Nashira mantuvo la mano levantada hasta que el guardia de la galería pasó frente a la ventana.
Aura lo siguió con la vista. La lámpara que llevaba iluminó una columna, después el borde de una puerta y finalmente una pared blanca. Desde el muro bajo no podía ver a Erina ni a Iris. Se inclinó un poco más, apoyando los dedos sobre una piedra húmeda, y Tirka le tocó la capa para que retrocediera.
—Desde ahí sí pueden verte.
Aura volvió a agacharse. La palma todavía le molestaba cuando cerraba los dedos; la abrió contra la piedra y esperó a que el guardia regresara. Ambarine se había quitado el casco y lo dejó en el suelo, dentro de la capa doblada. Orven hizo lo mismo con el suyo. La marca junto a su mandíbula parecía más oscura bajo la luna.
—Esa es la ventana que dibujó Shaeli —dijo Nashira—. La del otro lado de la columna.
—¿Y Silas? —preguntó Aura.
—Entró por la galería de abajo.
Brenor se acomodó junto a Ambarine y señaló el extremo de los establos. Había un patio estrecho entre ellos y el almacén; más allá, una pared baja desaparecía detrás de las enredaderas. Una puerta pequeña daba desde el almacén hacia ese patio. Aura vio una placa azul junto al marco y una tira oscura que subía hasta una caja de metal sobre la hoja.
—Sale alguien por ahí para revisar los caballos —dijo el arquero—. La luz está junto a la puerta.
Orven miró hacia el acceso principal. Dos hombres estaban conversando bajo el arco; uno sostenía una taza con las dos manos. Un tercero pasó detrás de ellos y se perdió junto a los establos.
—No iremos por el portón.
—No tenías que decirlo —murmuró Nashira.
Él volvió la cabeza, pero ella ya estaba mirando la pared baja.
Aura buscó la ventana otra vez. El guardia regresó, se detuvo frente a la puerta y acercó la lámpara a un objeto que llevaba en la mano. Hubo un destello azul. Después siguió caminando.
—También hay placas arriba —dijo.
Ambarine asintió.
—Si nos ven, puede cerrar los pasos. Brenor, quédate en el muro sur. Prepara la cuerda y vigila el camino. Los demás cruzaremos por el patio pequeño.
—Puedo ver la puerta desde allí —respondió él—. Si salen guardias, los tendré enfrente.
Orven le entregó una cuerda y dejó a su lado los dos cascos. Brenor empezó a recogerla, pero se detuvo al ver a Aura frotarse la palma.
—¿Todavía te duele?
—Un poco.
Le mostró los dedos. Él asintió sin tocarla y se alejó por el desnivel, con el arco apartado de las ramas. Neria se acercó a Aura para mirar la mano. Tenía tierra en el borde de la trenza y había vuelto a guardar los paños limpios en su bolsa.
Neria le acomodó la correa sobre el otro lado y se quedó junto a ella. Orven llevaba el odre que había rellenado junto al carro; al ajustárselo al hombro, el agua se movió dentro del cuero.
La puerta del almacén se abrió.
Un hombre salió con un cubo, lo dejó junto a los caballos y regresó casi enseguida. Aura alcanzó a ver una rueda de hierro en la parte interior del marco. El hombre la hizo girar, tiró de la hoja y la puerta quedó cerrada. La placa perdió parte de su brillo.
—Tiene un cierre por dentro —dijo Orven—. Si Tirka alcanza esa rueda...
—Primero tengo que llegar a ella —respondió la exploradora.
La pared del patio era baja, pero la puerta quedaba a varios pasos, a la vista de la galería. Tirka olió el aire y volvió una oreja hacia los establos. Aura miró el bolso. Aulita estaba entre la ropa doblada, donde Shaeli le había indicado que la pusiera.
—Quizá pueda ver cómo la abrió.
Ambarine la miró.
—¿La puerta?
Aura sacó la esfera sin levantarse. No brillaba. La sostuvo cerca de las rodillas, cubriéndola con un extremo de la capa.
—En la granja oí una cerrarse. Y las ruedas. Yo estaba mirando las huellas, pero por un momento... había algo más allí.
—Me lo contaste anoche —dijo Ambarine—. No sabías si era un recuerdo.
—Todavía no sé. Podría intentar otra vez.
Nashira se volvió hacia ella. Orven dejó de ajustar la correa del odre; Neria, en cambio, seguía mirando sus dedos.
—Sin abrir la corriente como en el patio —añadió Aura—. Solo... escuchar.
Puedes escucharme a mí también, dijo Témpora. No te vayas tan lejos que dejes de oírnos.
Aura asintió antes de darse cuenta de que los demás no habían escuchado la voz. Ambarine le hizo espacio junto al muro.
—Siéntate. Tirka, sigue mirando la galería.
La exploradora se apartó unos pasos. Neria se arrodilló al lado de Aura y esperó a que acomodara la espalda. Ambarine permaneció enfrente, lo bastante cerca para alcanzar la esfera.
Aura apoyó Aulita sobre ambas palmas. Recordó la energía blanca azulada de la granja, distinta del rojo que había avanzado por la tierra. Quiso encontrarla otra vez sin llamar a toda la Lay Len que sentía alrededor del muro.
Durante unos instantes solo oyó el agua dentro del odre de Orven y los cascos de un caballo sobre la piedra. El borde de Aulita reflejaba la luna. Aura pasó el pulgar por su superficie y estuvo a punto de decir que no ocurría nada.
Una claridad blanca azulada apareció entre sus dedos.
El ruido de los caballos se alejó. La puerta seguía cerrada, pero al mismo tiempo había una franja oscura donde el hombre acababa de pasar. Aura oyó el roce de un cubo arrastrado y luego una voz que no alcanzó a entender. La rueda de hierro giró detrás de la madera. Un golpe respondió desde arriba.
Intentó mirar hacia aquel sonido. La lámpara de la galería apareció dos veces: una junto a la columna y otra varios pasos atrás. Debajo, el patio pareció llenarse de bultos que un momento después desaparecieron. Aura quiso seguir a una figura que cruzaba entre ellos y dejó de sentir la piedra contra su espalda.
—Aura.
Era Neria. Su mano había llegado hasta la muñeca de Aura, pero el contacto se sintió antes de que pudiera verla moverse.
Aura, dijo Témpora.
Aura abrió los dedos. Ambarine recogió la esfera cuando empezó a deslizarse y la claridad se apagó bajo su mano. Durante unos segundos, Aura siguió oyendo el cubo sobre las piedras. Se inclinó hacia adelante y Neria esperó con ella hasta que el suelo dejó de parecer tan lejano.
—La rueda —murmuró Aura—. Hace bajar algo desde arriba.
Orven observó el marco.
—El pasador. Tiene un contrapeso en esa caja.
—También vi gente. Pero... no sé de cuándo.
Ambarine le devolvió Aulita. La esfera continuaba fría. Aura la guardó entre las prendas y palpó después la amalgamita: conservaba la misma grieta.
—Ya —dijo Neria cuando intentó ponerse de pie demasiado pronto—. Espera un poquito.
Aura se quedó sentada mientras Tirka regresaba.
—La ronda acaba de doblar —susurró—. Puedo pasar el muro, pero Orven tendrá que ayudarme con la puerta.
—Voy detrás de ti —respondió él.
Ambarine esperó a que Aura pudiera sostenerse sin la mano de Neria. Después los condujo por la sombra del almacén hasta el tramo donde Brenor había dejado la cuerda. El arquero estaba del lado exterior, con una rodilla apoyada sobre la tierra y el arco preparado.
Tirka pasó primero. Se afirmó sobre las piedras sin hacerlas caer y bajó al patio. Orven cruzó después, recibió el odre que había dejado con Neria antes de subir y lo apoyó junto al muro. Neria tuvo que recoger la túnica antes de apoyar el pie en la cuerda; Aura esperó detrás, sin adelantarla. Ambarine la ayudó desde arriba y Nashira fue la última en bajar.
Por un momento quedaron los seis pegados al almacén. Del otro lado, Brenor recogió el tramo de cuerda que colgaba hacia el patio, dejando el extremo sujeto sobre el muro.
Tirka llegó hasta la puerta y apoyó una oreja contra la madera. Orven se agachó junto al marco. Al acercarse, Aura vio una rendija bajo la caja del contrapeso y un pestillo con la pintura gastada.
—No alcanza —murmuró él.
Había introducido el cuchillo, pero apenas podía mover la punta. Tirka probó más arriba y negó con la cabeza. Ambarine miró la placa; su brillo azul seguía fijo.
Desde dentro llegó el roce de unas botas.
