Sentoria · Rencor
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CapítulosSENTORIA · 07

Capítulo 07·Daliana·Limessia

Rencor

Folio 07·42 min de lectura

La última mañana de Aura en el vórtice comenzó con el sonido de Ereel moviendo frascos en la planta baja.

Durante diez meses, aquel ruido había marcado el principio de casi todos sus días: vidrio contra madera, el roce de hojas secas, algún murmullo de disgusto cuando una raíz crecía dentro del recipiente equivocado. Esa vez lo escuchó desde la habitación con el bolso abierto sobre la cama y comprendió que no volvería a despertar allí al día siguiente.

Guardó dos mudas de ropa, vendas, un frasco de ungüento y varios paquetes de hierbas que ella misma había secado. Añadió sus notas, la esfera que Témpora había dejado en sus manos y una piedra oscura recogida junto a la cascada de arena. No sabía si la piedra poseía alguna propiedad especial. La conservaba porque su superficie atrapaba los destellos azules del vórtice y le recordaba las noches en que había estudiado junto a Ereel hasta quedarse dormida sobre los libros.

Cuando bajó, su maestro servía una infusión en dos tazas.

—Creí que intentarías llevarte la mitad de mi biblioteca —dijo sin mirarla.

—Lo pensé.

—Por eso conté los libros.

Aura dejó el bolso junto a la mesa. Sobre una silla encontró la ropa que Ereel había preparado para ella: una camisa blanca de tela resistente, botas de viaje y una capa corta de color azul oscuro. El cierre era una pieza de madera pulida, tallada con la forma de una hoja.

—Tu túnica sobrevivió diez meses por pura obstinación —dijo Ereel—. No pienso permitir que la gente crea que así visto a mis estudiantes.

Aura pasó los dedos por el cierre.

—Gracias, maestro.

La palabra había empezado a resultarle natural mucho antes de que se atreviera a usarla frente a él. Ereel fingió concentrarse en su taza, pero una sonrisa breve suavizó las arrugas junto a sus ojos.

Después del desayuno extendió sobre la mesa el mapa de Limessia. Aura reconoció Daliana entre la cordillera, el desierto de Tendalém hacia el norte y, más allá de las montañas orientales, una ciudad dibujada alrededor de una torre.

—Lamithria —dijo Ereel, señalándola—. Si algún día quieres estudiar cuanto se ha escrito sobre la Lay Len, allí encontrarás la biblioteca mágica más extensa que conozco. También encontrarás estudiosos convencidos de que una biblioteca grande vuelve correcta cualquier conclusión escrita dentro de ella.

—No parece una recomendación muy entusiasta.

—Lo es. Solo intento impedir que confundas conocimiento con certeza.

Aura recorrió el mapa con la mirada. Había pasado meses encerrada en un mundo que habría necesitado años para explorar y, aun así, la superficie dibujada frente a ella le pareció mucho mayor. Una parte de su ser quería dirigirse de inmediato hacia Lamithria, conocer sus torres, leer sus libros y descubrir otras formas de usar la magia. Otra recordó la dirección hallada entre las pertenencias de Flerus, el nombre de Althea y las preguntas que la muerte de Emeter había dejado alrededor de Ambarine.

—Iré algún día —dijo.

—Esa es una respuesta más sensata que intentar llegar mañana.

Ereel enrolló el mapa y sacó de un armario un estuche de madera envuelto en tela lavanda. Lo sostuvo con ambas manos antes de entregárselo.

—Esto es para Aaron. Contiene un filtro cultivado con las plantas del vórtice y un fragmento mineral que me dejó hace años. Él sabrá cómo terminar el trabajo.

Aura recibió el estuche. Era más ligero de lo que esperaba y despedía el aroma tenue del Lirio Vacío.

—¿Es peligroso?

—No mientras no lo abras, no lo golpees y no decidas comprobar si flota en un río.

—Entonces sí es peligroso.

—Solo para alguien excesivamente curioso.

Aura lo guardó entre la ropa para protegerlo. Cuando volvió a levantar la vista, Ereel ya había recogido las tazas y ordenaba instrumentos que no necesitaban ser ordenados.

La despedida había llegado.

Diez meses para ella. Menos de un día para Syrit, Aaron y la familia Fuegel. Aura intentó imaginar cómo explicaría aquella distancia. Ellos apenas habrían tenido tiempo de preguntarse dónde estaba, mientras Ereel ya pertenecía a una parte extensa de su vida: las mañanas de práctica, las discusiones sobre botánica, las ilusiones, los errores y las noches bajo una raíz que cruzaba el cielo.

—Se siente extraño —dijo—. Afuera casi no pasó tiempo. Para mí...

—Para ti pasó —completó Ereel.

Aura asintió.

—Cada vez que conozco a alguien, termino alejándome. Y ahora... para ellos apenas pasó tiempo, pero yo viví diez meses aquí. Me preocupa volver algún día y descubrir que tardé demasiado.

Ereel apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.

—No puedo prometerte que el tiempo será amable, Aura. Si quieres conservar un vínculo, tendrás que volver, recordar y cuidar lo que encontraste. La distancia no lo hará por ti.

Aura bajó la mirada hacia el bolso.

—Espero volver a verlo, maestro.

—Entonces procura no entrar en todos los vórtices que encuentres antes de hacerlo.

Aura sonrió. Ereel extendió los brazos con cierta torpeza y ella acortó la distancia. El abrazo fue breve, impregnado por el olor de las hierbas, la madera y la arena azul que parecía haberse instalado para siempre en su manto.

—Que Thermus ilumine el camino que elijas —murmuró Ereel—. Y recuerda: reconocer lo que sientes no significa obedecerlo.

Aura se apartó sin responder enseguida. Guardó la frase junto a todo lo demás que se llevaba de aquel lugar.

Después cruzó el portal.


La luz del exterior la obligó a cubrirse los ojos.

El aire del bosque era liviano, casi demasiado fácil de respirar después de la presión constante del vórtice. El viento agitó su cabello y llevó hasta ella el olor de la tierra húmeda, las hojas y una tarde que apenas había avanzado desde su partida.

El hada revoloteó alrededor del punto de contacto. Al reconocerla, trazó dos círculos luminosos sobre su cabeza y se acercó a inspeccionar el broche de su capa.

—También me alegra verte —dijo Aura.

El descenso desde la copa habría requerido la cuerda con la que Aaron la ayudó a subir. Aura se aproximó al borde, calculó la distancia hasta una rama inferior y dejó entrar una corriente pequeña de Lay Len. La sintió primero en las plantas de los pies, limitó la cantidad y saltó.

El hada se precipitó detrás de ella con un chillido alarmado. Después de caer varios metros, Aura liberó el pulso: una ondulación transparente se extendió bajo sus botas, sostuvo su peso durante un instante y redujo la velocidad. Tocó una rama, volvió a impulsarse y repitió el procedimiento hasta llegar al suelo.

La última descarga la hizo aterrizar con una rodilla apoyada sobre la hierba. El impulso la inclinó hacia delante, pero la corriente se apagó cuando ella quiso.

Alzó la vista. El hada permanecía en el borde de la copa, con las manos diminutas apoyadas sobre la cabeza.

—Ereel reaccionaba igual las primeras veces.

La criatura agitó los brazos como si aquello confirmara que Ereel tenía razón.

Aura se despidió y emprendió el camino hacia Daliana.

Recordaba el sendero por el mapa y por el recorrido realizado junto a Aaron. Durante un tiempo se dejó acompañar por los sonidos del bosque. A cada paso descubría algo que había olvidado echar de menos: el calor directo del sol, insectos escondidos entre la hierba, ramas movidas por un viento real y no por corrientes de energía.

