La última mañana de Aura en el vórtice comenzó con el sonido de Ereel moviendo frascos en la planta baja.
Durante diez meses, aquel ruido había marcado el principio de casi todos sus días: vidrio contra madera, el roce de hojas secas, algún murmullo de disgusto cuando una raíz crecía dentro del recipiente equivocado. Esa vez lo escuchó desde la habitación con el bolso abierto sobre la cama y comprendió que no volvería a despertar allí al día siguiente.
Guardó dos mudas de ropa, vendas, un frasco de ungüento y varios paquetes de hierbas que ella misma había secado. Añadió sus notas, la esfera que Témpora había dejado en sus manos y una piedra oscura recogida junto a la cascada de arena. No sabía si la piedra poseía alguna propiedad especial. La conservaba porque su superficie atrapaba los destellos azules del vórtice y le recordaba las noches en que había estudiado junto a Ereel hasta quedarse dormida sobre los libros.
Cuando bajó, su maestro servía una infusión en dos tazas.
—Creí que intentarías llevarte la mitad de mi biblioteca —dijo sin mirarla.
—Lo pensé.
—Por eso conté los libros.
Aura dejó el bolso junto a la mesa. Sobre una silla encontró la ropa que Ereel había preparado para ella: una camisa blanca de tela resistente, botas de viaje y una capa corta de color azul oscuro. El cierre era una pieza de madera pulida, tallada con la forma de una hoja.
—Tu túnica sobrevivió diez meses por pura obstinación —dijo Ereel—. No pienso permitir que la gente crea que así visto a mis estudiantes.
Aura pasó los dedos por el cierre.
—Gracias, maestro.
La palabra había empezado a resultarle natural mucho antes de que se atreviera a usarla frente a él. Ereel fingió concentrarse en su taza, pero una sonrisa breve suavizó las arrugas junto a sus ojos.
Después del desayuno extendió sobre la mesa el mapa de Limessia. Aura reconoció Daliana entre la cordillera, el desierto de Tendalém hacia el norte y, más allá de las montañas orientales, una ciudad dibujada alrededor de una torre.
—Lamithria —dijo Ereel, señalándola—. Si algún día quieres estudiar cuanto se ha escrito sobre la Lay Len, allí encontrarás la biblioteca mágica más extensa que conozco. También encontrarás estudiosos convencidos de que una biblioteca grande vuelve correcta cualquier conclusión escrita dentro de ella.
—No parece una recomendación muy entusiasta.
—Lo es. Solo intento impedir que confundas conocimiento con certeza.
Aura recorrió el mapa con la mirada. Había pasado meses encerrada en un mundo que habría necesitado años para explorar y, aun así, la superficie dibujada frente a ella le pareció mucho mayor. Una parte de su ser quería dirigirse de inmediato hacia Lamithria, conocer sus torres, leer sus libros y descubrir otras formas de usar la magia. Otra recordó la dirección hallada entre las pertenencias de Flerus, el nombre de Althea y las preguntas que la muerte de Emeter había dejado alrededor de Ambarine.
—Iré algún día —dijo.
—Esa es una respuesta más sensata que intentar llegar mañana.
Ereel enrolló el mapa y sacó de un armario un estuche de madera envuelto en tela lavanda. Lo sostuvo con ambas manos antes de entregárselo.
—Esto es para Aaron. Contiene un filtro cultivado con las plantas del vórtice y un fragmento mineral que me dejó hace años. Él sabrá cómo terminar el trabajo.
Aura recibió el estuche. Era más ligero de lo que esperaba y despedía el aroma tenue del Lirio Vacío.
—¿Es peligroso?
—No mientras no lo abras, no lo golpees y no decidas comprobar si flota en un río.
—Entonces sí es peligroso.
—Solo para alguien excesivamente curioso.
Aura lo guardó entre la ropa para protegerlo. Cuando volvió a levantar la vista, Ereel ya había recogido las tazas y ordenaba instrumentos que no necesitaban ser ordenados.
La despedida había llegado.
Diez meses para ella. Menos de un día para Syrit, Aaron y la familia Fuegel. Aura intentó imaginar cómo explicaría aquella distancia. Ellos apenas habrían tenido tiempo de preguntarse dónde estaba, mientras Ereel ya pertenecía a una parte extensa de su vida: las mañanas de práctica, las discusiones sobre botánica, las ilusiones, los errores y las noches bajo una raíz que cruzaba el cielo.
