11 - En aquel ocaso El camino hacia la propiedad de Silas todavía conservaba las marcas de quienes habían huido de ella.
Aura las descubrió antes de distinguir los muros: ramas quebradas a la altura de un cuerpo, tierra hundida por botas que no habían intentado ocultarse y una franja de tela color trigo atrapada entre los espinos. La luna apenas alcanzaba a separar aquellos rastros de la oscuridad. Ambarine reconoció las marcas con las que Nashira había atraído a sus perseguidores.
Dejaron las huellas y se desviaron hacia las piedras orientales, donde Brenor debía esperarlas si había conseguido abandonar la elevación.
Lo encontraron apoyado contra un tronco, con el arco atravesado sobre las piernas y los ojos cerrados. Tenía una mano sobre el rostro. Al oír los pasos de ambas, tomó una flecha y se incorporó con tanta rapidez que tuvo que sujetarse de la corteza para no caer.
—Somos nosotras —dijo Ambarine.
Brenor reconoció su voz. Bajó el arma, pero no pareció aliviarse.
—Tirka llegó hasta la habitación —informó—. Vi su última señal antes de que bajaran los postigos. Encontró a Erina e Iris.
Aura sintió que el aire regresaba a sus pulmones.
Ambarine se agachó frente a él.
—¿Qué ocurrió después?
Brenor describió las placas, los anillos de Silas y los cierres que habían avanzado por sectores. No conocía el trazado de los conductores, pero había oído cada cerrojo y visto apagarse algunas luces después de la activación. La salida norte descendió por completo. Las patrullas encontraron las posiciones exteriores poco después.
Su relato perdió firmeza al llegar a Nashira.
—Se dejó ver para alejarlos de la elevación. Tres siguieron el rastro que preparó. Otros la rodearon desde el camino.
La mano que sostenía la flecha se cerró.
—La llevaron por el corredor de servicio. Silas lo había abierto cuando cerró el portón norte. No pude seguirla desde mi posición.
—¿La hirieron? —preguntó Aura.
—No lo sé.
—¿Sigue en la propiedad?
Brenor apretó los párpados antes de responder.
—No lo sé.
Cada repetición parecía costarle más que la anterior. Había utilizado la vista hasta conservar imágenes superpuestas y después había forzado el oído para seguir los mecanismos. Ahora la luna se duplicaba en sus pupilas y un zumbido persistente le impedía orientar las orejas con precisión.
—Pude disparar —dijo—. Si hubiera intentado...
—Habrías podido alcanzarla también a ella —lo interrumpió Ambarine—. Al menos pudiste avisarnos. Tirka está con ellas. Tenemos que buscar otra entrada.
Aura intentó ordenar lo que acababa de oír. Erina e Iris seguían dentro con Tirka, pero Nashira podía haber salido ya por el corredor de servicio. Observó el camino por donde se alejaban las marcas de la capa color trigo, preguntándose si todavía podrían alcanzarla.
—Necesitamos ver la propiedad —dijo.
Ambarine ayudó al arquero a levantarse.
—Pero no vuelvas a forzar los sentidos —le advirtió.
—Puedo cubrir una entrada.
—Si puedes hacerlo con la vista así. No quiero que empeores, Brenor.
Brenor chasqueó los labios en impotencia, pero no discutió. Guardó la flecha y los condujo hasta un desnivel desde donde la vegetación ocultaba sus siluetas.
Ahora había lámparas encendidas en el patio, en dos galerías y junto a los caminos que llevaban al portón. Los guardias se concentraban frente a las entradas que aún podían abrirse. Revisaban cada carro y cada grupo de arbustos, pero evitaban algunos sectores del edificio.
Aura tardó en comprender la razón. Varios postigos permanecían a medio descenso y uno se había inclinado dentro de su guía, dejando un espacio irregular bajo el borde. Las placas cercanas ya no brillaban con el azul uniforme de la Amalgamita. Algunas estaban opacas; en otras, la luz de las lámparas permitía distinguir fisuras.
—La galería oriental dejó de responder después del último cierre —explicó Brenor—. Dos guardias intentaron levantar el postigo. No pudieron. El sector junto al almacén se apagó antes.
Ambarine recorrió los muros con la mirada.
—¿El corredor de servicio?
—Continúa activo. Vi luz en tres placas. También el acceso del patio y la entrada occidental.
Silas había concentrado la vigilancia alrededor de los accesos que todavía funcionaban.
Aura encontró dos figuras junto al portón norte. Una introdujo una barra bajo el mecanismo caído mientras la otra golpeaba el riel con una herramienta. El cierre no se movió.
Tirka, Nashira y Brenor habían obligado a Silas a gastar parte de la carga de las placas y a mover a sus guardias. Ahora algunos de los cierres le estorbaban también a él.
—Puedo mantener vigilado el camino desde aquí —dijo Brenor—. Si vienen refuerzos desde la fortaleza, los veré antes de que lleguen al muro.
—¿Sin Lay Len? —preguntó Ambarine.
Él miró las luces del camino. Desde aquella distancia no necesitaba distinguir un rostro ni el arma exacta que llevaba una persona.
—Sin Lay Len.
Ambarine señaló una pared baja al sur, donde varias enredaderas crecían entre piedras antiguas.
—También cubrirás ese muro. No importa por dónde entremos: si la ruta interior cae, saldremos por allí. Prepara una cuerda y retira solo las piedras que puedas devolver a su lugar.
Brenor asintió y se alejó pegado al desnivel.
Aura esperó hasta que dejó de oír sus pasos.
—Tenemos que entrar.
—Tenemos que localizar primero la habitación —respondió Ambarine.
—Ya sabemos que Tirka llegó hasta ellas.
Ambarine volvió a mirar la propiedad. A Aura le impacientaba verla detenerse otra vez.
—Si elegimos el ala equivocada, puede cerrar una puerta entre nosotras —dijo—. Después tendrá dos grupos separados en vez de uno.
—También puede trasladar a Erina e Iris mientras observamos sus paredes.
—Lo sé.
Aura pensó en la granja sin humo saliendo de la cocina. Cuando llegó, ya habían arrestado a la familia, herido a Mauro y quemado la casa. Le habían quedado las huellas para averiguar lo ocurrido. Ahora estaba otra vez fuera de un lugar donde alguien podía desaparecer antes de que ella alcanzara la puerta.
—No quiero volver a llegar cuando solo queden rastros —dijo.
Ambarine bajó la mirada al recordar el campo de trigo.
—Yo estaba allí cuando se los llevaron —respondió—. Pude intentar detenerlo.
Aura guardó silencio.
—Yo también quiero entrar, Aura. Me cuesta quedarme aquí después de lo que pasó en la granja. —Ambarine miró hacia las ventanas—. Llevo años intentando arreglar lo que hice antes y acabo metiendo a alguien más en problemas. Si Silas vuelve a separarnos, no sé cómo vamos a sacar a Tirka y a las otras. Necesito ver por dónde podemos llegar hasta ellas.
Aura bajó la mirada. Comprendía lo que Ambarine intentaba evitar, pero la imagen de la granja vacía seguía frente a ella. Esperar también podía hacerlas llegar tarde.
Aura llevó una mano hacia el bolso, donde la esfera de la Alechrona descansaba entre las últimas vendas, fría y opaca.
—Quizá... podría reducir los lugares donde buscar —dijo.
Ambarine vio el objeto cuando Aura lo extrajo.
—¿Cómo?
Aura sostuvo la esfera con ambas manos.
—En la granja, cuando perdí el control... Sentí más de un momento ocupando las ruinas. Oí ruedas, una puerta y el grito de una niña.
—También sabías que se habían llevado a la familia.
—Sí... Puede que me lo imaginara por eso.
Aura miró los reflejos inmóviles dentro del cristal.
