Sentoria · El brillo opacado
Ir al texto
Capítulos
DalianaSub-historia

Limessia·Daliana·Sub-historia

El brillo opacado

Versiones del capítulov2 actual
Sub-historia·46 min de lectura

Todavía estaba hablando cuando el primer guardia llegó a la fuente.

Había un hombre delante de mí que pedía a los demás que guardaran silencio. Lo miré, intentando encontrar una forma de continuar, de explicar lo que había visto sin que mi voz volviera a quebrarse. Otro hombre gritó que me apresaran. Las personas que estaban más cerca comenzaron a apartarse y, por el espacio que dejaron, vi el metal de una espada.

—¡Escúchenme! Mi padre estaba...

El guardia extendió la mano hacia mi brazo.

Retrocedí antes de que me tocara. Una mujer se interpuso al intentar recoger a su hijo y tuve que girar para no chocar con ella. Escuché una orden a mis espaldas. Había más uniformes entrando en la plaza y, de pronto, ya no pude distinguir al hombre que había pedido silencio.

Corrí.

La gente se apartaba al verme. Una cesta cayó cerca de mis pies; salté por encima y seguí hacia una calle que conocía. En la esquina, dos guardias cerraron el paso. Levanté la mano y extendí una franja de fuego sobre las piedras, entre ellos y yo. Uno se cubrió el rostro. El otro retrocedió hasta golpearse contra la pared.

No esperé a ver qué hacían después. Bajé el brazo, dejé que las llamas se apagaran y entré por una calle lateral. El aire me raspaba la garganta. Quería detenerme, volver y conseguir que alguien me escuchara hasta el final... Mientras corría, seguía formando las frases que no había podido decir.

Un guardia junto a una puerta me vio acercarme. Su mano estaba sobre la empuñadura, pero no sacó el arma. Pasé tan cerca que alcancé a ver el sudor en su frente. Al doblar la esquina miré hacia atrás. Seguía allí.

Más adelante, otro me señaló y llamó a sus compañeros.

Dejé una segunda llama en un paso estrecho. La mantuve baja para que no alcanzara las ventanas de madera. Por encima del ruido escuché que alguien pedía agua y sentí ganas de gritar que no iba a quemar nada, que solo quería que me dejaran pasar. Ya había demasiadas voces detrás de mí.

No recuerdo todas las calles por las que corrí aquella tarde. Recuerdo un puesto de telas cerrado, olor a comida, carbon y una forja. Recuerdo haber llegado a una esquina desde la que podía verse una parte del palacio. Me quedé allí más tiempo del que debía. Había vivido y crecido entre aquellas altas paredes y cuartos lujosos. Mi padre seguía adentro... Sin vida, y yo no tenía ninguna forma de demostrar el verdadero culpable.

Una patrulla apareció al fondo de la avenida y tuve que alejarme. Me oculté en un cobertizo sucio.

Esa noche llegué a casa de Syrit. Le dije lo que había ocurrido con frases que ella apenas conseguía seguir. Cuando salió a hablar con su padre, me escondí detrás del biombo y escuché voces en el corredor. Quería quedarme y... Explicarle todo, pero no podía perjudicarla. Había una silla junto a la cama, un vaso sobre una mesa, cosas que conocía. Pero su padre estaba preguntando por las noticias del palacio. Me fui antes de que ella regresara.

Acabé en una zona de almacenes, lejos de las calles por las que solíamos pasear con ella o con mi madre... Una puerta tenía el cierre desprendido. La empujé lo suficiente para pasar y me quedé un momento a oscuras, escuchando. Dentro olía a polvo y a madera húmeda. Había estantes vacíos, cajones rotos y una lona amontonada contra la pared.

Me senté detrás de los cajones. Desde allí veía una línea de luz debajo de la puerta.

Me dolían los pies, tenia rasguños, sudaba, la boca me sabía ácida. Tenía una raspadura en la mano y la ropa se me había pegado a la espalda. Intenté limpiarme con la manga, pero solo extendí la suciedad. Después apoyé la cabeza en las rodillas y cerré los ojos.

Volví a ver caer a mi padre.

Los abrí de inmediato. Miré la línea bajo la puerta, esperando que alguien la interrumpiera, y empecé a escuchar pasos incluso cuando no había nadie afuera. Esa noche lloré, lloré tras haber pensado que no podría dejar caer más lágrimas después de la muerte de mi madre. Me sentía molesta. Molesta, iracunda. Sabía que Isaliria planeaba algo desde el momento que la ví... pero la dejé quedarse, y ahora mi padre estaba muerto por eso. Mi promesa, mi objetivo... ya no valía nada, no tenía nada por que pelear...

Durante el tiempo que pasé en aquel almacén salí pocas veces. Encontré agua en el patio de una construcción cercana y bebí con las manos, deteniéndome a cada ruido. No llevaba comida. Solo una capa sucia. Había pensado en volver a buscar a Syrit, pero no sabía cómo llegar sin que me vieran. Tampoco sabía qué le pediría si lo conseguía. Cada vez que imaginaba su habitación volvía a escuchar la voz de su padre en el corredor.

El movimiento de los carros me hizo acercarme a la puerta una mañana. Pasaban trabajadores con sacos al hombro, discutían por el espacio y se llamaban de un extremo a otro de la calle. Algunos caminaban junto a las ruedas para evitar que los bultos se desplazaran. Observé sus idas y vueltas hasta reconocer hacia dónde salían los carros cargados.

Me cubrí el cabello con un pedazo de tela de la lona. Estaba áspero, raspaba mi piel, picaba y olía mal. Lo ajusté bajo la barbilla y salí cuando dos hombres levantaban una caja frente al almacén. Uno me pidió que me apartara. Obedecí sin mirarlo y seguí detrás de un carro.

Al acercarnos a la salida de la ciudad, un guardia hizo detener al conductor. Yo continué andando unos pasos, hasta que vi a otros trabajadores esperar junto a la carga. Me detuve con ellos. Tenía las manos cerradas dentro de la tela y los ojos puestos en el suelo. El guardia discutió con el conductor por unos bultos. Alguien detrás de mí se quejó de la demora.

Cuando las ruedas volvieron a moverse, caminé.

Solo después de dejar atrás los edificios me atreví a mirar hacia la capital. La ciudad seguía allí, demasiado cerca para sentir alivio. A mi alrededor se abrían caminos entre terrenos secos y campos que no sabía reconocer. Elegí el que llevaba más tránsito y avancé hasta que las piernas empezaron a fallarme.

No tenía adónde llegar.


Me habia desmayado cerca de un camino, estaba mareada y con la vista borrosa. Tenía mucha sed.

Un hombre tuvo que hablarme dos veces antes de que entendiera que se dirigía a mí.

—¿Puedes apartarte un poco de la rueda?

Estaba sentada junto al camino. Había buscado la sombra escasa de un árbol, pero el sol se había movido y ahora me daba en una pierna. Un carro se había detenido a pocos pasos. El hombre que bajó de él llevaba las mangas recogidas y una correa de cuero le cruzaba el pecho. Era humano, bastante más joven de lo que me había parecido al oírlo. Tenía polvo en la barba y se inclinó para mirarme sin acercarse del todo.

Traté de levantarme. El suelo pareció moverse y volví a sentarme, esta vez apoyando una mano detrás del cuerpo.

—Estoy bien.

Él miró mi mano, luego el lugar donde había intentado poner el pie.

—Eso lo dejamos para después.

Regresó al carro. Lo seguí con la mirada. Sacó un recipiente de agua y un paquete envuelto en tela. Cuando volvió, dejó las dos cosas sobre una piedra que yo podía alcanzar.

—Hay pan. Un poco duro. El queso está mejor.

No lo toqué.

—¿Qué quiere?

Se quedó observándome. Después se pasó una mano por la barba.

—Ahora mismo, que bebas. Si te desmayas aquí, voy a tener que cargarte y no me sobra la espalda.

Tenía tanta sed que me temblaban las manos al destapar el recipiente. Bebí demasiado rápido y empecé a toser. El hombre esperó a que pudiera respirar antes de indicarme con un gesto que probara la comida. Partí el pan. Se deshacía en migas contra los dedos.

