Sentoria · En aquel ocaso
Ir al texto
CapítulosSENTORIA · 11

Capítulo 11·Daliana·Limessia

En aquel ocaso

Folio 11·23 min de lectura

Al terminar el recuento, las personas que habían regresado de la propiedad de Silas empezaron a mover camas, repartir mantas y separar a quienes necesitaban atención. Todavía conservaban polvo en la ropa. Los liberados de la fortaleza habían ocupado casi todos los espacios protegidos del campamento y la llegada de cinco mujeres más obligó a extender telas entre los refugios, preparar lugares temporales bajo los árboles y decidir quién podía recibirlas fuera del vórtice sin conducir a los guardias hasta otra casa.

Aura permaneció cerca de la sala donde Cael había desplegado el mapa. La flor de Peryna descansaba dentro de su bolso, envuelta en una tira de tela para que el tallo no terminara de quebrarse. Cada vez que cambiaba el peso de un pie al otro, la amalgamita fisurada rozaba sus costillas y le recordaba que no debía utilizar magia.

Cael había retirado las marcas de las rutas que ya no eran seguras y las colocaba a un lado del mapa, separadas de las demás. Tenía tinta en dos dedos y una mancha nueva en la muñeca. Frente a él quedaban el camino suroccidental, el primer cruce y el puesto de Lerna.

—Dos observadores —dijo—. Entran por la ruta baja, comprueban si el transporte alcanzó el cruce y regresan. No intentan acercarse al puesto.

Los dos miembros de la red que esperaban junto a la salida ya habían descansado antes de la operación. Llevaban capas sin símbolos, agua y ninguna pieza de equipo que pudiera relacionarlos con Ambarine si los detenían.

Brenor seguía de pie junto al mapa, a pesar de que el sanador le había ordenado sentarse. Las imágenes dobles habían disminuido, pero sus orejas se orientaban un instante tarde hacia cada voz. Sostenía una flecha sin punta y recorría las plumas con el pulgar.

—Conozco el lugar donde se dejó ver —insistió—. Puedo mostrarles desde dónde partió el rastro.

—Ya lo señalaste en el mapa —respondió Ambarine.

—Un mapa no conserva lo que había en el suelo.

—Tus ojos tampoco, por ahora.

Brenor apretó la flecha entre las manos.

Aura observó la línea que conducía a Lerna. El trazo ocupaba muy poco espacio sobre el papel. Afuera era un camino nocturno, vegetación, piedras, guardias y lugares suficientes para que una persona desapareciera.

Ambarine apoyó dos dedos junto al primer cruce.

—Comprueban hasta aquí y regresan.

Uno de los observadores asintió. El otro ajustó el cierre de su capa.

Aura intentó respirar sin mover demasiado la gema bajo su ropa. Habían dejado a Silas vivo, habían sacado a Erina e Iris y habían llevado consigo el único registro que las cautivas reconocieron. Todo aquello debía sentirse como una victoria. Nashira seguía fuera.

Un silbido llegó desde la dirección de la entrada. Ambarine levantó la cabeza al oír una señal distinta de la de partida, mientras Cael cubría el mapa con una tela. Brenor ya se había vuelto hacia el sendero interior, con la flecha apoyada contra el arco aunque todavía no había colocado la cuerda en la ranura.

El segundo silbido fue más corto.

Tirka apareció desde el refugio de las liberadas, donde había estado sentada junto a la mujer kunan. Tenía el cabello aplastado de un lado y las orejas erguidas.

—No salgan —ordenó Ambarine a los observadores.

Avanzó hacia la entrada con Brenor. Aura los siguió antes de decidir si debía hacerlo. Cael se quedó junto al mapa y llamó a dos vigilantes que ya estaban de turno.

El ocaso permanente hacía difícil recordar que al otro lado de la abertura continuaba la noche. La luz anaranjada cubría el pastizal, los refugios y la senda por la que llegaban quienes conocían el recorrido. Más allá del último giro, una figura sin capa se había detenido frente a los vigilantes. Uno de ellos sostenía una lámpara cubierta y el otro mantenía una lanza entre la desconocida y la entrada. La figura alzó una mano con lentitud y separó dos dedos, el mismo gesto que hacía Nashira.

