Aura permaneció sentada frente a la mesa de Ereel, sosteniendo la infusión con ambas manos.
La cabaña ocupaba el interior del árbol. Las paredes seguían la forma de las raíces y se curvaban alrededor de dos niveles unidos por una escalera estrecha. En la parte baja se encontraban la cocina y el comedor. Unos escalones más arriba, libros, pergaminos e instrumentos ocupaban un espacio al que Ereel llamaba biblioteca, aunque parecía más bien un estudio que llevaba décadas creciendo sin ningún orden.
Las lianas bioluminiscentes entraban por aberturas talladas en la madera y teñían el interior de violeta. Fuera, la arena continuaba cayendo hacia el abismo con el mismo ritmo imposible.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Ereel.
Aura apoyó un codo sobre la mesa. El dolor provocado por el recuerdo había disminuido, pero todavía sentía una presión detrás de los ojos.
—Mucho mejor. Gracias por la bebida. ¿Qué contiene?
Ereel señaló una maceta larga situada bajo una abertura. En ella crecía una planta grisácea, de ramas finas y flores púrpuras que se inclinaban siguiendo las ondulaciones de la luz.
—Lirio Vacío. Tiene propiedades relajantes y reacciona a la Lay Len acumulada en el cuerpo. Lo mezclo con plantas medicinales del exterior. Aaron utiliza una preparación parecida.
—¿La encontró dentro del vórtice? —preguntó Aura con curiosidad.
—Ella me encontró a mí, si quieres escuchar la versión más interesante.
Ereel explicó que, mucho antes de su exilio, había percibido su aroma desde el mundo exterior. Lo siguió hasta el árbol que guardaba la entrada y descubrió que la flor solo crecía dentro de RK-L0194-U. Nunca logró averiguar cómo su fragancia había atravesado el portal cerrado.
—Quise compartir el descubrimiento —dijo—. Pero para entonces ya había personas convencidas de que ocultaba una fórmula para evitar la vejez. Hablar de plantas de otros mundos no ayudó a mi reputación.
Aura bebió otro sorbo. El sabor era dulce al principio y terroso después.
—Dijo que el tiempo aquí no avanza igual.
—No avanza igual y tampoco permanece estable.
Ereel apartó varios libros y extendió sobre la mesa una hoja cubierta por columnas de números. Había dibujado posiciones del sol, fases de la luna, niveles de arena y marcas que Aura no consiguió interpretar.
—Cuando encontré este vórtice, empecé a registrar cada entrada y salida. Durante algunas fases, una hora aquí equivale a días en Daliana. En otras sucede lo contrario. Ahora atravesamos un periodo de aceleración interior.
Señaló las anotaciones más recientes.
—Según mis últimas mediciones, por cada hora exterior podemos experimentar entre doce y catorce días. Si la relación se mantiene, diez meses aquí ocuparán menos de un día en Daliana.
Aura dejó la taza sobre la mesa.
—¿Diez meses?
—Es una estimación, no una condena. Podría necesitar menos. También podría descubrir que tu problema no admite una solución completa.
—¿Y qué le ocurre a nuestros cuerpos durante todo ese tiempo?
—El vórtice preserva gran parte de su estado. Sentirás hambre, sueño, dolor y cansancio. Una herida tendrá que sanar y la práctica dejará memoria en tus movimientos. Sin embargo, el envejecimiento, el crecimiento del cabello y otros cambios permanentes avanzan con mucha más lentitud.
Aura miró sus manos.
Podía pasar casi un año aprendiendo mientras Syrit, Aaron y la familia Fuegel apenas atravesaban un día. Al principio le pareció una oportunidad maravillosa; después imaginó que regresaba junto a ellos cargando meses que nadie más había vivido.
—¿Cómo sabremos si la relación cambia?
—Cada mes abriremos la salida y compararé mis instrumentos con el cielo exterior. Si el desfase se invierte, detendremos el entrenamiento. No voy a retenerte aquí mientras el mundo avanza sin ti.