Él se alejó unos pasos y revisó una de las correas de la carga. No dejé de vigilarlo mientras comía. Había sacos, dos cajas largas y un cubo sujeto al costado del carro. No vi a nadie más.

—Me llamo Jereldren —dijo al volver—. Voy hasta una parada antes de que oscurezca. Puedes venir sentada atrás.

—No puedo pagarle.

—No te he cobrado.

—Después podría...

—Después hablamos. Termina eso.

Quise decirle mi nombre. La costumbre era tan fuerte que llegué a abrir la boca. Él me miró un momento y bajó los ojos hacia el paquete.

—También te queda queso.

Comí hasta que el estómago empezó a dolerme. Jereldren me ayudó a subir al carro, dejando que me apoyara en su antebrazo, y apartó un saco para que pudiera sentarme. Me entregó otra tela, más limpia que la que llevaba sobre el cabello. Le pregunté cuánto faltaba. Respondió que lo suficiente para que durmiera un rato.

Intenté mantenerme despierta. El movimiento de las ruedas me hacía golpear el hombro contra la caja y cada sacudida me despertaba un poco. Había una cuerda junto a mis pies; seguí sus vueltas con la mirada hasta que dejé de distinguirlas.

Cuando abrí los ojos, el carro estaba detenido.

Me incorporé tan rápido que me dolió la cabeza. Jereldren estaba sentado en el borde, comiendo algo con una cuchara. Más allá se veía una construcción baja y un cercado. No era todavía la parada de la que había hablado.

—No te han encontrado —dijo.

Busqué la tela que me cubría la cabeza. Se había deslizado hasta el cuello.

Él dejó la cuchara dentro del cuenco.

—Te reconocí junto al camino.

Me levanté. La caja me estorbaba y tuve que apoyarme en ella para no perder el equilibrio.

—¡Yo no maté a mi padre!

Jereldren no respondió enseguida. Lo miré esperando que dijera que lo sabía, o que no me creía, algo contra lo que pudiera defenderme.

—He oído varias cosas —contestó al fin—. No estaba allí.

—Isaliria estaba con él. Yo la vi... Cuando intenté acercarme...

Me detuve. Tenía la boca seca otra vez, aunque el recipiente de agua seguía junto a mí.

—Puedes hablar de eso cuando quieras —dijo—. Pero si te vas a bajar, espera a que acerque el peldaño.

Me senté de nuevo. Odié necesitarlo para una cosa tan sencilla.

—¿Por qué me subió?

Jereldren se encogió de hombros.

—Te vi intentar ponerte de pie.

Se quedó con el cuenco entre las manos. Yo apoyé la espalda contra la carga y empecé a contarle lo ocurrido. Algunas partes salieron de corrido; en otras tuve que volver atrás porque había olvidado explicar algo. No me interrumpió para corregir el orden. Cuando llegué al momento en que mi padre cayó, miré hacia el cercado y tardé en continuar.

Jereldren terminó de comer mucho después de que la comida debiera haberse enfriado.

Aquella tarde me llevó a un cobertizo donde le permitían guardar mercancía. Habló con el dueño afuera. Desde el carro solo escuché algunas palabras y me quedé esperando, con el agua apretada contra el pecho. Cuando regresó, me dijo que podía pasar la noche allí.

Había una manta doblada sobre un banco. Me la entregó, apartó unos paquetes del suelo y buscó otro lugar para sentarse.

—¿Usted no duerme?

—Sí. Y ronco. Si te molesta, se lo reclamas al dueño mañana.

Me acosté de lado sobre la manta. Él apagó una de las lámparas y conservó la otra cerca de la puerta. Todavía tenía hambre, pero me daba vergüenza pedirle más después de haber comido tanto.

Un rato después escuché que se levantaba. Dejó el resto del pan junto a mi mano.

—Para cuando se te quite lo de estar bien.

Lo tomó a broma y volvió a su sitio. Esperé a que dejara de mirarme para recogerlo.


Brenor llegó al día siguiente con una cuerda sobre el hombro y una expresión que empeoró cuando me vio.

Se detuvo en la entrada. Sus orejas giraron hacia el carro antes de volver hacia mí. Era ancho de hombros, de rostro casi humano, y el pelaje de sus antebrazos sobresalía de las mangas. Llevaba un arco sujeto a la espalda. Preparó su arco, yo me incorporé rapidamente y reuní fuego en mis manos solo me movería si el disparaba.

Miró a Jereldren, que estaba arrodillado junto a una caja abierta.

—¡Un momento, Brenor! Salgamos un rato.

Jereldren dejó la tapa en el suelo y se puso entre los dos. Brenor bajó el arco. Esperé a que lo hiciera antes de apagar el fuego. Antes de salir, Jereldren me señaló un saco que estaba a medio cerrar.

—Que no se vuelque.

Escuché sus voces desde adentro, bajas al principio. Me acerqué lo suficiente para sujetar el saco. No alcancé a entender todo. Brenor preguntó si lo sabía el dueño. Jereldren respondió que sí. Después hubo un silencio y una frase que escuché con claridad.

—Aquí vienen otros.

Miré los bultos apilados. Hasta entonces había pensado en ellos como mercancía que retrasaba el viaje de Jereldren.

Cuando volvieron, Brenor dejó la cuerda sobre el banco.

—¿Cuánto tiempo vas a quedarte?

—No lo sé.

—Necesito llevar parte de esto hoy. Hay gente esperando.

—No le he pedido que deje de hacerlo.

Jereldren se frotó la frente. Brenor miró el saco que yo sujetaba.

—Entonces levanta por ese lado.

Intenté tomarlo desde abajo, pero pesaba más de lo que había calculado. Brenor me hizo cambiar las manos de posición. Lo llevamos entre los dos hasta la entrada y lo bajamos sobre una tabla. Al volver por otro, sentí que una costura cedía y parte del contenido cayó al suelo.

Me agaché antes de que él dijera nada.

—Pásame ese recipiente —pedí.

Brenor lo acercó con el pie. Recogimos los granos que no habían llegado al polvo. Jereldren apareció con otro saco vacío y empezó a pasar el resto. Trabajamos un rato sin hablar. A mí todavía me dolía la espalda por haber dormido en el suelo y me esforzaba para que no se notara.

—No puedo volver al palacio —dije al fin—. Pero si encuentro a las personas que siguen siendo leales a mi padre...

—Ese saco también está roto —interrumpió Brenor.

Lo estaba. Tenía un corte pequeño junto a la base. Le di la vuelta para que pudiera verlo mejor.

—No quiero que dejen de ayudar a nadie por mí —continué.

Brenor alzó los ojos.

—Entonces tendrás que escuchar cuando te digan que no puedes ir a algún sitio.

Me quedé con la mano sobre la abertura. Había escuchado frases parecidas de los guardias del palacio. Estuve a punto de decírselo, pero Jereldren me pidió el recipiente y tuve que apartarme.

Más tarde vi a Brenor revisar una de las ruedas del carro. Jereldren estaba a su lado, quejándose de que siempre encontraba algo que reparar.

—Porque tú no miras —respondió Brenor.

—Miro el camino. Es parte importante de conducir.

—También lo es conservar las ruedas.

Hablaron de una reparación vieja y de una carga que Jereldren había insistido en llevar. No entendí todos los detalles. Brenor lo llamó terco. Jereldren le recordó quién había decidido cruzar un arroyo sin quitarse las botas. El arquero levantó una mano para hacerle callar, demasiado tarde: Jereldren ya se estaba riendo.

Me quedé sentada junto a la puerta con el saco remendado en las rodillas. Había conseguido cerrar el corte, aunque las puntadas eran desiguales. Cuando Brenor vino a recogerlo, comprobó la costura tirando de ambos lados.

—Aguantará —dijo.

Asentí. Él se lo echó al hombro y salió.

Jereldren volvió un momento después para buscar una correa.

—Brenor me ha ayudado a llevar cargas peores —comentó mientras la desenredaba.

—No creo que le agrade que esté aquí.

—No le agrada que le cambien el trabajo sin avisarle. A mí tampoco.

Le alcancé el extremo que se había enganchado debajo del banco.

—¿Se conocen desde hace mucho?

