Sentoria · La noche del sol ardiente
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Capítulo 14·Daliana·Limessia

La noche del sol ardiente

Folio 14·48 min de lectura

Cuando Aura volvió a mirar hacia la salida del refugio, Tirka y Nashira ya no estaban. Orven había llevado a sus dos compañeros junto al equipo y Ambarine hablaba con Cael, inclinada para escucharlo entre las conversaciones de quienes pasaban. Rayenteeka seguía a su lado. Tiró una vez más del nudo que había hecho en el bolso de Aura y se lo devolvió.

—Así debería aguantar.

—Gracias. ¿Tú llevas todo?

La kunan levantó su bulto. Era más pequeño que el de Aura y tenía una cuerda enrollada por fuera.

—Creo que sí. Lo he mirado tres veces.

Aura sonrió y estuvo a punto de abrir de nuevo el suyo. Se contuvo cuando Orven la llamó. El hombre de cabello gris esperaba con él, ajustándose una vaina corta al costado; llevaba la ropa recogida por encima de las botas y una lámpara todavía apagada.

—Nos toca —dijo Orven.

Ambarine interrumpió su conversación y se acercó. Aura buscó algo que decirle, aunque habían hablado poco antes y todavía sentía el miedo de aquella despedida. Al final solo se acomodó el bolso.

—Nos vemos en la casa.

—Allí te espero. No cambien de camino por llegar antes.

—Tú tampoco.

Ambarine asintió y la dejó pasar. Aura caminó detrás de Orven hasta el vórtice; cuando se volvió, Rayenteeka había ido a reunirse con Brenor. La luz anaranjada desapareció al cruzar y el aire exterior le enfrió las mejillas. Durante un momento apenas distinguió las piedras de la cueva. Orven esperó a que sus ojos se acostumbraran antes de continuar.

Abajo, lejos del sendero, empezaban a verse luces junto a los caminos que llevaban a la capital. No podían distinguir a las dos exploradoras entre quienes se aproximaban a las murallas.


Tirka llevaba un rato mirando el mismo carro. Habían alcanzado la fila del acceso norte detrás de una familia que transportaba jaulas vacías, pero el guardia seguía discutiendo con un hombre situado varios puestos más adelante. Nashira se apartó lo suficiente para apoyar la espalda contra el muro del puente. Al hacerlo tuvo que acomodarse la capa sobre el hombro sano.

—Dámelo —murmuró Tirka, señalando su bolso.

—Puedes preguntarlo una vez más cuando lleguemos.

—Llevas rato cambiándolo de mano.

Nashira la miró y terminó entregándoselo. Tirka pasó la correa por su hombro sin comentar nada. La fila avanzó unos pasos y ambas volvieron a detenerse.

La tarde anterior, en el refugio, Ambarine había encontrado a Nashira probando el cierre del bolso. Le había pedido que levantara el brazo, y Nashira lo hizo hasta que el dolor la obligó a bajar el codo.

—Sería mejor que descansaras —le había dicho Ambarine—. Tirka puede entrar con Shaeli.

—Puedo llegar a la casa. Ya recorrí el camino.

—Y después queda el palacio.

Nashira dejó el bolso sobre una silla. Tirka, sentada cerca, fingió seguir acomodando sus cosas hasta que Nashira la miró.

—Díselo tú también, si quieres.

—No quiero tener que levantarte de un muro.

—Entonces no subiré por un muro. Puedo vigilar una puerta, ¿no?

Ambarine tardó en responder. Al final acercó otra silla y se sentó con ellas para repasar la entrada de provisiones. Nashira aceptó ir allí con Brenor y el hombre de cabello gris. No cargaría los bultos ni intentaría forzar un paso. Si el hombro empeoraba durante el ingreso a la capital, lo diría al llegar a la casa.

Ahora Tirka le rozó el brazo sano. El carro de delante había avanzado y ya podían ver la mesa donde revisaban los documentos.

—¿Los tienes?

Nashira sacó las hojas de la parte interior de su capa.

—Estos sí puedo llevarlos.

Tirka dejó escapar una sonrisa breve y caminó con ella hacia el guardia.

El hombre tomó los documentos y acercó una lámpara. Tirka se quedó mirando la mancha de cera junto al borde de la mesa hasta que él le preguntó adónde iban.

—A alojarnos cerca del mercado. Venimos a comprar telas.

—¿Las dos?

—Sí.

El guardia miró los bolsos y luego las manos vendadas de Nashira. Ella mantuvo la suya abierta sobre la mesa mientras él comparaba los nombres.

Cael les había hecho repetirlos en el refugio. Tirka respondió tan deprisa la primera vez que él dejó la pluma y le pidió que esperara a oír la pregunta completa.

—Si dicen algo distinto, escúchalo. No recites todo lo que hemos hablado.

Había preparado la documentación para el viaje y comprobado la dirección del alojamiento con Shaeli. Tirka conocía esa calle por otros recorridos, pero Cael insistió en que también Nashira supiera encontrarla. Si las separaban en el control, ninguna podía depender de la otra para explicar dónde pensaba dormir.

El guardia le pidió precisamente esa dirección a Nashira. Ella se la dio, esperó a que revisara el segundo documento y recogió las hojas cuando se las devolvió. Tirka cargó los bolsos sin adelantarse. Solo después de doblar la primera esquina aflojó la mano que tenía cerrada alrededor de una correa.

La casa quedaba a varias calles del mercado. Entraron en la zona desde lados distintos de una pequeña plaza, comprobando que nadie hubiese mantenido su paso desde el puente. Tirka encontró la puerta como la habían dejado durante la última revisión de la red. Abrió con la llave que llevaba bajo la ropa y esperó a Nashira en el interior.


En la puerta sur, Shaeli tuvo que esperar a que abrieran el bolso del hombre del brazal. El guardia removió una camisa, palpó el fondo y sacó un cinturón que volvió a dejar encima de todo.

—¿Dónde van a trabajar?

Shaeli indicó un almacén próximo al mercado. La mujer que había presentado en el refugio añadió el nombre de la calle cuando el guardia alzó la vista hacia ella.

—He descargado allí antes. Si vamos a llegar tarde, prefiero que me lo diga ahora.

Shaeli la observó de reojo. Su compañera recogió el bolso que ya habían revisado y esperó, con una mano en la cadera. El hombre del brazal guardó su cinturón sin intervenir.

El guardia pasó el pulgar junto a la marca de la casa comercial: tres líneas doradas sobre un círculo verde. Shaeli observó cómo acercaba el documento a la lámpara. La dirección correspondía a uno de los almacenes de Darom Veyra.

Aura le había mostrado una ficha con aquel símbolo durante los días de preparación. La guardaba junto al cierre de su bolso y tuvo que sacar una correa para encontrarla.

—Me dijo que lo buscara si necesitaba enviar algo —explicó—. Tiene carruajes. Quizá pueda ayudarnos.

Shaeli escuchó lo ocurrido en el bosque antes de aceptar la ficha. Fue sola al primer almacén, donde pidió que hicieran llegar a Darom una solicitud de encuentro. Volvió con una respuesta para Aura: podía recibirlas en una dependencia de la compañía, junto al camino del oeste y fuera de las murallas. Ambarine acordó con ambas qué podían contarle si decidía colaborar.

Darom las esperaba sentado, con un cojín entre la espalda y el respaldo. Intentó levantarse cuando entró Aura, pero se llevó una mano al costado y ella se acercó antes de que lo consiguiera.

—No, quédese. ¿Todavía le duele mucho?

—Cuando olvido lo que me dijo el sanador. —Volvió a acomodarse y señaló las sillas—. Mi esposa quería saber si habías llegado bien. Los niños también preguntan por ti.

—Estoy bien. ¿Ellos…?

—En casa. Al pequeño le cuesta dormir, pero va mejor.

Aura dejó la ficha sobre la mesa. Darom la empujó hacia ella con dos dedos.

—Guárdala. Ya me dijeron que la habías traído. ¿Qué necesitas?

Shaeli esperó a que Aura se sentara. Habían decidido que fuera ella quien hablara primero, aunque al encontrarse frente a Darom tardó en empezar.

—He conocido a Ambarine.

Darom apartó la mano del costado y miró un momento hacia la puerta cerrada.

—¿Está contigo?

—No ha venido. Quería preguntarle qué piensa de ella. De lo que dicen que hizo.

