la puerta.
Continuaba entrenando lejos de las casas. Controlar las llamas seguía resultándome más sencillo que decidir cuándo mostrarme. Podía hacer que una franja de fuego se extendiera hasta una piedra y se detuviera allí; me costaba más moverme al mismo tiempo sin perder de vista lo que tenía detrás. Orven me hacía repetir una salida mientras él cambiaba la posición desde la que me observaba. Si yo empezaba mirando sus manos, a veces dejaba de ver el camino.
Una tarde me detuvo con un brazo antes de que retrocediera contra un tronco. Me golpeé el hombro al girar y me enojé.
—Lo había visto.
—Hace un rato.
Me aparté de él. Apagué la llama y volví a colocarme en el principio del recorrido. Orven me dejó intentarlo otra vez antes de decirme que teníamos que irnos.
No siempre hablábamos de lo que estábamos practicando. Tirka me contaba cosas que había olido en las casas que visitaba. Se distraía al encontrar una fruta que no conocía y después recordaba el camino de vuelta sin que yo tuviera que preguntarle. Brenor podía caminar un tramo entero sin hablar y detenerse para mostrarme una pluma dañada. Le irritaba que la gente guardara flechas torcidas pensando que todavía servirían.
Una noche lo encontré con el arco sobre las rodillas, a la luz de una lámpara. Había retirado el cuero gastado de la empuñadura y estaba colocando una tira nueva. La sujetaba con el pulgar mientras le daba otra vuelta, atento a que no se le aflojara. Me senté a su lado con mi tela sin terminar de remendar. Trabajamos un rato en silencio.
—Jereldren ya te habría pedido que arreglaras algo suyo —dije.
Brenor terminó la vuelta antes de responder.
—Y se habría quejado de lo que tardaba.
Me reí por la nariz. Él sonrió sin levantar la cabeza. Pasó los dedos por el cuero, encontró un pliegue y deshizo la última vuelta para acomodarlo. Yo busqué el lugar donde había dejado la aguja.
Había días en que podía recordarlo así. Otros no soportaba que alguien repitiera una de sus bromas. No sabía de antemano cuál iba a tocarme. Conservé la tela y terminé la costura, aunque una parte quedó más apretada que la otra.
Cael me pidió que lo ayudara a ordenar algunas noticias sobre la hermana de Tirka. No eran muchas. Habían conseguido preguntar otra vez por el lugar mencionado durante su cautiverio y una de las respuestas no coincidía con el tiempo del traslado. Tirka se acercaba a la mesa cada vez que abríamos aquellas notas.
Una tarde apartó la hoja que Cael le ofrecía.
—Ya sé lo que dice ahí.
Él dejó de extender el brazo. Tirka salió al patio y yo estuve a punto de seguirla. Nashira, que se había quedado junto a la puerta, me hizo sitio sin decir nada. Al pasar la vi levantarse también.
Me detuve.
—¿Vas con ella?
Nashira asintió.
Volví a la mesa. Cael todavía tenía la hoja en la mano. Se la pedí para guardarla con las otras.
Por aquellos días empecé a quedarme con algunos encargos hasta el final. Ya no bastaba con entregar un paquete: tenía que volver con una respuesta, recordar si la persona que lo recibía podía seguir ayudando y avisar cuando cambiaba algo. Una mujer me pidió que no regresáramos tan temprano porque despertábamos a quienes dormían junto al patio. En la siguiente salida lo recordé antes de que Orven preguntara a qué hora iríamos.
Él cambió el momento de partir.
Fue una cosa pequeña. Me quedé pensando en ella más tiempo del que habría admitido.
El primer traslado que me confiaron era de tres personas.
Dos hermanos y su madre debían dejar una casa antes de que sus dueños regresaran. Velenthesa había conseguido que los recibieran al otro lado de unos campos, en un lugar al que yo había ido varias veces. Teníamos que llevarlos hasta la persona que los esperaba, con sus cosas y antes de que cerraran el acceso por donde entraríamos.
Repasé el camino con Orven sobre una tela extendida en la mesa. Le señalé los cruces y el lugar donde podríamos descansar. Tirka vendría conmigo. Había hablado con la madre aquella mañana y me dijo que caminaba despacio.
Fui a verla esa tarde. Uno de sus hijos me abrió la puerta; el otro ordenaba la ropa en un saco. Ella estaba sentada en un banco, doblando una manta que tenía sobre las rodillas. Me hizo sitio.
Le expliqué por dónde iríamos y le pregunté cuánto rato podía caminar antes de necesitar una pausa. El hijo que guardaba la ropa dejó lo que estaba haciendo.
—Si vamos despacio puede llegar hasta...
—Déjame contestar —lo interrumpió ella—. Depende del suelo. Aquí puedo andar bastante. Las piedras me cuestan más.
Esperé a que volviera a mirarme y le describí el camino junto a los campos. Le hablé también de los tres escalones de la casa.
—Yo subo de costado —dijo—. Mi hijo sabe.
El hombre asintió desde el saco. Acordamos salir después de que comieran y hacer una pausa antes de los campos. Al despedirme, ella quiso saber si podría llevarse el banco. Miré a sus hijos, que ya tenían dos sacos llenos. La mujer se rio.
—Es de aquí. Pero me había acostumbrado.
Aquella noche me desperté mucho antes de la hora y ya no pude dormir. Cuando llegó Tirka, la bolsa estaba lista junto a la puerta.
Encontramos a la familia terminando de recoger. Ayudé a sujetar la manta sobre uno de los sacos mientras la madre se despedía de la mujer de la casa. Después salimos. Caminé a su lado durante el primer tramo; Tirka iba delante y regresaba de vez en cuando para decirme qué veía.
