Sentoria · Un ocaso bifurcado
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DalianaCapítulo 9

Limessia·Daliana·Capítulo 9

Un ocaso bifurcado

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Folio 09·36 min de lectura

A la mañana siguiente, Aura despertó con el olor del pan.

Por un momento esperó oír los frascos de Ereel en la planta baja. Entonces Peryna habló al otro lado de la puerta y ella levantó la cabeza de la almohada.

—¿Aura? ¿Ya despertaste?

—Sí.

La niña entró antes de que pudiera añadir nada.

—¡No te fuiste!

—¿Pensaste que me iría a media noche?

Aura se incorporó, todavía despeinada. Peryna miró el bolso, la capa y las botas alineadas junto a la cama.

—Mamá dice que bajemos a desayunar.

—Ya voy.

La niña salió corriendo. Aura la oyó anunciar desde la escalera que estaba despierta y sonrió mientras buscaba la ropa.

Después del desayuno ayudó a Iris a llevar los platos a la cocina. Recordaba dónde guardaban algunas cosas, aunque abrió el cajón equivocado al buscar un paño. Iris le señaló el de abajo y ella lo sacó sin preguntar más.

Cuando terminó, salió al patio.

El aire de la mañana estaba fresco. Mauro llevaba una herramienta hacia el molino y Micah se encontraba junto a los sacos. Peryna la llamó desde las flores, pero Aura levantó una mano para indicarle que iría después.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó al acercarse a Mauro.

Él miró hacia el molino.

—Micah está pasando el grano que queda a las bolsas buenas. Puedes ayudarlo. Las rotas las dejamos aparte.

Aura entró y encontró el rincón del que habían hablado durante la cena. Quedaba harina en las grietas de la madera y un saco vacío doblado sobre un cajón.

Recordó la primera vez que intentó levantar uno. Había acabado sentada sobre el heno, con Peryna conteniendo la risa y Micah explicándole cómo repartir el peso.

Esta vez se acercó a una bolsa pequeña y la apoyó contra la pierna antes de levantarla.

—Esa va al lado de las otras —dijo Micah.

Aura la llevó sin dificultad. Dejó la costura hacia arriba y regresó por otra.

—¿Así?

—Sí.

Trabajaron juntos un rato. Micah vaciaba las bolsas dañadas mientras ella sostenía las nuevas y recogía el grano que caía. El polvo le rozaba la nariz. Una hebra suelta se le pegó a los labios y tuvo que apartarla con el dorso de la mano.

Todo aquello lo recordaba. El crujido de las aspas, la tela áspera y el esfuerzo en los brazos cuando una bolsa empezaba a llenarse. Sin embargo, ahora también sentía la corriente bajo el molino. Podía distinguirla incluso con los ojos abiertos, mientras Micah le hablaba.

Al terminar de llenar un saco, él tomó una cuerda y buscó un tramo que todavía sirviera.

Aura puso las manos bajo la carga para acercarla a las demás. Pesaba más que la primera. Dejó entrar un poco de Lay Len y sintió el calor subirle por las piernas.

—¿Vas a levantarlo otra vez?

Peryna había llegado hasta el cajón, con una flor entre los dedos.

Aura interrumpió la corriente. El peso tiró de sus brazos y tuvo que apoyar el saco de nuevo.

—Todavía no lo había levantado.

—Pero estabas haciendo magia.

Micah se volvió con la cuerda en la mano.

—Espera. Primero lo ato y lo llevamos entre los dos.

Aura retiró las manos y le dejó espacio. Mientras él cerraba la bolsa, Peryna se sentó en el cajón desde el que la había observado la primera vez.

—Ahora sí puedes enseñarme bien —dijo.

Aura miró la flor.

—¿Todavía intentas sentir lo que te dije?

—Sí. A veces. Pero luego ya no siento nada.

La niña apretó el tallo entre los dedos.

—Si tú me dices cómo, seguro puedo hacerlo otra vez.

Aura recordó su cara arrugada por el esfuerzo, la flor inclinándose junto a su mejilla y la alegría con que había salido a buscar a sus hermanos. Se había reído con ella. Había querido intentarlo de nuevo sin pensar demasiado en lo que vendría después.

—Tenemos que terminar esto primero —respondió.

—Puedo esperar.

Micah levantó un extremo del saco. Aura tomó el otro y lo llevaron hasta el rincón. Se agachó con cuidado para dejarlo en el suelo.

Peryna seguía sentada cuando volvió.

—Ya está.

Aura buscó otra bolsa.

—Quedan estas.

—Esas están vacías.

—Hay que doblarlas.

Peryna la observó unos momentos. Luego bajó del cajón y se acercó.

—¿No quieres enseñarme?

—No es eso...

—Entonces podemos hacerlo después.

Aura alisó la tela sobre sus rodillas. Intentó recordar una forma sencilla de explicar lo que había aprendido. Podía decirle que se sentara, que respirara sin forzarse y que prestara atención. Era casi lo mismo que ya le había dicho.

Pero Peryna esperaría que pasara algo. Ella también querría verlo.

—Después vemos —dijo.

—Siempre dices después.

Aura levantó los ojos.

—Acabo de volver.

La respuesta salió más seca de lo que quería. Peryna bajó la mano que sostenía la flor.

—Ya sé.

Se apartó hacia la puerta.

—Voy a ayudar a Iris.

Aura dejó la bolsa a medio doblar.

—Peryna...

La niña se volvió.

Quiso decirle que podían sentarse un momento. Que no estaba molesta con ella. Miró hacia el patio, donde Iris acomodaba unas prendas sobre una cuerda, y acabó preguntando:

—¿No ibas a enseñarme la planta que todavía no abre?

—Luego.

Peryna salió antes de que Aura respondiera.

Micah terminó de recoger la cuerda y la dejó sobre el cajón.

—Llevaba preguntando desde que te fuiste —comentó.

Aura apretó la tela entre las manos.

—No quería hablarle así.

—Se le pasará.

Él tomó otra bolsa vacía. Aura dobló la suya, deshizo una esquina que había quedado torcida y volvió a doblarla.

Siguió trabajando hasta que terminaron. Después llevó agua desde el pozo y ayudó a Mauro a apartar unas tablas. Cuando una se enganchó en el suelo, estuvo a punto de atraer energía otra vez, pero cambió las manos de lugar y pudo moverla.

Al pasar cerca de la casa vio a Peryna junto a Iris. La niña le alcanzaba las prendas sin hablar mucho. La flor había quedado sobre el borde de un cesto.

Aura se detuvo.

