Sentoria · El trato del alquimista
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CapítulosSENTORIA · 04

Capítulo 04·Daliana·Limessia

El trato del alquimista

Folio 04·25 min de lectura

Por primera vez desde que salió del lago, Aura durmió hasta la mañana sin volver a entrar en su mente.

Abrió los ojos en la habitación de Syrit y permaneció unos instantes inmóvil, escuchando los sonidos de la mansión: pasos detrás de la puerta, vajilla en algún piso inferior, pájaros ocultos entre los árboles del jardín. No había auroras, puertas encadenadas ni reflejos que intentaran hablarle. Solo una cama, una ventana y la luz del sol extendiéndose sobre el suelo. Aquella normalidad la alivió más de lo que esperaba.

Syrit cumplió su promesa de presentarla con su padre. Lo hizo después del desayuno, en una sala pequeña y apartada de los sirvientes, con Mirret vigilando el pasillo para evitar interrupciones. El hombre era un diplomático al servicio de la corte; conocía las reglas de la capital y, a diferencia de su hija, había tratado con Ambarine suficientes veces como para no dejarse dominar por el parecido.

Aura le contó que había despertado sin recuerdos, que había perdido el control de su magia en una granja y que había llegado a la capital buscando un instructor. No mencionó la esfera, la puerta encadenada ni todo lo que Témpora le había mostrado dentro de su mente. Todavía no sabía cuánto de aquello le pertenecía contar.

El padre de Syrit la escuchó con una atención incómoda. Observó su cabello, después sus ojos violetas y también las manos que Aura mantenía unidas sobre el regazo.

—El parecido es extraordinario —admitió—, pero no eres Ambarine. Quien haya conocido a la princesa de cerca lo entenderá. El problema será convencer a todos los que solo conocen su retrato.

Le explicó que la sangre de la familia imperial se remontaba a los primeros linajes de Daliana, descendientes, según la tradición, del dragón ancestral Vish. En Ambarine esa herencia se manifestaba de forma especialmente notoria en los ojos anaranjados. Era también la razón por la que Emeter había insistido tanto en asegurar un descendiente.

Aura sintió crecer una curiosidad difícil de contener. Cada persona le ofrecía una versión distinta de Ambarine: fugitiva, princesa, hija, amiga, esperanza. Todas parecían hablar de la misma mujer y, al mismo tiempo, de alguien diferente.

"Tal vez algún día pueda conocerla."

—No conozco a ningún instructor personalmente —continuó el padre de Syrit—. Pero hace años tuve contacto con un alquimista que trabajaba con varios magos. Se llama Aaron Tzulfern.

—¿Todavía podría ayudarme?

—Si consigues que te escuche. Vive en el oeste, entre los barrios medios y bajos. Tuvo talento suficiente para instalarse entre los Kyris, pero abandonó a su familia y terminó por desprestigiarse. Es terco, desconfiado y tiene una idea particular de lo que significa hacer negocios.

El hombre escribió las indicaciones en un papel y se lo entregó.

—No te rindas con él después del primer rechazo. A veces es su manera de comprobar cuánto necesita alguien lo que viene a pedirle.

Faltaba el disfraz.

Aunque una mirada cercana bastaría para distinguirla de Ambarine, Aura no podía esperar que cada guardia se detuviera a estudiar sus ojos antes de actuar. La solución resultaba absurda cuando la explicaban en voz alta: tenía que disfrazarse lo suficiente para que nadie creyera que estaba intentando disfrazarse de la princesa.

Syrit mandó llamar a dos cosmetólogas del distrito alto. Ambas se quedaron inmóviles al ver a Aura, pero la presencia del padre de Syrit y las instrucciones firmes de su hija evitaron preguntas.

La experiencia fue agradable. Los aceites tibios, el aroma de las cremas y la presión de unas manos expertas sobre su cuero cabelludo apartaron por un rato los recuerdos, la magia y las promesas que no conseguía comprender. Cuando terminaron, colocaron un espejo frente a ella.

El maquillaje era discreto. Cambiaba la forma aparente de sus cejas, oscurecía un poco sus mejillas y volvía menos reconocible el contorno de sus labios. La verdadera transformación estaba en el cabello. Un pigmento azulado cubría el carmesí; donde el color original se resistía, ambos tonos se mezclaban en mechones violetas.

Las cosmetólogas decidieron conservar el peinado que Iris le había hecho.

—Quien arregló esto tuvo muy buen pulso —comentó una de ellas—. No vale la pena deshacer un trabajo así.

Aura sonrió al recordar la granja.

—¡Te queda demasiado bien! —exclamó Syrit cuando volvieron a estar solas.