Al rodear dos colinas bajas encontró las huellas.

Varias ruedas habían abandonado el sendero y atravesado el barro de manera irregular. Entre ellas se marcaban pisadas de caballos y surcos estrechos, como si algo pesado hubiera sido arrastrado. Aura redujo el paso.

Más adelante apareció una carreta volcada.

Una rueda se había desprendido. La carga estaba abierta y había cajas rotas entre los arbustos, pero todavía quedaban telas y herramientas de valor. Quienes atacaron no habían tenido tiempo de llevárselo todo.

Aura sintió el silencio antes de ver el cuerpo.

Era un hombre vestido con el mismo color oscuro que cubría el asiento de la carreta. Yacía de lado, con tierra en el rostro y una herida profunda bajo el pecho. Aura se arrodilló a cierta distancia. No respiraba. La sangre alrededor de su ropa ya había empezado a secarse.

Entonces otra imagen se superpuso al bosque: un peso contra sus rodillas, sangre caliente entre sus dedos, un rostro que no conseguía distinguir y una voz quebrada pronunciando algo que el dolor borraba antes de llegar a ella.

Aura se llevó una mano a la sien. La punzada atravesó su cabeza y descendió hasta el pecho. Durante un instante no supo si estaba junto a la carreta o inclinada sobre aquella persona imposible de recordar.

Parpadeó, y el bosque regresó.

—¿Quién eras? —susurró.

No obtuvo respuesta.

Se obligó a observar el terreno. Había huellas recientes que se alejaban hacia el este, ramas quebradas y gotas de sangre demasiado separadas para pertenecer al hombre muerto. Un trozo de lona mostraba el mismo emblema que aún colgaba de la carreta: tres líneas doradas sobre un círculo verde.

Gritos lejanos cortaron la quietud.

Aura se puso de pie y corrió.


Encontró el segundo carruaje en una hondonada del camino.

Seis hombres armados lo rodeaban. Sus ropas no formaban un uniforme, pero varios llevaban pañuelos del mismo color gris y brazales de cuero marcados con cortes semejantes. Dos revisaban la carga. Otros mantenían junto al carruaje a una mujer, un hombre y dos niños.

Aura se ocultó detrás de un tronco caído.

El hombre parecía ser el dueño de la caravana. Tenía una herida en la frente y sostenía una bolsa de monedas con manos temblorosas. La mujer rodeaba al niño menor con ambos brazos. El mayor, quizá de catorce años, miraba hacia los árboles como si todavía esperara que alguien acudiera.

Uno de los bandidos sujetó al pequeño por la ropa y lo arrancó de los brazos de su madre.

—¡Ya les dimos todo! —gritó ella.

—Entonces dinos dónde escondieron el resto.

Aura contó las distancias: dos junto a la carga, uno detrás del carruaje, el que sostenía al niño, otro frente al mercader y el último vigilando el camino con una ballesta.

No podía derribarlos con una sola descarga sin alcanzar a la familia. Tampoco podía acercarse lo suficiente para protegerse si descubrían su posición.

El ballestero era el primer peligro. Aura reunió una esfera pequeña entre los dedos, comprobó el curso de la energía y esperó a que el hombre apartara el arma de los rehenes. El pulso golpeó la ballesta; la madera se quebró y el arma salió despedida hacia el barro.

Antes de que los demás comprendieran lo ocurrido, Aura dirigió un segundo rayo a los pies del hombre que sujetaba al niño. La tierra estalló frente a él. Retrocedió por instinto y aflojó la mano.

—¡Corre hacia tu madre! —gritó Aura al salir de los árboles.

El pequeño obedeció y corrió hacia su madre. Uno de los hombres gritó:

—¡Es una maga!

Dos bandidos corrieron hacia ella. Aura levantó una barrera. La primera espada chocó contra una superficie azulada y la hizo vibrar desde las manos hasta los hombros. El segundo atacante intentó rodearla.

Aura no alimentó el escudo. Lo deshizo antes de que la presión roja pudiera adherirse a él, giró y liberó un pulso bajo contra las piernas de ambos. Uno perdió la espada al caer; el otro rodó por la pendiente y quedó aturdido entre las raíces.

El bandido que había soltado al niño arrojó un cuchillo.

Aura apenas alcanzó a formar otra barrera. La hoja quedó suspendida un instante en la luz y cayó a pocos pasos de sus botas. El esfuerzo le dejó un zumbido detrás de los ojos.

«Demasiado rápido.»

Tres defensas, dos ataques. Necesitaba cortar la corriente antes de que su cuerpo intentara sostenerla por sí solo.

Aura respiró. El rojo apareció como calor bajo el esternón, pero todavía podía sentir el miedo sin dejar que guiara sus manos.

—Miedo —dijo entre dientes—. Urgencia.

Interrumpió la entrada de Lay Len y la esfera que se formaba en su palma se apagó.

Uno de los atacantes aprovechó la pausa y corrió hacia el carruaje. No buscó huir. Rodeó al mercader por el cuello, apoyó una daga contra su abdomen y lo arrastró hacia atrás.

—¡Baja las manos! —gritó—. ¡O lo abro aquí mismo!

Aura se detuvo.

El resto de la familia permanecía al otro lado. La esposa intentó acercarse, pero otro bandido le cerró el paso. El hijo mayor había recogido una vara y no parecía saber si usarla.

—Déjalo ir —dijo Aura.

—Tú nos dejarás ir.

El hombre retrocedió hacia los árboles sin apartar la daga. Aura podía intentar alcanzar su brazo. También podía fallar y atravesar al rehén con su magia.

Un tercer bandido, todavía junto a la carga, levantó un arco y tensó la cuerda hacia el niño menor.

Aura tuvo que elegir.

Extendió una mano hacia el niño y levantó una barrera. La flecha rebotó contra ella.

El hombre que retenía al mercader aprovechó el instante. Hundió la daga en su costado y lo empujó hacia Aura antes de escapar entre los árboles.

El mercader cayó de rodillas y su esposa gritó.

Aura lanzó un pulso contra el arquero y lo golpeó en el pecho con la fuerza suficiente para arrancarle el aire, no para atravesarlo. Los dos hombres que aún podían moverse huyeron detrás del primero. Ella dio un paso para seguirlos, pero oyó al mercader intentar respirar.

Eligió quedarse.

—Ayúdenme a recostarlo —ordenó mientras corría hacia él—. Despacio. No toquen la daga.

La hoja seguía clavada bajo las costillas. El hombre estaba consciente, pero su piel perdía color con rapidez. Cada respiración era corta y temblorosa.

La imagen del cadáver volvió a rozar la mente de Aura.

Después apareció otra: el peso desconocido sobre sus rodillas, la sangre cubriéndole las manos.

No podía permitir que aquellas imágenes eligieran por ella.

—Míreme —le dijo al mercader—. ¿Puede respirar?

Él asintió con dificultad.

—¿Siente que se ahoga?

—No... Solo duele.

Aura revisó la posición de la hoja sin moverla. No podía saber qué había alcanzado en el interior. Ereel le había enseñado a estabilizar heridas durante sus lecciones de botánica y primeros auxilios; algo más antiguo, escondido en su cuerpo, le ofrecía nombres y formas que no conseguía retener. Órganos. Vasos. Riesgos que reconocía sin recordar cuándo los había estudiado.

No era suficiente para salvarlo allí.

Podía darle tiempo.

—Necesito tela limpia, dos ramas rectas y una tabla lo bastante ancha para cargarlo —dijo—. Usted mantenga las manos aquí, alrededor de la herida. No presione la daga.

