Sentoria · El rastro violeta
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DalianaCapítulo 12

Limessia·Daliana·Capítulo 12

El rastro violeta

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Folio 12·42 min de lectura

Aura estuvo a punto de perder el rastro al cruzar el trigo aplastado. El siguiente pétalo violeta estaba bajo su bota. Se apartó antes de pisarlo y levantó la cabeza: la kunara había desaparecido otra vez entre los matorrales.

—Espera...

Quiso apurar el paso, pero el bolso tiró del hombro y tuvo que sujetarlo desde abajo. Había seguido las señales sin recurrir a la Lay Len. Ahora el campo terminaba al pie de un risco, y no sabía por dónde bajar.

—Por aquí.

La voz llegó desde un costado. Aura se volvió. La capa color trigo de la kunara rozaba las ramas; tenía polvo en el rostro y los cuernos estrechos quedaban casi ocultos bajo la capucha. Señaló un sendero con dos dedos, pero Aura se acercó a ella antes de mirar el descenso.

—¿Sabes dónde están? Los Fuegel. Se los llevaron y yo...

—Vi los carros. Todavía los estamos buscando.

Aura se detuvo a pocos pasos.

—¿Estabas allí?

—Entre el trigo. Te vi ponerte delante de ellos.

El aire le salió de golpe. Por fin había alguien que los había visto, alguien a quien no tenía que convencer de que aquella casa había estado llena de gente unas horas antes.

—Entonces viste cómo... —Se tocó el brazo—. No pude detenerlos.

La kunara miró la mano que mantenía sobre el codo.

—También te vi caer. ¿Puedes moverlo?

Aura lo separó un poco del cuerpo y volvió a recogerlo.

—Ah... sí. Más arriba duele.

—No lo levantes, entonces.

La mujer sacó una lámpara cubierta. Al abrir apenas la tapa, Aura bajó la vista por costumbre.

—Un momento. Quiero verte bien.

Aura la miró. La kunara acercó un poco la luz y se quedó observando sus ojos. Después cerró la lámpara, aunque no volvió a guardarla enseguida.

—Soy Aura —dijo ella—. No soy...

—Ya lo sé. Aun así, de cerca resulta raro.

Aura se acomodó la capucha sin cubrirse el rostro.

—¿Tú conoces a Ambarine?

—Sí. ¿Era a ella a quien buscabas cuando me seguiste?

—No sabía quién eras. Pensé que quizá habías visto por dónde se fueron. Los pétalos... no parecían estar ahí porque sí.

La kunara guardó la lámpara y miró hacia el campo. Aura siguió su mirada; desde allí apenas se distinguía el humo de la granja.

—Y si encontráramos a Silas antes que a ellos, ¿qué harías?

Aura cerró los dedos sobre la tela de la capa. Todavía recordaba cuánto había deseado seguirlo al despertar.

—Le preguntaría dónde están.

—No creo que te responda por las buenas.

—Yo tampoco. Pero... no quiero perderlos por ir detrás de él.

La kunara volvió a mirarla. Aura sostuvo su mirada hasta que sintió otra punzada en el hombro y tuvo que cambiar el bolso de posición.

—¿Hace mucho que vives con ellos?

—No.. Yo no recordaba de dónde venía y me dejaron quedarme. Después estuve con mi maestro y... volví. Esta mañana le estaba enseñando a Peryna.

Le costó continuar. La niña había seguido haciendo preguntas mientras movía la piedra, segura de que tendrían tiempo para probar otra vez.

—Iba a salirle. Solo necesitaba que se quedara un poquito más quieta.

La kunara esperó. Aura se pasó los dedos por la mejilla.

—Perdón. No sé por qué te cuento eso.

—No hace falta que te disculpes.

Aura miró hacia el descenso.

—Me dejaron dormir en su casa sin saber nada de mí. Compartieron su comida... No sé si puedo llamarlos familia después de tan poco tiempo. Para mí lo son.

La mujer apartó una rama que estorbaba en el sendero.

—Ven. Hay gente que puede ayudarnos. Y alguien que debería mirarte ese brazo.

Aura avanzó un paso y se detuvo.

—¿Cómo te llamas?

—Nashira.

—Gracias, Nashira.

—Guarda las gracias para cuando lleguemos. Hay una subida que vas a odiar.

Aura miró el sendero que bajaba entre las rocas.

—Pero estamos bajando.

—Sí. Ahora.

Nashira se adelantó y Aura fue tras ella. Los pétalos continuaban en las pequeñas grietas, donde el viento no podía llevárselos.

No intentes seguirle todos los pasos, Aura. También puede esperarte a ti.

La voz de Témpora la hizo mirar hacia Nashira, que ya había bajado otro tramo.

Ella los vio. Quizá los encuentren.

Nashira se detuvo más abajo para apartar otra rama. Aura buscó dónde apoyar el pie.

Eso espero. Por ahora, dile si necesitas que vaya más despacio. No tienes que llegar arrastrándote para que te ayuden.

El sendero se estrechó y tuvieron que avanzar de lado. Aura quiso afirmarse con una mano sobre la roca, pero el dolor le subió hasta el hombro. Nashira volvió sobre sus pasos.

—Dame eso.

Sujetó el bolso mientras Aura se quitaba la correa. Al dejar de sentir el peso, Aura soltó el aire y se quedó con la mano sana sobre el brazo.

—Puedo llevarlo.

—Si... no.

Nashira se lo colgó y esperó a que bajara el siguiente tramo. Después caminaron por una planicie seca, entre placas de piedra y matas bajas. La kunara se detenía donde Aura podía verla; una vez señaló una roca para que se sentara y se quedó mirando el terreno mientras ella descansaba.

Al otro lado de la planicie había una ladera. Aura tuvo que subir despacio y, al llegar, miró a Nashira sin decir nada.

—Te lo advertí.

—Sí —murmuró Aura—. La odio.

Nashira le indicó una grieta alta y estrecha. Los líquenes blancos que cubrían sus bordes brillaban débilmente bajo la luna. Se internó unos pasos, dejó el bolso en el suelo y apoyó la palma en una placa de roca cubierta por ellos.

El resplandor se extendió alrededor de su mano. Aura vio abrirse una superficie ovalada entre las paredes; al otro lado había hierba bajo un cielo anaranjado. Se acercó, mirando la noche que todavía quedaba sobre la ladera y luego aquel ocaso imposible.

—Un vórtice...

Una criatura diminuta salió de entre los líquenes. Tenía alas transparentes y el cuerpo luminoso, como las hadas que Aura había visto con Aaron. Revoloteó cerca de la mano de Nashira y después se detuvo frente al rostro de Aura.

Aura sonrió apenas. El hada se apartó cuando intentó acercarle un dedo.

—¿Qué miras? —preguntó Nashira.

—Al hada. Está ahí, junto a tu mano.

Nashira miró el lugar señalado y luego a Aura. "¿Eh?" Pensó para sí misma.

La kunara abrió la boca, como si quisiera preguntarle algo más, pero el bolso seguía en el suelo y Aura estaba apoyada contra la pared.

—Me lo cuentas adentro. Ven, pisa donde yo pise.

Recogió el bolso y cruzó la abertura. Aura la siguió. Un aire templado le rozó la cara y, al dar el siguiente paso, la piedra quedó atrás: sus botas se hundieron un poco en la hierba.

Se volvió. Por el portal todavía veía los líquenes y la oscuridad exterior. El hada lo atravesó detrás de ella y se perdió entre los tallos cercanos.

El pastizal se extendía bajo una luz de ocaso que no procedía de ningún sol visible. Aura reconoció la presión leve detrás de los oídos y el cambio en la Lay Len. Recordó el vórtice de Ereel y miró a Nashira, que ya esperaba sobre una franja de hierba baja.

