El aire exterior enfrió las mejillas de Aura antes de que hubiera terminado de cruzar la abertura.
La última luz se recogía sobre las paredes de la cordillera. Desde allí podía ver a Tirka descendiendo detrás de Nashira, con la cola pegada a una pierna; Brenor se detuvo en una piedra más alta para comprobar el camino y después las siguió. Los tres iban hacia la mansión de Silas para vigilar los accesos. Aura mantuvo la mano sobre la correa del bolso hasta que dejaron de distinguirse entre las rocas.
Todavía conservaba en la muñeca la sensación de la cola de Tirka.
Aura siguió hacia Salachita con Neria, Ambarine, Orven, Cael y Shaeli. El sanador y los dos ayudantes encargados del carro y la camilla iban con ellos hasta el lugar de espera.
Neria avanzó a su lado. Su bulto llevaba un odre de cuero con la boca reforzada y una correa ancha; los recipientes de reserva habían quedado sujetos a las cajas del transporte. Orven caminaba cerca de los caballos y se volvía cada vez que una rueda golpeaba una piedra. El carro tuvo que detenerse en el primer estrechamiento. Uno de los ayudantes bajó para apartar grava del borde mientras el otro sostenía las riendas.
Aura se acercó por costumbre y Orven le señaló un lugar detrás de Neria.
—Deja que pasen primero.
Se quedó allí. El frío tiraba de la raspadura bajo la tela y empezó a desear la temperatura del campamento, aunque no el regreso. Mauro seguía al otro lado de una puerta. La noche anterior había dormido sin saber siquiera dónde buscarlo.
El camino rodeó una ladera y se abrió hacia una sucesión de mesetas. Bajo la luz que quedaba, las paredes parecían amarillas por arriba y anaranjadas en los cortes más hondos. El viento entraba entre ellas, desaparecía durante unos pasos y regresaba de frente con tanta fuerza que Aura tuvo que sujetarse el borde de la capa.
Cael caminaba detrás de Shaeli. Una vez tropezó al intentar comprobar un papel sin detenerse. La kunara lo sostuvo del codo antes de que cayera y señaló el suelo.
—Eso primero.
Él guardó la hoja. Después de unos pasos volvió a tocar la carpeta a través de la capa, como si necesitara asegurarse de que continuaba allí.
La prisión apareció cuando el cielo ya estaba oscuro.
Al principio Aura distinguió dos torres sobre el borde de la meseta. Más abajo, las luces de las lámparas marcaban un muro que unía dos brazos de piedra alrededor del acceso. La parte posterior se perdía dentro de la roca; por encima del portón había ventanas estrechas y una galería iluminada. Una figura cruzó entre dos lámparas con una ballesta apoyada en el hombro.
Orven detuvo el carro en un ensanche antes de la última curva. La pared de roca ocultaba el portón desde allí, aunque el viento traía voces y el roce de algo metálico. El sanador bajó para revisar la camilla plegada. Los dos ayudantes aflojaron las correas que la sujetaban a las cajas.
—Esperen aquí —dijo Orven—. Si tengo que llevarlos hasta la celda, vengo a buscarlos.
Uno de ellos miró la curva. Después comprobó con el otro el camino hacia el segundo punto de espera. Aura oyó el nombre del lugar y trató de recordarlo.
Ambarine se acercó a ella y a Neria.
—Las manos.
Aura dejó el bolso en el suelo y adelantó las manos. Neria alisó el vendaje del codo antes de que Orven pasara la cuerda alrededor de sus muñecas. Él ajustó el nudo delante, dejando el extremo donde pudiera encontrarlo con los dedos.
—¿Te duele?
—Solo un poco.
Él aflojó otra vuelta antes de atar a Neria. La joven bajó la cabeza para mirar el lazo y probó a acercar las manos al pecho. Orven se lo impidió suavemente.
—Ahora no.
Aura recogió el bolso con los dedos juntos. Ya no podía acomodarlo bien sobre el hombro, de modo que Ambarine le pasó la correa por la cabeza y lo dejó contra su costado sano. Después cubrió la cuerda con la capa hasta que alcanzaran el control.
Cael terminó de ordenar los documentos. La lámpara le iluminaba las manchas de tinta sobre los nudillos.
—Dos detenidas —murmuró—. Tres escoltas. Entrega en superficie.
Orven tomó el bulto de Neria y un atado pequeño de paños y vendas. Ambarine ajustó la tela alrededor del cuello, Shaeli avanzó hasta la curva y los demás fueron detrás de ella.
Un guardia salió del puesto cuando los vio acercarse. Era una mujer ancha de hombros, con una espada corta y una lámpara cubierta que abrió hacia sus rostros.
Aura bajó los ojos antes de que la luz le alcanzara. Tenía que sostener el cambio; sentía el trazado pequeño detrás de la mirada y el cabello castaño le rozaba la mejilla. La cuerda olía a fibras húmedas.
—¿De dónde?
Cael entregó la primera hoja.
—Oficina de Propiedades Confiscadas. Dos ingresos para el ala de superficie.
La mujer acercó la lámpara al encabezado. Otro guardia se quedó junto al portón, observando el camino que habían recorrido. Aura alcanzó a ver una vara corta colgada de su cinturón, al lado de la daga.
—Ya cerraron la relación del día.
—La recepción sigue abierta para entregas con orden —respondió Cael. Señaló una línea antes de que ella doblara el papel—. La confirmación debe volver a la oficina con mi firma. Si espera a mañana, tendrá que anotar que rechazó el ingreso.
La mujer lo miró.
Cael retiró el dedo, pero no la hoja. Aura oyó la respiración breve bajo su capa.
—¿Qué hicieron?
—Retención vinculada a un expediente de confiscación. El destino está en la segunda copia.
La guardia leyó de nuevo. Después levantó la luz hacia Neria, que había mantenido los ojos bajos.
—Tú. La cara.
Neria obedeció. La lámpara iluminó los mechones turquesa que escapaban de su trenza. Aura vio que tragaba saliva, pero permaneció quieta mientras la mujer comprobaba la cuerda.
Cuando llegó su turno, levantó el rostro. La guardia se quedó mirándola un poco más. Aura sintió el deseo absurdo de corregirle el color de sus ojos, de decirle quién era antes de que lo confundiera otra vez.
—¿Nombre?
Respondió con el que había repetido durante el camino. La mujer volvió al documento y comprobó las dos líneas.
Ambarine permanecía un paso detrás de Cael, con la lámpara por debajo de su rostro. No habló hasta que el hombre del portón preguntó cuántos eran.
—Tres de escolta y el escribiente.
El guardia contó con la vista. Shaeli había dejado ambas manos visibles y Orven mantenía el bulto apartado del cuerpo.
—¿Eso?
—Sus pertenencias. Agua y material limpio. Una detenida tiene una lesión en el brazo.
El hombre abrió el bulto, comprobó el agua y volvió a cerrarlo. Después separó con dos dedos los paños del atado. Sacó una cuchilla pequeña para cortar vendas y se la quedó.
—Los filos se registran dentro.
Orven asintió.
El portón se abrió con un golpe de cadena. Aura tuvo que esperar a que Neria avanzara; la mujer del control se había colocado entre ambas y la salida. Cuando pasó bajo el arco, una ráfaga apagó una de las antorchas de la pared. La otra siguió ardiendo dentro de su nicho.
En recepción olía a aceite, polvo y tela húmeda. Había una mesa junto a una puerta cerrada, un banco contra el muro y dos galerías que se separaban al fondo. Sobre el arco de una de ellas se veía una escalera descendente. Un guardia sentado en sus primeros peldaños levantó la cabeza al oír las voces.
El encargado del registro leyó la orden de Cael y abrió un libro. Tenía varios anillos de hierro sujetos a una tira de cuero, además de las llaves que descansaban junto a su codo.