La esposa obedeció. El hijo mayor corrió hacia la carga. Aura limpió la piel alrededor de la herida con agua y preparó vendas enrolladas a ambos lados de la hoja para impedir que se moviera. No aplicó el ungüento dentro del corte; utilizó una pequeña cantidad sobre la piel golpeada y dejó el frasco a un lado.

—Lo siento —murmuró mientras trabajaba—. Vi al arquero. Si hubiera sido más rápida...

El mercader apretó los dientes.

—Mi hijo está vivo.

—Usted también tiene que estarlo.

El hijo regresó con una tabla desprendida del primer carruaje. El emblema de las tres líneas doradas confirmó que ambos vehículos pertenecían a la misma caravana.

—El conductor —dijo el muchacho, mirando hacia el camino por donde Aura había llegado—. ¿Lo encontró?

Aura no respondió de inmediato. La expresión del joven cambió antes de que necesitara hacerlo.

—Lo siento.

El dolor pasó por su rostro, pero no se permitió detenerse. Juntos reforzaron la tabla con dos ramas. Aura explicó cómo girar al herido manteniendo alineado su cuerpo. Solo entonces utilizó magia: una corriente mínima alivió parte del peso mientras la familia deslizaba la superficie rígida debajo de él.

La presión detrás de sus ojos aumentó.

—Tenemos que llevarlo a la capital —dijo Aura—. El camino debe ser lento, pero no podemos detenernos. Si pierde el conocimiento, comprueben que sigue respirando. Si empieza a ahogarse o la sangre atraviesa todas las vendas, díganmelo.

La esposa subió junto al mercader. El hijo mayor tomó las riendas. Aura se sentó en el interior, frente al herido, con una mano preparada sobre el vendaje para impedir cualquier movimiento.

El carruaje avanzó.

Cada irregularidad del camino hacía temblar la tabla. Aura vigiló el pecho del hombre, contó sus respiraciones y trató de ignorar la punzada que regresaba con cada mancha de sangre.

«No ahora.»

La luz del exterior empezó a deformarse.

«Todavía no.»

La voz de la esposa se volvió lejana. El carruaje desapareció bajo una oscuridad tibia y profunda.


La luz del atardecer pintaba de naranja el techo de una habitación.

Aura estaba de pie frente a un espejo, aunque no había decidido acercarse a él. Su cuerpo era pequeño. El cabello carmesí caía sobre unos hombros infantiles y su rostro permanecía inmóvil, con los ojos apagados de alguien que miraba desde demasiado lejos.

No era la niña que Aura recordaba haber sido junto a Flerus.

Era mayor.

Una mujer se aproximó por detrás con una caja entre las manos. Aura reconoció su cabello, la suavidad de sus movimientos y la paciencia triste de su sonrisa.

Amila.

Su tía abrió la caja. Dentro había un broche formado por dos aves juntas, una cubriendo parcialmente a la otra con el ala.

—Lo miraste durante tanto tiempo la última vez que salimos —dijo Amila—. Pensé que quizá te gustaría tenerlo.

La joven Aura observó el regalo. Por dentro se agitaban la sorpresa, la gratitud y el deseo inmediato de tocar las alas metálicas. Sin embargo, el rostro reflejado en el espejo no cambió; las manos permanecieron a los costados y los labios no se abrieron.

«Dile que te gusta.»

«Díselo.»

Amila retiró el broche de la caja y apartó con cuidado el cabello carmesí.

—No tienes que decir nada, querida. Solo quiero que sepas que estoy aquí.

El cierre se unió detrás de su cuello. La joven Aura bajó la mirada hacia las dos aves. El deseo de agradecer seguía dentro, atrapado detrás de una pared que no sabía atravesar.

«Amila, me gusta.»

Ningún sonido salió de su boca.

Su tía la abrazó desde atrás. En el espejo, Amila cerró los ojos y apoyó la mejilla sobre su cabello.

—Siempre voy a quererte, incluso cuando no puedas responderme.

El dolor que atravesó a la Aura que observaba era más antiguo que ella, una presión acumulada durante años detrás de aquel rostro inmóvil. Por un momento sintió a la joven del espejo intentar levantarse desde el fondo de su propia mente, no para aceptar el abrazo, sino para arrancar la distancia que la separaba de todo.

La superficie del espejo se agrietó y la habitación desapareció.

—Tía Amila...

Esta vez Aura consiguió pronunciarlo.

Pero ya no había nadie frente a ella.

Solo la aurora infinita extendiéndose sobre un vacío sin suelo.

Algo cálido presionó sus mejillas.

—Despierta.

Aura abrió los ojos.

Una niña estaba inclinada sobre ella. Parecía tener seis o siete años. Su cabello carmesí flotaba alrededor de su rostro como si ambas estuvieran sumergidas en agua, y los bordes de su cuerpo se deshacían en pequeñas luces. Sus ojos eran brillantes, curiosos, demasiado vivos para pertenecer a la joven inexpresiva del espejo.

La niña retiró las manos.

—Por fin me miras —dijo, y sonrió con alivio.

Aura intentó incorporarse. No sentía el carruaje ni su propio peso.

—¿Quién eres?

La sonrisa de la niña vaciló.

—No sé cómo decirlo.

Miró sus manos, abriéndolas y cerrándolas como si tampoco estuviera segura de que le pertenecían por completo.

—Yo estaba antes —añadió—. Antes de que todo se cerrara.

Aura pensó en el rostro infantil de las fotografías, en Flerus arreglándole el abrigo y en Althea, cuya ausencia había dejado páginas enteras sin respuesta.

—¿Eres yo?

La niña ladeó la cabeza.

—Tú también eres yo.

Aura siguió sin entender. Aun así, el pecho se le entibió al mirarla.

—¿Has intentado hablarme antes?

—Muchas veces. A veces llegaba un poquito. Cuando tenías miedo. Cuando estabas sola. Pero había algo en medio.

La niña dibujó una línea en el aire. Una franja oscura apareció durante un instante entre ambas: alta, estrecha, con la forma imprecisa de una muchacha mayor. No tenía rostro. Solo una quietud rígida que absorbía parte de la luz de la aurora.

Aura sintió el mismo cambio que aparecía cuando la magia se volvía roja: la ausencia de miedo, el pensamiento rápido y una voluntad dispuesta a romper cualquier obstáculo.

La silueta desapareció antes de que pudiera observarla mejor.

—¿Quién era ella?

La niña abrazó sus propias rodillas.

—La que aprendió a no llorar.

La niña apretó las rodillas contra el pecho y hundió la boca entre ellas.

Aura se acercó.

—¿Recuerdas a Althea?

Los ojos de la niña se iluminaron.

—Mamá.

La palabra le salió sin esfuerzo.

Aura dejó de respirar.

—¿Recuerdas su rostro?

—Sí... pero cuando intento enseñártelo se mueve.

La niña alzó una mano. Entre sus dedos apareció una luz suave y, dentro de ella, la impresión de una mujer arrodillada: cabello cayendo hacia un lado, manos cálidas y una voz cantando muy cerca. El rostro se deshizo antes de adquirir forma.

—Olía bonito —dijo la niña—. Y cantaba cuando creía que yo estaba dormida.

Aura extendió la mano hacia la imagen, pero solo tocó luz.

—¿Y Flerus?

—Papá hacía cosas que sonaban toda la noche. A veces se quedaba dormido sentado. —La niña soltó una risa pequeña—. Yo le dibujaba estrellas en los papeles y él fingía que eran parte de sus cuentas.