—¿Aquí también pasa el tiempo distinto?

—Como afuera. El cielo no cambia, eso sí. Y no te salgas del camino; hay sitios donde acabas volviendo aunque creas que vas derecho.

Aura siguió sus pasos. Un olor picante le llegó desde las hierbas y arrugó la nariz; después de un rato empezó a notar debajo una dulzura tenue. Tras una elevación baja aparecieron las primeras lonas del campamento.

Había un fuego pequeño, cajas abiertas y una mesa improvisada bajo un toldo. Los caballos estaban atados lejos de las luces. Una mujer revolvía una olla mientras otra sostenía a un niño dormido; cerca de las provisiones, dos hombres discutían cómo acomodar un saco.

Una anciana volvió la cabeza al oírlas. La taza se le resbaló de las manos.

—¿Princesa?

Aura se quedó quieta. Varias personas miraron hacia ella, pero el hombre de cabello gris que venía desde las cajas fue el primero en acercarse. Llevó el puño al pecho y luego frunció el ceño.

—No. Ella no es.

Una mujer dejó lo que estaba haciendo y se puso a su lado, cortando el paso hacia las tiendas.

—¿Quién eres? ¿Por qué llevas su cara?

Aura abrió la boca. Miró a Nashira antes de responder.

—Viene conmigo —dijo Nashira.

El hombre de cabello gris no se apartó.

—¿Ambarine la ha visto?

—La verá. Déjanos pasar.

—Nashira...

—Estuvo en la granja de los Fuegel. Intentó defenderlos. —Nashira se volvió hacia Aura, que seguía sujetándose el brazo—. Necesita sentarse. Luego hablamos.

La mujer miró el brazo y retrocedió un poco. El hombre se hizo a un lado con más lentitud. Cerca de la olla, alguien volvió a pedir el cuenco que había dejado a medias, y la conversación de los sacos continuó en voz baja.

Aura pasó junto a ellos sin saber dónde mirar. La anciana seguía inclinada sobre los trozos de la taza.

De una tienda salió una joven de cabello negro y ropa oscura. Sus orejas felinas se orientaron hacia Aura y la cola se elevó detrás de ella. Llevaba dos cuchillos cortos, pero se acercó con las manos libres, aspirando el aire.

—Hueles raro.

—Tirka —dijo Nashira.

—Raro bien. Creo. —La joven se detuvo—. ¿Puedo acercarme más?

—¿Sí...?

Tirka dio dos pasos alrededor de Aura. Olió el borde de la capa y levantó la nariz hacia su cabello.

—Humo, tierra... eso es de la granja. Pero lo otro no se te ha ido.

—¿Lo otro?

Tirka frunció la nariz, buscando cómo decirlo.

—Como cuando va a llover. —Se tocó la frente y volvió a mirarla—. Miau... no sé explicarlo.

Aura miró sus mangas, manchadas de ceniza. Tirka señaló la capa.

—¿Puedo dejarte un poquito de mi olor?

—¿Para qué?

—Para reconocerte después.

Nashira miró a la joven.

—Tirka, yo nunca he necesitado eso.

—Porque ya sé cómo hueles tú.

Aura soltó una risa pequeña y asintió. Tirka le rozó la capa con la mejilla, con cuidado de no empujarle el hombro, y se apartó satisfecha.

—Ahora sí.

Un roce de plumas hizo que Aura levantara la cabeza. Junto a una lona, un arquero alto sostenía el arco con una flecha preparada. Tenía orejas animales y las manos cubiertas de pelaje oscuro. No apuntaba hacia ella, pero había dejado de ajustar el protector del antebrazo.

—Brenor, guarda eso —dijo Nashira.

—¿Es la de la granja?

Nashira asintió. Brenor miró las manos de Aura.

—¿Va a usar magia?

—Ahora lo que va a hacer es sentarse —respondió Nashira.

Aura bajó la vista. Recordaba la ceniza levantándose alrededor de sus botas y lo difícil que había sido detener la corriente.

—No voy a usarla aquí —dijo.

Brenor vaciló y guardó la flecha, aunque conservó el arco en la mano. Tirka acercó una caja al fuego para que Aura se sentara. Nashira dejó el bolso a su lado y Aura lo tocó antes de acomodarse.

—¿Tú también estás buscándolos? —preguntó a Tirka.

—Sí. Seguí el carro hasta un puesto de guardia, pero no pude pasar. Volví para avisar. Shaeli y yo vamos a salir otra vez.

Aura se inclinó hacia ella.

—¿Los viste?

—Cuando subieron al carro en la granja. Después tuve que seguirlos desde lejos. —Las orejas de Tirka bajaron un poco—. Todavía no sé cómo están.

Aura apoyó la mano sobre las rodillas. Junto a las cajas seguían hablando de provisiones. Nashira se agachó a recoger un trozo de la taza y la anciana le tendió el paño donde estaba juntando los demás.

Tirka se sentó junto a Aura hasta rozarle el hombro y le ofreció una cantimplora. Aura bebió un sorbo, devolvió el recipiente y permaneció a su lado mirando el fuego.

—¿Estabas cerca cuando llegaron? —preguntó.

—Entre el trigo. —La cola de Tirka se curvó sobre sus botas—. No podía acercarme con los guardias allí.

—Se los llevaron igual —murmuró Aura.

Tirka no respondió enseguida. Se quedó sentada junto a ella, con la cantimplora entre las manos.

Un hombre de cabello corto cruzó entre las tiendas llevando una manta doblada. No vestía insignias, pero caminaba erguido y se detuvo donde podía ver tanto a Aura como el sendero por el que habían llegado. Una marca pálida le rodeaba la muñeca.

—Nashira, ¿necesitas que cambie la vigilancia?

—Mantén a alguien en la entrada. Yo me quedo aquí un rato. Orven, llama a Neria.

El hombre dejó la manta en manos de Tirka. Miró el brazo que Aura mantenía junto al cuerpo y fue hacia una de las lonas.

Un ruido de metal sonó cerca de los caballos y se volvió demasiado deprisa; el hombro le dolió otra vez.

La joven que apareció detrás de Orven llevaba una palangana entre las manos. Era baja, de rostro redondo y ojos verdes. El cabello turquesa claro estaba recogido en una trenza corta, con dos mechones sueltos cerca de las orejas. Su túnica-blusa tenía detalles azules y un bordado gris verdoso junto al cuello. Al ver a Aura, se detuvo un instante. Después miró a Tirka, como si esperara que le explicara el parecido.

—Ella es Aura —dijo Tirka—. Aura, Neria.

—Hola... —La joven habló tan bajo que el crepitar del fuego cubrió parte de la palabra. Se acercó y dejó la palangana en el suelo—. Soy Neria. ¿Dónde te duele?

Aura se señaló el brazo y después el hombro.

—Aquí... También la espalda.

—¿Puedes quitarte la capa?

Intentó hacerlo sola, pero la tela tiró de la manga rasgada. Neria le sostuvo el borde mientras Tirka liberaba la correa del bolso. La amalgamita quedó visible un momento, sujeta al interior de la capa.

Neria la miró antes de dejar la prenda sobre la caja.

—¿Se rompió cuando caíste?

—No está rota. Tiene una grieta... desde antes de la caída.

Aura extendió la mano para acercarse la capa. Neria la dejó donde pudiera alcanzarla y no volvió a preguntar por la piedra. Se arrodilló delante de ella y le pidió que apoyara el antebrazo sobre una tela doblada.

La manga estaba pegada a una raspadura cerca del codo. Neria humedeció el borde y esperó antes de separarlo. Aura apretó los labios al sentir el roce.