La madre me preguntó si conocía a quien iba a recibirlos. Le conté que había ido varias veces con provisiones y que nos habían preparado un cuarto abajo. Uno de sus hijos quiso saber dónde quedaba el pozo. Pude explicárselo. Al llegar al lugar que habíamos elegido para descansar, ella aceptó sentarse un rato y repartimos agua.
Más adelante encontramos un carro atravesado en el paso entre dos paredes. Estaban descargando sacos hacia un almacén y había otros carros esperando. Me detuve en el borde de la senda, con la familia todavía bajo los árboles. Tirka siguió unos pasos para mirar.
—Por abajo también se llega —dijo uno de los hijos.
Llevaba la manta atada sobre su carga. Su hermano dejó el otro saco en el suelo.
—Vamos a esperar.
—¿Hasta cuándo? Ya viste los que faltan. Nos van a cerrar.
Conocía el desvío. La bajada tenía tierra suelta y terminaba en una curva estrecha. Miré hacia la madre. Había seguido de pie, apoyada en el brazo de su hijo.
—Puedo bajar —dijo.
—Ahí tendríamos que ir muy despacio —respondí—. Déjeme preguntar cuánto les falta.
—Si tengo que sentarme para bajar, me siento.
Su hijo empezó a decirle algo y ella le soltó el brazo. Estuve a punto de insistir en que esperáramos. No sabía cuánto tardarían los carros, y los tres me estaban mirando.
—Voy a hablar con ellos. Enseguida vuelvo.
Me ajusté la tela sobre el cabello y me acerqué al trabajador que recibía los sacos. Esperé a que apoyara uno antes de llamarlo.
—Necesitamos pasar. ¿Podrían mover un poco el carro?
El hombre señaló hacia atrás sin dejar de sujetar la carga.
—Tengo otros dos esperando. Si lo saco ahora, después hay que volver a meterlo. Pasen cuando terminemos.
—Somos cinco. Viene una mujer que no puede bajar por el otro camino y nos esperan antes de que cierren.
—A mí también me esperan. Mira lo que falta.
Miré el carro. Todavía tenía varias filas de sacos. El hombre llamó a otro para que lo ayudara y tuve que apartarme. Me molestó que me diera la conversación por terminada. Esperé junto a la pared mientras los dos entraban con la carga.
Tirka me tocó el brazo.
—Por ese lado cabe —dijo, señalando detrás de la rueda—. Pero tienen que quitar esos cestos. Ella no va a poder pasar por encima.
Desde la senda no había visto el espacio entre el carro y la pared del almacén. Los trabajadores lo usaban para entrar, dejando los cestos vacíos contra el muro. Tirka había llegado hasta el otro extremo y volvió para mostrarme por dónde salía.
Cuando el hombre regresó, me acerqué otra vez.
—Podemos pasar por ahí. Si apartamos los cestos, no hace falta mover el carro.
Él miró el hueco y después a la familia.
—Que esperen a que bajemos estos. Y no dejen sus cosas en medio.
—Llevaremos todo de una vez.
Tirka miró los sacos que traían los hermanos.
—Yo puedo pasar uno antes —dijo.
El trabajador ya se había vuelto hacia el carro. Fui con ella a buscar a los demás. El hijo que proponía el desvío se había quitado la carga, pero volvió a levantarla al vernos.
—Nos van a dejar pasar junto a la pared —les dije—. Tirka llevará primero uno de los sacos.
—¿Ahora?
—Cuando bajen los que están moviendo.
Miró hacia el carro. No parecía conforme, pero le entregó el saco a Tirka. Su madre quiso acercarse ya y fui con ella hasta la sombra de la pared. Desde allí se veía a los hombres cargar.
La espera me pareció más larga que la conversación. Cuando bajaron otro saco, levanté la mano para recordarles que seguíamos allí. El trabajador me vio.
—Este también. Después ustedes.
La mujer se acomodó la falda y me preguntó si había mucho polvo en el cuarto al que íbamos. Le dije que no lo recordaba sucio. Detrás de nosotras, sus hijos hablaban en voz baja.
Al fin dejaron de descargar. Tirka pasó con el saco mientras yo apartaba los cestos. Uno de los hijos fue detrás, cargando el otro. Su hermano ofreció el brazo a la madre. Ella se apoyó en él y avanzaron de costado donde el espacio se estrechaba junto a la rueda. Yo sostuve un cesto contra la pared hasta que terminaron de cruzar.
—Gracias —le dije al trabajador.
Me pidió que dejara los cestos donde estaban. Los acomodé antes de alcanzar a los demás.
Seguimos por el camino previsto. La madre hablaba menos y tuvimos que hacer otra pausa. Uno de sus hijos me preguntó cuánto faltaba. Se lo dije mirando hacia el grupo de árboles detrás del cual estaba la entrada. Todavía no se veía la casa.
Llegamos más tarde de lo que había anunciado, pero el acceso seguía abierto. La mujer que nos recibió salió a buscarnos y le expliqué lo del carro mientras los hermanos ayudaban a su madre a subir los tres escalones. Lo hicieron de costado, uno abajo y otro junto a la puerta. Tirka y yo llevamos los sacos hasta el cuarto.
La madre se sentó en la cama antes de que acabáramos de dejar las cosas. Le acerqué el agua. Bebió y me devolvió el recipiente; después pidió a uno de sus hijos que abriera la manta. Nos despedimos mientras la extendían.
Durante el regreso, Tirka quiso saber si nos detendríamos a comer. Buscamos un lugar apartado y repartimos lo que Velenthesa había preparado. Al sentarme noté cuánto me dolían los hombros.
Tirka se puso un pedazo de pan en la boca y empezó a contarme que uno de los trabajadores había pisado un saco al levantar otro. Se incorporó para imitarlo, con los brazos abiertos y una pierna doblada.
—Espera a tragar —le pedí.
Se quedó quieta en aquella postura hasta que pudo hacerlo. Me reí y ella volvió a sentarse, sacudiéndose la tierra de una mano.