—Se siente extraño —dijo—. Afuera casi no pasó tiempo. Para mí...
—Para ti pasó —completó Ereel.
Aura asintió.
—Cada vez que conozco a alguien, termino alejándome. Y ahora... para ellos apenas pasó tiempo, pero yo viví diez meses aquí. Me preocupa volver algún día y descubrir que tardé demasiado.
Ereel apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.
—Puedes volver, Aura. Ya sabes dónde encontrarme. Y aún quedan libros que no has leído.
Aura bajó la mirada hacia el bolso.
—Volveré a visitarlo, maestro.
—Entonces procura no entrar en todos los vórtices que encuentres antes de hacerlo.
Aura sonrió. Ereel extendió los brazos con cierta torpeza y ella acortó la distancia. El abrazo fue breve, impregnado por el olor de las hierbas, la madera y la arena azul que parecía haberse instalado para siempre en su manto.
—Que Thermus ilumine el camino que elijas —murmuró Ereel—. Y recuerda: reconocer lo que sientes no significa obedecerlo.
Aura se apartó sin responder enseguida. Guardó la frase junto a todo lo demás que se llevaba de aquel lugar.
Después cruzó el portal.
El aire le movió el cabello apenas salió del portal. Aura cerró los ojos un momento y se sujetó a una rama. Había olvidado cuánto podía moverse aquel árbol: las hojas rozaban unas con otras, las ramas cedían bajo su peso y, más abajo, el viento recorría la copa con un sonido largo y suave.
Cuando abrió los ojos, el cielo estaba despejado. Entre las hojas vio una nube blanca, tan pequeña que pudo cubrirla con el pulgar.
Se quedó mirándola.
Durante meses había visto arena luminosa cayendo hacia un abismo y raíces que atravesaban el cielo. Ahora, detrás de ella, las pequeñas criaturas del estanque nadaban entre las ramas que protegían la entrada. Más allá estaban las montañas, los campos y los caminos por los que había llegado con Aaron.
—Ya volví... —murmuró.
El hada revoloteó alrededor del punto de contacto. Al reconocerla, trazó dos círculos luminosos sobre su cabeza y se acercó a inspeccionar el broche de su capa.
—También me alegra verte —dijo Aura.
Esperó sentir esa alegría de inmediato. La sentía, pero también tenía ganas de sentarse allí un rato, sin bajar todavía. Buscó una parte más ancha entre las ramas y acomodó el bolso sobre sus piernas.
«Este es el mundo donde desperté.»
Al principio apenas había sabido qué hacer con el hambre, el frío o el dolor de sus pies. Recordó cómo había seguido el río porque no encontraba otra dirección, y su alivio al escuchar a Témpora junto a la catarata. Desde entonces había conocido personas, había aprendido sus nombres y había empezado a buscar a alguien.
Después se había quedado diez meses en otro lugar.
Aura miró sus botas. Movió un pie sobre la corteza y desprendió un poco de arena azul que todavía llevaba adherida a la suela.
«Pasé más tiempo con el maestro que aquí.»
Le costaba pensar en ello. La granja, la capital, Syrit y Aaron parecían pertenecer a una época mucho más lejana que la mañana en que había preparado su bolso.
¿Estás buscando algo?
Aura levantó la cabeza.
—No... Bueno, sí. Quería ver si todo seguía igual.
Desde aquí no podrás verlo todo.
—Lo sé.
El viento levantó una esquina de la capa. Aura la acomodó bajo el bolso y volvió a mirar el paisaje.
—Se siente extraño. Pensé muchas veces en salir, pero ahora no sé por dónde empezar. Tengo que llevarle esto a Aaron y... quisiera ver a los Fuegel.
Entonces ya tienes dos lugares.
—Quisiera ir primero a la granja.
Al decirlo, sonrió un poco. Imaginó a Peryna acercándose con preguntas, a Iris ocupada en la cocina y a Mauro entrando con las manos llenas de harina. Había recordado aquella casa tantas veces que le inquietaba encontrar algo distinto.
—¿Crees que notarán que cambié?
Témpora tardó un momento en responder.
La ropa, seguramente.
Aura bajó la vista hacia la camisa.
—No me refería a eso.
Ya lo sé.
La voz sonaba divertida. Aura dejó escapar una risa breve, aunque enseguida volvió a mirar sus manos.
