Todo está oscuro.
No siente sus párpados, el peso de su cuerpo ni el aire entrando por la nariz. Tampoco hay suelo bajo su espalda. Solo queda un pensamiento débil en medio de aquella oscuridad.
"¿Cuál es mi nombre?"
La pregunta no tiene voz, pero le provoca una punzada en un lugar que no sabe nombrar. Si puede pensar, debe existir. Antes de aquella oscuridad tuvo que haber algo.
Intenta recordarlo. Busca un rostro, una casa, unas manos que la hayan sostenido o una voz que la haya llamado. En su lugar encuentra una presión lejana, la sensación de haber pasado por algo que vació su mente.
"¿Yo... era alguien?"
Desde algún lugar dentro de ella llega una orden suave y urgente.
Abre los ojos.
Al principio no comprende cómo obedecer. Después siente un pequeño temblor en el rostro y sus párpados, pesados por el desuso, empiezan a separarse.
La luz entra poco a poco. Una línea pálida se convierte en una mancha y luego en colores que desplazan la oscuridad. Haces verdes, azules y violetas ondean sobre ella como cortinas. Parecen estrellas movidas por un viento invisible o un cielo visto bajo el agua.
Ella flota en medio de todo, sin caer ni subir. Su piel pálida refleja la aurora, y su cabello carmesí se abre alrededor de su rostro con movimientos suaves. Debería ser un lugar tranquilo, pero hay algo extraño: no oye su propia respiración.
"Aurora..."
El nombre aparece de pronto.
"Aura..."
Esa forma le pertenece. Desconoce quién se la dio o cuándo la escuchó por primera vez, pero está segura.
"Ah... ya veo. Mi nombre es Aura."
Intenta moverse. Sus dedos tardan en responder y los brazos le pesan. Cuando consigue doblar una muñeca, un dolor leve le recorre los músculos. Poco a poco recupera el control de sus extremidades y entonces nota la presión en su espalda: estuvo acostada todo ese tiempo.
Apoya las manos a los lados y se incorpora con torpeza. Debajo de ella hay una superficie lisa e incolora que refleja la aurora. Se ondula con cada movimiento, igual que el agua, aunque no moja sus palmas ni cede bajo su peso. Pequeños brillos forman espirales en aquella extensión transparente.
Cuando se pone de pie, su reflejo se rompe en ondas. Mira a ambos lados y encuentra el mismo paisaje hasta donde alcanza la vista: aurora arriba, aurora abajo y un horizonte donde ambas se confunden. No hay paredes, techo ni camino. Todo es hermoso, pacífico e inentendible.
Aura se mira las manos. Las abre, las cierra y luego se toca los brazos, el cuello, el pecho y el rostro. Reconoce su cuerpo con pudor y extrañeza. Es mujer, aunque saberlo no le trae ningún recuerdo.
Se inclina sobre la superficie para ver su reflejo. La imagen tiembla, pero alcanza a distinguir su cabello carmesí, sus ojos púrpura y una marca azul bajo el ojo derecho, parecida a una gota.
La toca por curiosidad.
Un dolor intenso le atraviesa la cabeza. Aura grita, o cree hacerlo, mientras se retuerce y se cubre con ambas manos. La aurora se deforma ante sus ojos y su pecho se contrae. De pronto puede respirar, aunque cada bocanada es corta y torpe.
Siente dolor. Puede temblar, llorar y apretar los dientes: es humana.
Queda arrodillada, con las manos sobre aquella superficie y las lágrimas cayéndole hasta la barbilla.
"¿Dónde estoy?"
Sabe su nombre, pero nada de ese lugar. La aurora lo cubre todo y el falso océano bajo sus pies repite su inmensidad. No sabe si está dentro de algo o si se encuentra fuera del mundo.
"¿Acaso... estoy muerta?"
Intenta pronunciar la pregunta. Abre la boca, pero ningún sonido sale de ella. Incluso sus gritos habían ocurrido dentro de su cabeza. Puede ver, respirar y sentir dolor; todavía no puede hablar ni escuchar.
