Historia resguardada
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Capítulo 26 · Nocturno del renacer
El enfrentamiento en el templo lleva a Aura hasta el límite de su magia y sus recuerdos. Para quienes la acompañaron, recuperar la verdad sobre Emeter también exige afrontar el precio de lo vivido.
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Volver al mapa de capítulosAmbarine llegó hasta el círculo de luz y metió la mano.
No encontró un cuerpo.
La claridad se contrajo y apagó los últimos conductores. La mano de Ambarine atravesó el sitio donde había estado el hombro de Aura. Los colores se cerraron sobre el fénix, el bolso y el metal pálido. El ruido llegó un instante después: un golpe breve, seco, que Ambarine sintió entre los dientes.
Desaparecieron.
Ambarine quedó arrodillada sobre la piedra desnuda. Tenía los dedos abiertos y la sangre de Aura cerca de las rodillas.
Le costó bajar la mano.
Abrió y cerró los dedos. Había estado tan cerca de tocarla que todavía esperaba encontrar el hombro bajo la palma. Volvió la cabeza hacia la viga y después hacia la escalera. Le temblaba la boca cuando intentó llamarla.
—Aura.
Esperó una respuesta entre el ruido de los escombros.
Ereel soltó la pared de aire cuando el último fragmento cayó fuera del círculo. Subió los peldaños que faltaban y se inclinó junto a Ambarine. Shaeli pasó hacia Isaliria, que permanecía al pie del arco roto.
—Aura —volvió a llamar Ambarine.
Ereel miró el suelo. No había una abertura donde buscarla. Pasó la palma por encima de la piedra, siguió el borde de la sangre y se detuvo antes de tocarla.
Ambarine lo sujetó del manto.
—Estaba aquí.
—La vi.
—La tenía delante.
Ereel cubrió su mano con la suya. No intentó apartarla.
—Búscala —pidió Ambarine—. Si llega a algún lugar así...
Miró la sangre y no terminó.
Ereel asintió. Tenía los ojos húmedos. Cuando trató de apartarse para examinar otra vez el centro, Ambarine tardó en soltarle el manto.
Detrás, Shaeli puso dos dedos junto al cuello de Isaliria. La emperatriz tenía un brazo doblado debajo del cuerpo y respiraba con un ruido húmedo. La sangre le corría desde el hombro quemado hasta el suelo.
—Está viva —dijo Shaeli.
Ambarine levantó la cara.
Durante un instante miró a Isaliria como si todavía estuviera delante del cuerpo de Emeter, con la plataforma descendiendo bajo las manos. Después volvió hacia la mancha donde Aura había caído.
—Trae ayuda —respondió.
Shaeli asintió.
—Y guardias —añadió Ambarine—. No la dejes sola.
Shaeli llamó hacia la escalera.
Sobre la torre, la aurora empezó a perder color. El verde se retiró primero de los tejados. El azul quedó un poco más sobre el mar, mezclado con el humo. Ambarine siguió mirando el sitio vacío hasta que el violeta desapareció de sus dedos.
Tirka llegó cuando los primeros guardias estaban subiendo para ayudar con Isaliria. Llevaba el paño de Aaron apretado entre las manos. Syrit apareció detrás, con la peineta torcida y una manga rasgada cerca del codo.
La felina buscó a Aura en el santuario.
Después miró la sangre.
—¿Dónde está?
Ambarine no consiguió contestar.
Tirka se agachó. Olió la piedra, el borde de la viga y la tela solar que seguía prendida en la base. Sus orejas se inclinaron cuando volvió hacia el centro. El olor de Aura estaba allí. También el de Wist. No había un rastro que llevara hacia la escalera ni hacia los arcos.
—No puede haber salido —dijo.
Ereel negó despacio.
Tirka apretó el paño. No lo había utilizado.
Se frotó la cara con el antebrazo y volvió a oler el suelo, más cerca de la mancha. El llanto le cortaba la respiración y tuvo que levantar la cabeza antes de seguir.
Syrit llegó junto a Ambarine y se arrodilló sin preguntar por la sangre de su túnica. Le tomó el brazo izquierdo. Al tocarla, Ambarine dejó de sostenerse tan recta.
—Se fue —dijo al fin.
La frase apenas alcanzó a las tres personas junto a ella.
Syrit le rodeó los hombros. Ambarine permaneció rígida hasta que intentó decir otra vez el nombre de Aura. La voz no le salió. Se llevó la mano libre al rostro y Syrit la sostuvo cuando se dobló hacia delante.
No bajaron del santuario enseguida.