—Avísame si te lastimo.

—Un poquito.

Neria levantó la vista.

—¿Ahora?

—Sí. Pero puedes seguir.

—Voy más despacio.

El agua de la palangana se elevó en una cinta delgada. Aura la siguió con los ojos mientras rodeaba la tela y volvía hacia la mano de Neria. Unas gotas cayeron sobre la tierra antes de que la joven acercara el paño al codo. No tenía la dureza de una barrera; cedía y recuperaba la forma cada vez que sus dedos se movían.

Aura sintió frescor alrededor de la raspadura. Después una tibieza suave se extendió bajo la piel. La punzada disminuyó y pudo aflojar la mano que tenía cerrada sobre la rodilla.

—¿Eso también es... magia?

—Sí. Ayuda con esto. —Neria señaló la piel raspada—. El hombro tengo que verlo aparte.

La cinta descendió hacia la palangana. Neria limpió la raspadura y ayudó a Aura a apartar la manga para revisar el hombro. Había una zona amoratada donde el golpe le dolía más. Le pidió mover el brazo despacio y palpó alrededor; Aura pudo levantarlo, aunque hizo una mueca al llegar arriba.

—¿Contra qué caíste?

—Una pila de heno. Después resbalé hasta el suelo.

—Te amortiguó bastante. Es una contusión —dijo Neria—. Voy a aliviarte esto también.

Reunió agua limpia alrededor de la tela y la apoyó sobre el hombro. La corriente se mantuvo estrecha bajo sus dedos. Aura sintió primero frescor y luego una tibieza que le aflojó los músculos; al cabo de un rato pudo bajar y volver a levantar el brazo sin aquella punzada.

Neria retiró el agua, secó la piel y aplicó un ungüento. Después cubrió la raspadura y acomodó los vendajes sin apretarlos demasiado.

—Descansa esta noche. Mañana debería molestarte mucho menos.

Aura movió el brazo otra vez. Todavía notaba el golpe, pero ya no tenía que recogerlo contra el pecho. Al agacharse para alcanzar la capa, sintió un mareo breve y volvió a sentarse.

—¿Has comido? —preguntó Neria.

Aura recordó la olla junto a la cocina.

—Antes... no llegamos a almorzar.

Tirka se puso de pie.

—Voy por algo.

—Y agua —añadió Neria.

Tirka le mostró la cantimplora. Neria sonrió apenas.

—Otra para que no te quedes sin la tuya.

Un sonido de pasos llegó desde el sendero que atravesaba el pastizal. El campamento se tensó de nuevo, pero esta vez nadie buscó un arma. Apareció un hombre joven primero, sosteniendo una carpeta contra el pecho para protegerla de la humedad. Tenía manchas de tinta en los dedos y miraba las tiendas, a Aura y a Nashira como si intentara ordenar los tres elementos en una secuencia comprensible.

Junto a él caminaba una kunara de cuernos desiguales. Uno se curvaba completo sobre su sien; el otro terminaba en una fractura antigua. Shaeli no mostró sorpresa al ver a Aura. Solo registró sus manos, la distancia hasta las salidas y el modo en que Brenor aún sostenía el arco.

La tercera figura hizo que el silencio cambiara. Aura tuvo la impresión absurda de estar mirando un reflejo que había aprendido a respirar sin ella.

La capa de viaje ocultaba cualquier símbolo de su antiguo rango. La quietud con que ocupaba el espacio la hacía parecer más alta. Sus ojos, naranjas bajo la luz del ocaso inmóvil, se fijaron en los violetas de Aura. Se detuvo a varios pasos y la examinó desde el cabello hasta la ceniza de la capa; la piel bajo sus ojos estaba oscurecida por el cansancio.

Tirka, que todavía no había llegado a la olla, levantó una mano.

—Para que conste, no son la misma persona. Lo dije yo primero.

El comentario hizo que Brenor apartara la vista. Alguien junto al fuego soltó una respiración que parecía haber contenido desde la llegada de Aura.

Ambarine casi sonrió, pero la expresión no alcanzó a formarse.

—Eso parece evidente —dijo.

Su voz era serena y baja, cansada.

—Aura —dijo Nashira—. Estuvo con los Fuegel.

Ambarine asintió sin dejar de mirar a Aura.

—¿Puedes venir conmigo?

Aura asintió y buscó la capa. Neria se la entregó, pero antes de que pudiera incorporarse le dejó una mano sobre el antebrazo.

—Después vuelves aquí. Todavía tengo que acomodarte el vendaje.

Ambarine miró a la joven y luego el brazo de Aura.

—No tardaremos.

Aura la siguió hacia la tienda más alejada del fuego.

Dentro había un mapa extendido sobre una mesa plegable, dos sillas y una lámpara cubierta. Las marcas sobre el papel formaban líneas, círculos y anotaciones apresuradas. Aura buscó el nombre de los Fuegel entre ellas, pero Ambarine apartó unos papeles y le señaló la silla.

Ambarine esperó a que la lona cayera detrás de ellas.

—Nashira dijo que buscas a los Fuegel —comenzó Ambarine—. Tirka y Shaeli están siguiendo el traslado. Antes de que salgan otra vez, quiero saber qué ocurrió contigo.

—¿No saben dónde están?

—Todavía no han podido verlos dentro. Cael está buscando registros de entrada. —Ambarine dejó libre un espacio junto al mapa—. Cuéntame desde que llegó Silas.

Aura se quedó mirando ese espacio. Empezó por Peryna y la piedra junto a las flores, aunque Ambarine no le había preguntado por eso. Después habló de la orden, de Erina diciendo que era su amiga y del guardia que intentó llevársela.

Al recordar la primera barrera separó los dedos sobre la mesa. Ambarine los miró, pero no la interrumpió.

—Al principio podía detenerlos. Esperaba a que dejara de salir fuego de la vara y... respondía. Había practicado eso muchas veces. Después vinieron los otros dos y los guardias se acercaban por los lados. Si recogía la barrera, llegaban hasta las niñas.

Aura retiró la mano de la mesa. Le dolía mantenerla extendida.

—¿Por eso la hiciste más grande?

—Sí. Cada vez más. Uno hizo que se levantara la tierra bajo mis pies. El otro alcanzó la cocina con una llama. Yo quería volver hacia ellos, pero no podía bajar las manos.

Ambarine dejó de mover los papeles.

—La gema tiró de la energía —continuó Aura—. Sentí que podía moverme otra vez. Tenía que cortar la corriente... Aaron me lo había dicho. Pero seguían acercándose a Iris y quise apartarlos. Intenté atacar sin soltar la defensa.

Se frotó los dedos despacio. Todavía recordaba cómo se habían abierto sin que pudiera impedirlo.

—El rojo se fue hacia la piedra y volvió mezclado con el azul. Me golpeó aquí. —Se tocó el pecho—. Salí hacia los campos y choqué con una pila de heno. Quise levantarme, pero ya no tenía fuerzas. Vi a Mauro con la espada y... no sé lo que pasó después.

Ambarine esperó. Aura quiso añadir algo más y solo consiguió tomar aire.

—Desperté. La casa ya estaba quemada. Los busqué, llamé... —Bajó la cabeza—. No encontré a ninguno.

Por fuera de la lona pasó la voz de Orven indicando a alguien dónde dejar una caja. Aura se quedó escuchándola hasta que Ambarine habló de nuevo.

—¿Te dijeron algo sobre adónde iban a llevarlos?

Aura negó con la cabeza.

—Había sangre junto al muro. Guardé un retazo. Pensé que quizá podrían reconocerlo.

—Déjaselo ver a Tirka antes de que salga.

Aura acercó el bolso a sus pies. Ambarine esperó a que lo acomodara y cambió de posición en la silla.

