Sentoria · Los que eligieron quedarse
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DalianaCapítulo 21

Limessia·Daliana·Capítulo 21

Los que eligieron quedarse

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Folio 21·42 min de lectura

Aura miró hacia atrás antes de que Shaeli terminara de doblar la esquina. Orven seguía en la abertura del cuarto, con una mano apoyada en el marco. Levantó dos dedos al verla y después se apartó para dejar pasar a Lyra.

Hacía apenas un momento, mientras comprobaban el cruce por última vez, Lyra había señalado la escalera de provisiones.

—Por ahí puedo volver a los depósitos. El encargado nos mandó traer más mesas. Si todavía está abajo, puedo preguntarle por el patio.

—Desde este lado —le había advertido Orven—. Si te pide que cruces sola, regresas.

—No voy a pedirle permiso para sacar a once personas.

—Ya lo sé. Primero veremos qué están vigilando.

Brenor se había acercado a ellos con Nashira. Aura recordaba cómo la kunara levantó el brazo para señalar el giro desde el que habían visto bajar el cierre. Cuando Tirka le preguntó si necesitaba que se quedara, Nashira le tocó la muñeca.

—Ve con ella. Nosotros conocemos el camino de abajo.

Ahora el corredor ocultaba a los seis. Aura se volvió hacia Ambarine y apretó el paso para alcanzarla. La luz del salón llegaba débilmente hasta allí; a través de las ventanas solo se distinguían los tejados de una parte más baja del palacio. Al otro lado de una cubierta inclinada había varias lámparas, pero no podía ver a las personas que pasaban entre ellas.

Ambarine se detuvo delante de la puerta del fondo. Tirka acercó una oreja a la madera mientras Shaeli vigilaba el trayecto que acababan de recorrer. Rayenteeka se quedó junto a Aura, sujetando la cuerda para que no golpeara contra su bolso.

—¿Oyes algo? —susurró Ambarine.

Tirka tardó en responder.

—Agua. Muy lejos. Y voces, pero creo que vienen del salón.

Ambarine probó el tirador. La puerta se abrió hacia dentro unos dedos y una corriente fría rozó las manos de Aura. Tirka levantó la cabeza. Las herramientas que llevaba preparadas Ambarine quedaron inmóviles junto a su cintura.

—Ni siquiera estaba cerrada —murmuró Shaeli.

Ambarine empujó un poco más. Al otro lado empezaba una escalera ancha. La luz de una lámpara, colocada en un hueco de la pared, alcanzaba los primeros peldaños y dejaba el resto en penumbra.

—Antes dejaban un guardia aquí —dijo.

—¿Siempre? —preguntó Aura.

—Cuando mi padre venía.

Tirka se adelantó lo suficiente para mirar detrás de la hoja. No encontró a nadie. Ambarine guardó las herramientas, tomó la lámpara del hueco y la levantó hacia la escalera. El metal estaba tibio; Aura vio que cambiaba el agarre para sujetarla por la parte de arriba.

—Bajaremos hasta la siguiente puerta. Si vemos que han cambiado el paso, regresamos.

Shaeli miró una vez más hacia el cruce.

—No la cierres del todo.

Rayenteeka colocó una de las piezas de madera que sujetaban su cuerda junto al borde inferior. La hoja quedó entornada. Aura esperó a que terminara antes de seguir a Tirka.

La escalera giraba alrededor de un muro ancho. Las paredes tenían un color más oscuro que las de la galería y, al descender, Aura distinguió figuras talladas en la piedra: hombres y mujeres que sostenían recipientes entre las manos, hojas largas, un sol al que faltaba parte de un rayo. Algunas zonas brillaban por el roce. Pasó los dedos cerca de una de ellas sin tocarla, preguntándose cuántas veces habría bajado Ambarine por allí.

El ruido de la cena desapareció después del giro. Quedaron el movimiento de sus ropas, las suelas y un sonido de agua que no conseguía situar. Aura empezó a contar los escalones. Lo había hecho en otras ocasiones, cuando no quería pensar en lo que encontraría al final, y se dio cuenta de que estaba haciéndolo después de perder la cuenta.

Una claridad blanca azulada se filtró entre los pliegues del bolso, junto a su cadera.

Se llevó una mano a la tela. Durante un instante pensó en avisar a Ambarine, pero la presión bajo las costillas la obligó a doblarse antes de pronunciar su nombre. El peldaño pareció inclinarse. Aura buscó la pared y encontró el brazo de Rayenteeka, que había alargado la mano al verla detenerse.

—Espera. No bajes.

Tirka se volvió desde abajo. Ambarine levantó la lámpara y regresó dos escalones.

—¿Qué pasa?

Aura intentó responder. Le dolía el pecho, aunque podía respirar; el aire entraba y no conseguía aliviar la sensación de que debía hacer algo enseguida. Miró las manos de Ambarine, la luz amarilla sobre sus dedos, y sintió unas ganas absurdas de sujetarlas.

—No sé…

Rayenteeka la ayudó a sentarse. Aura apoyó los pies en el escalón siguiente y dejó el bolso sobre las rodillas. La claridad venía de la esfera. Asomaba entre las capas de tela, pero al mirar a su alrededor solo encontró las mismas paredes, a Tirka agachada junto al pasamanos y a Shaeli esperando más arriba. No había otro lugar detrás de la escalera ni una imagen que pudiera explicar el miedo.

—¿Es lo de antes? —preguntó Ambarine en voz baja.

Aura asintió apenas.

La preocupación crecía sin darle algo a lo que mirar. Le parecía que ya había tardado demasiado, que en cualquier momento alguien iba a decirle lo que había ocurrido y ella no querría escucharlo. La idea le trajo un dolor más hondo que el del pecho. Se apretó el bolso contra el cuerpo y cerró los ojos.

—Aura, mírame.

Los abrió. Ambarine había dejado la lámpara en el suelo y estaba agachada delante de ella.

—Estoy aquí. ¿Puedes decirme dónde te duele?

Aura señaló debajo de las costillas.

—Aquí. Pero… no es solo eso. Tengo... una sensación de preocupación.

Ambarine esperó.

—Tengo miedo de llegar tarde —añadió Aura—. No sé a qué.

Tirka miró hacia el pie de la escalera. Rayenteeka aflojó los dedos alrededor del brazo de Aura cuando comprobó que podía sostenerse sola.

—Podemos volver al cuarto —dijo la kunan.

Aura negó enseguida y el movimiento le devolvió el mareo. Se quedó quieta hasta que las líneas de los escalones dejaron de moverse.

—Espera. Dame un momento.

Shaeli descendió hasta el giro y miró a Ambarine.

—No podemos dejarla aquí.

—No he dicho que vayamos a hacerlo.

Ambarine recogió la lámpara, pero no se levantó todavía. Aura buscó su mano y la sostuvo. Los dedos estaban fríos ahora. En la galería había visto otro espacio detrás del muro; aquí solo sentía aquella angustia. Recordó el jergón junto a Iris y la tristeza que la había apartado de la conversación cuando todavía estaban todos a su lado. Quiso explicárselo, pero al mirar a Ambarine le dio miedo soltarle la mano.

—No vi nada —susurró—. No sé qué significa.

—Entonces no intentaremos adivinarlo aquí.

Aura respiró varias veces. La claridad de la esfera empezó a disminuir. La amalgamita seguía fría bajo su ropa; no había llamado a la Lay Len ni intentado formar nada. Apoyó una mano en la pared y se incorporó despacio. Rayenteeka se levantó con ella.

—Puedo seguir.

Ambarine no soltó su mano hasta que la vio bajar el primer peldaño.