—Quiero continuar —dijo Aura—. Estuve a punto de lastimar a muchas personas. No puedo buscar a Althea ni comprender lo que hizo Flerus si cualquier emoción puede arrebatarme el cuerpo.
Ereel asintió.
—Entonces empezaremos por descubrir qué significa para ti perder el control. Todavía no te enseñaré ningún hechizo.
—Pensé que esa era la razón de buscar un instructor.
—Puedo darte cien formas de encender fuego. Ninguna servirá si la primera chispa provoca que destruyas la habitación.
Los primeros días, Ereel le pidió que registrara cada sensación anterior al uso de la Lay Len: calor en el pecho, presión en la nuca, tensión de las manos, velocidad de la respiración, recuerdos involuntarios y cambios en la manera de hablar. Aura llenó páginas enteras intentando describir cosas que hasta entonces solo había soportado.
Al cuarto día consiguió formar una luz pequeña entre las palmas. Ereel la observó durante unos segundos.
—Apágala.
Aura cerró las manos, pero la luz siguió filtrándose entre sus dedos. Intentó alejarse de la Lay Len cuando la corriente ya había encontrado su cuerpo, y cuanto más se esforzaba por detenerla, más energía atraía. El brillo pasó del blanco al rojo.
—No luches contra la corriente —indicó Ereel—. Reconoce por dónde entra.
—No puedo encontrarlo.
—Entonces suelta la forma. Deja que la energía vuelva al entorno antes de imponerle una salida.
Aura abrió las manos y la esfera se deshizo en filamentos que ascendieron hacia las lianas de la cabaña. Su respiración tardó mucho más en calmarse. Desde aquel día, cada práctica comenzó con la misma tarea: formar una luz y apagarla antes de que se volviera roja.
Una semana después, durante uno de sus descansos, vio una figura luminosa atravesar la abertura de la cabaña.
—¿Témpora?
La figura no respondió.
Aura dejó el libro que estaba leyendo y la siguió hasta un claro de arena. Allí, frente a una de las cascadas que descendían desde la raíz del cielo, Témpora la esperaba.
—Creí que no volvería a verte —dijo Aura—. ¿Cómo es posible?
—Nunca estuve tan lejos como pensabas. ¿Cómo te sientes después de recuperar un recuerdo?
Aura observó el perfil de Témpora. Había algo distinto en su expresión, una tristeza más visible desde que Aura había visto los orbes y el cerezo.
—No siento que me haya convertido en la persona del recuerdo. Todavía no comprendo muchos de los objetos que sabía usar. Pero ahora conozco los nombres de mis padres. Sé que estaba buscando a Althea y que Flerus había cumplido un objetivo que no logro recordar.
—Un recuerdo no basta para entender la vida que llevabas. Cuando recuperes los demás, quizá mires este de otra manera.
—Entonces todavía me falta mucho... pero tengo que hacerlo.
Témpora sonrió apenas.
—Cuéntame. ¿Cómo te va con tu maestro?
Aura le habló de las anotaciones, de la pequeña esfera que no había conseguido apagar y del modo en que Ereel se negaba a llamarla hechicera hasta que pudiera detener una luz.
—Parece más sabio de lo que su forma de vestir sugiere.
—Él dice algo parecido sobre Aaron.
La sonrisa de Témpora desapareció antes de continuar.
—El lugar que viste en tu recuerdo no se parece a Daliana porque tú no perteneces a este mundo ni a este tiempo —dijo Témpora.
Aura sintió alivio. Desde que había salido del lago, reconocía el cielo, las casas, la ropa y los objetos de Daliana sin sentirlos propios. Témpora acababa de darle una causa a esa incomodidad, aunque aún no supiera de dónde venía.
—Entonces, aunque encuentre la verdad... ¿tendré que abandonar a las personas de aquí?
—Eso dependerá de lo que Aura quiera hacer con ella.