—¿Habías oído mi nombre antes de llegar?

—Sí.

—¿Me buscabas antes de esto?

Aura bajó la mirada hacia el mapa.

—Yo... no estaba segura de que te buscara a ti exactamente. —Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja—. Quería entender por qué me confunden contigo. Y Syrit... me contó mucho de ti y de lo que pasaste.

Los ojos naranjas de Ambarine cambiaron apenas al escucharla.

—¿La viste?

—Sí. Me contó que hace casi un año que no te ve. Te extraña mucho.

Ambarine bajó la vista hacia el mapa. La mano se cerró sobre el borde de la mesa, pero su voz no perdió la calma.

—Le prometí que iría a verla cuando la situación se calmara. —Ambarine exhaló y apretó el borde del mapa—. Pensé que sería pronto.

Aura se limitó a asentir.

—No sabía qué esperaba encontrar aquí —admitió después—. Solo... quería entender por qué todos me miran como si hubiera hecho cosas que no recuerdo. Quería saber quién eras tú. Y cuando vi el campamento pensé que... —miró de nuevo los símbolos sobre el mapa—. Que quizá no estabas sola como creía.

Ambarine siguió la dirección de su mirada.

—Ahora no.

Ambarine se acomodó en la silla. La lámpara acentuó las sombras bajo sus ojos.

—Cuando escapé, no tenía un plan ni un grupo esperando órdenes. Estaba sola y apenas sabía cómo continuar después de perder a mi padre. Las primeras personas que me buscaron no lo hicieron porque quisieran una princesa. Necesitaban un lugar donde dormir, alguien que les creyera o una ruta para salir de la capital.

Tocó con un dedo una de las líneas del mapa.

—Ayudé como pude. Algunas veces era llevar comida. Otras, sacar a alguien de una celda antes de que lo trasladaran. Después llegaron civiles, semi-humanos, kunaras... gente a la que la capital había tratado como si no mereciera quedarse en ella. Ellos empezaron a llamarlo un «ejército».

Una sonrisa breve y un poco incrédula cruzó su rostro.

—La mayoría no son soldados. Aprendieron a vigilar puertas, compartir provisiones y esconder a quien no tenía dónde ir. A veces les pido demasiado. —Ambarine rozó una ficha con la yema del dedo—. Todavía estoy aprendiendo.

Aura miró la mesa y recordó las capas dobladas que había visto afuera, las mantas y la taza que la anciana había recogido del suelo. Había cajas de comida entre las tiendas y nombres anotados en los márgenes del mapa.

—¿Y quieres recuperar el poder de tu padre por ellos? —preguntó. Después añadió, insegura—. Lo siento... no sé muy bien qué significa recuperar un poder así.

—Yo tampoco sé del todo cómo hacerlo —respondió Ambarine.

Guardó silencio antes de continuar.

—Cuando mi madre murió, decidí que debía hacerme fuerte. Creí que, si aprendía lo suficiente y no volvía a ser una carga para nadie, podría impedir que algo así ocurriera otra vez. Después murió mi padre y... —Ambarine calló un instante—. Quiero respetar su última voluntad. Quiero evitar que Daliana quede en manos de quienes usan a las personas como herramientas.

—Como Silas.

—Como Silas. Como cualquiera que crea que un sello o una orden puede convertir una injusticia en algo aceptable.

Aura bajó los dedos hasta el borde de la mesa y recorrió una de las líneas sin tocarla.

—La familia Fuegel me ayudó porque me vio perdida. No sabía nada de mí. Ni siquiera yo sabía mucho de mí. —Sonrió apenas, incómoda—. Aún no sé muchas cosas. A veces siento que todos entienden las reglas antes de que alguien me las explique.

—Entonces pregunta —dijo Ambarine—. Responderé lo que pueda.

La respuesta le recordó a Ereel, aunque la voz de Ambarine no tenía la paciencia burlona de su maestro.

—¿Tú crees que fue mi culpa?

La pregunta quedó entre las dos antes de que Aura pudiera suavizarla. Ambarine no respondió de inmediato.

—No —dijo Ambarine. Bajó la vista hacia el mapa y tardó en continuar—. Silas dio la orden. Siguió después de saber quién no eras.

—Pero yo estaba allí. Me fui al campo y quedaron sin...

—No te fuiste. Me acabas de decir cómo caíste.

Aura se mordió el labio. Ambarine dejó pasar unos instantes antes de continuar.

—Yo también busco qué hice mal cada vez que no alcanzo a alguien. Siempre encuentro algo que podría haber intentado y... no sirve seguir buscándolo.

Aura soltó una risa muy pequeña antes de poder evitarlo.

—Eso no suena muy tranquilizador.

—No sé tranquilizar a nadie. —Esta vez Ambarine sí sonrió un poco—. Al parecer, tampoco he aprendido eso.

—No sé qué puede pasar con tu magia —añadió Ambarine—. Necesito tiempo para conocerte. Pero puedes quedarte mientras buscamos a los Fuegel.

Aura asintió despacio.

—Está bien. Yo también quiero conocerte... si no te molesta.

—No me molesta.

Tirka apartó la lona con un hombro. Traía dos tazas y un cuenco, y tuvo que esperar a que Ambarine le quitara una de las bebidas para entrar.

—Neria dijo que comieras.

Dejó el cuenco frente a Aura. Había verduras y trozos de pan ablandados en el caldo. Aura acercó la cuchara, pero se quedó mirando la comida hasta que Tirka le señaló la taza.

—Eso está menos caliente.

—Gracias.

Tirka salió sin volver a cerrar del todo la lona. Aura bebió despacio. Ambarine miró la tela que le sostenía el brazo.

—Antes hablaste de un maestro. ¿Quién te enseñó?

—Ereel. Aaron me llevó hasta él.

Ambarine dejó la taza sobre la mesa.

—¿Ereel?

Aura asintió, sorprendida por el cambio en su voz.

—También fue mi maestro —dijo Ambarine. Se quedó mirando la taza un momento—. ¿Cómo está?

—Bien... Vive en un vórtice. Tiene plantas por todas partes y sigue haciendo sus experimentos. ¿No sabías dónde estaba?

—No. —Ambarine levantó la vista—. Me alegra que pudiera ayudarte.

Aura quiso preguntarle por qué había dejado de verlo, pero recordó cómo Ereel había hablado de su exilio. Se quedó con la taza entre las manos. Ambarine le preguntó cuánto tiempo había pasado con él y qué había aprendido, y terminó escuchando también sus primeras preguntas al despertar cerca del lago.

—Al principio creía que podía preguntar algo muy simple y que alguien me respondería —dijo Aura, rozando la taza tibia que Tirka había dejado junto a la entrada—. Pero a veces la pregunta era simple solo para mí. Entonces la gente me miraba como si estuviera jugando a no saber.

Ambarine asintió lentamente.

—A veces creen que finges —dijo Ambarine—. O deciden la respuesta antes de escucharte.

—¿También te pasó?

—Todo el tiempo. Aunque en mi caso suelen decidir primero qué clase de monstruo soy y después buscan los detalles que les sirven.

Aura bajó la mirada hacia la taza y después preguntó por Dalia y Emeter. Ambarine no le entregó una historia completa. Habló de una madre más cálida de lo que mostraban los retratos oficiales y de un padre capaz de convertir una lección política en una conversación junto a una ventana.

Cuando Aura mencionó a Syrit, la seriedad de Ambarine cedió un poco.

—Syrit discute con cualquiera. —El borde de la boca de Ambarine se curvó—. Solo que conmigo tiene práctica.

Aura sonrió y le contó cómo Syrit la había llevado a su casa creyendo que era ella.