Cuando regresamos, Orven me preguntó cómo había resultado. Le conté lo del paso y cuánto nos habíamos retrasado.
—Uno de los hijos quería ir por abajo —añadí—. No sé si debí hacerle caso. Esperamos bastante.
—¿Cómo llegó la madre?
—Cansada. Tuvimos que parar otra vez después de los campos. Pero pudo subir hasta el cuarto con sus hijos.
Orven dejó sobre la mesa la correa que estaba revisando.
—¿Dónde estaba atravesado el carro?
Le señalé el cruce sobre la tela. Acercó la lámpara y me pidió que le mostrara por dónde habíamos pasado.
Los meses siguientes trajeron viajes más largos y lugares a los que no había ido antes. Pasaba menos tiempo en la cocina de Velenthesa. Cuando regresaba, ella encontraba algo que darme para llevar y me preguntaba por alguien antes de dejarme sentar.
También empecé a pasar algunas noches en el campamento del vórtice.
La primera vez me quedé mirando la abertura entre las paredes de roca. Había líquenes blancos alrededor y, al otro lado, un pastizal bajo un cielo de ocaso. Afuera era de noche. Nashira cruzó antes que yo y se volvió para señalarme dónde poner los pies. La seguí por una franja de hierba baja, hasta que una elevación dejó ver las lonas.
Había personas cocinando y otras acomodando provisiones. Un niño dormía en brazos de una mujer. Yo llevaba un paquete contra el pecho y me hicieron esperar junto a una mesa mientras preguntaban dónde debía dejarlo. Me resultó extraño escuchar una conversación sobre recipientes bajo aquel cielo que no terminaba de oscurecer.
Después me acostumbré a buscar la entrada de las tiendas por el lado que no se enganchaba con la ropa. Aprendí a reconocer el ruido de quienes regresaban por el sendero y a no alejarme del recorrido que nos habían mostrado. A veces me despertaba pensando que ya era tarde porque la luz seguía allí.
Las noticias llegaban de afuera. Seguía habiendo casas, contactos y familias que nunca habían cruzado aquella abertura. Cael anotaba las cosas sobre una mesa que siempre parecía quedarse pequeña. Shaeli pasaba parte del día fuera. Brenor revisaba la entrada o acompañaba a quienes salían y Orven iba con él cuando necesitaban cubrir un recorrido más largo.
No habían dejado de discutir.
En una preparación, Brenor quiso acercarse antes de recibir la señal. Estábamos repartiendo las tareas y aún faltaba confirmar quién vendría con el transporte. Orven le explicó por dónde debía regresar si el camino se cerraba. Brenor repitió que desde su posición tardaría demasiado en llegar.
Los escuché hasta que volvieron sobre la misma distancia por tercera vez. Tenía que avisar a dos personas que nos esperaban afuera y no quería decirles otra vez que todavía no sabíamos.
—Muéstrenlo —pedí.
Orven me miró.
—El paso está aquí.
—Lo sé. Camínenlo conmigo.
Brenor dejó la flecha que estaba revisando. Salimos de la tienda y buscamos un lugar donde pudiéramos marcar las distancias. Tuve que mover una piedra dos veces porque yo misma había calculado mal el espacio.
Orven explicó la salida mientras Brenor se colocaba donde debía esperar. Desde allí, una lona nos tapaba parte de la vista. El arquero la señaló sin decir nada.
—Eso no estará allí —respondió Orven.
—El carro sí.
Yo me moví hasta el otro lado. Brenor no podía verme. Volví al sitio donde estaba Orven y le pedí que me mostrara cómo pensaba avisarle. Tuvimos que cambiar una posición y volver a caminar el tramo.
Al final acordaron otra señal y un lugar más próximo. Brenor seguía molesto cuando fuimos a recoger las cosas. Orven se quedó midiendo con los pasos la distancia que habíamos usado.
No estaba segura de que fuera a servir. Lo comprobamos al día siguiente, con las personas que vendrían. Brenor aceptó esperar en el lugar nuevo y Orven repitió el aviso antes de que saliéramos. Durante el recorrido ninguno tuvo que buscar al otro.
Por la noche se sentaron en extremos distintos de la mesa. Yo les pasé comida a los dos.
Unas semanas más tarde, Orven empezó a llamarme jefa.
Lo hizo mientras yo trataba de explicar a un conductor por qué no podía detenerse junto a la entrada que habíamos elegido. Orven se acercó para preguntarme dónde dejarían el agua. Me dijo el nombre como si llevara tiempo usándolo y yo tardé un momento en responder.
El conductor miró hacia mí. Le indiqué dónde podía bajar los recipientes. Después fui a buscar a Orven y le pregunté por qué me había llamado así.
—Tú preparaste esta salida —respondió.
Llevaba una manta doblada sobre un brazo. Me la entregó para poder abrir una caja y continuó buscando algo adentro.
Me quedé sujetándola, esperando que dijera más. Orven encontró la correa que necesitaba y levantó la cabeza.
—¿La llevas tú o la llevo yo?
Dije que la llevaría. Al salir, casi tropecé con el borde de la entrada.
Ferenth vino a hablar de un cambio de alojamiento cuando ya había pasado buena parte de aquel segundo año.
Nos reunimos con quienes podían recibir a las personas y repartimos los viajes que faltaban. Yo conocía una de las rutas y me ofrecí a hacerla. Después acepté llevar una respuesta a Velenthesa y revisar con Cael unas fechas que no coincidían. Las fui anotando en el borde de una hoja.
Cuando terminaron los demás, Ferenth siguió sentado. Yo estaba calculando en qué momento podría salir.
—Ese último viaje puede hacerlo otra persona —dijo.
—Voy a pasar cerca.
—Después de ir a ver a Velenthesa.