Tirka pasó delante de ambos y aspiró antes de llegar a la lámpara. Ladeó el rostro y volvió a hacerlo; su cola, que había permanecido tensa detrás de sus piernas, se alzó de golpe.

—Nashira.

La figura dejó caer la mano. Bajo la luz se distinguían sus cuernos, que nacían sobre las sienes y se curvaban hacia atrás, sin la tela con la que acostumbraba ocultarlos. Tenía el rostro manchado de tierra, la ropa rasgada sobre un hombro y las muñecas sostenidas contra el abdomen.

La piel alrededor de ambas estaba abierta en líneas irregulares. La sangre ya se había secado en algunos lugares y continuaba húmeda en otros. Sus dedos permanecían encogidos.

Brenor aflojó la mano sobre la flecha.

—¿Te siguieron?

—Dejé a tres hombres buscando a una mujer que bajó por la ladera norte —respondió—. Yo regresé por el cauce y crucé sobre piedra desde la segunda curva. Si alguno comprendió el cambio, llegará primero a la ruta que ya abandonamos.

Tirka se acercó hasta rozar con la nariz el aire alrededor de su hombro.

—Sangre, cuerdas, carro... hojas aplastadas. No siento a nadie más.

Nashira inclinó la cabeza hacia ella.

—También me alegra verte.

Tirka hizo un sonido entre risa y protesta, pero al mirar sus muñecas evitó tocarla.

Ambarine comprobó el camino detrás de Nashira antes de ordenar a los vigilantes que mantuvieran la entrada cerrada. Los dos observadores regresaron a la sala del mapa y guardaron sus equipos.


El sanador hizo sentar a Nashira junto a una mesa baja. Cortó la manga desgarrada para examinar el hombro y le pidió que extendiera los dedos. Ella consiguió abrir tres de la mano derecha. Los otros temblaron sin llegar a obedecer.

—No están rotos —dijo—. Antes podía moverlos menos.

—Eso no significa que estén bien.

El sanador limpió las heridas con agua tibia. Nashira apretó los dientes cuando la tela retiró tierra y fibras de cuerda de la piel. Tirka se sentó a su lado, con las rodillas contra el pecho. Brenor permaneció frente a ambas.

Aura se quedó cerca de Ambarine para escuchar, aunque le incomodaba ver a tanta gente reunida alrededor de Nashira mientras la atendían.

—Silas ordenó el traslado delante de los guardias —comenzó Nashira—. Quería sacarme de la propiedad antes de que ustedes pudieran entrar otra vez.

Miró a Ambarine.

—Dijo que yo era colaboradora de la princesa y que debían entregarme en Lerna. Nombró a Tarel Voss. Supervisor de traslados.

Cael retiró la tela del mapa solo lo suficiente para descubrir sus notas.

—Silas nos dio el mismo nombre —respondió Ambarine—. Dijo que lo reconoceríamos por un brazal con un sol dividido por una línea negra.

—No vi al hombre ni el brazal. Solo escuché el nombre.

Nashira observó el libro envuelto que Cael había dejado en un extremo de la sala.

—¿Está ahí?

—Hemos encontrado otros traslados, pero el tuyo todavía no —explicó Cael—. Y ambas escucharon el nombre de boca de Silas. No voy a dar a Voss por confirmado.

—No te pedí que lo afirmaras. Te pregunté si estaba en el registro.

Cael comprobó sus notas.

—No está en las páginas que revisamos.

La cola de Tirka rozó la bota de Nashira.

—Entonces guardamos el nombre —dijo Tirka—. Ya tendremos dónde buscarlo.

El sanador rodeó una muñeca con una venda limpia.

—¿Cómo te liberaste?

Nashira miró sus manos.

—Haciendo que creyeran que estaba más ajustada de lo que realmente estaba.

Antes de atarla, había cruzado las muñecas, separado los pulgares y tensado las manos y los antebrazos. Los guardias tiraron de la cuerda hasta verla hundirse en la piel. Ninguno comprobó la atadura después de meterla en el transporte.

El carro era ligero. Dos guardias viajaban delante y un tercero los había acompañado a caballo hasta el primer cruce. Nashira esperó a que el jinete se separara. Después dejó que los brazos se relajaran y empezó a girar la muñeca derecha dentro del lazo.