—Apenas cerró la puerta, me abrazó y empezó a preguntarme dónde había estado, cómo estaba... No me daba tiempo de responder. Pensó que mis ojos eran parte de tu disfraz.

Ambarine soltó una risa breve.

—Sí le dije que tendría que cambiarlos. No imaginé que fuera a encontrar a alguien tan parecida a mí.

—Cuando pude explicárselo, me escuchó. Me ayudó con el disfraz y me presentó a su padre. Creo que le habría gustado que me quedara más tiempo.

—Le gusta tener con quién hablar. Yo siempre acababa yéndome antes de que terminara de contarme algo.

—Ya me habían dicho que me cubriera antes de entrar a la capital. Después de lo que hice en la granja, no querían que usara magia entre tanta gente.

Ambarine se acomodó en la silla para escucharla. Aura le contó cómo había intentado asustar a Silas, el proyectil que casi lo alcanzó y la energía que no podía apagar después de que él huyera. Recordó a Peryna escondida detrás de su madre y tardó un poco en continuar.

—Tuve que soltarla hacia el cielo. El rayo abrió las nubes. Yo solo quería que dejara de salir magia de mis manos.

—¿Hasta las nubes?

Aura asintió.

—Por eso busqué un instructor. Ereel me enseñó a detenerme antes de llegar a ese punto. Esta mañana lo hice bien al principio y después... —Aura dejó la cuchara dentro del cuenco—. Cuando vi la casa quemada, quise usarlo todo otra vez. Pero estaban las huellas. Si rompía el patio, también iba a perderlas.

—¿Pudiste detenerte?

—Me costó. Tuve que intentarlo varias veces.

Ambarine miró la amalgamita que Aura tocaba bajo la capa.

—¿Cuánto tiempo dijiste que entrenaste con él?

—Diez meses para mí. Afuera fue... menos de un día. Todavía se me hace raro.

—Me gustaría ver lo que aprendiste —dijo Ambarine—. Cuando te encuentres mejor, podríamos hacer una prueba.

Aura levantó la mirada.

—¿Contigo?

—Sí. Algo pequeño. Quiero conocer esas barreras de las que hablas.

Aura miró hacia la entrada. Todavía recordaba al hombre que había bajado la mano al descubrir sus ojos.

—¿Tú ya confías en mí?

—Creo que quieres ayudar a los Fuegel. —Ambarine miró hacia la entrada—. Los demás apenas te han oído hablar. Necesitarán más que lo que yo les diga.

—No sé si pueda pelear contigo.

—Esta noche no vamos a pelear. Neria sigue esperándote.

Aura miró la esfera de la lámpara.

—Quería saber si... —Aura levantó la vista—. Si todavía puedo hacerlo como con Ereel.

Ambarine la observó un momento.

—Lo intentaremos cuando estés mejor. Primero vuelve con Neria y termina de comer.

—Está bien —dijo Aura.

Al ponerse de pie tuvo que apoyar la mano sana sobre la mesa. Ambarine abrió la lona para que pasara y esperó hasta verla junto a Neria antes de llamar a Nashira.


Neria había preparado un lugar bajo una lona, apartado del fuego. Había dos mantas sobre una estera y una caja baja donde dejar el agua. Aura se sentó y acercó el cuenco a las rodillas. La joven volvió a su lado con unas tiras de tela limpia.

—¿Todavía puedes levantar el brazo hasta aquí? —preguntó, señalándose el pecho.

Aura lo intentó. La molestia seguía allí, aunque ahora podía doblar el codo sin que la manga tirara de la raspadura.

—Sí. Tira un poco, pero puedo.

Neria le acomodó una tela para que descansara el antebrazo contra el cuerpo. Aura miró el nudo y lo tocó con la mano libre.

—Mi maestro, Ereel, también me enseñó a hacer eso.

—¿Atendías a alguien con él?

—No. Practicábamos. Pero después ayudé a un mercader llamado Darom, en el camino. Tenía una daga clavada. Iba con Micah, el hijo de los Fuegel. Él me consiguió una tabla para llevarlo y... —Aura se quedó mirando el vendaje—. Llegó vivo a la capital.

Neria dejó de buscar entre sus materiales.

—¿Pudiste acompañarlo todo el camino?

—Sí. Su esposa sostenía los paños cuando yo tenía que moverme. Los niños iban con nosotros.

Aura se llevó otra cucharada a la boca. El caldo estaba tibio. La joven esperó a que terminara antes de acercarle un paño para las manos.

—¿Tú aprendiste esto con alguien? —preguntó Aura.

—Trabajando con heridos. Al principio solo lavaba telas y traía agua. —Neria recogió la palangana—. Todavía hago bastante de eso.

—Pero lo que hiciste con mi brazo...

—Ayuda a que se recupere y a aliviar el dolor. En tu hombro no encontré nada más que la contusión. Puede quedarte una molestia, pero ya lo mueves mejor.

Aura acarició el borde de la tela que sostenía el brazo.

—Pensé que quizá con agua podías curarlo todo.

Neria negó con la cabeza. Uno de los mechones turquesa le cayó sobre la mejilla y lo apartó con el dorso de la mano, porque tenía los dedos húmedos.

—Me gustaría. Pero tengo que saber qué estoy tratando. Y algunas cosas... —Miró las telas que acababa de doblar—. Algunas cosas no consigo arreglarlas.

Neria dejó la palangana junto a la lona y fue a buscar otra manta. Aura la vio detenerse ante un hombre que estaba enrollando una venda sobre la rodilla. Le dijo algo y se agachó para acomodarle un extremo. Él señaló las mantas que llevaba; Neria asintió, pero siguió trabajando con el nudo.

—Neria —llamó Orven desde las cajas—. El relevo puede hacerlo. Están esperándote.

—Solo un momento.

El hombre terminó quitándole la venda de las manos. Le sonrió y Neria se incorporó, un poco avergonzada. Regresó con la manta y la dobló para que Aura pudiera apoyarse sobre ella.

Antes de acostarse, Aura abrió el bolso. Apartó sus notas y encontró el retazo de tela, doblado por los bordes limpios. Lo sostuvo sin desplegarlo. Le costaba llevarlo hacia la luz.

Tirka apareció junto a la lona con una cuerda cruzada sobre el hombro. Se había recogido el cabello y llevaba la cola cerca de una pierna.

—¿Puedo verlo? Ambarine me dijo que guardaste algo.

Aura le entregó el retazo. Tirka lo abrió sobre una tela más grande y se inclinó, sin tocar la mancha endurecida. Las orejas dejaron de moverse.

—Estaba junto al muro —dijo Aura—. Cerca de donde habían quedado. No sé de quién es.

—Me lo llevaré. Si encuentro algo con qué compararlo...

Aura asintió antes de que terminara. Tirka volvió a doblarlo con cuidado y lo guardó en una bolsa pequeña.

—¿Vas a salir ahora?

—Sí. Shaeli está esperando. Hay menos gente en el camino durante la noche.

Aura se adelantó sobre la estera.

—Peryna es pequeña. Tiene el cabello... —Se quedó mirando el de Tirka—. Puedo decirte cómo son todos.

Tirka se sentó en el borde de la caja. Escuchó los nombres, el cabello de Iris, la forma en que Micah sujetaba la espada y el delantal que Erina llevaba al salir de la cocina. Aura no conseguía separar lo que podía servir de lo que recordaba porque le dolía. Tirka no la apuró.

—Mauro estaba delante de ellos cuando caí —terminó diciendo—. Si lo ves, dile que intenté levantarme.

Tirka acercó una mano a la de Aura y la sostuvo un momento.

—Le diré que estás aquí.

