Sentoria · El poder de seguir aprendiendo
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DalianaCapítulo 18

Limessia·Daliana·Capítulo 18

El poder de seguir aprendiendo

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Folio 18·22 min de lectura

Al día siguiente del regreso de Ambarine de la capital, la luz se escurría entre las rocas de la cueva que contenía el vórtice donde se encontraba el campamento de Ambarine. Una pequeña caravana llegó transportando víveres para los refugiados. Los cargamentos quedaron junto a los vehículos mientras los vigilantes comprobaban el camino, y después empezaron a llevarlos al interior. Al otro lado continuaba el mismo ocaso anaranjado, con las sombras de las tiendas extendidas sobre el pastizal.

Ambarine salió al oír que había llegado la comida. Cerca del fuego, Brenor bajaba un saco del hombro mientras Cael preguntaba por las medicinas que habían encargado. Orven dejó libre un paso entre las cajas para que los siguientes pudieran descargar, y Shaeli se llevó a uno de los conductores a un lado. Ambarine alcanzó a escuchar que le preguntaba dónde se habían detenido antes de que otras voces cubrieran la conversación.

Las tiendas más antiguas tenían lonas oscuras, remendadas en los bordes y sujetas con cuerdas que ya habían cambiado varias veces de estaca. Antes quedaba espacio entre ellas para moverse con equipo; ahora había que rodear mantas puestas a secar y pequeños bultos de ropa junto a las entradas. Más allá habían extendido telas entre los árboles para recibir a quienes llegaron después del rescate. Algunas apenas cubrían los jergones, y una de las familias había colgado una manta de un cordel para separarse de sus vecinos. Ambarine se apartó para dejar pasar a dos hombres con una caja. Uno de ellos había salido de la fortaleza con su ayuda y todavía llevaba marcas en las muñecas. Le sonrió al reconocerla y siguió hasta el lugar donde preparaban la comida.

Tirka estaba bajo uno de los toldos nuevos, sujetando una esquina de tela para que Saira pudiera anudarla más arriba. Los cuernos cortos de la kunara rozaban el borde cada vez que se enderezaba. Cerca de ellas, la semi-humana de orejas claras recogía las mantas del suelo, mientras Miren y la otra mujer humana acercaban los cuencos para el desayuno. La kunan permanecía sentada junto a la abertura, con la cola alrededor de las piernas y el hocico orientado hacia los recién llegados. Cuando Tirka le habló, volvió una oreja hacia ella, pero siguió observando la descarga. Nashira se había sentado a unos pasos, con las manos sobre las rodillas; llamó a Brenor para indicarle dónde podía dejar el siguiente saco.

Ambarine continuó hacia la tienda donde atendían a Mauro. La entrada estaba recogida y desde fuera podía ver a los Fuegel reunidos alrededor del lecho bajo. Erina tenía el cabello atado y las mangas subidas; sostenía un cuenco mientras Aura la ayudaba a acomodar una tela limpia al alcance del sanador. Iris terminaba de peinar a Peryna con los dedos. La niña se movía cada vez que oía pasar a alguien, obligando a su hermana a llamarla para que volviera a quedarse quieta. Micah llegó con agua, dejó el recipiente junto a su madre y se agachó para decirle algo a Mauro.

Mauro le respondió con unas pocas palabras que Ambarine no alcanzó a oír. Seguía pálido, tendido con el abdomen vendado y una manta sobre las piernas. Al intentar acomodarse se detuvo con una mueca de dolor, y Erina dejó el cuenco para ayudarlo junto con Micah. Esperaron a que estuviera cómodo antes de apartarse. Peryna aprovechó que Iris había terminado para acercarse a su padre y mostrarle el mechón que todavía se le escapaba detrás de una oreja. Él levantó la mano hasta tocarlo, pero pronto volvió a apoyarla sobre la manta.

