El camino hacia la capital era recto y despejado, pero Aura no logró sentirse tranquila durante el trayecto.
El soldado que guiaba el caballo se presentó finalmente como Arcalzar. Era el mismo que había hablado con ella después de la descarga de magia en la granja. Le explicó el plan dos veces y en ambas mantuvo la mirada al frente.
—Entrarás cubierta, como una bandida capturada —dijo, entregándole una capa amplia y oscura—. Diremos que intentaste robar a unos viajeros y que te llevaremos al calabozo. Cuando estemos dentro, mis compañeros te dejarán en una plaza secundaria. Desde ahí tendrás que buscar un disfraz mejor.
Aura sostuvo la capa entre las manos.
—¿Por qué haces esto? Ni siquiera soy la princesa.
Arcalzar tardó en responder.
—Porque no eres ella. Si lo fueras, tendría que arrestarte... aunque no sé si podría hacerlo. Pero eres una muchacha perdida con la cara de alguien a quien todo el imperio busca. Si te dejo en la puerta, cualquier guardia nervioso puede entregarte para ganar mérito. Si entras conmigo, tendrás tiempo para esconderte.
—¿Y si alguien se entera?
—Diré que cometí un error de procedimiento. No sería el primero. Además... ayudaste a esa familia cuando pudiste huir. Para mí eso cuenta más que una orden escrita por gente que ni siquiera mira a los Salim a los ojos.
Aura no supo cómo responder. Bajó la mirada hacia sus manos, recordando la energía roja que casi no pudo controlar.
—No uses magia dentro de la ciudad —añadió Arcalzar—. Llamarías la atención y, si pierdes el control entre tanta gente, no habrá campo abierto ni cielo limpio para descargarla.
—Lo entiendo.
La capital apareció poco a poco ante ellos. Primero fue una línea clara en el horizonte y luego una muralla enorme, levantada sobre un río que rodeaba la ciudad. La luz del sol se reflejaba en placas metálicas incrustadas en las torres, cada una con el símbolo del sol de vida.
El puente de acceso era ancho y sus bloques estaban gastados por el paso de las carretas. A los lados, unos canales estrechos devolvían el agua al río mediante compuertas de hierro. Sobre el pórtico había relieves de figuras arrodilladas ante un sol de rayos largos y dragones con los cuerpos extendidos por la piedra. Aura no entendió qué representaban.
Las torres estaban armadas con ballestas. En la puerta había una fila de comerciantes, campesinos y viajeros esperando inspección. Los guardias revisaban documentos, cargas y rostros con una paciencia fría.
Aura se cubrió mejor con la capa.
—No hables si no te preguntan —murmuró Arcalzar.
Uno de los guardias del pórtico se acercó al verlos.
—¡Hey, Arcalzar! Veo que traes una prisionera. ¿De qué se le acusa?
—Intentó robar a unos viajeros cerca del camino del trigo —respondió él sin titubear—. No tomará mucho. Solo se le dará un escarmiento y la registraré yo mismo.
—Entonces tendré que anotarla en...
—Déjalo. Te cubro el puesto mientras comes. Mis hombres la escoltarán al calabozo y yo haré el registro.
El guardia miró a Aura y luego a Arcalzar. Al final apartó la mano del cuaderno.
—No tardes. Hoy la revisión está pesada.
—Lo sé.
Pasaron, y Aura no respiró bien hasta dejar atrás la puerta. Entonces el sonido de la ciudad la golpeó desde todas partes.
Había ruedas sobre piedra, vendedores llamando a clientes, herraduras, voces, campanas pequeñas en algunas tiendas y agua corriendo por canales laterales. La calle principal subía hacia las zonas altas. Cerca del muro, los edificios eran de piedra y madera; más adentro comenzaban las fachadas claras, las columnas delgadas, los balcones con rejas de hierro y los techos de tejas rojizas. Aura encontró motivos solares casi en todas partes: discos tallados sobre las puertas, mosaicos en las esquinas y lámparas con forma de rayos.
Los soldados de Arcalzar la condujeron hasta una plaza secundaria, menos vigilada que la entrada. Allí, uno de ellos le entregó una pequeña bolsa de tela que crujió en sus manos.
