Sentoria · Las alas de Vish
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DalianaCapítulo 25

Limessia·Daliana·Capítulo 25

Las alas de Vish

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Folio 25·50 min de lectura

El golpe de las puertas recorrió el vestíbulo y apagó una parte del ruido de la explanada. Todavía se oían voces al otro lado, golpes contra los escudos y algo pesado arrastrándose sobre la piedra, pero todo llegaba amortiguado por la madera. Un segundo golpe hizo temblar las hojas. Después descendieron los cerrojos.

Aura se volvió. La línea de luz entre ambas puertas desapareció y, con ella, la última imagen que conservaba de Ereel frente a la guardia.

—Seguirán sosteniendo el acceso —dijo Ambarine.

Habló sin mirar atrás. Había avanzado hasta la primera hilera de columnas y mantenía una mano apoyada en una de ellas. La venda del brazo estaba oscurecida cerca del borde y las marcas de las cadenas rodeaban sus muñecas. Respiró hondo antes de separarse de la piedra.

El vestíbulo se abría en tres corredores. Por el central se retiraban los últimos guardias, algunos con los escudos todavía levantados hacia la entrada. Uno arrastraba el pie. Otro ayudaba a un compañero que llevaba sangre en un costado. Al llegar a una puerta interior, dos se apartaron hacia los lados y los demás cruzaron. Aura buscó entre ellos el broche claro de Isaliria, pero solo vio capas, metal y una hoja cerrándose.

Wist pasó junto a ella. Caminaba con una de las alas algo más baja y las llamas pequeñas alrededor del cuello. La cola dejó una línea de ascuas que se apagó sobre el suelo pulido.

—Espera —le pidió Aura.

El fénix siguió hasta Ambarine. Allí se detuvo y volvió la cabeza.

Aura guardó las manos dentro de las mangas para que dejara de notarse el temblor. El mareo del destello se había reducido, pero no desaparecido. Cuando levantaba la vista demasiado rápido, las columnas parecían inclinarse y regresar a su sitio. Aun así, fue hasta Ambarine.

—Déjame ver tu brazo.

—Luego.

—Estás dejando sangre en la columna.

Ambarine miró la mancha que había quedado sobre la piedra. Durante un momento pareció sorprendida. Después tiró de la tela de la manga para cubrirla.

—No podemos perderlos.

—Lo sé, pero, al menos para que deje de sangrar, déjame ponerte algo.

Era cierto. Apenas podía mantener un paso rápido sin cargar más peso sobre la pared. Aura sacó una de las vendas que Aaron le había entregado y se la mostró.

—Puedo ponértela mientras caminamos.

Ambarine observó el corredor central. La puerta por donde habían pasado los guardias seguía abierta unos dedos.

—Está bien.

Aura envolvió la muñeca derecha como pudo mientras avanzaban. La tela quedó desigual y tuvo que sujetarla con los dientes para apretar el último giro. Ambarine no se quejó, aunque sus dedos se cerraron cuando la venda rozó una de las heridas. Wist caminaba a su otro lado y se detenía cada vez que ambas reducían la marcha, impaciente.

La claridad del exterior alcanzaba solo el comienzo del vestíbulo. Más adentro, las lámparas colocadas entre las columnas dejaban zonas oscuras en el techo y sobre las paredes. Había estandartes solares colgados a ambos lados, todos con el mismo bordado dorado que Aura había visto en la explanada. Entre ellos quedaban espacios de piedra más clara, rectángulos donde antes debía haber habido otras insignias.

Ambarine los miró al pasar.

—Aquí estaban los emblemas de las casas que participaban en el Consejo —dijo.

Una voz gritó una orden detrás de la puerta interior. La hoja empezó a cerrarse.

Ambarine apartó el brazo de Aura y aceleró. Dio tres pasos antes de perder fuerza en una pierna. Aura la sostuvo por la cintura; el movimiento hizo que ambas chocaran contra la última columna.

Wist abrió las alas. Una ráfaga cálida recorrió el corredor y empujó las llamas de las lámparas hacia la puerta. Los guardias del otro lado miraron atrás. Uno intentó cerrarla con el hombro.

Aura reunió Lay Len en la palma. La corriente respondió con un tirón áspero, todavía desordenada después del campo de cuarzelita y del destello. No intentó formar luz. Envió un pulso bajo contra la base de la hoja.

La madera golpeó el marco y rebotó apenas. Fue suficiente para que Wist pasara primero. Ambarine llegó después, sujetándose del borde. Aura cruzó detrás y retiró la presión. La puerta se cerró a pocos centímetros de su espalda.

Del otro lado había una galería más estrecha. Los guardias que pasaron se alejaron por un cruce y ya doblaban hacia una escalera. Nadie regresó para enfrentarlas. Uno de ellos, que arrastraba un pie, miró una vez hacia atrás, vio a Wist, aceleró y desapareció con el resto.

Aura apoyó una mano en la puerta. El último uso le había dejado un ligero calambre desde los dedos hasta el codo.

—Podría haberlos detenido —dijo Ambarine.

Una llama corta apareció sobre sus dedos y se abrió hacia un lado antes de que pudiera darle forma. La cerró de inmediato.

—Todavía no —respondió Aura.

Ambarine bajó la mano. No discutió. Miró el cruce vacío y después la escalera.

—El corredor principal conduce a las salas del Consejo. Si Isaliria quiere conservar una salida hacia la torre, tendrá que pasar por el patio interior.

—¿El templo está por allí?

—Hay dos caminos. El más corto empieza detrás de esa escalera.

Volvieron a avanzar. A través de las ventanas altas, Aura alcanzaba a ver una franja del cielo y los tejados de las alas inferiores. En uno de los patios corrían sirvientes cargando cajas y telas. Dos dejaron lo que llevaban al escuchar un grito procedente de la explanada. Una mujer se quedó inmóvil junto a una fuente hasta que otro empleado tiró de ella hacia una puerta.

Más lejos, sobre los muros, se elevó una columna de humo.

Aura intentó distinguir si venía de la ciudad o del borde del palacio. La galería giró y las ventanas quedaron atrás.

Ambarine señaló una abertura bajo la escalera. Un arco bajo daba paso a un corredor sin lámparas.

—Por ahí.

La oscuridad terminaba pocos metros más adelante contra un muro liso.

Ambarine entró de todas formas. Pasó la mano por la pared, primero despacio y luego con más fuerza. Encontró una junta vertical, siguió su recorrido hasta el suelo y apartó polvo acumulado con la punta de la bota.

—Había una puerta.

Aura se acercó. La piedra que ocupaba el hueco tenía el mismo color que el resto, pero no el mismo desgaste. Alrededor de la base quedaban raspaduras y una línea de argamasa más nueva.

—La cerraron.

—Este paso llegaba al patio de las ceremonias. —Ambarine empujó la piedra con ambas manos, como si aún pudiera comprobar que no era una pared—. Mi padre lo utilizaba cuando no quería cruzar las salas después de una reunión.

Wist picoteó una vez la junta. El sonido seco regresó desde el otro lado sin revelar un espacio vacío. El fénix sacudió la cabeza y una chispa cayó de su cuello.

Desde la galería llegó otro golpe de puerta.

—Tendremos que subir —dijo Ambarine.

Aura se volvió hacia la escalera, pero una claridad blanca azulada apareció entre los pliegues de su bolso.

Se detuvo.

Aulita volvió a reaccionar. Aura abrió el bolso y apartó un poco la tela que envolvía la esfera. La amalgamita seguía sujeta donde Aaron la había colocado, bajo su capa. Puso la mano sobre Aulita y sintió una pulsación breve. Al dar un paso hacia el muro sellado, la claridad se hizo más intensa.

—Es por aquí.

Ambarine apartó las manos de la piedra.

—Ese corredor no llevaba a la torre.

—Creo que está hacia aquí... Mira cómo se enciende.

Aura dio otro paso hacia la pared. La claridad no aumentó más. Probó hacia la escalera y se debilitó; también tardó más en sentir la siguiente pulsación. Cuando regresó al arco, la luz volvió a ocupar aquel costado de la esfera. Repitió el recorrido, despacio, sin dejar de mirarla.

—No puedo saber a qué distancia está —añadió—. La última vez también creí que la encontraría al bajar y llegamos a la cámara vacía.

Ambarine observó la junta y luego el techo bajo del pasadizo.

—Detrás debería continuar el ala antigua. Si cerraron esta puerta, tuvieron que dejar otra entrada para mover cosas.

—O hicieron una nueva.

—Sí.

La respuesta le salió molesta, no con Aura sino con el muro. Volvieron a la galería y Ambarine subió los primeros peldaños. En el descanso se apoyó en el pasamanos y buscó hacia ambos lados. El corredor superior estaba vacío. A la derecha, varios retratos ocupaban una pared; a la izquierda, un tapiz enorme representaba un sol naciendo sobre el mar.

Wist levantó la cabeza. Aura sintió la hebra que los unía tensarse con suavidad.

—¿Quieres mirar? —preguntó.

