Sentoria · Dos Soles abrasadores
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DalianaCapítulo 22

Limessia·Daliana·Capítulo 22

Dos Soles abrasadores

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Folio 22·42 min de lectura

La última mancha de sangre no desapareció cuando pasaron el paño por tercera vez. Se volvió más clara y se extendió entre las uniones de las losas, hasta que la mujer que limpiaba dejó de frotar y cambió el agua del cubo. Isaliria la observó desde el otro extremo de la galería. Los bancos habían regresado a su lugar y ya no quedaban armas en el suelo. Aun así, cada persona que entraba miraba primero las piedras y después a ella.

El oficial encargado de la custodia esperaba con un registro abierto entre las manos. Tenía una salpicadura oscura sobre una de las mangas. Isaliria pensó en pedirle que se cambiara antes de recibir nuevos informes, pero la mancha también recordaba a los presentes que aquella noche todavía no había terminado.

—Ambarine permanece en una cámara del ala oriental —informó—. Le han asegurado las manos y hay un instrumento de interferencia en el corredor. Cuatro guardias se turnarán junto a la entrada y otros dos estarán dentro.

—¿Quién comprobó las sujeciones?

El oficial le dio dos nombres. Isaliria reconoció al primero; del segundo solo recordaba haberlo visto custodiando una entrada secundaria.

—Que alguien distinto las revise antes del cambio de turno. No quiero un nudo mal hecho ni un cierre que nadie sepa abrir si pierde el conocimiento.

—Sí, majestad.

—¿Está herida?

—Una quemadura en el brazo. Camina sin ayuda. La revisará un sanador.

Isaliria asintió. Había ordenado capturarla con vida. Escuchar que lo habían conseguido debía haberle permitido respirar con más calma, pero sintió una presión breve bajo el pecho y esperó a que pasara antes de hacer la siguiente pregunta.

—Los que escaparon.

—Seis confirmados. Salieron por el portón de servicio y se dispersaron en las calles cercanas. Las patrullas encontraron sangre, pero ningún cuerpo.

—No se dispersaron —corrigió Isaliria—. Salieron juntos. Que no los hayan visto después no significa que cada uno tomara un camino diferente.

El oficial bajó la mirada al registro. La pluma vaciló antes de corregir la palabra.

—La joven llamada Aura iba entre ellos —añadió.

Isaliria recordó los ojos violetas y la atención con la que aquella joven había mirado el instrumento. Había parecido asustada.

—Los guardias del patio dicen que levantó una barrera —añadió el oficial—. Sostuvo el paso hacia el portón mientras los demás cruzaban.

—No la describan solo por el color del cabello. Incluyan los ojos y la forma de su magia. ¿Quién la vio de cerca?

El oficial mencionó a tres guardias. Isaliria pidió que los separaran antes de tomar sus declaraciones. Si los dejaban esperar juntos, al amanecer los tres recordarían lo mismo, aunque ninguno lo hubiera visto.

—Quiero también los nombres de quienes estuvieron en la galería cuando comenzó el ataque —continuó—. Guardias, servicio e invitados. Primero escribirán lo que vieron. Después podrán hablar entre ellos.

—Hay personas de la corte que ya se han retirado.

Isaliria levantó la vista.

—Entonces envíe a alguien antes de que duerman.

El oficial cerró un poco los dedos alrededor de las hojas. Estaba cansado y quizá esperaba que la captura de Ambarine diera por terminada la noche. Isaliria también estaba cansada. No por eso iba a permitir que el palacio amaneciera lleno de versiones distintas.

Preguntó por los muertos. Orven había fallecido junto al banco; el hombre de cabello gris, en la misma galería durante la fuga; Lyra, la colaboradora de Shaeli, junto al portón. Había guardias heridos y un soldado retenido por desobedecer la orden de conservar vivos a los prisioneros. El hombre del brazal no figuraba entre los detenidos ni entre quienes habían escapado. Tampoco habían hallado en Ambarine el informe que dijo tener.

—¿Registraron el bolso de la otra joven?

—No logramos retenerla, majestad.

Isaliria ya conocía esa respuesta. Quería oír si el oficial intentaba ocultarla dentro de otra frase.

—Busquen en la galería, el depósito, el patio y el recorrido hasta el portón. Nada de lo que dejaron caer debe llegar al servicio de la mañana.

El hombre anotó la orden. Al otro lado de la sala, el agua sucia fue retirada en un cubo cubierto con una tela. Quedó todavía una sombra rojiza entre las piedras.

—La cámara funeraria estaba vacía cuando entraron —dijo el oficial—. Algunos guardias los oyeron hablar de ello.

—Lo sé.

—Si preguntan dónde se encuentra el emperador…

—Dirán que sus restos permanecen bajo la custodia del palacio. No necesitan añadir nada más.

La respuesta pareció aliviarlo. Era una frase que podía repetir sin tener que comprenderla. Isaliria le indicó que convocara al Consejo de las Altas Casas Solares para la primera hora de la mañana y que enviara la citación antes de continuar con los interrogatorios.

—La sentencia de Ambarine ya fue dictada —dijo el oficial.

—Precisamente por eso no les tomará toda la mañana.

El hombre inclinó la cabeza y salió. Isaliria permaneció en la galería mientras el resto del servicio levantaba el cubo y recogía las últimas telas. Cuando se quedó sola, miró la puerta del templo. Habían llegado demasiado cerca. No solo Ambarine: también Aura, la joven que Isaliria aún no podía situar en ninguna familia, registro o propósito conocido. Había querido conservarlas a ambas dentro del palacio. Ahora una estaba encerrada y la otra sabía que la tumba de Emeter no contenía nada.

Le molestaba más de lo que quería admitir.

Apoyó los dedos en el broche de su pecho y notó que el metal seguía tibio por el cuerpo. «Una variable cada vez», pensó. Primero Ambarine. Después los fugitivos, el informe y Aura. Si permitía que la captura abriera una discusión nueva sobre Emeter, todos aquellos asuntos entrarían juntos en la misma sala y el Consejo tendría tiempo de fingir que la prudencia era una forma de no elegir.

Antes de abandonar la galería, pidió que nadie visitara a la prisionera sin su autorización.


La sala del Consejo olía a cera y a ropa húmeda. Había llovido antes del amanecer, y dos representantes llegaron con los bordes de sus mantos todavía oscuros. Isaliria los esperó en el asiento que ocupaba desde la muerte de Emeter. No era el del emperador. Se encontraba a poca distancia y recibía casi la misma luz de las ventanas, pero esa diferencia seguía presente cada vez que alguien cruzaba la sala.

Sobre la mesa habían colocado el legajo de Ambarine. El sello de las Altas Casas Solares estaba hundido en la cubierta y la cuerda que lo mantenía cerrado había perdido color durante los años. Isaliria no lo tocó hasta que se cerraron las puertas.

—Ambarine Folsitia fue capturada anoche dentro del palacio —comenzó—. Entró con un grupo armado durante una reunión de la corte, atacó a la guardia e intentó acceder a la cámara funeraria de Emeter. Tres de sus acompañantes murieron y otros escaparon. La condena dictada por este Consejo puede cumplirse hoy.

Un hombre sentado cerca de las ventanas se inclinó sobre la mesa.

—¿Hoy?

—Al atardecer.

—La ciudad todavía desconoce oficialmente la captura.

—La conocerán antes del mediodía.

La mujer que custodiaba las actas no miró a Isaliria. