—Pero sin tocarlo.
Peryna retiró el dedo. Había puesto un pétalo caído sobre una piedra plana, entre los geranios, y quería enderezarlo antes de empezar.
Aura se sentó junto a ella. La tierra todavía estaba fresca bajo la hierba, aunque el sol ya le calentaba la espalda. Dejó el bolso y la capa a un lado y extendió la mano sobre la piedra.
Una pequeña cantidad de energía pasó hasta el pétalo. Su extremo se levantó y después se deslizó hacia Peryna, que se inclinó para verlo mejor.
—¡Ahora yo!
La niña acercó la mano. Durante un rato miró el pétalo con los dedos abiertos, imitando la posición de Aura. Una abeja pasó entre las flores y la siguió con los ojos antes de volver a concentrarse.
El pétalo permaneció inmóvil.
—No puedo —dijo al fin—. Tú lo hiciste enseguida.
Aura tuvo ganas de indicarle otra vez cómo poner la mano. Se detuvo al verla apretar los dedos. Ella también se impacientaba cuando Ereel repetía una explicación que no conseguía entender.
—Espera... Baja la mano un momento. ¿Recuerdas lo que sentiste aquella vez?
Peryna la apoyó sobre la falda.
—Un poquito. A veces vuelve, pero cuando quiero hacer magia se va.
Aura miró la piedra. Podía sentir la Lay Len bajo las plantas, entre las hojas y dentro de su propio cuerpo. Explicárselo a la niña le estaba costando más que mover el pétalo.
—Intenta buscar esa sensación primero. No mires tanto lo que hago yo. Puedes dejar la mano aquí, cerca, y esperar. Si la sientes, prueba a levantar solo esta punta.
Le señaló el borde doblado y retiró los dedos.
Peryna volvió a intentarlo. Aura se quedó quieta a su lado, con las manos sobre la hierba. El molino crujía a lo lejos y una hoja le rozaba la muñeca a la niña, pero esta vez no se apartó.
—Me hace cosquillas aquí —murmuró, mirando su palma.
El borde del pétalo tembló y se levantó apenas antes de caer sobre la piedra.
Peryna volvió la cabeza hacia Aura.
—¿Viste?
—Sí.
—¡Lo hice!
Aura sonrió. Miró las flores cercanas; las hojas se mecían un poco, aunque no había sentido viento en ese momento. Peryna ya había recogido el pétalo y lo sostenía con cuidado entre ambas manos.
—Voy a enseñárselo a Iris.
Aura se levantó para recoger sus cosas. El sol había alcanzado la piedra entera y desde la casa llegaban ruidos de platos.
—Vamos. Ya casi es hora de almorzar.
Se echó el bolso al hombro y recuperó el castaño del cabello. Peryna observó cómo el cambio llegaba hasta las puntas.
—Me gusta más el tuyo.
—A mí también.
Aura cambió también el color de sus ojos y le ofreció la mano libre. Peryna se la tomó sin soltar el pétalo.
—Después podemos seguir, ¿verdad?
—Sí. Dejaremos la piedra aquí.
La niña comprobó que siguiera en su sitio antes de acompañarla hacia la casa.
El ruido de los cascos les llegó antes de que doblaran la esquina del molino.
Peryna se detuvo. Aura siguió su mirada hacia el camino, donde varios jinetes escoltaban un carruaje. Por la ventanilla vio a un hombre con una túnica bordada. Lo reconoció en cuanto el vehículo salió de la sombra de los árboles.
Silas.
Dos carros venían detrás de la escolta. Los guardias llevaban espadas y escudos; entre ellos había tres hombres sin armadura, uno de los cuales sostenía una vara apoyada sobre el muslo.
Aura apretó la mano de Peryna sin darse cuenta. La niña se acercó a su costado.
Mauro salió de la casa. Se quedó un momento junto a la puerta antes de bajar al patio. Micah apareció detrás y, al ver quién llegaba, fue a ponerse a su lado.
—Peryna, ven aquí —llamó Erina.
La niña tiró suavemente de la mano de Aura. Cruzaron hasta la entrada, donde Iris todavía sostenía el pan envuelto en un paño. Erina atrajo a Peryna hacia ella y le indicó a su otra hija que dejara lo que llevaba dentro.
Aura permaneció junto a las tres. Desde allí podía ver los platos sobre la mesa y la olla que esperaba cerca del fuego. El olor de la comida llegaba hasta el patio.
Silas bajó de su carruaje sin acercarse todavía a Mauro. Esperó a que los guardias ocuparan el espacio entre los carros y la casa. Uno permaneció junto a las riendas; los demás se separaron a ambos lados del camino.
Aura miró a los tres hombres sin armadura. El de la vara bajó primero. A su alrededor percibió una alteración tenue en la Lay Len, y otra cuando sus compañeros se acercaron. Se quedó observándolos mientras ellos recorrían el patio con la mirada.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó Mauro.
Silas se alisó la túnica. Sus ojos pasaron por Micah, se detuvieron en Iris y alcanzaron a Aura. Ella sostuvo la mirada, con el cabello castaño sobre los hombros. El hombre volvió a Mauro sin dar señal de reconocerla.