El fénix abrió las alas. La izquierda bajó casi de inmediato, pero consiguió impulsarse hasta el pasamanos del nivel superior. Se quedó allí unos segundos, aferrado a la madera, antes de saltar al suelo y avanzar por el corredor de la derecha. Al aterrizar rozó la alfombra con el ala baja.

La visión de Aura se dividió.

Vio la escalera delante de sí y, al mismo tiempo, las patas oscuras de Wist moviéndose sobre una alfombra roja. La segunda imagen temblaba al ritmo de sus pasos. El fénix miró una puerta abierta, un banco volcado y dos lámparas apagadas. Más adelante, una hilera de guardias cruzaba el fondo del corredor.

Aura cerró sus propios ojos. Se agarró al pasamanos para no confundir la altura de Wist con la posición de sus pies.

—Hay guardias adelante. No nos están esperando. Están llevando algo hacia el cruce.

Wist continuó. Al acercarse, la figura que Aura había confundido con un objeto se volvió una reja estrecha montada sobre ruedas. Cuatro hombres la empujaban entre ellos. Otro señalaba unos soportes fijados a ambos lados de la galería.

—Van a cerrar el paso.

Ambarine empezó a subir.

Aura dejó que la visión compartida se debilitara para poder correr sin ver dos corredores. Wist apareció al fondo y regresó hacia ellas con saltos cortos. Detrás, los guardias empujaban la reja a través de la galería. El espacio abierto se reducía con cada giro de las ruedas.

Ambarine intentó aumentar el paso. Aura se adelantó hasta la abertura.

Uno de los guardias la reconoció.

—¡Ciérrenla!

La reja se movió más rápido. Wist bajó el cuerpo y pasó por debajo de una de las barras horizontales antes de que tocaran el soporte. Aura llegó después. Tuvo que girarse y el bolso chocó contra el metal.

Ambarine todavía estaba a varias zancadas.

Aura puso ambas manos sobre la reja. Llamó a la Lay Len y la concentró en las ruedas del lado más próximo. La presión detuvo una. Las otras continuaron, haciendo girar toda la estructura. Una barra golpeó su hombro y la empujó contra el muro.

Wist soltó una llamarada corta por encima de las cabezas de los guardias. No los alcanzó, pero el calor los obligó a cubrirse. Uno soltó la manija.

—¡Ahora! —gritó Aura.

Ambarine llegó cuando el espacio apenas alcanzaba para una persona. Pasó un brazo primero, después el hombro. Un pliegue de su túnica gris quedó prendido en un saliente a la altura del muslo. Tiró una vez sin conseguir liberarlo.

Aura buscó la tela con los dedos. No podía sostener la rueda y liberarla al mismo tiempo. La presión empezó a escaparse entre los radios.

Ambarine sacó una llama. Esta vez no intentó lanzarla. Apartó el pliegue de su pierna y apretó el fuego contra la parte atrapada hasta quemarla. La tela se separó y Aura tiró de Ambarine por el brazo.

Las dos cayeron al otro lado cuando la rueda volvió a girar.

La reja encajó detrás de sus piernas. Los guardias empujaron para comprobar el cierre. Wist abrió las alas frente a ellos y las llamas de su cuello crecieron apenas. Ninguno intentó meter una lanza entre los barrotes.

—La orden es contenerlas —dijo uno—. Aseguren el paso de Thermus y regresen.

Otro guardia lo tomó del hombro y lo hizo retroceder. Se alejaron sin dejar a nadie vigilando.

Aura permaneció sentada hasta que dejó de sentir la vibración de las ruedas en las manos. Ambarine se incorporó primero y apoyó la espalda contra la pared.

—¿Te golpeó?

Aura movió el hombro. Dolía, pero podía levantar el brazo.

—Solo me empujó.

Wist se acercó con las plumas del cuello todavía elevadas. El fuego se había reducido tanto que, entre una llama y otra, se veía el verde de la iridiscencia. Aura alargó la mano hacia él.

—Gracias.

El fénix observó sus dedos, apartó el pecho antes de que pudieran tocarlo y empezó a limpiarse una pluma del ala como si no hubiera hecho nada importante.

Ambarine dejó escapar el aire. No llegó a ser una risa, pero su boca perdió un poco de tensión.

—El paso de Thermus está adelante —dijo—. Ya no necesitamos seguir a los guardias.


La parte antigua del palacio comenzaba después de una puerta angosta que Ambarine encontró detrás del tapiz. La madera se confundía con el marco y no tenía tirador visible. Ella presionó uno de los relieves del sol y la hoja se abrió hacia dentro con un crujido.

—Esa sí continúa aquí —murmuró.

Al otro lado descendía una escalera de servicio. Olía a polvo, cera y aire encerrado. Las lámparas estaban apagadas, pero pequeñas aberturas cerca del techo dejaban pasar líneas de luz rojiza. El sol había bajado mientras estaban dentro.

Ambarine avanzó primero. Ya no trataba de ocultar que necesitaba la pared para sostenerse. Aura caminó a su lado, atenta a las manchas de sangre sobre la venda nueva. Wist iba detrás y rozaba a veces los escalones con el extremo del ala baja.

Aulita pulsaba a intervalos dentro del bolso. Aura había dejado un pliegue abierto para observarla. En algunos giros la claridad casi desaparecía; en otros volvía a filtrarse entre la tela y las pulsaciones se acercaban. Cada vez que perdía la señal, retrocedía unos pasos hasta encontrarla otra vez.

Dos veces Ambarine escogió una bifurcación por sus recuerdos. La tercera se detuvo ante tres pasillos iguales.

—El de la izquierda bajaba a la cámara funeraria —dijo—. El central salía detrás del templo. No recuerdo el otro.

Aura probó unos pasos hacia cada uno. La claridad de Aulita se debilitó en el primero. En el central permaneció igual. Al acercarse al de la derecha, la luz se reunió hacia ese lado y Aura sintió una pulsación más firme bajo los dedos.

—Por ahí.

Ambarine miró la oscuridad del tercer paso.

—Antes había almacenes.

No sonó tan segura como quería. La noche anterior también habían avanzado por una puerta abierta y encontraron una cámara vacía. Ambarine debió recordarlo porque no entró enseguida. Se inclinó, examinó el polvo del suelo y tocó una línea oscura junto al zócalo.

—Han pasado algo pesado muchas veces. Mira las ruedas.

Había dos marcas paralelas y recientes. Aura se agachó a su lado. Entre ambas quedaban gotas secas de una sustancia clara que reflejaba la luz de las aberturas.

Wist acercó el pico. Antes de tocarla, erizó las plumas y retrocedió con un graznido bajo.

Siguieron las marcas. El corredor derecho descendió un tramo y volvió a subir alrededor de una construcción circular. A través del muro llegaba un rumor continuo, parecido al agua que Aura había oído cerca de la cámara funeraria. Esta vez se mezclaba con pequeños golpes metálicos que no mantenían un ritmo.

Ambarine redujo la marcha.

—Necesito parar.

Se sentó en un peldaño antes de que Aura pudiera ayudarla. Apoyó los codos sobre las rodillas y mantuvo la cabeza baja. El cabello le cayó delante del rostro. Wist se acomodó dos escalones más abajo, con el pecho subiendo y bajando deprisa.

Aura sacó el recipiente de Aaron.

—Ahora sí.

Ambarine no preguntó a qué se refería. Extendió el brazo.

Aura retiró la venda húmeda con cuidado. Las marcas de la cadena estaban abiertas en dos lugares y la piel alrededor tenía un color oscuro. Vertió un poco del líquido sobre una parte limpia de la tela. Ambarine apartó el brazo por reflejo.

—Arde.

Ambarine volvió a extender la mano. Aura limpió la sangre y cubrió las heridas con la segunda venda. Esta quedó más firme que la primera.

—¿Cuánta energía conservas? —preguntó Ambarine.

Aura guardó el recipiente.

—Estoy bien.

—¿Y Wist?

El fénix levantó la cabeza al oír su nombre.

—Ya me ayudó demasiado. No voy a pedirle más ahora.

Wist se puso de pie. Subió los dos escalones que los separaban y dio un golpe leve con el pico en el borde del bolso de Aura.

—Eso no significa que debas hacerlo —le dijo ella.

Él volvió a golpearlo, esta vez con más fuerza.

Ambarine observó el intercambio.

—Creo que entendió una parte distinta.

Wist soltó un sonido corto y se volvió hacia el corredor.

Aura terminó el nudo, pero se quedó agachada junto al peldaño. También le temblaban las rodillas.

«Témpora... ¿sigues ahí?», preguntó sin mover los labios.

«Aquí estoy, Aura.»

Aura cerró los ojos un momento. No había sabido cuánto necesitaba oírla hasta entonces.

«Ambarine apenas puede caminar. Wist tampoco está bien. Yo les dije que...»

Se detuvo. Desde el otro lado del muro seguían llegando los golpes metálicos.

«Te escucho», dijo Témpora. Su voz era suave. «No tienes que decirlo todo ahora.»

Ambarine movió los dedos, comprobó la presión de la venda y se levantó con ayuda de la pared. Aura abrió los ojos y recogió el recipiente.

—Si Emeter está ahí, necesito acercarme al cuerpo. No podré examinarlo si tenemos que defendernos al mismo tiempo.