Asentí sin dejar de escribir.
Ferenth me pidió la hoja. Se la di pensando que quería corregir una fecha, pero la dejó junto a su mano.
—La primera vez que hablamos me dijiste que querías volver al palacio.
Me quedé mirando la punta de la pluma.
—Todavía quiero.
—¿Y qué estás haciendo con eso?
Alcé los ojos. Me molestó la pregunta. Había llevado personas, aprendido rutas y pasado noches enteras esperando a que otros regresaran. Él había visto parte de aquel trabajo.
—¡No he estado sin hacer nada!
Ferenth señaló mi lista.
—Ya lo veo. Te pregunto por lo de tu padre.
Bajé la mirada. Había dejado una anotación sobre Emeter entre mis cosas, sin tocarla desde hacía semanas. Conservaba lo que recordaba de aquel día, algunas versiones que habían llegado por los caminos y preguntas para las que no sabía a quién acudir.
—No sé cómo averiguar más —dije.
—¿A quién se lo has preguntado?
Quise responder enseguida. Había hablado de mi padre con casi todos. También había discutido cada vez que alguien repetía lo que decían de mí. Busqué entre esas conversaciones una que pudiera contarle y tardé demasiado.
Ferenth se frotó la cara con una mano. Parecía cansado.
—No puedo adivinar qué necesitas, Ambarine.
—Tampoco puede conseguirme una respuesta solo porque se la pida.
Lo dije con más dureza de la que pretendía. Él me miró un momento.
—Puede que no.
Nos quedamos callados. Afuera alguien llamó a otra persona y una caja golpeó la pata de la mesa al pasar. Yo la sujeté por costumbre.
—Si empiezo a buscarlo, voy a dejar cosas aquí —dije al fin.
Ferenth empujó la lista hacia mí.
—Ahora mismo hay tres personas buscando cómo hacer esos viajes. Tú acabas de apuntarte a dos.
Miré las anotaciones. La respuesta para Velenthesa podía llevarla alguien que ya debía ir a la parada. Lo sabía. Había escuchado hablar de aquella salida antes de ofrecerme.
—Puedo dejar este —dije, señalándolo.
Ferenth asintió, pero no se levantó todavía.
—¿Qué te gustaría preguntar primero?
Yo apreté la pluma entre los dedos. Había pensado muchas veces en llegar hasta mi padre, en conseguir que alguien me dejara verlo. De pronto me pareció demasiado íntimo decirlo sobre aquella mesa, junto a una lista de mantas y lugares de llegada.
—Qué hicieron con él.
Ferenth esperó. Yo seguí mirando la hoja.
—Dónde está —añadí—. Quién puede acercarse. Lo que dicen no me sirve.
—Entonces empieza por ahí. Pregunta. Si necesitas ayuda para encontrar a alguien, ven a hablarlo.
Lo miré. Seguía teniendo el mismo gesto cansado.
Guardé la hoja y fui a buscar a la persona que podía llevar la respuesta. Cuando regresé a mi tienda, saqué la anotación sobre mi padre. La leí hasta encontrar una frase que no explicaba lo que yo recordaba y empecé a escribir de nuevo.
Más tarde tuve que salir. Dejé la pluma sobre el papel para no guardarlo otra vez debajo de todo.
Pasaron otros meses antes de que conociera a Neria.
Seguía recibiendo noticias de la capital, casi siempre repetidas y difíciles de separar de los rumores. Preguntaba qué habían hecho con mi padre y me respondían con lo que habían oído de su muerte. Volvía a explicar lo que quería saber. No había vuelto a ver a Syrit. A veces encontraba una tira de tela entre mis cosas y recordaba los dos nudos que usábamos para avisarnos. La guardaba donde pudiera hallarla enseguida. Había recorridos que todavía no conseguía hacer.
En las casas donde nos recibían también llegaban historias sobre mí. Una tarde, un hombre me preguntó si habíamos tomado por la fuerza un carro de grano. Yo no había estado en el lugar que mencionaba. Se lo dije y me preguntó por otro. La conversación terminó cuando tuvo que ir a descargar, sin que yo supiera si me había creído.
En otra casa dejaron de darnos alojamiento. Shaeli fue a hablar con quienes vivían allí y volvió con las cosas que habíamos guardado. No me llevó a explicar nada. Me enteré de que ya habían decidido cuando la vi bajar los paquetes.
Me dolió, aunque no conocía bien a esas personas. Fui a buscar un lugar para lo que habían devuelto. Esa noche dormí en el campamento y salí temprano para llevar comida a quienes se habían quedado afuera.
Cael estaba pasando más tiempo entre documentos que en los caminos. Cuando viajaba, lo hacía para recoger algo que no podían mandarle o para hablar con quien supiera explicar una anotación. Lo acompañé algunas veces. Caminaba repasando en voz baja las preguntas que iba a hacer y se enfadaba si yo lo distraía justo cuando había encontrado una forma de decirlas.
También sabía quejarse. Una vez habló tanto de una copia ilegible que acabé pidiéndole que me la mostrara. La abrió sobre una piedra, la sujetó contra el viento y me señaló tres palabras distintas que, según quien la había escrito, debían de ser la misma.
—Aquí hasta cambia el número —dijo.
Yo no habría podido distinguirlo sin su dedo debajo.
Fue a buscar otras copias cerca de la capital cuando faltaba poco para que se cumplieran dos años desde la plaza. Yo debía encontrarlo durante el regreso y acompañarlo por el tramo que había empezado a recorrer para nosotros. Llegó tarde al punto acordado. Tenía el brazo recogido contra el cuerpo y una venda bajo la manga.
Dejé mi bolsa en el suelo.
—¿Qué pasó?
Cael miró hacia el camino antes de responder. Había encontrado un control donde no lo esperaba. Le habían pedido que abriera lo que llevaba. Intentó retirarse antes de que terminaran las preguntas y uno de los guardias lo alcanzó al pasar entre dos carros.
