Sentoria · Nombre con un peso
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DalianaCapítulo 19

Limessia·Daliana·Capítulo 19

Nombre con un peso

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Folio 19·41 min de lectura

Habían pasado unos nueve días desde el regreso de Ambarine de la capital. Esa mañana, Ambarine ayudó a bajar la última caja de víveres. Un hombre con una chaqueta parda, remendada sobre un hombro, la sujetaba por el otro extremo. Tenía resina seca en los dedos y tuvo que cambiar el agarre para no dejar caer la tapa. Aura la sostuvo mientras él acomodaba la caja junto a las otras.

Cuando terminaron, el hombre se llevó las cuerdas para guardarlas. Ambarine regresó a la tienda del mapa y pidió que llamaran a Aura.

Ambarine apartó las transcripciones para dejar libre el mapa. Las dos fichas seguían donde las había colocado durante su conversación con Aura, demasiado juntas para representar la distancia que habría que recorrer entre la torre y la cámara funeraria. Había intentado encontrar un camino antes de dormir, pero los planos estaban incompletos y conocía demasiado bien algunas de aquellas puertas para suponer que bastaría con llegar hasta ellas.

Aura entró mientras acomodaba las hojas. Levantó la tela y la sostuvo un momento para que no se enganchara en su ropa, luego se acercó a la mesa.

—Voy a intentar volver al palacio. Quería decírtelo.

Aura acercó una silla y se sentó. Ambarine permaneció de pie, inclinada sobre el dibujo de la capital.

—Tengo que cruzar las murallas y encontrar dónde esperar. Después buscaré un paso hacia el templo.

—¿Con quién vas?

—Sola.

Aura se enderezó en la silla.

—Pero yo también tengo que entrar.

—Lo sé. Tenemos que seguir buscando una forma de que llegues a la torre. Lo de mi padre… puedo intentarlo sin llevarte conmigo.

—No quiero que vayas sola. Déjame ir contigo.

Ambarine recorrió con un dedo el límite del complejo. La entrada principal era la más fácil de encontrar en el plano y la que menos le servía. Recordaba su anchura, los guardias a ambos lados y el espacio que quedaba descubierto antes de llegar a las puertas.

—No quiero atacar la capital —dijo Ambarine—. Si consigo llegar al templo sin que me reconozcan, quizá pueda bajar a la cámara. Conozco partes del camino.

Aura se inclinó para mirar el lugar que señalaba.

—Y si te detienen, ¿cómo vamos a saber dónde estás?

Ambarine retiró el dedo del plano. Había pensado en las puertas, en los lugares donde podría esperar a que pasara una vigilancia y en lo que necesitaba llevar. Cada vez que llegaba a la vuelta, empezaba otra vez por la entrada.

Se sentó frente a Aura.

—No quiero pedirles que entren en el palacio por mi padre.

—Entonces no nos dejes esperando afuera sin saber qué hiciste. Yo quiero ayudarte. Pero, si voy contigo… hay algo que tengo que decirte.

Aura sacó la amalgamita lo suficiente para que pudiera verla. Las dos grietas seguían unidas cerca del engarce. Ambarine la había visto antes y, aun así, se acercó un poco, buscando alguna diferencia.

—Con Neria he podido practicar usando poca energía —dijo Aura—. Las grietas no han crecido. Pero ya absorbió dos sobrecargas. Aaron dijo que podía hacerlo cinco veces.

Ambarine miró el punto donde las grietas se encontraban.

—Te quedan tres.

—Sí. Si necesitamos una descarga grande para pasar… no sé si podré detenerla. No quiero depender de que la piedra vuelva a hacerlo por mí.

Ambarine dejó de mirar la piedra.

—No quiero que uses una descarga para abrirme un camino.

—Por eso te lo digo. Puedo ayudar de otras formas. No me estoy ofreciendo a romper la piedra.

—Hiciste bien.

Aura guardó la gema y volvió a observar las fichas. Acercó la mano a la que marcaba la torre, aunque la dejó en su sitio.

—También tengo que llegar aquí.

—Lo recuerdo. Ni siquiera sé cómo voy a llegar al templo. Tendríamos que encontrar el paso hacia la torre antes de decidir dónde separarnos.

—Podemos decidirlo después. Sobre la Alechrona… preferiría que quedara entre nosotras.

Ambarine miró hacia la entrada. A través de la tela llegaban conversaciones del refugio, lo bastante cercanas para distinguir alguna palabra cuando alguien alzaba la voz. Bajó un poco la suya.

—Estoy de acuerdo. Si tenemos que explicarlo, puedes decir que buscas algo en una zona interior. No hace falta que les cuentes lo de la esfera.

Aura asintió, aunque tardó un momento en responder.

—No sé cómo explicarles más sin terminar contándolo todo.

—Ya veremos cómo hacerlo.

Ambarine reunió las transcripciones, pero Aura mantuvo una mano sobre el borde del mapa.

—Aunque no encuentre lo mío, quiero acompañarte hasta tu padre.

—Aura…

—Estás hablando de entrar sola al palacio.

La tela de la entrada se levantó. Tirka llevaba unas prendas dobladas contra el pecho. Miró a Aura y después a Ambarine.

—¿Vas a entrar al palacio?

Ambarine se levantó.

—Todavía estoy buscando cómo.

—¿Sola? Pero yo puedo ir contigo.

Tirka dejó las prendas sobre la caja y se acercó a mirar el mapa.

—Todavía no sé por dónde entrar —respondió Ambarine.

—Entonces busquemos. Orven también puede ayudar.

—Quería hablar con Aura primero.

Tirka miró a Aura y volvió hacia ella.

—Bueno… ¿lo traigo cuando terminen? No me gusta que vayas sola.

Ambarine tardó un momento en asentir.

—Tráelo. A los demás también. Tendré que explicarles qué encontré.

Tirka salió y llamó a Nashira. Aura se quedó junto a la mesa mientras Ambarine volvía a extender las hojas que acababa de recoger.

Orven llegó con Cael. Shaeli entró detrás, buscando con la mirada a Tirka, y quiso saber qué ocurría. Ambarine esperó a que llegara Brenor para empezar.

Cuando Brenor llegó, quedaba poco espacio alrededor de la mesa. Tirka había acercado su silla a la de Nashira y mantenía la cola recogida para que nadie la pisara al pasar. Cael se acomodó junto a las transcripciones, mientras Shaeli permanecía cerca de la entrada. Orven esperó a que Ambarine terminara de contar a los presentes antes de bajar la tela.

Ambarine reconocía a todos y había trabajado con ellos, pero al verlos reunidos sintió la necesidad de revisar una vez más lo que iba a decir. Cael ya había leído las hojas al copiarlas. Los demás esperaban una explicación.

—Tirka dice que quieres ir por Emeter —empezó Orven.

—Sí.

Cael miró las dos fichas.

—¿Lo hablaste con Ferenth?

—No. Pensaba entrar sola.

Shaeli dejó de apoyarse junto a la entrada.

—Para lo de los Fuegel hablamos con él antes de llevarnos a la gente. Esto es el palacio, Ambarine.

—No he pedido que venga nadie.

—Por eso estamos aquí —dijo Tirka—. Porque también podemos ayudarte.

Ambarine buscó a Aura, que seguía a su lado. Después miró a Orven.

—Quiero llegar a mi padre. No estoy reuniendo a la red para atacar a Isaliria.

