A la mañana siguiente, Aura encontró a Micah frente al molino. Llevaba la espada corta a la cintura, una bolsa con cebo sobre el hombro y dos varas largas bajo el brazo.
—Llegaste temprano —dijo él.
—Dijiste que saldríamos temprano.
Micah le entregó una de las varas.
La primera trampa estaba oculta entre hierbas altas. Micah utilizó su vara para apartarlas y le indicó que mantuviera las manos lejos del mecanismo.
—No pongas los dedos aquí —le indicó, presionando una pieza de madera con la punta de su propia vara—. Aunque parezca vacía.
La trampa se cerró con un golpe seco. Aura dio un salto hacia atrás.
—¡Podrías haberme avisado!
—Te avisé.
—Después de asustarme...
—Antes. No me escuchaste.
Micah intentó ocultar una sonrisa mientras volvía a preparar el mecanismo.
Caminaron durante toda la mañana alrededor de los campos. Aura aprendió a distinguir las marcas de los conejos con cuerno de las huellas de criaturas más pequeñas que robaban el grano sin activar las trampas. También vio insectos de alas transparentes que se ocultaban entre las espigas y un animal de cola ancha que desapareció dentro de un agujero antes de que pudiera observarlo bien.
Cerca del límite del campo, Micah levantó una mano y se detuvo. Varias aves picoteaban el suelo junto a un árbol. Tenían plumas rojizas, partes azules en las alas y una cresta que se movía cada vez que alzaban la cabeza. Dos ejemplares grandes permanecían a los lados mientras otros más pequeños buscaban semillas entre la hierba.
—Son pitrik —susurró Micah—. Si no haces ruido, quizá se queden.
Aura bajó la vara.
—¿Son peligrosos?
—No. Dicen que traen suerte a las familias y que fortalecen sus lazos.
—¿Tú lo crees?
—Bueno, solo son aves.
Micah no avanzó. Esperó con ella hasta que el último pitrik cruzó entre los arbustos y levantó vuelo detrás de los demás.
—Pero no querías espantarlos —dijo Aura.
—No había necesidad.
Ella siguió mirándolo. Micah se ajustó la correa de la espada y señaló la siguiente trampa.
—Debemos continuar.
La encontraron abierta y sin cebo. Había marcas en la tierra, pero no se dirigían hacia el campo ni hacia las madrigueras que Micah conocía. Algo había arrastrado la comida hasta un sendero estrecho entre rocas.
—Qué extraño... —murmuró él.
—¿Algún animal se la llevó?
—Lo averiguaremos.
Micah siguió el rastro. Aura tuvo que apartar ramas y caminar de lado entre dos piedras hasta que el terreno descendió. Allí el trigo dejó de crecer. Los arbustos se inclinaban alrededor de una grieta oscura, casi cubierta por raíces y líquenes blancos.
Aura se detuvo.
La Lay Len seguía bajo sus pies, pero se sentía distinta. Las corrientes que había aprendido a reconocer se doblaban hacia la grieta y descendían juntas, como agua perdiéndose por una abertura demasiado pequeña.
—Micah... ¿qué hay ahí?
—Nada que necesitemos.
Él ya no miraba las huellas. Se acercó y tomó a Aura por la muñeca cuando ella dio otro paso.
—No sigas.
—Solo quería sentirlo mejor. La energía se mueve hacia...
—El suelo puede ceder.
Micah tiró de ella hasta dejarla detrás de una roca. Cuando Aura recuperó el equilibrio, él todavía la sujetaba. Aflojó los dedos y retiró la mano de inmediato.
—Mi padre nos prohibió entrar —añadió—. Los animales tampoco se acercan. La trampa se queda aquí.
Aura volvió a mirar los líquenes. La luz pálida que corría por ellos no parecía provenir del sol.
Aura, aléjate de ese lugar, dijo Témpora.
"¿Sabes qué es?"
Ahora no. Hazle caso a Micah.
La respuesta llegó demasiado rápido y no explicó nada.
—De acuerdo... —Aura dejó que Micah avanzara primero—. Pero las huellas entraban allí.
—No es necesario que lo busquemos ahí.
En el regreso, Micah habló más de lo necesario sobre las trampas y no volvió a mencionar la grieta. Llegaron cerca del mediodía con las manos vacías.
—¿No encontraron nada? —preguntó Peryna.
—Aura casi se mete en la grieta —respondió Micah.
—¡No iba a meterme! Solo me acerqué un poco.
—Demasiado.
—Pero las huellas...
Peryna los miró a ambos.
—Entonces sí encontraron algo.
Aquella noche, Iris llevó un libro viejo junto a la chimenea. El lomo estaba gastado y algunas páginas tenían manchas de aceite. Peryna se sentó en el suelo frente a Aura y abrió el volumen sobre sus piernas.
—Este tiene dibujos —anunció.
—También tiene palabras —dijo Iris, sentándose a su lado con una cinta que necesitaba remendar.
Aura recorrió una línea con el dedo. Las letras acudieron a ella sin esfuerzo.
—«Regiones conocidas de Limessia» —leyó—. Puedo entenderlo.