Erina descubrió a Ambarine junto a la entrada y la saludó con una inclinación de cabeza. Ambarine correspondió al gesto. Habían conseguido reunir a la familia, pero Mauro aún necesitaba ayuda para moverse y sus hijos dormían junto al lecho, en el poco espacio que podían dejarle al sanador. Pensó en los otros toldos y en las personas que todavía aguardaban un lugar más cómodo. Regresó por el paso entre las tiendas.

Cael la esperaba en la tienda del mapa. Había puesto el libro de cubierta oscura sobre una tela y sujetaba las hojas copiadas con un cuenco vacío. Las transcripciones de la Academia estaban guardadas en una caja, lejos de los papeles que iba a mostrarle.

—Quiero que veas estas entradas —dijo cuando Ambarine entró.

Ella acercó una silla. Cael retiró el cuenco, pero al levantar la primera hoja descubrió una mancha húmeda en el borde y volvió a dejarla sobre la mesa.

—No pongas nada aquí. La tinta todavía está fresca.

—¿Qué copiaste?

Abrió el libro y le mostró las columnas. Ambarine reconoció nombres, cantidades y fechas que volvían a aparecer varias páginas después. Junto a algunas entradas había huellas de dedos. Otras terminaban con una anotación de pago y un lugar al que se había enviado a la mujer.

Cael había seguido una de esas entradas hasta la página siguiente. La cantidad cambiaba, aunque el nombre permanecía igual.

—Aquí registraron que otra residencia pagó por una asignación —dijo—. Después vuelven a cargarle una deuda a la misma mujer. Sigue debiendo cuando la envían fuera.

Ambarine pasó el dedo por debajo de la línea, sin tocar la tinta.

—¿Está entre las que trajimos?

—No aparece entre los nombres que trajimos. Hay más entradas como esta.

Él había dejado una tira de papel en el margen. Ambarine recordó la facilidad con que Silas habló de contratos mientras las mujeres intentaban cruzar el patio. Había permitido que siguiera explicándose y ahora encontraba sus cantidades, bien ordenadas, en un libro que guardaba junto a pertenencias ajenas.

—¿Hay direcciones?

—Algunas. Otras solo tienen el nombre de quien recibió el pago. Miren reconoció una de las casas, pero no sabe dónde están las demás.

Cael volvió la página y le mostró la dirección anotada junto al nombre de Miren. Coincidía con la que ella les había dado. Había también un cruce señalado en el recorrido del traslado a la mansión. Lo había copiado para que Shaeli pudiera acercarse a la antigua casa por ese camino.

Cael acercó la hoja obtenida en Salachita. No era parte del libro; el corte y las marcas del borde la distinguían de las copias limpias. Junto a ella puso el aviso privado que habían quitado al mensajero.

—Esto lo escribió alguien de la prisión para Silas. Le confirma que seguía vigilando a los Fuegel. Él no tenía que ir hasta allí para saber cómo estaban.

Ambarine leyó de nuevo la frase. La había visto antes del asalto a la mansión, cuando cada demora podía darles tiempo para sacar a Erina e Iris por otra puerta. Ahora se quedó mirando la firma.

—¿Vas a guardar el aviso con el libro?

—Las copias, sí. Los originales prefiero separarlos.

Cael se detuvo, con la mano sobre el aviso. Ambarine levantó los ojos hacia él.

—Perdimos registros una vez —añadió—. Después nos pidieron que demostráramos lo que ya no podíamos mostrarles.

Ella retiró la mano para que pudiera recogerlo. Debajo había otra hoja donde Cael había copiado la firma por separado. Ambarine la acercó para compararla con el aviso mientras él ordenaba las referencias.

La tela de la entrada se levantó y Shaeli pasó con una cuerda corta entre las manos. La había quitado de uno de los cargamentos; la dejó enrollada junto a la abertura antes de acercarse. Cael cubrió la mancha húmeda con un paño, aunque ella no intentó sentarse allí.

