Sentoria · Nuevas visiones
Ir al texto
Capítulos
DalianaCapítulo 7

Limessia·Daliana·Capítulo 7

Nuevas visiones

Versiones del capítulov2 actual
Folio 07·20 min de lectura

Aura permaneció sentada frente a la mesa de Ereel, sosteniendo la infusión con ambas manos.

La cabaña ocupaba el interior del árbol. Las paredes seguían la forma de las raíces y se curvaban alrededor de dos niveles unidos por una escalera estrecha. En la parte baja se encontraban la cocina y el comedor. Unos escalones más arriba, libros, pergaminos e instrumentos ocupaban un espacio al que Ereel llamaba biblioteca, aunque parecía más bien un estudio que llevaba décadas creciendo sin ningún orden.

Las lianas bioluminiscentes entraban por aberturas talladas en la madera y teñían el interior de violeta. Fuera, la arena continuaba cayendo hacia el abismo con el mismo ritmo imposible.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Ereel.

Aura apoyó un codo sobre la mesa. El dolor provocado por el recuerdo había disminuido, pero todavía sentía una presión detrás de los ojos.

—Mucho mejor. Gracias por la bebida. ¿Qué contiene?

Ereel señaló una maceta larga situada bajo una abertura. En ella crecía una planta grisácea, de ramas finas y flores púrpuras que se inclinaban siguiendo las ondulaciones de la luz.

—Lirio Vacío. Tiene propiedades relajantes y reacciona a la Lay Len acumulada en el cuerpo. Lo mezclo con plantas medicinales del exterior. Aaron utiliza una preparación parecida.

—¿La encontró dentro del vórtice? —preguntó Aura con curiosidad.

—Ella me encontró a mí, si quieres escuchar la versión más interesante.

Ereel explicó que, mucho antes de su exilio, había percibido su aroma desde el mundo exterior. Lo siguió hasta el árbol que guardaba la entrada y descubrió que la flor solo crecía dentro de RK-L0194-U. Nunca logró averiguar cómo su fragancia había atravesado el portal cerrado.

—Quise compartir el descubrimiento —dijo—. Pero para entonces ya había personas convencidas de que ocultaba una fórmula para evitar la vejez. Hablar de plantas de otros mundos no ayudó a mi reputación.

Aura bebió otro sorbo. El sabor era dulce al principio y terroso después.

—Dijo que el tiempo aquí no avanza igual.

—No avanza igual y tampoco permanece estable.

Ereel apartó varios libros y extendió sobre la mesa una hoja cubierta por columnas de números. Había dibujado posiciones del sol, fases de la luna, niveles de arena y marcas que Aura no consiguió interpretar.

—Cuando encontré este vórtice, empecé a registrar cada entrada y salida. Durante algunas fases, una hora aquí equivale a días en Daliana. En otras sucede lo contrario. Ahora atravesamos un periodo de aceleración interior.

Señaló las anotaciones más recientes.

—Según mis últimas mediciones, por cada hora exterior podemos experimentar entre doce y catorce días. Si la relación se mantiene, diez meses aquí ocuparán menos de un día en Daliana.

Aura dejó la taza sobre la mesa.

—¿Diez meses?

—Es una estimación, no una condena. Podría necesitar menos. También podría descubrir que tu problema no admite una solución completa.

—¿Y qué le ocurre a nuestros cuerpos durante todo ese tiempo?

—El vórtice preserva gran parte de su estado. Sentirás hambre, sueño, dolor y cansancio. Una herida tendrá que sanar y la práctica dejará memoria en tus movimientos. Sin embargo, el envejecimiento, el crecimiento del cabello y otros cambios permanentes avanzan con mucha más lentitud.

Aura miró sus manos.

Podía pasar casi un año aprendiendo mientras Syrit, Aaron y la familia Fuegel apenas atravesaban un día. Al principio le pareció una oportunidad maravillosa; después imaginó que regresaba junto a ellos cargando meses que nadie más había vivido.

—¿Cómo sabremos si la relación cambia?

—Cada mes abriremos la salida y compararé mis instrumentos con el cielo exterior. Si el desfase se invierte, detendremos el entrenamiento. No voy a retenerte aquí mientras el mundo avanza sin ti.

