Aura abrió los ojos sobre la superficie transparente.
La aurora se movía despacio. Una franja verde se plegaba sobre otra azul y el violeta se perdía a lo lejos, donde el cielo y su reflejo se juntaban. Durante un momento se quedó quieta, esperando que regresara el calor del templo.
No llegó.
Se miró las manos. No tenían quemaduras ni sangre. Abrió los dedos, los cerró y se tocó la cara. La marca bajo el ojo derecho le dolía apenas.
—¿Témpora?
Su voz se perdió en el vacío.
Aura giró. No estaban Ambarine, Wist ni los aros. La tela del bolso había desaparecido de su hombro y, cuando llevó la mano hasta allí, solo encontró la túnica blanca con la que había despertado en aquel lugar.
Quiso volver.
Se concentró en la piedra bajo sus botas, en el humo que entraba desde la explanada y en la mano que Ambarine había extendido hacia ella. Esperó sentir otra vez el peso del cuerpo.
Una onda pequeña cruzó el suelo.
Aura bajó los ojos. Le pasó bajo los pies sin mojarlos. Después llegó un dolor en el hombro y tuvo que sujetárselo, sorprendida.
Los colores continuaron moviéndose.
Ambarine vio a Aura aparecer junto al arco abierto.
Había estado delante de Isaliria un instante antes. Ahora tenía una mano contra la columna y la cabeza vuelta hacia el centro. El destello había terminado demasiado cerca del borde. Ambarine levantó el brazo para indicarle que se apartara.
—Aura, ven hacia aquí.
Aura la miró, pero no se movió.
La emperatriz retiró la palma del aro.
—¿Qué viste?
Aura abrió la mano derecha.
—Suelta la pieza.
La voz hizo que Ambarine vacilara. Dejó caer el brazo un poco, esperando que Aura volviera a mirarla.
El pulso salió ancho y golpeó el ala que cubría el pedestal. Isaliria giró para recibirlo. Una parte se dispersó contra el suelo; el resto alcanzó la base de Thermus. Ambarine se cubrió la cabeza cuando la piedra saltó entre las dos.
—¡La pieza sigue ahí! —gritó—. Vas a derribar los aros.
Aura ya estaba preparando otro golpe.
Ambarine salió de la columna. El ala izquierda se movió hacia ella y tuvo que detenerse antes de pisar una línea encendida. Había visto a Isaliria tocar aquel conductor cada vez que cerraba el paso. Lo siguió con los ojos hasta una abrazadera junto al pedestal.
Aura disparó.
Isaliria levantó el ala derecha. Ambarine aprovechó para enviar su llama contra la mano que sostenía el aro. Le temblaba tanto la muñeca que el fuego pasó por debajo, pero la emperatriz tuvo que apartarse.
—A tu izquierda —le dijo a Aura.
Aura giró hacia el hueco. Una descarga la alcanzó antes de que completara el destello y la lanzó contra la columna más próxima. Su hombro golpeó la piedra. Ambarine vio que se le doblaban las piernas y corrió hacia ella, pero el otro brazo de Aura ya había levantado una pantalla.
El ala chocó contra la defensa.
Ambarine llegó por un costado y extendió su fuego frente a ambas. La proyección dorada empujó la llama hacia atrás. El calor le alcanzó los nudillos; apretó los dientes y desplazó la mano hasta que Aura consiguió enderezar la pantalla.
El golpe siguiente pasó por encima.
Ambarine tiró de su manga.
—Cuando se abra, vamos hacia el pedestal.
Aura apartó el brazo de un tirón.
—Voy a sacarla.
—Lo sé. Yo puedo abrirte el paso.
Aura miró los aros.
Wist se arrastró lejos del fragmento de estatua que había caído junto a él. Se acomodó detrás de una base de piedra, con el ala lesionada separada del cuerpo. Ambarine lo vio levantar la cabeza cada vez que la barrera de Aura recibía un golpe.
Isaliria dio un paso alrededor del pedestal.
La pantalla creció hasta empujar su ala. Aura avanzó con ella y Ambarine tuvo que seguirla para no quedar del otro lado. Le dolía el brazo hasta el hombro. Al bajar la mano vio una línea de sangre atravesando la venda.
No había conseguido cerrar la herida.
—Aura, espera.
Ella no esperó.
El dolor volvió, esta vez en la espalda.
Aura se inclinó sobre el suelo transparente y apoyó las manos. Debajo, su reflejo tardó un instante en imitarla. Vio el cabello pegado a una mejilla, una manga negra en el borde y unos dedos que seguían levantados.
Parpadeó.
Solo quedó la túnica blanca.
—Estoy aquí —dijo, sin saber a quién.
La superficie vibró otra vez. Una luz rojiza atravesó el azul y se apagó antes de que pudiera seguirla. Aura recordó las manos que había visto levantarse sin decidirlo, el paso que su pierna dio cuando intentaba acercarse a Ambarine.
Se puso de pie.
Había algo delante de ella.
Al principio creyó que era una de las columnas que había imaginado junto a Témpora. Caminó hasta distinguir el borde de una hoja blanca. Era un poco más alta y ancha que la puerta que había abierto antes de despertar en la cabaña de Ereel. Una cadena la cruzaba cerca de la manecilla y otra pasaba por encima, tensa, con los eslabones hundidos en la superficie.
Aura se detuvo.
Reconoció el dolor antes de tocarla.
Dio un paso hacia un lado. La puerta permaneció allí. Al acercarse de nuevo sintió un frío que le subía desde las manos.
—Ahora no...
