Sentoria · Sangre y traición
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Capítulo 12·Daliana·Limessia

Sangre y traición

Folio 12·34 min de lectura

La tela de la entrada dejó de moverse. Los pasos de Aura se alejaron entre las conversaciones apagadas del refugio y Ambarine continuó frente al mapa, con el dedo sobre el lugar donde debía encontrarse la cámara funeraria. El dibujo no mostraba nada bajo el templo. Solo piedra, una línea gruesa y el espacio vacío que Cael había dejado al copiar los planos incompletos.

Emeter podía seguir allí.

Pensarlo le produjo una presión dolorosa detrás de las costillas. Si Isaliria había ordenado la cremación, no quedaría cuerpo que examinar ni ceremonia que pudiera devolverle. Si lo habían trasladado, tendría que buscar una tumba que quizá ni siquiera llevara su nombre. También podían haber limpiado cualquier residuo o añadido otros hasta volver inútil lo que Ereel encontró. Todas esas posibilidades eran razonables. Ninguna le costó tanto como imaginar que su padre permanecía desde hacía años en una cámara cerrada, conservado por una sucesión que nunca llegó a completarse.

Quería que estuviera allí, y le daba vergüenza desearlo. Para demostrar qué le habían hecho, necesitaba que su padre siguiera encerrado en aquella cámara.

Ambarine retiró la mano del mapa y frotó con el pulgar la mancha de tinta que le había quedado en el dedo. Volvió a pensar en Ereel.

Recordó una tarde en uno de los patios interiores del palacio, mucho antes de que Emeter empezara a hablarle de pretendientes y de la continuidad del linaje. Ereel había colocado dos placas de práctica sobre una mesa de piedra. El metal estaba frío, pero cada superficie conservaba el residuo de una intervención sencilla. Una pertenecía a Emeter. La otra, a ella.

—¿Cuál modificaste tú? —le preguntó.

Ambarine acercó las manos sin tocar las placas. Ambas respondían con una familiaridad inmediata, una calidez profunda que reconocía debajo de la forma ya deshecha. Eligió la de la izquierda.

Ereel levantó una ceja.

—¿Esa es tu respuesta o la respuesta que quieres que crea?

—Las dos.

—Ambiciosa.

Giró la placa. En el borde no estaba la pequeña quemadura que Ambarine había dejado al comenzar el ejercicio.

—Esa fue la de tu padre.

Ambarine miró la otra y después volvió a mirarlo a él.

—Las cambiaste mientras cerraba los ojos.

—No cerraste los ojos.

—Entonces hiciste algo peor.

La barba de Ereel ocultó parte de su sonrisa.

—Eso sería una explicación cómoda.

Ambarine tomó la placa equivocada y la sostuvo junto a su pecho.

—Se siente como él.

—Porque pertenece a tu familia.

—La otra también se siente como él.

—La otra se siente como tú.

La respuesta la hizo reír primero y molestarse después. Volvió a probar, esta vez cambiando las placas de lugar ella misma. La familiaridad permaneció en ambas. Había diferencias pequeñas, pero cada vez que intentaba fijarlas se mezclaban con lo que ya sabía sobre quién había tocado cada superficie.

—No puedo —admitió al fin.

Ereel acercó una silla con el pie y se sentó al otro lado de la mesa.

—Puedes reconocer de dónde procede la semejanza. Eso ya es útil. El problema empieza cuando obligas a esa semejanza a entregarte un nombre.

—Pero una de las dos es mía.

—Y saberlo no te ha permitido encontrarla.

Ambarine frunció el ceño. Ereel devolvió las placas a su posición inicial.

—Repetiremos el ejercicio —dijo—. Esta vez no intentes acertar. Dime únicamente qué puedes asegurar.

En la sala del mapa, Ambarine dejó de frotarse la tinta.

Ereel la había entrenado durante años. Conocía la magia de su familia y había observado la suya con atención. Sin embargo, examinó a Emeter después de un ataque, con la sala contaminada por el fuego que ella lanzó y por las barreras que lo devolvieron. Encontró en el cuerpo una huella semejante a la de los Folsitia y la atribuyó a Ambarine frente a los soldados que acababan de verla atacar a Isaliria.

Ambarine buscó una hoja entre los registros de la mesa. En el reverso de un informe descartado escribió tres líneas:

Huella compatible con los Folsitia.

Semejanza con mi magia.

Causa de la muerte.

Durante años, la versión de Isaliria había mantenido esas afirmaciones unidas. Ereel reconoció la primera y creyó reconocer la segunda. Los soldados aceptaron la tercera porque vieron a Ambarine perder el control junto al cuerpo.

Pero una huella parecida a la suya no demostraba que hubiera sido ella. Tampoco demostraba qué había matado a Emeter.

Pensó en buscar a Ereel. Quería escucharlo sin la distancia de las palabras repetidas por Aura. Quería preguntarle qué vio, por qué aceptó aquella identificación y qué habría hecho si le hubieran concedido otra hora frente al cuerpo. También sabía lo que ocurriría después: tendría el testimonio de un maestro exiliado, acusado por la misma autoridad que la había condenado a ella. Una explicación podía ayudarla a comprender. No bastaba para demostrar nada fuera de aquella sala.

Necesitaba saber qué habían escrito antes de convertir la acusación en una verdad repetida. Recordó los documentos que Ereel traía enrollados bajo el brazo, sus discusiones con funcionarios del palacio y las veces que habló de la Academia Imperial de Daliana con una mezcla de respeto y fastidio. La Academia recibía copias y referencias de los actos utilizados para formar examinadores y funcionarios. Si algo del primer examen de Emeter había sobrevivido fuera del palacio, debía quedar allí: una relación de documentos, una versión anterior o la marca de quién la retiró.

Ambarine dobló la hoja y la guardó dentro de su chaqueta.

No podía solicitar los registros con su nombre ni enviar a uno de sus colaboradores a hacer preguntas que no sabría disimular. Necesitaba a alguien que conociera los catálogos, distinguiera un documento oficial de una copia preparada para estudiantes y supiera reconocer cuándo una referencia conducía a un lugar al que no debía entrar.

