Sentoria · En aquel ocaso
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DalianaCapítulo 16

Limessia·Daliana·Capítulo 16

En aquel ocaso

Folio 16·23 min de lectura

Al terminar el recuento, Orven volvió a apartar cajas para dejar paso entre las mantas. Los once liberados de Salachita habían ocupado casi todos los espacios protegidos del campamento; con Erina, Iris y las otras cinco mujeres de la mansión, eran dieciocho personas rescatadas. Algunos tenían familiares esperándolos, pero todos necesitaban un lugar donde pasar la noche. Extendieron otra tela junto a las lonas y acercaron agua mientras Ambarine y Cael buscaban dónde acomodarlos.

Aura permaneció cerca de la tienda donde Cael había desplegado el mapa. La flor de Peryna descansaba dentro de su bolso, envuelta en una tira de tela para que el tallo no terminara de quebrarse; las dos trenzas de Iris seguían entre la ropa. Cada vez que cambiaba el peso de un pie al otro, la amalgamita rozaba sus costillas a pesar del pliegue que Neria había acomodado bajo ella. La segunda grieta se unía a la primera junto al engarce.

Cael había retirado las marcas de las rutas que ya no eran seguras y las colocaba a un lado del mapa, separadas de las demás. Tenía tinta en dos dedos y una mancha nueva en la muñeca. Nashira se acercó cuando él dejó espacio junto al libro que habían traído de la mansión. La lista de los once y la hoja del registro de Salachita estaban aparte. Cael abrió el libro por donde Miren le indicó, sin mezclar sus anotaciones con los nombres de quienes aún tenían familiares fuera del refugio.

Velia ayudaba a Daven a quitarse la sangre seca del labio. Cerca de ellos, Darel había tendido a Nima sin despertarla y seguía sentado junto a su manta. Mavia acercó un cuenco a Odren; él lo sostuvo con ambas manos mientras Tavren acomodaba una caja a su espalda. Liora y Enna hicieron sitio para Selen al verla llegar con más agua.

Shaeli pasó junto a Aura con una manta sobre el brazo vendado. Orven le pidió que la dejara con las demás y ella continuó hasta la entrada. Bajo la manga rota de él se veía el arañazo de la prisión, pero seguía moviendo las cajas sin detenerse. Neria se había sentado junto a su bolsa de materiales y al odre, con las manos sobre las rodillas; levantó la cabeza cuando Aura pasó y no intentó ponerse de pie.

Brenor seguía ayudando a los vigilantes de la entrada. Desde el refugio de las liberadas, Tirka lo llamó para pedirle otra manta. La mujer kunan había elegido un lugar desde donde podía ver el sendero y no quería moverse.

Aura intentó respirar sin apretar la gema contra su cuerpo. Habían dejado a Silas encerrado, habían sacado a Erina e Iris y habían llevado consigo el libro que las cautivas reconocieron. Todos habían regresado, pero ella seguía con los hombros tensos. Al cerrar la mano recordó al guardia de Salachita intentando levantarse sobre el brazo lastimado. Se frotó los dedos contra la capa. Al otro lado de la lona escuchó la voz de Erina y fue a ver a Mauro.


Mauro volvió a abrir los ojos mientras Erina cambiaba la tela húmeda sobre su frente. El movimiento fue tan pequeño que Iris creyó primero que solo había cambiado su respiración. Después él intentó girar la cabeza y una punzada le tensó la boca.

—No te muevas —dijo Erina.

Mauro dejó caer otra vez la cabeza sobre el soporte. Sus ojos recorrieron el techo de tela, la luz naranja que entraba por la abertura y los rostros que se habían reunido alrededor, hasta detenerse en Erina.

—Estás...

La palabra se perdió bajo una respiración corta y Erina le sostuvo la mano.

—Estoy aquí.

Iris se acercó hasta que su padre pudo verla sin girarse. Peryna apareció junto a ella con un cuenco de agua que llevaba entre ambas manos. Había insistido en ayudar y caminaba con tanta atención que el líquido apenas temblaba. Micah continuaba junto a la entrada, mirando el sendero cada vez que alguien pasaba.