La emoción en su voz hizo que Aura se ruborizara.

—¿T-tú crees?

—Realmente pareces otra persona. —Syrit inclinó la cabeza y la observó con más cuidado—. No Ambarine. Tú, pero distinta.

Aura sonrió. Que Syrit siguiera viéndola como ella misma le gustó más que el disfraz.

Comieron juntas antes de partir. Syrit intentó alargar el desayuno pidiendo más té, luego más pan, luego una fruta que apenas tocó. Al final dejó de fingir que tenía hambre.

—Ya casi llega el momento de que te vayas —dijo.

Aura también sentía el peso de la despedida. Había pasado muy poco tiempo con Syrit, pero, desde su despertar, cada vínculo parecía ocupar el espacio de años que no podía recordar. La familia Fuegel le había dado su primera mesa. Syrit, su primera conversación larga, una habitación segura y una historia confiada entre lágrimas.

—Fue divertido hablar contigo —dijo Aura—. Siento que nunca había hablado tanto con alguien.

—Me habría gustado verte recuperar tus recuerdos.

—A mí me habría gustado saber más de ti sin tener que irme tan pronto.

Syrit bajó la mirada hacia su taza.

Mirret preparó el carruaje y las llevó hasta el límite de los distritos altos. La familia de Syrit habría llamado demasiado la atención si avanzaba hacia las calles bajas, y Aura necesitaba aprender a moverse sin aquella protección.

Cuando se detuvieron, Syrit repitió las indicaciones aunque Aura todavía llevaba el papel en la mano.

—Cruza esta calle, sigue de frente y pasa dos puentes. Llegarás a una plaza pequeña. La casa de Aaron está apartada de las demás y parece abandonada, pero esa es la dirección correcta.

Aura asintió.

—Y... bueno, llegó el momento.

—Syrit, yo...

—No tienes que sentirte culpable. Esto es lo que debes hacer, ¿verdad?

Aura quiso responder, pero el agradecimiento le llenó la garganta de demasiadas palabras a la vez.

—Gracias por toda tu ayuda. Compartiste cosas importantes conmigo y... no quiero olvidarte.

Syrit sonrió, aunque sus ojos no acompañaron del todo el gesto.

—Eres muy dramática para alguien que me conoce desde ayer. Solo prométeme que me visitarás cuando recuperes tus recuerdos.

"¿Una promesa?"

La palabra despertó algo escondido dentro de Aura: una mano más grande que la suya, una voz masculina intentando no quebrarse y la obligación de regresar aunque todo lo demás se perdiera.

"Yo ya hice una promesa."

El recuerdo estaba incompleto, pero su cuerpo lo recibió como una orden. Antes de que pudiera contestar, dio un paso lejos del carruaje y luego otro. Aura intentó detenerse, pero la voluntad que movía sus piernas era la misma que había surgido frente a Silas: fría, decidida y ajena a sus intentos por detenerse.

—¿Aura?

Quiso volverse y decirle a Syrit que esperara, pero solo consiguió mirar por encima del hombro cuando ya se había alejado varios metros.

—Gracias —oyó salir de su propia boca—. Adiós.

No había elegido aquella palabra, pero continuó caminando.


Syrit permaneció junto al carruaje, esperando que Aura se volviera otra vez. Quiso llamarla, recordarle que no había respondido a la promesa, pero la forma rígida en que se alejaba le cerró la garganta.

—Mi lady, ¿ocurre algo? —preguntó Mirret.

—No lo sé.

Aura desapareció al doblar la esquina.

Syrit subió al carruaje. Aunque aquella muchacha recuperara algún día su verdadero ser, temía no llegar a verlo.


La presión desapareció de repente. Aura recuperó el control y se detuvo en medio de la calle, respirando con dificultad. Cuando se volvió, el carruaje ya había doblado una esquina.

—Yo no quería decir adiós...

Nadie respondió. Había herido a Syrit por una promesa hecha a alguien cuyo rostro ni siquiera podía recordar.

Siguió las indicaciones hasta una plaza modesta, construida alrededor de una fuente con el mismo sol de piedra que había visto en otras zonas de la capital. Allí las calles eran más estrechas. Las casas combinaban madera, ladrillo y reparaciones hechas con materiales distintos. Había menos carruajes, más puestos pequeños y una presencia mayor de semi-humanos que en los distritos altos.

Junto a la fuente, dos niños con ropa remendada juntaban las palmas en oración.

—Por favor, gran Thermus, permite que mamá regrese hoy —murmuró el mayor.

El estómago del pequeño gruñó.

—Hermano... tengo hambre.

—Mamá dijo que Thermus concede los deseos puros.

—Pero siempre pedimos y nunca aparece comida.