—Si vuelve a pasarte, me avisas, ¿sí?

Aura asintió. Le avergonzaba haberlas detenido, aunque el temor de hacía un momento seguía demasiado cerca para pensar mucho en ello. Tirka volvió a ponerse delante y esta vez miró hacia atrás antes de alcanzar el último escalón.

Abajo había un corredor más corto y una puerta de dos hojas. Sobre el dintel, el sol estaba rodeado por una corona de llamas talladas. Aura reconoció el dibujo que había visto en los papeles de Ambarine, pero allí las líneas tenían profundidad y una de las puntas estaba rota. La lámpara descubrió una marca clara en el metal del tirador.

Ambarine se acercó de inmediato.

—¿Aquí? —preguntó Aura.

Ella asintió. Pasó la mano por la unión de las hojas y se detuvo al llegar al cierre. Tirka se inclinó a su lado.

—Lo han abierto.

La pieza que debía sujetar ambas hojas estaba apartada. Ambarine la tocó con un dedo, probó el tirador y la madera cedió con un roce prolongado contra el suelo.

Aura esperaba encontrar una habitación pequeña. La luz alcanzó primero un banco junto a la pared, después dos soportes de metal y, más adentro, una plataforma de piedra. Alrededor se extendía un espacio oscuro del que llegaba olor a cera y a tela guardada. Había lámparas apagadas en los laterales. Las ventanas altas, demasiado estrechas para mostrar el exterior, parecían franjas negras sobre el muro.

Ambarine cruzó el umbral con la lámpara levantada. Tirka entró detrás y se desplazó hacia un lado para mirar entre los bancos. Shaeli permaneció en la puerta; Rayenteeka esperó a que Aura pasara y se colocó junto a ella.

Sobre la plataforma descansaba una cubierta clara, doblada hacia uno de los extremos. Nada sobresalía debajo.

Ambarine avanzó hasta tocar la piedra.

—Padre…

Dejó la lámpara en un soporte y alargó ambas manos hacia la tela. La levantó con cuidado, como si algo pudiera haberse quedado prendido en el borde. La cubierta se desplegó hasta el suelo. Aura vio el centro de la plataforma vacío, una franja más limpia donde había descansado la base y dos cintas cortadas que colgaban a un lado.

—Se llevaron el arca —dijo Ambarine.

Aura buscó entre las sombras los aros de metal y los conductos que Ambarine le había descrito. Ninguna de aquellas piezas quedaba sobre la plataforma.

—La placa estaba en la base —añadió Ambarine—. También se la llevaron.

Ambarine no se movió durante unos segundos. Después pasó la tela al otro extremo y miró detrás de la piedra.

—Tirka. Alumbra allí. Mira si dejaron algo.

La exploradora recogió la lámpara y obedeció. Había un pasillo estrecho entre la plataforma y el muro. Tirka lo recorrió hasta el fondo y volvió la cabeza.

—Aquí no hay nada.

Ambarine se inclinó para mirar debajo. Aura se acercó lo suficiente para ver sus manos apoyadas en el borde; una temblaba y resbaló sobre la tela antes de sujetarse mejor.

—¿Podrían haberlo llevado a otra habitación? —preguntó.

Ambarine levantó la vista hacia una puerta lateral. Se apartó de la plataforma y fue hasta ella. Rayenteeka la siguió. El tirador giró y la hoja chocó con algo que había al otro lado. Entre ambas consiguieron abrirla lo suficiente para mirar: estantes, recipientes cubiertos y varias cajas ocupaban casi todo el espacio.

—Ahí guardaban las cosas de la ceremonia —dijo Ambarine.

Se quedó sujetando la puerta mientras Tirka acercaba la lámpara. La exploradora esperó a que terminaran de mirar y revisó después el otro extremo de la cámara. Shaeli entró dos pasos, sin dejar de vigilar el corredor.

—Ambarine.

Ella regresó hacia la plataforma. La tela había caído por un costado y rozaba el suelo. La recogió y la dobló sobre la piedra con movimientos rápidos; después volvió a levantarla, como si no hubiera terminado de mirar.

Aura se colocó a su lado.

—No está aquí.

Ambarine la miró con los ojos muy abiertos. Aura sintió que había dicho algo cruel y estuvo a punto de disculparse, pero ella bajó la cabeza hacia las cintas.

—Tenía que estar. No han hecho la ceremonia.

Tocó uno de los extremos cortados y lo dejó caer.

—No han podido hacerla.

—¿Isaliria no podría haberlo cambiado de lugar? —preguntó Aura.

—Sí. —La respuesta salió tan deprisa que Ambarine se interrumpió y volvió a mirar la puerta—. Sí, podría.

Tirka regresó desde el fondo. Tenía las orejas inclinadas y conservaba la lámpara baja.

—Hay una marca en el suelo. Como si hubieran arrastrado una pata o una rueda. Sigue hacia el otro paso.

Ambarine giró el cuerpo en esa dirección. Shaeli alzó la mano desde la entrada.

—No sabemos adónde lleva ahora.

—Yo conozco ese corredor.

—Conocías esta cámara también.

Un golpe metálico llegó desde la escalera. Tirka levantó las orejas y se volvió hacia la entrada. Todas esperaron, pero no oyeron nada más.

—Fue arriba —murmuró la exploradora.

Ambarine apretó los labios. Aura miró a Shaeli, pero la kunara seguía mirando a Ambarine.

—Los seis están arriba —insistió Shaeli—. Les dijimos que íbamos a comprobar el cuerpo. Ya lo hicimos.

Ambarine dejó las manos sobre la piedra. La lámpara iluminaba el espacio vacío entre ellas. Aura recordó las transcripciones extendidas en la mesa y el dedo de Ambarine sobre las palabras que habían cambiado. La placa que necesitaban había salido de allí con el arca. Ahora solo tenían delante las marcas de su base.

Rayenteeka se acercó a Aura. Tenía la cuerda entre las manos, recogida con tanta fuerza que uno de los dedos empezaba a ponerse claro bajo el pelaje.

—La puerta de arriba estaba abierta —dijo—. Esta también.

Shaeli miró hacia el corredor. Ambarine apartó por fin las manos de la plataforma.

—Y cerraron las salidas.

Tirka le entregó la lámpara a Ambarine, que se volvió hacia Aura antes de recoger su bolso.

—Regresamos con Orven.

No esperó a que nadie respondiera. Caminó hacia la entrada y se detuvo solo cuando Shaeli le hizo sitio. Aura miró una última vez la tela. Una parte seguía colgando. Quiso colocarla sobre la piedra, aunque no supiera para qué, y terminó alejándose sin tocarla.

Subieron más deprisa. Rayenteeka iba detrás de Aura y la ayudó cuando el bolso golpeó contra el pasamanos. La claridad de la esfera había desaparecido, pero aquella preocupación volvía a apretarle el pecho. Esta vez tenía motivos. Pensó en Nashira y Brenor intentando abrir un paso sin el arco que él ya no llevaba.

A mitad de la escalera oyeron un golpe. Tirka se detuvo y todas quedaron inmóviles. Después llegó el roce de algo contra el suelo, seguido por voces que Aura no pudo entender.

Ambarine levantó la lámpara hacia el tramo superior. La luz que entraba por la puerta era más fuerte que antes.

—Apágala —murmuró Shaeli.

Ambarine bajó la llama hasta extinguirla. Continuaron con la claridad de arriba. Aura podía oír su propia respiración y tenía miedo de que los otros la oyeran también. Rayenteeka le tocó la espalda para indicarle que siguiera.