Orven retiró la hoja y se apartó con Tirka. Nashira se quedó del otro lado. Aura sostuvo la respiración cuando la rueda empezó a girar detrás de la puerta.
El hombre del cubo abrió solo una rendija. Nashira sujetó el borde antes de que pudiera cerrarla y Orven lo hizo retroceder contra la pared interior, con una mano sobre su boca. Tirka le quitó el cuchillo del cinturón. Un cubo vacío cayó de costado y rodó hasta los pies de Aura.
Neria se encogió al oír el golpe. Orven levantó un dedo hacia ella y esperó. En la galería superior continuaron los pasos de la ronda.
—Quieto —le dijo al hombre cuando dejó de forcejear.
El hombre miró a Ambarine y después a Aura. Tenía el rostro tan cerca de la lámpara que ella vio cómo se le humedecían los ojos. Nashira cerró la puerta; Tirka retiró un aro pequeño de su cinturón y lo dejó al alcance de Ambarine.
Orven lo sujetó a un poste del almacén, lejos de las herramientas. Antes de apartarse comprobó que el hombre pudiera respirar. Aura recogió el cubo y lo dejó de pie junto a una pila de sacos.
—Las dos mujeres de arriba —dijo Ambarine—. ¿Por dónde suben?
El hombre miró una puerta al fondo. Cuando ella se acercó, añadió en voz muy baja:
—Hay otro guardia.
Nashira avanzó hasta la escalera. La hoja estaba abierta y dejaba ver los primeros peldaños. Orven volvió a cargarse el odre al hombro. Aura lo observó recoger la correa para que no se enganchara en la baranda. La manga se le había deslizado sobre la marca pálida de la muñeca.
Ambarine levantó la mano. Todos esperaron hasta que las botas de arriba se alejaron.
Erina medía el tiempo mediante respiraciones.
La ronda comenzaba con el golpe de una puerta al final de la galería. Después los pasos cruzaban frente a su habitación y regresaban. A veces el guardia se detenía junto al marco. Iris dejaba de moverse entonces, aunque ya no hubiera nada que pudieran esconder.
—Veintiséis —murmuró Erina.
Iris estaba sentada junto a la ventana. Había separado unas fibras del borde del jergón y las giraba entre los dedos para hacer dos trenzas pequeñas. El primer intento se había deshecho. El segundo tenía un extremo más grueso que el otro.
—Eso no se puede comer —dijo su madre.
Iris la miró y bajó de nuevo los ojos.
—Ya sé.
Erina se acercó. La ventana no tenía barrotes, pero un postigo de metal cubría la mitad inferior. A través de la parte alta solo podían ver un pedazo del cielo y la baranda de la galería. Iris había intentado treparse al marco antes de que su madre la hiciera bajar.
—Cuando pase otra vez, le pediré agua —dijo Erina.
—Ya le pediste.
—Voy a pedírsela de nuevo.
Iris unió las dos trenzas con un hilo de su manga. Se parecían al peinado que había hecho a Aura días atrás. Lo miró durante un rato y tiró suavemente de uno de los extremos, sin deshacerlo.
—Treinta y uno.
La puerta de la galería golpeó antes de que Erina terminara de contar. Los pasos se detuvieron lejos de su habitación. Se oyó un roce contra la pared y una voz masculina, demasiado baja para distinguir las palabras.
Iris se puso de pie.
Erina tomó el brazo de su hija. La hizo quedar detrás de ella y buscó la pata corta de madera que habían desprendido del jergón. Todavía estaba junto a la cama.
Algo golpeó el suelo del corredor.
—Tirka, aquí —dijo una voz joven.
Iris se quedó inmóvil. Erina no conocía aquel nombre. Escuchó una llave entrar en otra cerradura, el ruido de algo arrastrado y luego unos pasos que se acercaban a su puerta.
—¿Erina? ¿Iris?
La voz era de Aura.
Iris llegó al marco antes que su madre y se arrodilló junto al espacio bajo la hoja.
—Estamos aquí, ¡Aura!
—Baja la voz —le pidió Erina, pero ella misma se había acercado tanto que el hombro tocaba la puerta.
Iris deslizó las dos trenzas por debajo. No sabía por qué lo hacía hasta que vio el hilo desaparecer del otro lado.
—Te hice esto. ¿Lo ves?
Aura recogió las fibras del suelo.
Las dos trenzas estaban unidas por un hilo en el centro. Una era más gruesa que la otra y había polvo en los extremos. Aura recordó los dedos de Iris separándole el cabello junto a la ventana de la granja, las preguntas que le había hecho y a Peryna saltando alrededor de ambas.
—Sí —respondió—. Lo tengo.
Ambarine se agachó junto a la cerradura. La primera llave no entró. Probó una segunda y miró hacia Orven, que mantenía al guardia de la galería sujeto dentro de un cuarto de ropa. Nashira había recogido la ballesta que él soltó; al mirarla, Aura volvió a sentir el alivio de haberla visto caer antes de que pudiera disparar.
—No son esas —dijo Orven.
Tirka se acercó con otro aro. El guardia lo llevaba sujeto debajo de la túnica; tuvo que quitárselo mientras él intentaba protegerlo con el codo. Ambarine eligió una llave más larga y esta vez pudo hacerla girar.
La cerradura cedió, pero la puerta no se abrió. La placa junto al marco estaba encendida. Un conductor subía por la pared hasta un segundo pasador.
—Tiene otro cierre —dijo Tirka. Su cola rozó la pared al acercarse—. Una llave no les pareció suficiente, miau.
Ambarine apoyó los dedos cerca del hierro. Una llama estrecha avanzó bajo la pieza que sujetaba el pasador; Aura vio oscurecerse la pintura. Orven llegó después de atar al guardia y tomó la barra de una repisa junto al marco.
—Aparten las manos de la puerta —dijo hacia dentro.
Iris respondió algo que Aura no entendió. Ambarine retiró la llama y Orven introdujo la barra bajo el soporte. Tiró una vez. El hierro chirrió y un tornillo salió de la madera. En el segundo intento, el soporte se dobló lo suficiente para que Tirka apartara el pasador con el cuchillo.
La puerta se abrió hacia la habitación.
Erina estaba delante de Iris con una pata de madera en la mano. No la bajó al ver a Ambarine. Miró detrás de ella, encontró los ojos violetas de Aura y dejó caer el brazo despacio.
—Aura...
Iris se adelantó y la abrazó antes de que pudiera responder. Aura sostuvo las trenzas contra su espalda. Tenía muchas cosas que decirle, pero la cara de Iris estaba junto a la suya y durante unos segundos solo pudo sentir cómo temblaba.
—Pensé que te habías... —Iris se apartó para mirarla.
—Me caí detrás del trigo. Cuando volví...
Erina le tocó la mejilla. Después miró las marcas en sus muñecas y el vendaje del codo.
—¿Los encontraron? ¿Mauro?
Aura asintió demasiado deprisa.
—Están a salvo, los tres. Mauro está con el sanador. Neria lo ayudó a llegar.
La joven se había quedado cerca de la puerta. Erina la buscó con los ojos y Neria dio un paso adelante.
—Todavía está grave —dijo—. Pero pudimos llevarlo hasta el carro. El sanador siguió con él.
Erina cerró los ojos. Su mano continuaba en la mejilla de Aura, aunque había dejado de moverla.
Iris miró a Ambarine otra vez. Se parecía tanto a Aura que su atención pasó de una a la otra. La princesa se hizo a un lado para que pudiera salir y Orven recogió la pata del jergón que Erina había dejado caer.
—Shaeli las encontró —añadió Aura—. Te vió en la ventana. Me pidió que te lo dijera.
Iris miró hacia la abertura cubierta por el postigo.
—Estuve mirando cada vez que oía un carro.
Tirka se acercó a la baranda. Volvió las orejas hacia abajo y después miró a Nashira.
—Hay alguien subiendo.
El hombre apareció en el descanso de la escalera con una ballesta apoyada sobre el antebrazo. Vio la puerta abierta, levantó el arma y gritó hacia el patio. Aura reunió una defensa, pero Neria ya había abierto el odre que Orven dejó a su lado y tomado agua de su interior.
La cortina giró frente al descanso con un zumbido. El virote la golpeó de costado y salió desviado hacia la pared. Neria retrocedió al recibir la presión; parte del agua cayó sobre los peldaños y Orven pasó junto a ella antes de que el guardia cargara otra vez.
Nashira lo alcanzó por el otro lado. Le sujetó el brazo contra la baranda y Tirka retiró la ballesta. Abajo, otros hombres respondieron al grito.
Aura dejó dispersarse la defensa que todavía no había terminado de formar. Neria recogió lo que pudo de su agua, pero la cortina se deshizo antes de llegar a la boca del odre. Lo cerró y buscó la correa con los dedos todavía temblorosos.