—¿Necesitan ayuda?

Iris miró el cabello que le caía sobre los hombros y después las manos llenas de polvo.

—Aquí ya terminamos. Pero puedo recogértelo, si quieres. Se te va a enredar más.

Aura apartó un mechón que tenía prendido en el cierre de la capa.

—Sí... gracias. Me vendría bien.

—Cuando termines con papá, ven.

Peryna recogió el cesto vacío y entró en la casa. Aura la siguió con la mirada. Luego se agachó para levantar la flor que se había quedado en el borde y la dejó junto a las demás.

Cuando terminó de ayudar a Mauro, Aura se lavó las manos junto al pozo. El agua arrastró el polvo de sus dedos y se oscureció un poco dentro del recipiente. Se frotó también las muñecas, donde la tela de la camisa había dejado una línea de harina, y regresó a la casa con el cabello todavía prendido en el cierre de la capa.

Iris había puesto un peine y varios lazos sobre la mesa del comedor. Al verla, apartó una silla.

—Siéntate aquí. Hay más luz.

Aura dejó la capa en el respaldo y obedeció. Iris se colocó detrás de ella, soltó los mechones que habían quedado atrapados y empezó a separarlos con los dedos.

—¿Te lo recogías mientras estabas con tu maestro?

—A veces. Cuando me estorbaba.

—¿Y las otras veces?

—Me lo apartaba así.

Aura echó el cabello hacia atrás con una mano. Iris la miró por encima del hombro y ambas sonrieron.

—Eso dura hasta que te inclinas.

—Sí... lo noté.

El peine se enganchó en un nudo. Iris lo retiró y sujetó el mechón más cerca de la cabeza antes de intentarlo otra vez.

—Avísame si te duele.

Aura asintió. Desde allí podía ver la cocina y parte del patio por la puerta abierta. Peryna no estaba con ellas. Había salido después de dejar el cesto, y Aura quiso preguntar por ella, pero todavía no sabía qué haría si la niña regresaba y volvía a pedirle que le enseñara.

Iris deshizo otro nudo.

—Te habrá crecido mucho donde estuviste.

—Sí...

—A mí me tarda.

Aura bajó la mirada hacia sus propias manos. Erina entró desde la cocina con un vaso de agua y lo dejó frente a ella.

—Mauro dice que lo has ayudado bastante. Pensé que te quedabas a descansar hoy.

—Quería hacer algo.

—Pues ya lo hiciste. Ahora déjate arreglar.

Erina acercó otra silla y se sentó junto a la mesa para revisar unos paños. Aura la vio alisar uno con la palma y doblarlo sobre los demás.

—¿Se enfadó mucho? —preguntó Iris.

Aura volvió un poco la cabeza.

—¿Quién?

—Tu maestro. Anoche dijiste que al principio te costó aprender.

—Ah... Sí. Algunas veces. Pero después me explicaba otra vez.

—Entonces era paciente.

Aura soltó una risa pequeña.

—Depende de qué estuviera haciendo. Si tocaba un libro con las manos sucias, no.

Iris levantó el peine para mostrarle que ella tampoco las tenía limpias del todo. Había una mancha en el borde de su manga.

—Así no me dejaría ni entrar.

—Te haría lavarte primero. A mí me dejaba una palangana cerca de la puerta.

Erina sonrió mientras doblaba otro paño.

—Parece que llegó a conocerte.

Aura miró el vaso. Lo tomó con ambas manos, aunque todavía no bebió.

—Pasamos mucho tiempo juntos.

Quedó esperando una pregunta. Iris siguió trabajando en el cabello y Erina acomodó los paños sobre sus rodillas. A Aura le habría resultado más fácil continuar si alguna de las dos hubiera hablado, pero al mismo tiempo agradeció que no lo hicieran.

—Hay algo que no les conté anoche —dijo.

Iris detuvo los dedos.

—¿Te pasó algo?

—No... Bueno, pasaron muchas cosas. Pero no es eso.

Se humedeció los labios. Había intentado imaginar aquella conversación durante el camino. En su cabeza podía explicar el vórtice, la diferencia del tiempo y todo lo que había aprendido. Ahora, sentada en la misma silla donde Iris la había peinado antes, la explicación le parecía extraña incluso a ella.

Erina dejó los paños a un lado.

—¿Tiene que ver con ese lugar donde vive?

Aura asintió.

—Está dentro de un vórtice. Aaron me llevó hasta la entrada. Allí el tiempo pasa de otra forma.

Iris bajó las manos despacio.

—¿Cómo de otra forma?

—El maestro lo comprobaba saliendo. Para que yo supiera cuánto había pasado aquí. Porque dentro... no era lo mismo.

Aura apretó el vaso y luego aflojó los dedos.

—Yo estuve diez meses con él.

Erina la miró sin responder.

Iris se inclinó un poco para verle el rostro.

—¿Diez meses?

—Sí.

—Pero te fuiste...

—Lo sé.

Aura sintió ganas de explicar más rápido, antes de que pareciera que se había equivocado.

—No fueron diez meses aquí. Aquí apenas pasó un día. Él me lo dijo antes de salir, y cuando bajé del árbol todavía había luz. Pero yo dormí allí, estudié... Todos los días hacíamos cosas. Al principio hasta llevaba la cuenta.

Iris miró el cabello que tenía entre los dedos.

—Por eso está así.

Aura asintió. Le alivió que hubiera algo que Iris pudiera ver.

—También tuve que cambiar los zapatos. Y... me acostumbré a levantarme cuando él empezaba a mover sus frascos. Esta mañana pensé que iba a escucharlo.

Erina acercó la silla un poco más.

—¿Y estuviste todo ese tiempo sin poder volver?

—Podía salir cuando quisiera. Pero había ido para aprender, y al principio no conseguía detener la energía. Después empecé a hacerlo mejor. Quería terminar.

Se quedó mirando el agua.

—A veces pensaba que podía venir a verlos un rato. Pero tenía que cruzar el vórtice, bajar del árbol, recorrer todo el camino... El maestro decía que afuera apenas habría pasado tiempo. Yo pensaba que entonces no importaba esperar un poco más.

Iris apoyó una mano sobre su hombro.

—Para nosotros no pasó tanto.

—Ya sé. Anoche los escuché hablar de lo que habían hecho por la tarde.

Aura sonrió apenas.

—Yo recordaba cosas de aquí que ustedes habían hecho hacía muy poco. Lo de las espigas, el molino... cuando me arreglaste el cabello. Y lo que me dijiste de ir a trabajar a la capital. No quería olvidarlo, Iris.