No consiguió liberarla en los primeros intentos. La holgura era pequeña y la cuerda se cerraba cada vez que el camino obligaba al carro a sacudirse. Tuvo que doblar el pulgar contra la palma y empujar la mano mientras la piel quedaba atrapada bajo las fibras. Cuando los dedos dejaron de responder, esperó y los movió uno por uno hasta recuperar algo de sensibilidad. Entonces volvió a intentarlo.

Mientras contaba aquella parte, Nashira mantuvo la mirada en las vendas.

—Al menos no usaron grilletes —dijo—. Si uno de ellos se hubiera sentado atrás conmigo, tampoco. Incluso una cuerda distinta habría bastado.

—Aun así te dejaste alcanzar... —dijo Brenor.

—Me dejé ver. Ellos hicieron el resto.

—Sabías que te seguirían.

Nashira levantó la mirada.

—Sí, así dejarían de buscar la elevación desde donde tú cubrías a Tirka.

El sanador le indicó que no moviera el hombro. Nashira lo hizo de todos modos para señalar la altura del cierre trasero. Había desplazado el pasador poco a poco, aprovechando los golpes de las ruedas contra un descenso pedregoso. Cuando la curva obligó al conductor a reducir la velocidad, empujó la puerta y saltó hacia el lado cubierto de vegetación.

El impacto había abierto la tela sobre su hombro. Rodó hasta chocar contra una raíz y permaneció boca abajo mientras el carro se detenía.

—¿Y no te vieron? —preguntó Ambarine.

—Me vieron caer. También vieron sangre en las hojas.

—Entonces supieron hacia dónde fuiste.

—Supieron hacia dónde quería que miraran.

Nashira avanzó primero por tierra blanda, arrastró una rama detrás de ella y dejó marcas suficientes para que los guardias no perdieran el rastro. Cuando alcanzó la base de una ladera, trepó por un sector de piedra, retrocedió algunos pasos sobre la misma superficie y entró en un cauce seco que recorría una ruta paralela.

—No peleé —añadió—. No tenía capa, armas ni fuerza en las manos. Si uno me alcanzaba, los otros también.

—¿Y tu capa?

—Se quedó en el carro. Me cubrieron la cabeza con ella.

Tirka apoyó una mano sobre la manga intacta.

—Pensé que te llevarían más lejos.

—Yo también, cuando la cuerda no cedió.

El sanador terminó de inmovilizarle el hombro. Nashira dejó escapar el aire que había contenido y apoyó ambas manos vendadas sobre las piernas.

Brenor seguía frente a ella.

—Pude haber disparado.

Nashira cerró los ojos por un instante.

—Ya empezamos.

—Los tenía dentro de alcance.

—Veías dos de cada uno.

—Podía elegir el del centro.

—Yo también estaba en el centro.

Brenor bajó la mirada y sus orejas se inclinaron hacia los lados. Nashira intentó levantarse, pero el sanador le apoyó una mano en el brazo sano y la obligó a permanecer sentada.

—No disparaste sin saber dónde terminaría la flecha —dijo—. Eso no es abandonarme.

—No fui detrás.

—Y por eso pudiste decirles dónde estaban Tirka, Erina e Iris. Si te hubieras movido, los guardias habrían encontrado tu posición y la ruta que debíamos proteger.

Brenor apretó la mandíbula.

—Aun así... Regresaste herida.

—Sí. Creí que podría soltarme durante el traslado. Si Silas me hubiera encerrado allí... —Nashira miró sus manos—. Me arriesgué, Brenor. Y si salía mal, ustedes tendrían que ver cómo sacarme, si podían. No tenías que arreglarlo tú solo.

Brenor bajó la vista hacia la flecha sin punta que todavía sostenía, con el pulgar quieto sobre las plumas.

—Lo siento.

Nashira extendió la mano vendada hacia él. No pudo cerrar los dedos, de modo que apoyó el dorso contra su muñeca.

—La próxima vez que necesite una flecha disparada con visión doble, te avisaré.

Brenor soltó una respiración breve. No llegó a ser una risa, pero sus orejas recuperaron algo de altura.

Ambarine se acercó a la mesa.

—No enviaremos a los observadores a Lerna esta noche.