—Bajamos —dijo Ambarine.
Erina tomó a Iris de la mano. Orven hizo retroceder al guardia hasta el cuarto donde habían dejado al primero y lo encerró con él. Después alcanzó al grupo en la escalera. El agua sobre los peldaños obligó a todos a bajar más despacio.
Ambarine llegó primero al corredor del almacén. Abrió una franja de fuego frente a dos hombres que venían desde el patio y los hizo detenerse. Nashira se quedó en el cruce; Orven señaló el corredor que llevaba hacia la puerta por la que habían entrado.
Entonces se oyeron tres golpes débiles desde la pared opuesta, seguidos de una pausa y un cuarto más fuerte. Una voz pidió ayuda.
Aura dejó de seguir a Orven.
Las puertas eran más estrechas que la de Erina e Iris. Junto a cada marco había un número pintado y, bajo él, una palabra: alojamiento.
Las cerraduras estaban por fuera.
—Ambarine...
La princesa miró las puertas y luego el fuego que mantenía a los hombres al otro lado del cruce. Orven tomó de su mano las llaves del guardia.
—Prueba aquí —le dijo a Tirka.
Tirka probó las llaves. La tercera abrió la primera puerta y Aura se acercó con Erina. Neria iba detrás de ellas.
Una mujer humana retrocedió hasta la cama al verlas. Llevaba un vestido gris demasiado grande y una trenza oscura cortada de manera irregular a la altura del hombro. No había ventanas en la habitación. Tampoco herramientas, ropa de trabajo o un lugar donde guardar pertenencias. Solo una cama, una palangana vacía y un cordón fijado a la pared para llamar a alguien del exterior.
—¿Puedes caminar? —preguntó Aura.
La mujer miró las llaves de Tirka y retrocedió otro paso.
—No puedo irme. Todavía no terminé de pagar...
—¿Pagar qué? —preguntó Aura.
Ella miró hacia el pasillo antes de contestar.
—El viaje. La habitación. La ropa...
Tiró de la tela gris como si aún tuviera que demostrar que no le pertenecía.
—Me ofrecieron trabajo en una lavandería. Cuando llegué, dijeron que debía devolver el costo del transporte antes de poder salir...
Aura se apartó de la entrada. Ambarine seguía junto al cruce, con Orven a su lado.
—Nosotras vamos a salir por el almacén... Ven. —Aura le acercó la mano y se quedó esperando junto al marco—. No hace falta que te quedes aquí.
La mujer miró el corredor y avanzó con tanta rapidez que casi chocó con Aura. Alcanzó a poner un pie fuera, pero se detuvo y regresó hasta el marco para aferrarse a él con ambas manos.
—Silas conoce a mi madre —susurró—. Y a mis hermanos. Dijo que, si yo escapaba, cobraría la deuda con ellos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Erina.
La mujer tardó en responder.
—Miren.
—Ven hasta aquí, Miren. Vamos a ver por dónde podemos salir.
Otro golpe sonó detrás de la puerta siguiente.
Allí encontraron a una segunda mujer humana. Era mayor que Miren y sostenía la pata desprendida de una mesa como única defensa. No la bajó cuando vio a Iris ni cuando Tirka le mostró las llaves. Solo dejó de apuntarles al comprobar que la cerradura permanecía abierta detrás de ellas.
La tercera habitación tenía dos camas. En una estaba sentada una kunara de cuernos cortos y curvados hacia el frente. Habían envuelto ambos con tiras de tela para ocultar las puntas. Frente a ella, una semihumana mantenía las manos sobre unas orejas claras que nacían entre su cabello. Su cola corta estaba apretada contra la parte posterior del vestido. Las dos vestían el mismo gris.
La kunara recorrió el grupo y encontró los cuernos de Nashira al otro lado del corredor. Esta acababa de cerrar una puerta para impedir que un guardia las rodeara. Cuando se volvió, la cautiva miró detrás de ella y reconoció a Ambarine junto al fuego.
—También decían que una princesa venía a buscarnos —dijo—. Después cambiaban la habitación de quienes hacían preguntas.
—Yo vine con ella —dijo Nashira al acercarse—. Si quieres salir, quédate de este lado.
Le señaló el tramo del corredor que Orven mantenía libre. La kunara miró a Ambarine otra vez, sin levantarse todavía.
La kunara miró el fuego que aún permanecía junto a la puerta de los guardias.
—Saira.
La semihumana mantuvo las orejas aplastadas bajo las palmas y la cola pegada al vestido. Tirka había dejado de mirarlas y orientaba una oreja hacia la última puerta.
—Hay otra —dijo.
Aura no había escuchado otro golpe.
Tirka se aproximó al marco y olió el espacio bajo la hoja. Su cola se volvió rígida. Probó dos llaves sin hacerlas girar por completo y eligió la tercera solo después de escuchar el mecanismo.
La habitación parecía vacía.
La única lámpara estaba apagada y la luz del corredor apenas entraba unos pasos. Había una cama sin colchón, una jarra y un montón de tela gris junto a la esquina más oscura.
Tirka no avanzó.
Primero aparecieron dos ojos amarillos, separados del suelo por menos altura de la que Aura esperaba. Después la sombra cambió de forma.
La mujer estaba encogida contra la unión de las paredes, con las rodillas recogidas y los brazos rodeándolas. Un pelaje gris azulado, oscurecido por la suciedad, le cubría el cuerpo. Se volvía más claro alrededor del cuello y de un hocico corto y fino. Las orejas triangulares permanecían plegadas hacia atrás; una de ellas tenía una muesca antigua en el borde. Bajo el cabello enredado, los ojos amarillos vigilaban el corredor sin abandonar la esquina.
La túnica gris había sido cortada sin cuidado para acomodar una cola abundante que ella mantenía alrededor de las piernas. Sus manos conservaban dedos largos y uñas oscuras; sus piernas, recogidas bajo la tela, terminaban en pies estrechos cubiertos de pelaje. Sus proporciones seguían siendo las de una mujer erguida, aunque ningún rasgo de su rostro podía confundirse con el de una humana.
Una kunan.
Aura solo había escuchado aquel nombre. Nunca había visto una.
Tirka sí reconoció lo suficiente para mantener las manos abiertas y la mirada apartada de los ojos amarillos.
—La puerta está abierta —dijo—. Puedes verlo.
La kunan alzó el hocico.
Olfateó hacia el corredor. Cuando Ambarine se movió junto al fuego, un gruñido casi inaudible vibró en su pecho. Sus orejas se plegaron todavía más, pero no avanzó hacia ella.
Aura dejó de acercarse. Neria se quedó a su lado, con las manos apartadas de la bolsa.
—Una kunan —murmuró Nashira desde el corredor.
Neria dejó un paño limpio junto al umbral.
—Si necesitas agua, tengo aquí —dijo. Su voz salió tan baja que tuvo que repetirlo.
La kunan seguía en la esquina cuando Tirka se apartó de la entrada.
—Comprobaré el corredor —dijo—. Puedes venir con nosotros.
El oído de la kunan siguió sus pasos cuando se alejó.
La kunan estiró una mano hacia el paño, pero se detuvo antes de tocarlo. Neria retrocedió otro paso y la mano volvió a avanzar. Tenía marcas oscuras alrededor de la muñeca.
Aura recorrió las puertas para asegurarse de que todas estuvieran abiertas. Seguía mirando las tiras que cubrían los cuernos de Saira y las manos con que la semihumana se ocultaba las orejas. A la kunan la habían dejado en el único cuarto sin luz.
—Vienen por el patio —avisó Orven.
Neria miró la muñeca de la kunan.
—Puedo limpiarte eso. Solo necesito...
Un golpe sacudió la puerta que Nashira había cerrado. Neria se volvió hacia él y recogió el odre.
—Afuera —terminó—. Te ayudo afuera.
La segunda mujer humana conservó la pata de la mesa. Saira se levantó y ofreció su brazo a la semihumana, aunque todavía vigilaba a Ambarine. Miren permaneció junto al marco, dividida entre la salida y la amenaza que había dejado fuera.
La kunan fue la última en incorporarse. Al ponerse de pie, Aura pudo ver que era alta y esbelta. La tela gris cayó alrededor de sus piernas digitígradas y la cola dejó de cubrirle el cuerpo. Sus hombros no eran mucho más anchos que los de Aura. Esperó a que todas las demás salieran antes de abandonar la esquina.
Los gritos del patio se acercaron y otras voces les respondieron desde los establos. Varias botas golpearon las galerías y un cerrojo sonó en la planta superior.
