Cuando Aura volvió a mirar hacia la salida del refugio, Tirka y Nashira ya no estaban. Orven había llevado a sus dos compañeros junto al equipo y Brenor esperaba con Rayenteeka cerca de los bultos. La kunan tiró una vez más del nudo que había hecho en el bolso de Aura y se lo devolvió.
—Así debería aguantar.
—Gracias. ¿Tú llevas todo?
Rayenteeka levantó su bulto. Era más pequeño que el de Aura y tenía una cuerda enrollada por fuera.
—Creo que sí. Lo he mirado tres veces.
Aura sonrió y estuvo a punto de abrir de nuevo el suyo. Ambarine se acercó después de despedirse de Cael y le acomodó una parte de la correa que había quedado torcida.
—¿Vamos?
Aura asintió. Se apartaron junto a una tienda, donde todavía llegaba la luz del refugio. Primero oscureció su propio cabello y cambió el color de sus ojos. Después tomó un mechón de Ambarine entre los dedos. El castaño avanzó por él y se extendió bajo la mano con que la princesa se lo había recogido.
Ambarine soltó el cabello sobre los hombros. Aura le pidió que se volviera un poco; quedaba una franja carmesí junto al cuello. Esperó hasta verla oscurecerse y retiró la mano.
—Ahora sí.
Orven se despidió de ellas al pasar con los demás. Aura cruzó el vórtice junto a Ambarine y esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad de la cueva. Abajo, lejos del sendero, empezaban a verse luces junto a los caminos que llevaban a la capital.
Al acercarse al pórtico oriental, Aura distinguió el emblema de Darom en el costado del carro. Brenor iba sentado entre los bultos, con el arco a su lado; Rayenteeka sujetaba un saco para que no se desplazara. Orven y el hombre de cabello gris habían bajado para ayudar al conductor mientras un guardia miraba la carga.
Aura estuvo a punto de levantar la mano, pero Brenor ya se había vuelto hacia el interior del carro. Siguió caminando con Ambarine hasta alcanzar la fila de quienes entraban a pie.
Los guardias hacían abrir algunos bultos. Junto a los carros, un conductor discutía por la cantidad de recipientes que figuraba en su hoja. Más allá del arco seguían pasando personas con canastas, herramientas y cuchillos sujetos al cinturón. El carro de Darom empezó a moverse; Orven volvió a subir antes de que las ruedas cruzaran el umbral.
Ambarine le rozó el brazo.
—Nos toca.
Aura había apretado tanto la correa que tuvo que soltarla para adelantar el bolso. El guardia miró a ambas.
—¿Adónde van?
—A alojarnos cerca del mercado —respondió Ambarine.
Él volvió la vista hacia Aura. Durante un momento le pareció que la miraba demasiado; sintió ganas de tocarse el cabello para comprobar el color. Dejó la mano sobre el bolso.
—Sigan. No se queden en medio.
Ambarine empezó a caminar. Aura la siguió bajo el arco, junto a una de las hojas abiertas del portón. Vio las marcas que habían dejado las ruedas en la piedra y el hierro oscuro de las bisagras. Esperó oír que las llamaban, pero el guardia ya estaba pidiéndole a la mujer que destapara su cesto.
Al salir del paso cubierto, Aura levantó la cabeza. La muralla quedaba a su espalda. Ambarine continuaba a su lado, con el cabello suelto y el rostro descubierto.
—No hace falta que me mires tanto —murmuró.
—Quería ver si seguía oscuro.
Ambarine le acercó una punta del cabello y Aura terminó sonriendo. Siguieron hasta que el movimiento de la puerta quedó detrás de las primeras calles.
En una plaza reconoció la fuente. El pequeño sol de piedra seguía allí, con el agua cayendo entre sus rayos. La primera vez se había quedado mirando las tiendas sin saber cuánto podía comprar con las monedas que llevaba. Ahora uno de los puestos estaba cerrado y el hombre que recogía el de al lado arrastraba una tela sobre sus mercancías.
Aura se detuvo al borde de la fuente.
—Aquí me dejaron cuando entré la primera vez.
Ambarine miró las calles que salían de la plaza. Dos niños pasaron corriendo entre ellas y una mujer los llamó desde un puesto, sin conseguir que regresaran enseguida.
—La casa queda por allí —dijo, señalando una de las calles.
Sobre una puerta había otro sol, casi cubierto por el cartel de una tienda. Aura encontró uno más entre los restos de pintura de un relieve. Volvió la vista hacia Ambarine; ella observaba los locales, pero siguió andando antes de que pudiera preguntarle qué recordaba de aquel sitio.
Tirka abrió la puerta de la casa antes de que llamaran por segunda vez. Miró el cabello de ambas y luego se apartó para dejarlas entrar.
—Los demás ya llegaron. Lyra fue al almacén. Brenor quiere saber cuándo comemos.
—¿Les pasó algo? —preguntó Ambarine.
—Nada.
Mientras cerraba la puerta, Tirka les contó que Nashira y ella habían llegado primero, por el norte. Shaeli había entrado con Lyra y el hombre del brazal por la puerta sur; los del carro acababan de llegar.
Aura dejó el bolso sobre un banco. Al soltar los cambios de color sintió el cansancio de haber mantenido la atención durante todo el camino. Ambarine se recogió el cabello, carmesí otra vez, y fue hacia la habitación del fondo, de donde llegaban las voces de los demás.
Rayenteeka se acercó mientras Aura se frotaba los dedos.
—¿Se soltó?
Aura miró el bolso y tiró de la correa. El nudo seguía en su sitio.
—No. Ahora falta ver si consigo subir sin que se enganche.
—Tienes que llevarlo de este lado.
La kunan la ayudó a girarlo hasta que quedó mejor apoyado contra su cuerpo. Después fueron juntas a buscar sitio junto a los demás. Los once habían conseguido cruzar las murallas.
Lyra regresó del almacén cuando todavía quedaba pan sobre la mesa. Dejó su porción junto al bolso y habló con Ambarine antes de sentarse.
—Están terminando de cargar. Nos esperan para llevar lo que falta.
Brenor apartó su cuenco. Nashira recogió el bolso y lo dejó junto al de él mientras Lyra se sentaba.
Lyra abrió el bulto que acababa de traer. Dentro había camisas sin adornos, prendas exteriores de tela gruesa y cinco delantales. Algunos tenían remiendos en los bordes; sobre el pecho conservaban una pequeña marca de tres líneas doradas y un círculo verde.
Tirka tomó una de las prendas y buscó cómo sujetarla sin que la tela le molestara en la cola. Orven apartó la suya hasta terminar de hablar con el hombre de cabello gris.
—Brenor va contigo. Nashira se queda pendiente de la salida mientras descargan.
—¿Y cuando nos manden volver al carro? —preguntó el hombre.
—Miren primero dónde los dejan esperar. No intenten quedarse los tres junto a una puerta si les ordenan apartarse.
Ambarine se acercó a ellos. Sobre la mesa solo quedaban los cuencos, una correa y las migas del pan; no habían llevado el plano desde el refugio.
—Necesitamos ese paso abierto para salir —dijo—. Si cambian el lugar de descarga y no pueden alcanzar el patio que vimos, no sigan hasta el templo.
Nashira asintió. Habían repasado la entrada con las descripciones del conductor: el portón de mercancías, el patio donde debían descargar y el paso que comunicaba con las dependencias interiores. Ambarine les explicó en el refugio qué parte recordaba y dónde tendrían que comprobar por sí mismos si el recorrido continuaba utilizable.
El hombre de cabello gris se ajustó la vaina al cinturón. Brenor puso el arco junto al bolso y recogió las flechas para volver a contarlas.
En el otro extremo de la mesa, Shaeli reunió a quienes entrarían como personal. Iría con su colaboradora y Tirka; Orven y el hombre del brazal las seguirían en una segunda tanda. La casa de Darom había confirmado cinco trabajadores para la recepción, pero debían llegar a recoger sus tareas sin amontonarse en la misma puerta.
—A mí me tocará hablar primero —dijo la mujer—. Si me mandan dentro, Shaeli lleva el encargo. Ustedes esperen a que les digan qué hay que mover.
Tirka volvió a ajustar el nudo de su delantal.
—¿Y si nos separan?
—Trabaja hasta que puedas volver al paso de servicio —respondió Shaeli—. No te vayas detrás de nosotros en cuanto alguien mire a otro lado.
Orven levantó la vista hacia Ambarine.
—Podemos tardar.
—Lo sé. Esperaremos en la galería. No avanzaré hacia el templo hasta que estén ustedes y sepamos que la salida sigue libre.
Aura escuchaba desde el banco junto a Rayenteeka. La galería era el primer lugar que Ambarine le había explicado con suficiente detalle para imaginarlo sin el plano: una escalera corta, ventanas hacia un patio y un cruce desde el que empezaban a separarse los caminos interiores. Antes tendrían que alcanzarla por la parte trasera del complejo.
Ambarine le recordó a Rayenteeka que aseguraría la cuerda desde arriba, como durante la prueba. Después guardó las herramientas que Orven le había mostrado para la puerta secundaria. Desde allí conocía el paso hacia la galería.
Ahora Rayenteeka volvió a enrollar la cuerda, dejando libre el extremo que Ambarine necesitaría primero. Aura se inclinó para ayudarla, pero la kunan señaló su bolso.
—Sujeta eso. Si vuelve a quedar largo, se te enganchará al subir.
Aura acortó la correa. Ambarine las observó desde la mesa y después buscó a Shaeli. Antes de salir, la kunara envió por el contacto exterior el aviso de que los once estaban reunidos. Cael seguía en el refugio, a cargo del contacto y del regreso; Neria se había quedado con él para atender a quienes volvieran heridos. Una vez dentro del palacio no podrían avisarle de lo que ocurriera.
El hombre del brazal terminó de recogerse las mangas y esperó junto a Orven.
Salieron primero Brenor, Nashira y el hombre de cabello gris. Tirka acompañó a Nashira hasta la puerta y le devolvió su bolso antes de verla marchar. Luego se reunió con las dos mujeres junto a la salida. Orven dejó pasar un intervalo antes de seguirlas con su compañero.
Aura volvió a oscurecer el cabello de ambas antes de salir; cambió también sus propios ojos. Rayenteeka apagó la lámpara que quedaba junto al banco y recogió la cuerda. Revisaron la habitación una vez más y cerraron la casa.
Brenor encontró el carro preparado en el almacén, con las tres líneas doradas sobre el círculo verde pintadas en el costado. Era el mismo que había cruzado por el este; habían añadido los recipientes vacíos que debían devolver. El conductor les hizo sitio y Nashira subió detrás del hombre de cabello gris.
Brenor subió después y se acomodó en el borde exterior del carro, desde donde podía ver el camino. Al acercarse al palacio oyó las ruedas de otros vehículos, las llamadas entre los conductores y el golpe de cajas que ya estaban descargando. Mantuvo las orejas orientadas hacia el portón sin potenciar el oído; con aquel ruido, todavía no necesitaba oír más.
El carro se detuvo detrás de otro transporte. Nashira miró la puerta abierta y después el sitio que les quedaba para dar la vuelta. El conductor sacó el encargo de entre sus cosas y esperó a que un guardia terminara con los anteriores.
Shaeli vio a Tirka observar el carruaje de un invitado al otro lado de la explanada. Le tocó el codo y señaló el acceso estrecho donde se reunían los trabajadores.