Pensó en Syrit Maythea.

Ambarine empleó el resto de la noche en preparar el viaje y buena parte del día siguiente en acercarse a la capital. Informó a Cael de que comprobaría una fuente dentro de la ciudad y dejó una ruta para encontrarla si no regresaba antes del amanecer. No mencionó el nombre de Syrit. Todavía no sabía si tenía derecho a entregarlo a otra persona después de haberlo mantenido lejos durante casi un año.

Entró durante el cambio de los transportes del oeste, con el cabello oculto y polvo claro sobre las partes visibles del rostro. Una inspección bastaría para reconocerla. Caminó detrás de un carro de harina por calles donde nadie esperara encontrar a la princesa acusada.

La pequeña plaza seguía a dos calles de la mansión Maythea. Ambarine la observó desde un callejón hasta reconocer el coche que llevaba a Syrit de regreso desde la Academia. No se acercó. Esperó a que el vehículo continuara hacia la avenida principal y siguió el muro hasta un patio estrecho que antiguamente había pertenecido a una residencia de invitados.

El invernadero permanecía oculto detrás de enredaderas secas. Años atrás conservaba macetas, herramientas y el olor húmedo de las plantas. Ahora solo quedaban una mesa inclinada, cristales opacos y tierra endurecida dentro de recipientes vacíos. Ambarine había esperado allí otras veces, cuando Syrit todavía podía escapar unos minutos de la mansión sin que cada ausencia pareciera una decisión política.

La puerta se abrió cuando el cielo empezaba a perder color.

Syrit entró con una capa oscura sobre la ropa de la Academia. Cerró, comprobó la calle a través de una parte limpia del cristal y solo entonces miró a Ambarine.

Sus ojos descendieron desde el cabello oculto hasta las manos y regresaron al rostro. Se detuvieron en el naranja de los iris.

—Ambarine.

Syrit cruzó la mitad del espacio y se detuvo. Durante un instante pareció no saber qué hacer con las manos. Terminó sujetándole un antebrazo, con fuerza suficiente para comprobar que no desaparecería al tocarla.

—Estás viva.

—Sí.

Syrit la soltó.

—Conocí a una mujer con tu rostro.

—Aura me lo contó.

—Ella tenía tus facciones, no tu manera de esperar junto a una puerta sin darle la espalda.

Ambarine miró el acceso que acababa de mencionar.

—Ha sido útil.

—También sigues respondiendo otra cosa cuando no quieres explicar dónde estuviste.

La observación no llevaba humor. Syrit se quitó la capucha y acomodó un mechón que se había soltado de la peineta de plata.

—Casi un año —dijo.

—No tenía una ruta segura para llegar hasta ti.

—Has encontrado una cuando necesitas algo.

Ambarine había repetido respuestas durante el camino: vigilancia en los puestos, infiltrados, la red de refugios, el rescate de los Fuegel. Todas eran ciertas. Ninguna cambiaba la frase que acababa de escuchar.

—Sí —admitió—. Necesito tu ayuda.

Syrit volvió el rostro hacia los cristales opacos.

—Al menos no has intentado negarlo.

—Pensé que, si dejaba de buscarte, Isaliria también lo haría.

—Decidiste por mí.

—Sí.

Syrit esperó algo más. Ambarine no encontró una disculpa que no sonara preparada para conseguir lo que había venido a pedir.

—No sé cómo corregirlo ahora —dijo.

Syrit dejó de mirar la puerta.

—Dime por qué estás aquí.

Ambarine sacó la hoja doblada y la extendió sobre la mesa inclinada. Le contó lo que Aura había oído de Ereel: la huella en el cuerpo de Emeter, la identificación aceptada antes de completar el análisis y la expulsión que impidió corregirla. Después explicó el ejercicio de las dos placas y las tres afirmaciones que la versión imperial había unido durante años.

Syrit leyó la hoja sin tocarla.

—¿Crees que Emeter sigue en el palacio?

—Es posible. No hubo sucesor reconocido ni fuego ritual. Isaliria pudo ordenar otra cosa, pero nunca anunció una cremación.

—Mi padre dijo que fue sepultado.

—Eso dijeron en la capital. ¿Conoces a alguien que viera la tumba?

Syrit abrió la boca y volvió a cerrarla. Se acercó a la mesa, limpió con la manga una parte de la superficie y apoyó ambas manos.

—¿Qué necesitas de la Academia Imperial de Daliana?

—Los registros de la muerte de mi padre. El primer examen, las copias que se hicieron después y los nombres de quienes las recibieron. Ereel recuerda una cosa y los soldados declararon otra. Necesito saber qué quedó escrito antes de que Isaliria convirtiera una versión en la única respuesta.

Syrit recorrió las tres líneas con la mirada.

—Puedo empezar por los catálogos generales. Muertes imperiales, procedimientos sucesorios, continuidad gubernamental. Si conservaron copias para la formación de funcionarios, encontrarlas no sería extraño.

—¿Y si no están allí?

—Los fondos reservados registran quién pregunta, qué código solicita y con qué autorización. Algunas consultas requieren el permiso del director o de una oficina imperial. Si mi nombre queda unido a los documentos de Emeter, pueden retirarme el acceso antes de que sepa que sospechan. Podrían expulsarme, revisar las cartas de mi padre o vigilar a Mirret. No sé qué harían.

Ambarine recogió la hoja.

—Entonces no te lo pediré.

—Espera. Todavía puedo revisar los catálogos.

Syrit se sentó en el borde de una jardinera vacía. Bajo la capa todavía llevaba el distintivo de estudiante.

—Si están en una sección reservada, tendrás que entrar tú —dijo—. Yo no sabría ni abrir la puerta. Puedo averiguar dónde guardaron los textos, qué autorización exigen y por dónde circula el personal.

Ambarine asintió.

—Es suficiente.

Syrit la observó, quizá esperando que discutiera. Al no hacerlo, extendió la mano hacia la hoja.

—Quiero saber qué hicieron con Emeter. Llevo años estudiando estos registros; cuando reemplazan una versión, suelen conservar una referencia a la anterior.

Ambarine le entregó el papel.