—Un poco de dinero. Debería alcanzarte para una tienda cosmética y una posada humilde por unos días.
—¿Por qué hacen tanto? —preguntó Aura—. Ya saben que no soy quien pensaban.
Uno de los soldados miró hacia la calle antes de contestar.
—Porque nos la recordaste demasiado.
—Y Arcalzar no suele arriesgarse por cualquiera —añadió el otro—. Si te metió aquí, será mejor que no desperdicies la oportunidad.
—¿Dónde puedo encontrarlo si necesito preguntar algo?
—Puerta oeste. Turno nocturno. Pero no vayas cubierta así por mucho tiempo. Una capa que esconde demasiado llama más la atención que una cara común.
Aura asintió. Los soldados se alejaron, dejándola en medio de la plaza.
"No sé ni cuál es el valor de esto..."
Abrió la bolsa apenas lo suficiente para ver monedas de bronce y plata. No tenía punto de comparación. Podía estar sosteniendo una fortuna o casi nada.
La plaza estaba rodeada de puestos y tiendas. En el centro había una fuente baja, decorada con arbustos podados y un pequeño sol de piedra del que brotaba agua por los rayos. Las placas rocosas de los caminos formaban patrones geométricos que se repetían en algunas paredes.
A su alrededor, las personas se movían con la naturalidad de quien conoce las reglas del lugar. Mujeres con vestidos de telas ligeras y broches brillantes, hombres cargando cajas, niños persiguiéndose entre los puestos, guardias observando sin intervenir. A Aura todo le resultaba comprensible y extraño a la vez. Sabía qué era comprar, caminar, mirar vitrinas. No sabía qué valía una moneda, qué ropa era normal, qué gesto podía levantar sospechas.
Un local lleno de gente llamó su atención. Trabajaban con piedras cristalinas de tonos azules, engarzadas en collares, anillos, pulseras, peinetas y pendientes. Desde un mostrador de vidrio se veía a los artesanos pulirlas con herramientas finas.
—¡Pase y consiga su cristal de Amalgamita! —anunciaba un vendedor—. Podrá utilizar las Lay Len aunque no haya liberado su capacidad natural, mejorar su habilidad con la magia, o simplemente llevar un accesorio digno de verse.
Aura se acercó, fascinada por los destellos. En ese mundo hasta los adornos podían servir para usar magia.
Vio un precio: un símbolo junto a un número de cinco cifras.
"5000... Es un número elevado. ¿La gente compra algo así?"
—Hola, señorita, ¿está interesada en uno?
El vendedor se le acercó con una sonrisa demasiado entrenada.
—Si me permite recomendarle, este de 5000 Anis le vendría muy bien.
Aura cerró la bolsa de monedas.
—No, yo solo miraba. Ya debo irme.
—Si cambia de opinión, no dude en volver.
Siguió caminando. Con tantas tiendas alrededor, dedujo que estaba en algún distrito comercial. Reconocía esa clase de lugar: la gente iba a buscar algo y terminaba mirando muchas cosas que no necesitaba.
"Yo ya estuve en sitios así..."
Los locales, las calles, la ropa y los símbolos eran distintos de lo que su cuerpo recordaba, pero no la sensación de caminar entre vitrinas y comparar objetos mientras buscaba algo concreto. Ya había estado en un sitio así. ¿Dónde?
Entonces una cola peluda se agitó delante de ella.
"Qué cola tan peluda... me pregunto qué animal..."
Al levantar la mirada, vio que la cola formaba parte de una persona. Tenía cuerpo humano, orejas de gato y un andar completamente cotidiano. Aura parpadeó.
"Un semi-humano..."
Hasta ese momento había estado caminando con la cabeza baja, preocupada por su capa. Al mirar mejor, vio varios semi-humanos en la plaza. También distinguió a kunan de cuerpos antropomórficos cubiertos de pelaje y a kunaras con cuernos de formas muy distintas. Nadie parecía sorprenderse por ellos.
"Esto no era así en..."
El intento de recordar le produjo una punzada en la cabeza. Se obligó a respirar y volvió a su objetivo: encontrar un lugar donde disfrazarse.
