Sentoria · Los días que no vivió
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DalianaCapítulo 10

Limessia·Daliana·Capítulo 10

Los días que no vivió

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Folio 10·52 min de lectura

Micah llamó a la puerta cuando Aura ya estaba buscando el cierre de la capa.

—¿Estás despierta?

—Sí. Ya salgo.

Las botas estaban donde las había dejado. Se sentó para ponérselas y recogió el bolso, que había preparado antes de acostarse. El estuche de Ereel seguía entre la ropa; lo acomodó contra el fondo y cerró la correa. Luego tomó una punta del cabello y mantuvo sobre ella el castaño que habían elegido la tarde anterior. El cambio se extendió hasta las raíces. Hizo lo mismo con los ojos y se acercó al espejo pequeño que Iris le había prestado.

Se miró de un lado y del otro. La trenza había resistido bastante bien la noche, aunque tenía varios mechones sueltos cerca de la frente. Intentó esconder uno detrás de la oreja y terminó sacando otro.

—Aura —llamó Micah desde la escalera—. El desayuno está abajo.

—¡Voy!

Dejó el espejo sobre la cama y salió.

Erina había puesto dos cuencos junto al pan. Mauro entraba y salía de la cocina, llevando cosas hacia el patio, e Iris envolvía unas piezas pequeñas en una tela. Peryna permanecía sentada con los codos sobre la mesa y la cara apoyada en las manos.

—Te levantaste —le dijo Aura.

La niña asintió sin incorporarse.

—Micah dijo que no podía.

—Dije que después tendrías sueño.

Peryna se enderezó al oírlo. Erina le acercó un trozo de pan y Aura se sentó frente a ella. Desayunaron mientras Iris terminaba de envolver la comida del camino. Al levantarse, le ajustó a Aura el lazo de la trenza.

—No tires de aquí. Lo vas a soltar todo.

—Eso estaba intentando evitar.

Iris le acomodó el mechón detrás de la oreja y la dejó ir. Aura recogió el paquete de comida y salió con Micah.

El carruaje estaba junto al molino. Mauro había puesto las bolsas más grandes contra la parte delantera y dejaba un espacio en medio para una caja con tapa. Bajo el asiento había otras dos bolsas, más pequeñas, y un cesto cubierto con tela.

Aura apoyó la comida junto a su bolso y se acercó a la carga.

—¿Todo esto es harina?

—Estas tres —respondió Micah, señalando las bolsas grandes—. Aquí llevamos grano. Y aquello es salvado.

Aura miró las marcas de la tela. Las bolsas de harina tenían una raya cerca de la costura; las del grano llevaban una cruz.

—¿Las rayas son para la harina?

—Sí. La cruz es el grano. El salvado está en las pequeñas.

Mauro alzó la tapa de la caja. Dentro, envueltos en paños, habían acomodado varios panes. Todavía salió un poco de calor al abrirla, y Aura se inclinó para verlos mejor.

—Pensé que ya habían terminado de hornear anoche.

—Estos los sacamos esta mañana —dijo él—. Tuve que levantarme antes que ustedes.

Erina llegó con el último y lo dejó en el hueco que había quedado. Mauro cerró la tapa y Micah pasó una cuerda por encima.

—La harina puede esperar —comentó Erina—. El pan, no. Intenten venderlo primero.

Micah sacó el papel de la noche anterior. Habían añadido cantidades junto a las bolsas y una línea para los panes. Aura lo sostuvo mientras él comprobaba la carga.

Contaron una vez más. Ella señaló las bolsas con la raya, después las del grano y las pequeñas. Al llegar al pan, dudó y miró hacia la cocina.

—¿También contamos lo que llevamos para comer?

—Eso no se vende —respondió Micah.

—Por eso preguntaba.

Mauro sonrió mientras tensaba el último nudo. Aura corrigió la cuenta y dobló el papel por donde ya estaba marcado. Quiso devolverlo, pero Micah le indicó el bolso.

—Guárdalo tú. Así lo tenemos a mano cuando pregunten.

Ella lo acomodó en el bolsillo exterior, separado del estuche.

Subió al asiento y tuvo que apartar la capa antes de sentarse. Micah se ajustó el cinto de la espada y, cuando ella terminó de acomodarse, le pasó el cesto de debajo de la tela: estaba vacío, salvo por una bolsa pequeña y un recipiente envuelto en un paño.

—Para las compras —explicó.

Aura lo dejó entre sus pies. Mauro se acercó a revisar una de las correas del caballo mientras Erina les recordaba la sal, el aceite y el hilo. Peryna salió detrás de Iris, sujetándose el cabello a un lado.

—¿Vas a volver antes de dormir?

—Eso queremos —respondió Micah.

Aura se inclinó hacia ella.

—Te contaré lo que vea.

Peryna miró su trenza castaña y le tocó una punta.

—Pero vuelve con tu pelo.

—Sí.

La niña la soltó cuando el caballo empezó a moverse. Aura levantó la mano para despedirse. Erina permaneció junto a Mauro; Iris tenía un brazo sobre los hombros de Peryna, que volvió a agitar la mano antes de que el molino las ocultara.

El camino bordeaba al principio los campos. El sol apenas había alcanzado la parte alta de las espigas y dejaba el resto bajo una sombra fresca. Aura vio a un hombre caminando entre los surcos con una herramienta sobre el hombro. Más lejos, dos personas acomodaban carga junto a una carreta.

Había recorrido una parte de aquel sendero a pie, pero Micah tomó un desvío que ella no conocía. Dejaron atrás una cerca y empezaron a bajar entre árboles cada vez más próximos. Las ramas se extendían sobre el camino. Una rozó la tela que cubría las bolsas y Aura se volvió para comprobar que no la hubiera enganchado.

—¿No vamos por donde fui a la capital?

—No todavía. Nos juntamos con ese camino más adelante.

Micah sujetó las riendas con ambas manos al entrar en una curva. La rueda pasó sobre una raíz y Aura se agarró al borde del asiento.

Los campos quedaron atrás. Bajo los árboles, la tierra estaba más oscura y guardaba humedad entre las huellas de otros carros. A un lado crecían helechos que casi tocaban las ruedas; al otro, las raíces de un tronco se habían levantado sobre un pequeño desnivel. El caballo avanzaba entre ellas siguiendo las marcas más profundas.

Aura se acomodó mejor la capa. El aire le enfriaba las manos y traía olor de hojas húmedas. Se oían aves por encima de sus cabezas, aunque solo consiguió ver una cuando cruzó una abertura entre las ramas. El suelo del bosque se extendía bajo los arbustos, lleno de hojas caídas y manchas de luz que cambiaban al avanzar.

—Papá conoce bien este camino —dijo Micah—. A veces venimos los dos. Hoy se quedó con las tablas del molino.

—Yo podía haberlo ayudado otro rato.

—Ya lo ayudaste ayer.

Aura apoyó las manos sobre las rodillas. Todavía tenía una pequeña marca junto al pulgar, donde la cuerda del saco le había rozado la piel.

—Me gustó hacerlo.

Micah la miró un momento y después volvió la atención al caballo.

—Cuando regresemos, seguro te encuentra algo.

El bosque empezó a abrirse alrededor de una franja de terreno más firme. Llegaron a un camino ancho, con surcos de ruedas en ambas direcciones. Micah se detuvo antes de incorporarse y dejó pasar un carro cargado de haces de leña. El conductor levantó la mano al verlos.

Aura respondió y luego miró hacia donde se alejaba.

—¿Él va a la capital?

—Puede ser. Ese camino sigue hacia el norte.

Micah señaló el otro lado con la barbilla.

—Nosotros vamos al sur. A la vuelta salimos de aquí para la granja.

Aura se volvió para mirar el sendero por el que habían llegado. Había un tronco partido junto a la entrada y una piedra grande entre las raíces. Los retuvo un instante antes de acomodarse de nuevo.

El camino principal recibía más luz, aunque seguía rodeado por árboles. Encontraron una mujer que llevaba dos cestos sobre un animal de carga y, más adelante, una carreta detenida mientras sus ocupantes ajustaban una rueda. Uno de ellos tenía las manos negras hasta las muñecas. Micah preguntó si necesitaban ayuda; el hombre levantó una pieza de hierro y dijo que ya casi terminaban.

Un poco después tuvieron que detenerse detrás de otro carro. Dos soldados a caballo ocupaban el paso. Uno llevaba el símbolo del sol de vida en el pecho y señalaba con la fusta hacia la carga del hombre que iba delante.

—A un lado. ¿No me has oído?

El conductor trató de hacer retroceder a su animal. Una rueda se hundió en el borde blando del camino.

—Ahí no puedo bajar más, señor. Si me deja avanzar hasta...

El soldado golpeó con la fusta una de las bolsas. El hombre dejó de hablar y tiró otra vez de las riendas.

Micah acercó su carruaje al borde antes de que se lo pidieran. Aura recogió la capa sobre las rodillas y miró al otro soldado, que examinaba las caras de quienes esperaban. Quiso volverse hacia Micah, pero él mantenía las manos sobre las riendas y la vista al frente.