—Quiero recuperar mis recuerdos. Quiero saber por qué estoy aquí y encontrar a mi madre. Pero no quiero que eso convierta todo lo demás en algo temporal.
La melancolía regresó al rostro de Témpora.
—Seguirán importándote cuando recuerdes. Después tendrás que decidir qué hacer con la verdad.
Le habló entonces de la Alechrona, una reliquia fragmentada capaz de abrir caminos a través del tiempo. Sus partes se habían dispersado por el continente y por distintas épocas. Aura debía recomponerse antes de intentar encontrarlas; buscar una reliquia mientras su propia mente permanecía dividida podía conducirla a un destino que no habría escogido de forma consciente.
—Ya posees una parte —dijo Témpora.
Aura bajó la mirada. La esfera que la había guiado en su mente descansaba sobre su palma. No recordaba haberla sacado de ninguna parte.
—Cuando estés preparada, te ayudará a reconocer el camino hacia las demás. Pero también tendrás que volverte fuerte. No estarás sola en esa búsqueda. Hay...
La luz alrededor del cuerpo de Témpora titiló. Intentó continuar, pero la voz se interrumpió.
Aura abrió los ojos sobre un libro. Estaba de nuevo en la biblioteca de Ereel, con la frente apoyada sobre una página y la esfera todavía entre los dedos. Había despertado de un sueño con algo que no recordaba haber llevado consigo.
Ereel regresó poco después con una cesta de plantas.
—Veo que aprovechaste mi ausencia para dormir sobre un tratado irreemplazable.
Aura guardó la esfera.
—Témpora estuvo aquí.
—La mujer de tu mente.
—Me dijo que no pertenezco a este tiempo.
Ereel dejó la cesta con más cuidado del necesario.
—Eso explicaría algunas cosas. No todas.
Ereel tomó un libro de cubierta desgastada titulado Análisis crítico de la energía Lay Len y sus riesgos para la vida.
—Encontré registros de personas con una afinidad desproporcionada. Podían aprender con rapidez, pero hasta el uso más pequeño se volvía inestable bajo emociones intensas. Ningún caso menciona dos formas distintas de responder a la energía. Aun así, nos ofrece un punto de partida.
Ereel propuso una evaluación mediante ilusiones.
Esta vez explicó el procedimiento antes de empezar. Aura podría sentir calor, encierro, miedo o frustración. Nada tendría existencia física, y una palabra acordada —«aurora»— terminaría de inmediato cualquier escena. Ereel permanecería fuera observando su respiración y el flujo de energía.
—No busco saber si eres valiente —advirtió—. Quiero observar el instante anterior a que tu magia decida por ti.
Aura aceptó.
La primera ilusión la dejó en una plaza frente a una casa en llamas. Una niña pedía ayuda para su hermano mientras los adultos permanecían inmóviles. Aura sintió el calor, el humo y la urgencia. Corrió hacia la entrada sin llamar a la Lay Len.
La escena cambió.
Un comerciante golpeaba a un joven kunara acusado de robo. Había un guardia cerca, pero no intervenía. Aura dudó ante la falta de pruebas. Luego se colocó entre ambos y exigió que se detuvieran.
La oscuridad regresó.
Despertó dentro de una cámara de piedra sin puertas. Sus dedos encontraron paredes demasiado cercanas y el aire pareció agotarse. Golpeó la piedra antes de conseguir ordenar un pensamiento; una luz roja nació bajo su piel.
"No es real."
Su cuerpo no aceptó la explicación, pero Aura recordó sus anotaciones: presión en el pecho, calor en las manos, respiración corta y una voluntad más fría que se acercaba desde el fondo.
—Tengo miedo —dijo en voz alta—. No necesito dejar de sentirlo para detenerme.
Buscó el punto por donde la Lay Len entraba, dejó de darle una forma y permitió que la energía se dispersara. La cámara desapareció.
Aura apareció frente a Ereel, dentro de otra ilusión. Intentaba formar una esfera una y otra vez. Cada fracaso recibía la misma respuesta del maestro.