Syrit sacó un lápiz corto del bolsillo interior y escribió debajo varios términos de búsqueda: Emeter Folsitia, examen preliminar, muerte imperial, sucesión interrumpida, continuidad gubernamental.

—Mañana revisaré el catálogo. Regresa aquí antes del último recorrido de coches. Si no aparezco, te vas.

Ambarine se inclinó sobre la mesa y respondió las preguntas de Syrit: qué funcionarios estuvieron presentes, en qué años Ereel trabajó en la capital y qué documentos debieron producirse durante una muerte imperial sin heredero reconocido.

Syrit entró en la Academia Imperial de Daliana a la mañana siguiente por la puerta oriental, como hacía cuatro días de cada semana. Saludó al encargado que revisaba las identificaciones, esperó detrás de otros estudiantes y presentó la suya cuando llegó su turno. Nadie le preguntó por qué llevaba ojeras. Una joven que estudiaba legislación podía pasar una noche sin dormir por motivos mucho menos peligrosos que una princesa fugitiva.

Los edificios ocupaban tres patios unidos por galerías. En el primero se concentraban las aulas comunes, construidas alrededor de un jardín donde los estudiantes repetían lecciones antes de entrar. Syrit lo cruzó entre grupos que discutían fechas, fórmulas y nombres de maestros. El segundo patio pertenecía principalmente a la facultad de magia. Sus arcos eran más altos, las mesas visibles desde los corredores estaban cubiertas por placas de práctica y varias lámparas de amalgamita mostraban diferencias de color según el ejercicio que se realizaba dentro. En los tablones colgaban diagramas de trazados, convocatorias para presentar memorias de investigación y advertencias sobre materiales que no podían sacarse de las salas.

La facultad de legislación y administración ocupaba el tercer patio. Allí los corredores se estrechaban, las paredes sostenían copias de decretos y el movimiento se parecía menos al de una escuela que al de una oficina pública. Las salas de lectura y los archivos administrativos se extendían hacia el ala norte, donde el ruido de las conversaciones se reducía hasta convertirse en pasos, hojas y el golpe ocasional de un sello sobre el escritorio de consulta.

Syrit había recorrido aquel trayecto suficientes veces para hacerlo sin pensar. Ese día tuvo que recordarse que mirar demasiado una puerta era otra forma de señalarla.

Asistió a la primera lección. Tomó notas sobre reformas provinciales, respondió una pregunta acerca de la circulación de decretos y esperó hasta el descanso antes de dirigirse a la sala de catálogos. Si alguien revisaba sus movimientos, encontraría primero una mañana ordinaria.

Los índices estaban distribuidos en grandes volúmenes según materia, periodo y oficina de origen. Syrit empezó por las relaciones de documentos producidos tras la muerte de un emperador. La Academia no conservaba todos los originales del palacio, pero recibía copias de decretos, expedientes sucesorios y exámenes empleados para formar a quienes más tarde trabajarían en las oficinas imperiales.

La relación correspondiente a Emeter remitía a un examen preliminar y a una copia incorporada después al expediente de continuidad gubernamental. En el margen del primero aparecía el código de una memoria antigua de la facultad de magia sobre errores al identificar residuos entre familiares.

La Academia conservaba las memorias que habían sido evaluadas aunque sus conclusiones permanecieran como hipótesis. Servían para comparar métodos, rastrear errores ya observados y evitar que cada promoción repitiera una investigación desde el principio. Syrit siguió el código hacia el catálogo de magia y encontró también referencias a casos semejantes utilizados en antiguas disputas sucesorias.

Tres entradas llevaban la misma marca añadida con tinta reciente:

Retirado de circulación. Fondo reservado. Consulta por autorización.

Una correspondía a la memoria consultada por examinadores de la capital durante los años en que Ereel todavía trabajaba allí. Otra remitía a expedientes de sucesiones interrumpidas. La tercera era la relación de documentos producidos tras la muerte de Emeter.

Syrit mantuvo el dedo sobre el margen sin volver la cabeza hacia el encargado.

Los habían separado, pero no habían conseguido borrar el recorrido. El examen de Emeter citaba un procedimiento de identificación; la memoria explicaba por qué ese procedimiento debía distinguir parentesco de atribución individual y los expedientes sucesorios remitían a compilaciones históricas sobre el origen de la custodia Folsitia. Todo terminaba en el mismo fondo.

Solicitó dos volúmenes ordinarios. El encargado revisó los códigos y le entregó una ficha para la sala norte.

—¿Los materiales retirados pueden consultarse para una comparación académica? —preguntó mientras firmaba.

—Con autorización del director.

—¿Qué oficina concede el permiso?

El hombre levantó la mirada.

—Si su profesor considera necesaria la consulta, enviará la solicitud. No necesita saberlo antes.

Syrit recibió los volúmenes sin insistir. Ya había aprendido dos cosas: el director no decidía solo y una petición formal subiría hacia una oficina vinculada al palacio.

Pasó el resto de la mañana copiando encabezados, nombres de autores, años y referencias cruzadas de los textos permitidos. Uno de los anexos conservaba el plano antiguo de clasificación del ala norte. El fondo reservado ocupaba dos salas detrás de la galería del director, separado del archivo general por un corredor utilizado para trasladar cajas sin atravesar las aulas.

Durante el almuerzo siguió ese corredor hasta donde su identificación permitía. Una auxiliar empujaba un carro cargado de documentos. Syrit redujo el paso para dejarla cruzar y observó la puerta que se cerró detrás de ella: madera sin rótulo, dos cerraduras y una pequeña placa donde se colocaba el número de la autorización. Más arriba, las ventanas estrechas daban al tejado del depósito de mapas.

Por la tarde consultó el registro público de mantenimiento con el pretexto de buscar reformas edilicias. El depósito de mapas tenía una ventana cuyo marco debía repararse antes de la temporada de lluvias. Los trabajadores accedían desde un patio de carga junto al muro norte. Dos vigilantes recorrían ese patio después del cierre; entre un paso y el siguiente quedaban varios minutos sin visión directa de las ventanas.

Syrit copió el plano dentro de sus apuntes de legislación y regresó a clase.