La pieza de madera ya no sujetaba la puerta. Estaba tirada junto al último escalón.

Ambarine se acercó a la abertura. Antes de mirar, una voz les ordenó que salieran.

—Despacio. Las manos donde podamos verlas.

Tirka retrocedió contra Aura. Shaeli la sostuvo por el hombro para evitar que cayeran sobre Rayenteeka. Ambarine se quedó inmóvil y después empujó la puerta hasta abrirla.

Había guardias en la galería. Dos estaban frente al acceso; otros ocupaban el cruce, cerca del cuarto donde habían dejado a los seis. Las lámparas colocadas en el suelo iluminaban botas, astas de lanzas y un banco atravesado junto a la pared. Aura vio a Brenor de rodillas detrás de aquel banco. Tenía sangre en la cara.

Nashira estaba a su lado. Sujetaba algo contra el suelo con ambas manos y, por la forma en que se inclinaba, Aura creyó que intentaba ayudar a alguien a levantarse.

Ambarine dio un paso.

—Orven.

Un guardia alzó la lanza y le cerró el camino.

Aura miró debajo del brazo de Ambarine. Reconoció la ropa de trabajo, el cabello corto y la marca de la muñeca antes de ver el rostro. Orven estaba tendido sobre un costado. La mano más próxima a ella tenía los dedos doblados hacia la palma, inmóviles, y bajo su pecho la sangre había alcanzado una junta de las losas.

Nashira seguía apretando el paño.


Unos minutos antes, Brenor había bajado con los demás por la escalera de provisiones. Al salir junto a los depósitos recibió el viento en la cara. El paso que llevaba al patio quedaba a cielo abierto, entre la pared de las cocinas y un muro bajo; las lámparas de los pisos superiores iluminaban buena parte de las losas. Había cruzado por allí con Nashira cuando comprobaron el cierre. Ahora no quedaba ningún trabajador.

Lyra se adelantó hasta la hoja de hierro. Llevaba un recipiente vacío y llamó con los nudillos. Orven se quedó a su lado; los demás esperaron cerca de los lavaderos, sin nada detrás de lo que pudieran ocultarse.

—Tenemos que devolver esto al carro —dijo ella.

Un guardia se acercó por el otro lado.

—Los carros ya salieron.

Brenor volvió la cabeza hacia el extremo del paso. Podía ver el portón del patio por encima del muro bajo, pero no había nadie junto a él. Intentó distinguir las voces que llegaban de las cocinas. Una se interrumpió.

—¿Qué hacen ahí?

El encargado de la descarga estaba en una ventana. Miró a Lyra, después a Brenor y al hombre de cabello gris.

—Ustedes tenían que quedarse abajo. ¿Dónde están las otras dos?

Orven tocó el codo de Lyra para que regresara. El guardia del cierre hizo una señal hacia el patio. Antes de que pudieran alcanzar la escalera, una cuadrilla salió de la arcada de los lavaderos. Brenor no los había visto esperar detrás de los pilares. Otros dos ocuparon el paso por el que acababan de llegar.

—Contra la pared. Dejen las bolsas.

El hombre del brazal retrocedió. Uno de los soldados fue hacia él, mientras otro agarraba a Lyra por el cabello para apartarla de Orven. Ella gritó. Brenor intentó sujetarle el brazo al guardia y recibió un golpe en la ceja que lo hizo trastabillar. Sacó su pequeña hoja de trabajo, pero apenas alcanzó a levantarla antes de que lo obligaran a retroceder hacia el muro.

—¡Brenor, al lado!

Oyó a Nashira y vio algo brillar junto a su cara. Ella se lanzó contra él y lo apartó con el hombro. La punta que iba hacia su cuello le abrió a Brenor el antebrazo, cerca del codo. Nashira atrapó el asta con ambas manos. El soldado la torció y tiró con fuerza; el brazo de la kunara se fue hacia atrás y ella soltó un grito, sin poder seguir sujetándolo. Él la golpeó con el extremo contra las costillas.

Brenor alcanzó a sostenerla antes de que cayera. Nashira dejó un brazo colgando y se apretó el hombro con la otra mano. Él quiso preguntarle dónde le había dado, pero ella seguía mirando al hombre de la lanza.

—Muévete.

Orven se interpuso con un banco de los lavaderos. Empujó al soldado contra uno de sus compañeros y volvió la cabeza hacia el del brazal.

—¡Sube! ¡Avísales!

El hombre corrió a la escalera. Un guardia lo alcanzó de lado y le cortó la pierna; aun así consiguió sujetarse de la baranda y desaparecer detrás del giro. Dos soldados lo siguieron. El hombre de cabello gris trató de impedirlo, pero le quitaron la hoja y lo arrojaron contra el borde de un lavadero.

Orven sostuvo el banco hasta que una patada le hizo perder el apoyo. Cayó sobre una rodilla y recibió un golpe en la boca. Brenor quiso alcanzarlo. Una lanza volvió a cerrarle el paso y Nashira se aferró a su ropa cuando intentó avanzar.

Había soldados a ambos lados. Lyra estaba en el suelo, con el labio partido y una bota entre los omóplatos. El hombre de cabello gris había dejado de moverse junto al lavadero, aunque todavía respiraba. Brenor miró su propia hoja, tan corta que apenas sobresalía del puño, y la soltó cuando Orven gritó que se detuvieran.

Los ataron allí, sobre las losas frías. Brenor tenía sangre en el ojo y no pudo ver qué hacían con Nashira hasta que la oyó quejarse. Le habían tirado del brazo lastimado para sujetarle las manos. Orven pidió que aflojaran la cuerda. El soldado le dio otro golpe antes de hacerlo.

—Llévenlos al cruce del templo —ordenó un oficial desde la escalera—. La emperatriz ya fue avisada. Nadie sale de ese sector.

Brenor levantó la cabeza. El oficial se marchó sin esperar una respuesta. Los hicieron subir; Lyra necesitaba apoyarse en la pared y el hombre de cabello gris caminaba encorvado, con una mano sobre el costado. El del brazal no estaba entre ellos.

Al llegar a la galería, uno de sus perseguidores regresó desde una puerta lateral.

—Se escondió por aquí. Estamos revisando.

Brenor buscó a los cinco que habían seguido a Ambarine. La puerta del templo seguía entreabierta, pero un soldado retiró el taco de madera y se quedó junto a ella. Otro con armadura con patrones dorados obligó a Orven a detenerse bajo la luz.

—Orven... tu situación es trágica. ¿Quién deja la guardia para seguir una traidora?

Orven escupió sangre antes de responder.

—Uno que no solo obedece a ciegas, Renark. —Lo miró de reojo—. Tu armadura es espantosa.

El soldado miró hacia el templo.

—¿Dónde está la princesa?

Nashira intentó acercarse. La hicieron arrodillarse junto al banco. Brenor cayó a su lado y sintió que la cuerda le raspaba las muñecas al tratar de sostenerse.

—Déjalos ir, Renark. No sacarás más por ellos —dijo Orven.

El soldado sacó la espada.

—Dime dónde está.

Orven tenía un hombre a cada lado sujetándole los brazos.

—Esperé mucho por esto.

Miró a sus compañeros. Brenor vio que iba a hablar, pero el soldado adelantó el cuerpo y le hundió la hoja bajo el pecho.

—¡No!

Nashira se levantó antes de que Brenor pudiera hacerlo. La apartaron de un empujón. Orven dobló las rodillas y quedó colgando entre los dos hombres; cuando el soldado retiró la espada, lo soltaron sobre las losas.

Brenor no entendía por qué habían dejado de sujetarlo. Todavía tenía las manos atadas. Había dejado de pelear abajo, todos habían dejado de pelear.