Volvió la cabeza hacia el vacío.
Quería estar en el templo. Necesitaba ver dónde estaban sus compañeros y apartar las manos de Isaliria de los aros. La puerta no le mostraba nada de eso.
Una voz llegó tan débil que no supo si la había oído.
Aura corrió hacia ella. Sus pies levantaron ondas y la voz desapareció. Se detuvo, tomó aire y volvió a escuchar. Lo único que sintió fue el golpe que le dobló la rodilla.
Al levantar la vista, la puerta seguía delante.
En el vestíbulo, Ereel apartó a un guardia del alcance de un trozo de cornisa.
La piedra cayó donde el hombre había puesto un pie. El golpe abrió una marca en el suelo y el mago tuvo que apoyar su vara para conservar el equilibrio. Chalkois descendió desde una viga, inquieto. Sus plumas se habían erizado antes del temblor.
Shaeli miró el corredor central.
—La torre.
Desde allí llegaba un rumor distinto del combate de la explanada. El palacio seguía lleno de voces y de armas cayendo, pero bajo aquellos sonidos había una vibración que recorría las paredes. Ereel la sintió al cerrar la mano sobre la vara. La Lay Len se estaba moviendo demasiado rápido en el ala antigua.
El guardia al que había apartado se quitó el casco. Tenía la frente cortada y no levantó la espada.
—Hay gente en los corredores de servicio —dijo.
Shaeli señaló a dos de los hombres que la acompañaban.
—Sáquenlos hacia el patio. No suban.
Uno de los oficiales quiso cerrarles el paso. Había perdido a quienes seguían su orden y buscaba otros uniformes en el vestíbulo.
—Nadie puede entrar en esa parte del palacio.
La pared se sacudió otra vez.
El guardia sin casco miró la cornisa rota.
—Entonces ayúdelos a salir.
Ereel no esperó a que se pusieran de acuerdo. Avanzó hacia la escalera y tuvo que detenerse en el primer descanso para respirar. Había sostenido el acceso exterior demasiado tiempo. El hombro le dolía al mover la vara y una parte del manto estaba quemada cerca de la cintura.
Shaeli llegó a su lado.
—Las tres entraron por aquí —dijo, y se corrigió antes de que él la mirara—. Las dos y el fénix.
Ereel asintió. Encontró las marcas de una reja arrastrada sobre el suelo, el borde todavía tibio de una tela y unas ascuas verdes mezcladas con el polvo.
Más adelante, un tapiz cubría una puerta abierta.
La atravesaron.
La vibración creció al bajar. Ereel vio las líneas rojizas entre la piedra y reconoció el material del circuito antes de alcanzar el templo. Se arrodilló junto a uno de los conductores. La energía pasaba por allí, pero había empezado a regresar contra su propio recorrido.
—No pises eso —le pidió a Shaeli.
Ella retrocedió.
Un golpe cayó encima de ellos. El techo soltó polvo. Ereel mantuvo la palma cerca de la ranura, sin tocar el metal, y levantó la cabeza hacia la escalera que seguía al otro lado de las puertas.
—Aura —dijo.
Shaeli lo oyó.
—¿Puede detenerlo?
Ereel retiró la mano. Tenía los dedos temblando.
—Tenemos que alcanzarla.
En la explanada, Tirka acababa de ayudar a Aaron a levantar a un hombre cuando el resplandor salió por encima de la torre.
Una línea roja pasó entre los arcos y golpeó el borde del techo. El fogonazo iluminó el humo; después solo quedaron ascuas que descendían hacia el mar.
Tirka soltó el borde de la camilla.
—Aura.
Aaron miró hacia el mismo sitio. La luz le iluminó un lado de la cara. No respondió.
Todavía llegaban personas heridas al puesto. Ana había vuelto sin la carreta y estaba preparando otro grupo para caminar hacia el punto exterior. Una mujer pedía por su marido y un niño se aferraba al brazo de un guardia que le buscaba espacio entre los vendajes.
Tirka dio un paso hacia la torre.
Aaron la sujetó por la manga.
—Por dentro —dijo—. El muro está soltando piedra.
Ella miró el borde del acantilado. Un fragmento del techo cayó más allá de los arcos y desapareció hacia el mar.
—No voy a quedarme aquí.
El alquimista la soltó. No volvió a pedirlo. Le puso un paño limpio en las manos y se volvió hacia el herido que aún esperaba sobre la camilla.
Syrit también había visto la luz. Se encontraba junto a Mirret, cerca de una barrera caída. El hombre respiraba con dificultad, pero apartó la mano de su brazo cuando la vio mirar el palacio.
—Ve —le dijo.
—Te llevo con Aaron.
—Ya estoy con ellos.
Un voluntario había llegado para ayudarlo. Syrit dudó un instante más. Mirret buscó su mirada y asintió.
Ella cruzó la explanada junto a Tirka. No corrieron por el centro. Había lugares donde la guardia todavía retenía a la gente y otros donde los mismos soldados estaban abriendo las salidas. Un oficial gritó que la emperatriz conservaba el mando. Nadie junto a la puerta se volvió hacia él.
Desde la entrada, Tirka miró otra vez hacia arriba. La torre había quedado oscura entre las columnas de humo.
Ambarine alcanzó el conductor cuando Isaliria volvió a cubrirse detrás del ala.
Se había separado unos dedos de la ranura por el golpe de Aura. Metió la punta de la bota bajo el borde y empujó. El metal quemó el cuero. Tuvo que retirar el pie y buscar una parte más estrecha junto a la abrazadera.