Cael asintió, aunque ya había empezado a corregir el mapa. Nashira miró el libro otra vez.

—Todavía quedan nombres en ese libro.

—Los seguiremos cuando las personas que trajimos tengan dónde dormir y cuando podamos hacerlo sin perder a otra.

La exploradora apoyó la espalda contra la pared. El cansancio le aflojó por fin el rostro.

—Entonces encuéntrenme una cama cerca de una salida.

Tirka se puso de pie.

—Conozco una.

La condujo hacia el espacio que las liberadas habían elegido. Antes de salir, Nashira se volvió hacia Brenor.

—Descansa los ojos.

Cael guardó sus notas junto al registro. Los dos observadores quedaron disponibles para la siguiente vigilancia y Ambarine retiró del mapa la línea que los enviaba a interceptar el transporte. Aura observó aquel espacio vacío. Habían vuelto todos los que salieron a buscar a los Fuegel, pero seguía con los hombros tensos.


Mauro abrió los ojos mientras Erina cambiaba la tela húmeda sobre su frente. El movimiento fue tan pequeño que Iris creyó primero que solo había cambiado su respiración. Después él intentó girar la cabeza y una punzada le tensó la boca.

—No te muevas —dijo Erina.

Mauro dejó caer otra vez la cabeza sobre el soporte. Sus ojos recorrieron el techo de tela, la luz naranja que entraba por la abertura y los rostros que se habían reunido alrededor, hasta detenerse en Erina.

—Estás...

La palabra se perdió bajo una respiración corta y Erina le sostuvo la mano.

—Estoy aquí.

Iris se acercó hasta que su padre pudo verla sin girarse. Peryna apareció junto a ella con un cuenco de agua que llevaba entre ambas manos. Había insistido en ayudar y caminaba con tanta atención que el líquido apenas temblaba. Micah continuaba junto a la entrada, mirando el sendero cada vez que alguien pasaba.

Mauro los reconoció uno por uno, demasiado débil para preguntar cómo habían regresado.

—Todos —murmuró.

—Todos —repitió Erina.

Peryna dejó el cuenco y tomó dos dedos de su padre mientras Iris acomodaba las vendas limpias al alcance de su madre. Erina había observado al sanador cambiar el vendaje anterior y seguía sus indicaciones. Limpiaba alrededor de la herida, comprobaba el calor de la piel y se detenía cada vez que su esposo respiraba con dificultad.

Aura los observaba desde fuera. Había llegado con la intención de preguntar por Mauro, pero al verlos reunidos prefirió esperar junto a la abertura. Apoyó la mano sobre la correa del bolso y sintió contra la tela el tallo protegido de la flor.

Micah se tensó al descubrirla. Incluso después de reconocerla, sus ojos buscaron detrás de ella.

—Solo vine a ver cómo estaba.

Micah miró a Mauro.

—Despertó hace poco.

—Puedo regresar después.

—Aura —la llamó Erina al oír su voz—. Ven. No te quedes ahí.

Desde donde estaba, Aura apenas podía ver a Mauro. Iris y Peryna ocupaban un lado; las vendas, el agua y Erina, el otro. Erina retiró una manta doblada de junto a su rodilla y Aura entró para sentarse en el espacio libre. Al hacerlo, la amalgamita presionó sus costillas y tuvo que acomodar la capa.

—¿Te atendieron?

—Sí. La gema está más fisurada, pero... si no uso magia, puedo esperar a que Aaron la revise.

Erina le apartó del rostro un mechón pegado por el sudor.

—Te pregunté por ti, no por la gema.

—Me revisaron.

Mauro intentó hablar. Erina se inclinó para escucharlo.

—Gracias —dijo Mauro con voz áspera.

Aura negó antes de poder detenerse.

—No... Yo...

Había imaginado muchas veces que alguno de ellos se lo diría. Durante el rescate creyó que podría aceptarlo si conseguía devolverlos. Frente a Mauro, inmóvil y con el abdomen vendado, el agradecimiento se volvió insoportable.

—No tienes que agradecerme.

Mauro frunció el ceño, confundido por el esfuerzo que había en su voz.

Aura tomó aire. El olor de las hierbas medicinales se mezclaba con la humedad del pastizal y con el polvo que la familia aún llevaba en la ropa. Peryna se había sentado junto al cuenco. Miraba a Aura con la misma atención con la que antes había vigilado el agua.

