Historia resguardada
Esta sub-historia solo se desvela tras completar el capítulo principal.
Capítulo 18 · El poder de seguir aprendiendo
Mientras los rescatados buscan hogares seguros, Aura vuelve a estudiar junto a Neria. Un ejercicio con agua le enseña a distinguir lo que comprende de lo que todavía necesita practicar.
Leer Capítulo 18Al marcar el capítulo 18 como leído, esta historia se desvelará automáticamente.
Volver al mapa de capítulosNeria había terminado de guardar los paños cuando Aura apareció con los libros contra el pecho y una palangana colgando de dos dedos. La dejó sobre una piedra plana, lejos del paso entre las tiendas. Tenía una abolladura junto al asa.
—No encontré otra —dijo.
—Esa sirve. Pon los libros de este lado, para que no se mojen.
Aura obedeció y abrió uno por las páginas que había marcado. Había leído hasta tarde después de regresar de la casa de los Fuegel. Ahora llevaba preguntas escritas en una hoja y parecía dispuesta a empezar antes de que Neria se sentara.
—¿Estas notas son de cuando estudiabas?
Neria se recogió un mechón celeste ceniza detrás de la oreja y se inclinó sobre el libro. Reconoció su letra, pequeña y apretada entre dos dibujos. En el margen todavía se veía una corrección de su profesora.
—Sí. Mira, aquí intentaba levantar toda el agua de una vez. Por eso se me deshacía al llegar a la curva. Después empecé a probar con menos… ¿Qué anotaste tú?
Aura le acercó su hoja. Neria la leyó antes de sentarse y volvió una página para buscar el dibujo que quería mostrarle.
Aura sujetó la página con una piedra. Neria acercó la jarra para llenar la palangana y vio que la esquina del libro volvía a doblarse por el mismo lugar de siempre.
Cuando su familia descendió de Kyris a Delim, Neria pudo continuar en la Academia. Sus padres le anunciaron aquello antes de explicarle qué muebles tendrían que vender y cuándo debían abandonar la casa.
—Tus clases siguen igual —le dijo su padre durante la cena—. Ya hablamos con la oficina.
Neria dejó la cuchara junto al plato.
—¿Puedo terminar el periodo? ¿Con los ejercicios también?
—Con los ejercicios también.
—Gracias, papá. Pensé que iba a tener que dejarlo.
Se acercó a abrazarlo antes de que terminara de explicarle las fechas de la mudanza. Después le pidió que la dejara quedarse el día de práctica hasta que guardaran los materiales.
Su madre había apartado una parte del dinero para la siguiente cuota. La guardaba en una bolsa distinta, debajo de las telas que llevaba a arreglar. Neria quiso devolverle algunas monedas que todavía conservaba para comprar materiales, pero ella le cerró los dedos alrededor de la mano.
—Eso también es para estudiar.
—Entonces voy a comprar solo lo que me falta. El cuaderno todavía tiene hojas.
Su madre le acomodó la bolsa entre las manos. Neria se quedó a su lado mientras separaba las telas y le preguntó cuáles podía llevar a la nueva casa.
La nueva casa tenía una mesa donde no cabían al mismo tiempo las prendas de su madre y los libros. Neria hacía las tareas después de que ella recogiera las agujas. Algunas noches, su padre llegaba cuando ambas estaban por acostarse. Había conseguido trabajo llevando cuentas en un almacén y aceptaba los encargos que quedaban después del cierre.
Neria empezó a quedarse despierta hasta oírlo entrar.
—¿Otra vez con la misma página? —le preguntó una noche.
—Ya es otra. Se parecen.
Él se inclinó para mirar el dibujo. Una línea recorría un recipiente y regresaba sobre sí misma. Había marcas junto a los lugares donde Neria perdía el control del agua.
—¿Y eso ya sale?
—Hoy llegué hasta aquí sin que se saliera. —Le señaló una marca casi al final del dibujo—. Si consigo hacer la vuelta, quiero probar levantándola del recipiente. La profesora dice que podemos cambiarle la forma mientras sigue corriendo.
—Entonces voy a esperar a que me lo enseñes cuando salga siempre. No quiero mojarme antes de dormir.