—Si, lo suficiente para que me cobre favores que yo ya había olvidado.

Lo dijo sonriendo. Después salió a ayudarlo y yo volví a recoger los granos que habían quedado en las grietas de la madera.


No pudimos quedarnos mucho tiempo en el cobertizo. Jereldren tenía entregas pendientes y el dueño necesitaba el espacio. Me lo dijo mientras enrollaba mi manta. Le respondí que podía acompañarlo.

—Parte del camino —dijo—. Shaeli viene a hablar de eso.

La mujer que llegó aquella tarde llevaba el cabello recogido y dos cuernos de distinta longitud. Uno estaba roto. Se quedó bajo el marco de la puerta mientras Jereldren guardaba sus cosas y me hizo varias preguntas sobre los días anteriores. Quería saber por dónde había salido de la capital, si alguien me había seguido y a quién había pedido ayuda.

Al llegar a esa última pregunta, vacilé.

—No quiero dar nombres.

Shaeli miró hacia el patio.

—Está bien. ¿Esas personas saben que saliste de la ciudad?

—No.

Esperó un poco más. Yo tenía las manos apoyadas en las rodillas y empecé a sentir que las dejaba allí de una forma extraña. Cambié de posición. Ella volvió la mirada hacia Jereldren.

—La casa que habíamos hablado no sirve.

—Hay espacio —respondió él.

—Ya pregunté. No quieren recibirla.

Me levanté del banco.

—¿Saben quién soy?

—Sí.

—Podría ir con el cabello cubierto. No tienen que presentarme a nadie.

Shaeli se volvió hacia mí.

—Han dicho que no.

Quise insistir. Había algo humillante en escuchar que una casa de la que no sabía nada me cerraba sus puertas. Pensé en explicar otra vez lo de mi padre. Jereldren me miraba, quieto junto a la manta enrollada, y dejé de buscar las palabras.

—¿Hay otro lugar? —pregunté.

—Estoy esperando una respuesta. Podemos llevarte hasta la parada. Para entonces debería saberlo.

Salimos antes del amanecer. Yo iba atrás, cubierta hasta las cejas, y Shaeli caminó junto al carro durante el primer tramo. Cuando subió, llevaba un botón azul entre los dedos. Lo hizo rodar por la palma, le limpió la tierra y se lo guardó.

No le pregunté para qué lo quería. Estaba intentando recordar los cruces que habíamos dejado atrás. En el tercero, Jereldren me pidió que mirara un saliente de roca junto al camino.

—Se ve también desde la vuelta —dijo.

Giré la cabeza. Desde aquel lado apenas parecía una piedra más. Tuve que fijarme en la parte de arriba para reconocerla.

Al mediodía llegamos a una casa de comidas junto a una parada de viajeros. Había carros a ambos lados del camino y gente comiendo bajo un techo abierto. Shaeli me hizo esperar con Jereldren mientras entraba. Volvió acompañada por una kunara que se secaba las manos en el delantal.

—Velenthesa —dijo la mujer, y me hizo pasar antes de que pudiera responder—. Hay demasiada gente para hablar aquí.

Atravesamos una cocina caliente. Una olla soltaba vapor junto a la pared y alguien llamó a Velenthesa desde el comedor. Ella respondió sin detenerse, recordó a un muchacho que uno de los clientes no podía masticar el pan duro y nos llevó hasta un patio pequeño donde un hombre tenía papeles extendidos sobre una mesa.

El hombre los reunió al verme. Tenía los dedos manchados de tinta y el gesto de quien había perdido el lugar en una cuenta.

—Es ella —dijo Shaeli.

Él miró mi cabello y después mis ojos.

—Cael —se presentó. Sujetó los papeles contra el pecho—. Pensé que llegarían después.

Velenthesa le pidió que dejara libre una punta de la mesa. Fue a buscar una jarra y regresó con cuatro vasos, de los cuales uno tenía el asa rota. Me dio ese y se disculpó sin mucho interés, ocupada en escuchar a Cael.

El problema era dónde dormir.

Había una habitación disponible para unas personas que debían salir de otra casa. Velenthesa ya había hablado con ellas. Cael tenía anotado cuándo podían viajar, pero faltaba confirmar quién recibiría a una mujer que no caminaba bien. Jereldren propuso llevarla en el carro. Shaeli dijo que así tendría que cambiar una entrega.

Durante un rato hablaron sin preguntarme nada. Seguí el movimiento de los dedos de Cael sobre las anotaciones. En algún momento levanté la vista hacia la puerta por la que habíamos entrado. No sabía si esperaban que me retirara.

—Yo puedo dormir en el suelo —dije.

Velenthesa estaba sirviendo agua. Terminó de llenar el vaso de Shaeli antes de contestar.

—Necesitamos que quien te reciba sepa que vas a estar allí.

—No quiero quitarles su cuarto.

—Ese cuarto ya está ocupado —respondió Cael, más rápido de lo que parecía haber querido—. Todavía no han llegado, pero está ocupado.

Lo miré. Él volvió a sus notas.

Una voz llamó a Velenthesa por segunda vez. Dejó la jarra sobre la mesa con un golpe.

—Cael, busca a la mujer que tiene el cuarto del fondo del patio de carga. Pregúntale si puede venir. Jereldren, no salgas todavía. Y tú ven conmigo.

Tardé un instante en comprender que la última frase era para mí.

La seguí hasta la cocina. Me puso una bandeja vacía entre las manos y empezó a colocar cuencos encima.

—Déjala allí, junto a la pared. Que no te vean desde las mesas.

La bandeja estaba caliente. La llevé con cuidado, sin saber dónde apoyar los dedos. Al volver encontré a Velenthesa cortando pan mientras discutía con un proveedor por una bolsa que había llegado a medias. Tuve que esperar para preguntarle qué hacía con la bandeja.

—Pues traerla —respondió, y al verme la cara soltó el cuchillo—. Perdona. Déjala aquí.

Pasé el resto de la tarde moviendo cosas de un lado a otro. No era un trabajo difícil, pero nadie me explicaba dos veces lo que debía llevar. Cuando por fin pudimos sentarnos, la mujer del patio de carga había aceptado recibirme en un cuarto que usaba para guardar ropa y herramientas. Me enseñó dónde dejar las botas y qué puerta debía mantener cerrada. Jereldren llevó mi manta hasta allí.

—Voy a estar fuera unos días —me dijo.

Me volví hacia él.

—¿Se va ahora?

—Mañana temprano. Si no entrego lo que llevo, me tocará comérmelo. Y una parte son clavos.

Miré la manta sobre el banco. Había pasado tan poco tiempo desde que lo conocí que me dio vergüenza pedirle que se quedara.

—Gracias —dije.

Él comprobó que la ventana cerrara bien.

—Si necesitas agua, el pozo está detrás. Me han advertido dos veces que no use el cubo de lavar para beber. Te ahorro una.

Se despidió con la mano y salió. Escuché su voz al otro lado de la pared, hablando con la dueña. Después me quedé sola en un cuarto que no conocía y tuve que contener el impulso de seguirlo.


Durante las primeras semanas dormí en lugares distintos. A veces regresaba al cuarto del patio de carga; otras, Shaeli me llevaba a una casa fuera del camino principal. Aprendí a dejar la manta enrollada hasta saber dónde iba a acostarme y a preguntar antes de abrir una puerta. Velenthesa me encontraba trabajo casi siempre que podía llegar a la casa de comidas sin cruzar el comedor lleno.

Llevaba agua, limpiaba cuencos y ayudaba a repartir las provisiones que otras personas venían a buscar. Al principio preguntaba a quién debía entregar cada cosa. Después empecé a recordar los recipientes y las voces. Había un hombre que siempre traía un saco más pequeño de lo necesario y una mujer que se quedaba unos minutos hablando con Velenthesa aunque ya tuviera todo guardado. Algunas personas no me reconocían. Otras lo hacían y procuraban no quedarse mirándome.

Una tarde, una anciana dejó de extenderme su cuenco cuando vio mis ojos. Esperé con la cuchara levantada. Ella miró hacia Velenthesa y luego volvió a poner el cuenco bajo mi mano.

—Poco —dijo—. Tengo que llevarlo andando.