Erina apoyó una mano sobre el brazo de Iris. Peryna guardó el pétalo en un bolsillo y se sujetó a la falda de su madre.
Silas sacó un documento del interior de la túnica y lo desplegó frente a Mauro.
—Por haber dado refugio y ayuda a la princesa Ambarine, acusada del asesinato del emperador, queda ordenada su detención y la confiscación de esta propiedad.
Mauro se acercó al documento, pero Silas lo apartó antes de que pudiera tomarlo.
—Aquí no está la princesa —dijo Mauro.
—Eso tendré que comprobarlo.
—Los soldados que vinieron contigo ya comprobaron que no era ella.
Silas sostuvo el papel más alto.
—La orden no dice eso.
Aura miró el sello al pie del documento. No alcanzaba a leerlo desde la entrada. Recordaba, en cambio, al soldado que se había acercado después del disparo, la forma en que le había mirado los ojos y cómo había bajado el escudo al comprender la confusión.
Había estado allí. Silas podía preguntarle.
—No tocarás a mis hijos. —preguntó Erina.
—He venido por todos los que viven aquí.
Peryna levantó la cabeza hacia su madre. Erina le apoyó una mano sobre el cabello y la mantuvo junto a ella.
Aura sintió indignación al verlas así. No habían hecho más que recibirla, darle de comer y ayudarla a encontrar un instructor. Silas hablaba de llevárselas como antes había hablado de quedarse con la cosecha.
—Ellas no hicieron nada —dijo.
El mercader volvió a mirarla.
—¿Y tú quién eres?
Aura vaciló. Erina respondió antes de que encontrara qué decir.
—Una amiga de la familia.
Le apoyó la mano en el brazo al decirlo. Aura sintió una alegría breve, inesperada en medio de todo aquello. Miró a Erina, que seguía pendiente de Silas, y quiso acercarse más a ella.
—Entonces podrá irse cuando hayamos terminado —respondió él—. Si no se mete donde no debe.
Mauro señaló a los hombres que esperaban junto a los carros.
—¿Para qué necesitas magos si solo vienes a comprobar quién está aquí?
—No pienso presentarme ante Ambarine con tres espadas otra vez.
Silas dobló el documento y lo guardó.
—Registren la casa. Lleven a la familia a los carros.
Micah retrocedió hacia la puerta. Aura lo vio entrar mientras dos guardias avanzaban hacia Mauro y otro rodeaba a su padre para acercarse a Erina.
—¡Alto! —reclamó Mauro, extendiendo un brazo—. Mis hijas no van a subir a ningún carro.
El guardia apartó su mano.
—No lo hagas más difícil.
Erina empujó suavemente a las niñas hacia la entrada. El hombre que venía hacia ellas se adelantó y le agarró el brazo.
—Tú primero.
Aura dio un paso hacia él.
—Suéltala.
—Apártate.
Erina intentó soltarse. Peryna seguía aferrada a su falda, y el tirón hizo que la niña tropezara contra ella.
Aura sintió calor en las manos. Al usar magia perdería el color del cabello y de los ojos. Silas volvería a verla; bastaría ese parecido para que señalara a la familia y dijera que tenía razón.
El guardia tiró otra vez.
Aura se interpuso y levantó la mano. La energía se extendió entre él y Erina, obligándolo a soltarla. Empujó un poco más. El hombre trastabilló hasta chocar con el escudo de su compañero, que estaba volviéndose hacia ella. Ambos retrocedieron por el patio.
La barrera quedó frente a la entrada. Aura sintió su resistencia en la palma y la detuvo allí, sin hacerla avanzar más.
—¡Es ella!
Uno de los guardias había señalado su cabello.
Aura dejó deshacerse la barrera y recuperó el castaño enseguida. Cambió también los ojos, con el corazón golpeándole deprisa. Había tardado apenas un instante, pero Silas ya se había alejado hacia los magos.
Micah salió con dos espadas. Entregó una a Mauro y desenvainó la otra, sin apartar la mirada de los hombres que acababan de retroceder.
—¡Lo sabía! —exclamó Silas—. ¡La tenían aquí!
—No es Ambarine —dijo Mauro.
Aura seguía delante de Erina. El guardia que había intentado llevársela recuperó el equilibrio, levantó el escudo y miró a Silas en espera de una orden.
—Te vi —dijo el mercader, señalándola—. Puedes cambiarte el pelo cuantas veces quieras.
Aura abrió la boca, pero él ya se había vuelto hacia el hombre de la vara.
—¡Redúcela! Para eso te traje.
El mago avanzó solo. Los otros dos permanecieron junto a los carros. Miró a Aura y luego la espada de Micah, que esperaba detrás de ella.
—Baja las manos y ven conmigo —le dijo, soberbio—. No hace falta que salgas lastimada.
Aura miró la punta de la vara. Percibía la energía reuniéndose allí.
—Diles que se alejen de la familia.
El hombre levantó el brazo.
Una llama apareció en el extremo de la vara y se alargó hacia ella. Aura interpuso la defensa antes de que alcanzara su cara. El fuego chocó contra la superficie y se extendió a ambos lados; sintió el calor en las mejillas y el golpe le hizo apoyar un pie hacia atrás.