Neria se rio y cerró el libro para dejarle sitio. Su padre había traído un pan envuelto en papel. Lo dividieron entre los tres mientras él contaba que alguien había vuelto a confundir dos columnas del inventario.
Cuando terminó de comer, Neria le preguntó si el almacén cerraría temprano el día de su siguiente práctica.
—No tienes que ir —añadió—. Pero me gustaría enseñarte lo que hacemos allí. A mamá también.
En la Academia, Neria empezó a llegar antes que muchos compañeros. Aprovechaba los recipientes disponibles, repetía los ejercicios y anotaba las correcciones para no tener que pedirlas otra vez. Si una corriente se abría antes de llegar al final, volvía a empezar aunque ya hubieran llamado al siguiente grupo.
Una profesora la detuvo al terminar una evaluación.
—Necesitas mejorar esto antes de la próxima prueba.
Neria miró el agua que había quedado fuera del recipiente.
—Puedo repetirla ahora.
—La prueba ya terminó. Hablo de la siguiente. Tu continuidad se revisará al cerrar el periodo; no basta con presentarte todos los días.
Neria asintió tan deprisa que después no recordó si había preguntado qué parte debía corregir primero. Lo escribió todo al llegar a casa. Al día siguiente buscó a la profesora antes de entrar al aula y le mostró los dos lugares donde la corriente se abría siempre.
—¿Tengo que sostener más agua por este lado? Ayer lo intenté, pero se me salió más rápido.
La profesora le hizo repetir el ejercicio con el recipiente casi vacío. Neria pudo ver entonces dónde perdía la continuidad y pasó el resto del descanso probando aquel tramo. Cambió las horas de práctica y comenzó a estudiar mientras ayudaba a su madre a separar las prendas. Algunas veces iba a buscar a un compañero para comparar los trazados; si uno conseguía algo distinto, ella quería verlo de cerca.
Varias semanas después completó la vuelta sin derramar agua. Al principio necesitó apoyar los dedos en el borde y la corriente se detuvo en cuanto levantó la vista. Siguió practicando hasta poder repetirlo sin tocar el recipiente. En la evaluación siguiente, la profesora marcó otro ejercicio para que lo empezara.
Neria llevó a casa la hoja con la corrección y esperó a que sus padres terminaran de cenar. Puso un cuenco en medio de la mesa, apartó el pan y les mostró la corriente. Su madre acercó la lámpara. Su padre se inclinó tanto que ella tuvo que pedirle que no tocara el agua.
—Ahora sí puedes mirar todo lo que quieras. Ya no tengo que empezar de nuevo cada vez que me hablas.
Él movió un dedo cerca del borde, sin llegar a meterlo. Neria se rio, perdió una pequeña cantidad sobre la mesa y tuvo que recogerla con el paño que su madre le tendió.
—Gracias por dejarme seguir —dijo mientras secaba la madera—. Quería que vieran que ya me sale.
Su madre le pidió que lo hiciera una vez más. Neria volvió a llenar el cuenco.
Su padre pasó varios días tosiendo antes de faltar por primera vez al almacén.
Al principio se levantaba para comer con ellas. Después empezó a pedir que le acercaran la taza hasta la cama. El médico que lo visitó dejó indicaciones y una lista de medicinas. Su madre fue a preguntar los precios y regresó con el papel doblado dentro de la bolsa.
—¿Las traen después? —preguntó Neria.
Su madre negó con la cabeza. Vació las monedas sobre la mesa y volvió a contarlas, aunque las había contado antes de salir.
Neria abrió sus libros.
Ya sabía limpiar una raspadura y había empezado a practicar intervenciones curativas pequeñas. Una vez consiguió que un corte en la mano de su madre dejara de sangrar y le doliera menos al mover los dedos. Buscó aquella lección, luego las páginas que todavía no habían trabajado en clase. Copió dibujos, comparó anotaciones y llevó a casa otro volumen que debía devolver en pocos días.
Su padre le dejaba acercar el agua, aunque al principio intentaba bromear sobre lo incómodo que sería dormir con la cama mojada. Neria la reunía alrededor de un paño y trabajaba despacio. Cuando él conseguía descansar un rato, ella regresaba al libro para recordar exactamente qué había hecho.
No entendía por qué después volvía a estar tan mal.