Ereel examinó el centro hasta que el temblor de sus manos le impidió seguir. Tirka buscó detrás de la estatua y volvió dos veces al arco que daba hacia el mar. Shaeli tuvo que sujetarla cuando quiso acercarse al borde roto. No había nada allí salvo piedra desprendida y un viento frío que empezaba a llevarse el humo.
Isaliria descendió en una camilla, rodeada por los soldados que habían dejado las armas junto a la escalera. Aaron los alcanzó en el templo inferior. Al verla, apartó del hombro la tela quemada del vestido y pidió que pusieran la camilla sobre un tramo de suelo sin conductores.
Una de las mujeres que lo ayudaban reconoció a la emperatriz y dejó de acercarse.
Aaron levantó la vista.
—Necesito esa tela.
La mujer la tenía apretada contra el pecho. Miró a Ambarine, que acababa de bajar sostenida por Syrit, y luego a Shaeli.
—Mi hermano está detenido desde el invierno.
Ambarine apoyó la mano en el muro.
—Dame su nombre cuando terminemos aquí.
La mujer tardó en responder. Después dejó la tela junto a Aaron y se apartó sin mirar otra vez a Isaliria.
El alquimista trabajó bajo la luz de una lámpara que Shaeli había conseguido en el corredor. Limpió la quemadura, sujetó el brazo herido y puso a un ayudante a contar cada respiración. La emperatriz no abrió los ojos. Cuando intentó mover la mano libre, dos guardias la mantuvieron lejos del metal del suelo.
Ambarine observó ese movimiento hasta que Aaron cubrió el pecho de Isaliria.
El alquimista miró por encima de la camilla, hacia las escaleras.
—¿Y Aura?
Ambarine volvió la cara. Syrit respondió por ella:
—Desapareció con Wist. Ereel la está buscando.
Aaron dejó de tirar de la venda. Miró la escalera otra vez, hasta que una respiración húmeda lo hizo bajar los ojos. Terminó el nudo con los dedos torpes.
—Isaliria no puede quedarse aquí —dijo él.
Shaeli fue a buscar un lugar sin circuitos en el ala de servicio. Eligió una habitación con una sola entrada, pidió que retiraran los objetos metálicos sueltos y dejó hombres a ambos lados de la puerta. No todos los uniformes estaban dispuestos a recibir órdenes suyas. Los dos que habían ayudado a abrir el templo aceptaron y llamaron a otros.
Mientras movían la camilla, Ambarine se acercó a la plataforma cerrada.
Apoyó la palma sobre el centro. La piedra estaba tibia, inmóvil. Debajo seguía su padre.
El santuario de arriba había perdido el techo y una parte de sus muros. Allí, en cambio, las columnas se mantenían en pie. El polvo había cubierto las líneas rojizas. La única marca nueva junto a la plataforma era una grieta que terminaba antes de llegar al círculo.
Ambarine quiso buscar el mecanismo.
Ereel le tomó la muñeca, con cuidado de no tocar la venda.
—Ahora no puedo abrirlo sin revisar lo que quedó.
Ella miró el borde de la piedra.
Había esperado tantos años. La frase «un poco más» le parecía insoportable. Aun así, los dedos de Ereel temblaban sobre su piel, y su mano había empezado a dejar sangre otra vez.
Sacó la lámina del bolsillo.
La película transparente estaba rayada por un costado. Las marcas del centro seguían allí. Ambarine se la mostró al maestro, que dejó de sostener su brazo para acercarse a la luz.
—Pude separar dos huellas —dijo ella—. La de afuera es mía. Hay otra junto al corazón.
Ereel miró las líneas. Su cara cambió cuando encontró el punto oscuro.
—La retiramos juntas —continuó Ambarine—. Aura abrió el cierre.
Le costó decir el nombre.
El maestro volvió la lámina hacia la lámpara y después se la devolvió.
—Guárdala. Mañana la veremos con los examinadores.
—Quiero que otros estén aquí.
Ereel asintió.
—Sí.
Ambarine dejó la pieza en el bolsillo y se quedó frente a la plataforma hasta que Syrit le puso una mano en la espalda.
—Hay gente esperándote abajo.
La princesa miró hacia la escalera.
Quería seguir buscando a Aura. Quería abrir la piedra y tocar de nuevo la mano de Emeter. Quería sentarse en el suelo y no hablar con nadie hasta que pudiera entender lo que había ocurrido.
Al otro lado del muro, alguien estaba pidiendo ayuda.
Syrit no le dijo que debía bajar. Esperó a su lado.
Ambarine retiró la mano de la plataforma.
El vestíbulo estaba lleno cuando llegaron. Algunos guardias habían reunido las armas en una esquina. Otros conservaban los escudos y discutían con los civiles que querían entrar a buscar detenidos. Los voluntarios traían heridos desde la explanada; los sirvientes del palacio abrían puertas sin saber a quién debían consultar ahora.
Un hombre sentado junto a los heridos levantó la cabeza al ver a Ambarine.
—¿Salió la muchacha del ave?
Ambarine se detuvo. El hombre buscó detrás de ella, entre quienes bajaban del templo.
—Todavía la estamos buscando —respondió Syrit.
Él bajó la vista y se apartó para dejarlas pasar.
Una mujer del Consejo esperaba junto a una columna con una carpeta manchada de polvo. Ambarine reconoció la ropa del cadalso y el lugar donde había estado tomando notas mientras leían la sentencia.
La mujer también la reconoció.
No se inclinó.
—¿Dónde está su majestad?
—Herida y bajo custodia —respondió Ambarine.
La mujer miró a Shaeli. Después buscó otros miembros del Consejo entre la gente.
—Deben reunirse las Altas Casas antes de que alguien...
Un grito la interrumpió. Un guardia intentaba cerrar el corredor de las celdas y tres civiles habían empezado a empujarlo. Uno llevaba sangre en la frente. Otro gritaba el nombre de una hija.
Ambarine avanzó hacia ellos.
La rodilla le falló después del tercer paso. Syrit la sostuvo y Ambarine tuvo que apoyarse en ella para seguir.
—Bajen las armas —dijo.
El guardia la miró. Tenía el asta cruzada frente a la puerta y una mano demasiado cerca de la espada.
—Recibí la orden de impedir el acceso.
—Ahora estoy aquí. Abre el corredor.
El hombre dudó.
Shaeli se colocó a un lado, sin sacar el arma que llevaba. Detrás, los guardias que habían subido al templo estaban escuchando.
El soldado apartó el asta.
Los civiles intentaron pasar todos a la vez. Ambarine levantó una mano y el hombre que buscaba a su hija se volvió furioso hacia ella.
—Si está ahí, voy a sacarla.
—Te acompaña alguien que conozca las celdas. —Ambarine señaló al guardia—. Busca las llaves. Y los nombres.
La mujer de las actas seguía cerca. Syrit le pidió una hoja de la carpeta.
—Necesitamos saber quién está dentro.
—Esos registros pertenecen a la administración del palacio.
Syrit la miró, agotada.
—Entonces tráigalos. Usted sabe dónde están.
La mujer apretó la carpeta. Tardó en bajar los ojos hacia los papeles que llevaba y elegir una hoja limpia.
La gente empezó a dar nombres.
Ambarine no reconocía a la mayoría. Algunos preguntaban por arrestos del día anterior; otros llevaban meses acudiendo a oficinas que se devolvían sus solicitudes. Mientras Syrit escribía, Shaeli organizó a los sirvientes que conocían los pasos interiores y pidió que nadie bajara solo. Dos soldados fueron por las llaves.
Tirka no se quedó con ellos. Volvió hacia la escalera de la torre y encontró a Ereel en el primer descanso. El maestro tenía una mano sobre la vara y miraba la puerta por la que habían salido.
—¿La puedes traer? —preguntó ella.
Ereel tardó en responder.
—No sé adónde se fue.
Tirka rozó el paño limpio con una garra.
—Estaba sangrando.
Él cerró los ojos un momento.
—Lo sé.
La felina apoyó la espalda contra la pared y se dejó caer hasta sentarse. Ereel permaneció cerca.
La primera confirmación desde el punto exterior llegó casi al amanecer.
Ana la trajo en una hoja doblada. Cael y Ferenth habían recibido a los heridos y organizado sitio para los que siguieran llegando. Brenor y Nashira estaban allí, atendidos; ninguno podía volver al palacio esa noche. Cael preguntaba por Ambarine y por los que habían entrado detrás de ella. Añadía que habían intentado presentar las copias del examen antes de la ejecución, pero no consiguieron que la petición llegara al Consejo a tiempo.
Shaeli leyó el mensaje dos veces antes de pasárselo.
Ambarine se sentó junto a Syrit en un banco del vestíbulo. Un ayudante de Aaron acababa de cambiarle las vendas. Tenía una manta sobre los hombros y la túnica gris endurecida por las quemaduras y la sangre.
—Hay que contestarle —dijo.
Syrit acercó la hoja y esperó.
Ambarine empezó por los heridos. Después dictó dónde habían dejado a Isaliria, quién custodiaba la habitación y qué necesitaban para reunir a los grupos dispersos.
Cuando llegó al nombre de Aura, no pudo continuar.
Syrit dejó la punta sobre el borde de la hoja.
—Puedo escribirlo yo.
Ambarine asintió.
Aura y Wist habían desaparecido en el santuario. Aura estaba herida. La pieza imperial y Aulita se habían ido con ellos.