—No pensé que lo hubieras olvidado.

—Pero tuve que preguntarte.

—No sabía que para ti había pasado tanto.

Iris soltó el mechón sobre su espalda y dejó el peine en la mesa. Aura buscó sus ojos un momento antes de volver a mirar a Erina.

—Cuando llegué, me quedé afuera. Los vi cenando y... me dio vergüenza entrar.

—¿Por qué? —preguntó Erina.

Aura se encogió un poco.

—No sé. Había pensado tanto en volver que cuando los vi no sabía qué decir. Ustedes estaban hablando y riéndose. Yo quería estar ahí, pero...

La voz empezó a temblarle.

Erina extendió una mano sobre la mesa. Aura dejó el vaso y la tomó.

—Podrías haber llamado en cuanto llegaste —dijo Erina—. Te habríamos abierto igual.

—Sí... Ahora lo sé.

Aura acarició con el pulgar los dedos de Erina. Tenían pequeñas asperezas cerca de las uñas.

—Pensé que quizá ya no... que estaría de más.

Erina frunció el ceño, con una tristeza que hizo que Aura quisiera retirar lo que había dicho.

—No, querida.

—Fue solo un momento. Después Peryna me mencionó y me acerqué. Yo sabía que no habían pasado los diez meses aquí, pero no podía dejar de sentir que había tardado mucho.

Erina le apretó la mano.

—Nos alegra que hayas vuelto. Mauro estaba contento esta mañana, trabajando contigo.

Aura se pasó la mano libre bajo un ojo.

—También me gustó ayudarlo.

—Entonces puedes hacerlo otra vez mañana. Si te apetece.

Aura asintió. Iris recogió el peine y volvió a colocarse detrás de ella.

Durante un rato no hablaron. Erina permaneció cerca, con su mano entre las de Aura, e Iris desenredó los últimos mechones. Desde el patio llegó un golpe de madera y la voz de Micah llamando a su padre.

Aura escuchó sin volverse. La presión que había sentido al empezar a contarles fue cediendo. Todavía tenía cosas que decir, pero pudo beber agua sin que le temblaran los labios.

—Creo que le hablé mal a Peryna —murmuró después.

—¿Esta mañana? —preguntó Iris.

—Quiere que le enseñe magia. Antes intentamos algo juntas. Yo apenas sabía, pero nos divertimos. Ahora pensé en hacerlo otra vez y... no supe qué decirle.

—Me contó —respondió Iris—. Dijo que ya no querías.

Aura cerró los ojos un momento.

—Sí quiero. Solo que antes no pensaba tanto.

Erina le soltó la mano para alcanzar un paño limpio.

—Habla con ella después. Ahora debe estar con sus flores.

Aura asintió, aunque se quedó mirando el espacio que había dejado la mano de Erina sobre la mesa.

Iris separó el cabello a ambos lados de su rostro y empezó a recogerlo. Aura sintió la tensión leve de la trenza, los dedos acomodándole un mechón detrás de la oreja. Erina humedeció una punta del paño y se inclinó hacia ella.

—Todavía tienes polvo aquí.

Le limpió una mancha junto a la sien. Aura levantó la cara sin pensar y Erina le sostuvo un momento la mejilla para alcanzar el borde del cabello.

—Ya está.

Aura quiso agradecerle. Había agradecido la cena, la habitación y la ayuda con el cabello, pero aquello le pareció demasiado pequeño para lo que sentía ahora. Erina retiró el paño y volvió a sentarse. Iris seguía detrás, eligiendo un lazo.

—Yo...

Erina la miró.

Aura sonrió, todavía con los ojos húmedos. Quería decir que las había extrañado, que necesitaba quedarse cerca de ellas un poco más. Las palabras no salieron enseguida, y ninguna de las dos se apartó.

Iris le rozó la nuca al recoger otro mechón.

El contacto le resultó conocido.

Aura intentó volverse hacia ella, pero una punzada le atravesó la cabeza. La mesa perdió nitidez. Alzó una mano y oyó que Erina pronunciaba su nombre.

Detrás de las voces apareció otra luz.


La luz del atardecer pintaba de naranja el techo de una habitación.

Aura estaba de pie frente a un espejo, aunque no había decidido acercarse a él. Su cuerpo era pequeño. El cabello carmesí caía sobre unos hombros infantiles y su rostro permanecía inmóvil, con los ojos apagados de alguien que miraba desde demasiado lejos.

No era la niña que Aura recordaba haber sido junto a Flerus.

Era mayor.

Una mujer se aproximó por detrás con una caja entre las manos. Aura reconoció su cabello, la suavidad de sus movimientos y la paciencia triste de su sonrisa.

Amila.

Su tía abrió la caja. Dentro había un broche formado por dos aves juntas, una cubriendo parcialmente a la otra con el ala.

—Lo miraste durante tanto tiempo la última vez que salimos —dijo Amila—. Pensé que quizá te gustaría tenerlo.

La joven Aura observó el regalo. Por dentro se agitaban la sorpresa, la gratitud y el deseo inmediato de tocar las alas metálicas. Sin embargo, el rostro reflejado en el espejo no cambió; las manos permanecieron a los costados y los labios no se abrieron.

«Dile que te gusta.»

«Díselo.»

Amila retiró el broche de la caja y apartó con cuidado el cabello carmesí.

—No tienes que decir nada, querida. Solo quiero que sepas que estoy aquí.

El cierre se unió detrás de su cuello. La joven Aura bajó la mirada hacia las dos aves. El deseo de agradecer seguía dentro, atrapado detrás de una pared que no sabía atravesar.

«Amila, me gusta.»

Ningún sonido salió de su boca.

Su tía la abrazó desde atrás. En el espejo, Amila cerró los ojos y apoyó la mejilla sobre su cabello.

—Siempre voy a quererte, incluso cuando no puedas responderme.

El dolor que atravesó a la Aura que observaba era más antiguo que ella, una presión acumulada durante años detrás de aquel rostro inmóvil. Por un momento sintió a la joven del espejo intentar levantarse desde el fondo de su propia mente, no para aceptar el abrazo, sino para arrancar la distancia que la separaba de todo.

La superficie del espejo se agrietó y la habitación desapareció.

—Tía Amila...

Esta vez Aura consiguió pronunciarlo.

Pero ya no había nadie frente a ella.

Solo la aurora infinita extendiéndose sobre un vacío sin suelo.

Algo cálido presionó sus mejillas.

—Despierta.

Aura abrió los ojos.