Cuando salió de la Academia, llevaba la misma cantidad de libros con la que había entrado, ninguna copia prohibida y suficiente información para que la mera posesión de sus notas resultara difícil de explicar.

Ambarine ya esperaba en el invernadero al caer la tarde.

Syrit extendió sobre la mesa una hoja dividida en cuatro partes. Había dibujado los patios, la galería norte, el depósito de mapas y la posición del fondo reservado. En el margen figuraban los códigos de los textos y los intervalos aproximados de vigilancia.

Señaló la puerta sin rótulo.

—Las referencias sobre Emeter, los procedimientos antiguos y las compilaciones sobre las primeras sucesiones Folsitia terminan aquí. Para una consulta diurna necesitaría una solicitud de un profesor, la aprobación del director y otra autorización que viene del palacio. Si la pidiera, mi nombre quedaría unido a todo el recorrido.

—No la pidas.

Syrit deslizó el dedo hasta el depósito de mapas.

—Esta ventana no cierra por completo. Desde allí puedes alcanzar la galería del director, pero todavía tendrías que conseguir la llave del fondo. El encargado nocturno la guarda en el escritorio de control y comprueba las salas durante cada recorrido.

Ambarine estudió las distancias.

—¿Cómo sabes dónde guarda la llave?

—Porque los estudiantes también olvidamos documentos donde no debemos y alguien tiene que abrir por la noche. Una vez pasé dos horas esperando que recuperaran una compilación que necesitaba para un examen.

—Eso no estaba en las historias que contabas sobre la Academia.

—Intentaba parecer competente.

Ambarine levantó la vista. La respuesta casi produjo una sonrisa, pero Syrit ya estaba recogiendo los apuntes que no pensaba dejarle.

—Memoriza la ruta —dijo—. La hoja con los códigos puedes llevarla. El plano vuelve conmigo.

—Si encuentran alguna relación...

—Sé lo que pueden hacer. Por eso me llevo las pruebas.

Repasaron el recorrido hasta que Ambarine pudo dibujarlo de memoria sobre la tierra de una jardinera. Mientras doblaba la lista de códigos, Syrit borró las líneas con la suela.

Syrit se colocó la capucha. Antes de salir, observó las manos de Ambarine.

—No uses fuego dentro.

—No pensaba hacerlo.

—Esa respuesta habría sido más tranquilizadora si no te conociera.

Abrió la puerta, comprobó el callejón y se marchó hacia la mansión Maythea. Ambarine esperó hasta dejar de escuchar sus pasos.

Ambarine aguardó en una habitación vacía de la capital hasta que se apagaron las luces de las aulas. Desde la ventana veía la parte superior de la Academia y el resplandor de las lámparas que recorrían sus patios. Repasó la ruta de Syrit mientras comía un trozo de pan que apenas pudo tragar.

Patio de carga. Depósito de mapas. Galería del director. Escritorio de control. Fondo reservado.

Guardó la lista dentro de la manga, comprobó el pequeño estuche con papel, carbón y una lámina delgada de metal, y salió cuando sonó la última campana.

El muro norte estaba protegido por una reja más alta que la de los patios de estudiantes. Ambarine esperó el primer recorrido. La llama de una lámpara de aceite, protegida por placas de vidrio, avanzó entre los carros de carga, se detuvo junto a la puerta de servicio y desapareció por el arco oriental. Contó sus respiraciones hasta oír el cierre de otra puerta.

Escaló por el soporte de un canal de lluvia y alcanzó el tejado bajo del depósito. Las tejas conservaban el calor del día. Se desplazó sobre las vigas para no quebrarlas y encontró la ventana descrita por Syrit: estrecha, con el marco separado de la piedra en una esquina.

La lámina de metal entró por la abertura. El pestillo se resistió dos veces antes de elevarse. Cuando la hoja cedió, Ambarine permaneció inmóvil, escuchando.

Nadie acudió.

Entró de lado y descendió sobre una mesa cubierta de rollos. El depósito olía a tela, polvo y tinta reseca. Había mapas suspendidos en bastidores, cajas numeradas y una escalera móvil junto a la pared. Cerró la ventana sin ajustar el pestillo y se acercó a la puerta interior.

La galería del director estaba iluminada por tres lámparas bajas. No podía cruzarla sin aparecer frente a las ventanas del patio, de modo que esperó detrás de un armario hasta que la luz móvil del siguiente vigilante completó su recorrido. El hombre no iba solo. Un escribiente caminaba a su lado, revisando una tablilla.

—El director pidió que la caja de la oficina tercera salga antes del amanecer —dijo el escribiente.

—No tengo autorización para abrir el fondo.

—La placa está en su escritorio.

Las voces se alejaron hacia el ala opuesta.

Ambarine cruzó. La puerta del escritorio de control estaba entornada. Dentro había una mesa, dos carros vacíos y un panel con llaves numeradas. La correspondiente al fondo no colgaba allí.

Recordó la frase del vigilante: la placa está en su escritorio.

El despacho del director ocupaba el extremo de la galería. La cerradura era más compleja que la de la ventana, pero el marco tenía suficiente espacio para introducir la lámina. Ambarine trabajó sin prisa hasta sentir el retroceso del resorte. Empujó apenas.

Sobre la mesa brilló el sello de la oficina que administraba la custodia del palacio. A su lado había una placa de autorización y una llave corta unida mediante una cadena. Ambarine tomó ambas de entre los documentos extendidos, memorizó la posición de la cadena y volvió a cerrar.

Al llegar a la puerta del fondo reservado comprendió por qué Syrit había insistido en las dos autorizaciones. La primera cerradura aceptó la llave. La segunda tenía una ranura con la forma de la placa. Al introducirla, un disco interior giró con un sonido más fuerte de lo que esperaba.

Ambarine entró y cerró detrás de sí.

Las paredes estaban cubiertas por estanterías hasta el techo. Las dos cerraduras y la placa imperial protegían el acceso, pero nadie parecía haber cuidado del interior con el mismo esmero. El polvo cubría los estantes superiores, algunas cajas se hundían por la humedad y otras habían sido apiladas frente a códigos que ya no correspondían con su posición. No había un catálogo sobre la mesa ni materiales preparados para una consulta. Solo fechas, placas de oficinas desaparecidas y rastros de varias reorganizaciones incompletas. Encendió una lámpara de aceite protegida por una cubierta estrecha; usar su fuego habría sido más fácil, pero cualquier residuo dentro de aquel lugar podía convertirse en otra acusación.