El disfraz volvió a deshacerse.
—¡Atrás! —gritó Micah.
Atrajo a Peryna hacia el muro de la casa. Iris fue con ella y Erina se apartó de la entrada, mientras Mauro levantaba su espada frente al guardia que aún tenía cerca.
Aura sostuvo la barrera. La llama se agotó y el mago bajó la vara, sorprendido de encontrarla todavía en pie.
Silas la miraba desde detrás de él. Esta vez Aura no recuperó el disfraz. Quería ver sus ojos, que los viera.
—No soy Ambarine —dijo—. Ya te lo dijeron la otra vez.
El mercader se quedó observándola. Aura vio cómo su mirada pasaba del cabello carmesí a sus ojos violetas.
—No —admitió al fin—. No eres ella.
Mauro avanzó medio paso.
—¡Entonces retira a tus hombres!
—La orden sigue vigente. Y esta muchacha acaba de atacar a la guardia.
Aura sintió que le subía otra vez el enojo.
—¡Estaba soltando a Erina!
Silas hizo un gesto impaciente al mago.
—Continúa.
La vara se encendió de nuevo. Aura se volvió hacia ella y ajustó la defensa antes del segundo golpe. El fuego llegó más concentrado, empujándole el brazo, pero esta vez ya tenía los pies firmes. Inclinó la barrera hacia el espacio libre del patio. Las llamas se desviaron y golpearon la tierra, lejos de Mauro y de la casa.
El mago cortó el ataque. Aura oyó a Peryna detrás de ella y estuvo a punto de volverse; mantuvo los ojos en la vara.
Uno de los guardias avanzó con el escudo por delante. Ella extendió la defensa hacia él y lo hizo retroceder hasta que tuvo que apoyar una rodilla para no caer. Cuando intentó levantarse, la presión seguía allí.
—Quédense atrás —dijo Aura.
El hombre miró al mago. Este había sujetado la vara con las dos manos.
Aura volvió a concentrar la barrera frente a ella. Todavía podía sentir dónde empezaba y dónde terminaba la corriente; dejó pasar lo necesario para sostenerla y esperó el siguiente ataque.
El mago volvió a levantar la vara. Aura se echó la capa sobre los hombros y soltó el borde que había estado sujetando con la otra mano.
Esta vez el fuego llegó más bajo. Se recogió detrás de la barrera y lo dejó pasar hacia la tierra, pero el hombre movió la vara antes de que las llamas se apagaran. La segunda lengua de fuego buscó su costado.
Aura giró la defensa. El calor le rozó el brazo y la hizo retroceder un paso. El mago se adelantó para seguirla.
Ella esperó a que bajara la vara, cerró la corriente y lanzó un pulso corto contra sus piernas. El hombre cayó sobre una rodilla. La punta golpeó el suelo y el fuego se extinguió.
Un guardia se acercó a ayudarlo. Aura volvió a levantar la barrera mientras él recuperaba su arma.
—¿Qué están esperando? —reclamó Silas a los otros dos.
El mago de la vara apartó la mano del guardia y se puso en pie. Sus compañeros avanzaron hasta quedar a ambos lados de él.
Aura miró de uno a otro. El hombre de la izquierda llevaba las mangas recogidas sobre los codos. Extendió la mano y una llama se reunió entre sus dedos. El de la derecha se agachó, rozó la tierra con la palma y levantó un terrón del tamaño de un puño.
La vara se encendió otra vez.
Aura interpuso la defensa ante el primer golpe. La piedra llegó enseguida, se quebró contra la barrera y cayó a sus pies. Antes de que pudiera apartarse, las llamas del segundo mago golpearon desde el otro lado.
El brazo le tembló. Cerró la mano libre sobre la muñeca para mantenerla firme y retrocedió, dejando que el fuego se extendiera por la parte curva de la defensa. El polvo le entró en los ojos. Parpadeó sin dejar de mirar las manos de los tres hombres.
Podía detenerlos. El fuego se agotaba antes de cruzar y los terrones se deshacían al chocar. Esperó la pausa del mago de la vara para responder, pero el de la tierra movió los dedos.
El suelo se levantó bajo su pie.
Aura dio un salto corto hacia un lado. La llama siguiente pasó por el lugar donde había tenido la cabeza. Al caer volvió a reunir la barrera y un golpe de tierra le sacudió el hombro a través de ella.
—¡Aura! —la llamó Micah.
Lo vio acercarse con la espada.
—Quédate con ellas.
Él miró a los magos, apretó la empuñadura y volvió junto a sus hermanas.
Aura buscó el extremo de la vara. Cuando apareció otra llama, abrió apenas un ángulo en la defensa y lanzó un pulso hacia la mano que la sostenía. El hombre retiró el brazo y el fuego se torció antes de llegar a ella. Su compañero tuvo que apartarse para evitarlo.
Aura aprovechó para cerrar la corriente. Soltó el aire que llevaba contenido y levantó de nuevo la mano. El mago de tierra se había movido hacia el molino; tuvo que girar para recibir el siguiente terrón de frente.
Silas seguía detrás de los carros. Miró hacia la familia y señaló la casa.