Peryna pasó varias páginas hasta encontrar un mapa. Señaló una extensión grande alrededor de un sol dorado.
—Aquí estamos nosotros. Daliana.
—Eso sí lo sabía.
—Pero no sabías dónde.
—Eso... es verdad.
Peryna sonrió satisfecha y movió el dedo hacia una región marcada con una luna.
—Y esto es Nishambria.
—Nishum es la república —corrigió Iris—. Nishambria es la diosa.
—También se llama así el lugar.
—Algunas personas lo llaman así, pero en el mapa dice Nishum. ¿No?
Aura acercó el libro. La frontera estaba acompañada por montañas dibujadas y una franja oscura que ocupaba gran parte del norte.
—Aquí dice que Thermus devolvió el mundo a su lugar —respondió Iris—. Nishambria entregó la magia después, pero... esa parte es mucho más corta.
Recuerda que es un libro escrito en Daliana, comentó Témpora.
"¿Está equivocado?"
No en todo. Pero quien escribe también elige qué parte contar.
Aura no alcanzó a preguntar más. Peryna le quitó con cuidado una página de entre los dedos y avanzó hasta las ilustraciones de habitantes de otras regiones.
—Mira este.
La figura caminaba erguida y llevaba ropa de viaje, pero tenía el rostro alargado, el cuerpo cubierto de pelaje y una cola que salía por detrás de la capa.
—Parece un animal vestido —dijo Aura.
—Es una persona —respondió Peryna de inmediato—. Un kunan.
—Ah... Lo siento.
—No puede escucharte desde el libro.
Iris se cubrió la boca para esconder una risa.
—Los kunan tienen características de animales —explicó—. Hay comunidades en Daliana, aunque dicen que son más numerosas en Nishambria. Una vez vi a dos en la capital, pero estaban lejos.
—¿Cómo eran?
—Uno tenía orejas redondas y mucho pelo. No pude ver más porque mamá me pidió que no me quedara mirando.
Aura observó otra vez el dibujo.
—Entonces hay muchas cosas que todavía no conozco.
—Mira, este es un pitrik.
—Ese lo aprendí hoy.
—¿Y sabes cuál es el macho?
Aura comparó las dos aves dibujadas.
—¿El más grande?
—El de la cresta larga. Te falta mucho.
Peryna continuó enseñándole animales hasta que empezó a equivocarse de página y terminó apoyada contra las piernas de Iris. Aura cerró el libro con cuidado.
—Aprendes rápido —murmuró la niña, con los ojos casi cerrados—. Pero yo todavía sé más...
—Sí —respondió Aura—. Mañana puedes seguir enseñándome.
Durante los días siguientes, Aura aprendió a reconocer el sonido de las piedras del molino cuando giraban sin suficiente grano, a mantener las manos lejos de los engranajes y a cerrar las compuertas antes de que la harina llenara el suelo. Mauro le enseñó las marcas que usaban para pesar los sacos. Aura descubrió que podía leerlas y hacer cuentas sencillas sin buscar los recuerdos. Los números estaban en su mente como su nombre: no sabía cuándo los había aprendido, pero acudían cuando los necesitaba.
—Aquí dice treinta y dos —comentó frente a una de las anotaciones de Mauro.
—Treinta y dos sacos —confirmó él—. O debería decirlo. Mi letra no siempre coopera.
Aura tomó la pluma que le ofrecía. Escribió su nombre primero, despacio, y después corrigió una suma en el margen. Ver las letras de Aurora Ivyliafinne sobre el papel le produjo una calidez parecida a la primera vez que lo había pronunciado.
—¿Cuánto valen? —preguntó.
—¿Los sacos?
—Sí. Treinta y dos parecen muchos.
Mauro dejó de sonreír. Abrió una caja pequeña y colocó varias monedas sobre la mesa. Algunas eran oscuras y estaban gastadas; otras tenían un borde claro que reflejaba la luz.
—Si nos pagaran lo acordado, cada saco valdría esto.
Separó unas monedas. Después retiró las que correspondían al transporte, el aceite, la sal y una pieza que debían reemplazar en el molino.
—¿Y todo eso cuesta... tanto? —Aura miró el grupo cada vez más pequeño.
—A veces más. También hay que guardar para semillas y para cuando una cosecha no sale bien.
—Pero aún quedan varias.
—Eso es antes de repartir lo que debemos y antes de alimentar a cinco personas que aseguran no comer demasiado.
—Somos seis ahora —dijo Aura.
Mauro la miró y soltó una risa breve.
—Seis, entonces.
Aura hizo otra cuenta en el margen. Los números encajaban. Lo que no encajaba era que tantos sacos terminaran convertidos en tan pocas monedas.
—Estoy comiendo parte de esto...
—También trabajas.
—Pero no tanto como ustedes.
Mauro tomó una de las monedas pequeñas y la dejó sobre el nombre que Aura había escrito.
—Tu primera paga.
—Pero si acabo de decir que les cuesta alimentarme.
—Y yo acabo de decir que trabajas. Además, necesitas aprender cuánto vale una moneda cuando la tienes en la mano, no solo cuando está dibujada en mis cuentas.
Aura la levantó. Pesaba menos de lo que esperaba.
—¿Qué puedo comprar con esto?