—Quiero continuar —dijo Aura—. Estuve a punto de lastimar a muchas personas. No puedo buscar a Althea ni comprender lo que hizo Flerus si cualquier emoción puede arrebatarme el cuerpo.

Ereel asintió.

—Entonces empezaremos por descubrir qué significa para ti perder el control. Todavía no te enseñaré ningún hechizo.

—Pensé que esa era la razón de buscar un instructor.

—Puedo darte cien formas de encender fuego. Ninguna servirá si la primera chispa provoca que destruyas la habitación.

Los primeros días, Ereel le pidió que registrara cada sensación anterior al uso de la Lay Len: calor en el pecho, presión en la nuca, tensión de las manos, velocidad de la respiración, recuerdos involuntarios y cambios en la manera de hablar. Aura llenó páginas enteras intentando describir cosas que hasta entonces solo había soportado.

Al cuarto día consiguió formar una luz pequeña entre las palmas. Ereel la observó durante unos segundos.

—Apágala.

Aura cerró las manos, pero la luz siguió filtrándose entre sus dedos. Intentó alejarse de la Lay Len cuando la corriente ya había encontrado su cuerpo, y cuanto más se esforzaba por detenerla, más energía atraía. El brillo pasó del blanco al rojo.

—No luches contra la corriente —indicó Ereel—. Reconoce por dónde entra.

—No puedo encontrarlo.

—Entonces suelta la forma. Deja que la energía vuelva al entorno antes de imponerle una salida.

Aura abrió las manos y la esfera se deshizo en filamentos que ascendieron hacia las lianas de la cabaña. Su respiración tardó mucho más en calmarse. Desde aquel día, cada práctica comenzó con la misma tarea: formar una luz y apagarla antes de que se volviera roja.

Una semana después, durante uno de sus descansos, vio una figura luminosa atravesar la abertura de la cabaña.

—¿Témpora?

La figura no respondió.

Aura dejó el libro que estaba leyendo y la siguió hasta un claro de arena. Allí, frente a una de las cascadas que descendían desde la raíz del cielo, Témpora la esperaba.

—Creí que no volvería a verte —dijo Aura—. ¿Cómo es posible?

—Nunca estuve tan lejos como pensabas. ¿Cómo te sientes después de recuperar un recuerdo?

Aura observó el perfil de Témpora. Había algo distinto en su expresión, una tristeza más visible desde que Aura había visto los orbes y el cerezo.

—No siento que me haya convertido en la persona del recuerdo. Todavía no comprendo muchos de los objetos que sabía usar. Pero ahora conozco los nombres de mis padres. Sé que estaba buscando a Althea y que Flerus había cumplido un objetivo que no logro recordar.

—Un recuerdo no basta para entender la vida que llevabas. Cuando recuperes los demás, quizá mires este de otra manera.

—Entonces todavía me falta mucho... pero tengo que hacerlo.

Témpora sonrió apenas.

—Cuéntame. ¿Cómo te va con tu maestro?

Aura le habló de las anotaciones, de la pequeña esfera que no había conseguido apagar y del modo en que Ereel se negaba a llamarla hechicera hasta que pudiera detener una luz.

—Parece más sabio de lo que su forma de vestir sugiere.

—Él dice algo parecido sobre Aaron.

Aura sonrió, pero volvió a mirar la arena que caía desde el cielo.

—Témpora... ¿hay ciudades muy distintas de Daliana? ¿En otros lugares las casas son diferentes?

—Sí. ¿Estás pensando en la habitación que recordaste?

Aura asintió.

—La luz cambiaba sola. Había una ventana en la pared, pero no daba a la calle. Mostraba personas, cosas que se movían... Allí sabía usar todo eso. Aquí ni siquiera sé cómo llamarlo.

Témpora la escuchó sin apartar la mirada de ella.

—Al principio pensé que quizá vivía muy lejos —continuó Aura—. Erina me explicaba cosas que yo sentía que ya conocía, pero luego eran distintas. Y ahora Ereel me enseña magia, pero los objetos del recuerdo... no se parecen a lo que hace él.

—¿Te resulta extraño recordar que sabías usarlos?