Tres hombres aparecieron desde el corredor del almacén. Uno llevaba una espada, otro un garrote y el tercero una herramienta larga con la punta doblada. Por las ventanas interiores, Aura vio a otros cruzar el patio desde los establos mientras dos más protegían la galería que conducía a la salida sur.
Un mozo dejó caer una silla de montar y corrió hacia las cuadras. Dos cargadores se ocultaron detrás de un carro sin intentar sacar las armas que llevaban los guardias. Una cocinera apareció con las manos cubiertas de harina, observó las puertas abiertas y regresó por donde había venido. El encargado del mantenimiento, en cambio, señaló a Tirka y gritó qué placa debía reactivar el hombre de la herramienta.
Ambarine levantó la mano y trazó con dos dedos una curva breve. Una hebra de fuego siguió el movimiento y rodeó la herramienta sin tocar a quien la sostenía. El metal se calentó hasta volverse naranja, obligando al guardia a soltarla antes de alcanzar el conductor. El encargado huyó al verla caer.
Los otros dos avanzaron. Orven interceptó la espada y Tirka apartó el garrote con el cuchillo. La segunda mujer humana levantó la pata de la mesa, pero Saira la sujetó del hombro y la apartó de la trayectoria de la espada. El hombre del garrote cambió de lado para pasar junto a Orven y chocó contra la barrera que Aura levantó frente a ellas. Ambarine extendió un brazo hacia el suelo y lo desplazó de lado; una línea de fuego recorrió las piedras siguiendo su mano hasta separar a los guardias de las cautivas.
El calor los hizo retroceder, pero desde la galería opuesta llegaron más hombres. Aura intentó contarlos sin perder de vista a quienes tenía cerca: capas del patio, brazales del almacén, dos ballestas elevándose detrás de una columna. Calculó que, entre los guardias encerrados en el cuarto de ropa y los que ocupaban los accesos, Silas tenía cerca de una decena de hombres.
Una encargada de las habitaciones quedó atrapada entre ambos grupos. Llevaba un aro de llaves sujeto a la cintura y el hombre de la espada le ordenó cerrar las puertas. Ella miró a Miren antes de quitarse el aro y deslizarlo por el suelo hacia Iris.
—El armario junto a la cocina —dijo—. Allí guardan lo que les quitan.
Corrió hacia las escaleras antes de que el guardia pudiera alcanzarla.
Iris recogió las llaves.
El armario estaba a pocos pasos del cruce. Aura lo abrió mientras Ambarine y Orven contenían a los hombres del almacén. Encontró paquetes de pertenencias atados con cordones: cartas sin enviar, monedas, una cinta preparada para pasar entre cuernos, un peine de madera y otros objetos pequeños.
Nashira abrió la puerta que conducía al patio pequeño y llamó a Tirka para que comprobara el paso. Neria se quedó junto a las mujeres, con Iris sosteniendo su odre.
La segunda mujer humana reconoció el peine, lo tomó con ambas manos y empezó a llorar. No dejó de vigilar el corredor mientras se lo apretaba contra el pecho.
Debajo de los paquetes había un libro de cubierta oscura. Miren retrocedió al verlo.
—Nos hacen poner el dedo allí cuando nos trasladan —dijo—. Cuando cambia la deuda. Cuando alguien paga por una asignación.
Ambarine envolvió el libro en una tela y lo sujetó bajo su capa.
Se oyeron dos palmadas desde la galería sur. Silas avanzó entre cuatro guardias.
La ropa de buena calidad todavía estaba cerrada hasta el cuello, pero el cabello castaño se le había pegado a la frente. Aura vio varios anillos en sus manos; uno tenía el mismo brillo azul de las placas. Ya no estaba tan arreglado como en la granja, aunque sonreía del mismo modo.
—Ambarine Folsitia —dijo, como si recibiera a una invitada que llegaba tarde—. Pensé que enviarías a otra persona a romper mis paredes.
Sus ojos se detuvieron en Aura.
—Aunque veo que sigues delegando tu rostro.
Aura percibió a Miren retroceder. La semihumana volvió a cubrirse las orejas. La kunan encorvó los hombros hasta parecer otra vez la sombra de la habitación.
Silas sonrió con más seguridad al verlas retroceder.
—Aparta a tus hombres de la salida —ordenó Ambarine.
—¿Para qué? —Silas miró las puertas.
Dejó escapar una risa breve.
—Aquí solo hay empleadas del lugar. Mujeres con contratos, techo y deudas que prefieren olvidar cuando alguien les promete una aventura.
Saira dio un paso delante de la semihumana.
—La puerta estaba cerrada por fuera.
La sonrisa de Silas no cambió.
—Porque intentaste escapar antes de pagarme.
—¡No te debo mi vida!
Silas endureció el gesto por un instante antes de volver a sonreír.
—Devuélvanlas a sus habitaciones.
Los guardias avanzaron.
—Tomen primero a la muchacha —añadió, señalando a Iris—. Su madre hará entrar a las demás.
Ambarine abrió ambos brazos para levantar barreras de fuego, como había hecho durante la salida de Salachita. Trazó una línea de pared a pared con el brazo derecho y otra desde el suelo hasta el techo con el izquierdo. Al cerrar los dedos, las dos líneas se levantaron al mismo tiempo y ocuparon el corredor.
Giró después las muñecas. Los dedos se separaron y varios hilos más finos salieron de las barreras, rodearon cada arma levantada y calentaron hojas, mecanismos y puntas hasta que el metal iluminó los rostros de quienes aún intentaban sostenerlo.
El resplandor apenas dejaba ver las lámparas. Las llamas pasaban lejos de las mujeres de gris y de los trabajadores que se apartaban. Uno de los guardias conservó la espada durante dos respiraciones antes de soltarla. Miró sus palmas intactas y retrocedió.
El cabello carmesí de la princesa pareció continuar dentro del fuego. Mantenía una mano elevada para sostener las barreras y movía los dedos de la otra cada vez que un guardia intentaba cruzar por un extremo. Sus ojos naranjas no abandonaron a Silas.
—Esto también es Daliana —dijo, mirando a las mujeres que él llamaba empleadas—. No voy a permitir que sigas tratando a su gente como si te perteneciera.
Silas dejó de sonreír cuando dos guardias bajaron las armas y un tercero retrocedió.
—No se detengan —ordenó—. ¡Es una fugitiva! ¡Todo lo que ofrece terminará cuando lleguen los refuerzos!
Nadie cruzó el fuego.
Silas miró con furia a Ambarine. Después se fijó en las cautivas junto al paso hacia el almacén y retrocedió hacia el panel. Tirka acababa de regresar del patio y se quedó junto al marco.
—No necesitas vencerme —dijo—. Solo necesitas decidir a quién abandonas primero.
Presionó el anillo contra la placa junto a su mano. El azul avanzó por dos conductores que salían del marco. La reja de su corredor empezó a subir y, detrás de Aura, un postigo descendió sobre el paso que llevaba al patio pequeño.
Nashira había cruzado para comprobar la puerta del almacén. Se volvió al oír el mecanismo y sujetó el borde desde el otro lado.
—¡Está cerrando!
En las galerías respondieron otros cerrojos. Aura vio al guardia de una ventana retirar las manos justo antes de que una segunda hoja tapara el patio.
—¡La barra! —gritó Tirka.
Orven se la pasó a Erina y se volvió para apartar al último guardia que intentaba rodear el fuego.
Erina e Iris empujaron la pieza de metal bajo el postigo. La placa continuó tirando del mecanismo y la barra se curvó en el centro.
La kunan se colocó bajo la hoja y empujó el metal hacia arriba con ambas manos. Sus uñas rechinaron sobre la superficie. El esfuerzo tensó sus brazos y le hizo mostrar los colmillos, pero no retrocedió.
Miren la miró como si la mujer encogida en la esquina hubiera desaparecido.
Ambarine vio a Silas retirarse por el corredor abierto. Todavía podía alcanzarlo antes de que doblara la esquina, pero se volvió hacia las mujeres y bajó una mano junto a la guía del postigo. Deslizó dos dedos hacia arriba y una línea de fuego siguió el recorrido, dilatando el metal ya torcido para frenar el descenso de la hoja.
—Tirka, revisa el conductor. Orven, ayuda del otro lado. Aura, despeja el paso.
Neria llamó a la semihumana. Había vuelto a pegarse las manos a las orejas y no avanzaba aunque Saira tirara de su manga.
—Ven conmigo. Vamos juntas.
Orven pasó agachado bajo el postigo y recibió el agua de manos de Iris. Neria cruzó después con la joven y Saira, mientras Nashira sostenía la hoja desde el patio.
Silas desapareció mientras Aura despejaba el paso. Iris entregó los paquetes por el hueco. La segunda mujer humana cruzó abrazada a su peine y se apoyó en Orven al llegar al patio.