—Puedo hacer llegar los papeles —dijo Shaeli—. Al juzgado de las Casas Solares. Conozco a alguien que puede entregarlos sin venir hasta el refugio.

Ambarine miró el libro.

—¿Le bastarán las copias?

—Copias que se puedan leer. Y saber dónde buscar lo que afirman.

—Estoy añadiendo dónde encontramos cada cosa —dijo Cael, acercándole una hoja que todavía no había terminado—. Las habitaciones y los cierres siguen en la mansión. Habrá otros registros. Personas que los llevaban.

Shaeli tomó una de las hojas por una esquina seca.

—Con eso puede empezar.

Ambarine leyó el comienzo de la hoja. Cael había escrito el nombre de la propiedad, las fechas y las referencias a las páginas copiadas. El suyo no aparecía.

—¿Y las mujeres? —preguntó.

Cael volvió a mirar la página que estaba copiando.

—Sus nombres están en los registros. No voy a añadir dónde están ahora.

—Ni a pedirles que vayan a declarar todavía —añadió Shaeli—. Primero llevaré esto.

Ambarine asintió. Cael acercó una hoja nueva y empezó a anotar lo que podía comprobarse en la propiedad. Cuando la pluma se detuvo, volvió al libro para buscar la referencia que le faltaba. Shaeli se quedó a su lado, leyendo por encima de su hombro.

Miren apareció poco después. Se detuvo al ver los papeles extendidos y no entró hasta que Ambarine apartó la silla que obstruía el paso.

—¿Encontraron a mi madre?

Cael dejó de escribir.

—Todavía no.

Miren vió el libro, después las hojas. Ambarine se levantó para hacerle espacio junto a la mesa.

—Shaeli va a comprobar la dirección que nos diste.

—Ya no sé si siguen allí. Si fueron a buscarlos…

—Iré a preguntar por ellos —dijo Shaeli—. Antes necesito que me expliques cómo llegar desde el camino.

Miren acercó la silla, pero permaneció de pie. Señaló una ruta al mirar el mapa y después retiró el dedo.

—Eso está dentro de la capital. Nosotros vivíamos en un pueblo pequeño.

Shaeli giró el dibujo y buscó una hoja sin marcas. Miren empezó por la casa, por un pequeño muro que había que rodear y por el lugar donde su madre acostumbraba esperar a sus hermanos. Ambarine escuchó mientras Cael anotaba. Dos veces Miren volvió atrás para corregir una indicación; la segunda se sentó por fin.

Cuando terminó, Shaeli recogió el dibujo. Ambarine la acompañó hasta la entrada y le pidió que avisara antes de salir.

—Lo haré. Primero tengo que entregar las copias.

Cael seguía escribiendo cuando Ambarine regresó a la mesa. Miren no se había ido. Tenía las manos bajo los muslos y observaba cómo la pluma llenaba el papel.


Las copias salieron del refugio dos días después. Shaeli llevó el paquete cerrado y regresó sin él. Dejó sobre la mesa una hoja con la constancia de recepción del juzgado; Cael la leyó dos veces antes de guardarla.

Durante las jornadas siguientes, Ambarine lo encontró volviendo al libro cada vez que terminaba otra tarea. Apartaba referencias de las residencias, comparaba fechas y pedía a Miren que reconociera nombres. Cuando una de las mujeres no quería acercarse a la mesa, esperaba. En una ocasión tuvo que dejar una página abierta hasta el día siguiente.

Los víveres también tardaron más en llegar. Un conductor dejó de usar el camino habitual y Shaeli cambió el lugar donde recibían las medicinas. Ambarine vio a Brenor cargar menos sacos de los que había esperado y fue a preguntar qué faltaba.

—No pudo traer el segundo carro —respondió él—. Lo hicieron regresar desde el cruce.

Shaeli llegó antes de que Ambarine preguntara quién lo había detenido. Tenía polvo adherido a la ropa y una pequeña bolsa cerrada alrededor de la muñeca. La soltó sobre una caja y pidió hablar con ella y Cael.