—Las detenidas se quedan aquí. La escolta firma y puede retirarse.
Cael acercó otra hoja.
—La entrega se confirma en el ala. Aquí llevo la recepción de pertenencias.
El hombre dejó el papel sobre el libro sin leerlo entero.
—Aquí se hace la entrega.
—Aquí cuentan dos personas. Necesito esta copia sin el destino confirmado y la oficina me hace traerla de nuevo. —Cael señaló el espacio de la firma—. El responsable del ala tiene que firmar esto.
Aura miró a Ambarine. Ella seguía quieta, pero había separado un poco los pies. Orven dejó el bulto de Neria sobre la mesa y esperó.
El encargado llamó a un guardia del fondo.
—Llévalos hasta superficie y que les firmen allí.
Cael asintió demasiado pronto. Se dio cuenta y se quedó mirando el libro mientras el hombre buscaba una línea vacía.
—Todo lo que lleven.
Aura retiró el bolso con dificultad. Lo dejó sobre la mesa, pero el encargado tuvo que esperar a que soltara los dedos. Neria señaló el bulto que Orven había dejado y abrió la capa para que la revisaran.
El hombre vació las pertenencias sobre un paño. Extendió las hojas de Aura, sacudió una prenda doblada y dejó Aulita junto a la cantimplora. La esfera rodó unos dedos sobre la madera.
Aura dio un paso hacia ella.
La mujer del control le sujetó el hombro lastimado y apretó con fuerza. Aura se detuvo de golpe, con una punzada donde aquella mañana apenas había sentido una molestia.
—Quieta.
Neria levantó la cabeza.
—Ese brazo...
—Ya lo he oído.
La guardia soltó a Aura, pero se quedó a su lado. El encargado levantó Aulita hacia la lámpara y la giró entre los dedos. No apareció ninguna luz dentro de la esfera.
—También esto.
Cael anotó antes de que la guardara.
Después encontraron la amalgamita en el interior de la capa. Aura tuvo que apartar la tela para mostrar cómo estaba sujeta. El encargado la desprendió y la acercó a sus ojos.
—Está rota.
—Una grieta —dijo Cael—. Se recibió así.
El hombre lo miró con fastidio y dejó la piedra sobre el mismo paño. Shaeli siguió con la vista las pertenencias de ambas hasta que las pasaron al cuarto contiguo. El guardia que las llevaba eligió un estante bajo y cerró la puerta al regresar. La llave volvió a la mesa.
Revisaron también las armas de las escoltas. El encargado contó las piezas sin retirarlas; cuando tocó el casco de Ambarine para comprobar su ajuste, ella inclinó apenas la cabeza y dejó que sus dedos recorrieran el borde. Aura oyó a Cael preguntar por una mancha en la copia de recepción. El hombre volvió a su libro antes de levantarle la tela del cuello.
El guardia asignado a la entrega llamó desde la galería derecha.
—Vamos.
Neria se acercó a Aura. Sus manos seguían atadas. La guardia del control tiró de una vuelta de cuerda para comprobar que no estuviera suelta y la apretó más, pero dejó el mismo nudo.
Orven pasó junto a ellas con el pequeño atado de paños y vendas que habían permitido conservar. Aura caminó detrás, intentando encontrar el extremo del lazo sin mover los dedos demasiado.
La galería descendía suavemente antes de doblar hacia el interior de la meseta.
Las lámparas estaban incrustadas en la pared a intervalos largos. En algunas se veía una piedra pequeña de color encendido; su luz permanecía fija mientras las antorchas de los nichos temblaban con el aire. Por encima de las voces llegaba un silbido que parecía venir de mucho más lejos.
El guardia avanzaba delante de Cael. Orven iba detrás de las detenidas y Ambarine cerraba el grupo con Shaeli. Cada pocos pasos, Aura oía el roce de una hebilla contra las armas de la escolta.
Atravesaron una puerta de control abierta. A su izquierda había un tramo de galería separado por una reja y, detrás, la entrada al nivel inferior. Una mujer con el cabello muy corto estaba sentada dentro de una celda cercana, con una mano levantada hacia los barrotes. Un punto pálido apareció entre sus dedos. La luz se estiró, tembló y terminó sobre una pieza de metal que rodeaba el marco.
La presa cerró la mano con rabia.
Aura volvió la cabeza antes de que el guardia le ordenara seguir.
—Granulito —murmuró Cael al pasar a su lado.
Las uniones del marco brillaron un instante más. Aura buscó con la vista el final de aquel cerco metálico, pero el giro del corredor se lo ocultó. El guardia señaló otra puerta, más adelante y al mismo nivel.
—Confiscaciones por aquí.
El frío había desaparecido del aire. Aura tenía el cuello húmedo bajo la capa y empezó a notar el esfuerzo de mantener el cambio de color. Había esperado que la prisión oliera distinta a la granja; sin embargo, un paño sucio abandonado junto a la pared le devolvió el recuerdo de las vendas, y tuvo que bajar los ojos para no seguir buscándolo.
La siguiente puerta tenía un puesto con dos guardias. Uno dejó un cuenco al verlos; el otro examinó la orden y preguntó por los nombres.
Cael los repitió. Después pidió el registro del ala.
—Para comprobar la entrega —añadió cuando el hombre no se movió.
El guardia que los había acompañado se quedó junto a la salida. Aura miró la distancia hasta él, las llaves de su cinturón y la vara que llevaba el hombre del cuenco. Ambarine no se había acercado todavía a ninguno.
Del otro lado del puesto llegó una voz infantil.
Cantaba tan bajo que al principio Aura solo reconoció la manera de sostener una nota antes de empezar la siguiente. Después oyó una palabra y levantó la cabeza.
Peryna.
Neria la miró. Aura dio un paso hacia la abertura y la cuerda se tensó entre sus manos.
—Ahí —susurró.
El hombre del registro levantó los ojos.
Cael señaló una línea para que siguiera leyendo, pero Aura ya había visto las puertas del corredor. Una luz violeta aparecía y desaparecía bajo una de ellas, cerca del suelo.
Ambarine se acercó a Orven.
—Quédate con ellas.
Shaeli se volvió hacia la galería por la que habían venido. Aura la vio pasar junto al guardia de la salida y desaparecer después del recodo. Cael siguió hablando de la copia que debía devolver, con una mano apoyada sobre el libro para impedir que lo cerraran.
El hombre del cuenco dio unos pasos hacia Neria.
—Las metemos en la última. El libro puede firmarse después.
Orven dejó el atado junto a sus pies.
—Espera a que termine el escribiente.
—Ya escuchaste al responsable.
El guardia alcanzó a tocar la cuerda de Neria. Orven le sujetó la muñeca y Ambarine avanzó hacia el hombre del registro.
Todo ocurrió demasiado cerca.
La silla golpeó el muro. Cael apartó el libro antes de que cayera y retrocedió contra la mesa. El guardia que los había acompañado tiró de la espada; Ambarine lo alcanzó con la empuñadura mientras Orven hacía perder el equilibrio al hombre de la vara.
Aura encontró el extremo del nudo y tiró. La vuelta apretada por la guardia no cedió al principio. Intentó de nuevo con la mano sana y sintió que la cuerda le raspaba la muñeca.
—No te separes —dijo Orven a Neria.
El hombre de la vara soltó un golpe de luz desde el suelo.
Aura cerró el cambio de color. La presión detrás de sus ojos cedió y el cabello carmesí cayó sobre la manga mientras levantaba una barrera delante de Neria. Bajo el casco de Ambarine, las puntas oscuras recuperaron también el carmesí.
La luz chocó contra ella con un golpe seco. Orven apartó la vara de la mano del guardia y lo inmovilizó contra el suelo. Neria tenía los brazos pegados al cuerpo; había retrocedido hasta la pared, pero seguía mirando a Aura.
—Ya pasó —dijo ella, sin saber si se lo decía a Neria o a sí misma.
