Aura siguió los pétalos sin recurrir a la Lay Len.
El rastro atravesaba una franja de trigo aplastado y se alejaba de la granja en dirección norte. Cada cierta distancia encontraba un punto violeta donde no debería haberlo: bajo una mata de hierba, junto a una piedra baja, atrapado entre dos tallos. No era el azar de unas flores arrancadas por el incendio. Alguien se había detenido a dejar cada señal y había calculado lo bastante para que el viento no se la llevara de inmediato.
La kunara no volvía la vista para comprobar que Aura la seguía. Tampoco se alejaba tanto como para perderse por completo. Era una invitación, pensó Aura, pero no una promesa.
El campo terminó al pie de un risco de piedra pálida. Desde allí la tierra descendía hacia una hondonada cubierta de matorrales; al otro lado, entre los árboles, la última columna de humo de la granja se confundía con la noche. Aura se detuvo en el borde. No había nadie.
El silencio no se parecía al de la casa quemada. Allí había faltado toda vida. En el risco, en cambio, el aire parecía contenerla: una rama que dejaba de moverse demasiado pronto, una respiración que no alcanzaba a distinguir, la certeza de que no estaba sola.
Una ráfaga le golpeó la espalda y levantó dos pétalos que habían quedado prendidos en los tallos. Aura se volvió y encontró a la kunara a pocos pasos. No la había oído acercarse.
La capa color trigo se confundía con el campo a su espalda. De cerca, Aura vio que la piel morena de la mujer estaba salpicada de polvo y que los dos cuernos estrechos nacían sobre sus sienes antes de curvarse hacia atrás, pegados a la forma de la cabeza. Llevaba un cuchillo enfundado a cada lado de las piernas y mantenía las manos visibles, separadas del cuerpo, preparada para retroceder o alcanzar un arma.
—¿Dónde están? —preguntó Aura.
La kunara no respondió. Sus ojos recorrieron primero el cabello carmesí que escapaba de la capucha y luego el rostro de Aura. Se detuvieron en sus ojos apenas un instante, como si la luz insuficiente no le permitiera decidir lo que buscaba.
Aura resistió el impulso de llevar la mano a la amalgamita. La gema seguía fisurada bajo su capa; tocarla no resolvería nada. Además, aquella mujer no había intentado dañarla. Había dejado un camino.
—La familia que vivía en esa granja —añadió—. Peryna, Mauro, Erina, Iris, Micah. Se los llevaron. Si sabes algo, por favor...
—Baja la capucha.
La voz de la kunara era baja y áspera, pero no hostil. Aura obedeció antes de pensar si debía hacerlo. El aire frío le despejó el rostro; el cabello cayó sobre sus hombros.
La mujer dio un paso hacia ella. No desenfundó los cuchillos. Aun así, Aura notó la distancia exacta que conservaba: suficiente para retroceder o atacar si el engaño se revelaba.
—Otra vez —dijo la kunara.
—¿Otra vez qué?
—Mírame.
Aura levantó la vista. La exploradora inclinó un poco la cabeza, buscando que la luz gris de las brasas lejanas alcanzara sus pupilas. Por primera vez, su cautela se quebró en una expresión legible.
Confusión.
—Violetas —murmuró.
Aura no entendía qué podía confirmar aquel color. Había aprendido pronto que sus ojos hacían que los desconocidos la miraran dos veces; nunca había sabido qué esperaban encontrar en ella.
—Sí.
—Los de Ambarine son naranjas.
El nombre quedó suspendido entre ambas.
Aura había oído hablar de la princesa fugitiva desde que llegó a Daliana. La gente bajaba la voz al nombrarla; algunos lo hacían con miedo, otros con una esperanza que no se permitían reconocer. Pero hasta entonces nadie había pronunciado aquella diferencia con tanta seguridad.
—No soy Ambarine.
—Eso no responde a lo que eres.
Aura abrió la boca y no encontró una respuesta que pudiera entregar sin convertir sus propias dudas en otra mentira. No podía hablar de los recuerdos incompletos, del sello ni de la esfera de Témpora a una desconocida armada al borde de un risco.
—Soy Aura. Eso es lo único que puedo asegurar.
La kunara la estudió un momento más.
—¿La emperatriz te envió?
—No.
—¿Te envió Silas?
El nombre devolvió a Aura el calor que había contenido desde la granja. Cerró los dedos sobre la tela de la capa, lejos de la piedra.
—Silas hizo que arrestaran a los Fuegel. Utilizó un informe alterado para hacerlo parecer legal. Luego alguien incendió su casa.
La kunara no reaccionó a la acusación. Solo la observó con más atención.
—¿Quién te dio ese informe?
—No lo tengo. Un soldado llamado Arcalzar comparó la copia con el original. Dijo que separaron los transportes y que uno de los hombres iba herido.
Al decirlo, Aura sintió que la esperanza volvía a dolerle. No quería convertir las palabras de Arcalzar en una certeza; tampoco podía soportar que fueran lo único que tenía.
La exploradora miró hacia la hondonada, como si midiera el tiempo que había perdido allí. Después volvió a fijarse en Aura.
—Podrías ser un señuelo.
—¿Un señuelo para quién?
—No te hicieron parecer a ella por accidente, ¿no?
Aura sintió una punzada de rabia, pero no contra la kunara. La mujer no le debía confianza.
—Entonces no me creas todavía —respondió—. Pero no me dejes aquí sin decirme si los pétalos eran una trampa.
La kunara guardó silencio. El viento pasó entre las dos y llevó consigo el olor distante de la ceniza. Aura no avanzó. Esperó, con las manos a la vista y el pecho demasiado tenso para respirar con normalidad, hasta que la exploradora señaló con dos dedos un estrecho sendero que descendía entre las rocas.
—Si mientes —dijo—, no llegarás hasta donde están.
La kunara dio media vuelta y empezó a bajar. Aura soltó el aire por la nariz.
—Que me confundan se está volviendo exasperante.
"Quizá te resulte interesante cuando por fin la conozcas."
La voz de Témpora llegó con tanta suavidad que Aura tardó un segundo en reconocerla.
"¡Témpora! Lo siento. Antes estaba..."
"Ocupada evitando destruir una escena del crimen. No tienes que disculparte."
Aura bajó la mirada hacia sus manos. El rojo había desaparecido de ellas, aunque el recuerdo de su calor seguía bajo la piel.
"Pasaron muchas cosas. Vi muchas cosas."
"Lo sé. Hablaremos cuando tengas la oportunidad. Solo llámame."
Aura cerró los ojos un instante.
"Gracias."
La kunara la esperaba varios pasos más abajo. Los pétalos continuaban marcando el sendero, protegidos en pequeñas grietas donde el viento no podía alcanzarlos.
Aura avanzó.
—¿Qué eres? —preguntó la kunara sin volverse.
—Ya te lo dije. Aura.
—Ese es un nombre.
—Es el mío.
La kunara ladeó la cabeza.
—No eres Ambarine. Tus ojos lo prueban. Pero llevas su rostro, llegas sola a una granja atacada y conoces información que no debería circular por los caminos —dijo, cruzándose de brazos—. Necesito saber si eres una persona de fiar o un simple intento de impostora.
Aura dudó. No sabía quién era la mujer, adónde conducía aquel sendero ni a cuántas personas pondría en peligro si revelaba demasiado. Pero aquella kunara ya estaba arriesgándose al guiarla. Y, si quería que la llevara hasta los Fuegel, tendría que decirle algo.
—Desperté cerca del lago sin recordar de dónde venía —dijo al fin—. No sé por qué me parezco a Ambarine. Sé que mi respuesta no te sirve, pero no voy a inventar otra.
La observó sin interrumpirla.
—La familia Fuegel me encontró así. Perdida, sin entender siquiera dónde estaba. Peryna compartió su comida conmigo. Erina me dejó dormir en su casa. Iris me arregló el cabello para que no pareciera que acababa de salir de un bosque. Mauro y Micah me trataron como si no fuera un problema que debían entregar a la guardia.