—No mucho.
—Eso es... decepcionante.
—Vas bien, ya aprendiste la primera parte.
Más tarde, Mauro llevó a Micah detrás del molino para practicar con la espada. Su hijo se lo había pedido varias veces y apareció antes que él, con el arma limpia y el cabello todavía húmedo alrededor de las sienes.
Aura se sentó sobre una cerca baja. En cuanto Micah la vio, enderezó la espalda.
—Solo serán ejercicios básicos —dijo—. Ya los conozco.
—Por eso vamos a repetirlos —respondió Mauro.
Micah desenvainó y realizó un saludo que terminó con un giro demasiado amplio. La hoja silbó al cortar el aire.
—Eso no era parte del ejercicio —dijo Mauro.
—Solo estaba calentando.
—Vuelve a la guardia.
Micah obedeció. Durante los primeros movimientos mantuvo los pies firmes, pero cada vez que miraba hacia la cerca intentaba golpear con más fuerza. Mauro bloqueó un ataque, le tocó la muñeca con su espada de madera y lo hizo soltar el arma.
—Estás mirando a otro lado.
—No estaba...
Mauro alzó una ceja.
Micah recogió la espada antes de que Aura pudiera ofrecérsela. En el siguiente intento adelantó demasiado una pierna. Aura movió su propio pie sobre la tierra sin darse cuenta.
—Si te paras así vas a caer —dijo.
Micah la miró.
—¿Sabes usar una espada?
—No. Yo... no lo sé.
Aura bajó de la cerca y repitió el movimiento que había surgido en su cuerpo. Colocó un pie hacia atrás y levantó las manos como si sostuviera algo. La posición se sintió conocida durante un instante.
—Creo que era así. Si pones todo el peso adelante, no puedes moverte cuando alguien...
La certeza desapareció. Aura abrió y cerró los dedos vacíos.
—Cuando alguien, ¿qué? —preguntó Micah.
—No lo recuerdo.
Mauro observó sus pies y después la forma en que mantenía los hombros.
—La posición es buena —dijo—. Micah, inténtalo.
—Yo también sabía eso.
—Entonces deja que tus piernas lo sepan.
Micah corrigió la postura. Esta vez resistió el golpe de Mauro, aunque el segundo lo hizo caer sentado.
—¡Micah! —Aura se acercó—. ¿Te lastimaste?
—No fue nada.
Se levantó con demasiada rapidez y tuvo que apoyar una mano sobre la cerca.
—Eso tampoco era parte del ejercicio —comentó Mauro.
Aura intentó no reírse. Micah volvió a la guardia con las orejas enrojecidas y pidió repetir el movimiento.
Aquella fue la quinta noche de Aura en la granja. Después de varios días entre polvo, harina y humo del horno, Erina calentó agua y colocó una tina ancha detrás de un biombo de madera. Iris llevó toallas. Peryna entró con un jabón entre las manos y anunció que sería la primera.
—Peryna e Iris suelen bañarse juntas —explicó Erina—. Si no te incomoda, pueden ayudarte con todo ese cabello.
Aura miró la tina y luego los mechones que le llegaban más abajo de la cintura.
—Creo que sola tardaría mucho... Está bien.
Empezó a desatarse la túnica. Erina le sujetó las manos con suavidad.
—Espera. Primero cerramos la puerta.
—¿Por qué? Solo están ellas.
—Ahora sí. También hay hombres en esta casa.
—Ah...
Erina cerró la puerta y corrió el biombo hasta cubrir mejor la tina.
—No tienes que esconderte de nosotras si no quieres —añadió—. Si quieres estar sola, lo dices. Si necesitas ayuda, también.
Aura miró a Iris y Peryna. Iris esperaba junto a las toallas con la vista apartada, mientras Peryna ya intentaba producir espuma dentro de la tina de madera.
—Quiero que me ayuden —decidió.
Erina asintió, salió y cerró detrás de ella.
"Témpora... ¿tú también puedes ver?"
Hubo un silencio breve.
Puedo apartar mi atención, respondió Témpora. Y debí decírtelo antes.
"Sí... creo que sí."
Peryna la llamó desde la tina y Aura dejó la conversación para después.
El cabello resultó peor de lo que las tres esperaban. Al mojarse se volvió pesado, se pegó a los brazos y ocupó casi todo el espacio entre ellas. Iris intentó dividirlo en partes mientras Peryna extendía el jabón desde las puntas.
—¡No tanto! —Iris atrapó el jabón antes de que desapareciera dentro del agua.
—Tiene mucho cabello...
Aura sostuvo un mechón que volvía a hundirse.
—Creo que está tratando de escapar.
Peryna soltó una carcajada.
—¡Sujétalo, Iris!
—Estoy sujetando otros tres.
Terminaron trabajando juntas. Iris desenredaba con los dedos, Peryna vertía agua con un cuenco y Aura intentaba no moverse cuando alguna encontraba un nudo. En un momento Peryna vació el agua antes de tiempo y Aura se gritó por el frío sorpresa.
—¡Peryna!
—¡Pensé que estaba caliente!
—Estaba en el otro balde —dijo Iris, riéndose.