Miren volvió a detenerse.
—Mi familia...
—Si regresas a la habitación, Silas seguirá conociendo sus nombres —dijo Erina—. Si sales, al menos podrás advertirles.
Miren miró hacia el corredor por el que Silas había escapado y luego hacia la puerta que él había ordenado cerrar. Se decidió a cruzar. Erina pasó detrás de ella y se volvió desde el patio para recibir a Iris.
Tirka apartó del marco una tira de metal que unía la placa al cerrojo. El brillo dejó de avanzar por ella, pero la hoja continuó bajando. Sobre sus cabezas, la cadena del contrapeso seguía corriendo dentro de la caja.
—Sigue tirando —advirtió.
La kunan continuó sosteniendo el postigo. La segunda humana tropezó al apartarse de Orven. La kunan soltó una mano, la sujetó por debajo de un brazo y la ayudó a llegar junto a Saira; enseguida volvió a afirmarse bajo la hoja. Iris se apartó para dejarla cruzar primero. La kunan atravesó de costado, con la cola extendida detrás de ella, y Nashira tuvo que apartarse cuando la barra cedió. El postigo bajó otro palmo, pero el riel torcido por el calor lo retuvo antes de tocar el suelo. Tirka seguía junto al marco, del lado de Aura y Ambarine. Orven sostenía desde el patio el borde de la barra doblada.
Iris se agachó y pasó bajo el primer postigo. Al incorporarse hacia la mano que Erina le tendía desde el patio, un segundo mecanismo se activó dentro del muro.
Aura oyó el contrapeso antes de verlo.
Una hoja de hierro más estrecha, pero gruesa, se soltó en una guía inclinada del techo, inmediatamente después del postigo, del lado del patio. Bajó de golpe hacia el borde de la primera hoja para sellar el cruce. El riel que habían torcido no la sujetaba y la barra doblada seguía en manos de Orven; no había nada debajo que frenara su caída.
Iris estaba debajo. El borde iba a alcanzarla antes de que pudiera enderezarse.
Aura alzó las manos y reunió una barrera entre la hoja y el hombro de Iris. El metal chocó contra la superficie azul y la hundió varios centímetros. El esfuerzo por sostener aquel peso le hizo temblar los brazos; las piernas cedieron y cayó de rodillas frente al paso, sin bajar las manos. La presión le oprimió el pecho y le encorvó la espalda. Apenas podía respirar, y la hoja aún seguía descendiendo.
—¡Iris! —gritó Erina.
Tirka dejó la placa, cruzó agachada bajo el postigo y se deslizó bajo la barrera. Atrapó a Iris por la cintura y tiró de ella hacia Erina. La tela del vestido quedó prendida en una esquina.
Para que la barrera no cediera, Aura atrajo más Lay Len. La superficie azul dejó de hundirse, pero la corriente siguió entrando cuando intentó reducirla. La amalgamita invertida se calentó bajo su capa. Aura quiso cortar la magia, pero el vestido de Iris seguía prendido; si soltaba la barrera, el hierro caería sobre ella. Mantuvo las manos levantadas y el filtro cerró por un instante la entrada de Lay Len, absorbiendo el exceso que ella no había conseguido contener. El tirón le atravesó las costillas y le arrancó un grito. Orven metió la barra entre la hoja y el marco; la barrera se inclinó hacia un lado y la tela se soltó antes de que el metal alcanzara a Iris.
Tirka sacó a Iris justo cuando la fisura de la gema se abrió con un sonido pequeño. El dolor hizo que Aura perdiera la barrera y se doblara hacia adelante, todavía de rodillas. La hoja terminó de descender detrás de Tirka, separando el corredor del patio. Orven retiró la barra a tiempo y un golpe de hierro llenó el cruce.
Ya no sostenía el peso, pero durante unos segundos no pudo llenar los pulmones. La presión empezaba bajo las costillas y ascendía hasta el hombro. Cuando tocó la amalgamita, encontró una segunda grieta unida a la primera.
—¡Aura! —la llamó Ambarine.
—Estoy bien...
La respuesta salió sin aire.
Del otro lado del postigo, Iris golpeó una vez.
—¡Estoy bien! —avisó.
Erina repitió la frase con más fuerza, para que Aura y Ambarine pudieran oírla.
Neria llamó a Aura desde el otro lado.
—No. Fue la piedra.
—Aparta la mano de ella. Respira despacio.
Aura soltó el engarce. Apoyó la palma sobre el suelo y esperó a que la presión le permitiera tomar aire. Ambarine se agachó junto a ella.
Tirka comprobó el cierre desde el lado del patio.
—Estamos afuera —avisó—. Voy a mirar el muro.
Ambarine la sostuvo por el codo sano y la ayudó a ponerse de pie.
Un golpe más profundo llegó desde la ruta por la que Silas había escapado. Frente a ellas, el corredor se iluminó.
Silas alcanzó su salida privada.
Aura y Ambarine vieron el intento desde el corredor. El comerciante presionó el anillo contra una placa junto a una puerta estrecha. La luz azul apareció y el cierre empezó a levantarse. Desde algún punto de la galería llegó otro golpe; Silas volvió a tocar el cristal y una reja cayó entre él y el patio.
La placa estaba unida por una tira de metal a las que acababa de activar. Aura vio el brillo correr hasta la esquina, palidecer y apagarse. El postigo de la salida subió un poco más, se inclinó dentro del riel y quedó trabado.
—¡Abran esto! —gritó Silas—. ¡Ahora!
Intentó meter una mano bajo la hoja, pero el espacio era demasiado pequeño. Golpeó la placa y probó otro anillo. No hubo respuesta.
Ambarine dio un paso hacia él. Silas dejó el marco y huyó por la única puerta abierta, de vuelta a su despacho.
Aura quiso seguirlo. El dolor bajo las costillas la hizo detenerse y tuvo que afirmarse contra la pared.
—Todavía no —dijo Ambarine.
Se acercó al postigo que las separaba del grupo y golpeó dos veces.
—¡Orven!
—Aquí.
—¿Llegaron al muro?
—Tirka está comprobándolo con Brenor. Tenemos a todas en el patio.
Erina empezó el recuento al otro lado. Llamó primero a Iris y luego a Miren. Saira respondió por sí misma y tocó el brazo de la joven semihumana para que también contestara. La segunda humana habló después; la voz de la kunan fue tan baja que Erina tuvo que acercarse para oírla.
—Siete, conmigo —dijo Erina.
Nashira pasó junto al cierre.
—Ya hay cuerda. Podemos subirlas.
Ambarine deslizó bajo el espacio irregular del postigo las llaves de los guardias y el libro envuelto.
—Llévense esto. No se queden junto a la puerta.
—Tú también —respondió Orven.
Ambarine miró hacia el despacho. Aura seguía apoyada en la pared.
—Tenemos otra salida por el almacén. Aparta a las mujeres del muro en cuanto crucen.
Hubo una pausa del otro lado.
—Brenor esperará con la cuerda —dijo Orven—. Nosotros nos quedamos abajo, junto a las rocas. Si llegan guardias, me oirás.
Iris llamó a Aura. Sus dedos aparecieron un instante bajo el borde y Aura se agachó para tocarlos.
—¿Vas a venir?
—Sí. Primero cruza el muro. Por favor.
—No tardes.
Aura mantuvo la mano en el suelo después de que Iris la retirara. Del otro lado, Neria pidió a alguien que esperara antes de subir y Orven respondió que él la sujetaría. Ambarine permaneció junto al cierre hasta que Nashira avisó que las primeras mujeres estaban cruzando.
Después se volvió hacia Aura.
—Quédate conmigo.
Aura se puso de pie. El dolor había disminuido, aunque todavía tenía que respirar despacio.
—Quiero que lo diga —murmuró.
Ambarine miró la puerta del despacho.
—Yo también.
Encontraron a Silas intentando abrir una ventana con una silla.
Los cristales daban al patio interior, no al exterior de la propiedad. Incluso si conseguía romperlos, tendría que atravesar el mismo sector que había bloqueado con sus paneles.
Al ver a Ambarine, dejó la silla en el suelo despacio.
—¿Van a arrestarme? —preguntó—. Qué consideración. Pensé que las fugitivas no se molestaban con esas formalidades.
Ambarine cerró la puerta.
Silas se acomodó la manga, sin dejar de mirar la puerta.
Señaló hacia las habitaciones con una inclinación de la cabeza.
—Yo no hice lo que imaginan allí. Aquí solo hay empleadas del lugar. Si algunas prefirieron seguir a unos criminales, no puedo responder por su falta de juicio.
Aura reconoció la sonrisa. La había visto en la granja, cuando Silas usó el empujón de Mauro para reclamar las tierras y amenazar a la familia.