Necesita encontrar respuestas, así que da un paso. La superficie tiembla bajo sus pies y casi pierde el equilibrio. El segundo paso también es torpe, pero su cuerpo aprende rápido. Tras un tiempo consigue caminar con menos miedo.
El paisaje permanece igual. Aura sigue avanzando sin sentir hambre o cansancio, incapaz de saber cuánto tiempo ha pasado. Podrían ser minutos o años.
Se detiene para mirar los colores que suben y bajan sobre ella. El movimiento es hipnótico y por un momento teme olvidarse de que acaba de despertar. Cuando baja la vista, hay una puerta frente a ella.
Aura retrocede. Está segura de que antes no había nada allí y teme que desaparezca si parpadea. La puerta es mucho más alta que ella, blanca y lisa, con luces atrapadas en sus bordes. Varias cadenas la cruzan de lado a lado y sostienen candados de distintos tamaños.
Al acercarse siente frío. Sabe que no podrá abrirla, pero aun así pasa los dedos por uno de sus relieves. La puerta vibra bajo su mano, como si algo se moviera al otro lado.
Su superficie blanca refleja el rostro de Aura con más claridad que el suelo. Piel pálida, labios firmes, ojos púrpura y la marca azul bajo el ojo derecho.
Se reconoce y las imágenes llegan sin aviso.
Está en un campo. Siente el césped húmedo bajo los pies, el viento en el cabello y un cielo azul sobre su cabeza. Una mujer adulta la llama desde lejos. Hay ternura y preocupación en aquella voz, pero Aura no reconoce a quien le habla.
Intenta girarse y la tierra se abre. El césped se hunde bajo sus pies y la arrastra hacia la oscuridad mientras la voz vuelve a llamarla, cada vez más desesperada.
El lugar cambia. Ahora está encerrada dentro de una máquina, con el cuerpo rígido y un cristal frío delante de los ojos. Escucha el zumbido de algún mecanismo preparándose para funcionar. Al otro lado, una figura adulta se inclina sobre un panel. La niebla cubre su rostro, aunque Aura alcanza a ver el temblor de sus manos y las lágrimas que caen antes de que baje una palanca.
Aura quiere golpear el cristal, preguntar por qué y decirle que tiene miedo. Una luz intensa llena la máquina antes de que pueda hacerlo.
La siguiente imagen ocurre durante una tormenta. Tiene a un hombre adulto entre los brazos y el sabor metálico de la sangre le llena la boca. El peso de él la aplasta contra el suelo. Una herida oscura le abre la camisa y la niebla vuelve a cubrir su rostro, pero Aura sabe que intenta sonreírle.
La boca del hombre se mueve sin que ella pueda oír sus palabras. Aura se acerca, desesperada por entenderlas. Un relámpago ilumina la habitación y por un instante descubre una sombra alargada frente a ella, quieta donde no debería haber nadie. Después llega el trueno y la imagen desaparece.
La última visión la deja en medio de una multitud. Adultos y jóvenes se acercan y retroceden, todos con el rostro cubierto por la misma niebla. Hablan al mismo tiempo sin producir sonido. Algunos le extienden las manos y otros la señalan. Aura intenta responder, pero su cuerpo continúa andando como una muñeca movida por hilos. Los evita sin saber si huye de ellos o de sí misma.
La oscuridad regresa.
Aura se encuentra otra vez frente a la puerta, de pie y con las mejillas mojadas. Se toca el rostro y las lágrimas tibias le humedecen los dedos.
"¿Eso fue...?"
Despierta.
Esta vez oye la palabra. Aura se queda inmóvil y descubre una luz pequeña junto a su reflejo. De allí vino la misma voz que antes le ordenó abrir los ojos.
Se gira de golpe.
"¿Qué eres?"
La luz crece hasta formar una esfera y luego una silueta. Aparecen unos brazos, un rostro y un largo cabello. También nacen pequeñas luces azules y lazos que se abren alrededor de la figura. Cuando el brillo cesa, hay una mujer joven frente a Aura.