—No estuve allí cuando murió su padre. —Darom se inclinó un poco hacia la mesa—. Pero tampoco me basta con que repitan una acusación. He visto demasiadas órdenes cambiadas después de que una carga ya estuviera retenida.

Aura miró a Shaeli antes de continuar.

—Encontró cosas que cambiaron en la investigación. Quiere demostrarlo.

—¿Y te ha pedido que la ayudes?

—Sí. Yo quiero ayudarla. Pero, antes de contarle más… ¿usted querría hacerlo también?

Darom se frotó el borde de la manga.

—Si puede sacar a Isaliria de ese lugar, estoy a favor de que vuelva. Me gustaría trabajar sin preguntarme qué van a quitarle al siguiente conductor que cruce una puerta. Pero necesito saber qué me estás pidiendo.

Aura le explicó que pretendían entrar en el complejo imperial y llegar hasta el cuerpo de Emeter. Había comprobaciones retiradas de la investigación; necesitaban buscar una prueba que pudiera examinarse fuera del palacio. Darom escuchó sin interrumpir hasta que ella mencionó la cámara bajo el templo.

—¿Van a pelear dentro?

—Puede que tengamos que hacerlo —respondió Shaeli—. Necesitamos conservar un paso para salir. No vamos a ocupar los salones ni a atacar a los invitados.

—Hay gente mía trabajando allí.

—Por eso hemos venido a hablar contigo antes de pedir nada.

Darom bajó la mirada hacia la ficha, que Aura todavía sostenía entre las manos. Preguntó cuántos entrarían con sus vehículos y qué harían si detenían a uno. Shaeli respondió sobre el transporte y la separación de los grupos; no le dio los caminos del refugio ni las señales interiores. Aura tampoco habló de lo que buscaba para sí misma.

—Puedo facilitarles dos carruajes —dijo él después de escuchar—. Uno para llevarlos hasta el almacén y hacer la entrega. El otro puede quedarse fuera. Si necesitan volver con alguien que no pueda caminar, agradecerán tenerlo.

Shaeli apoyó las manos sobre las rodillas.

—¿Quién los conduciría?

—Hablaré con uno de mis hombres. Ha llevado gente que no podía presentarse en un control. Le diré que esta vez el riesgo es mayor. Si no acepta, buscarán otra forma; no voy a mandarlo engañado.

Aura asintió. Darom la observó antes de añadir:

—Me gustaría que Ambarine volviera a mandar. Pero no quiero perder más conductores esperando que las cosas mejoren. Quien vaya con ustedes llevará el carro y hará la entrega. Después regresa.

—Lo entiendo —dijo Aura.

—Cuéntaselo a ella también.

Shaeli prometió hacerlo. Al salir, Darom llamó a Aura para que no olvidara la ficha. Ella había vuelto a dejarla sobre la mesa mientras hablaban.

La hoja golpeó ahora la madera del control. Shaeli levantó la vista. El guardia le había dado la vuelta y estaba comparando el destino con el documento de su compañera. Cael había preparado ambos tomando como referencia los papeles que Darom permitió consultar. Los nombres de los viajeros y trabajadores correspondían a las coberturas acordadas; el almacén y el encargo de la cena eran reales. Aquellas hojas todavía no los autorizaban a entrar en la residencia imperial.

El guardia terminó con las hojas y les indicó que recogieran sus cosas. Shaeli aguardó a que ambos estuvieran listos antes de cruzar. Ya dentro, dejaron atrás el camino más directo al almacén y rodearon el mercado para acercarse a la casa por otra calle.


Ambarine sintió que el carro se detenía. Llevaba tanto tiempo con una rodilla doblada contra el pecho que le costaba distinguir el dolor del entumecimiento. Intentó estirar el pie bajo el banco de carga y rozó una tabla. Se quedó quieta.

Encima de ella se movió un saco. Por la abertura estrecha que dejaban los cajones entró luz, suficiente para ver el polvo sobre su manga.

—Baja eso —dijo una voz desconocida.

El carro se inclinó cuando Brenor saltó al suelo. Ambarine lo oyó apoyar una caja y volver por otra. A su izquierda, Rayenteeka se desplazó sobre las tablas; reconoció el roce de la cuerda que habían utilizado para sujetar la carga.

Antes de ocultarse, Ambarine había mirado el espacio bajo los cajones y después a Brenor.

—Si levantan los de atrás, me verán.

—Lo sé.

Habían revisado el carro con el conductor de Darom. El hombre había aceptado llevarlos sabiendo que ocultaría a personas perseguidas; al conocer a Ambarine, reconoció cuánto se arriesgaba. No le explicaron qué buscaban en el palacio. El lugar donde ella se escondería quedaba entre la carga y el banco delantero. Los sacos podían retirarse sin descubrirla; si el control exigía vaciar el vehículo, tendrían que salir de allí antes de que alcanzaran la última fila.

Ambarine había querido proponer otra colocación, pero al intentar entrar de lado descubrió que no podría levantarse con rapidez. Tuvieron que mover dos cajones y volver a sujetarlos. Rayenteeka probó la cuerda mientras ella se acomodaba.

Ahora una bota golpeó el borde del carro. Alguien estaba subiendo.

—Ese también.

Una caja raspó la madera. Ambarine cerró los dedos sobre la tela de su pantalón. La luz seguía en la misma abertura; no podía ver al guardia y no se atrevía a levantar la cabeza.

—¿Cuánto llevan? —preguntó él.

El conductor contestó desde el pescante. Se oyó el crujido de una hoja y luego empezó a enumerar lo que faltaba por entregar. El guardia lo interrumpió para comprobar otra caja. Ambarine escuchó el golpe de la tapa, la protesta del hombre por los clavos sueltos y una orden para que dejaran de estorbar el paso.

Rayenteeka volvió a subir la carga. Uno de los sacos se apoyó demasiado cerca de la abertura y Ambarine lo apartó apenas con los dedos. La kunan debió notar el movimiento, porque lo levantó de nuevo y lo acomodó más lejos.

El carro avanzó. Ambarine mantuvo la cabeza baja mientras las ruedas cruzaban el pórtico oriental. Todavía oyó al guardia llamar a los siguientes cuando una sacudida le golpeó la rodilla contra la tabla.

No salió de su escondite hasta llegar al almacén. Brenor retiró los cajones y le ofreció una mano; ella intentó incorporarse sola, pero tuvo que aceptarla al descubrir que no podía apoyar bien la pierna.

—Espera —murmuró.

Rayenteeka sostuvo el saco que faltaba por bajar mientras Ambarine recuperaba el equilibrio. El conductor cerró las puertas del almacén y volvió para señalar la salida al patio. Habían acordado que conservaría allí el transporte y la carga destinada a la cena. Brenor regresaría con quienes debían acompañarlo al palacio. Darom no estaba allí; la última vez que Ambarine preguntó por él, Shaeli le dijo que seguía recuperándose fuera de la capital.

Ambarine se cubrió el cabello antes de cruzar el patio. Rayenteeka la siguió con ambos bolsos y Brenor salió después, dando tiempo a que alcanzaran la esquina.


Aura tenía los pies mojados antes de entrar en el conducto. El agua que salía hacia el río le golpeaba las botas y Orven tuvo que ayudarla a subir al borde de piedra. El hombre de cabello gris sostuvo la lámpara mientras pasaban bajo la abertura.

—Aquí empieza a subir —dijo ella.

Se acercó a la pared. El olor le produjo una arcada que intentó disimular con la manga. Recordaba la menta que Aaron le había dado la otra vez y lamentó no habérsela pedido antes de salir. Orven la miró, pero Aura levantó la mano para indicar que podía continuar.

Había sido ella quien propuso las alcantarillas al ver cuántas veces aparecían controles sobre el plano de la capital. Ambarine le preguntó si conocía todo el camino.

—Salí por allí con Aaron. Recuerdo partes. No sé si encontraré cada vuelta desde el otro lado.

—Entonces habrá que comprobarlo antes —respondió Orven.

Durante los preparativos habían revisado la desembocadura desde fuera y la salida de la ciudad mediante la red. Aun así, quedaba el tramo entre ambas. Aura les habló de los calfangor y del lugar rojizo sobre su espalda. El hombre de cabello gris escuchó hasta el final antes de preguntar cuánto espacio habría para usar la espada.

—En algunos sitios, poco —admitió ella.

Él eligió una hoja más corta. Orven dispuso que Aura permaneciera entre los dos y les avisara de cada parte que reconociera. Nadie le pidió que despejara el túnel con magia.