Las palabras salieron antes de que Aura intentara apartarlas.
—Es una historia interesante.
—Es la verdad. Después me fui para buscar ayuda. Cuando regresé, Silas ya había usado mi aspecto para acusarlos. —Aura sostuvo la mirada de la kunara—. No prendí ese fuego. Pero si no me hubieran recibido, quizá...
Se detuvo antes de terminar. La idea volvía cada vez que pensaba en ellos, pero decirla en voz alta no la hacía más cierta.
—Quizá Silas habría encontrado otra excusa.
Aura asintió.
—Sí. Pero quiero encontrarlos. Ellos me recibieron cuando yo no sabía nada y... —Aura apretó la tela de la capa—. No sé si puedo llamarlos familia después de tan poco tiempo. Para mí lo son.
El silencio de la kunara se prolongó. Un búho cruzó sobre el risco sin hacer más ruido que el roce breve de sus alas. Finalmente, Nashira descruzó los brazos.
—Nashira —dijo.
—¿Qué?
—Mi nombre. Si decides seguirme, al menos puedes usarlo.
Aura sintió que la tensión de los hombros cedía apenas.
—Gracias, Nashira.
—No me agradezcas todavía. Sigo sin saber qué eres.
—Yo tampoco.
Nashira resopló. Aura no supo si se había reído.
—Eso, por extraño que parezca, es más útil que una mentira bien ensayada.
Nashira señaló el descenso.
—Los pétalos no eran una trampa. Eran una prueba. Si hubieras usado magia para perseguirme, habrías llamado la atención de gente que ya busca demasiado en estos campos. Si hubieras destruido las marcas al pasar, habría sabido que no te importa quién queda detrás de ti.
Aura miró el pequeño pétalo atrapado junto a su bota.
—¿Sabes dónde están los Fuegel?
—Sé lo suficiente. —Nashira comenzó a bajar.
El sendero se estrechó hasta obligarlas a avanzar de lado en algunos puntos. La roca guardaba el calor que había acumulado durante el día, pero el aire nocturno descendía desde la cordillera y enfriaba las manos de Aura. Nashira no caminaba deprisa por impaciencia; elegía cada apoyo antes de cargar el peso y sabía cómo moverse por el terreno.
Aura imitó el ritmo. No necesitaba la Lay Len para mantenerlo, aunque las piernas le ardieron cuando la pendiente se volvió más pronunciada. El entrenamiento con Ereel le había enseñado a medir su respiración antes de que el cansancio se convirtiera en urgencia. Inhaló, apoyó el pie donde Nashira lo había hecho y siguió avanzando.
Tras el risco, el terreno se abrió en una llanura de piedra baja. Apenas quedaban matas de hierba entre las placas oscuras y las grietas. A lo lejos, la cordillera levantaba perfiles negros contra un cielo que ya había perdido el último color del día. Debían de ser las siete; en la capital, a esa hora, las ventanas empezaban a encenderse una por una. Allí no había nada salvo el brillo lejano de la luna sobre la roca.
Nashira emprendió la carrera y Aura corrió detrás de ella sin preguntar por qué.
La kunara se movía con una economía que Aura no podía imitar: saltaba una grieta, descendía por una pendiente corta y volvía a ganar velocidad sin parecer perder el aliento. Aura tuvo que concentrarse para no perseguirla como había perseguido el humo de la granja. No necesitaba alcanzarla. Solo necesitaba no perderla.
Cada vez que Nashira se alejaba demasiado, esperaba junto a una formación de piedra o levantaba dos dedos sin mirar atrás, con la misma paciencia calculada con la que había dejado los pétalos.
Cuando el dolor empezó a cerrarse alrededor de los tobillos, Aura vio que la kunara se detenía al pie de la cordillera.
Entre dos laderas se abría una grieta alta y estrecha, tan oscura que parecía absorber la luz de la luna. Las rocas alrededor estaban cubiertas por líquenes blancos. Desde lejos habrían parecido nieve; de cerca, Aura vio que emitían un brillo apagado, como brasas escondidas bajo ceniza.
Nashira miró hacia atrás.
—Pensé que usarías esa magia tuya.
—Pensé que preferías que no lo hiciera.
—Prefiero que una desconocida no ilumine el horizonte con energía roja mientras intento ocultar un refugio.
—Entonces estamos de acuerdo.
Nashira la evaluó de nuevo. Esta vez no buscó el color de sus ojos ni una señal de engaño. Miró sus botas embarradas, la respiración contenida y las manos vacías.
—Aún puedes regresar —dijo—. Lo que hay más adelante no es una ruta que puedas desandar.
Aura volvió la vista hacia el camino. La granja ya no se veía. Solo quedaba la noche, larga y quieta, entre la llanura y los árboles.
—No voy a regresar sin intentar encontrarlos.
Nashira no discutió y se internó en la grieta. El pasadizo descendía unos pocos metros antes de cambiar. La piedra dejó de sentirse fría bajo las manos de Aura. Un aire templado, cargado de olor a hierba húmeda, sopló desde la oscuridad. No había luz al fondo, pero el resplandor de los líquenes empezó a reunirse sobre las paredes en hilos delgados, dibujando una forma ovalada entre las rocas.
Dentro de aquella abertura se extendía un horizonte que la cordillera no podía contener: un pastizal inmenso bajo un cielo de ocaso. Las hierbas se movían en oleadas lentas, verdes y doradas, aunque no había viento suficiente para explicar su ritmo. Sobre ellas descansaba una luz anaranjada que no procedía de ningún sol visible. Todo parecía detenido en el instante anterior a la noche.
Aura reconoció la presión leve detrás de los oídos, el modo en que la Lay Len parecía acercarse sin tocarla. No era igual al vórtice de Ereel. Allí la arena caía desde una raíz imposible y el aire guardaba una tensión constante, como si el tiempo respirara a otra velocidad. Este lugar no exigía nada. La temperatura templada y el murmullo de las hierbas ofrecían una calma demasiado perfecta, como una habitación preparada para que quien entrara olvidara que tenía prisa.
—Un vórtice —susurró.
—¿Has visto otros?
—Uno. Mi maestro vive en él.
Nashira la miró con una cautela renovada.
—Eso explica algunas cosas.
—¿Cómo transcurre el tiempo aquí?
—El tiempo avanza como afuera —dijo—. Pero no cruces más allá de donde yo pise. El pastizal es tranquilo, pero hay algunas trampas del vórtice, y los caminos no siempre llevan al mismo sitio para quien no los conoce.
Nashira dio el primer paso hacia el ocaso inmóvil.
El aroma picante del vórtice se suavizó después de unos pasos. Aura no habría sabido decir en qué momento dejó de rechazarlo. Al principio le recordó a una raíz recién cortada; después, a una infusión demasiado concentrada. Finalmente descubrió debajo una dulzura tenue, parecida a la hierba calentada por el sol.
El campamento apareció tras una elevación baja.
No tenía murallas ni tiendas alineadas como un puesto militar. Varias lonas oscuras se agrupaban alrededor de un fuego pequeño, y los caballos permanecían atados lejos de las luces, entre hierbas altas. Había cajas abiertas, capas de guardia dobladas y una mesa improvisada bajo un toldo. Todo estaba preparado para levantarse con rapidez.
La primera persona que vio a Aura dejó caer una taza.
—Princesa.
La palabra atravesó el campamento. Dos personas se pusieron de pie de inmediato. Un hombre de cabello gris llevó el puño al pecho, en un gesto de respeto aprendido antes de que el miedo tuviera tiempo de corregirlo. Cuando Aura se acercó lo suficiente para que vieran sus ojos, el hombre bajó la mano.
—No es ella.
Los murmullos comenzaron al instante.
—¿Qué clase de truco es este?
—La emperatriz envía copias ahora.
—Yo la vi en la sala del trono. Vi lo que hizo.
—No fue ella —dijo alguien más, pero la voz sonó insegura.
Aura no reconocía la sala, ni el crimen, ni las miradas que acababan de caer sobre ella como piedras. Aun así, el repudio le resultó familiar: una decisión tomada antes de que pudiera decir su nombre.