—¡Vayan por ellos! Ella no puede estar en todas partes.
Los guardias se separaron. Dos avanzaron hacia Mauro y otro rodeó el patio por el lado de la cerca.
Aura volvió la cabeza. Mauro había acercado a Erina y a sus hijas al muro, pero el guardia de la cerca iba hacia ellas. Micah se interpuso con la espada levantada. El hombre lo obligó a retroceder con el escudo.
Aura extendió la barrera hasta alcanzarlos. El escudo chocó contra ella y el guardia perdió un paso. Micah miró la superficie azulada frente a su rostro antes de retroceder junto a Peryna.
El fuego golpeó la parte que Aura tenía delante. Tuvo que alimentar ambos extremos a la vez. Sintió la energía subir desde las piernas y abrirse por sus brazos, más deprisa de lo que había querido.
—Por detrás del molino —dijo Mauro a su esposa—. Vayan.
Erina tomó a las niñas y empezó a moverse junto al muro. Aura retrocedió en diagonal para acompañarlas. Una franja de tierra se levantó frente a sus pies, cortándoles el paso hacia el molino. Iris sujetó a Peryna antes de que tropezara.
Mauro se volvió hacia el mago de tierra. El guardia que tenía cerca aprovechó para agarrarle el brazo de la espada. Mauro se soltó con un tirón, pero tuvo que apartarse de la punta que el otro había levantado.
Aura empujó con la barrera. Los separó lo suficiente para que Mauro recuperara espacio y enseguida recibió otro golpe de fuego.
Ya no había una pausa para cerrar la corriente.
El mago de la vara la atacaba de frente. El otro había caminado hacia el lado de la casa y obligaba a Aura a volver la mano cada vez que encendía una llama. Entre ambos, el hombre de tierra levantaba terrones y removía el suelo donde ella intentaba afirmarse.
Retrocedió hasta el lateral del molino. Allí el patio terminaba en el trigo. La familia seguía a su derecha, junto a la casa; tuvo que alargar la defensa para mantener alejados a los guardias.
Una presión caliente le subió por el pecho. Quiso reducir la entrada de energía, pero la barrera cedió delante de Micah. La alimentó otra vez al ver que el guardia acercaba la espada.
El rojo apareció entre sus dedos.
Aura lo miró con miedo. Tiró de la corriente para frenarla y la energía siguió pasando, adherida a lo que ya estaba sosteniendo.
La amalgamita empezó a calentarse bajo la capa. Aura intentó reducir la corriente, pero la barrera se debilitó. Volvió a darle fuerza antes de que los hombres llegaran a Mauro.
—¡No se acerquen! —gritó.
El guardia de la cerca golpeó la defensa con el escudo. Ella consiguió apartarlo, pero el esfuerzo le arrancó otra corriente desde las piernas. El calor de la gema seguía aumentando.
Suelta el aire despacio... No lo fuerces. Deja que salga.
La voz de Témpora llegó entre el ruido del fuego y las armas. Aura abrió la boca y soltó una respiración entrecortada. Tenía los hombros levantados, duros; intentó bajarlos mientras volvía a tomar aire.
—Me cuesta...
Lo sé. Un poco más despacio.
Quiso recoger la energía que había extendido hacia la casa. Peryna gritó cuando un guardia rodeó la punta de la barrera, y Aura tuvo que ensancharla antes de que la alcanzara. Iris tiró de su hermana hacia Erina. Micah se adelantó demasiado al intentar detener al hombre; Mauro le agarró la camisa y lo hizo retroceder.
La presión le tensaba los brazos. Quiso bajar una mano para tocar la gema, pero una piedra golpeó la defensa y tuvo que sostenerla con ambas.
La tierra alrededor de sus botas estaba removida. Le costaba encontrar una posición firme; cada vez que apoyaba el peso, el mago de tierra hacía ceder una parte del suelo. Erina intentó pasar con las niñas por el hueco junto al molino, pero el segundo mago de fuego se volvió hacia ellas.
Aura extendió la defensa hasta ese lado. La llama chocó antes de llegar a Iris y se abrió a ambos lados de la barrera. Una lengua de fuego alcanzó el alero de la cocina. La madera empezó a ennegrecerse y una franja de humo subió junto al muro.
Aura quiso volverse, pero otro terrón golpeó la defensa. Al levantar la mano de nuevo vio que el fuego seguía prendido bajo las tejas.
No estaban consiguiendo salir.
Mauro y Micah seguían detrás de sus espadas, arrinconados contra una defensa que ella no podía dejar caer. Los magos se acercaban cada vez que Aura retrocedía. Silas había vuelto a ponerse junto a los guardias y les señalaba por dónde rodearla.
Podría apartarlos a todos de un golpe.
La idea llegó con una facilidad que la asustó. Aura miró a Peryna, escondida contra Erina, y trató de reunir solo un pulso como el que había derribado al primer mago. Quería obligarlos a retroceder, darles tiempo para pasar detrás del molino.
Pero todavía tenía ambas manos ocupadas en sostener la barrera. El fuego golpeaba de un lado y la tierra del otro. Cada vez que intentaba reducir la defensa, un guardia daba un paso hacia la familia.
