#Daliana
La noche recibió a Aura con un aire más frío que el del vórtice.
Detrás de ella, el ocaso inmóvil todavía teñía de naranja las paredes de la grieta. Delante, la cordillera se abría hacia un terreno sin caminos visibles, cubierto por sombras y piedras pálidas. Entre ambos lados solo había un paso y la posibilidad, todavía intacta, de regresar. Aura avanzó con los demás hacia la noche.
Nashira y Tirka esperaban fuera, donde las capas oscuras deshacían sus siluetas contra la piedra. Brenor se había adelantado unos metros para comprobar el sendero occidental. Cael protegía los documentos bajo la capa y Shaeli vigilaba la abertura por la que Aura y Ambarine acababan de salir.
Ambarine extendió una mano para recibir de Shaeli la tira de tela donde habían marcado las señales. Reconoció al tacto el primer nudo, el segundo y el corte diagonal que advertiría una ruta comprometida; después devolvió la tira a la kunara, que esperaba junto a la abertura.
Cael miró hacia el exterior de la grieta. Sus dedos, todavía manchados de tinta, se cerraron con fuerza alrededor de la carpeta.
—Si llegamos a retirarnos del control, los nombres falsos quedarán registrados.
—Tendremos que usar otros —respondió Ambarine—. Y buscar otro camino. Con estos ya no me arriesgaría.
La respiración de Cael continuó siendo demasiado corta, pero asintió.
Aura había esperado alguna vez que una princesa supiera siempre qué hacer. Ahora observaba cómo Ambarine comprobaba la oscuridad y calculaba distancias, con una mano cerca de la capa que ocultaba su cabello. Le costaba apartar los ojos de la grieta. Cuando Cael volvió a mirarla, ella se quedó a su lado un momento antes de atender a Nashira.
Nashira levantó dos dedos. Era el momento de separarse.
Aura buscó a Tirka. La semi-humana conservaba la cola junto a una pierna y el cabello recogido para no rozar las paredes. Sus orejas se orientaron hacia Aura antes de que sus miradas se encontraran.
«Ten cuidado», quiso repetirle. Todavía recordaba el roce de su cola alrededor de la muñeca durante la despedida, pero Tirka ya estaba esperando la señal de Nashira. Aura inclinó la cabeza y ella respondió del mismo modo, con una seriedad poco habitual en su rostro.
Brenor se ajustó el arco sobre el hombro y ocupó su lugar detrás de Tirka. Los dos siguieron a Nashira por el sendero occidental hasta que la noche borró sus siluetas.
Ambarine siguió mirando el sendero hasta que transcurrió el tiempo acordado.
—Ahora.
Shaeli inició el descenso. Cael fue tras ella con los documentos, y Aura avanzó junto a Ambarine hacia las luces de la fortaleza.
Durante algunos minutos ambos equipos compartieron la misma oscuridad sin poder verse. Uno rodeó las laderas en dirección a la propiedad de Silas; el otro descendió hacia las luces de la fortaleza provisional. Un caballo tardaría en llevar la alarma de un lugar al otro, aunque aquella distancia apenas les daría margen si se retrasaban. Necesitaban entrar antes de que los guardias recibieran una advertencia.
En el otro frente, Tirka, Brenor y Nashira llegaron primero.
La propiedad de Silas ocupaba una elevación baja al final de un camino bordeado por muros de piedra. El edificio principal se levantaba en torno a un patio interior; desde fuera, las ventanas apagadas y los tejados oscuros hacían que pareciera dormido. Solo una lámpara junto al portón y otra en la galería superior desmentían la quietud.
Nashira se agachó junto a una zanja y hundió dos dedos en la tierra. La rueda de una carreta había borrado parte de las huellas, pero no las marcas más recientes de las botas.
—Dos rondas —susurró—. Una por el muro. Otra entre el patio y la casa. La salida norte sigue libre.
Señaló después un grupo de arbustos donde podría ocultarse sin perder de vista el camino. Desde allí conservaría la retirada y vigilaría cualquier movimiento fuera de la propiedad.
Brenor ya observaba la elevación pedregosa situada al este. Era el punto que había elegido sobre el mapa: bastante alto para cubrir el tejado del almacén, pero lo bastante lejos para que un guardia no oyera la cuerda de su arco.
—No veo la ventana desde aquí —dijo.
—Todavía no puedes verla —respondió Nashira—. Hay un árbol delante.
Brenor tocó las plumas de una flecha y cerró los ojos para dirigir una cantidad pequeña de Lay Len hacia el rostro. Mantuvo el flujo dentro de su cuerpo, siguiendo las vías que había aprendido a reconocer detrás de los ojos. A su lado, Nashira seguía atenta al camino mientras él concentraba la energía.
Al abrir los ojos, Brenor distinguió las grietas de las tejas, las manos de un guardia apoyadas sobre la baranda y las cuatro flechas que sobresalían de un carcaj junto a la galería. Buscó la ventana entre las hojas de la rama que ocultaba el almacén. Ahora podía separarlas unas de otras, y entre dos de ellas encontró el marco estrecho que había venido a vigilar.
El viento y la respiración de Nashira seguían oyéndose igual que antes. Apenas alcanzaba a escuchar el roce impaciente de la cola de Tirka contra su pierna. Con la atención puesta en aquella ventana, tendría que confiar en sus compañeras para vigilar lo que quedaba a su espalda.
—Ventana abierta —murmuró—. Un guardia sobre la galería. Otro recorre el muro desde el portón hasta la esquina sur. Ambos llevan ballesta.
Tirka se inclinó para mirar entre los arbustos, aunque desde allí solo alcanzara a ver manchas de sombra.
—¿Más?
Brenor mantuvo el flujo en los ojos mientras revisaba las otras ventanas y el borde de los tejados. Junto a la lámpara de la galería descubrió el destello de una mano adornada con dos anillos, pero la figura se retiró antes de que pudiera distinguir su rostro.
—Alguien dentro. Lleva joyas. No sé quién es.
—Silas colecciona cosas brillantes —dijo Tirka, arrugando la nariz—. Y cree que eso lo hace menos desagradable.
Nashira le apoyó una mano en el brazo antes de que avanzara.
—El patio parece despejado. Parece —repitió—. Entras cuando Brenor tenga cubierto el tejado. Si algo cambia, regresas por la misma ventana.
Tirka miró la propiedad. Sus orejas se orientaron hacia el recorrido del guardia que todavía no podía ver.
—Entendido.
Se deslizó por la zanja hasta alcanzar la base del muro. Esperó allí, comprimida contra las piedras, mientras la ronda pasaba al otro lado. Brenor siguió el movimiento del guardia: una mano sobre la ballesta, doce pasos hasta la esquina, una pausa para mirar el camino y otros doce de regreso.
Cuando el hombre volvió la espalda, Nashira levantó dos dedos y Tirka empezó a trepar. Sus manos encontraron irregularidades que desde la elevación parecían inexistentes. Subió sin desprender grava, con la cola cerca del cuerpo, hasta alcanzar el borde del tejado sobre el almacén. Allí se quedó inmóvil al ver que el guardia de la galería había cambiado el recorrido.
Brenor lo vio descender por una escalera lateral y aproximarse al almacén. Sacó la flecha que había mantenido separada del resto. La cuerda cedió bajo sus dedos hasta que la punta quedó alineada con el espacio entre el hombro y el cuello del hombre.
Podía derribarlo antes de que doblara la esquina, pero el golpe de su cuerpo al caer podía alertar a toda la propiedad. Brenor mantuvo la cuerda tensa, con la pluma de la flecha rozándole la mejilla. Si daban la alarma ahora, Aura y Ambarine quizá ni siquiera habrían alcanzado el control exterior.
Tirka volvió la cabeza hacia su posición. No podía verle los ojos desde aquella distancia, pero sabía que la cubría. Levantó una mano, cerró el puño y le ordenó esperar.
El guardia apareció bajo ella.
Tirka se pegó a la inclinación del tejado. Una oreja sobresalía apenas por encima del borde; la aplastó contra el cabello justo cuando el hombre alzó la lámpara. La luz recorrió las tejas, alcanzó una de sus botas y continuó de largo.
El guardia probó la manija del almacén. Después regresó hacia la galería.
Brenor redujo la tensión de la cuerda poco a poco. Solo cuando el hombre recuperó su ronda guardó la flecha sin apartar la vista de Tirka.
Ella alcanzó la ventana estrecha y pasó primero una pierna, luego el torso y por último la cola. Antes de desaparecer levantó dos dedos hacia Nashira para confirmar que había podido entrar.