Sacó la lista de Syrit.

El primer código estaba en la tercera estantería. El segundo remitía a una caja guardada dos pasillos más atrás. El tercero no se encontraba donde debía. Ambarine recorrió las placas hasta descubrir que la numeración había sido sustituida durante una reorganización. En el borde inferior de una tabla alguien había escrito la equivalencia con tinta casi borrada.

Le tomó más tiempo encontrar los documentos que entrar en la sala.

Cuando localizó la memoria sobre semejanzas familiares, oyó pasos en la galería. Cubrió la lámpara y esperó con el volumen contra el pecho. La puerta exterior recibió el roce de una mano. Una llave chocó contra el panel del escritorio de control y luego las pisadas continuaron.

Ambarine volvió a encender la luz.

No podía leerlo todo. Buscó los casos marcados en el índice, copió sus páginas y pasó al código relacionado con Emeter.

La memoria había sido presentada décadas atrás por una estudiante de la facultad de magia que comparó seis exámenes incompletos de personas emparentadas. Sus conclusiones figuraban como hipótesis porque los casos no bastaban para establecer una regla general, pero cada uno conservaba el código del expediente del que procedía. En uno de ellos, dos hermanas dejaron residuos similares sobre un mismo objeto porque compartían una base hereditaria. Los examinadores solo pudieron distinguirlas al comparar la manera en que cada una había modificado el material y la antigüedad de las huellas.

Ambarine leyó el caso dos veces, recordando las placas sobre la mesa de Ereel. Había sentido a su padre en ambas porque, en una de ellas, también se estaba reconociendo a sí misma. La conclusión advertía que la semejanza solo permitía reducir el número de personas posibles, incluso cuando únicamente un miembro conocido de la familia hubiera estado presente.

Ambarine copió la conclusión y buscó el expediente de su padre.

No estaba guardado bajo su nombre. El código de Syrit conducía a una relación de sucesiones interrumpidas; dentro había una referencia a documentos de continuidad gubernamental y, desde allí, a una caja administrativa producida durante los días posteriores a la muerte de Emeter. La encontró en la última estantería, detrás de dos compilaciones más recientes.

Abrió la caja por el final.

El examen preliminar conservaba la fecha de la muerte y la relación de personas presentes cuando comenzó la revisión. Ereel figuraba como examinador convocado. Más abajo aparecía la observación que había originado todo:

Residuo mágico compatible con la sintonía de la familia Folsitia. Presenta semejanzas con la magia observada durante la formación de Ambarine Folsitia. Identidad individual y efecto sobre el cuerpo pendientes de examen.

Ambarine mantuvo los dedos en los bordes de la página, junto a su nombre.

La copia incluida en el expediente sucesorio tenía una fecha posterior y una redacción más breve:

Identificada magia perteneciente a Ambarine Folsitia sobre el cuerpo del emperador. La intervención produjo su muerte.

Habían eliminado las condiciones del primer examen. La copia atribuía la huella y la muerte a Ambarine sin citar un análisis nuevo.

Las palabras del soldado regresaron con la misma claridad que su grito en la sala del trono.

Es el rastro de Ambarine.

Durante años creyó que alguien había encontrado una prueba que ella no comprendía.

Junto a la observación preliminar había una marca de conformidad y una aclaración añadida por otra mano: identidad aceptada por el examinador ante la guardia presente.

Ereel había aceptado. Quizá le preguntaron si era posible que la huella perteneciera a Ambarine y respondió antes de terminar. Quizá creyó que la escena y la semejanza eran suficientes. Después, su respuesta verbal sobrevivió como una identificación completa que nunca había escrito.

Ambarine sintió enojo y, con cierta incomodidad, alivio al leer las condiciones que Ereel había dejado escritas. Le costaba entender por qué había aceptado la identificación ante los guardias si aún tenía todo aquello por examinar.

Pasó a las páginas que describían un examen completo.

Debía compararse la forma particular en que una persona había dejado su magia, establecer cuándo apareció la huella, determinar dónde se distribuía dentro del cuerpo y relacionarla con el daño real. Encontrar un residuo cerca de una lesión no demostraba que lo hubiera provocado. Tampoco una huella reciente explicaba una alteración más antigua.

El examen de Emeter solo registraba la semejanza familiar. La antigüedad figuraba como pendiente. No se había estudiado la distribución dentro del cuerpo y la causa mortal apareció en la copia posterior sin describir qué daño la produjo.

Ambarine comprobó la hora de apertura y de cierre. La revisión había durado menos que una de sus antiguas lecciones con Ereel.

—No investigaron tu muerte —murmuró.

La voz se le quebró en la última palabra. Una lágrima cayó sobre el dorso de su mano y Ambarine la retiró antes de que alcanzara el documento. Había pasado años defendiendo la memoria de Emeter y otros tantos recordando la discusión que los separó. No se arrepentía de haberse negado a entregar su vida para prolongar el linaje. Se arrepentía de que aquellas hubieran sido casi las últimas palabras entre ambos.

—No quería obedecerte —susurró—. Pero tampoco quería despedirme así. Lo siento, padre.

La sala olía a polvo y cuero. Ambarine volvió a las páginas del examen. Si el cuerpo continuaba preservado, la edad y la distribución de las huellas podrían separar lo ocurrido antes de su entrada de la magia que lanzó después. También permitirían buscar diferencias entre varias intervenciones si alguien lo había alterado. Todo dependía de lo que quedara de Emeter en aquella cámara.

Copió las dos formulaciones, los códigos y los nombres de quienes recibieron el expediente. No arrancó ninguna hoja. Robar el original permitiría acusarla de haberlo fabricado y advertiría a Isaliria qué debía destruir.

Al guardar el papel, descubrió una referencia al pie de la memoria. Remitía a procedimientos utilizados antes de que la sangre Folsitia bastara para resolver una sucesión.