—¡Déjenme pasar! —gritó Nashira.

El oficial volvió desde el salón. Vio a Orven, miró la espada y ordenó soltar a Nashira. Lyra pidió que le quitaran el paño de la cintura; cuando un guardia lo dejó caer, Nashira lo recogió y lo apretó contra la herida. El brazo malo apenas la ayudaba. Apoyó el peso del cuerpo sobre las manos.

—Estaba atado —dijo Brenor. Le costó reconocer su propia voz—. Lo tenían atado.

El oficial se agachó y tocó el cuello de Orven. Esperó unos instantes, después levantó los ojos hacia el soldado.

—Al fondo. Entrega el arma.

Orven dejó de distinguir las palabras que decían sobre él. Sintió la piedra fría contra la mejilla y, por un momento, recordó el suelo del patio donde jugaba con su vecino: los palos que elegían por espadas, las rodillas raspadas y una tela vieja que se ataba al cuello para parecer un caballero. Su hermana menor les pedía que la dejaran jugar y él la ponía detrás de una silla, a salvo de enemigos que inventaban entre los dos. Quería entrar a la guardia, llevar una espada de verdad y que su padre lo viera pasar con el uniforme; creía que entonces podría proteger a cualquiera.

Recordó a su madre remendándole la manga la noche anterior a presentarse, las preguntas que él no dejaba de hacerle aunque ella tampoco supiera cómo sería la prueba, y a su padre apretándole el hombro cuando volvió admitido. Después llegaron las primeras rondas, el dolor del brazal nuevo y los pequeños ascensos que celebraban compartiendo comida al terminar el servicio. Su vecino había avanzado más deprisa. Al principio todavía se reían de sus juegos; después Orven tuvo que aprender a pedirle permiso para hablar, a esperar fuera de una puerta y a callarse cuando su amigo repetía una orden que antes los habría avergonzado a ambos. Le dolió recordar cuánto había tardado en dejar de obedecer. Había tenido miedo de perder el sueldo, de volver a casa y no saber explicarles por qué se había ido, pero al pensar en quienes ayudó después todavía sentía que había hecho lo correcto.

Quiso regresar a aquella mesa familiar, escuchar a su hermana contar algo que no tuviera importancia y dejar que su madre le sirviera más aunque ya hubiera comido. No les había dicho que esa noche entraría al palacio. Intentó tomar aire; la presión sobre el pecho aumentó y oyó a Nashira muy cerca. Quiso pedirle que les avisaran, que no los dejaran esperando. Los labios apenas le respondieron. Buscó una vez más el rostro de su madre entre los recuerdos y cerró los ojos.

Nashira seguía presionando. Brenor miraba la boca entreabierta de Orven, esperando oír otra orden, una queja, cualquier cosa. Cuando el oficial se levantó y mandó vigilar las puertas, su compañero ya no respiraba.


—Orven —repitió Ambarine.

Aura salió detrás de ella. Vio la cuerda junto a las manos del hombre y quiso agacharse, pero una lanza le cerró el paso. Orven tenía un pie vuelto hacia dentro, la mejilla contra la piedra y sangre junto a los labios. La postura le pareció incómoda. Pensó en moverle la cabeza antes de comprender que él ya no intentaría hacerlo.

Nashira levantó la vista. Había sangre en su ropa y en la de Brenor; el paño que apretaba contra Orven estaba empapado.

—¿Qué pasó? —preguntó Ambarine.

La kunara movió los labios.

—No pude…

—Lo tenían sujeto —dijo Brenor—. Le clavó la espada cuando estaba sujeto.

Aura buscó el movimiento del pecho de Orven. Esperó una respiración, después otra. Había visto a Mauro herido y había podido hablarle, escucharlo quejarse; una parte de ella seguía esperando que alguien dijera que todavía podían ayudar a este hombre. Miró a Nashira y quiso pedirle que no retirara las manos.

—Que se aparte el servicio. Su majestad viene hacia aquí.

La orden pasó de un guardia a otro. Se cerró una puerta en el corredor del salón y las conversaciones de la cena quedaron amortiguadas. Aura sintió un cambio antes de ver a nadie. Entre las presencias cercanas había una que se acercaba con un influjo de Lay Len tan intenso que la hizo levantar la cabeza. Buscó una llama, algún objeto encendido, pero solo vio las lámparas que ya estaban allí.

Tirka se puso a su lado.

—¿Qué pasa?

Aura no alcanzó a contestar. Dos guardias se apartaron y apareció Isaliria.

Avanzaba erguida, con un vestido oscuro de cuello alto y pliegues pesados que rozaban las losas. Los bordados de los puños recogían la luz al mover las manos; sobre el pecho llevaba un broche claro rodeado de metal dorado, y el cabello recogido dejaba al descubierto el rostro y una pequeña joya junto a cada oreja. Aura se fijó en la línea firme de su boca, en los ojos que pasaron por los detenidos sin apresurarse. Nadie habló mientras ella cruzaba el espacio entre los guardias. Hasta el oficial esperó a que lo mirara para inclinar la cabeza.

La Lay Len que Aura había sentido venía con ella. Seguía allí aunque Isaliria no hiciera magia, profunda y contenida, y resultaba difícil dejar de prestarle atención. Aura sintió miedo de que la emperatriz notara que intentaba percibirla. Bajó la mirada hacia el broche y luego hacia sus propias manos.

Detrás venía un hombre con una caja metálica de unos veinte centímetros, sostenida por dos asas. La colocó sobre una base junto al muro y se quedó al lado, esperando.

Isaliria se detuvo ante Orven. Miró el paño y después a Nashira.

—Permitan que atiendan a los heridos —dijo—. Con cuidado. Ya están bajo nuestra custodia.

El oficial hizo una señal. Un soldado aflojó la cuerda de Brenor, aunque conservó la mano sobre su hombro. Nashira no se movió.

—Este hombre murió después de ser reducido, majestad —informó el oficial.

Isaliria mantuvo los ojos en Orven un momento más.

—Mi orden era conservarlos con vida. El responsable responderá por haberla desobedecido. Retírelo de aquí.

Renark del fondo bajó la cabeza. Aura lo vio marcharse entre otros dos y sintió unas ganas repentinas de gritar. Él podía caminar. No tenía que quedarse tirado junto al banco ni esperar que alguien decidiera qué hacer con su cuerpo.

Ambarine levantó una mano. El fuego apareció entre sus dedos.

—Lo mataron.

Isaliria volvió el rostro hacia ella. Su mirada se detuvo un instante en Aura antes de regresar a Ambarine.

—Lo he visto. No voy a permitir que haya otra muerte en esta galería.

—¿Y por eso viniste?

—Vine para poner fin a esto antes de que tus compañeros sigan pagando por acompañarte. Baja la mano, Ambarine. Deja que los ayuden.

La llama creció. El hombre junto al muro movió una palanca de la caja. Se oyó un chasquido y, poco después, un zumbido sostenido. Isaliria se apartó hacia el oficial mientras el fuego se contraía sobre los dedos de Ambarine. Una hebra salió de lado y le alcanzó la manga. Ella cerró el puño y Tirka tiró de la tela para alejarla de su piel.

Aura llamó una cantidad pequeña de Lay Len. La sintió llegar, pero la luz que intentó reunir sobre la mano se estiró entre los dedos y se concentró contra la uña del pulgar. Le dolió. Soltó la forma y retrocedió hasta tocar a Rayenteeka.

—No sigas —le pidió a Ambarine al verla intentarlo otra vez.