—La medicina del señor Aaron hizo que mamá pudiera volver al trabajo. Eso también fue ayuda de Thermus.

Aura se detuvo al oír el nombre. Sacó el último trozo del pan que Erina le había dado y se lo ofreció a los niños. El menor lo miró con deseo; el mayor, con desconfianza.

—Pueden compartirlo —dijo Aura—. No tienen que pagarme.

El pequeño lo aceptó con ambas manos.

—Gracias, señorita.

Los vio dividir el pan antes de continuar. Recordó la explicación de Témpora en la granja: Daliana adoraba a Thermus como dios del sol, mientras Nishum veneraba a Nishambria como diosa de la luna. Cada pueblo atribuía a su deidad la salvación del mundo durante una antigua catástrofe.

"Me pregunto qué apariencia tendrían."

Témpora soltó una risa tenue dentro de su mente.

No te parecerían tan distintos de las personas que acabas de ver.

"¿Los conociste?"

Conozco historias que no sobrevivieron de la misma forma que sus templos.

Témpora guardó silencio antes de que Aura pudiera preguntarle algo más.

La casa de Aaron estaba apartada de las demás y parecía haber soportado demasiados inviernos sin reparación. Varias tejas faltaban, dos ventanas estaban rotas y el portón se inclinaba hacia un costado. Las paredes estaban cubiertas de garabatos. Algunos parecían dibujos cómicos; otros eran insultos dirigidos al hombre que vivía allí.

—Syrit no exageraba...

Aura golpeó la puerta. Con el primer toque, esta se abrió por sí sola.

El suelo crujió bajo sus pies. Había estanterías llenas de frascos: líquidos de colores, raíces secas, polvos minerales y recipientes de cristal que contenían órganos de criaturas desconocidas. El olor era una mezcla de alcohol, hierbas amargas y algo demasiado parecido a carne conservada.

Aura apartó la mirada de uno de los recipientes para contener una arcada.

Un escritorio ocupaba el fondo del local. Sobre él ardía una vela blanca junto a libros abiertos, tinta, plumas y un mantel verde bordado con hilos dorados. A un costado había varias cajas de medicina envueltas en papel. Algunas llevaban nombres; otras, una inscripción que Aura sí pudo entender: "Sin costo".

En la esquina del escritorio descansaba una campana.

Cuando Aura extendió la mano, una pluma rojiza cayó sobre sus dedos. Estaba caliente.

Retrocedió y levantó la mirada. En una viga, ocultos por la oscuridad, dos ojos amarillos brillaban sobre ella.

—¿Quién eres tú? —preguntó una voz masculina.

Aura volvió la vista hacia el escritorio. Un hombre había aparecido detrás de él sin que lo oyera acercarse. Vestía una camisa blanca gastada y un corbatín negro. Las canas se mezclaban con su cabello oscuro y una barba corta cubría su mandíbula. No parecía tan anciano como cansado.

—Me dijeron que aquí encontraría a un alquimista.

—Aquí no hay ninguno. Vuelve por donde viniste.

El hombre tomó un frasco y caminó hacia uno de los estantes.

—Por favor. Es mi única opción para encontrar un instructor de magia.

—¿Para qué quieres uno?

—Necesito aprender a controlar mi magia antes de lastimar a alguien.

El hombre se detuvo un instante. Luego siguió revisando frascos.

—Ya veo. Aquí está.

Regresó al escritorio con un recipiente pequeño. Vertió en él una masa viscosa y añadió un fragmento que se retorció antes de hundirse. Después tomó una varilla negra con un cristal azul incrustado en el mango. Al trazar un círculo sobre la mezcla, líneas amarillas corrieron desde el cristal hasta la punta.

La sustancia se volvió verde, luego blanca y, tras una explosión de vapor, transparente como agua.

Aura se inclinó, fascinada.

—¿Eso fue magia?

—Energía almacenada —corrigió él, levantando la varilla—. Amalgamita. La herramienta trabaja con Lay Len aunque quien la sostenga no pueda percibirla por sí mismo. Eso no me convierte en mago.

Guardó la varilla.

—Para obtener algo de mí, debes ser igual de transparente.

—¿Transparente?

Un golpe de alas respondió por él.

La criatura de la viga descendió sobre el escritorio. Era un ave grande de plumas rojas, pico dorado y ojos amarillos. Abrió las alas frente a Aura y liberó una corriente de aire ardiente. La fuerza la hizo tropezar. Una pluma rozó su cabello y el pigmento azul se quemó en una línea, revelando el carmesí debajo.

—¡Mi disfraz!

El ave ensanchó el pecho con orgullo.

Aura esperó el miedo del hombre. No llegó.