—Yo buscaré la pieza.

—Primero mira dónde está. No la toques hasta que sepamos qué prepararon alrededor.

Aura estuvo a punto de recordarle que ella había entrado herida en el palacio sin esperar a nadie. Miró sus muñecas y cambió de pregunta.

—¿Y si los dos están en lugares distintos?

Ambarine tardó en responder.

—Llegaremos al templo y veremos.

Al final del corredor encontraron una puerta más alta que las anteriores. El símbolo de Thermus ocupaba las dos hojas: un sol de metal claro rodeado por rayos largos que se extendían hasta el marco. Aura reconoció la figura de los mapas y la talla rota de la cámara inferior. Allí no faltaba ninguna punta. Entre los rayos había líneas delgadas de un metal rojizo que continuaban por el suelo y desaparecían bajo los muros.

Aulita dio dos pulsaciones muy próximas. La claridad blanca azulada alcanzó el borde abierto del bolso.

Aura apartó la tela que envolvía la esfera. La sacó lo suficiente para verla. La claridad se reunió hacia uno de los costados, dirigida a la puerta.

—Está ahí.

Ambarine dio un paso.

—¿Mi padre?

—La reliquia.

La esperanza que había aparecido en su rostro duró tan poco que Aura no supo si debía decir algo más. Ambarine apoyó la mano vendada en el símbolo central.

—La entrada al templo nunca se abría desde este corredor.

—¿Puedes abrirla ahora?

Ambarine empujó.

La hoja cedió sin resistencia.

Wist dejó escapar un graznido áspero. Las plumas de su cuello se levantaron y una llama recorrió su pecho, más viva que las anteriores. No miraba la abertura. Miraba las líneas rojizas del suelo.

Aura guardó la Aulita y acercó la mano al lomo del fénix sin tocarlo.

—¿Qué sientes?

Wist no respondió con un sonido. Avanzó hasta el umbral, extendió el ala sana para impedirles el paso y observó el interior.

Una luz anaranjada entró por las ventanas altas del templo. El espacio era circular y mucho mayor que la cámara funeraria. La cúpula quedaba sostenida por columnas delgadas, separadas entre sí por paneles de metal y vidrio que devolvían el último sol de la tarde. En el extremo opuesto se alzaba la estatua de Thermus, con una mano extendida sobre el salón y la otra cerrada alrededor de un disco. Las líneas rojizas llegaban hasta su pedestal.

También llegaban a una plataforma baja en el centro.

Sobre ella descansaba el arca de ámbar. Varios aros de metal rodeaban el bloque translúcido y se unían a las placas de la base. Entre ellas pasaban conductos estrechos, protegidos por cubiertas. Las líneas rojizas del suelo se conectaban a aquellas piezas mediante abrazaderas que parecían más nuevas.

Emeter yacía dentro. Llevaba una túnica clara, las manos cruzadas sobre el pecho y mechones carmesíes entre las hebras blancas. El ámbar le cubría hasta los dedos. Al moverse, Aura vio que su rostro se deformaba a través del bloque y recuperaba su forma cuando volvía a mirarlo desde un costado. No tenía las señales que ella esperaba encontrar en alguien muerto desde hacía tantos años.

Ambarine apartó el ala de Wist con cuidado.

—Padre.

Entró.

Wist recogió el ala cuando ella pasó, pero no la siguió de inmediato. Permaneció en el umbral, atento a las líneas rojizas. Aura no lo llamó. El fénix cruzó por decisión propia y mantuvo varios pasos entre él y Aura.

Aura entró después. Al cruzar el umbral, la presencia de Lay Len le cerró la respiración. La había sentido la noche anterior cuando Isaliria apareció en la galería: una fuerza profunda, contenida y difícil de ignorar. Ahora parecía recorrer las líneas del suelo, los paneles y el espacio bajo la estatua.

Las puertas se cerraron a su espalda.

Aura tiró del borde de una hoja. No se movió. Tampoco encontró un cerrojo en aquel lado. El símbolo de Thermus permanecía completo sobre la madera, atravesado ahora por una línea de metal encendida.

—Está cerrada.

Ambarine no respondió. Había llegado hasta el arca y mantenía una mano suspendida frente al rostro de Emeter, separado de ella por el ámbar. Wist se quedó cerca del umbral, con las alas entreabiertas y la cabeza vuelta hacia los conductores del suelo.

Aura probó otra vez con el tirador.

—Creo que alguien la cerró desde...

—Déjala —dijo Ambarine.

Su voz salió baja. No apartó los ojos del cuerpo.

Aura soltó la puerta. La presencia de Lay Len continuaba alrededor de ellas, pero no encontraba a nadie en las columnas ni detrás de la estatua. Parecía repartida por la sala y hundirse en las líneas rojizas.

Ambarine acercó los dedos al bloque. Se detuvo como si todavía esperara sentir una respiración. Al final apoyó la palma sobre el ámbar.

—Está frío.

Movió el pulgar frente a la línea de la mandíbula, sin poder alcanzarla. Miró los párpados de Emeter, la nariz y la cicatriz pequeña que se escondía junto al cabello. Después se inclinó para observar sus manos. El anillo imperial seguía en el dedo. Cerca de la muñeca había una marca más clara.

—Se quemó aquí cuando yo era niña —murmuró—. Tiré una lámpara. Él la apartó y me dijo que no le dolía para que dejara de llorar.

Los dedos de Ambarine quedaron apoyados sobre el ámbar, frente a la marca.

Aura bajó los ojos. Había esperado que encontrar el cuerpo le diera algo a Ambarine, aunque no sabía qué podía darle un hombre muerto. Emeter no podía levantarse, mirarla ni escuchar todo lo que su hija había cruzado para llegar hasta él. El ámbar había conservado su cara y sus manos. Eso era todo.

Ambarine retiró despacio la mano.

—Es él.

Respiró por la boca y se limpió los dedos contra la túnica. Después se agachó junto a la base. Pasó la mano por una de las cubiertas y apartó un conductor rojizo que se apoyaba sobre el cierre.

—Esto lo añadieron después.

—¿El arca? —preguntó Aura.

—Los conductores. El arca es la misma.

Ambarine encontró una unión bajo la cubierta y presionó dos extremos. La pieza se levantó unos milímetros. Detrás había una placa delgada, atravesada por vetas opacas.

—Aquí está. La que recoge su esencia.

Intentó sacarla. El cierre no cedió. Cambió de mano y tiró hasta que la sangre atravesó de nuevo la venda.

Aura se arrodilló a su lado.

—Dime dónde.

Ambarine señaló los dos extremos. Aura puso un dedo sobre cada uno y aplicó una presión pequeña, sin introducir Lay Len en el metal. El cierre produjo un chasquido. Ambarine extrajo la placa antes de que volviera a encajar.

Tenía el tamaño de una carta y era lo bastante delgada para guardarla en un bolsillo. Una película transparente protegía la superficie. Bajo ella se distinguían líneas y manchas que Ambarine siguió con la mirada antes de acercar dos dedos.

—Déjame intentarlo primero —pidió cuando Aura se inclinó.

No sonó serena ni segura. Aura se quedó cerca, preparada para sostenerla si le fallaban las piernas.

Ambarine reunió una cantidad pequeña de Lay Len sobre la placa. Las vetas se hicieron más claras. Movió los dedos sin apoyarlos; una hebra rojiza siguió el recorrido y dejó otra más oscura por debajo.

—Esta es mía.

Señaló la capa que se extendía por los bordes del registro. Después miró a Emeter a través del ámbar.

—Mi ataque alcanzó la habitación después de que cayó. La huella quedó sobre la ropa y la piel. Mira dónde aparece la otra.

Aura se acercó. En el segundo grupo, varios puntos pequeños confluían hacia un mismo lugar. Ambarine comparó el registro con el pecho de Emeter y volvió a inclinar la placa.

—Cerca del corazón. No sigue la superficie como mi fuego.

—¿Ya estaba dentro de él?

Ambarine asintió. Intentó separar una de las líneas, pero su propia llama apareció entre los dedos y alteró el borde de luz. Retiró la mano con una maldición y esperó hasta que la forma anterior volvió a distinguirse.

—¿Puedes saber desde cuándo? —preguntó Aura.

—No así.

Algunas marcas del segundo grupo se superponían con diferencias pequeñas. Aura siguió una hasta perderla debajo de las otras.

—¿Ocurrió más de una vez?

—Hay capas distintas. No sé si quedaron al mismo tiempo.

Ambarine señaló el lugar donde las líneas se reunían.

—Si había un anclaje, pudo hacerla crecer desde ahí.

Volvió a mirar el cuerpo. Acercó la placa al bloque y buscó de nuevo el punto más oscuro.

—Podría haber estado ahí antes de que muriera... Pero el arca empezó a recoger su esencia después. Necesito que Ereel examine esta huella.

—¿Crees que eso lo mató?

Ambarine tardó en responder. Su mano se cerró sobre la placa.

—Creo que sí.

La voz le tembló en la última palabra. Se inclinó sobre el arca y apoyó la frente contra el ámbar, frente a la mano de Emeter. Aura miró hacia otro lado. Wist dejó de vigilar la puerta por un momento y bajó el cuello.