Caminaron por un borde estrecho, deteniéndose donde el agua lo cubría. Aura reconoció primero un ensanchamiento y después una bifurcación con piedras desprendidas al pie. Se agachó para mirar el nivel del suelo y señaló el ramal que subía.

—Creo que era por aquí. Al salir bajamos bastante.

Orven iluminó ambos pasos antes de elegir. Avanzaron despacio. El roce de las botas se mezclaba con el agua, y Aura volvió la cabeza varias veces al creer que oía algo detrás. La tercera vez el hombre de cabello gris también se detuvo.

Una masa baja salió del conducto por el que acababan de pasar. Tenía el lomo cubierto de piedras húmedas y escamas, y avanzaba rozando la pared con un ruido que Aura recordó enseguida.

—Un calfangor —susurró.

El hombre bajó la lámpara para no tenerla delante de la cara y desenvainó. Orven hizo retroceder a Aura hasta una parte más ancha del borde. La criatura aceleró al oír sus pasos.

Aura levantó la mano. Sintió la respuesta de la Lay Len antes de recordar la fisura de su gema, pero Orven ya se había colocado junto a su compañero.

—Atrás.

El calfangor chocó contra la hoja del hombre de cabello gris. El golpe resbaló sobre las piedras del lomo y lo hizo retroceder, con una bota a punto de perder el borde. Orven agarró su hombro y lo apartó mientras la criatura se volvía hacia ellos. Bajo el moho apareció la protuberancia rojiza.

—Ahí —dijo Aura, señalándola.

El hombre hundió la hoja cuando el animal pasó junto a su pierna. Tuvo que apoyar la otra mano en la empuñadura para retirarla. El calfangor golpeó la pared, arrastró las patas durante unos instantes y quedó inmóvil sobre el borde.

Aura seguía con la mano levantada. La bajó despacio, apretando los dedos húmedos contra la palma.

—¿Te alcanzó?

El hombre revisó la tela rota de su pantalón y negó con la cabeza. Orven acercó la lámpara para comprobarlo antes de dejarlos seguir. Pasaron por encima de la criatura de uno en uno; Aura se sostuvo de la pared y evitó mirar la herida al bajar el pie.

Más adelante encontraron la subida hacia la reja. Orven escuchó junto a ella durante un rato. Cuando la empujó, el metal cedió con un roce que les pareció demasiado fuerte. Salieron a una calle estrecha y el hombre de cabello gris volvió a dejarla en su sitio. Aura respiró por la boca, todavía con el olor del conducto en la ropa.

La primera voz que Aura distinguió venía de un local donde estaban recogiendo mesas. Un muchacho sostenía la puerta con el pie mientras otro sacaba un banco. Tuvieron que esperar a que lo atravesaran antes de continuar por la calle.

Aura se ajustó el pañuelo sobre el cabello. Habían guardado la lámpara y las armas bajo las capas, pero sus botas dejaban marcas húmedas en las losas. Se miró el borde del vestido, oscurecido por el agua, y procuró caminar por donde la luz de los locales no alcanzaba el suelo.

Al llegar a una plaza reconoció la fuente. No habría sabido encontrarla desde la alcantarilla, pero allí estaba el pequeño sol de piedra, con el agua cayendo entre sus rayos. La primera vez se había quedado mirando las tiendas sin saber cuánto podía comprar con las monedas que llevaba. Ahora uno de los puestos estaba cerrado y el hombre que recogía el de al lado arrastraba una tela sobre sus mercancías.

Orven redujo el paso para dejar pasar a una mujer con dos niños. Aura los siguió con la vista. El más pequeño intentaba soltarse para acercarse a la fuente y su madre lo sujetó mejor, sin detener la conversación con el otro.

—¿Conoces esto? —preguntó Orven en voz baja.

—Me dejaron aquí cuando entré la primera vez.

Él miró los accesos de la plaza.

—La casa queda por allí.

Aura volvió a caminar. Sobre una puerta había otro sol, casi cubierto por el cartel de una tienda. Más lejos vio restos de pintura entre los rayos de un relieve. Recordaba haber encontrado figuras semejantes por toda la ciudad, aunque entonces no sabía qué tenían que ver con la mujer cuyo nombre le repetían.

Buscó por costumbre el cabello de Ambarine antes de recordar que venía por otro camino. Se acercó un poco más a Orven.

En la última calle tuvieron que esperar dentro de una entrada mientras pasaba una ronda. Los guardias iban hablando entre ellos. Uno se detuvo para acomodarse la correa del arma y Aura bajó la cara hacia el bolso, fingiendo buscar algo. Esperó a que las pisadas se alejaran antes de soltar la tela.

No reconoció la casa hasta ver a Tirka detrás de la puerta entreabierta.

—Por fin —murmuró la exploradora. Se apartó para dejarlos entrar y frunció la nariz al pasar Aura—. Ah… vengan por aquí.

—Lo sé —respondió Aura—. No te acerques mucho.

Tirka sonrió, pero enseguida miró a los dos hombres para comprobar que entraban por su propio pie. Cerró la puerta y los condujo hasta una habitación con jarras de agua y ropa doblada sobre un banco. Nashira estaba sentada cerca del pasillo; al verlos, hizo un gesto hacia el cuarto contiguo.

Ambarine salió antes de que Aura terminara de dejar el bolso. Tenía polvo en una manga y se había recogido el cabello bajo un paño oscuro.

—¿Están bien?

—Había uno de esos animales —respondió Aura—. Pero estamos bien. ¿Ustedes?

—Nos hicieron bajar parte de la carga. —Ambarine miró a Orven mientras él confirmaba con un gesto las palabras de Aura—. Pensé que iban a encontrarme.

Aura se quedó mirándola. Había pasado el recorrido preocupada por llegar y, al escuchar aquello, imaginó a Ambarine escondida mientras un guardia retiraba la última caja.

—No me gustó entrar sin ti —dijo.

—A mí tampoco me gustó esperar aquí.

Rayenteeka apareció con otra jarra. La dejó junto a las anteriores y recogió el bolso de Aura antes de que esta volviera a colgárselo al hombro.

—Esto también está mojado.

—La parte de abajo. Creo que no entró mucha agua.

La kunan lo apoyó sobre una tela para abrirlo. Ambarine dejó a Aura lavarse y volvió con Orven a la habitación del fondo. Shaeli y sus compañeros ya estaban allí; los once habían conseguido cruzar las murallas.

Aura se cambió detrás de una cortina improvisada con una manta. Tirka le alcanzó la ropa seca y después llevó agua al hombre de cabello gris, que estaba limpiando su arma. Al salir encontró a Rayenteeka acomodando las cosas del bolso sobre el banco. La cuerda seguía bien sujeta.

—Tu nudo no se soltó —le dijo.

—Ya lo vi. Ahora falta secar lo demás.

Se sentaron juntas para repartir el contenido húmedo sobre la tela. Desde el otro cuarto llegaba la voz de Brenor, preguntando por la hora, y el roce de una silla que alguien acercaba. Aura terminó de comprobar la amalgamita antes de guardarla bajo la ropa. La fisura seguía igual.

La mujer de Shaeli regresó del almacén cuando todavía quedaba pan sobre la mesa. Dejó su porción junto al bolso y habló con Ambarine antes de sentarse.

—Están terminando de cargar. Nos esperan para llevar lo que falta.

Brenor apartó su cuenco. Nashira hizo el movimiento de levantarse, pero Ambarine le pidió que esperara y acercó la lámpara para mirar cómo había vuelto a sujetarse el hombro.

—¿Está peor?

—Cansado. Puedo seguir.

—¿Puedes subir al carro?

—Sí. Si dejas de preguntarme, puedo enseñártelo.

Ambarine apretó los labios. Brenor recogió el bolso de Nashira y lo dejó junto al suyo; ella lo observó un momento antes de volver a sentarse.

La noticia de la cena había llegado al refugio con los víveres. Tirka y Shaeli siguieron su procedencia antes de que Aura sacara la ficha de su bolso. Darom confirmó después que su casa comercial tenía parte del encargo: llevar provisiones y completar una cuadrilla de cinco personas para trasladar mesas, llevar agua y retirar recipientes durante la recepción.

Había reservado aquellos puestos para ellos. Los encargados del almacén sabían que llegarían trabajadores recomendados por el dueño; de la búsqueda de Emeter solo habían hablado con Darom. La colaboradora de Shaeli conocía el trabajo de los depósitos y se ocupó de comprobar la entrega, los horarios y el lugar donde debían presentarse.