Los soldados pasaron junto a ellos. Aura soltó la tela cuando se alejaron. El conductor del otro carro bajó a empujar la rueda; Micah esperó a que consiguiera sacarla y lo dejó avanzar primero.


Los árboles se separaron poco a poco. Primero aparecieron cercas, después pequeñas construcciones junto al camino y un cobertizo bajo el que habían colgado piezas de madera. Aura vio una rueda apoyada contra un poste, varias herramientas sobre una mesa y un muchacho que barría virutas hacia una zanja.

Detrás de los tejados subían columnas de humo. Había más carros en el camino y algunos empezaban a detenerse frente a almacenes con las puertas abiertas. Dos hombres descargaban fardos sobre una tabla ancha. Una mujer los contaba desde el umbral sin dejar de discutir con el conductor.

Micah redujo el paso.

—Tenemos que buscar dónde dejar el carruaje. Desde aquí siempre se llena.

Aura se incorporó un poco para mirar por encima de la carga del carro que iba delante. Las primeras casas eran bajas, con paredes remendadas y tejados que sobresalían hacia la calle. Entre ellas se levantaban almacenes de dos pisos, balcones estrechos y letreros pintados con colores que no siempre coincidían con la fachada. De una ventana colgaban madejas rojas. Más adelante habían clavado sobre una puerta una bota de madera casi tan grande como Peryna.

—¿Aquí hacen zapatos?

—También. Casi todo lo que no hacemos en la granja lo compramos aquí.

Un hombre pasó junto al caballo con una cesta de herramientas. Micah esperó a que cruzara y avanzó por una calle que olía a humo, pan y cuero. Bajo los aleros había gente trabajando. Otros sacaban mesas a la calle, levantaban toldos o discutían sobre cargas que todavía no habían terminado de bajar.

En la capital, Aura había seguido a quienes sabían adónde llevarla. Ahora buscaba los puestos de comida y los sacos de harina, intentando adivinar dónde podrían preguntar primero. Señaló unos panes dispuestos detrás de una ventana.

—Allí venden.

Micah acercó el carruaje al borde y habló con una mujer que estaba colocando una bandeja.

—¿Les falta harina hoy? Traemos del molino de la granja Fuegel.

La mujer miró las bolsas sin salir de la puerta.

—Esta mañana ya me trajeron. ¿También llevan pan?

—Sí.

—Prueben más abajo, donde descargan los textiles.

Les indicó una calle. Micah agradeció y siguió hasta una explanada junto a varios cobertizos. Otros carros estaban alineados cerca de un abrevadero. Dejó el suyo en un espacio libre y aflojó las correas del caballo.

Aura bajó por el lado seco. Tomó el cesto de las compras, pero Micah le pidió que esperara.

—Primero llevemos una muestra.

Abrió la caja y retiró dos panes. Seguían tibios bajo los paños, aunque ya no salió vapor. Aura los acomodó en el cesto y añadió una bolsa pequeña con harina que Mauro había dejado junto a la tapa. Micah revisó una vez más la carga y echó a andar con ella.

Los golpes de una herrería llegaban desde la esquina. Al pasar frente a la puerta, Aura vio a un hombre sosteniendo una pieza al rojo con unas tenazas. La apoyó sobre el yunque y descargó el martillo varias veces. Cerca de él, un muchacho accionaba el fuelle con todo el peso del cuerpo. El cuero crujía a cada movimiento.

El herrero devolvió la pieza al fuego. Extendió la mano libre hacia las brasas y estas brillaron con más intensidad. Aura sintió una corriente breve orientarse hacia la fragua. La siguió por un instante, atenta al cambio que acababa de percibir, hasta que el hombre retiró la mano para ajustar las tenazas.

El muchacho seguía trabajando con el fuelle. Tenía la camisa pegada a la espalda y apartó el cabello de su frente con el antebrazo.

—Cuidado —dijo Micah, tocándole a Aura el codo.

Ella se apartó justo antes de que un trabajador saliera con una rueda. Había permanecido mirando desde el borde de la puerta.

—Perdón.

El hombre pasó sin detenerse. Aura volvió a acomodar el cesto contra su cintura y siguió a Micah.

—Estaba usando magia para el fuego —comentó.

—Sí. El hierro tiene que estar muy caliente.

—Lo sentí cuando acercó la mano.

Micah miró hacia la herrería, pero ya habían doblado la esquina. Una voz llamó desde el otro lado de la calle ofreciendo correas y hebillas. Él se acercó al puesto para preguntar por los trabajadores de los almacenes.

El vendedor estaba sentado entre tiras de cuero de diferentes colores. Tenía una pieza sobre las rodillas y pasaba un hilo grueso por agujeros que ya había abierto. Al escuchar a Micah, señaló con la aguja hacia el fondo de la calle.

—Sigan el olor. Allí está el patio de los cueros. Siempre hay alguno buscando qué comer.

Aura lo miró antes de que se inclinara otra vez sobre la costura. Junto a él había una correa terminada, con flores pequeñas marcadas alrededor de la hebilla. Quiso tocarla, pero recordó el polvo que todavía tenía en el borde de la capa y mantuvo las manos en el cesto.

El olor se volvió más fuerte al acercarse al patio. Por una puerta ancha se veían pieles colgadas sobre bastidores y varias cubas. Un hombre raspaba una pieza extendida sobre un soporte inclinado; cada pasada dejaba restos que apartaba con la misma herramienta. Dos trabajadores levantaban otra entre ambos, tirando de los bordes para colocarla sobre un marco.

Aura arrugó la nariz.

—¿De aquí salen las correas?

Micah asintió y se acercó al umbral. Una mujer que llevaba un cubo les hizo espacio para pasar. El recipiente iba lleno, pero lo sostenía con una sola mano, separado de la pierna. Aura notó una corriente junto al asa, un sostén que acompañaba el movimiento del agua. La mujer lo apoyó junto a una cuba y la sensación se interrumpió.

Después levantó otro cubo vacío con el pie para alcanzarlo con la mano.

Micah le mostró el pan.

—¿Quieren comprar? Lo trajimos esta mañana.

—Pregúntenle al que está junto a la pared. Él recoge lo de todos.

El hombre ya tenía un paquete abierto entre las rodillas. Miró el cesto, negó con la cabeza y les mostró el pan que acababa de repartir. Uno de sus compañeros alzó la mano para pedir otro trozo.

—Llegaron un poco tarde —dijo—. Prueben con los de la lana. Más adelante, donde tienen los toldos.

Aura salió detrás de Micah, respirando por la boca hasta dejar atrás el patio. Él la miró y se rio en voz baja.

—Luego deja de sentirse tanto.

—¿Cuánto después?

—No sé. Yo nunca me quedo lo suficiente.

Aura soltó una risa. Cambió el cesto de brazo y avanzaron entre un carro estacionado y varias cajas. Al fondo de un callejón vio una construcción abierta, más alta que los talleres cercanos. Dentro giraba una rueda de hierro. Unos brazos unidos a ella subían y bajaban sobre un recipiente ancho, y el suelo parecía vibrar con cada golpe. Bajo la rueda, una pieza azul brillaba a intervalos.

Aura redujo el paso.

—¿Qué es eso?

Micah siguió la dirección de su mirada.

—Una máquina Lay Len. Creo que trituran piedra allí. Mira lo que tienen amontonado.

Había montículos claros junto a la entrada y un carro pequeño detenido al lado. Desde donde estaba, Aura no alcanzaba a distinguir lo que caía bajo los brazos de hierro. Solo veía el movimiento repetido y a una persona empujando un recipiente hacia la salida.

Quiso acercarse y ajustó el cesto contra su brazo. Micah se había detenido unos pasos más adelante.

—¿Vamos primero a vender esto? Después podemos pasar por ahí.

—Sí... Quería ver quién la movía.

—La máquina se mueve sola.

Aura volvió a mirar la rueda. Nadie estaba junto a ella. Al fondo se veía una figura agachada, pero la carga de otro carro le tapó la entrada antes de que pudiera observar mejor.

Siguió a Micah hasta los toldos.

Allí colgaban mantas, rollos de tejido y madejas. Algunas conservaban colores suaves, casi iguales a la lana que una mujer estaba separando sobre una mesa. Otras habían sido teñidas de verde, rojo o un azul que le recordó el cabello de Peryna. Aura se acercó a una madeja suspendida junto al borde del puesto.

—Este le gustaría a Iris.

Micah miró el color.

—Lo que necesita es hilo para los sacos.

—Ya sé. Solo estaba mirando.

Detrás de las madejas, una mujer hacía girar un huso mientras estiraba entre los dedos una porción de lana. Aura observó cómo las fibras sueltas se reunían en un hilo. Cuando el giro empezó a perder velocidad, la mujer movió apenas dos dedos y el huso volvió a acelerarse sin que lo tocara.