—Yo no lo maté —dijo Ambarine.

No buscó a Aura al decirlo. Se lo dijo a su padre.

Permaneció así unos segundos. Cuando se enderezó, tenía los ojos húmedos y la mandíbula apretada.

—Isaliria podía acercarse a él. Controló la investigación, detuvo a Ereel, cambió el informe y luego movió el arca para conectarla a estos conductores.

—Ambarine... ¿ahí puede verse quién lo hizo?

—No. Pero no lo necesito para saberlo.

Aura miró la placa. Quiso preguntar qué dirían los examinadores al verla, pero Ambarine volvió a acercarse a su padre y ella se quedó callada.

Ambarine miró otra vez el punto oscuro.

—Ella lo hizo.

Un roce de tela llegó desde detrás de la estatua.

Wist se volvió. Las llamas de su cuello crecieron y Aura reunió Lay Len antes de encontrar a quién apuntar.

Isaliria descendía por una escalera circular escondida a espaldas de Thermus. La curva de la estatua había ocultado los peldaños desde la entrada. Ya no llevaba el manto de la explanada. El vestido oscuro tenía polvo en el borde y un desgarro cerca de la rodilla. Varios mechones se habían soltado del recogido, pero el broche claro continuaba sujeto sobre su pecho.

Bajó el último escalón sin apresurarse.

—Has encontrado bastante —dijo—. Más que los examinadores a los que tanto reprochas.

Ambarine guardó la placa en el bolsillo de su túnica y la hundió hasta el fondo.

—Llegas tarde.

—Llegué cuando empezaste a confundir una sospecha con una prueba.

Ambarine se colocó entre ella y la plataforma.

—Tuviste años para decirme quién lo mató.

—Y tú acabas de demostrar que una huella familiar no debe convertirse en un nombre. Sería extraño que abandonaras esa prudencia apenas te resulta incómoda.

Ambarine avanzó un paso.

Wist se movió al mismo tiempo, de lado, para mantener a Isaliria a la vista. La emperatriz no le prestó atención. Puso dos dedos sobre uno de los conductores que cruzaban el suelo.

Los aros de metal se ajustaron alrededor del bloque. La cubierta que habían apartado de la base encajó con un golpe seco.

Ambarine giró hacia el arca. Apoyó la mano vendada sobre uno de los aros, pero no consiguió moverlo.

—Déjame abrirla.

—El examen terminó.

—No lo decides tú.

—Este templo, el sistema que lo conserva y los hombres que aún custodian el palacio responden a mi autoridad. Ahora mismo, sí lo decido.

Ambarine llevó la mano hacia el bolsillo.

Isaliria observó el movimiento.

—Devuelve la placa.

—No.

—No saldrá del palacio.

—Entonces tampoco yo.

Isaliria dejó pasar un instante. Fuera del templo se oyó un golpe distante, seguido por muchas voces. La emperatriz volvió apenas el rostro hacia las ventanas altas. Una de sus manos se cerró y relajó junto al vestido.

Aura reconoció el gesto. En la explanada, Isaliria había permanecido bajo el dosel mientras las órdenes dejaban de recorrer la plaza con la misma fuerza. Ahora el ruido volvía a alcanzarla incluso allí.

—Puedes quedártela unos minutos más —dijo Isaliria—. No confundas eso con permiso.

La placa del suelo respondió bajo sus dedos. Una luz tenue recorrió el conductor hasta el pedestal de Thermus.

Aulita pulsó dentro del bolso de Aura.

Isaliria levantó la mirada.

Primero siguió el movimiento de la tela, luego la correa, y por último buscó sus ojos.

—Aura —dijo—. Así te llamaste la otra noche.

Aura apretó el bolso contra su costado.

—Sigo llamándome así.

—Esperaba que ya tuvieras una respuesta más larga.

—Me preguntaste con Orven muerto junto al banco y varios guardias apuntándonos. No era un buen momento para presentarme.

La boca de Isaliria cambió apenas. No llegó a sonreír.

—Ahora tenemos tiempo.

—No parece.

Otro golpe llegó desde el exterior. Esta vez vibró uno de los paneles de vidrio.

Isaliria retiró la mano del suelo.

—¿Quién eres?

Aura había pensado muchas veces en esa pregunta. Frente al lago, en la casa de los Fuegel, bajo el árbol de Ereel y cada vez que alguien confundía su cara con la de Ambarine. Las respuestas nunca duraban mucho.

—Aura.

Isaliria esperó.

—Es lo único que puedo decir sin inventar algo —añadió ella.

—Llevas una pieza que responde a la reliquia guardada por Daliana. Un fénix te obedece. Tienes el rostro de una familia a la que aseguras no pertenecer. Y has entrado en mi palacio durante una revuelta. Debe haber algo más.

Wist soltó un sonido corto y ladeó la cabeza.

—Él no me obedece siempre —dijo Aura—. Bastante poco, en realidad.

El fénix golpeó el suelo con una pata.

Aura lo miró.

—No dije que nunca.

La atención de Isaliria pasó por Wist y regresó a ella.

—¿Qué haces aquí?

—Busco la parte de la Alechrona.

—También estabas en la ejecución.

—Sí.

—No necesitabas subir al cadalso para encontrar la reliquia.

Aura miró a Ambarine. Ella mantenía el cuerpo interpuesto, pero había vuelto un poco la cabeza para escuchar.

—No iba a dejar que la mataran.

—¿Por qué?

La respuesta fácil era decir que Ambarine no había matado a Emeter. Ahora lo sabía con más seguridad, pero no lo había sabido cuando saltó al cadalso. Recordó a Ambarine herida en el campamento, empeñada en levantarse; la forma en que discutía cada ruta antes de permitir que otros la siguieran; y también todas las veces que intentó decidir sola, apartar a los demás o quedarse atrás.

—Porque quise ayudarla.

—La seguiste antes de saber qué más ocultaba.

Aura frunció el ceño.

—La elección también fue mía.

—¿Crees que ella tiene razón?

Aura volvió a mirar a Ambarine.

—No siempre.

Ambarine alzó apenas las cejas, pero no habló.

—A veces decide cosas por todos y luego tenemos que hacerla volver —continuó Aura—. También entra herida a lugares donde apenas puede caminar.

—Aura.

—Es verdad.

La presión del templo cedió durante un latido. Ambarine cerró la boca y miró otra vez a Isaliria.

—Entonces no sabes si su causa es correcta —dijo la emperatriz.

—Sé algunas cosas.

—¿Cuáles?

Aura pensó en la casa quemada de los Fuegel y en Mauro respirando sobre una mesa mientras Erina sostenía las vendas. Pensó en Orven junto al banco. El hombre de cabello gris aún respiraba cuando Isaliria le preguntó su nombre; después, durante la fuga, había protegido a Lyra y también lo mataron. Era el mismo que había hecho espacio para ella dentro del conducto. También recordó a la pareja de semi-humanos en la plaza, las casas confiscadas y los nombres de familiares detenidos que la gente empezó a gritar cuando Syrit pidió suspender la ejecución.

Eran muchas cosas. No consiguió ordenarlas.

—Las personas le tienen miedo a tus guardias —dijo—. También quienes nunca siguieron a Ambarine.

—La guardia mantiene el orden en una ciudad que ella ha llenado de escondites, documentos falsos y grupos armados.

—La granja de los Fuegel no era un grupo armado.

—Ocultaron a una fugitiva.

—Me ocultaron a mí. Ni siquiera sabían quién era.

Isaliria observó su parecido con Ambarine.

—Y esa confusión los puso en peligro.

—Silas los puso en peligro. Tu gobierno dejó que los acusara, quemara su casa y se llevara a parte de la familia.

—No conoces cada orden que sale del palacio.

—No. —Aura sintió que la voz se le endurecía y bajó un poco las manos—. Pero siempre dices que todo esto responde a tu autoridad.

Isaliria no contestó enseguida.

Aura notó el silencio. «Siempre dice que son sus guardias», pensó. Tenía las manos apretadas y tuvo que aflojarlas. Aún recordaba el olor de la casa quemada.

La emperatriz se acercó un paso.

Wist abrió el ala sana delante de Aura. Isaliria se detuvo antes de rozar el fuego.

—Estás escogiendo entre aquello que te mostraron otros. Ambarine te llevó a un refugio lleno de personas que dependen de ella y te enseñó las consecuencias de perder. Yo puedo mostrarte lo que ocurrió antes de que su familia decidiera qué debía conservarse.

Aulita volvió a pulsar.

—La energía que llevas y la pieza de este templo se reconocen —continuó Isaliria—. Desde que entraste, una responde a la otra. Ven conmigo. Ayúdame a abrirla y mira por ti misma.

Ambarine se volvió por completo.

—No te acerques a la reliquia.

Aura sintió una molestia rápida, casi un pinchazo.

—Ya la escuché. Déjame contestar.

Ambarine la miró. Aura supo que había sonado más enfadada de lo que pretendía, pero no retiró las palabras.

Isaliria aprovechó el espacio.

—No tienes que pelear por una familia que no es la tuya. Tampoco debes entregarle tu búsqueda a una mujer que apenas conoces. Si la pieza responde a ti, puedes decidir qué hacer después de verla.