—Antes de venir aquí quería aprender para no volver a hacer daño. Ahora puedo detenerme mejor. Puedo sentir cuándo estoy tomando demasiado y... el maestro ya no tiene que interrumpirme todo el tiempo.
Separó los dedos sobre la tela del bolso.
—Debería estar más tranquila.
¿Y no lo estás?
—Un poco. Pero allí sabía qué iba a hacer. Casi siempre, al menos. El maestro me decía dónde ponerme, qué intentar... Si algo salía mal, él estaba cerca.
Recordó una de las piedras ennegrecidas junto al claro de práctica. Durante días había evitado mirarla al pasar.
—¿Y si me asusto otra vez? Peryna se acerca mucho cuando quiere ver algo. A veces ni siquiera espera a que termine de hablar.
Puedes pedirle que espere.
—Sí, pero yo... también podría olvidarme.
Aura frunció el ceño. Aquella preocupación le había parecido más fácil de explicar antes de decirla.
—No quiero que me vean hacer algo y vuelvan a tenerme miedo.
Témpora dejó que el silencio durara un poco. Aura oyó el roce de las hojas sobre su cabeza y una llamada de pájaro desde algún lugar más bajo.
Cuando llegues, salúdalos, Aura. No tienes que empezar mostrándoles magia.
—Peryna me va a preguntar.
Estoy segura de que te preguntará muchas cosas.
Aura sonrió de nuevo.
—Sí... eso también.
Se quedó sentada unos momentos más. Había pasado tantas tardes hablando con Ereel que, por costumbre, estuvo a punto de volverse para decirle algo. La entrada permanecía detrás de ella, entre las ramas.
Se levantó antes de que le dieran ganas de regresar.
—Témpora...
Aquí estoy.
—Vas a seguir hablándome, ¿verdad?
Si tú sigues escuchándome.
—Te escucho.
Entonces mira dónde vas a poner el pie.
Aura bajó los ojos. Había dejado la punta de una bota sobre una rama demasiado delgada.
—Ah.
La retiró con cuidado y ajustó la correa del bolso para que no pudiera deslizarse. Buscó una rama firme más abajo, comprobó la distancia y empezó a descender.
El descenso desde la copa habría requerido la cuerda con la que Aaron la ayudó a subir. Aura se aproximó al borde, calculó la distancia hasta una rama inferior y dejó entrar una corriente pequeña de Lay Len. La sintió primero en las plantas de los pies, limitó la cantidad y saltó.
El hada se precipitó detrás de ella con un chillido alarmado. Después de caer varios metros, Aura liberó el pulso: una ondulación transparente se extendió bajo sus botas, sostuvo su peso durante un instante y redujo la velocidad. Tocó una rama, volvió a impulsarse y repitió el procedimiento hasta llegar al suelo.
La última descarga la hizo aterrizar con una rodilla apoyada sobre la hierba. El impulso la inclinó hacia delante, pero la corriente se apagó cuando ella quiso. Aura soltó el aire. Miró hacia arriba, sorprendida por lo alta que estaba la copa.
—Ereel reaccionaba igual las primeras veces.
La criatura agitó los brazos como si aquello confirmara que Ereel tenía razón.
La energía se dispersó sin que tuviera que luchar contra ella.
Se sacudió las manos y revisó el bolso. El estuche seguía protegido entre la ropa. Pensó en Aaron, en la expresión que pondría cuando supiera cuánto tiempo había pasado ella con Ereel.
—Se lo llevaré después —dijo.
Tomó el sendero que salía del claro. Todavía quedaban horas de luz.
Cuando reconoció el valle de los cultivos, Aura aminoró el paso.
El sol estaba cerca de las montañas y la sombra del molino se extendía sobre el campo. Algunas aspas se movían despacio. Desde la ladera pudo distinguir la casa y las construcciones pequeñas, los espacios de tierra entre los cultivos y el camino que había seguido la primera vez.
Se detuvo para mirar mejor.
Había bajado por allí descalza, con la túnica rozándole las piernas y sin saber si encontraría a alguien dispuesto a ayudarla. Recordaba el hambre. También recordaba cuánto había dudado antes de acercarse a la casa.
Ahora sabía quiénes vivían dentro.
Descendió por el mismo camino, apartando las hierbas más altas con una mano. Al llegar junto al campo buscó con la mirada el lugar donde había visto a Peryna, el cual recordaba muy bien, tal vez demasiado bien.