Tres personas se desplazaron hacia el centro del claro. No la rodearon por completo, pero cerraron el paso entre Aura y las tiendas. Una mujer buscó el mango de un cuchillo. Otro retrocedió un paso, como si temiera que el parecido bastara para herirlo.
Nashira se adelantó.
—Bajen las manos.
—¿La trajiste aquí? —preguntó el hombre de cabello gris.
—La conduje. Hay diferencia.
—¿Y si nos siguieron?
—No la siguieron. La observé desde la granja hasta la entrada. Si hubiera querido señalarnos, no habría llegado caminando.
No todos parecieron convencidos, pero nadie contradijo a Nashira por segunda vez. Aura entendió que confiaban en su juicio; no que confiaran en ella.
Desde una de las tiendas salió una joven de cabello negro y ropa oscura. Sus orejas felinas se orientaron hacia Aura antes que el resto de su cuerpo, y la cola del mismo color se elevó en una curva curiosa detrás de ella. Llevaba dos cuchillos cortos y curvos sujetos de forma que pudiera atraparlos entre los dedos como si fueran garras.
No miró el rostro de Aura primero.
—Hueles raro —anunció.
—Tirka —advirtió Nashira.
—Raro bien. Creo. —Tirka dio un paso, aspiró el aire y parpadeó, desconcertada—. ¿Puedo acercarme más? Solo un poquito.
—¿Sí...?
Tirka rodeó a Aura con dos pasos ligeros, sin tocarla todavía. Olió el borde de su capa, luego el aire junto a su cabello, como si cada lugar guardara una respuesta distinta.
—Hueles a humo, sangre seca y tierra de la granja. Eso lo entiendo. También a un vórtice, pero no como los demás. —Frunció la nariz—. He olido a gente que cruza vórtices: humedad, minerales, flores que no crecen aquí. Tú tienes algo... como cuando está por llover y el aire se queda esperando. Me da cosquillas en la cabeza, miau.
Aura miró sus propias mangas, todavía manchadas de ceniza.
—¿Eh?
—Está bien. Yo tampoco sé por qué. —La cola de Tirka golpeó una vez el aire—. Pero no me dan ganas de alejarme. Me dan ganas de quedarme cerquita.
Vaciló y señaló el hombro de Aura con la barbilla.
—¿Puedo dejarte un poco de mi olor? Así, si vuelves a pasar, sabré que eres tú. Y los demás también.
La petición era tan seria y tan extraña que Aura casi sonrió. Al no percibir nada amenazante en ella, inclinó apenas la cabeza.
—Tirka... ¿qué rayos haces? —preguntó Nashira, confundida.
—¿Q-qué debería...?
Tirka se acercó con cuidado y rozó la tela de la capa con la mejilla, apenas un instante. Después se apartó satisfecha, con las orejas erguidas.
—Listo. Ahora hueles un poquito a mí. Mucho mejor.
El roce de la mejilla permaneció cálido sobre la capa.
Un roce de plumas cortó el silencio. Junto a una de las lonas, un arquero alto ajustaba el protector de su antebrazo. Sus orejas animales se dirigían hacia Aura, tensas, y el pelaje de sus manos oscuras contrastaba con la madera clara del arco que sostenía. No había apuntado una flecha, pero la cuerda ya estaba preparada.
—Brenor —dijo Nashira—. Ella estuvo en la granja.
El arquero no bajó el arma.
—¿Fue ella la que lanzó ese rayo?
Aura lo miró sin fingir que no comprendía.
—Sí.
—La vi desde el campo. El suelo vibró. Pensé que ibas a derribar lo que quedaba de la casa —añadió Nashira.
—Yo también lo pensé.
Brenor frunció el ceño. Esperaba una negación o una defensa; Aura no le dio ninguna.
—Pero no lo hice —continuó ella.
El arquero examinó la ceniza en sus botas, las manos vacías y la amalgamita oculta bajo la capa. Después aflojó la cuerda un poco.
—Eso no me dice qué harás cuando volvamos a encontrarlos.
—No lo sé todavía. —Aura no apartó la mirada—. Pero sé que no quiero que mi miedo les haga más daño.
Las orejas de Brenor descendieron apenas. Guardó la flecha en el carcaj, aunque mantuvo el arco en la mano.
—Sé dónde están —continuó Tirka—. Vi a Mauro, Micah y Peryna.
Las orejas de Tirka dejaron de moverse y la ligereza desapareció de su rostro.
—Mauro está herido... pero vivo. Micah no se ha separado de él. Peryna también está con ellos. —Su voz bajó al añadir—. La escuché cantar. No parecía que quisiera que nadie la oyera, pero logró que otras personas dejaran de llorar.
Aura cerró los ojos. Durante un instante solo oyó la voz de Peryna junto a los geranios, comparando sus ojos con flores que ya no existían.
—Gracias por decírmelo —dijo.
—Erina e Iris están en otro lugar —añadió Brenor—. También sabemos dónde. Solo nos falta decidir cómo actuar.
—No vamos a discutir la operación en mitad del claro —intervino Nashira—. Ambarine debe escuchar esto primero.
Nadie respondió. Algunas miradas seguían clavadas en Aura; otras se habían vuelto hacia el fuego, avergonzadas o aún desconfiadas. Una anciana recogió la taza caída sin acercarse a ella. Los demás conservaron su distancia.
Esperaron.
Tirka se sentó junto a Aura hasta rozarle el hombro y le ofreció una cantimplora. Aura bebió un sorbo, devolvió el recipiente y permaneció a su lado mirando el fuego.
—¿Tú también viste la granja? —preguntó.
—Vi la parte que quedó después. —La cola de Tirka se curvó sobre sus botas—. Odié no haber hecho más.
—Yo también.
Un sonido de pasos llegó desde el sendero que atravesaba el pastizal. El campamento se tensó de nuevo, pero esta vez nadie buscó un arma. Apareció un hombre joven primero, sosteniendo una carpeta contra el pecho para protegerla de la humedad. Tenía manchas de tinta en los dedos y miraba las tiendas, a Aura y a Nashira como si intentara ordenar los tres elementos en una secuencia comprensible.
Junto a él caminaba una kunara de cuernos desiguales. Uno se curvaba completo sobre su sien; el otro terminaba en una fractura antigua. Shaeli no mostró sorpresa al ver a Aura. Solo registró sus manos, la distancia hasta las salidas y el modo en que Brenor aún sostenía el arco.
La tercera figura hizo que el silencio cambiara. Aura tuvo la impresión absurda de estar mirando un reflejo que había aprendido a respirar sin ella.
Ambarine llevaba el cabello carmesí recogido de manera práctica, aunque algunos mechones le caían sobre el rostro. La capa de viaje ocultaba cualquier símbolo de su antiguo rango. La quietud con que ocupaba el espacio la hacía parecer más alta. Sus ojos, naranjas bajo la luz del ocaso inmóvil, se fijaron en los violetas de Aura. Se detuvo a varios pasos y la examinó desde el cabello hasta la ceniza de la capa; la piel bajo sus ojos estaba oscurecida por el cansancio.
Tirka levantó una mano.
—Para que conste, no son la misma persona. Lo dije yo primero.
El comentario hizo que Brenor apartara la vista. Alguien junto al fuego soltó una respiración que parecía haber contenido desde la llegada de Aura.
Ambarine casi sonrió, pero la expresión no alcanzó a formarse.
—Eso parece evidente —dijo.
Su voz era serena y baja, cansada.
—Aura —dijo Nashira—. La encontré en la granja. La seguí hasta que comprobé que no nos había llevado a nadie.
Ambarine asintió sin dejar de mirar a Aura.
—Ven conmigo.
Aura la siguió hacia la tienda más alejada del fuego.
Dentro había un mapa extendido sobre una mesa plegable, dos sillas y una lámpara cubierta para que su luz no se viera desde lejos. Las marcas sobre el papel formaban líneas, círculos y anotaciones apresuradas. Aura reconoció los dos grupos de símbolos aunque no sabía leerlos: una parte de la familia en un lugar, la otra en otro.