—Otra vez.
Sus manos temblaban. La garganta le ardía.
—Lo intento.
—Entonces no es suficiente. Quizá no tienes lo necesario.
La frase tocó un miedo que Aura no había escrito, el de no ser capaz de cumplir el objetivo que acababa de recuperar. La energía estalló en un rayo rojo que atravesó la figura de Ereel y sacudió los árboles del vórtice. Cuando la ilusión se rompió, Aura regresó al claro real con las manos encendidas y la respiración descontrolada.
—¡Aurora! —gritó.
Ereel deshizo el escenario de inmediato.
La energía tardó varios segundos más en abandonar el cuerpo de Aura.
—Eso fue demasiado real —dijo Aura con furia.
Ereel aceptó la mirada sin defenderse.
—Sí. La última prueba fue más intensa de lo que debía.
—Sabía exactamente qué decir para hacerme fallar.
—Creí que podría detenerla antes de que el flujo se abriera por completo. Me equivoqué.
—No volveré a probar una emoción de esa forma sin advertirte qué límite busco —dijo Ereel—. Si decides terminar aquí, lo aceptaré.
Aura miró los daños sobre la roca. El rayo había dejado una línea oscura que continuaba entre los árboles.
—Quiero continuar. Pero no vuelva a decidir por mí cuánto puedo soportar.
—Es justo.
Ereel tomó notas durante un largo rato. Cuando terminó, se sentó frente a ella.
—Tus emociones abren el paso a la Lay Len con demasiada facilidad. Si intentas enterrarlas, dejarás de reconocer el momento en que la energía empieza a responder por ti.
—¿Entonces debo aprender a no sentir nada?
—Necesitas reconocer lo que sientes antes de que otra parte de ti lo convierta en una orden. Después decidirás cuánta energía dejas entrar.
Fuera del vórtice, el sol todavía no había alcanzado el centro del cielo.
Ambarine esperaba en una construcción abandonada al sur de la capital. Sobre una mesa había extendido un mapa incompleto de caminos, almacenes y puestos de vigilancia. Dos fichas representaban a la semi-humana y a la kunara enviadas tras la familia Fuegel.
La kunara regresó cubierta de polvo.
—Los separaron —informó—. Mauro, Micah y la niña pequeña están en una fortaleza usada como prisión provisional. Erina e Iris fueron llevadas a una propiedad administrada por hombres de Silas.
Ambarine cerró los ojos un instante.
—¿Mauro?
—Lo atendieron al llegar. El vendaje es precario, pero la herida dejó de sangrar. Está consciente. No podrá caminar ni defenderse durante varios días.
Ambarine abrió los ojos y volvió al mapa. Mauro sobreviviría las siguientes horas, pero para sacarlo necesitaban una carreta, un sanador y una ruta que no lo obligara a caminar.
—¿Cuántos guardias?
—Demasiados para liberar ambos lugares antes de que uno pueda avisar al otro.
Ambarine colocó dos marcas nuevas sobre el mapa.
—Entonces no atacaremos todavía. Necesito las entradas, los cambios de turno y el nombre de quien firma los traslados. Si Silas puede alterar informes, también puede moverlos antes de que lleguemos.
El arquero semi-humano que había querido intervenir en la granja apretó la mandíbula.
—Cada hora que esperamos siguen en sus manos.
—Lo sé —respondió Ambarine—. Por eso no desperdiciaremos la primera oportunidad.
Ordenó preparar dos equipos, encontrar un sanador dispuesto a viajar y contactar a los guardias que todavía recordaban el antiguo sol ardiente.
La preparación del rescate comenzó antes del mediodía.