—Todo esto empezó por ti —añadió Silas.
Su mirada se fijó en ella.
—Llegaste a mis tierras usando su rostro. Me atacaste delante de mis hombres y convertiste a los Fuegel en cómplices de una fugitiva. ¿Qué esperabas que ocurriera?
Aura sintió calor dentro del pecho, lejos de la amalgamita. El rojo descendió por sus brazos y se reunió alrededor de los dedos sin convertirse en un rayo. Con él llegó aquella quietud que ya conocía: la respiración demasiado lenta, el miedo alejándose y los movimientos de Silas reducidos a distancias y lugares donde su cuerpo podía quebrarse.
Hacerle daño habría sido fácil.
—No... Tú ya querías quitarles la casa antes de verme —dijo en voz baja.
Silas perdió la sonrisa.
—¡Mauro me agredió! Yo tenía un contrato. ¡Y tú me atacaste!
Aura dio un paso. El rojo iluminó el borde de su rostro, pero no abandonó sus manos.
—Querías llevarte a Iris. Yo... quise asustarte para que te fueras. Casi te hice daño, lo sé. Pero cuando volviste, me miraste a los ojos y dijiste que no era Ambarine. ¡Lo dijiste delante de todos! Y mandaste a tus hombres seguir. Mauro está herido. Su casa... ¡ya no tienen casa! ¿Qué te habían hecho Erina e Iris para que las encerraras aquí?
Destruirlo y terminar.
Los dedos de Aura temblaron dentro del resplandor rojo. No los levantó.
Silas retrocedió hasta el escritorio.
La quietud permaneció un instante más. Después regresaron las dudas, el dolor y el temor de perder el control. Aura no sabía por qué destruirlo podía sentirse tan sencillo. Solo sabía que todavía podía mantener las manos abajo.
El rojo dejó de crecer, aunque seguía alrededor de sus manos. Silas se volvió hacia Ambarine con un tono más agrio.
—¿Y tú vas a fingir que no tienes nada que ver? Cada persona relacionada con tu nombre termina arrestada, herida o escondida en una grieta. Llegas, incendias un corredor y lo llamas rescate. Si me matan, la corte tendrá más razones para perseguirte.
Ambarine lo escuchó sin acercarse.
—Mi nombre las puso en peligro —dijo—. La corte utiliza a quienes me ayudan para encontrarme.
—Entonces sabes que...
—Y tú te aprovechaste de eso.
Ambarine alzó el índice y recorrió con él la forma del marco. Una línea de fuego rodeó la puerta sin tocar la madera.
—No seguirás utilizando mi nombre para esto —dijo.
Silas llevó la mano hacia un cajón.
Ambarine cruzó la habitación antes de que pudiera abrirlo. Sujetó su muñeca, la giró detrás de la espalda y lo obligó a inclinarse sobre el escritorio. Del cajón entreabierto cayó un cuchillo corto.
Aura recogió el arma y la dejó fuera de su alcance.
Ambarine retiró de la mano de Silas el anillo de Amalgamita.
La expresión del comerciante cambió al verlo separado de sus dedos.
—Ahora vas a responder —dijo ella.
—¿O qué?
—Las mujeres pueden contar lo que hiciste. Tus empleados y tus guardias también lo vieron, y tenemos el registro que ellas reconocieron.
Silas miró la puerta, luego el anillo.
—¿Quién autorizó la confiscación de la granja? —preguntó Ambarine.
—La Oficina. Yo presenté una solicitud. No ordené ningún incendio.
—¿La Oficina ordenó encerrar a Erina e Iris en tu casa?
—Decidieron separarlas de los demás. No me corresponde explicar cada orden que...
—Estaban encerradas aquí, Silas.
Él miró el anillo que Ambarine sostenía. Después buscó el rostro de Aura, pero sus ojos bajaron hasta el rojo que todavía le rodeaba los dedos.
—Pedí que las trajeran para interrogarlas. Habían ayudado a una fugitiva. Tenía derecho a preguntarles.
—¿Qué necesitabas preguntarles a puerta cerrada?
—¡No iba a dejarlas marcharse! Ellas... todavía tenían que responder por lo que hicieron.
Aura no quiso apartarse. En la granja, Silas había hablado sin dejar que Mauro terminara una frase. Ahora se le trababan las palabras cada vez que Ambarine volvía a preguntarle.
—Tú pediste que las trajeran... —dijo Aura—. Y cuando intentaron salir, mandaste a tus hombres agarrar a Iris. ¡Yo estaba allí!
Silas apretó la mano vacía contra el escritorio. A Aura le gustó verlo buscar una respuesta sin encontrarla enseguida. El rojo palpitó y ella bajó los ojos hacia sus propios dedos; todavía tenía que mantenerlos quietos.
—¿Y las otras mujeres? —preguntó Ambarine—. Las deudas, las asignaciones... ¿Quién permite que las retengas hasta que otra residencia las pida?
—Son deudas legítimas. Mis encargados administran las habitaciones. Si cerraron alguna puerta, tendrán que responder ellos.
—Y el libro estaba bajo llave en tu armario.
—No reviso cada anotación.
—¡Es tu casa! —Ambarine se acercó un paso y se detuvo—. ¿Quién hizo llegar la orden contra los Fuegel?
—Ya te dije que la Oficina.
—Y tú te quedaste con sus tierras. ¿Quién recibió tu solicitud?
Silas miró otra vez a Aura. Ella sostuvo su mirada hasta que él volvió a buscar a Ambarine. Quería que tuviera que decirlo. Que dejara de hablar de empleadas, solicitudes y malentendidos mientras las personas que había encerrado cruzaban el muro.
Silas alzó la cabeza al oír unos pasos fuera del despacho. Se detuvieron antes de llegar a la puerta y volvieron a alejarse. Él esperó un poco más; después cambió otra vez. Ofreció dinero. Prometió entregar rutas comerciales. Dijo que podía conseguir nuevas identidades para las cautivas y, un momento después, amenazó con revelar los nombres de sus familias si lo dejaban allí. Se presentó como el único hombre capaz de protegerlas de una red que acababa de negar.
Silas acabó admitiendo que recibía mujeres de acreedores y transportes distintos. Las retenía hasta que otra residencia pagaba o solicitaba una asignación; después enviaba a las cautivas allí y volvía a utilizar las habitaciones. También había pagado a sus contactos para conseguir una orden que le permitiera actuar contra los Fuegel.
—La primera vez dijiste que la emperatriz se enteraría... —dijo Aura—. ¿Le contaste que yo no era Ambarine?
Silas soltó una risa breve, sin humor.
—¿Crees que la emperatriz hablaría conmigo?
—¿Quién recibió tu dinero, Silas? —preguntó Ambarine—. ¿Isaliria sabía que la acusación era falsa?
—Pagué a mi contacto. Ya lo dije. No sé qué informes llegan hasta la emperatriz.
Ambarine mantuvo la mano cerrada alrededor del anillo. Aura esperó, pero Silas no añadió nada más.
Sin soltar el anillo que activaba los paneles, Ambarine registró los bolsillos de Silas. Encontró otros dos anillos con las piedras opacas y el sello personal con sus iniciales. Los dejó sobre el escritorio y conservó únicamente la joya de Amalgamita.
—Ponte de pie —ordenó.
Silas miró la puerta.
—Les dije lo que querían.
—Todavía no has dicho quién recibió tu dinero.
—Puedo buscar el nombre. Si me dejan salir, puedo conseguirles mucho más.
—No hicimos ningún acuerdo.
Silas buscó la mirada de Aura. Al no obtener una respuesta, volvió a hablar más deprisa.
—Puedo pagarles —dijo—. Más de lo que encontrarán en este lugar. Puedo conseguirles caballos, documentos, una ruta fuera de Daliana.
Ambarine le sujetó las muñecas delante del cuerpo con el cordón del respaldo.
—Camina.
Silas obedeció durante dos cruces. Los paneles permanecían oscuros. Sin el anillo, las llaves y los guardias, probaba cada esquina con la mirada y se detenía ante ruidos que antes no habrían merecido su atención.
Cuando reconoció el corredor de los alojamientos, tiró de las ataduras.
—No puedes dejarme aquí. Mis hombres volverán. Si me encuentran encerrado, perseguirán a todos los que salieron contigo. —Miró a Ambarine—. Puedo ordenarles que se detengan. Puedo decir que las deudas fueron pagadas. Incluso puedo trabajar para ti. Conozco personas que todavía aceptarían tu nombre si lo oyen de la boca correcta.
Ambarine abrió la primera habitación.