La lista de Syrit incluía el mismo código.

La anotación aparecía junto a un procedimiento sucesorio reemplazado hacía siglos. Ambarine estuvo a punto de dejarla, hasta que reconoció el nombre de uno de los primeros Folsitia. Quiso saber por qué, en aquellos registros, la sangre todavía no bastaba para resolver quién podía gobernar.

El código pertenecía a una clasificación anterior a la vigente. La condujo más allá de las cajas consultadas, hasta una sección donde las placas de oficina habían sido sustituidas por etiquetas escritas a mano. Una cadena cerraba dos armarios contra la pared para evitar que los originales más frágiles fueran retirados sin supervisión. Alrededor se acumulaban copias antiguas e investigaciones de historiadores que habían intentado reconstruir textos ya deteriorados. El polvo, la humedad en las esquinas y las correcciones superpuestas mostraban que casi nadie trabajaba allí desde hacía años.

La anotación citaba una disputa entre descendientes; esa disputa remitía a una reforma sucesoria y la reforma mencionaba como antecedente una compilación preparada a partir de reconocimientos más antiguos.

Ambarine siguió los códigos de una estantería a otra. Dos cajas habían sido trasladadas. Una tercera conservaba únicamente copias parciales porque el documento citado se había deteriorado mucho antes de la fundación de la Academia. Cuando por fin encontró la compilación, había transcurrido casi la mitad del intervalo indicado por Syrit entre los recorridos más largos.

Conocía la versión enseñada en el palacio: Vish había confiado su poder a los primeros Folsitia y la sangre conservaba ese derecho. Los emperadores heredaban la custodia de Daliana porque el vínculo sobrevivía en ellos. Nunca le mostraron un texto donde alguien distinto a Vish o a su familia tuviera algo que decidir.

La copia más antigua estaba incompleta. Parte del borde había desaparecido y varias palabras solo podían reconstruirse mediante notas realizadas por estudiosos posteriores. Aun así, el encabezado conservaba tres elementos: la descendencia de los seguidores Folsitia, la custodia asumida por ellos y el reconocimiento otorgado por las comunidades que habitaban o protegían aquellas tierras.

La frase siguiente establecía que la autoridad continuaría mientras los custodios protegieran a las comunidades reconocedoras, respetaran sus asentamientos y respondieran ante ellas por el uso de la fuerza recibida. Otra línea, dañada en el centro, conservaba con claridad su final: el reconocimiento podrá ser retirado.

Ambarine leyó esas palabras varias veces. El palacio hablaba de la obligación de conservar la sangre. Nunca hablaba de personas capaces de negar lo que esa sangre pretendía mandar.

Abrió una copia realizada siglos después. La estructura parecía la misma, pero la autoridad ya no dependía de las comunidades. El texto decía que los Folsitia protegían a los pueblos por derecho heredado y que esos pueblos confirmaban una autoridad concedida de manera perpetua.

Una tercera copia eliminaba incluso esa confirmación: Vish concedía el derecho, los Folsitia lo heredaban y los demás aparecían únicamente como habitantes bajo su protección. Ambarine pudo seguir el cambio porque cada reforma citaba la anterior antes de reemplazarla.

Ambarine buscó el relato de la muerte de Vish. No lo encontró.

Los documentos más antiguos hablaban del tiempo en que dejó de responder a sus seguidores, de la pérdida de las alas y de enfrentamientos que se extendieron después. Ningún escribiente afirmaba haber visto cómo desapareció. Ninguna copia nombraba a una familia culpable. Los primeros Folsitia parecían haber recibido una custodia legítima y luego concentrado autoridad durante una crisis cuya causa completa ya no estaba en aquellos registros.

Las últimas páginas de la copia antigua conservaban las marcas de quienes reconocieron la custodia. Cada comunidad había dejado un nombre, una fórmula breve o un símbolo que el escribiente reprodujo al preparar la transcripción.

Los seguidores humanos de Vish ocupaban el primer grupo. Entre ellos aparecía el linaje Folsitia, encargado de recibir la custodia, pero también otros hogares que habían acompañado al dragón sin pertenecer a esa sangre. El segundo grupo correspondía a comunidades kunara. Algunos nombres se habían perdido junto con el borde; otros permanecían acompañados por dibujos de cuernos con formas distintas. El tercero reunía asentamientos humanos independientes, identificados por el río, los campos o las elevaciones junto a las que vivían.

Buscó a los kunan entre las marcas y no encontró ninguno. Tampoco apareció la categoría utilizada por el imperio para nombrar a los semi-humanos. Una referencia lateral la condujo a registros de asentamiento posteriores.

Los primeros grupos kunan llegaron cuando los enfrentamientos más graves habían terminado y Daliana empezaba a sostener rutas, cultivos y poblaciones permanentes. Procedían de lugares distintos; algunos registros mencionaban caminos del norte, otros regiones orientales y territorios que los copistas ya no podían identificar. No figuraban entre las comunidades que otorgaron el primer reconocimiento ni reclamaban haber estado allí. Los acuerdos de llegada les concedían lugar para vivir, trabajar y conservar sus costumbres bajo la misma protección ofrecida a las comunidades establecidas.

Documentos posteriores registraban a kunan como responsables de rutas, representantes de asentamientos, organizadores de defensa y administradores de depósitos. Las comunidades kunara también conservaban autoridades propias y participaban en decisiones militares o territoriales. Aquellas funciones no seguían todavía la división que el imperio llamaría Kyris, Delim y Salim.

Los semi-humanos aparecían después dentro de hogares y comunidades formadas por humanos y kunan. Algunas familias permanecían en asentamientos humanos; otras seguían las rutas de sus parientes kunan. Las diferencias físicas se anotaban cuando afectaban una necesidad concreta, pero no se utilizaban para negarles el reconocimiento concedido a sus comunidades.

En una copia posterior, la palabra acogidos había sido sustituida por admitidos. Varias generaciones después, otro registro los llamaba población dependiente. Los nombres de autoridades kunan y kunara desaparecían a medida que las oficinas cercanas a la familia imperial concentraban sus funciones.