Dejó caer la defensa. Esperó a que la presión abandonara sus dedos antes de agacharse junto a la joven. No pudo soltarle el nudo con rapidez; Orven se incorporó y cortó la cuerda con su cuchillo.
El responsable del puesto intentó levantarse. Ambarine lo empujó otra vez contra la silla y le quitó las llaves.
—La celda del herido.
Él la miró. La tela del cuello se había deslizado y dejaba ver parte de su rostro.
No respondió.
Aura avanzó hacia las puertas. La canción había terminado. Del otro lado del corredor alguien golpeó dos veces los barrotes.
—Por favor.
Neria recogió el atado y siguió a Aura. Cael se quedó junto a los hombres reducidos, con las manos todavía sobre el registro. Ambarine probó una llave en la puerta de la luz violeta y tuvo que cambiarla antes de que el cierre cediera.
Micah estaba de pie delante de Mauro.
Tenía la camisa arrugada, el cabello pegado a la frente y los labios secos, pero levantó los brazos al ver a Ambarine con las llaves y a Orven entrando detrás de ella.
Aura se adelantó antes de que Ambarine hablara.
—Micah. Soy yo.
Él volvió la cabeza. La vio sin casco, con los ojos violetas y el cabello que Iris había arreglado días atrás, ahora desordenado alrededor del rostro. Su mirada pasó por las marcas de cuerda en las muñecas y regresó a sus ojos.
—Aura...
Peryna estaba sentada sobre una manta al lado de Mauro. Tenía la bolsa de flores abierta entre las piernas y sostenía una junto al rostro de su padre. Aura dijo su nombre, pero la niña siguió girando el tallo entre los dedos, hasta dejar la flor como quería. Solo entonces miró a Aura y bajó la mano despacio.
Aura quiso acercarse a ella, pero Mauro intentó incorporarse. Micah tuvo que girar para sujetarlo y Neria se arrodilló junto a la manta antes de dejar el atado en el suelo.
—No lo levantes todavía.
Su voz había salido más clara que en recepción. Extendió un paño limpio, dejó las vendas encima y miró a Micah.
—Soy Neria. Voy a ayudarlo. Quédate de este lado, por favor.
Aura se agachó junto a Peryna. Le rozó el cabello, buscando qué decirle, y terminó mirando a Mauro.
El vendaje rodeaba la parte baja del pecho. Una mancha oscura había alcanzado la manta bajo su costado. Aura recordó el retazo que Tirka le había devuelto; no se parecía a la cantidad de sangre que tenía delante.
—Mauro... —La voz se le quebró—. Vinimos a sacarte.
Él abrió los ojos. Intentó decir algo y tuvo que detenerse para respirar.
Neria se inclinó hacia él, escuchó unos instantes y apoyó los dedos junto al borde del vendaje. Aflojó lo necesario para descubrir la lesión bajo las costillas y dejó un paño sobre la zona mientras terminaba de examinarlo.
—¿Dónde está el sanador? —preguntó Micah.
—Fuera —respondió Orven—. Voy por la camilla.
Micah miró hacia el corredor. Desde allí llegaba el sonido de un forcejeo y la voz de Ambarine ordenando que dejaran la mano quieta. La puerta permanecía abierta, pero Aura no podía ver el puesto.
—¿Mi madre? ¿Iris?
—Sabemos dónde están —dijo Aura.
Micah se quedó mirándola. Peryna acercó las flores al pecho y bajó la cabeza hacia su padre.
—También las vamos a buscar —repitió Aura.
Neria le pidió otro paño. Aura lo alcanzó y sintió una molestia leve en el hombro al extender el brazo. Lo bajó después de acercárselo; Neria señaló un espacio junto a la manta.
—Déjalo aquí.
Aura obedeció. Mientras Neria trabajaba, se quedó al lado de Peryna, con una rodilla sobre la manta y las manos vacías.
Shaeli regresó con el bolso y la bolsa de Neria cuando Cael terminaba de sujetar las manos del guardia que habían dejado junto al registro.
—El encargado está atado dentro del depósito —le dijo a Cael—. Le pedí que comprobara el bulto y vino conmigo.
Cael miró hacia el acceso del ala. Shaeli se apartó de él y se acercó a la celda.
Entregó a Aura el bolso abierto.
—Revísalo.
Dejó el bulto de Neria junto a la manta. La joven sacó el odre, se pasó la correa por el hombro y lo acomodó contra la cadera antes de abrirlo.
Una hebra de agua subió hasta sus dedos. Neria la guio por la piel alrededor de la herida, desprendiendo con cuidado la sangre seca. El líquido oscurecido se separó de la corriente y cayó en el paño que Aura había acercado. La joven tomó agua limpia otra vez y dejó la mano quieta sobre la lesión.
Aura vio que el agua empezaba a brillar ligeramente. Se había recogido en una capa delgada bajo los dedos de Neria, que acercó más el rostro y tardó en contestar cuando Micah le preguntó si necesitaba algo. Mauro dejó de apretar la manta. Al cabo de unos instantes abrió los ojos y pudo decir el nombre de su hijo antes de volver a detenerse para respirar.
—Aquí estoy —respondió Micah.
Neria le pidió que sostuviera el paño mientras ella colocaba las vendas limpias. Las ajustó alrededor de la parte baja del pecho y mantuvo el agua reunida junto a la herida. Aura se quedó mirando las manos de la joven hasta que sintió el peso del bolso contra la rodilla.
Aura encontró Aulita entre la ropa. La amalgamita estaba envuelta en uno de los paños, separada de las hojas. Levantó la piedra y miró la única grieta.
Ambarine se acercó mientras ella intentaba sujetarla de nuevo a la capa.
—Permíteme.
Aura apartó la tela. Ambarine fijó la piedra por dentro y tiró suavemente para comprobar que no se desprendiera. Después volvió al corredor con las llaves.
Cael llevaba el registro del ala bajo el brazo. Lo apoyó sobre el banco más cercano, buscó una página y pasó el dedo por varias líneas tachadas.
—No están donde deberían —dijo—. Los Fuegel figuran junto a una retención sin nombre de finca.
Miró una hoja de su carpeta, volvió al libro y acercó ambos a la lámpara.
—Aquí. La misma orden de confiscación en dos fechas distintas.
Desde la celda contigua llegó otra petición.
—No nos dejen.
Aura levantó la cabeza. Había una mujer detrás de los barrotes de la parte alta de la puerta. La miraba con ambas manos sujetas al hierro.
—Ellos también estaban aquí cuando canté —dijo Peryna.
La niña había recogido la bolsa. Seguía junto a Mauro, pero ahora miraba la puerta abierta y los rostros que empezaban a aparecer en las otras.
Aura salió al corredor.
—¿Cuántos hay?
Cael apartó el libro del banco para dejar pasar a Ambarine.
—Cuatro en estas dos celdas. Hay otra ocupada al final. —Cael acercó su lista al libro—. Estoy buscando los nombres que trajimos.
Aura se acercó a la mujer que había llamado. Tendría la edad de Erina; llevaba una manga rota y apoyaba más peso en una pierna que en la otra. Detrás de ella, una chica semihumana permanecía contra la pared con las orejas pegadas al cabello y las muñecas enrojecidas.
—¿Por qué las trajeron? —preguntó Ambarine.
La mujer le dio su nombre. Cael buscó en la hoja que había llevado desde el campamento y levantó los ojos hacia ella.
—Estábamos buscando tu casa.
—Ya no hay nadie en mi casa. —La mujer miró a la chica—. Nos trajeron cuando se llevaron lo que quedaba del almacén. Ella trabajaba conmigo.
Cael comprobó la fecha del ingreso. Le pidió el nombre de quien había firmado la confiscación y la mujer tuvo que repetirlo porque al principio había hablado demasiado deprisa.
