Sentoria · Nombre con un peso
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Capítulo 13·Daliana·Limessia

Nombre con un peso

Folio 13·34 min de lectura

Mientras un nuevo día se presentaba en Daliana, la luz se escurría entre las rocas de la cueva que contenía el vórtice donde se encontraba el campamento de Ambarine. Una pequeña caravana llegó transportando víveres para los refugiados. Los cargamentos quedaron junto a los vehículos mientras los vigilantes comprobaban el camino, y después empezaron a llevarlos al interior. Al otro lado continuaba el mismo ocaso anaranjado, con las sombras de las tiendas extendidas sobre el pastizal.

Ambarine salió al oír que había llegado la comida. Cerca del fuego, Brenor bajaba un saco del hombro mientras Cael preguntaba por las medicinas que habían encargado. Orven dejó libre un paso entre las cajas para que los siguientes pudieran descargar, y Shaeli se llevó a uno de los conductores a un lado. Ambarine alcanzó a escuchar que le preguntaba dónde se habían detenido antes de que otras voces cubrieran la conversación.

Las tiendas más antiguas tenían lonas oscuras, remendadas en los bordes y sujetas con cuerdas que ya habían cambiado varias veces de estaca. Antes quedaba espacio entre ellas para moverse con equipo; ahora había que rodear mantas puestas a secar y pequeños bultos de ropa junto a las entradas. Más allá habían extendido telas entre los árboles para recibir a quienes llegaron después del rescate. Algunas apenas cubrían los jergones, y una de las familias había colgado una manta de un cordel para separarse de sus vecinos. Ambarine se apartó para dejar pasar a dos hombres con una caja. Uno de ellos había salido de la fortaleza con su ayuda y todavía llevaba marcas en las muñecas. Le sonrió al reconocerla y siguió hasta el lugar donde preparaban la comida.

Tirka estaba bajo uno de los toldos nuevos, sujetando una esquina de tela para que Saira pudiera anudarla más arriba. Los cuernos cortos de la kunara rozaban el borde cada vez que se enderezaba. Cerca de ellas, la semi-humana de orejas claras recogía las mantas del suelo, mientras Miren y la otra mujer humana acercaban los cuencos para el desayuno. La kunan permanecía sentada junto a la abertura, con la cola alrededor de las piernas y el hocico orientado hacia los recién llegados. Cuando Tirka le habló, volvió una oreja hacia ella, pero siguió observando la descarga. Nashira se había sentado a unos pasos, con las manos vendadas sobre las rodillas; llamó a Brenor para indicarle dónde podía dejar el siguiente saco.

Ambarine continuó hacia la tienda donde atendían a Mauro. La entrada estaba recogida y desde fuera podía ver a los Fuegel reunidos alrededor del lecho bajo. Erina tenía el cabello atado y las mangas subidas; sostenía un cuenco mientras Aura la ayudaba a acomodar una tela limpia al alcance del sanador. Iris terminaba de peinar a Peryna con los dedos. La niña se movía cada vez que oía pasar a alguien, obligando a su hermana a llamarla para que volviera a quedarse quieta. Micah llegó con agua, dejó el recipiente junto a su madre y se agachó para decirle algo a Mauro.

Mauro le respondió con unas pocas palabras que Ambarine no alcanzó a oír. Seguía pálido, tendido con el abdomen vendado y una manta sobre las piernas. Al intentar acomodarse se detuvo con una mueca de dolor, y Erina dejó el cuenco para ayudarlo junto con Micah. Esperaron a que estuviera cómodo antes de apartarse. Peryna aprovechó que Iris había terminado para acercarse a su padre y mostrarle el mechón que todavía se le escapaba detrás de una oreja. Él levantó la mano hasta tocarlo, pero pronto volvió a apoyarla sobre la manta.

Erina descubrió a Ambarine junto a la entrada y la saludó con una inclinación de cabeza. Ambarine correspondió al gesto. Habían conseguido reunir a la familia, pero Mauro aún necesitaba ayuda para moverse y sus hijos dormían junto al lecho, en el poco espacio que podían dejarle al sanador. Pensó en los otros toldos y en las personas que todavía aguardaban un lugar más cómodo. Al ver que Aura levantaba la mirada, le indicó que la encontraría en la sala del mapa y regresó por el paso entre las tiendas.

Ambarine apartó las transcripciones para dejar libre el mapa. Las dos fichas seguían donde las había colocado durante su conversación con Aura, demasiado juntas para representar la distancia que habría que recorrer entre la torre y la cámara funeraria. Había intentado encontrar un camino antes de dormir, pero los planos estaban incompletos y conocía demasiado bien algunas de aquellas puertas para suponer que bastaría con llegar hasta ellas.

Aura entró mientras acomodaba las hojas. Levantó la tela y la sostuvo un momento para que no se enganchara en su ropa, luego se acercó a la mesa.

—Tengo una idea para entrar. Quería hablar contigo antes de llamar a los demás.

Aura acercó una silla y se sentó. Ambarine permaneció de pie, inclinada sobre el dibujo de la capital.

—Entraríamos separados. Dos personas por un camino, otras por otro, dejando tiempo entre cada llegada. Primero tendríamos que cruzar las murallas y encontrar dónde esperar. Después buscaríamos la forma de acercarnos al palacio.

—¿También separados?

—Sí. Si nos presentamos juntos, bastará con que reconozcan a uno para detenernos a todos.

Ambarine recorrió con un dedo el límite del complejo. La entrada principal era la más fácil de encontrar en el plano y la que menos le servía. Recordaba su anchura, los guardias a ambos lados y el espacio que quedaba descubierto antes de llegar a las puertas.

—No quiero atacar la capital —continuó—. Necesitamos llegar a distintos puntos dentro del complejo y reunirnos allí. Cuando todos estén en posición, podremos abrir el paso hacia el templo. Hasta entonces habrá que evitar cualquier enfrentamiento.

Aura se inclinó para mirar el lugar que señalaba.

—Eso puede tardar.

—Lo sé.

Ambarine se sentó frente a ella. Había pensado en las entradas, en los corredores y en las personas que conocían los caminos de regreso. Todavía le costaba imaginarse esperando dentro del palacio mientras otros intentaban alcanzarla.