La niña había aparecido con un cesto entre los brazos. Aura apenas había tenido tiempo de alegrarse por encontrar a alguien cuando Peryna lo soltó y salió corriendo.
«Yo también me habría asustado si una desconocida me siguiera hasta mi casa.»
La idea le dio un poco de vergüenza. Entonces solo había querido explicar que necesitaba ayuda, pero había insistido, había entrado al molino y había seguido acercándose.
Recordó los dedos de Peryna aferrados al heno. Después, sus ojos examinándola con más cuidado.
«Como los geranios de mamá.»
Aura miró las flores cerca de la casa. Quiso encontrar a la niña entre ellas, verla levantarse de pronto y escuchar que la llamaba por su nombre.
No había nadie fuera.
Siguió caminando. El olor a comida llegó antes que las voces y le recordó que llevaba horas sin comer. Desde una ventana abierta salía luz. Aura se acercó hasta quedar a un lado, donde podía ver el interior sin ponerse delante de ella.
Los cinco estaban sentados a la mesa.
Peryna hablaba con un pedazo de pan en la mano. Iris, a su lado, intentaba acercarle el plato para recoger las migas, pero la niña movía los brazos cada vez que quería explicar algo. Micah estaba frente a ellas. Mauro cortaba otro trozo de pan mientras escuchaba, y Erina se inclinó para quitar una miga que había quedado prendida en la manga de Peryna.
—Pues mañana voy a levantarme antes —decía la niña.
—Eso dijiste ayer —respondió Micah.
—Y me levanté.
—Cuando mamá fue a buscarte.
—¡Pero me levanté!
Mauro rio. Iris aprovechó para ponerle el plato debajo de la mano.
—Come primero. Después nos cuentas.
—Estoy comiendo...
Peryna miró las migas y las reunió con la punta de los dedos, ofendida por la risa de su hermano. Erina le acercó un paño.
Aura sonrió desde fuera.
Había extrañado aquello. Las voces mezcladas, el olor del pan, los pequeños desacuerdos que terminaban sin que nadie se levantara de la mesa. Hasta el modo en que Iris esperaba una pausa para hacerse escuchar.
Dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo.
La cena seguía. Mauro decía algo sobre el trabajo del día y Micah lo escuchaba con el cuerpo inclinado hacia adelante. Iris se sirvió un poco más. Peryna apoyó la cabeza en el brazo de Erina mientras masticaba.
Aura volvió a mirar el camino por el que había llegado.
Durante meses había pensado en regresar. Algunas noches, después de estudiar, había intentado recordar cómo sonaban sus voces para no olvidarlas. Se había preguntado si Peryna seguiría pidiéndole que volviera, si Iris querría arreglarle el cabello otra vez, si todavía encontrarían un lugar para ella.
Dentro de la casa nadie parecía estar esperándola.
Se le cerró un poco la garganta.
«Quizá ya...»
No terminó el pensamiento. Sabía que para ellos apenas había pasado tiempo. Ereel se lo había explicado y ella misma lo había repetido antes de salir. Aun así, al verlos juntos, sintió que llevaba demasiado tiempo lejos.
Bajó la mirada hacia su ropa. La capa, las botas, el bolso con las cosas del vórtice. Había tanto que ellos no conocían. Ni siquiera sabía qué contar primero.
Podía llamar. Había ido hasta allí para eso.
Pero continuó junto a la ventana, escuchando.
—Hoy separé casi todo el montón sola —dijo Peryna.
—Porque Iris terminó lo que dejaste —respondió Micah.
—¡Solo dejé un poco!
—Uno de estos días vas a dejar más de lo que separas.
Peryna hizo un ruido de protesta.
—Aura sí me ayudaba.
La mano de Aura se apretó sobre la correa.
—Y le tenías mucha paciencia —dijo Erina.
—Porque no sabía. Le enseñé cuáles eran las espigas gordas.
Mauro levantó la cabeza, divertido.
—Todavía dices eso.
—Aura lo decía también.
—Aura lo decía porque tú se lo repetías todo el día —comentó Iris.
Peryna sonrió con orgullo y volvió a llevarse el pan a la boca.
Aura permaneció quieta. Quiso reírse, pero tuvo que respirar primero. Había recordado aquella tarde con las espigas muchas veces; nunca se le había ocurrido que Peryna continuara usando la misma expresión.