—Sí. Yo estaba allí y... no tenía que preguntar para qué servían. Aquí pregunto por todo. —Aura bajó la mirada hacia sus manos—. ¿Solo olvidé cómo usarlos?

La sonrisa de Témpora desapareció.

—El lugar que viste en tu recuerdo no se parece a Daliana porque tú no perteneces a este mundo ni a este tiempo —dijo Témpora.

Aura permaneció callada. Había pensado que debía existir algún lugar donde aquellas cosas fueran normales, pero nunca había sabido dónde buscarlo. Desde que salió del lago, reconocía el cielo, las casas y la ropa sin sentirlos del todo propios. No había conseguido explicárselo a nadie.

—Creo que... ya lo esperaba —dijo al fin—. Pero no sabía si podía ser verdad.

Respiró hondo. La presión que había sentido al hablar de los objetos disminuyó. No tenía que seguir buscando aquella habitación en alguna ciudad de Daliana ni culparse por no entender lo que todos parecían conocer. Durante unos instantes, saberlo le quitó un peso de encima.

Témpora dejó que guardara silencio. Aura levantó la vista hacia ella.

—Entonces, aunque encuentre la verdad... ¿tendré que abandonar a las personas de aquí?

—Saber de dónde vienes no decide por ti adónde quieres ir.

—Quiero recuperar mis recuerdos. Quiero saber por qué estoy aquí y encontrar a mi madre. Pero Syrit... y la familia que me ayudó... no quiero irme sin volver a verlos.

La melancolía regresó al rostro de Témpora.

—Ahora te importan, Aura.

—Sí. ¿Y si después...?

Aura no terminó la pregunta. Témpora le tomó una mano y esperó hasta que sus dedos dejaron de apretarse.

—Todavía no tienes que despedirte de ellos.

Le habló entonces de la Alechrona, una reliquia fragmentada capaz de abrir caminos a través del tiempo. Sus partes se habían dispersado por el continente y por distintas épocas. Aura debía recomponerse antes de intentar encontrarlas; buscar una reliquia mientras su propia mente permanecía dividida podía conducirla a un destino que no habría escogido de forma consciente.

—Ya posees una parte —dijo Témpora.

Aura bajó la mirada. La esfera que la había guiado en su mente descansaba sobre su palma. No recordaba haberla sacado de ninguna parte.

—Cuando estés preparada, te ayudará a reconocer el camino hacia las demás. Pero también tendrás que volverte fuerte. No estarás sola en esa búsqueda. Hay...

La luz alrededor del cuerpo de Témpora titiló. Intentó continuar, pero la voz se interrumpió.

Aura abrió los ojos sobre un libro. Estaba de nuevo en la biblioteca de Ereel, con la frente apoyada sobre una página y la esfera todavía entre los dedos. Había despertado de un sueño con algo que no recordaba haber llevado consigo.

Ereel regresó poco después con una cesta de plantas.

—Veo que aprovechaste mi ausencia para dormir sobre un tratado irreemplazable.

Aura guardó la esfera.

—Témpora estuvo aquí.

—La mujer de tu mente.

—Me dijo que no pertenezco a este tiempo.

Ereel dejó la cesta con más cuidado del necesario.

—Eso explicaría algunas cosas. No todas.

Ereel tomó un libro de cubierta desgastada titulado Análisis crítico de la energía Lay Len y sus riesgos para la vida.

—Encontré registros de personas con una afinidad desproporcionada. Podían aprender con rapidez, pero hasta el uso más pequeño se volvía inestable bajo emociones intensas. Ningún caso menciona dos formas distintas de responder a la energía. Aun así, nos ofrece un punto de partida.

Ereel propuso una evaluación mediante ilusiones.

Esta vez explicó el procedimiento antes de empezar. Aura podría sentir calor, encierro, miedo o frustración. Nada tendría existencia física, y una palabra acordada —«aurora»— terminaría de inmediato cualquier escena. Ereel permanecería fuera observando su respiración y el flujo de energía.

—No busco saber si eres valiente —advirtió—. Quiero observar el instante anterior a que tu magia decida por ti.

Aura aceptó.

La primera ilusión la dejó en una plaza frente a una casa en llamas. Una niña pedía ayuda para su hermano mientras los adultos permanecían inmóviles. Aura sintió el calor, el humo y la urgencia. Corrió hacia la entrada sin llamar a la Lay Len.