Había pensado muchas veces en lo ocurrido. Arcalzar le contó sobre el arresto y ella encontró huellas de carros, sangre, vendas y una puerta destruida. Podía haber imaginado sonidos a partir de todo aquello. Sin embargo, la sensación había comenzado en la esfera antes de que ella intentara recordar. La Alechrona no se limitó a calentarse: vibró hacia las ruinas. Durante un instante, cada objeto pareció contener una profundidad detrás de su forma presente.
—La granja estaba llena de Lay Len cuando aparecieron esas sensaciones —continuó—. Yo había atraído demasiada y la esfera respondió. Aquí las placas también utilizaron energía. Si las activaron hace poco, tal vez dejaron una alteración que pueda seguir.
—¿Puedes... observar el pasado?
—No estoy segura. —Apretó la esfera con cuidado—. Creo que puedo intentar percibir lo que ya me mostró una vez. No una conversación ni un rostro. Solo cambios recientes.
Ambarine examinó la propiedad y después la gema fisurada bajo la capa de Aura.
—¿Qué necesitas?
—No lo sé del todo... No quiero alimentarla con una descarga. Solo intentar sentir lo que haya quedado en el lugar.
—¿Y si te pasa lo mismo que en la granja? ¿Si empiezas a ver más de lo que puedes soportar?
Aura tardó en responder.
—Intentaré soltarla. Si no te respondo, quítamela, por favor.
Ambarine extendió una mano.
—Siéntate primero. Voy a sujetarte la muñeca.
Aura se acomodó entre las raíces, lejos del borde del desnivel. Apoyó la espalda contra el tronco y dejó la esfera sobre las palmas. Ambarine se arrodilló junto a ella, con dos dedos alrededor de su muñeca y la otra mano preparada para apartar la reliquia.
Aura cerró los ojos y percibió la Lay Len como Ereel le había enseñado: la corriente del suelo, la energía contenida en las lámparas y el flujo tenue de las personas que se movían dentro del muro. Sin atraerla, buscó los lugares donde las placas habían interrumpido su movimiento y después dirigió la atención hacia la esfera.
Nada ocurrió. Le dieron ganas de aumentar el flujo, pero esperó. Intentó recordar cómo había empezado aquella sensación en la granja, justo antes de los sonidos. La calidez había nacido en el centro de la esfera y llegado hasta sus dedos; luego había sentido la vibración.
Hasta entonces había intentado encontrar a las cautivas. Quizá necesitaba buscar los cambios que las placas habían dejado en el lugar.
Algo palpitó contra sus palmas. Aura continuó oyendo el viento entre las hojas y sintiendo los dedos de Ambarine sobre su muñeca, pero empezaron a llegarle otros sonidos, débiles y desordenados: metal descendiendo y pasos que atravesaban un corredor en direcciones distintas.
Una vibración azul recorrió el edificio sin iluminarlo. Aura no la vio como una línea, sino como una presión que había quedado adherida a ciertas piedras. Avanzó desde el ala occidental, alcanzó el centro y se quebró cerca del almacén.
Otro momento se superpuso y cuatro figuras cruzaron un espacio estrecho. O quizá fueran dos vistas dos veces; le costaba distinguir los cuerpos y apenas percibía sus movimientos sobre el suelo.
Cuando intentó seguirlos, dejó de sentir el árbol bajo su espalda. La corteza regresó más fría y Ambarine pronunció su nombre, pero la primera sílaba llegó antes que el movimiento de sus labios. Aura quiso responder y oyó su propia respiración desde un instante que ya había pasado, mientras la esfera se calentaba entre sus manos.
«Solo cambios.»
Abandonó los pasos individuales y buscó las activaciones más intensas. El sistema se redujo a zonas de presión: un sector oriental agotado casi por completo; otro en el centro, donde un cierre había consumido energía pero varios conductores conservaban carga; y el corredor occidental, todavía unido a una ruta exterior.
Allí percibió un desplazamiento reciente hacia fuera de la propiedad. No pudo saber si era una carreta, un grupo o una sola persona rodeada por guardias. La huella se alejaba hacia el suroeste y se deshacía más allá de los muros, fuera del alcance de la energía concentrada en las placas.
Aura trató de seguirla un poco más y una punzada le atravesó la frente. La esfera vibró con tanta fuerza que los sectores se multiplicaron: abiertos y cerrados, iluminados y oscuros, todos ocupando el mismo lugar.
—Aura.
Aura reconoció la voz de Ambarine y abrió las manos. La esfera cayó sobre la tela extendida entre sus piernas y Ambarine la apartó de inmediato. Todavía veía las imágenes superpuestas cuando se inclinó hacia adelante para respirar contra las rodillas. El sabor del metal le cubría la lengua. Bajo la capa, la amalgamita fisurada emitió una vibración breve, aunque ella no había formado ninguna descarga.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
—Menos de un minuto.
A Aura le habían parecido varios.
Ambarine comprobó sus pupilas y esperó a que pudiera sostenerle la mirada.
—Dime qué viste.
—Sentí tres sectores... El occidental todavía tiene energía y alguien lo usó hace poco para salir. El oriental está casi agotado. En el centro hubo un cierre reciente y... creo que aún quedan conductores activos.
Hizo una pausa hasta que el mareo disminuyó.
—Creo que Erina, Iris y Tirka pueden estar en el centro o cerca del ala oriental. Pero no pude distinguir personas... Tampoco sé quién salió por la ruta occidental.
—Podemos empezar por esos dos sectores. Y vigilar la salida occidental.
—Podría ser Nashira.
La frustración apareció antes de que Aura pudiera ocultarla.
—Lo sé. Si la llevaron por allí, tendremos que averiguar adónde —dijo Ambarine.
Aura miró otra vez la propiedad, buscando el muro del almacén.
—La entrada oriental está agotada —continuó Ambarine—. Nos acercaremos por el muro del almacén. Si encontramos señales de que la habitación está en el centro, utilizaremos el paso de mantenimiento. Si no, rodearemos hasta el respiradero del ala interior.
Señaló después la pared sur que Brenor preparaba.
—La retirada no dependerá de ninguna placa. Saldremos por ese muro aunque entremos por otro lugar. Brenor cubrirá el camino y advertirá refuerzos.
—¿Y si empiezan a trasladarlas antes de que confirmemos el sector?
Ambarine sostuvo su mirada.
—Intentaremos alcanzarlas por donde podamos. Si las están moviendo, tampoco quiero quedarme mirando.
Aura asintió y guardó la esfera. Al ponerse de pie, las piernas le temblaron.
—Puedo caminar.
Ambarine le ofreció el brazo de todos modos. Aura lo aceptó hasta que el suelo dejó de inclinarse.
Después descendieron hacia el muro oriental.
Erina medía el tiempo mediante respiraciones.
No era una unidad exacta. El miedo podía acortarlas y el cansancio alargarlas, pero las rondas siempre comenzaban con el mismo ruido: una barra levantada al final del corredor, el golpe de una puerta y los pasos de dos guardias.
La primera vez había contado hasta veintitrés antes de oírlos regresar; la segunda, hasta treinta. Después de la última activación del sistema llegó a treinta y ocho. Los hombres tardaban cada vez más en devolver las placas a su estado anterior. Algunas puertas ya no respondían y debían comprobarlas a mano.
—La siguiente será más larga —dijo.
Tirka estaba arrodillada junto al marco. Había retirado el yeso con la punta de uno de sus cuchillos y dejado al descubierto dos conductores oscuros. Uno había perdido el brillo por completo. El otro conservaba pulsos débiles que viajaban hacia el cerrojo.
—O no volverán —respondió la semi-humana.
—Si no vuelven, será porque decidieron trasladarnos.
Tirka movió una oreja hacia ella.
—Eso tampoco sería bueno.
Iris permanecía junto al respiradero bajo, separando fibras del borde de un jergón. Lo hacía sin romperlas a la mitad, girándolas entre los dedos hasta obtener hebras largas. Estaba acostumbrada a trabajar con las manos: preparaba masa, limpiaba trigo, remendaba ropa y arreglaba cabellos que no dejaban de moverse.
—¿Puedes abrirlo? —preguntó.