En las lecciones había visto lesiones que mejoraban bajo las manos de sus profesores. Su padre también parecía sentir alivio cuando ella lo atendía. Neria empezó a quedarse más tiempo junto a la cama, convencida de que necesitaba aprender a sostener aquel efecto. Durante el día repetía los trazados hasta que le costaba mantener los dedos quietos.
Su madre tenía que recordarle que comiera.
—Sí, mamá. Déjame cerrar esto y voy.
Pero enseguida encontraba algo más que quería comprobar. Su madre acababa acercándole el plato, y Neria comía junto al libro abierto, con el dedo en el lugar donde había dejado de leer.
Una tarde llegó tarde a una evaluación. La profesora le devolvió el ejercicio incompleto y Neria lo guardó debajo de las páginas sobre curación. Al volver a casa encontró a su padre intentando incorporarse sin ayuda. Dejó la carpeta en el suelo y corrió a sostenerlo.
Él ya no volvió a levantarse solo.
La última noche en que pudieron conversar, Neria tenía la palangana apoyada sobre las rodillas. Había agua en su manga y una mancha oscura sobre la manta. Su padre rozó el borde con dos dedos.
—Déjala un rato.
—Un momento más. Hoy casi no has podido dormir.
—Tú tampoco.
Neria quiso seguir, pero la corriente empezó a temblar. La dejó caer sobre el paño y buscó otra tela para secar lo que había derramado. Su padre le tomó la muñeca antes de que se levantara.
—Siéntate aquí.
Ella se acomodó junto a la cama. Él tardó en volver a hablar.
—Cuida a tu madre, Neria. Las dos se olvidan de descansar cuando tienen algo pendiente.
—Voy a ayudarla. No te preocupes.
Él miró los libros abiertos sobre la silla.
—Y vuelve a tus clases cuando puedas. Te gustan, ¿verdad?
Neria asintió.
—Entonces no las dejes por nosotros. Habla con ella. Se arreglarán.
—Podemos arreglarnos los tres.
Le sostuvo la mano entre las suyas.
—Todavía quiero enseñarte lo que viene después del cuenco. Me guardaron un libro con esos ejercicios.
—Me lo cuentas aquí —dijo él.
Neria le habló de una corriente que podía salir de un recipiente y entrar en otro sin tocar el suelo. Quería aprender a dividirla sin que las dos partes se deshicieran. Su padre la escuchó con los ojos entrecerrados y de vez en cuando le apretó los dedos.
Neria permaneció sentada hasta que él cerró los ojos y su madre llegó para cambiar el paño. Esa vez no volvió a abrir el libro.
Murió de madrugada.
Durante los días siguientes, Neria siguió encontrando recipientes junto a la cama. Había dejado agua en varios para no tener que salir a buscarla mientras lo atendía. Los vació uno por uno y los guardó debajo de la mesa. El libro prestado seguía abierto por una página que ahora no podía leer sin detenerse.
Cuando por fin lo cerró, descubrió que se le había vencido el plazo para devolverlo.
El agua golpeó el borde de la palangana y salpicó la piedra donde Aura había puesto sus notas.
—¡Ay! Espera…
Neria levantó el libro antes de que se mojara. Aura retiró la mano y miró el recipiente, molesta.
—Otra vez hice lo mismo.
Neria señaló un tramo corto junto al borde.
—Prueba solo aquí. Yo también quería moverla toda. Mira hasta dónde llegaba cuando escribí esto.
Le mostró la primera marca del dibujo. Aura comparó aquella distancia con la que había intentado recorrer, dejó caer los hombros y acercó la mano al tramo más corto. Neria puso el libro sobre la tela seca. La esquina doblada sobresalía debajo de su pulgar; había tenido que enderezarla muchas veces después de aquella última semana en casa.
Neria regresó a la Academia con los materiales ordenados y la idea de recuperar las evaluaciones que había perdido. Había reunido los ejercicios pendientes en una carpeta. Su madre se quedó trabajando hasta tarde para que pudiera llevar algo de dinero a la oficina.
El hombre que la recibió consultó el registro familiar y dejó la carpeta sin abrir.
—Tu matrícula no puede continuar.
Neria pensó en las ausencias.
—Traje los ejercicios. Puedo hacer las pruebas que faltan.
—Tu familia figura ahora como Salim.