La mujer abrió el bulto que acababa de traer. Dentro había camisas sin adornos, prendas exteriores de tela gruesa y cinco delantales. Algunos tenían remiendos en los bordes; sobre el pecho conservaban una pequeña marca de tres líneas doradas y un círculo verde.

Aura pasó un dedo por una de las marcas. Darom había pedido que les prepararan ropa de trabajo junto con los vehículos. Cuando Shaeli volvió por ella, encontró también los documentos comerciales que necesitaba Cael.

Él los extendió sobre la mesa del refugio y dejó al lado las hojas que ya estaba preparando. Darom les había permitido copiar los modelos y utilizar los datos de su casa, aun sabiendo que cambiarían los nombres para ocultar quiénes viajaban. Cael tuvo que corregir parte de lo escrito. Comprobó las fechas y el destino del encargo antes de devolver los originales con Shaeli; los papeles de la operación serían sus copias alteradas.

Ambarine llegó mientras terminaba y tomó uno de los delantales.

—¿Todo esto salió de él?

—Sí —respondió Aura—. Sabe que vamos por tu padre. Le dijimos que podía haber una pelea.

Ambarine dejó la prenda sobre la mesa.

—¿Qué quiere a cambio?

—Que sus hombres regresen. Y… quiere que vuelvas. Cree que las cosas podrían mejorar contigo.

Ambarine tardó en responder. Miró las hojas de Cael y volvió a doblar el delantal.

—Todavía tenemos que salir de allí.

Ahora Tirka tomó esa misma prenda y buscó cómo sujetarla sin que la tela le molestara en la cola. Orven apartó la suya hasta terminar de hablar con el hombre de cabello gris.

—Brenor va contigo. Nashira se queda pendiente de la salida mientras descargan.

—¿Y cuando nos manden volver al carro? —preguntó el hombre.

—Miren primero dónde los dejan esperar. No intenten quedarse los tres junto a una puerta si les ordenan apartarse.

Ambarine se acercó a ellos. Sobre la mesa solo quedaban los cuencos, una correa y las migas del pan; no habían llevado el plano desde el refugio.

—Necesitamos ese paso abierto para salir —dijo—. Si cambian el lugar de descarga y no pueden alcanzar el patio que vimos, no sigan hasta el templo.

Nashira asintió. Habían repasado la entrada con las descripciones del conductor: el portón de mercancías, el patio donde debían descargar y el paso que comunicaba con las dependencias interiores. Ambarine les explicó en el refugio qué parte recordaba y dónde tendrían que comprobar por sí mismos si el recorrido continuaba utilizable.

El hombre de cabello gris dobló una tela alrededor de su arma antes de guardarla entre el equipo. Brenor revisó la funda con que había cubierto el arco para transportarlo. Ninguno podía presentarse ante el portón con las armas en la mano.

En el otro extremo de la mesa, Shaeli reunió a quienes entrarían como personal. Iría con su colaboradora y Tirka; Orven y el hombre del brazal las seguirían en una segunda tanda. La casa de Darom había confirmado cinco trabajadores para la recepción, pero debían llegar a recoger sus tareas sin amontonarse en la misma puerta.

—A mí me tocará hablar primero —dijo la mujer—. Si me mandan dentro, Shaeli lleva el encargo. Ustedes esperen a que les digan qué hay que mover.

Tirka volvió a ajustar el nudo de su delantal.

—¿Y si nos separan?

—Trabaja hasta que puedas volver al paso de servicio —respondió Shaeli—. No te vayas detrás de nosotros en cuanto alguien mire a otro lado.

Orven levantó la vista hacia Ambarine.

—Podemos tardar.

—Lo sé. Esperaremos en la galería. No avanzaré hacia el templo hasta que estén ustedes y sepamos que la salida sigue libre.

Aura escuchaba desde el banco junto a Rayenteeka. La galería era el primer lugar que Ambarine le había explicado con suficiente detalle para imaginarlo sin el plano: una escalera corta, ventanas hacia un patio y un cruce desde el que empezaban a separarse los caminos interiores. Antes tendrían que alcanzarla por la parte trasera del complejo.

Durante los preparativos, Tirka había acompañado a Rayenteeka hasta el sector exterior que podían observar. Al regresar, la kunan pidió que le describieran otra vez la altura del muro. Ambarine buscó un punto semejante fuera del refugio y la vio probar los agarres antes de ayudar a Tirka a subir.

—Con las dos va a ser más difícil —había dicho Rayenteeka al terminar.

—Subiremos de una en una —respondió Ambarine—. Yo aseguraré la cuerda cuando esté arriba.

Aura preguntó qué había al otro lado. Ambarine le habló de un paso junto a las dependencias de servicio, alejado de los salones. Podía guiarlas desde allí hasta la puerta secundaria, aunque no sabía si la cerradura seguía siendo la misma. Orven le enseñó las herramientas que llevarían para comprobarla. No contaban con que Aura tuviera que romperla.

Ahora Rayenteeka volvió a enrollar la cuerda, dejando libre el extremo que Ambarine necesitaría primero. Aura se inclinó para ayudarla, pero la kunan señaló su bolso.

—Sujeta eso. Si vuelve a quedar largo, se te enganchará al subir.

Aura acortó la correa. Ambarine las observó desde la mesa y después buscó a Shaeli.

—¿Se sabe algo más de Voss?

—Lo siguen esperando. No sé si ya llegó.

Nashira había dejado de acomodar su capa.

—Yo tampoco sabré decirte si pasa junto a nosotros.

—No lo busques —respondió Ambarine—. Si oyes su nombre, procura que no te vea de cerca.

Nashira asintió sin discutir. El hombre del brazal terminó de recogerse las mangas y esperó junto a Orven. Cael se había quedado fuera de las murallas; desde su posición podía observar los accesos, pero no sabría que estaban todos reunidos ni podría avisarles de un cambio dentro del palacio. Si algo fallaba a partir de allí, tendrían que resolverlo entre quienes hubieran conseguido encontrarse.

Salieron primero Brenor, Nashira y el hombre de cabello gris. Tirka acompañó a Nashira hasta la puerta y le devolvió su bolso antes de verla marchar. Luego se reunió con las dos mujeres junto a la salida. Orven dejó pasar un intervalo antes de seguirlas con su compañero.

Aura esperó hasta que Ambarine le indicó que podían levantarse. Rayenteeka apagó la lámpara que quedaba junto al banco y recogió la cuerda. Revisaron la habitación una vez más, dejando la ropa húmeda apartada, y cerraron la casa.


Brenor encontró el carro preparado en el almacén, con las tres líneas doradas sobre el círculo verde pintadas en el costado. Era el mismo que había cruzado por el este, pero el espacio donde se ocultó Ambarine estaba ocupado ahora por recipientes vacíos que debían devolver. El conductor les hizo sitio y el hombre de cabello gris ayudó a Nashira a subir. Ella rechazó la mano de Brenor cuando él se la ofreció también.

—Con uno basta.

Brenor subió detrás y se acomodó donde pudiera ver el camino. Al acercarse al palacio oyó las ruedas de otros vehículos, las llamadas entre los conductores y el golpe de cajas que ya estaban descargando. Mantuvo las orejas orientadas hacia el portón sin potenciar el oído; con aquel ruido, todavía no necesitaba oír más.

El carro se detuvo detrás de otro transporte. Nashira miró la puerta abierta y después el sitio que les quedaba para dar la vuelta. El conductor sacó el encargo de entre sus cosas y esperó a que un guardia terminara con los anteriores.


Shaeli vio a Tirka observar el carruaje de un invitado al otro lado de la explanada. Le tocó el codo y señaló el acceso estrecho donde se reunían los trabajadores.

—Por aquí.

La colaboradora de Shaeli llevaba la nota con los cinco puestos acordados. No había nombres de funcionarios ni permiso para recorrer las salas privadas: las enviarían a trabajar donde hicieran falta. Tirka se acomodó una manga y miró los recipientes apilados junto a la puerta, buscando cuáles tendrían que levantar primero.

Más atrás, Orven y el hombre del brazal esperaban junto a un muro. Vestidos como los demás trabajadores, ninguno llevaba insignias. Orven observó a un encargado hacer pasar a dos personas y devolver a otra hacia los carros. Después miró el hueco por el que Shaeli tendría que entrar.