Ambarine probó una llave.
En la celda de enfrente, dos jóvenes se acercaron a la puerta. Uno tenía el labio partido. El otro levantó las manos en cuanto vio a Orven pasar hacia la salida del ala.
—¿Daven? —llamó Cael.
El del labio partido dejó de mirar las llaves.
—Tu hermana está con nosotros. Velia nos habló de la cicatriz bajo la barbilla.
El muchacho se tocó allí antes de acercarse más a los barrotes.
—¿Velia salió? ¿Está bien?
—Está en el campamento. Nos pidió buscarte.
Aura vio cómo se le aflojaban los dedos alrededor del hierro. Daven volvió la cabeza hacia su compañero y después buscó a Ambarine.
—Dicen que robamos —explicó el primero—. Fue en el almacén del camino. Nos acusó el hombre que vino por los sacos.
Cael marcó el nombre de Daven en su hoja. No encontró el de su compañero y volvió al registro local.
—¿Cuándo?
Los dos empezaron a responder a la vez. Ambarine levantó una mano y el del labio partido se quedó callado para que hablara su compañero.
El ingreso aparecía junto al de la mujer, con una referencia al mismo almacén. Cael leyó la acusación. Después preguntó a ella por los jóvenes.
—Trabajaban en las entregas —dijo—. Los sacos eran míos. Se los llevaron como si fuera yo quien tenía que devolverlos.
—Había un vecino cuando cargaron el carro —añadió uno de los muchachos—. Le dijimos su nombre al guardia, pero no lo escribieron.
Cael buscó otra página y negó con la cabeza. Aura miró hacia el puesto; uno de los hombres que habían reducido se movía contra las cuerdas. Shaeli se agachó para ajustarlas y regresó sin quitar la vista de la galería.
—Hay que salir —dijo.
—Abre también esa —pidió Aura a Ambarine.
La princesa miró hacia la celda de Mauro. Neria había cambiado de posición, pero seguía con el agua sostenida junto a sus manos. El silbido de las ventilaciones llenaba los espacios entre las voces.
—¿Pueden caminar? —preguntó a los jóvenes.
Ambos asintieron.
Ambarine abrió su puerta. Uno salió demasiado deprisa y se detuvo al ver a Shaeli delante; el otro se quedó junto al umbral hasta que le hicieron una seña.
La chica semihumana no había seguido a la mujer. Aura se acercó a la entrada de su celda.
—Vamos contigo. Hay un carro afuera para los que estén peor.
La joven miró sus ojos y después la capa de Ambarine. Tenía los dedos recogidos contra las muñecas y no soltó la pared hasta que la mujer regresó a buscarla.
—Se llama Lera —dijo esta—. Nos quedamos juntas.
Aura apartó el cuerpo para dejarlas pasar. Cael escribió el nombre de Lera, confirmó el de Daven y pidió el de su compañero. Le temblaba la hoja contra el libro, de modo que terminó apoyándolo todo sobre el banco.
—¿Tavren? ¿Odren? —llamó hacia la última puerta.
Un hombre de barba corta respondió enseguida. Había ayudado a otro a levantarse de una manta y lo sostenía bajo el brazo. El mayor tenía el cabello blanco pegado a las sienes y levantó una mano sin llegar hasta los barrotes.
Cael les dio los nombres de Selen y Mavia. Tavren repitió el de su esposa; Odren empezó a preguntar algo, pero la voz no le salió y tuvo que intentarlo otra vez.
—¿Mi hija los mandó?
—Nos está esperando —dijo Cael.
Ambarine abrió la celda. Tavren apartó la manta de los pies de Odren y lo ayudó a salir. Aura acercó una mano al otro brazo del anciano; él se apoyó en ella hasta alcanzar el banco.
—Faltan Liora y Nima —dijo Cael, volviendo las hojas del registro—. Las movieron a la galería corta. Aquí dice... después del recodo.
Shaeli se adelantó. Aura miró hacia la celda de Mauro y siguió a Ambarine con las llaves. No podía ver el puesto desde el otro extremo del ala. El corredor se estrechó junto a un arco; detrás había dos puertas y una lámpara apagada.
—¿Liora? —llamó Shaeli—. ¿Nima?
Algo rozó la madera de la segunda puerta.
—¿Quién pregunta?
—Enna está con nosotros —respondió Ambarine—. Venimos a buscarlas.
Una niña habló detrás de aquella voz, demasiado bajo para que Aura entendiera. Se acercó al marco mientras Ambarine probaba las llaves.
—Nima, tu papá nos dio tu nombre. Darel. Llevaba tu gorro.
—¿Dónde está?
La pregunta salió tan cerca que Aura apoyó la mano sana sobre la madera.
—En el campamento.
Ambarine abrió. Liora tenía un brazo alrededor de la niña y lo mantuvo allí mientras observaba el corredor. Nima miró detrás de ellas, buscando a alguien más. Tenía polvo en las rodillas y un zapato sin cordón.
—Mi hermana no puede venir hasta aquí —dijo Liora.
—Por eso vinimos nosotros —respondió Shaeli—. Hay más personas saliendo al otro lado. Tenemos que reunirnos con ellas.
Liora salió sin soltar a Nima. La niña dio un paso hacia Aura, pero se quedó junto al brazo de la mujer.
—¿Mi papá tiene mi gorro?
—Sí. Te lo va a dar cuando lleguemos.
Aura caminó a su lado de regreso al puesto. Cael levantó la cabeza al verlas y marcó los dos nombres. Tavren sostenía a Odren junto al banco; Daven había dejado pasar a la mujer del almacén y seguía mirando el papel donde Cael anotaba.
Más abajo seguían llegando golpes desde otra galería. Aura volvió la cabeza hacia el acceso al nivel inferior.
Ambarine cerró la mano sobre las llaves.
—Mauro ya está esperando.
Aura miró la puerta por la que habían entrado. Quiso preguntar cuánto les llevaría comprobar una celda más. Entonces oyó a Neria llamar a Micah y regresó hacia ella.
En el patio de carga, Orven encontró a dos guardias junto al mecanismo del portón.
Se acercó sin quitarse el casco. Todavía llevaba la copia de la orden que Cael le había entregado antes de salir del puesto.
—Necesito pasar una camilla. Hay un herido en superficie.
Uno de los hombres señaló el camino exterior.
—Que la traigan por recepción.
Orven miró la puerta estrecha que daba a la galería administrativa. Después mostró el papel, sin soltarlo.
—Por aquí entra sin desmontarla. Los porteadores están en la curva. Yo voy por ellos y vuelvo.
El guardia se acercó a leer. Su compañero tiró de la cadena para abrir una hoja del portón; Orven esperó hasta que hubiera espacio para salir y guardó la orden.
Al otro lado lo alcanzó el viento frío. Rodeó el tramo de muro, llegó al ensanche y encontró a los dos porteadores junto a la camilla.
—Ahora.
La desplegaron entre ambos. El sanador comprobó una correa antes de dejarlos ir. Orven regresó con ellos y el guardia del mecanismo se apartó para que cruzaran.
—Falta la autorización de salida del paciente —dijo.
Orven se detuvo junto a la hoja abierta.
—Primero hay que llevarlo hasta aquí.
El hombre señaló el puesto del patio, donde otro guardia había empezado a observarlos.
—La salida se firma ahí.
Orven asintió y siguió hacia el corredor. Los porteadores llevaban la camilla entre ambos, sin rozar las paredes. Antes de doblar la esquina, un grito llegó desde recepción.
Habían encontrado al encargado del depósito.
Orven se volvió hacia los porteadores.
—¡Sigan hasta el ala, Cael los verá!
La primera campanada llegó cuando los dos hombres alcanzaban la puerta de control.
Aura estaba junto a Neria cuando oyó la campana.
El agua tembló sobre la mano de la joven. Una parte cayó sobre el vendaje y Neria se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos. Después volvió a mirar a Mauro.