Ella miró el papel que él había girado sobre el escritorio. Reconoció sus nombres y la nueva clasificación. Los últimos gastos, las deudas y la pérdida del ingreso de su padre habían terminado de quitarles lo que conservaban.
—Podemos pagar una parte —dijo, acercando la bolsa.
El hombre no la tomó.
—La Academia no admite estudiantes Salim. La cuota pendiente es otro asunto.
Neria permaneció de pie hasta que él volvió a señalarle la puerta. Había preparado explicaciones sobre la enfermedad, sobre sus notas y sobre el tiempo que necesitaba para ponerse al día. Al salir, todavía llevaba la bolsa en la mano.
Fue al aula para recoger lo que había dejado. La profesora le permitió entrar mientras los demás terminaban de guardar sus cosas. Neria encontró su cuaderno debajo de una mesa y dos plumas dentro del recipiente de práctica. Una compañera le preguntó si volvería la semana siguiente.
—No sé —respondió.
Era más fácil decirlo que explicar otra vez lo de la oficina.
Su madre había dejado libre la mesa para que estudiara. Neria puso encima los libros y se sentó sin quitarse la capa. Cuando ella salió de la habitación, le contó lo que había ocurrido.
—Voy a preguntar —dijo su madre.
—Ya pregunté.
—Tal vez a otra persona…
—Gracias, mamá. Pero hoy no quiero volver. No abrieron ni la carpeta.
Neria se cubrió la cara con las manos. Su madre se sentó junto a ella y dejó de hablar. Permanecieron así hasta que anocheció y hubo que encender la lámpara.
Neria guardó los libros en una caja para que no estorbaran el trabajo de costura. Devolvió los prestados y conservó los que habían comprado, con sus ejercicios y los márgenes llenos de correcciones.
Encontró trabajo lavando y preparando ropa para una posada. Al principio llegaba a casa tan cansada que se dormía antes de terminar de comer. Después aprendió a repartir el esfuerzo y a usar el agua para ayudar con algunas tareas. Todavía practicaba, aunque ya no hubiera una evaluación al final de la semana.
Al comienzo solo conseguía reunir parte del agua que quedaba en una tela. La hacía caer en un cubo y después escurría el resto con las manos. Con los meses aprendió a extraerla de una manga sin empapar la que estaba al lado y a pasarla de un recipiente a otro sin tener que levantarlos. Cuando intentó sostener dos corrientes, una se le deshizo sobre los zapatos. Volvió al libro, dibujó por separado los recorridos y probó con dos cantidades más pequeñas.
Su madre fue la primera a quien llamó cuando consiguió mantenerlas al mismo tiempo. Estaba recogiendo las agujas y acudió con una prenda a medio doblar.
—Mira, mamá. Esta vuelve a la jarra y la otra sigue aquí. —Neria tuvo que callarse un momento para que no se juntaran—. Ya puedo hacerlas ir a lugares distintos.
Dejó caer ambas en la palangana antes de perder el control. Su madre se rio al verla revisar el suelo en busca de salpicaduras.
—No cayó nada.
—Lo sé. Estaba comprobando.
Aquella noche dejó el cuaderno abierto junto a la lámpara.
Separaba una parte de cada pago. Quería reunir suficiente para que su madre pudiera rechazar encargos y dejar de coser cuando ya no veía bien las puntadas. Tardaron meses en pagar lo más urgente. Neria llevaba las cuentas en el reverso de hojas que antes había usado para los ejercicios. Con el tiempo pudieron adelantar el pago de la habitación, y su madre empezó a guardar la costura más temprano.
Algunas noches abría la caja y leía un rato. En otras la sacaba de debajo de la mesa, veía las prendas que faltaban por terminar y volvía a guardarla.
Su madre empezó a dejarle un espacio junto a la lámpara.
—Eso puede esperar —le decía cuando Neria intentaba ayudarla—. Lee un poco.
—¿Puedo leerte esta parte? Hay una cosa que no entiendo. A lo mejor al decirla…
Su madre apartaba la silla para dejarla acercarse. No siempre podía ayudarla con la explicación, pero escuchaba mientras Neria seguía el dibujo y probaba a contarlo con otras palabras.