Las luces de la fortaleza aparecieron entre los árboles como puntos de un dibujo demasiado regular.
El edificio había sido una estación de carga antes de que el imperio lo rodeara con un muro, torres bajas y un portón reforzado. Las construcciones se acumulaban alrededor del patio sin compartir la misma altura ni la misma antigüedad. Aura distinguió techos de madera junto a corredores de piedra y, por encima de todo, las lámparas blancas de los puestos de vigilancia.
Ambarine hizo detener al grupo antes de que salieran del último tramo arbolado.
—Cael.
Él había revisado los documentos tres veces desde que abandonaron la grieta. Aun así, abrió la carpeta y comprobó el orden de las autorizaciones.
—Primero la corrección del registro —dijo—. Si preguntan por la hora, la requisición de los caballos. Si ya iniciaron el protocolo de salida... —Se detuvo con los ojos sobre la carpeta.
—La segunda —completó Shaeli.
Cael asintió. Sus manos temblaban lo suficiente para que el borde del papel golpeara la cubierta.
—Puedo llevarlos hasta el patio —añadió—. No más. El sello no nos permitirá entrar en las celdas sin un registro local.
—Con llegar al patio ya nos habrás acercado bastante —dijo Ambarine. Miró hacia el portón antes de dirigirse a Shaeli—. ¿Ves algo distinto al informe?
La kunara llevaba varios minutos observando el portón. Uno de sus cuernos permanecía oculto bajo el casco; la fractura del otro apenas alteraba la tela que rodeaba su cabeza.
—Un guardia nuevo junto al muro izquierdo. No figuraba en la descripción del turno.
—Podría acercarse a Cael mientras revisan los documentos. Quédate de ese lado, Shaeli.
Ambarine miró por último a Aura.
La tabla estrecha descansaba contra su espalda y el bolso médico colgaba bajo la capa. El casco le presionaba las mejillas y ocultaba casi todo su cabello, pero no podría impedir que alguien reconociera su parecido con la princesa bajo una luz directa.
—¿Recuerdas cuándo debes hablar? —preguntó Ambarine.
—Si me preguntan por el estado del herido.
—¿Y si dudan de los documentos?
Aura miró a Cael. Él tenía preparada una cadena de oficinas, nombres y registros. Ella solo poseía preguntas que podían arruinarla.
—Me quedo callada.
—Aunque parezca que van a detenernos —añadió Shaeli.
Aura sabía lo poco que entendía de aquellos documentos. Aun así, le costaba aceptar que tendría que quedarse callada mientras decidían si podían pasar. Dentro del casco, el aire se le había vuelto caliente.
—Aunque lo parezca —repitió.
Ambarine sostuvo su mirada un instante antes de responder.
—Tampoco quiero esperar a que nos capturen. Si intentan retenernos, nos retiramos.
Aura soltó el aire que había retenido dentro del casco. Podían retirarse. No tendría que permanecer inmóvil hasta que la capturaran.
Cael cerró la carpeta.
—Soy Leiran Ostel, escribiente tercero de la Oficina de Propiedades Confiscadas.
—Y nosotros estamos perdiendo tiempo —dijo Ambarine.
Habló con la impaciencia de una jefa de escolta y los cuatro abandonaron los árboles. El guardia del control exterior levantó la linterna antes de que alcanzaran el portón.
—La comisión llega al amanecer.
Cael tardó medio segundo en responder. Aura lo supo porque oyó la inhalación rápida bajo su capa.
—La comisión ordinaria —dijo él—. Nosotros corregimos la requisición setenta y dos. El prisionero Mauro Fuegel será entregado antes del segundo recorrido nocturno.
El guardia acercó la linterna al sello.
—No recibimos ninguna corrección.
—Por eso existe una copia para el puesto, otra para el responsable del traslado y una tercera para el archivo de salida —respondió Cael—. Si la hubieran recibido, yo no estaría recorriendo este camino a estas horas.
La irritación de Cael se dirigió al procedimiento. Sus dedos habían temblado unos segundos antes; ahora señalaban sin vacilar el sello y la hora de la requisición.
Cuando el guardia extendió la mano, Cael eligió el primer documento. Comprobó el sello una vez antes de entregarlo; cuando el hombre lo tomó, sus dedos quedaron vacíos y empezaron a frotarse entre sí. Ambarine esperó a su lado.
El silencio se alargó mientras el guardia comparaba el nombre escrito con una lista. Desde la muralla, el hombre que Shaeli había descubierto se separó de su puesto y comenzó a descender. Ella se desplazó lo justo para quedar entre él y el lado de Cael donde colgaba la carpeta, dejando espacio libre hacia el portón.
El hombre del control señaló la tabla sobre la espalda de Aura.
—¿Para qué es eso?
Aura mantuvo baja la voz. Había pensado tanto en cómo encontraría a Mauro que por un momento le costó limitarse a la pregunta del guardia.
—Es para llevarlo acostado. Tenemos que revisar el sangrado antes de moverlo. Si han preparado la carreta para que vaya sentado, tendrán que cambiarla.
El guardia miró a Ambarine.
—¿Su auxiliar siempre da órdenes antes de ver al prisionero?
—Solo cuando alguien pretende mover a un herido sin preguntar en qué estado se encuentra —respondió ella.
Ambarine sostuvo la mirada del guardia hasta que él volvió al documento y lo devolvió a Cael.
—Nombres.
Cael recitó los cuatro. El falso apellido de Aura sonó extraño dentro del casco. El hombre los cotejó uno a uno y finalmente golpeó dos veces el portón.
Las hojas se abrieron lo suficiente para dejarlos pasar.
Aura entró sin acelerar. El impulso de buscar las celdas la empujaba hacia cada corredor visible, pero su papel exigía que mirara la carreta situada bajo un cobertizo y las cajas preparadas para el traslado. Contó tres accesos desde el patio: uno bajo una arcada, otro junto a los establos y un tercero medio oculto detrás del vehículo.
Había demasiados guardias. El que Shaeli había visto desde los árboles cruzó detrás de ellos, mientras otro esperaba junto a la puerta que, según el plano de Cael, conducía al corredor de celdas. Llevaba un distintivo plateado sobre el hombro y sostenía un libro abierto.
Al verlo, Cael reparó en la carreta que ocupaba el corredor y en la línea ya escrita en el registro. Comprobó la hora marcada en su requisición. Sus dedos dejaron de frotarse mientras acercaba el papel para asegurarse de haber leído bien.
—No están registrando nuestro ingreso —murmuró sin mover apenas los labios—. Iniciaron la salida.
Ambarine se detuvo junto a una de las cajas como si comprobara la carga.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Si entrego la autorización de corrección, nos retendrán hasta que llegue el responsable del traslado. Puede tardar una hora. Quizá más.
Una hora bastaba para que Mauro saliera por otro portón. Bastaba también para que una señal alcanzara la propiedad de Silas.
Aura miró hacia la arcada. No alcanzaba a ver celdas, solo una franja de corredor iluminada y las botas del guardia que esperaba al fondo.
—Habías preparado otra autorización —dijo Ambarine—. ¿Esa nos serviría?
Cael abrió la carpeta, pero tardó en separar la hoja que buscaba. Tenía la respiración demasiado rápida y volvió a leer el encabezado antes de responder. Shaeli se acercó hasta ocultar con su cuerpo el contenido de los documentos.
—La requisición prueba que esperan una carreta —dijo él—. La segunda autorización no corrige la entrada. Adelanta la entrega.
—¿Nos lleva a Mauro?
—No... —Cael levantó la mirada—. Obliga a preparar su salida. Tendrán que mover la carreta al patio, abrir el portón de carga y despejar el corredor. Pero seguiremos necesitando el registro local para recibirlo.
Ambarine contempló al guardia del distintivo plateado. Apretó la mandíbula al pensar que todavía tendrían que convencerlo de abrir el portón.
—¿Cuándo deja de servir el sello? —preguntó.
—En cuanto comprueben los nombres, descubran la infiltración o suene una alarma. Después será solo papel.
—Una vez abierto, podríamos pasar aunque el sello ya no sirva.
—Si conseguimos que lo abran primero.
Ambarine volvió a mirar hacia la carreta y asintió.
—Creo que vale la pena intentarlo. Voy contigo.