—Puedo hacerlo…

—La energía está. No está haciendo lo que le pides.

A través de una abertura de la caja se veía algo azul pálido, cruzado por líneas blancas. El hombre que la vigilaba tenía una llave entre las manos. Aura miró de nuevo a Isaliria. La fuerza que había percibido en ella continuaba allí; no podía distinguir qué relación tenía con el instrumento, y no se atrevió a probar otra vez.

—¿Qué hiciste? —preguntó Ambarine.

—He tomado precauciones. Hay personas heridas a unos pasos de tu fuego.

Ambarine apretó los dedos contra la manga quemada.

—¿Dónde está mi padre?

Isaliria miró hacia la puerta del templo.

—En un lugar donde se respetará su descanso.

—Lo sacaste de su cámara.

—La custodia de Emeter le corresponde al palacio. No voy a permitir que sus restos se conviertan en otra disputa entre tú y quienes te aconsejan.

Ambarine intentó pasar junto a la lanza. Shaeli la sostuvo por el brazo.

—Míralos —le dijo al oído.

Brenor había recogido las manos atadas contra la herida del brazo. Nashira seguía junto a Orven. Lyra tenía el labio hinchado y una rodilla recogida contra el cuerpo; más lejos, el hombre de cabello gris respiraba inclinado entre dos soldados. Aura buscó al del brazal y no lo encontró.

El oficial hizo entrar a un hombre con la chaqueta parda remendada sobre un hombro. Tirka lo reconoció antes de que levantara la cara.

—Tú estabas en el campamento.

Aura recordó el olor a resina de sus manos. Lo había visto ayudar con una caja de víveres. Ahora tenía las muñecas sujetas delante del cuerpo y evitaba mirar hacia el banco.

—Nos contó lo que sabía de la incursión —dijo el oficial—. Gracias a su colaboración pudimos prepararnos para recibirlos.

El hombre levantó los ojos hacia Ambarine.

—Tenían a mi familia. Me dijeron que los matarían si no hablaba.

Tirka dio un paso, pero la lanza le impidió acercarse.

—Y hablaste.

—Sí.

Aura miró a Orven. Quiso que el hombre lo mirara también, que dejara de fijarse en sus propias manos. La idea la asustó en cuanto la tuvo, pero no pudo apartarla.

Isaliria se acercó lo suficiente para que el civil levantara la cabeza.

—Tu colaboración será tenida en cuenta. Ahora debes dejar que cumplamos con nuestra parte.

—Dijeron que los soltarían.

—El oficial se ocupará de tu familia. Acompaña al guardia.

El hombre buscó una respuesta en la cara del guardia. Este lo tomó del brazo y lo llevó hacia el salón. Tirka siguió mirándolo hasta que desapareció.

Ambarine volvió hacia Isaliria.

—Amenazas a su familia y lo llamas colaboración.

—No debiste poner a esas personas en la situación de elegir entre su familia y tu causa.

—Ellos no eligieron esto.

Isaliria dejó pasar unos instantes. Cuando volvió a hablar, su voz conservaba la misma calma.

—Todavía puedes evitar que sufran más. Entrégate y permite que cada uno responda por sus propios actos.

Ambarine miró a Brenor y a Nashira. Aura la vio tragarse lo que iba a decir.

—Encontré el informe de Ereel —respondió al fin—. El que cambiaron.

Isaliria bajó los ojos hacia su bolso.

—El Consejo de las Altas Casas Solares dictó una sentencia. Si traes algo que deba examinarse, será recogido y puesto en manos de quienes corresponda.

—Ya estuvo en sus manos.

El oficial se movió, pero Isaliria levantó apenas dos dedos y lo detuvo. Después miró directamente a Aura. Se detuvo en sus ojos, volvió a mirar los de Ambarine y regresó a ella. Aura quiso cubrirse el rostro.

—Acércate un poco.

Aura permaneció donde estaba. Ambarine se interpuso.

—Ella no tiene nada que ver con la muerte de mi padre.

—Entonces procuraré que su situación se trate por separado. —Isaliria inclinó la cabeza para volver a mirar a Aura—. Quiero saber tu nombre.

Aura apretó las manos. El pulgar todavía le dolía.

—Aura.

—Aura —repitió Isaliria, despacio—. ¿Hace cuánto estás con ella?

—Yo le pedí que viniera —intervino Ambarine.

—Te escuché. Ahora le estoy preguntando a ella.

Aura miró a Nashira, al paño que ya no se movía. No quería darle nada más a aquella mujer. Isaliria esperó, sin alzar la voz ni apartar los ojos de su cara, y finalmente hizo una señal al oficial.

—Separadas, pero con cuidado. Quiero que ambas lleguen en condiciones de hablar.

Aura apretó el borde de su bolso. Un guardia se acercó a Ambarine mientras otro tiraba del hombre de cabello gris para llevarlo hacia el salón. Al moverse dejaron libre el comienzo de la escalera de provisiones. Brenor levantó la cabeza hacia ella.

El zumbido de la caja había perdido fuerza. El hombre que la vigilaba tocó el seguro, esperó a que se apagara y metió la llave en el costado. Aura vio que comenzaba a girarla. Cerca de su mano, la pequeña cantidad de Lay Len que no había logrado reunir dejó de dispersarse.

Miró a Ambarine. Ella también había abierto los dedos.

—Ahora —susurró Aura.

Empujó con magia el asta que iba hacia su cintura. El guardia perdió el apoyo y Tirka se lanzó sobre él, sujetando la lanza antes de que la recuperara. Ambarine extendió una llama entre ellas y los hombres del salón. Shaeli aprovechó el retroceso de los soldados para cortar las ataduras de Brenor y Lyra.

—Las dos con vida —ordenó Isaliria.

El oficial se puso delante de ella. El hombre de cabello gris se revolvió entre sus captores y sujetó con las manos atadas el brazo de un soldado que iba hacia Lyra. La apartó de un tirón. El otro guardia sacó la espada y se la clavó en el pecho.

Aura vio el golpe. El hombre soltó el brazo, miró hacia abajo y dobló las rodillas. Brenor lo alcanzó cuando los soldados retrocedieron ante el fuego; lo sostuvo por la ropa, pero tuvo que bajarlo al suelo. Lyra quiso arrodillarse a su lado. Shaeli la sujetó.

—¡Aquí! —gritó Ambarine.

Aura no se movió. La cara del hombre había quedado vuelta hacia ella. Recordó que le había hecho sitio al salir del conducto, que había esperado a que pudiera respirar antes de indicarle por dónde seguir. Le parecía imposible que fuera la misma persona. Quiso decirle que se levantara, pero solo consiguió pronunciar un sonido que nadie oyó.

Brenor le tocó el cuello. Lo llamó una vez, esperó y retiró la mano. Los ojos del hombre seguían abiertos.

Rayenteeka tiró de Aura.

—Ayúdame con Nashira.

Aura agarró el brazo sano de la kunara sin dejar de mirar el cuerpo. Al levantarla, el paño de Orven cayó sobre su mano. Estaba tibio. Se lo quedó apretado entre los dedos hasta que Nashira lo recogió y le pidió que caminaran.

El zumbido volvió a sonar. Ambarine retrocedió antes de que la llama se deshiciera sobre su mano. Tirka mantuvo a los soldados lejos con la lanza mientras los demás alcanzaban la escalera. Al girar, Aura vio juntos a Orven y al hombre de cabello gris; uno seguía junto al banco y el otro había quedado atravesado en el paso.

Quiso volver. Rayenteeka le apretó el brazo.