Algunas lecturas acababan antes de tiempo porque Neria se ponía a contar el dinero de la siguiente semana. Había dejado de buscar otra forma de volver a las clases.
Neria echó un pedacito de hoja sobre la palangana.
—Mira esto. Si la corriente avanza, la hoja también.
Aura la llevó al comienzo con un dedo y esperó a que el agua quedara quieta. Su siguiente intento solo hizo que subiera y bajara. Antes de empezar de nuevo, apoyó las manos sobre las rodillas y se quedó mirando el pequeño tramo que Neria había señalado.
Desde las tiendas llegó un grito para que alguien se apartara del paso. Neria se sobresaltó y volvió la cabeza. Dos hombres estaban bajando una caja; uno pidió ayuda y enseguida aparecieron otras manos debajo de la carga.
El día en que vio a Ambarine, Neria llevaba ropa limpia a una casa cercana a la plaza central. Encontró el camino obstruido por gente que intentaba acercarse y por otras personas que retrocedían sin querer perder de vista lo que ocurría.
Alguien pronunció el nombre de la princesa.
Neria se detuvo con el bulto contra el pecho. El emperador había muerto ese mismo día. La noticia ya circulaba en distintas versiones por la posada y las calles; cada persona parecía saber algo que las anteriores ignoraban. Nunca había visto a Ambarine de cerca.
La reconoció por el cabello carmesí cuando dos hombres se apartaron. La joven estaba sola más allá de la fuente, frente a personas que no dejaban de hablar. Había guardias acercándose desde uno de los accesos.
—¡No maté a mi padre! —alcanzó a oír Neria—. ¡Fue Isaliria!
Un hombre gritó que la apresaran. Otro pidió que la dejaran hablar. Neria perdió de vista a Ambarine cuando varias personas se movieron delante de ella, pero siguió escuchándola.
La princesa repetía su acusación y se negaba a aceptar la que habían hecho contra ella. A veces su voz se quebraba y tenía que levantarla más para que no la cubrieran. Neria buscó un espacio por donde verla otra vez. Le llamó la atención que siguiera allí, tratando de hacerse escuchar mientras los guardias avanzaban.
Ella había salido de la oficina con sus ejercicios bajo el brazo. Después dejó de volver.
Alguien chocó contra el paquete y Neria tuvo que sujetarlo mejor. La gente comenzó a dispersarse; oyó una orden, pasos corriendo y la voz de una mujer que buscaba a su hijo. Se apartó hacia una pared hasta que pudo continuar. Cuando volvió a mirar hacia la fuente, ya no vio el cabello carmesí.
Llegó tarde a entregar la ropa.
Esa noche le contó a su madre lo que había presenciado. Durante los días siguientes preguntó por la princesa en cuanto oyó mencionar su nombre. Algunas personas la llamaban asesina; otras hablaban de los guardias que le habían creído. Neria intentaba recordar sus palabras por encima de todo lo que se añadía después.
Durante los meses que siguieron, Neria continuó trabajando, llevando dinero a casa y cuidando las manos de su madre cuando se le abrían pequeñas grietas al coser. También empezó a atender a vecinos que se lastimaban trabajando. Podía limpiar una lesión, aliviar el dolor y ayudar con un sangrado pequeño. Cuando encontraba algo que no sabía tratar, pedía que buscaran a otra persona.
En la posada volvía a escuchar el nombre de Ambarine cada cierto tiempo. Un viajero decía que había robado una carga en los caminos; otro hablaba de personas secuestradas por hombres que trabajaban para ella. También le atribuían ataques contra guardias y dinero desaparecido de alguna casa. Neria preguntaba dónde había ocurrido, si alguien había visto a la princesa. A veces le daban el nombre de un pueblo que no conocía. Otras, quien contaba la historia solo la había escuchado durante el viaje.
Algunas personas aseguraban que Ambarine ayudaba a quienes huían de los soldados. En otra mesa decían que los obligaba a seguirla. Neria llevaba aquellas conversaciones a casa y trataba de ordenarlas mientras ayudaba a su madre con la ropa. Todavía recordaba la voz de la joven en la plaza, pero eso no le permitía saber qué había hecho después. Hubo noches en que quiso creer una versión y terminó preocupada por la otra.