La escena cambió.

Un comerciante golpeaba a un joven kunara acusado de robo. Había un guardia cerca, pero no intervenía. Aura dudó ante la falta de pruebas. Luego se colocó entre ambos y exigió que se detuvieran.

La oscuridad regresó.

Despertó dentro de una cámara de piedra sin puertas. Sus dedos encontraron paredes demasiado cercanas y el aire pareció agotarse. Golpeó la piedra antes de conseguir ordenar un pensamiento; una luz roja nació bajo su piel.

"No es real."

Su cuerpo no aceptó la explicación, pero Aura recordó sus anotaciones: presión en el pecho, calor en las manos, respiración corta y una voluntad más fría que se acercaba desde el fondo.

—Tengo miedo... —dijo en voz alta—. Pero puedo soltar la luz.

Buscó el punto por donde la Lay Len entraba, dejó de darle una forma y permitió que la energía se dispersara. La cámara desapareció.

Aura apareció frente a Ereel, dentro de otra ilusión. Intentaba formar una esfera una y otra vez. Cada fracaso recibía la misma respuesta del maestro.

—Otra vez.

Sus manos temblaban. La garganta le ardía.

—Lo intento.

—Entonces no es suficiente. Quizá no tienes lo necesario.

La frase tocó un miedo que Aura no había escrito, el de no ser capaz de cumplir el objetivo que acababa de recuperar. La energía estalló en un rayo rojo que atravesó la figura de Ereel y sacudió los árboles del vórtice. Cuando la ilusión se rompió, Aura regresó al claro real con las manos encendidas y la respiración descontrolada.

—¡Aurora! —gritó.

Ereel deshizo el escenario de inmediato.

La energía tardó varios segundos más en abandonar el cuerpo de Aura.

—Eso fue demasiado real —dijo Aura con furia.

Ereel aceptó la mirada sin defenderse.

—Sí. La última prueba fue más intensa de lo que debía.

—Sabía exactamente qué decir para hacerme fallar.

—Creí que podría detenerla.

—Pues no pudo.

Ereel bajó la vista hacia sus notas y las dejó a un lado.

—No. Me equivoqué.

Aura miró los daños sobre la roca. El rayo había dejado una línea oscura que continuaba entre los árboles.

—Quiero continuar. Pero no vuelva a decidir por mí cuánto puedo soportar.

—Te lo advertiré antes de repetir algo así.

Ereel tomó notas durante un largo rato. Cuando terminó, se sentó frente a ella.

—Tus emociones abren el paso a la Lay Len con demasiada facilidad. Si intentas enterrarlas, dejarás de reconocer el momento en que la energía empieza a responder por ti.

—Pero cuando tengo miedo... no siempre puedo pensar en lo que está pasando.

—Empieza por lo que sí notas. El calor en las manos, la presión en el pecho. No esperes a comprenderlo todo para soltar la energía.


Para Aura pasó el primer mes. Cada jornada empezaba con una esfera de luz que al principio tardaba varios minutos en disolver. Después consiguió apagarla antes de que apareciera el rojo, y Ereel aumentó poco a poco la dificultad con conversaciones, ruidos inesperados, interrupciones y preguntas sobre su recuerdo. Aura empezó a distinguir el momento en que dejaba de usar magia y empezaba a defenderse de ella, aunque no siempre conseguía detenerse. Hubo días en que el miedo a olvidar a Flerus bastaba para quebrar la concentración. En otros, recordar el adiós involuntario a Syrit hacía que la voluntad fría se acercara hasta cambiarle la postura. Cuando ocurría, Aura decía en voz alta lo que sentía.

—Culpa.

La energía temblaba.

—Miedo.

El rojo perdía intensidad.

—No quiero perderlos.

Solo entonces buscaba la corriente y la devolvía al entorno.

Al final del segundo mes consiguió permanecer dentro de una ilusión de encierro sin liberar magia ni ceder el cuerpo. Sintió pánico hasta el final y salió temblando, empapada en sudor. Ereel lo consideró un progreso mayor que cualquier rayo.

—Sentiste miedo y no cediste el cuerpo —dijo—. Eso antes no podías hacerlo.