Una niña estaba inclinada sobre ella. Parecía tener seis o siete años. Su cabello carmesí flotaba alrededor de su rostro como si ambas estuvieran sumergidas en agua, y los bordes de su cuerpo se deshacían en pequeñas luces. Sus ojos eran brillantes, curiosos, demasiado vivos para pertenecer a la joven inexpresiva del espejo.

La niña retiró las manos.

—Por fin me miras —dijo, y sonrió con alivio.

Aura intentó incorporarse. No sentía la silla ni su propio peso.

—¿Quién eres?

La sonrisa de la niña vaciló.

—No sé cómo decirlo.

Miró sus manos, abriéndolas y cerrándolas como si tampoco estuviera segura de que le pertenecían por completo.

—Yo estaba antes —añadió—. Antes de que todo se cerrara.

Aura pensó en el rostro infantil de las fotografías, en Flerus arreglándole el abrigo y en Althea, cuya ausencia había dejado páginas enteras sin respuesta.

—¿Eres yo?

La niña ladeó la cabeza.

—Tú también eres yo.

Aura siguió sin entender. Aun así, el pecho se le entibió al mirarla.

—¿Has intentado hablarme antes?

—Muchas veces. A veces llegaba un poquito. Cuando tenías miedo. Cuando estabas sola. Pero había algo en medio.

La niña dibujó una línea en el aire. Una franja oscura apareció durante un instante entre ambas: alta, estrecha, con la forma imprecisa de una muchacha mayor. No tenía rostro. Solo una quietud rígida que absorbía parte de la luz de la aurora.

Aura sintió el mismo cambio que aparecía cuando la magia se volvía roja: la ausencia de miedo, el pensamiento rápido y una voluntad dispuesta a romper cualquier obstáculo.

La silueta desapareció antes de que pudiera observarla mejor.

—¿Quién era ella?

La niña abrazó sus propias rodillas.

—La que aprendió a no llorar.

La niña apretó las rodillas contra el pecho y hundió la boca entre ellas.

Aura se acercó.

—¿Recuerdas a Althea?

Los ojos de la niña se iluminaron.

—Mamá.

La palabra le salió sin esfuerzo.

Aura dejó de respirar.

—¿Recuerdas su rostro?

—Sí... pero cuando intento enseñártelo se mueve.

La niña alzó una mano. Entre sus dedos apareció una luz suave y, dentro de ella, la impresión de una mujer arrodillada: cabello cayendo hacia un lado, manos cálidas y una voz cantando muy cerca. El rostro se deshizo antes de adquirir forma.

—Olía bonito —dijo la niña—. Y cantaba cuando creía que yo estaba dormida.

—No recuerdo su voz...

La niña miró la imagen que temblaba entre sus dedos.

—Cantaba bajito. Yo me quedaba quieta para que no parara. A veces me acomodaba el cabello y entonces tenía que cerrar los ojos muy fuerte.

Soltó una risita y se llevó una mano a los párpados para mostrarle cómo lo hacía. Aura sonrió también, aunque al extender la mano hacia la imagen solo tocó luz.

Sintió el calor de aquellos dedos cerca de su frente. Quiso seguirlos hasta el rostro de Althea, pero este volvió a deshacerse. La sensación permaneció unos instantes después de que la imagen se apagara.

—Eso... sí. Se siente como si la conociera. Pero no puedo verla.

—Voy a intentarlo otra vez.

La niña empezó a tararear. Las primeras notas llegaron débiles y se interrumpieron cuando la luz de sus manos parpadeó. Frunció el ceño y volvió a empezar, pero esta vez no salió ningún sonido.

Aura le sujetó la mano antes de que insistiera.

—Espera. No quiero que te pase nada.

—Me la sé —murmuró la niña—. Cuando estoy sola, me la sé.

Aura permaneció junto a ella, sin soltarla. Quería pedirle que siguiera, escuchar aunque fuera una nota más, pero la pequeña miraba sus dedos con la misma tristeza que había visto en Amila frente al espejo.

—¿Y Flerus?

—Papá hacía cosas que sonaban toda la noche. A veces se quedaba dormido sentado. —La niña soltó una risa pequeña—. Yo le dibujaba estrellas en los papeles y él fingía que eran parte de sus cuentas.

—¿Encima de lo que escribía?

—En los huequitos. Una vez me quedó una muy grande y tapó unos números. Papá miró el papel así...

La niña inclinó la cabeza y acercó una hoja imaginaria a su rostro. Intentó ponerse seria, pero acabó riéndose.

—Dijo que ahora tendría que contar las puntas. Yo le hice otra para ayudarlo.

Aura sintió ganas de reír y el dolor de no poder recordar aquella risa junto a él. Le llegaron el olor de la tinta, el metal tibio y una seguridad que la hizo acercarse un poco más a la niña. Ninguna de esas sensaciones le mostró el escritorio ni el papel cubierto de estrellas.

—En las fotografías me arreglaba el abrigo —dijo—. Yo sé que era él. Sé que me quería, pero... no recuerdo estar ahí.

La niña dejó de sonreír y apretó sus dedos.

—Yo sí.

Aura bajó la cabeza. Durante un rato solo pudo sostenerle la mano.

—Necesito recordarlos. No solo sus nombres... quiero oírlos como tú.

La pequeña se llevó la mano libre al pecho.

—Están aquí. Pero hay cosas que no puedo sacar. Cuando intento abrirlas, ella las cierra.

Aura miró el lugar donde había aparecido la silueta adolescente.

—La puerta... yo la vi. Tenía cadenas.

La niña se acercó a ella.

—Cuando algo duele, se cierra todo. Yo te oigo, pero tú ya no me oyes.

—No quiero volver a olvidarlos.

La voz le tembló. Pensó en Syrit junto al carruaje, en la mano que no había conseguido levantar para despedirse como quería. Había pasado meses recordándola y aun así temía que un día tampoco pudiera encontrar su rostro.

—Ahora hay más personas... —añadió—. No quiero que me pase con ellas.

La pequeña apoyó su mano libre sobre el pecho de Aura. El calor de la palma diminuta la hizo levantar la mirada.

—A mí me estás oyendo.

Aura asintió, pero miró otra vez hacia el lugar vacío.

—Si tú eres yo... ¿ella también? No entiendo dónde estaba yo antes de despertar.

La niña miró la mano que mantenía sobre ella.

—No sé. A veces te pareces a ella. Pero ahora estás aquí conmigo.

Aura dejó de buscar la silueta y se acercó hasta que sus hombros se tocaron.

La aurora parpadeó. La niña miró hacia arriba, alarmada.

—Ya te están llamando.