Ambarine pasó el dedo junto a las fechas y ordenó las copias sobre la mesa estrecha para buscar cuándo habían empezado esos cambios.

La primera concentración de autoridad apareció durante los enfrentamientos posteriores a la ausencia de Vish. Los caminos no eran seguros, varios asentamientos habían perdido alimentos y las decisiones dispersas dificultaban organizar una defensa común. Las comunidades reconocedoras entregaron a los Folsitia capacidad para reunir recursos, mover defensores y responder con rapidez mientras durara la amenaza.

Era una medida que Ambarine podía comprender. Había tomado decisiones parecidas durante el rescate de los Fuegel: una sola ruta, una señal común, personas distintas aceptando durante unas horas que alguien coordinara sus movimientos. La diferencia estaba escrita al final del documento. Aquella concentración terminaría cuando cesaran los ataques y las comunidades pudieran sostener de nuevo sus propias decisiones.

El texto siguiente fue producido cuando los enfrentamientos más graves ya habían terminado. Las cosechas eran escasas, varias rutas permanecían destruidas y existía miedo a un regreso. La autoridad excepcional fue prorrogada hasta que los asentamientos recuperaran estabilidad.

Ambarine también comprendía ese miedo.

La tercera prórroga ya no mencionaba ataques. Hablaba de conservar la unidad alcanzada durante la crisis. La siguiente justificaba el control mediante la necesidad de evitar disputas entre comunidades. Más adelante, una reforma convirtió las funciones de emergencia en oficinas permanentes ocupadas por personas cercanas al linaje Folsitia.

Ambarine siguió la sucesión de sellos de su familia. Algunos nombres le resultaban conocidos por retratos, salas o ceremonias; otros solo habían sobrevivido en listas genealógicas. Sus reformas hablaban de seguridad, orden, continuidad y, cada vez más, de protección. En los textos antiguos esa palabra describía una obligación de los custodios. En los posteriores, los pueblos recibían seguridad a condición de obedecer.

Los representantes kunara dejaron de participar primero en las decisiones militares y después en las administrativas. Las autoridades kunan desaparecieron de los registros centrales o quedaron reducidas a funciones locales. Los asentamientos humanos independientes fueron absorbidos por distritos imperiales. Los acuerdos de acogida pasaron a registrarse como permisos concedidos por la corona.

Primero se distinguieron las familias próximas a la casa imperial y aquellas que podían heredar cargos. Los conflictos entre descendientes de los primeros emperadores obligaron a limitar quién pertenecía a la familia real. Más tarde, las deudas, los oficios y el acceso a la educación fijaron posiciones que recibirían los nombres de Kyris, Delim y Salim.

Ambarine pensó en Nashira, Shaeli, Tirka y Brenor. La red clandestina llamaba ejército a un grupo donde muchas personas solo buscaban conservar casa, libertad o un nombre que la autoridad no pudiera quitarles. Durante años, Ambarine había creído que su deber consistía en protegerlas de lo que Isaliria había empeorado. Los documentos mostraban que la estructura utilizada para perseguirlas no había comenzado con ella.

—Mi padre no creó esto —dijo en voz baja.

La defensa salió antes de que pudiera detenerla. Emeter había heredado los estratos y los siglos de reformas, pero ella tampoco encontró un documento donde hubiera devuelto a aquellas comunidades la capacidad de negar una decisión imperial.

La última referencia conducía a registros sobre la fuerza vinculada a Vish. Los más antiguos describían manifestaciones de alcance y duración que Ambarine solo conocía por relatos ceremoniales, y las situaban durante periodos en que las comunidades todavía renovaban su reconocimiento. Los textos repetían tres elementos: descendencia, custodia y aceptación de quienes vivían bajo aquella protección.

Los registros posteriores conservaron el primero y redujeron los otros dos.

Al principio, los estudiosos anotaron variaciones pequeñas. Ciertas manifestaciones requerían más esfuerzo o alcanzaban menos distancia. Después aparecieron emperadores que conservaban los ojos naranjas y una afinidad extraordinaria con el fuego, pero no podían reproducir capacidades atribuidas a sus antepasados. Las explicaciones oficiales culparon a matrimonios inadecuados, dispersión del linaje o falta de disciplina.

Ambarine comparó las fechas con las reformas políticas. Varias disminuciones aparecían cerca de periodos donde se habían eliminado representantes o convertido acuerdos en obligaciones. Quizá hubiera una relación, aunque entre esas fechas también había guerras, enfermedades y pérdidas de conocimiento. Algunas generaciones estaban reducidas a unas pocas líneas.

Miró sus manos. Podía encender fuego con una facilidad que otros tardaban años en alcanzar. Sus ojos, el color del cabello y la semejanza familiar que permitió confundirla con Emeter seguían allí. Desde niña le enseñaron que esas señales demostraban la pureza de su herencia y la obligación de transmitirla.

Emeter había intentado decidir su matrimonio para impedir que aquel poder terminara con ella. Si la pérdida tenía que ver con lo que habían hecho sus antepasados, ¿qué podía arreglar casándola?

Ambarine volvió a la copia original. La línea dañada seguía terminando con las mismas palabras: el reconocimiento podrá ser retirado.

Tendría que presentarse ante las comunidades kunara y los asentamientos que aún existieran, y pedirles que la reconocieran. También a los kunan y semi-humanos: los acuerdos que había leído les concedían un lugar en Daliana aunque sus nombres no aparecieran en aquella copia. Llevaba años queriendo regresar como emperatriz. ¿Qué haría si se negaban?

Un golpe recorrió la galería.

Ambarine cubrió la lámpara. Esta vez los pasos se detuvieron frente a la puerta del fondo. El metal de la primera cerradura se movió.

Guardó sus copias dentro de la chaqueta y dejó los documentos en las cajas correspondientes. No alcanzó a devolver la última compilación a la estantería. La ocultó detrás de una caja del mismo periodo y se internó entre los pasillos.

La puerta se abrió. El escribiente de antes entró acompañado por el vigilante y sostuvo una lámpara por encima del hombro.

—La oficina tercera —dijo—. Debe estar en esta sección.

Ambos avanzaron hacia el fondo de la sala.