Mauro volvió a reconocerlos uno por uno. Erina le había dicho que Iris estaba con ellos cuando llegó, pero él buscó otra vez a su hija hasta encontrarla junto a la camilla.

—Todos —murmuró.

—Todos —repitió Erina.

Peryna dejó el cuenco y tomó dos dedos de su padre mientras Iris acomodaba las vendas limpias al alcance del sanador, que continuaba junto a la camilla. Erina había observado cómo cambiaba el vendaje anterior y acercaba los paños que él le pedía. Volvió a humedecer la tela de la frente de Mauro; cada vez que a su esposo le costaba respirar, dejaba quieta la mano y miraba al sanador.

Aura los observaba desde fuera. Había llegado con la intención de preguntar por Mauro, pero al verlos reunidos prefirió esperar junto a la abertura. Apoyó la mano sobre la correa del bolso y sintió contra la tela el tallo protegido de la flor.

Micah se tensó al descubrirla. Incluso después de reconocerla, sus ojos buscaron detrás de ella.

—Solo vine a ver cómo estaba.

Micah miró a Mauro.

—Despertó hace poco.

—Puedo regresar después.

—Aura —la llamó Erina al oír su voz—. Ven. No te quedes ahí.

Desde donde estaba, Aura apenas podía ver a Mauro. Iris y Peryna ocupaban un lado; las vendas, el agua y Erina, el otro. Erina retiró una manta doblada de junto a su rodilla y Aura entró para sentarse en el espacio libre. Al hacerlo, la amalgamita presionó sus costillas y tuvo que acomodar la capa.

—¿Te atendieron?

—Sí. Neria acomodó la tela para que no me apriete aquí.

Erina le apartó del rostro un mechón pegado por el sudor.

—¿Y tú cómo estás?

—Cansada. Cuando respiro hondo todavía me duele.

Mauro intentó hablar. Erina se inclinó para escucharlo.

—Gracias —dijo Mauro con voz áspera.

Aura negó antes de poder detenerse.

—No... Yo...

Había imaginado muchas veces que alguno de ellos se lo diría. Durante el rescate creyó que podría aceptarlo si conseguía devolverlos. Frente a Mauro, inmóvil y con el vendaje bajo las costillas, el agradecimiento se volvió insoportable.

—No tienes que agradecerme.

Mauro frunció el ceño, confundido por el esfuerzo que había en su voz.

Aura tomó aire. El olor de las hierbas medicinales se mezclaba con la humedad del pastizal y con el polvo que la familia aún llevaba en la ropa. Peryna se había sentado junto al cuenco. Miraba a Aura con la misma atención con la que antes había vigilado el agua.

—Silas regresó por mí —dijo Aura—. Yo utilicé el rostro de Ambarine para asustarlo. Lo ataqué delante de sus hombres y creí que ya no volvería. Después llegó con la orden para llevárselos. Estaba ahí, Erina. Le dije que no era Ambarine y él lo vio... pero hizo que siguieran atacándonos.

Aura miró sus manos antes de continuar.

—Intenté cubrirlos a todos. Cuando quise atacar también, no pude parar la energía. La gema ya tenía una grieta y... después no sé. Desperté lejos de la casa. Cuando pude volver, estaba quemada y ustedes ya no estaban.

Sus dedos buscaron la correa del bolso.

—No sabía qué les habían hecho. Tirka me dijo después que Mauro estaba herido. En Salachita creí que íbamos a llegar tarde. En la mansión también... Yo había estado ahí y no pude impedir que se los llevaran.

La voz empezó a quebrarse y Aura apretó los labios. Le molestaba no poder terminar de hablar.

—Tengo miedo de que vuelva a pasar. Tengo miedo de acercarme a alguien y darle a Isaliria o a Silas otra persona a quien hacer daño. Yo quería ayudarlos y... su casa...

—Nuestra casa ya estaba en peligro antes de que llegaras —dijo Erina—. Mírame.

Le tomó las manos con los dedos todavía fríos por el agua de las vendas. Aura levantó los ojos.

—Ninguno de nosotros te culpa.