Tirka introdujo el cuchillo bajo la placa opaca.
—Puedo impedir que vuelva a cerrar si alguien abre desde fuera. Quizá pueda soltar el pasador con una palanca. Pero si corto el conductor equivocado mientras todavía tiene carga, puede activar la puerta.
—¿Abrirla?
—O cerrarla mejor.
La cola de Tirka golpeó una vez el suelo.
—Las piedras deberían tener colores distintos para cada cosa. Sería más amable.
Iris dejó escapar una risa tan corta que pareció sorprenderla.
Erina continuó contando en silencio. Habían pasado siete respiraciones desde el último ruido.
Tirka volvió la cabeza hacia el respiradero con las orejas erguidas. Se acercó a la rejilla y aspiró con cuidado. Del otro lado llegaban humedad, tierra, aceite y el rastro de varios guardias, pero debajo de todo distinguió las hierbas del vórtice y la tela expuesta al humo. Cerró los ojos para concentrarse en aquel olor. Allí estaba también su propio rastro, tenue, sobre la persona contra quien había frotado la mejilla antes de separarse.
—Aura.
Iris soltó las fibras.
—¿Qué?
—Está cerca. —Tirka olió otra vez.
Iris se arrodilló a su lado.
—¿Puede oírnos?
—No sin que también nos oigan los guardias.
Erina dejó de contar.
—Necesitamos mostrarle qué habitación es.
La lámina de señales ya no servía. El postigo bloqueaba cualquier destello hacia la elevación. El respiradero admitía aire, polvo y poco más. Ni siquiera los dedos de Iris podían atravesar la rejilla.
Ella recogió de nuevo las fibras.
—Si Aura está ahí, puedo hacer algo que reconozca.
Tirka la observó unir dos grupos de hebras.
—¿Tenían una señal?
—No... nunca acordamos una —admitió Iris—. Pero una vez arreglé su cabello. Hice dos trenzas y las uní detrás. Las llevó hasta la capital.
—¿Solo ella las llevaba así?
Iris empezó a trenzar el primer grupo.
—Puede que se acuerde de cuando se lo hice.
Iris no sabía si bastaría. Al menos podía hacerla pasar por la abertura.
Tirka utilizó la punta de una garra para extraer el clavo inferior de la rejilla. Iris hizo dos trenzas diminutas con las fibras del jergón y las unió en el centro mediante un hilo arrancado del borde de su manga. Para que conservaran la forma, humedeció los extremos y los envolvió alrededor de una astilla delgada.
El resultado parecía demasiado pequeño y torpe comparado con el peinado que había hecho aquella mañana en la granja.
—Diecinueve —murmuró Erina.
Tirka introdujo la señal bajo la rejilla. El primer intento cayó dentro del conducto. En el segundo consiguió enganchar el hilo en el clavo y empujó las dos trenzas hacia el exterior.
—Veintidós.
Las tres quedaron inmóviles al oír un golpe al final del corredor. Sonaba distinto de los pasos de la ronda; parecía que algo había fallado en otra puerta.
—Ahora —dijo Erina—. Tendrán que revisarla antes de venir.
Tirka regresó al marco. Envolvió el conductor que todavía pulsaba con una tira seca de tela para apartarlo de la placa. Después introdujo el cuchillo entre el pasador y la madera.
—Cuando diga, empujen las dos.
Iris y Erina se colocaron a ambos lados de la puerta y empujaron mientras Tirka forzaba el pasador.
Aura encontró las trenzas donde el muro cambiaba de piedra a ladrillo. Ambarine ya había pasado frente al respiradero. Desde lejos, las fibras parecían restos de un nido arrastrados por el viento, pero al acercarse Aura distinguió las dos trenzas unidas por un hilo en el centro y se detuvo.
Por un momento volvió a sentir los dedos de Iris separando su cabello junto a la ventana de la granja. Peryna daba pequeños saltos a su alrededor. Iris hablaba de trabajar algún día como estilista en la capital y preguntaba, con una timidez que no ocultaba su ilusión, si el resultado le gustaba.
Aura llevó una mano hacia un cabello que ya no conservaba aquel peinado.
—Es aquí.
Ambarine regresó y observó las fibras.
—¿Estás segura?
Aura tocó la trenza sin retirarla del clavo.
—Iris hizo esto con mi cabello. Dos trenzas unidas atrás... Las llevé así hasta la capital.
—Tirka puede haber percibido tu olor.
Ambarine examinó el postigo contiguo. La placa instalada junto al riel estaba opaca y una fisura la atravesaba hasta el borde. El mecanismo había descendido, pero no por completo; dejaba un espacio estrecho sobre el suelo. Del interior llegaron dos golpes.
—La ronda se aleja —susurró Ambarine al oír los pasos dirigirse hacia otra sección.
Ambas introdujeron los dedos bajo el postigo. Aura sintió el metal resistirse. Podía utilizar Lay Len para levantarlo, pero la presión detrás de sus ojos todavía pulsaba con el ritmo equivocado.
Ambarine colocó una piedra plana bajo el borde y utilizó la empuñadura de su cuchillo como palanca.
—Solo cuando empiece a moverse.
Aura asintió y empujaron. El riel chirrió mientras la placa opaca producía un destello débil que murió antes de recorrer el conductor. Aura reunió un pulso breve y lo dirigió hacia el punto donde el metal se había inclinado, para destrabarlo sin tener que sostener todo el peso.
En cuanto el postigo subió lo suficiente, Ambarine pasó y mantuvo el borde desde dentro para que Aura se deslizara detrás de ella. Cuando soltaron el mecanismo, la piedra preparada bajo el riel impidió que recuperara su posición anterior.
El paso de mantenimiento olía a humedad y yeso reciente. Avanzaron agachadas hasta una escalera de tres peldaños que terminaba en el corredor central.
Los guardias estaban al fondo, golpeando una placa que se negaba a responder.
Ambarine encontró la puerta por el conductor expuesto junto al marco. Aura la reconoció por el hilo que atravesaba la rejilla y desaparecía hacia el interior.
El pasador vibraba, sujeto por alguien desde el otro lado. Ambarine introdujo la hoja bajo el cierre exterior y giró. El metal cedió unos milímetros, volvió a encajarse y después se detuvo con un golpe.
—¡Ahora! —dijo una voz dentro.
Erina e Iris empujaron mientras Tirka tiraba del pasador con el cuchillo y mantenía el conductor separado de la placa. Desde el corredor, Ambarine levantó el cierre y Aura apoyó ambas manos sobre la madera para añadir su peso cuando el marco intentó recuperar la tensión.
La puerta se abrió.
Iris apareció primero entre la rendija, pálida, con polvo sobre el vestido y varios hilos sueltos en la manga. Erina conservaba una mano junto al hombro de su hija. Detrás de ambas, Tirka seguía arrodillada junto a la placa, con la cola erizada por el esfuerzo.
Iris miró su cabello, después la pequeña trenza que Aura todavía sostenía entre los dedos.
—Sí la encontraste —susurró.
La sonrisa de Iris tembló sin llegar a formarse por completo.
Ambarine trabó la puerta abierta con la misma barra que había mantenido a las tres encerradas. Tirka soltó el conductor y se puso de pie. Todavía estaba muy seria cuando se acercó a Aura, pero al oler el borde de su capa dejó caer las orejas con alivio.
—Sabía que eras tú —murmuró—. Miau.
Los pasos de los guardias cambiaron de dirección al final del corredor. Doblaron la esquina antes de que Ambarine pudiera ocultar la puerta abierta. El primero llevaba una herramienta para reparar las placas; el segundo sostenía una ballesta corta y tardó un instante en comprender por qué había cinco mujeres donde antes debía haber tres encerradas.
Tirka aprovechó para lanzarse contra el ballestero, empujar el arma hacia el techo y golpearle la muñeca hasta que la soltó. Ambarine trazó una franja de fuego entre el otro guardia y el panel que intentaba alcanzar. Cuando el hombre retrocedió, Erina tomó la barra de la puerta y lo hizo caer atravesándola entre sus piernas.