El recuerdo llegó a Aura como una emoción sin imagen completa: seguridad, metal tibio, tinta y el cansancio feliz de alguien que nunca apartaba del todo la atención de su hija.

—Necesito recordarlos —dijo Aura—. Necesito saber qué ocurrió.

—Yo los recuerdo.

La niña tocó su propio pecho.

—Pero estoy muy adentro. Hay partes que no puedo sacar. Cuando intento abrirlas, ella las cierra.

Aura miró el lugar donde había aparecido la silueta adolescente.

—¿Nos mantiene encerradas?

—Cuando algo duele, ella cierra.

—¿Qué cosa?

—Las puertas. Todas.

Aura volvió a mirar el lugar donde había aparecido la silueta. Hubiera preferido pensar que era una intrusa a la que podía expulsar. La tristeza de la niña no le permitió hacerlo.

—¿Y yo qué soy? —preguntó.

La niña la observó con una seriedad demasiado grande para su rostro. Después se levantó y apoyó una mano sobre su pecho.

—Tú abriste los ojos.

Aura sintió calor bajo su palma diminuta.

—¿Una parte nueva?

La niña miró la palma que mantenía sobre ella.

—No sé. Tienes cosas de las dos.

La aurora parpadeó. La niña miró hacia arriba, alarmada.

—Ya te están llamando.

Voces lejanas atravesaron el vacío. La esposa del mercader pronunciaba algo que Aura no alcanzaba a entender.

—Espera. ¿Cómo puedo volver a encontrarte?

—Cuando lloras, puedo oírte. Cuando te quedas quieta como ella, no.

La niña rodeó a Aura con los brazos. Su cuerpo era ligero, incompleto, pero el abrazo contenía una familiaridad que ningún recuerdo roto podía fingir.

—Yo sí me acuerdo de ellos —susurró—. Puedo guardarlos hasta que tú también te acuerdes.

La oscuridad empezó a separarlas.

—¿Cómo te llamo?

La niña aflojó el abrazo. Pareció sorprendida por la pregunta.

—Aura.

Sonrió otra vez.

—Las tres nos llamamos Aura.

La última luz se deshizo alrededor de su rostro.

—Nunca estás sola.


Aura despertó dentro del carruaje con el sabor amargo de unas hojas entre los labios.

La esposa del mercader estaba inclinada sobre ella.

—Gracias a los Thermus —dijo—. Pensé que no despertarías.

Aura intentó incorporarse y el movimiento hizo que el mundo se inclinara.

—¿Cuánto tiempo...?

—Unos veinte minutos. Antes de desmayarte me dijiste qué debía vigilar. Él sigue respirando.

El mercader permanecía sobre la tabla, pálido e inconsciente. Las vendas estaban manchadas, pero la sangre no las había atravesado por completo. Aura comprobó su respiración y la posición de la daga. Todo seguía en su lugar.

—¿Dónde estamos?

—Cerca de la puerta sur. Mi hijo fue a pedir ayuda a unos hombres de nuestra casa comercial.

La mujer le ofreció agua. Aura bebió despacio mientras intentaba retener lo que había visto.

Recordaba a su tía, Amila frente al espejo, el broche de las dos aves y todo lo que entonces había querido decirle. Después, el recuerdo se volvía blanco. Cada vez que intentaba atravesarlo, las imágenes se deshacían antes de adquirir forma.

Solo una frase permaneció en su mente.

«Nunca estás sola.»

No recordaba quién la había pronunciado. Al repetirla, el peso de su pecho cedió apenas.

—Tenemos otro problema —dijo la mujer—. Los guardias revisan a todos los que entran. Cuando te vi bien pensé que eras...

—Ambarine.

—Sí... Después entendí que no podías ser ella. Pero otros no se detendrán a entenderlo.

La familia la cubrió con una manta y la acomodó junto al mercader como si también fuera una víctima del ataque. Cuando llegaron los hombres de la casa comercial, trasladaron a ambos a un carro cerrado. El hijo mayor explicó a los guardias que llevaban dos heridos y mostró un sello de madera. Nadie levantó la manta.

Aura escuchó la capital pasar al otro lado de las tablas: ruedas sobre piedra, voces, campanas y pasos. El sonido le pareció familiar y distante al mismo tiempo. Para la ciudad había desaparecido menos de un día. Ella regresaba con diez meses de recuerdos, una frase sin origen y una familia desconocida confiándole la vida de uno de los suyos.

En el hospital, un sanador se llevó al mercader antes de que Aura pudiera acompañarlo. La esposa la condujo a un almacén privado y le consiguió una capa amplia. Permanecieron allí hasta que el hijo mayor regresó.

—Llegamos a tiempo —dijo, todavía sin recuperar el aliento—. La hoja no alcanzó el corazón ni los pulmones. Dicen que perdió mucha sangre, pero está a salvo.

Aura apoyó la espalda contra la pared y dejó salir el aire que había contenido durante todo el trayecto.

—Quiero verlo.

La habitación estaba apartada del pasillo principal. El mercader había recuperado la consciencia. Tenía el rostro pálido y hablaba con dificultad, pero reconoció a Aura cuando entró.

—Mi esposa dice que no dejaste de vigilarme hasta que caíste tú también.

—No pude impedir que lo hirieran.

—Impediste que mataran a mis hijos. Y después me diste tiempo para llegar aquí...

Aura recordó a Ereel corrigiéndola después de la prueba final.

«Perdiste un objetivo. No te perdiste a ti.»

El mercader se presentó como Darom Veyra, propietario de varias rutas de carga entre la capital y los pueblos del oeste. No era noble ni funcionario. Su familia trabajaba con comerciantes, transportistas y almacenes de distintas ciudades.

—Si alguna vez necesitas enviar algo sin hacer demasiadas preguntas en una puerta imperial, busca este símbolo.

Su esposa le entregó una ficha de madera marcada con las tres líneas doradas sobre el círculo verde.

Aura la aceptó.

—No hice esto para recibir una recompensa.

—Entonces considéralo una manera de no dejar una deuda sin camino para ser devuelta.

Guardó la ficha junto al cierre de su bolso.

Antes de marcharse, Darom le pidió que averiguara qué había ocurrido con el conductor del primer carruaje. Aura no pudo mentirle. La noticia dejó un silencio largo en la habitación. El hijo mayor bajó la cabeza. La esposa tomó la mano de su marido.

Aura permaneció con ellos hasta que regresó el sanador. La esposa no soltó la mano de Darom y el hijo mantuvo la mirada en el suelo.

Entonces se retiró. Cubrió su cabello y parte del rostro antes de salir del hospital. Había más guardias en las calles que durante su primera visita, y varios transeúntes hablaban de nuevos reportes sobre Ambarine. Aura tomó calles secundarias hasta el taller de Aaron antes de que alguien reparara en ella.


Chalkois la recibió antes que el alquimista.

El fénix descendió desde una viga y pasó tan cerca de su cabeza que Aura sintió el aire caliente de sus alas. Dio una vuelta alrededor de ella, olfateó el borde de la capa y se posó sobre su hombro.

Aura quedó inmóvil.

La primera vez que la vio, Chalkois apenas había considerado digna de atención su existencia. Ahora acomodó las garras con cuidado y rozó el broche de madera con el pico.

—Si intentas llevártela, llamarás más la atención de lo que ya haces —dijo Aaron desde el fondo del taller.

Aura levantó la mirada. El alquimista sostenía un recipiente humeante y la observaba con una mezcla de sorpresa y alivio que intentó ocultar detrás de su tono habitual.

—Estuve ahí... Diez meses... —dijo ella.