No tenían un lugar donde buscar.
Ambarine se quedó mirando la tinta hasta que dejó de brillar.
Tres días después, el templo inferior volvió a abrirse para el examen.
Las piezas rotas del circuito se habían retirado del recorrido. Los operarios sostuvieron el mecanismo de la plataforma con apoyos nuevos antes de mover la piedra; Ereel trabajó junto a otros examinadores mientras Ambarine esperaba cerca de la entrada. Uno había conservado su puesto en la Academia durante el exilio del maestro. Otra venía del servicio de conservación y había pedido ver también los registros de traslado de Emeter.
Syrit comprobó los nombres en la hoja de asistencia. La mujer de las actas estaba allí, con una carpeta distinta, y leyó en voz alta qué documentos habían recibido. Las copias que Ambarine sacó del archivo se colocaron junto a los informes incautados en el palacio.
Cael había llegado aquella mañana con las pruebas que dejó aseguradas en el refugio. Permanecía detrás de Ambarine, con una bolsa vacía entre las manos. Tirka estaba junto a la puerta. No miró a nadie que intentara saludarla.
La plataforma comenzó a subir.
Ambarine se puso de pie demasiado rápido. Tuvo que esperar a que el mareo pasara y aceptar la mano de Syrit sobre su codo. Todavía le dolían las muñecas. La nueva venda escondía los bordes abiertos, pero no le permitía mover el brazo sin acordarse de las cadenas.
El arca apareció con el bloque de ámbar todavía sujeto entre los aros.
El sistema había resistido en la cámara inferior. El cuerpo seguía allí, con las manos cruzadas sobre el pecho y el anillo en el mismo dedo. Ambarine vio primero el cabello y después la mejilla. Recordó el frío del ámbar bajo la palma y a Aura de pie a su lado.
Se quedó a varios pasos.
Ereel no la llamó al centro. Los examinadores comprobaron la conservación, abrieron el arca y retiraron el ámbar antes de empezar el examen. Ambarine vio la mano de su padre sin nada que la separara de la suya. Permaneció junto a Syrit mientras comparaban la lámina con las huellas que todavía podían seguir en el cuerpo. Cada vez que uno encontraba algo, lo mostraba a los demás. En dos ocasiones tuvieron que volver al comienzo porque sus primeras lecturas no coincidían.
Ambarine escuchó hablar de la huella superficial, de la contaminación posterior y del punto oscuro cercano al corazón. Ereel pidió que retiraran de la mesa su antiguo informe. Lo leyó entero antes de dejarlo junto al resto.
—Esto no distingue ambas intervenciones —dijo.
La examinadora sostuvo la lámina contra la luz.
—El registro de conservación las separa. Hay que contrastarlo con el daño interno.
Volvieron al cuerpo.
La jornada terminó cuando las lámparas sustituyeron la luz de las ventanas. No encontraron en la huella superficial de Ambarine el recorrido que correspondía a la alteración del corazón. El ataque que todos habían visto y la lesión interna no podían seguir describiéndose como una sola acción. La identidad de quien preparó aquella segunda intervención exigía comparaciones que el informe original nunca realizó.
Los examinadores pusieron sus firmas en hojas distintas.
Ambarine leyó la conclusión junto a Syrit. Buscó su nombre, el de su padre y la frase que explicaba qué había hecho su ataque. La leyó otra vez.
Durante años había imaginado ese momento como un grito, una sala llena o una restitución pública. Allí solo se oían los últimos instrumentos sobre la mesa y el roce de una silla cuando Cael se levantó para recibir las copias.
—Yo lo sabía —dijo Ambarine.
La frase sonó pequeña.
Syrit le apretó el brazo.
Ereel llegó hasta ellas con su informe antiguo. No lo ocultó debajo de los otros.
—Voy a declarar cómo llegué a esa conclusión —dijo—. Y qué dejé de examinar.
Ambarine miró la hoja, después su rostro.
—También quiero que conste cuándo intentaste continuar y quién lo impidió.
El maestro asintió. Le costó sonreír.
Cuando terminaron de guardar los registros, Ambarine se acercó a la plataforma. Los demás salieron hacia el corredor. Syrit permaneció cerca de la puerta hasta que su amiga volvió la cabeza para buscarla.
—Puedes quedarte —dijo Ambarine.
Syrit se acercó despacio.
Ambarine tomó la mano de Emeter. La marca de la vieja quemadura seguía bajo su pulgar. No volvió a comprobarla. Se quedó sosteniéndola, con el brazo cansado y los ojos húmedos.
—Estaba muy enojada contigo —murmuró.
Syrit miró el cabello blanco del emperador y guardó silencio.
—Quería volver a hablarte. Decirte que te quería... sin tener que decirte también que aceptaba.