—Pero volvió por mí.

—Te usó como excusa. No es lo mismo.

Erina le apretó las manos antes de que Aura pudiera retirarlas.

—Antes de conocerte ya había robado nuestras escrituras y hecho desaparecer el contrato que prometió devolvernos. Venía a llevarse la cosecha cuando quería. Intentó ponerme una mano encima y, cuando Mauro lo apartó, amenazó con llevarse a Iris. —La voz de Erina se endureció—. Silas llevaba tiempo buscando cómo quedarse con la tierra y con nosotros. Habría encontrado otra excusa, Aura.

Iris dejó las vendas. Peryna se había inclinado demasiado sobre el cuenco y ella la atrajo con suavidad hasta sentarla entre sus piernas.

—En la propiedad también cambiaba lo que decía —murmuró Iris—. Primero era la deuda. Después, que escondíamos a Ambarine. Luego decía que mamá y yo le pertenecíamos porque papá lo había atacado.

Sus dedos ordenaron el cabello de Peryna mientras hablaba. Cuando llegó a la última frase, perdieron el ritmo.

—Ya había dicho que podía llevarme antes de que tú aparecieras. No quiero que pienses que todo empezó contigo.

Peryna alzó el rostro hacia ella.

—Yo me acuerdo. Papá estaba muy enojado después de que Silas vino.

—Tú debías estar dormida —dijo Iris.

—No podía. Ustedes hablaban muy fuerte.

Iris la abrazó por los hombros. Peryna se acomodó contra ella, pero continuó mirando a Aura.

—Cuando nos encerraron pensé que ibas a volver.

Aura se cubrió el rostro y rompió a llorar antes de poder responder. Le faltaba aire y trató de disculparse entre palabras incompletas. Erina la acercó hasta que apoyó la frente contra su hombro.

—Mamá, falta algo —dijo Micah desde la entrada.

El joven miró el sendero exterior antes de obligarse a entrar. Se sentó cerca de Iris, sin abandonar por completo la abertura.

—La idea fue mía.

Aura se separó de Erina.

—Yo acepté.

—Porque te lo pedí. Vi que te parecías a Ambarine y pensé que podíamos asustar a Silas. Te dije que tu apariencia bastaría y que no tendrías que herir a nadie. Ni siquiera se lo pregunté a ellos.

Señaló a sus padres sin conseguir mantener la vista en Aura.

—También le preguntaste si quería ayudarnos —dijo Iris.

—Cuando apenas nos conocía. —Micah apretó las rodillas—. No pensé en lo que Silas haría después.

—Ninguno de nosotros lo pensó —dijo Erina.

—Yo debía hacerlo. Quiero ser caballero algún día.

Erina esperó hasta que su hijo levantó los ojos.

—Entonces piensa mejor la próxima vez. Pero dejen de decir que fue culpa de ustedes. Fue Silas quien nos hizo esto.

Micah asintió con la mirada baja.

—Todavía conoce nuestros nombres. Quizá también haya hablado de nosotros con otros guardias. No deberíamos volver a la granja ni salir del refugio por separado hasta saberlo.

—Ni dejar que Peryna se aleje sola —dijo Iris.

Micah la miró.

—Eso iba a decir.

—Llevabas un rato sin decirlo.

Peryna asintió con una seriedad prestada. Micah desvió la vista hacia la entrada.

—Los hombres de Silas siguen ahí —dijo—. Eso me preocupa. Pero quiero que te quedes con nosotros, Aura.

—No quiero que vuelvan a encontrarlos por estar cerca de mí.

—Entonces tendremos cuidado —respondió Iris—. Como familia.

Peryna escapó de sus brazos y rodeó a Aura por la cintura.

—Y tú también.

Los ojos de Mauro empezaban a cerrarse, pero movió los dedos dentro de la mano de Erina.

—Volviste —murmuró.


Peryna tocó el bolso de Aura.

—¿Guardaste la flor?

Aura asintió. La extrajo con cuidado y retiró la tela que protegía el tallo. Los pétalos continuaban doblados. Uno había perdido un poco de color cerca del borde.