—Ahí —dijo—. Otra vez, Aura.
Aura lanzó el pulso.
Ambarine se apartó antes del impacto. El conductor saltó contra la base de la columna y la línea de fuego que cruzaba el paso perdió altura. Wist levantó la cabeza. El aro exterior dejó de girar durante un instante.
La emperatriz extendió la mano hacia él.
Ambarine salió al otro lado del pedestal y lanzó una llama contra su muñeca. El fuego se abrió demasiado pronto, pero alcanzó la manga. Isaliria retiró el brazo con una maldición y el borde del ala tembló.
—¡Ahora!
Aura apareció frente a los aros con la mano extendida.
El metal se cerró.
Ambarine vio que retiraba los dedos demasiado tarde. Una línea roja le apareció debajo del pulgar. La emperatriz sostuvo el aro exterior con ambas manos y empujó la proyección contra ella.
Ambarine se interpuso por el costado.
Su fuego chocó con el borde dorado y se deshizo. Aura alcanzó a levantar una pantalla detrás de las dos. El golpe las arrastró hasta la estatua; Ambarine apoyó el antebrazo contra la piedra y sintió que la venda se pegaba a la quemadura.
Aura ya estaba enderezándose.
—Podemos sacarla si abres ese aro —dijo Ambarine.
—Apártate.
La respuesta llegó sin que Aura la mirara.
—Estoy intentando ayudarte.
Aura reunió un rayo.
Ambarine tuvo que bajar la cabeza para que no le alcanzara el cabello. Isaliria desvió el golpe con el ala. El calor barrió el dintel de la escalera y un fragmento se desprendió de la parte alta.
Ambarine retrocedió, con el corazón golpeándole demasiado fuerte.
—¡Aura!
Ella no se volvió.
Una viga crujió sobre el pedestal. El golpe había levantado una esquina de su soporte. Ambarine siguió la grieta hasta el conductor de la columna y vio que la abrazadera todavía lo sujetaba por un extremo.
Fue hacia él.
Isaliria la vio agacharse.
—No lo toques.
Ambarine agarró el canto con la mano izquierda. Tiró y sintió cómo una de las fijaciones se soltaba de la piedra. El aro exterior se inclinó.
Aura avanzó hacia la pieza.
La descarga de Isaliria apareció junto al suelo. Ambarine soltó el metal para levantar su llama, pero el golpe entró antes de que pudiera cerrarla. La alcanzó en un costado y la arrojó contra la base de la columna.
La cabeza no llegó a tocar la piedra. Se cubrió con el brazo y el dolor le llenó los ojos de lágrimas. Buscó aire. Durante unos segundos no pudo tomarlo.
Aura seguía frente al pedestal.
Ambarine intentó levantarse sobre una rodilla. El pie resbaló. Volvió a caer, con la mano derecha doblada contra el pecho.
—Aura...
La llamó otra vez, más fuerte.
La figura frente a los aros no se volvió.
El nombre llegó desde detrás de la puerta.
Aura se acercó tanto que casi apoyó la frente sobre la superficie blanca.
—Ambarine.
No hubo una respuesta. Oyó una respiración rota y después algo arrastrándose. Quiso encontrar el borde del sonido, apartarlo, ver qué estaba ocurriendo al otro lado.
La marca bajo el ojo empezó a dolerle.
Aura tomó la manecilla y la soltó de inmediato. No quería ver otra máquina. No quería volver a sostener un cuerpo muerto ni escuchar una voz que después no pudiera encontrar.
La respiración se interrumpió.
—Espera... —pidió.
Puso otra vez la mano sobre la manecilla. Le temblaban los dedos. Tiró antes de perder el valor.
La cadena de abajo se desprendió.
Los eslabones golpearon el suelo con un ruido que le llenó los oídos. La aurora se plegó sobre sí misma y el verde bajó hasta rozarle las piernas. Aura tuvo que apoyar la mano libre en la puerta para no caer.
La otra cadena se tensó y cedió.
Ambarine vio a Aura llevarse una mano a la sien.
El rayo que había reunido se abrió por un lado y golpeó la base del pedestal. El metal chilló. Isaliria tuvo que soltar uno de los aros para que la pieza no chocara contra su muñeca.
Aura se dobló.
Wist salió de detrás de la piedra. Abrió el ala sana entre ella y la emperatriz, con las llamas tan bajas que Ambarine distinguió las plumas del pecho. El ala de Vish se detuvo delante de él durante un instante.
Ambarine intentó formar fuego en la mano izquierda.
Apareció una claridad pequeña y se apagó.
Aura empujó.
La luz del otro lado le ocultó las manos.
La entrada tenía escalones anchos y unas puertas de vidrio que reflejaban el cielo. Había estudiantes sentados junto a las columnas, con bolsos entre los pies. Más allá, unas letras recorrían lentamente una franja luminosa.
Aura no alcanzó a leerlas.
—Aquí. La biblioteca está de este lado.
Lise caminaba delante de ella. Llevaba los rizos recogidos a medias y unos lentes gruesos que se le deslizaban por la nariz. Tenía un granito junto a la boca y las mangas del uniforme dobladas de manera desigual.
Quince años.
Aura tenía dieciséis entonces. Recordó esa diferencia con una certeza breve, mientras el resto del edificio perdía sus bordes.
—¿También puedes venir los fines de semana?
—Por lo que cuesta, deberían dejarme dormir aquí.
Lise se rio y buscó algo dentro del bolso.
—Mi mamá casi se arrepiente cuando le dijeron el precio. Tuve que prometerle que iba a aprovechar todo el año.