Ambarine esperó a que la lona cayera detrás de ellas.
—Nashira me contará lo que vio en la granja y lo que pudiste decirle —comenzó Ambarine mientras señalaba la silla frente a la mesa—. Quiero preguntarte otra cosa. ¿Por qué me buscabas?
Aura se sentó, aunque no apartó la mirada del mapa.
—Yo... no estaba segura de que te buscara a ti exactamente. —Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja—. Nashira apareció después de la granja y pensé que quizá sabía dónde estaban los Fuegel. Luego dijo tu nombre. Y Syrit... me contó mucho de ti y de lo que pasaste.
Los ojos naranjas de Ambarine cambiaron apenas al escucharla.
—¿La viste?
—Sí. Antes de volver a la granja. Me contó que hace casi un año que no te ve. Te extraña mucho.
Ambarine bajó la vista hacia el mapa. La mano se cerró sobre el borde de la mesa, pero su voz no perdió la calma.
—Le prometí que iría a verla cuando la situación se calmara. —Ambarine exhaló y apretó el borde del mapa—. Pensé que sería pronto.
Aura se limitó a asentir.
—No sabía qué esperaba encontrar aquí —admitió después—. Solo... quería entender por qué todos me miran como si hubiera hecho cosas que no recuerdo. Quería saber quién eras tú. Y cuando vi el campamento pensé que... —miró de nuevo los símbolos sobre el mapa—. Que quizá no estabas sola como creía.
Ambarine siguió la dirección de su mirada.
—Ahora no.
Se sentó frente a Aura. La lámpara acentuó las sombras bajo sus ojos.
—Cuando escapé, no tenía un plan ni un grupo esperando órdenes. Estaba sola y apenas sabía cómo continuar después de perder a mi padre. Las primeras personas que me buscaron no lo hicieron porque quisieran una princesa. Necesitaban un lugar donde dormir, alguien que les creyera o una ruta para salir de la capital.
Tocó con un dedo una de las líneas del mapa.
—Ayudé como pude. Algunas veces era llevar comida. Otras, sacar a alguien de una celda antes de que lo trasladaran. Después llegaron civiles, semi-humanos, kunaras... gente a la que la capital había tratado como si no mereciera quedarse en ella. Ellos empezaron a llamarlo un «ejército».
Una sonrisa breve y un poco incrédula cruzó su rostro.
—La mayoría no son soldados. Aprendieron a vigilar puertas, compartir provisiones y esconder a quien no tenía dónde ir. A veces les pido demasiado. —Ambarine rozó una ficha con la yema del dedo—. Todavía estoy aprendiendo.
Aura miró la mesa, las capas dobladas que había visto afuera y la taza caída que una anciana había recogido. Había pocas armas para un ejército y demasiadas mantas, cajas de comida y nombres anotados en los márgenes del mapa.
—¿Y quieres recuperar el poder de tu padre por ellos? —preguntó. Después añadió, insegura—. Lo siento... no sé muy bien qué significa recuperar un poder así.
—Yo tampoco sé del todo cómo hacerlo —respondió Ambarine.
Guardó silencio antes de continuar.
—Cuando mi madre murió, decidí que debía hacerme fuerte. Creí que, si aprendía lo suficiente y no volvía a ser una carga para nadie, podría impedir que algo así ocurriera otra vez. Después murió mi padre y... —Ambarine calló un instante—. Quiero respetar su última voluntad. Quiero evitar que Daliana quede en manos de quienes usan a las personas como herramientas.
—Como Silas.
—Como Silas. Como cualquiera que crea que un sello o una orden puede convertir una injusticia en algo aceptable.
Aura bajó los dedos hasta el borde de la mesa y recorrió una de las líneas sin tocarla.
—La familia Fuegel me ayudó porque me vio perdida. No sabía nada de mí. Ni siquiera yo sabía mucho de mí. —Sonrió apenas, incómoda—. Aún no sé muchas cosas. A veces siento que todos entienden las reglas antes de que alguien me las explique.
—Entonces pregunta —dijo Ambarine—. Responderé lo que pueda.
La respuesta le recordó a Ereel, aunque la voz de Ambarine no tenía la paciencia burlona de su maestro.
—¿Tú crees que fue mi culpa?
La pregunta quedó entre las dos antes de que Aura pudiera suavizarla. Ambarine no respondió de inmediato.
—No —dijo Ambarine. Bajó la vista hacia el mapa y tardó en continuar—. La orden fue de Silas. Él utilizó tu llegada y mi nombre. Yo también busco qué hice mal cada vez que no alcanzo a alguien. Siempre encuentro algo que podría haber intentado y... no sé cuándo sirve seguir buscándolo.
Aura soltó una risa muy pequeña antes de poder evitarlo.
—Eso no suena muy tranquilizador.
—No sé tranquilizar a nadie. —Esta vez Ambarine sí sonrió un poco—. Al parecer, tampoco he aprendido eso.
—No sé qué buscas de mí. Tampoco sé qué puede pasar con tu magia. —Ambarine enderezó una ficha sobre el mapa—. Necesito tiempo antes de dejarte entrar en todo esto.
Aura asintió despacio.
—Está bien. Yo también quiero conocerte... si no te molesta.
—No me molesta.
Ambarine preguntó cuánto tiempo había pasado Aura con Ereel, qué clase de cosas podía hacer y qué sentía al despertar en un mundo cuyas reglas todos los demás parecían conocer de memoria.
—Al principio creía que podía preguntar algo muy simple y que alguien me respondería —dijo Aura, rozando la taza tibia que Tirka había dejado junto a la entrada—. Pero a veces la pregunta era simple solo para mí. Entonces la gente me miraba como si estuviera jugando a no saber.
Ambarine asintió lentamente.
—A veces creen que finges —dijo Ambarine—. O deciden la respuesta antes de escucharte.
—¿También te pasó?
—Todo el tiempo. Aunque en mi caso suelen decidir primero qué clase de monstruo soy y después buscan los detalles que les sirven.
Aura bajó la mirada hacia la taza y después preguntó por Dalia y Emeter. Ambarine no le entregó una historia completa. Habló de una madre más cálida de lo que mostraban los retratos oficiales y de un padre capaz de convertir una lección política en una conversación junto a una ventana.
Cuando Aura mencionó a Syrit, la seriedad de Ambarine cedió un poco.
—Syrit discute con cualquiera. —El borde de la boca de Ambarine se curvó—. Solo que conmigo tiene práctica.
Aura sonrió y le contó cómo Syrit la había llevado a su casa creyendo que era ella.
—Apenas cerró la puerta, me abrazó y empezó a preguntarme dónde había estado, cómo estaba... No me daba tiempo de responder. Pensó que mis ojos eran parte de tu disfraz.
Ambarine soltó una risa breve.
—Sí le dije que tendría que cambiarlos. No imaginé que fuera a encontrar a alguien tan parecida a mí.
—Cuando pude explicárselo, me escuchó. Me ayudó con el disfraz y me presentó a su padre. Creo que le habría gustado que me quedara más tiempo.
—Le gusta tener con quién hablar. Yo siempre acababa yéndome antes de que terminara de contarme algo.
—Ya me habían dicho que me cubriera antes de entrar a la capital. Después de lo que hice en la granja, no querían que usara magia entre tanta gente.
Ambarine se acomodó en la silla para escucharla. Aura le contó cómo había intentado asustar a Silas, el proyectil que casi lo alcanzó y la energía que no podía apagar después de que él huyera. Recordó a Peryna escondida detrás de su madre y tardó un poco en continuar.
—Tuve que soltarla hacia el cielo. El rayo abrió las nubes. Yo solo quería que dejara de salir magia de mis manos.
—¿Hasta las nubes?
Aura asintió.
—Por eso busqué un instructor. Ereel me enseñó a detenerme antes de llegar a ese punto. Hoy, cuando vi la casa quemada, casi volvió a pasar. Pero pude soltarla sin destruir lo que quedaba.