Habían pasado casi dos años desde aquel día en la plaza cuando Neria fue a un pueblo a comprar hilo y telas para el trabajo de su madre. También buscaba paños que pudiera usar al atender heridas. Acababa de guardar la compra cuando vio a un hombre sentado en un banco junto a la tienda. Tenía una manga recogida y trataba de despegarse una venda del antebrazo. Una mujer encapuchada sostenía sus cosas.
Neria se detuvo al ver la sangre que había atravesado la tela. Dejó el paquete sobre el extremo libre del banco y se acercó.
—No tires de eso. Puedo ayudarte, si quieres.
El hombre miró a su acompañante antes de extender el brazo. La herida había empezado a cerrarse bajo una venda sucia. Al moverla, apretó los dientes y volvió a sangrar.
—No tires de la tela —le pidió ella—. Déjame humedecerla primero.
Neria pidió agua en la tienda. La mujer encapuchada fue a buscarla y regresó con una jarra y una palangana. Después sostuvo una tela limpia mientras Neria trabajaba.
El hombre llevaba varios días usando el brazo como si no tuviera nada. Neria consiguió limpiar la lesión y contener el sangrado, pero tuvo que llamarle la atención cuando quiso comprobarlo doblando el codo.
—Espera, todavía no he terminado. Si lo doblas ahora, vamos a tener que cambiar esta tela otra vez.
Él volvió a estirarlo y miró hacia su acompañante. La mujer se había acercado para ver mejor. Bajo la capucha, Neria reconoció los ojos naranjas y un mechón que no había quedado bien oculto.
Se le detuvo la mano sobre el vendaje. Miró al hombre y después al paquete que había dejado en el banco. Recordó las conversaciones de la posada sobre las personas que desaparecían en los caminos.
—¿Te falta algo? —preguntó Ambarine.
—No. Solo… Deje la tela aquí, por favor.
Ambarine dejó la tela a su alcance. Neria terminó de acomodar la venda y explicó al hombre qué movimientos debía evitar. Al levantarse, recogió el paquete y se lo sostuvo contra el cuerpo. Desde allí podía ver a quienes entraban y salían de la tienda.
—La vi en la plaza —dijo en voz baja.
Ambarine no respondió enseguida. El hombre dejó de recoger su capa.
—Me quedé escuchando —añadió Neria—. No sé si pudo terminar de hablar. Me empujaron hacia la calle y después ya no la vi.
La joven se sentó en el borde del banco. Neria tuvo que apartar la palangana para hacerle sitio.
—No pude decir todo lo que quería.
—La escuché. Aunque estaban gritando.
Ambarine la miró. Neria dejó el paquete junto a sus pies y empezó a doblar la tela que había sobrado.
—Yo estudiaba en la Academia —continuó—. Nos clasificaron como Salim y tuve que irme. Llevé los ejercicios, el dinero que pudimos juntar… No me dejaron seguir.
Ambarine esperó mientras ella ordenaba los paños.
—¿Lo que hiciste con él lo aprendiste allí?
—Una parte. Mis padres me ayudaron a estudiar mientras pudieron. Después seguí con los libros que conservamos. —Dejó el último paño sobre los demás—. Con estas heridas ya tengo práctica. Hay otras que no sé tratar.
El hombre herido intentó ponerse la capa y tuvo que pedir ayuda. Ambarine se levantó para acomodársela sin tirar del vendaje. Antes de volver a cubrirse el cabello, preguntó a Neria si podría visitar a otras personas que necesitaban atención.
—No pueden acercarse a un sanador en la ciudad —explicó—. Algunas están escondidas.
Neria recogió otra vez el paquete.
—Hoy no puedo. Mi madre me espera.
—Puede ser otro día.
Neria miró hacia el camino. Había salido de casa pensando en cuánto tendría que pagar por las telas.
—He oído cosas de ustedes —dijo—. Que se llevan a la gente.
Ambarine dejó de acomodar la capa de su compañero.
—¿Quién te lo dijo?
—Personas que pasan por la posada. No las conozco.
El hombre herido bajó el brazo y esperó. Neria retrocedió un paso hacia la puerta de la tienda.
—No quiero ir sola a un lugar que no conozco.
—Puedes venir con alguien —respondió Ambarine—. O podemos encontrarnos aquí primero. Si quieres hablar con el sanador, le pediré que venga.