—Quiero que me ayudes, Aura. A entrar y a llegar hasta mi padre.

—Sí, claro. Puedo ir contigo o con quien necesite más ayuda, pero…

Aura sacó la amalgamita lo suficiente para que pudiera verla. La fisura seguía atravesando la gema. Ambarine la había visto antes y, aun así, se acercó un poco, buscando alguna diferencia.

—Sigue igual —dijo Aura—. Puedo hacer algunas cosas, pero no sé cuánto resistirá. Si necesitamos una descarga grande para pasar, no puedo prometerte que vaya a conseguirlo.

Ambarine dejó de mirar la piedra.

—Entonces tendremos que encontrar un paso que no dependa de eso.

—Quería decírtelo antes de que contaras conmigo para algo así.

—Hiciste bien.

Aura guardó la gema y volvió a observar las fichas. Acercó la mano a la que marcaba la torre, aunque la dejó en su sitio.

—También tengo que llegar aquí.

—Lo recuerdo. Pero todavía no sabemos en qué momento podremos separarnos.

—Podemos decidirlo después. Sobre la Alechrona… preferiría que quedara entre nosotras.

Ambarine miró hacia la entrada. A través de la tela llegaban conversaciones del refugio, lo bastante cercanas para distinguir alguna palabra cuando alguien alzaba la voz. Bajó un poco la suya.

—Estoy de acuerdo. Les diremos que tienes que alcanzar una zona interior por un asunto tuyo. Quienes vayan contigo necesitarán saber que tu camino puede separarse del mío.

Aura asintió, aunque tardó un momento en responder.

—No sé cómo explicarles más sin terminar contándolo todo.

—Con eso bastará para empezar. Cuando sepamos quiénes vienen, veremos qué necesitan conocer.

Ambarine reunió las transcripciones y dejó encima la primera hoja que iba a mostrarles. Al ponerse de pie sintió el cansancio en las piernas; había dormido, pero todavía le pesaba el viaje. Aura se levantó también y esperó junto a la salida.

—¿A quién buscamos?

—A Orven y Cael. También a Shaeli, Nashira, Tirka y Brenor.

Salieron a buscarlos entre las tiendas. Ambarine encontró primero a Cael y le pidió que fuera a la sala del mapa. Él quiso saber si debía llevar algo para anotar.

—Después, quizá. Primero necesito contarles lo que estoy pensando.

Cuando Brenor llegó, quedaba poco espacio alrededor de la mesa. Tirka había acercado su silla a la de Nashira y mantenía la cola recogida para que nadie la pisara al pasar. Cael se acomodó junto a las transcripciones, mientras Shaeli permanecía cerca de la entrada. Orven esperó a que Ambarine terminara de contar a los presentes antes de bajar la tela.

Ambarine reconocía a todos y había trabajado con ellos, pero al verlos reunidos sintió la necesidad de revisar una vez más lo que iba a decir. Cael ya había leído las hojas al copiarlas. Los demás esperaban una explicación.

—Encontré registros del examen de mi padre en la Academia Imperial de Daliana —empezó—. Hay diferencias entre lo que se escribió al principio y la versión que utilizaron para acusarme.

Colocó las dos transcripciones una junto a la otra y señaló la aclaración del primer examen.

—Ereel encontró una huella semejante a la magia de los Folsitia. Creyó que era mía, pero dejó comprobaciones pendientes. Aquí todavía aparecen.

Cael acercó la hoja para que Tirka pudiera verla desde su sitio.

—En la otra versión las quitaron —dijo—. La identificación quedó presentada como si el examen hubiera terminado.

—¿Y esto salió de la Academia? —preguntó Shaeli.

—Lo copié allí —respondió Ambarine—. Conservaban referencias y documentos que habían retirado de consulta.

Shaeli se inclinó sobre las hojas. Ambarine la dejó leer antes de continuar. Había pasado buena parte del regreso intentando recordar cada línea por miedo a que el carbón se borrara; ahora, bajo la letra más clara de Cael, algunas palabras resultaban extrañamente fáciles de mirar.

Les recordó también el informe alterado que Arcalzar había dado a conocer durante la búsqueda de los Fuegel. Ya habían visto cómo una versión modificada podía utilizarse para justificar un arresto. En el caso de Emeter, las comprobaciones eliminadas habían permitido presentar una sospecha como una conclusión.

—Eso demuestra que cambiaron la investigación —dijo Orven—. ¿Demuestra quién lo mató?

—Todavía no.

Ambarine retiró la mano de las transcripciones. Era la pregunta que tendría que responder cada vez que mostrara aquellos documentos.

—Necesito examinar el cuerpo. Comprobar qué huellas quedan y si todavía se puede distinguir qué le hicieron.

Brenor frunció el ceño.

—¿Dónde está?

—Debería seguir bajo el templo interior del palacio. No hubo una sucesión reconocida ni se anunció el fuego ritual. Es posible que lo hayan trasladado, pero la cámara funeraria es el primer lugar donde debemos buscar.

Tirka miró el mapa y después a Ambarine.

—¿Todos estos años?

—Sí. Es posible.

Le costó continuar. Había conseguido hablar del examen sin detenerse, pero al imaginar de nuevo a su padre dentro de la cámara tuvo que apoyar ambas manos en el borde de la mesa. Aura estaba a su lado; Ambarine notó que había vuelto el rostro hacia ella y mantuvo la vista en el plano hasta poder seguir.

—Si permanece allí y está conservado, aún podríamos encontrar una prueba. Necesito sacar algo que pueda examinarse fuera del palacio, donde Isaliria no pueda decidir quién lo ve ni interrumpir otra vez el trabajo.

Nashira se acomodó en la silla.

—Para eso tenemos que entrar.

—Sí.

—¿Cuántos?

Ambarine recogió los documentos y los dejó a un lado del mapa.

—Pocos. Todavía no sé cuántos harán falta. Quiero entrar por grupos pequeños, en momentos distintos, y acercarnos al complejo desde varios lugares.

Orven se inclinó para observar el dibujo. Ambarine señaló primero las murallas de la ciudad y luego el palacio, siguiendo con lentitud el recorrido para que todos pudieran verlo.

