Sentoria · Mundo desconocido
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DalianaCapítulo 2

Limessia·Daliana·Capítulo 2

Mundo desconocido

Folio 02·24 min de lectura

Tras cruzar la puerta, Aura volvió a sentir que flotaba.

Esta vez no estaba rodeada por la aurora. Al abrir los ojos vio haces de luz blanca bailando sobre un fondo azulado y quebrándose en líneas movedizas sobre su rostro. Primero sintió el frío; después, una presión terrible en el pecho. Intentó respirar y solo tragó agua. Movió brazos y piernas con desesperación hacia la luz sobre su cabeza, sin entender dónde estaba ni por qué el mundo la apretaba desde todas partes. La túnica que Témpora le había dado se pegaba a su piel y dificultaba cada movimiento.

Cuando al fin rompió la superficie, tomó una bocanada de aire tan grande que le dolió la garganta. Tosió, respiró de nuevo y quedó temblando.

La orilla estaba cerca. Nadó como pudo, más por instinto que por conocimiento, hasta apoyar las manos sobre una superficie áspera y rugosa. Sus dedos se hundieron en tierra húmeda. Hierbas pequeñas le rozaron las muñecas. Al arrastrarse fuera del agua, el sol cayó sobre su espalda y empezó a calentarla lentamente.

El aire entraba y salía de sus pulmones. El viento movía los árboles, inclinaba el césped y traía aromas que no sabía nombrar: tierra mojada, hojas y agua dulce. La luz del sol le ardía con suavidad en los párpados. Las nubes blancas avanzaban sobre un cielo azul, tan normal y a la vez tan imposible que Aura se quedó mirándolo con la boca entreabierta. Era la primera vez que veía ese cielo, pero su calidez, el sonido del viento y el peso de su cuerpo sobre la tierra le resultaban familiares. Era como despertar en una casa donde todos los muebles habían cambiado de lugar.

No se levantó de inmediato. Permaneció tendida junto al lago, escuchando el agua y observando cómo las nubes cambiaban de forma. El sol calentó la túnica, primero sobre su espalda y después en los brazos cuando logró girarse. El frío fue abandonando la tela poco a poco. Aura extendió una mano hacia el cielo, cerró los dedos y volvió a abrirlos. No podía tocarlo, pero el viento pasó entre ellos.

"Estoy... afuera."

Cuando la túnica terminó de secarse bajo el sol, se incorporó con dificultad. Su cuerpo estaba pesado, hambriento, vivo. Al mirar su reflejo en el lago, vio mechones de cabello carmesí desordenados alrededor de su rostro y sus ojos púrpura abiertos con una sorpresa casi infantil. La marca azul bajo su ojo derecho ya no estaba. Tampoco la esfera que había llevado contra el pecho antes de abrir la puerta.

La ausencia de ambas cosas la inquietó, pero el hambre pudo más. El estómago le dolía y, si de verdad estaba en un cuerpo real, necesitaba comer.

El lago estaba rodeado por una amplia meseta. Un río lo alimentaba desde lo alto, cayendo entre rocas antes de perderse en el agua. Aura observó la corriente y decidió seguirla. No sabía si era una buena idea, pero el movimiento del río le daba una dirección, y en ese momento una dirección era mejor que quedarse quieta.

El camino pronto se volvió empinado. El sonido del agua golpeando contra las rocas aumentó hasta llenar el aire y, frente a ella, una catarata caía desde la parte alta de la meseta. Aura alzó la vista hacia el borde del peñasco. No había un sendero claro para subir y sus piernas ya empezaban a cansarse.

¡Aura...! ¿Puedes oírme?

La voz apareció dentro de su cabeza con tanta claridad que Aura casi respondió en voz alta.

—¿Témpora? ¡Sí! Pensé que no volvería a escucharte... Pero, ¿cómo?

Es la magia de la que te hablé. Puedo ver lo mismo que tú y comunicarme contigo. De la misma forma, tú podrás ver algunas cosas que yo pueda mostrarte a través de tu visión.

"Me alegra que sigas conmigo, Témpora."

No te preocupes por eso. Por ahora hay que sacarte de ahí. ¿Recuerdas que te dije que también podías usar magia?

—Lo recuerdo, pero no sé cómo.

Entonces empecemos por sentirla.

Témpora le explicó que la magia de ese mundo nacía de una energía que fluía bajo la tierra a través de la Lay Len, una gran red semejante a raíces extendidas por todo el mundo. Quien lograba percibir esa red podía conectarse a ella y usar parte de su energía. Parecía simple cuando Témpora lo decía, pero Aura no sabía cómo buscar algo que no podía ver ni tocar.