Cada mes caminaban hasta la entrada del vórtice. Ereel abría el punto de contacto, observaba el cielo y comparaba varios instrumentos. Después de dos meses subjetivos, en Daliana apenas había avanzado la tarde.

La relación se mantenía. Para Syrit todavía podía ser el día siguiente a su despedida; para Aura, aquella conversación ya pertenecía a meses atrás. Él no conocía ninguna de las mañanas que ella había pasado intentando apagar la esfera.


Durante los meses tercero, cuarto y quinto, Aura empezó a dirigir la energía. Empezó con pulsos pequeños lanzados contra piedras marcadas, siguió con barreras que debían resistir el golpe de ramas impulsadas por Ereel y, más adelante, concentró Lay Len bajo sus pies para acelerar un movimiento o reducir una caída. La facilidad con la que atraía energía seguía siendo peligrosa, así que Ereel limitaba cada ejercicio mediante círculos grabados en el suelo que absorbían el exceso. Aura debía detenerse si el brillo alcanzaba el borde exterior.

—Decide antes de empezar cuánta energía necesitas —repetía Ereel—. Y no uses más.

Aura quiso aprender magia elemental.

Comprendía la teoría. El fuego podía surgir al alterar el movimiento del aire y concentrar calor. El agua podía reunirse desde la humedad. Sin embargo, cada intento deformaba el flujo. La energía se dispersaba o regresaba contra sus manos.

Una práctica terminó con Aura arrodillada, las palmas enrojecidas y lágrimas de frustración.

—¿Por qué no funciona?

Ereel se sentó a su lado.

—Porque intentas obligar a tu energía a imitar una forma externa. La Lay Len en ti se manifiesta de manera directa: pulsos, rayos, oleadas, presión. Tendrás que trabajar con esa forma.

—Me vuelve visible.

—Mucho. Y alguien que vea tu magia podría desear controlarla o destruirla.

Aura cerró las manos doloridas.

—Entonces tendré que aprender a usarla sin mostrar todo lo que tengo.

Durante las prácticas de movimiento consiguió sostenerse un instante sobre la arena. Al intentar avanzar, perdió el apoyo y cayó de rodillas. Ereel le hizo repetirlo cerca del suelo, hasta que pudo elevarse un poco, desplazarse y volver a apoyar los pies sin que la presión la lanzara hacia un lado. Le costaba más mantener la altura que subir.

Cuando probó con una cesta de piedras, la carga se inclinó en cuanto dejó de mirarla. Aura tuvo que bajarla antes de que cayera todo. Todavía no podía atender a muchas cosas mientras las sostenía.

Aura dejó por el momento los elementos y se concentró en precisión, barreras y movimiento. También pidió aprender sobre plantas y primeros auxilios.

—La magia no me sirvió cuando Aaron estuvo bajo el Calfangor —explicó—. Solo tenía una daga y no sabía dónde herir hasta que él me lo dijo. Si encuentro a alguien lastimado, quiero poder ayudar sin depender de un poder que quizá pierda el control.

Ereel aceptó.

Las tardes se dividieron entre energía y conocimiento práctico. Aura aprendió a reconocer plantas comestibles, venenosas y medicinales. Preparó cataplasmas, decocciones y vendajes; también practicó cómo inmovilizar una extremidad, mantener presión sobre una herida y trasladar a una persona sin agravar el daño. Ese aprendizaje le resultaba familiar de una forma distinta a la magia. Sus manos comprendían algunas instrucciones antes de que Ereel terminara de explicarlas, algo que él anotó como otra impresión dejada por su vida anterior. Aun con esa familiaridad, Aura cometía errores, confundía proporciones y repetía los procedimientos hasta poder realizarlos bajo presión.


La noche empezó a caer sobre Daliana. En la torre más alta del palacio, Isaliria abrió un cofre protegido por varias cerraduras mágicas. En su interior flotaba la reliquia de Thermus: un segmento mecánico de bordes dorados, incompleto, suspendido sobre el fondo oscuro. Un consejero esperaba detrás de ella.

—Puede acercarse —dijo Isaliria, sin apartarse del cofre—. ¿Encontraron a Ambarine?

