Daliana, la nación del sol ardiente.
El imperio ocupaba el oeste del continente de Limessia. Sus costas se extendían frente al mar de Enruetherau, donde el sol descendía cada tarde hasta desaparecer sobre el agua. Al norte, la tierra se acercaba al desierto de Tendalem y el viento arrastraba arena sobre los caminos. Hacia el este se levantaba parte del cinturón montañoso de Levexia y, cerca de la región de Hesheraum, una foresta cubría el terreno antes de que las elevaciones se volvieran más difíciles de cruzar. En esa parte del imperio también se encontraba su mayor zona de cultivos.
La mayor parte de Daliana estaba formada por roca y tierra dura. Había extensiones donde apenas crecían arbustos entre las grietas, pero también prados abiertos que ocupaban grandes distancias y colinas moderadas desde las que podían verse los caminos. Donde el suelo era más blando, los cultivos se reunían alrededor de los ríos. Durante la época de cosecha, el trigo cambiaba el color del paisaje y los molinos trabajaban desde temprano, movidos por el viento que bajaba de las alturas.
Viajar por Daliana significaba pasar de la sal del mar al polvo de los caminos, de los campos cultivados a las llanuras de piedra. Los pueblos se habían levantado donde era posible encontrar agua, sembrar o mantener una ruta hacia la capital. Humanos, kunan, kunaras y semi-humanos compartían esos lugares desde hacía generaciones. Era común encontrar cuernos de formas distintas entre una multitud, orejas que se movían al escuchar un ruido lejano o colas escondidas bajo capas de viaje.
El sol estaba presente en casi todo lo que los dalianos construían. Aparecía sobre las armaduras, en los edificios imperiales y en pequeños adornos dentro de las casas. Sus habitantes veneraban a Thermus, el dios que, según sus creencias, había dado vida a la tierra y favorecido a Daliana con su luz. Incluso quienes no visitaban sus templos conocían las oraciones para pedir una buena cosecha, un viaje sin tormentas o unas horas más de claridad antes de la noche.
La historia del imperio era mucho más antigua que sus caminos actuales. Los relatos hablaban de Vish, de un pacto y de las familias que protegieron el territorio durante tiempos difíciles. También hablaban de los Folsitia, reconocibles por sus ojos naranjas y por una antigua afinidad con el fuego. La versión más repetida decía que su linaje había sido elegido para gobernar Daliana. Pocos conocían las palabras originales de aquel pacto y menos aún podían entrar en los archivos donde se conservaban sus fragmentos.
Para la mayoría, aquella historia pertenecía a los templos, a las ceremonias y a los símbolos del palacio. La vida diaria era más sencilla. Había que trabajar una tierra que no siempre cedía ante las herramientas, proteger los cultivos del calor, llevar mercancías por rutas de piedra y esperar que las lluvias llegaran cuando eran necesarias. Las decisiones del imperio parecían lejanas hasta que un nuevo impuesto, una patrulla o una orden de la capital alcanzaban algún pueblo.
Daliana tampoco era conocida por sus grandes figuras de la magia. Otras regiones de Limessia contaban con estudios y tradiciones más famosas, pero bajo el territorio daliano existía una concentración particular de Lay Len. La energía recorría la tierra sin ser visible para la mayoría y se acumulaba en ciertos lugares, alterando plantas, minerales y espacios enteros. Esa concentración también favorecía la aparición de vórtices de gran tamaño.
Allí aparecían los vórtices.
Algunos se abrían entre las rocas de la cordillera y otros aparecían en lugares que el día anterior no tenían nada extraño. Los más grandes mostraban paisajes que no pertenecían a Daliana. Nadie podía asegurar cuándo aparecería uno nuevo, cuánto permanecería abierto ni si el tiempo transcurría de la misma manera al otro lado.
Por eso, aunque sus habitantes se consideraban gente del sol, también habían aprendido a desconfiar de ciertos brillos. Una luz entre las piedras podía ser el reflejo del amanecer, una veta de mineral o la entrada hacia un lugar desconocido.
Desde lejos, Daliana podía parecer tranquila. Los cultivos se movían con el viento, las caravanas seguían las rutas y la capital sobresalía en el horizonte. Sin embargo, el imperio atravesaba una época inquieta. Las patrullas vigilaban los caminos con mayor atención y las noticias procedentes del palacio cambiaban cada vez que llegaban a otro pueblo. En algunos lugares se repetía la versión oficial. En otros, las personas bajaban la voz antes de hablar.
El sol continuaba saliendo sobre todos ellos.
Bajo la roca, los campos y las ciudades, la Lay Len seguía su curso. De vez en cuando se concentraba, alteraba el espacio y abría un nuevo camino hacia lo desconocido.