Cael sacó la segunda autorización y caminó hacia el responsable del registro. Ambarine fue con él, manteniendo el cuerpo entre el escribiente y los otros guardias sin impedir que Shaeli conservara la salida. Aura se quedó junto a la tabla, donde su presencia podía seguir pareciendo médica en lugar de ansiosa.
Cael empezó a discutir números en voz baja, señalando la hora, la requisición y la línea donde el puesto había registrado por anticipado una entrega que todavía no se había realizado. El responsable respondió con el nombre de otro funcionario. Cael citó el de su superior y una cláusula sobre prisioneros heridos, manteniendo un dedo sobre la anotación que el hombre parecía querer pasar por alto. Aura apenas entendía aquella discusión, pero reconocía los nombres que lo había oído ensayar durante el camino.
El guardia terminó cediendo por cansancio antes que por convencimiento y ordenó mover la carreta.
Dos hombres soltaron el freno y empujaron el vehículo desde el corredor hasta el patio. Otros retiraron una cadena del portón de carga y empezaron a girar el mecanismo. Las hojas de madera reforzada se abrieron con un gemido lento hacia la noche.
Tirka cayó dentro del almacén sin producir más sonido que un roce de tela. Se quedó agachada bajo la ventana, con una mano apoyada en el suelo y la otra cerca de los cuchillos, hasta que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad.
Las cajas que había visto durante su reconocimiento habían desaparecido. Quedaban rectángulos limpios sobre el polvo y marcas recientes de muebles arrastrados hacia otro sector. Buscó la puerta por la que debía alcanzar el pasillo interior. Conservaba el mismo aspecto, pero habían instalado un cierre nuevo en el marco.
Tirka acercó una oreja. No oyó voces detrás de la puerta, sino un zumbido tan tenue que al principio lo confundió con el paso de aire por las grietas. Lo siguió junto al muro hasta encontrar una placa pequeña de piedra azul encajada bajo la bisagra. Dos conductores oscuros salían de ella y desaparecían dentro de una ranura cubierta con yeso reciente.
Una esquina de la placa brillaba con intensidad; la otra parecía casi agotada. Tirka la examinó sin tocarla. Había visto Amalgamita en lámparas, herramientas y cierres preparados por los artesanos de la red, cada pieza con una función que alguien había trazado antes. Aquella podía mover el cerrojo o activar una alarma. Le desagradaba oírla funcionar tan cerca sin poder averiguar qué haría.
Buscó otra salida, pero la puerta lateral también tenía un cierre nuevo. En su marco encontró una segunda placa, unida por el mismo conductor. Más arriba, casi oculta por una viga, la línea oscura continuaba hacia el resto de la casa.
Alguien había vaciado el almacén para que nada obstruyera los accesos y había preparado las puertas para cerrarlas desde fuera.
Tirka regresó bajo la ventana. Podía retirarse y advertir que habían cambiado los cierres. También podía continuar hasta la habitación reconocida durante la vigilancia y comprobar si Erina e Iris seguían allí antes de que el primer frente produjera cualquier alarma.
Sacó de la muñeca la lámina de señales, pero no la encendió. Una advertencia incompleta solo confirmaría que la entrada había cambiado; todavía no podía afirmar que las prisioneras continuaran dentro.
Guardó la señal y apoyó el oído contra la puerta para seguir la ronda que se aproximaba: seis pasos, una pausa y seis pasos más. Cuando la oyó alejarse, cruzó al pasillo. El olor del aceite reciente le llegaba de los herrajes mientras avanzaba junto a la pared, atenta al zumbido de las piedras. Quien controlaba aquellos cierres seguía en algún lugar de la casa.
En la fortaleza, la carreta dejó al descubierto un fragmento del muro que antes había permanecido oculto.
Aura lo vio mientras fingía revisar las correas destinadas al traslado. Dos tablas reforzaban la parte baja de la piedra y una argolla oxidada sobresalía entre ellas. Parecía el resto de un acceso sellado mucho antes de que aquel lugar se convirtiera en prisión.
Quiso comprobar cómo atravesaba la Lay Len aquel muro. Había mantenido su percepción cerrada desde el control para evitar que el miedo la empujara a reunir energía, y le costó decidirse a abrirla. Lo hizo apenas, como Ereel le había enseñado, prestando atención al flujo que ya ocupaba el espacio y dejando que siguiera su recorrido.
La corriente avanzó a través de la piedra y regresó deformada. En lugar de dispersarse de manera uniforme, rodeaba algo hueco y se reunía cerca del suelo. La sensación le recordó el agua al desviarse alrededor de una roca, aunque allí no oyera ningún cauce.
Aura volvió a mirar las tablas, recordando el conducto de agua que Tirka había descrito durante la reunión. Lo descartaron como entrada para Mauro porque resultaba demasiado estrecho y desembocaba lejos del camino de extracción. Quizá aquellas tablas ocultaban otro acceso al canal; en la estación tendrían que haber llegado hasta él de alguna forma para limpiarlo o repararlo.
Aura se acercó a Ambarine. La princesa vigilaba a Cael, que aún sostenía la atención del responsable del registro mediante una discusión sobre sellos duplicados.
—Creo que hay un espacio detrás de la carreta —murmuró Aura.
Ambarine siguió mirando a Cael mientras le respondía en voz baja.
—¿Lo notaste con la Lay Len? Yo solo veo las tablas.
—Sí, el flujo rodea algo hueco. Podría ser el conducto del que habló Tirka... —Aura miró hacia la parte baja del muro—. Aunque desde aquí no sé adónde va.
Ambarine miró por fin las tablas y llamó a Shaeli. La kunara se desplazó hacia ellas como si continuara inspeccionando la carga; al llegar junto a una rueda, se agachó para examinar el muro desde aquella posición.
—Hay una bisagra bajo la tabla izquierda —dijo—. Y arañazos recientes en el suelo.
Pasó dos dedos sobre una línea casi invisible entre las piedras.
—Es una compuerta. No la han abierto hoy, pero alguien la utilizó después de cerrar este acceso.
—¿Puedes saber si se cierra desde dentro? —preguntó Aura.
Shaeli encontró una hendidura junto a la argolla.
—Pueden poner un pasador al otro lado. Si entramos y alguien lo coloca detrás de nosotros, esta ruta desaparece.
La alternativa podía terminar en un espacio estrecho, sin luz y cerrado por una pared que el plano no había registrado. Aura apretó los dedos contra las correas de la tabla. Quiso insistir en que todavía valía la pena, pero no sabía adónde llevaba.
Cael regresó con el libro local bajo un brazo y la tercera autorización todavía sin sellar dentro de la carpeta.
—Nos harán esperar a que traigan al responsable del traslado —dijo—. No aceptan entregarlo con una copia provisional.
—¿Cuánto?
—No lo saben. Eso significa que puede llegar en diez minutos o al amanecer.
Ambarine señaló el muro con la barbilla.
—Aura percibe un conducto detrás de esas tablas. Shaeli encontró una compuerta. ¿Aparece en algún registro?
Cael dejó el libro sobre una caja y buscó en la carpeta el esquema de mantenimiento que había utilizado para calcular la ruta desde el patio. Extendió sobre la madera la hoja, doblada varias veces, y siguió con los dedos una línea azul casi borrada.
—Aquí —dijo—. Canal de desagüe de la estación antigua. Debería cruzar bajo el corredor administrativo y subir cerca de las celdas.
—¿Debería? —repitió Shaeli.
Cael comprobó el año anotado en una esquina antes de responder.
—Este plano es anterior al muro exterior. Pudieron sellarlo, desviarlo o construir encima. No puedo asegurar que continúe abierto.
Ambarine observó los tres accesos visibles del patio. El portón de carga estaba abierto, pero dos guardias permanecían junto al mecanismo. El hombre del distintivo plateado había enviado a un ayudante a buscar al funcionario cuya presencia podía revelar los nombres falsos. Más allá de la arcada, una rueda comenzó a girar.
—No me gusta entrar sin saber si podremos salir —dijo Ambarine—. Pero tampoco quiero seguir esperando aquí. Shaeli, ¿te parece que podemos cruzar?
—Yo cruzo antes y compruebo el primer tramo. Por aquí ya no nos dejan acercarnos a las celdas, y cada minuto añade guardias.
Cael miró el plano, después el libro que acababa de conseguir.
—Yo también entraría —dijo—. Voy a conservar la autorización sin sellar. Si regresamos al patio antes de la alarma, todavía puedo utilizarla para discutir la salida de la carreta.
Ambarine se volvió hacia Aura.
—¿Y tú?