En la tienda del mapa sacó un papel doblado. Ambarine se acercó para leer el sello del juzgado de las Casas Solares.

—Entraron en la mansión de Silas —dijo Shaeli—. La propiedad quedó incautada. Están revisando sus registros.

Cael dejó la pluma.

—¿Lo encontraron?

—Estaba allí. Sus hombres habían abierto la habitación donde lo dejamos.

Ambarine apoyó una mano sobre el borde de la mesa. Había imaginado a los guardias soltándolo en cuanto pudieran alcanzar la puerta. Aun así, preguntó:

—¿Se lo llevaron?

—No. Sigue libre. No hay una sentencia.

Cael se levantó para tomar la hoja, la acercó a la luz de la entrada y buscó el nombre de la propiedad. Después dejó el aviso junto a la constancia de recepción.

—Entonces habrá más documentos —murmuró.

—Habrá que esperar a que los revisen —respondió Shaeli.

Ambarine miró la caja donde habían separado las copias. La noche del rescate pensó en sacar a las mujeres, en llegar al postigo antes de que terminara de bajar. Ahora una oficina había entrado en la misma casa a buscar los libros que Silas quería conservar.

—¿Tu contacto vio la incautación?

—Trabaja cerca. Vio llegar a los encargados del juzgado y consiguió una copia del aviso.

Shaeli volvió a guardar la pequeña bolsa. Cael se sentó, sin recoger la pluma.

—El carro volvió por Salachita —añadió ella—. Están parando a quienes pasan por el cruce. Preguntan cuántas personas llevan y hacen bajar a los pasajeros.

—¿Publicaron los nombres? —preguntó Ambarine.

—No vimos una lista. El conductor oyó hablar de la fuga mientras esperaba. Un trabajador de la prisión se lo contó a otro hombre y después todos estaban repitiéndolo.

Cael acercó el mapa para señalar el cruce. Había una marca donde antes podían cambiar de camino sin atravesar los puestos de la capital.

—Por aquí trajimos las mantas.

—Hoy no pasaría otra familia —dijo Shaeli.

Ambarine observó la ruta que continuaba hacia las casas temporales.

—Que quienes estén allí no vuelvan por este camino. Avísenles antes del próximo traslado.

Shaeli asintió y se quedó junto a la mesa. Ambarine esperaba que sacara otro papel, pero ella miró hacia la entrada.

—Encontramos a la familia de Miren.

Cael levantó la cabeza. Ambarine retiró la mano del mapa.

—¿Los tres?

—Su madre y sus dos hermanos. Ya no viven en la dirección que nos dio. Una vecina me indicó dónde podía preguntar; después los vi en una casa prestada, en otro pueblo.

—¿Hablaste con ellos?

—Con Elenia, su madre.

Shaeli sacó de su bolsillo una tira de tela doblada.

—Dijo que Miren sabría de quién es.

Ambarine no intentó abrirla. Llamó a Nashira desde la entrada y le pidió que buscara a Miren. Cael retiró los documentos que cubrían una silla; Shaeli se sentó sobre una caja mientras esperaban.

Miren llegó sin la capa que había empezado a llevar todas las mañanas. Al ver la tira de tela en la mano de Shaeli, se detuvo.

—Mi madre la usa para sujetarse el cabello.

La recibió con las dos manos y la desplegó. Tenía un pequeño remiendo cerca de un extremo. Miren lo frotó con el pulgar antes de mirar a Shaeli.

—¿La viste?

—Hablé con ella. Ruden e Iven estaban en la casa.

—¿Cuándo?

—Ayer por la tarde.

Miren se quedó mirando la tela. Nashira acercó la silla, pero ella movió la cabeza y siguió de pie.

—¿Preguntó por mí?

—Sí. Le dije donde estabas.