Voces lejanas atravesaron el vacío. Erina pronunciaba algo que Aura no alcanzaba a entender.

—Espera. ¿Cómo puedo volver a encontrarte?

—Cuando lloras, puedo oírte. Cuando te quedas quieta como ella, no.

La niña rodeó a Aura con los brazos. Su cuerpo era ligero, incompleto, pero el abrazo contenía una familiaridad que ningún recuerdo roto podía fingir.

—Yo sí me acuerdo de ellos —susurró—. Puedo guardarlos hasta que tú también te acuerdes.

La oscuridad empezó a separarlas.

—¿Cómo te llamo?

La niña aflojó el abrazo. Pareció sorprendida por la pregunta.

—Aura.

Sonrió otra vez.

—Las tres nos llamamos Aura.

La última luz se deshizo alrededor de su rostro.

—Nunca estás sola.


Aura despertó con algo fresco sobre la frente.

Quiso tocarlo, pero alguien le sujetó la mano con suavidad.

—Es un paño —dijo Erina—. Déjalo un momento.

Aura abrió los ojos. Erina estaba sentada junto a ella e Iris permanecía un poco más atrás, sosteniendo un recipiente con agua. El techo del comedor apareció sobre sus cabezas.

Tardó unos instantes en reconocerlo.

Estaba recostada en uno de los sillones, con una manta sobre las piernas. Su cabello caía a un lado, recogido solo en parte. Al intentar levantarse sintió que la cabeza le pesaba.

—Despacio —pidió Erina, acercándole una mano a la espalda.

—¿Qué pasó?

Iris dejó el recipiente sobre una mesa pequeña.

—Te desmayaste. Mamá te sujetó antes de que cayeras.

Aura miró hacia la silla en la que había estado sentada. El peine y los lazos seguían sobre la mesa.

—¿Hace mucho?

—Unos minutos —respondió Erina—. Mauro y Micah nos ayudaron a traerte aquí.

Aura llevó los dedos al borde del paño. Había algo que necesitaba recordar antes de que se le escapara.

Una habitación. La luz sobre el techo. Un espejo.

Las dos aves.

—Amila... —murmuró.

Erina se inclinó un poco.

—¿Quién es Amila?

Aura cerró los ojos y volvió a ver la caja entre las manos de su tía. Había podido sentir la alegría de recibir el broche, el deseo de tocarlo y las palabras que no conseguía decir.

—Mi tía.

Iris se acercó al sillón.

—¿La recordaste?

Aura asintió. Buscó lo que venía después del espejo, pero encontró una claridad sin forma. Le pareció que había permanecido mucho tiempo en algún lugar. Cuando intentó verlo, la sensación se deshizo.

Solo quedaron unas palabras.

«Nunca estás sola.»

No supo de quién era la voz.

—Me dio un broche —dijo—. Yo lo había mirado cuando salimos... a algún lugar juntas... y ella se acordó.

Se llevó una mano al pecho, aunque allí no estaba el regalo.

—Eran dos aves. Una tenía el ala sobre la otra.

Erina apartó el paño para comprobar si seguía húmedo. Aura miró sus manos.

—Quería decirle que me gustaba. Pero no podía.

La frase se le quebró al final. Iris se sentó en el borde del otro sillón, cerca de sus pies.

—¿No podías hablar?

—No sé cómo explicarlo. Yo quería... lo sentía. Estaba contenta. Ella se acercaba y me abrazaba, pero yo me quedaba quieta.

Las lágrimas le corrieron hacia las sienes. Aura quiso secárselas y Erina le ofreció el paño.

—Ella me quería —continuó—. Aunque yo no pudiera responder.

Se quedó mirando la tela húmeda entre sus dedos. Recordaba el rostro de Amila en el espejo, su sonrisa triste y la mejilla apoyada sobre el cabello carmesí.

—¿Te duele todavía la cabeza? —preguntó Erina.

—Un poco.

—Entonces no intentes buscar más ahora.

Aura asintió. Esta vez permitió que Erina le acomodara la manta y la ayudara a apoyar la cabeza. Iris le apartó el cabello de la mejilla.

Desde el patio se oyó la voz de Peryna. La niña preguntaba por ella.

—Está despierta —respondió Iris, levantándose—. Voy a decirle.

Aura la siguió con los ojos hasta la puerta y después miró a Erina.

—¿Puede venir?

—Claro.

Erina permaneció sentada a su lado mientras Iris iba a buscarla. Aura aflojó los dedos alrededor del paño. No intentó volver al espejo. Todavía recordaba las aves, el abrazo y el nombre de su tía.

Iris volvió con Peryna de la mano. Mauro se acercó poco después y Micah dejó un vaso de agua junto al sillón. Aura les contó que había recordado a su tía y el regalo que le había hecho; le costaba hablar de lo demás, y Erina les dijo que la dejaran descansar. Mauro le tocó el hombro antes de regresar al patio. Peryna se quedó sentada cerca de sus pies, más callada que de costumbre, hasta que Iris la llamó para ayudar en la cocina.

Aura se incorporó un poco cuando Erina recogió el recipiente con agua.

—Gracias por quedarte conmigo.

Erina se volvió hacia ella.

—Me diste un buen susto.

—Lo siento...

—Ya pasó.

Aura extendió una mano y Erina volvió a acercarse. Se inclinó para escucharla, pero Aura le rodeó los hombros con los brazos.

La abrazó un momento. Después la soltó, algo avergonzada, y se secó la mejilla con el paño.

Iris apareció junto a la puerta de la cocina.

—¿Necesitas algo?

—No. Solo... gracias a ti también.

Le tendió la mano. Iris se acercó y la tomó antes de acomodarle el cabello que había quedado suelto sobre un hombro.

—Cuando te sientas mejor, termino de recogértelo.

—Sí. Me gustaría.

Aura volvió a recostarse. Erina dejó el agua a su alcance y regresó a sus tareas. A ratos cerraba los ojos; otras veces miraba hacia la cocina y escuchaba a Iris indicarle a Peryna dónde guardar las cosas. Permaneció allí hasta que el dolor de cabeza fue disminuyendo.


Más tarde, Iris salió de la cocina y la encontró sentada, terminando el vaso de agua.

—¿Probamos ahora? —preguntó, señalándole el cabello.

Aura dejó el vaso y se levantó despacio. Ya podía caminar sin que el suelo pareciera moverse, aunque Iris esperó junto a ella antes de acercar la silla a la ventana. Sobre la mesa seguían el peine y los lazos.

—Quedó todo a medias —dijo Iris mientras soltaba la trenza.