—Micah, aquí. Sostén la venda.
Él acercó las manos. Neria redujo el trazado hasta que el líquido se reunió en una capa más pequeña y se inclinó para comprobar que Mauro todavía respondiera.
Ambarine apareció en la puerta.
—Vienen los porteadores.
Aura se levantó. Desde el corredor llegó el golpe de unas botas y la voz de Cael guiando a los porteadores hacia la celda.
La camilla entró de lado. Neria indicó dónde colocarla y pidió que acercaran la manta sin incorporarlo. Uno de los hombres se arrodilló junto a Micah; el otro esperó a que la joven apartara el bulto de materiales.
Aura sostuvo una esquina de la manta con la mano sana. A la indicación de Neria movieron a Mauro entre todos. Él abrió los ojos, apretó los dientes y soltó un sonido breve que hizo a Peryna llevarse las flores al pecho.
—Ya —murmuró Neria—. Ya está.
Comprobó las correas de la camilla y volvió a sacar agua del odre para reunirla junto al vendaje. Había sudor en su frente. Mauro movió una mano hacia el costado y Neria se inclinó enseguida para detenerlo. Dejó el tapón apoyado en la boca del odre y soltó la correa de su hombro para colgarla de un extremo de la camilla.
Micah se quedó al lado de su padre. Aura se agachó frente a Peryna y le pidió que cerrara la bolsa. La niña siguió acomodando una flor que se había doblado entre las otras.
—Peryna.
Esperó hasta que la miró y le acercó la mano de Micah.
—Ve con él. No se suelten, ¿sí?
La niña cerró los dedos alrededor de los de su hermano. Micah sostuvo su mano y recogió la bolsa con la otra para pasársela por el brazo.
En el corredor, la mujer apoyaba el brazo en el compañero de Daven. Lera permanecía del otro lado; tenía una mano agarrada a la manga de su compañera. Tavren ayudó a Odren a levantarse del banco. Liora llevaba a Nima junto a ella y Daven esperaba cerca de Cael, que guardó los nombres y la hoja del registro que había separado del libro.
—Once —dijo, mirando hacia la celda—. Con los Fuegel, salen once.
Orven regresó desde el patio. Tenía el casco torcido y una marca roja junto a la mandíbula.
—Están cerrando la salida de carga. Tenemos que llegar antes de que echen la barra.
Ambarine levantó la mano hacia el corredor de la rampa. Shaeli se adelantó con ella y los porteadores sacaron la camilla.
Aura recogió el bulto de materiales y se lo entregó a Neria antes de tomar su puesto junto a los que caminaban. Ya tenía el bolso y la amalgamita contra el cuerpo. Peryna la miró una vez antes de seguir a Micah, sin soltarle la mano.
La siguiente campanada vibró dentro de la roca.
El primer guardia apareció en la puerta de control con una ballesta levantada.
Ambarine le apartó el arma con el antebrazo. El virote salió contra la pared y arrancó una esquirla junto al rostro de Cael. La princesa golpeó al tirador con la empuñadura, pero un segundo soldado asomó por el otro lado del marco y lanzó una estocada hacia su costado.
Shaeli desvió la hoja con el cuchillo. El filo le rozó el antebrazo al bajar y abrió una línea fina sobre la piel. Cambió el apoyo del pie, atrapó la muñeca del soldado contra el marco y le golpeó la rodilla con la bota. El hombre cayó de lado sin soltar la espada. Shaeli tuvo que apartarse cuando él la barrió cerca del suelo.
Orven llegó antes de que pudiera levantarse. Pisó la hoja contra la piedra y lo golpeó debajo del casco. La espada dejó de moverse.
—Cael, la puerta.
El escribiente empujó la hoja hasta el muro y se quedó afirmado contra ella mientras Orven dejaba pasar la camilla. Daven sostuvo a Odren por el otro brazo, ayudando a Tavren a cruzar sin tropezar con el soldado caído. El compañero de Daven llevaba a la mujer del almacén; Lera, Liora y Nima venían detrás.
El tirador retrocedió con sangre bajo la nariz, recogiendo la ballesta que había soltado. Otros dos hombres llegaron desde recepción. Ambarine extendió una franja de fuego a través del acceso y se retiró hacia los que aún esperaban para cruzar.
—Sin correr —dijo a los porteadores—. Hasta la rampa.
El corredor tenía un giro cerrado al final. Los porteadores tuvieron que detenerse para cambiar el ángulo; Mauro volvió a apretar los dientes y Neria se inclinó junto a su rostro.
—Estoy aquí. Un poco más.
Aura miró hacia el acceso por el que habían llegado. El hombre de la ballesta seguía detrás del fuego. Estaba colocando otro virote; más allá, una guardia con una vara avanzaba pegada al muro.
Un golpe de aire deshizo parte de las llamas.
Ambarine cambió la mano de posición, pero tuvo que retroceder. La guardia se detuvo detrás del tirador y volvió a levantar la vara. El viento que producía no alcanzaba toda la galería, aunque dejaba un hueco por donde el hombre podía apuntar.
Aura levantó la barrera hacia ese lado.
El virote la golpeó cerca del borde. Sintió la presión hasta la muñeca y mantuvo la mano firme. El proyectil cayó sobre la piedra.
Detrás de ella, Nima chocó contra Liora cuando la fila dejó de avanzar. Odren había enganchado el pie en el borde de la puerta. Tavren lo sostuvo antes de que cayera y Daven se agachó para soltarle el zapato.
—¡No empujen! —pidió Cael.
Uno de los hombres de recepción encontró un hueco junto al fuego. Avanzó por él con un escudo pegado al hombro y la espada baja. Orven lo interceptó antes de que llegara a Nima. Las hojas chocaron tan cerca que la niña se cubrió la cara; Liora la hizo pasar detrás de ella.
El guardia empujó a Orven contra la puerta. Cael soltó la madera para apartarse de la espada y la hoja empezó a cerrarse sobre el brazo de Daven.
—¡Daven, levántate! —gritó Shaeli.
Tavren pasó a Odren por el hueco. Daven retiró la mano y Shaeli metió el hombro contra la puerta antes de que el pestillo encajara. Con el otro brazo golpeó el borde del escudo; Orven aprovechó para apartarlo y hundió la empuñadura en el vientre del guardia. El hombre se dobló, pero consiguió arañarle el brazo con la punta de la espada antes de que Orven se la arrancara de la mano.
Aura sostuvo la barrera mientras los últimos cruzaban. Veía al tirador mover los dedos sobre la cuerda, despacio, con la sangre cayéndole desde la nariz. La mujer de la vara buscó otro ángulo y una ráfaga hizo temblar el fuego junto al marco.
—Ya pasaron todos —dijo Orven—. ¡Aura!
Aura retrocedió unos pasos sin apartar la vista del tirador. Quiso empujarlo contra el muro antes de que volviera a cargar. La corriente se le ofreció con una facilidad que le trajo el recuerdo del patio de la granja.
Cierra primero, dijo Témpora.
Aura abrió los dedos. La barrera se recogió despacio mientras Ambarine cubría el hueco con otra llama. La presión cedió en su palma. Esperó un instante más, viendo al tirador levantar otra vez la ballesta.
Entonces lanzó el impulso.
El otro hombre de recepción intentó entrar detrás del tirador, con un escudo delante del pecho. El impulso lo alcanzó allí, lo levantó de los pies y lo hizo chocar contra su compañero. Ambos cayeron sobre la piedra; la ballesta golpeó el marco y quedó al otro lado. El del escudo intentó incorporarse, pero un brazo cedió bajo su peso. Gritó y lo recogió contra el pecho.
Aura se quedó con la mano extendida. Había querido apartarlos. El ruido del brazo contra la piedra seguía en su cabeza cuando Ambarine la tomó de la capa.