Le serví menos. Estuve toda la tarde preguntándome qué habría oído de mí.

Me esforzaba por terminar antes de que me pidieran otra cosa. Si quedaban platos, los lavaba. Si veía un recipiente vacío, lo llevaba al pozo. Una noche seguí limpiando una olla cuando los demás ya habían cenado. La grasa se había pegado al fondo y me costaba sostenerla con los dedos arrugados por el agua. Aunque como princesa jamás me habria imaginado que haría estás cosas, no era una malagradecida ni una presumida que meniconaria su título ante cualquier orden. No negare que si la situación fuera otra, seguro que haría las cosas diferente también.

Velenthesa salió a buscar una tapa y me encontró allí.

—Eso tiene que quedarse en remojo.

—Ya casi sale.

Tiré del borde para mostrarle y la olla resbaló. Cayó contra el suelo con un estruendo que nos hizo dar un salto. Me agaché de inmediato.

—Déjala —dijo ella.

—Puedo recoger...

—¡Ambarine, déjala!

Me enderecé. Velenthesa tenía una mano en la cintura y la otra todavía sobre el pecho.

—Mañana va a salir. Ahora vienes a comer, porque no pienso guardar otra vez tu plato.

No parecía conmovida por mi esfuerzo. Estaba molesta. La seguí hasta la cocina y me senté frente a un cuenco tibio. Cuando intenté disculparme, me preguntó si quería más pan.

A la mañana siguiente me mostró cuánta agua debía dejar dentro de la olla. Yo quise ocuparme también de las otras, pero una de las mujeres que trabajaba allí ya las había reunido. Nos pusimos una al lado de la otra. Ella me enseñó cómo sujetar el borde con un trapo para que no me dolieran los dedos.

Me acostumbré a compartir aquella mesa antes que a descansar.

Jereldren regresaba entre una entrega y otra. Nunca se quedaba tanto como yo esperaba. Traía noticias de caminos, quejas por los precios y, algunas veces, una compra que Velenthesa le había encargado. Se enojaban por lo que había costado hasta que él sacaba la cuenta y ella encontraba algo que no cuadraba. Entonces se enojaba él.

Una tarde me pidió ayuda para atar la carga. Le mostré el nudo que había hecho y esperé.

—Eso se te va a cerrar tanto que después no lo suelta nadie —dijo.

—No se caerá.

—Tampoco podré entregar nada.

Me lo enseñó tres veces. A la cuarta me dejó hacerlo y tiró de la cuerda con todo su peso. Me enfadó un poco que quisiera comprobarlo después de estar mirándome trabajar. Cuando terminó, me alcanzó la siguiente.

—Bien. Ahora esa.

Con él empecé a salir a los caminos cercanos. La primera vez intenté recordar cada piedra y acabé confundiendo dos entradas. Jereldren me hizo caminar un tramo de vuelta. Me pidió que mirara el lugar desde el otro lado y que buscara algo que pudiera reconocer aunque cambiaran la carga de un carro o la ropa de quienes trabajaban allí. Brenor, cuando nos acompañaba, me hacía detenerme antes de las curvas.

—Escucha.

Yo escuchaba viento, una rueda lejana, nuestros propios pasos. Él esperaba un poco más.

No siempre distinguía lo que quería mostrarme. Una mañana me molesté y se lo dije. Brenor señaló el camino por el que acabábamos de pasar.

—Venía alguien. Tú seguías hablando.

Miré hacia atrás. Un hombre apareció con dos animales cargados. Me quedé callada hasta que nos cruzamos.

Seguía practicando con mis llamas cuando encontraba un lugar apartado. Conservaba el control, pero algunas noches estaba tan cansada que debía repetir un trazado sencillo para mantenerlo limpio. Me enfurecía fallar en algo que sí sabía hacer. Jereldren me encontró una vez intentando sostener una llama entre las manos después de una jornada de carga.

—Velenthesa pregunta si vas a cenar.

—Enseguida.

Se sentó sobre una piedra y esperó. Cuando la llama se deformó, la apagué antes de que me rozara la manga.

—¿Cuántos años tiene? —pregunté, solo para que dejara de mirar mis manos.

—Treinta y seis. ¿Por qué? ¿Parecía que iba a morirme de viejo mientras te esperaba?

Se me escapó una risa. Me sorprendió tanto que levanté la vista hacia él.

—Pensaba que tenía más.

—Eso es por viajar con Brenor.

Se levantó antes de que pudiera responder. Yo me sacudí la tierra de la ropa y volví a la cocina con él.

Hubo noches peores. Una vez, al llevar un vaso, recordé la forma en que mi padre apoyaba los dedos en el borde de la mesa mientras me escuchaba. Me quedé en medio del patio sin saber por qué había salido. El agua estaba fría contra mi mano. Alguien me llamó desde la cocina y dejé el vaso antes de entrar al cuarto donde dormía.

Jereldren llamó un rato después. No abrió hasta que le respondí.

—Te han guardado comida.

—No quiero.

Se sentó en el umbral. Desde allí no podía verme bien y eso me permitió secarme la cara sin esconder las manos.

—¿Te duele algo?

Negué, aunque él no debía de distinguirlo.

—Hoy me acordé de mi padre.

Jereldren apoyó los brazos sobre las rodillas.

—¿Quieres contarme?

Le hablé de una discusión. Mi padre había querido que eligiera un esposo y yo había entrado a verlo decidida a no escuchar nada más. Mientras lo recordaba, volví a enojarme. Después me dio vergüenza estar hablando de eso cuando no sabía siquiera qué habían hecho con su cuerpo.

—No debí irme así —dije.

Jereldren se movió en el umbral.

—¿Aquella vez?

Asentí. Busqué algo con que limpiarme la nariz y no encontré nada. Él sacó un paño del bolsillo, lo miró y volvió a guardarlo.

—Voy por uno limpio.

Cuando regresó, traía también el cuenco. Lo dejó sobre el banco y volvió a sentarse cerca de la puerta. No terminamos de hablar de mi padre. Yo comí despacio, con el paño en una mano, y le pregunté por una caja que había visto en el carro.

Jereldren empezó a quejarse del comprador, que le había cambiado la entrega dos veces. Quería arreglar una parte del toldo con lo que ganara y no pensaba aceptar otro retraso. Le pregunté qué estaba roto. Me explicó la reparación con tanto detalle que acabé acercándole un trozo de cuerda para que me mostrara.

El cuenco se enfrió entre nosotros.


Cuando llevaba ya varios meses entrando y saliendo de aquellos refugios, Shaeli me habló de Orven.

—Trabajó en la guardia. Quiere escucharte.

La miré de inmediato.

—¿Le dijiste que estoy aquí?

—Le dije que podía preguntártelo. Ha acompañado otros traslados. Brenor lo conoce.

Estábamos separando provisiones en el patio. Shaeli metió una mano dentro de un saco para comprobar que no quedara nada en el fondo.

—¿Por qué ahora?

—Me preguntó por ti al oír hablar de una mujer de cabello rojo. No le di un lugar.

Quería saber quién había hablado, en qué camino, delante de cuántas personas. Shaeli no me dejó seguir con las preguntas.

—Todavía no ha venido. ¿Quieres hablar con él?

Acepté después de pensarlo. Le pedí a Jereldren que estuviera cerca. No le dije que había pasado la noche anterior imaginando cómo sonaría una espada al salir de su funda en aquel cuarto.

Orven llegó sin uniforme. Tenía el cabello corto, la espalda recta y una marca clara alrededor de la muñeca. Antes de sentarse, miró hacia la salida. Reconocí ese movimiento. Había visto hacerlo a los guardias que acompañaban a mi padre.

—La vi algunas veces en el palacio —dijo.

Esperé que añadiera el título. No lo hizo.

Le conté lo que recordaba. Al principio procuré mantener el orden. Orven me pidió que volviera a una parte y sentí que me estaba tendiendo una trampa. Me quedé callada. Él esperó con las manos sobre las rodillas.

—Ya le dije que lo vi caer.

—Quiero saber qué había ocurrido antes.

—Isaliria estaba allí.

—Eso lo he entendido.