—Sé que no eres Ambarine —dijo él—. Sus ojos son anaranjados y jamás habría entrado pidiendo permiso con esa voz. Pero no cualquiera se detendrá a comprobarlo.

—Entonces, ¿por qué deshiciste mi disfraz?

—Yo no lo hice. Fue Chalkois. No le gustan las máscaras.

El ave graznó.

—¿Es un fénix?

—Un fénix. Ave mística, legendaria, única en su tipo...

El hombre se acercó para ayudarla a levantarse y le susurró:

—En realidad, no.

Chalkois graznó con indignación.

—Entonces sí eres alquimista —insistió Aura.

—Lo fui. Ahora solo soy herborista y fabricante de medicinas.

—Pero debes conocer a un instructor.

—Conozco a uno. Su ubicación es información peligrosa y yo soy un hombre de negocios. Espero algo a cambio.

Aura sacó la bolsa de monedas que le habían dado los soldados.

—Solo tengo esto.

—Guárdalo. —El hombre señaló sus manos—. Puedes usar magia, ¿verdad?

—Sí, pero no puedo controlarla bien.

—Eso puede servir. Quiero que prestes una parte de tu poder para reactivar algo y que me acompañes a recuperar una pertenencia.

Aura cerró la bolsa. El instinto le dijo que no aceptara un trato sin entenderlo.

"Témpora, ¿puedo confiar en él?"

No puedo conocer sus intenciones, respondió ella. Pero viste las medicinas sin precio y oíste a los niños. Pregunta antes de decidir.

—¿Qué quieres que reactive? —preguntó Aura.

El hombre la estudió con un poco más de interés.

—Un vórtice Lay Len. ¿Sabes qué es?

Aura negó con la cabeza.

—¿Al menos conoces la Lay Len?

—Puedo sentirla. Sé que atraviesa el mundo como una red y que la magia se conecta a ella. Poco más.

—Eso explica por qué buscas un instructor.

El hombre tomó una hoja y dibujó varias líneas que se cruzaban bajo un círculo.

—La Lay Len no es solo una red bajo la tierra. Es energía invisible que permea el espacio y la materia.

—¿Percibirla es lo mismo que poder usarla?

—No. Percibirla solo permite tomar contacto. El conocimiento decide qué puedes hacer con ella sin destruirte en el intento.

Le mostró la varilla de Amalgamita.

—Una persona sin percepción puede usar energía guardada en un cristal para encender una llama o activar una herramienta.

—Como tú.

—Como yo —confirmó Aaron—. Un mago puede conectarse a la red y modificar la materia, el movimiento o incluso el espacio. Cuanta más Lay Len absorbe un objeto, más extrañas se vuelven sus propiedades. Algunos llegan a despertar una forma de consciencia.

—¿Como Chalkois?

El ave volvió la cabeza hacia ella.

—Chalkois se ofendería si respondiera esa pregunta.

Terminó el dibujo con una abertura en medio del círculo.

—Cuando la concentración de Lay Len altera demasiado el espacio, puede abrir un camino hacia otro mundo. A eso llamamos vórtice.

—¿Y perdiste algo dentro de uno?

—Hace cinco años. El vórtice estaba agotándose mientras yo exploraba. Tuve que salir antes de que se cerrara y dejé una bolsa dentro.

—¿Por qué esperaste tanto?

—Porque abrir un vórtice activo es sencillo si conoces el punto de contacto. Reanimar uno agotado no. La Amalgamita que puedo comprar no almacena suficiente energía y yo no genero la mía. Necesitaba a alguien con percepción natural, bastante poder y una razón para aceptar un pago que no fuera dinero.

—Quieres que lo recargue.

—Y que entres conmigo. Si algo cambió al otro lado, necesito a alguien capaz de usar magia.

—Eso suena más peligroso de lo que dijiste al principio.

—Por eso aún no te he pedido que aceptes.

Aura miró las cajas de medicina, la casa deteriorada y la varilla que Aaron cuidaba como si no pudiera reemplazarla. Luego pensó en la energía roja saliendo de sus manos, en Silas suspendido en el aire y en Peryna abrazándola a pesar del miedo.

—Si te ayudo, me llevarás con el instructor.

—Hasta la entrada del vórtice donde vive. Después tendrás que convencerlo tú.

—¿También vive dentro de uno?

—Te acostumbrarás a las malas noticias.

Aura extendió la mano.

—Acepto, pero no vuelvas a ocultarme los peligros.

El hombre estrechó su mano.

—Aaron Tzulfern.

—Aurora Ivyliafinne. Aura está bien.