Ambarine esperó hasta que una estantería los ocultó y se deslizó hacia la puerta. La placa seguía colocada en la cerradura. La retiró al salir, giró la llave desde fuera y dejó a los hombres trabajando dentro. No podría devolver la compilación ni cerrar sin llamar su atención. Tendría que confiar en que atribuyeran el desplazamiento a la búsqueda nocturna.

Regresó la llave y la placa al despacho del director. Al acomodar la cadena oyó una voz en la galería y se escondió debajo del hueco de la ventana. El vigilante pasó apresurado hacia el fondo reservado. Ambarine no esperó a descubrir si había notado algo.

Cruzó el depósito, abrió la ventana y descendió al tejado. El segundo recorrido ya entraba en el patio de carga. Permaneció tendida sobre las tejas mientras la luz avanzaba debajo de ella. Cuando desapareció, bajó por el canal y alcanzó el callejón sin utilizar una sola chispa.

Solo entonces comprobó que aún conservaba las copias.

Ambarine salió de la capital antes del amanecer. Cambió de ruta dos veces y permaneció oculta bajo sacos vacíos durante el control de un transporte. Cuando alcanzó el refugio, el cielo del vórtice seguía detenido en el mismo ocaso, ajeno a las horas que llevaba despierta.

Cael fue el primero en verla. Se acercó sin llamar a los demás y comprobó la sangre seca en sus dedos.

—Me corté al bajar —dijo Ambarine antes de que preguntara—. Necesito tinta limpia y alguien que copie esto antes de que el carbón se borre.

Cael recibió las hojas por los bordes.

—¿Encontraste lo que buscabas?

Ambarine miró la primera transcripción, donde su nombre aparecía dentro de dos afirmaciones distintas.

—Encontré lo que cambiaron.

Durmió poco. Al despertar, Cael había preparado dos copias y guardado los originales de su transcripción en lugares separados. Ambarine pidió que llamaran a Aura.

La encontró con los Fuegel, ayudando a Iris a sostener una taza mientras Peryna cambiaba las vendas de Mauro. Aura la siguió hasta la sala del mapa y se sentó en el mismo lugar que la noche anterior.

—Fuiste a la capital —dijo al ver el polvo en su ropa.

—A la Academia Imperial de Daliana.

Aura esperó el resto.

Ambarine colocó las tres líneas sobre la mesa y añadió al lado las dos versiones del examen de Emeter. Explicó la semejanza familiar, lo que Ereel había aceptado ante los guardias y las condiciones eliminadas en el documento posterior.

—Se equivocó —dijo—. Pero lo que escribió no fue lo que utilizaron para condenarme.

Aura leyó la aclaración junto al nombre de Ereel.

—Él cree que te falló.

—Lo hizo.

La respuesta hizo que Aura levantara la mirada.

—Después intentó examinarlo y no lo dejaron terminar —continuó Ambarine.

Aura pasó a la lista de elementos pendientes.

—¿Todavía puedes comprobarlos?

—Si el cuerpo sigue preservado. Necesito saber cuándo aparecieron las huellas, dónde están y cuál produjo el daño. Si solo queda una semejanza con mi familia, no basta para culparme. Si hay más de una intervención, podrían distinguirse.

—¿Y si no está?

Ambarine tardó en responder.

—Entonces tendré una prueba de que alteraron la investigación. No la verdad completa sobre su muerte.

Aura apoyó una mano sobre el mapa, cerca del espacio vacío bajo el templo.

Ambarine le contó después lo que había encontrado sobre el reconocimiento original de la custodia Folsitia. Le mostró la frase donde el reconocimiento podía retirarse, las comunidades que aparecían en la copia antigua y la manera en que los Folsitia habían convertido una custodia condicionada en derecho hereditario.

—Los documentos no dicen qué le ocurrió a Vish —aclaró—. Hablan de su ausencia, de enfrentamientos y de lo que mi familia hizo después. Nada más.

Aura bajó la vista hacia la frase sobre el reconocimiento.

—¿Podrían negarse a que vuelvas, aunque demuestres que eres inocente?

Ambarine observó los sellos copiados.

—Sí... Podría demostrar lo que hizo Isaliria y aun así podrían rechazarme.

Le costó decirlo. Recuperar el lugar de Emeter había guiado sus decisiones durante años.

—Aun así necesitas entrar al palacio —dijo Aura.

—Sí. La cámara funeraria debería estar bajo el templo interior. Si Emeter continúa allí, debo examinarlo y sacar una prueba que pueda verificarse fuera del complejo.

Aura llevó una mano hacia la esfera que guardaba entre la ropa. Sus dedos se cerraron alrededor del objeto antes de sacarlo.

—Yo también necesito entrar.

La luz tenue de la Alechrona apareció entre sus palmas.

Ambarine reconoció el símbolo central. Lo había visto en ceremonias dedicadas a Thermus y en las puertas de la torre más alta del complejo imperial.

—¿Qué es?

—Una parte de la Alechrona. Las otras piezas pueden ayudarme a recuperar mis recuerdos y encontrar a Althea. Una está en Daliana. Cuando vi el mapa y mencionaste el templo... la esfera reaccionó.

Ambarine acercó el plano.

—La reliquia vinculada a Thermus se guarda en la torre interior. La cámara funeraria está debajo del templo que sostiene esa misma torre.

Aura miró los dos puntos, uno encima del otro.

—Puedo ayudarte a llegar a Emeter después de encontrar la pieza.

Ambarine estuvo a punto de responder que era demasiado peligroso. Recordó a Syrit llevándose el plano y lo que Aura ya le había reprochado por decidir por los demás.

—Espera a que veamos la ruta —dijo—. Hay que saber a qué nos exponemos.

Aura asintió.

—Tengo que contarte más sobre la Alechrona también.

Ambarine colocó una ficha sobre la torre y otra sobre el espacio vacío bajo el templo.

—Mañana reuniremos a quienes necesitan conocerlo —dijo.

13 - Nombre con un peso #Daliana

Folio 12·7720 palabras

Resonancia atmosférica

32,89Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

4,26kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

802,58 Lux

La luz que permanece

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