Aura pensó en Mauro mientras trataba de seguir el hueco más allá de la piedra. Podía estar cerca; el plano lo situaba al otro lado del corredor. Le habría gustado decir que sí, que aquel era el camino, pero seguía preocupándole el pasador que alguien podía colocar a sus espaldas.
—Creo que podré seguirlo desde dentro —dijo—. Al menos hasta donde llegue a percibir el espacio. Si lo han cerrado más adelante, tendremos que volver.
Ambarine mantuvo los ojos en el plano un momento más, siguiendo el canal hasta las celdas. Cuando alzó la vista, el ayudante ya se alejaba en busca del funcionario.
—Vamos a intentarlo —dijo—. Shaeli irá primero; después Cael y Aura. Yo cierro el grupo.
Shaeli levantó la tabla sin retirarla por completo y trazó una marca pequeña en el borde interior. Si debían volver en oscuridad, aquel corte les permitiría reconocer la salida correcta al tacto.
—Puedo quedarme en el patio —dijo Cael, aunque su mirada ya estaba sobre el conducto—. Mantendría la cobertura y...
—Preferiría que vinieras —lo interrumpió Ambarine—. No sabría qué hacer si encontramos otro registro que no coincide. Tú conseguiste que abrieran el portón; quizá dentro vuelva a hacernos falta algo así.
—Dentro también puedo estorbarles.
—Puede que tengas que pedirnos ayuda. A mí me parece mejor tenerte cerca, Cael.
Él bajó la vista hacia la compuerta. Todavía parecía buscar otra objeción, pero acabó guardando el plano y el libro junto a los documentos bajo su capa. Ambarine esperó a que terminara de asegurarlos antes de hacer una señal.
Shaeli retiró la tabla y dejó al descubierto una compuerta baja, oscurecida por humedad antigua. La argolla cedió sin ruido, pero la hoja solo se abrió unos dedos antes de chocar con un pasador al otro lado.
Aura se arrodilló y apoyó la mano cerca de la abertura. El metal interrumpía el flujo junto a la piedra, aunque le costaba reconocer sus bordes detrás de la madera. Reunió una cantidad pequeña de Lay Len para empujarlo desde aquel punto. El pulso atravesó la rendija y produjo un golpe breve al otro lado; después el pasador se deslizó hasta caer sobre la piedra.
Shaeli abrió la hoja antes de que el ruido atrajera una mirada desde el patio. Cruzó agachada, desapareció dentro del conducto y regresó unos instantes después para indicarles que avanzaran. Cael pasó primero por orden de Ambarine; Aura tuvo que girar la tabla de Mauro para introducirla sin golpear los muros.
El canal terminó en una escalera de servicio. Arriba, dos corredores se separaban bajo lámparas débiles, con un guardia de espaldas junto a la salida. Shaeli lo alcanzó antes de que pudiera volverse. Le cubrió la boca, le hizo perder el equilibrio y lo bajó al suelo sin dejar que la armadura golpeara la pared. Comprobó que respirara y lo ocultó detrás de unos barriles.
El segundo guardia apareció por la bifurcación con una ballesta corta.
Aura vio el dedo cerrarse sobre el disparador. Levantó ambas manos y reunió una barrera frente al grupo. El virote chocó contra la superficie transparente, cambió de dirección y se clavó en una viga.
La protección se quebró de inmediato. Mientras el guardia buscaba otro proyectil, Ambarine lanzó una línea de fuego alrededor de la ballesta. El metal se calentó hasta que el hombre la soltó con un grito. Ella avanzó, lo derribó de un golpe y se agachó junto a él el tiempo suficiente para comprobar que continuara consciente.
—No podemos quedarnos —advirtió Shaeli.
Cael ya examinaba los números pintados sobre las puertas.
—Las celdas están a la derecha —dijo—. Esa numeración de la izquierda es la de las oficinas.
Ambarine señaló el corredor derecho. Aura dejó que los restos de la barrera se dispersaran y siguió a Cael, con los brazos todavía temblorosos por el esfuerzo de sostenerla.
Desde la elevación frente a la propiedad de Silas, Brenor vio reaparecer al hombre de los anillos.
Esta vez la lámpara iluminó su ropa de buena calidad, el cabello cuidadosamente dispuesto y la joya oscura que llevaba sobre el pecho. Brenor reconoció a Silas mientras los guardias de la galería dejaban de moverse, esperando a que terminara de observar el patio.
Brenor mantuvo la Lay Len concentrada en la vista. Lo vio acercarse a una placa instalada en la pared y presionar contra ella uno de sus anillos. La joya emitió un destello azul. Otros puntos del edificio respondieron uno tras otro, siguiendo una secuencia demasiado regular para ser una conjuración improvisada.
Al oír el primer golpe metálico desde el interior, Brenor cerró el flujo de sus ojos e intentó dirigirlo al oído sin esperar a que desapareciera por completo. La galería continuó impresa sobre su visión como una mancha luminosa. La presión le atravesó las sienes y el suelo pareció inclinarse, pero alcanzó a oír los cerrojos.
Se cerraban por sectores: uno cerca del almacén, dos en el ala central y otro más profundo en la casa. Entre los golpes persistía un zumbido que se interrumpía con cada activación. Silas ponía en marcha con el anillo las defensas de Amalgamita que había comprado e instalado en la casa. Brenor trató de reconocer de dónde llegaba el siguiente cierre; Tirka seguía dentro y él apenas conseguía orientarse entre aquellos sonidos.
Nashira llegó hasta la base de la elevación.
—Están cerrando la propiedad —susurró Brenor, llevándose dos dedos a la sien—. Por sectores.
Ella miró el portón norte y luego las patrullas que empezaban a cambiar de posición.
—Conservaré esa salida y buscaré otra. Advierte a Tirka.
Gritar su nombre revelaría la elevación. Brenor alzó la lámina de señales hacia la ventana del almacén y cubrió la luz dos veces: ruta comprometida.
La respuesta tardó en llegar. Brenor seguía vigilando la ventana del almacén cuando vio el destello en una abertura más cercana al centro de la casa. Tirka ya se encontraba mucho más lejos de la entrada.
El ruido de ruedas llegó hasta el corredor de celdas.
No provenía del patio. Una segunda carreta avanzaba desde el extremo opuesto mientras dos guardias retiraban cadenas de una puerta interior. El traslado estaba a punto de comenzar.
Ambarine y Shaeli se separaron al ver la carreta. Mientras Shaeli atravesaba una barra entre las ruedas para impedir que avanzara, Ambarine levantó una franja estrecha de fuego frente al acceso al patio. Las llamas cortaron el paso a los guardias de ese lado, obligándolos a retroceder y buscar otra entrada.
Cael buscó los números en el libro local.
—Aquí no hay prisioneros —dijo.
Aura lo miró.
—¿Qué?
—Las celdas figuran como depósitos. —Pasó una página con dedos temblorosos—. Ningún Fuegel ingresó oficialmente en este lugar.
Una luz violeta apareció bajo una de las puertas. Su brillo débil e irregular tenía una calidez distinta a la de las lámparas del corredor. Aura recordó a Peryna hablándole de los geranios y corrió hacia ella antes de alcanzar a llamarla por su nombre.
La puerta cedió cuando Shaeli rompió el cierre. Dentro, Micah se interpuso de inmediato delante de Mauro. Estaba pálido, sin espada y demasiado agotado para sostenerse con firmeza, pero levantó los brazos al ver uniformes, armas y un rostro parecido al de Ambarine bajo el casco.
—No se acerquen.
Aura bajó las manos y levantó el borde del casco para mostrar el rostro. Peryna la reconoció primero.
—Violetas —susurró. Sus dedos apretaron la bolsa de flores contra el pecho—. Son como los geranios.
—Soy Aura —dijo ella—. Iris me pidió que volviera para decirle si su peinado había resistido la capital. Todavía no he podido hacerlo.
Micah la observó un instante más. El miedo no desapareció, pero dejó caer los brazos.
—Aura...
Ella quiso abrazarlos. Vio el vendaje oscuro alrededor del abdomen de Mauro y se arrodilló en su lugar.
—Voy a revisarte. No puedo curarte aquí, pero el sanador está esperando afuera.
Mauro intentó responder y el esfuerzo terminó en una respiración contenida. Aura comprobó que pudiera oírla, buscó el pulso y observó el ritmo de su pecho. No retiró la venda. Reforzó la parte húmeda con tela limpia y sostuvo el abdomen mientras Micah y Cael colocaban la tabla junto a él.