Lleva un vestido blanco de telas ligeras, sujeto con lazos de distintos tonos de azul. Su piel es un poco más oscura que la de Aura, tiene ojos azules y un largo cabello café cuidadosamente trenzado. Varios orbes luminosos flotan a su alrededor.
Aura la observa sin saber quién es.
—Tu nombre —pregunta la mujer—, ¿lo recuerdas?
Escuchar una voz real impresiona a Aura más que su aparición. Por fin hay alguien con ella.
—Yo me llamo... Aura —responde después de un momento.
Su propia voz sale áspera. Oír el nombre la tranquiliza un poco.
—¿Quién eres tú?
La mujer sonríe con alivio. Parece cansada.
—Mi nombre es Témpora. Te estuve esperando... por mucho tiempo. Tienes el sueño pesado.
Aura duda. No recuerda a Témpora, pero su voz le resulta familiar.
—Tú... ¿sabes quién soy?
Témpora se acerca despacio y pone una mano sobre su frente antes de cerrar los ojos. El contacto es cálido.
—Ya veo... —murmura—. Tus recuerdos están dañados. Todavía los tienes, pero algo los mantiene sujetos.
Mira la puerta.
—Está relacionado con eso.
Los candados vibran otra vez.
—¿Lo supiste solo con tocar mi frente?
—Solo eso, quizá... y un poco de magia.
Témpora mueve las manos y dibuja un círculo lleno de signos que Aura no entiende. Varias luces se desprenden de los orbes y cubren el cuerpo de Aura. Cuando desaparecen, lleva una túnica blanca, sencilla y suave, parecida a la de Témpora.
Aura aprieta una de las mangas entre los dedos. La palabra magia le resulta conocida. Una imagen fugaz cruza su mente: unas manos pequeñas frente a una luz intensa, un adulto asustado detrás de una puerta y una descarga roja. La imagen desaparece antes de volverse un recuerdo.
—Tú también tienes esta capacidad —dice Témpora.
—¿La magia puede ayudarme a recuperar mis recuerdos?
La esperanza hace que la pregunta le salga casi como una súplica.
—En cierto modo, es la opción más rápida, aunque también la más dolorosa. Primero tienes que aprender a usarla.
—Entiendo...
La puerta se sacude. El golpe no produce sonido, pero la superficie bajo sus pies se ondula con fuerza. Aura retrocede y se lleva una mano al pecho. Témpora permanece quieta.
—Realmente me alegra que al fin hayas llegado —dice, todavía preocupada.
—¿Q-qué es este lugar?
—¿No lo sabes ya?
Aura niega con la cabeza.
—Estamos dentro de tu mente. Ese no es tu cuerpo real. En realidad, sigues dormida.
—¿Sigo... dormida?
La aurora parpadea. La puerta vuelve a sacudirse y aparecen grietas sobre el suelo. Aura siente mareo y la marca azul empieza a dolerle.
—¿Qué... está pasando?
—Al fin estás despertando —dice Témpora—. O al menos una parte de ti. Tus ondas psíquicas también me afectan.
Cada golpe abre más grietas en la puerta. Témpora la observa con cuidado.
—¿Tienes miedo?
Aura intenta responder, pero siente la garganta cerrada y solo quiere huir.
—Esto es miedo... —susurra—. Yo... no lo sé. Siento dolores sin razón. No entiendo nada.
—Tranquila, Aura. No te fuerces a recordar.
Aura cierra los ojos e intenta respirar con calma. La puerta sigue temblando, pero se concentra en el tacto de la túnica y en el calor de las lágrimas sobre su rostro. También repite su nombre para no perderlo.
Poco a poco las grietas se cierran y la aurora recupera su movimiento.
—Lo hiciste bien —dice Témpora—. Ahora, ¿qué tal si me acompañas? Intentemos despertar algunos recuerdos.
Extiende la mano. Aura todavía desconfía de ella, pero le asusta más volver a quedarse sola, así que acepta. Témpora entrelaza sus dedos con los de Aura y ambas empiezan a caminar sobre la superficie infinita.