La amalgamita vibró y tiró del exceso. Un frío repentino le cruzó el costado. La presión disminuyó y, durante un instante, Aura pudo doblar los dedos sin sentirlos rígidos.
Oyó un chasquido dentro del engarce.
Apartó el borde de la capa. Una grieta fina cruzaba la piedra azulada. Al tocarla, el calor la obligó a retirar la mano.
Recordó lo que Aaron le había dicho: la gema le daría tiempo para cortar la corriente. Todavía tenía que hacerlo ella.
Un guardia alcanzó el brazo de Iris por el extremo de la defensa.
Aura empujó hacia él. El hombre la soltó y retrocedió, pero el mago de la vara aprovechó para lanzar otra llama. Aura la detuvo con la mano izquierda; el impacto le dobló el codo.
—¡Aura, vuelve! —gritó Micah.
Ella miró el espacio que los separaba. El mago de tierra acababa de levantar otra franja del patio entre ambos. Podía pasar por encima, si conseguía apartar a los hombres que esperaban al otro lado.
Escucha mi voz, Aura. Afloja los dedos un poco, como antes. Siente la corriente en la mano; no intentes tirar de toda a la vez.
Aura intentó separar los dedos. Cedieron apenas, pero la presión seguía subiéndole por las muñecas.
—Se los van a llevar...
Vio al guardia de Iris recuperar el escudo y avanzar otra vez. Había que hacerlos retroceder. No bastaba con seguir recibiendo los golpes.
Aura recogió la mano derecha. Mantuvo la otra extendida hacia la familia y dejó crecer el rojo delante de la palma. Quería lanzarlo contra los magos, obligarlos a retroceder antes de que los guardias alcanzaran a Iris.
La energía empezó a reunirse entre sus dedos, caliente y cada vez más densa. Aura adelantó la mano para dirigirla, pero el rojo tiró en sentido contrario.
La amalgamita vibraba contra su costado. Desde las manos, franjas de energía roja le recorrieron los brazos en ondas, pasando por las muñecas y los codos hacia la piedra. Cada una le tensaba los músculos al avanzar. Aura intentó retener el ataque frente a la palma, pero la gema seguía atrayéndolo.
El rojo alcanzó el engarce y se mezcló con el brillo azul de la Lay Len que guardaba la amalgamita. La luz palpitó bajo la capa. Aura sintió ambas corrientes juntarse, apretadas contra su cuerpo, mientras la defensa empezaba a plegarse frente a ella.
Un segundo después, la energía volvió por sus brazos hacia las manos.
El dolor le cruzó los codos. Intentó cerrar los dedos para detenerla, pero se le abrieron de golpe. El rojo y el azul avanzaron entrelazados hasta las palmas y se extendieron en una onda púrpura.
El empuje le sacudió los brazos y el pecho. Los pies se le despegaron de la tierra y salió lanzada hacia los campos. Vio el borde del molino pasar a su lado y después una pila de heno amontonada detrás de él.
Chocó de espaldas contra el heno. Los tallos secos cedieron bajo su cuerpo y amortiguaron la caída, aunque el hombro recibió el golpe al girarse. Resbaló por un costado hasta quedar entre las espigas, con el bolso a su lado.
Intentó tomar aire. Tenía polvo en la boca y los brazos le temblaban después del reflujo.
Desde el patio llegó un grito de Peryna.
Aura se volvió hacia la casa. Entre las espigas vio a los guardias avanzar donde había estado su defensa y a Mauro levantar la espada delante de su familia.
Apoyó una mano para incorporarse. El hombro le dolió, pero consiguió levantar el pecho. Después las fuerzas le faltaron y volvió a hundirse entre el heno esparcido.
—Esperen...
Solo consiguió decirlo para sí. Quiso llamar a Micah, pero la voz no salió. La casa se perdió detrás de los tallos y el ruido del patio empezó a alejarse.
Todavía intentaba ponerse de rodillas cuando el ruido se apagó. Los dedos se le aflojaron sobre los tallos y perdió el conocimiento.
El polvo levantado sobre el patio avanzó entre las espigas. Una figura encapuchada salió de un surco y se agachó junto a Aura.
Le apartó el cabello de la cara. Aura no reaccionó.
Desde la casa llegaron voces y un golpe de metal. La figura levantó la cabeza, pasó un brazo bajo los hombros de Aura y la arrastró unos metros, manteniendo la capa y el bolso junto a ella. El trigo se cerraba a sus espaldas mientras cruzaba hacia una zanja en el borde del cultivo.
La acomodó de costado en el fondo seco, debajo del talud y de las hierbas que sobresalían por el borde. Retiró la correa del bolso de su cuello y la dejó cruzada sobre el hombro. Después recogió dentro de la zanja los mechones carmesíes que habían quedado extendidos sobre la tierra.
Una voz ordenó que buscaran en el campo.
La figura salió por el extremo opuesto. Caminó por otro surco, doblando espigas a su paso, y regresó a la zanja desde un costado. Se quedó agachada junto al talud. Por encima de ella, el polvo empezaba a asentarse.
Micah miró hacia el trigo. Había visto a Aura caer detrás del molino, pero ya no conseguía distinguirla entre los tallos.