Una tarjeta. Su fotografía, pequeña, junto a unas palabras borrosas.
—Entonces no deberías gastarlo ayudándome.
—Ay, Aura… También quiero ver qué encontramos.
La tarjeta pasó sobre una superficie oscura. Hubo un sonido y la puerta cedió.
Adentro hacía frío. Se distinguían mesas largas, estantes detrás de divisiones transparentes y personas inclinadas sobre sus trabajos. Una luz tenue subía desde el centro de cada mesa. Letras y figuras se movían bajo las manos de alguien.
—Las colecciones antiguas están al fondo. Nos explicaron cómo buscarlas cuando me inscribí.
—¿Y si no está?
—Buscamos en otro lado.
Lise se volvió hacia ella.
—Primero entra. Ni siquiera hemos empezado.
Su voz continuó cuando el lugar desapareció.
—Otra vez te saltaste el almuerzo.
Había hojas entre las dos. Un vaso cerca de la mano de Aura.
—No tengo hambre.
—Yo sí. Acompáñame y después seguimos.
Una tarde distinta. El peso de un cuaderno sobre las rodillas.
—No entiendo esta parte.
—Ya te la expliqué.
—Sí, y sigo sin entenderla. Hazme un dibujo.
Aura sintió que sonreía.
Lise acercó su silla. Tenía una mancha de tinta en un dedo.
—Ah… Ahora sí. ¿Ves? Puedes explicarlo sin hacerme sentir tonta.
—No pienso que seas tonta.
—Ya sé.
Las mesas regresaron.
Aura tenía delante una superficie clara, llena de líneas. Pasó los dedos sobre una de ellas y aparecieron círculos unidos por trazos pequeños. Había visto algo semejante entre los papeles de su padre.
—Espera… Regresa.
—¿A este?
—Al anterior.
Un nombre quedó suspendido entre las figuras.
Flerus.
Aura se inclinó. Un borde, una anotación, la misma marca que había encontrado tantas veces sin comprenderla. Allí estaba completa.
—Lise, es esto.
—¿De verdad?
Su amiga se acercó tanto que sus hombros se tocaron.
—Te dije que tenía que haber algo. ¿Qué dice?
Aura apenas la escuchaba. Movió la mano y surgieron otras páginas.
—Esta parte…
—Más despacio. No alcanzo a leer.
Había algo pequeño conectado junto a sus dedos. Aura lo tocó. Una línea comenzó a llenarse de luz.
—¿Se puede guardar?
—Espera, creo que esos documentos…
—¿Qué están haciendo?
La voz llegó desde atrás.
Lise se enderezó. Aura vio el movimiento de sus labios antes de escucharla.
—Estamos consultando unos informes.
—Aparten las manos.
El frío de la mesa desapareció bajo sus dedos. Algo pequeño quedó encerrado en su palma.
—Su credencial.
—Yo tengo membresía. Puedo…
—Entréguemela.
El cordón rozó el cabello de Lise al pasar por su cabeza.
—El acceso a esta colección es de consulta. ¿No leyó las condiciones?
—Sí, pero yo no guardé nada.
—La extracción se hizo con su identificación.
Aura apretó la mano.
—Ella estaba buscando el trabajo de su papá. Yo solo la ayudé a encontrarlo. No sabía que iba a…
Lise volvió la cara hacia ella.
Sus ojos se veían más grandes detrás de los lentes.
—Aura…
Podía decirlo.
Había sido ella. Lise todavía estaba leyendo cuando Aura empezó a guardar las páginas.
Tomó aire, pero miró otra vez hacia la mesa. La luz seguía allí. Había encontrado una parte que faltaba en los papeles de su padre.
—Su membresía queda cancelada.
—¿Qué?
La voz de Lise salió demasiado alta. Algunas personas levantaron la cabeza.
—Tiene que entregar la credencial y acompañarme.
—Pero… No, espere. Podemos borrar lo que se guardó. Ni siquiera hemos salido.
Aura sintió que el objeto se le hundía en la palma.
Podía dejarlo sobre la mesa.
—Por favor. Yo no sabía.
—Es su identificación. Usted responde por su uso.
Lise buscó a Aura otra vez.
Esperó.
Aura abrió la boca. Después la cerró mientras el hombre seguía hablando.
Cuando terminara. Podía explicarlo cuando terminara.
—¿Me van a devolver lo de la inscripción?
—No corresponde devolución por una infracción.
—Pero mi mamá…
Lise se detuvo. Tenía las mejillas rojas.
—Es todo el año —dijo, más bajo—. Lo acabamos de pagar.
El hombre extendió una mano hacia la salida.
Aura escuchó cómo su amiga guardaba el cuaderno. Las hojas no entraban bien en el bolso; una se dobló y Lise tiró de ella con demasiada fuerza.
—Yo… —empezó Aura.
Lise levantó la mirada enseguida.
No hubo una pregunta. Solo la miró.
Aura bajó los ojos hacia su mano cerrada.
Después había un pasillo.
—Lise, espera.
Su amiga se detuvo junto a una pared. Se quitó los lentes y se pasó la manga por los ojos. Al volver a ponérselos, una de las patillas quedó sobre el cabello.
—Podemos regresar —dijo Aura—. Yo les digo que fui yo y…
—¿Por qué no lo dijiste adentro?
Aura quiso acercarse.
—No sabía cómo…
—Te pregunté. Te estaba mirando.
Lise se limpió la mejilla con los dedos, molesta porque seguía llorando.