—Por aquí.
Lyra llevaba la nota con los cinco puestos acordados. No había nombres de funcionarios ni permiso para recorrer las salas privadas: las enviarían a trabajar donde hicieran falta. Tirka se acomodó una manga y miró los recipientes apilados junto a la puerta, buscando cuáles tendrían que levantar primero.
Más atrás, Orven y el hombre del brazal esperaban junto a un muro. Vestidos como los demás trabajadores, ninguno llevaba insignias. Orven observó a un encargado hacer pasar a dos personas y devolver a otra hacia los carros. Después miró el hueco por el que Shaeli tendría que entrar.
Ambarine se detuvo antes de doblar hacia la parte trasera. Desde allí alcanzaba a ver las ventanas iluminadas de los salones. No pudo distinguir a nadie detrás de ellas, pero reconoció la altura de las galerías y siguió con la vista la línea de tejados hasta perderla detrás del muro.
Un carruaje se detuvo frente a la entrada principal. Dos guardias se adelantaron para recibir a quienes bajaban; Ambarine se apartó de la esquina antes de que la luz alcanzara su ropa.
—¿Es por ahí? —preguntó Aura.
Ambarine dejó de mirar las ventanas.
—Sí. Después de esa esquina.
Rayenteeka se adelantó unos pasos, con la cuerda recogida contra el cuerpo. Antes de llegar al cruce volvió hacia ellas y levantó una mano. Ambarine se acercó lo suficiente para ver la luz de una lámpara desplazándose junto al muro. Había un guardia recorriendo el tramo que necesitaban cruzar.
Las tres retrocedieron hasta quedar fuera de su vista. Aura se apretó el bolso contra el costado y esperó a que las pisadas llegaran a la esquina. El guardia se detuvo un momento; luego la luz empezó a alejarse por el mismo camino.
Rayenteeka miró el espacio detrás de ellas y después la calle lateral.
—Podría hacerlo mirar hacia allá —murmuró.
Ambarine siguió la dirección que señalaba. Tendría que comprobar que la kunan pudiera volver antes de intentarlo. Puso una mano sobre la cuerda para que todavía no la desenrollara.
—Espera. Primero veamos hasta dónde llega.
Aura se quedó junto a ambas. Más allá del muro continuaban las voces de quienes preparaban la cena. Todavía no habían cruzado.
El guardia detuvo el carro con la mano levantada. Brenor se incorporó entre los bultos mientras el conductor le entregaba el encargo. Desde allí podía ver un patio iluminado, las puertas de los depósitos y varias personas esperando junto a una balanza. El olor de la comida llegaba por un paso cubierto a la derecha.
—Bajen. Los tres.
Nashira buscó el borde del pescante con el pie. El hombre de cabello gris saltó primero y ella bajó detrás. Brenor los siguió, dejando su bolso sobre el asiento.
El guardia pasó la lámpara sobre la carga. Levantó una cubierta, comparó los recipientes con la lista y señaló el arco que Brenor había apoyado junto a su bolso.
—¿Esto?
Brenor sintió que se le tensaban los hombros.
—Mi arco.
—Se queda fuera.
El conductor giró la cabeza hacia él. Brenor estuvo a punto de explicar que lo necesitaba para el camino, pero el guardia ya señalaba el lugar donde debían dejar las armas antes de entrar.
Orven ya les había advertido que no contaran con pasar armados al palacio. Brenor le preguntó entonces qué haría dentro si lo separaban del arco.
—Lo mismo que hacemos los demás cuando no podemos usar lo que llevamos —respondió Orven—. Buscar otra forma. No vas a poner una flecha sobre la mesa de un guardia para que te deje pasar.
Brenor miró ahora a Nashira. Ella sostenía el bolso contra el pecho y esperaba sin intervenir. Él recogió el arco y se lo entregó al conductor junto con las flechas.
—Guárdalo hasta que vuelva.
El hombre asintió. Bajó del pescante para llevarlo al pequeño depósito exterior donde otro guardia recibía las armas de los transportistas. Su compañero de cabello gris dejó allí la espada corta. Cuando regresaron, solo conservaron las hojas pequeñas que utilizaban para cortar las cuerdas de la carga y que el guardia había revisado una por una.
Los dejaron pasar después de comprobar los últimos recipientes. Brenor caminó junto a la rueda hasta el patio, con una mano apoyada en la madera. Cada vez que algo se movía en un extremo de su vista, sentía el impulso de buscar el arco donde ya no estaba.
El encargado de los depósitos los hizo descargar cerca del paso cubierto. Nashira llevó los recipientes vacíos adonde le indicó un trabajador. Al volver miró el recorrido que quedaba entre el patio y el portón.
Mientras Brenor y su compañero cargaban las últimas cajas, la kunara se acercó al paso cubierto. A mitad del corredor había una hornacina vacía. Le faltaba un trozo en la esquina inferior, como había descrito Ambarine. Nashira apoyó el bolso debajo y fingió ajustar la correa.
Sacó un cordel oscuro del puño de la manga. Llevaba dos nudos juntos y uno separado. Lo sujetó detrás del soporte de hierro que sobresalía bajo la hornacina, dejando el último nudo hacia el lado del patio.
Tirka había intentado encontrarlo con los ojos cerrados durante la preparación. Nashira sujetó un soporte de lámpara contra el borde de una silla y esperó a que su compañera pasara los dedos por detrás.
—Aquí —dijo Tirka cuando tocó el cordel.
—Mira los nudos. Si hay otra cosa atada, no te sirve.
Ambarine había comprobado después que todos supieran dónde buscar. Aquella marca solo se dejaría cuando los tres de provisiones estuvieran dentro y el paso hacia la galería pudiera recorrerse. Nashira lo había cruzado hasta ver la escalera antes de agacharse junto a la hornacina.