Me enseñó el corte. Alguien lo había ayudado a limpiarlo y a cubrirlo. No quiso que retirara la venda para mirar mejor.
—Ya está atendido.
—¿Cuándo?
Se quedó ajustando la manga. Tuve que repetirle la pregunta.
Habían pasado unos días. Había seguido viajando, cargando su bolsa y sacando las hojas cada vez que quería comprobar algo. Le pedí que me la entregara. Negó primero; después me dejó sujetarla mientras acomodaba los papeles que llevaba adentro.
Volvimos por otro camino para evitar el control. No discutió ese cambio. Caminó a mi lado con la mirada puesta en los cruces y me contó lo que había conseguido recoger, como si llevara esperando toda la tarde a que yo preguntara.
Lo escuché. A ratos se detenía para recordar una fecha y sacaba una mano de debajo de la capa. Siempre era la del brazo herido.
—Dímelo y lo busco yo —le pedí.
Me señaló un paquete. Le di la primera hoja y negó, impaciente, hasta que encontró cómo explicarme cuál necesitaba.
Pasamos la noche en una de las casas que podían recibirnos. Al día siguiente volvió a cargar una parte de sus cosas mientras yo iba por agua. Lo encontré de pie junto a la puerta, intentando cerrar la correa con una mano. Había una marca oscura en la venda.
No conseguí que descansara todo lo que necesitaba. Tampoco conseguí llegar tan pronto como esperaba. El rodeo nos llevó por un pueblo donde podíamos comprar paños limpios. Dejamos las bolsas junto a una tienda y Cael se sentó en el banco de afuera mientras yo preguntaba por lo que tenían.
Cuando volví a mirarlo, estaba tirando del borde de la venda.
Una joven se detuvo junto al banco.
—No tires de eso. Puedo ayudarte, si quieres.
Cael levantó la vista hacia mí. Yo me acerqué con la compra entre las manos. La joven había dejado un paquete en el extremo del banco y esperaba a que él le mostrara el brazo. Era baja, de cabello celeste ceniza recogido en parte hacia atrás. Tenía unas cuentas claras entre los mechones y una expresión concentrada que me hizo dejar de hablar antes de empezar.
Cael extendió el brazo. Al mover la tela volvió a sangrar.
La joven le pidió que esperara y preguntó por agua. Entré de nuevo a la tienda. El hombre que atendía tuvo que apartar algunas cosas antes de encontrar una palangana; yo esperaba junto a él mirando hacia la puerta. Al regresar, Cael había dejado el vendaje como ella se lo indicó.
Apoyé la jarra donde podía alcanzarla y me quedé sujetando un paño limpio. La joven humedeció la tela adherida antes de retirarla. Le habló a Cael mientras trabajaba, preguntándole cuándo se había lastimado y cuánto había usado el brazo. Él empezó a explicar el viaje sin mencionar el control.
Ella lo dejó terminar. Después le pidió que no moviera el codo.
Vi el agua cambiar de recorrido cerca de sus dedos. No necesitaba levantar mucha. La seguí con los ojos y me acerqué para distinguir lo que hacía junto a la lesión. Había conocido sanadores, pero pocas veces había estado tan cerca durante una atención pequeña. En el palacio, alguien me habría pedido que hiciera sitio.
Cael dobló el brazo antes de que ella terminara. La joven lo detuvo con una mano y le explicó por qué tenía que mantenerlo quieto. Lo hizo sin alzar mucho la voz. Él obedeció y me miró, incómodo.
Entonces noté que ella había dejado de moverse.
Tenía los ojos en mi cara. Miró hacia Cael y después hacia el paquete del banco. Sentí la tela de la capucha junto a la mejilla y comprendí que me había inclinado demasiado. Quise cubrirme mejor, pero mi mano seguía sosteniendo el paño que ella necesitaba.
—¿Te falta algo? —pregunté.
—No. Solo… Deje la tela aquí, por favor.
La apoyé donde me indicó. Me aparté un poco para que pudiera terminar. Ella siguió trabajando, aunque ahora levantaba la mirada hacia quienes entraban en la tienda. Cael no dijo nada.
Yo conocía aquel cambio. Había visto a personas retirarme un cuenco, buscar a otro con los ojos o terminar una conversación demasiado pronto. Empecé a contar las cosas que debíamos recoger. Si la joven llamaba a alguien, tendríamos que irnos con Cael así, con la manga todavía subida.
Pero terminó el vendaje y le explicó qué movimientos debía evitar. Después recogió su paquete y se lo sostuvo contra el cuerpo.
—La vi en la plaza —dijo en voz baja.
Me quedé mirándola. Había pasado casi dos años pensando en aquella multitud sin poder separar muchas caras. La suya no estaba entre las que recordaba.
—Me quedé escuchando —añadió—. No sé si pudo terminar de hablar. Me empujaron hacia la calle y después ya no la vi.
Sentí que me había quedado sin fuerzas en las piernas. Me senté en el borde del banco y ella apartó la palangana para que no la golpeara.
—No pude decir todo lo que quería.
—La escuché. Aunque estaban gritando.
Cael había dejado de acomodarse la capa. La joven bajó el paquete hasta sus pies y empezó a doblar los paños. Dijo que había estudiado en la Academia. Esperé a que explicara cómo conocía mi nombre, pero se quedó mirando una costura de la tela.
Los habían clasificado como Salim. Había tenido que irse, aunque llevó sus ejercicios y el dinero que su familia pudo juntar. La oí mencionar la puerta de una oficina y tuve ganas de preguntarle quién estaba allí. No lo hice todavía. Ella seguía hablando, cada vez más bajo, y me pareció que si la interrumpía no iba a continuar.