Ambarine se detuvo antes de doblar hacia la parte trasera. Desde allí alcanzaba a ver las ventanas iluminadas de los salones. No pudo distinguir a nadie detrás de ellas, pero reconoció la altura de las galerías y siguió con la vista la línea de tejados hasta perderla detrás del muro.

Syrit le había hablado de los movimientos de la corte. Ambarine repasó aquellos datos junto a la mesa del refugio y separó lo que podía servirles de lo que todavía tendrían que observar. La cena explicaba las escoltas junto a los invitados y la actividad del servicio; no les aseguraba que hubieran retirado a quienes vigilaban el templo.

—¿Es por ahí? —preguntó Aura.

Ambarine dejó de mirar las ventanas.

—Sí. Después de esa esquina.

Rayenteeka se adelantó unos pasos, con la cuerda recogida contra el cuerpo. Antes de llegar al cruce volvió hacia ellas y levantó una mano. Ambarine se acercó lo suficiente para ver la luz de una lámpara desplazándose junto al muro. Había un guardia recorriendo el tramo que necesitaban cruzar.

Las tres retrocedieron hasta quedar fuera de su vista. Aura se apretó el bolso contra el costado y esperó a que las pisadas llegaran a la esquina. El guardia se detuvo un momento; luego la luz empezó a alejarse por el mismo camino.

Rayenteeka miró el espacio detrás de ellas y después la calle lateral.

—Podría hacerlo mirar hacia allá —murmuró.

Ambarine siguió la dirección que señalaba. Tendría que comprobar que la kunan pudiera volver antes de intentarlo. Puso una mano sobre la cuerda para que todavía no la desenrollara.

—Espera. Primero veamos hasta dónde llega.

Aura se quedó junto a ambas. Más allá del muro continuaban las voces de quienes preparaban la cena. Todavía no habían cruzado.

El guardia detuvo el carro con la mano levantada. Brenor se incorporó entre los bultos mientras el conductor le entregaba el encargo. Desde allí podía ver un patio iluminado, las puertas de los depósitos y varias personas esperando junto a una balanza. El olor de la comida llegaba por un paso cubierto a la derecha.

—Bajen. Los tres.

Nashira buscó el borde del pescante con el pie. El hombre de cabello gris saltó primero y le ofreció el brazo sano para que se apoyara. Brenor bajó después, dejando su bolso sobre el asiento.

El guardia pasó la lámpara sobre la carga. Levantó una cubierta, comparó los recipientes con la lista y tiró del extremo de la funda que sobresalía detrás de un cajón.

—¿Esto?

Brenor sintió que se le tensaban los hombros.

—Mi arco.

—Se queda fuera.

El conductor giró la cabeza hacia él. Brenor estuvo a punto de explicar que lo necesitaba para el camino, pero el guardia ya señalaba el lugar donde debían dejar las armas antes de entrar.

En el refugio, Orven les había advertido que cubrirlas serviría durante el trayecto por la ciudad. Ante el palacio tendrían que aceptar lo que exigiera el control o renunciar a aquella entrada. Brenor le preguntó entonces qué haría dentro si lo separaban del arco.

—Lo mismo que hacemos los demás cuando no podemos usar lo que llevamos —respondió Orven—. Buscar otra forma. No vas a poner una flecha sobre la mesa de un guardia para que te deje pasar.

Brenor miró ahora a Nashira. Ella sostenía el bolso contra el pecho y esperaba sin intervenir. Él retiró la funda de entre los cajones y se la entregó al conductor junto con las flechas.

—Guárdalo hasta que vuelva.

El hombre asintió. Bajó del pescante para llevarlo al pequeño depósito exterior donde otro guardia recibía las armas de los transportistas. Su compañero de cabello gris dejó allí la espada corta. Cuando regresaron, solo conservaron las hojas pequeñas que utilizaban para cortar las cuerdas de la carga y que el guardia había revisado una por una.

Los dejaron pasar después de comprobar los últimos recipientes. Brenor caminó junto a la rueda hasta el patio, con una mano apoyada en la madera. Cada vez que algo se movía en un extremo de su vista, sentía el impulso de buscar el arco donde ya no estaba.

El encargado de los depósitos los hizo descargar cerca del paso cubierto. Nashira permaneció junto al carro hasta que un trabajador le indicó dónde debía colocar los recipientes vacíos. Señaló su hombro y él llamó a otro, sin más preguntas. Ella aprovechó para mirar el recorrido que quedaba entre el patio y el portón.

Mientras Brenor y su compañero cargaban las últimas cajas, la kunara se acercó al paso cubierto. A mitad del corredor había una hornacina vacía. Le faltaba un trozo en la esquina inferior, como había descrito Ambarine. Nashira apoyó el bolso debajo y fingió ajustar la correa.

Sacó un cordel oscuro del puño de la manga. Llevaba dos nudos juntos y uno separado. Lo sujetó detrás del soporte de hierro que sobresalía bajo la hornacina, dejando el último nudo hacia el lado del patio.

Tirka había intentado encontrarlo con los ojos cerrados durante la preparación. Nashira sujetó un soporte de lámpara contra el borde de una silla y esperó a que su compañera pasara los dedos por detrás.

—Aquí —dijo Tirka cuando tocó el cordel.

—Mira los nudos. Si hay otra cosa atada, no te sirve.

Ambarine había comprobado después que todos supieran dónde buscar. Aquella marca solo se dejaría cuando los tres de provisiones estuvieran dentro y el paso hacia la galería pudiera recorrerse. Nashira lo había cruzado hasta ver la escalera antes de agacharse junto a la hornacina.

Brenor pasó a su lado con una caja vacía. Ella se incorporó y le indicó con dos dedos que continuara. El hombre de cabello gris los siguió hasta el depósito donde debían dejarla. Cuando volvieron al patio, el conductor ya estaba acomodando las riendas.

—Nos han mandado ayudar adentro —le dijo Brenor.

El hombre miró a los tres. Habían acordado que no los esperaría junto al palacio después de terminar su trabajo; aun así, tardó en responder.

—Recojo lo de ustedes al salir. Estará en el almacén.

Brenor apoyó la mano en el borde del carro y la retiró para dejarlo avanzar. Nashira esperó hasta verlo cruzar el portón. Después se reunió con los otros dos bajo el paso cubierto.


Tirka tuvo que repetir el nombre de la casa comercial porque el encargado no la había oído. Un hombre pasó entre ambos con una olla que desprendía vapor y los obligó a apartarse. La colaboradora de Shaeli aprovechó para mostrarle la nota.

—Somos tres. Los otros dos vienen detrás.

—Ya me lo dijeron. Tú, las mesas. Ustedes, con ella.

Señaló a una mujer que llevaba un manojo de paños sobre el brazo. Shaeli guardó la copia del encargo y siguió a Tirka, que procuró mantener la cola cerca de las piernas para que no se la pisaran. Cruzaron una puerta baja y el ruido del patio quedó detrás, sustituido por el choque de platos y las órdenes de quienes preparaban la comida.

La mujer de los paños les entregó una jarra a cada una.

—Al fondo. Cuando estén llenas, esperen junto a la puerta grande. No las lleven a las mesas hasta que se las pidan.

Tirka miró a Shaeli. Ella ya se había vuelto hacia donde les indicaban.

En el refugio, la colaboradora les explicó que no entrarían todos por el mismo puesto. Había trabajado en recepciones donde cada encargado suponía que los trabajadores nuevos conocían el lugar, y en otras donde no los dejaban avanzar sin acompañamiento.

—Pregunten dónde se deja lo que llevan —les dijo—. Eso pueden preguntarlo. Si empiezan a preguntar adónde conduce cada puerta, se van a acordar de ustedes.

Tirka llenó la jarra y volvió con cuidado. Pesaba más de lo que esperaba. Al detenerse junto al salón, la apoyó contra la cadera y buscó con la vista un lugar donde dejarla. Desde allí alcanzaba a ver una mesa cubierta de platos blancos y una hilera de ventanas altas, cuyas cortinas se movían con el aire que entraba por una de ellas.

Orven apareció al otro lado del corredor cargando una mesa estrecha con su compañero. El hombre del brazal caminaba de espaldas. Al ver a Tirka apartó un poco el codo para que pudiera pasar, pero ninguno la saludó. Dejaron el mueble donde el encargado les indicó y volvieron por otro.

Shaeli levantó su jarra cuando la mujer de los paños regresó a buscarlas. Tirka hizo lo mismo y cruzó con ella la puerta grande.