Neria miró otra vez el vendaje.
—Aquí. Prefiero hablar con él aquí.
Acordaron un día para volver a verse junto a la tienda. Neria regresó a casa con el paquete contra el pecho y le contó a su madre a quién había encontrado. Al mencionar el nombre de Ambarine, ella dejó la aguja sobre la costura.
—¿Quieres ir?
—Quiero conocer al sanador primero —respondió Neria—. Y preguntar por las personas que atienden. Puedo trabajar hasta el mediodía. Ya pagamos la habitación por adelantado y todavía queda una parte de lo que guardamos. Si hace falta…
—No tienes que explicarme todas las cuentas otra vez. Yo también las hice.
Neria sonrió y se acercó para besarle la mejilla.
—Gracias, mamá. Si puedo hablar con él, también quiero preguntarle por los trazados que no entiendo.
Su madre apartó la prenda y le pidió que se sentara a comer antes de que se enfriara. Después sacaron la caja de debajo de la mesa y buscaron los materiales que Neria necesitaría llevar.
El sanador acudió al encuentro junto a la tienda. Neria llevó su cuaderno y le preguntó por el trabajo antes de mostrarle los trazados. Cuando empezó a visitar a las personas que atendían, se quedaba solo por unas horas. Regresaba a casa para trabajar y volvía con agua limpia, paños o alguna pregunta para él. Abría el cuaderno en cuanto tenía tiempo. A veces una explicación la obligaba a tachar varias líneas; en otras le pedía que repitiera una parte y después intentaba el trazado bajo su mirada.
Aprendió a mantener una intervención pequeña aunque el herido cambiara de postura, primero con el brazo apoyado y luego mientras otros lo ayudaban a incorporarse. Le costó más trabajar durante un traslado. Si intentaba corregir cada movimiento, perdía el trazado; tuvo que practicar acompañando el paso de quienes llevaban la carga. Cuando logró terminar una atención sin pedirles que se detuvieran, buscó al sanador para contarle dónde había cambiado el recorrido.
Ambarine empezó a buscarla cuando había heridos que no podían esperar al final de un traslado. Neria aprendió a atenderlos entre otras personas, a pedir que le sostuvieran un brazo o que acercaran luz. También tuvo que dejarse apartar de un paciente cuando ya no conseguía mantener firme el trazado.
Su madre seguía separándole un sitio junto a la lámpara cuando volvía de visita. Neria comenzó a llevar los libros consigo en lugar de guardarlos al terminar.
Cuando llegó Aura, Neria todavía llevaba poco tiempo con el grupo.
La hoja avanzó junto al borde de la palangana. Neria se inclinó para seguirla; había recorrido apenas el ancho de dos dedos cuando la corriente se abrió hacia el centro.
—¡Ahí! —Aura levantó la cabeza—. ¿Lo viste? Fue hacia donde quería.
—Sí, lo vi. Llegó hasta aquí. Espera, voy a quitar la piedra para que puedas acercar el cuaderno.
Neria señaló el tramo. Aura acercó su cuaderno, anotó algo y cambió la hoja de sitio para intentarlo otra vez. Esta vez no consiguió moverla. Frunció el ceño y dejó pasar un momento antes de repetir.
Neria esperó a su lado. Cuando la hoja volvió a avanzar, Aura se quedó mirándola hasta que el agua se calmó.
—Todavía no puedo hacer que dé toda la vuelta.
—Podemos seguir con este pedazo mañana. Después de que termine de ayudar al sanador. Quiero ver si vuelve a abrirse en el mismo lugar.
Aura asintió y acercó el libro para comparar su anotación con el dibujo. Había puesto una marca nueva en su propia hoja; el margen del libro seguía tal como Neria lo recordaba.
—¿Puedo quedármelo otro día?
—Sí. Gracias por cuidar las páginas. Yo voy a necesitar el otro.
Aura empezó a recoger las telas. Al levantar una, descubrió que la parte de abajo estaba empapada y la sostuvo lejos de sus notas.
—Dámela un momento.
Neria la extendió sobre su mano. El agua asomó entre las fibras en gotas pequeñas, se reunió bajo la tela y descendió en un hilo hasta la palangana. Una esquina seguía oscura. Neria la volvió hacia sí y acercó los dedos; salieron unas gotas más.