Aura levantó una barrera frente a la ballesta justo cuando Tirka terminaba de apartarla. No hubo disparo. El hombre vio la superficie transparente, la semejanza entre Aura y Ambarine y el fuego cerrándole la retirada. Dejó de resistirse antes de que alguna tuviera que herirlo.
Ambarine les quitó las llaves y ordenó que entraran en la habitación que acababan de abrir. Tirka los ató entre sí con sus propios cinturones y volvió a trabar la puerta desde fuera.
—No durará mucho —advirtió.
—No tiene que durar más que nuestra salida —respondió Ambarine.
Iba a señalar el corredor oriental cuando se oyeron tres golpes débiles desde la pared opuesta, seguidos de una pausa y un cuarto más fuerte. Después una voz pidió ayuda sin elevarse lo suficiente para alcanzar el extremo del pasillo.
Aura miró las puertas que habían confundido con habitaciones de servicio.
Eran más estrechas que la de Erina e Iris y carecían de placas visibles. Junto a cada marco había un número pintado y, bajo él, una palabra: alojamiento.
Las cerraduras estaban por fuera.
Ambarine probó las llaves del guardia. La tercera abrió la primera puerta.
Una mujer humana retrocedió hasta la cama al verlas. Llevaba un vestido gris demasiado grande y una trenza oscura cortada de manera irregular a la altura del hombro. No había ventanas en la habitación. Tampoco herramientas, ropa de trabajo o un lugar donde guardar pertenencias. Solo una cama, una palangana vacía y un cordón fijado a la pared para llamar a alguien del exterior.
—No hemos venido a trasladarte —dijo Ambarine.
La mujer no pareció tranquilizarse.
—Todavía no terminé de pagar.
—¿Pagar qué? —preguntó Aura.
Ella miró hacia el pasillo antes de contestar.
—El viaje. La habitación. La ropa.
Tiró de la tela gris como si aún tuviera que demostrar que no le pertenecía.
—Me ofrecieron trabajo en una lavandería. Cuando llegué, dijeron que debía devolver el costo del transporte antes de poder salir... Nunca vi la lavandería.
Ambarine se apartó de la entrada para no bloquearla.
—Vamos a buscar la salida. Puedes venir con nosotras, si quieres. Dejaremos la puerta abierta.
La mujer miró el corredor y avanzó con tanta rapidez que casi chocó con Aura. Alcanzó a poner un pie fuera, pero se detuvo y regresó hasta el marco para aferrarse a él con ambas manos.
—Silas conoce a mi madre —susurró—. Y a mis hermanos. Dijo que, si yo escapaba, cobraría la deuda con ellos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Erina.
La mujer tardó en responder.
—Miren.
—Ven hasta aquí, Miren. Vamos a ver por dónde podemos salir.
Otro golpe sonó detrás de la puerta siguiente.
Allí encontraron a una segunda mujer humana. Era mayor que Miren y sostenía la pata desprendida de una mesa como única defensa. No la bajó cuando vio a Iris ni cuando Ambarine le mostró las llaves. Solo dejó de apuntarles al comprobar que la cerradura permanecía abierta detrás de ellas.
La tercera habitación tenía dos camas. En una estaba sentada una kunara de cuernos cortos y curvados hacia el frente. Habían envuelto ambos con tiras de tela para ocultar las puntas. Frente a ella, una semi-humana mantenía las manos sobre unas orejas claras que nacían entre su cabello. Su cola corta estaba apretada contra la parte posterior del vestido. Las dos vestían el mismo gris.
La kunara recorrió el grupo como si buscara a otra de su especie. Al no encontrarla, se detuvo en Ambarine y tensó los hombros al reconocerla.
—También decían que una princesa venía a buscarnos —dijo—. Después cambiaban la habitación de quienes hacían preguntas.
—Puedes venir a ver si conseguimos abrir la salida —respondió Ambarine—. No voy a pedirte que me creas por ser quien soy.
La kunara miró el fuego que aún permanecía junto a la puerta de los guardias.
—Saira.
La semi-humana mantuvo las orejas aplastadas bajo las palmas y la cola pegada al vestido. Tirka había dejado de mirarlas y orientaba una oreja hacia la última puerta.
—Hay otra —dijo.
Aura no había escuchado otro golpe.
Tirka se aproximó al marco y olió el espacio bajo la hoja. Su cola se volvió rígida. Probó dos llaves sin hacerlas girar por completo y eligió la tercera solo después de escuchar el mecanismo.
La habitación parecía vacía.
La única lámpara estaba apagada y la luz del corredor apenas entraba unos pasos. Había una cama sin colchón, una jarra y un montón de tela gris junto a la esquina más oscura.
Tirka no avanzó.
—Te encontramos —dijo en voz baja—. No voy a acercarme más.
El montón respiró.
Primero aparecieron dos ojos amarillos, separados del suelo por menos altura de la que Aura esperaba. Después la sombra cambió de forma.
La mujer estaba encogida contra la unión de las paredes, con las rodillas recogidas y los brazos rodeándolas. Un pelaje gris azulado, oscurecido por la suciedad, le cubría el cuerpo. Se volvía más claro alrededor del cuello y de un hocico corto y fino. Las orejas triangulares permanecían plegadas hacia atrás; una de ellas tenía una muesca antigua en el borde. Bajo el cabello enredado, los ojos amarillos vigilaban el corredor sin abandonar la esquina.
La túnica gris había sido cortada sin cuidado para acomodar una cola abundante que ella mantenía alrededor de las piernas. Sus manos conservaban dedos largos y uñas oscuras; sus piernas, recogidas bajo la tela, terminaban en pies estrechos cubiertos de pelaje. Sus proporciones seguían siendo las de una mujer erguida, aunque ningún rasgo de su rostro podía confundirse con el de una humana.
Una kunan.
Aura solo había escuchado aquel nombre. Nunca había visto una.
Tirka sí reconoció lo suficiente para mantener las manos abiertas y la mirada apartada de los ojos amarillos.
—La puerta está abierta —dijo—. Puedes olerlo.
La kunan alzó el hocico.
Distinguió a los guardias, el metal calentado, el yeso desprendido y a cada persona del corredor. Cuando encontró el olor de Ambarine, un gruñido casi inaudible vibró en su pecho. Sus orejas se plegaron todavía más, pero no avanzó hacia ella.
Ambarine dejó las llaves en el suelo y retrocedió.
—No hay comunidades kunan cerca de la capital —dijo, sin apartar la atención de la mujer—. Debieron traerla desde muy lejos.
La kunan seguía en la esquina cuando Tirka se apartó de la entrada.
—Comprobaré el corredor —dijo—. Si nos sigues, no caminaré detrás de ti.
El oído de la kunan siguió sus pasos cuando se alejó.
Ambarine esperó a que la mujer dejara de mirar el suelo donde había depositado las llaves. Entonces las recogió despacio, sin acercarse a la habitación.
Aura recorrió las puertas para asegurarse de que todas estuvieran abiertas. Seguía mirando las tiras que cubrían los cuernos de Saira y las manos con que la semi-humana se ocultaba las orejas. A la kunan la habían dejado en el único cuarto sin luz.
—Tenemos que salir —dijo Tirka desde el cruce—. Están moviéndose en el patio.
La segunda mujer humana conservó la pata de la mesa. Saira se levantó y ofreció su brazo a la semi-humana, aunque todavía vigilaba a Ambarine. Miren permaneció junto al marco, dividida entre la salida y la amenaza que había dejado fuera.
La kunan fue la última en incorporarse. Al ponerse de pie, Aura pudo ver que era alta y esbelta. La tela gris cayó alrededor de sus piernas digitígradas y la cola dejó de cubrirle el cuerpo. Sus hombros no eran mucho más anchos que los de Aura. Esperó a que todas las demás salieran antes de abandonar la esquina.
El primer grito de alarma llegó desde el patio y otras voces le respondieron. Varias botas golpearon las galerías mientras, en algún lugar sobre ellas, un postigo intentaba cerrarse sin completar el descenso.