Lo miré con rabia. Jereldren se movió junto a la pared, pero no intervino. Tuve que bajar los ojos para continuar.

Hablamos hasta que empezó a cambiar la luz de la ventana. Orven preguntó por los soldados que entraron, por lo que habían dicho y por el momento en que yo había usado mi magia. Hubo cosas que repetí casi igual y otras que no pude recordar. Él volvió sobre estas últimas. Al final me levanté porque no soportaba seguir sentada.

—¿Va a creerles a ellos?

Orven miró la mesa.

—No sé todo lo que pasó allí.

—¡Yo estaba allí!

—Por eso vine a escucharla.

Me quedé de pie. Había esperado tanto aquella conversación que no sabía qué hacer con una respuesta así.

Jereldren salió a buscar agua. Orven se frotó la marca de la muñeca y le pregunté por qué ya no llevaba el brazal.

Me habló de una orden que había tenido que cumplir. No dio nombres. Dijo que había visto tratar una queja como una falta de disciplina y que, cuando intentó insistir, le explicaron cómo dejarla asentada para que dejara de ser un problema. Se había ido después de eso.

—Si mi padre hubiera sabido...

Orven levantó la mirada.

—Eso ocurrió antes de su muerte.

Tuve ganas de decir que no podía saber qué llegaba al emperador. Lo dije, de hecho, más alto de lo necesario.

Orven me escuchó sin apartar los ojos.

—Puede ser —respondió—. Nosotros sí lo sabíamos.

Cuando Jereldren regresó, ninguno estaba hablando.

Orven volvió la semana siguiente para acompañar una entrega. No me pidió que retomáramos el relato de aquel día. Bajamos cajas juntos y, al encontrar un paso obstruido, lo oí discutir con el conductor sobre otra entrada. Yo conocía el camino por el que habíamos llegado y propuse regresar hasta la curva. Me hizo mostrárselo desde un lugar donde pudiéramos ver las dos salidas.

Terminamos usando aquel desvío. Orven caminó al costado del carro. Antes de separarnos, me preguntó quién me había enseñado la ruta.

—Jereldren.

Él miró al transportista, que estaba ocupado contando los bultos que faltaban.

—La recuerda bien —dijo.

Jereldren me guiñó un ojo por encima de la carga. Yo volví a cubrirme el cabello antes de que llegáramos al camino principal.


Conocí a Ferenth por un carro que no podíamos llevarnos.

Jereldren necesitaba ayuda para mover a varias personas desde una casa que pronto dejarían de tener disponible. Habíamos preparado los bultos y yo había ido con él a revisar el camino. Faltaba otro carro. Velenthesa nos llevó a una reunión en una casa apartada de la parada, donde ya estaban Orven, Shaeli y un hombre de unos cincuenta años que se levantó para saludarnos.

—Ferenth —me dijo, tendiéndome la mano—. Jereldren habla de ti.

Le estreché la mano. Él me señaló un sitio junto a la mesa y preguntó al transportista si había conseguido reparar el toldo. Jereldren empezó a explicarle lo que todavía faltaba. Alguien les pidió que dejaran aquello para después.

Mientras escuchaba a los demás, entendí que Ferenth coordinaba a quienes llevaban los apoyos de distintos lugares. Le traían noticias de sitios que yo no había visitado y esperaban su respuesta para cerrar asuntos que llevaban varios días discutiendo. Él preguntaba por personas concretas. A veces recordaba un nombre antes de que terminaran de explicarle el problema.

Cuando Jereldren habló del segundo carro, negó con la cabeza.

—Ese sale mañana. Ya lo prometimos.

—Necesito hacer un solo viaje.

—Y ellos llevan tres días esperándolo.

Jereldren apoyó las manos en la mesa. Empezó a explicar por qué no podía entrar dos veces por el mismo acceso. Yo había visto aquel paso y lo ayudé a describirlo. Ferenth me escuchó, pero volvió a negar.

—Puedo pedir otro. Ese no.

La discusión siguió hasta que Orven propuso cambiar el lugar donde subirían las personas. Así Jereldren podía hacer dos recorridos cortos sin acercarse otra vez a la casa. Shaeli tuvo que consultar el nuevo punto con quienes vivían cerca. Cuando terminó la reunión, todavía quedaba trabajo para la mañana siguiente, pero nadie fue a buscar el carro reservado.

Me quedé recogiendo unas tiras de tela que habíamos usado para señalar las entradas sobre la mesa. Ferenth se acercó a ayudarme.

—Velenthesa dice que comes mejor —comentó.

No supe cómo responder. La idea de que hablaran de mi comida entre asuntos que yo consideraba más importantes me hizo sentir incómoda.

—He estado ayudando.

—También me lo dijo.

Juntó dos tiras y me las entregó. Tenía una arruga muy marcada junto a un ojo, más visible cuando sonreía.

—¿Usted empezó todo esto? —pregunté.

Ferenth miró alrededor, hacia las sillas que otros estaban volviendo a poner contra la pared.

—Conocí a muchas personas mientras huía. Algunas todavía están aquí.

Me habló de la comunidad de la que había tenido que irse, de lo que les habían quitado y de las veces que intentó recuperarlo. Pasó de una casa a otra. En una le dieron comida; desde otra lo ayudaron a continuar. Más tarde alguien que lo había recibido necesitó salir y él supo a quién preguntarle.

Se quedó un momento mirando la última tira de tela.

—Después empezaron a buscarme por eso —añadió.

Yo la doblé entre los dedos.

—Si recupero el palacio, puedo ayudarlos.

Ferenth levantó los ojos. No parecía sorprendido, pero su expresión se volvió más seria.

—¿Vas a seguir viniendo mientras tanto?

—Sí.

—Mañana nos faltan manos para subir a una mujer al carro. Jereldren te dirá dónde.

No había respondido a lo que yo quería decirle. Estuve a punto de repetirlo, pero él se volvió para despedirse de Velenthesa. Antes de salir, me preguntó si tenía cómo regresar. Le dije que iría con Jereldren.

Al día siguiente subimos a la mujer entre tres. Pesaba poco, aunque me hizo sujetarla dos veces de otra forma porque le dolía la espalda. Nos pidió que no olvidáramos un paquete pequeño que había quedado en el banco. Fui por él. Cuando regresé, Jereldren estaba acomodándole la manta bajo las piernas.

Yo me senté junto a ella para que no se golpeara con las sacudidas. Durante el recorrido me habló de la casa que acababa de dejar. La había perdido mucho antes de conocer a Jereldren y llevaba tiempo viviendo donde podían recibirla. Quería volver a buscar una vasija que no había cabido entre sus cosas.

No sabía cómo decirle que tendríamos que preguntarlo. Acabé haciéndolo de una forma tan torpe que me miró con extrañeza.

—Solo si pueden —dijo—. No es para hoy.

Guardé el paquete entre sus mantas. Cuando llegamos, me quedé sujetándolo mientras otros la ayudaban a bajar.


La primera vez que entré en unas celdas para ayudar a sacar a alguien, Jereldren me revisó el nudo de la capucha antes de dejarme bajar del carro.

—No te lo aprietes tanto —dijo—. Después no oyes.

Me hizo levantar la barbilla y aflojó la tela. Yo llevaba agua y dos mantas sujetas contra el pecho. Orven esperaba junto al camino, escuchando a Shaeli.

Habíamos llegado hasta allí por tres personas que no regresaron a sus casas. Sus familias habían preguntado en distintos lugares. Cael encontró un traslado al comparar las anotaciones que consiguieron traerle con la fecha de las detenciones. Shaeli siguió preguntando hasta que alguien reconoció a uno de los desaparecidos al bajar de un carro. Después fue a observar la construcción donde lo habían visto entrar.

Yo había escuchado las noticias por partes, entre trabajos. Solo cuando Orven me pidió que ayudara a quienes salieran comprendí que iba a acompañarlos hasta la puerta.

Me mostró el recorrido dos veces. Había un muro bajo, una entrada al costado y una zanja seca que podíamos seguir sin volver al camino. Jereldren esperaría más allá con el carro. Brenor cubriría el paso entre la casa y la zanja. Yo debía permanecer detrás de Shaeli y ayudar a sacar a los que no pudieran andar deprisa.