—Si te acompañamos, Ferenth no habrá aprobado que lo hagamos —dijo él—. Quiero que eso quede claro antes de hablar de entradas.

Cael bajó la vista. Brenor se acercó a la mesa.

—Está claro. Ahora cuéntanos qué encontraste.

—Encontré registros del examen de mi padre en la Academia Imperial de Daliana —empezó—. Hay diferencias entre lo que se escribió al principio y la versión que utilizaron para acusarme.

Colocó las dos transcripciones una junto a la otra y señaló la aclaración del primer examen.

—Ereel encontró una huella semejante a la magia de los Folsitia. Creyó que era mía, pero dejó comprobaciones pendientes. Aquí todavía aparecen.

Cael acercó la hoja para que Tirka pudiera verla desde su sitio.

—En la otra versión las quitaron —dijo—. La identificación quedó presentada como si el examen hubiera terminado.

—¿Y esto salió de la Academia? —preguntó Shaeli.

—Lo copié allí —respondió Ambarine—. Conservaban referencias y documentos que habían retirado de consulta.

Shaeli se inclinó sobre las hojas. Ambarine la dejó leer antes de continuar. Había pasado buena parte del regreso intentando recordar cada línea por miedo a que el carbón se borrara; ahora, bajo la letra más clara de Cael, algunas palabras resultaban extrañamente fáciles de mirar.

Les recordó también el informe alterado que Arcalzar había dado a conocer durante la búsqueda de los Fuegel. Ya habían visto cómo una versión modificada podía utilizarse para justificar un arresto. En el caso de Emeter, las comprobaciones eliminadas habían permitido presentar una sospecha como una conclusión.

—Eso demuestra que cambiaron la investigación —dijo Orven—. ¿Demuestra quién lo mató?

—Todavía no.

Ambarine retiró la mano de las transcripciones. Era la pregunta que tendría que responder cada vez que mostrara aquellos documentos.

—Necesito examinar el cuerpo. Comprobar qué huellas quedan y si todavía se puede distinguir qué le hicieron.

Brenor frunció el ceño.

—¿Dónde está?

—Debería seguir bajo el templo interior del palacio. No hubo una sucesión reconocida ni se anunció el fuego ritual. Es posible que lo hayan trasladado, pero la cámara funeraria es el primer lugar donde debemos buscar.

Tirka miró el mapa y después a Ambarine.

—¿Todos estos años?

—Sí. Es posible.

Le costó continuar. Había conseguido hablar del examen sin detenerse, pero al imaginar de nuevo a su padre dentro de la cámara tuvo que apoyar ambas manos en el borde de la mesa. Aura estaba a su lado; Ambarine notó que había vuelto el rostro hacia ella y mantuvo la vista en el plano hasta poder seguir.

—Si permanece allí y está conservado, aún podríamos encontrar una prueba. Necesito sacar algo que pueda examinarse fuera del palacio, donde Isaliria no pueda decidir quién lo ve ni interrumpir otra vez el trabajo.

Nashira se acomodó en la silla.

—Para eso tenemos que entrar.

—Sí.

—¿Todavía quieres hacerlo sola?

Ambarine recogió los documentos y los dejó a un lado del mapa. Miró a Aura antes de volver al plano.

—No sé cuántos harían falta si fuéramos juntos. Necesitaríamos ayuda dentro del palacio para mantener abierto el regreso.

Orven se inclinó para observar el dibujo. Ambarine señaló primero las murallas de la ciudad y luego el palacio.

—No podemos quedarnos encerrados junto a la cámara.

Cael había empezado a mover los dedos sobre la mesa, buscando por costumbre algo con lo que escribir. Al advertirlo, juntó las manos.

—Nos faltan accesos —dijo—. En este plano hay partes que ni siquiera están completas.

Ambarine detuvo la mano sobre el dibujo. Había lugares que recordaba con claridad, pero también habían pasado años desde la última vez que caminó por ellos.

—Lo sé. Es parte de lo que estaba buscando cuando llegó Aura.

Aura acercó una mano al borde de la mesa.

—Yo también tengo que alcanzar una zona interior —dijo—. Por algo que necesito encontrar allí. Puede que tenga que separarme del camino de Ambarine.

Brenor la miró y luego buscó la zona del templo en el plano.

—¿Más lejos?

—Por otro camino —respondió ella—. Todavía tenemos que ver cómo llegar.

Ambarine asintió para confirmar sus palabras. Después apartó la vista del mapa y miró a quienes habían venido. Orven esperaba junto a Cael; Shaeli seguía de pie y Nashira había dejado de recostarse en la silla.

—Esto es lo que quiero intentar —dijo—. Necesito ayuda para prepararlo y para entrar. ¿Quiénes de ustedes quieren ayudarme?

Brenor se adelantó antes de que Ambarine terminara de apartar las manos de la mesa.

—Yo quiero ayudar. Pero si encontramos lo que buscas, tendremos que hacer algo con ello. No basta con lo que pase con Silas.

—No me he olvidado de él —respondió Ambarine.

Shaeli miró las transcripciones que habían apartado.

—El juzgado incautó la mansión y los registros. Las copias que enviamos sirvieron para que entraran allí. Pero Silas sigue libre.

—Y todavía no hay sentencia —añadió Cael.

—Ya lo sé. Los demás tampoco han desaparecido porque hayamos sacado a los Fuegel. Hay otros guardias llevándose gente y otras casas donde pueden entrar con una orden como la suya.

Cael levantó una mano, aunque tardó en encontrar un momento para hablar.

—Brenor, entrar al palacio también puede dejarnos sin gente para mantener esto. Alguien tiene que traer la comida. Y encontrar dónde llevar a quienes no pueden quedarse aquí.

—Esta mañana he estado cargando sacos contigo.

—Sí, y sabes cuántos llegaron.

Cael miró hacia las hojas que Ambarine había apartado. Se frotó una mancha de tinta del dedo y dejó la mano sobre la mesa.

—No digo que vayamos a quedarnos sin comer hoy. Pero la comida dura menos. Las vendas también. Tenemos que pedir más cosas y conseguir que vengan por caminos que no estén vigilados. Si mandamos siempre al mismo a comprar, acabarán preguntándole para quién es todo.

Ambarine recordó a Shaeli hablando con el conductor.

—¿Volvieron a parar a la caravana en el cruce de Salachita?

—Llegaron bien —respondió ella—. Pero no podemos seguir usando ese cruce para las familias. Hacen bajar a los pasajeros. Hoy traemos comida, después tenemos que sacar a alguien, otro día vuelve uno con medicinas. Basta con que nos sigan durante un tramo.

—Ya ocupamos las tres casas —dijo Ambarine—. Los Fuegel pudieron ir al pueblo del sur, pero aún necesitamos otros lugares para quienes siguen bajo los toldos.

—Y mantener las que tenemos —añadió Cael—. Las personas que nos reciben también tienen vecinos, Ambarine. Algunas ya están compartiendo la comida de sus hijos.

Al terminar miró a Orven, que seguía inclinado sobre el mapa.

—Puedo ayudar a preparar la entrada —continuó Cael—. Pero necesito saber con quién voy a contar aquí. Si salen todos los que conocen los caminos, no sabré a quién enviar cuando falte algo.

—Tendremos que dejar gente —dijo Ambarine.

—Gente que pueda hacerlo —precisó Shaeli—. Y reservar rutas de regreso. No quiero que quienes salgan perseguidos del palacio terminen llevando a los guardias a una de esas casas.