Acordaron encontrarse al atardecer del día siguiente, en una calle situada entre los barrios altos y bajos. Aaron conocía un camino fuera de la capital que evitaría las puertas, las explicaciones y el peaje.

—Eso último suena deshonesto —dijo Aura.

—Cobrar por cruzar una muralla construida hace siglos también.

Al preguntarle por qué vivía de aquella forma, Aaron no intentó esconderse tras otra broma. Había nacido en una familia Kyris dedicada a las medicinas. Aprendió sus técnicas y también sus métodos: precios imposibles para los pobres, favores exigidos a quienes no podían pagar y tratamientos negados según el apellido del enfermo.

—Preferí vivir pobre y honestamente —dijo—. No siempre estoy seguro de haber elegido la parte más inteligente, pero sí la que me deja dormir.

Aura todavía no confiaba en él, aunque su historia coincidía con las medicinas sin precio, la casa arruinada y el agradecimiento de los niños.

Antes de que Aura se marchara, Aaron preparó un pigmento azul con base mineral y reparó el mechón quemado.

—No resistirá otra pluma de Chalkois —advirtió—. Mantente lejos de ella.

El fénix fingió no escucharlo.

Aaron le indicó una posada cercana. Aura pagó una habitación, un baño, una comida y el lavado de su ropa. Esta vez preguntó el precio antes de aceptar. Las monedas parecieron suficientes, aunque la bolsa quedó mucho más ligera.

Al acostarse, pensó que aquella era apenas su tercera noche desde que había salido del lago. Había conocido una familia, entrado en una capital, escuchado la caída de una princesa y aceptado viajar a otro mundo con un alquimista al que acababa de conocer.

La cantidad de vida acumulada en tan pocos días resultaba agotadora. Esa noche durmió sin sueños.

Al día siguiente recorrió las calles cercanas, aprendió a reconocer algunas monedas y compró provisiones sencillas. Cuando se acercó la hora acordada, puso rumbo al punto de encuentro.

Una figura cubierta con una capa esperaba en la calleja. Llevaba un maletín tan lleno que apenas conseguía cerrarlo. Parecía exactamente la clase de persona que los guardias detendrían sin necesidad de una razón.

Aura decidió pasar de largo.

Chalkois descendió frente a ella y le bloqueó el camino.

—Vamos, ¿de verdad fue tan difícil reconocerme? —preguntó Aaron a su espalda, retirándose la capucha.

—Parecías muy sospechoso.

—No te culpo. Nuestra salida está aquí.

Señaló una reja metálica al final de la calle. Detrás no entraba una pizca de luz. El olor a agua estancada, basura y heces de rata alcanzó a Aura antes de que se acercara.

—¿Saldremos por una alcantarilla?

—Desemboca en el río que rodea la muralla. No es cómoda, pero funciona.

Aaron sacó un frasco de su maletín.

—Ponte este ungüento debajo de la nariz.

Aura obedeció con cierto disgusto. El olor desagradable se convirtió en un aroma intenso a menta. Después Aaron le entregó una daga con cinturón.

—¿Para qué necesito esto?

—Para los Calfangor. Son ciegos, pero oyen y huelen mejor que nosotros. Si uno ataca, apunta a la protuberancia roja de su espalda. Es la parte menos protegida.

—Dijiste que no ocultarías los peligros.

—Por eso te lo explico antes de abrir la puerta.

Aaron arrojó una esfera de cristal a través de la reja. Al romperse, liberó una luz blanca que quedó suspendida en el aire.

—Aquí vamos.

La puerta rechinó.

Aaron avanzó detrás de la esfera. Aura lo siguió entre pasillos de ladrillos verdosos, humedad, goteras y cauces estrechos de agua oscura. La construcción se apoyaba sobre una excavación mucho más antigua. Algunos pilares de granito tenían relieves casi borrados: figuras aladas, llamas y espirales que no coincidían con los soles de la superficie.

—¿Por qué hay cosas así aquí abajo?

Aaron la miró de reojo.

—¿De verdad no sabes nada de Daliana? ¿De dónde eres?

Aura bajó la mirada.

—No lo sé.

El alquimista esperó una explicación que no llegó. Al final suspiró.

—La capital fue construida sobre los restos de una civilización anterior. Se decía que su gente servía a un dragón que ofrecía protección a cambio de lealtad. Hubo una traición, el dragón los abandonó y su dependencia terminó por destruirlos. Siglos después, otros habitantes ocuparon el lugar y levantaron Daliana sobre sus ruinas.

—¿Era Vish?

—Eso afirma la familia imperial. Otras versiones hablan de más dragones y de una traición distinta. A casi nadie le importa ya. En la superficie veneran a Thermus; aquí abajo, la historia antigua sostiene las alcantarillas.