Aura quiso levantarse con ella. Le bastó con apoyar el pie para notar cuánto le pesaban las piernas.

—¿Y si voy contigo? No usaría magia. Solo quiero...

Tirka miró a Neria, que estaba de pie junto a la palangana.

Aura, déjala salir. Ya le has contado cómo encontrarlos.

La voz de Témpora llegó suave. Aura había tomado aire para seguir hablando y se había quedado reteniéndolo. Lo soltó despacio.

No voy a poder dormir.

Entonces nos quedaremos hablando un rato. Pero acostada, ¿sí? Me gustaría que mañana pudieras levantarte sin ayuda.

Tirka seguía esperando. Aura bajó la vista hacia la tela que sostenía su brazo.

—Si encuentras algo, ¿me avisas?

—Vuelvo a contártelo.

Neria se acercó cuando Tirka salió. Ayudó a Aura a dejar el bolso junto a la estera y cubrió la cantimplora con un paño para que no entrara tierra. Después esperó mientras Aura se acomodaba de lado, sobre el hombro que no le dolía.

—¿Si llegan noticias me despiertan?

—Sí —respondió Neria—. Voy a estar cerca.

Aura la miró apartarse entre las lonas. El ruido de las conversaciones había bajado. Cael seguía en la tienda del mapa; su sombra se movía detrás de la tela cada vez que cambiaba de lugar la lámpara. Orven acompañó a Tirka y Shaeli hasta el sendero, y regresó solo.

La luz del cielo no cambiaba. Aura tiró de la manta hasta cubrirse el hombro y dejó los pies fuera, porque las botas todavía estaban sucias. Después de un rato, volvió a incorporarse para quitárselas. La segunda no salía y acabó soltando una risa breve, sin ganas, cuando Neria apareció y sostuvo el talón.

—No quería llamarte otra vez.

—Ya estaba viniendo.

Neria dejó las botas junto a la caja. Aura se acostó de nuevo y esta vez consiguió cubrirse entera.


No sabía cuánto tiempo llevaba mirando el borde de la lona cuando oyó un carro moverse cerca de las cajas. El ruido de las ruedas le hizo volver la cabeza.

Por un instante esperó escuchar el grito de Peryna.

Un hombre pidió que sujetaran un extremo. Otro respondió desde el lado opuesto. La rueda pasó sobre una piedra y siguió alejándose. Aura buscó el bolso con la mano.

Aulita estaba entre las telas y sus notas. La sacó y la sostuvo sobre la manta. No emitía aquella claridad blanca azulada. Cerca de la lámpara solo reflejaba una línea de luz.

Aura pasó el pulgar por la esfera.

Vas a gastarla de tanto frotarla, dijo Témpora.

Aura dejó quieto el pulgar. Había un poco de diversión en su voz, y por un momento le dieron ganas de seguir pasándolo por la esfera.

Solo quería... En la granja salió algo de Aulita. Se parecía a tu luz. ¿Eras tú?

La respuesta tardó. Aura miró hacia el hueco entre las lonas, pero allí solo estaban la hierba y una cuerda sujeta al suelo.~

Cuéntame qué viste, Aura. Despacio; tenemos un rato para nosotras.

Una rueda. Estaba pasando por donde había una huella, pero ya no había carros. Y oí a una niña... pensé que era Peryna. Después se cerró una puerta.

Aura se incorporó un poco más. El vendaje tiró del cuello y tuvo que acomodarlo antes de seguir.

No fue como cuando recordé otras cosas. Yo estaba en el patio. Podía ver la casa quemada y aquello al mismo tiempo.

¿Cuánto duró?

Muy poco. Me volví y ya no había nadie.

Se quedó mirando la esfera. Acercó los dedos a la superficie y buscó alguna sensación parecida a la que había tenido en el patio.

Quiero verlo otra vez. Quizá pueda saber por dónde se fueron.

No vuelvas a intentarlo esta noche, por favor.

Pero si están cerca...

Ya sé que quieres ir. Cuando vi que ibas a levantarte detrás de Tirka, casi te dije que sí. Pero mira cómo te tiembla la mano... Déjala sobre la manta un momento.

Aura apoyó Aulita sobre la manta. La mano con que la sujetaba empezaba a temblar.

¿Sabes qué fue?

Hay cosas de Aulita que todavía no te he contado.

¿Por qué?

Témpora tardó en responder.

Porque me asusta que intentes buscarlas antes de estar preparada. Y sé que eso no te gusta.

Aura frunció el ceño. No era la respuesta que quería. Buscó una de sus hojas, pero las tenía debajo de la ropa y no logró sacarla sin tirar del hombro.

¿Quieres anotar lo que viste? Llama a Neria. Te acercará las hojas.

No quiero que vea...

No hace falta que le expliques lo que vas a escribir. Solo pídele el papel.

Aura miró hacia la palangana. Neria estaba doblando las telas que había lavado. Abrió la boca para llamarla, pero volvió a mirar el bolso.

Puedo hacerlo mañana. ¿Y si lo olvido?

Me lo vuelves a contar ahora. Después hablamos de otra cosa, si quieres. No voy a dejarte peleando toda la noche con esa rueda.

Aura dejó de buscar. Devolvió la esfera al bolso y lo acercó a la caja para que no quedara bajo su cuerpo.

Una rueda, una voz y una puerta, repitió para sí.

Una rueda, una voz y una puerta, repitió Témpora con ella. Ya está. ¿Qué más quieres contarme?

Aura se quedó un momento sin responder.

Hoy Peryna se distraía mirando una abeja. Al principio decía que no podía, pero después levantó el borde del pétalo... Fue muy poquito.

¿Y se conformó con ese poquito?

Quiso ir a enseñárselo a Iris.

Témpora soltó una risa suave. Aura también sonrió, aunque se le llenaron los ojos de lágrimas.

Lo sostuvo con las dos manos para no estropearlo. Era un pétalo caído y... parecía que le había dado algo precioso.

La voz le faltó antes de terminar. Témpora esperó. Aura se secó la mejilla y siguió contándole.

Aura se recostó. Desde la tienda del mapa llegó la voz de Ambarine, seguida de la de Nashira. No distinguió lo que decían. Pensó en levantarse para preguntar si habían encontrado algo, pero después oyó a Cael pedir otro papel y a alguien discutir la cantidad de comida que quedaba para los caballos.

Había gente trabajando alrededor de ella. Cerró los ojos y siguió escuchando, hasta que las voces se mezclaron con el roce de la manta sobre su mejilla.


Despertó al mover el brazo.

La punzada fue breve, pero bastó para que recordara el patio y abriera los ojos de golpe. Había una lona sobre ella. El bolso seguía junto a la caja, las botas estaban debajo y una taza vacía descansaba sobre el paño que cubría la cantimplora.

Aura apartó la manta despacio. Se quedó sentada hasta que pudo apoyar ambos pies sin que el suelo pareciera inclinarse.

Al otro lado del campamento, alguien cortaba pan sobre una tabla. Una mujer había extendido ropa entre dos cuerdas y un niño intentaba alcanzar una manga que le rozaba el cabello. La luz anaranjada seguía cayendo sobre las hierbas.

—¿Dormí? —preguntó Aura cuando Neria apareció junto a la lona.

La joven llevaba una taza en cada mano.

—Bastante. Afuera ya amaneció. Brenor volvió de la entrada hace un rato.

Aura miró el cielo por encima de su hombro.

—Aquí no se nota.

—Al principio yo encendía la lámpara cuando me daba sueño. Ahora pregunto la hora.

Le entregó una de las tazas y se sentó sobre la caja. Aura bebió. El líquido estaba tibio y olía a hierbas, aunque no reconoció cuáles. Se quedó con la taza entre las manos mientras Neria le preguntaba por el hombro.