La corriente llegaba a él en impulsos pequeños. Aura la percibía cada vez que la mujer repetía el gesto, aunque lo que más le llamó la atención fue que no levantaba los ojos de la lana. Sus dedos continuaban separándola y reuniéndola con una rapidez que Aura apenas podía seguir.

En la mesa de al lado, otra persona trabajaba con dos piezas cubiertas de dientes, pasándolas por la lana hasta dejarla más pareja. No vio que nada se moviera por sí solo allí. El brazo iba y venía, se detenía para retirar un resto oscuro y volvía a empezar.

Micah esperó a que la mujer del huso terminara el tramo que tenía entre las manos.

—Buenos días. ¿Les interesa pan de la granja Fuegel? También traemos harina, grano y salvado.

Ella frenó el huso y miró el cesto.

—¿Cuánto pan tienen?

Aura buscó el papel en su bolso antes de que Micah respondiera. Lo abrió sobre el borde de la mesa, sujetando una esquina con el pulgar.

—Esto es lo que trajimos —dijo, señalando la línea—. Y podemos ir a buscarlo. El carruaje está cerca del agua.

La mujer tomó uno de los panes con permiso de Micah y lo apretó ligeramente entre los dedos. Después desató la bolsa de muestra y dejó caer un poco de harina sobre la palma.

Aura se quedó junto a la mesa con el papel abierto, esperando mientras ella comprobaba el producto.

La mujer se sacudió la harina de los dedos y miró otra vez la lista.

—Puedo darles doce monedas de plata por todo. Se lo traen aquí y terminamos de una vez.

Aura levantó los ojos hacia Micah. Doce de plata le parecían bastante; imaginó el peso de las monedas dentro de la bolsa que habían llevado para guardarlas. Ya tenían comprador y podrían empezar con las compras.

—No —respondió él—. Por ese precio no.

La mujer dejó el pan en el cesto.

—Tienen que venderlo hoy. Después no van a sacar lo mismo.

—El pan, sí. Lo demás puede volver con nosotros.

Micah cerró la bolsa de muestra y agradeció antes de apartarse. Aura recogió el papel y lo siguió entre las madejas. Cuando dejaron atrás el puesto, volvió a mirar hacia la mesa.

—Yo pensé que estaba bien.

—Quiere pagarnos la harina casi como el salvado. Y llevarse el pan con lo que sobra.

Aura desplegó una esquina de la lista mientras caminaba.

—Pero lo compraría todo.

—Para venderlo después. Conoce lo que vale; por eso preguntó cuánto traíamos.

Micah señaló una de las cantidades.

—Papá vendió harina la semana pasada. Solo estas bolsas ya valían casi lo que nos ofreció.

Aura miró la línea del grano y después los panes.

—Ah... Entonces faltaba mucho.

Él asintió. Aura dobló el papel y lo guardó con más cuidado.


Preguntaron en otros dos puestos. Un vendedor de mantas quiso comprar uno de los panes, pero buscaban vender la caja entera. En una tienda de correas les indicaron una cocina al otro lado de la calle; cuando llegaron, la puerta estaba cerrada y nadie respondió desde dentro.

El sol había alcanzado los toldos. Aura se quitó la capa de los hombros y la dobló sobre el brazo. Micah se detuvo junto a una pila de cajas para leer los letreros de unos almacenes. Más allá, dos hombres sacaban fardos por una puerta ancha, dejando sobre la piedra pequeños restos de lana.

Encima del umbral había un círculo verde atravesado por tres líneas doradas. El mismo emblema aparecía en una tabla clavada junto a la entrada y en las bandas que sujetaban varios fardos. Aura lo miró mientras un trabajador llevaba uno hacia el carro detenido frente al edificio.

Micah se acercó a preguntarle. El hombre acomodó la carga antes de responder.

—Para la cocina, hablen ahí dentro. Al fondo, donde están pesando.

Entraron por el espacio libre junto al carro. Había rollos de tela apilados contra las paredes, algunos envueltos y otros abiertos lo suficiente para mostrar el color. Una pieza azul oscuro caía desde una mesa casi hasta el suelo. Sobre ella habían dejado tijeras, pesas pequeñas y una cinta marcada a intervalos.

Aura apretó el cesto contra su cuerpo al pasar entre los rollos. Una mujer los dejó avanzar y volvió a tirar de una tela que estaba extendiendo con otra trabajadora. Al fondo, un hombre comprobaba el peso de un fardo junto a una balanza. Tenía el cabello oscuro, con algunas hebras grises cerca de las sienes, y llevaba un chaleco azul sobre la camisa. Una marca de tiza le cruzaba la manga.

Antes de que Micah lo llamara, levantó la cabeza y miró el cesto.

—Eso huele mejor que lo que tenemos aquí.

Aura bajó los ojos hacia el pan. Micah se acercó un paso.

—Lo trajimos para vender. También llevamos harina, grano y salvado.

El hombre dejó la pesa sobre la mesa.

—¿De qué molino?

—Fuegel.

Le indicó que dejara la muestra junto a la balanza. Aura apoyó el cesto y sacó el papel. El hombre tomó uno de los panes, lo volvió entre las manos y acercó la corteza a la nariz.

—¿Los hicieron esta mañana?

—Sí.

Micah le mostró las cantidades.

El hombre las recorrió con un dedo y luego pidió ver la harina. Se frotó un poco entre las yemas, miró lo que quedaba en su palma y se limpió con un paño.

—Podemos usarla en la cocina. El grano y el salvado también nos sirven para los animales. ¿Trajeron el carro hasta aquí?

—Lo dejamos cerca del abrevadero.

—Vayan por él. Quiero comprobar el resto, pero si está como la muestra, les doy veinte por todo.

Aura volvió a mirar a Micah. Esta vez él no apartó el cesto de la mesa.

—Veinte de plata, al entregar —dijo.

—Al entregar —confirmó el hombre—. Soy Darom Veyra.

Micah le dio la mano y se presentó. Aura hizo lo mismo cuando Darom se volvió hacia ella.

—Aura.

—Déjenme uno de estos mientras traen lo demás. Así llego con algo a la cocina.

Micah asintió y recogieron el cesto con el otro pan. Al salir, Aura se volvió hacia el emblema sobre la puerta. Desde aquel lado podía ver que las líneas doradas también estaban pintadas en el carro.

—Este sí —dijo cuando estuvieron en la calle.

Micah sonrió.

—Este sí.

Fueron por el carruaje y lo llevaron hasta el espacio que había quedado frente al almacén. Un trabajador los ayudó a bajar la primera bolsa. Darom aflojó la cuerda de la boca, comprobó el contenido y llamó al hombre de la balanza.

Aura sacó la lista mientras Micah desataba las cuerdas. Esperó a que pesaran cada bolsa antes de marcarla. Cuando llegaron al grano, le señalaron dónde dejarlo para no confundirlo con la harina. Ella y Micah llevaron las bolsas pequeñas entre ambos y después acercaron la caja de pan.

Al levantar la tapa, Darom llamó hacia el interior. Una mujer salió con una bandeja grande y comenzó a acomodar los panes sobre ella. Dejó el que había recibido primero junto a los demás y le pidió a un muchacho que llevara la caja vacía de vuelta al carruaje.

Micah sostuvo abierta la bolsa del dinero mientras Darom contaba las monedas sobre una mesa. Aura las siguió con la vista. Eran veinte, todas de plata. Darom apartó la última de las demás para volver a contarlas y luego las acercó al borde.

—La harina está bien seca —comentó—. Si vuelven a traer, pregunten aquí.

Micah contó el pago antes de guardarlo. Aura dobló la lista, ya llena de marcas, y la acomodó en el bolso.

Darom regresó a la balanza cuando uno de los trabajadores lo llamó. Había dos fardos abiertos sobre el suelo y una discusión sobre cuál debía ir primero. Micah se despidió, le dio las gracias al hombre que los había ayudado y llevó el carruaje de nuevo hacia el abrevadero.

Aura se sentó junto a él, con la caja vacía a sus espaldas. Cada vez que el caballo cambiaba el paso, le llegaba un pequeño golpe de las monedas dentro de la bolsa.

—Ahora sí compramos —dijo Micah, dejándosela en las manos.

Aura la sujetó con los dedos cerrados sobre la abertura. Pesaba más de lo que había imaginado.


La sal estaba guardada en sacos pequeños, lejos de los recipientes con aceite. El vendedor llenó una medida de madera, la alisó con el borde de una tablilla y la vació en la bolsa que habían llevado desde la granja.

Aura sostuvo la tela mientras Micah revisaba las cantidades con la lista de Erina. Después el hombre llenó su recipiente de aceite. Una gota corrió por el borde antes de que pusiera el tapón; Aura la limpió con el paño que lo envolvía.

Micah pagó con una de las monedas de plata y esperó el cambio. Aura vio regresar varias de bronce. Él las contó, apartó dos que casi habían quedado juntas y las guardó en la misma bolsa.

Ella acomodó el aceite en el fondo del cesto, con la sal a un lado para que no rodara.