Miró el lugar donde estaban sentados. Se imaginó junto a ellos, con polvo de trigo en la ropa y una tarea pequeña para la mañana.
Tenía ganas de entrar. De escuchar a Peryna de cerca, de responder cuando Iris le hablara, de sentarse sin tener que marcharse enseguida.
Se apartó de la ventana y llegó hasta la puerta. Alzó la mano, dudó una última vez y llamó.
Dentro cesó la conversación. Oyó una silla moverse y los pasos de alguien acercándose.
La puerta se abrió.
Iris la miró con una mano todavía en el picaporte. Sus ojos pasaron de la capa al rostro de Aura y se abrieron un poco más.
—¿Aura?
Aura intentó sonreír.
—Hola, Iris. Yo... estaba cerca y quería...
—¡Aura!
Peryna apareció detrás de su hermana. Se metió entre ella y la puerta antes de que Iris pudiera apartarse y abrazó a Aura por la cintura.
El bolso quedó atrapado entre ambas.
—¡Volviste!
—Sí... volví.
Aura soltó la correa para rodearla con los brazos. Peryna se apretó más contra ella y empezó a hablar sin levantar la cabeza.
—Pensé que ibas a tardar más. Micah dijo que aprender magia llevaba mucho tiempo, pero yo le dije que tú ya sabías algunas cosas y...
—Peryna, deja que respire —pidió Iris.
—Estoy respirando —respondió Aura.
La voz le salió extraña. Peryna levantó el rostro para mirarla.
—¿Estás llorando?
Aura se tocó una mejilla. Tenía los ojos húmedos.
—Un poquito.
—¿Por qué?
—Me alegra verte.
Peryna la observó un momento y luego volvió a abrazarla.
Iris seguía a un lado de la puerta. Había sonreído, pero parecía no saber si acercarse o esperar. Aura extendió una mano hacia ella.
—También me alegra verte a ti.
—Y a mí... verte —respondió Iris.
Le tomó la mano y la apretó. Después miró el cabello de Aura con una sorpresa que todavía no alcanzó a convertirse en pregunta.
Erina llegó detrás de sus hijas.
—Aura, querida. Pasa.
Aura levantó los ojos hacia ella y sintió que se le deshacían las palabras que había preparado durante el camino.
—¿Puedo quedarme esta noche?
—Claro que puedes.
Erina le acarició el brazo y se volvió hacia el interior.
—Micah, ayúdala con sus cosas.
—Ya voy.
El joven se acercó sonriendo. Esperó a que Peryna aflojara el abrazo para tomar el bolso, y Aura se lo entregó con cuidado.
—Hay un estuche dentro. No lo golpees, por favor.
—Lo dejaré junto a la pared.
Mauro ya se había levantado. Movió una silla y apartó algunas cosas de la mesa.
—Llegaste a tiempo. Todavía queda cena.
Aura miró la silla, luego a Erina. Peryna le tomó la mano y tiró de ella hacia dentro.
Esta vez entró sin disculparse.
Cuando Aura terminó de cenar, todavía quedó un poco de pan junto a su plato. Lo partió despacio para recoger lo último del caldo y se llevó el bocado a la boca. Los demás habían terminado antes que ella, pero Mauro seguía sentado y Peryna se había acomodado de lado en su silla, esperando que por fin pudiera hacerle todas las preguntas que llevaba guardándose.
—Estaba muy rico —dijo Aura—. Gracias, Iris.
La joven levantó la vista desde los platos que estaba reuniendo.
—Me alegra que te gustara. Pensé que ya estaría frío.
—Estaba bien. Yo... tenía muchas ganas de volver a comer aquí.
Iris sonrió. Aura miró también a Erina y a Mauro.
—Gracias por dejarme volver.
—No hacía falta pedirlo otra vez —respondió Mauro—. Peryna ya te habría dejado entrar aunque nosotros dijéramos que no.
—Porque Aura puede quedarse —dijo la niña.
—Pues eso.
Aura sonrió y dejó el pan que le quedaba sobre el plato. Tenía ganas de decirles cuánto los había extrañado, pero Peryna ya estaba mirando el cierre de su capa, que había dejado sobre el respaldo de la silla.
—¿Eso también te lo dieron donde aprendiste?
—Sí. Mi maestro lo preparó para mí.
—¿Él hizo la hoja?
Aura pasó un dedo por la madera.