—¿Y si no puedo?

Puedes. No porque lo recuerdes, sino porque tu cuerpo aún sabe cómo escucharla.

Aura cerró los ojos. Al principio solo sintió la piedra bajo sus pies, el viento contra la tela ya seca y el rugido de la catarata. Poco a poco percibió una corriente escondida bajo la tierra, extendida en muchas direcciones. Le dio miedo, aunque su cuerpo la reconocía y sabía cómo acercarse a ella.

—La siento...

Bien. No intentes tomarla con fuerza. Deja que te reconozca.

La energía respondió. Subió por sus piernas como un cosquilleo tibio y se alojó en el pecho. Aura abrió los ojos, sorprendida. Por un momento pensó que el mundo se había vuelto más brillante.

Para subir, usarás una técnica llamada destello. Es un salto instantáneo de un lugar a otro. Mira el punto al que quieres llegar, imagina tu cuerpo allí y permite que la Lay Len complete el movimiento.

—Eso suena peligroso.

Lo es si lo haces sin calma.

Aura miró una roca plana un poco más arriba e imaginó sus pies sobre ella. La imagen era torpe, incompleta, y su corazón latía demasiado rápido. La energía tiró de ella. En un parpadeo, el suelo desapareció y volvió a aparecer bajo sus pies. Aura trastabilló, agitó los brazos y casi cayó de espaldas; uno de sus talones había quedado al borde.

—¡Ah! ¡Eso fue...!

Respira. Lo hiciste bien para ser la primera vez.

—Casi me caigo.

Por eso harás el siguiente con menos prisa.

Aura tragó saliva y lo intentó de nuevo. Esta vez imaginó una pequeña trayectoria, como si su cuerpo saltara aunque nadie pudiera ver el salto. Se vio como una rana diminuta atravesando el espacio entre una piedra y otra, y la imagen le sacó una risa nerviosa que la ayudó a relajarse.

El segundo destello fue menos brusco. El tercero la dejó con las rodillas temblando, pero más lejos del borde. Aura aún no controlaba la magia; con cada intento, su cuerpo corregía un poco el movimiento antes de que ella entendiera cómo.

¡Bien hecho, Aura! Solo falta un salto más.

Tras el último destello llegó a la cima. Se dejó caer de rodillas sobre el césped, respirando con fuerza. Detrás de ella, el lago brillaba al fondo de la meseta. Delante se extendía una cadena de montañas y elevaciones que crecían en la distancia. Más allá, una franja de desierto ocupaba el horizonte.

"Témpora, ¿hacia dónde debo ir?"

Ve río arriba hasta llegar a la cima de la montaña de donde viene el agua. No está tan lejos.

Aura suspiró aliviada al saber que no tendría que ir hacia el desierto. Empezó a caminar junto al río, con los pies doloridos y la túnica rozándole las piernas.

—¿Por qué estaba dormida? —preguntó después de un rato.

Témpora tardó en responder.

Aura... pasaste por muchas cosas antes de entrar en ese estado. Lo mejor será que lo recuerdes con el tiempo.

Témpora sonaba preocupada. Aura pensó en la puerta, en el hombre sangrando en sus brazos y en la máquina, y decidió no insistir.

"De acuerdo..."

Siguió caminando. El césped era blando, pero sus pies no estaban acostumbrados. Cada piedra pequeña le parecía una ofensa personal.

—Esta subida ya se hizo difícil... por suerte hay césped. Mis pies están adoloridos.

Aura se sorprendió al oír su propia queja. Hablar y expresarse empezaba a resultarle natural.

Tampoco quería dejar de hablar con Témpora, así que le hizo una pregunta sobre ella.

—Témpora... yo no te recuerdo, pero tú sí pareces conocerme. ¿Ya estabas conmigo antes de que durmiera?

Puede decirse que sí. En realidad, no eres la única que terminó así. Mi deber es ayudar a esas personas a valerse por sí mismas después de pasar por lo que sea que hayan pasado antes de eso.

—Eso solo me da más preguntas.

Lo sé. Te lo contaré, pero por ahora debemos encontrarte un lugar donde puedas descansar y comer algo.

El camino empinado terminó. El curso del río cambió y su fuente natural se distinguió no muy lejos. En el horizonte, bajo el atardecer, Aura vio una ciudad enorme. Un castillo sobresalía por encima de sus muros, tan grande que podía diferenciarse incluso desde aquella distancia. Ir hasta allí antes de la noche parecía imposible.