Cuando terminaron, se sentaron cerca de la chimenea con el cabello de Aura extendido sobre varias toallas. Peryna se quedó dormida antes de que las puntas dejaran de gotear. Iris continuó separando los mechones con paciencia.
—Gracias —dijo Aura—. Por esto y por... dejarme estar con ustedes.
Iris sostuvo un mechón frente al fuego sin acercarlo demasiado.
—Ya estás aquí. No tienes que agradecer cada cosa.
—Todavía siento que debería hacerlo.
—Esta bien...
El calor de la chimenea, el peso de Peryna apoyada contra su pierna y los dedos de Iris pasando por su cabello hicieron que cerrara los ojos.
En la casa también encontró cosas que no sabía hacer. Amasó el pan con demasiada agua, dejó caer un cuenco al intentar secarlo y tardó tres intentos en aprender a encender el horno sin llenar la cocina de humo. Erina no la apartó de las tareas. Le daba otro paño, otro poco de harina o una indicación más corta que la anterior.
Iris empezó a arreglarle el cabello cada mañana antes de trabajar. A veces repetía las trenzas del primer día y otras probaba una forma diferente que deshacía antes de terminar. Peryna se encargaba de elegir los lazos, aunque casi siempre prefería los colores más brillantes.
Aura podía ver la capital desde las elevaciones cercanas a la granja: las murallas claras, las torres y el castillo por encima de todo. Parecía tan próxima que podría alcanzarla caminando, aunque nadie permitía que se acercara al camino principal con el cabello descubierto.
Comprendió la razón cuando Peryna la llevó hasta un terreno húmedo detrás del molino para mostrarle los geranios de su madre. Aura estaba agachada frente a las flores cuando el sonido de unas ruedas llegó desde el camino. Peryna le tiró de la manga y la hizo esconderse entre el trigo antes de que apareciera una carreta con dos viajeros.
—No son soldados —susurró Aura.
—Pero pueden contarle a alguien...
Aura permaneció agachada hasta que la carreta desapareció. Esa tarde Iris le prestó un pañuelo oscuro para cubrirse el cabello cuando saliera de los alrededores de la casa. El paño le daba calor y se deslizaba sobre las trenzas, pero dejó de protestar después de imaginar otra espada medio desenvainada frente a ella.
Peryna volvió a los geranios en cuanto el camino quedó vacío.
—Este es igual al color de tus ojos —dijo, señalando una flor violeta—. Así supe que no eras la princesa.
—También dijiste que no corriera si tus hermanos se asustaban.
—Porque Micah corre muy rápido.
—¿Eso debía tranquilizarme?
Peryna lo pensó y negó con la cabeza.
Las noches fueron más tranquilas que la primera, aunque Aura continuó entrando en el espacio de la aurora mientras dormía. Algunas veces veía a Témpora junto a la esfera; otras solo encontraba el reflejo de las luces sobre el océano oscuro. Témpora respondía preguntas sobre Daliana, los caminos o las palabras que Aura había escuchado durante el día, pero evitaba hablar de sus recuerdos.
Aura dejó de preguntarle a cada momento quién había sido. Había otras cosas que podía aprender sin que le doliera la cabeza.
Aprendió que Mauro cantaba cuando reparaba una herramienta y se detenía en cuanto descubría que alguien lo escuchaba. Que Erina tocaba dos veces el borde del horno antes de abrirlo, aunque sabía que seguiría caliente. Que Iris guardaba los lazos más bonitos en una caja debajo de su cama. Que Micah practicaba los movimientos de Mauro cuando creía que nadie miraba y revisaba las puertas antes de dormir. Que Peryna podía convertir cualquier encargo en una expedición si nadie le imponía una hora para regresar.
También aprendió que la harina salía de la granja con más facilidad que el dinero entraba en ella.
Cada pocos días, Erina y Mauro enviaban o llevaban una carga a la capital. Volvían con menos monedas de las que esperaban y conversaciones que terminaban cuando alguno de sus hijos se acercaba. Mauro revisaba las cuentas por la noche. Erina separaba primero lo necesario para comprar sal, aceite y otras cosas que no producían en la granja. Después quedaba poco.
Aura ofreció la moneda que Mauro le había dado y luego ofreció trabajar más. Ninguna de las dos cosas solucionaba el problema.
—No es culpa tuya —le dijo Erina cuando la encontró contando los sacos restantes—. Ya estaba así antes de que llegaras.
—Pero estoy comiendo lo que podría servirles para vender.
—También ayudas a producirlo. Y no comes tanto como Micah.
—¡Te escuché! —protestó él desde la habitación contigua.
Erina no pareció arrepentirse.
Al final de la semana, Aura ya no necesitaba que le indicaran dónde guardar cada utensilio ni esperaba una invitación para sentarse a la mesa. Sus manos seguían torpes para algunas tareas, pero podía llenar un saco sin derramar la mitad, llevar agua desde el pozo y reconocer cuándo Iris necesitaba otra persona cerca del horno aunque no lo pidiera.
La mañana del octavo día, Erina y Mauro partieron hacia la capital antes del amanecer. Llevaban una nueva carga y esperaban regresar con el pago de los envíos anteriores. Aura pasó el día en el molino con los hermanos. Al caer la noche, Peryna empezó a preguntar cada pocos minutos si ya debían volver.
Las ruedas del carruaje sonaron mucho después de que oscureciera.
Mauro bajó primero. Tenía tierra en una rodilla y mantenía una mano cerrada con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Erina evitó la ayuda de Micah y entró en la casa sin explicar qué había ocurrido.
—¿Les pagaron? —preguntó Iris.
Mauro miró las bolsas que seguían en el carruaje.
—Mañana hablaremos.
Nadie insistió. Durante la cena, Erina apenas probó la comida y Mauro reaccionó cada vez que algún ruido llegaba desde el camino. Aura quiso preguntar, pero la expresión de Micah le indicó que él tampoco recibiría una respuesta.
A la mañana siguiente, Aura despertó antes de que llamaran para desayunar. Había oído pasos en la casa y voces bajas al otro lado de la pared, pero nadie entró en la habitación. Se vistió y salió hacia el molino para no quedarse escuchando algo que Erina y Mauro todavía no querían contarles.
Peryna la encontró frente a los sacos.
—¿Qué haces?
—Estoy... pensando en algo
—Estabas mirando ese saco.
Erina rió ante la inocencia de su hija, esperando que continue así. La levanto y la sentó en sus piernas. —También pensaba en el saco. —y empezó a hacerle cosquillas, Peryna rió sin control.
Era uno más pequeño que el que Aura había intentado levantar días atrás. Aun así, recordaba la caída sobre el heno y la forma en que Micah la había llamado imprudente.
Cuando Erina se retiró, Aura apoyó las manos en la tela áspera.
—La otra vez traté de moverlo con fuerza. Quizá pueda hacerlo de otra forma.
—¿Con magia?
—Creo que sí... Solo que no sé cómo.
Peryna se sentó sobre un cajón y esperó. Aura cerró los ojos. Buscó la corriente debajo del molino, más difícil de distinguir entre el movimiento de las piedras y el crujido de las aspas.
No intentes levantar todo el saco a la vez, aconsejó Témpora. Primero siente cuánto pesa.
"¿Cómo se siente el peso?"
Eso... tendrás que descubrirlo tú.
—Eso no ayuda mucho... —murmuró Aura.
—¿Qué cosa?
—Intento... sentir cuanto pesa.
—Puedes cargarlo.
—Eso ya lo intenté.
Aura dejó las manos sobre el saco y permitió que la energía subiera por sus brazos. Al principio no ocurrió nada. Después la tela se hundió bajo sus dedos aunque no estaba presionando. El saco se inclinó, cayó de lado y arrastró una franja de polvo por el suelo.
Peryna abrió la boca.
—¡Lo moviste!
Aura lo intentó de nuevo. Esta vez imaginó que el peso se repartía entre sus manos y la corriente bajo el molino. El saco se elevó apenas, lo suficiente para que una esquina dejara de tocar el suelo. Sus brazos empezaron a temblar.
—Aura...
—Solo un poco más.
La conexión se rompió. El saco cayó y levantó una nube de harina que cubrió los zapatos de ambas.
Peryna tosió y luego empezó a reírse.
—Funcionó —dijo Aura, todavía sorprendida—. Creo que funcionó.
—¡Enséñame!
—Yo apenas pude hacerlo.
—¡Enséñame! Enséñame! —Insisitó Peryna.
Aura miró sus manos. Era casi lo mismo que Témpora había hecho con ella junto a la catarata, aunque ahora entendía por qué sus explicaciones habían parecido tan sencillas.
—Primero, cierra los ojos, concentrate e intenta... sentir algo debajo de la tierra. Algo como una corriente, pero no de agua. También se parece a unas raíces, aunque no son raíces y... quizá tú lo sientas distinto.
Peryna cerró los ojos con tanta fuerza que arrugó toda la cara.
—No tienes que apretarlos así.
—Estoy buscando.
Aura rió levemente, se preguntaba si ella se veía igual cuando usaba su magia. —Entonces continúa.
Aura se arrodilló frente a ella.
—No intentes tomar la energía. Deja que te reconozca.
—¿Cómo sabe quién soy?
—Eh... no lo sé.
Peryna soltó el aire, abrió un ojo y volvió a cerrarlo. Llevaba una flor violeta prendida cerca de la oreja, uno de los geranios que recogía cuando caían del tallo. Los pétalos se movieron aunque dentro del molino no corría viento.
Aura dejó de hablar.
La flor se inclinó hacia la mejilla de Peryna. Al mismo tiempo, la niña extendió una mano hacia un punto vacío junto a sus rodillas.
—Hay algo tibio aquí —susurró—. Se mueve cuando respiro.
Lo sintió, dijo Témpora.
"¿Puede usar magia?"
Quizá. No la apresures.
Peryna abrió los ojos. La flor volvió a quedar inmóvil.
—¿Lo hice mal?
—¡No! Yo... creo que lo hiciste mejor que yo la primera vez.
—¿Moví el saco?
—No, pero la flor...
Peryna se la quitó del cabello y la observó desde todos los lados.
—¿Qué hizo?
—Se acercó a ti.