Brenor retiró las manos de la mesa y se volvió hacia ella.

—Tampoco podemos esperar a encontrar un sitio para cada uno antes de hacer algo más.

—No te he pedido eso.

—Cada vez que hablamos de salir, faltan personas, faltan caminos…

—Porque faltan —lo interrumpió Shaeli—. Necesito saber cuánto vamos a exponer. Si puedo mantener a salvo el resto de la red, ayudaré. Pero tenemos que resolverlo antes de partir.

Tirka había bajado las orejas durante la discusión. Se inclinó para ver a Brenor al otro lado de Nashira.

—Quiero ir contigo —dijo—. Hay más personas encerradas. Algunas ni siquiera tendrán a quién esperar.

Ambarine recordaba a Miren aferrada al marco de su habitación. Habían abierto la puerta y aun así tuvo miedo de cruzarla. Ahora estaba con su madre y sus hermanos en la casa prestada, pero Saira seguía esperando noticias de los suyos.

Tirka miró sus manos y recogió la cola contra la pata de la silla. Nashira se movió para dejarle más espacio.

—Por eso quiero actuar —dijo Brenor—. Los sacamos de una prisión, los escondemos y seguimos buscando dónde meterlos. Mientras tanto, los que los encerraron pueden ir a buscar a otra familia. No voy a entrar ahí solo para devolverte una corona, Ambarine.

Ella sostuvo su mirada. Le molestó oírlo dicho de aquella manera, aunque no podía negar que durante años había pensado en regresar al palacio para recuperar el lugar de su padre.

—Te estoy pidiendo ayuda para demostrar lo que hicieron —respondió—. Si conseguimos que se examine esa prueba fuera, Isaliria tendrá que responder por algo que no pueda cambiar en un informe.

—O intentará quitártela —dijo Orven.

Ambarine volvió hacia él.

—También.

—Pero ¿qué esperas encontrar? —preguntó Tirka—. Si esa magia se parece a la tuya, podríamos sacar algo que vuelvan a usar contra ti.

Ambarine miró las transcripciones.

—El arca de ámbar no solo conserva el cuerpo. Extrae parte de su esencia y la deposita en una placa. Si mi padre sigue dentro, esa placa también debería estar allí.

Recordaba los aros de metal alrededor del cuerpo de su abuelo. Había visto a los custodios retirar las cubiertas de la base, pero entonces solo había querido acercarse a su padre y tomarlo de la mano.

—Nunca tuve que examinar una —continuó—. Los emperadores anteriores murieron de viejos o por enfermedad. Según lo que me enseñaron, no había habido un asesinato en cientos de años. Se comprobaba la conservación del cuerpo y se esperaba la ceremonia.

—Tu padre sí fue asesinado —dijo Brenor—. Y hasta ahora no habías hablado de buscar esa placa.

Ambarine levantó la vista. Le molestó la pregunta, sobre todo porque no podía responderla hablando del arca.

—Hasta ahora tampoco tenía esto.

Acercó la primera transcripción, aunque Brenor no se inclinó a leerla.

—Ereel me enseñó a reconocer las huellas de nuestra magia. Una vez me hizo comparar dos placas: una tenía la de mi padre y otra la mía. Las confundí. Estaba segura de haber encontrado la correcta.

—¿Tu maestro podía confundirlas también? —preguntó Tirka.

—Podía encontrar una semejanza. Eso fue lo que escribió aquí. Faltaba comprobar de quién era y qué había causado la muerte. Después quitaron esas partes.

Ambarine mantuvo la mano sobre la hoja.

—Durante años pensé en lo que había dicho delante de los guardias. Que era mi magia. No sabía que había dejado escrito algo distinto.

Brenor volvió a mirar el documento.

—Ahora sé qué quedó sin comprobar —añadió Ambarine—. Quiero intentarlo.

Cael llevaba un rato sin mirar el mapa.

—Y si lo consigues… ¿quieres volver a gobernar?

Ambarine tardó en responder. Durante años había imaginado su regreso al palacio, pero ahora pensó en la cámara bajo el templo.

—Quiero volver a ver a mi padre —dijo—. Aunque sea así.

Bajó la vista hacia el lugar que había señalado en el mapa.

—Hay cosas de las que me arrepiento. Cosas que ya no puedo hablar con él. Y mientras yo sigo aquí, él permanece encerrado allí, con todos creyendo que su propia hija lo mató. No quiero dejarlo de esa manera. Quiero saber qué le hicieron y que los demás también lo sepan.

Cael dejó las transcripciones sobre la mesa.

—Lo entiendo. Pero te estoy preguntando qué quieres hacer después.

Ambarine volvió a mirarlo.

—Antes habría dicho que recuperar lo que me correspondía. Ni siquiera habría entendido por qué tenía que explicarlo.

Le costó admitirlo delante de ellos. Orven había permanecido a su lado durante buena parte de aquellos años.

—He visto cómo vive la gente bajo las órdenes de mi familia. Lo que puede hacer un hombre como Silas con un sello y unos guardias. Yo conocía las leyes, Cael. Creía que sabía cómo funcionaba el imperio.

—Tu padre también gobernaba ese imperio —dijo Brenor.

Ambarine apretó los labios.

—Sí. Lo sé.

Durante un momento no supo cómo continuar.

—Quiero defender su nombre. Pero hay cosas que estaban mal antes de que él muriera. No puedo volver y dejarlas como estaban solo porque fueran suyas.

Cael seguía esperando una respuesta. Ambarine se pasó una mano por la frente.

—Si puedo cambiar algo desde ese lugar, sí, estaría dispuesta a gobernar. Pero ya no creo que me haya ganado ese derecho por ser su hija. Tendría que empezar por cambiar lo que les estamos haciendo a quienes viven aquí.

Miró a Tirka, a Brenor y después a Aura.

—Hace un tiempo no habría pensado en intentar algo así. Ni habría sabido a quién pedírselo. Después llegaron ustedes, Neria… y luego Aura. Las he visto ayudar sin tener por qué hacerlo. Y ustedes llevan años haciendo cosas que yo no habría podido hacer sola.

El brillo opacado Ante el futuro distante

Orven levantó la vista del plano. Ambarine sostuvo su mirada antes de continuar.

—Tengo a grandes personas conmigo. Me ha costado darme cuenta de cuánto sigo intentando decidir sin preguntarles.

—Te estamos preguntando ahora —dijo Cael.

—Sí. Y no tengo una respuesta para todo. Quiero volver a ver a mi padre. Quiero saber quién lo mató y demostrar que no fui yo. Y si después voy a pedir que alguien me reconozca como emperatriz, tendré que hacer algo para merecerlo. Voy a necesitar su ayuda para eso también.

—Entonces tenemos que decidir hasta dónde llegamos —dijo Orven—. Entrar a buscar una prueba es una cosa. Mantener una parte del palacio puede exigir refuerzos que no tenemos. Si tratamos de quedarnos cuando aparezcan, habremos empezado una pelea de la que no podremos salir.

Orven acercó la silla y se sentó. Ambarine hizo sitio para que pudiera apoyar el brazo junto al plano.

—Iré contigo, jefa. Pero necesito saber quién decide cuando estemos separados. Si no podemos alcanzarte, alguien tendrá que dar la orden de salir. Y los demás tendrán que hacerle caso, aunque todavía estés dentro.

Ambarine bajó la vista hacia el templo. Había imaginado a Orven cubriendo un corredor y esperando su regreso; no se había detenido mucho en la posibilidad de que tuviera que ordenar una retirada sin ella.