Para Aura pasó el primer mes. Cada jornada empezaba con una esfera de luz que al principio tardaba varios minutos en disolver. Después consiguió apagarla antes de que apareciera el rojo, y Ereel aumentó poco a poco la dificultad con conversaciones, ruidos inesperados, interrupciones y preguntas sobre su recuerdo. Aura empezó a distinguir el momento en que dejaba de usar magia y empezaba a defenderse de ella, aunque no siempre conseguía detenerse. Hubo días en que el miedo a olvidar a Flerus bastaba para quebrar la concentración. En otros, recordar el adiós involuntario a Syrit hacía que la voluntad fría se acercara hasta cambiarle la postura. Cuando ocurría, Aura decía en voz alta lo que sentía.
—Culpa.
La energía temblaba.
—Miedo.
El rojo perdía intensidad.
—No quiero perderlos.
Solo entonces buscaba la corriente y la devolvía al entorno.
Al final del segundo mes consiguió permanecer dentro de una ilusión de encierro sin liberar magia ni ceder el cuerpo. Sintió pánico hasta el final y salió temblando, empapada en sudor. Ereel lo consideró un progreso mayor que cualquier rayo.
—Aprendiste a detenerte en una situación que ya conocías —aclaró—. No significa que puedas hacerlo frente a un miedo verdadero.
Cada mes caminaban hasta la entrada del vórtice. Ereel abría el punto de contacto, observaba el cielo y comparaba varios instrumentos. Después de dos meses subjetivos, en Daliana apenas había avanzado la tarde.
La relación se mantenía. Para Syrit todavía podía ser el día siguiente a su despedida; para Aura, aquella conversación ya pertenecía a meses atrás. Él no conocía ninguna de las mañanas que ella había pasado intentando apagar la esfera.
En el exterior, Ambarine recibió el segundo informe.
Uno de sus aliados dentro de la guardia había conseguido copiar las rotaciones de la fortaleza. Otro confirmó que los documentos de la familia llevaban el sello de una oficina vinculada a Silas, no una orden directa de la emperatriz.
—El sello no basta para saber cuánto conoce Isaliria —dijo Ambarine—. Alguien está procurando que su nombre no aparezca junto al crimen.
Sobre el mapa aparecieron rutas de entrada, pasadizos de servicio y lugares donde podrían esperar caballos. El sanador preparó vendas, analgésicos y una tabla rígida para transportar a Mauro sin abrir la herida.
Todavía faltaba localizar la habitación exacta de Erina e Iris.
—Si entramos por una de ellas sin saber dónde está la otra, Silas puede usarla como rehén —advirtió Ambarine.
Ambarine decidió esperar hasta que pudiera sacar a ambas al mismo tiempo.
Durante los meses tercero, cuarto y quinto, Aura empezó a dirigir la energía. Empezó con pulsos pequeños lanzados contra piedras marcadas, siguió con barreras que debían resistir el golpe de ramas impulsadas por Ereel y, más adelante, concentró Lay Len bajo sus pies para acelerar un movimiento o reducir una caída. La facilidad con la que atraía energía seguía siendo peligrosa, así que Ereel limitaba cada ejercicio mediante círculos grabados en el suelo que absorbían el exceso. Aura debía detenerse si el brillo alcanzaba el borde exterior.
—Decide antes de empezar cuánta energía necesitas —repetía Ereel—. Y no uses más.
Aura quiso aprender magia elemental.
Comprendía la teoría. El fuego podía surgir al alterar el movimiento del aire y concentrar calor. El agua podía reunirse desde la humedad. Sin embargo, cada intento deformaba el flujo. La energía se dispersaba o regresaba contra sus manos.
Una práctica terminó con Aura arrodillada, las palmas enrojecidas y lágrimas de frustración.
—¿Por qué no funciona?
Ereel se sentó a su lado.
—Porque intentas obligar a tu energía a imitar una forma externa. La Lay Len en ti se manifiesta de manera directa: pulsos, rayos, oleadas, presión. Tendrás que trabajar con esa forma.
—Me vuelve visible.
—Mucho. Y alguien que vea tu magia podría desear controlarla o destruirla.
Aura cerró las manos doloridas.
—Entonces tendré que aprender a usarla sin mostrar todo lo que tengo.