—¿Lo que hiciste con él lo aprendiste allí? —pregunté cuando se quedó callada.
Me contó que una parte sí. Sus padres la habían ayudado a estudiar y después siguió con los libros que conservaba. Al hablar de la herida de Cael volvió a mirarnos a los ojos. Sabía tratar lesiones como aquella. Otras no.
Yo pensaba en las personas a las que llevábamos hasta el sanador después de un viaje largo, en los que no podían salir a pedir ayuda. Cael había necesitado que ella se detuviera frente a una tienda. Yo había pasado la mañana buscando paños y tratando de llegar al siguiente lugar.
Él intentó ponerse la capa. Me levanté para ayudarlo y aproveché para cubrirle bien el brazo. La joven juntó los materiales que no había usado.
Le pregunté si podría visitar a otras personas.
—No pueden acercarse a un sanador en la ciudad —expliqué—. Algunas están escondidas.
Ella recogió el paquete de inmediato.
—Hoy no puedo. Mi madre me espera.
—Puede ser otro día.
Miró hacia el camino. Yo empecé a pensar cómo darle una indicación sin decir en voz alta adónde iríamos. Había una mujer dentro de la tienda que todavía nos observaba.
—He oído cosas de ustedes —dijo la joven—. Que se llevan a la gente.
Dejé la capa de Cael a medio acomodar.
—¿Quién te lo dijo?
Me habló de las personas que pasaban por una posada. No las conocía. Dio un paso hacia la puerta y volvió a sujetar el paquete con ambos brazos.
Me dolió verla retroceder después de lo que acababa de contarme. Estuve a punto de decirle que podía preguntarle a Cael, que él estaba allí, que nadie le había pedido dejar de vivir como quisiera. Cael seguía sentado detrás de mí, mirando hacia otro lado. No dije nada.
La joven dijo que no quería ir sola a un sitio desconocido.
Le ofrecí encontrarnos allí con el sanador. Si prefería llevar a alguien, podía hacerlo. No tenía que acompañarnos ese día.
Aceptó hablar con él junto a la tienda.
Acordamos cuándo volveríamos. Antes de que se fuera le pregunté su nombre.
—Neria.
Se lo repetí para no olvidarlo. Ella miró una vez más la venda y pidió a Cael que no cargara peso con ese brazo. Él asintió con una seriedad que no había conseguido de él en todo el viaje.
La vimos alejarse con el paquete. Después terminé de acomodarle la capa a Cael y recogí las bolsas. La palangana seguía sobre el banco.
—Tengo que devolver esto —dije.
Él se levantó y esperó a mi lado.
Al salir de la tienda me preguntó si estaba bien. Quise decirle que sí, pero acabé mirando el espacio vacío del banco.
—Ella estuvo allí.
Cael esperó.
—En la plaza —añadí.
Me cubrí mejor el cabello y empezamos a caminar. Durante el primer tramo pensé en la voz de Neria, en lo baja que había hablado al contar lo de la Academia. Yo seguía queriendo saber qué había dicho el funcionario que le cerró la puerta.
El sanador aceptó volver al pueblo.
Le conté cómo había encontrado Neria a Cael, lo que había hecho por él y por qué prefería hablar junto a la tienda. Me preguntó qué sabía de sus estudios. Tuve que admitir que poco.
—Traerá preguntas —añadí, aunque ella no me lo había prometido.
Llegamos antes de la hora. Yo me quedé un momento junto al banco donde Cael se había sentado. La tienda estaba abierta y una mujer discutía el precio de unos hilos en el interior. El sanador esperó a la sombra, revisando lo que llevaba en su bolsa.
Neria apareció con un cuaderno bajo el brazo. Nos saludó mirando primero hacia él. Había recogido el cabello del mismo modo y llevaba los dedos manchados de algo oscuro. Al acomodar el cuaderno vi una anotación casi borrada en el borde de la página.
Preguntó por las personas que atendíamos. Quería saber qué tendría que hacer y cuándo podría regresar. El sanador respondió mientras ella lo escuchaba, con una mano sobre la tapa. Yo añadí algunas cosas sobre los viajes. Al decirle que a veces no sabíamos de antemano cuánto tardaríamos, Neria apretó un poco los dedos.
—Al principio puedo quedarme unas horas —dijo—. Tengo que volver a trabajar.
El sanador asintió. Ella miró hacia mí y esperó.
—Podemos llevarte de regreso —respondí.
Neria abrió el cuaderno. Empezó diciendo que todavía había trazados que no entendía bien. Le mostró uno antes de que él pudiera preguntarle cuál. Yo había pensado en hablarle de una visita próxima, pero me quedé callada al ver cómo volvía una página para explicarle dónde se le interrumpía el recorrido.
El sanador acercó el cuaderno a la luz. Neria señaló una línea y dijo algo más rápido. Después se detuvo, esperando la respuesta.
Hablaron un buen rato. Yo fui a traer agua y regresé con ella todavía inclinada sobre la misma hoja. Me hizo sitio sin cerrar el cuaderno. Cuando el sanador le mostró una corrección, buscó la pluma y la anotó sobre la rodilla.
No vino con nosotros aquel día. Quedamos en una primera visita y en el punto donde iría a buscarla. Al despedirse me preguntó por Cael.
—Quiere volver a escribir con las hojas sobre el brazo —le dije.
Neria frunció un poco el ceño.
—Puede ponerlas en una mesa.
Lo dijo con tanta sencillez que solté una risa. Ella sonrió, recogió el cuaderno y se fue por el camino que llevaba de regreso a su casa.
La primera vez que Neria vino al campamento, caminó más despacio al ver la abertura del vórtice.
Yo llevaba parte de sus materiales. Shaeli había venido con nosotras y se quedó mirando hacia la ladera mientras esperábamos. Neria se acercó hasta ver la hierba del otro lado. Luego volvió la cabeza hacia la luz de afuera.