La oferta dolía porque tocaba algo cierto. Aura quería encontrar a Althea. Quería saber por qué Aulita estaba con ella, por qué la Alechrona reconocía su presencia y qué había detrás de los sonidos que aparecían durante sus pulsaciones. Isaliria no necesitaba conocer ninguno de esos recuerdos. Le bastaba con ver cómo Aura protegía el bolso.

—¿Nos dejarías salir después? —preguntó.

—Dependerá de lo que hagas con la pieza.

—Eso suena como que no.

Wist emitió otro sonido, esta vez más alto.

—No he dicho que debas entregármela —respondió Isaliria—. Te pido que la acerques.

—¿Y si no me gusta lo que ocurre?

—La apartas.

—¿Así de fácil?

—Si conservas el control.

Aura bajó los ojos hacia el bolso. La claridad blanca azulada de Aulita se había intensificado. Bajo la tela, se concentraba en dirección a la estatua y a la escalera por la que Isaliria había descendido.

Ambarine sacó la placa del bolsillo.

—Ya tienes tu respuesta, Aura. Preparó todo este lugar para unirlas. No sabemos qué hará cuando estén juntas.

—He conseguido que la pieza responda —dijo Isaliria.

—No que te obedezca.

Isaliria miró la placa en la mano de Ambarine.

—Hablas de control mientras apenas puedes formar una llama.

—Puedo sostener esto.

—Una placa sacada de su arca.

—Dos huellas que tu informe trató como una sola.

—Dos huellas distintas —concedió Isaliria—. Todavía no sabes cuándo llegó la segunda ni qué hizo. Tampoco tiene el nombre que quieres encontrar.

Ambarine bajó la placa junto al costado.

—Es suficiente para llevarla afuera.

—A una plaza donde ya decidieron creer en ti.

—A la Academia. A los examinadores que no dejaste terminar. A las familias del Consejo que aceptaron tu informe porque les convenía.

—Todos dentro de instituciones que mi gobierno conserva.

—Que tu gobierno utiliza.

Isaliria respiró despacio.

—Devuelve la placa y sal de la plataforma. Todavía puedes bajar las manos, presentarte ante el Consejo y evitar que quienes te siguieron mueran contra las puertas.

—¿Vas a abrirlas?

—Cuando la revuelta termine.

—La empezaste con una ejecución preparada para que nadie pudiera objetar.

—La sentencia existía desde hace años.

—Y retiraste los documentos que podían revisarla.

El fuego apareció en la mano de Ambarine. Era pequeño, inclinado y apenas cubría sus dedos, pero no se apagó.

Aura sintió que algo cambiaba en Isaliria. No perdió la calma. Miró la llama, la venda húmeda y el peso que Ambarine cargaba sobre una pierna. Después miró la distancia hasta la plataforma, como si comprobara una medida que ya conocía.

—No puedes enfrentarme así —dijo.

—Muévete del conductor.

—Si atacas, destruirás la conservación de tu padre.

Ambarine vaciló. El fuego se contrajo.

Isaliria puso la mano sobre la placa del suelo.

—Eso pensé.

La luz corrió por las cuatro líneas que rodeaban la plataforma.

El piso se abrió.

No ocurrió con un golpe, sino con un movimiento continuo de piezas. Un círculo perfecto se separó alrededor del arca. La plataforma empezó a descender mientras los conductores se alargaban por sus costados.

—¡No!

Ambarine se lanzó hacia él.

Aura alcanzó a sujetarla por la cintura antes de que pisara el borde. Una oleada de calor salió de la abertura. Ambarine tiró de su brazo, desesperada.

—¡Suéltame!

—¡No alcanzas!

El rostro de Emeter descendió bajo el suelo, deformado por el ámbar. Después desaparecieron el anillo, los aros y la base del arca. Ambarine se estiró hasta que la venda rozó el borde de piedra. Aura tuvo que apoyar ambos pies y tirar con todo el cuerpo para impedir que cayera.

La plataforma se detuvo varios metros más abajo, dentro de una cámara que apenas recibía la luz rojiza de los conductores. Antes de que Ambarine pudiera buscar una forma de bajar, las placas del piso volvieron a unirse sobre el hueco.

La última línea de luz se cerró.

Ambarine quedó de rodillas. Golpeó la piedra con la palma.

—Ábrela.

Isaliria retiró la mano del mecanismo.

—El cuerpo permanecerá abajo hasta que este lugar vuelva a ser seguro.

—¡Ábrela!

La llama de Ambarine creció alrededor de la muñeca vendada. No salió recta. Una parte se dobló hacia la placa y otra le alcanzó la manga.

Aura la soltó para apagar la tela con las manos. Ambarine la apartó y cerró el puño. El fuego desapareció, dejando un borde negro.

Isaliria ya había dado la espalda.

Subió el primer peldaño de la escalera circular. Detrás de ella, una sección del pedestal de Thermus giró y abrió el paso completo hacia arriba. Una corriente de aire más frío descendió desde la torre.

—La pieza está en el santuario principal —dijo—. Aura puede subir. Tú deberías esperar aquí y pensar qué parte de tu propósito todavía puedes cumplir con vida.

Ambarine se levantó apoyando las manos en el borde del piso cerrado.

—No vas a separarnos.

—No necesito hacerlo. Apenas sostienes una llama y tus heridas volvieron a abrirse. Si subes, no llegarás más fuerte.

Ambarine guardó la placa otra vez en el bolsillo.

—Entonces deja de esperar que lo haga.

Isaliria continuó por la curva sin responder.

Aura ayudó a Ambarine a ponerse de pie. Wist se acercó a los primeros escalones, olió el aire que descendía y retrocedió con las plumas levantadas.

—No me gusta —dijo Aura.

Ambarine apoyó una mano en su hombro.

—Puedes quedarte abajo.

Aura volvió la cara hacia ella.

—¿Después de molestarte porque intentas decidir por todos?

—Tenía que intentarlo.

—Ya lo hiciste.

A pesar del dolor, algo parecido a una sonrisa apareció un momento en la boca de Ambarine.

Subieron.

La escalera era estrecha. Giraba alrededor de un eje de piedra y recibía luz por aberturas largas abiertas hacia el exterior. En cada vuelta aparecía una parte distinta de la capital: primero los tejados próximos al palacio, después el río y, más arriba, las calles que descendían hacia los barrios bajos. El sol estaba casi oculto. Las zonas altas encendían filas ordenadas de faroles; en las bajas las luces eran escasas y se interrumpían durante calles enteras.

Isaliria avanzaba varios peldaños por delante. No necesitaba apoyarse en la pared. El ruido de la explanada subía por las aberturas y se mezclaba con el viento.

Isaliria redujo el paso y llevó los dedos al broche de su pecho. Lo retiró y dejó a la vista un símbolo bordado en el vestido: tres puntas curvas alrededor de una llama.

—Ruphana —dijo—. Ese es mi apellido. Mi familia gobernaba Daliana antes que la tuya.

Ambarine levantó la vista hacia el símbolo. Aura también miró el bordado y sintió otra pulsación de Aulita dentro del bolso.

—Los Folsitia eran una casa secundaria —continuó Isaliria—. Vish los eligió, les entregó poder y los ayudó a expulsarnos. Los supervivientes cruzaron el mar con lo que pudieron conservar. En Querialar, los hijos aprendían el nombre de un territorio que nunca habían visto y los adultos fingían que la pobreza era una prueba de dignidad.

No habló como si repitiera una lección. La última frase salió más baja.

—¿Tú naciste allí? —preguntó Aura.

—Sí.

—¿Y tu familia sigue viviendo en la isla?

Isaliria tardó un escalón en contestar.

—Algunos.

Aura esperó algo más. No llegó.

—Los archivos no dicen que Vish eligiera solo a los Folsitia —dijo Ambarine—. El pacto reconocía a las comunidades. Había condiciones para ejercer la custodia.

—Archivos guardados por quienes ganaron.

—También dicen que la custodia podía retirarse.

—Una palabra útil cuando se quiere llamar préstamo a un imperio robado.

Llegaron a otro tramo. Ambarine tuvo que detenerse y apoyar el antebrazo en la pared. Aura esperó con ella. Isaliria subió tres peldaños más antes de volverse.

—Mi familia convirtió esa custodia en sangre —dijo Ambarine entre respiraciones—. En eso tienes razón.

Isaliria la observó.

—No pareces avergonzada de admitirlo.

—Estoy cansada de defender cosas sólo porque llevan mi apellido.

—Y aun así vienes por la corona.

—Vine por mi padre y por la prueba que escondiste.

—La gente de la plaza gritaba tu nombre antes de que entraras. No fingas que el resto no te importa.

Ambarine se separó de la pared.

—Me importa. Por eso no puedo decir que Daliana me pertenece.

Isaliria soltó una risa corta, sin alegría.

—Eso es lo que aprendiste durante el exilio. A convertir la pérdida en virtud.

Continuó subiendo.

Aura miró a Ambarine.

—¿Sigues dispuesta a gobernar?

—Quiero sacar a Isaliria del palacio.

—¿Y después?