—Las flores no caminan.
—Por eso creo que fue magia.
Peryna salió del molino antes de que Aura pudiera detenerla.
—¡Micah! ¡Iris! ¡Puedo hacer magia con flores!
—¡Espera! ¡Todavía no sabemos si...!
Aura fue tras ella, pero al llegar a la casa oyó las voces de Erina y Mauro junto al carruaje. Se detuvo cerca de una ventana. Estaban preparando otra vez la carga para vender la harina por su cuenta y hablaban tan bajo que Peryna también dejó de gritar.
—Ayer volvimos de la capital sin una moneda —dijo Mauro mientras tensaba la cuerda alrededor de las bolsas—. No pienso entregarle otra carga.
Erina miró hacia la casa.
—Cuando se entere, vendrá hasta aquí.
—Que venga.
—Mauro...
Él tiró de la cuerda con tanta fuerza que una de las bolsas se inclinó.
—No podemos seguir trabajando para él y esperar que algún día decida pagarnos.
—Lo sé. Pero si vuelve, déjame hablar primero. Prométemelo.
Mauro se quedó con las manos sobre el nudo.
—Después de anoche, no quiero que se acerque a ti.
—Y yo no quiero que los niños vuelvan a verte perder el control.
—No perdí... —Mauro bajó la voz y miró hacia la casa—. Intentaré mantener la calma.
—Eso no es una promesa.
—Es lo más que puedo darte ahora.
Aura bajó la mirada. No sabía quién era el hombre del que hablaban ni todo lo que había ocurrido la noche anterior, pero estaba claro que se aprovechaba de su trabajo y que Erina temía que regresara.
"Témpora..."
No obtuvo respuesta.
No habían terminado de ajustar la carga cuando se oyeron pasos de caballo frente a la casa. Erina y Mauro se quedaron quietos: no eran sus caballos. El sonido de una armadura acompañó las pisadas sobre la grava.
—¡Erina, Mauro! ¡Salgan, he venido a visitarlos!
Mauro apretó los dientes.
—Diablos, es él...
—De momento salgamos todos —dijo Erina, pálida—. No queremos que cumpla sus amenazas.
Iris tomó a Peryna de la mano. Antes de salir, miró a Aura.
—Por favor, quédate aquí. Esto no tiene que ver contigo.
La familia obedeció y salió en silencio.
Aura se acercó a una ventana y miró con cuidado. El hombre frente a la casa llevaba una túnica con bordados, pantalón de cuero, zapatos limpios y varias joyas. Tenía el cabello corto, café y rizado. A su lado había tres soldados con armaduras y espadas, cada uno con el símbolo del sol de vida en el pecho.
—Vamos, no me miren así —dijo el hombre con una sonrisa soberbia—. Sabían que esto pasaría después de cierto gracioso que quiso pasarse de listo anoche.
El hombre sacó un documento doblado del interior de su túnica y lo sostuvo entre dos dedos.
—Mis hombres encontraron lo que ustedes no pudieron: las escrituras de estas tierras.
Mauro dio un paso hacia él.
—Dámelas.
Uno de los soldados apoyó la mano sobre su espada. Erina sujetó a Mauro del brazo antes de que avanzara más.
—No tengas tanta prisa —continuó el hombre—. Cuando aceptaron mi ayuda firmaron un acuerdo. Aquí dice con claridad qué ocurre si alguno de ustedes me agrede.
—Te empujé porque pusiste las manos sobre mi esposa.
—Solo estaba siendo amable con ella.
—También amenazaste con llevarte a Iris.
La mirada del hombre se posó sobre la muchacha. Iris atrajo a Peryna contra su cuerpo y bajó la cabeza.
—Le ofrecí trabajo en la capital. Deberían agradecer que pensara en su futuro.
—Mi hija no irá contigo —dijo Erina.
—Entonces debieron pensarlo antes de ponerme una mano encima. Tienen hasta el anochecer para abandonar la propiedad. La cosecha se queda como pago por todo lo que me deben.
Mauro volvió a mirar las escrituras.
—Qué conveniente que tus hombres las encontraran justo ahora.
La sonrisa del hombre perdió algo de su amabilidad.
—Ten cuidado. Otra acusación podría salirte más cara que un campo.
Aura comprendió que era el hombre del que Erina y Mauro habían hablado durante la mañana. Tenía las escrituras en sus manos y las usaba para quitarles la casa después de haber amenazado a su familia. Cada vez que miraba a Iris, Aura sentía que el enojo le apretaba un poco más el pecho.
"Esto se ve mal... ¿No hay algo que pueda hacer?"
Micah entró por la puerta trasera. Ya sabía lo que pasaba y se acercó a ella en silencio.
—¿Por qué tenía que venir hoy...? Lo siento, Aura. Arruinó la mañana.
—¿Quién es?
—Silas. Un comerciante de la capital. Nos "ayudó" cuando nos robaron. Mi padre cree que todo empezó por su culpa, pero no teníamos otra opción.
—¿No hay algo que se pueda hacer?
Micah la miró con seriedad.
—Sí, pero necesitaré tu ayuda. Solo si quieres.
—Los ayudaré como pueda.