Dio un paso en aquella dirección.
—¡Micah, aquí! —lo llamó su padre.
El golpe de un escudo lo obligó a retroceder antes de que pudiera volverse. Levantó la espada por instinto y la hoja chocó con otra. El impacto le torció la muñeca.
Mauro se adelantó para apartar al guardia. Micah recuperó la empuñadura con ambas manos y volvió a ponerse junto a él.
Erina había acercado a las niñas al rincón entre la casa y el molino. Iris mantenía a Peryna detrás de su cuerpo. El terraplén que había levantado el mago seguía cortándoles la salida.
—Bajen las armas —ordenó un guardia.
—Apártense de mi familia —respondió Mauro.
Silas señaló el campo.
—Dos de ustedes, por la muchacha. No quiero que vuelva a aparecer detrás de nosotros.
Micah vio a dos hombres entrar entre las espigas. Quiso gritarle a Aura que corriera, que no intentara regresar, pero el guardia volvió a golpear con el escudo. Esta vez lo recibió en el hombro y chocó contra la pared.
Peryna lo llamó. Micah se apartó del muro, respirando con dificultad, y puso la espada frente a ella.
Mauro consiguió hacer retroceder al hombre que tenía delante. No lo siguió. Se movió hacia Erina cuando otro guardia intentó pasar por el costado del molino.
—Quédense juntas —le dijo.
Micah cubrió el espacio que su padre había dejado. La hoja le pesaba más de lo que recordaba. Miró el escudo, la espada que asomaba a un lado y las botas del guardia, intentando encontrar por dónde podía detenerlo sin dejar pasar al otro hombre que venía detrás.
Una mano alcanzó el brazo de Erina.
Mauro se volvió. Apartó al guardia con el hombro y levantó la espada para impedir que regresara. El hombre que tenía enfrente golpeó su hoja hacia afuera.
Micah vio la punta de la otra espada avanzar por debajo del brazo de su padre y hundirse entre las costillas bajas, en el costado.
—¡Papá!
Mauro perdió el aire. Su espada cayó de punta y la empuñadura se le escapó de los dedos. Cuando el guardia retiró la hoja, una mancha oscura empezó a extenderse por la camisa.
Erina lo sujetó antes de que golpeara la tierra. Micah soltó su arma y se arrodilló al otro lado. Su padre intentó apoyarse en él, pero las piernas cedieron y tuvieron que bajarlo entre los dos.
—Mauro...
Erina le sostuvo la cara. Él abrió la boca para responder y solo consiguió tomar una respiración corta.
La sangre pasó entre los dedos de Micah cuando acercó la mano al costado. Miró la mancha, cada vez más grande, y después a su madre.
—Necesito algo... Tela.
Iris desapareció por la puerta y regresó con el paño del pan. Un guardia intentó detenerla; ella se soltó y se lo puso a Micah en las manos. Él lo dobló como había visto hacer a Aura junto al carruaje de Darom y lo sostuvo sobre la herida.
Mauro se estremeció.
—Lo siento, papá.
Peryna se arrodilló junto a la cabeza de su padre. Le tocó el cabello y empezó a llamarlo, cada vez más fuerte, hasta que Iris la abrazó por detrás.
—Aparten las espadas —dijo Silas.
Un guardia recogió la de Mauro y puso el pie sobre la que Micah había dejado en la tierra.
Erina levantó la cara hacia el mercader.
—¡Necesita que lo atiendan!
—Entonces dejen de resistirse.
Micah miró el paño. La sangre ya lo había atravesado. Su padre seguía respirando, pero cada vez que intentaba moverse cerraba los ojos y apretaba la mano de Erina.
No podía ir por Aura. Tampoco podía volver a tomar la espada.
Silas hizo una seña hacia la carreta.
Los guardias se acercaron. Uno quiso apartar a Micah, pero él mantuvo la mano sobre el paño.
El hombre miró la sangre y lo dejó junto a su padre. Otro trajo una manta del carro. La extendieron bajo Mauro y lo levantaron entre varios, mientras Erina le sostenía la cabeza y Micah caminaba a su lado sin retirar la tela.
Mauro soltó un gemido al pasar el desnivel del patio. Peryna se tapó los oídos. Iris la llevó detrás de ellos, con una mano firme sobre su espalda.
Lo acomodaron en el fondo de la carreta. Micah subió de rodillas y volvió a buscar el costado bajo la manta. Erina se sentó al otro lado; las niñas tuvieron que pasar entre ambos para encontrar espacio. Peryna tomó la mano libre de su padre y se quedó mirando su cara.
Desde allí, Micah alcanzaba a ver el molino y el borde del campo.
Uno de los guardias regresó por el surco.
—Hay marcas hacia el lindero.
Silas mandó a otro hombre con ellos y señaló los árboles. Después se volvió hacia el conductor de la carreta.
—Llévenselos.
Silas subió a su carruaje. Cerró la puerta y el vehículo siguió a la carreta, acompañado por los guardias que habían quedado junto a la casa.
Micah levantó los ojos una vez más. El patio se alejaba entre las tablas del carro. Una llama asomaba bajo el alero de la cocina y el humo empezaba a cubrir la ventana. Sobre su mano, la tela seguía humedeciéndose.