—Tú sabes dirigirlos.

—Puedo estar contigo cuando ocurra. Habrá que dejarlo claro para cada grupo.

—Lo haremos antes de salir.

Orven asintió y se quedó junto al mapa. Cael soltó el aire despacio, aunque sus dedos continuaron moviéndose sobre el borde de la mesa. Aura había escuchado la discusión desde el lado de Ambarine. Cuando Tirka mencionó a quienes aún seguían encerrados, había mirado hacia la entrada, pero ahora observaba a Nashira.

La exploradora se había inclinado sobre la mesa y aguardó a que los demás terminaran de hablar.

—Yo todavía quiero saber qué pasará después —dijo Nashira, mirando a Ambarine—. Supongamos que salimos con esa prueba. Puedes demostrar que eres inocente y consigues quitar a Isaliria. ¿Los Fuegel podrán volver a vivir en una casa sin esperar a que otro Silas venga a reclamarla?

—Quiero que puedan hacerlo.

—¿Y cómo? Había familias escondiéndose antes de que te acusaran. Saira no empezó a tener miedo del imperio ayer.

Ambarine dejó la mano junto a las transcripciones. Nashira esperó a que volviera a mirarla antes de continuar.

—Si vamos a arriesgar también el refugio, necesito saber qué cambiará para ellos cuando seas tú quien esté en el palacio.

Ambarine miró hacia la entrada antes de responder. La tela seguía bajada, pero podía oír a quienes recogían los cuencos del desayuno. Pensó en Mauro, que había tenido que viajar acostado hasta el pueblo, y en los jergones que los Fuegel acomodaban en una casa prestada.

—Quiero que puedan conservar su casa y su libertad sin conocernos —dijo—. Que una madre pueda preguntar por su hijo con su propio nombre, sin tener que esconderse después. Humanos, kunan… todos los que están aquí. No debería hacer falta que yo los llevara de la mano para que los escucharan.

Nashira mantuvo la vista en ella. Ambarine esperaba otra pregunta y notó que estaba apretando el borde de la mesa.

—Todavía no has dicho cómo vas a conseguirlo —señaló la exploradora.

—Porque no lo sé. Sé algunas cosas que quiero detener. Para lo demás voy a necesitar ayuda.

Ambarine miró las transcripciones. Había leído los acuerdos a escondidas en la Academia y todavía estaba intentando entender qué significaban para ella.

—También encontré textos sobre los primeros Folsitia. Las comunidades que aceptaron su custodia podían retirarles el reconocimiento. Había acuerdos con kunaras y un lugar para los kunan y los semi-humanos. Mi familia lo convirtió en algo que pasaba de padres a hijos, y yo crecí creyendo que me correspondía. Tendría que buscar a esas comunidades y escuchar lo que quieren. También a quienes viven aquí y nunca pudieron elegir nada.

—Pueden negarse —dijo Shaeli.

Ambarine tardó un momento en responder.

—Sí.

Brenor se sentó por fin, arrastrando la silla un poco más de lo que pretendía. Tirka apartó la cola al oír el roce contra el suelo.

—Pues empieza por los que siguen encerrados —dijo él—. Si llegas a mandar allí, haz que podamos encontrarlos.

—Y que las familias sepan adónde se los llevaron —añadió Tirka—. Aunque no podamos sacarlos enseguida. Hay gente que lleva años preguntando.

—Lo sé —respondió Ambarine—. No quiero que todo vuelva a depender de que la siguiente Folsitia quiera ayudar.

La tela de la entrada se movió cuando alguien pasó demasiado cerca. Shaeli la acomodó para que no quedara abierta y regresó a su sitio.

—Te ayudaré a sacar esa prueba —dijo—. La red tiene que conservar una salida, como hemos hablado.

Nashira miró las transcripciones antes de asentir.

—Yo también. Quiero saber si vuelves a escucharnos cuando estemos discutiendo en una sala tuya.

—Seguramente discutirás antes de que pueda sentarme —respondió Ambarine.

—Puedes contar con eso.

Tirka soltó una risa breve. Ambarine aflojó las manos y se apartó un poco de la mesa mientras Orven acercaba el plano a Shaeli. Cael les señaló el límite de la capital y los tres empezaron a hablar sobre el número de personas que podrían separar del refugio.

Aura se inclinó hacia Ambarine para que pudiera oírla sin alzar la voz.

—¿Pensabas decidir todo eso tú sola?

Ambarine miró a los demás. Todavía le molestaban algunas de las preguntas de Nashira, pero no habría sabido responderlas mejor en una sala vacía.

—Pensaba que, si iba yo sola, no tendrían que decidir si venían.

—Pues estamos aquí —dijo Aura—. Puedes preguntarnos.

Ambarine le dedicó una mirada cansada y volvió a acercar su silla.

—Cael, necesito que alguien mantenga el contacto desde afuera —dijo Ambarine al retomar la conversación—. Que pueda cambiar el regreso si perdemos un camino. ¿Puedes quedarte?

Él asintió enseguida, aunque miró a Orven antes de responder.

—Puedo hacerlo. Pero si no recibo noticias, necesito saber cuánto esperar.

—Lo acordaremos antes de salir —respondió Orven—. Con nosotros siete, cuatro o seis más deberían bastar para cubrir los pasos.

Tirka se había inclinado sobre la mesa, siguiendo el borde del palacio con los ojos.

—Esta mañana, uno de los que trajo los víveres habló de una cena. En el palacio.

Cael levantó la cabeza.

—¿El que descargó contigo?

—Sí. Dijo que estaban pidiendo más vino y comida para recibir a unos funcionarios de las provincias. Será dentro de pocos días.

—Una cena traerá guardias —advirtió Orven—. Los invitados tendrán escolta.

Ambarine buscó en el mapa las salas de recepción.

—Reforzarán los salones y las puertas por donde los reciban. Podríamos entrar por un acceso de servicio durante los preparativos. Conozco algunos pasos para rodear los salones y acercarnos al templo.

Tirka se acomodó de rodillas sobre la silla.

—Podemos entrar con el vino.

—Tú, quizá —dijo Brenor—. Yo tendría que llevar el barril.

—También puedes llevar dos.

Brenor la miró y Nashira dejó escapar una risa corta.

—Antes de elegir barriles, comprobemos la cena —dijo Shaeli—. ¿Sigue aquí ese hombre?

—Estaban recogiendo las cosas.

Shaeli se levantó y Tirka bajó de la silla para seguirla.

—Que les diga el día, el lugar y quién hizo el encargo —pidió Ambarine.

—También buscaré a alguien que conozca esos accesos —respondió Shaeli antes de salir con Tirka.

Orven se apartó del mapa.

—Puedo pensar en dos que servirían para cubrir un paso.

—Habla con ellos —dijo Ambarine—. Cuéntales adónde pretendemos ir antes de pedirles que vengan.

Nashira se ofreció a comprobar los alrededores de la capital. Ambarine le pidió que fuera con Tirka cuando regresara; mientras tanto, Cael acercó el plano para revisar con ella los caminos próximos al refugio. Orven salió a buscar a los hombres que había mencionado y Brenor lo siguió.

Ambarine permaneció sentada junto a Aura. El espacio que había dejado Tirka le permitía estirar las piernas, pero al hacerlo golpeó una caja bajo la mesa. Se inclinó para apartarla y descubrió allí varias mantas dobladas que antes guardaban en otra tienda.