Tras un rato, Aura se atreve a preguntar:
—Si esto es mi mente, ¿por qué solo estás tú? ¿Nos conocemos?
Témpora tarda un poco en responder.
—Esa es una primera pregunta difícil. Por ahora... piensa que somos familia. Una familia muy lejana.
—Mmm...
Témpora ríe al notar su duda.
—No lo pienses mucho.
—Eso es difícil —responde Aura sin detenerse.
—Sí. Eso también lo recuerdo.
La voz de Témpora pierde un poco de alegría. Aura mira hacia adelante, incómoda con la respuesta.
—¿Qué era esa puerta?
—Una parte de tus recuerdos. Si la abrieras y todo saliera de una sola vez, sería demasiado para ti. Lo mejor es recuperarlos con el tiempo.
Mientras caminan, unas columnas rectangulares empiezan a levantarse a lo lejos. Son blancas y carecen de detalles. Algunas crecen más que otras y llegan a parecer muros incompletos. Aura se detiene porque cree saber qué representan, aunque no consigue decirlo.
—¿En qué piensas, Aura? —pregunta Témpora.
—En... de dónde vengo.
—Hazlo con calma. Muy bien. Mantente así.
Las columnas adquieren líneas, sombras y bordes. Muchas más aparecen a lo lejos.
—Vienes de un lugar curioso, sin duda —murmura Témpora.
Un rugido interrumpe a Aura antes de que pueda preguntar si lo conoce. Esta vez oye el sonido y lo siente subir desde el suelo hasta sus piernas. Aprieta la mano de Témpora.
—¿Q-qué fue eso?
Témpora guarda silencio y observa las columnas.
Una criatura blanca sale detrás de una de ellas. Apenas tiene detalles, salvo por una melena que Aura reconoce de inmediato.
Un león.
Desconoce cuándo aprendió esa palabra. Su cuerpo reacciona antes que su mente: las rodillas le fallan y, con el segundo rugido, se siente pequeña otra vez. Suelta la mano de Témpora y corre.
Se esconde detrás de un grupo de columnas, se cubre los oídos y aprieta los ojos.
"Por favor, por favor, no..."
El aliento del león le roza la espalda. Entonces recuerda dónde se encuentra.
Estamos dentro de tu mente.
Aura abre los ojos. El león sigue detrás de ella, pero aún no la ha tocado.
—Si es mi mente... entonces yo puedo controlarlo todo.
Consigue ponerse de pie y sale de su escondite. La criatura se precipita hacia ella. Aura cierra los ojos y piensa en algo pequeño, cálido e incapaz de hacerle daño.
Cuando vuelve a mirar, hay un gato blanco en el lugar del león. La melena se ha convertido en un pelaje suave alrededor del cuello. El animal maúlla y se frota contra su pierna.
Aura se arrodilla para acariciarlo. Sus manos aún tiemblan.
—Recordaste un miedo —dice Témpora detrás de ella—. Uno lejano, de tu infancia.
—Témpora... ¿cómo puedo asegurarme de que eres real?
Témpora mantiene la sonrisa, pero tarda un poco en responder.
—Me alegra ver que aún eres tú misma.
Su cuerpo empieza a desvanecerse, primero por los bordes y luego por los lazos.
—Por ahora, enfoquémonos en que despiertes.
—Espera.
Aura extiende la mano, pero Témpora desaparece. Las columnas se borran junto con ella y el gato se deshace en una chispa blanca. Otra vez solo quedan Aura y la aurora.
—Entonces... ¿cómo lo hago? —pregunta al vacío—. ¿Camino hacia adelante hasta despertar realmente?
La voz de Témpora responde desde todas partes.
Hacia adelante podrías estar caminando hacia atrás, o a ningún lado. Es tu mente. Solo hace falta un pequeño estímulo.
—Solo un estímulo...
"Y recuerda, no lo fuerces. Podría aparecer ahora mismo o tardar mucho. Aquí el tiempo es irrelevante."