—A la cuenta de tres —indicó—. Sin incorporarlo.
Mauro cerró los ojos durante el movimiento, pero no perdió la consciencia. Aura mantuvo una mano sobre el vendaje mientras Micah terminaba de ajustar las correas de la tabla. Quería preguntarle cuánto le dolía, aunque temía hacerle gastar fuerzas para responder. Esperó junto a él, pendiente de su respiración.
Mientras Aura atendía a Mauro en la fortaleza, Tirka llegó al ala interior de la casa. Desde una habitación se oían tres roces sobre la madera, una pausa y otros tres. Siguió aquel sonido hasta la puerta; alguien parecía estar comprobando si el pasillo estaba vacío.
Tirka respondió con dos golpes leves y se quedó escuchando. El ruido al otro lado cesó.
—Aléjate de la puerta —susurró una mujer desde dentro.
La voz de Erina conservaba firmeza, pero Tirka oyó el miedo en la respiración que siguió a la orden y una segunda respiración contenida detrás de la madera.
El reflejo de la señal de Brenor apareció al fondo del corredor, advirtiendo que la ruta estaba comprometida. Tirka volvió la vista hacia el camino por el que había llegado. Todavía podía intentar regresar al almacén; avanzar hasta la habitación significaba arriesgarse a que los cierres nuevos le quitaran esa posibilidad.
La primera placa se iluminó.
Un postigo cayó detrás de ella. Después se activó un pasador en el corredor lateral. La luz azul avanzaba por los marcos, sector tras sector, sin buscarla ni cambiar de dirección.
Tirka corrió hacia la habitación e introdujo uno de sus cuchillos curvos entre la puerta y el marco justo cuando el cerrojo empezaba a moverse. El metal retrasó el cierre lo suficiente para que abriera una rendija y se deslizara dentro. Antes de empujar la puerta tras ella, levantó la señal hacia una abertura estrecha.
Solo alcanzó a enviar el destello que confirmaba que las había encontrado. El postigo descendió y cortó la comunicación antes de que pudiera completar el mensaje.
La placa del marco perdió su color después de activarse hasta quedar casi opaca. Tirka todavía no sabía si eso bastaría para abrirlo desde dentro.
Iris se encontraba junto a la pared, con la mano de Erina sobre el hombro. La joven miró las orejas negras, los cuchillos y la puerta que acababa de cerrarse.
—¿Quién eres?
Tirka guardó las armas.
—Me llamo Tirka. Ambarine me envió a buscarlas.
Fuera, otro cerrojo encajó en su sitio. Tirka volvió a mirar la puerta cerrada; tendría que encontrar otra forma de sacarlas.
Desde la elevación, Brenor vio el único destello y después nada. Su primer impulso fue bajar hacia la casa. Nashira señaló las patrullas que ya rodeaban la salida norte. Si ambos entraban, Tirka perdería también la ruta por la que todavía podían intentar sacarla. Brenor permaneció en su posición con la mano cerrada sobre el arco.
—Por favor. No nos dejen.
La petición llegó desde la celda contigua y otras voces la siguieron desde más lejos. Aura levantó la cabeza hacia el corredor que había parecido vacío. Entre los barrotes aparecían manos y rostros que apenas había distinguido en la oscuridad.
Aura permaneció junto a Mauro mientras Micah ajustaba las correas de la tabla. Peryna miraba las puertas y apretaba las flores contra sí.
—Ellos también estaban aquí cuando canté —dijo la niña—. Tenían miedo.
Shaeli regresó desde la carreta bloqueada.
—Si abrimos las otras celdas, termina la cobertura. Hay más guardias detrás del fuego y alguien alcanzará la campana.
—No podemos dejarlos —dijo Aura.
Ambarine miró el corredor, las puertas y la tabla que apenas cabía entre ellas.
—Espera un momento, Aura. Estoy viendo cómo podríamos...
Aura se puso de pie antes de que terminara. Había esperado que Ambarine llamara a Shaeli para abrir las puertas, y aquella pausa le hizo temer que estuviera buscando una razón para dejarlas cerradas.
—Me dijiste que, si podíamos abrir otra celda sin perder la salida, lo haríamos. Aquí hay personas.
—Las estoy viendo. —Ambarine respondió más fuerte de lo que convenía y bajó la voz—. También quiero sacarlas. Pero esa tabla apenas pasa por aquí. Si alguien cae en el patio, no sé cómo vamos a volver a buscarlo con los guardias detrás.
Aura miró la tabla y las manos que seguían extendidas entre los barrotes. Mauro ya tenía a Micah junto a él; aquellas personas todavía esperaban que alguien se acercara.
—Si esperamos, puede llegar el responsable del traslado. O más soldados.
—Lo sé, y tampoco quiero eso.
—Entonces ¿qué falta decidir?
Ambarine miró hacia la primera celda. Le costó responder sin volver a alzar la voz.
—Necesito saber cuántos pueden caminar. Me preocupa abrir y descubrir que no podemos moverlos. —Se acercó a los barrotes, todavía con la mirada de Aura sobre ella.
—¿Cuántos pueden caminar sin ayuda?
Las respuestas llegaron desordenadas. Cael empezó a contarlas, primero en el margen del registro y luego sobre una hoja limpia. Separó a quienes podían andar, quienes necesitaban apoyarse en otra persona y quienes no resistirían el trayecto.
Al revisar las páginas encontró más celdas anotadas como depósitos.
—No hay nombres —dijo—. Si los trasladan o mueren aquí, la oficina no tendrá que explicar la ausencia de nadie.
Cael pasó la última hoja y volvió a la anterior, buscando alguna anotación que hubiera omitido. Al levantar la mirada seguía sosteniendo el libro abierto.
—Debemos abrirlas. La autorización dejará de servir en cuanto lo hagamos.
—Y el transporte solo tiene espacio para Mauro y los heridos graves —añadió Shaeli—. Los demás tendrán que salir a pie.
Ambarine comprobó la distancia entre las puertas y el corredor por el que habían llegado. Después señaló a Micah.
—Micah, ¿puedes llevar un extremo de la tabla? Hará falta alguien para el otro.
Micah asintió, y un prisionero de la celda opuesta levantó la mano para ofrecerse a llevar el otro extremo.
—Puedo hacerlo.
—Gracias. Los que puedan caminar solos, ayuden a quienes necesiten apoyo —continuó Ambarine—. Cael, toma sus nombres para que podamos contarlos fuera. Creo que Peryna estará mejor en el centro. Aura, quédate junto a Mauro; nos avisas si necesitan detenerse.
Aura asintió y volvió a arrodillarse. Le incomodaba haberle hablado como si ya hubiera decidido abandonarlos, pero todavía le costaba apartar los ojos de las puertas cerradas. Sostuvo otra vez el vendaje de Mauro mientras esperaba que Shaeli empezara a abrirlas.
—Shaeli —dijo Ambarine.
La kunara apoyó una herramienta contra el primer cierre.
—Vamos a abrir las que podamos alcanzar —dijo Ambarine a los cautivos—. Por favor, esperen a que les indiquemos por dónde salir. Quiero que lleguemos todos al portón.
El metal se quebró.
La primera puerta se abrió hacia una mujer que podía mantenerse en pie si conservaba ambas manos contra la pared.
Shaeli señaló a uno de los cautivos capaces de caminar y lo hizo entrar para sostenerla mientras atacaba el cierre siguiente. Los golpes de la herramienta resonaban por el corredor. Entre uno y otro, aún podían oír las órdenes de los guardias al otro lado del fuego.
Cael reunió en la hoja limpia las anotaciones que había comenzado en el margen del registro imperial. Repitió la clasificación en voz alta, mirando a quienes iban saliendo para comprobar si necesitaban más ayuda de la que habían dicho.
—Siete caminan sin ayuda. Tres necesitan apoyo constante. Una no puede ponerse de pie. Mauro tampoco.
Una voz protestó desde la cuarta celda.
—Él dice que puede caminar, pero no siente bien la pierna.
Cael tachó una marca y la desplazó al segundo grupo.
—Seis sin ayuda. Cuatro con apoyo.
Al abrirse otra puerta, dos hombres salieron sosteniendo entre ambos a un tercero. Detrás de ellos, una anciana se negó a avanzar hasta ver fuera a la joven que había compartido su celda. Ambarine llamó a uno de los cautivos fuertes y le señaló a las dos mujeres para que fuera a ayudarlas.
—Vayan juntos —dijo—. Si alguien se detiene, avisen. Si empiezan a correr cada uno por su lado, no vamos a poder encontrarlos.