—Silas regresó por mí —dijo Aura—. Yo utilicé el rostro de Ambarine para asustarlo. Lo ataqué delante de sus hombres y me fui creyendo que había terminado. Después encontró una forma de acusarlos porque me ayudaron. Cuando volví a la granja, ya no estaban. La casa estaba quemada. Mauro estaba herido y... y yo solo encontraba cosas que habían ocurrido antes de que llegara.

Sus dedos buscaron la correa del bolso.

—En la fortaleza creí que íbamos a llegar tarde. En la propiedad también...

La voz empezó a quebrarse y Aura apretó los labios. Le molestaba no poder terminar de hablar.

—Tengo miedo de que vuelva a pasar. Tengo miedo de acercarme a alguien y darle a Isaliria o a Silas otra persona a quien hacer daño. Yo quería ayudarlos y... su casa...

—Nuestra casa ya estaba en peligro antes de que llegaras —dijo Erina—. Mírame.

Le tomó las manos con los dedos todavía fríos por el agua de las vendas. Aura levantó los ojos.

—Ninguno de nosotros te culpa.

—Pero volvió por mí.

—Te usó como excusa. No es lo mismo.

Erina le apretó las manos antes de que Aura pudiera retirarlas.

—Antes de conocerte ya había robado nuestras escrituras y hecho desaparecer el contrato que prometió devolvernos. Venía a llevarse la cosecha cuando quería. Intentó ponerme una mano encima y, cuando Mauro lo apartó, amenazó con llevarse a Iris. —La voz de Erina se endureció—. Silas llevaba tiempo buscando cómo quedarse con la tierra y con nosotros. Habría encontrado otra excusa, Aura.

Iris dejó las vendas. Peryna se había inclinado demasiado sobre el cuenco y ella la atrajo con suavidad hasta sentarla entre sus piernas.

—En la propiedad también cambiaba lo que decía —murmuró Iris—. Primero era la deuda. Después, que escondíamos a Ambarine. Luego decía que mamá y yo le pertenecíamos porque papá lo había atacado.

Sus dedos ordenaron el cabello de Peryna mientras hablaba. Cuando llegó a la última frase, perdieron el ritmo.

—Ya había dicho que podía llevarme antes de que tú aparecieras. No quiero que pienses que todo empezó contigo.

Peryna alzó el rostro hacia ella.

—Yo me acuerdo. Papá estaba muy enojado después de que Silas vino.

—Tú debías estar dormida —dijo Iris.

—No podía. Ustedes hablaban muy fuerte.

Iris la abrazó por los hombros. Peryna se acomodó contra ella, pero continuó mirando a Aura.

—Cuando nos encerraron pensé que ibas a volver.

Aura se cubrió el rostro y rompió a llorar antes de poder responder. Le faltaba aire y trató de disculparse entre palabras incompletas. Erina la acercó hasta que apoyó la frente contra su hombro.

—Mamá, falta algo —dijo Micah desde la entrada.

El joven miró el sendero exterior antes de obligarse a entrar. Se sentó cerca de Iris, sin abandonar por completo la abertura.

—La idea fue mía.

Aura se separó de Erina.

—Yo acepté.

—Porque te lo pedí. Vi que te parecías a Ambarine y pensé que podíamos asustar a Silas. Te dije que tu apariencia bastaría y que no tendrías que herir a nadie. Ni siquiera se lo pregunté a ellos.

Señaló a sus padres sin conseguir mantener la vista en Aura.

—También le preguntaste si quería ayudarnos —dijo Iris.

—Cuando apenas nos conocía. —Micah apretó las rodillas—. No pensé en lo que Silas haría después.

—Ninguno de nosotros lo pensó —dijo Erina.

—Yo debía hacerlo. Quiero ser caballero algún día.

Erina esperó hasta que su hijo levantó los ojos.

—Entonces piensa mejor la próxima vez. Pero dejen de decir que fue culpa de ustedes. Fue Silas quien nos hizo esto.

Micah asintió con la mirada baja.

—Todavía conoce nuestros nombres. Quizá también haya hablado de nosotros con otros guardias. No deberíamos volver a la granja ni salir del refugio por separado hasta saberlo.