Aura tocó el paño antes de doblarlo.
—Esto sí me gustaría aprenderlo. Ayer se me mojó todo el borde de la capa.
—Con la ropa de la posada tuve bastante que practicar. Al principio tardaba más haciendo esto que escurriéndola a mano.
Neria dejó la tela junto a los libros y miró el agua que quedaba. Hundió apenas las puntas de los dedos. Una cinta se alzó desde el centro de la palangana y se curvó sobre su mano; el extremo bajó hasta reunirse otra vez con la superficie. La hoja empezó a girar debajo.
—La señora que vi cuando era pequeña hacía algo parecido. Más alto. Yo no llegaba ni a la mesa donde tenía las jarras.
Aura se quedó mirando la corriente. Neria separó los dedos y la cinta se ensanchó un poco, dejando pasar la luz.
—¿Por eso quisiste aprender magia de agua?
—Sí. Había ido con mis padres a comprar telas. Ella estaba llenando unas vasijas y hacía pasar el agua por encima de las asas, sin tocarlas. Después la dividió entre tres jarras. Yo pensé que se iba a caer en cuanto se separara.
La cinta se estrechó en el centro. Neria hizo descender una parte hacia la jarra que había usado para llenar la palangana; la otra continuó girando sobre su palma.
—Le pedí a mi papá que nos quedáramos hasta que terminara. Pero volvió a empezar y yo quería seguir mirando. —Sonrió—. Mi mamá tuvo que regresar a buscarnos con las telas.
Aura se acercó por un costado para observar la separación. Neria bajó la mano hasta que la corriente quedó a la altura de sus ojos.
—Después intentaba hacerlo con el agua para lavarme. Movía los dedos como ella, aunque no sabía qué estaba haciendo. Mi papá fue a preguntar dónde podía aprender y mamá me consiguió mi primer recipiente de práctica. Todavía lo tiene en casa. Está lleno de marcas.
El nivel de la jarra había subido. Neria devolvió a la palangana la corriente que seguía girando e interrumpió el hilo que llenaba la jarra. Lo recogió sobre la palma, donde quedó una pequeña cantidad de agua suspendida. La alargó despacio y la hizo rodear dos dedos sin llegar a mojarlos. Aura volvió la cabeza para seguir el recorrido.
—Yo quería conseguir eso —continuó Neria—. Que pasara justo por donde había pensado. Luego nos mostraron cómo usarla al atender una lesión y empecé a pedir los libros de curación. Había muchas cosas que quería probar. Algunas todavía no me salen.
Devolvió el agua a la palangana. Aura buscó la pluma entre sus notas.
—¿Eso de separarla también está aquí?
—En el otro libro. Pero mi dibujo quedó bastante mal. Préstame una hoja y te muestro por dónde va cada parte.
Neria se sentó junto a ella y trazó dos recorridos. Se detuvo antes de cerrar el segundo, miró la palangana y volvió a levantar una corriente. La dividió cerca del borde. Una parte describió un arco corto; la otra pasó por debajo y regresó a su lado sin tocarla.
—Aquí —dijo, dejando los ojos en el agua—. Antes las separaba demasiado pronto.
Aura giró la hoja para que pudiera verla. Neria bajó ambas corrientes, corrigió una línea y escribió unas palabras al margen. Después dejó la pluma encima del libro.
—Espera, quiero probar una cosa.
Esta vez levantó más agua. Dos cintas se enroscaron una alrededor de la otra sobre la palangana, con un espacio estrecho entre ambas. Neria las siguió con la mano, muy despacio al principio, hasta conseguir que subieran a la misma altura. Por un momento se juntaron en la parte superior y cayó un pequeño chorro. Ella soltó una risa baja.
—Otra vez las acerqué mucho.
Aura apartó las notas de las salpicaduras y se inclinó para ver mejor. Neria esperó a que el agua se calmara, volvió a separar las dos corrientes y probó a levantarlas con las curvas más abiertas. Esta vez se cruzaron sin tocarse y regresaron por lados distintos de la palangana. Neria alzó la mirada hacia Aura, sonriendo, y mantuvo el agua en movimiento para que pudiera verla dar otra vuelta.