—Creo que sí. No se lo pregunté.
Peryna se acercó a examinarla, apoyando las rodillas sobre su propia silla.
—Es bonita. ¿También puede enseñar a hacer esas cosas?
—Supongo... sabe mucho de plantas. Y tiene libros de muchas cosas.
—Mamá también sabe de plantas.
—Pero no tengo tantos libros —dijo Erina.
—Puedes venir a ver las nuestras mañana —continuó Peryna—. Hay una que todavía no abre. La regué, pero no abre.
—Regarla más no va a hacer que abra antes —le recordó Iris.
—Solo le puse un poco.
—Tres veces.
Peryna miró a Aura como si esperara que ella entendiera la necesidad de aquellas tres veces.
—Quiero verla cuando salga la flor.
—Mañana podemos ir a mirar —respondió Aura.
La niña aceptó enseguida y volvió a sentarse. Micah acercó una jarra para llenar el vaso de Aura. Ella puso la mano sobre el borde cuando tuvo suficiente y le agradeció.
—Las botas también son nuevas —observó él.
—Las otras me apretaban.
Iris miró debajo de la mesa.
—Eran mías. Perdón, no teníamos otro par.
—Me ayudaron mucho —se apresuró a decir Aura—. Las usé hasta que... hasta que ya no pude.
Le dio pena pensar en los zapatos gastados que había dejado con Ereel. Había intentado repararlos una vez, aunque el resultado le había durado poco.
—Y tienes el cabello más largo —añadió Iris— Mucho más largo...
Aura lo recogió sobre un hombro. Al hacerlo encontró una hoja pequeña entre los mechones y la sacó con cierta vergüenza.
Peryna se rio.
—¿De dónde salió eso?
—Del árbol. No me di cuenta.
—¿Qué árbol?
—Uno que tuve que bajar para regresar.
Micah levantó las cejas.
—¿Tu maestro vive en un árbol?
—Dentro de uno... Pero no es el mismo.
Peryna abrió la boca para preguntar algo más. Mauro se adelantó.
—Me parece que mañana tendrás que contárnoslo despacio. Yo ya me perdí.
Aura rio con ellos. Mientras Iris llevaba los platos a la cocina, Erina le contó que habían pasado parte de la tarde revisando la harina que quedaba por vender. Mauro añadió que una bolsa se había abierto al moverla y que todavía había polvo en el rincón del molino.
—Micah dijo que la había atado bien —comentó Peryna.
—Estaba bien atada. Se rompió por abajo.
—Entonces no era el nudo —dijo Aura.
Micah señaló hacia ella con una sonrisa.
—Gracias.
—Igual había que recogerla —insistió Peryna.
—¿Cuánto se perdió? —preguntó Mauro a Erina.
Ella juntó las migas de su plato con un dedo.
—Lo que quedó entre las tablas. El resto lo apartamos.
Mauro asintió, aunque siguió mirando hacia el molino por la ventana abierta. Aura recordó las monedas que él había ido retirando de la mesa al explicarle cuánto valía un saco. Se alegró de que hubieran podido recoger casi todo.
Habían discutido por aquello, por quién buscaría otra bolsa y por el pan que Iris dejó demasiado cerca del borde del horno. Aura los escuchó, preguntó qué habían hecho con la harina derramada y se rio cuando Mauro imitó la cara de su hijo al descubrir el agujero.
Eran cosas de esa misma tarde. Mientras ellos habían barrido el molino y preparado la cena, ella había terminado de recorrer un camino que durante meses pensó que no volvería a ver.
Iris regresó a la mesa y se quedó junto a su silla.
—¿Y lo que me dijiste? —preguntó en voz más baja.
Aura levantó los ojos.
—¿Qué cosa?
—De la capital. Que ibas a mirar...
La joven se detuvo. Aura buscó entre las conversaciones que recordaba con ella: el peinado, los lazos, Peryna acercándole un broche. Había algo más, algo que Iris le había pedido o que ella misma había ofrecido.
—Perdón... ¿Qué iba a mirar?
Iris bajó un poco la cabeza.
—Los lugares donde arreglan el cabello. Dijiste que quizá podías preguntar cómo se entraba a trabajar.
Aura sintió vergüenza.
—Sí. Sí, lo recuerdo. Me hablaste de las herramientas y de que necesitabas una recomendación.
—Descuida, no importa si no pudiste.