—Para mí, unas horas. Lo cual resulta ofensivo. Tuviste tiempo de convertirte en la persona favorita de mi fénix antes de que yo terminara de ordenar lo que recuperé de la mina.

Chalkois emitió un trino y hundió el pico entre las plumas del ala.

—Creo que sabe que cambiaste —añadió Aaron—. Aunque Ereel cultiva plantas que dejan su rastro en todo lo que toca. Incluidas las personas.

Aura dejó el bolso sobre la mesa y extrajo el estuche envuelto en tela lavanda.

La expresión de Aaron cambió.

—Así que por fin terminó su parte.

—Dijo que usted sabría qué hacer.

—Ereel dice eso cuando quiere evitar una explicación larga.

Abrió el estuche con cuidado. En el interior había un aro mineral oscuro cubierto por raíces blancas muy finas. En el centro descansaba una membrana transparente, semejante a un pétalo endurecido. Aaron acercó una lámpara. Las raíces respondieron a la luz con un brillo azul.

—Un filtro vivo —murmuró—. Creí que no conseguiría estabilizarlo.

Sacó de un cajón un cofre pequeño. Dentro había una gema azulada atravesada por vetas opacas. Aura reconoció el material por las explicaciones de Ereel.

—Una amalgamita.

Aaron levantó una ceja.

—Al menos aprovechaste las lecciones.

—Sirve para que alguien que no percibe las Lay Len pueda vincularse con ellas.

—Las comunes, sí. La piedra reconoce la energía, establece el vínculo y limita la cantidad que una persona puede usar. En tu caso, el problema es el contrario. Percibes y atraes demasiado.

Colocó la gema dentro del aro. Las raíces se extendieron sobre su superficie y buscaron las vetas como pequeños dedos.

—Ereel y yo discutimos hace años si era posible invertir el proceso. En vez de abrir un camino para la Lay Len, este filtro debería cerrarlo durante unos instantes y absorber parte del exceso.

—¿Evitará que pierda el control?

Aaron la miró por encima de la gema. Negó con la cabeza.

Aura bajó la vista hacia la gema.

—Puede darte tiempo para cortar la corriente antes de que una descarga se complete. Nada más.

Aura recordó las ocasiones en que su cuerpo había seguido usando magia después de que ella intentara detenerse.

—¿Qué ocurre con la energía que absorbe?

—Se acumula en las vetas. Cada uso las agrietará. Si intentas obligarla a contener más de lo que admite, se romperá y liberará todo de golpe.

—Entonces también puede empeorar la situación.

—Cualquier herramienta puede hacerlo si esperas que reemplace tu juicio. Pero te servirá en situaciones extremas.

Aaron giró el aro con unas pinzas y aplicó una solución transparente sobre las raíces. El filtro se contrajo hasta desaparecer dentro de la gema. Las vetas opacas adquirieron un movimiento lento, semejante a corrientes bajo una superficie helada.

Después engarzó la amalgamita en una pieza de metal que Aura podía llevar sujeta al interior de la capa.

—Necesitaré probarla antes de entregártela —dijo—. Y tú necesitarás descansar. Tienes el aspecto de alguien que salió de un vórtice, peleó en el camino y después decidió visitar un hospital antes de venir aquí.

Aura lo observó en silencio.

Aaron dejó las pinzas.

—Era una exageración.

—Suena exagerado, pero es lo que me pasó...

Chalkois levantó la cabeza sobre su hombro.

Aura le contó lo ocurrido. Empezó por la carreta y el ataque de los bandidos, pero el relato terminó llevándola hasta el recuerdo de Amila y el broche de las dos aves. También habló de Témpora, de la Alechrona y de la dirección que había recuperado durante su primer recuerdo. No mencionó la frase que permanecía en su mente; no sabía de dónde había surgido ni cómo explicarla.

No había planeado confiarle tanto. Aaron permaneció inclinado sobre la amalgamita, escuchando mientras trabajaba. De vez en cuando cambiaba de herramienta o acercaba la gema a la lámpara, pero no la interrumpió.

—Por hoy déjalo quieto —dijo Aaron—. Ya tienes suficientes problemas con lo que sí recuerdas. ¿No es así?

Aura dejó salir el aire.

Aaron dejó las pinzas sobre la mesa.

—Por Thermus —dijo—. La próxima vez que alguien me diga que tuvo un día complicado, tendré que preguntarle si incluye otra vida y una reliquia rota.

Aura soltó una risa breve. Aaron volvió a inclinarse sobre la gema sin dejar de observarla por el rabillo del ojo.

—Ereel sabe escuchar mejor que usted.

—Ereel tuvo diez meses para practicar. Yo llevo unos minutos y ya conseguí que te rieras.

Aaron volvió a tomar la gema. Comprobó una de las vetas bajo la lámpara y añadió otra gota de solución al engarce.

—No soy un estudioso de la mente —continuó—. Pero sí sé cuándo una pieza todavía no encaja. Si la fuerzas, se rompe.

Aura rozó el bolso donde guardaba la esfera. La parte ausente de su recuerdo no regresó.

—Quiero encontrar las piezas de la Alechrona. Témpora cree que pueden ayudarme a entender qué ocurrió.

—¿Crees que pueden ayudarte o eso fue exactamente lo que ella dijo?

Aura abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Dijo que debía recomponerme antes de buscarlas.

—Eso suena menos conveniente, pero más honesto. —Aaron inclinó la gema para observar el movimiento de las vetas—. No conozco ninguna reliquia con ese nombre. Mi especialidad es fabricar objetos, no encontrar los que se perdieron entre distintos tiempos. Si pudiera hacer ambas cosas, cobraría.

Aura no pudo ocultar la decepción.

—Oye, tampoco es que no haya hecho nada por ti.

Aaron levantó la amalgamita terminada. Las raíces del filtro ya no eran visibles; solo quedaban las vetas desplazándose bajo el azul de la piedra.

—Esto quizá no recomponga el tiempo, pero podría impedir que abras un agujero en mi techo.

—Es un techo con demasiados agujeros.

—Y quiero conservar la posibilidad de culpar a Chalkois por todos ellos.

El fénix emitió un sonido ofendido desde el hombro de Aura.

Aaron probó el cierre del engarce y dejó la pieza sobre la mesa. Por un momento, sus vetas dividieron la luz en tres corrientes antes de volver a mezclarlas.

Aura recordó el broche sobre el pecho de la joven del espejo y el nombre que había logrado pronunciar demasiado tarde.

«Nunca estás sola.»

La frase volvió sin traer consigo un rostro.

Aaron tomó la pieza para guardarla en un estuche más pequeño. Al abrir el cajón inferior de la mesa, se detuvo.

—Casi lo olvido.

Sacó un papel doblado alrededor de una ficha de metal. En una de sus caras estaba grabado el sol de Daliana; en la otra, una marca hecha a mano.

—Un soldado dejó esto al caer la tarde. No sabía que estabas aquí. Llevaba horas preguntando por una muchacha de cabello carmesí que buscaba un instructor de magia.

Aura miró el sello sin tocarlo.

—¿Dijo por qué?

—Dijo que se llamaba Arcalzar y que el mensaje era urgente. Chalkois no le permitió cruzar la puerta, así que no tuve oportunidad de preguntarle mucho más.

El nombre alivió una parte de su temor y despertó otra. Arcalzar había arriesgado su puesto para ayudarla a entrar en la capital. Si ahora la buscaba abiertamente, algo debía haber cambiado.

Aura desdobló el papel.

Aura: preséntate en la torre de la puerta oeste. Usa la entrada de servicio y muestra la ficha. La familia Fuegel fue detenida. Silas está implicado. No confíes tu nombre a nadie más.