—Si ves que no puedes con alguien, me llamas —dijo Orven.

Asentí antes de que terminara.

Él esperó a que lo mirara.

—Me llamas.

—Entendí.

Todavía me daba rabia haber respondido de aquella manera cuando empezamos a caminar.

La construcción era más baja de lo que había imaginado. Había un sol sobre la entrada delantera y una lámpara encendida detrás de una ventana. Me quedé agachada junto al muro, con las mantas presionándome el pecho. Escuché ruedas en el camino. Jereldren debía de haber llegado al lugar donde hablaría con los guardias, pero desde allí no podía verlo.

Shaeli se acercó a la puerta lateral. Movió el cierre con una herramienta que no alcancé a distinguir. El ruido me pareció enorme. Miré hacia Orven, que seguía observando la esquina, y esperé a que nos hiciera regresar.

La puerta cedió.

Entramos en un corredor oscuro. Había olor a humedad y a cuerpos encerrados. Una lámpara al fondo dejaba ver un banco y un manojo de llaves sobre la pared. Shaeli fue hacia él. Yo apoyé una mano en el muro para orientarme y sentí la aspereza bajo los dedos.

Alguien se movió detrás de una puerta.

—¿Quién viene?

Shaeli levantó la mano sin volverse. Me quedé quieta. Oí voces afuera, una protesta de Jereldren que reconocí incluso amortiguada por las paredes. Después el metal de las llaves rozó la cerradura.

La puerta se abrió hacia adentro.

Al principio vi a un hombre sentado en el suelo. Tenía los brazos alrededor de las rodillas y tardó en levantar la cabeza. Detrás había otras figuras, demasiado juntas para distinguirlas bien. Shaeli preguntó por las tres personas que buscábamos, en voz baja. El hombre respondió a uno de los nombres.

Me adelanté para ayudarlo y una mujer me sujetó la muñeca.

Tenía piel oscura, los labios secos y dos cuernos estrechos que se curvaban hacia atrás. No apretó mucho, pero me detuve de inmediato.

—Primero dime por dónde —pidió.

Le señalé el corredor.

—Por una puerta al costado. Hay un carro más allá del muro.

Ella miró a Shaeli, que estaba ayudando a levantarse a otra persona. Al soltarme, hizo sitio para que pudiera pasar. Entonces vi a la joven que tenía detrás.

Llevaba el cabello negro enredado alrededor de la cara. Sus orejas felinas estaban bajas y mantenía la cola recogida contra una pierna. No apartaba la vista de la puerta. Alargué una manta y ella la tomó, pero se la puso al hombre que estaba sentado.

—Él tiembla mucho —susurró.

Me agaché a su lado. El hombre intentó levantarse apoyándose en mí y tuve que abrir las piernas para sostener su peso. Shaeli volvió a decir un nombre. Una voz respondió desde el fondo.

Eran cinco.

Orven apareció en el corredor mientras salía la primera persona. Tenía la boca apretada y miró hacia la entrada antes de acercarse.

—Tenemos que movernos.

Intenté alzar al hombre un poco más. Él soltó un quejido y se dobló sobre mi hombro. Me asusté tanto de haberle hecho daño que aflojé el brazo.

—Orven —llamé.

Vino de inmediato. Se colocó al otro lado y me indicó dónde sujetarlo. Avanzamos despacio, con el hombre entre los dos. Yo veía sus pies arrastrarse y procuraba no pisarlo. Al pasar la puerta sentí el aire fresco en la frente. Me había sudado todo el cuerpo.

Escuché un golpe desde la parte delantera de la casa. Brenor levantó el arco. Orven me hizo continuar hacia la zanja.

La mujer de los cuernos ayudaba a otra persona. Detrás venía la joven de orejas negras, con una mano cerrada en la ropa de su compañera. Tropezó al bajar por el borde y se apoyó en la tierra antes de seguir. Shaeli se quedó atrás hasta que todos pasamos.

Cuando alcanzamos el carro, Jereldren estaba esperándonos junto a una rueda. Abrió los brazos para recibir al hombre. Lo subimos entre los tres y me quedé a su lado, sujetándole la cabeza mientras acomodaban otra manta.

—¿Dónde está? —preguntó él.

Pensé que preguntaba por su casa. Le dije que íbamos a llevarlo a un lugar donde pudiera descansar. Volvió a preguntar. No supe qué responder y miré a Jereldren.

—¿A quién buscas? —le preguntó.

El hombre dijo un nombre. Jereldren se inclinó para escucharlo otra vez.

Orven regresó al costado del carro. No le vi la mano herida hasta que apoyó los dedos sobre la madera. Me pidió que me sentara y llamó a Brenor. El arquero apareció desde el muro sin bajar del todo el arma. Shaeli subió la última.

Nos alejamos por la zanja hasta encontrar una salida al camino. Cada sacudida hacía que alguien respirara con dolor. Yo seguía sujetando al hombre y tenía un brazo atrapado bajo su espalda. No me atrevía a moverlo.

La joven de orejas negras estaba frente a mí, junto a su compañera. Miró mis manos y después el agua que llevaba colgada.

—¿Puedo?

Me costó soltar el recipiente. Lo tomó con ambas manos y se lo dio primero a la mujer de los cuernos. Cuando por fin bebió, se detuvo enseguida, como si esperara que alguien se lo quitara.

—Hay más —le dije.

Ella me miró por debajo del cabello.

—Soy Tirka.

La mujer a su lado se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Nashira.

Dije mi nombre. Tirka movió las orejas. Nashira se quedó observándome unos segundos y volvió la cara hacia el camino que dejábamos atrás.


Al llegar, otras personas nos ayudaron a bajar a los cautivos. Nos esperaban en una casa fuera de la parada. No conocía a todos los que estaban allí; una mujer me apartó con cuidado del hombre al que había sostenido y me pidió que dejara pasar al sanador. Miré hacia Jereldren. Estaba hablando con alguien junto al carro y no me vio.

Me quedé con las mantas vacías.

Al día siguiente ayudé a llevar comida. El hombre del carro dormía. Una de las personas que buscábamos estaba hablando con su familia en un cuarto y cerré la puerta despacio al verlos. Tirka y Nashira ocupaban dos jergones próximos. Habían apartado una mesa para estar más cerca.

Tirka olió el contenido de los cuencos antes de que los dejara.

—Es lo de ayer.

—Velenthesa hizo más.

—Está rico.

Nashira intentó incorporarse. Le acerqué uno de los cuencos y esperé a que lo sostuviera bien. Tenía una marca oscura alrededor de la muñeca.

—¿Las detuvieron juntas? —pregunté.

Tirka negó. Se había puesto el cuenco sobre las piernas, con una mano a cada lado para que no se volcara.

—Yo ya estaba cuando llegó ella.

Nashira tomó una cucharada antes de responder.

—Intenté rodear un control. Me siguieron.

—¿Por qué querías evitarlo?

Me miró sobre el cuenco.

—No me gustaron sus papeles.

—¿Eran falsos?

—No me quedé a comprobarlo.

Sentí que había hecho una pregunta estúpida. Nashira siguió comiendo. Después añadió que ya había visto lo que podía ocurrir cuando una orden falsa encontraba suficientes personas dispuestas a obedecerla. No dijo más y no insistí.

Tirka había dejado de mover la cuchara.

—Yo estaba buscando a mi hermana —dijo.

Me senté en el extremo de un banco. Ella miró hacia Nashira, que asintió apenas, y continuó.

Su hermana era mayor. Se la habían llevado antes y Tirka había preguntado en todos los lugares a los que pudo llegar. Una persona que salió de prisión le dijo que la había visto durante un traslado. Recordaba el lugar al que las llevaban. No sabía si seguía allí.

—Pregunté otra vez. Y otra. —Tirka pasó el pulgar por el borde del cuenco—. Un hombre fue a buscar a los guardias. Después querían saber quién me había contado y dónde estaba.

Levantó los ojos hacia mí.

—¿Cael sabe de esos sitios?

—Podemos preguntarle.

Quise decir algo más. Ella esperaba y me dio miedo que estuviera esperando una promesa. Acabé señalando el cuenco.

—Se enfría.