Brenor pasó a su lado con una caja vacía. Ella se incorporó y le indicó con dos dedos que continuara. El hombre de cabello gris los siguió hasta el depósito donde debían dejarla. Cuando volvieron al patio, el conductor ya estaba acomodando las riendas.
—Nos han mandado ayudar adentro —le dijo Brenor.
El hombre miró a los tres. Habían acordado que no los esperaría junto al palacio después de terminar su trabajo; aun así, tardó en responder.
—Recojo lo de ustedes al salir. Estará en el almacén.
Brenor apoyó la mano en el borde del carro y la retiró para dejarlo avanzar. Nashira esperó hasta verlo cruzar el portón. Después se reunió con los otros dos bajo el paso cubierto.
Tirka tuvo que repetir el nombre de la casa comercial porque el encargado no la había oído. Un hombre pasó entre ambos con una olla que desprendía vapor y los obligó a apartarse. Lyra aprovechó para mostrarle la nota.
—Somos tres. Los otros dos vienen detrás.
—Ya me lo dijeron. Tú, las mesas. Ustedes, con ella.
Señaló a una mujer que llevaba un manojo de paños sobre el brazo. Shaeli guardó la hoja y siguió a Tirka, que procuró mantener la cola cerca de las piernas para que no se la pisaran. Cruzaron una puerta baja y el ruido del patio quedó detrás, sustituido por el choque de platos y las órdenes de quienes preparaban la comida.
La mujer de los paños les entregó una jarra a cada una.
—Al fondo. Cuando estén llenas, esperen junto a la puerta grande. No las lleven a las mesas hasta que se las pidan.
Tirka miró a Shaeli. Ella ya se había vuelto hacia donde les indicaban.
En el refugio, Lyra les explicó que no entrarían todos por el mismo puesto. Había trabajado en recepciones donde cada encargado suponía que los trabajadores nuevos conocían el lugar, y en otras donde no los dejaban avanzar sin acompañamiento.
—Pregunten dónde se deja lo que llevan —les dijo—. Eso pueden preguntarlo. Si empiezan a preguntar adónde conduce cada puerta, se van a acordar de ustedes.
Tirka llenó la jarra y volvió con cuidado. Pesaba más de lo que esperaba. Al detenerse junto al salón, la apoyó contra la cadera y buscó con la vista un lugar donde dejarla. Desde allí alcanzaba a ver una mesa cubierta de platos blancos y una hilera de ventanas altas, cuyas cortinas se movían con el aire que entraba por una de ellas.
Orven apareció al otro lado del corredor cargando una mesa estrecha con su compañero. El hombre del brazal caminaba de espaldas. Al ver a Tirka apartó un poco el codo para que pudiera pasar, pero ninguno la saludó. Dejaron el mueble donde el encargado les indicó y volvieron por otro.
Shaeli levantó su jarra cuando la mujer de los paños regresó a buscarlas. Tirka hizo lo mismo y cruzó con ella la puerta grande.
El salón tenía más luz que cualquiera de las habitaciones por las que habían pasado. Las llamas se multiplicaban en los bordes de las copas y sobre las bandejas pulidas. Tirka bajó la vista para no mirar demasiado. A cada lado quedaban sillas ocupadas por personas que conversaban inclinándose unas hacia otras, sin atender a quienes llenaban sus vasos.
La mujer la hizo esperar junto a una columna. Shaeli continuó hasta una mesa próxima y recibió una indicación con dos dedos, apenas por encima del plato. Tirka vio que se acercaba para escucharla y tuvo que mirar hacia otro lado cuando un guardia pasó delante de ella.
Había dos junto a la entrada principal. Otros permanecían cerca de la mesa del fondo, donde una silla todavía estaba vacía. Detrás se extendía una tela bordada con un sol que ocupaba casi todo el ancho de la pared. Tirka siguió uno de sus rayos hasta la parte que ocultaba el respaldo y pensó en el mapa del refugio. Nunca le había parecido que hubiera espacio para un salón tan grande.
—Apártate un poco —le murmuró la mujer.
Tirka retiró el pie justo antes de que pasara una bandeja. El hombre que la llevaba ni siquiera volvió la cabeza. La jarra empezaba a pesarle en los dedos y la cambió de mano.
Una voz junto a la entrada anunció a la emperatriz.
Las conversaciones disminuyeron. Algunas personas se pusieron de pie; otras se enderezaron antes de hacerlo. La mujer de los paños detuvo a Tirka con una mano en el antebrazo y ambas retrocedieron junto a la columna.
Isaliria atravesó el espacio entre las mesas acompañada por dos personas. Llevaba un vestido oscuro, ajustado por un broche claro a la altura del pecho, y el cabello recogido de manera que dejaba libre el rostro. Sonreía al escuchar a quien caminaba junto a ella. Se detuvo cuando un hombre mayor se inclinó demasiado deprisa y le puso una mano sobre el brazo para que se enderezara.
—No hace falta. Espero que el viaje haya sido tranquilo.
El hombre respondió algo que Tirka no alcanzó a distinguir. Isaliria lo escuchó antes de continuar hacia su asiento. Su voz era más suave de lo que Tirka había imaginado. Miró sus manos cuando pasó cerca, buscando sin saber por qué algo que la hiciera reconocerla mejor.
La jarra se inclinó y el agua le mojó los dedos. Tirka la enderezó enseguida. La mujer le lanzó una mirada de advertencia y después le indicó que siguiera.
En la mesa de al lado, un invitado pidió que le retiraran una copa. Tirka la recogió con la mano libre y buscó dónde dejarla. El encargado le tocó el hombro.
—Las copas usadas, afuera.
Tirka asintió y regresó hacia el paso de servicio. Al llegar, dejó la jarra junto a las otras y esperó a Shaeli al lado de los recipientes vacíos.