Ambarine se detuvo. Tenía preparada una parte de esas palabras desde hacía años; otra nunca había encontrado cómo decirla. La mano de su padre seguía fría dentro de la suya.
—No voy a casarme por el apellido.
Se le quebró la voz y tuvo que limpiarse la cara con el antebrazo, evitando las vendas.
—Me habría gustado que pudieras escucharme.
No consiguió decir mucho más. Syrit llegó a su lado y Ambarine apoyó la frente contra su hombro, sin soltar de inmediato la mano de Emeter. Lloró allí, de pie, hasta que las rodillas empezaron a dolerle.
Después acomodó la mano sobre el pecho de su padre.
La cámara funeraria lo recibió cuando pudieron completar los trabajos necesarios y retirar los restos del sistema añadido. No hubo una nueva exhibición del cuerpo en la explanada. Ambarine dejó que la despedida fuera pequeña. Permaneció cerca de Syrit y de Ereel mientras cerraban la entrada, sin buscar entre las personas un rostro que no podía estar allí.
Al regresar al palacio encontró sobre la mesa el informe con las firmas.
Aura no pudo leerlo.
Ambarine pasó la mano sobre el espacio donde habría colocado otra copia para ella y pidió a Syrit que la guardara.
El Consejo se reunió en una sala que todavía olía a humo.
Ambarine no llevó la corona. Entró con las muñecas vendadas, Syrit a su lado y las copias del examen sobre la mesa. Cael dejó otros documentos en el extremo; Shaeli se quedó junto a la puerta, donde podía escuchar también las voces que esperaban en el patio.
Algunos de los miembros de las Altas Casas se levantaron al verla. Otros permanecieron sentados.
La anulación de la condena ocupó la primera parte de la jornada. Un consejero pidió que el nuevo examen volviera al mismo servicio que había recibido el informe alterado. Syrit acercó las tres firmas y leyó los nombres de los especialistas que ya lo habían hecho. Otro quiso posponerlo hasta conocer la versión de Isaliria.
Ambarine apoyó las manos sobre la mesa.
—Mi ejecución no esperó a que pudiera terminar el examen de mi padre.
El hombre bajó los ojos hacia sus vendas.
—Eso no permite omitir los procedimientos.
—No los estamos omitiendo —respondió Syrit—. Están aquí. Puede leerlos antes de votar.
La discusión duró hasta pasado el mediodía. Cuando la condena quedó anulada, Ambarine permaneció sentada unos segundos más. Afuera hubo gritos al recibir la noticia, pero la sala no se volvió alegre. Todavía tenían ante ellos los nombres de detenidos, las órdenes de confiscación y los informes de la guardia de aquella noche.
Las firmas para confiarle la administración provisional del imperio llegaron después, entre discusiones sobre cuánto podían demorar las siguientes reuniones. Ambarine aceptó y pidió que se convocara también a los barrios. No todos habían llegado allí por confianza en ella. Algunos temían a las personas reunidas en los patios. Otros querían conservar sus oficinas y evitar que los documentos expusieran cuánto habían participado en las decisiones de Isaliria.
Cael separó los registros de Silas de los de Emeter y pidió que se dejaran en expedientes distintos.
—Hay familias esperando por esto —dijo, tocando el primero—. No tiene que perderse entre las hojas de la sucesión.
Ambarine asintió.
El primer mandato que firmó suspendió las expulsiones de viviendas que seguían en trámite. El siguiente exigió entregar los nombres y lugares de los detenidos a quienes los buscaban. El tercero abrió la revisión de confiscaciones y prohibió que se destruyeran o trasladaran los archivos sin dejar registro.
Syrit le sostuvo las hojas cuando la mano empezó a cansarse.
—No tienes que firmarlas todas esta tarde —murmuró.
Ambarine miró la pila restante.
—Ya esperaron mucho.
—Y mañana también van a necesitar que puedas leer.
Ambarine quiso discutirlo. Después dejó la punta junto al tintero y se frotó los ojos con cuidado.
Ferenth la encontró al salir de la sala. Había llegado con noticias de los refugios y esperó mientras Syrit recogía los papeles. Ambarine se detuvo al verlo.
—Cael me dijo que lo mandaste ayudar —empezó.
—Cael me mandó buscar. Pasó la noche esperándolos.
Ambarine bajó la vista hacia sus muñecas vendadas.
—Iba a entrar sola.
—Eso me contó. También me dio una hoja con once nombres.
Ferenth no alzó la voz. Ambarine había preparado una explicación durante el camino hasta aquella sala, pero ahora le costó empezar. Detrás de él, dos mujeres esperaban con los documentos de una vivienda confiscada.
—Debí hablar contigo —dijo.