—Revisaron los alojamientos señalados. No la encontraron. En dos de ellos reconocieron a los guardias antes de que llegaran a la puerta.

—Alguien los esperaba, entonces. ¿Pudieron averiguar quién les avisó?

—No lo sabemos. Tampoco todos aceptan responder. En el último registro, varios vecinos salieron a pedir que les mostraran la orden.

Isaliria retiró la mano del borde del cofre y miró al consejero.

—Es comprensible. Si los guardias llegaran a su casa, usted también querría ver la orden. Incluya sus nombres en el informe; quizá tengan algo más que contarnos. Y separe a quienes vieron a Ambarine de quienes solo repiten lo que les han contado. Eso nos ayudará a decidir a quién conviene escuchar primero.

—Sí, majestad.

—Hay otra cosa que quería preguntarle. ¿Ha tenido más suerte con la persona que le pedí encontrar?

—Seguimos buscando. Aún no hemos encontrado a nadie que sepa utilizarla.

—Sé que la búsqueda es difícil. Continúe y avíseme en cuanto encuentre a alguien capaz. Espero al menos un nombre en el próximo informe.

El consejero inclinó la cabeza y salió. Isaliria esperó a que la puerta se cerrara antes de volver al cofre.

Una luz azulada recorrió las hendiduras de la reliquia. El pulso fue tenue; alcanzó sus dedos y dejó un reflejo sobre el interior de la tapa antes de apagarse.

Isaliria rozó uno de los bordes con un dedo enguantado. El segmento giró lentamente, pero las hendiduras permanecieron oscuras.

—Si lo que he descubierto es cierto, esta reliquia puede cambiar el tiempo —murmuró—. Podríamos cambiar la historia, corregir lo que ocurrió. Pero sigue aquí, encerrada, y todavía no sé cómo hacerla funcionar.

Isaliria permaneció junto al cofre. Esperó con los dedos apoyados en el borde hasta que otro pulso azul recorrió el metal. Esta vez no lo tocó.


Durante los meses sexto y séptimo, Ereel dejó de anunciar todas las pruebas. Desde la ilusión que había superado el límite, ambos acordaban de antemano qué podía cambiar, cuánto tiempo duraría y qué palabra detendría el ejercicio. Ereel elegía las sorpresas dentro de esos límites.

Aura tuvo que proteger una esfera de cristal mientras el terreno se movía bajo sus pies, mantener una barrera mientras respondía preguntas sobre Althea y cruzar un puente de arena con sonidos de persecución a su espalda. También debía decidir si un adversario ilusorio era una amenaza o alguien asustado. Falló muchas veces: respondió con un rayo a una figura que pedía ayuda, mantuvo una barrera hasta agotar las fuerzas que necesitaba para el objetivo siguiente y permitió que la voluntad fría tomara sus movimientos porque resultaba más sencillo que soportar la duda.

Después de cada ejercicio, Ereel hacía la misma pregunta:

—¿En qué momento dejaste de elegir?

Aura reconstruía cada sensación hasta encontrarlo.

Con el tiempo aprendió a detectar la alteración en su voz, la desaparición del miedo y la brusca sencillez de sus pensamientos justo antes de ceder el cuerpo. No siempre podía impedir la llegada de aquella otra Aura, pero empezaba a reconocerla.

Durante el octavo mes, una noche sin noche, Ereel y Aura compartieron una infusión frente a la cascada de arena. Ya habían discutido, reparado parte de la cabaña después de prácticas fallidas y pasado tardes enteras inclinados sobre libros distintos, cada uno concentrado en su página.

—Me recuerdas a una antigua alumna —dijo Ereel—. Incluso si ignoro el parecido.

Aura levantó la mirada.

—Ambarine.

Ereel tardó en responder.

—Fue mi estudiante cuando era joven. Era curiosa y decidida, pero cargaba sola con cuanto otros esperaban de ella. La muerte de Dalia apagó esa curiosidad. Empezó a aprender magia como si cada lección pudiera impedir otra pérdida.

Contó que había sido llamado al palacio el día de la muerte de Emeter. Reconoció en la huella una sintonía que había percibido muchas veces durante el entrenamiento de Ambarine y la interpretó como suya. La escena y la coincidencia le parecieron suficientes entonces, aunque no alcanzó a separar cuánto pertenecía al patrón compartido por su familia y cuánto a un trazado individual.