—¿Siempre está así?
—El cielo, sí.
Me preguntó cuánto tardaríamos en llegar hasta las tiendas. Se lo dije y esperé a que diera el paso. Al cruzar se quedó unos instantes quieta, con el cuaderno sujeto contra el cuerpo. Shaeli pasó detrás y le señaló el sendero.
Cael salió a saludarla y levantó el brazo, pero lo bajó antes de estirarlo del todo. Tirka se acercó a preguntar si tenía que llevarle agua. Brenor estaba ayudando a bajar unas cosas y la saludó desde donde se encontraba.
El sanador la esperaba con una persona que había llegado aquella mañana. Me quedé sujetando la bolsa de Neria hasta que ella me indicó dónde podía dejarla. Después salí para llevar los demás recipientes.
Cuando volví, tenía el cuaderno abierto. Había dejado una página libre para las indicaciones del sanador y escuchaba con la pluma suspendida. En cuanto él terminó, le pidió que repitiera una parte.
Aquella tarde tuve que ir a buscarla para regresar a tiempo.
—Ya casi —dijo.
El sanador miró su anotación y le señaló la última línea. Neria la corrigió, cerró el cuaderno y empezó a recoger. Yo había vuelto a colgarme su bolsa cuando se dio cuenta.
—Gracias. Llevo yo la jarra.
Se la pasé. Antes de cruzar la entrada comprobó que estuviera bien cerrada.
Volvió otros días. A veces traía paños, otras solo el cuaderno y las preguntas que había preparado. Conservaba un horario que yo iba aprendiendo a recordar. Si necesitábamos cambiarlo, tenía que buscarla antes. No siempre podía.
Una mañana le pedí que se quedara hasta más tarde. Habían llegado dos personas cuando ella ya estaba recogiendo. Neria miró la bolsa abierta y después hacia el sanador.
—Hoy no puedo —dijo—. Prometí llevar ropa antes de que cierre la posada.
Iba a preguntarle cuánto tardaría en hacer la entrega. Me detuve al verla terminar de guardar el cuaderno.
La acompañé hasta el punto acordado. Ella me habló de una prenda a la que habían tenido que rehacer el borde y del tiempo que su madre había pasado buscando un hilo del mismo color. Yo conocía tan poco de aquel trabajo que acabé preguntándole por qué no podían usar otro.
Neria me miró. Después soltó una risa baja.
—Mi madre tendría bastante que explicarte.
Me enseñó el borde de su manga para mostrarme cómo se notaría. Tuve que acercarme para distinguir la diferencia.
Unas semanas después le pedí que nos acompañara en un traslado.
Había una mujer con una pierna lesionada en una casa que no podía seguir recibiéndola. El sanador había ido a verla, pero ese día tenía que permanecer en otro lugar. Necesitábamos llevarla hasta el campamento. Neria habló con él antes de aceptar y me pidió ayuda para cargar sus materiales.
Repasamos el camino. Había dos lugares donde podíamos bajar la camilla sin dejar a nadie atravesado en el paso. Shaeli había comprobado el recorrido. Tirka iría delante para avisarnos si cambiaba algo; Brenor y Orven llevarían a la mujer.
Al salir, los vi comprobar los apoyos sin hablar mucho. La mujer quiso saber cuánto tardaríamos. Le di una estimación mientras acomodaba junto a mí la bolsa de Neria. Ella se acercó a preguntarle cómo le dolía al mover la pierna.
Empezamos despacio. Neria caminaba junto a la camilla, manteniendo un recorrido fino de agua cerca de la lesión. En una curva perdió parte del trazado y nos pidió que esperáramos. Lo recompuso antes de continuar y les pidió a Brenor y Orven que le avisaran cuando fueran a girar.
Al llegar al primer lugar de descanso, miré hacia Neria.
—Podemos seguir un poco —dijo.
Tirka nos hizo una señal desde más adelante. La mujer tenía los ojos cerrados y no se quejó cuando pasamos junto al espacio donde habíamos pensado detenernos. Yo seguía calculando cuánto faltaba para llegar.
Un rato después, Orven cambió las manos de posición bajo el apoyo. Neria caminaba con los labios apretados. Me acerqué a la mujer y la vi sujetarse la ropa junto al hombro.
—¿Necesita acomodarse?
—Cuando paremos.
Miré atrás. El primer lugar ya no se veía. Me había parecido que podíamos ganar tiempo siguiendo de largo y ahora esperaba encontrar el siguiente a cada vuelta del camino.
Llamé a Tirka. Regresó hasta nosotros y señaló un espacio algo más ancho, junto a unas piedras.
—Paren ahí —dije.
Neria levantó la mirada.
—Puedo llegar al otro.
—Vamos a parar aquí.
Me salió más seco de lo que quería. Ella miró a la mujer y recogió el agua mientras nos acercábamos. Le alcancé un paño y fui a apartar una piedra del lugar donde apoyarían la camilla.
Orven empezó a bajar su extremo.
—Espera —dijo Brenor.
Orven se quedó sosteniéndolo. Yo levanté la cabeza. El arquero estaba buscando dónde poner el pie sin pisar la tierra suelta del borde.
—Ahora. Despacio de mi lado.
Orven acompañó el movimiento hasta que ambos extremos quedaron apoyados. Brenor comprobó que no se venciera hacia él y soltó las manos.
Yo seguía agachada con la piedra entre los dedos. La dejé a un lado y me acerqué a la mujer. Entre Neria y yo le acomodamos la tela bajo el hombro. Después fui pasando el agua. Orven bebió y le alcanzó la jarra a Brenor, que se había sentado sobre una de las piedras.
Neria quiso devolverme el paño para revisar la bolsa.
—Siéntate un momento —le dije—. Yo lo guardo.