Ambarine miró la amalgamita que Aura tocaba bajo la capa.
—¿Cuánto tiempo dijiste que entrenaste con él?
—Diez meses para mí. Afuera fue... menos de un día. Todavía se me hace raro.
—Me gustaría ver lo que aprendiste. —Ambarine dejó la ficha sobre el mapa—. Podríamos hacer un duelo de práctica.
Aura levantó la mirada.
—¿Contigo?
—Sí. Tengo curiosidad. Nunca he usado magia de esa forma. Y si puedes controlar lo que me cuentas, quizá los demás también se queden más tranquilos al verlo.
Aura miró hacia la entrada. Todavía recordaba al hombre que había bajado la mano al descubrir sus ojos.
—¿Tú ya confías en mí?
—Creo que quieres ayudar a los Fuegel. Después de lo que pasó podrías haberte ido y sigues buscándolos. —Ambarine se quedó pensando un momento—. Quiero darte una oportunidad, pero los demás apenas te han oído hablar. Tal vez practicar conmigo ayude un poco.
—No sé si pueda pelear contigo.
—Empezaremos con algo pequeño. Quiero ver cómo respondes y si puedes detener la magia cuando lo necesitas.
Aura miró la esfera de la lámpara.
—¿Y si pierdo el control?
—Nos detenemos. Me lo dices o yo lo hago al primer cambio que no reconozca.
—Está bien —dijo Aura—. Pero... no quiero quemar tu campamento.
—Por eso no lo haremos junto al campamento.
Nashira eligió una extensión de pasto bajo, lejos de las tiendas y de las rutas que conducían a la entrada del vórtice. El ocaso inmóvil envolvía la llanura con una luz tibia. Poco a poco, sin que nadie diera una orden, la gente del campamento formó un borde amplio alrededor del claro. La desconfianza hacia Aura persistía, mezclada ahora con curiosidad, y Tirka se colocó cerca de Nashira, casi vibrando de entusiasmo.
—¿Van a pelear de verdad? —susurró—. No de verdad-de-verdad, ¿no? Porque me gusta este campo y no quiero que se convierta en un agujero, miau.
—Si ves que va a convertirse en un agujero, avisa antes —dijo Brenor, sin apartar la vista de Aura.
—Eso no es muy útil, Brenor.
Ambarine se quitó la capa y la dejó sobre una roca. Llevaba ropa de viaje sencilla, sin ningún indicio de la princesa que los rumores describían. Alzó una mano hacia Aura.
—¿Lista?
Aura tragó saliva. Luego sonrió apenas.
—No mucho. Pero creo que sí.
La llama apareció sobre la palma de Ambarine. Nació como una hebra anaranjada que se curvó sobre sí misma y creció hasta formar una esfera del tamaño de una manzana. El fuego no rozó su piel ni tembló con el viento inexistente del vórtice. Era preciso, cálido y contenido. Aura sintió una punzada de admiración antes de que Ambarine lo lanzara hacia ella.
Aura se movió a un lado y levantó una barrera breve. La Lay Len se reunió frente a ella como una lámina transparente. La esfera golpeó la superficie con un chasquido seco y se abrió en una lluvia de chispas que se apagaron antes de tocar la hierba.
—Bien —dijo Ambarine—. Ahora responde.
Aura llevó el peso hacia adelante. No intentó formar fuego ni una figura que no conocía. Buscó el pulso que Ereel le había enseñado a usar contra piedras marcadas y lo dirigió al suelo, a pocos pasos de Ambarine.
La onda levantó hierba y polvo.
Ambarine saltó hacia atrás. Una línea de fuego recorrió el aire detrás de ella, no para alcanzarla, sino para cambiar su trayectoria. Aura entendió demasiado tarde que la princesa ya había calculado dónde caería y tuvo que levantar una segunda barrera.
El calor golpeó la protección. Aura sostuvo el trazado solo el tiempo necesario y lo dejó deshacerse antes de que la presión subiera por sus brazos.
La energía que afuera habría permanecido pegada a su piel, buscando más forma y más salida, se dispersó entre las hierbas. Aura aún sentía su fuerza, pero el borde rojo no avanzó de inmediato hacia sus manos. Ambarine frunció el ceño.
—¿Qué ocurre? —preguntó, manteniendo dos llamas pequeñas orbitando a su alrededor.
—No estoy segura. Aquí se siente... más fácil soltarla.
—No te confíes por eso.
Esta vez Aura atacó primero. Un destello corto la llevó fuera de la línea de las llamas. Apareció a un costado de Ambarine y lanzó un pulso dirigido hacia su hombro, lo bastante contenido para desequilibrarla. La princesa giró sobre un pie y un arco de fuego describió un círculo entre las dos que obligó a Aura a retroceder.
Ambarine no desperdiciaba sus movimientos. Sus llamas no buscaban envolverlo todo: cerraban caminos, marcaban alturas, obligaban a Aura a decidir dónde podía apoyarse. Aura respondía con barreras breves, cambios de posición y descargas pequeñas que rompían el aire justo donde Ambarine necesitaba avanzar.
Desde el borde del claro, Brenor seguía cada movimiento con las orejas erguidas y Nashira había dejado de cruzarse de brazos. Incluso quienes antes habían llamado a Aura impostora miraban cómo el rojo se detenía antes de llegar a sus manos. Tirka dio un saltito cuando Aura desvió una llama con un pulso lateral.
—¡Eso fue bonito! —susurró—. Un poco aterrador, pero bonito.
Ambarine concentró fuego en ambas manos. Dos corrientes se elevaron a cada lado de Aura, formando una pared móvil que no intentaba quemarla, sino empujarla hacia el centro del claro.
Aura sintió la solución rápida, capaz de romper ambas llamas con una descarga mayor. Los hombros se le tensaron y sus pensamientos quedaron demasiado limpios.
«Estoy asustada», pensó. «No necesito destruir esto.»
Soltó la primera forma de energía y dejó que se dispersara. Después se agachó, utilizó un pulso bajo sus pies y salió por debajo del borde más débil de fuego antes de que las corrientes se cerraran.
Ambarine la esperaba al otro lado. Una llama se formó a la altura de su palma al mismo tiempo que Aura reunía energía frente a sí, lista para liberar un rayo breve. Las dos se detuvieron a una distancia mínima. El fuego iluminaba el violeta de los ojos de Aura; la energía roja se reflejaba en los naranjas de Ambarine.
Ninguna tenía una victoria clara. Si Ambarine soltaba la llama, Aura alcanzaría a levantar una barrera, pero el rayo podría romper el equilibrio de ambas. Si Aura atacaba primero, Ambarine tendría el tiempo justo para convertir la defensa en un incendio alrededor de las dos.
Ambarine bajó la mano y Aura dejó que la luz roja se deshiciera entre sus dedos. Nadie habló hasta que Brenor soltó el aire con fuerza.
—Eso no iba a terminar nunca —dijo.
Tirka se llevó las manos a las mejillas.
—Podían seguir hasta que el ocaso se cansara de mirarlas.
Ambarine recuperó su capa y se la colocó sobre los hombros. Respiraba más rápido y no apartaba los ojos de Aura.
—Tienes más control del que esperaba —dijo a Aura—. Y más cuidado del que los rumores sugerían.
Aura se tocó la amalgamita bajo la capa. La fisura no había cambiado.
—El vórtice ayudó. Afuera no siempre puedo soltarlo así.
—Entonces solo sé lo que puedes hacer aquí. —Ambarine extendió una mano hacia ella.
Aura la miró un segundo antes de estrecharla.
Brenor conservó el arco en la mano y varias miradas siguieron la amalgamita bajo la capa de Aura. La mujer que antes había buscado el mango de su cuchillo dejó caer el brazo. Nadie cerró el paso cuando Aura y Ambarine regresaron juntas hacia las tiendas.
Cuando regresaron a la tienda, el mapa ya no estaba vacío alrededor de las dos fichas que representaban a la familia Fuegel.