—Con nosotros. Había personas esperando a los que fueron contigo.
Ella asintió. Ferenth miró las quemaduras que sobresalían del vendaje y se apartó un poco para dejar pasar a Syrit.
—Gracias por ayudar a los que salieron —añadió Ambarine.
—No iba a dejarlos en el camino.
Le entregó las noticias de los refugios. Ambarine las recibió con ambas manos y preguntó por Brenor y Nashira antes de abrirlas.
Las primeras órdenes no llegaron igual a todos los barrios. En dos puestos de la guardia se negaron a recibirlas hasta que vinieran acompañadas por una firma del Consejo. En una oficina de registros siguieron pidiendo una autorización que ya había sido retirada. Un funcionario dejó una pila entera de solicitudes sin abrir y aseguró que no tenía personal para atenderlas.
Syrit fue a verlo al día siguiente.
Volvió con la pila y con la promesa de que él acudiría a explicar el retraso. No sonaba satisfecha.
—Me dijo que las personas volverían cuando supieran esperar —contó.
Ambarine tomó la primera hoja. La mujer que la había escrito buscaba a su hermano desde el invierno.
—Que venga a decirlo aquí.
Syrit se sentó y abrió el resto.
Ereel regresó a la Academia antes de que terminara esa semana. La suspensión de su exilio había llegado con una copia de la revisión de las antiguas acusaciones; él pidió que los documentos quedaran accesibles y no aceptó que los guardaran solo en su expediente personal.
En el aula donde había enseñado años atrás encontró instrumentos cubiertos, una mesa nueva y marcas en la pared donde ya no estaban sus estantes. Algunos alumnos se acercaron a saludarlo. Otros se quedaron lejos, repitiendo entre sí cosas que habían escuchado sobre su vida en el vórtice.
Chalkois ocupó una ventana y arrancó una cinta de los materiales recién ordenados.
—Eso no es tuyo —le dijo Ereel.
El ave dejó la cinta sobre el alféizar.
El maestro pasó la mano por la mesa. Recordó a Aura inclinada sobre las hojas, preguntando por qué debía interrumpir una forma que acababa de conseguir. Había veces en que la explicación no le bastaba y él tenía que volver a hacerla. Otras, ella entendía la mitad y se iba a practicar justo esa mitad.
Le costó sentarse.
Un alumno le preguntó si empezarían ese mismo día.
Ereel miró la silla vacía al otro lado de la mesa.
—Mañana —respondió—. Hoy necesito ordenar esto.
No movió los instrumentos durante un buen rato.
En el palacio, los corredores comenzaron a llenarse de personas que antes solo podían entrar acompañadas por la guardia. Las primeras reuniones con los barrios fueron ruidosas. Una mujer Salim se negó a ocupar un asiento detrás de las Altas Casas y un hombre del Consejo quiso convertir aquel desacuerdo en un problema de protocolo.
Ambarine se levantó y cambió su silla de lugar.
Syrit tuvo que rehacer la disposición de la mesa. La mujer se sentó sin darle las gracias. Llegó para hablar de un almacén requisado y no quería gastar su turno en discutir dónde debía ponerse.
Hubo días en que Ambarine terminó irritada con todos. Se descubrió cortando una intervención porque ya había oído un problema parecido, y Syrit le tocó el brazo antes de que pasara al siguiente asunto.
—Déjala terminar.
Ambarine miró a la muchacha que aún tenía una hoja levantada.
—Sí. Perdón. Continúa.
La muchacha tardó en volver a empezar. Después habló de una hermana, de una puerta que no abrían y de un nombre mal escrito en un registro. Ambarine escuchó hasta el final.
Una tarde Tirka entró en aquella sala con las orejas descubiertas.
El guardia de la puerta la dejó pasar después de mirar la nueva orden fijada junto al marco. Otro, más lejos, frunció el rostro al verla. Tirka lo miró de vuelta y caminó hasta la mesa sin tocarse el cabello.
Tenía en las manos una lista que Shaeli había ido completando. Algunas personas seguían sin aparecer. Saira conservaba su lugar entre los nombres pendientes, con el espacio para las noticias todavía vacío.
—No se acabó porque Isaliria esté encerrada —dijo Tirka.
Ambarine apartó los papeles que estaba leyendo.
—Lo sé.
Tirka dejó la lista sobre ellos.
—Entonces ésta va arriba.
Ambarine no discutió.
Isaliria despertó en una habitación sin ventanas abiertas.
Habían pasado varios días desde el choque. Tenía el hombro inmovilizado, una venda ancha alrededor del pecho y un dolor que la obligaba a detenerse antes de cada respiración profunda. Los dedos de la mano herida apenas se movían. No había aros ni conductores junto a la cama.