—Lo siento.

—Estaba hablando del peinado.

Aura sonrió. Se sentó y dejó que le separara el cabello sobre los hombros. Iris había traído un espejo pequeño; lo apoyó frente a ella y tuvo que inclinarlo con un paño doblado para que ambas pudieran verse.

Aura se miró. Tenía los ojos algo hinchados y una marca en la mejilla donde había apoyado la cabeza. Al apartarse un mechón de la cara, recordó una tarde en el estudio de Ereel, cuando él había dejado un espejo entre sus libros.

—Si vas a volver a Daliana, tendremos que hacer algo con ese cabello —le había dicho.

Aura había sujetado las puntas contra el pecho.

—No quiero cortármelo.

—Tampoco es necesario. Aunque Aaron diría que ahorraría tiempo.

Ereel movió el espejo hasta dejarlo frente a ella. Para entonces Aura ya podía conversar mientras sostenía una corriente pequeña. Él le pidió que empezara con un mechón y le mostró cómo mantener sobre él un color distinto. Durante las primeras pruebas, el castaño se interrumpía a mitad del cabello o dejaba las puntas carmesíes. Aura las acercaba al espejo y volvía a intentarlo.

Le gustaba más aquella práctica que lanzar pulsos contra las piedras. En unas pocas tardes consiguió extender el cambio a todo el cabello y después a los ojos. Ereel la hizo caminar por el estudio, leer en voz alta y ordenar unos frascos sin abandonar el disfraz.

—Ahora podría ir a comprar algo —dijo Aura, mirándose desde un lado—. Sin que todos crean que soy Ambarine.

Se recogió el cabello, satisfecha con el resultado. Un libro había quedado en el borde de la mesa y quiso acercarlo con un pequeño impulso de Lay Len.

En el espejo, el color carmesí regresó desde la raíz hasta las puntas.

Aura dejó el libro donde estaba.

—Ah...

Ereel levantó los ojos de sus anotaciones.

—Puedes caminar hasta él.

—Solo quería moverlo un poco.

—Y para eso dejaste de sostener el color.

Aura volvió a verse en el espejo. Después se levantó, recogió el libro con las manos y lo puso sobre los demás. El maestro le pidió que repitiera el cambio y continuaron hablando mientras ella acomodaba el resto del estudio.

Ahora, frente al espejo de Iris, tomó un mechón entre los dedos.

—También aprendí algo para esto —dijo.

Iris detuvo el peine.

—¿Para desenredarlo?

—No. Mira.

Aura dejó entrar una corriente tenue y sostuvo el cambio que había practicado. El cabello se oscureció entre sus dedos. El castaño avanzó por los mechones sueltos, hasta que Iris se inclinó sobre su hombro para verlos de cerca.

—¡Aura!

El peine cayó sobre la mesa. Iris levantó una punta y la volvió hacia la ventana.

—¿Qué hiciste?

—Solo cambia cómo se ve. Sigue siendo mi cabello.

Iris lo tocó otra vez. Aura podía ver su cara en el espejo, los ojos abiertos y una sonrisa que iba creciendo mientras comparaba el mechón con los demás.

—Te queda bien. Espera... quiero probar una cosa.

Recogió dos secciones a los lados de su cabeza y empezó a cruzarlas por detrás. Aura sostuvo el espejo para seguir sus manos.

—Ereel me enseñó para poder salir sin que me confundan —añadió—. Los ojos también.

Los volvió castaños. Iris se acercó tanto al espejo que Aura tuvo que apartarlo un poco.

—No me mires así. Me vas a hacer reír.

—Es que ahora sí pareces otra. Habla.

—¿Qué quieres que diga?

Iris se rio y volvió a acomodarle el cabello.

—Está bien. Todavía eres tú.

Peryna apareció en la puerta con un paño entre las manos. Se quedó mirando a Aura antes de acercarse al espejo.

—¿Por qué estás así?

—Le estoy haciendo otro peinado —respondió Iris.

—¡Pero el pelo!

La niña dejó el paño en la mesa. Aura bajó un poco el espejo para que pudiera verse junto a ella.

—Puedo cambiarle el color.

Peryna miró hacia la cocina, como si necesitara que alguien más lo comprobara.

—¡Mamá, ven!

Erina apareció secándose las manos. Al verlas juntas se acercó, pero se detuvo cuando Aura volvió la cabeza.

—Por un momento no te reconocí.

Iris terminó de sujetar los mechones y buscó un lazo.

—Podrías llevarlo así mañana. Parece que tienes menos pelo, pero está todo aquí detrás.

—Ahora blanco —pidió Peryna.

Aura miró a Iris en el espejo. Ella todavía sostenía un mechón.

—¿Te molesta?

—Hazlo. Quiero verlo.

Aura dejó que el castaño desapareciera y probó con el blanco que tantas veces había visto en Ereel. Peryna soltó una carcajada.

—¡Como tu maestro!

—Sí. Pero él no lleva lazos —dijo Aura.

—Puedes regalarle uno.

Erina se rio mientras recogía el peine que había quedado junto al espejo. Aura observó el cabello blanco alrededor de su cara y arrugó la nariz.

—Creo que prefiero el otro.

—Espera —pidió Iris—. Sujétame esto.

Le puso el extremo de una trenza en la mano y deshizo la otra. Esta vez las unió más arriba, dejando algunos mechones junto a las orejas. Peryna se apoyó en el borde de la mesa, siguiendo el movimiento del lazo.

—Amarillo —dijo.

Aura intentó imitar el tono del trigo. El resultado quedó demasiado brillante y Peryna se tapó la boca con ambas manos. Iris soltó la trenza al empezar a reírse.

—¡No te muevas! Se me va a soltar todo.

—Tú también te estás moviendo —protestó Aura.

Erina sujetó el lazo mientras Iris recuperaba los mechones. Cuando terminó, ambas se apartaron para mirarla. Peryna seguía riendo.

—Así te encontraríamos desde el molino.

Aura regresó al castaño. Iris le acomodó las puntas que habían quedado fuera y giró el espejo para mostrarle el peinado de lado.

—Ese sí. Pero con el lazo azul.

—¿No acabas de poner el otro?

—Por eso quiero verlo.

Aura se quedó quieta mientras Iris lo cambiaba. Peryna le alcanzó el azul y después se sentó a su lado para ver el resultado. Al volverse hacia ella, Aura encontró sus ojos en el espejo y le sonrió. La niña le acercó el lazo que habían quitado.

—Este guárdalo también.

Peryna se lo puso junto al cabello y volvió a mirarse.