Compraron lentejas en un puesto más estrecho, entre cestos con cebollas y ajos. La mujer que los atendió retiró una piedrecita antes de llenar la medida. Aura sostuvo la bolsa abierta sobre la mesa y después se la pasó a Micah para que hiciera el nudo.

En el puesto siguiente encontraron jabón. Habían cortado las piezas con tamaños desiguales y algunas llevaban una marca hundida en el centro. Micah escogió dos; el vendedor las envolvió en un papel grueso que Aura guardó separado de las lentejas.

Al levantarse, vio la bolsa del dinero otra vez en las manos de Micah. Quedaban menos monedas de plata y más de bronce. Él buscó las que necesitaba, recibió una de vuelta y continuaron por la calle.


El hilo estaba junto a agujas, botones y trozos de cinta. Micah comparó dos rollos y pidió el más grueso para remendar los sacos. Aura encontró una cinta de un color parecido al lazo que llevaba; la levantó para comprobarlo y la dejó en su sitio cuando él terminó de comprar.

Micah revisó la lista. Habían tachado la sal, el aceite y el hilo; debajo quedaban anotadas las lentejas y el jabón. Guardó el papel junto al dinero y tomó el cesto, que ya pesaba bastante más que al empezar.

Aura recogió su capa sobre el brazo y lo siguió entre dos carros que estaban descargando. Pasaron de nuevo cerca del puesto de lana. La mujer del huso seguía trabajando y no levantó los ojos al verlos cruzar.


El caballo bebió mientras acomodaban las compras. Aura puso la bolsa de lentejas donde antes habían estado las del salvado y Micah le pasó la sal. El recipiente de aceite quedó dentro de la caja vacía del pan, rodeado por los paños. El jabón y el hilo fueron al cesto, bajo el asiento.

Había mucho más espacio ahora. Aura se inclinó para buscar la cuerda que habían soltado al descargar y la encontró entre dos tablas. Micah la tomó por un extremo y ambos sujetaron la caja para que no se desplazara.

Unas ruedas sonaron detrás de ellos. Aura se volvió con la cuerda todavía en la mano.

Dos carros avanzaban desde la calle de los almacenes. El primero llevaba fardos cubiertos por una lona y tenía el círculo verde con las tres líneas doradas pintado en el costado. El segundo era cerrado; el mismo emblema aparecía bajo una de sus ventanas.

—Los de Darom —dijo Aura.

Micah levantó la cabeza. Darom caminaba junto al segundo carro, hablando con el conductor. Llevaba un maletín y se había puesto una chaqueta sobre el chaleco azul.

—Que el de delante no nos saque mucha distancia —le dijo—. Si tiene que parar, paramos los dos.

El conductor asintió y llamó al hombre del primer carro. Darom esperó a que este volviera la cabeza y le hiciera una señal. Antes de subir, volvió la mirada hacia el abrevadero y los reconoció.

Levantó la mano. Micah respondió y Aura hizo lo mismo, soltando por un instante su extremo de la cuerda. Cuando volvió a sujetarlo, el primer carro ya había doblado hacia el camino de salida. El otro lo siguió poco después.

Terminaron el nudo y comprobaron la carga. Micah volvió a ajustar las correas del caballo mientras Aura sacaba la comida que Iris había preparado. Comieron de pie junto al carruaje, apartándose una vez para dejar pasar a otro animal hacia el agua.

La comida ya estaba fría. Aura se quedó con una miga pegada al pulgar y se la quitó antes de guardar la tela. Micah se secó las manos, rodeó el carruaje para mirar la otra rueda y subió al asiento.

Ella recogió el bolso y la capa. Miró hacia la calle por la que habían salido los carros de Darom; otros vehículos ocupaban ahora el cruce.

Micah le ofreció una mano para subir. Aura se apoyó en ella, acomodó la capa junto a sus piernas y dejó el bolso a su alcance. Habían pasado apenas unos minutos desde la salida de los dos carros.

El caballo empezó a avanzar. Dejaron atrás el abrevadero y volvieron a cruzar entre los almacenes, ahora con la caja llena de compras y las bolsas vacías dobladas bajo el asiento.


Al dejar las últimas casas, Micah tomó el camino que seguía hacia el norte. Aura volvió a ver los cobertizos y las cercas junto a los que habían pasado por la mañana. Más adelante, los árboles se cerraron sobre las ruedas y el olor del humo fue quedando atrás.

Aura dejó el brazo sobre el respaldo, mirando entre los troncos. Había empezado a pensar en cómo describirle a Peryna la rueda de hierro cuando el caballo redujo el paso.

Micah recogió las riendas.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Él miraba hacia una curva. Una tira de tela clara había quedado enganchada en un arbusto, arrastrándose hasta el suelo. Había otra unos pasos más allá, manchada de barro y extendida sobre las huellas de las ruedas.

Al rodear la curva encontraron una carreta.

Estaba volcada contra un desnivel. Una rueda se había desprendido y descansaba entre las raíces de un árbol. La lona estaba abierta; varias piezas de tela caían desde la carga hasta los arbustos, y un rollo había cruzado el camino dejando una franja azul sobre la tierra.

Aura reconoció el círculo verde en el costado inclinado.

—Es el de...

Micah ya había detenido el caballo. Se levantó sobre el asiento para mirar al otro lado del carro y bajó enseguida.

Aura tomó su bolso y lo siguió. Había marcas de cascos fuera del camino, ramas quebradas y una correa que terminaba bajo la carga. Del caballo del carro no se veía nada. Cerca de las varas, un hombre yacía de lado, con una mano extendida hacia las telas.

Micah se arrodilló junto a él.

—Señor.

Le tocó el hombro. El hombre no respondió. Tenía tierra en la mejilla y una mancha oscura bajo el pecho que había alcanzado la camisa y el suelo.

Aura se agachó al otro lado. Buscó una respiración, un movimiento en los labios entreabiertos. Al tocarle el cuello, sintió otra vez un peso contra sus rodillas, sangre caliente entre los dedos y un rostro que no conseguía ver.

La mano le tembló.

—Aura.

Micah le sujetó la muñeca. Ella parpadeó y miró al conductor. No tenía a nadie entre los brazos; estaba agachada junto al carro, con una rodilla hundida en la tierra.

—No respira —dijo.

Micah volvió a comprobarlo. Después retiró la mano despacio.

Un grito llegó desde los árboles.

Él levantó la cabeza. A un lado del carro, unas huellas se alejaban del camino. Había pequeñas manchas de sangre entre ellas y una tela oscura prendida en una rama baja.

—Se llevaron al otro por ahí.

Micah se puso de pie y fue hacia las huellas antes de que Aura pudiera responder. Ella lo siguió, apartándose una rama de la cara. Al oír otra voz, él redujo el paso y se llevó una mano a la espada.

—Quédate cerca.

Se agachó detrás de un tronco caído. Aura llegó a su lado y vio el segundo carruaje en una hondonada. Una de sus ruedas estaba hundida en la tierra y el caballo tiraba de las correas sin conseguir moverlo.

Seis hombres armados rodeaban el vehículo. Dos habían abierto el compartimento de la carga y sacaban paquetes. Uno vigilaba cerca del camino con una ballesta. Otro estaba detrás del carruaje, con un arco apoyado contra una rueda. Los dos restantes retenían a Darom y a una mujer con dos niños.

Darom tenía una herida en la frente. Su chaqueta estaba abierta y sostenía una bolsa de monedas con las manos levantadas. El muchacho mayor, de unos catorce años, permanecía junto a él. La mujer apretaba al pequeño contra su falda y tenía una trenza oscura deshecha sobre un hombro.

Más cerca de la rueda, otro hombre estaba sentado en el suelo con las manos atadas. Aura reconoció la gorra del conductor que había hablado con Darom al salir de la ciudad.

Uno de los bandidos agarró al niño pequeño por la ropa. La mujer intentó retenerlo, pero el hombre tiró más fuerte y la hizo caer de rodillas.

—¡Ya les dimos todo! —gritó Darom.

—Entonces no te costará mostrarnos dónde guardas lo demás.

Micah sacó la espada unos dedos de la vaina. Aura le apoyó una mano en el brazo.

—La ballesta.

Él la miró y volvió los ojos hacia el hombre que vigilaba. Tenía el arma orientada hacia la familia.

Aura acercó la mano al borde del tronco. Podía ver la madera de la ballesta, pero Darom quedaba detrás. Esperó, con los dedos tensos, hasta que el bandido se volvió al escuchar al niño llorar y apartó el arma.

Micah se deslizó hacia un lado, buscando el borde del carruaje. Aura dejó de sostener el color de su cabello y reunió una pequeña esfera entre los dedos.

El pulso golpeó la ballesta. La madera se quebró y el hombre retrocedió con el arma rota entre las manos.

Antes de que los demás se volvieran, Aura lanzó otro contra el suelo, junto a los pies del que retenía al niño. La tierra saltó frente a él. El hombre aflojó la mano y el pequeño cayó de rodillas, tratando de acercarse a su madre.