—Ni siquiera tenías que explicarlo todo. Solo decir que yo no sabía.
Aura seguía sosteniendo lo que había sacado.
Lo guardó antes de que Lise bajara la vista.
La imagen cambió.
Había una mesa cerca de una ventana. Aura tenía dos cuadernos delante y había dejado libre la silla de al lado.
Alguien se rio junto a la entrada.
Levantó la cabeza.
La silla continuó vacía.
Después vio a Lise al otro lado de un patio. Llevaba el cabello suelto y caminaba con otras muchachas. Aura alcanzó a ponerse de pie. Su amiga miró hacia donde estaba y volvió la cara antes de que pudiera llamarla.
Pasaron otras tardes. Las hojas se acumularon junto a su cama.
Aura encontró una relación entre dos de las figuras de su padre. Giró el cuaderno, buscando a alguien a quien enseñársela.
—Lise, mira…
Su voz sonó pequeña en la habitación.
Volvió a colocar el cuaderno frente a ella. Leyó la misma línea varias veces sin entenderla.
No sabía desde hacía cuántos días no hablaban.
Al siguiente encuentro llevó los apuntes que su amiga le había prestado. Los había ordenado, alisado la hoja que se dobló en el bolso. Se quedó un rato con ellos contra el pecho, esperando que Lise terminara de hablar con otra persona.
Cuando pudo acercarse, solo consiguió extenderlos.
—Gracias.
Lise recibió el cuaderno.
—De nada.
Aura permaneció allí. Quería preguntarle cómo estaba, si su mamá se había enojado mucho, si todavía podían sentarse juntas alguna tarde.
—¿Necesitas algo más? —preguntó Lise.
—No… Eso era todo.
Se apartó para dejarla pasar.
Aura tenía la mano cerrada.
La abrió y encontró la correa del bolso marcada contra los dedos. Le ardía la palma. Había sangre debajo del pulgar y una parte de la manga se había pegado a su brazo.
Lise había esperado.
El pensamiento llegó junto con el fuego del templo. Aura volvió la cabeza demasiado rápido y la piedra se inclinó bajo sus pies. Wist estaba retrocediendo frente a ella, con el ala sana levantada. Al otro lado del pedestal, Isaliria apretaba el aro exterior.
Ambarine estaba en el suelo.
—Ambarine.
Aura quiso ir hacia ella. Su pierna se enderezó y el brazo izquierdo se levantó hacia la emperatriz.
Sintió el movimiento entero. El peso sobre la rodilla, la tensión del hombro y una corriente caliente que le nacía debajo del esternón. Había más de la que podía sostener. Quiso bajar la mano y sus dedos siguieron cerrando el rayo.
—No...
La descarga salió.
Isaliria se cubrió con el ala. El golpe le arrancó una parte del borde dorado y alcanzó la estatua detrás de ella. Lo que quedaba del rostro de Thermus se desprendió. Aura se cubrió el cuello cuando los fragmentos empezaron a caer.
Su cuerpo giró para atacar otra vez.
Sabía dónde interrumpir el trazado. Lo había encontrado muchas veces en las prácticas. Intentó alcanzar aquel instante y sintió cómo otra voluntad lo dejaba atrás, impaciente por completar el movimiento.
Una voz salió de su boca.
—Suelta la pieza.
Era suya. Había sentido el aire en la garganta, pero no había querido decirlo.
Isaliria observó el cambio en sus manos.
—Puedes detenerlo. Deja Aulita en el suelo.
Aura quiso decir que lo estaba intentando.
Su mandíbula se cerró.
El rayo siguiente llegó desde uno de los conductores. La pantalla apareció antes de que Aura lo viera. El golpe la dobló hacia dentro y el borde le quemó la palma. Gritó. Una parte del sonido salió; la otra quedó atrapada mientras su cuerpo avanzaba.
Wist se apartó de sus botas.
Aura consiguió doblar la rodilla y se aferró a ella. La descarga de Isaliria pasó sobre su cabeza y abrió una grieta en el pedestal.
Quiso quedarse abajo.
El otro impulso la obligó a levantarse.
—Aura.
Ambarine había conseguido apoyarse sobre el codo izquierdo. Tenía polvo pegado al cabello y una mano contra el costado. Aura buscó sus ojos.
—Estoy aquí —dijo Ambarine—. Mírame.
El brazo de Aura volvió a girar hacia Isaliria.
Ella tiró de la muñeca con la mano libre. Le dolió hasta las costillas. Por un momento las dos manos quedaron detenidas delante de su cara, rígidas, mientras la energía continuaba subiendo.
No podía reunir todo aquello.
Aflojó los dedos de la derecha.
La corriente se filtró entre ellos. Aura la sintió pasar por una parte de la mano que antes solo le dolía. El rayo de la izquierda perdió su borde y empezó a abrirse. Otra presión quiso cerrarlo; ella mantuvo la palma extendida.
Los filamentos subieron junto a la estatua.
Una hebra verde apareció entre el rojo. Después otra azul, tan fina que se perdió detrás del humo. Aura parpadeó cuando el violeta pasó sobre su cabeza y se dobló entre dos arcos.
Conocía aquellos colores.
Al levantar la vista encontró el mismo pliegue que había visto frente a la puerta, moviéndose ahora junto a una viga quemada. La tela solar se agitaba detrás. El viento del mar separó las hebras y la luz volvió a reunirse sobre el borde del techo.
Aura dejó salir una respiración.
El brazo izquierdo disparó otra vez.
La sacudida le cerró la mano derecha. La claridad continuó elevándose por encima de los arcos, pero el siguiente golpe salió hacia Isaliria.