—No se rompió más —dijo Peryna.

—La cuidé.

Erina apretó suavemente el hombro de Aura. Ella quiso darle las gracias, pero el cansancio del rescate le pesó de golpe en los brazos y la espalda. Antes de conseguir hablar, su cabeza cayó contra el hombro de Erina y la flor se inclinó entre sus dedos.

—Mamá —susurró Peryna—. Aura cerró los ojos.

Erina sostuvo la flor antes de que resbalara.

—Déjala, cariño. Debe estar cansada.

La voz se fue alejando. Con los ojos cerrados, Aura aún veía la luz del ocaso a través del pétalo, pero el naranja se volvió dorado y dejó de sentir la tela del refugio bajo las piernas. El olor amargo de las hierbas medicinales cambió por una fragancia suave, flores secas guardadas en una habitación tibia y algo verde que no sabía nombrar.

Una mariposa de luz pasó frente a sus ojos. Aura estaba sentada sobre un cojín, con las piernas cruzadas, en una habitación pequeña cuyos límites se perdían en la luz. Frente a ella, una mujer movía las manos despacio.

De sus palmas nacían hilos dorados que formaban figuras fugaces: una flor abriéndose, un ave diminuta, estrellas que giraban sin caer. La mariposa regresó y se posó sobre la punta de su nariz.

La niña rió al sentir el calor suave de la luz. Cuando intentó atraparla, la figura se deshizo entre sus dedos y volvió a formarse junto al rostro de la mujer. Quiso verle los ojos, la sonrisa, pero el resplandor deshacía sus rasgos cada vez que lo intentaba. Aun así, sabía quién estaba frente a ella.

—Mamá —dijo.

Su madre dejó las figuras suspendidas, le sostuvo el rostro entre las manos y después la envolvió entre sus brazos. La niña apoyó la mejilla contra su pecho mientras unos dedos conocidos recorrían su cabello. Se sentía segura, sabía que su madre la quería. La mariposa se deshizo sobre ambas en puntos de luz.

El abrazo se hizo demasiado fuerte. Su madre se apartó para tocarle las mejillas, como si necesitara comprobar que seguía allí. Bajo aquel cariño, la niña sintió una tristeza que no comprendía y quiso preguntar qué ocurría, pero su madre la estrechó otra vez. La niña se quedó entre sus brazos mientras la habitación se desvanecía y el sueño se hacía más profundo.


Ambarine había escuchado desde fuera. Llegó a la tienda cuando Aura decía que Silas había regresado por ella y se detuvo junto a la entrada. A través de la tela oyó hablar de la casa quemada, de Mauro y del miedo a que volviera a ocurrir. Quiso entrar, pero Erina empezó a responder y Ambarine se quedó escuchando.

Cuando Micah reconoció que el plan había sido suyo, seguía allí. Le incomodaba oírlos sin que lo supieran, aunque tampoco quería interrumpirlos. Silas los había acusado de ayudarla a ella. ¿Hablarían con la misma libertad si la veían entrar?

Ambarine retrocedió. Conocía demasiado bien el miedo del que hablaba Aura. Muchas personas del refugio estaban perseguidas por haberla ayudado y ella se sentía responsable de lo que les pasara. Siempre encontraba algo más que debía hacer por ellas, aunque estuviera agotada. Volvió a la tienda del mapa sin saber qué habría podido decirle.

Durante el resto de la noche reorganizó los turnos de vigilancia y los accesos al refugio. Cael dejó el libro de Silas a un lado para revisar los lugares donde podían recibir a más personas. Ambarine puso a su lado el aviso privado que habían quitado al mensajero. Los nombres que Miren y Saira les habían dado permanecían en una hoja aparte.

Nashira ayudó a Cael a revisar los caminos antes de acostarse cerca de la salida. Brenor dejó la entrada cuando llegaron los siguientes vigilantes y fue a descansar.

Por la mañana, Ambarine y Cael aprobaron tres hogares temporales. Rechazaron otros dos porque para llegar había que pasar por caminos que los guardias de Salachita podían vigilar. Orven repasó el recorrido con quienes acompañarían a las familias antes de hacerlas recoger sus cosas.