Leyó las tres últimas líneas otra vez.

—No —susurró.

La silla retrocedió al levantarse. Chalkois abrió las alas para conservar el equilibrio.

—Entré al vórtice hace menos de un día —dijo Aura—. Ellos estaban bien.

Los Fuegel apenas habían tenido unas horas desde que la vieron partir. El peligro no había necesitado esperar a que ella terminara de aprender.

Aaron le entregó la amalgamita.

—Todavía no la probé.

—No puedo quedarme.

—No te lo estoy pidiendo. Te estoy advirtiendo que no sabes cómo responderá.

Sujetó el engarce al interior de la capa de Aura y comprobó dos veces el cierre.

—Si se calienta, si las vetas dejan de moverse o si escuchas una vibración, corta tu magia y quítatela. Podrás liberar su energía tres veces. Una cuarta fisura podría romperla.

Aura asintió apresurada, aunque una parte de su mente ya estaba en el camino de regreso a la granja.

Aura se cubrió con la capucha. Rozó el cuello de Chalkois antes de dejar que el fénix regresara a la viga.

Salió de la casa.


La última claridad del día desaparecía detrás de las murallas cuando Aura llegó a la puerta oeste.

Había evitado las avenidas principales y controlado el impulso de usar un destello entre las casas. Arcalzar ya le había advertido lo que podía provocar una descarga dentro de la ciudad.

Encontró el canal junto a la base de la torre. Una escalera estrecha ascendía hasta una puerta reforzada. El guardia que la custodiaba bajó la mano hacia la espada cuando Aura se aproximó.

—La entrada pública está al otro lado.

Aura mostró la ficha sin descubrirse el rostro.

El hombre reconoció la marca grabada en el reverso. Miró hacia el canal, después hacia la muralla.

—Segundo nivel. Última puerta. No hables con nadie en la escalera.

La dejó pasar.

Dentro de la torre olía a aceite de lámpara, piedra húmeda y metal. Aura subió sin correr, aunque cada paso contenido le exigía más esfuerzo que el anterior. Dos guardias descendieron conversando y apenas repararon en la figura encapuchada que llevaba una autorización de servicio.

Arcalzar la esperaba en una sala de vigilancia estrecha. Había retirado varios registros de un armario y los mantenía abiertos sobre una mesa. Al verla entrar, cerró la puerta y bajó la cortina de la única ventana interior.

—¿Qué les ocurrió? —preguntó Aura antes de apartarse la capucha.

Arcalzar apartó uno de los registros para hacerle sitio en la mesa.

—Silas regresó a la granja con hombres armados y una orden de incautación. Acusaron a los Fuegel de proteger a Ambarine y se los llevaron para interrogarlos.

Aura apretó la capucha entre los dedos al oír la palabra «proteger».

—Pero los soldados que estuvieron allí saben que no soy ella. ¡Usted lo sabe!

—Por eso te pedí que vinieras.

Arcalzar giró el primero de los registros. Era una copia escrita con letra irregular y correcciones en los márgenes.

—Este es el informe que entregaron mis hombres después de salir de la granja. Mujer de cabello carmesí, semejanza física con Ambarine, ojos de color distinto, desorientada y sin reconocimiento de órdenes, títulos ni hechos atribuidos a la princesa. También dejaron constancia de que Silas provocó el enfrentamiento.

Colocó a su lado otro documento, más limpio, con un sello oscuro al pie.

—Y esta es la versión citada en la orden contra los Fuegel.

Aura leyó las líneas principales. Mujer de cabello carmesí. Apariencia idéntica a Ambarine Folsitia. Manifestación de energía hostil contra un representante imperial. Refugio y colaboración proporcionados por la familia propietaria.

No estaban las dudas.

No estaban sus ojos, su pérdida de memoria ni la declaración de los soldados.

Tampoco estaba la amenaza de Silas.

—Quitaron todo lo que demostraba que no era ella.

—No solo quitaron cosas. Mira la fecha. —Arcalzar puso un dedo junto al margen inferior—. Usaron el mismo número después y copiaron la firma de uno de mis hombres. Ni siquiera lo hicieron bien.

Aura levantó la mirada.

—¿Puede demostrarlo?

Arcalzar recorrió con el pulgar una corrección hecha en el margen.

—Puedo poner las dos copias delante de un superior. También tendría que decir quién escribió la primera y dónde la guardé. Detendrían a esos hombres antes del anochecer. Y luego esta hoja... —dio un toque al documento original— podría desaparecer entre otros cien registros.

—¿El sello es de Isaliria?

—Es imperial. No sé si Isaliria vio la orden. El sello pertenece a la oficina que administra propiedades confiscadas, la misma que lleva meses aprobando negocios favorables a Silas. Alguien allí le abrió la puerta.

—Entonces el imperio puede llevarse a una familia usando una mentira y nadie hace nada.

Arcalzar apretó la mandíbula.

—Guardé el informe. Te hice entrar sin anotarte en el registro. Eso es lo que pude hacer hoy, y no alcanza. Si entrego la prueba ahora, solo avisaré a quienes quieren destruirla.

Aura volvió a mirar los documentos. Recordó a Mauro interponiéndose delante de Iris, a Erina sirviendo pan y a Peryna despidiéndose junto al campo. Habían confiado en ella incluso después de verla perder el control.

Ahora aquella confianza aparecía escrita como colaboración con una fugitiva.

—Los arrestaron por lo que hice.

—Silas ya quería castigarlos —dijo Arcalzar—. Lo que hiciste le dio un papel que podía torcer. Si no era eso, habría usado sus deudas, sus tierras o cualquier palabra de Mauro.

Aura miró de nuevo su descripción alterada. La diferencia no alivió la presión en el pecho.

—¿Dónde están?

—No lo sé. Los separaron antes de llegar a la capital. Un transporte tomó el camino de la fortaleza oriental; el otro entró por una propiedad privada al norte. Los registros de llegada fueron cerrados antes de que pudiera comprobar los destinos.

Aura apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Están heridos?

Arcalzar bajó la vista hacia el registro antes de responder.

—Un testigo vio a un hombre tendido en una de las carretas. Respiraba. No tengo nada más confirmado.

Mauro.

El nombre llegó acompañado por la imagen de un cuerpo ensangrentado. El recuerdo del camino intentó superponerse: un peso sobre sus rodillas, sangre entre los dedos, llegar demasiado tarde.

Aura cerró las manos.

La amalgamita permaneció fría bajo la capa.

—Hay otra cosa —dijo Arcalzar.

Señaló un registro más reciente. Solo contenía una hora, una dirección y dos líneas escritas con prisa.

—Una patrulla de caminos informó de una columna de humo cerca de la propiedad después de que salieran los transportes. No se detuvieron a investigar. Recibieron la orden de continuar hacia la capital.

Aura sintió que la habitación se estrechaba.

—¿La casa?

—El informe no lo dice.

—¿Cuándo llegó esto?

—Hace menos de una hora.

Arcalzar recogió la copia original y volvió a ocultarla entre dos registros de turnos. Después trazó con el dedo una ruta sobre un mapa pequeño de los alrededores.

—No puedo abandonar la torre sin llamar la atención. Si decides regresar, evita el camino principal. Hombres vinculados a Silas todavía controlan los transportes y no sé qué orden recibieron sobre ti.

—Tengo que ver qué ocurrió.

Arcalzar sostuvo su mirada.

—Entonces mira antes de lanzar nada. Las huellas, los restos, cualquier cosa que hayan dejado. Si arrasas lo que quede, les terminarás el trabajo.