—Está ahí —murmuró cuando la kunara se acercó.
—La vi.
Lyra apareció empujando un pequeño carro de servicio. Llevaba apiladas varias bandejas que debían devolver al depósito. El encargado les pidió a Tirka y Shaeli que la ayudaran y llamó a Orven para que retirara las mesas que habían quedado sin utilizar.
Esperaron a que cruzaran dos criados con comida antes de ponerse en movimiento. La mujer empujaba delante; Tirka caminaba a su lado sosteniendo una bandeja que vibraba contra las demás. Shaeli siguió detrás con los paños. Orven y el hombre del brazal levantaron las mesas por los extremos y tomaron el mismo paso unos instantes después.
El ruido del salón los acompañó hasta la primera esquina. Allí el encargado dejó de verlos. Tirka siguió andando, aunque sentía el impulso de volverse para comprobar si alguien venía.
Todavía tenían que llevar las cosas a su sitio. Dejaron el carro y las mesas en el depósito señalado, una habitación abierta al paso cubierto. Lyra salió primero, se detuvo junto al cruce y esperó a que una mujer con un cesto terminara de bajar las escaleras. Después indicó a los demás que podían acercarse.
—Cuando pidan otra jarra, van a buscarnos —susurró Tirka.
—Por eso no podemos tardar aquí —respondió Shaeli.
No habían conseguido desaparecer del trabajo sin dejar una ausencia. Alguien acabaría notándola. Orven aguardó a que los cinco estuvieran en el corredor y los hizo continuar hacia la hornacina.
Tirka pasó la mano por debajo del soporte de hierro y encontró el cordel. Lo sacó apenas de su escondite: dos nudos juntos y otro separado hacia el patio.
—Nashira —murmuró.
Shaeli se agachó para comprobarlo. Luego devolvieron el cordel a su lugar y miraron hacia la escalera.
Ambarine les había descrito aquel paso mientras Tirka intentaba seguirlo en el plano incompleto. El patio de descarga comunicaba con las dependencias por un corredor cubierto. Desde la hornacina, una escalera corta subía hacia una galería transversal; un extremo venía de la parte trasera del complejo y el otro se aproximaba al templo.
—Nosotros llegaremos por aquí —había dicho Ambarine, colocando tres fichas junto al extremo trasero—. Dejen la segunda marca debajo del alféizar de la primera ventana. Si han podido reunirse los ocho, cuatro nudos. Si falta alguien, no la dejen.
Tirka había levantado los ojos del dibujo.
—¿Y dónde esperamos?
—Hay un cuarto junto al cruce. Se guardaban bancos. Tendrán que comprobar que siga libre.
Ahora Orven subió antes que ellas. Se detuvo en el último escalón y escuchó. Después se volvió para que lo siguieran.
Brenor apareció junto a la puerta del cuarto. Llevaba el bolso en una mano y una hoja pequeña al costado; Tirka notó enseguida que no tenía el arco. Dentro estaban Nashira y el hombre de cabello gris, sentados en dos bancos colocados contra la pared. Había otros muebles apilados y apenas quedaba espacio para moverse entre ellos.
Tirka se acercó a Nashira mientras Shaeli cerraba la puerta sin encajarla del todo.
—Encontré tu cuerda, miau.
—Ya lo supuse cuando los oí subir.
Nashira estiró el brazo para ayudarla a pasar entre los bancos. Tirka se sentó junto a ella y le contó en voz baja que había visto llegar a Isaliria. Permaneció a su lado hasta que Orven la llamó para dejar la segunda marca. Salieron juntos y comprobaron la galería hacia el acceso trasero. Estaba vacía. Bajo el alféizar de la primera ventana quedaba un clavo corto, casi pegado a la pared; Tirka ató allí el cordel con cuatro nudos y lo recogió por debajo para que no colgara a la vista.
Al volver, Brenor se disponía a bajar con Nashira hasta el último tramo desde el que podían observar el patio.
—Nos quedamos abajo hasta que lleguen —dijo él.
Orven asintió.
—Si cambia algo, regresen. No intenten sostener el paso solos.
Tirka los vio descender por la escalera. El hombre de cabello gris se quedó junto a la puerta del cuarto mientras los demás buscaban sitio dentro. Desde aquella altura todavía llegaba el olor de la comida, pero apenas se oían las conversaciones de la cena.
Aura había empezado a contar los pasos del guardia y los perdió cuando él se detuvo otra vez. La luz de su lámpara descansaba sobre la esquina del muro. Ambarine le indicó que permaneciera atrás y se acercó a Rayenteeka.
La kunan señaló la calle lateral. Había un pequeño desnivel detrás de unas construcciones y, más allá, un portillo de madera mal sujeto. Lo habían visto al aproximarse.
—Puedo golpearlo y volver por abajo —murmuró—. No tendría que cruzar delante de él.
Ambarine miró el recorrido. Aura solo alcanzaba a ver el comienzo; avanzó unos pasos para comprobar dónde se reuniría de nuevo Rayenteeka con ellas.
—Si viene por aquí, te esperamos detrás de esa pared —dijo Ambarine—. No lo lleves más lejos.
Rayenteeka le entregó la cuerda y se apartó. Se movió agachada al principio, con una mano cerca del suelo. Cuando llegó al desnivel, desapareció de la vista de Aura. Un momento después sonó un golpe de madera. El portillo volvió a chocar, más fuerte.
El guardia levantó la lámpara.
—¿Quién anda ahí?
Esperó una respuesta y después caminó hacia el ruido. Ambarine sujetó la manga de Aura para que no se adelantara. Ambas se apartaron de la esquina hasta oír un roce junto a sus pies.
Rayenteeka subió desde el desnivel y se quedó un instante con las manos apoyadas en las rodillas. Tenía tierra en una manga.