—Ni dejar que Peryna se aleje sola —dijo Iris.

Micah la miró.

—Eso iba a decir.

—Llevabas un rato sin decirlo.

Peryna asintió con una seriedad prestada. Micah desvió la vista hacia la entrada.

—Silas sigue suelto —dijo—. Eso me preocupa. Pero quiero que te quedes con nosotros, Aura.

—No quiero que vuelvan a encontrarlos por estar cerca de mí.

—Entonces tendremos cuidado —respondió Iris—. Como familia.

Peryna escapó de sus brazos y rodeó a Aura por la cintura.

—Y tú también.

Los ojos de Mauro empezaban a cerrarse, pero movió los dedos dentro de la mano de Erina.

—Volviste —murmuró.


Peryna tocó el bolso de Aura.

—¿Guardaste la flor?

Aura asintió. La extrajo con cuidado y retiró la tela que protegía el tallo. Los pétalos continuaban doblados. Uno había perdido un poco de color cerca del borde.

—No se rompió más —dijo Peryna.

—La cuidé.

Erina apretó suavemente el hombro de Aura. Ella quiso darle las gracias, pero el cansancio del rescate le pesó de golpe en los brazos y la espalda. Antes de conseguir hablar, su cabeza cayó contra el hombro de Erina y la flor se inclinó entre sus dedos.

—Mamá —susurró Peryna—. Aura cerró los ojos.

Erina sostuvo la flor antes de que resbalara.

—Déjala, cariño. Debe estar cansada.

La voz se fue alejando. Con los ojos cerrados, Aura aún veía la luz del ocaso a través del pétalo, pero el naranja se volvió dorado y dejó de sentir la tela del refugio bajo las piernas. El olor amargo de las hierbas medicinales cambió por una fragancia suave, flores secas guardadas en una habitación tibia y algo verde que no sabía nombrar.

Una mariposa de luz pasó frente a sus ojos. Aura estaba sentada sobre un cojín, con las piernas cruzadas, en una habitación pequeña cuyos límites se perdían en la luz. Frente a ella, una mujer movía las manos despacio.

De sus palmas nacían hilos dorados que formaban figuras fugaces: una flor abriéndose, un ave diminuta, estrellas que giraban sin caer. La mariposa regresó y se posó sobre la punta de su nariz.

La niña rió al sentir el calor suave de la luz. Cuando intentó atraparla, la figura se deshizo entre sus dedos y volvió a formarse junto al rostro de la mujer. Quiso verle los ojos, la sonrisa, pero el resplandor deshacía sus rasgos cada vez que lo intentaba. Aun así, sabía quién estaba frente a ella.

—Mamá —dijo.

Su madre dejó las figuras suspendidas, le sostuvo el rostro entre las manos y después la envolvió entre sus brazos. La niña apoyó la mejilla contra su pecho mientras unos dedos conocidos recorrían su cabello. Se sentía segura, sabía que su madre la quería. La mariposa se deshizo sobre ambas en puntos de luz.

El abrazo se hizo demasiado fuerte. Su madre se apartó para tocarle las mejillas, como si necesitara comprobar que seguía allí. Bajo aquel cariño, la niña sintió una tristeza que no comprendía y quiso preguntar qué ocurría, pero su madre la estrechó otra vez. La niña se quedó entre sus brazos mientras la habitación se desvanecía y el sueño se hacía más profundo.


Ambarine había escuchado desde fuera. Llegó a la habitación cuando Aura decía que Silas había regresado por ella y se detuvo junto a la entrada. A través de la tela oyó hablar de la casa quemada, de Mauro y del miedo a que volviera a ocurrir. Quiso entrar, pero Erina empezó a responder y Ambarine se quedó escuchando.

Cuando Micah reconoció que el plan había sido suyo, seguía allí. Le incomodaba oírlos sin que lo supieran, aunque tampoco quería interrumpirlos. Silas los había acusado de ayudarla a ella. ¿Hablarían con la misma libertad si la veían entrar?

Ambarine retrocedió. Conocía demasiado bien el miedo del que hablaba Aura. Muchas personas del refugio estaban perseguidas por haberla ayudado y ella se sentía responsable de lo que les pasara. Siempre encontraba algo más que debía hacer por ellas, aunque estuviera agotada. Volvió a la sala de mapas sin saber qué habría podido decirle.