Bajaron con Brenor delante. Lyra señaló la puerta del depósito de mesas y los hizo entrar. Al fondo había una salida ancha hacia el mismo patio del portón, distinta del paso donde los habían reducido.

—Por ahí sacamos las mesas antes —dijo, sin aliento—. Y el portón tiene una puerta pequeña. El encargado la usa aunque las hojas grandes estén cerradas.

La escalera quedó atrás. Aura sintió que el flujo respondía mejor a medida que se alejaban de la caja. Ambarine probó una llama baja y la mantuvo entre las manos.

Miró la mesa grande. Era más ancha que una persona, cargada todavía con manteles doblados y dos cuencos. Al fondo, Lyra se había agachado junto a la puerta del patio para escuchar.

—Están ahí. Han oído.

El picaporte se movió.

Ambarine se acercó a Aura.

—Vamos a empujar la mesa contra la puerta. ¿Puedes quitarle peso?

Aura miró las patas, los cuencos, la distancia que las separaba del fondo.

—Creo que sí.

—Solo para moverla. No intentes sostenerla cuando llegue.

Shaeli y Brenor tiraron los manteles al suelo. Rayenteeka puso las manos en un extremo de la mesa y esperó a que Nashira se apartara. Aura extendió los dedos. El borde de madera se levantó primero de un lado y Brenor tuvo que retirarse para que una pata no le golpeara el pie. Aura respiró, bajó un poco esa esquina y volvió a intentarlo. La amalgamita se calentó contra su pecho mientras sostenía el peso. La mesa quedó separada del suelo.

Lyra levantó el cerrojo. Desde el patio, un soldado tiró de la hoja; al ver el mueble, intentó cerrarla de nuevo.

—Ahora —dijo Ambarine.

Rayenteeka y Brenor empujaron. Aura acompañó el movimiento unos pasos y soltó la mesa cuando alcanzó el umbral. El golpe lanzó la hoja contra el guardia y lo hizo caer hacia el patio. El otro se apartó, levantando su arma. Ambarine avanzó detrás del mueble y extendió el fuego por el lado que él intentaba rodear. El hombre se cubrió la cara y retrocedió hasta la pared. Un mantel enganchado en una pata de la mesa empezó a arder.

—¡Salgan!

Tirka pasó primero, usando la lanza para mantenerlo lejos. Shaeli y Lyra fueron hacia el portón. Rayenteeka tomó a Nashira por la cintura y la ayudó a cruzar sobre una pata rota de la mesa. Aura sostuvo la puerta para que no les golpeara la espalda.

El aire de fuera estaba frío. Al levantar la vista vio un rectángulo de cielo entre los tejados y, a unas quince zancadas de la salida del depósito, las hojas cerradas del portón. Había una puerta menor abierta en una de ellas. Un hombre trataba de cerrarla desde el patio mientras buscaba algo en su cinturón.

Shaeli llegó antes de que lo consiguiera. Se agarró al borde y puso el pie contra el marco; Lyra golpeó la mano del hombre con el recipiente que había recogido al pasar por el depósito. Las llaves cayeron. El guardia sacó un cuchillo y Shaeli soltó la puerta para evitarlo. Brenor alcanzó a sujetarle el brazo. Los tres chocaron contra la madera.

Aura quiso ayudarlos, pero Ambarine la llamó desde atrás.

—¡La entrada!

Dos soldados bajaban ya al depósito. Uno llevaba un arco y se detuvo sobre los últimos peldaños para buscar una línea de tiro. El otro cubría al hombre de la caja, que avanzaba con el zumbido entre las manos. Aura levantó una barrera delante de sus compañeros. La superficie tembló al extenderla hacia el umbral; Ambarine puso una mano junto a la suya.

—Aquí, a nuestro lado. No los sigas hasta dentro.

Aura recogió el trazado hacia sí. Ambarine dejó crecer una llamarada delante de la puerta y le dio tiempo a cerrarlo. La luz de la barrera se extendió frente a ellas, separada del depósito. El calor le llegó a Aura a la cara; Ambarine bajó el fuego en cuanto vio que se sostenía.

La amalgamita se calentaba más con cada corrección. Aura tenía que cubrir a Tirka al retroceder y dejar espacio para que Rayenteeka ayudara a Nashira. Oía los pasos del hombre de la caja, veía al arquero cambiar de posición en la escalera y no conseguía mirar a todos. Ambarine se quedó a su lado, apartando con pequeñas llamaradas a quienes intentaban rodear la barrera.

Al otro lado del patio, Brenor golpeó al guardia contra el portón y le quitó el cuchillo. Lyra recogió las llaves. La puerta pequeña se abrió hacia ellos, dejando ver una calle estrecha y un muro sin ventanas.

—¡Ya está! —gritó Shaeli.

Lyra se apartó para dejar pasar a Nashira. Aura vio a Rayenteeka agacharse bajo el dintel con ella. Entonces el zumbido volvió a distinguirse detrás de la barrera. La luz se adelgazó por un extremo y Aura sintió un tirón doloroso bajo las costillas.

Ambarine levantó la mano.

—Suéltala. ¡Aura, suéltala!

Intentó hacerlo, pero vio al arquero tensar la cuerda desde los peldaños. Por instinto atrajo más Lay Len para cerrar la abertura. Había estado corrigiendo la barrera cada vez que alguien quedaba expuesto y llamó más flujo del que conseguía conducir. La piedra absorbió la sobrecarga y le quemó el pecho a través de la ropa. Oyó un chasquido cerca de las costillas. La luz se abrió antes de que pudiera cerrarla otra vez.

Lyra recibió la flecha cuando se inclinaba para dejar pasar a Nashira. Entró por la parte alta del hombro, junto a la clavícula. El golpe la hizo girar contra el portón y la mano con la que sostenía la puerta resbaló sobre la madera.

Shaeli volvió por ella. Ambarine arrastró a Aura lejos de la abertura de la barrera y lanzó fuego hacia el depósito. El arquero se retiró detrás del marco. El hombre de la caja había llegado hasta la puerta, pero tenía que apartarse del mantel que ardía junto a la mesa.

—Corta la corriente —dijo Ambarine cuando Aura intentó rehacer la barrera.

—Puedo…

—Te está quemando.

Aura retiró la mano del pecho. La piel le dolía con el roce de la tela. Ambarine la ayudó a llegar hasta el portón, donde Shaeli sostenía a Lyra contra las piernas. La mujer intentaba respirar. Abría la boca, levantaba el pecho apenas y volvía a intentarlo con un sonido húmedo que Aura no había escuchado antes.

—Mírame —le decía Shaeli—. Ya está abierta. Ya podemos salir.

Lyra giró los ojos hacia la puerta. Quiso apoyarse con la mano libre, pero el brazo no consiguió sostenerla. Shaeli la sujetó mejor. Sangre apareció junto a sus labios cuando trató de hablar.

Aura se arrodilló a su lado. La flecha seguía en el hombro; le pareció que, si no hubiera visto cómo respiraba, habría pensado que podían vendarla como a Brenor. Buscó un paño sin saber dónde ponerlo. Lyra la agarró de la manga con los dedos mojados.

—Ayúdame —dijo Aura.

No sabía si se lo estaba pidiendo a Ambarine o a Shaeli. Esta apretó una tela alrededor de la herida, con cuidado de no mover la flecha. La respiración seguía cortándose.

—No puedo… —alcanzó a decir la mujer.

Aura le tomó la mano. Tenía los dedos fríos, aunque la palma estaba húmeda y caliente. Quiso prometerle que faltaba poco, pero ella volvió a intentar tomar aire y no consiguió terminar. Aura sintió que le apretaba una vez más, con muy poca fuerza.