—No lo sé.

Ambarine empezó a caminar antes de que Aura preguntara más.

La escalera terminó ante dos hojas de metal abiertas. Isaliria las cruzó y entró en el santuario superior.

El templo ocupaba la parte más alta de la torre. Era circular como la sala inferior, pero allí no había cúpula cerrada. Ocho arcos sostenían un techo más pequeño y dejaban espacios abiertos entre ellos. El viento entraba desde el mar, movía las telas solares colgadas de las columnas y traía humo de la explanada.

En el centro se alzaba otra imagen de Thermus, más antigua y menos perfecta. Le faltaban partes del rostro y una mano. Frente a ella había un pedestal rodeado por tres aros de metal rojizo.

Dentro de los aros flotaba una pieza angular de metal pálido. Tenía tres superficies cuadradas y bordes incompletos, como una esquina arrancada de un objeto mayor. Líneas tan finas que parecían grietas recorrían su interior.

Aulita respondió con tanta fuerza que Aura se dobló sobre el bolso.

—Está ahí.

La claridad atravesó la tela.

Los aros giraron. La pieza cambió de posición para orientar su parte hueca hacia Aura.

Isaliria la observó con una atención que no había mostrado ante la placa ni ante el arca de Emeter. Dio un paso hacia el pedestal y la pieza se detuvo. Cuando Aura se enderezó, volvió a moverse.

—Contigo responde antes —dijo.

—Porque Aulita está conmigo.

—Sácala.

Aura mantuvo una mano sobre el cierre del bolso.

—Todavía no.

Isaliria miró hacia las escaleras. Ambarine acababa de entrar y Wist apareció detrás, golpeando el metal del umbral con las garras.

—No tienes que entregármela —dijo Isaliria—. Colócala frente a la abertura. Los aros mantendrán separadas ambas partes.

—Tú instalaste los aros.

—Después de años de pruebas.

—¿Cuántas salieron mal?

Una tela solar azotó una columna. Isaliria esperó a que el sonido pasara.

—Las suficientes para construir esto.

Aura miró el metal rojizo que bajaba desde los aros y desaparecía bajo el suelo. Era igual al de la cámara de Emeter. Algunas líneas continuaban hacia las bases de las columnas y otras se dirigían a la escalera.

—Usaste el mismo sistema con su cuerpo.

—La conservación de Emeter me permitió comprender cómo mantener una huella sin que se dispersara.

Ambarine entró del todo.

—Hablas de él como si fuera otra prueba.

—Su cuerpo ya estaba bajo custodia del templo.

—Después de que impediste que los examinadores terminaran y cambiaste el informe.

Isaliria la miró.

—Ereel está vivo.

—Porque no pudiste encontrarlo.

—Y ahora está frente a mis guardias, utilizando magia contra el palacio. El exilio no le enseñó prudencia.

Ambarine llevó la mano al bolsillo donde guardaba la placa.

—No respondiste sobre mi padre.

—No voy a darte el nombre que deseas para que conviertas tu dolor en certeza.

La frase hizo que Ambarine se detuviera.

Isaliria volvió hacia Aura.

—La pieza conserva rastros de momentos que ya pasaron. He conseguido imágenes, sonidos y repeticiones pequeñas. Nunca permanecen abiertas porque le falta su centro. Con Aulita podríamos ver aquello que los Folsitia borraron.

—¿Sólo verlo? —preguntó Aura.

—Al principio.

—¿Y después?

—Entender qué puede cambiarse.

Ambarine soltó el aire con impaciencia.

—Quieres utilizarla para devolverle Daliana a una familia muerta.

—Mi familia vive.

—Lejos de las personas sobre las que reclamas derecho.

La mirada de Isaliria se endureció.

—Ha estado aquí cada día que tuve que inclinarme ante Emeter, escuchar a las Altas Casas hablar de mi origen como una curiosidad extranjera y sonreír frente a retratos de quienes expulsaron a los míos. Estuvo aquí cuando aprendí sus leyes, cuando ocupé sus oficinas y cuando los mismos hombres que jamás habrían recibido a una Ruphana terminaron pidiéndome permiso para conservar sus tierras.

—Eso dice más de ellos que de Daliana.

—Dice que el poder reconoce a quien sabe sostenerlo.

Ambarine negó con la cabeza.

—Reconocieron lo que les convenía.

—También es reconocimiento.

—No para quienes perdieron sus casas.

Isaliria extendió una mano hacia los arcos abiertos.

—La capital siguió funcionando. Los mercados crecieron. Las rutas de Ill'osjalf trajeron recursos que tu padre no consiguió asegurar durante sus últimos años. Las casas que cooperaron prosperaron y los funcionarios dejaron de esperar la decisión de un hombre enfermo.

—Y los demás tuvieron que esconderse —dijo Ambarine—. Salim, kunan, kunaras, semi-humanos, familias acusadas porque una propiedad te servía más en otras manos.

—Personas que tu red convirtió en soldados.

—La mayoría llegó a mí después de perder algo.

—Y tú les ofreciste un apellido al que culpar.

Ambarine avanzó hasta quedar al otro lado del pedestal. La pieza de la Alechrona continuaba orientada hacia Aura.

—Les ofrecí un lugar donde dormir.

—Después les pediste que entraran en el palacio.

Ambarine bajó la vista. Aura recordó a Orven y al hombre de cabello gris entrando con ellas. Otros habían quedado abajo, frente a la guardia, mientras ellas discutían en una torre.

—Sí —dijo Ambarine—. Se los pedí.

Isaliria pareció esperar una defensa.

—Algunos murieron por eso —continuó Ambarine. Se le cerró la garganta y tuvo que tragar antes de seguir—. Otros pudieron irse y no lo hicieron. Pero no son míos porque hayan decidido quedarse.

—Qué fácil resulta respetar una elección cuando produce lo que necesitas.

—No fue fácil.

—Pero la aceptaste.

—También podían negarse.

Isaliria sostuvo su mirada. Ambarine no añadió nada. Tenía sangre en la venda y un borde de la túnica quemado. Sin la plataforma de Emeter delante, su cansancio era más evidente.

Aura pensó en la entrada del refugio, antes de partir. Ambarine les había preguntado si alguno había cambiado de opinión y esperó la respuesta de cada uno. Todos aceptaron. Aura todavía recordaba el miedo que le dio escucharla decir que podían no volver.

Isaliria rodeó el pedestal sin apartar la atención de Aura.

—Has escuchado sus dudas, sabes que permitió que algunas personas murieran por entrar aquí y aun así sigues a su lado. Quiero entender qué viste en ella para decidirlo.

Aura se incomodó. La pregunta exigía una medida que no tenía.

—Yo... no sé si Ambarine es mejor. No sé cómo se decide algo así.

—Sin embargo, aquí estás.

Aura miró por uno de los arcos. Desde aquella altura, las filas de luces hacían que la capital pareciera ordenada. No se veían las puertas cerradas, los registros retirados ni las habitaciones donde una familia podía desaparecer. Tampoco la sangre de la explanada. Solo quedaba el dibujo de las calles y el resplandor del palacio sobre ellas.

—Estoy aquí por cosas que vi antes de conocerla —dijo—. Cuando llegué, todos parecían saber dónde podían caminar y dónde debían bajar la cabeza. Yo no entendía nada. Pensé que era porque la ciudad era nueva para mí, pero después vi a personas mirar a los guardias antes de hablar. Los de arriba tenían más luz. Abajo cerraban las ventanas. Los Salim bajaban la voz y Tirka escondía sus orejas. Nashira hacía lo mismo con sus cuernos, aunque fingía que no le importaba.

Isaliria apoyó una mano sobre uno de los aros.

—Has descubierto que una ciudad posee diferencias y que la autoridad produce miedo. Ningún imperio puede gobernarse sin ambas cosas.

—No sé cómo se gobierna un imperio —admitió Aura—. Ni siquiera sé cuánto cuesta una habitación sin tener que preguntar dos veces. Pero vi a un hombre entregar un campamento porque amenazaron a su familia y tú lo llamaste colaboración. Mataron a Orven cuando ya estaba sujeto. Dijiste que el responsable respondería, que no permitirías otra muerte... Y después mataron al hombre de cabello gris mientras nos ayudaba a salir. ¿De qué sirvió que lo dijeras?

La voz empezó a endurecérsele. Aura bajó las manos antes de que la Lay Len respondiera con ellas.

—Gobernar exige actuar a través de otras personas —dijo Isaliria—. Ambarine también envía mensajeros, esconde familias y permite que otros peleen en su nombre.

—Sí. Y a veces decide por mí. Me molesta cuando lo hace, mucho. —Aura miró a Ambarine, que había vuelto la cabeza hacia ella—. Pero puedo decírselo. Puedo enfadarme con ella y seguir aquí sin pensar que alguien vendrá a buscarme mientras duermo.

—Tú puedes hacerlo.

Isaliria dejó que las palabras permanecieran entre las tres.

—Quienes murieron para abrirle el camino ya no podrán decirle si están arrepentidos.

El recuerdo de Orven apareció con el paño tibio entre sus manos. Aura había oído el acuerdo: si él ordenaba salir, regresarían. No sabía qué esperaba hacer Orven después de aquella noche ni qué se había guardado mientras los demás hablaban de entrar.