Tirka volvió a comer. Nashira me miró, pero no dijo nada.

Les llevé a Cael dos días después. Tirka repitió lo que sabía y él tomó notas, pidiéndole que pronunciara otra vez el lugar que le habían mencionado. Ella se impacientó a la tercera pregunta. Yo iba a pedirle que la dejara descansar, pero Tirka se incorporó y señaló una de sus anotaciones.

—Eso no. Dijo que la vio bajar. No que se quedó.

Cael tachó una palabra. Yo cerré la boca.

Con el paso de los días, las tres personas que habíamos ido a buscar pudieron irse a otros lugares. Tirka y Nashira permanecieron cerca. No siempre en la misma casa. Yo las veía al llevar provisiones y, más adelante, cuando empezaron a acompañarnos en algunos trabajos.

Nashira fue la primera en salir a mirar un camino. Shaeli necesitaba saber si un paso seguía libre y ella dijo que ya lo había recorrido antes de que la detuvieran. Volvió con tierra en el borde de la capa y una explicación que obligó a Jereldren a cambiar el lado por el que entraría el carro. Yo la escuché desde la mesa donde estaba cortando vendas.

Tirka empezó ayudando dentro de la casa. Se aburría de esperar a que le pidieran algo y a veces se llevaba un recipiente antes de que yo lo terminara de llenar. Una tarde la encontré con los pies sobre un banco, alcanzando un paquete que nadie conseguía bajar sin mover el estante.

—Podías habérmelo dicho —protesté.

Ella bajó el paquete y se quedó mirándome.

—Lo vi primero.

El problema llegó cuando quiso acompañar a Shaeli a reconocer una entrada. Yo acababa de volver con ellas de un recorrido corto y Tirka llevaba un rato limpiándose una raspadura de la rodilla. Dije que podía quedarse y ayudarme con las vendas.

Tirka dejó el paño sobre la mesa.

—¡Ya dije que voy!

—Todavía te duele al caminar.

—Me raspé aquí. —Señaló la rodilla—. Tú tienes las manos llenas de cortes.

Miré mis dedos. Eran marcas pequeñas del trabajo, algunas casi cerradas.

—Es distinto.

—¿Por qué?

No encontré una respuesta que no la hiciera bajar las orejas todavía más. Shaeli estaba esperando junto a la puerta y preguntó a Tirka si podía agacharse. Ella lo hizo. Después caminó hasta el patio y volvió sin cojear.

Se fueron juntas. Yo me quedé doblando vendas con demasiada fuerza.

Cuando regresaron, Tirka me contó que había escuchado a dos personas al otro lado de una pared y que Shaeli les había hecho esperar antes de acercarse. Se sentó a mi lado sin pedirme permiso y tomó una de las tiras de tela. La dobló mal. Le mostré cómo dejábamos los bordes hacia adentro y empezó otra.

No hablamos de la discusión.


Había perdido la cuenta de las veces que Jereldren me había enseñado a sujetar una carga cuando terminé corrigiéndole un nudo.

Tiré de la cuerda y se aflojó.

Él estaba al otro lado del carro, hablando con Brenor. Dejé el extremo colgando para que lo viera. Tardó un momento en darse cuenta.

—Eso lo estaba probando —dijo.

Brenor soltó una risa corta.

—Lo probó ella.

Jereldren rodeó el carro y me quitó la cuerda de la mano. La revisó, me miró y empezó a hacer el nudo de nuevo. Yo quise intervenir, pero me apartó con el hombro.

—Ya puedes ir a contárselo a Velenthesa.

Lo hice. Ella estaba trabajando y apenas me escuchó. Más tarde, cuando Jereldren pidió otra ración, le preguntó si iba a necesitar ayuda para atarse las botas. Brenor casi derramó el agua.

Para entonces llevábamos meses compartiendo comidas cuando los viajes lo permitían. Jereldren prefería sentarse donde pudiera estirar una pierna. Brenor ocupaba la silla de al lado y dejaba el arco al alcance de la mano, aunque estuvieran discutiendo por algo sin importancia. Tirka buscaba el sitio que conservara el calor de la cocina. Cael acababa llevando alguna anotación a la mesa y Velenthesa amenazaba con servirle encima.

Yo me sentaba donde quedaba espacio.

No todas las noches eran así. A veces llegaba una noticia y alguien se levantaba antes de terminar. Otras cenábamos con personas que no volvíamos a ver. Seguía despertándome cuando escuchaba pasos junto a mi puerta. Había días en que cualquier mención del palacio me hacía olvidar lo que tenía entre las manos.

Conseguí ver a Syrit algunas veces durante aquellos meses. Le dejaba señales cuando podía acercarme y me iba con la sensación de haber olvidado algo que quería contarle. Al regresar, casi siempre había una carga por mover o una salida que preparar. No conté sus recorridos ni los lugares de nuestros encuentros. Shaeli dejó de preguntármelos.

Una noche Nashira me encontró repasando sobre un papel lo que recordaba de mi padre. Había escrito la misma frase varias veces. Ella dejó una taza a mi lado y se sentó frente a mí.

—¿Esto es para volver?

Cubrió con dos dedos una esquina del papel que el viento levantaba.

—Para demostrar lo que pasó —respondí.

—Después querrás volver.

No era una pregunta. Me molestó que lo dijera con tanta facilidad.

—Quiero sacar a Isaliria de allí.

—A mí no me gustaría depender de que la siguiente persona en el palacio fuera más amable.

La miré. Nashira seguía sujetando el papel.

—Mi padre no habría querido lo que te hicieron.

—No conocí a tu padre.

—¡Entonces no puedes...!

Me interrumpí porque ella retiró los dedos. Tuve que sujetar el papel con la taza para que no volara.

Nashira se quedó conmigo unos minutos más. Me preguntó por uno de los trazos que había dibujado al margen y terminé explicándole una parte del ejercicio. Prestó atención. Yo seguía esperando que volviera a hablar del palacio, pero al levantarse me pidió que apagara la lámpara cuando terminara.

Todavía estaba enojada cuando guardé el papel.


El toldo de Jereldren terminó reparado con una tela de otro color. Lo ayudé a extenderla una mañana, mientras Brenor sujetaba el extremo desde el carro. Habíamos pasado varios días sin vernos y Jereldren quería que notáramos la diferencia antes de cargar nada.

—Ahora sí —dijo, dando dos pasos atrás.

Brenor levantó la vista. La parte nueva era más clara y dejaba entrar luz por una costura.

—Te falta ahí.

Jereldren lo hizo subir para que lo arreglara. Yo me quedé abajo, pasándoles las cosas que pedían. Al principio intenté seguir sus instrucciones sin opinar. Después vi cómo estaban tensando la tela y les dije que, si la ataban de aquella forma, el borde iba a rozar la rueda.

Los dos miraron hacia abajo.

—Tiene razón —dijo Brenor.

Jereldren tuvo que deshacer lo que acababa de atar. Protestó tanto que terminé riéndome. Cuando por fin bajaron, los tres teníamos polvo en la ropa y Brenor se había quedado con un hilo enganchado en el pelaje del brazo. Jereldren intentó quitárselo. Él le apartó la mano, buscó el hilo y no lo encontró. Aquello nos entretuvo más de lo que hacía falta.

Salimos después de comer. Yo llevaba algunos encargos para una de las casas que visitaríamos. Orven nos alcanzaría en la última parte del recorrido; necesitaba hablar con un contacto cerca de la parada donde Jereldren acostumbraba a recoger mercancía.

Durante el viaje, el transportista me dejó ocupar el asiento delantero. Me pidió que le avisara al reconocer el desvío y volvió a contar una historia que ya le había oído. Se lo dije cuando estaba por llegar al momento en que el comprador cambiaba de parecer.

—Todavía no te he contado lo que dijo su mujer.

—Que usted había llegado al día siguiente.

Jereldren me miró de lado.

—Eso es otra parte.

Me reí. Él movió la cabeza, ofendido solo a medias, y estuvo un rato sin hablar. Creí que había terminado de contarla hasta que volvió a empezar desde la mujer.

Más adelante le pregunté si no se cansaba de hacer los mismos caminos.

—De algunos —respondió—. Hay una cuesta donde siempre pienso que voy a dejar el carro y dedicarme a otra cosa. Después bajo y se me olvida. Si tengo que esperar mucho en un sitio, tampoco estoy contento. Velenthesa dice que eso es porque así siempre encuentro una razón para quejarme.

Se acomodó la correa que le cruzaba el pecho.

—También está la gente. Si paso de largo por una parada, después me preguntan por qué no entré. Si entro, me retraso hablando. Ya no sé hacer un viaje corto.

Yo miré el camino por delante. Podía reconocer algunas elevaciones sin que él me las señalara. Al cabo de un rato, encontré el desvío y levanté la mano. Jereldren giró el carro.

En una de las casas me preguntaron por otra persona. Supe decirles por dónde había salido y a quién podían pedirle noticias. Me hicieron pasar hasta la puerta de atrás para entregarme un paquete. Al regresar al carro, Jereldren ya estaba riéndose con el hombre que había recibido la carga.

—Casi un año y todavía no te han quitado la costumbre —le estaba diciendo el hombre.

Pensé que hablaban de algún precio. Después me miró y bajó la voz.

Más tarde pregunté a Jereldren qué había dicho. Se acordaban de la primera vez que él había pasado conmigo por aquel camino. Me quedé mirando el borde remendado del toldo. Hasta entonces había contado los meses por las salidas, por las veces que veía a Syrit y por las noticias que llegaban de la capital. Cerca de un año. Había esperado recuperar algo mucho antes.

Jereldren me dio un golpecito en la rodilla con una cuerda enrollada.

—¿Nos vamos?

Asentí y le devolví la cuerda. Él la guardó junto al asiento.

Brenor caminaba detrás. Lo llamamos para que subiera, pero prefirió continuar un tramo a pie. Nos alcanzó al llegar a la parada. Orven ya estaba allí, esperando bajo la sombra de un techo junto al camino.

Había un pozo, unos bancos y espacio para dejar los carros. Yo había estado antes con Jereldren. Bajamos junto a una rueda y él llamó al hombre que atendía la carga. Teníamos unos bultos para dejar allí y debía recoger otros. El hombre señaló un depósito al costado del patio. Orven y Brenor empezaron a llevar las cajas por una entrada lateral; desde el carro los perdí de vista detrás de la pared.

Yo solté la cuerda de un paquete y la dejé junto a mis pies. Estaba tratando de sacarlo de entre dos sacos cuando un hombre salió de la sombra del cobertizo de enfrente.

—Quiero mi dinero, Jereldren.

Levanté la cabeza. Jereldren se había quedado con una mano sobre el borde del carro. El hombre se detuvo a unos pasos de nosotros.

—¿Qué dinero? —pregunté.

—El de mi hermano. Pregúntale dónde lo dejó cuando se llevó la bolsa.

Miré a Jereldren. Esperé que dijera que lo confundía con alguien o que se trataba de una entrega pendiente, pero tardó en responder.

—Vendimos mercancía robada —dijo al fin.

Dejé de tirar del paquete.

—¿Usted?

—Nos separamos cuando llegaron los guardias. Yo llevaba parte del dinero. Pensé que él también había conseguido salir.

—¡Pues no salió! Lo encerraron. Mi hermano murió allí y tú seguiste con tu carro, haciendo tus viajes.

Jereldren apartó la mano de la madera.

—No sabía que se había quedado. No me fui para dejarlo...

—Pero te fuiste.

El hombre avanzó un paso. Jereldren retrocedió hasta quedar junto a la rueda. Quise preguntarle cuándo había ocurrido y cómo se había enterado de lo demás, pero él seguía mirando al hermano.

—Puedo pagarte —dijo—. Tengo dinero aquí.

—Entonces sácalo.

Otros dos hombres salieron de debajo del cobertizo. Uno se quedó junto a los bultos apilados, cerca de la salida; el otro caminó hacia el pozo. Miré hacia el depósito. La pared me ocultaba la entrada lateral. Oí que apoyaban algo en el suelo, pero no vi a Brenor ni a Orven.

Una mujer que cruzaba el patio se detuvo al vernos. Después cambió de dirección con su carga. Yo seguía sujetando el borde del paquete.

—Te daré lo que llevo —dijo Jereldren—. Lo demás...

—Primero eso.

El hombre extendió la mano. Jereldren buscó la bolsa en el cinturón y él se acercó para recibirla. Yo lo vi llegar hasta la rueda. Tenía los ojos puestos en las manos de Jereldren.

Escuché a Orven gritar algo desde el depósito. El hombre volvió la cabeza hacia allí. Su mano se cerró sobre la ropa de Jereldren y lo atrajo de golpe. Vi un brillo bajo su brazo.

La bolsa cayó entre los dos.

Jereldren abrió la boca. El hombre tiró del cuchillo, lo empujó contra el carro y echó a correr hacia el camino.

Yo no me moví.

Jereldren se llevó una mano al costado. Intentó sostenerse de la madera y sus dedos resbalaron sobre el borde. Pensé que tenía que alcanzarlo antes de que se cayera, pero seguí donde estaba.

La cuerda del arco sonó a mi izquierda.

El agresor se sacudió en mitad de una zancada. Tenía una flecha clavada en la espalda. Cayó de frente cerca de la salida, intentó incorporarse y volvió a quedar tendido. Uno de sus acompañantes gritó algo. El otro ya corría hacia el camino. Escuché pasos, una caja que se volcaba y la voz de Orven, sin distinguir las palabras.

Jereldren cayó de rodillas junto a la rueda.

—¡Ambarine!

Era Brenor.

Tenía a Jereldren sujeto bajo un brazo. No lo había visto acercarse. El arco estaba en el suelo y su otra mano buscaba dónde sostenerlo sin apretar la herida.

Me arrodillé al otro lado. Jereldren pesaba demasiado cuando se dejó caer contra nosotros. Lo sujeté por la espalda y Brenor me hizo bajar una rodilla para que pudiéramos apoyarlo. Había sangre en la correa que le cruzaba el pecho.

—Aquí —dijo Brenor.

Me puso la mano donde debía presionar. Yo tenía los dedos fríos y no conseguía mantenerlos juntos. Orven se agachó a nuestro lado con un paño. Los dos acompañantes del agresor habían salido del patio. El hombre de la flecha seguía en el suelo.

—¡Busquen ayuda! —ordenó Orven a alguien detrás de mí.

Jereldren intentó hablar. Me incliné para escucharlo. Su respiración me rozaba la mejilla y sentí un olor que no supe reconocer hasta que miré mis manos.

Brenor lo sostuvo un poco más alto. Una de sus orejas se había quedado baja y la otra giraba hacia las voces del patio. Tenía la boca entreabierta, como si también le faltara aire.

Orven apartó un borde de la ropa de Jereldren y presionó el paño. Yo quise ayudar y estorbé su mano.

—¡Ahí no! Sostenlo.

Volví a poner el brazo bajo su espalda. Jereldren me miró un instante. Esperé que dijera mi nombre, que me pidiera agua o se quejara de cómo lo estábamos sujetando. Sus labios se movieron, pero no entendí nada.

—Después hablamos —le dije—. Ahora quédate quieto.

Quise creer que me había oído porque sus ojos seguían abiertos y estaban cerca de los míos. El peso de su cabeza cambió. Brenor lo acomodó contra su hombro y llamó al hombre que había ido a buscar ayuda.

Jereldren dejó salir el aire despacio.

Me quedé esperando la siguiente respiración. Le aparté del cuello el borde de la tela para que no le molestara. Orven seguía presionando. Brenor bajó la mirada hacia él y pronunció su nombre, primero bajo y después con una voz que apenas le reconocí.

Yo lo tenía abrazado por la espalda. No podía ver bien su cara desde allí. Le pedí a Brenor que lo moviera un poco, solo un poco, y él negó con la cabeza.

Jereldren ya no respiraba.

Me acerqué más para que no se venciera hacia un lado. Bajo mi rodilla estaba la cuerda que había soltado del paquete. Todavía le sostenía la espalda cuando alguien se agachó junto a nosotros y me pidió que lo soltara.

Sub-historia·10.545 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

35,10 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

3,33 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

863,96 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||