Aura despertó con el olor del humo.
Tenía la mejilla contra la tierra y una raíz le rozaba los labios. Intentó apartarla, pero al mover el brazo sintió un dolor que le subió hasta el hombro. Se quedó quieta, con los ojos abiertos bajo las hierbas.
Por encima de la zanja, el cielo conservaba una franja de luz dorada.
El sol estaba muy bajo.
Aura se incorporó sobre un codo. Recordaba el heno cediendo bajo su espalda, la voz de Peryna y la casa al otro lado del campo. Ahora había un talud frente a ella. El bolso descansaba junto a su cintura, todavía sujeto por la correa.
—¿Témpora...?
Despacio... Te has lastimado.
Se tocó el pecho y después los brazos. La manga estaba rasgada cerca de un codo. Bajo la capa encontró la amalgamita, fría, con la grieta que había visto antes de caer. Al rozar el engarce recordó el rojo atravesándole las manos y apartó los dedos.
Del patio no llegaban voces.
Se agarró a una raíz y consiguió ponerse de rodillas. El humo era más fuerte allí. Subió hasta el borde de la zanja, apoyando primero una mano y después la otra, y buscó el molino.
Las aspas estaban inmóviles. Detrás se levantaba una columna gris.
Aura se puso en pie demasiado rápido. El campo se inclinó ante sus ojos y tuvo que agacharse hasta que el mareo disminuyó. Después avanzó entre las espigas, con una mano sobre el bolso para que no golpeara su costado.
La casa apareció al salir del trigo.
Faltaba una parte del techo. La pared junto a la cocina estaba abierta y, en el interior, unas vigas conservaban fuego bajo la madera ennegrecida. El resto había caído sobre las habitaciones.
Aura se detuvo.
—¿Erina?
Esperó unos instantes antes de acercarse.
—¡Mauro! ¿Micah?
El calor le alcanzó la cara al llegar a la puerta. Ya no había nadie junto al muro donde había dejado a Peryna e Iris. La tierra seguía levantada por la magia y conservaba las pisadas de quienes habían pasado sobre ella.
Aura rodeó la casa.
Buscó junto al pozo, detrás del molino y en el cobertizo. Cada vez que una tabla crujía volvía la cabeza, esperando que alguien se moviera del otro lado. Llamó a las niñas hasta que la garganta empezó a dolerle.
Regresó a la entrada cuando el sol rozaba las copas de los árboles.
Desde el umbral pudo ver parte de la mesa. Una viga había caído sobre ella y los platos estaban esparcidos entre los escombros. En el suelo, cerca de la cocina, quedaba el borde negro de una olla.
Aura miró hacia el campo de flores.
Cruzó hasta los geranios y encontró la piedra plana entre las plantas. Todavía estaba en el lugar donde la habían dejado. Se agachó y pasó los dedos por su superficie, ahora cubierta de polvo.
«Después podemos seguir, ¿verdad?»
Había dicho que sí.
Se sentó sobre los talones. Durante un rato siguió mirando la piedra, con la mano apoyada encima. Quiso llamar otra vez a Peryna, pero se le cerró la garganta.
Empezó a llorar allí, doblada junto a las flores. Se tapó la boca con la manga para poder tomar aire y acabó apoyando la frente sobre el brazo.
Témpora... ¿Adónde se los llevaron?
La respuesta tardó.
No lo sé, Aura.
Aura apretó los ojos. Recordaba a Mauro con la espada levantada, al otro lado de las espigas. Había intentado ponerse de pie para volver con él.
No sabía qué había ocurrido después.
Una brasa crujió dentro de la casa. Aura levantó la cabeza y se secó el rostro. Quedaba luz sobre el camino; se obligó a levantarse antes de perderla.
Volvió al lugar donde los guardias habían cercado a la familia. Junto al muro encontró una mancha oscura, casi oculta bajo el polvo. Se agachó para verla mejor.
Sangre.
Había salpicaduras sobre una piedra y un retazo de tela más cerca del paso hacia los carros. Tenía un borde desgarrado; el centro estaba endurecido y oscuro.
Aura lo recogió.
La sangre había pegado tierra entre sus pliegues.
—¿Quién...?
Miró hacia la casa, como si alguien pudiera responderle. Las marcas continuaban hacia el camino, entre pisadas y surcos de ruedas. Una parte del suelo estaba barrida por algo que habían llevado muy cerca de la tierra.
No encontró a nadie tendido en el patio ni junto al molino. Entre los huecos que todavía podía ver de la casa tampoco distinguió un cuerpo. Volvió a los surcos y siguió uno hasta la salida.
Las ruedas se habían alejado de la granja.
Silas había dado la orden de llevárselos. Si estaban en los carros, tenía que alcanzarlos. Aura miró el retazo que sostenía y sintió miedo de lo que pudiera haber pasado durante aquellas horas.
Había pasado tanto tiempo.
La sombra del molino ya cruzaba el patio entero. El sol desapareció detrás de los árboles mientras ella seguía agachada junto a las huellas.
Pensó en Silas mirando sus ojos y admitiendo que no era Ambarine. Lo había escuchado. Todos lo habían escuchado, y él había mandado al mago continuar.