—Yo... no sé qué habrían dicho.

—Entonces mira antes de entregarles también tu certeza.

Isaliria señaló la pieza suspendida entre los aros. Esta seguía orientada hacia el bolso de Aura.

—Acerca Aulita. Si la historia de mi familia es falsa, lo verás. Si Ambarine tiene razón, podrá salir de aquí con algo más fuerte que esa placa. No necesitas creerme para mirar.

—¡No te acerques! —Ambarine dio un paso, pero el dolor la obligó a cargar el peso sobre la otra pierna—. Esos aros están conectados al mismo sistema que utilizó con mi padre. No sabemos qué harán con Aulita.

—Tampoco yo conozco todo lo que conserva la pieza —dijo Isaliria—. Por eso llevo años intentando abrirla.

—¿Y cuántas personas utilizaste mientras intentabas comprenderla?

Isaliria no respondió a Ambarine. Mantuvo la mano extendida hacia Aura.

La pieza giró un poco más. Aura quería tocarla. El deseo no procedía solo de Aulita. Había cruzado medio imperio persiguiendo respuestas que siempre terminaban en otra puerta, otra persona desaparecida o un recuerdo que se deshacía al despertar.

«¿Y si Althea está ahí?», pensó. Tal vez una imagen, su voz, algo que pudiera conservar cuando saliera de aquel lugar.

«Aura, espera.»

Reconoció a Témpora y bajó un poco la mano que llevaba hacia el bolso.

«El contacto con esa pieza puede afectar tus recuerdos», continuó ella. «No es sólo mirar lo que guarda.»

«¿Puedo perderlos?»

Témpora tardó en contestar. Aura buscó su voz por detrás del zumbido de los aros.

«Puede cambiar la forma en que los recuerdas.»

«¿Eso es todo lo que puede pasar?»

«Yo... no quiero que te acerques creyendo que sólo vas a ver imágenes.»

Aura miró el pedestal. Témpora había respondido sin contestar aquello. Quiso insistir, pero Isaliria seguía con la mano extendida y Ambarine respiraba con dificultad a su lado.

Dio un paso.

Ambarine no la sujetó.

Eso la detuvo más que una orden.

Aura abrió el bolso, pero mantuvo la esfera cubierta por la tela.

—Si la acerco... ¿abrirás la cámara de abajo?

La mano de Isaliria descendió apenas.

—Emeter permanecerá protegido hasta que termine la amenaza contra el palacio.

—Ambarine no quiere llevárselo. Solo quiere despedirse.

—La revuelta continúa. No voy a exponer el cuerpo mientras sus seguidores recorren mis corredores.

Aura dejó que la tela cubriera otra vez la luz de Aulita.

—Entonces no.

Isaliria retiró la mano.

—Pediste una respuesta sobre tu pasado y terminaste negociando por el padre de otra persona. Ambarine ni siquiera tuvo que hablar para decidir por ti.

Aura miró a Ambarine. Seguía junto al pedestal, herida y en silencio. No le había pedido nada.

—Yo... —Aura apretó el cierre del bolso—. Yo quiero que pueda despedirse. Me importa.

Sintió calor en la cara y bajó la mirada. No quería explicar aquello frente a Isaliria. Ni siquiera sabía explicárselo a Ambarine.

Wist se acercó hasta rozar su manga con el ala sana.

Isaliria observó el gesto.

—Te vinculas con demasiada rapidez.

—Sí... me lo han dicho.

—Entonces también perderás con rapidez.

Aura no encontró una respuesta. Wist volvió a rozarla y ella dejó la mano apoyada sobre sus plumas.

La pieza de la Alechrona continuó girando dentro de los aros.

Ambarine sacó la placa del bolsillo y la sostuvo a la vista.

—Abre las puertas, devuelve el cuerpo y retira los aros de la pieza. Después podremos hablar de lo que conserva.

—No estás en posición de dar condiciones.

—Tú tampoco. La plaza no obedece y Ereel se enfrenta a tu guardia. ¿No oyes los golpes? Tus oficiales siguen abajo mientras tú estás aquí.

Isaliria miró hacia el arco orientado a la explanada. Una columna de humo subía junto a uno de los patios. Abajo volvió a oírse un golpe, más cercano que los anteriores.

—Todavía puedo detenerlo —dijo.

—Entonces hazlo.

—Entrégate.

Ambarine soltó una risa cansada.

—Siempre terminas ahí.

—Porque sigues confundiendo resistencia con una solución.

—Y tú confundes obediencia con paz.

La emperatriz volvió hacia el pedestal.

—Mi familia sobrevivió porque dejó de esperar justicia de quienes ya habían decidido borrarla. Conservamos nuestra historia sin archivos, títulos ni templos. Yo crucé el mar, entré en este palacio y obtuve todo lo que los Folsitia aseguraban que sólo su sangre podía sostener. Tú heredaste un nombre, lo perdiste y necesitaste que las personas a las que protegías te lo devolvieran.

—Sí.

Isaliria tardó en continuar.

Ambarine continuó:

—Necesité que confiaran en mí. Algunos dejaron de hacerlo. Otros nunca empezaron. No me gustó, pero tenían derecho.

—Un derecho que termina cuando amenaza a los demás.

—Eso también lo decides tú.

—Alguien debe hacerlo.

—Y elegiste que siempre fueras tú.

Isaliria dio otro paso alrededor del pedestal. Su atención iba de Ambarine a Aura y de Aura a la pieza.

—Los Ruphana gobernaban antes de que Vish interviniera. Los Folsitia se beneficiaron de una traición y después escribieron una historia donde su ambición se convirtió en deber. Mi regreso no empezó con Emeter. Empezó con generaciones obligadas a vivir lejos de lo que les pertenecía.

—Daliana no estaba vacía mientras ustedes vivían lejos —dijo Ambarine.

—Tampoco era libre.

—No lo es ahora.

El viento entró con fuerza. Las telas solares se extendieron entre las columnas y por un instante ocultaron parte de la ciudad.

Isaliria apretó los dedos.

—Tu padre hablaba igual cuando algo amenazaba la continuidad. Podía reconocer cada problema mientras la solución no tocara el lugar de los Folsitia.

Ambarine palideció, pero sostuvo la mirada.

—Mi padre me amaba y aun así quiso convertir mi vida en esa continuidad. Me pidió que me casara con un hombre al que no amaba para que el apellido siguiera después de mí. Discutimos. Quería disculparme por cómo le hablé... No iba a aceptar el matrimonio. Pero no volví a verlo vivo.

La voz se le quebró. Respiró y volvió a intentarlo.

—Durante años creí que, si demostraba mi inocencia, tenía que ocupar su lugar. Ya no sé... —Ambarine miró hacia la ciudad y volvió a Isaliria—. Quiero deshacer lo que hiciste. Pero no voy a exigir que me acepten sólo por ser su hija.

Isaliria la observó con una mezcla de desprecio y desconcierto.

—Has traído una revuelta hasta las puertas para ofrecer dudas.

—Tengo algo que sacar de aquí. —Ambarine levantó la placa—. ¿Y los que están abajo? No perdieron sus casas por mis dudas.

—Y si rechazan tu apellido, ¿te marcharás?

Ambarine miró la placa que sostenía.

—Tendré que hacerlo.

Aura percibió lo que costaba esa frase. Ambarine no sonaba liberada. Parecía alguien que había abierto la mano alrededor de lo único que sostuvo durante años y todavía no sabía si podría dejarlo caer.

Isaliria no lo vio de la misma forma.

—Entonces nunca fuiste capaz de gobernar.

—Puede ser.

La luz de los aros tembló.

—Pero eso no te da Daliana.

Isaliria se quedó quieta.

Ambarine guardó la placa en el bolsillo y apoyó la mano sobre ella un momento.

—Tu familia la gobernó. La mía también. Las dos acabaron llamándola propiedad. No pienso defender eso para quitarte la corona.

Desde abajo llegó un estruendo. Una de las puertas del palacio había cedido o algo grande había caído contra ella. Voces distintas se mezclaron bajo la torre.

Isaliria cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, miró a Aura.

—Última vez. Acerca Aulita.

Aura sintió el pulso de la esfera contra la cadera.

—No mientras la obligues.

—No tienes por qué compartir su destino.

—No sé cuál será su destino.

—Exacto.

La palabra salió más fuerte de lo que Isaliria había hablado hasta entonces.

—No sabes quién es ella, no sabes quién eres tú y no comprendes lo que llevas. Aun así te interpones porque unas personas asustadas fueron amables contigo. Esa no es una razón para decidir el futuro de un imperio.

Aura quiso responder. Tenía muchas razones, pero ninguna cabía en una frase. Recordó las galletas de Iris, el modo en que Erina le había tomado las manos, a Tirka apoyando la frente en su hombro, a Syrit guardando una lista inútil porque no sabía cómo ayudar a Ambarine. Eran cosas pequeñas frente a las palabras imperio, linaje e historia.

No le parecieron menos reales.

—Quizá no —dijo—. Pero son mis razones.