—Silas tiene hombres… Sabe sus nombres.

—Elenia no ha visto a ninguno en esa casa. Hoy comprobarán el camino antes de que salgas.

Miren apretó la tira y volvió hacia Ambarine.

—Quiero ir.

—Te acompañaremos —respondió ella—. Aura y yo.

Miren se sentó por fin, con la tela todavía entre las manos. Cael le ofreció agua; la recibió, pero tardó en beber. Ambarine acercó el mapa a Shaeli y dejó libre el camino que había señalado. Nashira permaneció con Miren mientras decidían por dónde llegar a la casa.


Salieron al día siguiente, cuando Shaeli confirmó que podían usar el camino. Miren llevaba la tira de tela guardada bajo la capa y tocaba el lugar cada vez que el carro se detenía. Ambarine se sentó frente a ella, con la capucha baja. Aura había elegido el sitio a su lado.

Durante la primera parte del viaje, Miren no apartó la vista de la abertura posterior. Más adelante empezó a mirar los caminos que se separaban entre las huertas. Cuando el carro dejó atrás una cerca caída, se inclinó hacia afuera y buscó algo entre los árboles.

—Todavía falta —dijo Shaeli desde el pescante—. No vuelven a vivir aquí.

Miren asintió y recogió la capa sobre las rodillas. Aura le preguntó si quería cambiar de sitio para ver mejor; aceptó y Ambarine se apartó para dejarla pasar. El resto del camino fue sujetándose al borde del asiento.

La casa prestada quedaba detrás de un pequeño patio, fuera de las murallas de la capital. Había ropa tendida junto a la pared y una puerta cuyo borde inferior rozaba la tierra al abrirse. Shaeli hizo detener el carro antes de llegar. Mientras ella comprobaba el acceso, Ambarine bajó y ayudó a Miren a apoyar los pies en el suelo.

Un muchacho salió con una cesta vacía. Era alto y delgado; el cabello oscuro le caía sobre la frente y se lo apartó con la muñeca al oír las ruedas. Se quedó mirando junto al tendedero.

Miren dio un paso. Ambarine creyó que iba a llamarlo, pero no le salió la voz.

—Ruden —dijo después.

La cesta golpeó el suelo. El hermano mayor cruzó el patio con tanta rapidez que Miren tuvo que afirmarse cuando llegó hasta ella. Él la abrazó por los hombros, retrocedió apenas para mirarle el rostro y volvió a sujetarla.

—¿Dónde estabas?

Miren levantó las manos hasta su espalda. Intentó responder, pero empezó a llorar y apoyó la frente contra él.

Ruden llamó hacia la casa sin soltarla.

—¡Mamá!

La mujer que apareció tenía hebras grises junto a las sienes y una manga recogida por encima del codo. Al verlos juntos dejó de avanzar. Ambarine reconoció en su cabello el lugar donde habría estado la tira de tela que Shaeli llevó al refugio.

—Miren…

Elenia cruzó los últimos pasos con una mano extendida. Ruden la soltó para que pudiera acercarse y su madre le tomó el rostro antes de abrazarla. Miren se inclinó hacia ella, aferrada a la ropa de su espalda. Elenia siguió llamándola por su nombre, cada vez más bajo.

Ambarine retrocedió hasta el carro. Aura estaba a un paso, con las manos recogidas delante del cuerpo. Al verla, la mujer alzó los ojos sobre el hombro de su hija, pero Miren se volvió antes de que pudiera preguntar.

—Ellas me sacaron —dijo, todavía sin aire—. Me ayudaron a encontrarlos.

Elenia miró a Ambarine y a Aura. Se llevó una mano a la boca, asintió varias veces y volvió a sujetar a Miren.

Desde la casa llegó un niño más pequeño, descalzo, con la camisa torcida alrededor de la cintura. Se detuvo junto a Ruden, mirando a su hermana como si no supiera dónde acercarse. Miren extendió una mano hacia él.