Antes de doblar una esquina, Aaron alzó la mano.

Un sonido áspero llegaba desde el otro pasillo: piedra raspando ladrillo y dientes quebrando huesos. Aaron asomó la cabeza y la esfera de luz reveló una criatura baja, escamosa, con rocas cubiertas de moho adheridas al cuerpo. No tenía ojos; de su espalda sobresalía una protuberancia rojiza y entre los dientes sostenía una rata.

Aaron arrojó una piedra hacia el agua. El Calfangor levantó la cabeza y avanzó hacia el ruido.

—Pasaremos despacio —susurró—. No arrastres los pies.

Aura intentó obedecer. La criatura olfateó el aire. Aaron lanzó una segunda piedra más lejos y la sujetó del brazo para hacerla cruzar.

Llegaron al siguiente pasillo, pero Aura pisó una zona cubierta de moho. Su pie resbaló y un grito breve escapó de su garganta. El Calfangor gruñó.

—Tenemos que correr —dijo Aaron—. ¡Aura, muévete!

Aura no pudo moverse. El miedo inmovilizó sus extremidades mientras el sonido de las garras se acercaba y su respiración se volvía rápida y superficial. Quiso ordenar a sus piernas que corrieran, pero no respondieron. Entonces algo dentro de ella ocupó el espacio del miedo.

Su cuerpo enderezó la postura y la respiración se hizo más lenta. Cuando Aura volvió a moverse, lo hizo con una precisión que no sentía como propia y corrió detrás de Aaron.

—¡Ya era hora! —exclamó él—. Eres demasiado torpe.

—¿Quién decide cruzar por un lugar lleno de criaturas peligrosas y llama torpe a su acompañante? —respondió Aura.

Aura seguía consciente y la firmeza de su propia voz la sorprendió. Aaron también la miró, pero el Calfangor venía detrás y sus gritos atraían a otros. Pronto escucharon garras en los muros, chapoteos en el agua y rocas golpeando desde varios pasillos.

—¿No tienes un método para detenerlos? —preguntó Aura.

—Lo tengo. Necesito tu magia.

Aaron sacó otra esfera de cristal.

—Dale un pulso de energía y arrójala a la derecha cuando lleguemos a la intersección. Liberará sonido y un compuesto que los atraerá.

—¿Explotará?

—No con fuego. El gas dormirá a los Calfangor. También puede dormirnos a nosotros, así que correremos a la izquierda.

Aura tomó la esfera. Intentó conectar con la Lay Len sin abrir la grieta roja que había aparecido en la granja. El ruido, la carrera y la presencia de tantas criaturas volvían imposible medir la fuerza.

—¡Ahora, Aura!

La luz rojiza brotó de sus manos y entró en el cristal.

—¡Es suficiente!

—No puedo detenerla.

La intersección apareció frente a ellos. Un Calfangor salió del agua y se abalanzó sobre Aaron. Él levantó su daga; la criatura cerró los dientes sobre la hoja y empezó a quebrarla.

—¡La espalda! —gritó—. ¡Apunta a la parte roja!

Aura soltó la esfera hacia el pasillo derecho, desenvainó su daga y la hundió en la protuberancia del Calfangor. Sintió una resistencia breve, después un estremecimiento que recorrió todo el cuerpo de la criatura antes de que cayera. Aura permaneció con la mano sobre el mango. Acababa de quitar una vida, pero no tuvo tiempo de comprenderlo.

—¡Déjala y corre!

Aaron tiró de ella hacia el pasillo izquierdo. Detrás, la esfera empezó a emitir un sonido ensordecedor. Los Calfangor cambiaron de dirección y se precipitaron hacia ella.

—¡No te detengas! Cuando la muerdan, romperán el recipiente.

El estallido llegó segundos después. Un gas púrpura llenó la intersección y avanzó por los canales. Las criaturas que lo tocaban caían dormidas, pero la nube era mucho mayor de lo que Aaron esperaba.

—Le diste demasiada energía.

—Te dije que no podía detenerme.

Aaron revolvió el maletín y dejó caer varios frascos antes de encontrar una piedra turquesa con una inscripción tallada.

—Está imbuida con viento. Un toque de magia bastará para crear una corriente en sentido contrario.

—¿Un toque de cuánto?

—Lo mínimo que puedas.

Aura todavía tenía las manos encendidas. Sujetó la piedra, dejó que absorbiera el residuo y la arrojó al suelo. Una corriente violenta recorrió el pasillo y desvió el gas hacia canales laterales.

Siguieron corriendo hasta ver una luz azulada a lo lejos.