—Tendremos que cruzar la capital antes de intentar lo demás. Cada grupo necesitará una forma de llegar a su posición sin llamar la atención. Si capturan a alguien, debemos evitar que con él descubran por dónde entran todos los otros.

—Eso depende de lo que sepa cada uno —intervino Shaeli.

—Sí. Habrá que decidir qué necesita conocer cada grupo y cómo comprobar que llegó.

Cael había empezado a mover los dedos sobre la mesa, buscando por costumbre algo con lo que escribir. Al advertirlo, juntó las manos.

—Nos faltan accesos —dijo—. En este plano hay partes que ni siquiera están completas.

—Lo sé. Por ahora quiero que vean lo que intento hacer.

Ambarine indicó dos zonas dentro del complejo, sin colocar fichas sobre ellas.

—Necesitaríamos llegar por más de un lado para abrir los corredores hacia el templo. Solo empezaríamos a actuar cuando estuvieran dentro quienes deben asegurar el paso y la retirada. No podemos quedarnos encerrados junto a la cámara.

—¿Y si una entrada falla? —preguntó Tirka.

—Los otros tendrán que saberlo antes de avanzar. Aún tenemos que resolver cómo.

Orven permaneció mirando el espacio que separaba el templo de las puertas exteriores.

—Una vez que aseguremos un corredor, vendrán a recuperarlo.

—Tendremos que mantenerlo el tiempo suficiente para entrar y salir. No pretendo ocupar el palacio entero ni extender la pelea a la ciudad.

Al decirlo, Ambarine se dio cuenta de que estaba hablando cada vez más deprisa. Se detuvo. Había lugares del mapa que recordaba con claridad, pero también habían pasado años desde la última vez que caminó por ellos. Ninguno de los presentes podía completar aquellas partes solo porque ella necesitara llegar al final.

Aura acercó una mano al borde de la mesa.

—Yo también tengo que alcanzar una zona interior —dijo—. Por algo que necesito encontrar allí. Puede que tenga que separarme del camino de Ambarine.

Brenor la miró y luego buscó la zona del templo en el plano.

—¿Más lejos?

—Por otro camino —respondió ella—. Todavía tenemos que ver cómo llegar.

Ambarine asintió para confirmar sus palabras. Después apartó la vista del mapa y miró a quienes habían venido. Orven esperaba junto a Cael; Shaeli seguía de pie y Nashira había dejado de recostarse en la silla. Tendría que escuchar lo que pensaban, incluso si alguno consideraba que pedirles aquello era demasiado.

—Esto es lo que quiero intentar —dijo—. Necesito ayuda para prepararlo y para entrar. ¿Quiénes de ustedes quieren ayudarme?

Brenor se adelantó antes de que Ambarine terminara de apartar las manos de la mesa.

—Yo quiero ayudar. Pero si encontramos lo que buscas, tendremos que hacer algo con ello. Silas sigue ahí fuera.

—No me he olvidado de él —respondió Ambarine.

—Ya lo sé. Los demás tampoco han desaparecido porque hayamos sacado a los Fuegel. Hay otros guardias llevándose gente y otras casas donde pueden entrar con una orden como la suya.

Cael levantó una mano, aunque tardó en encontrar un momento para hablar.

—Brenor, entrar al palacio también puede dejarnos sin gente para mantener esto. Alguien tiene que traer la comida. Y encontrar dónde llevar a quienes no pueden quedarse aquí.

—Esta mañana he estado cargando sacos contigo.

—Sí, y sabes cuántos llegaron.

Cael miró hacia las hojas que Ambarine había apartado. Se frotó una mancha de tinta del dedo y dejó la mano sobre la mesa.

—No digo que vayamos a quedarnos sin comer hoy. Pero la comida dura menos. Las vendas también. Tenemos que pedir más cosas y conseguir que vengan por caminos que no estén vigilados. Si mandamos siempre al mismo a comprar, acabarán preguntándole para quién es todo.

Ambarine recordó a Shaeli hablando con el conductor.

—¿Ocurrió algo con la caravana?

—Llegaron bien —respondió ella—. Pero el camino se complica por la cantidad. Hoy traemos comida, después tenemos que sacar a una familia, otro día vuelve alguien con medicinas. Basta con que sigan a uno durante un tramo.

—Aprobamos tres casas —dijo Ambarine—. Podemos llevar allí a parte de los que duermen bajo los toldos.

—Y ocuparlas —añadió Cael—. Después tendremos que buscar otras. Las personas que nos reciben también tienen vecinos, Ambarine. Algunas ya están compartiendo la comida de sus hijos.

Al terminar miró a Orven, que seguía inclinado sobre el mapa. Ambarine había pasado por aquellas tiendas poco antes de la reunión. Desde la mesa resultaba fácil pensar en mover a una familia hacia una casa segura; afuera había que explicarles adónde irían, conseguir transporte para quienes no podían caminar y encontrar a alguien dispuesto a abrirles la puerta.

—Puedo ayudar a preparar la entrada —continuó Cael—. Pero necesito saber con quién voy a contar aquí. Si salen todos los que conocen los caminos, no sabré a quién enviar cuando falte algo.

—Tendremos que dejar gente —dijo Ambarine.

—Gente que pueda hacerlo —precisó Shaeli—. Y reservar rutas de regreso. No quiero que quienes salgan perseguidos del palacio terminen llevando a los guardias a una de esas casas.

Brenor retiró las manos de la mesa y se volvió hacia ella.

—Tampoco podemos esperar a encontrar un sitio para cada uno antes de hacer algo más.

—No te he pedido eso.

—Cada vez que hablamos de salir, faltan personas, faltan caminos…

—Porque faltan —lo interrumpió Shaeli—. Necesito saber cuánto vamos a exponer. Si puedo mantener a salvo el resto de la red, ayudaré. Pero tenemos que resolverlo antes de partir.

Tirka había bajado las orejas durante la discusión. Se inclinó para ver a Brenor al otro lado de Nashira.

—Miren sigue preguntando por su madre.

Brenor dejó de mirar a Shaeli.

—Silas le dijo que iría por ella y por sus hermanos si escapaba —continuó Tirka—. No sabemos si lo hizo, y Miren tampoco. A veces se acerca a preguntar si va a salir alguien, aunque ya le hayamos dicho que todavía no tenemos noticias.