Se sentó junto a las piedras. Me acomodé cerca y abrí la comida. Durante un rato solo se escuchó a Tirka explicar cómo seguía el camino. La mujer pidió un poco de agua y pude alcanzársela sin levantarme.
Cuando volvimos a cargar la camilla, le pedí a Tirka que nos esperara en el segundo lugar de descanso. Neria caminó sin usar magia durante una parte del recorrido. Yo fui junto a la mujer, pendiente de cuándo volvía a sujetarse el hombro.
En la siguiente curva, Brenor avisó que tenía que levantar más su lado. Orven lo hizo avanzar primero y esperó su señal para girar. No tuve que acercarme a decirles nada.
Llegamos más tarde de lo que había calculado. El sanador todavía no había vuelto, pero había dejado preparado el lugar para recibirla. Ayudé a acomodar a la mujer mientras Neria explicaba el viaje a quien había salido a recibirnos. Antes de irme le pregunté si el hombro seguía molestándola.
—Así estoy bien —respondió.
Me quedé hasta que terminó de acomodarse. Al salir encontré a Brenor y Orven limpiando los apoyos de la camilla. Orven le pidió que sujetara un extremo y el arquero lo levantó sin dejar lo que estaba diciendo. Hablaban de una parte del camino donde había costado pasar.
Busqué las cosas de Neria y se las llevé.
—¿Tienes que irte?
—Hoy puedo quedarme a comer. Ya avisé.
Le mostré dónde podía dejar la bolsa. Yo también tenía hambre.
La comida llegó con una carga de Velenthesa. Empecé a servir mientras los demás acercaban los bancos. Neria se sentó junto a Tirka y Cael apartó sus papeles para dejar sitio a los cuencos.
Cuando regresó Tirka por otra ración para llevar a la mesa, le pasé la cuchara.
—¿Terminas tú?
Asintió y se quedó junto a la olla. Fui a sentarme antes de que se enfriara lo mío. Brenor estaba pidiéndole a Orven que acercara el pan; tuve que apartar el cuenco para que pudiera pasarlo.
Neria contó que su madre todavía usaba un recipiente de cuando ella empezaba a practicar. Lo guardaba con todas sus marcas para recordarle cuánta agua había encontrado en el suelo.
—¿Y ya no derramas? —preguntó Tirka al sentarse.
Neria miró su manga, todavía húmeda del viaje.
—Menos.
Me reí con ellas. Alguien pidió más pan y lo partí para repartirlo. Comimos mientras Neria hablaba de su madre y Brenor discutía con Cael por una entrega que este aseguraba haberle avisado.
Cuando empezaron a levantarse, recogí los cuencos que tenía cerca. Tirka se llevó una parte. Cael estaba reuniendo los papeles que había dejado al otro extremo.
—Necesito hablar contigo —le dije.
Levantó la mirada.
—Voy a buscar una cosa. ¿Puedes esperarme?
Asintió y dejó las hojas sobre la mesa.
En mi tienda busqué las anotaciones sobre mi padre. Había añadido preguntas desde que hablé con Ferenth, nombres de personas a las que quería encontrar y versiones que se contradecían. Saqué la hoja donde había escrito qué quería averiguar primero.
Volví con ella en la mano. Cael había acercado una lámpara y estaba leyendo. Al verme, puso un dedo sobre la línea para no perderla.
—Quiero saber qué hicieron con mi padre —dije—. Dónde lo llevaron después de su muerte.
Quitó la mano del papel.
Le entregué mi hoja. Había una esquina doblada que no conseguí alisar antes de que la tomara. Cael empezó a leer y yo me senté frente a él.
—De esto he oído versiones distintas —dijo, señalando una de las anotaciones.
—Yo también. Quiero encontrar a alguien que lo haya visto. Que haya estado allí cuando se lo llevaron.
Cael siguió leyendo. Se detuvo en un nombre y acercó la hoja a la lámpara.
—¿Este quién te lo dio?
Le expliqué dónde lo había escuchado y lo poco que sabía de aquella persona. Mientras hablaba, me di cuenta de que estaba repitiendo algunas cosas. Cael volvió a mirar la primera línea.
—¿Quieres ir a ver a tu padre?
Asentí. Me costó responder en voz alta.
—Quiero verlo. Y después averiguar lo demás. Lo que pasó con Isaliria, quién la ayudó... Pero llevo mucho tiempo sin saber siquiera dónde está mi padre.
Cael dejó mi hoja encima de las suyas.
—Mañana sacamos las copias que traje de la capital. Ven conmigo. Podemos empezar por buscar esos nombres.
—¿Y si no aparecen?
Él pasó los ojos por la lista otra vez.
—Llevamos las preguntas a Ferenth. Puede ayudarnos a encontrar a quién hacérselas.
Iba a pedirle que revisáramos las hojas aquella misma noche. Lo vi frotarse un ojo y me quedé mirando la lámpara. Yo también estaba cansada.
—¿A qué hora?
Acordamos encontrarnos después de comer por la mañana. Cael quiso saber si necesitaba llevarme la anotación.
Negué. Cuando la dobló para guardarla con sus documentos, estuve a punto de extender la mano. Había pasado tanto tiempo entre mis cosas que me resultó extraño verlo quedarse con ella.
—Si hay alguien a quien tengamos que ir a buscar, quiero acompañarte —dije.
—Primero veamos adónde.
Le indiqué cuál de los nombres había escuchado más de una vez y le conté de dónde venían esas versiones. Cael anotó dos preguntas al margen. Cuando terminó, guardó mi hoja con las que revisaríamos por la mañana.
Me levanté para dejarlo descansar. Antes de irme apoyé una mano en la mesa.
—Quiero volver al palacio, Cael. No he dejado de quererlo.
Él levantó la vista. Yo miré los papeles que acabábamos de reunir.
—Mañana estaré aquí.