El cierre de la última celda no cedió. Shaeli había deformado la placa con la herramienta, pero el pasador permanecía hundido dentro del marco. Al otro lado se oía la respiración entrecortada de la mujer que no podía levantarse.
Desde el patio llegó el primer grito de alarma.
Un guardia había encontrado al hombre oculto tras los barriles. Otro corrió hacia la campana situada sobre la arcada.
Shaeli miró el corredor, calculando si aún podía alcanzarlo.
—Sigue con la puerta —ordenó Ambarine—. La mujer está dentro.
La kunara volvió a introducir la herramienta. El guardia alcanzó la cuerda.
La campana golpeó una vez.
El sonido atravesó la fortaleza y regresó desde las murallas. Los soldados que todavía discutían los documentos dejaron de mirar sellos. Botas, armas y órdenes llenaron los accesos.
—Ya no sirve —murmuró Cael mientras doblaba la autorización. La guardó junto a las otras hojas y se volvió hacia los cautivos que seguían esperando.
Aura se arrodilló junto al último cierre. El metal estaba demasiado profundo para empujarlo con los dedos, pero podía percibir dónde interrumpía la Lay Len alrededor del marco.
—Apártate —dijo a Shaeli.
Concentró un pulso estrecho en el punto donde el pasador se había torcido. La primera vibración solo levantó polvo, pero con la segunda se oyó un chasquido dentro de la pared y la puerta se abrió unos centímetros. Shaeli tiró de ella hasta soltar el cierre. Dentro encontraron a una mujer con una pierna hinchada y la piel demasiado fría, incapaz de apoyar el pie o ayudarlas a levantarla.
—La puerta —dijo Cael.
Sacaron la hoja de madera de sus bisagras para usarla como camilla. Mientras dos cautivos la cubrían con sus capas dobladas, Aura les indicó cómo mover a la mujer sin tirar de la pierna. La aseguraron con tiras de tela y probaron a levantarla antes de incorporarse a la columna.
El segundo tañido de la campana encontró a la columna formada.
Cael ocupó la cabeza junto a los cautivos que podían caminar solos. Tres llevaban las manos libres para recibir a quienes venían detrás con ayuda de un compañero. En el centro, junto a la camilla improvisada, Peryna se acomodó entre una mujer que todavía podía andar y un hombre que apoyaba el peso sobre el hombro de su pareja.
Mauro cerraba el grupo de cautivos, con Micah y el hombre de la celda opuesta sosteniendo la tabla. Aura caminaba junto al costado herido y buscó con la mirada a Peryna para asegurarse de que la niña ya estuviera acompañada. Ambarine y Shaeli esperaron detrás de ellos, pendientes del corredor por el que se oían los guardias.
—Muévanse —dijo Ambarine.
La columna salió de las celdas.
En la propiedad de Silas, Tirka introdujo un cuchillo entre el pasador y el marco. El metal no cedió. Al otro lado de la puerta sonaron pasos, más lentos al aproximarse a la habitación y rápidos cuando se alejaron hacia el patio.
—¿Ambarine sabe que estamos aquí? —preguntó Iris.
Tirka miró el postigo cerrado que había cortado su señal.
—Sí. Pero no pude avisarle que yo también me quedé encerrada.
Erina se acercó a la puerta y apoyó dos dedos sobre la madera.
—Entonces tendremos que ayudarla a encontrarnos.
Tirka volvió a probar el pasador mientras Erina empezaba a contar el tiempo entre las rondas.
El fuego que Ambarine había tendido frente al acceso principal seguía ardiendo sobre la piedra, pero los guardias ya buscaban rodearlo por el corredor administrativo. Shaeli tomó la retaguardia y obligó al primero a retroceder con dos ataques breves. Se mantuvo cerca de la columna para impedir que otro soldado aprovechara el hueco mientras ella combatía.
Cael llegó al corredor de servicio y contó a cada persona al pasar.
—Uno. Dos. Tres...
Llevaba los nombres en la hoja doblada dentro de su ropa, pero contaba a quienes pasaban sin hacerlos detenerse a responder. Al llegar a una esquina, se volvía para comprobar que también la cruzaran los últimos.
La anciana perdió el equilibrio antes de llegar al patio y su compañera gritó pidiendo ayuda. Uno de los hombres que caminaba solo regresó, se colocó al otro lado y la levantó por debajo del brazo. Entre ambos pudieron sostenerla para que siguiera a los demás.
Al atravesar la arcada encontraron la carreta imperial en el centro del patio. El engaño de Cael la había apartado del corredor, pero ahora bloqueaba parte del trayecto hacia el portón. Los guardias habían soltado uno de los caballos; el animal tiraba de las correas, asustado por la campana y el fuego.
—Por la izquierda —indicó Cael—. Entre la rueda y las cajas. La camilla cabe si la giran de lado.
Los primeros cautivos obedecieron. Quienes ya habían atravesado el espacio estrecho recibieron desde el otro lado a las parejas. La puerta usada como camilla pasó inclinada apenas lo suficiente para salvar la rueda, sin volcar a la mujer herida.
Dos soldados corrieron hacia el mecanismo del portón de carga. Shaeli los vio apartarse de los prisioneros y comprendió que iban a cerrar la salida.
Shaeli cruzó el patio en diagonal. Interceptó al primero antes de que tocara la manivela y desvió la lanza del segundo contra el suelo. El hombre recuperó el arma; ella no se quedó a combatirlo. Retrocedió alrededor de la carreta y arrancó la barra lateral que mantenía sujeta la carga.
La encajó entre los dientes de la rueda que arrastraba las cadenas del portón. Cuando el mecanismo intentó girar, la barra se hundió contra el hierro con un crujido y detuvo las hojas que ya habían empezado a cerrarse. Los guardias tiraron de la manivela; la madera seguía atrapada entre los dientes.
Ambarine alcanzó el patio detrás de la columna y levantó una franja de fuego sobre las piedras entre la arcada y la carreta. Añadió otra junto a los establos, donde aún podían rodearla. Los soldados tuvieron que desviarse hacia los extremos de las llamas para acercarse al portón.
Un guardia tropezó al intentar saltar la primera franja. Ambarine redujo la llama antes de que alcanzara su capa. El hombre rodó fuera del calor y quedó tendido, aturdido pero vivo.
Aura lo vio mientras sostenía el vendaje de Mauro. Las franjas de fuego dejaban libre un camino estrecho hacia el portón.
—Siete —contó Cael junto al portón—. Ocho. Nueve.
Los cautivos que caminaban solos cruzaron primero. Dos se quedaron junto al muro exterior para recibir a las parejas, mientras otro corría hasta el inicio de la zanja de drenaje para marcar la dirección.
La campana seguía sonando cuando las primeras parejas alcanzaron el portón. La anciana apretaba los dientes mientras la sostenían de ambos lados, y Peryna pasó junto a ella sin soltar las flores.
La camilla improvisada llegó a la salida cuando un soldado lanzó desde la arcada una cadena con un gancho. El hierro cayó delante de quienes cargaban a la mujer y se enredó alrededor de una pata de la puerta. Uno de los portadores tiró por reflejo. La camilla se inclinó.
Aura seguía sosteniendo el vendaje de Mauro, demasiado lejos para sujetar la camilla. Liberó un pulso bajo y lateral hacia la cadena, desplazándola hasta que el gancho soltó la madera. Los portadores recuperaron el equilibrio y atravesaron el portón.
El esfuerzo dejó un dolor caliente bajo los brazos de Aura. La energía del patio seguía respondiendo al miedo, ofreciéndose con demasiada facilidad. Cortó el flujo antes de atraer más.
—Mauro ahora —ordenó Cael.
Micah y el segundo portador avanzaron tan deprisa como pudieron sin hacer oscilar la tabla. Aura tenía que presionar con más fuerza el vendaje cada vez que aceleraban, y se esforzó por seguirles el paso. Junto a ellos, la rueda del portón volvió a moverse; la barra empezaba a partirse.
Al otro lado, los primeros liberados alargaron las manos hacia la tabla. Micah cruzó de espaldas, guiando su extremo sobre el desnivel. El otro hombre bajó el suyo despacio. Aura sostuvo el abdomen de Mauro hasta que la tabla quedó nivelada fuera del muro.
Cael contó otra vez y buscó a Ambarine y Shaeli, que aún seguían dentro. Por encima de ellas, los guardias habían alcanzado una galería desde la que podían disparar sobre las franjas de fuego. Tres ballestas se levantaron, seguidas de una cuarta que apareció detrás.