Ambarine recordaba a la mujer aferrada al marco de su habitación. Habían abierto la puerta y aun así tuvo miedo de cruzarla.

—Tenemos que comprobar dónde están —dijo.

—Sí. Quiero ayudar a buscarlos. Y también quiero ir contigo, si podemos conseguir que dejen de hacer eso. Hay más personas encerradas. Algunas ni siquiera tendrán a quién esperar.

Tirka miró sus manos y recogió la cola contra la pata de la silla. Nashira se movió para dejarle más espacio, con cuidado de no apoyar el hombro lastimado.

—Por eso quiero actuar —dijo Brenor—. Los sacamos de una prisión, los escondemos y seguimos buscando dónde meterlos. Mientras tanto, los que los encerraron pueden ir a buscar a otra familia. No voy a entrar ahí solo para devolverte una corona, Ambarine.

Ella sostuvo su mirada. Le molestó oírlo dicho de aquella manera, aunque no podía negar que durante años había pensado en regresar al palacio para recuperar el lugar de su padre.

—Te estoy pidiendo ayuda para demostrar lo que hicieron —respondió—. Si conseguimos que se examine esa prueba fuera, Isaliria tendrá que responder por algo que no pueda cambiar en un informe.

—O intentará quitártela —dijo Orven.

Ambarine volvió hacia él.

—También.

—Entonces tenemos que decidir hasta dónde llegamos. Entrar a buscar una prueba es una cosa. Mantener una parte del palacio puede exigir refuerzos que no tenemos. Si tratamos de quedarnos cuando aparezcan, habremos empezado una pelea de la que no podremos salir.

Orven acercó la silla y se sentó. Ambarine hizo sitio para que pudiera apoyar el brazo junto al plano.

—Iré contigo, jefa. Pero necesito saber quién decide cuando estemos separados. Si no podemos alcanzarte, alguien tendrá que dar la orden de salir. Y los demás tendrán que hacerle caso, aunque todavía estés dentro.

Ambarine bajó la vista hacia el templo. Había imaginado a Orven cubriendo un corredor y esperando su regreso; no se había detenido mucho en la posibilidad de que tuviera que ordenar una retirada sin ella.

—Tú sabes dirigirlos.

—Puedo estar contigo cuando ocurra. Habrá que dejarlo claro para cada grupo.

—Lo haremos antes de salir.

Orven asintió y se quedó junto al mapa. Cael soltó el aire despacio, aunque sus dedos continuaron moviéndose sobre el borde de la mesa. Aura había escuchado la discusión desde el lado de Ambarine. Cuando Tirka mencionó a quienes aún seguían encerrados, había mirado hacia la entrada, pero ahora observaba a Nashira.

La exploradora intentaba acomodar una venda que se le había desplazado sobre la muñeca. Tirka le sujetó el extremo para que pudiera ajustar la tela sin tirar de ella con los dedos heridos.

—Yo todavía quiero saber qué pasará después —dijo Nashira, mirando a Ambarine—. Supongamos que salimos con esa prueba. Puedes demostrar que eres inocente y consigues quitar a Isaliria. ¿Los Fuegel podrán volver a vivir en una casa sin esperar a que otro Silas venga a reclamarla?

—Quiero que puedan hacerlo.

—¿Y cómo? Había familias escondiéndose antes de que te acusaran. Saira no empezó a tener miedo del imperio ayer.

Ambarine dejó la mano junto a las transcripciones. Nashira esperó a que volviera a mirarla antes de continuar.

—Si vamos a arriesgar también el refugio, necesito saber qué cambiará para ellos cuando seas tú quien esté en el palacio.

Ambarine miró hacia la entrada antes de responder. La tela seguía bajada, pero podía oír a quienes recogían los cuencos del desayuno. Pensó en Erina ayudando a su esposo a moverse y en lo poco que había podido llevarse la familia de su casa.

—Quiero que puedan reclamar lo que les quitaron —dijo—. Que alguien tenga que escucharlos aunque yo no esté allí. Silas les robó las escrituras y después utilizó una orden para llevárselos. Hubo personas que aceptaron esa orden sin preguntarles nada.

—Porque llevaba un sello —añadió Cael—. Y ellos no tenían con qué contradecirlo.

—Aunque hubieran conservado el contrato, ¿quién iba a escucharlos? —preguntó Brenor.

Cael abrió la boca y se quedó mirando las hojas que tenía cerca.

—Eso también tendría que cambiar —admitió.

Orven se volvió hacia Ambarine.

—Si demuestras que te acusaron con un examen alterado, habrá quienes vuelvan a reconocerte. Sigues siendo la hija de Emeter. Para muchos, el imperio debería haber sido tuyo desde que él murió.

Ambarine sintió alivio al escucharlo. Conocía aquella respuesta y durante mucho tiempo había querido que alguien la dijera delante de los demás. Estuvo a punto de asentir, pero Nashira ya la observaba desde el otro lado de la mesa.

—¿Y eso obliga a Saira? —preguntó la exploradora—. ¿O a los que nunca estuvieron de acuerdo con su padre?

—Digo que habrá gente dispuesta a seguirla —respondió Orven—. Si consigue dar órdenes dentro del palacio, podría impedir que nos atacaran al salir.

—Algunos te obedecerían por el nombre —dijo Cael a Ambarine—. Sobre todo si puedes demostrar que Isaliria les mintió.

—Es posible. Quizá tenga que usarlo para detenerla y mantener el control mientras salimos.

Ambarine se quedó un momento con esa idea. Dar una orden en el palacio, esperar que un guardia la reconociera y ver que bajaba el arma. Lo había imaginado muchas veces, aunque siempre había supuesto que después le correspondería quedarse.

—Pero encontrar la prueba no resolverá quién debe gobernar —continuó—. En la Academia también encontré textos sobre mi familia. El reconocimiento que recibieron los primeros Folsitia podía retirarse. Dependía de que cumplieran con quienes se lo habían dado.

Shaeli dejó de apoyarse junto a la entrada.

—¿Quiénes?

—Las comunidades que aceptaron su custodia. Había acuerdos con kunaras y un lugar para los kunan y los semi-humanos. Después lo convertimos en algo que pasaba de padres a hijos.

—¿Lo convertimos? —repitió Nashira.

Ambarine frunció el ceño.