—¡Aquí! —llamó Micah.

Había salido junto a la rueda. La mujer tomó al pequeño y corrió hacia él con el muchacho mayor detrás. Micah levantó la espada cuando el hombre que estaba junto a Darom se volvió para cerrarles el paso.

Aura se incorporó detrás del tronco.

El bandido de la ballesta la vio primero. Abrió la boca y dejó caer los restos del arma.

—Ambarine... ¡Es Ambarine! —gritó el que había soltado al niño.

La mujer volvió la cabeza al oírlo. Por un instante se quedó mirando el cabello carmesí de Aura. Darom también la miró, sin bajar las manos. Ella alcanzó a ver la sorpresa en su rostro antes de que uno de los hombres lo empujara contra el carruaje.

Los dos que revisaban la carga corrieron hacia Aura. Ella levantó una barrera y la primera espada chocó contra la luz, sacudiéndole los brazos. El otro intentó rodearla por el lado del tronco.

Aura dejó caer la defensa, giró y lanzó un pulso bajo contra sus piernas. Uno cayó sobre las manos y perdió la espada. El segundo rodó contra una raíz y soltó un grito al golpearse el hombro.

Un cuchillo cruzó el espacio entre el carruaje y ella. Aura alzó otra barrera; la hoja chocó y cayó junto al tronco. Deshizo la luz antes de que el zumbido de sus oídos aumentara.

Del otro lado, Micah retrocedió bajo un golpe. La espada del bandido rozó el borde de la rueda y él apenas consiguió apartarla con la suya. La mujer había puesto al pequeño detrás de un baúl caído. El mayor buscaba algo entre los paquetes, sin dejar de mirar a su padre.

Aura dirigió un pulso hacia el brazo que sostenía la espada. El bandido la soltó con un grito. Micah apartó el arma de una patada y lo empujó contra el carruaje, pero tuvo que volverse cuando el hombre de la ballesta sacó una daga y corrió hacia ellos.

Aura lo alcanzó en el costado antes de que llegara. El golpe lo hizo chocar contra un paquete y caer junto a la rueda. Micah levantó la espada hacia él; el hombre se cubrió la cabeza con las manos y dejó la daga en el suelo.

Aura respiró. Tenía las palmas calientes y la presión empezaba a concentrarse detrás de los ojos. Cerró la entrada de Lay Len y la luz que quedaba en sus dedos se apagó.

El hombre que había retenido al niño aprovechó la pausa. Agarró a Darom por el cuello y lo apartó del carruaje, apoyándole una daga bajo las costillas.

—¡Las manos abajo!

Aura se detuvo.

Micah seguía junto a la rueda. La espada le temblaba ligeramente y tenía una marca roja en los nudillos. Miró hacia Darom, pero el bandido retrocedió hasta dejar al mercader entre ambos.

—Déjame ir —le dijo a Aura—. O lo mato.

Darom buscó sus ojos. El hombre le apretaba el cuello y apenas podía levantar la cabeza.

Aura separó las manos del cuerpo, despacio.

—Suéltelo...

El bandido arrastró a Darom unos pasos más hacia los árboles. El hombre que aún no había intervenido salió de detrás del carruaje y levantó el arco. Los niños seguían agachados detrás del baúl, pero desde ese costado podía verlos. La punta de la flecha apuntó hacia ellos.

Micah lo vio también y se movió hacia él.

La cuerda del arco se tensó.

Aura extendió una mano y levantó una barrera delante de los niños. La flecha golpeó la superficie con un ruido seco.

Darom soltó un grito ahogado. El hombre que lo retenía había hundido la daga en su costado. Lo empujó hacia delante y corrió entre los árboles, soltándole el cuello. Aura lanzó un pulso contra el arquero antes de que pudiera tomar otra flecha. Lo golpeó en el pecho y lo derribó sobre los paquetes. Micah llegó hasta él y apartó el arco.

Darom cayó de rodillas. Su esposa se levantó para correr hacia él.

Aura dio un paso hacia el lugar por donde había huido el bandido. Todavía veía una rama moviéndose entre los troncos. Entonces oyó a Darom intentar respirar y se volvió.

—Ayúdenme a recostarlo —pidió, arrodillándose junto a él—. Despacio. No toquen la daga.


La hoja seguía clavada. Darom se había llevado una mano hacia ella y Aura le sujetó los dedos antes de que la agarrara.

—Déjela. Voy a ayudarlo.

Él la miró. La sorpresa volvió a cruzarle la cara cuando tuvo su rostro tan cerca.

—Tú... la del pan.

Ella asintió.

—Soy Aura.

Darom intentó responder, pero el dolor le cerró la boca. Su esposa llegó al otro lado y lo sostuvo por los hombros mientras Aura les indicaba cómo apoyarlo. El muchacho mayor se arrodilló junto a su madre; el pequeño seguía detrás de Micah, llorando en voz baja.

—No es Ambarine —dijo Micah sin apartarse de los bandidos—. La conozco.

La mujer miró a Aura y después la mano de su marido entre sus dedos.

—Por favor, ayúdalo.

Aura abrió el bolso. Apartó el estuche de Ereel y encontró los paños limpios y los vendajes que había guardado con sus preparaciones. Le dio uno a la mujer y buscó el frasco de agua.

La sangre le manchó los dedos al acercarse a la herida. Durante un instante sintió de nuevo aquel cuerpo desconocido contra sus rodillas. Quiso mirar su rostro, pero delante de ella solo estaba Darom, con los ojos cerrados y los labios tensos.

«Témpora... Otra vez.»

Estoy aquí. Escucha su voz.

Aura tragó saliva.

—Darom, míreme. ¿Puede respirar?

Él abrió los ojos y asintió apenas.

—Duele.

—Ya sé. No se mueva. Vamos a llevarlo a que lo atiendan.

Limpió lo que pudo alrededor de la herida y colocó los paños doblados a ambos lados de la hoja. La esposa los sostuvo mientras ella preparaba el vendaje. Aura tuvo que deshacer una vuelta que había quedado demasiado cerca de la empuñadura y empezar otra vez.

Darom le apretó la muñeca.

—Hazlo.

Aura le miró un momento antes de continuar. La mujer sujetó su brazo para que no se moviera y ella pudo terminar de fijar los paños.

Micah llamó al hijo mayor.

—¿Puedes quedarte con tu hermano?

El muchacho se levantó. Micah esperó a que tuviera al pequeño junto a él y fue hacia el conductor. Cortó las ataduras de sus manos y le ayudó a ponerse de pie. El hombre se apoyó en el carruaje, frotándose las muñecas. Tenía un golpe en la mejilla y la gorra aplastada bajo una rueda.

Uno de los bandidos caídos intentó alcanzar su espada. Micah se volvió y le puso un pie sobre la hoja antes de levantarla. El conductor recogió una cuerda de la carga y entre ambos ataron a los cinco hombres junto a los árboles, retirando las armas que habían caído entre las raíces y los paquetes. Uno de ellos intentó levantarse y volvió a sentarse con un gemido.

Aura apenas los miró. Darom empezaba a palidecer y la mano con la que la había sujetado cayó sobre su propia chaqueta.

—Necesito algo para cargarlo —dijo—. Una tabla ancha. Y que el carro pueda volver al camino.

El conductor señaló la rueda hundida.

—Quitando lo que le pusieron delante sale. Yo lo llevo. La capital está más cerca que el pueblo.

Micah fue hacia la rueda. Habían trabado su avance con un tronco corto y varios paquetes. Apartó el primero con ayuda del conductor y después ambos retiraron el tronco. El caballo tiró al sentir las correas libres; el hombre lo sujetó por la brida hasta calmarlo.

—Voy por nuestro carruaje —le dijo Micah a Aura—. Vuelvo enseguida.

Ella asintió sin apartar las manos del vendaje. El hijo mayor acercó a su hermano a su madre y se quedó junto a ellos, mirando la chaqueta manchada de su padre.

El conductor encontró un panel de madera bajo los paquetes que habían sacado. Lo probó con las manos y llamó al muchacho para que lo ayudara a llevarlo. La esposa se quitó la prenda que llevaba sobre los hombros y la extendió encima.

Aura les indicó dónde ponerse. El conductor y el hijo se colocaron a los lados; la mujer sostuvo los hombros de Darom. Al moverlo, él dejó escapar un gemido y todos se detuvieron.

—Esperen —dijo Aura.

Buscó una corriente pequeña y alivió parte de su peso, manteniéndola cerca del cuerpo. El conductor acercó la madera mientras ella sostenía el vendaje. Consiguieron acomodarlo encima y esperaron a que volviera a abrir los ojos antes de llevarlo hasta la puerta del carruaje.

Micah regresó conduciendo el de los Fuegel. Lo dejó en la parte alta y bajó para ayudar a levantar el panel. Aura cerró la corriente cuando Darom quedó recostado en el interior. Tenía los brazos cansados y una punzada leve en la sien.