Aura dejó por el momento los elementos y se concentró en precisión, barreras y movimiento. También pidió aprender sobre plantas y primeros auxilios.
—La magia no me sirvió cuando Aaron estuvo bajo el Calfangor —explicó—. Solo tenía una daga y no sabía dónde herir hasta que él me lo dijo. Si encuentro a alguien lastimado, quiero poder ayudar sin depender de un poder que quizá pierda el control.
Ereel aceptó.
Las tardes se dividieron entre energía y conocimiento práctico. Aura aprendió a reconocer plantas comestibles, venenosas y medicinales. Preparó cataplasmas, decocciones y vendajes; también practicó cómo inmovilizar una extremidad, mantener presión sobre una herida y trasladar a una persona sin agravar el daño. Ese aprendizaje le resultaba familiar de una forma distinta a la magia. Sus manos comprendían algunas instrucciones antes de que Ereel terminara de explicarlas, algo que él anotó como otra impresión dejada por su vida anterior. Aun con esa familiaridad, Aura cometía errores, confundía proporciones y repetía los procedimientos hasta poder realizarlos bajo presión.
La noche empezó a caer sobre Daliana. En la torre más alta del palacio, Isaliria abrió un cofre protegido por varias cerraduras mágicas. En su interior flotaba una pieza de la Alechrona: un segmento mecánico de bordes dorados, incompleto, atravesado por una luz que latía sin producir calor. Un consejero esperaba detrás de ella.
—Los informes sobre la propiedad confiscada ya fueron corregidos, majestad —dijo—. Silas promete que no quedarán rastros capaces de contradecir la acusación.
Isaliria rozó la reliquia con un dedo enguantado.
—Silas cree que basta con corregir unos informes. Déjelo creerlo.
—¿Desea detenerlo?
—Deseo que termine lo que empezó. Después veremos cuánto de su versión merece sobrevivir.
La pieza de la Alechrona giró dentro del cofre.
—Con la Alechrona corregiré un error mucho más antiguo —murmuró Isaliria.
Antes de cerrar el cofre, Isaliria entregó una orden sellada.
—Que las propiedades vinculadas con la fugitiva estén limpias antes de la próxima inspección.
Durante los meses sexto y séptimo, Ereel dejó de anunciar todas las pruebas. Desde la ilusión que había superado el límite, ambos acordaban de antemano qué podía cambiar, cuánto tiempo duraría y qué palabra detendría el ejercicio. Ereel elegía las sorpresas dentro de esos límites.
Aura tuvo que proteger una esfera de cristal mientras el terreno se movía bajo sus pies, mantener una barrera mientras respondía preguntas sobre Althea y cruzar un puente de arena con sonidos de persecución a su espalda. También debía decidir si un adversario ilusorio era una amenaza o alguien asustado. Falló muchas veces: respondió con un rayo a una figura que pedía ayuda, mantuvo una barrera hasta agotar las fuerzas que necesitaba para el objetivo siguiente y permitió que la voluntad fría tomara sus movimientos porque resultaba más sencillo que soportar la duda.
Después de cada ejercicio, Ereel hacía la misma pregunta:
—¿En qué momento dejaste de elegir?
Aura reconstruía cada sensación hasta encontrarlo.
Con el tiempo aprendió a detectar la alteración en su voz, la desaparición del miedo y la brusca sencillez de sus pensamientos justo antes de ceder el cuerpo. No siempre podía impedir la llegada de aquella otra Aura, pero empezaba a reconocerla.
Durante el octavo mes, una noche sin noche, Ereel y Aura compartieron una infusión frente a la cascada de arena. Ya habían discutido, reparado parte de la cabaña después de prácticas fallidas y pasado tardes enteras inclinados sobre libros distintos, cada uno concentrado en su página.
—Me recuerdas a una antigua alumna —dijo Ereel—. Incluso si ignoro el parecido.
Aura levantó la mirada.
—Ambarine.
Ereel tardó en responder.