La emperatriz retrocedió y sujetó el aro para no perder el equilibrio.
—No entiendes lo que estás moviendo.
Aura tampoco conseguía entender lo que hacían sus manos. Se llevó la derecha al pecho y encontró el engarce de la amalgamita bajo la tela. Lo apretó por los bordes, lejos de las grietas, esperando que el filtro cerrara el paso un instante.
Nada cambió.
La corriente le nacía bajo el esternón y seguía hasta el otro brazo sin atravesar la piedra. Aura soltó el engarce cuando el hombro empezó a girar de nuevo.
«Témpora.»
«Estoy aquí.»
La voz sonaba tenue, por debajo del crujido del fuego.
«Mis manos... No puedo...»
Un pulso salió hacia el pedestal. El ala lo recibió y una parte regresó contra ella. Aura sintió el calor en el cuello.
«Suéltalo entre los ataques.»
«¡Lo estoy intentando!»
Al gritar, su voz volvió a salir. La vergüenza la alcanzó después y se convirtió en furia antes de que pudiera pensar otra cosa. La energía respondió con una presión que le llenó la boca de un sabor amargo.
«Sabías que podía pasar.»
Témpora tardó en contestar.
«Sí.»
Aura apoyó un momento la frente contra la piedra de Thermus. Le temblaba el cuello. La otra voluntad levantó la cabeza y la obligó a buscar a Isaliria.
«¿Por qué no me lo dijiste?»
«Tenía miedo de que, al decírtelo, te empujara hacia esto.»
Aura quiso responder. Su boca permaneció cerrada mientras el rayo comenzaba a reunirse otra vez.
Ambarine se arrastró hasta el borde de la columna. Wist llegó junto a ella y se detuvo fuera del alcance de su mano. Al levantar el ala sana, varias plumas quedaron torcidas. Miró a Aura y dio un paso hacia el centro.
—No te acerques —alcanzó a decir ella.
El fénix continuó.
Aura sintió la necesidad de atacar a Isaliria con una claridad que le dio miedo. Si la golpeaba, si conseguía tirarla antes de que volviera a mover las alas...
No quería mirar a Ambarine en el suelo.
Quería mirarla.
El esfuerzo le hizo doler la nuca. Consiguió volver la cara lo suficiente para encontrar su venda, el brazo doblado, la mano izquierda buscando apoyo.
—Está viva —murmuró.
Isaliria cerró un ala sobre ella.
La pantalla se contrajo alrededor del cuerpo de Aura. Se cerró también bajo los pies y una presión le levantó los talones. El lado izquierdo se hinchó; el derecho quedó demasiado cerca del hombro. Aura intentó separar ambas manos. Una obedeció y la otra continuó preparando el ataque.
El fuego apretó la esfera.
La defensa perdió parte de su curva y le tocó la manga. Aura sintió una quemadura nueva cerca del codo. Quiso abrir la parte de arriba, como había hecho antes, pero el brazo izquierdo se mantuvo rígido.
«No puedes quedarte todo eso.»
Los colores se encendieron entre los arcos.
Aura abrió los dedos de la derecha. La esfera se deshizo por un lado y el exceso escapó hacia arriba. Una hebra alcanzó el techo. El metal se sacudió y un trozo de revestimiento cayó junto a la escalera.
La otra voluntad aprovechó para mover el cuerpo hacia Isaliria.
Aura recibió el borde del ala en la espalda y cayó sobre una rodilla. Su capa empezó a arder junto a la costura. Tiró de la parte encendida hasta arrancarla y la dejó en el suelo. El bolso le golpeó la cadera; Aulita seguía dentro, cubierta por la tela.
Wist llegó a su mano.
Le dio un golpe con el pico. Aura quiso apartarlo, pero el ave insistió y ella consiguió abrir los dedos.
Una corriente pequeña rodeó su palma.
—No... Ya me ayudaste.
Wist mantuvo el pico apoyado contra la piel.
La pantalla de Aura estaba hundiéndose. Tomó una hebra de aquella corriente y la extendió por el borde, despacio. La variación del pecho del ave llegó hasta sus dedos. Era irregular, cansada. La siguió antes de intentar corregir la parte que se estaba doblando.
El ala de Isaliria volvió a golpear.
La pantalla resistió.
Aura retrocedió con Wist junto a su mano. El fénix bajó el cuerpo y las llamas de su cuello disminuyeron. Entre ellas se veía el verde de las plumas, opaco bajo el polvo.
La otra voluntad quiso levantar el brazo para atacar.
Aura sostuvo el trazado delante del ave.
Entonces llegaron los dos tirones.
Soltó la hebra.
Wist retiró el pico y dio dos pasos hacia la base de la estatua. Las patas le fallaron al bajar del borde. Se acomodó sobre la piedra, con el ala sana algo separada, y no volvió a acercarse a la mano de Aura.
La pantalla se contrajo. Ella añadió su propia Lay Len para que no desapareciera y sintió un dolor que le recorrió todo el brazo.
—Mírate —dijo Isaliria—. Ambarine no puede ayudarte. El ave apenas se sostiene.
Aura apretó los dientes. Su mano izquierda seguía reuniendo energía.
—Tú cerraste las puertas.
La frase había salido con su voz fría.
—Tuvieron una oportunidad de salir.
—Cuando te entregáramos lo que querías.
Aura quiso bajar los brazos. El otro impulso avanzó con ellos.