—Ahora.
Cruzaron hasta el muro. La kunan encontró el primer apoyo con el pie, se impulsó y alcanzó el borde con las manos. Aura vio cómo tanteaba la parte superior antes de subir una rodilla. Una pequeña piedra cayó junto a ella; la recogió por reflejo, aunque el golpe ya se había oído.
Ambarine esperó a que Rayenteeka mirara al otro lado. Cuando la kunan asintió, puso el pie donde ella señalaba y se dejó ayudar hasta el borde. Se acomodó allí para asegurar la cuerda mientras Rayenteeka descendía al patio interior.
Aura la miró desaparecer y tuvo que respirar antes de acercarse al muro.
Durante la prueba en el refugio le había resultado más fácil subir. Había luz, Tirka se reía al verla buscar con el pie un agarre que tenía junto a la rodilla y podían volver a empezar si se resbalaba. Ahora el bolso se le enganchó en una saliente y, cuando intentó liberarlo, sintió la cuerda quemarle la palma.
—Un poco a la izquierda —susurró Ambarine.
Aura movió el pie, encontró piedra firme y consiguió subir. El guardia volvió a llamar desde la calle lateral. Se quedó inmóvil hasta que Ambarine la tocó en el hombro.
—Sigue. No mires atrás.
Rayenteeka la recibió del otro lado. Aura apoyó los pies en el suelo y se apartó para que Ambarine bajara después de recoger la cuerda. Las tres permanecieron junto al muro, escuchando. La lámpara del guardia pasó por encima sin detenerse.
Ambarine las condujo hacia una puerta estrecha, protegida por el saliente de un tejado. Aura dejó deshacerse los cambios de color antes de formar una luz pequeña entre las manos. Ambarine probó el tirador con cuidado. No cedió.
Se agachó para mirar la cerradura y sacó las herramientas. Aura sostuvo una luz cubierta entre las manos mientras Rayenteeka vigilaba el patio. Ambarine trabajó durante un rato, cambió de pieza y soltó una palabra entre dientes cuando el metal resbaló.
—¿Puedo ayudar? —preguntó Aura.
—Acerca un poco la luz.
Aura obedeció. La cerradura se movió al siguiente intento, pero la puerta siguió atascada. Rayenteeka se acercó y puso las manos junto al tirador. Ambarine le pidió que esperara mientras terminaba de girarlo.
La hoja cedió con un roce contra el suelo. Las tres entraron y volvieron a dejarla cerrada. Aura cubrió la luz. Desde fuera no llegaba ninguna voz que las llamara.
El paso olía a polvo y madera seca. Ambarine tocó la pared hasta encontrar la esquina y señaló una escalera. Al subir, Aura distinguió ventanas al final y una línea de luz bajo otra puerta. Había recordado tantas veces la descripción de la galería que le sorprendió encontrarla más estrecha de lo que imaginaba.
Pasaron bajo un arco con una reja levantada. El mecanismo quedaba encerrado en la parte alta del muro; Aura vio una cadena detrás de una abertura y, junto a ella, dos conductores oscuros que bajaban hasta una placa azul. Ambarine se detuvo a mirarlos. Una franja de yeso más claro seguía su recorrido por la pared.
—Esto no estaba cuando me fui —susurró—. Antes tenían que moverla desde arriba.
Miró hacia la escalera, escuchó un momento y llamó a Aura desde la primera ventana.
Debajo del alféizar había un cordel. Ambarine pasó un dedo por los cuatro nudos y levantó la cabeza hacia el cruce.
—Están los ocho.
Rayenteeka se acercó para mirar. Aura sintió que aflojaba los hombros. Le faltaba aire desde la subida y hasta ese momento había evitado preguntarse cuánto tendrían que esperar a los demás.
Un golpe metálico la hizo volverse. Aura sintió activarse la amalgamita de la placa junto al arco; el pulso y el zumbido breve le recordaron los mecanismos de la guarida de Silas. La placa azul brilló mientras la cadena empezaba a moverse.
La reja estaba bajando detrás de ellas. Cayó hasta el suelo y el ruido recorrió la galería, seguido por el de una pieza que encajaba al otro lado. Ambarine hizo retroceder a Aura y Rayenteeka hasta el hueco de la ventana. Desde allí podían ver parte del paso sin quedar delante del arco.
Dos guardias salieron de la escalera por la que acababan de subir. Uno llevaba una lámpara; el otro comprobó el cierre con ambas manos y después se colocó junto a la pared. El primero continuó hacia el patio trasero.
Aura miró a Ambarine.
—Es como lo que usaba Silas —susurró.
Ambarine asintió, con una mano sobre su bolso y los ojos fijos en el guardia que se había quedado.
—Han cambiado el cierre. No sabía que lo habían puesto también aquí.
Esperaron a que girara la cabeza antes de apartarse del hueco.
—Por ahí no podemos volver —susurró Rayenteeka.
Ambarine se asomó apenas. La parte accesible de la reja no tenía un cierre que pudieran alcanzar con las herramientas. Siguió los conductores con la mirada, pero desaparecían dentro del muro antes de mostrarle desde dónde se activaban. Tendrían que subir hasta el mecanismo o pasar junto al guardia.
—Ahora no —respondió—. Vamos con Orven.
—¿Han cerrado todo? —preguntó Aura.
—No lo sé.
Siguieron hacia el cruce. Aura volvió la vista una vez más y vio al guardia acomodarse la lámpara junto a los pies. No corría ni buscaba bajo los bancos. Eso le permitió continuar sin echarse a correr, aunque las piernas se lo pedían.
Aura vio una claridad blanca azulada junto a su costado antes de llegar a la puerta del cuarto. Pensó que había dejado mal cubierta la luz y se llevó la mano al bolso. Entre los pliegues de la tela, la esfera brillaba.