Pasaron horas sin éxito. Al atardecer, la luz natural empezó a ser reemplazada por faroles que algunas personas encendían con pequeñas llamas mágicas. Aura se detuvo en una calle más tranquila, junto a un restaurante del que salían aromas especiados.
Fue entonces cuando una joven salió del local acompañada por un escolta. Llevaba telas de buena calidad, bordados finos y mangas largas ajustadas con cintas. En su cabello tenía una peineta de plata con una piedra de Amalgamita azulada, y los transeúntes se apartaban un poco para dejarla pasar.
"¿Será Kyris?"
La joven notó su mirada. Aura bajó la vista, pero ya era tarde. La Kyris se había detenido y la observaba con la boca entreabierta; luego dio un paso hacia ella.
Si la miraba de cerca, si apartaba la capa, si llamaba a un guardia...
—L-lo siento, creo que me confunde —dijo, intentando retirarse.
La joven la sujetó del brazo antes de que pudiera alejarse. La capucha resbaló con el tirón y dejó a la vista un mechón carmesí. El escolta llevó la mano a su espada.
—¡Mi lady Syrit, tenga cuidado!
Syrit no respondió. Miró el cabello de Aura y después buscó sus ojos. Aura se preparó para oír otra vez el nombre de Ambarine, pero la joven empezó a sonreír.
—Por fin... —susurró.
Al encontrarse con el violeta, Syrit frunció el ceño.
—Me dijiste que cambiarías hasta tus ojos, pero no esperaba que...
—Mi lady —insistió el escolta al acercarse.
Syrit volvió a cubrirle el cabello a Aura y habló cerca de su oído.
—Hablaremos en casa. Si te quedas aquí, alguien llamará a los guardias.
"¿Cree que soy Ambarine?"
—Descuida, Mirret —dijo Syrit, recuperando la compostura—. Es una vieja amiga. Trae el carruaje, por favor.
—¿Está segura?
—Sí.
Mirret dudó, pero obedeció.
Aura miró a Syrit con desconfianza.
—¿Por qué me ayudas?
—¿De verdad creías que iba a dejarte aquí? —Syrit volvió a mirar hacia el restaurante y bajó la voz—. Ten un poco de paciencia. Tengo tantas cosas que preguntarte...
El carruaje llegó poco después. Syrit mantuvo una mano cerca del brazo de Aura hasta que ambas subieron; entonces Mirret ocupó el puesto del conductor y echó a andar el corcel.
El viaje se le hizo eterno. Syrit miraba por la ventana y de vez en cuando volvía los ojos hacia Aura. En una ocasión abrió la boca, pero terminó acomodándose una manga. Aura tampoco sabía qué decir.
"¿Cree que soy Ambarine? ¿O solo quiere comprobarlo?"
El carruaje dejó atrás las calles comerciales y entró en un distrito más amplio. Las casas tenían patios cerrados, muros limpios y jardines interiores visibles entre rejas. Las calles eran más silenciosas, los faroles más altos y las puertas más ornamentadas. La mansión de la familia de Syrit se alzaba detrás de una reja metálica, entre caminos de baldosas y arbustos recortados. Aura no había imaginado que una Kyris viviera así.
Mirret abrió la puerta del carruaje y ofreció la mano. Syrit bajó primero.
—Yo la atenderé —dijo, extendiendo su mano hacia Aura.
Aura dudó al ver la mano extendida. Syrit le sonrió y esperó hasta que terminó por aceptarla.
—Me gustaría que no le digas nada a mi padre por ahora —le pidió Syrit a Mirret—. Es un secreto.
—Como desee, mi lady.
Entraron en la mansión. Sirvientes y un mayordomo las recibieron, pero Syrit rechazó cualquier ayuda con una cortesía firme. Subieron al segundo piso y caminaron hasta su habitación. Una vez dentro, Syrit cerró la puerta con seguro.
La habitación era ordenada y luminosa. Había libros sobre una mesa, una tetera preparada, telas dobladas junto a un biombo y un pequeño marco con flores prensadas. Al oír el seguro, Aura retrocedió un paso.