Al salir de las alcantarillas, ambos se apoyaron contra las rocas para recuperar el aliento. Aaron tenía la manga desgarrada. La ropa de Aura estaba cubierta de humedad y moho.

—Perdí la daga —murmuró ella.

La muerte del Calfangor volvía en fragmentos: el peso del arma, el punto rojo, el cuerpo desplomándose.

—Si no lo hacías, me mataba. No tienes que sentirte bien por ello.

Sacó una piedra azul del maletín y se la ofreció.

—Esto solo contiene agua. Puedes comprobarla antes de usarla.

Aura dejó que absorbiera el último brillo de sus manos. La piedra se quebró y una capa de agua con aroma a flores recorrió su ropa, llevándose las manchas.

Cuando la energía desapareció, también lo hizo la frialdad que había sostenido su cuerpo. Aaron notó el cambio en su postura y en sus ojos.

—¿Te ocurre siempre que usas magia?

Aura se abrazó a sí misma.

—Desde que desperté. Sigo consciente, pero a veces siento que otra parte de mí decide cómo moverme.

Aaron no se burló.

—Entonces encontrarte un instructor es más urgente de lo que pensé.

Avanzaron entre cumbres rocosas hasta llegar a las ruinas de un pueblo. Las casas se habían hundido en distintos ángulos. La tierra estaba removida y enormes bloques de roca sobresalían donde antes hubo caminos.

Aaron explicó que una manada de Rizalfitos había nacido en las minas cercanas. Eran criaturas formadas alrededor del acero granulito. Habían excavado bajo el pueblo, destruido los cimientos y provocado temblores. Nadie murió, pero el terreno quedó inhabitable.

—¿Nacieron por el vórtice? —preguntó Aura.

—Es mi teoría. Cuando lo encontré todavía liberaba mucha energía. Pudo alterar el mineral y darle una forma de vida. Nadie sabe por qué ocurre, del mismo modo que nadie conoce el origen real de la Lay Len.

Señaló varias rocas oscuras esparcidas entre las ruinas.

—Esos son sus restos. No sobrevivieron mucho tiempo fuera de las condiciones que los crearon.

La mina se abría entre dos montañas. Para cuando llegaron, las últimas luces del atardecer se habían apagado detrás de las cumbres. Aaron encendió una antorcha con pedernal y hierro antes de iniciar el descenso.

—Hay un manantial en el fondo —explicó—. Una vena de Lay Len pasa muy cerca. El vórtice se formó allí.

—Todavía no entiendo por qué no buscaste a otro mago durante cinco años.

—Busqué. Algunos querían cobrar más de lo que valía todo lo que dejé dentro. Otros habrían informado a la Academia o a la corte y se habrían quedado con el hallazgo. Los pocos que aceptaron no tenían suficiente capacidad para reanimarlo. Después de varios intentos, dejé de preguntar.

—¿Y confías en mí porque parezco perdida?

—Confío en que necesitas al instructor más de lo que deseas robarme un vórtice. Además, vi cuánta energía pusiste en esa esfera cuando intentabas contenerte.

Aura pudo creerle porque ambos necesitaban algo del otro.

El manantial apareció al final de un último túnel. Sus aguas emitían una luz suave. Pequeñas criaturas luminosas nadaban bajo la superficie y, en el centro, crecía un árbol diminuto de tronco azul y hojas blancas.

—Ese es el punto de contacto —dijo Aaron—. El vórtice aún existe, pero casi no tiene energía. Toca el árbol y deja que tome una parte de la tuya. No lo fuerces.

Aura entró al agua. Apenas le llegaba a las rodillas.

A mitad del camino, un dolor agudo atravesó su cabeza. No había intentado recordar nada y, aun así, imágenes sin forma presionaron detrás de sus ojos.

—¡Aura!

La voz de Témpora sonó distante, deformada como si atravesara una corriente.

"¿Témpora? No hablaste conmigo en todo el día."

No podía alcanzarte con claridad. La concentración alrededor del vórtice tira de tu mente y altera nuestro vínculo. Mantén la calma. El agua imbuida provoca sensaciones en cualquiera que la toca; en ti encuentra demasiadas cosas sin ordenar.

Aura respiró despacio. El sonido de la voz de Témpora le dio un punto al cual aferrarse. El dolor cedió lo suficiente para continuar.

Cuando estaba a punto de tocar el árbol, una criatura luminosa asomó detrás del tronco. Tenía una forma pequeña, casi humana, con alas transparentes y un cuerpo hecho de la misma claridad que recorría las hojas.

—¿Qué es eso? —preguntó Aura.

Aaron miró hacia el árbol.

—¿Qué cosa?

—La criatura que está detrás.

—Yo no veo ninguna criatura.