La esposa subió con él. Aura se sentó al otro lado, en el suelo, para poder sostener los paños. El hijo mayor ayudó al pequeño a sentarse en el banco y después se acomodó junto a la puerta.

—Darom —murmuró Aura—. Ya nos vamos.

Él levantó los párpados.

—El otro conductor...

Aura sintió que la pregunta le apretaba el pecho. Miró un instante hacia su esposa.

—No pudimos ayudarlo.

Darom cerró los ojos. La mujer le tomó la mano y se inclinó sobre ella, sin decir nada.

El carruaje empezó a moverse. El conductor lo sacó de la hondonada y el suelo se inclinó bajo las rodillas de Aura. Ella se sostuvo con una mano contra la pared y volvió a acomodarse cerca del herido. Al mirar por la puerta vio a Micah recoger las riendas de su caballo para seguirlos.

El hombre tomó el camino hacia el norte. Aceleró al llegar al terreno firme y redujo el paso donde las ruedas encontraban raíces. Cada golpe hacía que Darom apretara la mano de su esposa.

Aura vigilaba su respiración y el vendaje. A ratos él la miraba sin decir nada; otras veces buscaba a los niños con los ojos y su esposa le hablaba de ellos. El pequeño había dejado de llorar, pero no soltaba la manga de su hermano.

Por la abertura de la puerta, Aura vio pasar el tronco partido junto al sendero de la granja. Micah también lo miró al llegar al cruce. Los dos carruajes siguieron hacia la capital.


Al salir del bosque encontraron un tramo más ancho. El conductor llamó a una carreta que avanzaba en la misma dirección y le pidió que avisara en la puerta sur. El hombre miró hacia el interior, vio a Darom recostado y aceleró su caballo.

Aura comprobó otra vez los paños. La mancha había crecido un poco, pero seguían sujetos. La esposa de Darom tenía la mano apoyada cerca del borde para impedir que se movieran.

—Puedo sostenerlos —dijo cuando Aura intentó cambiar de postura.

Aura se incorporó lo suficiente para estirar las piernas. Miró su cabello, todavía carmesí sobre el hombro, y empezó a recuperar el castaño. Le costó unos instantes mantenerlo mientras el carro avanzaba. Después cambió los ojos y volvió a acercarse al herido.

El hijo mayor la observó desde el banco.

—¿Por eso antes...?

Aura asintió.

La mujer le miró el cabello y siguió sujetando los paños. Darom abrió los ojos.

—En la puerta —dijo con esfuerzo—. Muéstrales los papeles.

Le indicó a su esposa el maletín que había quedado junto al banco. El muchacho se lo acercó y ella buscó dentro, sin soltar del todo la mano de su marido.

Al llegar a la entrada, un guardia les hizo espacio para apartarse de los carros que esperaban. El viajero al que habían pedido ayuda hablaba con otro cerca de las torres.

La esposa abrió la puerta y mostró los documentos. Aura alzó la cabeza cuando el guardia miró hacia el interior. Se detuvo un instante en el rostro de Darom y llamó a un compañero.

—A la posta del camino de carga. Sigan hasta la segunda calle.

El conductor asintió. Micah se acercó con su carruaje mientras revisaban el emblema y los papeles.

—Hay cinco hombres atados donde los atacaron —le dijo al guardia—. Antes del cruce de la granja. Otro huyó hacia el bosque.

El hombre le pidió que señalara el tramo y luego lo dejó seguir detrás de ellos.

Pasaron bajo el pórtico. Aura escuchó el cambio en el ruido de las ruedas al entrar sobre la piedra y las voces de quienes se apartaban junto al camino. El conductor tomó la calle que le habían indicado. La esposa de Darom se inclinó hacia la abertura y señaló un edificio bajo, con una puerta ancha y un sol pintado sobre la pared.

Se detuvieron frente a él. Micah bajó del suyo y corrió a llamar. Una mujer salió al verlo y se acercó al carruaje antes de que Aura pudiera levantarse.

—¿Cuánto hace que lo hirieron?

La esposa le respondió. La mujer comprobó el vendaje y llamó a dos personas que estaban dentro.

—Necesitamos llevarlo por aquí. Ustedes, ayúdennos con la tabla.

Micah y el conductor levantaron un extremo. Aura salió primero para dejarles espacio y siguió al herido hasta el umbral. Uno de los ayudantes la detuvo cuando intentó entrar detrás de la camilla.

—Esperen aquí.

—Tiene una daga... No la sacamos. Yo le puse...

—Ya lo vimos —respondió la mujer, volviéndose hacia ella—. Ahora déjenos trabajar.

Aura retiró las manos. Darom desapareció tras una puerta con su esposa a un lado. Al cerrarse, se quedó mirando la sangre que tenía en los dedos y el borde oscuro bajo las uñas.

Micah llegó junto a ella. Había recogido el bolso que dejó dentro del carruaje y se lo tendió.

—Ven. Hay agua allí.

Aura lo siguió hasta una palangana junto al patio. Se frotó las manos y vio cómo el agua empezaba a teñirse. Micah le alcanzó un paño. Cuando quiso devolvérselo, notó que él también tenía los dedos manchados y una raspadura en los nudillos.

—Te lastimaste.

—Contra la rueda. No es mucho.

Se lavó después de ella y se envolvió la mano con una parte limpia del paño. Aura guardó su bolso y ambos volvieron al banco donde esperaban los hijos de Darom.

El mayor se había sentado junto al pequeño, que tenía la frente contra su brazo. Ninguno levantó la cabeza cuando llegaron. Aura se sentó al otro lado del niño y Micah permaneció cerca de la puerta hasta que un ayudante le pidió que moviera el carruaje de los Fuegel para dejar libre la entrada.

Fue a hacerlo y regresó con un recipiente de agua. El pequeño bebió un poco. Su hermano lo sostuvo cuando quiso pasárselo a Aura y casi lo dejó caer.

Durante un rato solo escucharon los pasos dentro de la posta. La puerta se abrió para sacar paños y volvió a cerrarse antes de que Aura consiguiera ver al herido. Se quedó con las manos sobre las rodillas, siguiendo con el pulgar la marca que le había dejado la costura del vendaje.

La esposa salió más tarde. Tenía la camisa manchada y la trenza casi suelta. Abrazó a los niños antes de sentarse con ellos.

—Lo están atendiendo —dijo—. Todavía hay que esperar.

El pequeño se le subió al regazo. La mujer lo apretó contra ella y apoyó la mejilla sobre su cabello. Su hijo mayor se acercó un poco más hasta tocarle el hombro.

Aura miró hacia el patio. El conductor hablaba con un hombre que había llegado con una tabla de cuentas bajo el brazo. Le mostró el emblema del carruaje y después señaló hacia el camino por el que habían entrado. El recién llegado se quitó el sombrero al escucharlo.

La luz fue avanzando sobre el suelo. Pasaron otras personas por la puerta de la posta y alguien dejó una cesta junto al banco. Micah salió una vez para comprobar el caballo y las compras. Al volver se sentó junto a Aura, que ya había dejado de contar las veces que se abría la puerta.

Habían transcurrido unas horas cuando la mujer que los recibió salió al patio.

La esposa se levantó con el pequeño en brazos.

—Está estable —les dijo—. Hemos detenido la hemorragia y retirado la hoja. Va a necesitar reposo. Hoy se queda aquí.

Aura dejó salir el aire y se inclinó un poco hacia delante. Micah le tocó el hombro antes de levantarse.

La mujer les permitió entrar unos minutos, después de que la esposa y los niños lo vieran. Aura esperó junto al umbral hasta que el muchacho mayor salió para llamarlos.


Darom estaba recostado en una cama estrecha, con una manta hasta la cintura y el vendaje oculto bajo la camisa limpia. Tenía el rostro pálido y hablaba más despacio que en el almacén. Su esposa permanecía junto a él; el pequeño estaba sentado en la otra silla, sosteniendo la mano de su hermano.

Al ver a Aura, Darom movió los dedos sobre la manta.

—Acérquense.

Micah se quedó a su lado. Aura se detuvo cerca de la cama y miró el vendaje antes de buscar los ojos del mercader.

—Me dijeron que está mejor.

—Eso dicen. Yo prefiero creerles.

Intentó sonreír, pero tuvo que detenerse para respirar. Su esposa le acomodó la almohada y esperaron a que pudiera continuar.

—Gracias a los dos.

Micah inclinó un poco la cabeza.

—Ojalá hubiéramos llegado antes.

Darom miró hacia los niños. Su hijo mayor tenía los ojos bajos y apretaba los dedos del pequeño.

—También yo —respondió.

Durante unos instantes nadie habló. Aura recordó al conductor junto a las telas y sintió de nuevo la presión en el pecho. Se sujetó la correa del bolso para no acercar las manos al vendaje.

—No pude impedir que lo hirieran —dijo después—. Cuando vi el arco...

—Mi hijo estaba delante.

Aura asintió. Darom extendió la mano y ella se acercó para que no tuviera que levantarla.

—Y después te quedaste conmigo.