El salón tenía más luz que cualquiera de las habitaciones por las que habían pasado. Las llamas se multiplicaban en los bordes de las copas y sobre las bandejas pulidas. Tirka bajó la vista para no mirar demasiado. A cada lado quedaban sillas ocupadas por personas que conversaban inclinándose unas hacia otras, sin atender a quienes llenaban sus vasos.

La mujer la hizo esperar junto a una columna. Shaeli continuó hasta una mesa próxima y recibió una indicación con dos dedos, apenas por encima del plato. Tirka vio que se acercaba para escucharla y tuvo que mirar hacia otro lado cuando un guardia pasó delante de ella.

Había dos junto a la entrada principal. Otros permanecían cerca de la mesa del fondo, donde una silla todavía estaba vacía. Detrás se extendía una tela bordada con un sol que ocupaba casi todo el ancho de la pared. Tirka siguió uno de sus rayos hasta la parte que ocultaba el respaldo y pensó en el mapa del refugio. Nunca le había parecido que hubiera espacio para un salón tan grande.

—Apártate un poco —le murmuró la mujer.

Tirka retiró el pie justo antes de que pasara una bandeja. El hombre que la llevaba ni siquiera volvió la cabeza. La jarra empezaba a pesarle en los dedos y la cambió de mano.

Una voz junto a la entrada anunció a la emperatriz.

Las conversaciones disminuyeron. Algunas personas se pusieron de pie; otras se enderezaron antes de hacerlo. La mujer de los paños detuvo a Tirka con una mano en el antebrazo y ambas retrocedieron junto a la columna.

Isaliria atravesó el espacio entre las mesas acompañada por dos personas. Llevaba un vestido oscuro, ajustado por un broche claro a la altura del pecho, y el cabello recogido de manera que dejaba libre el rostro. Sonreía al escuchar a quien caminaba junto a ella. Se detuvo cuando un hombre mayor se inclinó demasiado deprisa y le puso una mano sobre el brazo para que se enderezara.

—No hace falta. Espero que el viaje haya sido tranquilo.

El hombre respondió algo que Tirka no alcanzó a distinguir. Isaliria lo escuchó antes de continuar hacia su asiento. Su voz era más suave de lo que Tirka había imaginado. Miró sus manos cuando pasó cerca, buscando sin saber por qué algo que la hiciera reconocerla mejor.

La jarra se inclinó y el agua le mojó los dedos. Tirka la enderezó enseguida. La mujer le lanzó una mirada de advertencia y después le indicó que siguiera.

En la mesa de al lado, un invitado pidió que le retiraran una copa. Tirka la recogió con la mano libre. Mientras buscaba dónde dejarla oyó el nombre que habían repetido tantas veces en el refugio.

—Supervisor Voss. Tarel, venga un momento.

El hombre que se volvió estaba a pocos pasos de la mesa de Isaliria. Era ancho de hombros y tenía el cabello peinado hacia atrás. Se pasó el pulgar por el labio antes de responder a quien lo llamaba. Tirka alcanzó a ver una pequeña mancha de vino en su puño cuando apartó una silla para acercarse.

—Después de la cena —lo oyó decir—. Me han tenido en el camino desde ayer.

Su interlocutor rio y le ofreció el asiento contiguo. Voss se sentó sin mirar a Tirka. Ella permaneció un momento con la copa vacía en la mano, recordando las vendas de Nashira y la dificultad con que había bajado del carro. El encargado le tocó el hombro.

—Las copas usadas, afuera.

Tirka asintió y regresó hacia el paso de servicio. Al llegar, dejó la jarra junto a las otras y esperó a Shaeli al lado de los recipientes vacíos.

—Está ahí —murmuró cuando la kunara se acercó.

—La vi.

—Voss también. Lo llamaron por su nombre. El de la mesa junto al fondo.

Shaeli miró por la puerta, pero una persona que salía le tapó la vista.

—Luego me lo cuentas.

La colaboradora apareció empujando un pequeño carro de servicio. Llevaba apiladas varias bandejas que debían devolver al depósito. El encargado les pidió a Tirka y Shaeli que la ayudaran y llamó a Orven para que retirara las mesas que habían quedado sin utilizar.

Esperaron a que cruzaran dos criados con comida antes de ponerse en movimiento. La mujer empujaba delante; Tirka caminaba a su lado sosteniendo una bandeja que vibraba contra las demás. Shaeli siguió detrás con los paños. Orven y el hombre del brazal levantaron las mesas por los extremos y tomaron el mismo paso unos instantes después.

El ruido del salón los acompañó hasta la primera esquina. Allí el encargado dejó de verlos. Tirka siguió andando, aunque sentía el impulso de volverse para comprobar si alguien venía.

Todavía tenían que llevar las cosas a su sitio. Dejaron el carro y las mesas en el depósito señalado, una habitación abierta al paso cubierto. La colaboradora salió primero, se detuvo junto al cruce y esperó a que una mujer con un cesto terminara de bajar las escaleras. Después indicó a los demás que podían acercarse.

—Cuando pidan otra jarra, van a buscarnos —susurró Tirka.

—Por eso no podemos tardar aquí —respondió Shaeli.

No habían conseguido desaparecer del trabajo sin dejar una ausencia. Alguien acabaría notándola. Orven aguardó a que los cinco estuvieran en el corredor y los hizo continuar hacia la hornacina.

Tirka pasó la mano por debajo del soporte de hierro y encontró el cordel. Lo sacó apenas de su escondite: dos nudos juntos y otro separado hacia el patio.

—Nashira —murmuró.

Shaeli se agachó para comprobarlo. Luego devolvieron el cordel a su lugar y miraron hacia la escalera.

Ambarine les había descrito aquel paso mientras Tirka intentaba seguirlo en el plano incompleto. El patio de descarga comunicaba con las dependencias por un corredor cubierto. Desde la hornacina, una escalera corta subía hacia una galería transversal; un extremo venía de la parte trasera del complejo y el otro se aproximaba al templo.

—Nosotros llegaremos por aquí —había dicho Ambarine, colocando tres fichas junto al extremo trasero—. Dejen la segunda marca debajo del alféizar de la primera ventana. Si han podido reunirse los ocho, cuatro nudos. Si falta alguien, no la dejen.

Tirka había levantado los ojos del dibujo.

—¿Y dónde esperamos?

—Hay un cuarto junto al cruce. Se guardaban bancos. Tendrán que comprobar que siga libre.

Ahora Orven subió antes que ellas. Se detuvo en el último escalón y escuchó. Después se volvió para que lo siguieran.

Brenor apareció junto a la puerta del cuarto. Llevaba el bolso en una mano y una hoja pequeña al costado; Tirka notó enseguida que no tenía el arco. Dentro estaban Nashira y el hombre de cabello gris, sentados en dos bancos colocados contra la pared. Había otros muebles apilados y apenas quedaba espacio para moverse entre ellos.

Tirka se acercó a Nashira mientras Shaeli cerraba la puerta sin encajarla del todo.

—Encontré tu cuerda.

—Ya lo supuse cuando los oí subir.

Nashira estiró el brazo sano para ayudarla a pasar entre los bancos. Tirka se sentó junto a ella y le contó en voz baja lo que había oído en el salón. Nashira dejó de mover los dedos sobre la venda.

—¿Estás segura del nombre?

—Tarel Voss. Supervisor. Las dos cosas.

La kunara miró hacia la puerta.

—Bueno. Por lo menos ahora alguien sabe cómo es.

No preguntó nada más. Tirka permaneció a su lado hasta que Orven la llamó para dejar la segunda marca. Salieron juntos y comprobaron la galería hacia el acceso trasero. Estaba vacía. Bajo el alféizar de la primera ventana quedaba un clavo corto, casi pegado a la pared; Tirka ató allí el cordel con cuatro nudos y lo recogió por debajo para que no colgara a la vista.

Al volver, Brenor se disponía a bajar con Nashira hasta el último tramo desde el que podían observar el patio.

—Nos quedamos abajo hasta que lleguen —dijo él.

Orven asintió.

—Si cambia algo, regresen. No intenten sostener el paso solos.

Tirka los vio descender por la escalera. El hombre de cabello gris se quedó junto a la puerta del cuarto mientras los demás buscaban sitio dentro. Desde aquella altura todavía llegaba el olor de la comida, pero apenas se oían las conversaciones de la cena.