—Ya casi no cabe nada —murmuró.

Aura la ayudó a empujar la caja contra un soporte. Al levantarse tuvo que sujetar el mapa para que no resbalara con su manga.

—¿Seguimos ahora?

—Tenemos que esperar a que vuelvan. Quiero saber de dónde salió lo de la cena.

—Entonces voy a comer algo.

Ambarine miró hacia la abertura. Había salido al llegar los víveres y todavía no había probado el desayuno. Se levantó con Aura, dejando a Cael y Nashira espacio para acercarse al plano.

Tirka regresó mientras Ambarine comía con el cuenco apoyado en las rodillas. Shaeli entró detrás y dejó junto al mapa las indicaciones que había anotado.

—Lo oyó donde recogen los encargos —dijo—. Él no va a entrar al palacio. Lleva una parte hasta un almacén de la capital y desde allí preparan la entrega.

Ambarine dejó de comer.

—¿Sabe cuándo?

—Dentro de cinco días. Tiene que llevar la carga antes de la cena.

Tirka acercó el dibujo que Shaeli había dejado sobre la mesa.

—Y recuerda el almacén. Podemos empezar por allí.

Ambarine miró la ruta anotada. No llegaba al templo ni a las habitaciones de su padre; terminaba antes de las murallas del complejo imperial. Acercó el cuenco a una caja para dejar libre la mesa y llamó a Orven cuando lo vio pasar.

—Tenemos dónde preguntar por la entrega.

Él se sentó junto a Shaeli. Mientras hablaban de quién podía acercarse al almacén, Ambarine buscó una hoja grande y empezó a dibujar la parte del palacio que faltaba en el plano. Tirka le pidió que marcara las escaleras antes de añadir más puertas.

—Aquí subíamos desde el patio —explicó Ambarine—. La galería tenía ventanas de este lado. Después venía el cruce.

Tirka siguió el recorrido y se detuvo sobre una línea.

—¿Esto es otra escalera?

Ambarine miró el dibujo. Había unido dos partes que en su recuerdo estaban separadas por un pasillo.

—No. Espera.

Apartó la hoja y empezó de nuevo. Esta vez dejó más espacio entre las puertas. Recordaba el patio visto desde una ventana, el lugar donde Ereel la esperaba algunas mañanas y el giro que daba para llegar a las salas de recepción. Las distancias le costaban más. Cuando Aura volvió con sus notas, Ambarine le hizo sitio para que pudiera seguir también el recorrido.

Cael esperó a que terminara antes de recoger las indicaciones del proveedor.

—Voy a comprobar qué caminos podemos usar para llegar a ese almacén. El de Salachita queda fuera.

Shaeli asintió y salió con él. Ambarine continuó dibujando hasta que Tirka consiguió señalar por dónde regresaría desde el cruce. Entonces oyó a Orven hablar con alguien junto a la entrada y dejó la pluma.

Orven entró acompañado por dos hombres que habían trabajado con él en las vigilancias. Uno llevaba el cabello gris cortado cerca del cuello; el otro tenía una tira de cuero alrededor del antebrazo y la desató mientras escuchaba a Ambarine. Shaeli presentó después a Lyra, una mujer que conocía los caminos de la capital y los depósitos que abastecían el palacio. Los tres se quedaron junto a la mesa hasta que ella terminó de explicarles qué buscaban dentro del palacio y lo que podía ocurrir si los descubrían.

—Ferenth no sabe que estamos preparando esto —añadió Ambarine—. Si vienen, no será por un encargo suyo.

El hombre de cabello gris miró a Orven. Él sostuvo su mirada y esperó mientras los tres hablaban en voz baja.

El hombre del brazal de cuero preguntó por la vuelta. Su compañero quiso saber si entrarían con armas. Lyra escuchó las respuestas antes de acercarse a Shaeli y pedirle que le mostrara dónde tendrían que esperar. Ambarine les dejó tiempo para hablar entre ellos; cuando volvió a preguntar, los tres aceptaron.

Mientras los dos hombres salían, Lyra recogió un botón de hueso junto a una pata de la mesa y se lo tendió a Shaeli.

—Se te cayó.

—No era mío.

Lyra mantuvo la mano extendida. Shaeli tomó el botón y se lo guardó en un bolsillo.

—Ahora sí —dijo Lyra.

Tirka esperaba fuera con la kunan rescatada de la propiedad de Silas. Ambarine las encontró al levantar la tela. La mujer llevaba ropa prestada y había recogido el sobrante de una manga para dejar libre la mano. Su cola descansaba cerca de las piernas, y mantuvo las orejas orientadas hacia Ambarine mientras Tirka daba un paso a un lado.

—Quería hablar contigo —dijo la exploradora.

La kunan miró hacia el interior, donde Orven seguía con los otros.

—Tirka me dijo que estaban buscando gente.

Ambarine la invitó a pasar. La mujer entró con la exploradora, aunque se quedó cerca de la abertura.

—Quería ayudar. Ustedes volvieron por nosotros… pensé que nadie iba a abrir esas puertas.

Ambarine recordó sus manos bajo el postigo y el esfuerzo de todos por pasar antes de que cediera la barra.

—Ya nos ayudaste a salir.

—Sí, pero puedo hacer más. —Se acomodó la manga que volvía a cubrirle la mano—. Tirka me contó algo de tu padre. ¿Me explicarías qué van a hacer?

Ambarine le explicó lo de Emeter y la investigación alterada. También le dijo que preparaban la entrada por su cuenta, sin el visto bueno de quien coordinaba la red. La kunan escuchó con las manos juntas delante del cuerpo. Cuando terminó, miró a Tirka, que se había sentado en el borde de una silla.

—Podría ayudar a los que no alcancen a subir. Soy fuerte. Si me enseñan el lugar, puedo probar.

Al hablar de lo que podía hacer se enderezó un poco. Tenía los brazos delgados bajo la ropa suelta, pero Ambarine la había visto levantar a una de las cautivas sin esfuerzo. Durante el rescate apenas había tenido tiempo de observar cómo se movía sobre aquellas piernas distintas de las suyas.

Ambarine miró a Orven. Él había dejado de hablar con los otros para escucharla.

—Nos vendría bien alguien que pudiera ayudar a subir a los demás —dijo—. Tendremos que probarlo antes de contar con ello.

La mujer asintió. Ambarine se apartó para dejarle espacio junto a la mesa.

—¿Cómo te llamas?

—Rayenteeka.

Ambarine repitió el nombre despacio. La kunan movió una oreja al escucharla y corrigió la última parte, sin molestia.

—Rayenteeka —volvió a decir Ambarine—. Ven. Te mostraré lo que tenemos.

Aura llegó cuando Tirka estaba explicándole el dibujo de las murallas. Se detuvo al verla inclinada sobre la mesa, pero Rayenteeka se volvió hacia ella y le hizo un pequeño gesto para que se acercara. Ambarine movió las sillas y pidió a ambas que se sentaran. Si tenían que recorrer juntas una parte del camino, quería que empezaran a hablar entre ellas.


A la mañana siguiente, Aura encontró a Shaeli junto a los bultos que Brenor había separado para el viaje. Habían dejado una manta sobre el equipo, pero una de las correas sobresalía y ella la apartó para sentarse en una caja.

—¿Todo esto tiene que ir con nosotros? —preguntó.

—Una parte es para llevar al palacio. Todavía estamos separándola.