La mano del mercader estaba tibia. Aura la sostuvo un momento y la dejó sobre la manta cuando él empezó a buscar algo con la mirada. Su esposa acercó el maletín desde debajo de la silla.

—El bolsillo pequeño —le indicó.

La mujer sacó una ficha de madera. En una cara llevaba el círculo verde con las tres líneas doradas; el borde estaba gastado por el roce. Se la dio a Darom y él la sostuvo entre los dedos antes de ofrecérsela a Aura.

—Tengo almacenes y transportes en varias ciudades. Si alguna vez necesitas enviar algo, o pedir ayuda a mi gente, muéstrales esto y diles mi nombre.

Aura miró la ficha y después a Micah.

—También es para ti —añadió Darom, volviéndose hacia él—. Vayan juntos o separados, pregunten por mi casa comercial.

Micah agradeció. Aura tomó la ficha, sintiendo el relieve de las líneas bajo el pulgar.

—No lo hicimos para que nos diera algo.

—Ya lo sé. Déjame hacerlo.

Ella bajó la mirada y guardó la madera en el bolsillo del bolso, junto a las listas que había llevado durante la mañana.

Darom observó el cabello castaño que le caía sobre el hombro.

—Ahora entiendo por qué no te reconocí al principio.

Aura apretó un poco la correa.

—Yo... me parezco a ella. Por eso mi maestro me enseñó a cambiar el color.

—Cuando te vi salir de los árboles pensé lo mismo que ellos —admitió él—. Pero después me hablaste. Eras la muchacha que había venido a venderme pan.

Aura levantó los ojos. Darom se acomodó apenas y cerró los párpados con una mueca. Su esposa le tocó el brazo.

—Ya hablaste bastante.

Él asintió. La mujer que los había recibido se acercó a la puerta y les recordó que debía descansar.

Micah se despidió de los niños y tomó su capa. Aura soltó la correa del bolso para darle la mano a la esposa de Darom. La mujer la sostuvo entre las suyas antes de dejarlos salir.

En el patio, Micah se detuvo junto al banco donde habían esperado. Aura miró hacia la entrada de la posta y luego abrió el bolsillo para comprobar que la ficha siguiera allí.

La madera estaba junto al papel doblado, con el emblema hacia arriba. La tocó una vez más y cerró el bolso.


Micah se acercó al carruaje mientras Aura terminaba de cerrar el bolso. Ella miró hacia las calles de la capital y llevó una mano al fondo, donde todavía estaba el estuche envuelto en tela lavanda.

—Micah... ¿Podemos tomar un desvío antes de salir?

Él se volvió desde la rueda.

—¿Adónde?

—A ver a Aaron. El alquimista que me llevó con Ereel. Mi maestro me dio algo para él y todavía no se lo he entregado.

Micah miró el cielo entre los tejados. Después comprobó la correa del caballo.

—Está bien. Pero después tenemos que volver. Mamá ya debe estar preguntándose qué pasó.

Aura asintió y subió junto a él.

Reconoció primero una plaza y después la calle donde había visto las tiendas de cosméticos. Desde el carruaje, las fachadas parecían distintas; tuvo que pedirle a Micah que redujera el paso antes de encontrar el desvío. Entraron en una calle más estrecha, con cajas junto a las paredes y ropa tendida entre dos ventanas.

El letrero torcido del taller seguía sobre la puerta.

—Ahí —dijo Aura.

Micah detuvo el carruaje donde no estorbara el paso. Aura bajó con el bolso y esperó a que él sujetara las riendas antes de acercarse a la entrada.

Del otro lado se oyó un golpe de alas.

El calor del taller la envolvió junto con el olor de resinas y metal. Chalkois descendió desde una viga y pasó tan cerca de su cabeza que Aura sintió el aire caliente sobre la frente. Dio una vuelta alrededor de ella, olfateó el borde de su capa y se posó en su hombro.

Micah se detuvo en la puerta.

Aura también quedó inmóvil. Las garras se acomodaron con cuidado sobre la tela y el pico le rozó el cabello.

—Hola... —murmuró.

—Si intentas llevártela, llamarás más la atención de lo que ya haces —dijo Aaron desde el fondo.

El alquimista sostenía un recipiente humeante. Miró a Aura, después a Micah, y dejó lo que llevaba sobre una mesa.

—Ereel te enseñó a cambiar el color.

—Sí.

—Chalkois podría haber esperado a que dijeras tu nombre.

El fénix emitió un trino y hundió el pico entre las plumas del ala. Aura sonrió y levantó una mano para tocarle el cuello.

—Estuve allí diez meses.

Aaron la observó un momento.

—Para mí fueron unos días. Lo cual resulta ofensivo. Tuviste tiempo de convertirte en la persona favorita de mi fénix y yo todavía tengo cajas de la mina sin ordenar.

Aura soltó una risa pequeña. Micah había entrado por completo, aunque mantenía cierta distancia del ave.

—Él es Micah —dijo ella—. De la familia con la que me quedé.

Aaron le indicó una silla que tenía varios paños encima.

—Puedes sentarte si encuentras dónde poner eso.

Micah recogió los paños y los dejó doblados en el borde de la mesa. Aura se acercó al escritorio, abrió el bolso y extrajo el estuche.

La expresión de Aaron cambió al reconocer la tela lavanda.

—Así que por fin terminó su parte.

—Dijo que usted sabría qué hacer.

—Ereel dice eso cuando quiere evitar una explicación larga.

Abrió el estuche. Dentro había un aro mineral oscuro cubierto por raíces blancas muy finas. En el centro descansaba una membrana transparente, semejante a un pétalo endurecido. Aaron acercó una lámpara y las raíces respondieron con un brillo azul.

—Un filtro vivo —murmuró—. Creí que no conseguiría estabilizarlo.

Sacó un cofre pequeño de un cajón. Dentro había una gema azulada atravesada por vetas opacas.

—Una amalgamita —dijo Aura.

Aaron levantó una ceja.

—Al menos aprovechaste las lecciones.

Micah se inclinó para verla mejor mientras el alquimista colocaba la gema dentro del aro. Las raíces empezaron a extenderse sobre su superficie.

—Las comunes ayudan a vincularse con la Lay Len y limitan lo que pasa a través de ellas —explicó Aaron—. En tu caso, necesitamos hacer algo distinto. Ereel y yo llevamos años discutiendo si podíamos invertir el proceso.

Giró la pieza bajo la lámpara.

—Este filtro debería cerrar el paso durante unos instantes y absorber parte del exceso.

Aura miró las raíces que buscaban las vetas.

—¿Evitará que pierda el control?

Aaron negó con la cabeza.

—Te dará tiempo para cortar la corriente. Eso tendrás que hacerlo tú.

Micah miró a Aura.

—La detuvo varias veces en el camino.

El alquimista dejó de mover la gema.

—¿En el camino?

Aura bajó los ojos hacia las manchas que todavía quedaban en el borde de su manga.

—Encontramos unos carros en el camino. Habían atacado a un mercader y a su familia.

—Y decidieron intervenir.

Micah se enderezó en la silla.

—Estaban amenazando a los niños.

Aaron lo miró, después volvió a tomar las pinzas.

—Empiecen por el principio. Y tú siéntate también, Aura. Tienes el aspecto de alguien que decidió visitar un hospital antes de venir aquí.

—Es lo que hicimos...

El alquimista dejó las pinzas sobre la mesa.

—Era una exageración.

Chalkois levantó la cabeza al oír la risa de Aura.

Ella se sentó junto a Micah. Le contaron la venta, el carro volcado y lo que habían encontrado después. Micah explicó cómo habían sacado a la familia de junto a los bandidos; Aura habló de Darom, de la herida y del trayecto hasta la posta.

Aaron escuchaba mientras trabajaba. De vez en cuando cambiaba de herramienta o acercaba la gema a la lámpara.

—Está estable —añadió Aura al terminar—. Nos dejaron verlo antes de salir.

El alquimista aplicó una solución transparente sobre las raíces. El filtro se contrajo hasta desaparecer dentro de la gema y las vetas adquirieron un movimiento lento.

—Entonces ahora pueden dejar que lo atiendan allí.

Aura asintió. Se había quedado mirando una raíz blanca que aún sobresalía del engarce.

Aaron la acomodó con las pinzas.

—¿Qué te enseñó Ereel?

Ella empezó por las barreras y los pulsos pequeños. También le habló de las plantas, de las prácticas que había repetido y de cuánto le había costado aprender a detenerse.

Aaron terminó de ajustar el engarce y apoyó la pieza sobre un paño.

Le mostró la piedra terminada. Las raíces ya no eran visibles; solo quedaban las vetas moviéndose bajo el azul.

—Esto podría impedir que abras otro agujero en mi techo.

Aura levantó la mirada.

—Tiene demasiados agujeros.

—Y quiero conservar la posibilidad de culpar a Chalkois.

El fénix emitió un sonido áspero desde su hombro. Micah sonrió y apartó un poco la silla cuando el ave extendió un ala.