Velia preparó un bulto pequeño para Daven. Él fue a despedirse de su compañero y se quedó un momento junto a Lera y la mujer del almacén. Liora dobló la manta que había compartido con Enna; al pasar cerca de Nima, la niña se incorporó y le agarró la manga.

—¿También te vas?

Liora se agachó a su lado.

—Con mi hermana. Tú te quedas con tu papá.

Nima miró a Darel antes de soltarla. Liora le acomodó el gorro y Enna recogió el bulto que había dejado en el suelo.

Tavren y Selen salieron con las otras dos parejas. Antes de irse, él comprobó que Odren tuviera el agua al alcance. Mavia seguía junto a su padre y le devolvió la manta que había intentado dejarles.

—Llévala. Aquí tenemos esta.

Orven se adelantó con uno de los acompañantes. Shaeli esperó a que cruzara la última pareja y siguió detrás. Los seis irían repartidos entre los tres hogares. Darel y Nima permanecieron en el campamento, al igual que Mavia y Odren. Los Fuegel y las otras cinco mujeres de la mansión continuaron cerca de las lonas y del sanador.

La salida dejó espacio para separar las mantas, pero junto a las provisiones todavía había personas acostadas y bultos amontonados. Cael movió las cajas sin ocupar de nuevo el paso. Cuando Orven y Shaeli regresaron esa tarde, Ambarine los esperó junto a la entrada hasta que le contaron que las tres parejas habían llegado.

Después volvió con Cael al libro de Silas y a la hoja del registro de Salachita. Miren vino a preguntar si habían encontrado a alguien que conociera el camino hacia la casa de su madre. Nashira le hizo sitio junto a la mesa.

Mauro siguió dormido bajo el cuidado del sanador, que confirmó que su respiración permanecía estable.

La luz anaranjada continuó suspendida sobre las hierbas mientras, afuera, la noche terminó, llegó la mañana y el día volvió a oscurecer. Quienes vigilaban la entrada anotaban el paso de las horas para que el vórtice no les hiciera olvidar cuánto tiempo había transcurrido.

Aura siguió dormida. Ambarine pasó dos veces frente al lugar donde descansaba. La primera comprobó que el sanador continuara cerca y la segunda encontró a Peryna dormida junto a la manta, con una mano cerrada alrededor de la tela de su propia bolsa.

Cuando Cael le informó que había pasado un día, Ambarine regresó. Aura empezaba a moverse y abrió los ojos bajo la misma luz con la que se habían cerrado. Durante unos segundos miró el refugio como si nada hubiera cambiado, hasta que vio las mantas más separadas, las cajas que habían retirado del paso y el recipiente limpio que alguien había dejado junto a ella. Ambarine esperó a que bebiera.

—Dormí demasiado —dijo Aura.

—Estabas cansada después de forzar tu magia, supongo.

Aura frunció el ceño.

—Eso sonó como algo que diría Ereel.

—Pues fue maestro de ambas.

Aura sonrió apenas, todavía cansada. Ambarine se sentó cerca para que pudiera hablarle sin incorporarse del todo. Había pasado horas pensando cómo mencionar la conversación de los Fuegel.

—Te escuché ayer —dijo.

La sonrisa desapareció.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

—Entonces oíste a Micah.

—Sí.

Aura miró hacia la entrada, donde el joven ayudaba a mover un soporte sin alejarse demasiado de su padre.

—No quería que creyera que todo había sido culpa suya.

—Él tampoco quería que te culparas.

Aura volvió hacia ella.

—Pero no entraste.

—Pensé que los incomodaría. Estaban hablando de lo que les pasó por ayudarte, por creer que eras yo...

Ambarine pasó el pulgar por una marca de tinta seca en su mano.

—Cuando dijiste que tenías miedo de acercarte a alguien... A mí también me pasa.

Aura bajó la mirada.

—Silas me vio a mí.

—Usó mi nombre para llevarse a tu familia. —Ambarine apoyó los brazos sobre las rodillas—. Llevo años pensando en lo que les pasa a quienes me ayudan. Quiero hacerme cargo, pero a veces... no sé hasta dónde puedo.