Durante las horas siguientes reorganizó los accesos al refugio, aprobó tres hogares temporales y rechazó dos porque dependían de caminos observados desde la fortaleza. Cael continuó revisando el registro y la hoja obtenida en la prisión provisional.

Nashira recuperó movimiento en dos dedos antes de quedarse dormida cerca de la salida. Brenor obedeció al fin la orden de descansar la vista. Mauro no volvió a despertar, aunque el sanador confirmó que su respiración permanecía estable.

La luz anaranjada continuó suspendida sobre las hierbas mientras, afuera, la noche terminó, llegó la mañana y empezó a avanzar otra tarde. Quienes vigilaban la entrada anotaban el paso de las horas para que el vórtice no les hiciera olvidar cuánto tiempo había transcurrido.

Aura siguió dormida. Ambarine pasó dos veces frente al lugar donde descansaba. La primera comprobó que el sanador continuara cerca y la segunda encontró a Peryna dormida junto a la manta, con una mano cerrada alrededor de la tela de su propia bolsa.

Cuando Cael le informó que había pasado un día, Ambarine regresó. Aura empezaba a moverse y abrió los ojos bajo la misma luz con la que se habían cerrado. Durante unos segundos miró el refugio como si nada hubiera cambiado, hasta que vio las camas nuevas, las rutas marcadas con otras telas y el recipiente limpio que alguien había dejado junto a ella. Ambarine esperó a que bebiera.

—Dormí demasiado —dijo Aura.

—Estabas cansada después de forzar tu magia, supongo.

Aura frunció el ceño.

—Eso sonó como algo que diría Ereel.

—Pues fue maestro de ambas.

Aura sonrió apenas, todavía cansada. Ambarine se sentó cerca para que pudiera hablarle sin incorporarse del todo. Había pasado horas pensando cómo mencionar la conversación de los Fuegel.

—Te escuché ayer —dijo.

La sonrisa desapareció.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

—Entonces oíste a Micah.

—Sí.

Aura miró hacia la entrada, donde el joven ayudaba a mover un soporte sin alejarse demasiado de su padre.

—No quería que creyera que todo había sido culpa suya.

—Él tampoco quería que te culparas.

Aura volvió hacia ella.

—Pero no entraste.

—Pensé que los incomodaría. Estaban hablando de lo que les pasó por ayudarte, por creer que eras yo...

Ambarine pasó el pulgar por una marca de tinta seca en su mano.

—Cuando dijiste que tenías miedo de acercarte a alguien... A mí también me pasa.

Aura bajó la mirada.

—Silas me vio a mí.

—Creyó verme a mí. —Ambarine apoyó los brazos sobre las rodillas—. Llevo años pensando en lo que les pasa a quienes me ayudan. Quiero hacerme cargo, pero a veces... no sé hasta dónde puedo.

Aura permaneció en silencio.

—Erina tiene razón sobre Silas —dijo al fin—. Ya les hacía daño antes de que llegaras.

Aura asintió despacio y después llevó una mano al bolso.

—Recordé a mi madre.

Ambarine esperó.

—Estábamos en una habitación con luz dorada. Ella hacía figuras con magia. Una mariposa, flores... No recuerdo dónde era. No podía verle el rostro.

—¿Cómo supiste que era ella?

—No lo sé...

Aura apretó la tela del bolso.

—Solo lo sabía. Me abrazó y sentí que me quería. Era mi madre, aunque no pudiera verle la cara... No sé explicarlo. También estaba triste, pero no sé por qué.

—Cuando puedas mantenerte de pie, anota lo que recuerdas. Solo lo que viste y sentiste.

Aura la observó con una expresión extraña.

—Eso también sonó como Ereel.

Ambarine dejó escapar el aire por la nariz.

—Empiezo a lamentar no haber vuelto a verlo.

El nombre cambió el rostro de Aura.

—Ereel.

Se incorporó con demasiada rapidez y tuvo que apoyar una mano en el suelo.

—Eso era lo que necesitaba decirte.