Aura cerró los dedos sobre la tela.
Si lo hubiera apartado desde el principio, si hubiera usado más fuerza cuando aún podía hacerlo...
El calor volvió al pecho.
La ceniza empezó a moverse cerca de sus rodillas. Aura se levantó y sintió la Lay Len acudir desde el suelo, atraída hacia su cuerpo. La conocía; había pasado meses aprendiendo a recibirla despacio. Ahora llegaba de todas partes.
El rojo se extendió sobre las manos.
Podía seguir los carros. Cuando encontrara a Silas, no tendría que volver a escucharlo ni esperar a que terminara de mostrar un papel.
La idea le quitó por un momento el dolor de los brazos. Su respiración se volvió lenta. Miró el camino y casi le pareció fácil: apartar a los guardias, romper las puertas, pasar por encima de quien intentara impedirle llegar hasta los Fuegel.
«Esta vez no te detengas.»
Aura levantó la mano. El retazo seguía atrapado entre sus dedos.
Aura sintió una energía blanca azulada salir de Aulita, la esfera de la Alechrona que llevaba en el bolso. Le recordó la claridad que rodeaba a Témpora. Aquella sensación le rozó el costado y se extendió delante de ella.
El patio pareció hundirse detrás de las huellas. Aura vio durante un instante el suelo vacío y, sobre el mismo lugar, una rueda que todavía estaba pasando. Oyó un grito infantil. Después, el golpe de una puerta cerrándose.
Se volvió tan deprisa que el bolso le tiró del hombro.
—¿Peryna?
No había nadie.
La profundidad extraña desapareció. Quedaban los surcos inmóviles, la casa quemada y el viento levantando ceniza. Aura llevó una mano al bolso, pero antes de tocarlo oyó crujir la piedra sobre la que estaba parada.
El rojo había avanzado por la tierra. Los fragmentos de madera se arrastraban hacia ella y el retazo temblaba entre sus dedos. La energía estaba reuniéndose otra vez frente a sus manos.
Aura miró las huellas. Una descarga alcanzaría la sangre, las marcas de las ruedas y lo poco que quedaba en el patio.
No podría seguirlas después.
Intentó cerrar la entrada de Lay Len. El pecho le dolió y la corriente siguió subiendo. Aflojó los dedos, pero el rojo se reunió entre ellos.
—No... Aquí no.
Bajó la mano sin dirigirla hacia el suelo. Se quedó mirando el borde claro del retazo, todavía libre de sangre. Le temblaban las piernas. Quería hacerle daño a Silas; todavía lo quería. Tenía que encontrar primero a quienes se había llevado.
Tomó aire y lo soltó despacio. Esta vez esperó antes de volver a tirar de la corriente. Sintió por dónde entraba, redujo el paso un poco y sostuvo ese esfuerzo aunque le dolieran los brazos.
El rojo perdió fuerza sobre sus muñecas.
Aura dejó salir la energía sin reunirla en un golpe. Unos filamentos se desprendieron de las manos y se deshicieron sobre el patio. La ceniza cayó. Tuvo que intentarlo de nuevo con lo que aún le apretaba el pecho, hasta que pudo doblar los dedos sin que apareciera otro destello.
La amalgamita seguía tibia bajo la capa. La tocó con cuidado: conservaba la misma grieta.
Se dejó caer junto al surco de una rueda. El retazo quedó sobre sus rodillas.
Durante un rato no hizo más que respirar. Después volvió a mirar las marcas, pasando de unas a otras hasta que la tierra dejó de distinguirse bajo la sombra. Las brasas iluminaban el hueco de la cocina. En el molino ya no se veía ninguna parte de las aspas.
Había anochecido.
Aura dobló el retazo por los bordes limpios y lo guardó en el bolso. Se puso de pie apoyándose en la rodilla. El hombro seguía dolorido y sentía las piernas pesadas por el esfuerzo, pero no quería quedarse allí otra noche.
Un roce entre las espigas la hizo detenerse.
Había una figura junto al límite del campo.
Aura la vio contra la parte más clara del cielo, inmóvil bajo una capucha. Se acercó unos pasos, sin levantar las manos.
—¿Has visto a mi... a donde se los llevaron?
La figura retrocedió.
—Espera...
No respondió. Se inclinó junto a una piedra y después avanzó hacia el norte, bordeando el cultivo.
Aura fue hasta el lugar donde se había detenido. Sobre la piedra encontró dos pétalos violetas, sujetos por una piedrecita más pequeña. Miró hacia los geranios. Estaban lejos de allí.
Al levantar la cabeza distinguió a la encapuchada unos metros más adelante. El contorno de dos cuernos estrechos se dibujó cuando giró de perfil. Luego desapareció detrás de las espigas.
Aura avanzó hasta el siguiente claro. Había otro pétalo, colocado entre dos tallos, y más allá volvió a ver la capa junto a un árbol.
Se quedó un instante mirando hacia la casa. En el hueco de la cocina una viga se partió y levantó chispas sobre las brasas. Aura apretó la correa del bolso y volvió la vista al campo.
La figura se movió entre los árboles.
Aura salió de la granja siguiendo los pétalos.