—Me duele menos. Puedo moverlo mejor.

Le mostró el movimiento, levantando el brazo por encima de la cabeza. Apenas sintió una tirantez al bajarlo. Neria dejó su bebida para revisar el hombro y la tela del codo; después le quitó el apoyo del antebrazo.

—Mucho mejor. Hoy puedes dejarlo libre.

Aura miró hacia la tienda del mapa.

—¿Tirka volvió?

—Todavía no. Ambarine está con Cael.

El niño de la ropa se acercó hasta el borde de la lona. Miró a Aura y se quedó quieto. Su madre lo llamó antes de que dijera algo; él volvió corriendo hacia las cuerdas.

Aura bajó la vista hacia la taza.

—¿Todos aquí saben lo que hizo Ambarine?

Neria tardó en responder.

—Todos han oído algo. No siempre lo mismo.

—Anoche pensaron que yo estaba haciéndome pasar por ella.

—Le tienen cariño —dijo Neria—. Se asustaron al verte.

Neria se acercó su taza, pero no bebió. Aura esperó a que continuara. La joven terminó mirando hacia las tiendas.

—A mí me ayudó a sacar a alguien que no podía andar. Me quedé con ella después.

Aura asintió. Seguía queriendo preguntar por el padre de Ambarine, por su madre, por los ojos naranjas y por todo lo que Syrit no había conseguido contarle antes de la despedida. En cambio, se señaló el vendaje.

—Gracias por esto.

Neria sonrió mirando la taza.

—De nada. Si vuelves a marearte, me llamas.

Se quedaron juntas hasta que Orven acercó pan y un cuenco pequeño con comida. Preguntó por el brazo y esperó la respuesta de Neria antes de ofrecerle a Aura un sitio junto a la mesa donde desayunaban los demás.

—La jefa vendrá después —dijo—. Si necesitas algo, no tienes que esperarla.

Aura lo siguió con el bolso colgado del hombro sano. Todavía había personas que la miraban al pasar. La anciana de la taza apartó una manta para dejarle espacio, aunque se quedó sentada un poco más lejos de lo necesario.

Aura le agradeció y se acomodó con el cuenco entre las rodillas.

Un hombre del otro extremo de la mesa hablaba de un saco húmedo que debía vaciarse antes de que se estropeara la harina. Aura levantó la cabeza al oírlo. Pensó en el molino y en Mauro pesando las bolsas que habían llevado a vender. La cuchara se quedó inmóvil entre sus dedos.

—¿No te gusta? —preguntó la anciana.

—Sí. Estaba pensando en... —Aura miró al hombre del saco—. ¿Lo dejan secar aquí?

Él le señaló un toldo más bajo, donde habían extendido un paño sobre dos tablas. Aura escuchó cómo habían separado la parte mojada. Al cabo de un rato volvió a comer, y cuando terminaron ofreció llevar los cuencos.

La anciana le entregó uno. Neria, que venía hacia ellas, le quitó otro de la mano antes de que intentara apilarlos.

—Uno está bien.

—Puedo llevar dos.

—Entonces yo llevo dos también.

Aura miró los cuatro cuencos y acabó sonriendo. Fueron juntas hasta la palangana donde habían dejado el agua para lavar.


Ambarine la encontró allí, sentada junto a Neria. Había venido a preguntarle cómo se encontraba y terminó sosteniendo una jarra mientras la joven limpiaba el borde de una venda. Aura descansaba las manos sobre las piernas; el brazo ya no llevaba el apoyo de tela.

—Tirka y Shaeli siguen fuera —dijo Ambarine antes de que Aura preguntara—. Dejaron aviso de que volverán por la entrada habitual.

—¿Cuánto tardarán?

—No me dieron una hora.

Aura miró el sendero que se perdía entre las hierbas. Ambarine se sentó a su lado y dejó la jarra en el suelo.

—Cael está esperando que traigan los registros de la noche. Cuando lleguen, los veremos juntos.

Al escurrir la venda, unas gotas salpicaron la manga de Aura.

—Perdón.

—No pasa nada.

La joven apoyó un dedo junto a la tela mojada. Las gotas se reunieron y descendieron hacia la palangana, dejando una mancha mucho más pequeña.

Aura acercó la manga al rostro.

—¿Puedes hacer eso con cualquier agua?

—Con la que tengo cerca. Esa todavía era poca.

—¿Me enseñarías?

Neria miró primero el brazo de Aura y después a Ambarine.

—Solo un poquito —dijo Aura enseguida—. No voy a intentar hacer una barrera.

Neria dejó la venda a un lado y reunió agua de la palangana. La levantó en una lámina estrecha, a poca distancia de su mano. Aura se inclinó para verla mejor: el agua subía por un extremo y regresaba por el otro, cada vez más deprisa, hasta que apenas distinguió las corrientes. Un zumbido suave acompañaba el movimiento.

—¿Es una barrera? —preguntó.

—La hago así para defenderme. Mira.

Neria volvió la cortina hacia Ambarine. La princesa recogió una piedrecita del suelo y esperó a que la joven asintiera antes de lanzarla. Al tocar el agua, la piedra salió desviada hacia un lado y cayó entre las hierbas. Unas gotas alcanzaron las botas de Aura, pero la cortina siguió girando.

—Pensé que iba a atravesarla.

—Por eso la mantengo en movimiento.

Neria redujo la velocidad. El zumbido cesó y el agua se recogió en una cinta que descendió hasta la palangana sin derramarse por los bordes. Aura se quedó mirando la superficie.

—Con Ereel intenté usar los elementos. Me sabía las explicaciones, pero al hacerlo... La energía volvía hacia mí o se deshacía. Acabábamos practicando pulsos otra vez.

—¿También probaste con agua?

—Sí. Por eso quería ver cómo lo hacías tú.

Neria acercó la palangana, dejando espacio para que Aura apoyara el brazo herido sobre las piernas.

—No empieces por la cortina. Prueba a separar unas gotas. Aquí, cerca del borde.

Aura extendió la mano sana. Podía reconocer la Lay Len, pero cuando intentó guiarla por el agua, la corriente perdió la forma. Una presión breve golpeó la superficie y levantó una salpicadura.

Ambarine apartó la jarra. Neria sostuvo el borde de la palangana y recogió el agua que iba a derramarse. Parte había mojado ya su manga.

—¡Ah! Perdón...

—Espera. Retira la mano primero.

Aura la dejó sobre la rodilla. La presión cedió poco a poco.

—Eso me pasaba —dijo, mirando la manga mojada de Neria—. Quiero mover el agua y termino empujándolo todo.

Neria se secó con un paño y volvió a acercarse.

—¿Te dolió?

—No. Pero sentí que iba a volver hacia los dedos.

—Entonces menos. No intentes levantarla todavía.

Aura volvió a extender la mano. Dejó pasar una corriente más pequeña y la superficie tembló. Quiso reunir el agua cerca del borde, pero la energía se abrió hacia los lados y aquel temblor se convirtió en ondas que chocaban unas con otras.

Neria esperó sin intervenir. Aura frunció el ceño e intentó estrechar el trazado; sintió una punzada de calor en los dedos y retiró la mano.

El agua quedó quieta.

—No consigo que se quede donde quiero.

—Por hoy basta —dijo Neria. Le acercó el paño seco—. Enséñame la mano.

Aura abrió los dedos. No estaban enrojecidos como aquella vez con Ereel. La molestia desapareció mientras Neria los revisaba, aunque seguía sintiendo ganas de intentarlo otra vez.

—Tú haces que vaya y vuelva sin que se desarme —murmuró.

—Llevo años haciéndolo. Al principio también acababa empapada.