Tres hombres aparecieron desde el corredor del almacén. Uno llevaba una espada, otro un garrote y el tercero la misma herramienta de ajuste que había utilizado el guardia encerrado. Por las ventanas interiores, Aura vio a otros cruzar el patio desde los establos mientras dos más protegían la galería que conducía a la salida sur.
Un mozo dejó caer una silla de montar y corrió hacia las cuadras. Dos cargadores se ocultaron detrás de un carro sin intentar sacar las armas que llevaban los guardias. Una cocinera apareció con las manos cubiertas de harina, observó las puertas abiertas y regresó por donde había venido. El encargado del mantenimiento, en cambio, señaló a Tirka y gritó qué placa debía reactivar el hombre de la herramienta.
Ambarine levantó la mano y trazó con dos dedos una curva breve. Una hebra de fuego siguió el movimiento y rodeó la herramienta sin tocar a quien la sostenía. El metal se calentó hasta volverse naranja, obligando al guardia a soltarla antes de alcanzar el conductor. El encargado huyó al verla caer.
Los otros dos avanzaron y Tirka interceptó el garrote. La segunda mujer humana levantó la pata de la mesa, pero Saira la sujetó del hombro y la apartó de la trayectoria de la espada. El arma chocó contra la barrera que Aura levantó frente a ellas. Ambarine extendió un brazo hacia el suelo y lo desplazó de lado; una línea de fuego recorrió las piedras siguiendo su mano hasta separar a los guardias de las cautivas.
El calor los hizo retroceder, pero desde la galería opuesta llegaron más hombres. Aura intentó contarlos sin perder de vista a quienes tenía cerca: capas del patio, brazales del almacén, dos ballestas elevándose detrás de una columna. Calculó que, entre los guardias encerrados en la primera habitación y los que ocupaban los accesos, Silas tenía cerca de una decena de hombres.
Una encargada de las habitaciones quedó atrapada entre ambos grupos. Llevaba un aro de llaves sujeto a la cintura y el hombre de la espada le ordenó cerrar las puertas. Ella miró a Miren antes de quitarse el aro y deslizarlo por el suelo hacia Iris.
—El armario junto a la cocina —dijo—. Allí guardan lo que les quitan.
Corrió hacia las escaleras antes de que el guardia pudiera alcanzarla.
Iris recogió las llaves.
El armario estaba a pocos pasos del cruce. Aura lo abrió mientras Ambarine y Tirka contenían a los hombres del almacén. Encontró paquetes de pertenencias atados con cordones: cartas sin enviar, monedas, una cinta preparada para pasar entre cuernos, un peine de madera y otros objetos pequeños.
La segunda mujer humana reconoció el peine, lo tomó con ambas manos y empezó a llorar. No dejó de vigilar el corredor mientras se lo apretaba contra el pecho.
Debajo de los paquetes había un libro de cubierta oscura. Miren retrocedió al verlo.
—Nos hacen poner el dedo allí cuando nos trasladan —dijo—. Cuando cambia la deuda. Cuando alguien paga por una asignación.
Ambarine envolvió el libro en una tela y lo sujetó bajo su capa.
Se oyeron dos palmadas desde la galería sur. Silas avanzó entre cuatro guardias.
La ropa de buena calidad todavía estaba cerrada hasta el cuello, pero el cabello castaño se le había pegado a la frente y una manga tenía manchas de yeso. Ya no estaba tan arreglado como en la granja, aunque sonreía del mismo modo.
—Ambarine Folsitia —dijo, como si recibiera a una invitada que llegaba tarde—. Pensé que enviarías a otra persona a romper mis paredes.
Sus ojos se detuvieron en Aura.
—Aunque veo que sigues delegando tu rostro.
Aura percibió a Miren retroceder. La semi-humana volvió a cubrirse las orejas. La kunan encorvó los hombros hasta parecer otra vez la sombra de la habitación.
Silas sonrió con más seguridad al verlas retroceder.
—Abre la salida sur —ordenó Ambarine.
—¿Para qué? —Silas miró las puertas—. ¿Para tus cautivas?
Dejó escapar una risa breve.
—No. Yo no hice eso. Aquí solo hay empleadas del lugar. Mujeres con contratos, techo y deudas que prefieren olvidar cuando alguien les promete una aventura.
Saira dio un paso delante de la semi-humana.
—La puerta estaba cerrada por fuera.
La sonrisa de Silas no cambió.
—Porque intentaste escapar antes de pagarme.
—No te debo mi vida.
Silas endureció el gesto por un instante antes de volver a sonreír.
—Devuélvanlas a sus habitaciones.
Los guardias avanzaron.
—Tomen primero a la muchacha —añadió, señalando a Iris—. Su madre hará entrar a las demás.
Ambarine abrió ambos brazos para levantar barreras de fuego, como había hecho en el patio de la fortaleza. Trazó una línea de pared a pared con el brazo derecho y otra desde el suelo hasta el techo con el izquierdo. Al cerrar los dedos, las dos líneas se levantaron al mismo tiempo y ocuparon el corredor.
Giró después las muñecas. Los dedos se separaron y varios hilos más finos salieron de las barreras, rodearon cada arma levantada y calentaron hojas, mecanismos y puntas hasta que el metal iluminó los rostros de quienes aún intentaban sostenerlo.
El resplandor apenas dejaba ver las lámparas. Las llamas pasaban lejos de las mujeres de gris y de los trabajadores que se apartaban. Uno de los guardias conservó la espada durante dos respiraciones antes de soltarla. Miró sus palmas intactas y retrocedió.
El cabello carmesí de la princesa pareció continuar dentro del fuego. Mantenía una mano elevada para sostener las barreras y movía los dedos de la otra cada vez que un guardia intentaba cruzar por un extremo. Sus ojos naranjas no abandonaron a Silas.
—Esto también es Daliana —dijo, mirando a las mujeres que él llamaba empleadas—. No voy a recuperar el imperio para permitir que alguien siga convirtiendo a su gente en propiedad.
Silas dejó de sonreír cuando dos guardias bajaron las armas y un tercero retrocedió.
—No se detengan —ordenó—. ¡Es una fugitiva! ¡Todo lo que ofrece terminará cuando lleguen los refuerzos!
Nadie cruzó el fuego.
Silas miró con furia a Ambarine. Después se fijó en las cautivas junto al paso de mantenimiento y retrocedió hacia el panel.
—No necesitas vencerme —dijo—. Solo necesitas decidir a quién abandonas primero.
Presionó el anillo contra la placa y dos mecanismos respondieron a la vez. La reja que protegía su corredor empezó a subir, mientras detrás de Aura un postigo descendía sobre el acceso al paso de mantenimiento. Silas estaba dejando libre el camino para que Ambarine lo persiguiera mientras las mujeres perdían la salida.
—¡La barra! —gritó Tirka.
Erina e Iris empujaron la pieza de metal bajo el postigo. La placa continuó tirando del mecanismo y la barra se curvó en el centro.
La kunan se colocó bajo la hoja y empujó el metal hacia arriba con ambas manos. Sus uñas rechinaron sobre la superficie. El esfuerzo tensó sus brazos y le hizo mostrar los colmillos, pero no retrocedió.
Miren la miró como si la mujer encogida en la esquina hubiera desaparecido.
Ambarine vio a Silas retirarse por el corredor abierto. Todavía podía alcanzarlo antes de que doblara la esquina, pero se volvió hacia las mujeres y bajó una mano junto a la guía del postigo. Deslizó dos dedos hacia arriba y una línea de fuego siguió el recorrido, dilatando el metal ya torcido para frenar el descenso de la hoja.
—Tirka, revisa el conductor. Erina, cuenta a todas. Aura, despeja el paso.
Silas desapareció mientras Aura despejaba el paso. Saira cruzó primero para recibir a las demás y la semi-humana la siguió con las manos todavía sobre las orejas. Iris entregó los paquetes por el hueco y la segunda mujer humana cruzó abrazada a su peine.