Le explicó un plan improvisado. Aura debía usar su parecido con Ambarine para asustar a Silas, sin mostrar que conocía a la familia. Fingiría ser una amenaza para todos, lo suficiente para obligarlo a retirarse.
—¿Sabes usar magia? —preguntó Micah—. Peryna me contó lo de esta mañana.
—Puedo usar una técnica para moverme, pero no sé atacar a alguien.
—Entonces bastará con tu apariencia. No quiero que lastimes a nadie.
—Yo tampoco.
Aura se levantó para salir por atrás, pero Micah añadió en voz baja:
—Te queda muy bien ese peinado.
—¿Eh?
Fue por eso que tropezó con la túnica. No era el momento para decirlo, y aun así le alegró. Logró levantarse a tiempo y salir por la puerta trasera mientras Micah aparecía por el frente para distraer a Silas.
Rodeó el campo de trigo hasta llegar al camino principal. Quería ayudar a sus primeros conocidos en ese mundo y proteger la casa donde le habían dado comida y un lugar para dormir.
Pero su enojo creció demasiado rápido. Sus manos empezaron a calentarse.
—¿P-por qué no me siento mal por querer atacarlo?
No quería asustar ni herir a nadie. Aun así, una parte de ella quería hacerle daño a ese hombre.
...Aura...
Escuchó su nombre en el fondo de su mente.
—¿Qu...?
Perdió la conciencia durante un instante. Su cuerpo tambaleó, pero reaccionó antes de caer.
—Ah... realmente odio a ese tipo de personas.
La energía roja apareció alrededor de sus manos. El destello había tomado energía de la Lay Len; esta magia brotaba de su propio cuerpo, caliente e irregular.
Se acercó por el camino del frente.
—¡Oye!
Todos voltearon. Silas la vio primero con fastidio y luego con terror. Los soldados reaccionaron al cabello carmesí.
—¿¡Princesa Ambarine!?
La familia también la miró. Micah abrió los ojos con alarma, no por el plan, sino por la energía que rodeaba sus manos. Peryna dio un paso hacia adelante, pero Iris la sujetó con fuerza.
—Qué bien —dijo Aura, y su voz sonó más fría que antes—. Justo estaba pensando en alguien como tú para desquitarme.
El aura roja se intensificó. Sus ojos empezaron a brillar.
—¡Atáquenla! —ordenó Silas, retrocediendo—. ¡Es una criminal! ¡Una asesina!
Los soldados dudaron y Aura levantó una mano sin entender bien qué hacía. La energía se comprimió en su palma.
—¡¿No puedes defenderte solo?!
El proyectil salió antes de que pudiera detenerlo. Silas logró esquivarlo, pero el impacto levantó tierra a un lado del camino. Los soldados alzaron los escudos. Erina cubrió a Peryna con el cuerpo y Mauro se interpuso delante de Iris.
Al verlos proteger a las niñas, la otra parte de Aura dudó por un instante.
"Pude haberlos lastimado."
La energía siguió ardiendo en sus manos.
—Huya de aquí, Silas —dijo el líder de los soldados—. Nosotros la detendremos.
El mercader no necesitó oírlo dos veces. Montó su caballo con torpeza y huyó por el camino principal.
—¡Asesina! ¡Esto no se quedará así! ¡La emperatriz se enterará de esto!
Cuando Silas desapareció, el campo quedó en silencio, salvo por el viento moviendo el trigo. Aura seguía con las manos encendidas. La energía le subía por los brazos y le apretaba el pecho; cada vez que intentaba apagarla, unas chispas rojas golpeaban el suelo.
Peryna la miraba con miedo, y Aura apenas pudo sostenerle la mirada.
—M-me gustaría detenerlo —dijo Aura—, pero no puedo.
El líder de los soldados se acercó con cautela, el escudo aún levantado. Entonces la observó mejor y comprendió que no era Ambarine.
—Usted... no es la princesa.
—Ya me pasó —respondió Aura con una risa nerviosa que no llegó a ser risa—. ¿Cómo quito esto?
—No baje las manos —dijo el líder, mirando las chispas que golpeaban el suelo—. Aléjelas de la casa. ¡Hacia el cielo!
Cierra los ojos y respira, dijo Témpora, al fin de regreso. No intentes retenerla ni arrancarla. Deja que salga sin darle forma.
"Témpora..."
Eso. Relaja las manos. Piensa en dejar salir la energía.
Aura obedeció. Levantó las manos hacia el cielo, lejos de la familia y del campo, y respiró como pudo. La magia se resistió un segundo antes de salir en un rayo rojo que abrió las nubes y se perdió en lo alto. La fuerza del disparo la hizo retroceder, pero Micah la sujetó antes de que cayera.
El brillo de sus ojos desapareció. Aura miró sus manos vacías, todavía temblando.
—Es la primera vez que uso algo así...
—Tiene problemas con su magia —dijo el soldado, más preocupado que acusador—. Debería considerar buscar un instructor. Son difíciles de encontrar, pero un alquimista podría indicarle dónde hallar uno.
—¿Si voy con uno podré controlarla mejor?
—Ese es el deber de un instructor: enseñar a quienes tienen capacidad a controlar su magia. Ese rayo fue... demasiado sorpresivo.