—Ahora sí, ¡ven aquí!
Syrit la abrazó antes de que Aura pudiera responder. La capa quedó apretada entre las dos y Aura mantuvo los brazos a los lados, sorprendida.
—¡Te extrañé muchísimo! ¿Cómo estás? ¿Dónde te has metido? ¿Qué pasó para que tardaras tanto? —Se apartó apenas para verla—. Tienes que contármelo todo, Ambarine.
—Yo... espera. No soy Ambarine.
La sonrisa de Syrit se detuvo. La soltó y Aura pudo retroceder un poco y quitarse la capa.
—Mi nombre es Aurora Ivyliafinne. Desperté ayer sin recuerdos. He intentado decírtelo, pero...
Syrit la miró de nuevo, esta vez sin hablar, hasta que Aura bajó la vista.
—Entonces los ojos... —murmuró Syrit—. Ella los tiene naranjas. Me dijo que, si volvía, quizá tendría que cambiarlos para que no la reconocieran. Creí que por eso tú...
Se sentó al borde de la cama. Durante un momento miró la capa que Aura sostenía, apretando las manos sobre el vestido.
—Perdona...—empezó de nuevo, con tono avergonzado y rubor notorio— Actué sin cuidado, lo siento mucho... no te dejé explicarte. ¿Aurora, dijiste?
—Puedes llamarme Aura.
—Aura —repitió. Alzó la mirada y le hizo sitio a su lado—. Ven, siéntate. Has dicho que despertaste ayer. ¿No recuerdas nada de antes?
A Aura le costaba acercarse todavía, pero Syrit había dejado de insistir en que era la princesa. Se sentó junto a ella, con la capa sobre las rodillas.
—Solo mi nombre. Y algunas cosas que sé hacer, aunque no sé dónde las aprendí.
—¿Y has estado sola desde entonces?
—No. Encontré a unas personas que me ayudaron.
Aura le contó lo esencial: el lago de la meseta, la pérdida de memoria, Témpora, la familia de granjeros, Silas, la pérdida de control, Arcalzar y la entrada a la capital. Omitió algunos detalles de su mente y de la esfera. Syrit la escuchó sin interrumpir.
—Debió ser muy confuso despertar así —dijo Syrit—. Si puedo ayudarte, te ofreceré el disfraz que buscabas. Y quizá mi padre pueda indicarte a alguien relacionado con instructores de magia.
—¿Está bien? No quiero incomodarte.
—¡Claro que está bien! Conozco a unas cosmetólogas muy buenas. Podemos llamarlas mañana; a esta hora ya deben haber cerrado.
Syrit ordenó al mayordomo que trajera té y galletas. Cuando estuvieron solas de nuevo, sirvió a Aura y acercó el plato para que pudiera tomar una.
—¿Me contarías cómo era Ambarine? —preguntó Aura—. Todos me hablan de ella.
—Mi madre, Mirlia, fue amiga de Dalia, la esposa de Emeter. Por eso conocí a Ambarine cuando éramos niñas. Ella era dos años mayor y yo bastante reservada. Ambarine hablaba por las dos, elegía los juegos y luego me convencía de que habían sido idea mía.
Syrit rio y tomó una galleta.
—Con ella me resultaba fácil reír. En ese tiempo nunca pensaba en ella como una princesa.
Dejó la galleta a medio comer en el plato antes de continuar.
—Después murió Dalia. Cuando iba a verla, casi siempre la encontraba practicando magia. A veces tenía que esperar hasta que terminara para hablar un poco con ella. Se había vuelto muy seria; yo intentaba contarle algo divertido, pero enseguida quería volver con su instructor. Un día le pregunté por qué tenía que practicar tanto. Me dijo que debía hacerse fuerte por si a su padre le ocurría lo mismo.
—¿Y dejó de verte?
—Nos veíamos mucho menos. La extrañaba aunque viviera tan cerca. Seguí yendo cuando podía, pero ya no sabía qué proponerle para que quisiera salir conmigo a alguna parte. Cuando llegó Isaliria, dos años después, pensé que tal vez las cosas mejorarían.