Aura permaneció en silencio.

—Erina tiene razón sobre Silas —dijo Ambarine al fin—. Ya les hacía daño antes de que llegaras.

Aura asintió despacio y después llevó una mano al bolso.

—Recordé a mi madre.

Ambarine esperó.

—Estábamos en una habitación con luz dorada. Ella hacía figuras con magia. Una mariposa, flores... No recuerdo dónde era. No podía verle el rostro.

—¿Cómo supiste que era ella?

—No lo sé...

Aura apretó la tela del bolso.

—Solo lo sabía. Me abrazó y sentí que me quería. Era mi madre, aunque no pudiera verle la cara... No sé explicarlo. También estaba triste, pero no sé por qué.

—Cuando puedas mantenerte de pie, anota lo que recuerdas. Solo lo que viste y sentiste.

Aura la observó con una expresión extraña.

—Eso también sonó como Ereel.

Ambarine dejó escapar el aire por la nariz.

—Empiezo a lamentar no haber vuelto a verlo.

El nombre cambió el rostro de Aura.

—Ereel.

Se incorporó con demasiada rapidez y tuvo que apoyar una mano en el suelo.

—Eso era lo que necesitaba decirte.


Aura esperó a que el mareo desapareciera. Cuando pudo caminar, Ambarine la condujo hasta la tienda del mapa y apartó una de las telas para que se sentara. Cael estaba revisando el libro de Silas al otro extremo. Al verlas entrar, reunió sus notas y se retiró.

El tallo de la flor rozaba el interior del bolso mientras Aura se acomodaba. Había querido contarle lo de Ereel desde su primer encuentro, pero lo había ido dejando entre los preparativos y el rescate. Ahora, frente a Ambarine, le costaba empezar.

—Ereel fue tu instructor —comenzó.

Ambarine dejó de mover el mapa.

—Lo fue.

—Me habló de ti. Dijo que eras curiosa, decidida y que intentabas cargar sola con todo.

—Esa parte pudo omitirla.

Aura contuvo una sonrisa.

—También me contó lo que ocurrió cuando murió Emeter.

Ambarine apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Qué te contó exactamente?

Aura repasó las palabras de Ereel, procurando no confundirlas con lo que le había contado Syrit en la capital.

—Que lo llamaron al palacio el mismo día. El cuerpo de tu padre todavía estaba en la sala del trono. Ereel encontró una huella mágica y la reconoció.

Ambarine no parpadeó.

—¿En la sala?

—En el cuerpo.

Los dedos de Ambarine se cerraron sobre el borde de la mesa y Aura continuó antes de perder valor.

—Dijo que reconoció una sintonía que había percibido al entrenarte. Entonces creyó que era tuya.

La princesa apartó una mano del borde y se quedó mirando su palma.

—Yo ataqué a Isaliria junto a él —dijo—. Utilicé fuego. Los guardias levantaron barreras y parte de la descarga regresó hacia la sala.

—Ereel no me explicó qué forma tenía la huella.

—¿Dijo que mi magia lo mató?

—No —respondió Aura enseguida—. Pidió tiempo para estudiar la escena... y no se lo concedieron. Isaliria utilizó las acusaciones que ya existían contra él y lo expulsó al día siguiente por complicidad.

Aura recordó la taza inmóvil entre las manos del maestro.

—Se sintió culpable por haber creído que era tuya antes de estudiarla bien. Pensaba que te había fallado.

Ambarine se apartó de la mesa y caminó hasta la entrada de la tienda antes de regresar. Los soldados la habían visto utilizar magia frente al cuerpo de su padre y atacar a Isaliria. Durante años creyó que eso les había bastado para acusarla, pero Ereel había encontrado un rastro que ni siquiera había podido estudiar.

—Cuando los soldados revisaron a mi padre, dijeron que el rastro era mío —dijo—. Después hablaron de veneno.

—Lo siento. Debí preguntarle más.

—No te disculpes, no podías saber qué iba a necesitar.