Dos guardias permanecían al otro lado de la puerta. Un tercero acompañó al sanador que le dio agua y comprobó sus vendas.
—¿Dónde está Ambarine? —preguntó.
El sanador dejó el recipiente sobre una mesa fuera de su alcance inmediato.
—En el palacio.
Isaliria quiso incorporarse. El dolor le arrancó una respiración y tuvo que volver contra la almohada.
No recibió visitas del Consejo esa mañana. Llegaron dos personas encargadas de recoger declaraciones y de notificarle las acusaciones iniciales. Le hablaron de los informes alterados, de órdenes de detención y del ataque en el santuario. Ella pidió ver los documentos y los nombres de quienes declaraban.
No dejó de pedirlos cuando le dijeron que debía descansar.
Ambarine fue a verla una semana después.
Syrit esperaba fuera. Shaeli estaba junto a uno de los guardias. La princesa entró sin acompañantes hasta quedar cerca de la puerta, lejos de la cama.
Isaliria miró las vendas de sus muñecas y después la ropa que llevaba. No encontró la corona.
—Al final ocupaste mi lugar.
Ambarine permaneció en silencio un instante.
Había imaginado esa conversación muchas veces durante el exilio. En algunas, Isaliria admitía lo que había hecho. En otras, ella le mostraba una prueba y todo el palacio escuchaba. Ahora la emperatriz tenía el rostro pálido, un brazo sujeto y la misma atención que había utilizado para mirarla junto a Emeter.
—Anularon mi condena —dijo Ambarine—. Los examinadores pudieron terminar.
Isaliria bajó los ojos hacia sus manos.
—Tu maestro siempre quiso otro resultado.
—No estaba solo.
—Ahora nadie quiere estar de mi lado.
Ambarine sintió ganas de preguntarle por su padre. Todavía estaban allí, intactas: ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿qué había pensado mientras le sonreía en la mesa? Quiso obligarla a responder todo antes de salir.
La mano le empezó a temblar.
La cerró junto al cuerpo.
—Van a escucharte cuando puedas declarar —dijo.
Isaliria observó el esfuerzo que le había costado quedarse con aquella frase.
—La muchacha no volvió.
Ambarine levantó los ojos.
—Los guardias hablan —continuó Isaliria—. No supiste retenerla después de que hizo lo que necesitabas.
Ambarine dio un paso hacia la cama.
Se detuvo.
La emperatriz esperó, con una respiración lenta y dolorosa. Ambarine miró el vaso de agua, la venda que cubría el lugar donde Aura la había alcanzado y las sábanas limpias.
—También quiso que yo pudiera despedirme de mi padre —respondió.
Isaliria no dijo nada.
Ambarine volvió hacia la puerta. Al salir encontró a Syrit de pie, lista para tomarle la mano si hacía falta. Ella la agarró antes de que pudiera ofrecerla.
Caminaron juntas hasta el patio.
No hablaron de Isaliria durante el trayecto.
La primera vez que reunieron a los compañeros después del combate, Brenor llegó con el brazo sujeto y una queja por los peldaños.
—Podrían haber elegido una sala abajo.
Nashira caminaba a su lado. La venda del hombro había cambiado por otra más pequeña, pero todavía evitaba ciertos movimientos. Cael llevaba una cesta de comida que alguien le había entregado para ellos. Shaeli apartó dos sillas antes de que empezaran a discutir dónde sentarse.
Tirka ya estaba junto a una ventana.
Miró el número de asientos.
Después salió a buscar otra silla.
Ereel la vio traerla y no dijo nada. Aaron llegó poco después, con un frasco para las heridas de Ambarine y una bolsa de pan que afirmó haber comprado porque no confiaba en lo que servían dentro del palacio.
—Ahora puedes quejarte de la cocina sin esconderte —dijo Nashira.
—Nunca me escondí de eso.
La conversación consiguió una risa breve. Tirka dejó la silla cerca de la mesa y se sentó en otra.
Al principio hablaron de quienes seguían recuperándose, de la carreta y de los caminos que Cael había mantenido abiertos. Algunos ayudantes habían vuelto a sus hogares. Otros permanecían cerca del palacio para buscar detenidos o acompañar las revisiones de propiedades.
Los nombres de Orven, Lyra y el hombre de cabello gris quedaron entre los platos cuando Shaeli contó a quiénes habían logrado avisar. La despedida de los tres se había hecho fuera del templo, con las personas que los conocían y quienes habían salido del palacio gracias a ellos. Brenor bajó los ojos hacia la mesa. Nashira dejó de tocar el borde de su venda.
Ambarine escuchó los nombres sin apartarse.
Después Cael sacó una hoja que todavía no había mostrado.