La emperatriz dejó de observar la pantalla y se quedó mirando su rostro. Los bordes de las alas crecieron, perdiendo precisión entre los arcos. Una punta rozó la madera encendida y la viga cedió sobre el pedestal.
Ambarine se apartó arrastrándose.
La madera cayó entre ella y Aura.
El golpe llenó el santuario de polvo. Wist bajó la cabeza detrás de la base de Thermus. Aura perdió a ambos de vista durante un instante y sintió que la energía se reunía con más fuerza entre sus manos.
Cuando el polvo empezó a bajar, Ambarine estaba al otro lado de la viga. La mano izquierda se aferraba a la madera y el bolsillo de la placa había quedado apretado contra su muslo. Levantó los ojos hacia Aura.
Aura quiso pedirle que saliera.
—Vete.
Ambarine negó con la cabeza.
El hombro de Aura giró hacia Isaliria.
—Por favor...
La palabra le costó tanto que tuvo que cerrar los ojos un instante. Al abrirlos vio a Ambarine buscar una forma de rodear la viga.
Ereel alcanzó las puertas del templo inferior cuando una claridad azul pasó por la abertura de la escalera. Shaeli había conseguido mover una de las hojas con ayuda de dos soldados. Nadie necesitó pedirles que dejaran las espadas en el suelo.
El maestro vio la plataforma cerrada, los conductores tensos y el polvo cayendo desde la torre.
—Aparten a todos del centro.
Un guardia se agachó para ayudar a otro que había caído junto al umbral.
Ereel pasó a su lado y empezó a subir.
Arriba, la presión dejó de crecer hacia los bordes.
La otra voluntad la estaba concentrando delante de las manos de Aura. Ella sintió el cambio bajo el esternón y buscó aire, pero no consiguió terminar la respiración.
Isaliria lo vio.
Puso los dedos sobre el aro exterior y dirigió la otra mano hacia el conductor de la escalera. El rayo comenzó a reunirse entre ambos puntos, por tramos, mientras el ala derecha cubría su cuerpo.
Aura miró sus manos.
El pulso que estaba formando era demasiado estrecho. Apuntaba hacia el centro del pecho de la emperatriz, detrás de la proyección dorada.
Quiso abrir los dedos.
No pudo.
El rayo de Isaliria salió por el suelo.
Aura consiguió bajar la mano derecha. La pantalla apareció inclinada delante del cuerpo y la descarga subió sobre ella. El brazo izquierdo disparó al mismo tiempo.
El choque sacudió los aros.
Aura sintió alivio al ver que el ala de Isaliria empezaba a abrirse. El fuego se separó en hebras doradas y dejó su rostro a la vista. Tenía sangre junto al cabello. Una de sus manos intentaba conservar el aro y la otra seguía empujando el ataque hacia ella.
La corriente roja avanzó.
Aura vio adónde iba.
«No.»
Quiso decirlo también en voz alta. El rayo continuaba saliendo de su mano, cada vez más firme.
Torció la muñeca.
El dolor le subió por el antebrazo. La otra voluntad se resistió y su hombro tiró hacia el lado contrario. Aura abrió los dedos, buscó el borde del trazado y lo empujó hacia fuera.
Una parte se apartó de Isaliria y golpeó el aro central.
La otra cortó el borde del ala.
Al girar el cuerpo, Aura arrastró también la pantalla derecha. La descarga dorada resbaló por su superficie y encontró el espacio que había dejado bajo el brazo.
Entró en el costado.
Aura se dobló.
Por un instante no sintió calor. Solo un golpe profundo, el aire que no terminaba de entrar y la ropa tirándole de un lugar donde antes no dolía.
El rayo rojo alcanzó el hombro de Isaliria. La emperatriz giró con el impacto y fue arrojada contra la base del arco. La piedra se abrió detrás de su espalda.
Las alas se deshicieron.
Aura cayó sobre ambas rodillas.
Su mano derecha encontró la abertura en la ropa. La tela estaba mojada. Al apretarla, la sangre le pasó entre los dedos.
La corriente seguía saliendo del otro brazo.
«Basta.»
Los dedos cedieron.
Lo que ya había liberado terminó de atravesar el soporte. El aro central chocó con el exterior y arrancó la fijación que todavía lo sostenía.
La pieza imperial cayó.
Aura levantó la mano izquierda. El metal pálido le golpeó la palma y le raspó los dedos al cerrarse sobre él. Lo llevó hasta su cuerpo.
El aro exterior cayó después.
El ruido le llenó los oídos.
Ambarine se soltó de la viga.
Había visto a Isaliria golpear la piedra y desaparecer detrás de sus alas. Ahora solo quedaba una forma oscura junto al arco. No volvió a levantarse.
Aura estaba de rodillas en el centro.
—Aura.
Ambarine intentó ponerse de pie. El costado le respondió con una punzada que la obligó a bajar otra vez. Pasó una pierna sobre la viga, apoyó el antebrazo izquierdo y se arrastró por la madera quemada.
Aura no la miró.
Tenía una mano apretada contra el costado y la otra alrededor de la pieza. La sangre oscurecía la ropa, descendía hasta la cintura y goteaba sobre la piedra entre sus rodillas.
Ambarine cayó al otro lado de la viga.
—Mírame.
Aura tenía los ojos abiertos.
Ambarine avanzó sobre una mano y las rodillas. Le temblaba el brazo izquierdo por sostener el peso. Todavía había una franja violeta plegándose sobre el arco, pero las otras habían empezado a perderse entre el humo.
Wist se incorporó junto a la estatua.