Syrit le explicó que Isaliria era una embajadora de Ill’osjalf. Recordaba haberla visto con Emeter, firme cuando hablaban de asuntos del imperio y afectuosa cuando él se acercaba. También trataba bien a Ambarine.
—Al principio Ambarine me decía que nunca la llamaría madre. Después empezó a hablar más con ella. Cuando las veía juntas, ya no parecía estar esperando que Isaliria hiciera algo malo.
—Yo también confié en ella —dijo Syrit—. Todavía me pregunto cuánto me equivoqué.
Syrit bebió un poco de té. Según le había contado Ambarine, Emeter no podría tener más hijos. Quería casarla con el hijo de un noble para mantener el linaje original de Daliana.
—Ella decía que querían encerrarla en un matrimonio. Amaba a su padre, pero estaba furiosa con él. Yo intenté ayudar y le presenté a todos los hombres que creí adecuados. Hasta hice una lista. —Syrit dejó escapar una risa corta—. Una lista horrible. Ninguno le interesó.
—Una tarde fuimos a una plaza con muchos árboles. Nos sentamos en un banco, bajo la sombra, y yo saqué otra vez la lista. Todavía me quedaban nombres por revisar. Ambarine se acomodó de lado, apoyó su espalda contra la mía y me pidió que la guardara.
Syrit bajó los ojos hacia el plato.
—Me dijo: «No hay nadie que me interese, Syrit. ¿Qué voy a hacer? Mi padre sigue esperando que elija a uno». Yo había pensado que, si conocía a más personas, alguna le gustaría. Pero ella seguía sin sentir nada por ninguno. No podía escoger un esposo solo porque Emeter necesitara que el linaje continuara.
—¿Qué le respondiste?
—Que podíamos quedarnos allí un rato. Guardé la lista. No sabía qué más decirle; llevaba días asegurándole que encontraríamos a alguien y ella cada vez estaba peor.
Aura dejó su taza sobre la mesa para escucharla.
—¿Te contaba las discusiones con su padre?
—Sí. A veces llegaba muy enojada y hablaba tanto que apenas podía seguirla. Otras se quedaba callada y tenía que preguntarle qué había pasado. Me preocupaba verlos así. Ella lo quería mucho y antes me contaba cosas buenas de él... Yo tampoco sabía cómo ayudarla. Si volvía a hablarle de los pretendientes, acababa pidiéndole lo mismo que su padre.
Syrit recogió la galleta que había dejado y la partió entre los dedos.
—Durante un tiempo siguió viendo al candidato que Emeter prefería. Me dijo que intentaba ser más cordial con él para que su padre le diera tiempo, pero las preguntas continuaron. Hasta que discutieron en la sala del trono. Ambarine me contó después que le había dicho que ningún hombre había tocado su corazón y que no era justo forzarla a estar con uno por el linaje. Emeter volvió a hablarle de la sangre de Vish y de su deber como hija. Terminaron gritándose y ella se marchó.
—Él no era un monstruo —dijo Syrit—. Pero en ese momento no quiso escucharla. Esa fue la última discusión que tuvieron. Al día siguiente, Emeter murió.
Lo que había ocurrido en el palacio, Syrit lo supo por Ambarine. Había intentado volver para disculparse antes del almuerzo con Isaliria. Cuando llegó, los vio juntos y esperó para no interrumpirlos. Después Emeter se desplomó. Corrió hacia él, pero ya era tarde.
—Atacó a Isaliria. Estaba desesperada y creyó que ella le había hecho algo. Los soldados entraron cuando Ambarine todavía usaba magia y vieron a la emperatriz detrás de una barrera, junto al cuerpo de Emeter. Isaliria la acusó antes de que pudiera explicar nada.
Syrit dejó la taza sobre la mesa.
—Encontraron rastros de la magia de Ambarine en el cuerpo. Ella no entendía cómo. Creo que todavía no lo entiende.
—Cuando llegó aquí apenas podía explicarse. Repetía que su padre había muerto y que Isaliria le había hecho algo. Yo oía a los guardias en la calle, pero todavía no sabía que la buscaban. Entonces mi padre vino a llamarme y ella tuvo que esconderse. Al volverme, ya se había ido. Me quedé sin saber dónde buscarla.