—No. Espera. Aura, tú sabes que esto empezó como un malentendido. No tienes que demostrarle nada. Sácame de la propiedad y no volveré a acercarme a los Fuegel. Te doy mi palabra.
Ambarine lo condujo hasta la cama y aseguró sus manos a la barra interior con otra tira de tela.
—Los guardias podrán abrir desde fuera —dijo—. No morirás aquí.
—Entonces libérame ahora. Puedo ayudarte con las tierras. Con la orden. Con todo.
Aura permaneció en el umbral. Seguía furiosa, pero el rojo ya no rodeaba sus manos.
Empujó la puerta, introdujo el pasador exterior y atravesó el marco con la barra de metal.
Silas tiró de las ataduras desde dentro.
Primero exigió. Después ofreció dinero. Cuando oyó los pasos de Aura y Ambarine alejándose, empezó a pedir que regresaran. La puerta no se abrió.
El paso hacia el patio pequeño seguía cerrado.
Ambarine probó el anillo junto al postigo. La placa opaca no respondió y ella apartó la joya enseguida. Atravesaron el almacén hasta una puerta de carga junto a los establos, pero una cerradura de hierro mantenía unido el cerrojo.
Ambarine rodeó el metal con una mano. Cerró los dedos y una llama intensa envolvió la cerradura sin alcanzar la madera. Mantuvo el fuego concentrado hasta que el hierro pasó del rojo a un brillo casi blanco. La argolla empezó a deformarse y el cuerpo de la cerradura se ablandó; las primeras gotas de metal cayeron al suelo.
Aura retrocedió para apartarse de ellas. Ambarine sostuvo la llama hasta que la cerradura se derritió y dejó libre el cerrojo. Después bajó la mano, corrió el pasador y empujó la puerta de una patada.
El patio aún guardaba el calor de sus llamas.
Un hombre que había soltado su arma retrocedió hacia las cuadras al verlas salir. Otro permaneció detrás de la baranda, sin intentar bajar. Los trabajadores se habían dispersado entre los edificios. Desde una galería llegó el ruido de alguien tratando de liberar a los guardias encerrados.
Brenor las vio llegar antes de que alcanzaran el muro.
—Por aquí —llamó en voz baja.
La cuerda seguía tendida hacia el patio. Aura subió primero, apoyándose en las piedras y en la mano que el arquero le ofreció desde arriba. Al levantar la rodilla sintió otra punzada bajo las costillas. Se quedó quieta hasta que pudo tomar aire y Ambarine esperó detrás, con una mano cerca de su espalda.
Del otro lado, Orven la recibió antes de que tocara el suelo. Neria vino hasta ella, pero Aura buscó primero los rostros junto a las rocas.
Erina e Iris estaban juntas. Miren se había cubierto con una capa prestada. Saira sostenía un brazo de la joven semihumana; la segunda humana conservaba el peine dentro del puño. La kunan estaba de pie junto a Tirka, con la cola baja y la mirada vuelta hacia la casa.
Nashira ayudó a Ambarine a bajar y Brenor recogió la cuerda.
—Vienen luces por el camino del norte —dijo—. Todavía están lejos.
Orven miró hacia el tramo donde habían dejado al mensajero.
—Nos vamos.
Neria había apartado la capa de Aura. Vio la segunda grieta de la amalgamita y extendió la mano sin tocarla.
—¿Aquí fue donde sentiste el tirón?
—Sí... descuida, ya no duele.
—Déjala quieta. Cuando lleguemos quiero revisar...
—Neria —llamó Orven.
La joven se volvió. Todos habían empezado a bajar entre las piedras. Iris esperaba unos pasos más adelante, sin apartar los ojos de Aura.
Neria volvió a cubrir la gema y se acomodó al lado de ella.
Ambarine recibió de manos de Erina el libro envuelto y lo guardó bajo su capa; Orven volvió a cargarse el odre. Antes de abandonar el recodo desató al mensajero que habían dejado entre las rocas. Lo hizo esperar sentado mientras las mujeres pasaban y dejó el caballo junto a él.
El hombre vio a Erina e Iris. Después miró a las demás y no volvió a reclamar el aviso privado para Silas.
Nashira condujo al grupo hasta un cauce seco que se apartaba del camino principal. Brenor cerró la marcha. En el primer descenso, Saira tuvo que detenerse con la joven semihumana; Orven regresó para ayudarla y Tirka esperó más abajo con la kunan. La segunda humana levantaba el vestido gris para que no se le enganchara entre las piedras, sin soltar el peine.
Aura caminó sin magia. Le costaba encontrar una posición cómoda para el bolso y terminó sosteniéndolo desde abajo. Iris se acercó para ayudarla.
—Yo lo llevo.
Aura estuvo a punto de decirle que podía sola. El suelo descendió otra vez bajo sus pies y le entregó la correa.
—La esfera está entre la ropa. Que no se caiga.
Iris se colgó el bolso y aseguró la abertura con una mano. Erina caminaba delante de ellas, mirando hacia atrás cada pocos pasos.
—¿Peryna pudo ir junto a su padre? —preguntó.
—Sí. Orven le preparó un lugar.
Él se volvió al oír su nombre.
—La camilla iba sujeta. Micah caminó al lado.
Erina asintió y siguió avanzando. Aura recordó la manta doblada bajo la cabecera, la esquina húmeda que había quedado hacia afuera y las manos de Orven tirando de la cuerda hasta que el nudo dejó de moverse.
Más lejos, Miren había empezado a hablar con Nashira. Aura solo alcanzó a oír la palabra madre antes de que el viento se llevara el resto.
El convoy de Salachita había llegado al campamento antes de que el grupo dejara la mansión.
Cael cruzó la abertura delante del carro y llamó a quienes esperaban junto a las provisiones. Velia se levantó tan deprisa que tiró el cuenco que tenía a los pies. Darel vino detrás de ella, con el gorro recogido contra el pecho.
—Primero dejen pasar la camilla —pidió Cael.
Los porteadores bajaron a Mauro mientras el sanador caminaba junto a su costado. Micah llevó a Peryna detrás de ellos. La niña miró a las personas que se acercaban, pero no soltó la mano de su hermano.
Nima apareció del otro lado del carro, todavía junto a Liora. Darel dejó de avanzar. Durante un instante siguió mirando la cara de la niña mientras ella levantaba la cabeza; después Nima soltó el brazo de la mujer y corrió hasta él.
El hombre la recogió contra su cuerpo. Se le cayó el gorro. Nima lo abrazó por el cuello y empezó a llorar con la cara escondida bajo su barbilla.
—Te estaba buscando —dijo Darel. Volvió a decirlo, más bajo, sin aflojar los brazos.
Liora recogió el gorro. Se lo acercó, pero él no podía recibirlo y terminó poniéndoselo a Nima sobre el cabello. La niña levantó una mano para sujetarlo sin apartarse de su padre.
—Ella estuvo conmigo —consiguió decir, mirando a Liora.
Darel intentó agradecerle. La primera palabra se le cortó; Liora le tocó un hombro y se apartó cuando Enna llegó hasta ella. Su hermana le sujetó la cara con ambas manos antes de abrazarla.
Daven venía detrás de Tavren. Velia le salió al paso, mirando el labio hinchado y la sangre seca que le había quedado junto a la nariz.
—Te dije que no volvieras por esos sacos.
Él abrió la boca. Velia lo abrazó antes de que pudiera contestar. Daven se quedó con las manos levantadas a los lados hasta que ella lo apretó más; entonces cerró los brazos alrededor de su espalda.
—No me dejaron volver —murmuró.
—Ya sé. Ya sé.
Velia se apartó solo para tocarle la barbilla, justo debajo de la cicatriz que había señalado ante el mapa. Daven intentó sonreír y se llevó una mano al labio. Ella le retiró los dedos con cuidado y lo condujo hacia el agua.
Tavren tuvo que esperar a que uno de los porteadores ayudara a Odren a bajar. Selen llegó hasta él durante la espera. Le tomó una mano y se quedó a su lado, sin preguntar nada hasta que el anciano estuvo sentado fuera del carro.
Mavia se arrodilló delante de su padre. Le apartó el cabello húmedo de la frente y Odren intentó enderezarse para mirarla.
—No te levantes —le pidió ella—. Estoy aquí abajo.
Él le tocó la mejilla. Mavia cerró los ojos y apoyó la cara sobre aquella mano, sujetándole la muñeca para que no tuviera que mantener el brazo elevado.
—Pensé que no iba a verte —dijo Odren.
Ella negó con la cabeza varias veces. No consiguió responderle. Tavren acomodó la manta detrás del anciano mientras Selen iba a buscar un cuenco.
Cael dejó la lista sobre una caja y contó otra vez. Los once habían cruzado. Shaeli se quedó cerca de la entrada, con la venda corta alrededor del antebrazo; cuando uno de los vigilantes le preguntó por ella, dobló los dedos y señaló el camino por el que venían.