—Erina escribió desde el pueblo del sur.
Tirka enderezó las orejas.
Mauro seguía necesitando ayuda. Había empezado a sentarse durante ratos más largos, pero se cansaba y tenían que vigilarle la herida. Micah trabajaba con los granjeros del lugar; Peryna había conseguido unas macetas para las flores que no quería dejar en el camino. Iris preguntaba si Aura iba a volver pronto. Le había guardado algo y no quería que se estropeara.
Cael dejó de leer.
Ambarine miró el espacio de la silla que Tirka había traído.
—Hay que decirles lo que sabemos.
—Ya salió el aviso —respondió él—. Esta carta la escribieron antes de recibirlo.
Tirka se inclinó sobre la mesa y tomó un pedazo de pan que no llegó a comer.
—Si vuelve, va a preguntar primero por ellos.
Ereel miró la silla vacía.
—Probablemente.
Aaron se quedó haciendo girar el frasco entre las manos.
—También va a revisar si conservé su cuaderno.
—Lo conservaste —dijo Tirka.
—Sí.
La felina asintió como si necesitara comprobar una cosa más.
Syrit fue la última en llegar. Tenía tinta en los dedos y varias hojas debajo del brazo. Al ver la mesa, dejó los papeles lejos de los platos y se sentó junto a Ambarine.
—Mañana vendrán los representantes del mercado —dijo.
Ambarine empezó a levantarse.
Syrit la sujetó por la manga.
—Mañana.
Ambarine miró las hojas y volvió a sentarse.
Por un rato hablaron de cosas que no exigían una orden. Nashira contó cómo Brenor había intentado convencer al sanador de que una escalera no podía considerarse ejercicio. Brenor explicó que el hombre nunca había tenido que subir a aquella sala con un brazo inmóvil. Cael repartió el pan. Shaeli escuchó hasta que una de las bromas le hizo bajar la cara para reír sin interrumpirlos.
Tirka sostuvo su trozo entre los dedos. Miró la silla desocupada una vez más y dejó un poco en el plato de al lado.
Al salir, Ambarine y Syrit se quedaron en el patio.
La torre podía verse por encima del muro. Los trabajadores habían retirado las piezas que amenazaban con caer, pero faltaba una parte del techo y la imagen de Thermus permanecía quebrada. Nadie había vuelto a tender los conductores alrededor del pedestal.
Ereel iba a examinar el lugar al día siguiente. Lo hacía cada vez que encontraba una variación en los rastros, sin conseguir todavía un trayecto que pudiera seguir. Ambarine no le pedía una fecha.
Syrit se acomodó junto a ella en el banco.
—La primera vez que la vi, pensé que eras tú —dijo.
Ambarine miró sus manos.
—Me contó que la abrazaste.
Syrit dejó escapar una risa pequeña.
—No me respondió enseguida. Yo estaba hablando tanto que ni siquiera le dejé explicarse. La solté cuando me dijo que no eras tú. Después me dio su nombre y le miré los ojos... —Se detuvo y se limpió una mancha de tinta con el pulgar—. Creí que te los habías cambiado para que no te reconocieran.
Ambarine apoyó la espalda contra el banco.
La mañana después de la llegada de Aura, Daliana había continuado como si el lago no hubiera entregado nada extraño. Los guardias se cambiaron de puesto, los mercados abrieron y las familias perseguidas volvieron a esconderse. La muchacha empezó haciendo preguntas, equivocándose con nombres y acercándose a personas a las que todavía no conocía.
Ahora había una carpeta con la verdad sobre Emeter en una sala donde antes no la dejaban entrar. Los heridos podían usar el acceso del palacio. Ereel había regresado a su aula. Tirka caminaba sin cubrirse las orejas y Syrit seguía allí, sentada a su lado, después de haber levantado la voz ante todo el cadalso.
Ambarine miró el techo abierto de la torre.
Quería contarle a Aura esas cosas. Quería que discutiera con ella una orden mal explicada, que preguntara cuánto debía durar una reunión o que apareciera en el patio con Wist negándose a seguirla. Tenía tantas cosas pequeñas que decirle que la ausencia le dolía de una forma distinta al silencio de su padre.
—No sabía que iba a cambiar tanto —murmuró.
Syrit siguió su mirada.
—Creo que ella tampoco.
En el patio, un sirviente abrió la puerta para una familia que había esperado su turno fuera de las murallas. Una niña entró de la mano de su madre y se quedó mirando la fuente. El guardia les mostró el corredor de solicitudes sin pedirles que bajaran la cabeza.
Ambarine permaneció en el banco un rato más.
Syrit apoyó el hombro contra el suyo.
Sobre la torre, el cielo había vuelto a quedarse oscuro.