—Ven, Iven.

El niño la tomó y tiró de ella hasta que Miren se agachó. La rodeó por el cuello, apretando tanto que ella tuvo que acomodarle los brazos. Ruden se quedó junto a su madre y se frotó los ojos con la manga.

—Estás más alto —murmuró Miren.

Ella soltó una risa entre el llanto y le apartó el cabello de la frente. Iven no se retiró cuando intentó levantarse; tuvo que incorporarse despacio, con él todavía sujeto a su ropa.

Elenia les hizo sitio en el patio y empezó a preguntar por cosas pequeñas: si Miren podía caminar, si tenía frío, si la capa era suya. Algunas preguntas las repitió antes de recibir respuesta. Miren seguía mirándolos a los tres y a veces no escuchaba hasta que su madre le tocaba el brazo.

Ambarine recogió del suelo la cesta de Ruden. Él volvió al verla con ella y la recibió con ambas manos.

—Gracias —dijo.

Después miró hacia el camino.

—¿Pueden quedarse?

Shaeli estaba junto a la abertura del patio. Se acercó para hablar con Elenia mientras Ambarine permanecía al lado del carro. Habían repasado con Miren lo que ocurriría después de encontrarlos, pero ahora la mujer preguntó si podían cerrar la puerta y seguir hablando dentro.

—Un rato —respondió Shaeli.

Miren llamó a Aura antes de entrar. Le tomó una mano, la apretó sin encontrar qué decirle y después miró a Ambarine.

—Quería… No sabía si…

—Ve con ellos —dijo Ambarine.

Iven seguía sujeto a la otra mano de su hermana. Tiró de ella hacia la puerta y Miren se dejó llevar. Elenia pasó detrás, con un brazo alrededor de su espalda. Ruden recogió la cesta y tuvo que girarla para que no chocara con el marco.

La puerta quedó abierta. Desde fuera se oían las preguntas de Elenia y la voz de Iven, que empezaba a contar algo y se detenía cuando los demás hablaban a la vez.

Ambarine se sentó en el borde del carro. Se había quedado sujetando la tela de su capucha y la soltó al notar que Aura estaba a su lado.

—A Miren le costó cruzar una puerta abierta por miedo a que fueran por ellos —dijo—. El imperio les quitó hasta la posibilidad de volver a encontrarse. Con Isaliria, una deuda sirve para separar una familia y después nadie les dice dónde buscar.

Aura miró hacia la casa. Miren había empezado a hablar, aunque desde allí solo podían oír su voz.

—Yo quería encontrar a los Fuegel y saber si seguían vivos —respondió—. Ella llevaba mucho más tiempo esperando. No sé… Me alegra que hoy pueda estar con ellos.

Ambarine apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—En la Academia encontré acuerdos donde mi familia tenía que responder ante otras personas.

La voz de Elenia se interrumpió. Miren volvió a llorar y su madre dijo algo que no alcanzaron a escuchar. Ambarine dejó de mirar el camino.

—Quiero que puedan preguntar y que alguien tenga que contestarles. Aunque yo no esté ahí.

Aura se acomodó junto a ella, dejando los pies cerca de una rueda.

—Todavía falta encontrar a los de Saira.

—Sí.

—Ojalá se ponga así de contenta. Creo que hoy Miren ni siquiera sabía a quién abrazar primero.

Ambarine dejó escapar una risa breve. Dentro, Iven volvió a levantar la voz y Miren le respondió antes de que su madre pudiera hacerlo.

Se quedaron escuchándolos. Al cabo de un rato, Elenia salió para pedirles que entraran y Aura se puso de pie enseguida. Ambarine recogió la capucha, miró una vez hacia Shaeli y la siguió hasta la puerta.

Al despedirse, Miren las acompañó hasta el carro. Elenia esperaba junto al marco y los muchachos seguían cerca de su hermana.

—Voy a quedarme con ellos —dijo Miren.