Cael había cubierto una esquina de la mesa con documentos, tiras de papel y pequeñas placas de madera. Conservaba la carpeta apretada contra el pecho mientras Ambarine le indicaba dónde colocarla. Las manchas de tinta llegaban hasta sus nudillos. A su lado, Shaeli observaba la entrada con el cuerno roto vuelto hacia la lona, como si esperara que alguien hubiera aprendido a escuchar a través de ella.
Brenor permaneció de pie. Tirka se sentó sobre una caja y recogió la cola alrededor de sus piernas para no ocupar el paso. Nashira cerró la tienda detrás de todos.
Aura eligió un lugar junto al extremo de la mesa. Cael comprobaba sus manos cada vez que buscaba otro papel y Shaeli medía la distancia entre ella y la salida.
Ambarine se volvió hacia Aura.
—Cuéntales lo que viste en la torre.
Aura explicó el encuentro con Arcalzar. Habló del primer informe, donde los soldados habían registrado sus ojos violetas, su desorientación y la provocación de Silas. Después describió la copia oficial: el mismo número, una fecha posterior y una firma reproducida por otra mano.
—También tenía un sello imperial —añadió—. Arcalzar dijo que pertenecía a una oficina encargada de las propiedades confiscadas. No sabía si Isaliria había visto la orden.
Cael dejó la carpeta sobre la mesa, la abrió y comparó dos anotaciones antes de hablar.
—No la vio o se aseguró de no tener que verla. El resultado es el mismo para los Fuegel.
—No es exactamente lo mismo —dijo Ambarine.
Cael levantó la mirada.
—Si Isaliria dio la orden, Silas ejecuta su voluntad —continuó ella—. Si no la dio, alguien descubrió que puede utilizar su autoridad sin pedir permiso. Necesitamos saber cuál de las dos cosas enfrentamos.
Shaeli apoyó dos dedos sobre el sello dibujado en una de las copias.
—Isaliria destierra comunidades enteras y permite que sus funcionarios desaparezcan los registros. Que no conozca un nombre no significa que ignore lo que hace su gobierno.
—No —aceptó Ambarine—. Pero significa que Silas podría actuar por su cuenta si cree que la estructura lo protegerá. Eso lo vuelve menos predecible.
Aura añadió lo que Arcalzar había averiguado sobre el hombre herido y describió las huellas de la granja: dos grupos de ruedas, la venda junto a la sangre y las marcas de arrastre que terminaban en uno de los transportes.
Tirka inclinó las orejas hacia ella.
—Era Mauro —dijo—. Lo vi en la fortaleza. El vendaje sigue puesto y está despierto, pero no puede caminar.
Aura tuvo que bajar la vista hacia el mapa. La mancha de sangre ya tenía un nombre.
—¿Cuándo lo viste? —preguntó Ambarine.
—Antes de regresar. Entré por el conducto de agua durante el reparto de la cena.
—¿Escuchaste la orden de traslado?
Tirka asintió. La ligereza habitual había desaparecido de su rostro.
—Dos guardias hablaron junto a la rejilla. Prepararán la carreta cuando termine el segundo recorrido nocturno. Quieren sacarlos antes del cambio de turno.
Cael dejó de ordenar sus papeles. Una de las hojas quedó torcida bajo su mano.
—Eso coincide con una requisición que no entendía —dijo. Extrajo una hoja estrecha—. Pidieron dos caballos descansados para la fortaleza, pero no para el amanecer. Deben entregarlos durante la noche.
Brenor tocó las plumas de una flecha.
—Entonces dejamos de esperar.
—La entrada de servicio dependía de un guardia durante el cambio del amanecer —recordó Shaeli—. Si actuamos antes, no estará en su puesto.
—Y si esperamos, Mauro desaparecerá por una ruta que no conocemos —replicó Brenor.
La discusión se mantuvo en voz baja. Aura sintió la presión entre ambas posibilidades: entrar sin la ayuda prevista o conservar un plan que llegaría demasiado tarde.
Todas las miradas fueron hacia Ambarine.
Ella movió la ficha de la fortaleza hasta el borde del mapa y pidió a Cael la requisición. Hizo que Tirka señalara el conducto por el que había entrado y que Nashira marcara el camino del transporte. Después preguntó por el tiempo de los refuerzos y las posiciones desde las que Shaeli y Brenor podrían proteger ambas rutas.
Aura había esperado una orden rápida. Ambarine siguió preguntando hasta que todos dejaron de mirar el mapa y empezaron a mirarla a ella.
—La ruta del agua sigue abierta —dijo Ambarine al final.
Tirka movió una oreja.
—Es estrecha para Mauro.
—No lo sacaremos por allí. Tú ya confirmaste la celda; no necesitamos utilizarla como entrada principal. —Ambarine devolvió la ficha al mapa—. Los documentos de Cael todavía pueden llevar al primer grupo hasta el patio de servicio. Sin nuestro contacto en la puerta tendremos menos tiempo antes de que comprueben los nombres, pero no perderemos la entrada.
Cael humedeció los labios.
—Puedo cambiar la hora en la autorización. El registro que copiarán no llegará a la oficina hasta mañana.
—También puedo presentarla como una orden de salida anticipada. Ya están preparando la carreta de Mauro. Si la aceptan, tendrán que moverla al patio, abrir el portón de carga y despejar el corredor antes de comprobar el registro. La autorización no nos sacará si descubren quiénes somos, pero puede dejar preparada la salida antes de que eso ocurra.
—Hazlo. Solo en los documentos que llevaremos. No alteres los originales.
Cael asintió y acercó la hoja.
—¿Y Erina e Iris? —preguntó Nashira.
Ambarine colocó dos dedos sobre la segunda ficha.
—El equipo no cambia. Si todos corremos hacia la fortaleza, Silas tendrá tiempo para moverlas o utilizarlas cuando descubra el primer rescate. Ambas operaciones comenzarán durante la misma franja.
—La ruta para llevarles agua no estará abierta otra vez hasta más tarde —dijo Shaeli.
—Pero ya conocemos la habitación —respondió Tirka—. Puedo entrar por la cubierta este. Hay una ventana estrecha sobre el almacén.
Shaeli miró a la semi-humana.
—Y una caída suficiente para romperte una pierna.
La cola de Tirka golpeó una vez la caja.
—Solo si me caigo.
Ambarine apoyó la palma junto al edificio dibujado.
—Nashira cubrirá el exterior y conservará la ruta de retirada. Brenor ocupará la elevación y vigilará los accesos. Tirka entrará únicamente cuando ambos confirmen que el patio está despejado.
Tirka abrió la boca.
—Únicamente —repitió Ambarine, sin endurecer la voz.
—Únicamente cuando lo confirmen —aceptó Tirka, bajando las orejas.
—Shaeli vendrá conmigo a la fortaleza —continuó Ambarine—. Cael llevará los documentos y mantendrá la autorización mientras estemos dentro.
Las manos de Cael dejaron de moverse sobre el papel.
—¿Dentro? —preguntó. La palabra salió más baja de lo que parecía haber ensayado—. No sé pelear.
—No te necesito peleando. Si cambiaron la guardia, tú eres quien puede reconocer qué registro utilizarán, qué puerta corresponde a la autorización y qué mentira todavía puede sostenerse. Shaeli protegerá la ruta. Yo los protegeré a ambos.
Cael miró la entrada de la tienda y luego los documentos, como si comprobara una salida que ya no se encontraba allí. Respiró una vez antes de asentir.
—Prepararé dos recorridos de extracción. El sanador esperará con un transporte cubierto fuera del radio de patrulla, junto a los dos civiles y los caballos. Si recibe la señal de que una ruta quedó comprometida, avanzará al segundo punto en lugar de permanecer en un lugar que puedan cercar.
Ambarine señaló las dos bifurcaciones. Cael las marcó y anotó los nombres.
Aura esperó el siguiente.
Ambarine explicó las señales: una luz breve si la entrada estaba libre, dos si debían esperar; un silbido desde la elevación para advertir la llegada de refuerzos; ningún intento de contacto entre los equipos una vez iniciada la operación, salvo que una de las rutas quedara comprometida.