Dio un paso hacia Aura y se detuvo cuando una pieza de metal cayó delante. Apartó la cabeza, esperó a que dejara de moverse y rodeó la base por el lado más próximo.
Ereel apareció en la escalera, con Shaeli detrás.
—¡No la muevan!
Ambarine levantó la cara.
—Está herida.
El maestro alzó la vara. Una pared de aire recibió los fragmentos que descendían sobre el centro. Ereel tuvo que arrodillarse en el último peldaño para sostenerla.
Ambarine volvió hacia Aura.
La pieza que tenía en la mano se había encendido.
Aulita respondió dentro del bolso. La claridad blanca azulada atravesó la tela y ocupó el espacio entre su brazo y sus rodillas. Aura seguía mirando un punto delante de ella, sin apartar la mano de la sangre.
Ambarine extendió los dedos.
El brillo aumentó.
Dos frentes de luz púrpura se abrieron entre los arcos y salieron del santuario.
En la explanada, el temblor hizo caer un cuenco junto al puesto de Aaron. El alquimista sujetó por el hombro al hombre que estaba atendiendo cuando intentó incorporarse. A su alrededor, varias personas habían dejado de hablar. Miraban el techo abierto de la torre, de donde salía una claridad que les borraba el color de la ropa.
—Quieto —le dijo al herido.
El hombre no apartó los ojos del palacio. El polvo se levantaba entre los arcos, donde todavía quedaban unas franjas verdes y azules. Un guardia gritó que se alejaran del muro. Dos personas retrocedieron con una camilla, pero Aaron seguía con una rodilla en el suelo. Bajó la mirada hacia la herida y volvió a apretar la tela. El hombre al que atendía lo sujetaba de la manga.
Las dos ondas púrpuras que habían salido de la torre pasaron sobre las murallas, cruzaron el puente y se extendieron hasta teñir los últimos tejados de la capital.
Aaron oyó el golpe del cuenco cuando ya había dejado de rodar. La primera onda le atravesó las manos; por un instante vio el vendaje junto al maletín y al mismo tiempo apretado contra la herida. Cerró los dedos sobre la tela. La segunda llegó mientras el guardia volvía a gritar. Aaron oyó la orden, pero los labios del hombre todavía no se habían movido.
En el puente, una mujer se detuvo con un pie levantado. La baranda le había parecido tan lejos que no alcanzaría a tocarla; al extender la mano, encontró la piedra donde siempre había estado. Cerca de ella, un soldado miró detrás de sí al escuchar sus propios pasos. Las franjas siguieron hacia los barrios y la vibración quedó un momento entre los dientes de quienes intentaban hablar.
En el pueblo del sur, Iris vio que la ventana se teñía de violeta. Se acercó antes de llamar a los demás. Más allá de los campos, por el lado donde quedaba la capital, dos arcos de luz se extendían sobre el cielo.
Peryna se puso a su lado.
—Mira, papá.
Mauro volvió la cabeza desde el lecho. Erina le acomodó la almohada y Micah abrió un poco más la ventana para que pudiera ver el resplandor. Desde las otras casas llegaban voces. Alguien salió al camino y llamó a sus vecinos.
—¿Aura estará viendo eso? —preguntó Peryna.
Iris le apoyó una mano sobre el cabello. Por un momento pudo distinguir los surcos del campo y la ropa tendida junto a la casa.
Micah seguía mirando hacia la capital.
—¿Se ve desde ahí? —le preguntó a Mauro.
Su padre asintió. Erina se quedó junto al lecho, con una mano sobre la almohada que acababa de acomodar.
Peryna buscó los dedos de Iris.
—Cuando vuelva, le preguntamos.
Iris le apretó la mano. Después se sentó con ella en el borde del jergón que habían guardado para Aura. Micah permaneció junto a la ventana hasta que el violeta empezó a perderse sobre los campos.
Ambarine mantenía la mano extendida.
La luz de la pieza le ocultó los dedos de Aura. Quedaba sangre en la piedra, justo delante de sus rodillas. Ambarine avanzó hasta apoyar la palma izquierda junto a la mancha y alzó la derecha hacia su hombro.
—Estoy aquí.
Aura no respondió.
Detrás de ella crujió una unión del techo. Ereel inclinó la vara y apartó una piedra hacia el arco vacío. El fragmento cayó al mar. Otros quedaron suspendidos apenas un instante antes de que el maestro consiguiera desviarlos.
Wist rodeó el último trozo de metal.
Al acercarse, las plumas de su cuello se levantaron de una en una. El viento entraba desde el mar, pero las puntas se inclinaban hacia Aura. El fénix dio un salto corto hasta quedar a su izquierda, separado de su rodilla por una franja de piedra.
La claridad lo alcanzó también.
Ambarine buscó el hombro de Aura y encontró aire.
Su brazo no había llegado.
Volvió a extenderse. La distancia entre ambas pareció aumentar y regresar antes de que pudiera comprender qué estaba viendo. Shaeli se sujetó de la pared de la escalera. Ereel mantuvo la vara levantada, con los ojos fijos en el centro.
La luz blanca azulada descendió hasta el suelo.
Después se alzó.
Un haz azulado atravesó el techo roto. Durante un instante Ambarine distinguió a Aura dentro: el cabello carmesí pegado a la cara, la mano sobre el costado y la pieza apretada contra el cuerpo. Wist estaba a su lado, con las patas firmes y el ala sana entreabierta.
Ambarine intentó tomarla otra vez.
La claridad le llenó los ojos.
Cuando pudo volver a mirar, su mano seguía extendida sobre la piedra.
Aura y Wist habían desaparecido.