Aura miró a la familia.
—Lo siento. De verdad. No quería asustarlos.
Peryna dudó, pero se soltó de Iris y corrió hasta ella. La abrazó por la cintura.
—Sabía que no ibas a hacernos daño.
Aura no respondió de inmediato. Apoyó una mano sobre su cabeza con cuidado, esta vez sin dudar.
—Casi lo hago.
Micah apretó los labios.
—Por eso iremos a la capital. Si necesitas aprender a controlarlo, allí tendrás más oportunidades.
Los soldados, ya más tranquilos, se disculparon por la confusión. El líder bajó el escudo y miró hacia el camino por el que Silas había desaparecido.
—La orden dice que la princesa asesinó a su padre —dijo en voz baja—. No dice que alguien lograra demostrarlo.
Uno de sus compañeros lo miró con inquietud.
—No deberíamos hablar de eso aquí.
—Silas ya está lejos. Y casi nos hizo atacar a la persona equivocada.
El líder volvió a mirar a Aura.
—El emperador Emeter, su esposa Dalia y su hija eran muy queridos por la antigua guardia. Después de la muerte de Dalia, Emeter se casó con Isaliria, una embajadora de las regiones marítimas de Ill'osjalf. Pasaron años antes de que intentara asegurar el linaje de Daliana casando a Ambarine con un noble. Padre e hija discutieron por eso y, poco después, el emperador murió envenenado. Isaliria culpó a la princesa antes de que hubiera una investigación.
—¿Solo por una discusión? —preguntó Aura.
—No hubo testigos claros. Ambarine huyó y proclamó su inocencia en la plaza central. También acusó a Isaliria. Algunos miembros de la guardia le creyeron, pero varios fueron ejecutados y otros abandonaron la capital.
El otro soldado volvió a mirar el camino.
—Ya es suficiente.
—Tiene razón —admitió el líder—. No repitas nada de esto cuando llegues a la capital. Encontrarás carteles que ordenan denunciar cualquier avistamiento de Ambarine. Con ese rostro, tendrás problemas aunque seas inocente.
Aura sintió pena por la princesa. Ella tampoco había podido defender su propia historia.
El líder hizo una señal a sus compañeros para que bajaran las armas, pero antes de alejarse volvió a hablarle.
—Una cosa más. La capital se volvió más dura con los Salim. Si un Kyris habla contra ellos, su palabra suele pesar más. Los Delim están en medio, pero tampoco todos reciben el mismo trato.
—¿Kyris, Delim y Salim...? ¿Son familias?
—Son los tres estratos de Daliana: los Kyris ocupan la posición más alta, los Delim la intermedia y la mayoría de los trabajadores son Salim. Los kunan, los kunaras y los semi-humanos son pueblos distintos, aunque en la capital también pueden ser juzgados por lo que son antes de que alguien los escuche.
—Entonces tengo mucho que aprender.
—¿Eres extranjera?
—Algo así. Vine de muy lejos, supongo.
Aura guardó cada término como pudo, consciente de que aún no entendía el mundo donde acababa de despertar.
—¿Piensas ir a la capital? —preguntó Peryna, entristecida.
Aura miró sus manos.
—Sí. Tengo que encontrar un instructor para aprender sobre esta magia. Estuve a punto de lastimarlos. No quiero que vuelva a pasar.
Recordaba todo lo ocurrido, aunque durante unos instantes no había tenido control sobre su cuerpo. La otra Aura también había escuchado a Témpora y se había calmado.
—Si piensas entrar a la capital, podemos hacerlo posible —dijo el soldado—. Pero cuando estés dentro tendrás que encontrar una forma de disfrazarte.
Prepararon la partida con rapidez. Erina envolvió un poco de pan en una tela limpia y se lo entregó para el viaje. Mauro le dio las gracias por haberlos ayudado, aunque aún miraba sus manos con preocupación. Iris acomodó una última vez el broche en su cabello.
—Cuando encuentres ese instructor... podrías volver y contarme si mi peinado resistió la capital —dijo, intentando sonar ligera.
—Volveré a decírtelo —respondió Aura.
Peryna no quiso soltarla al principio.
—No es una despedida, ¿verdad?
Aura se agachó hasta quedar a su altura.
—No. Es un hasta luego.
—Entonces tienes que regresar.
—Lo intentaré. Y cuando lo haga, me contarás más sobre los geranios de tu mamá.
Peryna asintió con seriedad.
Micah esperó hasta el final. Parecía querer disculparse de nuevo por haberla confundido, pero terminó diciendo otra cosa.
—Ten cuidado en la capital, Aurora Ivyliafinne.
Escuchar su nombre completo en voz de otra persona volvió a darle calidez.
—Gracias, Micah Fuegel.
El soldado le dio una capa para cubrirle el cabello y el rostro. Antes de subir al caballo, Aura miró una vez más la casa, el molino y el campo de trigo. Había pasado allí poco más de una semana y ya sentía cariño por esa familia. La posibilidad de perderla también le daba miedo.
Peryna agitó la mano. Aura respondió el gesto, se cubrió con la capa y montó el caballo para partir hacia la capital.