—Mi familia. Yo también crecí creyendo que me correspondía.

Le incomodó tener que aclararlo. Había leído las palabras de aquellos acuerdos a escondidas y todavía estaba intentando entender qué significaban para ella. Cael acercó la mano a los papeles, pero la retiró cuando Ambarine volvió a hablar.

—No sé cómo se decide eso ahora. Ni siquiera sé cuántas de aquellas comunidades siguen existiendo. Tendría que buscarlas y escuchar lo que quieren. También a quienes viven aquí y nunca pudieron elegir nada.

—Pueden negarse —dijo Shaeli.

—Sí.

Orven se pasó una mano por el cabello corto.

—Necesitaremos a alguien capaz de dar órdenes cuando Isaliria deje de hacerlo. No podemos esperar a recorrer el imperio para decidir quién detiene a sus guardias.

—Puedo hacerlo mientras sea necesario —respondió Ambarine—. Pero después tendré que responder por esas órdenes. No quiero que todo vuelva a depender de que la siguiente Folsitia quiera ayudar.

Brenor se sentó por fin, arrastrando la silla un poco más de lo que pretendía. Tirka apartó la cola al oír el roce contra el suelo.

—Pues empieza por los que siguen encerrados —dijo él—. Si llegas a mandar allí, haz que podamos encontrarlos.

—Y que las familias sepan adónde se los llevaron —añadió Tirka—. Aunque no podamos sacarlos enseguida. Hay gente que lleva años preguntando.

—Eso quiero cambiar —dijo Ambarine—. Que puedan conservar su casa y su libertad sin conocernos. Que una madre pueda preguntar por su hijo con su propio nombre, sin tener que esconderse después. Humanos, kunan… todos los que están aquí. No debería hacer falta que yo los llevara de la mano para que los escucharan.

Nashira mantuvo la vista en ella. Ambarine esperaba otra pregunta y notó que estaba apretando el borde de la mesa.

—Todavía no has dicho cómo vas a conseguirlo —señaló la exploradora.

—Porque no lo sé. Sé algunas cosas que quiero detener. Para lo demás voy a necesitar ayuda.

La tela de la entrada se movió cuando alguien pasó demasiado cerca. Shaeli la acomodó para que no quedara abierta y regresó a su sitio.

—Te ayudaré a sacar esa prueba —dijo—. La red tiene que conservar una salida, como hemos hablado.

Nashira miró sus manos vendadas antes de asentir.

—Yo también. Quiero saber si vuelves a escucharnos cuando estemos discutiendo en una sala tuya.

—Seguramente discutirás antes de que pueda sentarme —respondió Ambarine.

—Puedes contar con eso.

Tirka soltó una risa breve. Ambarine aflojó las manos y se apartó un poco de la mesa mientras Orven acercaba el plano a Shaeli. Cael les señaló el límite de la capital y los tres empezaron a hablar sobre el número de personas que podrían separar del refugio.

Aura se inclinó hacia Ambarine para que pudiera oírla sin alzar la voz.

—¿Pensabas decidir todo eso tú sola?

Ambarine miró a los demás. Todavía le molestaban algunas de las preguntas de Nashira, pero no habría sabido responderlas mejor en una sala vacía.

—Pensaba que tenía que saberlo antes de pedirles ayuda.

—Pues ya se la pediste —dijo Aura—. Puedes preguntarles también.

Ambarine le dedicó una mirada cansada y volvió a acercar su silla.

—Cael se queda aquí —dijo Ambarine al retomar la conversación—. Necesitamos que mantenga el contacto con quienes estén fuera y pueda cambiar el regreso si perdemos un camino.

Él asintió enseguida, aunque miró a Orven antes de responder.

—Puedo hacerlo. Pero tendrán que decirme dónde dejan de poder avisar. Si no recibo noticias, necesito saber cuánto esperar.

—Lo acordaremos para cada grupo —respondió Orven—. Con nosotros siete, cuatro o seis más deberían bastar para cubrir los pasos. Gente que sepa moverse sin esperar una orden a cada momento.

—¿Cuatro o seis dentro del palacio? —preguntó Shaeli.

—Además de nosotros. No podríamos sostener muchos corredores con menos.

—También tendremos que meterlos.

Ambarine miró los espacios alrededor del templo. Orven contaba con personas suficientes para llegar hasta allí, pero seguían sin saber por qué puerta iban a pasar. Tirka se había inclinado sobre la mesa, siguiendo el borde del palacio con los ojos.

—Puede que tengamos un momento para hacerlo —dijo—. Esta mañana, uno de los que trajo los víveres habló de una cena. En el palacio.

Cael levantó la cabeza.

—¿El que descargó contigo?

—Sí. Había estado recogiendo encargos cerca de la capital. Dijo que estaban pidiendo más vino y comida para recibir a unos funcionarios de las provincias. Una cena de recibimiento, o algo así. Será dentro de pocos días.

Tirka se acomodó de rodillas sobre la silla para alcanzar mejor el mapa. Ambarine giró el plano hacia ella.

—¿En qué parte?

—Eso no lo dijo. Pero mencionó a Tarel Voss.

Nashira dejó de mover la mano sobre el vendaje.

—¿Estaba allí?

—No lo vio. Oyó que esperaban al supervisor Voss entre los que iban a llegar. Le pregunté el nombre y me dijo Tarel. Por eso me quedé escuchándolo.

Cael se acercó, con los dedos apoyados sobre la mesa.

—Tenemos que hablar con él antes de que se vaya.

—Todavía están recogiendo las cosas —respondió Tirka—. Podemos buscarlo al terminar. Si quieres preguntarle ahora…

—Después iré contigo —dijo Shaeli—. Que nos cuente dónde lo escuchó.

Nashira había vuelto a mirar el plano. Ambarine recordó el estado en que regresó de aquel transporte y esperó hasta que levantara los ojos.

—Si Voss va a estar allí, tendremos que saberlo —dijo—. Puede que reconozca a alguno de nosotros.

—Yo no llegué a verlo —respondió Nashira—. No sé si él me ha visto a mí.

—Silas pudo describirte —añadió Brenor.

Nashira bajó la vista hacia las vendas.

—No le costaría mucho.