Ambarine extendió el mapa hasta descubrir la capital. El complejo imperial ocupaba una zona elevada cerca del río, marcado mediante varios patios y una torre interior. Su atención descendió desde la sala del trono hasta una dependencia que el dibujo de Cael no mostraba.

Cuando murió su abuelo, el cuerpo permaneció en la cámara funeraria hasta que Emeter fue reconocido formalmente como emperador. Solo entonces se celebró la cremación mediante el fuego ritual de la familia. Emeter no había tenido un sucesor reconocido. Isaliria tomó el gobierno, pero nunca ocupó su lugar dentro de aquella ceremonia.

Ambarine apoyó un dedo sobre el espacio vacío debajo del templo.

—Mi padre podría seguir dentro del palacio.

Aura miró el punto sin marca. La pregunta apareció en su rostro, pero Ambarine vio también el cansancio con que sostenía los hombros y la forma en que protegía la amalgamita fisurada cada vez que respiraba.

—Descansa —dijo Ambarine—. Ya me entregaste lo que recordaba Ereel.

—Pero...

—Mañana hablaremos.

Aura no pareció conforme. Miró otra vez el mapa y después se levantó con cuidado. Antes de salir sostuvo la tela de la entrada.

—Si necesitas preguntarme algo sobre él, estaré con los Fuegel.

Ambarine asintió.

La tela volvió a caer. Ambarine permaneció frente al mapa, con el dedo apoyado sobre el espacio vacío debajo del templo.


En el palacio imperial, Isaliria recibió los informes la noche siguiente a los rescates.

El funcionario dejó dos paquetes sobre la mesa y esperó a que ella terminara de leer la carta que tenía entre las manos. Había conservado el polvo del camino en el borde de la túnica. Isaliria lo vio sacudirse un puño antes de enderezarse.

—Salachita —dijo él cuando ella levantó los ojos—. Entraron con documentos de traslado falsos. Redujeron al personal del ala de confiscaciones y salieron por el patio de carga.

Isaliria apartó la carta. El primer paquete contenía el informe de la guardia y una relación de los presos que faltaban.

—Once —dijo, deteniendo un dedo sobre la línea.

—Sí, majestad. Revisaron las celdas después de la fuga.

Isaliria recorrió los nombres. Los tres Fuegel aparecían juntos. Más abajo estaban la mujer del almacén, los jóvenes y los detenidos que habían encontrado en otras puertas del ala. Se detuvo en la edad de Nima y después en la de Odren.

—¿Se confirma que Ambarine estuvo ahí?

—Los guardias la reconocieron. Se cubría con una capa y un casco. Durante la salida pudieron verle el rostro.

El funcionario acercó una segunda hoja, con las declaraciones recogidas después de la fuga. Isaliria la leyó sin levantarla de la mesa. Uno de los hombres describía el fuego; otro había anotado los daños del portón y el estado de los heridos.

—Están preparando avisos para los caminos —añadió él—. Con los nombres de los extraídos y la relación del asalto.

—Entiendo que quieran avisar a los puestos cuanto antes. Pero suspendan la publicación.

La mano del funcionario quedó sobre el segundo paquete.

—Los puestos necesitan los nombres para continuar la búsqueda.

—Y los tendrán. Las instrucciones irán a los puestos de guardia y la búsqueda continuará. Esta relación quedará entre quienes la necesitan.

Isaliria volvió a la lista. La palabra confiscación aparecía también junto al nombre de Nima. En un aviso de fuga, su edad quedaría a la vista de cualquiera.

—Mire esta edad —dijo—. Doce años. Si contamos que Ambarine abrió esas celdas, las familias van a preguntar quiénes estaban dentro. Después querrán saber por qué. ¿Qué les respondería usted cuando preguntaran por esta niña?

El funcionario bajó los ojos hacia Nima.

—Su ingreso está vinculado a una confiscación.

—Sí, eso dice el registro. Pero piense en lo que acabamos de recibir. Ambarine sale de Salachita con una niña y nosotros publicamos un aviso para encontrarla. Es fácil imaginar a quién van a querer escuchar las familias.

Isaliria retiró el dedo y juntó las hojas.