—Fue mi estudiante cuando era joven. Era curiosa y decidida, pero cargaba sola con cuanto otros esperaban de ella. La muerte de Dalia apagó esa curiosidad. Empezó a aprender magia como si cada lección pudiera impedir otra pérdida.
Contó que había sido llamado al palacio el día de la muerte de Emeter. Reconoció en la huella una sintonía que había percibido muchas veces durante el entrenamiento de Ambarine y la interpretó como suya. La escena y la coincidencia le parecieron suficientes entonces, aunque no alcanzó a separar cuánto pertenecía al patrón compartido por su familia y cuánto a un trazado individual.
—Entonces creí que comprendía lo ocurrido —admitió—. Pedí tiempo para estudiar la escena. Isaliria no me lo concedió. Al día siguiente utilizó las acusaciones que ya existían contra mí y me expulsó por complicidad.
—Syrit cree que Ambarine fue inculpada —dijo Aura—. Ella vio morir a su padre, atacó a Isaliria y dejó su magia en la sala. Alguien pudo usar esa confusión.
Ereel sostuvo la taza sin beber.
—Durante años pensé que le había fallado como maestro. Y quizá lo hice. Pero aquella huella... debí ponerla en duda antes de acusarla.
—Quiero encontrarla. Syrit confía en ella. Si alguien alteró una huella para acusarla, quizá también sepa algo sobre los sellos, las reliquias o el modo en que llegué aquí.
En Daliana apenas había terminado de caer la noche. Los equipos de Ambarine ya tenían capas de guardia, documentos falsos, caballos y dos rutas de retirada. Un aliado dentro de la fortaleza había reservado un cambio de turno con menos vigilancia. El sanador esperaba fuera del radio de patrulla con un transporte cubierto, vendas y todo lo necesario para atender a Mauro cuando lograran sacarlo. Todavía les faltaba una ruta dentro de la segunda propiedad.
—Sabemos en qué edificio están Erina e Iris —informó uno de los exploradores—. No en qué habitación. Silas movió a las sirvientas y cerró el piso inferior.
Ambarine observó las dos marcas sobre el mapa.
—No comenzaremos hasta que ambas tengan una salida. Si uno de los equipos queda atrapado, el otro no podrá improvisar sin poner a sus prisioneros en peligro.
—Hay rumores de un traslado antes del amanecer.
—Entonces tenemos hasta esa hora para encontrar la habitación.
Cada miembro recibió una tarea mientras esperaban: vigilar puertas, preparar señales, cortar rutas de refuerzo y descubrir por dónde entraban los alimentos y el agua.
Durante los dos últimos meses, Aura practicó cómo elegir bajo presión sin esperar a que el miedo, la culpa o la ira desaparecieran. Para la prueba final, Ereel dispuso tres figuras de luz que Aura debía proteger mientras cruzaba una zona de arena. Algunas amenazas intentarían atacarlas y otras solo buscarían refugio. Los círculos de absorción limitaban la energía disponible.
Al principio actuó con precisión: levantó una barrera, desvió una descarga y utilizó un pulso bajo sus pies para alcanzar a la segunda figura. Entonces una voz la acusó de haber provocado el peligro.
—Todo esto ocurrió porque llegaste.
La frase utilizaba una mezcla de las voces de Peryna, Syrit y Erina. El rojo apareció mientras la furia daba paso a la culpa y a la urgencia de demostrar que podía salvarlas a todas. Desde el fondo, la voluntad fría le ofreció una salida sencilla: destruir cada amenaza antes de descubrir cuál era real. Aura levantó una mano y reunió energía suficiente para romper la prueba completa.
—Estoy furiosa —dijo, con los dientes apretados—. Y tengo miedo de ser la causa.
No intentó calmarse. Dejó caer la forma del rayo, cortó la entrada de Lay Len y permitió que el exceso saliera como una onda baja contra los círculos de absorción. Una de las figuras luminosas desapareció antes de que pudiera alcanzarla.