—¡Abajo! —gritó Aura.
Se volvió hacia el patio y reunió la Lay Len antes de que el miedo pudiera exigirle una descarga mayor. La barrera apareció frente al portón como una superficie curva y transparente.
Los virotes llegaron casi juntos. Mientras uno se desviaba hacia la piedra y otro quedaba atrapado antes de caer, un tercero abrió una grieta luminosa en la protección. El cuarto atravesó la superficie debilitada, perdiendo suficiente fuerza para clavarse en la madera del portón, lejos de la columna. Aura sintió que la barrera se deshacía y supo que no alcanzaría a sostener otra descarga.
—¡Ahora! —dijo.
Shaeli cruzó primero. Ambarine retrocedió sin dar la espalda al patio. Mantuvo la última franja de fuego hasta alcanzar el umbral y la dejó extinguirse cuando estuvo fuera, antes de que las llamas pudieran avanzar hacia la carreta o los establos.
La barra del mecanismo se quebró detrás de ellas y las hojas del portón empezaron a cerrarse. Mientras los soldados se apartaban para no quedar atrapados entre la madera y el muro, Shaeli condujo a los liberados lejos de la entrada, hacia la zanja de drenaje. A través del hueco que se cerraba todavía se veía la carreta imperial cruzada en el patio, con el caballo sujeto a una sola correa.
La depresión comenzaba a unos sesenta pasos del muro. No era profunda al principio; solo un surco de tierra seca entre dos elevaciones. Más adelante descendía hasta ocultar los hombros de una persona agachada y se estrechaba entre piedras que impedían el paso de una carreta o de caballos alineados.
Los cautivos entraron por parejas. Los que podían caminar se distribuyeron otra vez entre los heridos. La camilla improvisada avanzó por el fondo más firme. Mauro continuó sobre la tabla, con Aura a su lado y Peryna detrás de Micah.
Desde la muralla volvieron a disparar, pero ya no veían la columna completa. Los proyectiles golpearon el borde de la zanja o pasaron por encima. Cuando los guardias consiguieran montar y rodear el terreno, los liberados habrían alcanzado la bifurcación marcada por Cael.
Antes de alejarse del portón, Cael había arrancado del libro local la hoja que relacionaba las celdas con la Oficina de Propiedades Confiscadas y abandonado el resto junto al mecanismo. Al entrar en la zanja sacó su lista para volver a contar. Esta vez llamó a cada uno por su nombre y esperó las respuestas, algunas claras y otras apenas audibles.
Nadie de las celdas abiertas faltaba. Cael recorrió la lista con un dedo hasta llegar al final y la guardó junto a la hoja del registro. Desde allí todavía se oía la campana; los guardias habían visto sus rostros y parte del camino que tomaron al salir.
Mauro empeoró cuando la zanja empezó a descender. Al inclinar la tabla para pasar entre dos piedras, su respiración se volvió superficial y apareció una mancha oscura en el vendaje limpio. Aura recordó cuánto había sangrado en el camino hacia la capital. Esta vez la tela se humedecía despacio bajo su mano, pero cada movimiento parecía lastimarlo más.
—Deténganse —pidió.
Micah y el otro portador bajaron la tabla sin soltarla. La columna continuó unos pasos hasta cubrir la siguiente curva; Shaeli hizo que los últimos cautivos esperaran allí, fuera de la línea directa de la muralla.
Aura buscó el pulso de Mauro y lo encontró rápido y débil. Quiso reunir Lay Len y dirigirla hacia la herida, desesperada por hacer algo más que sostener una venda. Pero no conocía ningún trazado capaz de curarlo. Ni siquiera sabía dónde tendría que actuar la energía dentro de su cuerpo, y el miedo a empeorarlo la hizo contenerse.
—Mauro, mírame.
Él abrió los ojos con esfuerzo.
—No pensaba... irme a ninguna parte —murmuró, antes de soltar una exhalación dolorosa.
Aura reforzó el vendaje sin retirar las capas anteriores. Ajustó las correas para impedir que el torso se desplazara y pidió a Micah que mantuviera su extremo un poco más alto durante el siguiente descenso.
—Tenemos que llevarlo más despacio —dijo—. El movimiento lo está lastimando. Voy a seguir junto a él hasta que lleguemos al sanador.
Micah miró la mancha sobre la tela. La impotencia endureció su rostro, pero asintió.
—Dime cómo cargarlo.
Aura les mostró dónde colocar las manos y marcó un ritmo más lento. Después se quedó junto a Mauro, hablándole cada pocos pasos para comprobar que aún respondiera.
Peryna caminaba al otro lado de la tabla. Había perdido varias flores durante la salida; las que conservaba estaban aplastadas contra la bolsa.
—Aura —dijo en voz baja.
—¿Sí?
La niña la observaba muy seria, apretando la bolsa contra el pecho. Aura recordó lo deprisa que había salido corriendo junto al molino cuando la vio por primera vez.
—Tus ojos todavía parecen geranios. Incluso cuando tienes miedo.
En el molino, Peryna había asomado el rostro detrás del heno y se había fijado en sus ojos hasta comprender que no era Ambarine. Después bajó de su escondite y empezó a hacerle preguntas. Aura miró las flores aplastadas; le costaba imaginar cómo la niña había conseguido conservarlas durante todo aquello. Todavía oía la campana detrás de ellas y sentía la humedad del vendaje bajo los dedos, pero Peryna seguía esperando su respuesta.
Sonrió.
Fue una sonrisa pequeña y agotada, más cercana a un temblor que a la alegría. Peryna la devolvió de inmediato.
—Así está mejor —susurró.
Mauro movió apenas la cabeza sobre la tabla.
—Las dos... hablan demasiado de flores.
Aura dejó escapar una risa breve.
El punto de extracción apareció después de la siguiente curva. El transporte cubierto esperaba entre árboles bajos, fuera del camino principal. El sanador bajó antes de que la columna llegara por completo y ordenó colocar la tabla sobre dos soportes.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
—Lo encontré con el vendaje húmedo y el pulso débil —respondió Aura—. Empeoró durante la bajada. No retiré la primera venda y no pude ver si la herida volvió a abrirse.
El sanador retiró la capa exterior de tela y palpó alrededor del vendaje original.
—Sostén aquí —indicó a Micah—. Tú, deja espacio.
La última orden era para Aura. Apartó las manos de la tabla y se quedó a un lado, con los dedos doloridos después de haber sostenido el vendaje durante todo el descenso. Quería preguntarle si llegaban a tiempo, pero el sanador seguía inclinado sobre Mauro. Aura observó sus manos, intentando reconocer qué estaba comprobando.
Subieron a Mauro todavía sobre la tabla. Peryna ocupó un lugar junto a su cabeza para que despertara viendo a alguien de su familia. Dos cautivos que no podían sostener el trayecto a pie recibieron los lugares restantes. Micah caminó al costado del vehículo, dispuesto a ayudar a mantener estable la tabla en los tramos difíciles.
Los demás liberados se prepararon para seguir la ruta secundaria con uno de los civiles. Quienes necesitaban apoyo cambiarían de compañero en cada bifurcación para no agotar a una sola persona. Algunos seguían buscando a quienes los habían ayudado a cruzar el patio, y Cael tuvo que reunirlos junto al comienzo del sendero para organizar la marcha.
Aura se quedó junto al transporte mientras el sanador acomodaba la cubierta. Desde allí alcanzaba a ver a Peryna sentada junto a Mauro. Cuando el sanador volvió a inclinarse sobre el herido, se apartó hacia donde estaba Ambarine.
En la propiedad de Silas, Brenor vio al comerciante llegar a un segundo panel, más cerca del portón exterior. Cuando presionó el anillo contra la placa, una luz azul viajó por el muro y las hojas de la salida norte comenzaron a descender.
Al mismo tiempo se abrió una puerta lateral hacia un corredor de servicio. Aquel trayecto estrecho desembocaba frente a los guardias reunidos en el patio; sería el único que quedaría disponible al cerrarse el paso amplio. Nashira miró de uno a otro antes de volverse hacia Brenor.
—Ya no podemos sacar a Tirka por aquí.
Los hombres de Silas empezaron a revisar el muro desde el almacén hacia la elevación. Uno encontró una marca de las botas de Brenor. Otro señaló las piedras donde Nashira había esperado.