—¿Y a mí? ¿Puedes ponérmelo azul?

Aura dejó el espejo sobre la mesa.

—Puedo probar. Acércate.

La niña arrimó la silla hasta que sus rodillas chocaron con las de Aura. Iris se inclinó para mirar cuando ella tomó una punta del cabello de Peryna entre los dedos. Aura dejó deshacerse su propio disfraz y mantuvo la atención sobre el mechón. Primero cambió una franja pequeña; después extendió el azul hasta las raíces y por el resto del cabello.

Peryna abrió la boca al verse. Se volvió hacia su madre tan deprisa que Aura retiró la mano.

—¡Mira!

—Te estoy mirando —respondió Erina, riéndose.

La niña volvió al espejo y se levantó un poco el cabello, buscando el color por debajo.

—Iris, ahora tú.

Su hermana se tocó las puntas.

—Pero otro. A ver... ¿puedes hacer el mío como el tuyo?

Aura le tendió una mano. Iris se sentó en la silla que habían dejado libre y acercó un mechón. El carmesí apareció poco a poco, hasta rodearle la cara. Peryna tomó el espejo para ella, pero lo sostuvo frente a su propio rostro.

—Así no veo —dijo Iris.

—Espera, todavía me estoy mirando.

Erina les acercó el espejo y se quedó detrás de ambas. Iris recogió su nuevo cabello carmesí sobre un hombro y probó una trenza floja, mientras Peryna hacía lo mismo con el azul. Los dedos de la niña se enredaron enseguida entre los mechones.

—Se me pierde uno.

—Porque estás agarrando cuatro. Ven.

Iris dejó su trenza a medio hacer y empezó a recogerle el cabello a su hermana. Peryna señaló el lazo azul.

—Ese no. Ya no se va a ver.

Aura le alcanzó el que acababa de guardar. La niña lo aceptó y se quedó quieta mientras Iris lo ataba.

—¿Me veo como Aura?

—Tienes el pelo azul —dijo su hermana.

—¡Pero con la trenza!

Aura tomó el espejo y se acercó para que pudieran verse las tres juntas. Iris todavía tenía un lado del cabello recogido y el otro suelto. Intentó acomodarlo, pero Peryna le tomó un mechón y se lo puso sobre el labio.

—Ahora tienes bigote.

Iris sopló para apartarlo. Peryna lo soltó riéndose y el mechón acabó dentro de la boca de su hermana.

—¡Peryna!

Aura empezó a reírse también. Tuvo que apoyar el espejo en la mesa mientras Iris se quitaba el cabello de los labios y buscaba a su hermana, que se había escondido detrás de Erina. Cuando Peryna asomó la cabeza, seguía teniendo el pelo azul y el lazo torcido.

Erina se lo enderezó.

—Vengan. Quiero ver cómo les quedó.

Iris terminó su trenza, esta vez sin que su hermana la ayudara. Aura las miró juntas y después dejó que los colores se deshicieran. Peryna acercó una punta a sus ojos.

—Ah... ¿ya?

—Podemos cambiarlo otra vez luego —dijo Aura.

Erina miró hacia la cocina, pero se quedó junto a la mesa. Recogió el espejo y lo levantó un poco para verse. Se acomodó un mechón que se había soltado sobre la frente.

—¿Queda algún color para mí?

Iris se volvió enseguida.

—Siéntate, mamá.

—Solo quería ver cómo...

Peryna ya había apartado la silla. Erina la miró, dejó el espejo y se sentó mientras Iris buscaba el peine.

—Pero nada azul —añadió.

—A mí me quedaba bien —protestó Peryna.

—A ti sí, querida.

Aura se acercó al cabello de Erina.

—¿Más oscuro?

—Al contrario. Un poco más claro. Pero no como lo tenías tú hace un rato.

Aura sonrió al recordar el amarillo. Tomó un mechón y probó con un dorado más suave. Erina lo siguió en el espejo hasta que el cambio alcanzó todo el cabello. Iris le soltó lo que llevaba recogido y empezó a peinarlo.

—¿Así? —preguntó Aura.

Erina inclinó la cabeza hacia la ventana.

—Un poco menos... Ahí. Déjalo así.

Se pasó los dedos por las puntas. Iris le apartó las manos para poder cruzar dos mechones y sujetarlos detrás, dejando el resto suelto.

—Hace mucho que no me lo pongo de esta manera —dijo Erina.

—Pues deberías —respondió su hija—. No te muevas, me falta aquí.

Peryna le ofreció un lazo. Erina lo acercó a su cabello, dudó y acabó devolviéndoselo.

—Con ese voy a parecer tu hermana.

—Puedes ser la mayor.

Iris soltó una risa mientras buscaba otro. Aura se sentó cerca de Erina y sostuvo el espejo para las dos. Cuando Iris terminó, su madre se enderezó en la silla. Giró la cabeza hacia un lado, después hacia el otro, y se alisó el cuello de la blusa.

—Espera, levántalo un poco —le pidió a Aura.

Aura obedeció. Erina acomodó el cabello sobre un hombro y levantó ligeramente la barbilla para verse mejor.

—¿Y así?

—Así también —dijo Mauro desde la puerta.

Erina se volvió de golpe. Su esposo había entrado con Micah, que todavía llevaba una cuerda en la mano. Ambos se quedaron mirándola.

—No sabía que estaban ahí.

Se llevó una mano al cabello y miró hacia Iris, como si ella pudiera explicarlo. Su hija apretó los labios, pero Peryna empezó a reírse antes de que ninguna dijera nada. Aura quiso contenerse al ver las mejillas de Erina; entonces la niña imitó cómo había levantado la barbilla y las tres acabaron riéndose.

—¡Peryna! —Erina le tocó la mejilla con el dorso de los dedos—. No estaba haciendo eso.

—Un poquito —dijo Iris.

Micah dejó la cuerda junto a la puerta, sonriendo al ver a su madre.

—¿Eso también lo hizo Aura?

—El color. El peinado es mío —respondió Iris, apoyando una mano en el respaldo de su madre.

Mauro se acercó. Erina intentó recoger el cabello que le caía sobre el hombro, pero él lo miró antes de que pudiera esconderlo.

—Te queda bonito.

—Ellas me convencieron.

Peryna abrió la boca. Iris la sujetó por un hombro, riéndose todavía.

—Mamá preguntó si quedaba algún color para ella —contó la niña.

Erina bajó los ojos y negó con la cabeza, aunque también sonreía. Mauro le apoyó una mano en el hombro.

—Entonces escogiste bien.