Aura siguió esperando.
Los nombres se distribuyeron alrededor del mapa. Tirka, Brenor y Nashira por Erina e Iris. Ambarine, Shaeli y Cael hacia la fortaleza. El sanador y dos civiles esperarían con el transporte cubierto entre los dos puntos de extracción; otro vigilaría la entrada del vórtice.
No quedaba ninguna ficha.
—Espera... —dijo Aura.
Las miradas regresaron a ella. Aura tuvo que aclararse la garganta antes de continuar.
—¿Y yo?
Ambarine no fingió no comprender.
—Tú permanecerás aquí.
Aura sintió que algo se cerraba detrás de sus costillas.
—Pensé que después del duelo...
—El duelo me mostró lo que puedes hacer dentro de este vórtice —dijo Ambarine—. Tú misma reconociste que afuera es distinto. No sé cómo reaccionará tu magia bajo presión.
—Puedo seguir las señales —insistió—. Y no necesito utilizar una descarga grande.
—Todavía no sabes cómo será el interior de la fortaleza.
—Ninguno lo sabe por completo.
Brenor volvió una oreja hacia Ambarine, pero no intervino. Tirka miraba a Aura con la cola inmóvil sobre las piernas.
Aura bajó las manos. Había empezado a defender su magia, pero recordó la venda manchada de sangre junto a la granja.
—Aprendí primeros auxilios con Ereel —dijo—. Durante meses. Sé contener una hemorragia, inmovilizar a alguien y moverlo sin empeorar una herida. No creo que pueda curar a Mauro, pero el sanador estará fuera del radio de patrulla, no dentro de la celda.
Ambarine dejó de mirar la amalgamita y observó sus manos.
—¿Has tratado una herida abdominal?
—Ayudé a un hombre al que apuñalaron en el camino. No retiré la hoja. Estabilicé el objeto, preparé una tabla y lo acompañé hasta la capital. —Aura tragó saliva al recordar la sangre—. Seguía vivo cuando llegamos.
—¿Y si Mauro deja de respirar durante el traslado?
Aura pensó antes de responder.
—Comprobaría que su boca esté libre y trataría de mantener abierta la respiración. Pero si la herida alcanzó algo que no puedo ver, necesitaré al sanador. Solo puedo darle tiempo.
Ambarine miró a Cael.
—¿Cuánto tardaremos desde la celda hasta el primer punto de extracción?
Cael revisó primero la distancia escrita junto al camino y después el ancho que había anotado para el corredor. Sus dedos temblaban sobre el borde de la hoja.
—Con la salida despejada, menos de media hora. Pero la tabla requiere dos personas, y en el corredor ninguna podrá defenderse sin soltarla. Si usamos la segunda ruta, tendremos que cruzar terreno abierto y tardaremos más.
Cael comprobó las cifras otra vez.
—Necesitamos a alguien junto a Mauro desde la celda, no solo cuando alcancemos al sanador.
Ambarine desplazó una ficha pequeña desde el borde de la mesa y la colocó junto a la fortaleza.
—Aura vendrá con nosotros.
—Tu función será mantener estable a Mauro hasta llegar al sanador —continuó—. Si debemos elegir entre perseguir a un guardia y proteger la tabla, protegerás la tabla.
Aura asintió.
—Eso puedo hacerlo.
—Prepárate entonces. Partiremos en cuanto Cael termine los documentos.
La reunión terminó enseguida. Shaeli salió primero para revisar la aproximación a la fortaleza. Nashira siguió a los civiles encargados del transporte. Brenor comprobó el número de flechas sin apartarse demasiado de la entrada mientras Aura recogía su bolso con un alivio casi tan intenso como el miedo.
Tirka pasó junto a ella con un rollo de cuerda colgado del hombro.
—Sabía que encontrarías una forma de venir —susurró.
—Yo no.
Tirka sonrió y salió detrás de Nashira.
Las conversaciones se redujeron a indicaciones breves. Las capas de guardia pasaron de una persona a otra; alguien apagó el fuego y cubrió las brasas; Cael se inclinó sobre los documentos mientras una mujer sostenía la lámpara cerca de sus manos. El ocaso inmóvil del vórtice hacía imposible adivinar cuánto faltaba para la partida.
Aura revisó las vendas que había guardado aquella mañana en casa de Ereel. Añadió el ungüento, dos paquetes de hierbas y una tira de tela limpia. Al encontrar la esfera de Témpora entre sus notas, recordó la llama de Ambarine y los ojos naranjas que todos relacionaban con una criatura muerta hacía incontables generaciones.
La sangre de Vish.
Emeter había intentado decidir el futuro de su hija por ese linaje. Aaron había hablado de una ciudad levantada sobre las ruinas de quienes servían a un dragón. Ambarine quería recuperar una autoridad que, de alguna manera, todavía dependía de ambas historias.
Aura cerró el bolso.
«Estás intentando ordenarlas todas al mismo tiempo.»
La voz de Témpora apareció con una calidez que no acalló el bullicio, pero lo volvió más distante.
«Dijiste que hablaríamos cuando tuviera la oportunidad.»
«Y parece que has encontrado una muy pequeña.»
Aura miró alrededor. Nadie necesitaba sus manos todavía. Se alejó de las tiendas hasta una elevación desde la que aún podía ver la lámpara de Cael y las siluetas que preparaban los caballos. Las hierbas le rozaron las botas con su movimiento lento, ajenas a la prisa de todos.
Se sentó sobre una piedra baja y sostuvo la esfera entre ambas manos.
«Ambarine dijo que su familia desciende de Vish. Todos hablan de esa sangre como si explicara quién debe ser.»
Témpora apareció a pocos pasos, vestida de blanco bajo la luz anaranjada. Los pequeños orbes que la rodeaban se movían más despacio que de costumbre y ella no sonreía.
—La historia de esa sangre ha cambiado muchas veces —dijo—. No siempre la contaron como ahora.
Aura recordó la habitación de la granja, la primera noche en que Témpora le habló de las tres luces y de los dos dioses que cada nación reclamaba como salvadores.
—Cuando desperté, dijiste que Thermus creó vida y que Nishambria entregó la magia. Después dijiste que las versiones cambiaban según quién las contara.
—Era lo que necesitabas saber para comprender este lugar.
—¿Era verdad?
Témpora volvió el rostro hacia el ocaso y tardó en contestar.
—Conocí, de cierta forma, a la persona que el mundo recuerda como Thermus.
Aura apretó un poco la esfera.
—Entonces sí era un dios.
—No conocí a un dios. —Témpora regresó la mirada hacia ella—. Conocí a Athernus.
El nombre no produjo ningún reconocimiento.
—¿Quién era?
—Alguien que quería que la vida continuara después de una catástrofe. Era obstinado. Aceptaba cargas terribles si creía que con ello protegía a otros. Quienes vinieron después contemplaron lo que hizo y decidieron que solo un dios podía haberlo conseguido.
—¿Athernus era un dios?
Témpora tardó en responder.
—No de la forma en que ahora lo veneran.
Aura recordó a los dos niños junto a la fuente, las manos pequeñas unidas y el estómago del menor reclamando comida mientras el mayor insistía en que Thermus concedía los deseos puros.
—Vi a unos niños rezarle —dijo—. Querían que su madre regresara y creían que la medicina que la ayudó también venía de él. No apareció comida cuando la pidieron.
Témpora bajó la mirada. Uno de los orbes descendió hasta rozar las hierbas antes de regresar junto a ella.
—No desprecio que una oración los ayude a resistir otra noche o a compartir el poco pan que tienen.
—Pero Athernus no los escuchó.
—No.
Desde el campamento pidieron otra lámpara. La luz se movió entre dos tiendas y volvió a detenerse junto a Cael.
—Athernus no puede responderles —continuó Témpora—. Y de tanto repetir la historia, casi borraron a la persona que fue.
Aura observó los orbes alrededor de ella.
—Tú sí puedes hablarme.