Aaron comprobó el cierre del engarce y acercó su varilla a la gema. Las vetas respondieron con un brillo tenue, se separaron bajo la superficie y volvieron a reunirse cuando retiró la punta. Repitió la comprobación desde otro lado antes de llamar a Aura.

Ella se levantó. Aaron sujetó la pieza al interior de su capa, cerca del cuerpo.

—Escúchame bien. Si se calienta, si las vetas dejan de moverse o si oyes una vibración, corta tu magia. Si no vuelve a la normalidad, quítatela.

Aura miró la piedra.

—¿Cuánto puede absorber?

—Hasta cinco veces. Cada absorción dejará una fisura. No esperes que la última aguante igual que la primera. Si se rompe, puede soltar todo lo acumulado.

Micah se había acercado detrás de ella.

Aura rozó el borde del engarce. Después apartó la capa para verla mejor y volvió a cubrirla.

—Gracias.

El alquimista recogió el estuche vacío.

—Dáselas también a Ereel cuando lo veas. Y dile que esta vez no dejó una parte de su trabajo dentro de otra planta.

Aura sonrió.

Micah miró hacia la ventana. La luz había empezado a bajar.

—Tenemos que irnos.

Chalkois seguía en el hombro de Aura. Ella le acarició el cuello una vez más y acercó el brazo para que pudiera subir. El fénix la observó antes de impulsarse hacia la viga.

Aaron los acompañó hasta la puerta.

—Vuelvan a casa —dijo—. Por hoy ya hicieron bastante.


Aura comprobó el color de su cabello antes de subir al carruaje. Micah esperó a que se acomodara y tomó las riendas.

En la salida había menos carros que al llegar.

Un guardia miró las bolsas vacías y la caja de las compras. Micah levantó la tapa para mostrar el recipiente de aceite, la sal y los paños. El hombre hizo una pregunta sobre el lugar al que iban y después les indicó que siguieran.

Aura pasó junto a él con las manos sobre el bolso.

Al dejar atrás el pórtico, miró las murallas. Esta vez no había tenido que bajar por un conducto ni correr entre criaturas escondidas en la oscuridad.

Continuaron hacia el bosque.

La luz alcanzaba todavía las ramas más altas, pero bajo los árboles empezaba a oscurecer. Micah mantuvo el carruaje sobre las huellas del camino. Hablaron poco durante ese tramo. Aura se acomodó la capa sobre las rodillas y rozó la amalgamita a través de la tela.

Al acercarse al lugar del asalto encontraron hombres de la guardia junto al carro volcado. Habían retirado parte de las telas del camino y uno de ellos sostenía una lámpara. Micah redujo el paso, respondió cuando les preguntaron y siguió después de señalar la hondonada.

Más adelante apareció el tronco partido junto al sendero de la granja. Micah tomó el desvío y el ruido de las ruedas cambió sobre la tierra más blanda.

Cuando salieron de los árboles, la casa ya tenía las ventanas encendidas.


Mauro los oyó antes de que llegaran al patio.

Salió por la puerta y se acercó al carruaje. Erina apareció detrás de él, seguida por Iris. Peryna intentó pasar entre las dos.

—¿Dónde estaban? —preguntó Mauro.

Micah detuvo el caballo.

—Fuimos a la capital.

Erina se quedó mirándolo.

—¿A la capital?

Aura bajó con el bolso y dejó deshacerse el disfraz. Peryna dio un paso hacia ella, pero se detuvo al ver la mancha de la manga.

—¿Te lastimaste?

—No. Yo no.

Erina se acercó y le tomó el brazo para comprobarlo.

—Es de un hombre al que ayudamos... —explicó Aura.

Micah bajó del asiento.

—Encontramos a unos bandidos. Habían atacado los carros del mercader al que le vendimos.

Mauro miró la espada de su hijo y después el paño que llevaba en la mano.

—¿Y ustedes se metieron?

—Tenían a su familia. Había dos niños.

Micah empezó a contar lo ocurrido, pero Erina lo interrumpió cuando llegó a la ballesta.

—¿Había una ballesta?

Él asintió.

Su madre se llevó una mano a la boca. Después le agarró el brazo, como si hasta entonces no hubiera terminado de comprobar que estaba allí.

—¡Podrían haberte matado!

Micah bajó los ojos.

—No podía dejarlos.

—Yo tampoco —añadió Aura.

Mauro permaneció un momento junto a ellos. Luego puso una mano sobre la nuca de su hijo y lo acercó.

—Estoy orgulloso de ti —dijo, abrazándolo—. Me diste un susto enorme.

Micah se quedó rígido un instante antes de responder al abrazo.

Erina le tocó la mejilla cuando su padre lo soltó.

Ella lo sostuvo un momento más y después se volvió hacia Aura.

—Gracias por ayudarlo. A él también.

Aura miró a Micah.

—Nos ayudamos los dos.

Erina asintió y le acomodó el mechón que le había caído junto al rostro.

—Entren. Deben tener hambre.

Mauro se quedó con Micah para llevar el caballo y descargar las compras. Aura quiso ayudarlos, pero Iris ya le había tomado el bolso.

—Primero ven a lavarte. Tienes tierra hasta aquí.

Le señaló el borde de la capa. Peryna se acercó al otro lado y esta vez le sujetó la mano.

—Volviste con tu pelo.

Aura le apretó los dedos.

—Te lo dije.


La cena había esperado sobre el fuego.

Erina sirvió mientras Mauro terminaba de guardar la sal y el aceite. Iris dejó el hilo junto a los paños y acercó una silla para Aura. Micah puso sobre la mesa la bolsa del dinero y las listas dobladas.

Empezaron por la venta.

Aura contó la oferta que había considerado buena y cómo Micah la rechazó. Mauro miró las cantidades, escuchó el precio que les había dado Darom y asintió. Separó unas monedas de las demás antes de guardarlas.

—¿Para Silas? —preguntó Erina, bajando la voz.

—Sí.

Ella miró lo que quedaba junto a las listas. Mauro recogió también esas monedas y le pasó el papel de las compras. Aura acercó su plato para que Erina pudiera dejar el pan en medio de la mesa.

Después hablaron de los talleres. Peryna quiso saber por qué la máquina golpeaba piedras y si el cabello de la mujer de la lana también podía ponerse azul. Iris se rio y le recordó que Aura había estado mirando cómo hacía el hilo.

Aura intentó describir el huso con una cuchara entre los dedos. Micah la detuvo antes de que derramara lo que tenía en el plato.

Cuando llegaron al carro volcado, Peryna dejó de preguntar.

Micah contó cómo había seguido las voces. Aura completó lo que él no había visto desde el otro lado del carruaje. A veces ambos empezaban a hablar a la vez y tenían que detenerse para dejar continuar al otro.

Mauro escuchaba con los antebrazos sobre la mesa. Erina volvió a mirar la mano vendada de su hijo cuando mencionaron el golpe contra la rueda.

—¿Los niños están bien? —preguntó Peryna.

—Sí —respondió Aura—. Se quedaron con sus padres en la posta.

La niña asintió y acercó otra vez la cuchara al plato.

Aura les mostró la ficha. Mauro pasó el pulgar por las tres líneas doradas antes de devolvérsela. Luego Aura contó la visita al taller y apartó el borde de la capa para enseñarles la amalgamita.

Erina se inclinó para verla, pero no la tocó.

—¿Aaron te explicó cómo usarla?

—Sí. Y cuándo tengo que quitármela.

Micah repitió las señales que habían escuchado. Mauro le pidió a Aura que la guardara bien y ella volvió a cubrirla.

La conversación continuó mientras terminaban de comer. Iris quiso saber si Chalkois había permitido que Micah se acercara. Él dijo que no había intentado acariciarla y Peryna le preguntó si le tenía miedo.

—Es un ave muy grande.

—Aura la tenía aquí —respondió la niña, tocándose el hombro.

—Aura también hizo magia delante de seis bandidos.

Ella levantó los ojos del plato.

—Eso no significa que no me diera miedo.

Micah la miró y luego sonrió un poco.

—Ya sé.

Erina acercó el pan que quedaba. Mauro sirvió más agua y Peryna empezó a pedirle a Aura que le contara otra vez cómo había girado la rueda de la máquina.

Desde la ventana se veían las sillas alrededor de la mesa, los platos y las manos moviéndose mientras hablaban. La luz alcanzaba el marco y se extendía sobre una parte del patio. Más allá quedaban el pozo, el carruaje descargado y las aspas oscuras del molino.

Las voces perdían claridad al otro lado de la cerca.

En el borde del bosque, una figura permanecía inmóvil entre los árboles. La noche ocultaba su rostro bajo la capucha. Había seguido al carruaje hasta la granja y se había detenido antes de entrar en el terreno abierto.

Dentro de la casa, Peryna se rio de algo que dijo su hermano.

La figura giró ligeramente la cabeza hacia la ventana iluminada. Después se acomodó junto al tronco y continuó mirando.

Folio 10·11.887 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

36,04 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

3,03 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

890,05 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||