Ella le miró de nuevo y dejó suelto el cabello. Aura seguía sosteniendo el espejo; Mauro aparecía detrás de Erina, Iris a un lado y Peryna intentando meterse entre ambas para mirar. Tuvo que apartarlo antes de que la niña se lo acercara demasiado a la cara.

—¿Otra vez azul? —le pidió Peryna en voz baja.

—Ahora vamos a poner la mesa —dijo Erina—. Llevamos aquí toda la tarde.

Se levantó y Aura dejó deshacerse el color. Erina se tocó una punta al verla regresar a su tono habitual, pero conservó el peinado.

Iris le indicó a Aura que volviera a sentarse para terminar el suyo. Ella recuperó el castaño y cambió también los ojos mientras su amiga ajustaba el lazo. Micah, que había empezado a recoger los peines de la mesa, detuvo la mano.

—Con ese pelo habría pasado a tu lado sin saludarte.

—Mi maestro me enseñó —explicó Aura—. Puedo mantenerlo mientras hago otras cosas. Mientras no use otra magia.

Micah se acercó para mirarla mejor. Mauro también la observó un momento y luego recogió los lazos que Peryna había dejado sobre su silla.

—¿Estos dónde van?

Iris le señaló el cesto. Micah tomó el espejo y lo sostuvo más alto cuando ella se lo pidió. Aura pudo verlos detrás de su silla, mientras Erina regresaba a la cocina con el cabello todavía suelto sobre los hombros.

Peryna se llevó el paño que había dejado allí y Micah devolvió el espejo. A Aura todavía le dolían un poco las mejillas de tanto reírse. Sostuvo el color mientras ayudaba a repartir los platos.

Al volver a la cocina por los cuencos, encontró a Mauro junto a Erina. Ella estaba cortando el pan y él tenía abierto un papel sobre el borde de la mesa.

—Si venden todo, podemos darle una parte —dijo Erina en voz baja.

—Una parte. Va a decir que falta lo demás.

Erina dejó el cuchillo y miró hacia la puerta.

—Pero tendremos algo. No quiero que vuelva a hablar de quedarse con la granja.

Mauro dobló el papel.

—Ya habló de eso. Y de llevarse a Iris.

Aura se detuvo con los cuencos contra el pecho. Recordaba a Silas mirando a la muchacha mientras sostenía las escrituras. Desde el comedor, Peryna llamó a su madre para preguntarle dónde debía sentarse.

—Ahora voy, querida.

Erina terminó de cortar el pan y puso varios trozos en un plato. Mauro guardó el papel antes de tomarlo.

Aura los siguió hasta la mesa. Solo dejó deshacerse el color cuando todos estuvieron sentados.


Durante la cena, Mauro puso junto a su plato un papel doblado y se lo pasó a Micah.

—Revisé lo que queda. Podemos llevar estas bolsas mañana.

Micah lo abrió y recorrió la lista con un dedo.

—¿También la pequeña?

—Esa primero. No quiero que se quede más tiempo aquí.

Erina le pidió que añadiera sal y aceite entre las cosas que debían comprar. Iris recordó que necesitaban hilo para remendar los sacos y se levantó a buscar algo con qué escribir. Peryna quiso agregar un lazo, pero su madre le dijo que primero verían cuánto quedaba después de las compras.

Aura escuchaba sentada en el mismo lugar de la noche anterior. Había ayudado a poner algunos platos, aunque Iris se encargó de acercar la olla. Todavía tenía sueño, pero pudo terminar su comida sin que volviera el mareo.

—¿Vas a llevar la harina al pueblo? —le preguntó a Micah.

—Sí. Tenemos que venderla y traer lo que falta.

—¿Queda lejos?

—Saldremos temprano. Así nos da tiempo para descargar y buscar comprador sin correr todo el día.

Aura miró el papel. Micah lo había dejado entre ambos mientras Iris anotaba las compras.

—¿Puedo ir contigo?

Él levantó la cabeza.

—¿Quieres venir?

—Sí. Puedo ayudar con las bolsas. Y me gustaría conocer el camino.

Mauro miró hacia Erina.

—Con el cabello como lo tenías hace un rato —dijo—. Allí habrá mucha gente.

—Sí. Puedo llevarlo así.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó ella.

—Mejor. Ya casi no me duele.

—Entonces duerme bien esta noche —dijo Erina—. Micah se levanta temprano cuando hay que salir.

—Puedo levantarme.

—Eso dice Peryna también —comentó su hermano.

La niña le dio un pequeño golpe en el brazo.

—¡Yo puedo!

Aura sonrió. Micah dobló el papel y lo guardó.

—Voy a revisar el carruaje después de cenar. Si quieres, puedes venir a ver dónde pondremos las cosas.

—Voy contigo.

Peryna dejó la cuchara dentro de su plato.

—¿Te vas otra vez?

Aura se volvió hacia ella.

—Voy a acompañar a Micah.

—¡Pero luego vuelves!

—Sí. Quiero volver.

La niña pasó un dedo por el borde de la mesa.

—Todavía no me enseñaste.

Aura sintió vergüenza al recordar cómo le había respondido en el molino. Miró a Peryna, que esperaba sin acercarse más.

—Lo sé. Esta mañana... te hablé mal.

—Dijiste que acababas de volver.

—Sí. Pero tú solo me estabas preguntando.

Peryna levantó un poco la cabeza.

—¿Entonces sí quieres?

Aura asintió.

—Cuando regrese, buscaremos un rato para las dos.

—¿Sin bolsas que doblar?

Aura soltó una risa.

—Sin bolsas.

Peryna pareció pensarlo y luego se acercó un poco más con su silla. Siguió comiendo sin volver a preguntarle.

Después de la cena, Aura salió con Micah. Mauro ya estaba junto al carruaje, revisando una de las cuerdas. Les indicó cómo distribuir la carga, y Aura sostuvo un extremo mientras Micah comprobaba los nudos. Hablaron de las bolsas que debían llevar primero y del sitio que quedaría para las compras.

Cuando regresó a su habitación, Aura dejó las botas junto a la cama. Abrió el bolso para sacar la ropa con la que dormiría y encontró el estuche envuelto en tela lavanda. Lo acomodó de nuevo entre las mudas. Todavía tenía que entregárselo a Aaron.

Abajo, Micah le preguntó a su padre dónde había dejado una herramienta. Aura escuchó la respuesta mientras preparaba la ropa para la mañana.

Se acostó después de acercar las botas, para encontrarlas sin hacer ruido cuando la llamaran.

Folio 09·8067 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

32,11 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

3,98 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

780,70 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||