Al descender la montaña, vio algo más cercano: un valle cubierto por cultivos de trigo en plena temporada de cosecha. En el centro había una casa, algunas cabañas pequeñas y un molino de viento cuyas aspas se movían con lentitud.

Necesitaba pedir ayuda, aunque la idea la asustaba. No sabía cómo debía comportarse con las personas de ese mundo. Una casa al final de un campo, el color dorado del trigo y el humo leve de una cocina le resultaban familiares, pero no encajaban con ningún recuerdo. Era como ver una escena de la infancia de otra persona.

Descendió con cuidado y entró en el campo de trigo.

A pocos metros de llegar al molino, oyó un tarareo entre los brotes. Una niña apareció cargando un cesto con tallos dañados. Al ver a Aura, se quedó inmóvil, con los ojos fijos en su cabello carmesí. Entonces soltó el cesto y corrió hacia el molino.

—Espera... —Aura dio un paso tras ella.

"¿Se asustó de mí? ¿Por qué?"

—¡Niña, regresa! Solo necesito ayuda.

No recibió respuesta.

Aura entró al molino siguiendo la dirección por la que había desaparecido. Las aspas giraban con un crujido suave, y el olor a madera, polvo y trigo molido le produjo otra punzada de familiaridad. En el segundo nivel vio una sombra detrás de un bloque de heno, cerca de la ventana. Se acercó un poco y la sombra se encogió.

—Oye... no tengas miedo. No te haré daño. Mi nombre es Aura.

La niña asomó apenas el rostro. Tenía los ojos húmedos y los dedos apretados contra el borde del heno.

—T-tú... ¿no eres Ambarine?

—¿Ambarine...? No. No lo creo. Yo soy Aura.

"¿Quién es Ambarine?"

La niña la observó mejor, todavía lista para volver a esconderse.

—Sus ojos son naranjas... los tuyos son violeta. Como los geranios de mamá.

Peryna aflojó los dedos que mantenía apretados contra el heno y volvió a mirarla con curiosidad.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Aura.

—Peryna.

—Es un nombre bonito, Peryna. ¿Tu mamá está en casa?

—No. Solo mis hermanos. Iris y Micah. Mis papás fueron a la capital a cobrar un envío de harina.

Peryna bajó de su escondite, aunque seguía mirando a Aura de reojo.

—¿Qué haces aquí?

—Busco un lugar donde pasar la noche. Desperté lejos de aquí y no conozco este lugar.

—Podemos preguntarle a mis hermanos —dijo Peryna, y luego añadió más bajo—. Pero si se asustan, no corras.

Aura no entendió del todo la advertencia, pero asintió.

Peryna la guio hasta la casa. Al llegar a la puerta, llamó a sus hermanos con una voz que intentaba sonar normal.

—¡Iris, Micah!

La puerta se abrió. Micah, el mayor, apareció primero con una espada corta envainada, la mano ya sobre el mango. Iris, un poco menor que él, tomó a Peryna por los hombros y la atrajo hacia sí como si quisiera cubrirla con el cuerpo.

—¿Estás bien, Peryna? ¿No te hizo daño? —preguntó Iris.

—¡Iris, ella no...!

—No hay nada que tengas que hacer aquí —dijo Micah, sin apartar la mano de la espada—. Vete, por favor.

"¿Hice algo malo?"

Aura retrocedió medio paso. Levantó las manos despacio.

—Yo solo buscaba ayuda... Si no soy bienvenida, me iré.

Micah vaciló, pero no bajó la guardia.

—Sabemos quién eres y por qué eres peligrosa. No podemos dejarte entrar.

—¡Micah! —Peryna logró soltarse de Iris—. ¡No es esa princesa! ¡Mírala bien!

Corrió hasta ponerse delante de Aura con los brazos extendidos. El movimiento asustó a todos. Micah desenvainó apenas un poco la espada e Iris llamó a Peryna por su nombre. Aura se quedó inmóvil, temiendo que cualquier movimiento suyo empeorara las cosas.

Micah la observó con más cuidado. Su mirada pasó del cabello a los ojos, luego a las manos levantadas y a los pies descalzos y lastimados. Enfundó la espada de inmediato y agachó la cabeza.

—Lo siento mucho, señorita. Cometí un error. Por favor, perdóneme.

Iris también bajó la mirada, todavía abrazando a Peryna desde atrás.

—Discúlpenos...

—Está bien —respondió Aura, aunque su corazón seguía golpeando rápido—. Debo parecerme mucho a esa persona.

—Demasiado —murmuró Iris—. Si nosotros reaccionamos así, otras personas podrían hacerlo peor.

—Es la primera vez que me pasa.

—¿Entonces no sabe nada de la princesa Ambarine?

"Entonces era una princesa..."

Aura negó con la cabeza.

Micah miró a sus hermanas, luego a la caída del sol detrás del campo. Seguía incómodo, pero su postura ya no era la de alguien dispuesto a atacar.

—Peryna dijo que necesita pasar la noche —comentó Iris con cautela.

—Sí... nuestros padres nos enseñaron a ser amables —dijo Micah—. Y usted no parece una mala persona. Puede pasar a descansar hasta que ellos regresen. Pero... entenderá que tengamos cuidado.

—Lo entiendo —respondió Aura—. Gracias.

El interior de la casa era sencillo: una mesa, varias sillas, olor a pan, utensilios de cocina y madera gastada por los años. Aura no reconocía nada, pero el calor del lugar le resultaba conocido. Su cuerpo aún recordaba la sensación de entrar en una casa donde era bienvenida.

Peryna fue la primera en recuperar entusiasmo.

—Mi hermana Iris está preparando la cena. ¡Cocina muy bien!

—Cielos... espero que no se haya echado a perder —dijo Iris, revisando las ollas en el horno—. Es un alivio. Estará lista en unos minutos. Peryna, ¿puedes ayudarme?

—¡Claro!

Micah llevó a Aura hasta el comedor y acomodó una silla para ella. El gesto fue tan formal que Aura se sentó con cuidado, sin saber cómo responder. Un gato se acercó a olerla, trepó a su regazo y se acomodó allí como si hubiera decidido que esa desconocida no era peligrosa.

Aura lo acarició. El ronroneo le arrancó una sonrisa pequeña.

Micah dejó su espada en una mesa de otra habitación, aunque no muy lejos, y tomó asiento frente a ella.

—Aura... ¿te importa decirme tu nombre completo?

Aura lo miró con confusión.

—Ya sabes, tu apellido o título.

—¿Apellido...? Aura... Aura y...

Intentó forzar la respuesta y una punzada le atravesó la cabeza.

—Yo... no lo recuerdo.

En su mente solo encontró un nombre relacionado con la luz, con un fenómeno atmosférico. Aura derivaba de Aurora. Le resultaba extraño, pero era agradable de pronunciar y guardaba algo cálido que todavía no podía recordar.

—Mi nombre completo es Micah Fuegel —dijo él, con más suavidad—. Fuegel es el apellido de mi padre. Tu padre también debió darte el suyo, ¿verdad?

"¿Mi padre...? ¿Cómo se llamaba?"

Aura no supo qué decir. Se quedó en silencio, cabizbaja.

Micah comprendió que había presionado donde no debía y se levantó de pronto.

—Perdón. Empecemos de nuevo.

Extendió la mano.

—Mi nombre es Micah Fuegel. Gusto en conocerte. ¿Cuál es el tuyo?

La mano extendida encendió una chispa en la mente de Aura. Recordó voces sin rostro que la saludaban con la misma cortesía y tomó la mano de Micah.

—El gusto es mío, Micah. Mi nombre es Aurora Ivyliafinne.

Aura se quedó quieta, sorprendida al escuchar su propio nombre completo. No había recuperado una escena, solo el recuerdo de presentarse y responder a una mano extendida. Aun así, ese nombre ya le pertenecía.

—¡Tu apellido también es lindo! —dijo Peryna, llegando con los platos.

—Parece de la nobleza... —comentó Iris—. ¿Eres noble?

—No. Yo... no lo creo.

Fuera de la cabaña se oyeron herraduras sobre la grava. Peryna corrió hacia la puerta antes que nadie.

—¡Mamá!

Una mujer adulta entró primero, seguida por un hombre que cargaba algunas cosas del viaje. La mujer se detuvo al ver a Aura sentada a la mesa. No reaccionó con el mismo miedo de sus hijos, pero sus ojos la examinaron con atención.

—No solemos tener huéspedes por aquí...

—Espera, mamá —se apresuró Micah—. Ella no es la princesa.

—Ya lo sé, hijo. Basta con verla bien.

Micah agachó la cabeza, avergonzado de nuevo.

La mujer se acercó a la mesa.

—Mi nombre es Erina. Espero que nuestros hijos no te hayan dado problemas. ¿Cuál es tu nombre?

—M-me llamo...

—¡Aurora Ivyliafinne! —interrumpió Peryna—. Bonito nombre, ¿no?

—Peryna, no interrumpas —dijo su padre.

Erina suspiró sin mostrarse molesta.

—Bueno, Aurora. ¿De dónde vienes?

Aura no sabía qué responder. No conocía nombres de pueblos ni caminos. Ni siquiera sabía en qué nación estaba.

Puedes decirle que vienes de Nishambria, sugirió Témpora.

"¿Nishambria...?"

—Yo vengo de...

Aura intentó repetir el lugar que Témpora le había dicho, pero se detuvo. Esas personas acababan de decidir no echarla y no quiso responderles con una mentira. Se armó de valor.

—No lo recuerdo —dijo, aunque la sonrisa apenas le salió—. Mi nombre volvió hace un momento, pero nada más. Mi familia... mis amigos... no sé quiénes eran. Cuando intento buscar algo, solo veo imágenes borrosas y me duele. Yo... no entiendo qué me pasa.

Erina se sentó a su lado y le apoyó una mano firme sobre el hombro.

—Entonces no tienes que buscarlo ahora. Puedes cenar con nosotros y dormir aquí. Mañana veremos qué hacer.

Aura no pudo contenerse. Lloró en silencio primero, luego con pequeños sollozos que la avergonzaron. Nadie se burló. Peryna, desde los brazos de su padre, también lloró sin entender bien por qué.

Cuando Aura logró calmarse, comieron juntos. Erina regañó a sus hijos por no haberle ofrecido calzado y Micah volvió a sentirse culpable. El padre se presentó como Mauro. Era amable y tenía los mismos modales que su hijo.

Durante la cena, la curiosidad pudo más que la incomodidad.

—¿Por qué Ambarine, la princesa, les da tanto miedo?

Mauro dejó los cubiertos por un momento.

—Porque se dice que asesinó a su propio padre, el emperador, y huyó amenazando con regresar. En la capital muchos dicen que lo hizo por un ataque de furia, algo que, según ellos, era característico de ella.

—Eso es lo que se dice —añadió Erina—. Nadie de aquí la vio hacerlo. Probablemente la verdad sea más complicada, pero mientras no la capturen, nadie lo sabrá.

Aura escuchó en silencio. Saber que la habían confundido con una princesa acusada de matar a su padre hizo que la cena se volviera más pesada. Ahora entendía por qué Micah había tomado su espada y Peryna había corrido hacia el molino.

Tras la cena le ofrecieron el cuarto de Iris para descansar. Aura intentó negarse, pero la insistencia de toda la familia fue más fuerte. Ya recostada, con una cobija encima y la luz lunar entrando por la ventana, no pudo dormir de inmediato.

¿No puedes dormir?

—Solo estoy pensando...

¿Temes no poder recuperar tus recuerdos?

—No lo sé. Es que, de alguna manera, cada vez que intento recordar algo se siente muy mal.

Lo siento. Todo esto debe ser muy duro para ti. No necesitas forzarlo. Tus recuerdos regresarán eventualmente ahora que despertaste. Trata de pensar en otras cosas.

—¿Conoces este lugar? ¿Podrías hablarme sobre él?

Claro. Estás en Limessia, uno de los continentes más grandes del mundo. Aquí existen dos grandes potencias: el imperio de Daliana y la república de Nishum. Ambas dividen el continente junto a un territorio neutral, donde ninguna tiene poder absoluto. Daliana adora a Thermus, el dios del sol. Nishum adora a Nishambria, la diosa de la luna.

—¿Puedes hablarme de la historia de esos dioses?

En la oscuridad áurea de su mente, Témpora sonrió con tranquilidad.

Siempre te gustó conocer más.

No hay problema.

Le contó que el mundo atravesó una gran crisis cuando un cometa cayó sobre la luna, arrancándole parte de su masa y arrastrándola hacia el planeta. El impacto dañó la corteza, alteró la atmósfera y dejó a los supervivientes frente al final de toda vida. Según las historias transmitidas desde entonces, tres grandes luces descendieron sobre el mundo decadente. Separaron, reconstruyeron y reformaron la vida.

Thermus creó nueva vida y aseguró que la existente prosperara. Nishambria entregó el don de la magia para que los habitantes pudieran defenderse de futuras catástrofes. Pero las versiones cambiaban según quién las contara. Para los devotos de Thermus, la tierra se alejaba del sol y él la devolvió a su órbita, salvándolos de una muerte helada. Para quienes seguían a Nishambria, la tierra se acercaba al sol y fue ella quien la devolvió a su lugar, salvándolos del calor abrasador.

"Estos dioses... habían sido olvidados... tras esa guerra... provocada por... ¿eran dioses realmente?"

El intento de recordar fue demasiado para ella. El dolor regresó, el cuarto se volvió borroso, y Aura se hundió en el sueño.

Durmió inquieta y regresó a la oscuridad de su mente. La aurora estaba más intensa que antes, aunque no sabía si aquello era un sueño. La esfera gris había vuelto a sus manos y Aura supuso que tal vez siempre había pertenecido a ese lugar.

La soledad seguía siendo abrumadora, pero el silencio la calmaba. Podía permanecer quieta allí sin esperar nada.

Entonces la esfera volvió a brillar. Aura notó que la aurora tenía un límite y que más allá solo había oscuridad. Frente a ella apareció su propio reflejo, de pie y separado por una pared invisible. Un zumbido perturbó el silencio y unas palabras mudas rozaron su mente.

El reflejo levantó la mano. Aura hizo lo mismo sin decidirlo. Sus dedos se tocaron contra aquella pared invisible. El reflejo sonrió, pero Aura no pudo imitarla.

La otra Aura empezó a romper la separación y Aura atravesó lentamente hacia la oscuridad. Entrelazaron las manos. La del reflejo estaba fría y temblaba a pesar de su sonrisa.

Una fuerza extraña las levantó y empezó a separarlas. Aura no entendía quién era ni por qué verla alejarse le provocaba tanto miedo, pero se aferró con todas sus fuerzas. La presión aumentó hasta que le dolió el brazo y los dedos empezaron a resbalarse. Al final no pudo sostenerla.

Se soltaron.

Aura despertó sobresaltada.

Tenía una mano contra la cabeza y el corazón agitado. Una tenue aura roja emanaba de sus dedos. A diferencia del destello, esa energía no venía de la tierra: salía de ella, caliente e inestable. Cuando Aura se dio cuenta, el brillo disminuyó y le dejó una punzada ligera en la frente.

Al borde de la cama estaba Peryna, dormida sobre sus brazos. Aura apartó la sábana y puso los pies en el suelo; el movimiento despertó a la niña.

—¿Peryna? ¿Qué pasó?

—Ah... quería despertarte —dijo, bostezando—. Pero te veías tan tranquila que no quería molestarte.

—¿Me veía tranquila? Tuve un sueño extraño.

—¿Sí? ¿Con qué soñaste?

Aura quiso darle una palmada en la cabeza, pero dudó por no saber si sería apropiado.

—No te preocupes por eso —respondió con una sonrisa.

Tocaron la puerta.

—Aura... ¿estás despierta? —preguntó Iris desde fuera.

—Sí, pasa.

—Con permiso... ¡Hey, Peryna! ¿Qué haces aquí? Papá te encargó traer agua del pozo.

—Je, je... quería despertar a Aura.

—Rápido, ve, o se enfadará.

—¡Voy!

Peryna salió con prisa. Iris quedó en la puerta, algo cohibida.

—Pronto tomaremos desayuno. Hay un lugar para ti en la mesa, así que... te esperamos.

—Claro. Estaré ahí.

Iris bajó la cabeza y se fue tan rápido como su hermana. Aura sonrió.

"¿Témpora?"

No obtuvo respuesta.

—Supongo que ella también duerme...

Bajó al comedor. Iris estaba frente a la cocina, igual que la noche anterior.

—¡Oh, Aura! Bajaste un poco pronto. Todavía no está listo...

—Descuida, esperaré. ¿Dónde están los demás?

—Mis padres fueron a preparar el pan y Micah está revisando las trampas. No deben tardar.

Aura se dirigió a la mesa, pero Iris la llamó.

—Este... ¡Aura!

—¿Hm?

Iris desvió la mirada, jugando con sus dedos.

—Después del desayuno... podrías...

Peryna regresó justo entonces con el agua.

—¡Ya traje el agua! ¿De qué hablan?

—Peryna... —Iris agachó la cabeza.

—¿Iris?

—Lo siento, Aura. Hablamos después.

Unos minutos más tarde, Erina y Mauro regresaron con canastas llenas de pan. Micah llegó con una presa peluda en las manos.

"Es... ¿un conejo con cuerno?"

—Ten, Iris. Todo tuyo —dijo, entregándoselo.

—Esta vez atrapaste uno grande —comentó Mauro.

—Las trampas alrededor del campo de trigo son efectivas. Yo no hice mucho.

Micah ayudó a Iris a preparar la presa. Aura sabía que era comida, pero ver cómo la despellejaban le provocó un nudo en el estómago. Al mismo tiempo, el olor del pan recién hecho y de la carne preparándose le abrió el apetito. No entendía cómo podía sentir rechazo y hambre al mismo tiempo.

Durante el desayuno, todos agradecieron a Thermus antes de comer. Aura notó que no lo habían hecho la noche anterior y preguntó por qué.

—Como esta vez podemos comer carne de una criatura del mundo que salvó, damos gracias por haberla creado y permitirnos consumirla —respondió Micah.

"Parecen muy devotos..."

Aura probó su primer bocado. El sabor le gustó, aunque todavía recordaba la imagen de la presa. También le gustaba estar sentada a la mesa con una familia que discutía por cosas pequeñas. Todo era nuevo para ella, pero ya había sentido antes esa calidez.

"Me gustaría recordar cómo fueron mi padre y mi madre..."

El pensamiento le trajo un dolor ligero. Se llevó una mano a la cabeza.

—Aura, ¿estás bien? ¿Te duele de nuevo? —preguntó Peryna.

—Sí, pero solo un poco. No te preocupes.

"Tonta. No debes pensar mucho en tus recuerdos. Témpora te lo dijo."

Después del desayuno, Iris se acercó a Aura junto con Peryna.

—¡Vamos! —animó Peryna.

—Este... Aura, ¿podrías permitirme arreglar tu cabello?

—¿Mi cabello?

—Sí. ¿Te molesta?

Aura no lo había pensado, pero el largo y lo suelto de su cabello se volvía incómodo en ocasiones.

—Está bien.

—¡Genial, gracias!

—Solo no lo cortes mucho...

"¿Por qué dije eso?"

—Descuida —dijo Iris—. Solo pienso acomodarlo para que no te estorbe al frente.

—¡Te verás muy linda, Aura! —dijo Peryna, dando pequeños saltos.

Con ayuda de Peryna, Iris separó el cabello en mechones y empezó a trenzarlo desde las sienes. Tenía buen pulso, aunque deshizo el lado derecho dos veces porque una parte había quedado más gruesa que la otra.

—No se nota —dijo Aura cuando volvió a empezar.

—Yo sí...

—Iris siempre hace eso —comentó Peryna, sosteniendo varios lazos en una mano—. A veces termina y luego lo desarma todo.

—Todavía estoy aprendiendo.

Iris unió las trenzas en la parte de atrás para que el resto del cabello no cayera hacia adelante. Después acomodó el flequillo y lo sujetó con un broche sencillo.

—¿Quién te enseñó? —preguntó Aura.

—Nadie... bueno, mamá me enseñó algunas cosas... Lo demás lo ví en libros.

Peryna levantó el lazo amarillo. Iris negó con la cabeza y eligió uno más oscuro.

—Cuando vaya a la capital aprenderé de verdad —añadió—. Hay lugares donde hacen peinados para bodas, celebraciones y reuniones de los barrios altos. También arreglan pelucas y utilizan flores de metal. Yo solo las he visto detrás de una ventana.

—¿Quieres trabajar en uno de esos lugares?

Iris tardó tanto en responder que Aura pensó que había preguntado algo malo.

—Sí —dijo al fin—. Mucho.

Sus dedos siguieron moviéndose, algo más lentos.

—Pero no puedo llegar y pedir que me dejen entrar. Necesitaría que alguien me recomendara o... conocer a una persona que ya trabaje allí. Algunas cobran por enseñar. Otras aceptan ayudantes si llevan sus propias herramientas.

—Entonces necesitas dinero.

—Y contactos —añadió Iris, repitiendo la palabra con menos seguridad—. Eso escuché decir a una mujer de la capital.

—Podrías ir con mamá y papá cuando lleven la harina —dijo Peryna.

—No es tan fácil.

Iris ajustó el lazo y se quedó con las manos sobre los hombros de Aura.

—Tampoco quiero irme tan lejos. Si consiguiera trabajo podría ayudar con los gastos, pero... ellos seguirían aquí. Peryna todavía es pequeña y Micah cree que puede encargarse de todo solo.

—¡Yo no soy tan pequeña!

—Ayer te quedaste dormida con una media puesta.

Aura sonrió al espejo. Iris también, aunque bajó la mirada en cuanto sus ojos se encontraron en el reflejo.

—No tienes que decidirlo ahora —dijo Aura—. Pero si llego a la capital... podría mirar esos lugares por ti. Quizá averigüe cómo consiguen una recomendación.

—No tienes que hacer eso.

—Quiero hacerlo. Además, yo tampoco sé qué voy a encontrar allí.

—Entonces mira los broches —pidió Peryna—. Los que tengan piedras grandes.

—Peryna...

—También miraré los broches —prometió Aura.

Al verse en el espejo, Aura tardó un momento en reconocerse.

—¡Te queda muy bien! —dijo Peryna—. ¡Lo hiciste bien, Iris!

—Je, je... ¿Qué te parece, Aura? —preguntó Iris, nerviosa.

—Quedó muy bien. Me gusta mucho... gracias.

Iris sonrió y volvió a mirar el peinado en el espejo.

Erina y Mauro también la felicitaron. Aura, sin darse cuenta, esperó escuchar qué diría Micah cuando regresara de recoger leña.

Micah entró poco antes del mediodía con un haz de ramas entre los brazos. Se detuvo al verla, y Aura levantó un poco la cabeza para que pudiera observar mejor el trabajo de Iris.

—¿Verdad que quedó linda? —preguntó Peryna.

—Iris hizo un buen trabajo —respondió Micah.

Dejó la leña junto al horno y salió de nuevo antes de que Aura pudiera decidir si aquella respuesta la había decepcionado.

Esa tarde, Erina encontró unos zapatos viejos de Iris que todavía podían servirle. Le quedaban un poco ajustados y tenían una suela más gastada que la otra, pero Aura agradeció dejar de sentir cada piedra bajo los pies. Después quiso devolver el favor.

—Puedo ayudar con algo —dijo mientras se ajustaba los cordones—. Solo tendrán que decirme cómo.

Erina la observó un momento.

—¿Has trabajado alguna vez en un campo?

—No lo recuerdo.

—¿Sabes preparar pan?

Aura buscó alguna imagen en su mente y solo consiguió que le doliera un poco la cabeza.

—Tampoco lo sé.

—Pues... Quizá debas empezar ayudando a Peryna. —dijo Erina.

Peryna llevó a Aura hasta una pila de tallos apartados de la cosecha. Debían separar las espigas aprovechables de las que estaban húmedas, comidas por insectos o vacías. Aura confundió las primeras, y Peryna tuvo que devolver varias al montón correcto.

—Esta sí sirve —explicó la niña, apretando una espiga entre los dedos—. Está gorda.

—¿Gorda?

—Llena de granos.

—Ah... ¡entonces es una espiga gorda!

Peryna rio y repitió la expresión durante el resto de la tarde. Al terminar, Aura tenía polvo en la ropa, pequeñas heridas en los dedos y una cantidad de trigo útil mucho menor que la de la niña. Aun así, Mauro revisó los dos montones y asintió.

—Mañana te irá mejor.

Aura no había pensado que seguiría allí a la mañana siguiente.

Durante la cena esperó hasta que todos estuvieron sentados para hablar.

—No sé adónde debería ir —dijo—. Si no les molesta... ¿podría quedarme unos días? Puedo seguir ayudando mientras descubro qué hacer.

Mauro miró a Erina. Ella fue quien respondió.

—Puedes quedarte. Pero no tienes que pagar cada plato con trabajo.

—Quiero hacerlo...

—En ese caso, mañana veremos si el molino te acepta —dijo Mauro.

—¿Puede no aceptarme?

—Rechazó a Micah durante meses.

—Eso fue porque era un niño —protestó él.

—Y porque metiste la mano donde no debías.

Peryna soltó una carcajada. Micah intentó defenderse, pero Iris recordó otra parte de la historia y se unió a su padre. Aura escuchó la discusión sin comprender por qué le resultaba tan agradable que nadie esperara una respuesta de ella.

El molino no la rechazó, aunque estuvo cerca.

A la mañana siguiente, Aura intentó levantar una bolsa de grano usando solo los brazos. La alzó unos centímetros antes de perder el equilibrio y caer sentada sobre el heno. Peryna se tapó la boca para no reírse. Micah dejó su propia carga y le mostró cómo apoyar el peso contra el hombro.

—No tienes que forzarte mucho —dijo.

—Solo trataba de ayudar.

—Hmm, creo que eres imprudente por naturaleza.

Aura frunció el ceño. Micah sonrió apenas y llevó la bolsa hasta la tolva.

—Mañana iré a revisar las trampas —dijo mientras vaciaba el grano—. Puedes acompañarme, si quieres ayudar.

Peryna dejó escapar la risa que había estado conteniendo. Aura se quitó una brizna de heno de la túnica y miró a Micah.

—Iré contigo.

Micah asintió.

No sabía cuánto tiempo podría quedarse con los Fuegel. Sin embargo, por primera vez desde que había despertado, ya tenía algo que hacer al día siguiente.

Folio 02·5467 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

27,52 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

5,03 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

653,31 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||