La galería se alargó de una manera que le hizo perder el equilibrio. Seguía viendo las ventanas y la espalda de Ambarine, pero detrás parecía haber otro espacio, demasiado hondo para caber en el muro. Oyó un roce lento, algo pesado sobre piedra, y una voz cortada antes de que pudiera distinguir una palabra.
Apoyó la mano en la pared. La sensación desapareció. Ambarine se volvió al oírla rozar el suelo con el pie.
—¿Aura?
Rayenteeka la sostuvo por el brazo. Aura tardó en reconocer que le estaba preguntando si se había lastimado al bajar.
—No. Espera…
Tocó el bolso sin abrirlo. Frente a la puerta de Silas había visto una lámpara en dos lugares a la vez y oído el mecanismo detrás de la madera. Entonces había intentado hacerlo; ahora la esfera había respondido mientras caminaba. Recordó la mano de Neria en su muñeca y apoyó mejor los pies antes de apartarse de la pared.
Ambarine se acercó. Aura miró a Rayenteeka y después hacia la puerta que tenían delante.
—¿Puedes ver si están ahí? —le pidió.
La kunan vaciló, pero Aura soltó su brazo y se apoyó mejor contra la pared. Rayenteeka avanzó los pocos pasos que faltaban. Cuando llamó con suavidad, alguien contestó desde dentro.
Aura habló cerca del oído de Ambarine.
—La esfera. Fue como en la puerta de Silas… pero esta vez no intenté hacer nada.
Ambarine bajó los ojos hacia el bolso.
—¿Viste algo?
—No sé. Sentí… que había más detrás. Oí un ruido, pero no sé qué era.
—¿Puedes caminar?
Aura asintió. Le molestaba no poder explicarlo mejor y todavía tenía la impresión de que, si miraba hacia la ventana, volvería a encontrar aquella profundidad. Se obligó a mirar la puerta abierta.
—No sé si tiene que ver con que hayan cerrado. O con lo que vine a buscar —añadió, bajando aún más la voz.
Ambarine le puso una mano en la espalda y esperó a que se apartara de la pared.
—Vamos a escuchar a los demás.
Orven apartó un banco para dejarlas pasar. El cuarto tenía una segunda abertura hacia el cruce del templo y Lyra estaba junto a ella, escuchando el corredor. Los otros se habían distribuido donde podían: Tirka sentada en un mueble bajo, el hombre del brazal cerca de la puerta y el de cabello gris junto a Shaeli. Rayenteeka se apartó para que entrara Aura.
Ambarine buscó a Brenor y Nashira.
—¿Dónde están?
—Comprobando la salida de provisiones —respondió Orven—. Vuelven ahora. ¿Qué les pasó?
Ambarine le explicó lo de la reja y los dos guardias.
—Le han añadido un sistema de amalgamita, como los cierres de Silas. Conocía esa entrada, pero no estaba así.
Orven miró hacia el paso trasero. Antes de responder oyó pisadas en la escalera y levantó una mano para que guardaran silencio.
Brenor apareció primero. Nashira lo seguía, con el rostro tenso. Entraron y el hombre del brazal volvió a arrimar la puerta.
—Cerraron el patio —dijo Brenor.
Ambarine esperó a que Nashira llegara junto al banco. Ahora sí estaban los once.
—¿El portón?
—También el paso desde los depósitos —respondió ella—. Vimos bajar una hoja de hierro. Hay guardias al otro lado.
—Cuando dejaron la marca…
—Estaba abierto —la interrumpió Nashira—. Bajamos a comprobarlo otra vez. Seguía entrando gente por el patio hasta hace un momento.
Ambarine asintió. No volvió a preguntarle por el cordel.
Orven se acercó a la segunda abertura y escuchó durante unos instantes antes de regresar.
—Por el lado del templo no he visto movimiento —dijo—. Si queremos salir por donde ellos entraron, tendremos que forzar el cierre.
—O conseguir que lo abran —añadió Shaeli.
—¿Con qué explicación? —preguntó el hombre de cabello gris—. Ya nos mandaron quedarnos dentro a trabajar.
Lyra negó con la cabeza desde la puerta.
—Puedo decir que falta algo del carro. Pero si me dejan pasar sola, no les sirve. Y van a preguntar dónde están las mesas que nos mandaron traer después.
Tirka levantó la vista hacia Ambarine.
—Isaliria está en la cena. La vimos llegar.
Ambarine dejó de mirar a Lyra.
—¿Ella?
—La anunciaron. Se sentó al fondo, debajo del sol grande.
Durante un momento Ambarine no contestó. Se había imaginado a Isaliria en sus habitaciones, reunida con sus oficiales o lejos del sector que tendrían que cruzar. Saber que estaba sentada en uno de aquellos salones le hizo recordar el camino desde allí hasta el templo. Lo había recorrido con su padre después de otras cenas, cuando todavía quedaban criados recogiendo las copas.
Shaeli se acercó un poco.
—No oímos una alarma. En el salón seguían sirviendo cuando salimos.
—Quizá cierran porque ella está ahí —dijo el hombre del brazal.
—Podría ser —respondió Orven—. No cambia lo que encontramos abajo.
Ambarine miró las caras reunidas alrededor. Brenor tenía las manos vacías y, al preguntarle por el arco, él señaló hacia el exterior con un movimiento breve.
—Con el conductor. No lo dejaron pasar.
El hombre de cabello gris confirmó que también había entregado su espada. Ambarine bajó la vista hacia las pequeñas hojas que conservaban. Habían evitado enfrentarse a los controles y conseguido entrar, pero no disponían de todo lo que Orven había contado al hablar de sostener un corredor.
—Podemos volver al patio —dijo él—. Ver si abre alguien antes de que nos echen en falta. Si no, tendremos que hacer ruido.
