Sentoria · Sentimientos desenredados
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DalianaCapítulo 6

Limessia·Daliana·Capítulo 6

Sentimientos desenredados

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Folio 06·21 min de lectura

El manantial de la mina los recibió con su luz azulada y el murmullo del agua. El hada revoloteaba alrededor del árbol del vórtice, más brillante que antes, mientras las raíces cerraban poco a poco el círculo abierto sobre la superficie.

Aaron dejó la antorcha a un lado y abrió la bolsa que había recuperado. Revisó varios frascos sellados, paquetes envueltos en tela encerada y un pequeño estuche que sostuvo entre las manos durante más tiempo que el resto. Su expresión perdió por un instante la ironía habitual.

—¿Qué habías dejado? —preguntó Aura.

—Materiales difíciles de conseguir y algunas cosas que solo son valiosas para mí.

Aura recordó todo lo que aún callaba sobre Témpora.

Aaron recogió la antorcha e inició el camino hacia la salida. Habían comenzado a descender mientras afuera entraba la noche, así que Aura confundió con una lámpara la claridad que se extendía desde la boca de la mina. La luz creció hasta llenar el túnel y, al salir, encontró el sol elevándose por encima de las cumbres.

—¿Qué...? Era de noche cuando entramos.

Aaron soltó una risa breve.

—Los vórtices no respetan el tiempo de nuestro mundo. Algunos lo adelantan, otros lo retrasan y otros cambian la relación sin avisar. Dentro pudieron pasar unos minutos para nosotros mientras aquí transcurrió toda la noche.

—¿Y cómo sabes cuánto tiempo pasará?

—No lo sabes. Por eso un vórtice no es un buen lugar para alguien que tiene una cita importante.

Aura miró el cielo con inquietud. Ya había perdido su pasado. La idea de que también pudiera extraviar días, meses o años sin sentirlos le pareció otra forma de quedar separada del mundo.

—Es mejor así —añadió Aaron—. Nos ahorramos acampar. Todavía tengo que llevarte con el instructor.

Caminaron hasta un claro de pastos verdes. En el centro crecía un árbol mucho más alto que los demás. Su tronco era tan ancho que las raíces levantaban pequeñas colinas a su alrededor, y las primeras ramas nacían a una altura que habría hecho imposible alcanzarlas de un salto ordinario.

Aaron se sentó sobre una raíz, dejó el maletín a sus pies y señaló la copa.

—Descansa. El último trecho es hacia arriba.

Aura siguió la dirección de su dedo hasta distinguir una abertura entre las ramas superiores.

—¿El vórtice está dentro del árbol?

—En la cima. Ereel tiene un gusto particular por los lugares incómodos.

Aaron sacó del maletín dos garras metálicas y las ajustó a sus manos.

—Cuando llegue arriba, te lanzaré una cuerda.

Empezó a escalar usando las grietas del tronco. Aura levantó la vista y recordó el destello que Témpora le había enseñado junto a la catarata. Podía usarlo para alcanzar las ramas, aunque después de lo ocurrido en las alcantarillas no quería exigir demasiado a su magia.

Eligió un punto cercano. La Lay Len respondió con un cosquilleo bajo sus pies y el mundo se contrajo. Aura apareció sobre una rama varios metros más arriba, pero la presión rojiza que intentó extenderse desde su pecho hacia las manos la obligó a respirar y esperar antes de repetir el salto.

Aaron llegó primero. Cuando Aura estuvo cerca de la cima, él le lanzó la cuerda y la ayudó a superar el último tramo.

—Esa técnica —dijo mientras guardaba las garras—. ¿Quién te la enseñó?

—Una amiga.

—Nunca la había visto ejecutada de esa forma. Debe ser una gran maga.

Aura pensó en Témpora, en las respuestas que siempre parecían esconder otras preguntas.

—No estoy segura de qué es.

Aaron arqueó una ceja. Aura volvió la atención hacia el centro de la copa.

En el centro de la copa, las ramas se unían formando una superficie casi plana. Había allí un estanque pequeño, protegido por el propio tronco. Criaturas luminosas nadaban bajo el agua y una planta blanca crecía en medio. El hada de aquel vórtice era más activa que la de la mina. Daba vueltas alrededor de las hojas y dejaba detrás un rastro de luz que Aaron parecía incapaz de ver.

Aaron tocó el punto de contacto y las raíces bajo el agua dibujaron un círculo. El portal se abrió sin absorber energía de su cuerpo; aquel vórtice todavía estaba activo.

—Con esto cumplí mi parte del trato —dijo.

—¿No entrarás conmigo?

—Le debo a Ereel unos reactivos desde hace demasiado tiempo. Todavía no los tengo y prefiero no soportar su discurso sobre la irresponsabilidad alquímica. Pero no es una mala persona. Si le dices que vas de mi parte, al menos te escuchará antes de echarte.

—Eso no es muy tranquilizador.

—Con Ereel, es lo más parecido a una recomendación.

Aura se acercó al portal. La despedida con Syrit regresó a su memoria: la promesa, la pérdida de control, aquel adiós pronunciado contra su voluntad. No quería abandonar a otra persona dejando una palabra equivocada detrás.

—Aaron.

El alquimista levantó la mirada.

—Gracias. Por cumplir el trato y por no ignorar lo que me ocurre con la magia.

Aaron acomodó la bolsa recuperada contra el costado y apartó la mirada.

—No acostumbres a confiar en desconocidos que te ofrecen entrar en otros mundos.

—Intentaré que seas el último.

—Eso espero. Chalkois se sentiría ofendida si tuviera que buscarte.

La mención del fénix le arrancó una sonrisa.

Apenas cruzó el portal, Aura sintió el peso de la Lay Len dentro del cuerpo. Le presionaba la piel, le llenaba los pulmones y vibraba detrás de los ojos. Dio un paso torpe; el suelo cedió bajo sus pies y descubrió una arena azul pálida que se extendía en todas direcciones, salpicada de destellos semejantes a escarcha.

Sobre ella se alzaba un cielo negro sin sol, luna ni estrellas, atravesado de extremo a extremo por una raíz gigantesca. De sus grietas caían ríos finos de arena luminosa que desaparecían en la distancia antes de tocar el horizonte. La amplitud del lugar hacía que el vórtice anterior pareciera apenas un valle contenido.

Bosques enteros surgían del desierto azul. Los árboles eran enormes, con troncos inclinados que se curvaban en lo alto como anzuelos. De sus extremos colgaban esferas de luz, frutos o faroles naturales que iluminaban porciones aisladas del paisaje. Lianas blancas envolvían las cortezas y se extendían de un árbol a otro como redes suspendidas.

Aunque no soplaba viento, la arena continuaba cayendo desde la raíz del cielo. Bajo la superficie llegaba el roce constante de miles de granos deslizándose hacia grietas invisibles y, de vez en cuando, una de las lianas producía un chasquido lejano al tensarse.

Aura miró hacia atrás. El árbol de entrada existía también en aquel mundo, con gran parte del tronco sepultada y el portal aún abierto entre sus raíces. Más allá se movían formas redondeadas que al principio confundió con piedras. Una de ellas se estiró y dejó ver un cuerpo viscoso, transparente en los bordes y oscuro en el centro. Había decenas: se hundían en la arena, reaparecían a varios metros y absorbían los granos luminosos que tocaban. Las demás se congregaban alrededor de las grietas por donde desaparecía la caída.

La inmensidad del vórtice despertaba en Aura miedo y deseo a la vez. Los sonidos la mantenían alerta mientras las luces que se sucedían hasta el horizonte la invitaban a descubrir qué había tras el siguiente árbol o la siguiente cascada de arena. El vórtice anterior la había retenido con su calma; este la tentaba a seguir caminando.

Témpora habló dentro de su mente.

Aura, la concentración de Lay Len es mucho mayor aquí. Tu mente está en conflicto y este lugar hará que la presión aumente.

Aura se llevó una mano a la sien.

—¿Eso también explica por qué cambio cuando uso magia? Siento que pierdo el control de mi cuerpo.

La respuesta existe dentro de ti. Primero necesitas comprender cómo circula la energía y qué parte de ti responde cuando la llamas.

—Pero yo... no elijo moverme así.

Lo sé. No fuerces los recuerdos para encontrar la respuesta. Por ahora encuentra al instructor.

—¿Estoy cerca de recuperar uno?

Más cerca de lo que estabas ayer. Déjalo llegar en su momento.

Témpora guardó silencio.

Aura buscó alguna señal de una vivienda. No vio humo, caminos ni construcciones. Solo distinguió un puente estrecho de tablones que conectaba el árbol de entrada con otro situado a gran distancia. Se sostenía mediante cuerdas atadas a las lianas blancas y trazaba una línea irregular sobre el desierto.

Al acercarse al borde, una rama seca se quebró bajo su pie y cayó varios metros. Las masas viscosas emergieron al mismo tiempo y se precipitaron hacia ella. Una la cubrió; otra se extendió encima. En pocos segundos la madera perdió color, se hundió dentro de los cuerpos transparentes y empezó a deshacerse.

Aura retrocedió. La arena era tan profunda que hasta entonces solo había visto una fracción del tamaño de las criaturas.

Miró el siguiente árbol. Estaba demasiado lejos para confiar en un destello. El puente era la única ruta visible.

Probó el primer tablón con el pie. La madera era gruesa, pero estaba reseca y cubierta de arañazos. Cada tramo parecía construido en una época distinta: tablas oscuras junto a otras más claras, cuerdas remendadas, nudos endurecidos por una sustancia azul.

"Alguien ha reparado esto muchas veces."

Aura avanzó sosteniéndose de las cuerdas. Bajo ella, las masas se reunían junto a los bordes del puente. No tenían ojos, pero sus centros oscuros se orientaban hacia el sonido de sus pasos.

La arena caía entre los árboles en columnas luminosas. Algunas no llegaban al suelo: se desviaban hacia grietas abiertas en el aire y desaparecían como agua absorbida por una herida. Otras se acumulaban sobre raíces gigantescas hasta formar dunas que se deslizaban lentamente hacia el vacío.

La presión de la Lay Len aumentó con cada árbol que dejaba atrás. El mareo le hacía difícil medir las distancias. A veces el puente parecía inclinarse. Otras, era el horizonte entero el que se movía.

Cuando alcanzó el final, el mar de arena dio paso a una extensión de roca oscura dividida en placas desiguales. De las fisuras surgía una claridad púrpura que respiraba con lentitud. Allí crecían flores de pétalos violetas y blancos, delicadas en medio de aquel mundo hostil, formando un sendero luminoso hacia una abertura bajo las rocas.

Al acercarse a ellas, Aura oyó susurros.

No podía comprender las palabras, pero reconocía el tono. La llamaban con voces suaves, conocidas, voces que prometían respuestas si extendía la mano. El dolor de cabeza disminuyó. El peso del cuerpo se hizo agradable.

Aura se inclinó hacia una de las flores.

—¡No la toques!

La voz cortó el murmullo. Aura retiró la mano y descubrió una raíz delgada enroscándose alrededor de su muñeca. Antes de que pudiera soltarse, un hilo de luz azul atravesó el suelo y obligó a la planta a replegarse dentro de la grieta. De la oscuridad entre dos formaciones rocosas salió una figura.

Al principio pareció desprenderse de la piedra. El manto azul que cubría sus hombros estaba manchado de polvo gris y arena luminosa, de modo que su silueta se confundía con el paisaje. Era un hombre alto, de cabello blanco recogido detrás de la nuca y barba corta del mismo color. Sus ojos, rodeados de arrugas, seguían fijos en la raíz que había intentado atrapar a Aura.

Llevaba varios bolsillos cosidos al manto. De uno sobresalían ramas secas. De otro, fragmentos de cristal. En la mano sostenía una vara corta de madera retorcida, todavía encendida en la punta por la magia con la que había apartado la raíz.

—Ese brillo no es benigno —dijo—. Si permites que te seduzca, terminarás alimentándolo.

Se acercó a la flor sin tocarla.

—Vides Eleerykina. Crecen desde las grietas y consumen la energía de quien se acerca. Cada persona absorbida hace florecer otra extensión. Los susurros son recuerdos robados intentando atraer nuevas raíces.

Aura retrocedió otro paso. Entre los susurros creyó distinguir una súplica y apartó la vista de las flores.

—Gracias. Yo no sabía...

—Eso resulta evidente.

El hombre caminó alrededor de ella con pasos lentos, observándola como Aaron había observado una preparación extraña. Aura siguió la vara con la mirada.

—¿Quién es usted? —preguntó Aura.

—Un morador de este vórtice. Alguien que evita que sus visitantes se conviertan en abono.

—¿Es el instructor? Aaron me dijo que...

El hombre levantó la vara y Aura calló. La punta pasó frente a ella sin tocarla y varios filamentos de luz surgieron del suelo, curvándose hacia su cuerpo. Algunos fueron atraídos por su pecho; otros se apartaron de golpe al acercarse.

—Hay algo enfrentándose dentro de ti.

Aura sintió el impulso de retroceder.

—¿Qué quiere decir?

—La energía suele atravesar a una persona siguiendo un patrón reconocible. En ti encuentro dos respuestas. Una atrae la Lay Len con demasiada fuerza. La otra sabe contenerla... o eso parece. —Acercó la vara un poco más y los filamentos volvieron a desviarse—. Pero tú no sabes cómo lo hace.

Aura recordó su propia voz en las alcantarillas, firme mientras el cuerpo se movía sin obedecerle.

El hombre siguió el recorrido de los filamentos.

—También hay conocimientos marcados en tu energía. Tu cuerpo intenta seguir caminos que no recuerdas haber aprendido. Queda la impresión, aunque hayas olvidado qué dejó la marca.

—Mis recuerdos...

—Podrían explicar una parte.

La luz se acumuló alrededor del pecho de Aura. Allí se desviaba, chocaba contra algo y escapaba por los bordes.

—La energía entra, tropieza con una barrera y busca otra salida. Cada emoción intensa abre más esa grieta. —Ereel observó la luz que escapaba por los bordes—. Si sigue así, podrías perder incluso la diferencia entre usar la Lay Len y ser arrastrada por ella.

Aura apretó las manos.

—¿Puede verlo todo con esa magia?

—No. Solo veo lo que hace la energía. Puedo equivocarme sobre la causa.

—Cuando pasa eso... sigo viendo todo. Pero mi cuerpo se mueve aunque yo no quiera.

El hombre volvió a acercar la vara. Los filamentos se apartaron del pecho de Aura y uno quedó temblando entre ambos.

—¿Y recuerdas lo que haces?

—Sí. No quiero lastimar a nadie. Ya estuve a punto de hacerlo y... —Aura apretó las manos. Pensó en Peryna e Iris, en Syrit y en Aaron. Apenas los conocía, pero la idea de olvidarlos le dolió—. Quiero recordar. Solo que... si vuelven todos mis recuerdos, no sé qué va a quedar de mí. Ni de ellos.

El hombre bajó la vara.

—Al menos entiendes el riesgo. He conocido personas que, por recuperar una parte de su pasado, habrían entregado todo lo que tenían delante.

Su tono mantenía aquella seriedad, pero el último filamento de luz se enredó en su manga. Y cuando el hombre intentó sacudirlo con dignidad, no lo consiguió. Terminó tirando de él con dos dedos mientras una corriente de arena le caía sobre un hombro.

Suspiró.

—Y ya que estamos hablando de decisiones cuestionables... te envió Aaron, ¿no?

—Sí. Dijo que aquí encontraría un instructor.

—Claro que lo dijo. Es la única persona que conoce esta entrada y que considera aceptable enviar a una muchacha sola sin advertirme.

Se sacudió la arena del manto.

—También dijo que le debía algo —añadió Aura.

—Me debe muchas cosas. Al menos conserva la honestidad suficiente para admitir una.

—¿Entonces usted es Ereel?

—Ereel. Mago, investigador, jardinero por necesidad y, según Aaron, instructor de cualquier problema que él no quiera resolver.

Extendió una mano y Aura la aceptó.

—Aurora Ivyliafinne. Aura.

—Antes de enseñarte tendría que entender qué sostiene esa barrera y por qué tu energía recuerda cosas que tú no. Nunca he visto un caso como el tuyo.

—¿Eso significa que no me ayudará?

—Significa que no voy a mentirte diciendo que ya sé cómo hacerlo.

Ereel señaló el camino entre las rocas.

—Ven. Si seguimos aquí, las Vides Eleerykina volverán a intentar conversar contigo y a mí se me llenarán las orejas de arena.

La condujo hasta otro puente. Este atravesaba varias grietas profundas antes de llegar a un árbol gigantesco. Sus raíces se abrían como paredes y, entre ellas, se había construido una cabaña de dos niveles. Detrás del árbol, una cascada de arena descendía hacia un abismo sin fondo. Los granos se iluminaban al caer, formando una cortina azul que parecía dividir el mundo.

Junto a la cabaña crecían plantas verdes traídas del exterior. Su color resultaba casi violento entre la arena celeste y la roca oscura. Había hierbas medicinales, pequeños arbustos y flores protegidas dentro de recipientes de madera.

—¿Pueden vivir aquí? —preguntó Aura.

Ereel se animó.

—Algunas crecen mejor que afuera. La concentración de Lay Len transforma sus propiedades. Llevo años estudiándolo.

Rozó una hoja grisácea. La planta respondió inclinándose hacia su dedo.

—Daliana podría aprovechar mucho de lo que he aprendido. Si la corte no hubiera preferido acusarme de emplear métodos prohibidos, quizá estas medicinas existirían fuera del vórtice.

Entraron en la cabaña. El interior olía a tierra, hierbas secas y madera quemada. Libros y pergaminos ocupaban estantes tallados directamente en las raíces. Había frascos, macetas, instrumentos de metal y una mesa cubierta por mapas dibujados a mano.

Ereel señaló uno de ellos.

—En mi registro, este vórtice es RK-L0194-U. Su relación con el tiempo no es estable. Podemos pasar semanas estudiando aquí mientras afuera transcurren horas; en otros periodos ocurre lo contrario. Lo único constante es que nuestros cuerpos envejecen mucho más despacio dentro.

—¿También me pasaría a mí?

—Sí. Durante años intenté explicarlo. La gente prefirió creer que había encontrado una fórmula para evitar la vejez y que me negaba a compartirla. Las acusaciones comenzaron mucho antes de mi exilio.

Su expresión se endureció.

—Cuando murió Emeter, Isaliria convirtió esas sospechas en cargos. Al día siguiente ya era un enemigo del imperio. Desde entonces vivo aquí de forma permanente.

Aura quiso preguntarle por la muerte del emperador, pero la dureza con que Ereel guardó los frascos la detuvo.

—El tiempo de este lugar puede servirnos —continuó—. Necesitarás más que unas cuantas lecciones para comprender lo que ocurre dentro de ti.

Tomó un recipiente de barro vacío y lo colocó sobre la mesa. Después llenó una jarra con agua. Con un movimiento de la mano hizo que una luz tenue atravesara el líquido.

—Imagina que este vaso es tu cuerpo.

Vertió el agua hasta llenarlo.

—Si recibe más energía de la que puede sostener, acaba cediendo.

El barro crujió. Varias grietas aparecieron en la superficie y el agua empezó a filtrarse.

Aura contuvo el aliento mientras Ereel envolvía el recipiente con una capa fina de luz. Las grietas dejaron de gotear, pero el agua que intentaba añadir ya no entraba; se derramó por los lados y humedeció la mesa.

—Ahora lo cerramos para que no siga rompiéndose. —Ereel observó el agua derramada y pasó un dedo sobre una de las grietas—. No... repararlo sería otra cosa. Un sello puede sostener lo que ya debería haberse roto, pero las grietas siguen debajo. Y lo que quedó dentro no desaparece. La energía exterior choca contra la barrera y busca cualquier fisura disponible.

—Un sello...

El dolor atravesó a Aura desde el lugar donde había aparecido la marca azul, detrás del ojo derecho, y se extendió hacia la nuca. La mesa se inclinó ante ella. El recipiente se alejó y la cabaña desapareció.

—¿Aura?

La voz de Ereel llegó desde muy lejos mientras algo se abría dentro de ella.


Témpora permanecía de rodillas bajo un cerezo en flor que crecía sobre un mar infinito de pétalos. Ninguna tierra sostenía sus raíces ni había orillas que contuvieran aquella extensión rosada. Sobre ella, nubes inmensas avanzaban con lentitud y dejaban entrever estrellas, nebulosas y constelaciones enteras, muchas noches reunidas en un mismo instante.

Pétalos acumulados sobre su cabello castaño, sus hombros y su vestido indicaban que llevaba allí un tiempo imposible de medir. A su alrededor flotaban orbes luminosos. De cada uno llegaban voces lejanas, emociones, fragmentos de vidas que ella escuchaba sin moverse.

Uno de los orbes parpadeó. Su brillo se debilitó antes de volver con más fuerza y cambiar de ritmo, como un corazón intentando despertar. Témpora abrió los ojos y extendió la mano. Alcanzó a sonreír, aunque la tristeza permaneció en su mirada, antes de que el mar de pétalos desapareciera.

Se encontró en una habitación bañada por la luz suave de la tarde. Una niña jugaba en el suelo, concentrada en levantar una estructura con pequeños bloques. Cada vez que una pieza se inclinaba, fruncía el ceño y la acomodaba con una paciencia demasiado seria para su edad.

Témpora la observó con ternura. Junto a la puerta entreabierta, los padres de la niña permanecían abrazados, pendientes de cada bloque que se sostenía y de cada pieza que caía. Témpora conocía lo que el tiempo haría con aquella habitación y, aun así, se quedó mirándolos.

La habitación se contrajo dentro de uno de los orbes. Las paredes, la luz, los padres y la niña fueron absorbidos sin violencia hasta convertirse en un resplandor diminuto entre sus manos.

Entonces el primer orbe se volvió púrpura y la oscuridad reemplazó todo lo demás. En aquel vacío sin sonido, dirección ni distancia, el orbe avanzó frente a Témpora hasta guiarla hacia una joven de cabello carmesí suspendida en la inmensidad.

Flotaba con los ojos cerrados, rodeada por un aura púrpura semejante a la luz que había guiado a Témpora. Entre las manos sostenía otra esfera, más pequeña y profunda, cuyo brillo parecía contener algo demasiado vasto para su tamaño.

Témpora se acercó y tomó las manos de la joven. La energía de la esfera pulsó contra sus dedos cuando las llevó hasta el pecho de la muchacha y las dejó allí, protegiendo la luz contra su cuerpo.

Por un instante consideró no despertarla.

Podía dejarla dormir allí, lejos del dolor y de las promesas que no había conseguido cumplir. Témpora apretó las manos de Aura entre las suyas. Aún temía despertarla demasiado pronto, pero la alternativa era abandonarla en aquel vacío.

Inclinó el rostro hacia su oído.

—Abre los ojos.

El vacío se llenó de color y la aurora infinita regresó alrededor de Aura. Estaba de pie frente a la puerta blanca de su mente, un poco más alta que la pequeña que había abierto para despertar. Las cadenas rotas colgaban de ella y los candados estaban dispersos sobre la superficie reflejante. El espacio temblaba bajo sus pies y el temblor le recorría también el cuerpo.

Cada paso hacia la puerta enviaba dolor a través de su cuerpo. Aun así, extendió la mano. Al otro lado había algo que le pertenecía, algo que había empezado a responder cuando Ereel pronunció la palabra «sello».

Témpora permaneció detrás de ella mientras Aura apoyaba la palma sobre la puerta. Esta vez cedió, y la luz la envolvió.


[Recuerdo: Ultima Sentoria] Una habitación.

No era la cabaña de Ereel ni la casa de la familia Fuegel. Las paredes eran lisas, hechas de materiales que Aura no podía nombrar en Daliana y que, sin embargo, reconocía. La luz se ajustaba por sí sola al atardecer. Una ventana luminosa ocupaba parte del muro y mostraba imágenes en movimiento, datos, rostros, lugares.

Todo era familiar.

Nada le pertenecía por completo.

Aura estaba sentada frente a un escritorio. Era mayor que la niña de las primeras visiones, pero no sabía cuántos años tenía. Sus manos se movían con seguridad sobre objetos cuya función la Aura despierta en Daliana no comprendía.

La puerta se abrió.

Una mujer entró cargando un paquete. Su presencia produjo una calidez inmediata, el reconocimiento de alguien que había cuidado de ella durante mucho tiempo.

—Amila...

Su tía dejó el paquete sobre la cama. Dijo algo que el recuerdo no conservó. Las palabras se perdieron, pero no el cuidado con que observaba a Aura ni la tristeza que intentaba esconder.

Dentro había pertenencias de otra persona: diarios, discos, documentos y una computadora portátil. Algunos objetos estaban gastados. Otros habían sido ordenados con una precisión casi obsesiva.

Aura abrió los archivos.

Un nombre apareció una y otra vez.

Flerus.

Su padre.

Lo vio en fotografías, inclinado sobre máquinas, sosteniendo herramientas, escribiendo junto a pantallas llenas de fórmulas. En varias imágenes aparecía una niña de cabello carmesí. Flerus la cargaba, le arreglaba el abrigo, sonreía hacia ella con un cansancio feliz.

La niña era Aura.

Lo sabía.

No conseguía sentir que aquellos momentos le hubieran ocurrido.

La distancia entre saberlo y recordarlo le abrió un vacío en el pecho.

Había correos incompletos, páginas ausentes y referencias a un objetivo que Flerus había logrado cumplir. Aura leyó cuanto pudo, pero el propósito exacto permanecía escondido entre archivos dañados y frases escritas para alguien que ya conocía la historia.

Entonces encontró otro nombre.

Althea.

Su madre.

La palabra dolió antes de mostrarle un rostro. Después aparecieron fotografías de una mujer de corto, mirada firme y una forma de permanecer junto a Flerus que convertía cualquier lugar en algo compartido. Los textos hablaban de amor, miedo y culpa. También de una búsqueda de la que Althea no había regresado.

Aura abrió una carpeta tras otra.

Cada una terminaba en la misma ausencia.

Al fondo del paquete encontró un diario hecho a mano. Era más antiguo que los demás objetos, de cubierta áspera y páginas unidas con hilo. Las primeras estaban escritas en una lengua que no entendía. Más adelante, la escritura cambiaba y algunas frases se volvían legibles.

Althea hablaba de un linaje.

Sentoria.

Hablaba de una responsabilidad heredada, de un mundo al que nunca había conseguido adaptarse por completo y de la culpa de saber que su hija había pagado parte del precio de su existencia.

Varias páginas habían sido arrancadas.

En la última quedaba un nombre escrito con mayor presión que el resto.

Parhel.

Aura pasó los dedos sobre las letras.

No sabía quién era.

No sabía adónde había ido Althea, qué objetivo había cumplido Flerus ni por qué la palabra Sentoria parecía señalar el final de algo que todavía no comprendía.

Solo comprendió una cosa.

Su madre había prometido encontrar una manera de volver.

Y no había regresado.

El recuerdo se llenó de una determinación que la Aura actual reconoció como propia y ajena al mismo tiempo.

Encontrar a Althea.

Descubrir qué le había ocurrido.

Comprender el objetivo que Flerus había cumplido antes de desaparecer de su vida.

Por primera vez después de un vacío imposible de medir, aquella otra Aura había encontrado una dirección.

La imagen se quebró.


Cuando Aura abrió los ojos, estaba recostada en un mueble tallado dentro de una raíz. El techo de la cabaña giraba y el aroma terroso de las plantas se mezclaba con humo y agua caliente. Ereel estaba junto al fuego; al verla moverse, dejó una jarra sobre la mesa y se acercó.

—No intentes levantarte todavía. Te desmayaste y tu flujo de Lay Len se volvió inestable durante varios minutos.

Aura se llevó una mano a la cabeza.

—Recuperé un recuerdo.

Los nombres seguían allí: Flerus, Althea, Amila, Parhel, Sentoria. Intentó aferrarse también a los rostros, pero ya empezaban a perder nitidez.

—Era un lugar distinto —dijo—. Había objetos que sabía usar, pero ahora... ahora ni siquiera comprendo para qué servían. Vi a mi tía. Y cosas de mis padres. Flerus y Althea.

Ereel acercó una silla y esperó.

—Mi madre desapareció. Había prometido volver. Mi padre consiguió algo, pero no sé qué era. También estaba ese nombre, Parhel... —Aura se secó una lágrima y otra ocupó su lugar—. Ya sé a quién buscaba, Ereel, pero no recuerdo si llegué a encontrarla.

Al terminar, Ereel se sentó frente a ella.

—A veces un recuerdo devuelve poco. Un nombre, una intención... y deja fuera todo lo que ayudaría a entenderlos.

Aura miró sus manos.

—Entonces enséñeme. Tengo que seguir esa búsqueda y no puedo hacerlo si cada vez que uso magia... —Miró sus dedos cerrados sobre la sábana—. No quiero volver a perder el control. No quiero herir a nadie.

Ereel observó sus manos antes de responder.

—Te ayudaré. Pero si algo cambia, me lo dirás, aunque temas que detenga el entrenamiento.

Aura asintió.

—Se lo diré.

—Tendremos que estudiar el sello, tus emociones y esas dos respuestas a la Lay Len. Puede llevar tiempo. Habrá días desagradables.

Ereel le ofreció la jarra. Dentro había una infusión oscura de aroma dulce y terroso.

—Bebe. Empezaremos cuando puedas mantenerte de pie sin discutir con el techo.

Aura sostuvo la bebida con ambas manos y dejó que el calor le calmara los dedos.

Folio 06·4733 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

25,91 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

5,47 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

608,52 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||