Miren volvió a detenerse.
—Mi familia...
—Si regresas a la habitación, Silas seguirá conociendo sus nombres —dijo Erina—. Si sales, al menos podrás advertirles.
Miren miró hacia el corredor por el que Silas había escapado y luego hacia la puerta que él había ordenado cerrar. Se decidió a cruzar. Erina pasó detrás de ella y se volvió desde el conducto para recibir a Iris.
Tirka aisló el conductor, pero la placa siguió pulsando con la carga que ya había recibido.
—No puedo apagarla —advirtió. La kunan sostuvo el postigo mientras Iris entraba en el paso. Cuando la segunda humana tropezó al otro lado, soltó una mano, la levantó por debajo de los brazos y la dejó junto a Saira sin esfuerzo. Después atravesó de costado, con la cola extendida detrás de ella. La barra cedió en cuanto soltó la hoja.
Iris se inclinó para terminar de pasar justo cuando un segundo mecanismo se activó dentro del muro.
Aura oyó el contrapeso antes de verlo.
Una hoja más estrecha descendió en diagonal desde el techo. Formaba parte del mismo cierre y debía encajar contra el borde del postigo para sellar el cruce.
Iris estaba debajo.
Aura reunió una barrera entre la hoja y el hombro de Iris. El metal chocó contra la superficie azul y la hundió varios centímetros, sin dejar de descender.
—¡Iris! —gritó Erina.
Tirka se deslizó bajo la barrera, atrapó a Iris por la cintura y tiró hacia el paso. La tela de su vestido quedó prendida en una esquina.
Aura intentó sostener la forma un latido más, pero la Lay Len acudió con demasiada rapidez. La amalgamita invertida se calentó bajo su capa y el filtro absorbió el exceso con un tirón que le atravesó las costillas. La barrera se inclinó hacia un lado y desvió la hoja lo suficiente para liberar la tela.
Tirka sacó a Iris justo cuando la fisura de la gema se abrió con un sonido pequeño. El dolor hizo que Aura perdiera la barrera y cayera sobre una rodilla. La hoja terminó de descender detrás de Tirka, separando el corredor del paso de mantenimiento.
Durante unos segundos no pudo llenar los pulmones. La presión empezaba bajo las costillas y ascendía hasta el hombro. Cuando tocó la amalgamita, encontró una segunda grieta unida a la primera.
—¡Aura! —la llamó Ambarine.
—Estoy aquí.
La respuesta salió sin aire.
—¿Puedes usar magia?
Aura percibió la Lay Len alrededor, pero intentar atraerla hizo que la gema vibrara contra su cuerpo.
—No sin perder el control esta vez.
Del otro lado del postigo, Iris golpeó una vez.
—¡Estoy bien! —avisó.
Erina repitió la frase con más fuerza, para que Aura y Ambarine pudieran oírla.
Tirka examinó el nuevo cierre desde el lado de la salida.
—El paso continúa hasta el muro —dijo, alzando la voz—. Puedo guiarlas. La placa de aquí perdió el color.
Ambarine apoyó una mano en el hombro de Aura y la ayudó a ponerse de pie.
Un golpe más profundo llegó desde la ruta por la que Silas había escapado. Frente a ellas, el corredor se iluminó.
Silas alcanzó su salida privada.
Aura y Ambarine solo vieron el final del intento desde el corredor. El comerciante presionó el anillo contra una placa junto a una puerta estrecha. La luz apareció en una esquina, titiló y se extinguió. La hoja se elevó apenas lo suficiente para mostrar tierra húmeda al otro lado.
Silas volvió a tocar el panel, pero el postigo exterior cayó y una segunda reja descendió detrás de él, bloqueando el regreso hacia las galerías. Retiró la mano antes de que el metal le alcanzara los dedos.
—¡Abran esto! —gritó a los guardias que ya no estaban cerca—. ¡Ahora!
Como nadie respondía, probó otro anillo y golpeó la placa con la palma. El azul no regresó. Había gastado tanta carga en cerrar las puertas que el circuito ya no tenía fuerza para abrir la suya.
La única ruta abierta lo llevaba de vuelta a su despacho. Al ver a Aura y Ambarine en el otro extremo, huyó por ella.
Aura dio un paso para seguirlo. El dolor bajo las costillas le recordó que ya no podía confiar en otra barrera.
—Todavía no —dijo Ambarine.
Aura se volvió hacia el cierre. Iris, Erina, Tirka y las cinco mujeres seguían al otro lado, y todavía no habían confirmado que pudieran llegar al muro.
—¡Tirka!
—¡Aquí!
—¿Puedes llegar al muro sur?
Hubo una pausa. Tirka olió el aire del conducto y avanzó unos pasos mientras las demás esperaban. Su voz regresó desde más lejos.
—Siento a Brenor. Y tierra abierta.
La cuerda que habían preparado desde fuera se tensó dos veces, indicando que el camino detrás del muro continuaba libre.
—Hay una salida —confirmó Tirka—. Es estrecha, pero todas pueden pasar.
—¿Puedes conducirlas sin nosotras? —preguntó Ambarine.
—Sí. La placa está agotada y el olor de Brenor llega hasta aquí. Si algo cambia, saldremos por arriba, no regresaremos al corredor.
Erina empezó el recuento al otro lado. Nombró primero a Iris y a Miren; después de oír a Saira, pidió que contestaran la otra mujer humana, la semi-humana y la kunan. Tirka habló al final. Aura había escuchado siete voces, además de la de Erina.
—Todas aquí —dijo.
Ambarine retiró de su cinturón todas las llaves de los guardias y las deslizó bajo el espacio irregular del postigo. Después empujó el libro envuelto que habían tomado del armario.
—Llévense esto.
—Ambarine —dijo Tirka—. Los guardias pueden volver.
—Por eso no deben esperarnos. Salgan, entreguen el recuento a Brenor y diríjanse al punto de reunión. Si no llegamos antes de los refuerzos, cambien de ruta.
Aura se acercó al metal cuando Iris la llamó.
—Voy a volver... Pero primero salgan de aquí. Por favor.
Los dedos de Iris aparecieron un instante bajo el borde. Aura los tocó antes de que los retirara hacia el conducto.
Ambarine esperó hasta oír al grupo alejarse. La cuerda volvió a tensarse desde el exterior cuando la primera mujer alcanzó el muro. Más lejos, Erina repitió el recuento y Tirka confirmó la ruta. Ambarine se volvió hacia el despacho.
—Ahora.
Encontraron a Silas intentando abrir una ventana con una silla.
Los cristales daban al patio interior, no al exterior de la propiedad. Incluso si conseguía romperlos, tendría que atravesar el mismo sector que había bloqueado con sus paneles.
Al ver a Ambarine, dejó la silla en el suelo despacio.
—¿Van a arrestarme? —preguntó—. Qué consideración. Pensé que las fugitivas no se molestaban con esas formalidades.
Ambarine cerró la puerta.
—¿Dónde está Nashira?
Silas se acomodó la manga manchada de yeso.
—No conozco a ninguna Nashira.
—La mujer que tus hombres introdujeron por el corredor de servicio.
—Mis hombres detienen intrusos. Yo no lo hice.
Señaló hacia las habitaciones con una inclinación de la cabeza.
—Tampoco hice lo que imaginan allí. Aquí solo hay empleadas del lugar. Si algunas prefirieron seguir a dos criminales, no puedo responder por su falta de juicio.
Aura reconoció la sonrisa. La había visto en la granja, cuando Silas usó el empujón de Mauro para reclamar las tierras y amenazar a la familia.
—Todo esto empezó por ti —añadió Silas.
Su mirada se fijó en ella.
—Llegaste a mis tierras usando su rostro. Me atacaste delante de mis hombres, me obligaste a huir y convertiste a los Fuegel en cómplices de una fugitiva. ¿Qué esperabas que ocurriera?