Aura miró las gotas en su manga y sonrió un poco.

—Hoy fue por mí.

—Hoy sí.

Neria sonrió con ella y apartó la palangana. Aura se secó la mano; no había logrado levantar ni una gota. Miró el lugar donde había caído la piedra y recordó la cortina de agua, que apenas se había deformado al recibirla.

Ambarine levantó la jarra y la acercó a la palangana.

—¿Sigues queriendo hacer aquella prueba conmigo?

Aura tardó en responder. Miró el agua y después el vendaje del codo.

—Sí. Pero no quiero hacer otra vez lo de ayer.

—Una barrera y un ataque cada vez —dijo Ambarine.

Neria le pidió a Aura que moviera el brazo de nuevo. Lo levantó, lo extendió hacia un lado y volvió a bajarlo. La molestia era leve.

—Los vendajes se quedan —dijo la joven—. Si el dolor aumenta, paras.

Aura miró a Ambarine.

—¿Y si tengo que parar antes de responderte?

—Entonces paramos.

Puedes decirle que pare, Aura. Incluso si acaba de empezar. No va a dejar de querer conocerte por eso.

Aura había pensado en los ojos de quienes la habían rechazado la noche anterior. Bajó la vista hacia sus manos.

—No sé si pueda hacerlo bien.

—Empieza por lo que practicabas con Ereel. Yo espero a que cierres la barrera.

Aura tomó aire.

—Está bien. Pero lejos de las tiendas.

—Eso ya lo había pensado —respondió Ambarine.


Nashira eligió una extensión de pasto bajo, lejos de las tiendas y de las rutas que conducían a la entrada del vórtice. Aura dejó el bolso sobre una roca, al lado de Neria. Se apartó el borde de la capa para mirar la amalgamita: conservaba la única grieta. Después volvió a cubrirla y miró hacia Ambarine.

Orven hizo retroceder a dos personas que se habían acercado demasiado. Brenor se quedó a su lado con el arco sin tensar. Otros habitantes miraban desde una elevación, y la anciana que había desayunado con Aura se sentó sobre la hierba, lejos del claro.

Ambarine se quitó la capa y se la entregó a Nashira. Se colocó a varios pasos de Aura y alzó una mano vacía.

—¿Lista?

Aura flexionó los dedos y movió ambos brazos. El hombro tiró un poco al extenderlo, pero pudo mantenerlo arriba.

—Creo que sí.

La llama apareció sobre la palma de Ambarine. Nació como una hebra anaranjada que se curvó sobre sí misma hasta formar una esfera del tamaño de una manzana. Aura la observó con admiración antes de que la princesa la lanzara hacia ella.

Se movió a un lado y levantó una barrera breve. La esfera golpeó la superficie con un chasquido seco y se abrió en una lluvia de chispas que se apagaron antes de tocar la hierba.

—Bien —dijo Ambarine—. Ahora responde.

Aura dejó deshacerse la defensa y llevó el peso hacia adelante. Buscó el pulso que Ereel le había enseñado a usar contra piedras marcadas y lo dirigió al suelo, a pocos pasos de Ambarine.

La onda levantó hierba y polvo.

Ambarine saltó hacia atrás. Una línea de fuego recorrió el aire hacia el lugar donde Aura acababa de apoyarse. Tuvo que cambiar de pie y levantar una segunda barrera antes de que la alcanzara.

El calor golpeó la protección. Aura sostuvo el trazado solo el tiempo necesario y lo dejó deshacerse. La energía se dispersó entre las hierbas con menos resistencia de la que recordaba en el patio. Abrió los dedos, sorprendida, y Ambarine detuvo la siguiente llama.

—¿Qué ocurre?

—Aquí se siente... más fácil soltarla.

—No te confíes por eso.

Aura asintió. Esta vez atacó primero. Un destello corto la llevó fuera de la línea de las llamas; apareció a un costado de Ambarine y lanzó un pulso dirigido hacia su hombro. La princesa giró sobre un pie y formó un arco de fuego entre las dos. Aura retrocedió, cerró el pulso y levantó una barrera antes de volver a moverse.

Ambarine no desperdiciaba sus movimientos. Sus llamas cerraban caminos, marcaban alturas y obligaban a Aura a decidir dónde podía apoyarse. Aura respondía con defensas breves, cambios de posición y descargas pequeñas. Una molestia le recorrió el hombro al extender la mano, pero pasó enseguida; no necesitó bajar el brazo.

Desde el borde del claro, Brenor seguía cada movimiento con las orejas erguidas. Nashira sujetaba la capa de Ambarine sin doblarla, y Neria se había quedado de pie junto al bolso. Aura alcanzó a verlas cuando se apartó de otra llama, antes de dirigir un pulso lateral que la dispersó en chispas.

Ambarine reunió fuego en ambas manos. Dos corrientes se elevaron a cada lado de Aura, empujándola hacia el centro del claro.

El calor le alcanzó las mejillas. Por un instante recordó la vara del mago y a Peryna detrás de una defensa que tenía que seguir creciendo. Podía romper aquellas llamas si reunía más energía. El rojo empezó a apretarse frente a su mano.

No hace falta que lo rompas, Aura. Mira abajo. Todavía tienes por dónde pasar.

Aura soltó el aire y bajó la vista. El fuego aún no había cerrado el espacio junto al suelo. Dejó dispersarse el ataque que preparaba, se agachó y utilizó un pulso bajo sus pies para salir por aquel hueco.

Ambarine la esperaba al otro lado. Una llama se formó en su palma al mismo tiempo que Aura reunía energía frente a sí, lista para liberar un rayo breve. Se detuvieron a pocos pasos. El fuego iluminaba el rostro de Aura y el rojo se reflejaba sobre la mano de Ambarine.

Aura miró la llama, luego a su compañera. Ambarine tampoco avanzó. Durante unos instantes ambas conservaron el trazado, respirando deprisa.

—¿Lo dejamos aquí? —preguntó Aura.

Ambarine bajó la mano. Aura redujo la corriente y esperó hasta que la luz roja se deshizo entre sus dedos.

Brenor soltó el aire con fuerza.

—Pensé que no iban a parar.

Aura se echó a reír, todavía sin aliento. Ambarine también sonrió mientras Nashira se acercaba con su capa.

—Tienes más control del que esperaba —dijo Ambarine.

Aura se tocó la amalgamita. La grieta no había cambiado.

—El vórtice ayudó. Afuera no siempre puedo soltarlo así.

Ambarine asintió y le extendió una mano. Aura tardó un momento en estrecharla.

Neria les acercó agua. Mientras Aura bebía, le preguntó por el hombro.

—Lo noté un poco cuando levanté el brazo. Ya no.

Neria revisó que el vendaje siguiera en su sitio y Aura miró la manga aún húmeda por el ejercicio anterior.

—Te mojé toda.

—Se va a secar —respondió la joven, sonriendo.

Orven indicó a quienes estaban sobre la elevación que dejaran libre el camino. Aura recuperó el aliento y volvió hacia las tiendas junto a Ambarine, con Neria llevando el bolso. Nadie le cerró el paso. La anciana apartó una caja con el pie para que no tuviera que rodearla y Aura le dio las gracias al pasar.

Junto a la mesa del mapa, Cael había extendido nuevas hojas. Se volvió al oír los pasos y estuvo a punto de hablar, pero miró primero hacia el sendero.

Nashira también se detuvo.

Entre las hierbas apareció la cabeza de Tirka. Caminaba deprisa, con las orejas vueltas hacia adelante. Aura dejó de mirar las hojas y avanzó hasta el borde de la lona.

Esta vez Tirka vino directamente hacia ella.

Folio 12·9611 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

34,12 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

3,55 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

836,58 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||