—Entonces creí que comprendía lo ocurrido —admitió—. Pedí tiempo para estudiar la escena. Isaliria no me lo concedió. Al día siguiente utilizó las acusaciones que ya existían contra mí y me expulsó por complicidad.

—Syrit cree que Ambarine fue inculpada —dijo Aura—. Ella vio morir a su padre, atacó a Isaliria y dejó su magia en la sala. Alguien pudo usar esa confusión.

Ereel sostuvo la taza sin beber.

—Durante años pensé que le había fallado como maestro. Y quizá lo hice. Pero aquella huella... debí ponerla en duda antes de acusarla.

—Syrit hablaba de ella de otra manera... —Aura miró a Ereel—. ¿Cómo era antes de que muriera Dalia?

Ereel hizo girar la taza entre sus manos.

—Preguntaba por todo. Y si una explicación no le gustaba, intentaba demostrar que yo estaba equivocado.

Aura sonrió apenas. Le costaba imaginar a la princesa de los retratos discutiendo una lección, pero quería seguir escuchando.


Durante los dos últimos meses, Aura practicó cómo elegir bajo presión sin esperar a que el miedo, la culpa o la ira desaparecieran. Para la prueba final, Ereel dispuso tres figuras de luz que Aura debía proteger mientras cruzaba una zona de arena. Algunas amenazas intentarían atacarlas y otras solo buscarían refugio. Los círculos de absorción limitaban la energía disponible.

Al principio actuó con precisión: levantó una barrera, desvió una descarga y utilizó un pulso bajo sus pies para alcanzar a la segunda figura. Entonces una voz la acusó de haber provocado el peligro.

—Todo esto ocurrió porque llegaste.

La frase utilizaba una mezcla de las voces de Peryna, Syrit y Erina. El rojo apareció mientras la furia daba paso a la culpa y a la urgencia de demostrar que podía salvarlas a todas. Desde el fondo, la voluntad fría le ofreció una salida sencilla: destruir cada amenaza antes de descubrir cuál era real. Aura levantó una mano y reunió energía suficiente para romper la prueba completa.

—Estoy furiosa —dijo, con los dientes apretados—. Y tengo miedo de ser la causa.

No intentó calmarse. Dejó caer la forma del rayo, cortó la entrada de Lay Len y permitió que el exceso saliera como una onda baja contra los círculos de absorción. Una de las figuras luminosas desapareció antes de que pudiera alcanzarla.

Aura terminó de rodillas.

—Fallé.

—Perdiste una figura —corrigió Ereel—. Tú sigues aquí.

Aura miró el espacio vacío donde había estado la figura.

—No pude salvarla.

—Lo sé.

Aura siguió mirando la arena. Había detenido el rayo, pero la figura había desaparecido mientras lo hacía. Se frotó las manos, todavía calientes.

—Si hubiera sido alguien de verdad...

Ereel no respondió enseguida. Deshizo la ilusión y se sentó frente a ella.

—Por eso practicamos. Esta vez no cediste el cuerpo. La próxima tendrás que decidir qué hacer después de detener el rayo.

—¿Y si afuera no consigo detenerlo?

—No podré hacerlo por ti. Pero puedes seguir aprendiendo fuera de aquí. No tienes que hacerlo todo bien para salir.

Al concluir el décimo mes, Aura podía crear pulsos controlados, levantar barreras breves, reducir una caída y detener la entrada de energía antes de una descarga completa. Los elementos aún se resistían, y la otra voluntad podía aparecer a pesar del entrenamiento. Aura seguía sintiendo miedo, culpa e ira; ahora reconocía el instante en que esas emociones comenzaban a elegir por ella.

Ereel revisó el cielo exterior una última vez.

—No ha transcurrido un día completo —dijo al regresar—. Descansa. Mañana, para nosotros, hablaremos de tu partida.

Aura miró la esfera de Témpora, los libros y las plantas que habían llenado diez meses de su vida.

Afuera casi nadie había tenido tiempo de notar su ausencia.


Folio 07·4446 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

25,34 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

5,70 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

592,70 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||