Aura miró los sacos. Recordó los carruajes junto al bosque, las marcas pintadas en la madera y la ficha que Darom le había entregado antes de despedirse. Abrió el bolso y buscó en el bolsillo interior. Tuvo que sacar una correa que se había metido allí; al levantarla apareció el círculo verde de la ficha.

—Conozco a alguien que tiene carruajes. Me dijo que lo buscara si necesitaba enviar algo.

Shaeli recibió la pieza. Pasó el pulgar junto a las tres líneas doradas.

—¿Darom Veyra?

—Sí. ¿Lo conoces?

—Conozco sus almacenes. ¿Cuándo te dio esto?

Aura empezó a contarle lo del bosque. Todavía recordaba dónde estaba cada uno cuando los bandidos detuvieron el carruaje, pero al hablar de la herida se llevó una mano al costado y tuvo que corregir la explicación. Shaeli la escuchó sin interrumpirla. Después le preguntó dónde lo había dejado.

—En el hospital. Le dije que no debía levantarse. No sé si… han pasado bastantes días.

—Puedo preguntar por él. No voy a contarles para qué queremos verlo hasta saber quién nos recibe.

Aura asintió y le dejó la ficha. Shaeli fue sola a uno de los almacenes de la casa comercial y regresó aquel día con una respuesta: Darom podía recibirlas a la mañana siguiente, en una dependencia junto al camino del oeste, fuera de las murallas. Le devolvió la ficha al contárselo.

Antes de salir hablaron con Ambarine. Aura le contó quién era el mercader y lo que podía pedirle. Ambarine quiso saber qué conocía de su situación; cuando Aura respondió que nada, apartó las manos del mapa.

—Puedes hablarle de mi padre y del examen. No le cuentes dónde estamos.

—Ni lo de la torre —añadió Aura.

—Eso tampoco.

Shaeli guardó las indicaciones del encuentro. Aura volvió a poner la ficha en su bolso y esta vez comprobó que no quedara debajo de las correas.

El camino del oeste estaba seco. Desde el carro, Aura vio pasar cercas y carros de trabajo antes de que Shaeli le indicara una construcción baja, con las mismas marcas de la ficha junto a la puerta. Un empleado las hizo esperar mientras avisaba. Aura se quedó de pie, tocando el borde del bolso, y al oír que podían entrar se adelantó tanto que tuvo que detenerse para dejar pasar a Shaeli.

Darom las esperaba sentado, con un cojín entre la espalda y el respaldo. Intentó levantarse cuando entró Aura, pero se llevó una mano al costado y ella se acercó antes de que lo consiguiera.

—No, quédese. ¿Todavía le duele mucho?

—Cuando olvido lo que me dijo el sanador. —Volvió a acomodarse y señaló las sillas—. Mi esposa quería saber si habías llegado bien. Los niños también preguntan por ti.

—Estoy bien. ¿Ellos…?

—En casa. Al pequeño le cuesta dormir, pero va mejor.

Aura dejó la ficha sobre la mesa. Darom la empujó hacia ella con dos dedos.

—Guárdala. Ya me dijeron que la habías traído. ¿Qué necesitas?

Shaeli esperó a que Aura se sentara. Habían decidido que fuera ella quien hablara primero, aunque al encontrarse frente a Darom tardó en empezar.

—He conocido a Ambarine.

Darom apartó la mano del costado y miró un momento hacia la puerta cerrada.

—¿Está contigo?

—No ha venido. Quería preguntarle qué piensa de ella. De lo que dicen que hizo.

—No estuve allí cuando murió su padre. —Darom se inclinó un poco hacia la mesa—. Pero tampoco me basta con que repitan una acusación. He visto demasiadas órdenes cambiadas después de que una carga ya estuviera retenida.

Aura miró a Shaeli antes de continuar.

—Encontró cosas que cambiaron en la investigación. Quiere demostrarlo.

—¿Y te ha pedido que la ayudes?

—Sí. Yo quiero ayudarla. Pero, antes de contarle más… ¿usted querría hacerlo también?

Darom se frotó el borde de la manga.

—Si puede sacar a Isaliria de ese lugar, estoy a favor de que vuelva. Me gustaría trabajar sin preguntarme qué van a quitarle al siguiente conductor que cruce una puerta. Pero necesito saber qué me estás pidiendo.

Aura le explicó que pretendían entrar en el complejo imperial y llegar hasta el cuerpo de Emeter. Había comprobaciones retiradas de la investigación; necesitaban buscar una prueba que pudiera examinarse fuera del palacio. Darom escuchó sin interrumpir hasta que ella mencionó la cámara bajo el templo.

—¿Van a pelear dentro?

—Puede que tengamos que hacerlo —respondió Shaeli—. Necesitamos conservar un paso para salir.

—Hay gente mía trabajando allí.

—Por eso hemos venido a hablar. No vamos a ocupar los salones ni a atacar a los invitados.

Darom bajó la mirada hacia la ficha, que Aura todavía sostenía entre las manos. Preguntó cuántos entrarían con sus vehículos y qué harían si detenían a uno. Shaeli respondió sobre el transporte y la separación de los grupos; no le dio los caminos del refugio ni las señales interiores. Aura tampoco habló de lo que buscaba para sí misma.

—Puedo facilitarles dos carruajes —dijo él después de escuchar—. Uno para llevarlos hasta el almacén y hacer la entrega. El otro puede quedarse fuera. Si necesitan volver con alguien que no pueda caminar, agradecerán tenerlo.

Shaeli apoyó las manos sobre las rodillas.

—¿Quién los conduciría?

—Hablaré con uno de mis hombres. Conoce los almacenes y las entregas al palacio. Le diré para qué necesitan el carro.

Aura asintió. Darom la observó antes de añadir:

—Me gustaría que Ambarine volviera a mandar. Pero no quiero perder más conductores esperando que las cosas mejoren. Si no acepta, buscarán otra forma; no voy a mandarlo engañado.

—Lo entiendo —dijo Aura.

—Cuéntaselo a ella también.

Darom acercó una hoja que tenía junto al asiento y la extendió hacia Shaeli.

—La cena es dentro de tres días. Mi casa lleva parte de las provisiones. También nos pidieron cinco personas para mover las mesas, llevar agua y retirar los recipientes.

Shaeli bajó los ojos hacia el encargo.

—¿Todavía puedes elegir quiénes van?

—Sí. Los encargados los recibirán como gente recomendada por mí.

Aura miró a Shaeli. Ella había dejado la hoja sobre sus rodillas.

—Lyra conoce los depósitos —dijo—. Puede comprobar dónde tienen que presentarse y a qué hora.

—Que hable con el encargado del almacén. Les prepararán la ropa de trabajo.

Darom señaló la hoja antes de que Shaeli se levantara.

—Lleven el encargo. El encargado tiene que saber a quiénes va a recibir.

Shaeli dobló la hoja y la guardó. Al salir, Darom llamó a Aura para que no olvidara la ficha. Ella había vuelto a dejarla sobre la mesa mientras hablaban.


Ambarine entró en la tienda del mapa cuando Cael terminaba de leer el encargo de Darom. Aura estaba junto a él. Había vuelto con Shaeli hacía poco y tenía sobre el brazo una prenda de tela gruesa, sin adornos, que les habían entregado como muestra de la ropa de trabajo.

—¿Todo esto salió de él? —preguntó Ambarine.

Aura asintió y le mostró la pequeña marca bordada sobre el pecho.