—Después. ¿Vieron a alguien detrás del carro?
Cael ayudó a retirar las cajas que aún ocupaban el espacio bajo las dos lonas. Lera se sentó junto a la mujer del almacén, que extendió la pierna herida antes de aceptar agua. El compañero de Daven acercó una lámpara y se quedó sosteniéndola mientras preparaban vendas limpias.
Darel llevó a Nima hasta una manta, pero no la dejó sola. Velia buscó sitio junto a ellos para Daven. Enna y Liora tuvieron que mover un saco entre ambas para sentarse; Selen repartió el agua con Tavren antes de llevar otro cuenco a Odren.
Cuando terminaron de bajar los materiales del transporte, quedaba apenas un paso entre las mantas y las provisiones. Cael volvió a mover una caja. Mauro necesitaba que el sanador pudiera entrar y salir sin pisar a nadie, y los otros todavía tenían que regresar de la mansión.
La luz anaranjada del vórtice les llegó después de la última subida.
Aura se quedó un momento junto a la abertura. Había imaginado el regreso con Erina e Iris tantas veces que, al verlas cruzar, no supo qué hacer primero. Quería llevarlas hasta Mauro, sentarse, quitarse la gema y volver a contar a todos.
Shaeli apareció entre las hierbas antes de que pudiera elegir. Miró a las dos mujeres, después al grupo que continuaba entrando y finalmente a Aura.
—Vinieron todos.
Aura asintió.
—Y ellas.
Señaló a las cinco cautivas. Shaeli llamó hacia las tiendas y una mujer vino con una lámpara. Al acercársela a la kunan, Tirka levantó una mano.
—Más abajo. No le gusta en la cara.
La mujer bajó la luz. Cael llegó detrás con una hoja y el tintero cubierto. Todavía llevaba la misma mancha en el pulgar; al ver el libro que Ambarine sacaba de la capa, hizo espacio sobre una caja.
—¿De la casa?
—Del armario donde guardaban las pertenencias —respondió ella—. Lo reconocieron.
Miren se detuvo al oírlo. Nashira se quedó a su lado mientras Cael recibía el bulto sin desenvolverlo.
—Después —dijo Ambarine—. Primero que se sienten.
Habían extendido mantas bajo dos lonas y colocado cuencos de agua junto a las provisiones. Lera estaba sentada cerca de la mujer con quien había salido de Salachita. Daven les acercaba pan; su compañero sostenía una lámpara mientras cambiaban la tela alrededor de la pierna herida. Velia se apartó para dejar pasar a Neria. Más allá, Nima se había dormido sobre las piernas de Darel con el gorro puesto al revés. Liora y Enna compartían una manta; Selen y Tavren estaban junto a Odren, que sostenía la mano de Mavia sobre una rodilla.
Orven dejó el odre de Neria junto a una palangana y fue a buscar más mantas. Brenor se quedó con los vigilantes de la entrada para contarles qué había visto en el camino. Nashira condujo a Miren y a Saira hasta la lona que acababan de despejar. La kunan eligió un sitio desde donde podía ver la abertura; Tirka se sentó a varios pasos de ella, con los cuchillos guardados.
Erina miraba hacia las tiendas.
—Mauro —dijo, y Shaeli dejó de contar a quienes entraban.
—Está con el sanador. Vengan.
Aura fue detrás de ellas. Iris todavía llevaba su bolso y tuvo que acomodárselo cuando Micah apareció junto a la lona de la tienda.
Él se quedó inmóvil. Después cruzó los pocos pasos que los separaban y abrazó a su hermana con tanta fuerza que ella soltó un sonido entre la risa y el llanto.
—Todavía puedo respirar —le dijo.
Micah aflojó los brazos sin soltarla. Erina le acarició el cabello al pasar y entró hasta donde habían colocado la camilla sobre soportes bajos. El vendaje de Mauro había sido reemplazado. Su respiración era más uniforme, aunque el sanador continuaba sentado junto a él.
Erina se arrodilló y apoyó la frente sobre su mano. Mauro cerró apenas los dedos alrededor de los de ella. Abrió los ojos cuando lo llamó por segunda vez y tardó en encontrar su rostro.
—Aquí estoy —dijo Erina—. Iris también.
Peryna salió de entre las mantas. Se aferró primero a Iris y después a su madre, hablando sin completar ninguna pregunta: quería saber dónde habían estado, si tenían frío, si Mauro podía oírlas y cuándo regresarían a casa.
Nadie respondió enseguida. Brenor apareció junto a la lona con dos mantas dobladas sobre el brazo.
—¿Cuándo vamos a volver? —le preguntó Peryna.
Brenor dejó las mantas junto a Micah.
—Hoy no.
—¿Mañana?
Sus orejas descendieron un poco.
—No lo sé. Pero esta noche se quedan con nosotros.
Peryna tomó una de las mantas y se la llevó a Erina. Su madre la extendió sobre las piernas de Mauro. El sanador le pidió que no cubriera el costado todavía y ella dobló ese extremo hacia abajo.
Aura permaneció cerca de la entrada. Iris se acercó para devolverle el bolso, pero se quedó con la correa entre los dedos.
Iris volvió a abrazarla. Aura le pasó un brazo por la espalda y se apoyó un instante en ella antes de apartarse.
—Ve con tu padre.
Iris dejó el bolso junto a sus pies. Sacó de la manga el hilo que había unido las trenzas; uno de los extremos se había deshecho durante la salida.
—Se va a romper —murmuró.
Aura lo recogió antes de que terminara de soltarse.
—Después puedes hacer otro.
Iris sonrió un poco y regresó junto a Mauro.
Peryna vio a Aura y buscó dentro de la bolsa de flores que todavía llevaba cruzada sobre el pecho. Sacó una con dos pétalos doblados y el tallo blando.
—Esta no se rompió del todo —dijo.
Aura la recibió entre ambas manos. Acomodó un pétalo que se había doblado contra sus dedos.
—Gracias.
Peryna volvió junto a Erina. Aura guardó la flor y las trenzas entre las prendas del bolso, lejos de los paños usados.
Neria la esperaba junto a una caja, fuera de la tienda. Había dejado agua limpia en un cuenco y apartó una manta para que se sentara. Aura se acomodó despacio. Al otro lado de la lona seguían hablando; escuchó la voz de Iris, una indicación del sanador y luego a Micah pidiéndole a Peryna que se moviera un poquito.
Aura bebió del cuenco. Neria se quedó sentada junto a ella hasta que Ambarine llegó con Cael y el libro envuelto. No lo habían abierto todavía.
—Miren dio el nombre de su madre —dijo Cael—. Quiere avisarle antes de que Silas mande a alguien. Saira también tiene a quién buscar.
Ambarine dejó el bulto sobre la caja, lejos del agua.
—Anótalos por separado. Y guarda una copia aquí.
Cael se frotó el pulgar. Miró a Aura, que seguía sentada, y bajó la voz.
—No las vamos a mandar de vuelta a esas casas.
—Ella quiere saber de su madre —respondió Ambarine—. Busca quién conoce ese camino.
Desde las provisiones llegó una discusión breve por una manta. Orven apareció cargando dos más y Nashira le quitó una antes de que pudiera repartirlas. Cael recogió el libro para llevarlo a la mesa del mapa.
Aura siguió el bulto con los ojos.
—Hay otras residencias. Silas lo dijo.
Neria se levantó para dejarle sitio y recogió el cuenco. Ambarine se sentó junto a Aura.
—Lo escuché.
—Y todavía conoce a sus familias.
La princesa miró hacia la lona donde Miren se había sentado. Nashira estaba inclinada frente a ella; no podía oírse lo que decían.
—Esta noche se quedan aquí —dijo Ambarine.
Miró el paso estrecho entre las mantas. Liora tuvo que recoger los pies para dejar cruzar a uno de los porteadores.
—Cael y yo buscaremos otro lugar mañana. No podemos seguir metiendo gente junto a estas cajas.
Aura bajó los ojos hacia su bolso y recogió el borde de la manta sobre las rodillas. Neria volvió a la tienda con el cuenco vacío.
Ambarine se levantó.
—¿Vas a irte? —preguntó Aura.
—A ver la entrada.
Aura miró el lugar vacío junto a la caja.
—¿Puedes quedarte un momento más?
Ambarine volvió a sentarse. Orven pasó delante de ellas con la última manta y esta vez no intentó preguntarle nada. Del otro lado de la lona, Peryna empezó a contarle a Iris cómo había llevado las flores hasta el carro.
Aura acomodó el bolso contra sus pies y se quedó escuchando.