—¡Al giro!
La guardia de la vara lanzó una ráfaga por encima de los caídos. Ambarine bajó el fuego hasta cubrir su avance y retrocedió con Aura. Al doblar el corredor dejaron de ver a los guardias. Aura no volvió a levantar una defensa hasta alcanzar el borde de la rampa.
Neria llevaba la mano junto al vendaje cuando la camilla empezó a bajar por la rampa. El agua se le había reducido a una franja estrecha y tenía que seguir el movimiento del pecho de Mauro para mantenerla en su sitio. Se inclinó un poco más, intentando oírlo por encima de la campana.
El odre golpeó la pared.
Al volver la cabeza vio que la correa se deslizaba del extremo de madera. Intentó atraparlo, pero sus dedos solo rozaron el cuero. Cayó de lado; el tapón saltó y el agua se extendió sobre el polvo y las huellas de las botas, arrastrando la suciedad hacia el primer desnivel.
El tapón.
Lo había dejado apoyado. Se agachó demasiado deprisa y tropezó con el pie de uno de los porteadores. La corriente que sostenía sobre Mauro perdió su forma; sintió el agua escurrir entre sus dedos y mojarle la manga.
—Perdón. No pares —dijo, recogiendo el odre.
Lo inclinó hacia la palma. Apenas salieron unas gotas. Por un instante quiso atraer el agua del piso, pero ya corría oscura bajo las botas de quienes venían detrás. Apretó la boca y se pasó la correa por el hombro. El cuero vacío le golpeaba la cadera mientras alcanzaba otra vez a Mauro.
Él tenía los ojos cerrados. Neria lo llamó y esperó una respuesta; solo vio moverse sus labios. Le apoyó los dedos junto al vendaje, donde había mantenido el trazado, y sintió la tela húmeda enfriándose bajo la mano. Había conseguido que hablara en la celda. Quería volver a escuchar su voz.
—Mauro, sigue conmigo.
Aura llegó al giro y abrió el bolso.
—Ya casi estamos. Tengo agua, puedo...
Un golpe de botas hizo que ambas levantaran la cabeza. Ambarine llamó a Aura desde el corredor y le señaló la rampa. Neria vio la mano de su compañera salir del bolso todavía vacía. Buscó el odre por costumbre, tocó el cuero flojo y se quedó con los dedos allí, sin saber qué pedir primero.
El aire que subía desde el patio le rozó la mano mojada.
Había practicado con la humedad del aire. Recordó las gotas suspendidas frente a sus dedos y la paciencia que le había costado juntarlas. En cuanto intentaba llevarlas a otra parte, perdía algunas; con frecuencia tenía que empezar de nuevo. Entonces podía quedarse quieta, esperar, volver a intentarlo. El recipiente lleno estaba al alcance de su mano.
Miró a Mauro. Uno de los porteadores cambió el agarre y la camilla se inclinó apenas antes de recuperar el nivel. Neria acompañó el movimiento con el cuerpo y alzó la mano libre.
Quiso reunir el agua cerca de la palma, como en aquellas prácticas. El trazado se le abrió demasiado. Le temblaban los dedos y seguía tratando de mirar la herida, el piso y el giro del corredor a la vez. Bajó la mano un poco y tomó aire. Un grito la hizo encoger los hombros.
Aquí. Cerca.
Volvió a extender los dedos, concentrándose en el espacio pequeño que había delante de ellos. Al principio no vio nada. Siguió andando al lado de la camilla, con una mano junto a Mauro y la otra levantada. Le empezó a doler el brazo de mantenerlo en esa posición.
Una gota apareció frente a su índice. Otra se formó más abajo. Neria las acercó despacio y sintió un alivio que le cortó la respiración, pero al intentar llevarlas hasta el vendaje se separaron. Una cayó sobre su muñeca; la otra desapareció de su vista.
La mano de Mauro se movió sobre la manta. Ella estuvo a punto de bajar ambos brazos para sujetarla. Dejó una palma junto a la lesión y mantuvo la otra abierta.
Un poco. Solo un poco.
Las gotas volvieron a aparecer. Esta vez dejó que se juntaran antes de moverlas. Algunas quedaban atrás cuando daba un paso; acercó la mano al pecho de Mauro, reduciendo la distancia, y siguió reuniendo las que podía sostener. El frío le alcanzó las yemas. Había agua sobre sus dedos, suficiente para formar un hilo.
Un virote golpeó el borde del giro. Neria se sobresaltó y el hilo se estiró; lo recogió contra la palma antes de que se rompiera. Detrás de ella, Aura levantó la defensa.
Acercó el agua al vendaje. El brillo tardó en regresar. Neria corrigió la posición de los dedos, con la respiración entrecortada, hasta que la corriente quedó sostenida junto a la lesión. Mauro abrió los ojos cuando volvió a llamarlo.
—Eso... —murmuró ella—. Sigue conmigo.
Continuó bajando. Todavía tenía la mano libre levantada, reuniendo unas gotas más.
Aura bajó detrás de los porteadores. El odre vacío se balanceaba contra la cadera de Neria. Entre sus dedos seguían apareciendo gotas que se unían al hilo junto al vendaje; la joven caminaba inclinada hacia Mauro, sin mirar atrás.
Al final de la rampa se veía el patio.
Las luces de las torres lo cruzaban en manchas pálidas. El portón de carga estaba a medio cerrar y dos guardias empujaban la barra que debían encajar entre las hojas. Otros avanzaban desde la galería superior. Orven señaló una franja de sombra junto al muro.
—Por ahí hasta la salida. No se queden en el centro.
Cael condujo a la mujer y al compañero de Daven por la sombra. Tavren y Daven sostenían a Odren unos pasos detrás; Liora llevaba a Nima cerca del muro. Lera miró hacia las torres y se soltó de la manga que sostenía.
—¡No! —Su voz salió demasiado alta.
Se quedó con la espalda contra la piedra. La mujer intentó regresar, pero la pierna no la sostuvo y tuvo que apoyarse más en el muchacho.
Aura se volvió hacia Lera.
—Mírame. Vamos por el muro.
La chica seguía mirando hacia arriba. Un tirador se había colocado detrás de la almena más cercana.
Aura extendió la mano sana hacia ella. No llegó a tocarla. Shaeli se puso al otro lado y señaló el espacio cubierto bajo el arco de la rampa.
—Hasta allí. Yo voy contigo.
Lera avanzó un paso. Después otro. Aura reunió la defensa sobre el lado expuesto y caminó con ellas hasta alcanzar a los demás.
Ambarine se adelantó hacia el portón. El guardia de la barra la vio venir y giró la pieza de hierro para golpearla. La princesa se agachó; el extremo raspó el casco y golpeó la hoja de madera. Antes de que pudiera levantarlo otra vez, ella sujetó la barra y envió una llama corta por su superficie.
El hombre soltó el hierro con un grito. Se apretó una mano contra el pecho, con la piel enrojecida y la manga ardiendo. Ambarine retiró el fuego de la barra, pero tuvo que apartarse cuando el segundo guardia lanzó una estocada hacia su cuello.
Orven desvió la espada. El guardia volvió sobre él con un golpe lateral que chocó contra su brazal. Orven retrocedió para no quedar entre la hoja y el muro; la princesa recogió la barra antes de que alcanzaran el mecanismo.
Un mago salió del puesto del patio con ambas manos levantadas.
La piedra tembló bajo los pies de Aura. Cerca de la salida, el borde de una losa se levantó lo suficiente para detener la hoja del portón. Ambarine intentó abrirla de nuevo; la madera golpeó contra el obstáculo y quedó atrapada.
Orven retrocedió delante del guardia de la espada.
—La otra hoja.
Shaeli corrió hacia el mecanismo. Cael mantuvo a los liberados junto al muro y alzó una mano hacia los porteadores para que no llegaran al desnivel antes de que hubiera paso.