—¡Vengan! —Tirka retrocedía delante de los soldados con la lanza atravesada entre las manos.

Ambarine regresó para cubrirla. Brenor se arrodilló junto a Shaeli y acercó la mano al cuello de Lyra. Aura seguía esperando otra respiración. La mujer conservaba la boca abierta; sus dedos se fueron soltando hasta que solo Aura sostuvo el peso de la mano.

—Hay que sacarla —dijo.

Shaeli la miró. Tenía la cara mojada.

—Aura…

—Ya estamos en la puerta.

Brenor bajó la cabeza. Shaeli pasó una mano por los ojos de la mujer para cerrarlos, y Aura la agarró de la muñeca antes de darse cuenta de lo que hacía. La soltó enseguida. Miró la flecha, el paño, la sangre en el suelo. No conseguía dejar de pensar que había tenido una barrera delante de todo aquello y la había dejado caer.

Brenor la tomó por los hombros.

—Tenemos que movernos.

Aura dejó con cuidado la mano de la mujer sobre su ropa. Shaeli le acomodó la cabeza antes de levantarse. Una de las llaves había quedado debajo de su cuerpo y ninguna de las dos intentó recogerla.

—Lo siento, Lyra... —se despidió Shaeli.

Ambarine volvió junto a Tirka. Aura oyó el golpe de la lanza contra una espada y vio que ambas retrocedían hacia la puerta pequeña. La caja seguía en el otro extremo del patio; tan lejos, el fuego se sostuvo alrededor de la mano de Ambarine. Los guardias se abrieron en lugar de acercarse juntos. Uno se quedó junto al muro, buscando llegar al portón por el costado de las bisagras.

—¡Tirka, sal!

La exploradora intentó agarrarla del brazo. Ambarine se soltó.

—Voy detrás.

Tirka cruzó el dintel de espaldas y volvió a presentar la lanza por la abertura. Brenor había pasado con Aura; Shaeli se quedó junto a la hoja, sosteniéndola. La calle olía a agua sucia y a humo. Nashira estaba apoyada contra el muro de enfrente, sujetándose el hombro, y Rayenteeka regresaba para ayudar a cerrar.

Aura se volvió hacia Ambarine.

—¡Ya estamos!

La princesa dio un paso atrás, pero el soldado junto a las bisagras corrió hacia la puerta. Ambarine lanzó fuego a sus pies y él se apartó. Otro avanzó por el lado contrario. Ella tuvo que girarse para mantenerlo lejos. La abertura apenas dejaba pasar a una persona; cada vez que intentaba alcanzarla, uno de los hombres se acercaba por su espalda.

Aura se soltó de Brenor.

—Yo la sujeto. Ven.

Alargó la mano hacia el patio y llamó otra vez a la Lay Len. La amalgamita se calentó sobre la piel quemada; Aura se encogió de dolor y Brenor tuvo que agarrarla antes de que cayera. Una luz incompleta se deshizo contra el suelo.

Ambarine la vio doblarse. Retrocedió hasta quedar junto a la puerta, sin dejar de mirar a los soldados.

—Aura, no puedes.

—¡Tú tampoco puedes quedarte!

Desde el depósito llegó la voz del oficial. El portador de la caja avanzaba con cuidado entre los restos de la mesa. Ambarine miró hacia él y después hacia la calle, donde Nashira intentaba separarse de la pared.

—Apártense del portón —dijo.

Tirka no retiró la lanza.

—Te cubro. Pasa de una vez.

—Si pasan detrás de mí, los alcanzan ahí mismo.

Aura buscó algo que decir. Rayenteeka podía cargar con ella, podían correr, Ambarine podía incendiar la entrada y cruzar; pero había madera a ambos lados, Shaeli todavía sostenía la hoja y el guardia de las bisagras había vuelto a acercarse. Le salían las palabras sin orden.

—Espera. Espera un poco, yo puedo…

Ambarine metió una mano por la abertura y le tocó la mejilla. Tenía los dedos calientes. Aura quiso agarrarla, pero ella ya estaba retirándolos.

—Ayúdala —le pidió a Brenor.

Se volvió hacia el oficial.

Usando gran parte de su magia, concentró la Lay Len entre sus manos, cruzó los brazos y con un movimiento rápido levantó un alto muro de llamas que bloqueaba el paso hacia sus compañeros. El resplandor iluminó gran parte del palacio; Aura lo vio subir por las fachadas y extenderse sobre los tejados visibles desde la calle.

Ambarine mantenía el fuego cerca de su cuerpo. La llama osciló cuando la caja se acercó unos pasos más, y Aura vio que apretaba la mandíbula por última vez. No iba a poder sostenerlo mucho tiempo.

El oficial hizo un gesto. Los dos soldados próximos al portón retrocedieron lo suficiente para dejar libre la hoja. Ambarine miró una vez hacia la abertura.

—Cierra, Shaeli.

Aura intentó meterse entre Brenor y el marco. Él la sujetó por la cintura mientras Rayenteeka retiraba a Tirka. La madera empezó a moverse. A través del espacio cada vez más estrecho, Aura vio a Ambarine apagar el fuego y levantar las manos. Un soldado se acercó por detrás y le sujetó un brazo.

—¡Ambarine!

La puerta encajó. El resplandor ya se había apagado sobre los tejados.

Aura tiró de su brazo, furiosa, pero Brenor no la soltó. Rayenteeka ya había pasado el brazo sano de Nashira sobre sus hombros. Shaeli miró el portón una última vez y echó a andar hacia la esquina. Tirka iba detrás, todavía con la lanza.

Aura tuvo que seguirlos. No había visto que hirieran a Ambarine. Intentó recordar exactamente cómo estaba cuando se cerró la puerta, la mano levantada, los pies firmes, la cabeza vuelta hacia ellos. Volvió a mirar, esperando que la hoja pequeña se abriera y Ambarine apareciera enfadada porque no habían corrido lo bastante. Brenor tiró de ella al llegar al giro.


No regresaron al almacén de Darom. Al alejarse del muro oyeron gritos cerca de otra entrada y Shaeli los llevó hacia las calles estrechas por las que habían llegado a la casa de reunión. Esperaron detrás de una tapia mientras pasaba una patrulla. Aura tenía la espalda contra los ladrillos; sentía cada respiración en el punto donde la amalgamita la había quemado.

Nashira preguntó por Orven.

Brenor se volvió hacia ella. La kunara miraba el paño que aún llevaba en la mano.

—Lo dejamos ahí —dijo—. Teníamos que haberlo…

Dejó la frase y apretó el paño entre los dedos. Rayenteeka la abrazó por el lado sano. Aura miró hacia la calle por la que habían llegado. Había seguido caminando desde el portón porque los demás se movían; ahora no podía entender cómo habían cabido tantas cosas entre el momento en que Orven les hizo una señal desde el cuarto y aquel muro donde trataban de esconderse.

Brenor se apoyó cerca de Nashira. La venda improvisada de su brazo empezaba a mancharse.

—Me avisaste —le dijo muy bajo—. Si no me hubieras empujado…

Nashira negó con la cabeza y le acomodó la tela con la mano sana. Brenor la dejó hacerlo. Ninguno terminó la frase.

—El del brazal subió antes que nosotros —añadió él después—. Lo hirieron en la pierna. No lo trajeron con los demás.

Tirka se volvió.

—No llegó al templo. ¿Lo viste caer?

Brenor negó con la cabeza. Las voces de la patrulla se alejaron. Shaeli se asomó por el extremo de la tapia y les indicó que continuaran.