Ambarine asintió. Shaeli había explicado a Elenia cómo avisar si necesitaban ayuda. Aura abrazó a Miren antes de subir; cuando el carro empezó a alejarse, la vio volver a la casa con Iven todavía sujeto a su mano.


Aura llegó al pueblo del sur caminando junto al carro de los Fuegel. El camino pasaba entre campos de cultivo y terminaba en una hilera de casas bajas, con herramientas apoyadas bajo los aleros. Desde un patio cercano llegaba el ruido de alguien golpeando tierra de unas raíces. Peryna llevaba un rato preguntando cuál era la casa, y Orven señaló por fin una puerta junto a un pequeño cobertizo.

La red había conseguido aquel hogar temporal durante los días en que Shaeli buscaba a la familia de Miren. Todavía habría que compartir algunas cosas con los vecinos, pero disponían de un cuarto donde Mauro pudiera descansar sin que otros cruzaran delante de su lecho. Erina lo había visitado antes de aceptar el traslado.

Neria bajó primero para ayudar a preparar el lugar. Orven y Brenor llevaron a Mauro con la camilla hasta el cuarto; Aura entró detrás, sujetando una bolsa de ropa que apenas contenía unas prendas prestadas. Mauro había soportado el viaje acostado. Al pasarlo al lecho tuvo que cerrar los ojos y esperar antes de decirles que ya podían apartarse.

Erina se quedó a su lado hasta que su respiración volvió a ser tranquila. Después le acomodó la manta sin cubrir el vendaje y miró la ventana.

—Aquí podremos abrir un poco sin que entre polvo de cada carro.

Mauro giró la cabeza para observar el cuarto. Había una mesa estrecha, dos sillas distintas y un gancho vacío en la pared.

—No intentes levantarte para revisar la casa —le dijo Erina al verlo mover una pierna.

—Solo iba a mirar.

Aura dejó la bolsa junto a la mesa. Micah empezó a contar los jergones que habían llevado y Peryna cruzó detrás de él para asomarse a la ventana. Iris retiró una tabla apoyada contra la pared antes de que su hermana pisara un clavo.

—Aquí dormirá mi padre —dijo Micah—. Yo puedo ponerme junto a la entrada. Si hace falta algo por la noche…

—No atravieses la puerta con el jergón —lo interrumpió Iris—. Luego tendremos que pasarte por encima.

Micah miró el espacio y retrocedió medio paso. Aura levantó una punta del jergón para mostrarle que podían girarlo.

—Si lo pones así, queda sitio.

—¿Y tú? —preguntó Peryna.

Aura seguía sujetando la tela. La niña había dejado de mirar la ventana y la observaba desde el otro lado de la habitación.

—Hoy regreso con Neria.

Aura buscó a Iris con la mirada. Ella estaba desplegando una manta cerca de la pared.

—Cuando vuelvas —aclaró Peryna—. Aquí falta el tuyo.

Micah dejó el jergón en el suelo y volvió a contarlos. Frunció el ceño, como si acabara de encontrar un error suyo.

—Podemos traer otro.

—Hay sitio junto al mío —dijo Iris.

Al hablar no miró a Aura enseguida. Apartó un pequeño bulto del rincón y alisó la manta sobre el suelo para comprobar cuánto espacio quedaba.

Aura soltó despacio la punta de tela. Había pensado en regresar al refugio, en buscar a Neria y en los preparativos para entrar al palacio. No se había imaginado volviendo a aquel cuarto.

—No sé cuánto tardaré —dijo.

Erina se acercó para abrir la bolsa que había dejado sobre la mesa.

—Ya nos dirás. No tenemos que moverlo todo esta tarde.

Peryna se agachó junto a Iris y puso una mano en el sitio vacío.

—Aquí puedes dejar el bolso.