Si seguían ese rastro, llegarían hasta el arquero. Después podrían reconstruir el camino por el que ambos habían alcanzado la propiedad y acercarse demasiado a la ruta del refugio.
Nashira se quitó la capa color trigo mientras vigilaba a los hombres que revisaban el suelo.
—Mantén la señal preparada.
—¿Qué vas a hacer?
—Darles un rastro que puedan encontrar.
Arrastró la tela entre los arbustos y marcó la tierra con el borde de una bota antes de descender hacia el camino occidental. Las ramas quebradas y las huellas debían hacerles creer que alguien había huido por allí de forma apresurada.
Brenor siguió su movimiento con la vista normal. La imagen de la galería todavía se superponía sobre algunos contornos y el zumbido le impedía calcular bien las distancias.
Tres perseguidores abandonaron el muro para seguir las huellas falsas. Brenor los vio alejarse de su posición, pero otros dos rodearon a Nashira desde el camino antes de que ella pudiera regresar hacia las piedras.
Ella derribó al primero con el hombro y obligó al segundo a protegerse del cuchillo. No vio al guardia que surgió detrás de la carreta.
Cuando Brenor levantó el arco, Nashira ya tenía una hoja contra el cuello.
Intentó potenciar la vista otra vez. La Lay Len respondió apenas la atrajo, pero el dolor detrás de sus ojos convirtió a los tres hombres en siluetas dobles. Buscó el cuello del guardia entre aquellas imágenes. Nashira estaba demasiado cerca y, cada vez que creía distinguirlos, los contornos volvían a superponerse.
Una vez había obedecido una orden de esperar y alguien había muerto antes de que su grupo actuara. El recuerdo volvió mientras sostenía el arco. Durante años se había reprochado aquella espera, prometiéndose que la próxima vez dispararía a tiempo. Ahora tenía la flecha preparada y no conseguía apartar a Nashira de la trayectoria.
Cerró el flujo con rabia. El dolor continuó detrás de los ojos mientras bajaba la punta del arco.
Los guardias ataron las manos de Nashira y la condujeron hacia el corredor de servicio que Silas había dejado abierto. Ella mantuvo la vista en el camino. Brenor esperaba que lo mirara, aunque sabía que aquel gesto podía delatarlo; le costó verla alejarse sin poder hacerle saber que seguía allí.
Brenor sacó la única flecha de señal preparada para comunicarse con el otro frente. La cápsula fijada bajo la punta contenía dos cargas: la primera confirmaba que habían encontrado a Erina e Iris; la segunda debía dibujar la ruta de retirada o advertir que estaba perdida.
Disparó hacia la cordillera y siguió la flecha hasta que ascendió por encima del muro. Una luz breve apareció en el cielo, seguida de otra que parpadeó de forma irregular y se apagó antes de completar el patrón.
Encontradas. Ruta comprometida.
La señal apenas alcanzaba para eso. Del otro lado no sabrían que Tirka estaba encerrada ni que acababan de llevarse a Nashira, y él no tenía otra carga con la que avisarlo.
Brenor abandonó la elevación antes de que los guardias regresaran al rastro verdadero. Le costaba dar cada paso lejos de la casa, con el arco todavía en la mano y la imagen de Nashira junto al corredor. Tendría que encontrar al otro grupo y explicarles lo que había ocurrido para volver con ayuda.
La señal alcanzó al primer grupo cuando el sanador terminaba de asegurar la cubierta del transporte.
Uno de los civiles apostados en la ladera llegó corriendo hasta el punto de extracción. Había visto la primera luz sobre la cordillera y el fallo de la segunda.
—Encontraron a las dos —informó entre respiraciones—. La ruta está comprometida. No hubo señal de salida completa.
Ambarine miró hacia el oeste y después hacia los liberados que aún esperaban junto al transporte. Aura se acercó a ella, pendiente del sendero que llevaría a la propiedad.
Cael extendió la hoja donde había tomado los nombres.
—No podemos usar el camino por el que llegamos. La campana habrá enviado jinetes hacia el norte. El transporte debe salir por la ruta baja y los caminantes por la bifurcación oriental.
Comprobó la lista, buscando los nombres de quienes viajarían en el transporte antes de continuar.
—El sanador parte con Mauro, Peryna y los heridos graves. Micah puede acompañarlo mientras mantenga el paso. Tenemos un civil para conducir y otro para guiar a quienes caminan. Yo comprobaré los cruces y llevaré los nombres; si veo que nos siguen, cambiaré el destino. —Miró a los cautivos reunidos junto al sendero—. Pero necesito a alguien que pueda defenderlos. Si nos alcanzan los jinetes, yo no voy a poder detenerlos.
Shaeli miró a Ambarine.
—Iré contigo a la propiedad.
Shaeli ya se había vuelto hacia el oeste. Ambarine negó con la cabeza, mirando de nuevo a los cautivos.
—Preferiría que acompañaras a Cael. Me preocupa dejarlos así.
—Tirka y Nashira son mi responsabilidad.
—Quiero ir a buscarlas tanto como tú. Pero Cael tiene razón; necesita ayuda aquí. Tú puedes protegerlos si los alcanzan.
Shaeli volvió la vista hacia los liberados. Algunos caminaban descalzos; otros dependían por completo del hombro que los sostenía y necesitarían nuevos apoyos antes de alcanzar el siguiente cruce. Exhaló por la nariz, todavía mirando a la columna.
—Protegeré la columna hasta el cambio de ruta. Si no hay seguimiento, regresaré al punto acordado.
—Procura volver con alguien —dijo Ambarine—. Y si el camino está comprometido, será mejor cambiar el refugio y avisar. No quiero que te arriesgues a regresar por aquí.
Cael repitió las dos rutas y señaló los puntos de relevo, deteniéndose para que los civiles confirmaran que conocían el lugar al que debían llevar a quienes no pudieran continuar. Ambarine lo escuchó junto a Shaeli. Cuando terminaron, volvió a mirar hacia la propiedad de Silas.
—Podrías ir con ellos, Aura —dijo Ambarine—. Ya ayudaste a sacar a Mauro.
El transporte comenzó a moverse detrás de ellas. Peryna apartó un borde de la cubierta y buscó a Aura con la mirada. Micah caminaba junto a una rueda, una mano apoyada en la madera.
—Si Mauro despierta durante el trayecto, creo que le haría bien verte cerca —continuó Ambarine.
Aura contempló el vehículo. Quería acompañarlo y volver a comprobar el vendaje, aunque el sanador acababa de pedirle espacio. Peryna estaba junto a Mauro y Micah caminaba al lado; si despertaba, tendría a su familia cerca. Le dolía alejarse sin saber cómo estaría al llegar al refugio, pero quedarse junto a él tampoco le daría los conocimientos que le faltaban.
Pensó en Iris y Erina dentro de la propiedad, esperando a alguien que abriera su puerta. Tirka había entrado a buscarlas. Aura miró hacia el oeste, donde la señal se había apagado antes de anunciar que habían podido salir.
—Ellas también reconocerán mi rostro —dijo Aura.
Ambarine no respondió de inmediato.
Aura buscó una explicación mejor y no la encontró. Sus dedos se cerraron sobre las últimas vendas del bolso.
—No sé si podré ayudarlas. Ni siquiera sé qué pasó con Tirka. Pero las tres siguen allí y todavía podemos llegar.
Ambarine observó las manos de Aura y el cansancio que ya no podía disimular. Recordaba la amalgamita fisurada que llevaba bajo la ropa.
—Ya te costó mantener la barrera —dijo—. Trata de guardar fuerzas. Quiero ver dónde están y por dónde podemos sacarlas antes de entrar.
Aura pensó en lo que había ocurrido con Mauro. Si en la casa también preparaban un traslado, podían llegar después de que se las llevaran.
—Primero comprobamos dónde están —aceptó—. Pero si empiezan a moverlas, usamos lo que tengamos.
—Sí... Ojalá siga habiendo una salida. No quiero que acabemos encerradas también.
Aura apretó los labios. Quería ponerse en marcha, y cada precaución le parecía una demora más, pero terminó asintiendo.
—Está bien. Pero no tardemos.
—Vamos.
Ambarine ajustó la capa sobre el cabello carmesí. Aura guardó las últimas vendas que le quedaban y comprobó que la esfera de Témpora continuara dentro del bolso.
Aura miró una última vez el transporte que se alejaba. Peryna aún asomaba junto a la cubierta y levantó la mano al verla. Aura respondió con el mismo gesto; después se volvió y partió junto a Ambarine hacia la propiedad de Silas.