Aura sintió calor dentro del pecho, lejos de la amalgamita. El rojo descendió por sus brazos y se reunió alrededor de los dedos sin convertirse en un rayo. Con él llegó aquella quietud que ya conocía: la respiración demasiado lenta, el miedo alejándose y los movimientos de Silas reducidos a distancias y lugares donde su cuerpo podía quebrarse.
Hacerle daño habría sido fácil.
—No... —dijo en voz baja.
Silas perdió la sonrisa.
—No vas a... ¡No me culpes por lo que hiciste!
Aura dio un paso. El rojo iluminó el borde de su rostro, pero no abandonó sus manos.
—Yo usé el rostro de Ambarine para asustarte... Te humillé y me fui. Ni siquiera pensé en lo que harías después. ¡No debí irme así! Pero tú regresaste con soldados. Tú elegiste a Mauro. Separaste a su familia y... ¡ordenaste quemar su casa!
Destruirlo y terminar.
Los dedos de Aura temblaron dentro del resplandor rojo. No los levantó.
Silas retrocedió hasta el escritorio.
La quietud permaneció un instante más. Después regresaron las dudas, el dolor y el temor de perder el control. Aura no sabía por qué destruirlo podía sentirse tan sencillo. Solo sabía que todavía podía mantener las manos abajo.
El rojo dejó de crecer, aunque seguía alrededor de sus manos. Silas se volvió hacia Ambarine con un tono más agrio.
—¿Y tú vas a permitirle hablar de elecciones? Cada persona relacionada con tu nombre termina arrestada, herida o escondida en una grieta. Llegas, incendias un corredor y lo llamas rescate. Si me matan, la corte tendrá más razones para perseguirte.
Ambarine lo escuchó sin acercarse.
—Mi nombre las puso en peligro —dijo—. La corte utiliza a quienes me ayudan para encontrarme.
—Entonces sabes que...
—Y tú te aprovechaste de eso.
Ambarine alzó el índice y recorrió con él la forma del marco. Una línea de fuego rodeó la puerta sin tocar la madera.
—No seguirás utilizando mi nombre para tus planes —dijo.
Silas llevó la mano hacia un cajón.
Ambarine cruzó la habitación antes de que pudiera abrirlo. Sujetó su muñeca, la giró detrás de la espalda y lo obligó a inclinarse sobre el escritorio. Del cajón entreabierto cayó un cuchillo corto.
Aura recogió el arma y la dejó fuera de su alcance.
Ambarine retiró de la mano de Silas el anillo de Amalgamita.
La expresión del comerciante cambió al verlo separado de sus dedos.
—Ahora vas a responder —dijo ella.
—¿O qué?
—Las mujeres pueden contar lo que hiciste. Tus empleados y tus guardias también lo vieron, y tenemos el registro que ellas reconocieron.
Silas miró la puerta, luego el anillo.
Negó haber ordenado el incendio, pero admitió haber solicitado una confiscación. Cuando Ambarine le hizo repetir la secuencia, afirmó primero que la Oficina había decidido separar a los Fuegel y después que él mismo pidió llevar a Erina e Iris a la propiedad para interrogarlas. Llamó deudas legítimas a las asignaciones de las cinco mujeres, culpó a sus encargados de cerrar las puertas y sostuvo que nunca revisaba el contenido del libro que guardaba bajo llave.
Ambarine no elevó la voz. Le devolvió sus propias respuestas en un orden distinto hasta que Silas empezó a corregirse antes de que ella terminara las preguntas.
Aura permaneció a su lado, intentando mantener las manos quietas y el rojo contenido. Silas la miraba cada vez que se contradecía. Ella todavía temía que regresaran las ganas de destruirlo.
Cuando comprendió que no llegarían refuerzos a tiempo, cambió otra vez. Ofreció dinero. Prometió entregar rutas comerciales. Dijo que podía conseguir nuevas identidades para las cautivas y, un momento después, amenazó con revelar los nombres de sus familias si lo dejaban allí. Se presentó como el único hombre capaz de protegerlas de una red que acababa de negar.
Silas acabó admitiendo que recibía mujeres de acreedores y transportes distintos. Las retenía hasta que otra residencia pagaba o solicitaba una asignación; después enviaba a las cautivas allí y volvía a utilizar las habitaciones. También había pagado a sus contactos para conseguir una orden que le permitiera actuar contra los Fuegel.
—¿Y adónde enviaste a Nashira? —preguntó Ambarine.
Silas humedeció los labios.
—Si te lo digo, me dejan ir.
—Hablas primero —dijo Ambarine.
—El puesto de Lerna. Camino suroccidental.
Aura recordó la huella que había percibido con la Alechrona. También se alejaba hacia el suroeste.
—¿Quién debía recibirla?
—Tarel Voss. Supervisor de traslados. Lleva un brazal con el sol partido por una línea negra.
—¿Cuántos custodios?
—Dos en el carro. Uno a caballo hasta el primer cruce.
—¿Por qué la separaste?
Silas miró la energía roja alrededor de las manos de Aura y eligió la respuesta que creyó menos peligrosa.
—Porque ya habían entrado una vez. Si la dejaba con las otras, también la sacarían.
—¿Y la entregaste para... para que te vieran útil ante ellos? —preguntó Aura.
—Podía corregir lo que ustedes habían provocado.
—¿Qué ocurrió después de que el transporte salió? —preguntó Ambarine.
—No lo sé. Los tres guardias tenían la orden. Yo regresé a cerrar la propiedad.
Silas intentó añadir otra condición, pero Ambarine se apartó antes de que terminara. Aura seguía pensando en el puesto de Lerna. Podían buscarla allí, aunque no sabían si Nashira había llegado ni si seguía con los guardias.
—¿Isaliria ordenó la confiscación? —preguntó Aura.
Silas soltó una risa breve, sin humor.
—¿Crees que la emperatriz habla conmigo?
Silas conocía al contacto que aceptó su dinero, las deudas que compró y las residencias que pagaban por recibir mujeres. No podía afirmar que Isaliria hubiera visto el informe.
Ambarine recogió el anillo que activaba los paneles y registró los bolsillos de Silas. Encontró otros dos anillos sin carga y el sello personal con sus iniciales. Los dejó sobre el escritorio y conservó únicamente la joya de Amalgamita.
—Ponte de pie —ordenó.
Silas miró la puerta.
—Dije dónde está la exploradora.
—Dijiste hacia dónde la enviaste.
—Es suficiente para cumplir nuestro acuerdo.
—No hicimos ningún acuerdo.
La certeza desapareció de su rostro con tanta rapidez como había aparecido.
—Puedo pagarles —dijo—. Más de lo que encontrarán en este lugar. Puedo conseguirles caballos, documentos, una ruta fuera de Daliana.
Ambarine le sujetó las muñecas delante del cuerpo con el cordón del respaldo.
—Camina.
Silas obedeció durante dos cruces. Los paneles permanecían oscuros. Sin el anillo, las llaves y los guardias, probaba cada esquina con la mirada y se detenía ante ruidos que antes no habrían merecido su atención.
Cuando reconoció el corredor de los alojamientos, tiró de las ataduras.
—No puedes dejarme aquí. Mis hombres volverán. Si me encuentran encerrado, perseguirán a todos los que salieron contigo. —Miró a Ambarine—. Puedo ordenarles que se detengan. Puedo decir que las deudas fueron pagadas. Incluso puedo trabajar para ti. Conozco personas que todavía aceptarían tu nombre si lo oyen de la boca correcta.
Ambarine abrió la primera habitación.
—No. Espera. Aura, tú sabes que esto empezó como un malentendido. No tienes que demostrarle nada. Sácame de la propiedad y no volveré a acercarme a los Fuegel. Te doy mi palabra.
Ambarine lo condujo hasta la cama y aseguró sus manos a la barra interior con otra tira de tela.
—Los guardias podrán abrir desde fuera —dijo—. No morirás aquí.
—Entonces libérame ahora. Puedo ayudarte a encontrar a la otra mujer.