Aura pensó en Ereel.

«Reconocer lo que sientes no significa obedecerlo.»

Guardó la ruta en la memoria, se cubrió de nuevo y tomó la ficha de metal.

Al bajar las escaleras, la culpa todavía le oprimía el pecho. Debajo empezó a crecer el calor rojo.


Aura descendió por la misma escalera de servicio que la había llevado hasta la torre.

Sentía que cada escalón la demoraba. Al llegar al canal, distinguió dos guardias junto al camino que bordeaba la muralla. Esperó bajo el arco de piedra hasta que ambos pasaron y cruzó por las tablas de mantenimiento sin descubrirse el rostro.

Solo cuando los árboles ocultaron las torres dejó entrar la Lay Len.

Un pulso la impulsó por encima de una raíz; el siguiente alargó su paso hasta convertirlo en un salto, y un destello corto la llevó a través del espacio entre dos formaciones rocosas.

Aura llamaba la energía antes de terminar cada movimiento, apremiada por la necesidad de ganar unos segundos. No corría como había practicado con Ereel: el rojo todavía no cubría sus manos, pero una línea de calor se extendía bajo su pecho y cada vez le costaba más pensar en algo que no fuera llegar.

Llegar. Encontrarlos. Después pensó en los árboles, las puertas y cualquiera que se pusiera delante. Podía romperlos sin sentir miedo.

Aura conocía aquella frialdad. Ya la había sentido otras veces, cuando actuar parecía más fácil que detenerse a pensar.

Aura redujo la velocidad.

El cuerpo protestó en cuanto dejó de sostenerlo con magia. Le ardían los pulmones y sentía las piernas demasiado pesadas. Se apoyó contra un árbol, respiró varias veces y esperó a que el rojo retrocediera de sus ojos.

«No puedo llegar sin fuerzas.»

El humo podía proceder de los campos, de un cobertizo o de una quema controlada que la patrulla había interpretado desde lejos. Podía ser cualquier cosa.

Sabía que se estaba aferrando a posibilidades cada vez más pequeñas. Aun así, necesitaba conservar una hasta ver la granja con sus propios ojos.

Aura...

La voz de Témpora surgió dentro de su mente, tenue y próxima.

Aura cerró los ojos.

—No ahora.

Témpora guardó silencio. Su presencia quedó al fondo de la mente de Aura mientras ella volvía al camino.

Avanzó alternando carrera y pulsos breves. Las huellas aparecieron mucho antes de que reconociera los campos: surcos de varias carretas, marcas profundas de herraduras y barro removido por demasiados hombres. Algunos rastros se dirigían hacia la propiedad. Otros regresaban en sentido contrario.

No era el paso ordinario de comerciantes.

Cerca de una curva vio luz entre los árboles. Aura abandonó el sendero y se agachó detrás de un desnivel cubierto por helechos.

Cuatro guardias avanzaban hacia la capital. Uno llevaba una lámpara; los demás guiaban caballos cansados. No vestían los brazales de los hombres que acompañaron a Silas, pero Aura no sabía cuánto podían conocer ni a quién informarían si la veían.

Esperó.

—Todavía se veía desde la colina —dijo uno de ellos—. Eso no era un cobertizo.

—Nos ordenaron no desviarnos.

—Había animales sueltos en el camino.

—Y seguirá habiéndolos aunque regreses. Si la propiedad está confiscada, le corresponde a la intendencia enviar a alguien.

El último guardia miró hacia atrás.

—No me gusta dejar una casa ardiendo sin comprobar si queda gente dentro.

—Entonces presenta una queja cuando termine el turno. Yo no pienso incumplir una orden por las tierras de unos acusados de traición.

Sus voces se apagaron entre los árboles.

Aura permaneció inmóvil unos segundos más. Después salió de su escondite y corrió.


Reconoció primero el molino.

Su silueta seguía en pie al borde de los campos, pero las aspas no se movían. El trigo se inclinaba bajo el viento sin que nadie cruzara entre las espigas. No había luz en las ventanas, voces junto al pozo ni olor a pan.

Tampoco había humo saliendo de la cocina.

Solo una columna delgada y gris que ascendía desde lo que quedaba de la casa.

Aura redujo el paso.

El portón estaba abierto. Una de sus hojas colgaba torcida sobre una bisagra. Había pisadas superpuestas en la entrada y marcas de ruedas que habían cortado el terreno húmedo hasta formar dos líneas profundas.

—¿Peryna? —llamó.

Nadie respondió.

—¿Iris?

Su voz se perdió entre la madera quemada.

Los animales habían desaparecido del cercado. Parte de la valla estaba rota desde dentro, como si hubieran huido al sentir el fuego. Cerca del pozo permanecía el recipiente que Peryna había cargado aquella mañana. Estaba volcado y tenía una grieta en un costado. La tierra a su alrededor ya no conservaba el agua derramada, solo una zona más oscura bajo las huellas de las botas.

Aura avanzó hacia la casa.

El techo se había hundido sobre la cocina y la habitación principal. Algunas vigas todavía conservaban brasas en el interior. Una pared exterior seguía en pie, ennegrecida hasta la altura de las ventanas. El calor obligó a Aura a cubrirse el rostro con el brazo.

La puerta no existía.

Entró por el espacio que había dejado.

Cada objeto tardaba un instante en revelarse bajo el hollín. La mesa donde Erina le sirvió el desayuno se había partido por la mitad. Uno de los bancos conservaba una pata y parte del asiento. Sobre el suelo había un plato deformado por el calor y, junto a él, una masa negra que todavía mantenía la forma del pan.

Aura recordó las manos de Erina envolviendo una porción para el camino.

Recordó a Mauro agradeciéndole mientras miraba con preocupación la energía que ella no sabía apagar.

Recordó a Iris detrás de su cabello, dividiéndolo con cuidado antes de unir las trenzas.

«Cuando encuentres ese instructor... podrías volver y contarme si mi peinado resistió la capital.»

Había vuelto.

No quedaba nadie a quien responder.

El pasillo hacia la habitación que le prestaron terminaba bajo una parte del techo. Aura distinguió un trozo de la manta entre ceniza y yeso. Tiró de él, pero la tela se deshizo entre sus dedos.

El llanto llegó sin aviso.

No fue un sollozo contenido. Le cerró la garganta y la obligó a apoyarse contra el borde chamuscado de la pared. Durante diez meses había temido que recuperar el pasado disminuyera el valor de las personas que acababa de conocer. No había considerado que podía perderlas antes de tener la oportunidad de elegir cómo conservarlas.

Salió de la casa buscando aire.

Los geranios de Erina crecían junto a una pared lateral. El fuego había secado parte de las hojas y oscurecido los pétalos, pero las plantas más alejadas todavía conservaban pequeñas manchas violetas.

«Como los geranios de mamá.»

Peryna había sido la primera persona de aquel mundo en mirar sus ojos y encontrar en ellos algo distinto al rostro de Ambarine.

Aura cayó de rodillas.

Entonces vio la sangre.

Había quedado seca sobre la tierra, cerca del carruaje. Una mancha amplia, parcialmente cubierta por ceniza. A su lado encontró un trozo de venda pisoteado y la marca larga que había dejado algo pesado al ser arrastrado hasta el camino.

La imagen del hombre herido durante el asalto regresó. Después, el rostro de Mauro ocupó su lugar.

—No...

Tocó la venda sin levantarla.

No había cuerpos.

Las huellas de la familia no terminaban allí. Desaparecían junto a dos grupos distintos de ruedas, tal como Arcalzar le había explicado. Alguien había vendado al herido antes de colocarlo en una carreta.