Más tarde Syrit supo que Ambarine había proclamado su inocencia en una plaza. Algunos guardias del antiguo sol ardiente le creyeron, pero para el resto del imperio se convirtió en una fugitiva.
—Después nos encontramos algunas veces. Cuando conseguía entrar en la capital, me buscaba cerca de la Academia o por los restaurantes a los que solía ir. Una vez salí de clase y la encontré esperándome junto al camino, con la capa puesta. Tuve que seguir andando para que mis compañeros no se fijaran en ella. —Syrit sonrió—. Hasta apareció en el patio de mi casa. No sé cómo pasó sin que Mirret la viera; cuando le pregunté, solo me dijo que bajara la voz.
—¿Venía hasta aquí con los guardias buscándola?
—No siempre llegaba tan cerca. A veces dejaba una cinta en una reja para que supiera dónde encontrarla, y apenas podíamos hablar unos minutos. Yo quería contarle todo lo que había pasado y preguntarle si había averiguado algo sobre su padre. Casi nunca alcanzaba el tiempo. La última vez fue hace casi un año. Me dijo que, si volvía, quizá tendría que cambiar las cosas que todos recordaban de ella.
Syrit volvió a mirar los ojos violetas de Aura.
—Por eso dudé al verte. Sabía que algo no encajaba, pero pensé que ese podía ser el disfraz. Quería que fuera ella y te traje conmigo antes de pensar mejor.
—Ella pasó por muchas cosas —murmuró Aura.
—Demasiadas.
Aura imaginó a Ambarine junto al cuerpo de su padre. Sintió una tristeza que le resultaba conocida, aunque no pudo recordar de dónde, y las lágrimas le salieron antes de que pudiera contenerlas.
—Aura... ¿por qué lloras?
Se tocó el rostro, sorprendida.
—No lo sé. Es solo... muy triste.
Syrit bajó la mirada.
—A veces empiezo contando nuestras tonterías para no llegar a esta parte —dijo. Acercó un pañuelo a Aura y se quedó con la mano junto a la suya—. La extraño mucho.
Cuando pudieron seguir hablando, el té ya estaba frío. Aura preguntó por las razas, los estratos y la discriminación en el imperio. También quiso saber qué hacía Syrit en la Academia Imperial de Daliana.
—Estudio para ser funcionaria política. Fue idea de mi padre, aunque terminé encontrándole utilidad. Paso algunas tardes entre catálogos, copias de decretos y reformas antiguas. Es bastante aburrido.
—Entonces, ¿por qué sigues haciéndolo?
—Porque si Ambarine recupera su lugar, necesitará a alguien dentro del sistema. Si un decreto desaparece, quiero saber dónde buscarlo o al menos quién pudo moverlo. —Syrit empujó la taza fría a un lado—. Para eso sirven los catálogos, aunque podrían tener menos polvo.
Aura habló poco de Témpora. No estaba segura de cuánto debía contar. Sí explicó que buscaba un instructor de magia y que necesitaba un disfraz para moverse sin ser confundida con la princesa.
—Puedo ayudarte con el disfraz —dijo Syrit—. Con el instructor, quizá mi padre sepa a quién preguntar. Tiene muchos contactos y podrá mirarte con más calma que yo.
Aura sonrió apenas.
—¿Porque él no quiere que sea ella?
—Porque no lleva un año esperando una señal.
La noche cayó por completo. Syrit le ofreció dormir en su habitación y esperó su respuesta antes de mandar preparar un espacio junto a la ventana. También le prestó ropa para que descansara mejor.
Aura estaba cansada tras caminar todo el día, entrar en la capital y escuchar la historia de Ambarine. Aun así, tardó en dormirse. Desde la ventana podía ver las calles altas iluminadas por filas ordenadas de faroles; hacia las zonas bajas, las luces se volvían escasas e irregulares.
"Mañana tendré que seguir sola."
No del todo, respondió Témpora en su mente, tenue y cercana.
Aura cerró los ojos. La respuesta de Témpora le aflojó un poco el pecho y, después de un rato, el cansancio terminó por vencerla.