—Quería hacerlo...
Aura abrió la boca para continuar, pero Iris tomó el último plato de la mesa. La vio alejarse y quiso llamarla otra vez. Había conocido a personas en la capital, había recibido ayuda, incluso le habían arreglado el cabello. ¿Por qué no había pensado en preguntar entonces?
Se pasó una mano por la trenza que casi siempre había llevado deshecha durante el entrenamiento.
—¿Encontraste al instructor por un alquimista? —preguntó Micah.
Aura volvió la atención hacia él.
—Sí. Aaron me llevó.
—¿Y cómo te fue?
—Al principio no muy bien. Había muchas cosas que yo creía saber hacer, pero...
Peryna acercó su silla.
—¿Te enseñó a volar?
—No.
—Pero bajaste de un árbol.
—Eso es... caer más despacio.
Mauro soltó una risa.
—También me serviría aprenderlo.
—Papá —dijo Micah—, no empieces.
—Solo lo digo por si vuelve a romperse la escalera.
Aura sonrió, aunque todavía pensaba en lo que Iris le había preguntado. Quería acordarse de todo lo que había prometido antes de partir.
—Aprendí a detener la energía —continuó—. A usar menos cuando no necesito tanta. También a preparar algunas cosas para las heridas.
—Eso es bueno —dijo Erina.
—Sí. Mi maestro me hacía repetir mucho. A veces pensaba que ya me salía y entonces cambiaba algo... o me hablaba mientras lo intentaba, y volvía a equivocarme.
—¿Se enfadaba? —preguntó Peryna.
—A veces. Yo también.
La niña pareció satisfecha con aquella respuesta. Micah apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Entonces ya puedes hacer lo que querías?
Aura miró sus manos.
—Algunas cosas.
Pensó en la corriente apagándose bajo sus pies al llegar al suelo. Aquello le había salido bien. Podría contárselo, explicar cómo había elegido cada rama, hablar de las barreras y de los pulsos pequeños. Pero también recordó las figuras luminosas frente a ella, el instante en que había querido destruirlas para que dejaran de hablar.
—Puedo hacerlo mejor —añadió—. Allí podía. Hoy también, cuando bajé, pero...
Se le había quedado una miga pegada al dedo. Intentó quitarla con la otra mano.
—¿Pero qué? —preguntó Peryna.
Erina acercó el paño y lo dejó junto a Aura.
—Pero está cansada. Ha caminado hasta aquí y nosotros no la hemos dejado descansar desde que llegó.
—No me molesta —dijo Aura enseguida.
—Ya habrá tiempo mañana. Ahora vas a dormir. Sobre todo tú, Peryna, ya te pasaste de la hora.
Peryna protestó en voz baja.
—Solo quería saber lo del árbol.
—El árbol seguirá siendo igual de alto por la mañana —respondió Mauro.
Micah se levantó para llevar el bolso de Aura. Ella recogió la capa y agradeció otra vez, esta vez más bajo, mientras Erina la acompañaba hacia la escalera.
Iris salió de la cocina antes de que subieran.
—Hay una manta en la cama. Si necesitas otra, me llamas.
Aura se detuvo junto a ella.
—Lo siento por lo de antes.
Iris tardó un momento en entender.
—Ah... no te preocupes. Solo quería saber.
—Si vuelvo a ir, voy a preguntar.
—Está bien.
Aura quiso decir algo más, pero Peryna ya venía detrás para despedirse. Le pidió que no se marchara antes de que ella despertara.
—No me iré —respondió Aura.
La niña levantó la cara, esperando un beso de su madre, y luego dejó que Iris la llevara a su habitación.
Aura subió con Erina. Reconoció la cama, el espacio junto a la ventana y el lugar donde había dejado los zapatos la primera noche. Micah había puesto el bolso cerca de la pared.
Se quitó las botas y se sentó sobre la manta.
—¿Necesitas algo más? —preguntó Erina.
Aura negó con la cabeza. Después la miró de nuevo.
—Me alegra haber venido.
Erina sonrió y le acomodó un mechón detrás de la oreja.
—A nosotros también. Descansa.
Cuando la puerta quedó cerrada, Aura permaneció sentada un rato. Abajo movían sillas y recogían los últimos utensilios. Oyó a Mauro decir algo, la respuesta de Erina y unos pasos en la escalera.
Se acostó mientras todavía podía escucharlos.