El ser sostuvo la mirada de Aura.

Es un hada de vórtice, explicó Témpora. No la ves solo con tus ojos. Parte de mi percepción alcanza la tuya, como te mostré al salir del lago. Hay seres ligados a la Lay Len que permanecen ocultos para la mayoría.

"¿Por qué está aquí?"

Nace con el vórtice y lo acompaña mientras existe. Podrías llamarla guardiana, aunque también es parte de su vida.

El hada se acercó con cautela. Rozó los dedos de Aura y un cosquilleo le recorrió la mano. Aura soltó una risa breve.

Aaron frunció el ceño desde la orilla.

—Empiezo a reconsiderar nuestro trato.

"Parece débil", pensó Aura.

Le queda poca energía. Si el vórtice se apaga, su forma desaparecerá con él.

"¿Morirá?"

Su esencia vuelve a surgir cuando nace otro vórtice. Si sigue siendo la misma criatura o solo una nueva forma de aquello que fue... ni siquiera yo puedo responderlo.

Aura colocó la mano sobre el tronco. El hada apoyó las suyas encima.

Intentó ofrecer solo una parte de su energía. Las raíces absorbieron el brillo con una avidez que la asustó. Se extendieron bajo el agua formando un círculo. El manantial se iluminó y las hojas blancas se agitaron sin que hubiera viento.

Aaron observaba cada cambio.

—Eso es suficiente. Retira la mano.

Aura obedeció. Las raíces completaron el círculo y el espacio sobre ellas se abrió como una superficie líquida suspendida en el aire. El hada había recuperado brillo y revoloteaba alrededor del árbol.

—Finalmente —dijo Aaron.

—¿Qué tengo que hacer?

—Entrar. Un vórtice activo se abre al tocar su punto de contacto; no necesita que le entregues energía cada vez. Lo que hiciste fue impedir que este muriera.

Aaron cruzó primero. Aura lo siguió antes de que el miedo pudiera convencerla de quedarse.

El resplandor la obligó a cerrar los ojos.

Al abrirlos, estaba bajo un cielo nuboso atravesado por una raíz gigantesca de luz. Incontables puntos brillantes viajaban por su interior como estrellas arrastradas por una corriente. El suelo era gris y estaba cubierto de piedras que destellaban como gemas. A lo lejos, árboles inmensos sostenían hojas blancas, y lianas metálicas chocaban entre sí produciendo una música irregular.

El aire era cálido. Los pastos azulados se inclinaban bajo un viento suave. Cascadas lejanas liberaban vapor y un aroma que relajó los músculos de Aura casi al instante.

El lugar parecía suspendido entre el ocaso y el crepúsculo.

La paz entró en ella con demasiada facilidad.

No había capital, guardias, promesas ni recuerdos intentando abrirse paso. Solo aquel cielo imposible y el sonido de una naturaleza que no le pedía nada.

—Oye, chica. Reacciona.

Aura oyó a Aaron, pero no quiso apartar la mirada.

Él caminó unos metros hasta una roca cubierta por el pasto y tiró de una bolsa medio oculta entre las raíces. La sostuvo contra el pecho un instante antes de revisar su contenido.

—Cinco años y sigue aquí —murmuró.

Aura apenas lo escuchó.

—No te acomodes demasiado —advirtió Aaron—. Este lugar hace que quieras quedarte.

Señaló una elevación cercana.

Entre el pasto azul había varios esqueletos apoyados contra las rocas. Algunas raíces crecían a través de sus costillas. Habían muerto contemplando el mismo cielo que mantenía inmóvil a Aura, y el encanto se quebró.

—No hay alimento suficiente para una persona y el agua termina enfermándote —continuó Aaron—. La calma no es un regalo. Es la trampa del vórtice.

Aura retrocedió hacia la salida.

—¿Ya encontraste lo que buscabas?

Aaron apretó la bolsa.

—Sí. Materiales difíciles de reemplazar y algunas cosas que no tienen precio para nadie más.

—Entonces salgamos.

—Ah, por cierto. El instructor que buscas también vive dentro de un vórtice Lay Len.

Aura se detuvo.

—¿Qué?

Aaron sonrió por primera vez con verdadero entusiasmo.

—Te dije que te acostumbrarías a las malas noticias. Sal de aquí si no quieres terminar como ellos.

Aura siguió a Aaron hacia el portal. Antes de atravesarlo, miró una última vez el cielo cruzado por la raíz luminosa. Comprendía por qué alguien elegiría quedarse allí hasta morir, y apartó la vista antes de entrar.

Folio 04·5625 palabras

Resonancia atmosférica

28,30Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

5,03kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

674,87 Lux

La luz que permanece

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