Una sonrisa triste rozó el rostro de Témpora.
—Y eso no me convierte en alguien ante quien debas arrodillarte.
—Entonces ¿qué hace que alguien sea un dios?
—No lo sé —admitió Témpora—. He visto a personas recibir ese nombre por cosas muy distintas.
El ruido de una hebilla al cerrarse llegó desde el campamento. Ambarine hablaba con Brenor junto a los caballos. Incluso desde lejos, Aura podía distinguir el cabello carmesí bajo la luz inmóvil.
—¿Y Vish? —preguntó—. ¿También fue solo alguien al que convirtieron en otra cosa?
—Vish era un dragón —respondió Témpora—. Pero la historia que Daliana conserva sobre su traición no es la primera que existió.
Aura esperó.
—Los antepasados del linaje de Ambarine no le arrebataron las alas —continuó—. Pertenecían a quienes habían establecido un pacto con él y permanecieron leales cuando comenzó la rebelión.
—Aaron dijo que el dragón abandonó a sus seguidores.
—Porque esa es la forma que sobrevivió. Hubo un tercer actor. Alguien que deseaba el poder de Vish y convenció a otros de que la única manera de liberarse era volverse contra él. No actuó solo. Utilizó un poder que pertenecía a otro dragón.
Aura cerró los dedos alrededor de la esfera.
—¿Ese dragón los ayudó?
—No. Utilizaron su poder sin que participara en el asesinato. —Témpora miró uno de sus orbes—. Sé cómo llegó a sus manos, pero no puedo hablar de eso.
—¿Mataron a Vish?
—Sí. Y tomaron sus alas.
Aura buscó alguna duda en el rostro de Témpora. Su guía hablaba sin la distancia que solía conservar al referirse a las leyendas de aquel mundo.
—¿Cómo sabes eso?
Témpora guardó silencio sin apartar la mirada.
—Conozco una versión más antigua —dijo al fin.
Aura esperó algo más. Témpora no continuó.
—¿Qué ocurrió con la familia de Ambarine?
—Conservaron el pacto. Mucho después recuperaron el derecho que había pertenecido a los seguidores originales de Vish. Con el tiempo, esa recuperación y el robo de las alas se mezclaron en una misma historia. Después la historia fue invertida hasta hacer que los leales parecieran responsables de la traición.
Aura volvió a mirar el campamento y recordó el sello imperial sobre el informe falso. Ambarine se había negado a aceptarlo como prueba suficiente.
—Ella no lo sabe —dijo Aura.
—No de la forma en que tú acabas de oírlo.
—¿Debería contárselo?
—Puedes contárselo, pero no podrás probarlo. —Témpora contempló a Ambarine desde la distancia—. Esta noche tiene que ocuparse de quienes siguen vivos.
Aura miró a Ambarine junto a los caballos y guardó la esfera. Témpora desapareció de la hierba, aunque Aura aún percibía su presencia mientras regresaba al campamento.
Cael terminó los documentos poco después.
Cael había preparado una función para cada persona. Él figuraba como escribiente de la Oficina de Propiedades Confiscadas, enviado para corregir el registro y adelantar la salida de Mauro. Ambarine sería la jefa de la escolta; Shaeli, la segunda guardia. Aura aparecía como auxiliar de traslado con conocimientos médicos.
Cael repitió los nombres falsos hasta dejar de confundir dos apellidos y explicó qué preguntas podía responder cada uno. Solo él conocía la cadena administrativa completa. Ambarine debía limitarse a confirmar órdenes breves, Shaeli vigilaría el puesto y Aura solo hablaría si le preguntaban por Mauro.
Las capas de guardia incluían cascos oscuros con piezas sobre las mejillas y telas gruesas alrededor del cuello. Bajo la luz nocturna ocultarían el cabello y parte de las facciones. Aura llevaría el material para estabilizar a Mauro y una tabla estrecha de traslado que justificara su presencia.
Shaeli estableció el límite antes de salir: si en el primer control les ordenaban retirarse los cascos o esperar una verificación presencial, abandonarían la cobertura. Los documentos estaban diseñados para conducirlos hasta el patio de servicio, no para resistir un interrogatorio ni permitirles atravesar abiertamente toda la fortaleza.
Los dos equipos se reunieron junto a la salida del vórtice. Allí el ocaso terminaba de manera abrupta: al otro lado de la abertura ovalada, la noche cubría la grieta de la cordillera. Las capas oscuras borraban colores y rostros. Solo las orejas de Tirka se movían sobre su cabello mientras escuchaba los sonidos del exterior.
Ambarine comprobó cada grupo una última vez. Entregó a Shaeli una tira de tela con las señales, revisó las tres autorizaciones que llevaría Cael y ajustó con Brenor el momento en que ocuparía la elevación frente a la propiedad de Silas.
Después se acercó a Aura.
—Hay algo que debes aceptar antes de salir.
Aura sostuvo las correas del bolso.
—¿Qué cosa?
—Seguirás las señales aunque no comprendas por qué cambian. Si la entrada queda comprometida, no utilizarás tu magia para abrirla por tu cuenta. Y si ordeno la retirada, te retirarás con quienes hayan alcanzado la salida.
Aura pensó en Mauro detrás de una puerta, en Iris y Erina dentro de una propiedad distinta, en las celdas vecinas donde Peryna había cantado para personas cuyos nombres nadie en el campamento conocía.
—¿Aunque alguien siga dentro?
—Si permanecer significa perder también a quienes ya sacamos, sí.
Aura apretó las correas del bolso. No quería imaginar una puerta cerrándose con alguien todavía al otro lado.
—Está bien —dijo—. Seguiré las señales.
Ambarine esperó.
—Pero si encontramos otra celda... si hay alguien dentro y podemos abrirla, no quiero que lo dejemos porque no es uno de los Fuegel. Ni porque hacerlo te cause problemas.
Ambarine miró hacia la abertura. La noche exterior recortaba su perfil contra el ocaso.
—No puedo prometerte cada puerta —dijo—. Si una segunda búsqueda pone en peligro a quienes ya sacamos, ordenaré la retirada.
Aura asintió despacio.
—Pero si hay tiempo... —Ambarine miró otra vez la abertura—. Si podemos abrir otra celda sin perder la salida, lo haremos.
—Entonces iré contigo —dijo Aura.
Ambarine inclinó la cabeza.
—Entonces iremos juntas.
Tirka apareció junto a Aura antes de que los grupos se separaran. Llevaba el cabello recogido, los cuchillos curvos asegurados entre los pliegues de la ropa y la cola pegada a una pierna para cruzar la grieta sin rozar la piedra.
—Iris y Erina estarán esperando —dijo Aura.
Tirka intentó sonreír, pero sus orejas se inclinaron hacia los lados. Después se acercó, apoyó la frente contra el hombro de Aura y frotó apenas la mejilla contra la tela de su capa. Dejó en ella el olor tenue de la hierba, el cuero y algo dulce que Aura no pudo reconocer.
—Para encontrarte otra vez aunque todo huela a miedo —murmuró Tirka.
Aura levantó una mano y rozó con cuidado el cabello negro entre sus orejas.
—Ten cuidado.
La cola de Tirka se curvó alrededor de su muñeca durante un instante antes de soltarse.
—Tú también. Y no dejes que Mauro intente caminar solo. Parece de los que harían eso, miau.
Nashira llamó a Tirka con dos dedos desde la entrada. Shaeli ya había cruzado hacia la noche. Tirka retrocedió sin apartar la mirada de Aura hasta que tuvo que volverse y desapareció con su equipo entre las paredes de la grieta. Brenor cruzó detrás de ellas con el arco preparado y una flecha separada del resto, al alcance de sus dedos.
Aura observó el espacio vacío que dejaron y ajustó el bolso de vendas contra su costado.
Ambarine levantó dos dedos.
Cael cruzó con los documentos protegidos bajo la capa. Shaeli lo esperaba al otro lado de la grieta, apenas visible contra la noche.
Aura respiró una vez y avanzó junto a Ambarine hacia la noche.