—Sabe que vamos por tu padre. Le dijimos que podía haber una pelea.

Ambarine tomó la prenda.

—¿Qué quiere a cambio?

—Que sus hombres regresen. El conductor hará la entrega y se irá. Y… cree que las cosas podrían mejorar contigo.

Ambarine miró las hojas de Cael. Darom iba a ayudarla sin haberla visto desde su regreso; Aura y Shaeli habían hablado por ella. Volvió a doblar la prenda, pero una manga quedó fuera y tuvo que acomodarla otra vez.

Ambarine puso la prenda junto al encargo y buscó la fecha. Coincidía con la que había dado el proveedor.

—Podemos cruzar juntas las murallas —dijo Aura—. Te cambiaré el cabello otra vez.

Ambarine levantó la vista. Aura se tocó las puntas que le caían sobre el hombro.

—El mío también. Como cuando fuimos a la prisión.

—Entonces vendrás conmigo.

—Eso quería.

Ambarine le sostuvo la mirada un momento y asintió. Cael anotó sus nombres juntos y acercó el encargo a Shaeli. Ella había preparado una casa dentro de la ciudad donde podrían reunirse antes de ir al palacio.

Durante la jornada siguiente, Lyra comprobó con el almacén la entrega y los cinco puestos de trabajo. Shaeli conoció al conductor que Darom había enviado. El hombre había aceptado después de hablar con el mercader; al reconocer a Ambarine se quedó callado un momento, luego la acompañó hasta el carro para mostrarle la carga.

Al regresar Tirka y Nashira de su recorrido alrededor del complejo imperial, Rayenteeka se acercó a escuchar. Preguntó por el muro trasero y por lo que había al otro lado.

Ambarine describió el patio y el paso junto a las dependencias de servicio. Después salieron de las tiendas hasta unas rocas cercanas, buscando un borde alto donde probar la cuerda. Tirka se ofreció antes de que terminaran de elegirlo.

Rayenteeka buscó apoyo para los pies y la levantó hasta que la kunara pudo sujetarse del borde. Tirka trepó, giró para mirarla y se quedó un momento sentada arriba, con la cola moviéndose detrás de ella.

—¿Ves? Te dije que podías levantarme.

Rayenteeka se frotó una palma. Al ver acercarse a Ambarine, le mostró el roce y señaló a Tirka.

—Pesa menos de lo que creía. Con ustedes va a ser más difícil.

—Subiremos de una en una —respondió Ambarine—. Yo aseguraré la cuerda cuando esté arriba.

Tirka bajó para dejarla probar. Ambarine apoyó el pie demasiado lejos del agarre y tuvo que volver a colocarlo. Oyó reír a la exploradora, pero Rayenteeka no se movió hasta que pudo sujetarse. Cuando llegó al borde se acomodó sobre él y tomó la cuerda para ayudar a Aura.

Aura subió despacio. El bolso se le desplazó al inclinarse y tuvo que apartarlo con un codo. Ambarine sostuvo la cuerda mientras buscaba dónde poner el pie; al alcanzarla, Aura permaneció un momento sentada, respirando con la boca abierta.

—Este bolso quiere quedarse abajo —murmuró.

Rayenteeka miró la correa al ayudarlas a descender.

—Está muy larga. Podemos acortarla.

Ambarine volvió a pasar la mano por la cuerda antes de recogerla. Orven la esperaba junto a las tiendas con las herramientas que llevaría para las puertas. Las dejó ver a Aura mientras ella preguntaba por el paso después del muro.

También separaron comida para el viaje. Las vendas limpias se guardaron en bolsas más pequeñas y algunas mantas dejaron los lechos para cubrir los bultos. Quienes dormían cerca tenían que apartarse para dejar pasar a los mismos hombres varias veces, y las preguntas acompañaron el movimiento de las cosas.

Ambarine oyó las primeras mientras llevaba una capa doblada a la tienda de Orven.

—Al parecer están planeando entrar al palacio.

—¿Para qué?

—Por Emeter.

Las voces venían de detrás de una lona. Al pasar por el espacio siguiente oyó que alguien preguntaba si eso significaba que Ambarine iba a regresar como emperatriz. Nadie respondió con seguridad. Más allá, junto al fuego, dos personas dejaron de hablar cuando la vieron acercarse y una le ofreció el sitio que acababa de desocupar.

Ambarine agradeció con un gesto, pero continuó hasta la tienda de Orven para entregarle la capa.


La víspera de la salida, Aura acompañó a Neria al pueblo del sur. Llevaba el bolso sobre las rodillas y lo apartó cuando el carro se detuvo frente a la casa. Peryna salió al oír las ruedas. Se quedó junto a la puerta mientras Aura bajaba y después corrió hasta ella.

—Ya trajimos el jergón.

Aura miró hacia el cuarto antes de responder. La niña la tomó de la mano y tiró para que entrara.

El sitio junto a Iris estaba ocupado por una manta doblada sobre el jergón nuevo. Micah había dejado la caja de ropa contra la otra pared, lejos de la ventana. Aura se acercó y apoyó el bolso donde Peryna lo había señalado durante el traslado.

—No pusimos nada ahí —dijo Iris.

—Ya vi.

Mauro estaba despierto. Tenía una almohada detrás de los hombros y extendió la mano cuando ella pasó junto al lecho. Aura la tomó sin inclinarse sobre el vendaje.

—¿Ya te vas? —preguntó él.

—Saldremos mañana.

Peryna miró el bolso que había dejado en el suelo.

—¿Hoy tampoco duermes aquí?

Aura negó despacio.

—Tengo que volver con Neria. Todavía estamos preparando cosas.

La niña se sentó sobre el jergón y pasó una mano por la manta. Iris se quedó junto a ella. Erina había dejado de sacar los paños que Neria llevó y se acercó a Aura para acomodarle una parte de la capa que estaba atrapada bajo la correa.

—Vienes a despedirte —dijo.

Aura asintió. Al llegar había querido explicarles qué haría después, pero desde la puerta podía ver el espacio que le habían guardado y ahora se le apretaba la garganta.

—No sé cuándo volveré.

—No tienes que decirnos el día —respondió Erina.

Micah se apoyó en el marco. Había empezado a abrir la boca, pero miró a su madre y esperó. Mauro le soltó la mano a Aura para que pudiera sentarse un momento.

Peryna hizo sitio junto a ella. Aura se sentó en el jergón y dejó que la niña se acomodara contra su brazo. Iris permaneció al otro lado, con las piernas recogidas.

—Tengo miedo —dijo Aura después de un rato.

Erina bajó los paños sobre la mesa.

—Nosotros también.

Aura miró a Mauro. Él no intentó levantarse. Seguía con una mano sobre la manta, cerca de donde ella lo había tomado.

—Quiero volver aquí —añadió Aura—. No solo… No solo verlos otra vez. Quiero quedarme un poco.

Iris le rozó los dedos y dejó la mano junto a la suya.

—Entonces vuelve. El jergón ya está.

Peryna apoyó la mejilla contra su manga. Desde la cocina llegó el ruido de un cuenco que Neria había movido para dejar espacio a los materiales. Aura se quedó sentada mientras Erina le contaba que habían podido abrir la ventana y que Micah se había levantado durante la noche al oír a su padre. Mauro dijo que había sido por agua; Micah corrigió que primero se había caído el cuenco. Peryna levantó la cabeza para explicar el golpe que la despertó y los tres hablaron a la vez.