Aura continúa caminando sin rumbo dentro de su propia mente. Piensa en la puerta grande, en los candados y en las imágenes que vio: la figura detrás del cristal, el hombre sangrando en sus brazos y la multitud de rostros cubiertos por niebla.
Quiere saber quién era aquel hombre y qué intentó decirle antes de morir. Al concentrarse en él, aparece delante de ella una puerta más pequeña, sin cadenas y con un pomo sencillo.
Aura recuerda el dolor de la otra puerta y decide continuar su camino.
"Sí... con calma..."
Cuando mira atrás, la puerta ha desaparecido.
Entonces piensa en Témpora, en la forma en que dijo que eran familia y en la tristeza de su voz.
"Témpora..."
Un brillo aparece a lo lejos. Aura camina hacia él hasta encontrar una esfera de luz suspendida a la altura de sus manos. Dentro de ella se mueven los mismos colores de la aurora: verde, violeta, azul y blanco.
Aura piensa que es bonita. El recuerdo del dolor la hace dudar antes de tocarla, pero siente que la esfera la llama y termina por extender las manos.
Me encontraste.
La voz de Témpora sale de la esfera.
Llévala contigo. Te indicará el camino correcto.
Aura la recoge. Una calidez suave le recorre las manos y llega hasta su pecho. Esa sensación le recuerda a algo perdido, aunque no sabe a qué. La abraza contra sí y continúa caminando.
El brillo aumenta o disminuye con cada paso. Aura aprende a cambiar de dirección cuando la esfera se apaga y avanza hacia donde la luz se vuelve más fuerte.
Así encuentra otra puerta. Tiene un tamaño normal y no lleva cadenas ni candados. Cuando Aura se detiene frente a ella, la esfera adopta un tono gris y queda apagada entre sus manos.
—¿Esta es...?
Si abres esa puerta, recuperarás un recuerdo y también podrás despertar.
La voz de Témpora suena cerca. Aura se gira y la encuentra a su lado otra vez.
—Sufriré los mismos dolores de antes.
—Si quieres hacerlo, será tu decisión.
Aura observa la manecilla.
—¿Qué hay allí afuera? ¿Por qué tengo tanto miedo de abrirla?
Témpora se acerca y toma sus manos, encerrando la esfera entre ambas.
—Hay toda clase de cosas: vida, muerte, amor, odio... Lo que hagas con tu vida será importante. Si te quedas aquí, dormirás por toda la eternidad. No recordarás ni vivirás.
Aura mira la aurora. Hasta entonces le había parecido hermosa y pacífica, pero ya sabe que nunca cambia. Allí tampoco hay olor a tierra, calor de otras manos o voces que puedan decir su nombre.
—Si decides despertar, ya no podremos vernos de esta forma —continúa Témpora—. Pero seguiré a tu lado. Si te pierdes, seré tu guía. Si te sientes sola, hablaré contigo. Si decides rendirte...
Hace una pausa y aprieta las manos de Aura.
—Tomaré tu mano.
—Entonces... ¿por qué tengo miedo?
—Porque fuera te espera un destino que será difícil soportar. Creo que una parte de ti ya lo sabe. Por eso debes decidir por ti misma.
Aura recuerda unas palabras parecidas, aunque no puede saber quién las dijo. Ve una mano sobre su cabeza, escucha una voz masculina a punto de romperse y percibe el olor del metal caliente. También recuerda una promesa y unas ganas desesperadas de vivir, incluso después de haberlo perdido todo.
La imagen se desvanece. Aura aprieta los dedos alrededor de la esfera.
—Quiero vivir.
Témpora cierra los ojos. Luego suelta sus manos y le da espacio.
Aura se acerca a la puerta. El dolor empieza a latir bajo la marca azul antes de que toque la manecilla, y por un momento vuelve a sentir miedo. Mira a Témpora una última vez.
Ella le sonríe con calidez.
Aura toca la manecilla y una punzada le atraviesa la cabeza. Esta vez no se aparta.
Gira.
Abre.
La luz la devora.