Seguían siendo prisioneros.

Podían seguir vivos.

Aura aferró la venda entre los dedos. Si seguían vivos, todavía podía buscarlos. La furia no disminuyó.

La Lay Len respondió antes de que Aura decidiera llamarla.

La ceniza se levantó alrededor de sus rodillas. Pequeños fragmentos de madera rodaron hacia ella y las hojas secas de los geranios temblaron sobre sus tallos.

Aura sintió el calor rojo extenderse desde el pecho.

Silas había regresado porque ella lo humilló.

Había utilizado su rostro, su magia y el miedo a Ambarine. Había herido a Mauro, separado a la familia y quemado el lugar que la recibió cuando no tenía nombre para casi nada de aquel mundo.

Pero no lo había hecho solo.

Alguien cambió el informe. Alguien prestó un sello. Guardias obedecieron la orden. Una patrulla vio el humo y continuó su camino porque la propiedad ya pertenecía, sobre el papel, a las personas que la estaban destruyendo.

La energía se acumuló alrededor de Aura. El suelo vibró. Sobre las ruinas aparecieron líneas rojizas que avanzaban entre las grietas como raíces buscando dónde aferrarse.

La respuesta de aquella voluntad fría apareció de inmediato:

Seguir las huellas.

Romper cada puerta.

Destruir a quien intentara detenerla.

El miedo y la duda desaparecieron. Aura se puso de pie mientras la respiración se volvía demasiado lenta y el rojo alcanzaba sus manos. Las lágrimas seguían cayendo.

«Deja de llorar.»

La frase le llegó desde el cuerpo. Sintió los hombros tensarse de otra manera y el llanto empezó a parecerle un estorbo que podía dejar para después, cuando ya no quedara ningún obstáculo.

Aura levantó la mirada hacia el camino.

La amalgamita vibró bajo su capa.

Al mismo tiempo, la esfera de la Alechrona se calentó dentro del bolso. Por un instante, Aura percibió una profundidad imposible detrás de las ruinas, como si el lugar conservara más de un momento superpuesto. Oyó ruedas. Un grito infantil. El golpe seco de una puerta.

Las sensaciones desaparecieron antes de formar una imagen. Aura no supo si procedían del pasado, de su memoria o de todo lo que Arcalzar le había contado.

La presión continuó creciendo.

—Estoy furiosa —dijo.

Las líneas rojas avanzaron otro palmo sobre el suelo.

—Tengo miedo de encontrarlos demasiado tarde.

Intentó cortar la entrada de Lay Len.

No pudo.

La energía del lugar acudía a ella desde todas direcciones, atraída por una emoción que no se parecía a las ilusiones de Ereel. No existía una palabra para detener la escena. No había círculos preparados para absorber un error.

—Quiero hacerle daño.

Sus hombros dejaron de temblar. El dolor se alejó y aquella sencillez fría ocupó todo lo demás.

Destruir primero.

Preguntar después.

Las vetas de la amalgamita se detuvieron. La gema absorbió una parte del exceso con un tirón doloroso bajo las costillas; una vibración aguda atravesó el engarce y sobre su superficie apareció una fisura tan fina como un cabello.

El tirón no detuvo la descarga, pero le permitió verla antes de soltarla. La onda alcanzaría la casa, los geranios, la sangre, las vendas y las huellas de los carros. Borraría aquello que podía conducirla hasta la familia.

Terminaría el trabajo de Silas.

«Mira antes de lanzar nada.»

Con la furia todavía en el pecho, Aura cerró las manos, buscó el punto por donde entraba la Lay Len y dejó de darle una forma. La primera corriente se resistió y la segunda se desvió hacia sus brazos. Aura mantuvo la atención sobre el rastro, sobre cada detalle que destruiría si cedía.

La energía roja se elevó alrededor de su cuerpo y se deshizo en filamentos sin producir la descarga.

Las líneas del suelo se apagaron una detrás de otra.

Aura permaneció de pie hasta que la última desapareció. Después se inclinó con las manos sobre las rodillas, respirando entre lágrimas.

Todavía quería encontrar a Silas y hacerle daño. Frente a ella seguían la sangre, las vendas y las huellas.


La noche terminó de cubrir la granja.

Sin el resplandor rojizo, Aura esperó a que sus ojos se acostumbraran a la luz del incendio. Volvió a oír la madera crujiendo, las brasas que reventaban y el viento entre los campos.

Aura se secó el rostro con la manga.

La amalgamita permanecía inmóvil bajo su capa. Al tocarla sintió la fisura con la yema del dedo.

«La gasté en el primer intento.»

Ya no podía cambiarlo.

Regresó hasta las marcas de las carretas y se agachó junto al surco más profundo. La tierra conservaba varias capas de tránsito: vehículos que llegaron cargados, caballos que rodearon la casa y dos transportes que salieron en direcciones distintas. Aura no poseía la experiencia necesaria para reconstruir cada movimiento, pero podía reconocer dónde una rueda había patinado al girar.

Al levantarse vio un punto violeta junto a las huellas.

Era un pétalo de geranio.

El viento soplaba desde la casa hacia el camino, pero el pétalo se encontraba en la dirección contraria. Aura miró hacia las plantas junto a la pared quemada. Había varios metros entre ellas y aquel punto, y una piedra pequeña mantenía el pétalo sujeto contra la tierra.

Encontró un segundo pétalo cerca del límite del campo, protegido bajo el borde de otra piedra. Alguien los había colocado después del incendio y en contra del viento.

Un roce entre las espigas hizo que Aura se girara.

Había una figura al otro lado del campo.

La capa que cubría su cuerpo tenía el color del trigo seco. Bajo la capucha se distinguía una piel morena y dos cuernos estrechos que nacían sobre las sienes, se curvaban hacia atrás y seguían la forma de su cabeza para no sobresalir demasiado entre las espigas.

Una kunara.

Aura dejó caer una mano cerca de la amalgamita, sin tocarla.

—¿Quién eres?

La figura no respondió.

Permaneció observándola desde la distancia. Su atención se detuvo primero en el cabello carmesí que escapaba de la capucha de Aura. Después descendió hacia sus ojos.

La kunara no se sobresaltó ni llevó la mano hacia un arma. Inclinó apenas la cabeza, como si la diferencia entre el carmesí del cabello y el violeta de los ojos confirmara algo que había acercado a comprobar.

La kunara miró un instante hacia las ruinas y señaló con dos dedos el extremo norte del campo. Luego retrocedió entre las espigas.

—Espera.

Aura avanzó un paso. La figura se detuvo.

No se acercó ni descubrió el rostro. Extrajo algo de una bolsa lateral y lo dejó sobre una roca antes de continuar. Cuando Aura alcanzó el lugar encontró dos pétalos violetas colocados uno sobre otro.

La kunara todavía era visible entre los árboles. Se movía con rapidez, pero no con toda la rapidez de la que parecía capaz. Cada vez que el terreno estaba a punto de ocultarla por completo, esperaba lo suficiente para que Aura distinguiera la siguiente dirección.

Miró una última vez la casa. Al pensar en Silas, cerró los dedos bajo la capa; luego volvió la vista hacia las huellas que podían conducirla hasta los Fuegel.

Se ajustó la capa sobre la amalgamita fisurada y entró en el campo sin llamar a la Lay Len.

La kunara desapareció detrás de los árboles. Aura empezó a seguir su rastro.

Folio 07·9583 palabras

Resonancia atmosférica

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El pulso entre las palabras

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Un rastro de aurora

Luminiscencia

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La luz que permanece

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