Aura terminó riéndose con ellos. Mientras Micah intentaba contar su parte, sintió una tristeza que la hizo dejar de escucharlo. Por un momento le pareció que aquella conversación ya había terminado y ella estaba sola, tratando de recordarla. Miró a Iris, que seguía sentada a su lado, y se acercó un poco más. Peryna aún tenía la mejilla contra su manga. Quiso decir algo, pero no supo qué; se quedó escuchándolos, con miedo de que Neria las llamara para irse.

Cuando Neria avisó que tenía que regresar, Peryna volvió a sujetarle el brazo.

—Espera.

Se puso de rodillas sobre el jergón y la abrazó. Aura cerró los ojos un momento, con una mano en su espalda. Iris la abrazó después, sin decirle otra vez que se cuidara. Al separarse la ayudó a recoger el bolso.

Micah la acompañó hasta la puerta. Allí se detuvo, como si todavía le quedara algo por decir.

—Lo dejé lejos de la ventana —murmuró.

Aura miró hacia el cuarto.

—Gracias. Me gusta así.

Erina salió con ellos y le tomó los hombros antes de dejarla ir. Aura se despidió de Mauro desde el marco; él levantó la mano sin apartarse del lecho. Al subir al carro encontró a Peryna junto a Iris. La niña volvió a señalar la ventana y Aura levantó una mano hasta que la casa quedó detrás.

Durante el regreso no abrió las notas. Se quedó mirando los campos, con el bolso sujeto entre las manos. Todavía podía sentir la mejilla de Peryna contra la manga.


Ambarine vio llegar a Aura con Neria y esperó junto a la tienda del mapa. Le preguntó por Mauro. Aura dijo que seguía necesitando ayuda para moverse, pero que había podido hablar con él.

—¿Te despediste de todos?

—Sí.

Ambarine hizo sitio en la entrada. Aura pasó con el bolso y lo dejó junto a la silla; todavía llevaba la correa acortada desde la prueba del muro. Neria entró detrás y se sentó a su lado.

Cael había dejado libre un extremo de la mesa para los avisos que esperaría desde la capital. Ambarine se sentó junto a Orven.

—Me quedaré aquí contigo —le dijo Neria a Cael—. Dejaré preparados los materiales para atender a quienes vuelvan heridos. Si alguien no puede llegar hasta aquí, avísame dónde está y buscaré con quién ir por él.

Cael asintió y anotó su nombre junto al suyo.

Orven acercó la ficha que marcaba el templo.

—Quiero que todos encuentren este cruce sin el dibujo. Si nos separan, no podrán esperarte para saber adónde volver.

Ambarine lo miró. Habían hablado de dejarle la retirada, pero ahora tendría que decirlo delante de todos.

—Si no pueden alcanzarme, Orven dará la orden de salir.

Brenor apoyó los codos sobre las rodillas. Tirka dejó de moverse en la silla y Aura permaneció mirando el punto del templo. Ambarine iba a añadir algo cuando Orven retiró la ficha y la puso junto a las otras.

—Antes de llegar a eso, intentaremos mantenernos juntos.

Cael terminó de guardar los documentos, aunque retuvo la hoja donde había anotado el regreso.

—Antes del amanecer necesito otro aviso —dijo—. El de que están fuera del palacio. Si no llega, saldré a buscar ayuda.

Ambarine dejó de recoger el mapa.

—No sabemos cuánto puede tardar lo de la cámara.

—Y yo no voy a saber si siguen allí o si los detuvieron.

Orven acercó la hoja y señaló el punto de apoyo exterior.

—Si salimos por otro lado, mandaremos a alguien desde aquí.

Ambarine miró el lugar que señalaba y asintió. Esperó a que despejaran la mesa y se quedó un rato más con Orven.

Al día siguiente, cuando llegó el momento de enviar al primer grupo, habían transcurrido unas dos semanas desde su regreso de la capital. La cena sería esa noche.

Tirka fue la primera en acercarse con el equipo puesto. Llevaba el cabello sujeto y había comprobado varias veces que nada le golpeara las piernas al caminar. Nashira ajustaba el cierre de su capa. Había recorrido el camino de aproximación antes de aceptar la salida.

Ambarine las observó desde la mesa. A unos pasos, Rayenteeka ayudaba a Aura a acortar una tira que le quedaba suelta en el bolso. La kunan probó el nudo tirando con cuidado y devolvió la correa; Aura pasó la mano por encima para recordar cómo estaba hecha.

Orven reunió a los demás cerca de la entrada. Los tres colaboradores se colocaron junto a Shaeli y Brenor, dejando libre el paso por donde seguían llegando personas con sus tareas del campamento. Ambarine esperó a que todos la miraran.

—Antes de que salga nadie, quiero preguntarlo otra vez. ¿Alguno ha cambiado de opinión?

El hombre de cabello gris miró a su compañero. Rayenteeka dejó caer las manos a los lados y esperó.

—Todavía pueden quedarse —añadió Ambarine—. Prefiero saberlo ahora. No puedo asegurarles que todos vayamos a volver.

Tirka se acomodó el bolso sobre el hombro.

—Yo voy.

Los demás respondieron también. Algunos solo asintieron, pero Ambarine esperó la respuesta de cada uno antes de volverse hacia Cael. Él confirmó lo que haría si perdían contacto y Orven le recordó a quién debía buscar para cambiar el regreso. Cuando terminaron, Tirka salió con Nashira hacia el sendero que llevaba al vórtice.

Aura se quedó junto a Ambarine mientras los otros se apartaban para dejarlas pasar.

—Me ha dado miedo escucharte decirlo —murmuró.

—¿Que puede que no volvamos todos?

Aura asintió. Ambarine siguió con la vista a Tirka hasta que una tienda la ocultó.

—A mí también.

Durante un momento ninguna habló. Rayenteeka esperaba cerca, mirando el recorrido que acababan de tomar las exploradoras. Aura bajó la vista hacia la correa que le había ayudado a ajustar.

—Voy a intentar llegar a lo que busco —dijo—. Y quiero ayudarte con Emeter. Pero si algo sale mal, no sé si podré hacer las dos cosas.

—Lo sé. Tendrás que decidir allí.

Ambarine deseaba poder acompañarla hasta la torre, dejarla en un lugar seguro y regresar después por su padre. Al mirar hacia la mesa, con los dos puntos separados sobre el plano, volvió a pensar en cuánto podían tardar en llegar de uno al otro.

—Si nos separamos, sigue con quien vaya contigo —añadió—. Yo intentaré alcanzarte por donde acordamos.

Aura levantó la cabeza.

—Y si te quedas atrás para que salgamos… no me pidas que me vaya solo porque tú lo decidiste.

Ambarine frunció el ceño.

—Puede que no haya otra salida.

—Entonces tendremos que verla. No quiero que lo decidas antes.

Ambarine sostuvo su mirada y después asintió, aunque le costó hacerlo.

—Está bien. Intentaremos salir las dos.

Aura acomodó el bolso y se quedó a su lado. Todavía debían esperar antes de partir. Desde el sendero, Tirka levantó una mano para despedirse; Nashira continuó junto a ella, ajustándose la capa. Las dos desaparecieron detrás de la elevación baja que ocultaba el campamento.

Cael se acercó al vigilante de la entrada para confirmar la hora. Ambarine permaneció mirando el camino hasta que dejó de oír sus pasos.

Folio 19·9223 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

34,01 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

3,69 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

833,67 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||