Tirka dejó una mano junto a su brazo sano, sin interrumpirla. Ambarine volvió hacia la parte exterior del complejo. El nombre de Voss podía ayudarles a comprobar la noticia, pero no sabía todavía si significaba que encontrarían más hombres de la oficina de traslados en el palacio.

—Una cena traerá guardias —advirtió Orven—. Los invitados tendrán escolta.

—A los salones —respondió Ambarine—. Y a las puertas por donde los reciban. Si sigue haciéndose como antes, reforzarán esa parte.

Acercó el mapa y buscó la zona donde recordaba las salas de recepción. El dibujo era demasiado pequeño para mostrar los pasos entre las dependencias.

—Por la noche habrá menos personas trabajando en las oficinas. Quedarán los de servicio y quienes tengan algo que hacer por la cena. Podríamos aprovechar los preparativos para entrar al complejo y movernos cuando los invitados estén reunidos.

—¿Por las cocinas? —preguntó Tirka.

—Quizá por un acceso de servicio. No sé cuál estarán usando ahora. Tendremos que comprobarlo.

Ambarine apoyó el dedo en el borde del dibujo, donde debería comenzar una de las galerías que había recorrido de niña. Recordaba haber pasado por allí mientras preparaban recepciones para su padre: las conversaciones de los salones se oían hasta el cruce, pero bastaba con doblar para encontrarse con las puertas cerradas de las oficinas y algún criado llevando una lámpara.

—Conozco los pasos que unen esas zonas —continuó—. También algunos que permiten rodear los salones sin cruzarlos. Si nos acercamos lo suficiente, podré guiarlos hacia el templo.

Orven siguió con la mirada el movimiento de su mano.

—Podrían sacar guardias de allí para cubrir la cena.

—Podrían. Los puestos del templo probablemente seguirán ocupados, pero quizá encontremos menos vigilancia en los corredores que necesitamos atravesar.

—Me basta con que no haya gente entrando por todas las puertas mientras pasamos —dijo Brenor.

—Habrá sirvientes —le recordó Shaeli—. Y los que retiren la comida tendrán que seguir caminando cuando los demás estén sentados.

—Sí —respondió Ambarine—. Habrá que observar por dónde van. Quiero evitar el salón y los lugares donde tengan que reunirse para trabajar.

Aura se acercó para mirar el punto que señalaba Tirka.

—¿Entonces entraríamos antes de que empiece?

—Algunos podrían hacerlo —dijo Ambarine—. Otros tendrían que esperar. Dependerá de lo que encontremos.

Cael puso la palma sobre la parte del mapa que mostraba las murallas de la ciudad.

—Primero tenemos que llegar hasta aquí. La cena no nos ayudará en los controles de la capital.

—Entraremos separados, como hablamos —respondió Ambarine—. Tendremos que estar dentro antes de acercarnos al palacio. Si alguien se retrasa en las murallas, los otros no pueden empezar a pasar solo porque estén descargando el vino.

Tirka sonrió un poco.

—Habría sido una buena entrada.

—Para ti, quizá —dijo Brenor—. Yo tendría que llevar el barril.

—También puedes llevar dos.

Brenor la miró, y Tirka volvió a sentarse con las piernas bajo la mesa. Nashira dejó escapar una risa corta mientras se acomodaba el brazo.

—Antes de elegir barriles, comprueben la cena —dijo Shaeli—. Necesitamos el día y el lugar. Y saber quién hizo el encargo.

Ambarine asintió. Una recepción podía darles tiempo para atravesar partes del complejo que durante el día estarían ocupadas. También podía dejarlos atrapados entre los invitados y su escolta si calculaban mal. Se quedó mirando el templo hasta que Orven volvió a hablarle.

—Puedo pensar en dos que servirían para cubrir un paso. Hablaré con ellos cuando sepamos un poco más.

—Yo buscaré a alguien que pueda entrar sin ti —dijo Shaeli—. Necesitaremos comprobar otro acceso.

—Entre cuatro y seis más —recordó Ambarine—. No quiero reunir a todos los que sepan sostener un arma. Hablen con personas con las que ya hayan trabajado y cuéntenles adónde pretendemos ir antes de pedirles que vengan.

Nashira movió con cuidado los dedos de la mano derecha.

—Yo puedo ayudar a comprobar los alrededores. Para cuando entremos…

Se detuvo al intentar cerrar la mano. Tirka la observó sin acercarse a tocarla.

—Veamos primero cómo estás —dijo Ambarine—. Quiero contar contigo, pero todavía te cuesta sujetar las cosas.

—Puedo caminar y mirar un camino.

—Eso sí. Lo demás lo veremos antes de partir.

Cael recorrió otra vez el límite de la capital y dejó el dedo sobre una de las rutas exteriores.

—Yo prepararé el regreso desde aquí. Cuando sepan por dónde van a acercarse al palacio, buscaremos dónde pueden detenerse al salir.

Ambarine acercó las fichas al centro de la mesa para que Orven pudiera alcanzarlas. Tirka seguía mirando el dibujo de los edificios interiores.

—Tendrás que explicarme esos pasos que recuerdas —le dijo—. Si puedo verlos antes, sabré dónde esperarte.

Ambarine giró el mapa hacia ambas.

—Empiezan cerca de las salas de recepción. Aquí falta una galería.

Aura se inclinó sobre la galería que Ambarine acababa de señalar.

—Tendrás que explicarme por dónde regresar desde aquí. Si nos separamos, no quiero equivocarme de puerta.

—Lo repasaremos cuando sepamos qué pasos siguen abiertos. Alguien irá contigo.

—Mejor. En este dibujo todas las entradas se parecen.

Tirka acercó la cabeza al mapa.

—Algunas ni siquiera están.

Ambarine retiró una ficha que cubría parte de la galería y giró el plano hacia ellas.

—Empecemos por las que recuerdo.

Shaeli se apartó de la mesa y llamó a Tirka para buscar al hombre de los víveres antes de que se marchara. Orven salió poco después para hablar con las personas que había mencionado. Brenor lo siguió, mientras Nashira se quedaba con Cael para revisar qué caminos podía comprobar sin alejarse demasiado del refugio.