Aura se sentó en el borde del jergón. Por la ventana veía un pedazo de campo y la parte superior del carro. Brenor retiraba una correa mientras Orven hablaba con una mujer del pueblo. Al volver la cabeza encontró a Mauro mirándola desde el lecho.

—¿Te queda muy lejos? —preguntó él.

—No lo sé. Depende de dónde esté después.

Mauro asintió. Aura bajó los ojos hacia el sitio que Peryna seguía reservando con la mano.

—Me gustaría volver.

—Ojalá que Micah ponga una caja ahí —respondió Iris.

—¿Eh? Yo no haría eso.

Peryna se rio y Aura terminó riéndose con ella. Micah se apartó para que pudieran estirar la manta, aunque antes empujó la caja de ropa hacia un rincón que no pertenecía a ninguna.

Un golpe en el marco llamó la atención de todos. Neria esperaba con un cuenco de agua limpia y un paño sobre el brazo. Erina se acercó a Mauro; Aura se puso de pie para recoger del suelo lo que podía estorbarles.

Peryna la siguió al espacio junto a la cocina. Mientras Iris examinaba un estante, la niña empezó a preguntar dónde guardarían las flores. En la granja habían tenido recipientes y una ventana más grande. Aquí encontraron un jarro con el borde roto y Peryna decidió probar si podía sostener agua.

Aura se lo llevó hasta una palangana y lo llenó un poco. Una gota apareció por una grieta cerca de la base.

—Hmm... no servirá.

—Puede ser para las secas —dijo Iris.

Aura recordó la flor que llevaba en el bolso. La sacó con cuidado, todavía envuelta en la tira de tela que le había puesto. Algunos pétalos se habían doblado y el tallo ya no conservaba la misma flexibilidad.

Peryna se acercó al verla. —¡La cuidaste bien!

La niña tocó apenas un pétalo y retiró el dedo cuando crujió. Iris abrió un paño limpio sobre la mesa para que Aura pudiera apoyarla sin aplastarla.

—Puedes ponerla entre tus notas —dijo—. Si la llevas suelta, se romperá.

Aura buscó un espacio entre las hojas de su cuaderno. Peryna la ayudó a acomodar la flor, sin quitar los pétalos que habían perdido color. Cuando cerraron las páginas, Aura pasó la mano sobre la cubierta.

Antes de partir, volvió al cuarto para despedirse de Mauro. Erina le pidió que se cuidara; Iris la acompañó hasta la puerta y Peryna corrió detrás para recordarle que llevarían otro jergón.

Aura tuvo que volverse una vez más al llegar al carro.

—No lo pongas delante de la ventana —le dijo a Micah—. Me gusta verla.

Él miró hacia el cuarto y asintió. Iris se quedó junto a la puerta, con Peryna apoyada a su costado, mientras Aura subía con Neria para regresar al refugio.


Durante el regreso, Aura le preguntó a Neria por los dibujos que llevaba entre sus materiales. La había visto abrir uno de aquellos libros mientras el sanador revisaba a Mauro, antes de guardar una hoja marcada en el bolso.

—No todos son de heridas —respondió Neria—. Ese es de trazados elementales.

Aura se acomodó para mirarla mejor. El carro dio un salto pequeño y Neria sujetó el paquete antes de que golpeara el suelo.

—¿Puedo leerlo?

—Sí. Cuando lleguemos te lo prestaré. Está lleno de cosas que escribí al margen.

—Eso también me gustaría leerlo.

Neria sonrió y sujetó mejor el paquete. Cuando el carro se detuvo frente a la cueva, separó dos libros y se los pasó antes de bajar. Aura los acomodó junto al cuaderno, con cuidado de no doblar las páginas donde había guardado la flor.

Caminaron juntas hasta el vórtice. Neria cruzó primero y Aura la siguió con los libros contra el pecho. Al otro lado continuaba el mismo ocaso anaranjado sobre las tiendas del campamento.

Folio 18·4897 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

25,83 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

5,27 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

606,30 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||