—Y los de atrás vendrán —añadió Rayenteeka.
—Sí.
Aura se sentó en el extremo de un banco. La claridad de la esfera ya no se filtraba entre los pliegues, pero todavía tenía la mano apoyada sobre el bolso. Ambarine la miró y Aura negó apenas con la cabeza. Seguía sin poder decirle qué había visto.
—Si avanzamos —dijo Shaeli—, cuando queramos regresar tendremos todo ese camino detrás. No basta con llegar a Emeter.
Ambarine se acercó a la abertura del cruce. Al otro lado había una galería menos iluminada y una puerta al fondo. No alcanzaba a ver guardias. Aquella ausencia le resultaba difícil de aceptar después de lo que acababan de contarle, aunque durante los preparativos había esperado encontrar precisamente menos gente lejos de los salones.
—Debería haber alguien por ahí —murmuró.
Orven se colocó a su lado.
—No me gusta, jefa.
—A mí tampoco.
Volvió hacia los demás. Tirka se había puesto de pie. Nashira seguía sentada, pero tenía el bolso preparado sobre las piernas. Ambarine pensó en pedirles que esperaran mientras ella comprobaba la siguiente puerta. Entonces recordó cuánto les había insistido en llegar juntos hasta los puntos acordados.
—Quiero continuar —dijo.
Brenor levantó la cabeza. Shaeli no se movió.
—Dijiste que no avanzaríamos si la salida no estaba libre —le recordó Shaeli.
Ambarine sostuvo su mirada.
—Sí. Eso dije.
Shaeli esperó. Ambarine miró hacia el cruce antes de continuar.
—Quiero llegar hasta el acceso de la cámara. Todavía están reunidos en la cena. Si regresamos ahora al patio y tenemos que pelear para salir, no habremos llegado a mi padre y sabrán que estuvimos aquí.
—También pueden descubrirnos delante de la cámara —respondió Shaeli.
Ambarine apretó los dedos contra el marco de la puerta.
—Lo sé. Pero ya no tenemos la salida que preparamos. No sé cuándo podríamos volver a intentar esto.
Nadie respondió enseguida. Desde abajo llegó un golpe distante, demasiado apagado para saber qué lo había producido. El hombre del brazal miró la puerta por la que habían entrado.
—No quiero llevarlos a todos más adentro —continuó Ambarine—. Una parte puede quedarse en este cruce. Buscar la forma de abrir el regreso mientras los demás vamos hasta la cámara.
Orven se frotó la muñeca y miró a sus compañeros.
—Puedo quedarme. Con Brenor, Nashira y los tres. Buscaremos por dónde volver al patio. Pero si doy la orden de salir, regresan. Aunque todavía no hayan llegado a la cámara.
Ambarine bajó la vista un momento.
—Regresaremos.
—Cael espera el aviso antes del amanecer —añadió Orven—. No podemos pasar la noche probando puertas.
Lyra asintió. Había visto las dependencias desde dentro y podía ayudarlos a comprobar si quedaba otra comunicación con el patio. El hombre de cabello gris se puso de pie para dejarle sitio junto al paso.
—Yo prefiero seguir contigo —le dijo Tirka a Ambarine—. Si la puerta de la cámara está como la de afuera, quizá pueda ayudarte.
Ambarine miró a Shaeli.
—Necesito que vengas también.
La kunara sostuvo su mirada antes de asentir.
—Iré. Pero si el camino sigue demasiado fácil, lo comprobaremos. No voy a decirte que me parece seguro.
—No te lo estoy pidiendo.
Aura se levantó y se acercó a Ambarine mientras Rayenteeka recogía la cuerda.
—Voy contigo hasta la cámara —le dijo en voz baja—. Lo de la torre… quiero intentarlo después.
Ambarine volvió el rostro hacia ella.
—Puede que después tengamos que salir.
Aura apretó la correa del bolso. Miró hacia la galería antes de responder.
—Ya sé. Pero quiero acompañarte primero.
Rayenteeka se reunió con ellas y Aura se apartó del banco.
—Puedo seguir —dijo Aura—. Pero si esas puertas no se abren, no sé si podré hacer nada para ayudarnos a salir.
Ambarine sintió el impulso de decirle que encontrarían otra forma. Miró la puerta cerrada detrás de Orven y no lo hizo.
—Lo tendremos en cuenta.
—De verdad, Ambarine.
Ella volvió a mirarla.
—Sí. Lo sé.
Orven les pidió que esperaran mientras comprobaba el cruce una vez más. Tirka se acercó a Nashira y ambas hablaron junto al banco. Ambarine no alcanzó a oírlas. Brenor recogió una tira de tela que había quedado en el suelo y se la pasó al hombre de cabello gris para que asegurara su bolso. Lyra señaló en voz baja el lado por el que habían llegado desde los depósitos.
Ambarine repasó el camino hacia el templo. Tendrían que atravesar la galería, comprobar la puerta del fondo y bajar después. Todavía podía decir que volvieran todos hacia el patio. Permaneció junto al marco hasta que Orven regresó.
—No veo a nadie —dijo él.
Ambarine miró por última vez a los seis que se quedarían en el enlace. Nashira levantó la cabeza, esperando. No le habían pedido que les asegurara el regreso; aun así, le costó apartar la vista de ellos.
—Vamos a buscar a mi padre.
Salió primero. Tirka la siguió hasta el cruce y Shaeli esperó a que Aura y Rayenteeka pasaran antes de cerrar el grupo. Detrás, Orven se quedó en la abertura para ver qué dirección tomaban.
La luz de la cena apenas alcanzaba aquella parte de la galería. Ambarine reconoció el dibujo de las losas bajo sus pies y continuó hacia la puerta del templo.
21 - Los que eligieron quedarse #Daliana