Aura terminó de rodillas.
—Fallé.
—Perdiste una figura —corrigió Ereel—. Tú sigues aquí.
Aura miró el espacio vacío donde había estado la figura.
—No se siente como una victoria.
—Porque no fue una victoria. Lograste mantener el control y tendrás que intentarlo de nuevo.
Ereel deshizo la ilusión y se sentó frente a ella.
—Aquí conocías las reglas. Sabías que yo observaba y que la palabra «aurora» podía detenerlo todo. Afuera no tendrás ninguna de esas seguridades. Una emoción real puede superar lo que aprendiste.
—Entonces todavía no estoy preparada.
—Puedes continuar aprendiendo afuera. Volverás a equivocarte, Aura. Ahora sabes qué buscar antes de que un error se convierta en una catástrofe.
Al concluir el décimo mes, Aura podía crear pulsos controlados, levantar barreras breves, reducir una caída y detener la entrada de energía antes de una descarga completa. Los elementos aún se resistían, y la otra voluntad podía aparecer a pesar del entrenamiento. Aura seguía sintiendo miedo, culpa e ira; ahora reconocía el instante en que esas emociones comenzaban a elegir por ella.
Ereel revisó el cielo exterior una última vez.
—No ha transcurrido un día completo —dijo al regresar—. Descansa. Mañana, para nosotros, hablaremos de tu partida.
Aura miró la esfera de Témpora, los libros y las plantas que habían llenado diez meses de su vida.
Afuera casi nadie había tenido tiempo de notar su ausencia.
Mauro estaba despierto en el calabozo. El vendaje alrededor de su abdomen se había oscurecido sin volver a sangrar. Podía hablar, comer pequeñas cantidades y respirar sin que cada intento terminara en un gemido. Estaba estable, aunque todavía necesitaba ayuda para levantarse.
Micah permanecía cerca, atento a cualquier cambio. Peryna sostenía la mano de su padre mientras escuchaba los sonidos de las celdas vecinas: susurros, llanto y cadenas arrastrándose sobre la piedra.
—¿Mamá e Iris están bien? —preguntó.
Mauro tardó antes de contestar.
—Ellas saben cuidarse. Nosotros tenemos que hacer lo mismo hasta volver a verlas.
Peryna quiso creerle. Sacó de su cintura una bolsa pequeña de tela que había conseguido esconder durante el arresto. Dentro quedaban varias flores silvestres recogidas cerca de la granja. Los pétalos estaban doblados, pero conservaban algo de azul y blanco. Las colocó sobre el suelo y empezó a tararear una melodía que Erina le había enseñado. Mientras cantaba, las flores temblaron y una luz tenue surgió de sus bordes. Los tallos se elevaron apenas unos centímetros, girando con la canción, hasta que Peryna dejó de cantar por la sorpresa y las flores cayeron.
—Continúa —pidió una prisionera desde la celda vecina.
Peryna retomó la melodía. Los llantos disminuyeron, Micah levantó la mirada y Mauro cerró los ojos para escuchar.
Detrás de una abertura estrecha, oculta por una rejilla, la exploradora semi-humana de Ambarine permanecía inmóvil. Había entrado por los conductos de servicio para confirmar la posición exacta de la celda, y la luz de las flores le mostró los rostros de Mauro, Micah y Peryna.
La exploradora se retiró sin ser vista. Horas después llegó al refugio de Ambarine, colocó una última ficha sobre el mapa y señaló la celda confirmada. Otro aliado había encontrado, por fin, la habitación de Erina e Iris a través de la ruta usada para llevarles agua.
Ambarine recorrió con la mirada las marcas y las dos rutas trazadas sobre el mapa.
—Ahora sí —dijo.
Sus hombres guardaron silencio mientras Ambarine apoyaba dos dedos sobre el mapa, uno en cada lugar donde permanecía dividida la familia Fuegel.
—Al amanecer estaremos listos. Nadie se moverá antes de mi señal.