—No quiero a la capital repitiendo que una fugitiva devuelve hijos mientras mis guardias los encierran. Usted ya reunió lo que necesitamos para buscarla. Conservemos el informe para consulta interna, sin copias en los mercados ni anuncios de lo ocurrido en la prisión.

—Ha pasado un día. Hay trabajadores que vieron salir el grupo. Algunos familiares pueden haber recibido noticias.

Isaliria sostuvo su mirada.

—Tiene razón. Algunos ya deben de estar hablando. Precisamente por eso conviene que no les entreguemos un documento que confirme cada palabra. Los encargados pueden responder que están revisando los registros. Y atendamos las solicitudes sobre detenidos por separado; no hace falta reunir a todas esas familias en una misma sala.

El funcionario recogió las hojas. Isaliria conservó la relación de los once y señaló el otro paquete.

—Veamos el otro paquete. ¿Qué me trae ahí?

—La propiedad de Silas. También entraron allí. Sacaron a las dos Fuegel y a otras cinco mujeres. Dañaron los cierres y se llevaron un libro de los alojamientos.

Isaliria dejó la lista sobre la carta anterior. En el segundo paquete había una petición de auxilio con el sello personal del comerciante.

—Sus hombres lo encontraron encerrado en una habitación y abrieron desde fuera —continuó el funcionario—. Pide guardias para proteger la casa. Dice que sus contratos están bajo el amparo de la corte y que los documentos que le quitaron pueden utilizarse contra él.

Isaliria abrió la petición. Silas había escrito el nombre de Ambarine varias veces y dedicado casi una página a recordar los servicios que había prestado. Se presentó como víctima de una persecución que también perjudicaba a la emperatriz. Al llegar al párrafo sobre las mujeres, ella dejó de leer.

—Silas ha recibido mucha ayuda de esta casa. Comprendo que quiera conservarla, pero ya he hecho suficiente por él.

—La oficina ha detenido antes las reclamaciones contra sus propiedades.

—Lo sé. Ahora Silas tendrá que responder por las reclamaciones que lleguen. Retiren su protección. No podemos seguir resolviéndole cada dificultad.

El funcionario tardó en tomar la petición.

—En la respuesta anterior se dijo que usted desconocía lo que ocurría en los alojamientos.

Isaliria dejó la petición sobre la mesa y esperó a que él terminara. Había utilizado aquellas mismas palabras cuando un informe comenzó a mencionar a las mujeres retenidas por deudas. Sabía qué ocurría en la casa. Silas tampoco había ocultado bien sus confiscaciones; se había limitado a envolverlas en contratos que las oficinas aceptaban sin hacer demasiadas preguntas.

Mientras Silas despojaba a familias vinculadas con Ambarine y distribuía negocios entre comerciantes que necesitaban el favor de su gobierno, ella había dejado que continuara. Él cobraba, exigía y amenazaba por sus propios intereses. No necesitaba conocer los de Isaliria para servirlos.

Ahora pedía soldados y le advertía que habían desaparecido sus registros.

—Hace bien en recordarlo —dijo ella—. Conserve esa respuesta. Silas administraba sus alojamientos y es quien puede explicar lo que hacía en ellos. Si le preguntan, remítalos a él. No tiene por qué responder en su nombre.

El funcionario puso la petición bajo el informe de la mansión.

—¿Qué le digo sobre los guardias?

—Que su solicitud se atenderá por la vía ordinaria, como las demás. Puede asegurárselo. Mi nombre no le concederá otra escolta.

Él inclinó la cabeza y empezó a recoger los paquetes. Isaliria le devolvió la lista de Salachita, separada del resto.

—Esta lista queda dentro de la prisión y de los puestos que la necesiten. Antes de volver, compruebe personalmente que suspendieron la publicación de los avisos. Quiero que sea usted quien me lo confirme.

El funcionario salió con los documentos contra el pecho. Isaliria abrió otra vez la carta que había dejado a un lado, pero antes de llegar al segundo renglón tomó una hoja limpia y escribió el nombre de Ambarine.

Folio 16·5120 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

26,69 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

5,21 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

630,14 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||