Aura había empezado a contar los pasos del guardia y los perdió cuando él se detuvo otra vez. La luz de su lámpara descansaba sobre la esquina del muro. Ambarine le indicó que permaneciera atrás y se acercó a Rayenteeka.

La kunan señaló la calle lateral. Había un pequeño desnivel detrás de unas construcciones y, más allá, un portillo de madera mal sujeto. Lo habían visto al aproximarse.

—Puedo golpearlo y volver por abajo —murmuró—. No tendría que cruzar delante de él.

Ambarine miró el recorrido. Aura solo alcanzaba a ver el comienzo; avanzó unos pasos para comprobar dónde se reuniría de nuevo Rayenteeka con ellas.

—Si viene por aquí, te esperamos detrás de esa pared —dijo Ambarine—. No lo lleves más lejos.

Rayenteeka le entregó la cuerda y se apartó. Se movió agachada al principio, con una mano cerca del suelo. Cuando llegó al desnivel, desapareció de la vista de Aura. Un momento después sonó un golpe de madera. El portillo volvió a chocar, más fuerte.

El guardia levantó la lámpara.

—¿Quién anda ahí?

Esperó una respuesta y después caminó hacia el ruido. Ambarine sujetó la manga de Aura para que no se adelantara. Ambas se apartaron de la esquina hasta oír un roce junto a sus pies.

Rayenteeka subió desde el desnivel y se quedó un instante con las manos apoyadas en las rodillas. Tenía tierra en una manga.

—Ahora.

Cruzaron hasta el muro. La kunan encontró el primer apoyo con el pie, se impulsó y alcanzó el borde con las manos. Aura vio cómo tanteaba la parte superior antes de subir una rodilla. Una pequeña piedra cayó junto a ella; la recogió por reflejo, aunque el golpe ya se había oído.

Ambarine esperó a que Rayenteeka mirara al otro lado. Cuando la kunan asintió, puso el pie donde ella señalaba y se dejó ayudar hasta el borde. Se acomodó allí para asegurar la cuerda mientras Rayenteeka descendía al patio interior.

Aura la miró desaparecer y tuvo que respirar antes de acercarse al muro.

Durante la prueba en el refugio le había resultado más fácil subir. Había luz, Tirka se reía al verla buscar con el pie un agarre que tenía junto a la rodilla y podían volver a empezar si se resbalaba. Ahora el bolso se le enganchó en una saliente y, cuando intentó liberarlo, sintió la cuerda quemarle la palma.

—Un poco a la izquierda —susurró Ambarine.

Aura movió el pie, encontró piedra firme y consiguió subir. El guardia volvió a llamar desde la calle lateral. Se quedó inmóvil hasta que Ambarine la tocó en el hombro.

—Sigue. No mires atrás.

Rayenteeka la recibió del otro lado. Aura apoyó los pies en el suelo y se apartó para que Ambarine bajara después de recoger la cuerda. Las tres permanecieron junto al muro, escuchando. La lámpara del guardia pasó por encima sin detenerse.

Ambarine las condujo hacia una puerta estrecha, protegida por el saliente de un tejado. Probó el tirador con cuidado. No cedió.

Se agachó para mirar la cerradura y sacó las herramientas. Aura sostuvo una luz cubierta entre las manos mientras Rayenteeka vigilaba el patio. Ambarine trabajó durante un rato, cambió de pieza y soltó una palabra entre dientes cuando el metal resbaló.

—¿Puedo ayudar? —preguntó Aura.

—Acerca un poco la luz.

Aura obedeció. La cerradura se movió al siguiente intento, pero la puerta siguió atascada. Rayenteeka se acercó y puso las manos junto al tirador. Ambarine le pidió que esperara mientras terminaba de girarlo.

La hoja cedió con un roce contra el suelo. Las tres entraron y volvieron a dejarla cerrada. Aura cubrió la luz. Desde fuera no llegaba ninguna voz que las llamara.

El paso olía a polvo y madera seca. Ambarine tocó la pared hasta encontrar la esquina y señaló una escalera. Al subir, Aura distinguió ventanas al final y una línea de luz bajo otra puerta. Había recordado tantas veces la descripción de la galería que le sorprendió encontrarla más estrecha de lo que imaginaba.

Pasaron bajo un arco con una reja levantada. El mecanismo quedaba encerrado en la parte alta del muro; Aura vio una cadena detrás de una abertura, pero Ambarine ya la llamaba desde la primera ventana.

Debajo del alféizar había un cordel. Ambarine pasó un dedo por los cuatro nudos y levantó la cabeza hacia el cruce.

—Están los ocho.

Rayenteeka se acercó para mirar. Aura sintió que aflojaba los hombros. Le faltaba aire desde la subida y hasta ese momento había evitado preguntarse cuánto tendrían que esperar a los demás.

Un golpe metálico la hizo volverse.

La reja estaba bajando detrás de ellas. Cayó hasta el suelo y el ruido recorrió la galería, seguido por el de una pieza que encajaba al otro lado. Ambarine hizo retroceder a Aura y Rayenteeka hasta el hueco de la ventana. Desde allí podían ver parte del paso sin quedar delante del arco.

Dos guardias salieron de la escalera por la que acababan de subir. Uno llevaba una lámpara; el otro comprobó el cierre con ambas manos y después se colocó junto a la pared. El primero continuó hacia el patio trasero.

Aura miró a Ambarine. Ella tenía una mano sobre su bolso y los ojos fijos en el guardia que se había quedado. Esperaron a que girara la cabeza antes de apartarse del hueco.

—Por ahí no podemos volver —susurró Rayenteeka.

Ambarine se asomó apenas. La parte accesible de la reja no tenía un cierre que pudieran alcanzar con las herramientas. Tendrían que subir hasta el mecanismo o pasar junto al guardia.

—Ahora no —respondió—. Vamos con Orven.

—¿Han cerrado todo? —preguntó Aura.

—No lo sé.

Siguieron hacia el cruce. Aura volvió la vista una vez más y vio al guardia acomodarse la lámpara junto a los pies. No corría ni buscaba bajo los bancos. Eso le permitió continuar sin echarse a correr, aunque las piernas se lo pedían.

Aura sintió calor contra el costado antes de llegar a la puerta del cuarto. Pensó que había dejado mal cubierta la luz y se llevó la mano al bolso. La esfera estaba caliente a través de la tela.

La galería se alargó de una manera que le hizo perder el equilibrio. Seguía viendo las ventanas y la espalda de Ambarine, pero detrás parecía haber otro espacio, demasiado hondo para caber en el muro. Oyó un roce lento, algo pesado sobre piedra, y una voz cortada antes de que pudiera distinguir una palabra.

Apoyó la mano en la pared. La sensación desapareció. Ambarine se volvió al oírla rozar el suelo con el pie.

—¿Aura?

Rayenteeka la sostuvo por el brazo. Aura tardó en reconocer que le estaba preguntando si se había lastimado al bajar.

—No. Espera…

Tocó el bolso sin abrirlo. Recordaba el calor de la esfera entre las ruinas de la granja, las ruedas que había creído oír y aquel grito que no llegó a convertirse en una imagen. Allí también había sentido que el lugar guardaba algo detrás de lo que podía ver.

Ambarine se acercó. Aura miró a Rayenteeka y después hacia la puerta que tenían delante.

—¿Puedes ver si están ahí? —le pidió.

La kunan vaciló, pero Aura soltó su brazo y se apoyó mejor contra la pared. Rayenteeka avanzó los pocos pasos que faltaban. Cuando llamó con suavidad, alguien contestó desde dentro.

Aura habló cerca del oído de Ambarine.

—La esfera. Se calentó. Como en la granja.

Ambarine bajó los ojos hacia el bolso.

—¿Viste algo?

—No sé. Sentí… que había más detrás. Oí un ruido, pero no sé qué era.

—¿Puedes caminar?

Aura asintió. Le molestaba no poder explicarlo mejor y todavía tenía la impresión de que, si miraba hacia la ventana, volvería a encontrar aquella profundidad. Se obligó a mirar la puerta abierta.

—No sé si tiene que ver con que hayan cerrado —añadió.

Ambarine le puso una mano en la espalda y esperó a que se apartara de la pared.

—Vamos a escuchar a los demás.

Orven apartó un banco para dejarlas pasar. El cuarto tenía una segunda abertura hacia el cruce del templo y la colaboradora de Shaeli estaba junto a ella, escuchando el corredor. Los otros se habían distribuido donde podían: Tirka sentada en un mueble bajo, el hombre del brazal cerca de la puerta y el de cabello gris junto a Shaeli. Rayenteeka se apartó para que entrara Aura.