Desde la torre dispararon.
Shaeli se agachó junto a la cadena. El virote golpeó el hierro por encima de su cabeza. Otro cayó frente a Tavren; el hombre se detuvo y Odren empezó a doblar las rodillas. Daven lo sostuvo, pero había soltado el muro y los tres quedaron bajo la luz.
Aura corrió dos pasos hacia ellos y extendió la defensa por encima de sus hombros.
Aura sintió dos golpes casi juntos sobre la barrera. La superficie se abrió en líneas claras y se debilitó junto a sus dedos. La corriente entraba más deprisa de lo que quería. Cerró un poco la mano sana, pero la mujer y Lera seguían cruzando por el lado que debía sostener.
—No puedo cubrir todo el patio —dijo. La voz le salió baja—. ¡Por este lado!
Orven la oyó. Sujetó el brazo armado del guardia y lo empujó de costado contra el puesto. El hombre golpeó la madera con el hombro. Orven le torció la muñeca hasta que soltó la espada y lo apartó del trayecto de los porteadores.
El mago dirigió las manos hacia la camilla. Una segunda losa empezó a inclinarse debajo del pie del primer porteador. El hombre perdió el apoyo y Mauro se deslizó contra una correa.
—¡Atrás ese pie! —gritó Orven, sujetando el extremo de la camilla.
El porteador recuperó el equilibrio. Ambarine dejó la barra en el suelo y lanzó una llama hacia el mago. Él cruzó las manos para levantar un borde de piedra, pero el fuego pasó sobre el obstáculo y le alcanzó una manga. El mago sacudió el brazo, dio dos pasos atrás y chocó contra el banco del puesto. Cayó sentado, tratando de apagar la tela con la otra mano.
La piedra no regresó a su lugar.
Shaeli había conseguido soltar el pasador de la otra hoja. Tiró de la cadena y la abrió hacia el tramo despejado. Cael ayudó a ensanchar el hueco desde dentro, pero la cadena golpeó contra el mecanismo y empezó a correr de regreso.
Shaeli y Cael tiraron juntos hasta ensanchar el hueco. Ambarine levantó la barra que el guardia había soltado y la cruzó por detrás del soporte; el hierro sacudió sus manos y quedó atrapado entre los dientes de la rueda. La hoja dejó de avanzar. Shaeli soltó la cadena y se volvió hacia los porteadores.
—La camilla cabe —dijo Orven—. ¡Por aquí!
Neria pasó junto a Orven con el odre vacío contra la cadera y la mano sobre el vendaje. Aura vio que el hilo de agua volvía a temblar. La joven se acercó más al pecho de Mauro y lo reunió otra vez, sin mirar hacia el portón.
Los primeros liberados cruzaron. Daven regresó dos pasos para ayudar a Cael con la hoja, mientras su compañero sostenía a la mujer. Tavren acompañó a Odren por el hueco; Liora pasó detrás con Nima. Lera salió junto a Shaeli sin correr. Micah y Peryna siguieron a los porteadores de la mano.
La barrera recibió otro virote.
Aura sintió una punzada en la palma y la defensa perdió altura. El mago se levantó junto al banco, con la manga apagada pegada al brazo. Intentó acercarse otra vez al desnivel; Ambarine le cortó el paso con una segunda llama, dejó el camino a Orven y se volvió hacia ella.
—¡Salgan!
Aura retrocedió hasta el umbral. El calor le rozó la mejilla mientras la princesa cubría su retirada. Intentó recoger la barrera antes de bajar la mano; la superficie tembló, se abrió sobre el borde y se deshizo frente al portón.
Al otro lado de la salida seguía entrando aire entre las mesetas. Aura aspiró con demasiada fuerza y tuvo que detenerse un instante para no marearse.
Orven la sostuvo del codo sano.
—Camina. Ya estamos fuera.
Ambarine cruzó detrás de ellos. Las llamas se apagaron cuando dejó de sostenerlas y los guardias regresaron al portón. El de la espada intentó seguirlos, pero tuvo que detenerse junto al hombre de la barra, que se había sentado en el paso y seguía apretándose la mano quemada.
Cael conducía a los demás hacia el recodo. La camilla avanzaba delante de él, con Neria al lado. Micah llevaba a Peryna de la mano; ella apretaba la bolsa contra el pecho con el brazo libre para no perder las flores.
Aura los alcanzó antes de que otro disparo golpeara la pared de roca.
Desde la elevación frente a la mansión, Brenor oía el camino antes de poder verlo entero.
La propiedad conservaba luces en el portón y la galería superior. Un hombre había cruzado hacia los caballos hacía poco; después regresó a la casa con una lámpara en la mano. Tirka permanecía detrás de un muro bajo, observando el acceso por el que podía salir un carro. Nashira se había colocado junto al estrechamiento del camino que llegaba desde el norte.
Brenor dirigió una cantidad pequeña de Lay Len hacia la vista. Distinguió las manos de un guardia sobre la baranda, el brillo de una hebilla junto a los establos y la figura que aparecía por la curva del camino.
Un jinete.
No formaba parte de las rondas que habían visto salir de la casa. Llevaba una capa corta de guardia y avanzaba con una mano sobre una bolsa de cuero. El caballo venía al trote, con espuma clara junto al bocado.
Brenor cerró el flujo antes de recoger el arco. Bajó hasta la piedra donde podían verlo sus compañeras y señaló la curva con dos dedos.
Tirka se deslizó hacia Nashira.
El caballo aminoró al entrar en el tramo estrecho. Nashira salió de detrás de la roca y tomó una rienda cerca del bocado antes de que el hombre entendiera de dónde había aparecido. El animal se desvió hacia el borde del camino y el jinete tiró con fuerza hacia el otro lado.
—¡Aparta!
Tirka le sujetó el brazo cuando intentó alcanzar la daga. Lo hizo inclinarse sobre la montura y aprovechó el movimiento para sacarlo de la silla. El hombre cayó de rodillas, con una mano en la tierra.
Brenor llegó con el arco levantado.
—Quieto.
El jinete miró hacia el portón, demasiado lejos para que lo vieran bajo las sombras del recodo. Tirka retiró la daga de su cinturón y Nashira condujo el caballo detrás de la roca, acariciándole el cuello hasta que dejó de tirar.
—Tengo un mensaje para Silas, no saben en lo que se meten —protestó el hombre.
Nashira le quitó la bolsa.
—Eso vamos a leerlo después.
Lo llevaron fuera del camino, le cubrieron la boca y le ataron las manos. Tirka comprobó el nudo antes de sentarse cerca de él. Brenor regresó a la elevación; desde allí el portón seguía iluminado y nadie había salido hacia el recodo.
Nashira guardó el mensaje cerrado.
—Cuando lleguen, les contamos.
La campana de Salachita seguía oyéndose cuando alcanzaron el ensanche.
Aura había perdido la cuenta de los pasos. El viento le enfriaba la frente y la mano con que había sostenido la barrera se le cerraba por sí sola. La abrió contra la tela de la capa mientras los porteadores bajaban la camilla sobre los soportes preparados.
El sanador se arrodilló junto a Mauro.
Neria le habló sin apartarse del paciente. Señaló el vendaje bajo las costillas, le dijo cómo lo habían encontrado y en qué parte del trayecto había dejado de responderle con palabras. El agua perdió su brillo cuando el sanador puso las manos donde ella le indicaba.
—Déjame seguir —dijo él.
Neria intentó retirar la mano. La acercó de nuevo al ver el vendaje húmedo.
—Aquí todavía...
—Lo tengo.
La joven lo miró. Esperó a que él acomodara el vendaje antes de recoger el último hilo de agua en un cuenco limpio que uno de los ayudantes dejó junto a ella. Micah soltó la mano de Peryna cuando estuvieron al lado del carro y se agachó junto a Neria.
—Gracias.