Aura esperó a que el mareo desapareciera. Cuando pudo caminar, Ambarine la condujo hasta la sala del mapa y apartó una de las telas para que se sentara. Cael estaba revisando el registro al otro extremo. Al verlas entrar, reunió sus notas y se retiró.

El tallo de la flor rozaba el interior del bolso mientras Aura se acomodaba. Había querido contarle lo de Ereel desde su primer encuentro, pero lo había ido dejando entre los preparativos y el rescate. Ahora, frente a Ambarine, le costaba empezar.

—Ereel fue tu instructor —comenzó.

Ambarine dejó de mover el mapa.

—Lo fue.

—Me habló de ti. Dijo que eras curiosa, decidida y que intentabas cargar sola con todo.

—Esa parte pudo omitirla.

Aura contuvo una sonrisa.

—También me contó lo que ocurrió cuando murió Emeter.

Ambarine apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Qué te contó exactamente?

Aura repasó las palabras de Ereel, procurando no confundirlas con lo que le había contado Syrit en la capital.

—Que lo llamaron al palacio el mismo día. El cuerpo de tu padre todavía estaba en la sala del trono. Ereel encontró una huella mágica y la reconoció.

Ambarine no parpadeó.

—¿En la sala?

—En el cuerpo.

Los dedos de Ambarine se cerraron sobre el borde de la mesa y Aura continuó antes de perder valor.

—Dijo que reconoció una sintonía que había percibido al entrenarte. Entonces creyó que era tuya.

La princesa apartó una mano del borde y se quedó mirando su palma.

—Yo ataqué a Isaliria junto a él —dijo—. Utilicé fuego. Los guardias levantaron barreras y parte de la descarga regresó hacia la sala.

—Ereel no me explicó qué forma tenía la huella.

—¿Dijo que mi magia lo mató?

—No —respondió Aura enseguida—. Pidió tiempo para estudiar la escena... y no se lo concedieron. Isaliria utilizó las acusaciones que ya existían contra él y lo expulsó al día siguiente por complicidad.

Aura recordó la taza inmóvil entre las manos del maestro.

—Se sintió culpable por haber creído que era tuya antes de estudiarla bien. Pensaba que te había fallado.

Ambarine se apartó de la mesa y caminó hasta la entrada de la sala antes de regresar. Los soldados la habían visto utilizar magia frente al cuerpo de su padre y atacar a Isaliria. Durante años creyó que eso les había bastado para acusarla, pero Ereel había encontrado un rastro que ni siquiera había podido estudiar.

—Cuando los soldados revisaron a mi padre, dijeron que el rastro era mío —dijo—. Después hablaron de veneno.

—Lo siento. Debí preguntarle más.

—No te disculpes, no podías saber qué iba a necesitar.

Ambarine extendió el mapa hasta descubrir la capital. El complejo imperial ocupaba una zona elevada cerca del río, marcado mediante varios patios y una torre interior. Su atención descendió desde la sala del trono hasta una dependencia que el dibujo de Cael no mostraba.

Cuando murió su abuelo, el cuerpo permaneció en la cámara funeraria hasta que Emeter fue reconocido formalmente como emperador. Solo entonces se celebró la cremación mediante el fuego ritual de la familia. Emeter no había tenido un sucesor reconocido. Isaliria tomó el gobierno, pero nunca ocupó su lugar dentro de aquella ceremonia.

Ambarine apoyó un dedo sobre el espacio vacío debajo del templo.

—Mi padre podría seguir dentro del palacio.

Aura miró el punto sin marca. La pregunta apareció en su rostro, pero Ambarine vio también el cansancio con que sostenía los hombros y la forma en que protegía la amalgamita fisurada cada vez que respiraba.

—Descansa —dijo Ambarine—. Ya me entregaste lo que recordaba Ereel.

—Pero...

—Mañana hablaremos.

Aura no pareció conforme. Miró otra vez el mapa y después se levantó con cuidado. Antes de salir sostuvo la tela de la entrada.

—Si necesitas preguntarme algo sobre él, estaré con los Fuegel.

Ambarine asintió.

La tela volvió a caer. Ambarine permaneció frente al mapa, con el dedo apoyado sobre el espacio vacío debajo del templo.

Folio 11·5181 palabras

Resonancia atmosférica

26,88Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

5,19kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

635,62 Lux

La luz que permanece

Explorar todos los capítulos