Ambarine buscó a Brenor y Nashira.

—¿Dónde están?

—Comprobando la salida de provisiones —respondió Orven—. Vuelven ahora. ¿Qué les pasó?

Ambarine le explicó lo de la reja y los dos guardias. Orven miró hacia el paso trasero. Antes de responder oyó pisadas en la escalera y levantó una mano para que guardaran silencio.

Brenor apareció primero. Nashira lo seguía, con el rostro tenso y una mano apoyada bajo el hombro. Entraron y el hombre del brazal volvió a arrimar la puerta.

—Cerraron el patio —dijo Brenor.

Ambarine esperó a que Nashira llegara junto al banco. Ahora sí estaban los once.

—¿El portón?

—También el paso desde los depósitos —respondió ella—. Vimos bajar una hoja de hierro. Hay guardias al otro lado.

—Cuando dejaron la marca…

—Estaba abierto —la interrumpió Nashira—. Bajamos a comprobarlo otra vez. Seguía entrando gente por el patio hasta hace un momento.

Ambarine asintió. No volvió a preguntarle por el cordel.

Orven se acercó a la segunda abertura y escuchó durante unos instantes antes de regresar.

—Por el lado del templo no he visto movimiento —dijo—. Si queremos salir por donde ellos entraron, tendremos que forzar el cierre.

—O conseguir que lo abran —añadió Shaeli.

—¿Con qué explicación? —preguntó el hombre de cabello gris—. Ya nos mandaron quedarnos dentro a trabajar.

La colaboradora negó con la cabeza desde la puerta.

—Puedo decir que falta algo del carro. Pero si me dejan pasar sola, no les sirve. Y van a preguntar dónde están las mesas que nos mandaron traer después.

Tirka levantó la vista hacia Ambarine.

—Isaliria está en la cena. La vimos llegar.

Ambarine dejó de mirar a la mujer de Shaeli.

—¿Ella?

—La anunciaron. Se sentó al fondo, debajo del sol grande. Voss también está allí. Lo llamaron Tarel.

Durante un momento Ambarine no contestó. Se había imaginado a Isaliria en sus habitaciones, reunida con sus oficiales o lejos del sector que tendrían que cruzar. Saber que estaba sentada en uno de aquellos salones le hizo recordar el camino desde allí hasta el templo. Lo había recorrido con su padre después de otras cenas, cuando todavía quedaban criados recogiendo las copas.

Shaeli se acercó un poco.

—No oímos una alarma. En el salón seguían sirviendo cuando salimos.

—Quizá cierran porque ella está ahí —dijo el hombre del brazal.

—Podría ser —respondió Orven—. No cambia lo que encontramos abajo.

Ambarine miró las caras reunidas alrededor. Brenor tenía las manos vacías y, al preguntarle por el arco, él señaló hacia el exterior con un movimiento breve.

—Con el conductor. No lo dejaron pasar.

El hombre de cabello gris confirmó que también había entregado su espada. Ambarine bajó la vista hacia las pequeñas hojas que conservaban. Habían evitado enfrentarse a los controles y conseguido entrar, pero no disponían de todo lo que Orven había contado al hablar de sostener un corredor.

—Podemos volver al patio —dijo él—. Ver si abre alguien antes de que nos echen en falta. Si no, tendremos que hacer ruido.

—Y los de atrás vendrán —añadió Rayenteeka.

—Sí.

Aura se sentó en el extremo de un banco. El calor de la esfera había disminuido, pero todavía tenía la mano apoyada sobre el bolso. Ambarine notó el gesto y apartó la vista antes de que alguien siguiera su mirada.

—Si avanzamos —dijo Shaeli—, cuando queramos regresar tendremos todo ese camino detrás. No basta con llegar a Emeter.

Ambarine se acercó a la abertura del cruce. Al otro lado había una galería menos iluminada y una puerta al fondo. No alcanzaba a ver guardias. Aquella ausencia le resultaba difícil de aceptar después de lo que acababan de contarle, aunque durante los preparativos había esperado encontrar precisamente menos gente lejos de los salones.

—Debería haber alguien por ahí —murmuró.

Orven se colocó a su lado.

—No me gusta, jefa.

—A mí tampoco.

Volvió hacia los demás. Tirka se había puesto de pie. Nashira seguía sentada, pero tenía el bolso preparado sobre las piernas. Ambarine pensó en pedirles que esperaran mientras ella comprobaba la siguiente puerta. Entonces recordó cuánto les había insistido en llegar juntos hasta los puntos acordados.

—Quiero continuar —dijo.

Brenor levantó la cabeza. Shaeli no se movió.

—Explícanos hasta dónde.

—Hasta el acceso de la cámara. Todavía están reunidos en la cena. Si regresamos ahora al patio y tenemos que pelear para salir, no habremos llegado a mi padre y sabrán que estuvimos aquí.

—También pueden descubrirnos delante de la cámara —respondió Shaeli.

Ambarine apretó los dedos contra el marco de la puerta.

—Lo sé. Pero ya no tenemos la salida que preparamos. No sé cuándo podríamos volver a intentar esto.

Nadie respondió enseguida. Desde abajo llegó un golpe distante, demasiado apagado para saber qué lo había producido. El hombre del brazal miró la puerta por la que habían entrado.

—No quiero llevarlos a todos más adentro —continuó Ambarine—. Una parte puede quedarse en este cruce. Buscar la forma de abrir el regreso mientras los demás vamos hasta la cámara.

Orven se frotó la muñeca y miró a sus compañeros.

—Puedo quedarme. Con Brenor, Nashira y los tres. Pero no voy a mandar a nadie al otro lado de esas rejas sin saber cómo traerlo de vuelta.

La mujer de Shaeli asintió. Había visto las dependencias desde dentro y podía ayudarlos a comprobar si quedaba otra comunicación con el patio. El hombre de cabello gris se puso de pie para dejarle sitio junto al paso.

—Yo prefiero seguir contigo —le dijo Tirka a Ambarine—. Si la puerta de la cámara está como la de afuera, quizá pueda ayudarte.

Ambarine miró a Shaeli.

—Necesito que vengas también.

La kunara sostuvo su mirada antes de asentir.

—Iré. Pero si el camino sigue demasiado fácil, lo comprobaremos. No voy a decirte que me parece seguro.

—No te lo estoy pidiendo.

Aura se levantó. Rayenteeka recogió la cuerda y esperó a su lado.

—Puedo seguir —dijo Aura—. Pero si esas puertas no se abren, no sé si podré hacer nada para ayudarnos a salir.

Ambarine sintió el impulso de decirle que encontrarían otra forma. Miró la puerta cerrada detrás de Orven y no lo hizo.

—Lo tendremos en cuenta.

—De verdad, Ambarine.

Ella volvió a mirarla.

—Sí. Lo sé.

Orven les pidió que esperaran mientras comprobaba el cruce una vez más. Tirka se acercó a Nashira y ambas hablaron junto al banco. Ambarine no alcanzó a oírlas. Brenor recogió una tira de tela que había quedado en el suelo y se la pasó al hombre de cabello gris para que asegurara su bolso. La colaboradora de Shaeli señaló en voz baja el lado por el que habían llegado desde los depósitos.

Ambarine repasó el camino hacia el templo. Tendrían que atravesar la galería, comprobar la puerta del fondo y bajar después. Todavía podía decir que volvieran todos hacia el patio. Permaneció junto al marco hasta que Orven regresó.

—No veo a nadie —dijo él.

Ambarine miró por última vez a los seis que se quedarían en el enlace. Nashira levantó la cabeza, esperando. No le habían pedido que les asegurara el regreso; aun así, le costó apartar la vista de ellos.

—Vamos a buscar a mi padre.

Salió primero. Tirka la siguió hasta el cruce y Shaeli esperó a que Aura y Rayenteeka pasaran antes de cerrar el grupo. Detrás, Orven se quedó en la abertura para ver qué dirección tomaban.

La luz de la cena apenas alcanzaba aquella parte de la galería. Ambarine reconoció el dibujo de las losas bajo sus pies y continuó hacia la puerta del templo.

15 - Los que eligieron quedarse #Daliana

Folio 14·10.814 palabras

Resonancia atmosférica

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El pulso entre las palabras

Densidad iónica

3,29kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

875,95 Lux

La luz que permanece

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