Ambarine permaneció sentada junto a Aura. El espacio que había dejado Tirka le permitía estirar las piernas, pero al hacerlo golpeó una caja bajo la mesa. Se inclinó para apartarla y descubrió allí varias mantas dobladas que antes guardaban en otra tienda.

—Ya casi no cabe nada —murmuró.

Aura la ayudó a empujar la caja contra un soporte. Al levantarse tuvo que sujetar el mapa para que no resbalara con su manga.

—¿Seguimos ahora?

—Tenemos que esperar a que vuelvan. Quiero saber de dónde salió lo de la cena.

—Entonces voy a comer algo.

Ambarine miró hacia la abertura. Había salido al llegar los víveres y todavía no había probado el desayuno. Se levantó con Aura, dejando a Cael y Nashira espacio para acercarse al plano.

Durante las horas siguientes regresaron a la mesa varias veces. Tirka y Shaeli hablaron primero con Ambarine; después se sumó Orven, que escuchó lo que habían averiguado y empezó a discutir con ellas los accesos que tendrían que observar. Ambarine les describió partes del palacio que no aparecían en el dibujo. En algunos lugares recordaba mejor una escalera o la vista de un patio que la distancia hasta la puerta siguiente, y tuvo que volver sobre sus explicaciones cuando Tirka intentó seguirlas.

Los preparativos continuaron entre esas conversaciones y las tareas del campamento. Ambarine comió con el cuenco apoyado en las rodillas mientras esperaba a Orven, y más tarde encontró a Aura junto a los Fuegel. Le pidió que regresara con ella cuando terminara de ayudar a Iris. Necesitaba que ambas conocieran el recorrido de la otra hasta el lugar donde podían separarse.

A solas, Ambarine repasó también lo que Syrit le había contado sobre los movimientos de la corte. Comparó aquellos datos con sus propios recuerdos del palacio, deteniéndose en los cambios que podían afectar las esperas. Todavía había cosas que necesitaban comprobar desde dentro. Al oír llegar a Tirka dejó de pensar en Syrit y acercó una silla para escucharla.

La luz del vórtice seguía en el mismo lugar cuando Cael avisó de la hora que habían comunicado los vigilantes. Ambarine se frotó los ojos. Le quedaba una duda sobre el momento en que los grupos dejarían de poder verse, y llamó a Orven antes de que saliera.

—Espera. Tenemos que repasar qué hacemos si alguien no llega.

Él regresó a la mesa. Aura acercó su silla, y Ambarine volvió a colocar las fichas entre ambos.

Orven regresó acompañado por dos hombres que habían trabajado con él en las vigilancias. Uno llevaba el cabello gris cortado cerca del cuello; el otro tenía una tira de cuero alrededor del antebrazo y la desató mientras escuchaba a Ambarine. Shaeli presentó después a una mujer que conocía los caminos de la capital. Los tres se quedaron junto a la mesa hasta que ella terminó de explicarles qué buscaban dentro del palacio y lo que podía ocurrir si los descubrían.

El hombre del brazal de cuero preguntó por la vuelta. Su compañero quiso saber si entrarían con armas. La mujer escuchó las respuestas antes de acercarse a Shaeli y pedirle que le mostrara dónde tendrían que esperar. Ambarine les dejó tiempo para hablar entre ellos; cuando volvió a preguntar, los tres aceptaron.

Tirka esperaba fuera con la kunan rescatada de la propiedad de Silas. Ambarine las encontró al levantar la tela. La mujer llevaba ropa prestada y había recogido el sobrante de una manga para dejar libre la mano. Su cola descansaba cerca de las piernas, y mantuvo las orejas orientadas hacia Ambarine mientras Tirka daba un paso a un lado.

—Quería hablar contigo —dijo la exploradora.

La kunan miró hacia el interior, donde Orven seguía con los otros.

—¿Van a entrar al palacio?

Ambarine asintió y la invitó a pasar. Tirka entró con ella, pero la mujer se quedó cerca de la abertura, como había hecho desde su llegada al refugio.

—Quiero ir —dijo.

—¿Tirka te contó lo que buscamos?

—Algo. Quiero escucharlo de ti.

Ambarine le explicó lo de Emeter y la investigación alterada. La kunan prestó atención, con las manos juntas delante del cuerpo, hasta que oyó que tendrían que alcanzar el templo interior.

—No conozco ese lugar —advirtió—. Tendrían que enseñarme por dónde pasar.

—Todavía estamos comprobándolo. ¿Por qué quieres venir?

La mujer miró a Tirka, que se había sentado en el borde de una silla.

—Ustedes volvieron a abrir las puertas. Yo pensé que nadie iba a sacarme de allí. —Se frotó la palma con los dedos de la otra mano—. Quiero agradecerles. Y puedo hacer más que quedarme esperando la comida.

Ambarine recordó sus manos bajo el postigo y el esfuerzo de todos por pasar antes de que cediera la barra.

—Ya nos ayudaste a salir.

—Puedo ayudar otra vez. Soy fuerte. Puedo subir un muro si hay dónde agarrarse, saltar y levantar a alguien que no alcance. No necesito hacer magia para eso.

Al hablar de lo que podía hacer se enderezó un poco. Tenía los brazos delgados bajo la ropa suelta, pero Ambarine la había visto levantar a una de las cautivas sin esfuerzo. Durante el rescate apenas había tenido tiempo de observar cómo se movía sobre aquellas piernas distintas de las suyas.

—Si se cierra un paso, puedo ayudar a cruzar por otro —continuó la kunan—. Pero necesito verlo antes.

—Podemos enseñarte los lugares por donde vayamos a pasar —dijo Tirka—. Y ver qué puedes hacer allí.

Ambarine miró a Orven. Él había dejado de hablar con los otros para escucharla.

—Nos vendría bien alguien que pudiera ayudar a subir a los demás —dijo—. Tendremos que probarlo antes de contar con ello.

La mujer asintió. Ambarine se apartó para dejarle espacio junto a la mesa.

—¿Cómo te llamas?

—Rayenteeka.

Ambarine repitió el nombre despacio. La kunan movió una oreja al escucharla y corrigió la última parte, sin molestia.

—Rayenteeka —volvió a decir Ambarine—. Ven. Te mostraré lo que tenemos.