La capital seguía despierta cerca de las tabernas y de las calles que rodeaban el palacio. Tuvieron que detenerse dos veces más. En una esquina, alguien reía mientras cerraba una ventana; Aura levantó la cabeza, molesta con aquella voz sin saber por qué. Más adelante pasó un carro y se apretaron bajo una escalera hasta que dejó de oírse. Tirka envolvió la punta de la lanza con un trozo de tela para que no recogiera la luz de los faroles.

Cuando alcanzaron la casa que usaban como refugio en la capital, a Tirka le costó acertar con la llave. Rayenteeka sostuvo a Nashira mientras Brenor buscaba dónde sentarla. Shaeli cerró las ventanas, comprobó la puerta y se quedó un momento con las dos manos apoyadas en la madera.

Aura se sentó en el suelo, junto al banco donde Ambarine había dejado sus cosas antes de salir. Miró a quienes estaban dentro. Volvió a contarlos sin querer y después dejó de hacerlo, avergonzada, como si contar pudiera hacerlos aparecer.

Shaeli puso un cuenco de agua a su lado. Aura metió las manos y vio deshacerse la sangre entre sus dedos. Se frotó hasta que le dolieron los nudillos. Había sangre de Orven en el paño que tocó, sangre de la mujer en su manga; ya no podía distinguir cuál se estaba quitando.

—Te vas a lastimar —dijo Tirka.

Aura retiró las manos del agua. Tirka se agachó delante de ella y apartó con cuidado la tela sobre su pecho.

—Déjame ver la piedra.

Aura sacó la amalgamita. Su forma redondeada descansó en la palma de Tirka, tibia todavía. Desde la unión de las dos grietas se extendía una tercera sobre la superficie, sin llegar hasta el borde. Había una marca roja en la piel donde la gema había estado apoyada mientras Aura sostenía la barrera.

Aaron le había dicho que podía absorber hasta cinco veces. Con la del patio ya había usado tres. Quedaban dos, si la piedra las soportaba; también le había advertido que la última no aguantaría igual que la primera.

—Otra grieta —murmuró Aura.

Tirka envolvió la piedra en una tela limpia para que no volviera a rozarle la quemadura. Aulita seguía guardada en el bolso, separada de ella.

—No intentes usarla ahora.

Aura miró sus manos vacías. Recordó los dedos de la mujer aflojándose entre los suyos.

—Yo la estaba cubriendo.

Tirka dejó de acomodar la tela.

—La caja se acercó.

—Lo vi. Y no pude… —Aura se pasó una mano por la cara—. Me agarró de la manga. Shaeli le decía que ya podíamos salir.

Tirka se sentó a su lado. Aura no lloró enseguida. Le temblaban las manos y le costaba mantenerlas quietas sobre las rodillas. Cuando intentó volver a hablar, se le cerró la garganta y se inclinó hacia delante. Tirka la sostuvo por los hombros y apoyó la mejilla contra su cabello.

—Estoy aquí —murmuró—. Miau.

Aura se tapó la boca para que no la oyeran desde la calle.

Unas botas se detuvieron al otro lado de la puerta. Brenor sujetó el cuchillo mientras Shaeli cubría la lámpara. El picaporte bajó y la hoja crujió contra el cierre.

Nashira tomó aire entre los dientes. Shaeli dejó de moverle la venda y le sostuvo el brazo.

—Cerrada —dijo alguien afuera.

—Sigue. Nos esperan en el cruce.

Las botas tardaron en alejarse. Brenor permaneció junto a la puerta hasta que Tirka le indicó que ya no las oía. Aura seguía tapándose la boca.

Shaeli volvió a descubrir la lámpara y continuó atendiendo a Nashira. Había limpiado ya la herida del brazo de Brenor y le pidió que acercara la lámpara. Él obedeció. Al pasar junto al cuenco, miró a Aura y pareció querer decirle algo, pero regresó sin hablar.

Cuando Shaeli buscó otra tira de tela, el botón de hueso cayó de su bolsillo y rodó hasta una pata del banco. Shaeli lo recogió, limpió con el pulgar la mancha de sangre que había dejado en el borde y volvió a guardarlo. Después volvió a la venda de Nashira.

Más tarde, Brenor preguntó por la cámara.

—No estaba —respondió Aura—. Su padre no estaba allí.

Shaeli dejó de mover las manos un instante. Después terminó de sujetar la venda.

—Tengo que avisar a Cael —dijo—. Ese hombre estuvo en el campamento.

Tirka levantó la cabeza.

—Voy contigo.

Salieron después de dejar agua y telas limpias junto a Nashira. Brenor se quedó cerca de la puerta. Aura oyó los pasos de una patrulla mientras esperaba y bajó la mirada cuando alguien gritó al otro lado de la calle.

Shaeli y Tirka regresaron al poco rato. La kunara cerró con cuidado y sacudió la cabeza.

—No pudimos llegar al contacto. Hay guardias en el cruce y viene otra ronda por detrás.

Brenor miró hacia la ventana.

—Nashira necesita a Neria.

—Ya lo sé —respondió Shaeli—. Tenemos que hacerle llegar dónde estamos.

Tirka se quedó escuchando junto a la ventana. Shaeli miró las vendas de Nashira y regresó a su lado.

Hablaron en voz baja de cómo averiguar adónde llevarían a Ambarine. Tirka vigiló la calle y Brenor se quedó junto a la puerta, con el cuchillo que había quitado al guardia. Había envuelto el mango con una tira de tela; cada vez que la conversación se detenía, volvía a apretar el mismo nudo con los dedos de la mano sana. El segundo vehículo continuaba en el punto de apoyo exterior; ninguno podía ir a buscarlo sin dejar a los heridos o cruzar de nuevo las calles que estaban registrando. Tampoco habían recuperado el arco y las otras armas del almacén.

Aura trató de acercarse a la entrada cuando Tirka volvió de comprobar la esquina. La punzada bajo las costillas la obligó a sentarse. Preguntó si había oído algo sobre Ambarine. Tirka negó con la cabeza y se quedó con ella hasta que dejó de mirar la puerta.

La noche pasó entre ruidos que los hacían callar y ratos de sueño demasiado cortos. Aura se despertó una vez buscando la mano que había sostenido junto al portón. Al reconocer el cuarto, se tapó la cara con la manta.

Cuando empezó a aclarar por el borde de la ventana, Shaeli dejó de mirar la calle y se volvió hacia los demás.

—Cael dijo que saldría a buscar ayuda al amanecer. Ya no va a esperar nuestro aviso.

Aura miró la puerta. No habían conseguido hacerle llegar una sola palabra desde que salieron de aquella casa hacia el palacio.


A la mañana siguiente salió con Tirka hasta la plaza más cercana. Llevaba el cabello cubierto y caminaba despacio, pegada a los puestos que todavía no habían abierto. No se acercaron al grupo reunido junto al muro.

Un hombre acababa de pegar un anuncio. La hoja seguía húmeda en las esquinas; dos guardias esperaban mientras alisaba el papel debajo del sello del Consejo de las Altas Casas Solares.

Aura leyó el nombre de Ambarine antes de distinguir el resto. La sentencia por el asesinato de Emeter se cumpliría ese mismo día, al atardecer, en la explanada del palacio hacia el mar.

—Al atardecer —repitió.

Tirka la tomó del brazo para apartarla de la gente. Aura siguió mirando la hoja. La última vez que vio a Ambarine estaba viva, con las manos levantadas, esperando que cerraran la puerta.

—Tenemos que salvarla.

Tirka no la soltó. Regresaron hacia la casa.

Folio 21·9595 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

34,19 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

3,56 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

838,48 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||