Aura permaneció en el umbral. Seguía furiosa, pero el rojo ya no rodeaba sus manos.
—No voy a matarte, Silas. Tampoco voy a dejarte salir con nosotras —dijo Ambarine.
Empujó la puerta, introdujo el pasador exterior y atravesó el marco con la barra de metal.
Silas tiró de las ataduras desde dentro.
Primero exigió. Después ofreció dinero. Cuando oyó los pasos de Aura y Ambarine alejándose, empezó a pedir que regresaran. La puerta no se abrió.
La salida por la que habían entrado ya no existía.
El postigo había terminado de descender y las placas opacas no respondieron a la joya de Silas. Atravesaron el almacén hasta una puerta de carga junto a los establos, pero una cerradura de hierro mantenía unido el cerrojo.
Ambarine rodeó el metal con una mano. Cerró los dedos y una llamarada corta envolvió la cerradura sin alcanzar la madera. El hierro enrojeció alrededor de la argolla.
—¡Espera! —dijo Aura cuando Ambarine preparó el puño para golpearlo.
La princesa mantuvo la mano inmóvil.
—Si puedes enfriarlo de golpe... —Aura miró el metal dilatado—. Creo que se quebrará más fácil. El cambio... debería debilitarlo.
—¿Crees?
Aura apretó los labios.
—Sí... Bueno, debería. ¡Hazlo antes de que vuelvan!
Ambarine abrió la mano. En vez de alimentar la llama, retiró el calor siguiendo el mismo recorrido con el que lo había concentrado. El rojo desapareció de la cerradura; el metal se contrajo y una grieta cruzó la argolla con un chasquido.
Un golpe de la empuñadura terminó de romperla.
El patio aún guardaba el calor de sus llamas.
Los hombres que habían soltado las armas no intentaron detenerlas. Los trabajadores se habían dispersado entre los edificios. Desde una galería llegó el ruido de alguien tratando de liberar a los guardias encerrados.
Aura y Ambarine alcanzaron el muro sur cuando Brenor retiraba la cuerda.
Tirka esperaba del otro lado, apoyada contra las piedras. Mantenía las orejas erguidas, pero su cola descansaba sobre el suelo y los dedos con los que había aislado los conductores temblaban. Erina sostenía el registro envuelto. Iris permanecía a su lado.
Las cinco mujeres estaban allí.
Miren se había cubierto con una capa prestada. Saira ayudaba a la semi-humana a mantener el equilibrio sobre el terreno irregular. La segunda humana conservaba el peine dentro del puño. La kunan permanecía cerca de la parte más oscura del muro, sin volver a encogerse por completo.
Brenor señaló dos pares de luces que descendían desde la ruta de la fortaleza.
—Refuerzos —dijo—. No más de unos minutos.
Ambarine guardó la joya de Silas.
—Nos retiramos.
Nadie discutió.
Abandonaron la ruta original y descendieron por un cauce seco que ocultaba las siluetas desde el camino. Brenor cerró la marcha sin forzar la vista. Tirka iba delante, guiándose por los rastros que había dejado al acercarse a la propiedad.
Aura caminó sin magia. Cada paso hacía vibrar la segunda fisura de la amalgamita contra sus costillas. Cuando el dolor aumentaba, apoyaba una mano sobre la capa y esperaba a que el suelo recuperara su posición.
Erina e Iris caminaban delante de ella. Más allá alcanzaba a distinguir a las cinco mujeres con sus pertenencias. Le preocupaba que Silas todavía pudiera cobrarles las deudas o tomar represalias contra sus familias. Habían sacado el libro, pero quedaban las otras residencias y Nashira seguía desaparecida.
En el refugio tuvieron que desplazar camas y reunir ropa limpia. Los liberados de la fortaleza ya habían ocupado buena parte del espacio. Cael ordenó cambiar la vigilancia de los caminos comprometidos, separar mantas y alimentos y buscar hogares temporales a los que pudieran llegar por rutas distintas. Guardaron el registro todavía envuelto.
La kunan eligió un lugar junto a una salida y Tirka se sentó a varios pasos de ella.
Aura fue a buscar a los Fuegel. Encontró a Mauro en la habitación del sanador, todavía tendido sobre la tabla de transporte, ahora apoyada sobre soportes bajos. El vendaje había sido reemplazado y su respiración era más uniforme, aunque el sanador advirtió que todavía estaba grave.
Erina se arrodilló junto a su esposo y apoyó la frente sobre la mano que no tenía vendada. Mauro cerró apenas los dedos alrededor de los de ella, sin abrir los ojos.
Micah permaneció de pie al otro lado. Había esperado el regreso manteniendo el cuerpo rígido, como si relajarse pudiera cambiar el resultado. Al ver a Iris, esa rigidez se quebró. La abrazó con tanta fuerza que ella tuvo que recordarle que todavía podía respirar.
Peryna llegó un instante después y se aferró primero a Iris y luego a Erina. Habló entre ambas sin completar ninguna pregunta: quería saber dónde habían estado, si tenían frío, si Mauro podía oírlas y cuándo regresarían a casa.
Nadie respondió a la última. La granja estaba quemada y la tierra continuaba confiscada.
Aura se quedó junto a la puerta. Había imaginado aquella reunión tantas veces durante el rescate que creyó que sentiría alivio al verla.
Mauro seguía herido. Erina no soltaba su mano. Micah miraba cada ruido del corredor como si esperara otro arresto. Iris acariciaba el cabello de Peryna sin decirle que todo había terminado.
Al levantar la cabeza, Peryna vio a Aura. Se separó de su madre y buscó dentro de la bolsa que todavía llevaba cruzada sobre el pecho. Sacó una de las flores que había conservado durante el encierro. Dos pétalos estaban doblados y el tallo había perdido firmeza.
—Esta no se rompió del todo —dijo.
Aura recibió la flor entre ambas manos. Uno de los pétalos se dobló contra sus dedos y lo acomodó con cuidado, aunque sabía que no recuperaría su forma anterior.
—Gracias —dijo Aura.
Peryna la observó mientras Aura rozaba uno de los pétalos. Después asintió y regresó junto a su familia.
Aura guardó la flor con cuidado. Ambarine no había entrado en la habitación.
La encontró en la sala contigua, inclinada sobre un mapa junto a Brenor y Cael. Habían marcado el camino suroccidental, el primer cruce y el puesto de Lerna.
—Podemos enviar observadores —decía Cael—. No un grupo de asalto. La salida de la fortaleza ya comprometió dos caminos.
Brenor mantenía la mirada sobre el mapa.
—Ella se dejó ver para apartarlos de mí.
—Yo también quiero encontrarla, Brenor. Pero primero tenemos que ver si podemos alcanzarla sin poner a los demás en peligro.
Aura se acercó.
—Los Fuegel están aquí porque esperaste... porque no nos dejaste entrar sin saber dónde estaban.
Ambarine alzó la mirada.
—Pero Nashira sigue allí fuera.
—Podemos intentar alcanzarla... —Aura bajó la voz y señaló el mapa—. La enviaron hacia Lerna. Y tenemos el nombre del hombre que debía recibirla... Tarel Voss. Eso es algo, ¿no? Podemos comprobarlo primero.
—Sí, aunque pudieron cambiar de camino antes del primer cruce —dijo Ambarine—. Me preocupa atacarlos y que se la lleven otra vez.
—Entonces... averiguamos eso primero.
Ambarine apoyó dos dedos sobre el nombre de Lerna.
—Nadie queda atrás —dijo—, pero ahora todos están agotados.
—Lo sé. Solo... no quiero que dejemos de buscarla porque estamos cansados.
Ambarine mantuvo los dedos sobre Lerna.
—No vamos a dejar de buscarla. Tenemos que descansar un poco y después comprobaremos esa ruta.
Aura asintió.
Cael empezó a dividir el mapa en rutas de observación. Brenor se quedó junto a ellos, siguiendo las marcas hacia Lerna. Desde la habitación contigua todavía les llegaba la voz de Peryna hablando con su familia.