Aura llegó cuando Tirka estaba explicándole el dibujo de las murallas. Se detuvo al verla inclinada sobre la mesa, pero Rayenteeka se volvió hacia ella y le hizo un pequeño gesto para que se acercara. Ambarine movió las sillas y pidió a ambas que se sentaran. Si tenían que recorrer juntas una parte del camino, quería que empezaran a hablar entre ellas.

Durante los días siguientes, los que habían aceptado fueron dejando equipo junto a la sala del mapa. Orven revisó correas y cierres con sus dos compañeros; Shaeli entraba y salía para hablar con la mujer que había traído. Tirka acompañó a Rayenteeka fuera de las tiendas y regresaron con hierba adherida a las rodillas. Cuando Ambarine les preguntó cómo había ido, la kunan le mostró un roce en la palma y señaló a Tirka.

—Pesa menos de lo que creía.

—Te dije que podías levantarme.

También empezaron a separar comida para el viaje. Las vendas limpias se guardaron en bolsas más pequeñas y algunas mantas dejaron los lechos para cubrir los bultos. Quienes dormían cerca tenían que apartarse para dejar pasar a los mismos hombres varias veces, y las preguntas acompañaron el movimiento de las cosas.

Ambarine oyó las primeras mientras llevaba una capa doblada a la tienda de Orven.

—Al parecer están planeando entrar al palacio.

—¿Para qué?

—Por Emeter.

Las voces venían de detrás de una lona. Al pasar por el espacio siguiente oyó que alguien preguntaba si eso significaba que Ambarine iba a regresar como emperatriz. Nadie respondió con seguridad. Más allá, junto al fuego, dos personas dejaron de hablar cuando la vieron acercarse y una le ofreció el sitio que acababa de desocupar.

Ambarine agradeció con un gesto, pero continuó hasta Orven. Le entregó la capa y le dijo que ya estaban hablando de la salida.

—Nos han visto preparar las cosas —respondió él.

—Dicen que vamos por Emeter.

Orven miró hacia las tiendas. Ambarine permaneció un momento junto a él, escuchando cómo llamaban a un niño para que fuera a comer. Después volvió a la sala donde Cael la esperaba.

Cuando llegó el momento de enviar al primer grupo, Cael tenía preparados los avisos que debían esperar desde la capital. La fecha de la cena y las comprobaciones de los accesos habían permitido ajustar las salidas, aunque todavía quedaban partes del palacio que Ambarine solo podía describir de memoria. Habían repasado los recorridos por separado, reuniéndose después para corregir las esperas que no coincidían.

Tirka fue la primera en acercarse con el equipo puesto. Llevaba el cabello sujeto y había comprobado varias veces que nada le golpeara las piernas al caminar. Nashira ajustaba el cierre de su capa con movimientos lentos. Todavía tenía marcas alrededor de las muñecas, pero ya podía sujetar las correas y había recorrido el camino de aproximación antes de aceptar la salida.

Ambarine las observó desde la mesa. A unos pasos, Rayenteeka ayudaba a Aura a acortar una tira que le quedaba suelta en el bolso. La kunan probó el nudo tirando con cuidado y devolvió la correa; Aura pasó la mano por encima para recordar cómo estaba hecha.

Orven reunió a los demás cerca de la entrada. Los tres colaboradores se colocaron junto a Shaeli y Brenor, dejando libre el paso por donde seguían llegando personas con sus tareas del campamento. Ambarine esperó a que todos la miraran.

—Antes de que salga nadie, quiero preguntarlo otra vez. ¿Alguno ha cambiado de opinión?

El hombre de cabello gris miró a su compañero. Rayenteeka dejó caer las manos a los lados y esperó.

—Todavía pueden quedarse —añadió Ambarine—. Prefiero saberlo ahora. No puedo asegurarles que todos vayamos a volver.

Tirka se acomodó el bolso sobre el hombro.

—Yo voy.

Los demás respondieron también. Algunos solo asintieron, pero Ambarine esperó la respuesta de cada uno antes de volverse hacia Cael. Él confirmó lo que haría si perdían contacto y Orven le recordó a quién debía buscar para cambiar el regreso. Cuando terminaron, Tirka salió con Nashira hacia el sendero que llevaba al vórtice.

Aura se quedó junto a Ambarine mientras los otros se apartaban para dejarlas pasar.

—Me ha dado miedo escucharte decirlo —murmuró.

—¿Que puede que no volvamos todos?

Aura asintió. Ambarine siguió con la vista a Tirka hasta que una tienda la ocultó.

—A mí también.

Durante un momento ninguna habló. Rayenteeka esperaba cerca, mirando el recorrido que acababan de tomar las exploradoras. Aura bajó la vista hacia la correa que le había ayudado a ajustar.

—Voy a intentar llegar a lo que busco —dijo—. Y quiero ayudarte con Emeter. Pero si algo sale mal, no sé si podré hacer las dos cosas.

—Lo sé. Tendrás que decidir allí.

Ambarine deseaba poder acompañarla hasta la torre, dejarla en un lugar seguro y regresar después por su padre. Al mirar hacia la mesa, con los dos puntos separados sobre el plano, volvió a pensar en cuánto podían tardar en llegar de uno al otro.

—Si nos separamos, sigue con quien vaya contigo —añadió—. Yo intentaré alcanzarte por donde acordamos.

Aura levantó la cabeza.

—Y si te quedas atrás para que salgamos… no me pidas que me vaya solo porque tú lo decidiste.

Ambarine frunció el ceño.

—Puede que no haya otra salida.

—Entonces tendremos que verla. No quiero que lo decidas antes.

Ambarine sostuvo su mirada y después asintió, aunque le costó hacerlo.

—Está bien. Intentaremos salir las dos.

Aura acomodó el bolso y se quedó a su lado. Todavía debían esperar antes de partir. Desde el sendero, Tirka levantó una mano para despedirse; Nashira continuó junto a ella, con la capucha cubriéndole los cuernos. Las dos desaparecieron detrás de la elevación baja que ocultaba el campamento.

Cael se acercó al vigilante de la entrada para confirmar la hora. Ambarine permaneció mirando el camino hasta que dejó de oír sus pasos.

14 - La noche del sol ardiente #Daliana

Folio 13·7650 palabras

Resonancia atmosférica

32,21Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

4,21kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

783,50 Lux

La luz que permanece

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