Neria asintió, pero no consiguió responder. Se quedó sentada sobre los talones mientras Orven tomaba su bolsa de materiales y la dejaba a un lado.
Orven tomó el odre vacío, lo rellenó con agua de una de las reservas del transporte y comprobó el tapón antes de dejarlo junto a la bolsa.
Shaeli se limpió el hilo de sangre del antebrazo con un paño del atado. Neria hizo ademán de acercarse, pero la kunara le mostró el corte y dobló el brazo.
—Solo me rozó. Alcánzame una venda.
La joven se la entregó. Shaeli envolvió la zona y pidió a Cael que sujetara el extremo mientras hacía el nudo. Orven se apartó la manga rota; bajo ella había un arañazo que dejó de mirar cuando el sanador llamó a los porteadores.
Cael reunió a los ocho liberados fuera del camino. Leyó los nombres y esperó a que cada uno contestara. Odren respondió sentado sobre una caja, con Tavren sosteniéndole un hombro. Después llamó a Micah y miró hacia Peryna y Mauro.
—Once. Están los cinco de la lista.
Guardó la hoja junto al fragmento del registro. Los dos jóvenes ayudaron a la mujer a sentarse sobre una caja mientras el sanador daba una indicación al ayudante que conduciría el carro. Lera se quedó a su lado, con las manos escondidas bajo los brazos.
Shaeli volvió de comprobar la curva.
—No vienen todavía. Hay que mover el transporte.
Ambarine se acercó al sanador. Aura oyó que preguntaba si podían subir a Mauro y después dejó de escuchar las palabras. Estaba mirando a Peryna.
La niña seguía de pie junto a la camilla, con la bolsa de flores abierta por un costado. Tenía una mancha de polvo en la mejilla. Cuando encontró los ojos de Aura, sonrió.
Aura se agachó despacio.
Peryna se acercó y la abrazó alrededor del cuello, apoyando la cara del lado que no le dolía. Aura le pasó el brazo sano por la espalda. Cerró los ojos un instante y sonrió contra su cabello.
—Tenemos que subirla —dijo uno de los porteadores junto a la camilla.
Aura soltó a Peryna. Le acomodó la bolsa y la acompañó hasta el carro.
La niña ocupó un sitio cerca de la cabeza de Mauro. La mujer herida subió al otro lado con ayuda de los jóvenes. Tavren acomodó a Odren en el extremo del banco y dejó una manta entre su espalda y las cajas. Lera tuvo que soltar la manga de su compañera; Liora le ofreció el brazo para caminar, con Nima del otro lado. Micah se quedó preparado para avanzar al costado del vehículo, con una mano sobre la madera. El sanador no apartó la vista de Mauro cuando el ayudante cubrió a los pacientes.
Cael mostró a Daven, a su compañero y a Tavren el camino que tomarían a pie. Uno de los porteadores se quedó junto al carro para ayudar si debían bajar a alguien; el otro tomó las riendas. Shaeli se colocó detrás del grupo, mirando una vez más hacia el recodo de la prisión.
—Yo cierro —dijo.
Ambarine le sostuvo la mirada.
—Hasta que lleguen.
Shaeli asintió. No preguntó por la mansión. Ajustó la cuchilla para vendas que había recuperado del registro junto al resto de sus armas y esperó a que arrancara el carro.
Aura quiso acercarse otra vez a Mauro. Solo podía ver parte de su rostro bajo la cubierta, la mano de Peryna junto a la manta y el brazo del sanador. Micah la encontró mirando y se detuvo un momento.
—Ve por ellas.
Aura tragó saliva.
—Sí.
Él volvió a su lugar junto a la rueda. Los dos jóvenes y Tavren siguieron a Cael. Liora llevó a Nima y a Lera por el lado del camino más alejado del borde; Shaeli se quedó en el ensanche hasta que todos alcanzaron el siguiente tramo.
Neria se puso de pie con dificultad. Orven se cargó al hombro el odre que había rellenado y ella recogió la bolsa de materiales. La joven miró el carro antes de acercarse a Ambarine.
—¿Puedes seguir? —preguntó ella.
—Sí. Pero necesito beber un poco.
Orven le entregó la cantimplora. Aura esperó a su lado mientras bebía. Después de sostener la defensa durante la retirada, el hombro volvía a molestarle. Todavía sentía la presión de la barrera en la palma, aunque ya podía abrir los dedos sin que se recogieran solos.
Ambarine miró hacia el camino de la mansión.
—Vamos hasta el cruce.
Aura alzó la mano hacia Peryna cuando la niña apartó un borde de la cubierta. El carro desapareció detrás de la pared de roca. Después recogió el bolso y siguió a los otros tres.
Tirka los encontró antes de que alcanzaran el muro bajo.
Aura vio moverse unas orejas entre las piedras y se detuvo. La exploradora salió al sendero con el cabello recogido y polvo en una rodilla. Miró primero a Ambarine, después a Neria y finalmente a Aura.
—¿Los sacaron?
—A los tres —respondió Aura—. Y a ocho más. Encontramos a los cinco que buscábamos. Van con el sanador.
Las orejas de Tirka se levantaron. Se acercó un paso y olió el borde de la capa de Aura antes de mirarle la cara.
—Ya tienes tus ojos.
Aura asintió. Tirka le rozó la mano sana con los dedos y se volvió hacia el sendero.
—Nashira nos espera. Brenor sigue mirando la casa.
Los condujo detrás del muro, hasta el hueco entre dos rocas donde habían dejado al mensajero. El hombre estaba sentado, con las manos sujetas delante y una cuerda alrededor de los tobillos. El caballo permanecía más lejos, fuera de la vista del camino.
Nashira se puso de pie al verlos.
—Venía desde la prisión. Llevaba esto para Silas.
Entregó la bolsa a Ambarine. La princesa rompió el sello y acercó el papel a la lámpara que Orven había cubierto con una mano.
Aura observó al jinete. No tenía sangre en la ropa; solo polvo en las rodillas y una expresión de rabia que apartó hacia el suelo cuando reconoció el cabello de Ambarine.
—Avisan de la fuga —dijo ella—. Sacaron a los tres Fuegel y a otros retenidos. Dice que están buscando a la familia.
Aura se acercó a la lámpara. El papel empezaba con el nombre de Silas, sin el encabezado de las órdenes que había llevado Cael. «Seguí vigilando a los Fuegel como me pidió», leyó. Más abajo alcanzó a distinguir «la mujer del almacén y la muchacha que reservó» antes de que Ambarine moviera la hoja para comprobar la firma.
—La escribió alguien suyo —dijo la princesa—. Vigilaba a los presos para él.
Aura miró otra vez al mensajero.
—¿La muchacha? ¿Lera?
Él apretó la boca y apartó los ojos. Ambarine dobló el mensaje.
Aura miró hacia las luces de la mansión. Erina e Iris seguían allí.
—No llegó —añadió Nashira—. No vimos salir a otro por este camino. Tirka vigiló el del portón hasta hace un momento.
Brenor bajó de la elevación. Se detuvo al lado de Orven y señaló la casa con la punta del arco.
—Siguen las mismas rondas. Hay caballos ensillados, pero no prepararon un carro. Silas entró por la galería hace un rato.
Ambarine guardó el mensaje bajo la capa. Miró a Nashira y después a Tirka.
—Ahora vamos juntos. Enséñame el acceso.
Orven se quedó unos instantes junto al mensajero para revisar las cuerdas. Le dejó agua al alcance y volvió con el grupo. Nashira tomó la lámpara y la cerró antes de conducirlos hacia el muro desde donde Brenor había observado la propiedad.
Aura caminó al lado de Tirka. Al otro lado del camino aparecieron las luces del portón y una ventana alta, separadas por la sombra del patio.
Se detuvo cuando Nashira levantó la mano.
La casa de Silas estaba delante de ellos.