Isaliria miró hacia la ciudad una vez más. Después acomodó el broche sobre el símbolo Ruphana. Sus dedos tardaron más de lo necesario en asegurar el cierre.

—Ya no hay tiempo.

Puso la mano sobre uno de los aros.

La descarga recorrió el metal antes de que Aura viera formarse el rayo.

Ambarine alcanzó a levantar ambas manos. Su llama recibió el rayo de lado y lo desvió hacia la columna. La piedra saltó junto a su cara. Retrocedió con el brazo pegado al cuerpo y tuvo que apoyar la mano menos herida para no caer. El canto de la placa se marcó a través del bolsillo, todavía dentro. Aura corrió hacia ella, pero una línea de fuego se levantó del suelo y le cerró el paso.

Wist chilló.

Se impulsó hacia Aura con el ala sana. La emperatriz giró el cuerpo y extendió la mano libre.

Algo enorme apareció detrás de ella.

Primero fueron dos contornos transparentes, doblados para caber entre los arcos. El fuego llenó las formas desde la base hasta los extremos. Rojo cerca de la espalda, dorado en los bordes, dividido en capas que dejaban ver el cielo por algunos espacios y borraban las columnas en otros.

Las alas de Vish se abrieron sobre el templo.

Una golpeó a Wist antes de que llegara a Aura. No lo tocó como una superficie sólida, pero el calor cambió su trayectoria y lo lanzó hacia una de las telas solares. Wist la atravesó y rodó sobre el suelo, con las llamas desordenadas. Intentó incorporarse y tuvo que apoyar el pico en la piedra.

Aura se cubrió el rostro. La presión de las alas ocupó el santuario y empujó el aire hacia los arcos. Los aros giraron alrededor de la pieza de la Alechrona. Cada vuelta era más rápida.

Aura recordó la fuerza contenida que había sentido junto a Isaliria en la galería. Ahora tenía que apartar la vista del fuego para encontrar su rostro.

Ambarine apartó la mano de la columna y volvió a levantar el brazo. Tenía polvo en una mejilla y la venda se había aflojado. La llama apareció estrecha, torcida hacia un lado; la corrigió con la mano izquierda y la mantuvo delante del cuerpo.

—Mi familia conservó las alas de Vish cuando los Folsitia no pudieron conservar ni su pacto —dijo Isaliria—. Ahora me pertenecen.

Ambarine miró la proyección que se extendía detrás de ella. En los registros, Vish había dejado de responder y sus alas se habían perdido. Ahora las veía detrás de Isaliria.

—¿Así las consiguieron? ¿Robándolas?

Isaliria movió un ala entre ambas. El borde dorado cortó la llama y la dispersó contra el suelo.

—No responden sin costo.

El extremo de un ala tembló. Isaliria flexionó los dedos y obligó a la forma a recuperar firmeza.

—Todavía responden.

La segunda ala se curvó alrededor del pedestal. La pieza pálida quedó dentro de un cerco de fuego, orientada hacia Aura.

Aulita pulsó con tanta fuerza que Aura apretó el bolso contra su cadera. La claridad blanca azulada atravesó la tela.

Aura buscó una salida entre las líneas del suelo. Todas conducían a Isaliria o a la reliquia. Reunió Lay Len y levantó una barrera delante de sí. La superficie apareció torcida, más alta de un lado. El calor la golpeó y la hizo retroceder.

—No quiero herirte —dijo Isaliria—. Dame la esfera.

—Acabas de atacar a Ambarine.

—Ella eligió la confrontación.

—Tú lanzaste el rayo.

La barrera crujió. Aura añadió energía y sintió un tirón en los brazos.

Wist consiguió levantarse junto a la tela rota. Avanzó hasta Aura con el ala baja rozando el suelo y golpeó con el pico su mano izquierda. Ella la apartó un poco de la barrera y abrió los dedos.

—Sólo un poco... —le pidió.

El fénix apoyó el pico contra su palma. Una corriente se añadió a la que Aura sostenía, irregular, pero lo bastante firme para que el borde hundido de la barrera volviera a levantarse.

«Despacio. Como con Tirka», pensó Aura. Tomó una hebra pequeña y la extendió por la superficie que ya había formado. El calor volvió a golpearla. Esta vez no tuvo que retroceder.

Wist permaneció junto a su mano, con el pecho moviéndose deprisa. Las llamas de su cuello disminuyeron. Aura sentía cada cambio de su respiración en la corriente y corregía el trazado antes de que se inclinara demasiado.

Isaliria presionó el aro. El fuego se cerró sobre la barrera, primero desde un lado y después desde el otro. Aura apretó los dientes. Seguía en pie, pero la mano que tocaba el pico de Wist había empezado a temblar.

Entonces llegaron los dos tirones.

Aura reconoció la señal y soltó la hebra prestada. Wist retiró la corriente y apartó el pico. La barrera se contrajo; ella la sostuvo con su propia Lay Len, más cerca del cuerpo. Le dolía el brazo hasta el hombro.

—Aura —dijo Ambarine.

Estaba al otro lado de la línea de fuego que había separado a las dos. Intentó cruzarla, pero la llama se cerró delante de sus piernas.

—Estoy bien —respondió Aura, aunque le dolían los brazos y la barrera empezaba a hundirse.

—No lo estás.

—Un poco.

Ambarine se desplazó por el borde de la línea de fuego. Isaliria siguió su movimiento con el ala que cubría la columna y Aura sintió que la presión sobre su barrera disminuía. Enderezó la parte hundida antes de que la emperatriz volviera a empujarla.

Wist se alejó de Aura por el borde de la barrera. Llegó a la base del pedestal y subió al escalón bajo con un salto corto. El ala lesionada arrastró sobre la piedra. Se quedó agachado y volvió la cabeza hacia Isaliria.

Aura sintió que la hebra entre ambos se tensaba. Aceptó su visión durante un instante. Desde aquel escalón veía el costado del pedestal y una parte del suelo que los aros le ocultaban desde su propia posición. El fénix miró hacia un conductor detrás del ala derecha de Isaliria. La proyección no llegaba a cubrir la ranura por completo.

Aura soltó la imagen antes de mover los pies.

—Wist, por ahí. Voy a apartarlo.

Isaliria vio al fénix y giró el ala hacia él. Ambarine lanzó una llama corta hacia la mano que la emperatriz mantenía sobre el aro. Isaliria tuvo que retirarla. Aura soltó la barrera y envió un pulso bajo hacia el conductor. No intentó romperlo. Lo empujó apenas fuera de la ranura.

La línea de calor se torció.

Wist bajó del escalón y atravesó el espacio antes de que Isaliria corrigiera el flujo. Golpeó el aro central con el pico. El metal se inclinó y arrancó una chispa contra el aro exterior. La pieza de la Alechrona giró de forma brusca y descendió unos centímetros.

Aulita respondió. La claridad blanca azulada se extendió por las costuras del bolso y la pieza imperial dejó escapar un destello desde sus líneas interiores, todavía suspendida entre los aros.

Isaliria miró la pieza y luego el bolso de Aura. La sorpresa duró poco.

—¡Apártate del aro!

Cerró la mano. Los conductores del suelo se elevaron en líneas de calor, dividiendo el templo. Wist retrocedió hasta la base del pedestal y dejó caer el pecho sobre la piedra. Ambarine buscó otro paso junto a la columna, con una mano sobre el bolsillo de la placa, pero el fuego le cerró el camino.

El templo entero vibró.

Isaliria dio un paso atrás. Su respiración dejó de ser silenciosa.

—No comprendes lo que estás abriendo.

Aura sostuvo el bolso con ambas manos.

—Tú tampoco.

La emperatriz extendió las alas hasta cubrir los arcos. El cielo desapareció detrás del fuego.

—Tú no perteneces a esta historia.

La frase llegó junto con otra descarga. Aura intentó responder:

—Yo no te estoy pi-

El rayo la obligó a alzar los brazos.

No tuvo tiempo de formar una barrera completa. La energía chocó con el pulso que todavía salía de ella y se abrió en dos direcciones. Una parte golpeó el piso. La otra alcanzó el bolso.

Aulita emitió una claridad blanca azulada.

La pieza suspendida respondió desde el centro de los aros.

«¡Aura, escúchame!»

La voz de Témpora llegó tan cerca que Aura levantó la cabeza, como si pudiera encontrarla entre las llamas.

«No puedo...»

Intentó aferrarse a su voz. Wist seguía al pie del pedestal y Ambarine al otro lado del fuego. Aura quiso llamarla, pero su boca permaneció cerrada. El brazo derecho se levantó un poco más y la corriente que tenía en la mano cambió de dirección.

Ella no había decidido moverlo.

Ambarine dijo su nombre. Aura la vio acercarse hasta el borde de las llamas, con la mano izquierda extendida. Intentó dar un paso hacia ella. Su pierna se dobló hacia el lado contrario y la sacó de la trayectoria de otra descarga.

El calor dejó de llegarle a la cara. Todavía veía las manos levantadas, pero empezaban a parecerle lejanas. La voz de Ambarine se perdió antes de que pudiera contestarle.

El templo desapareció.

Folio 25·11.497 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

36,14 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

3,14 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

892,91 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||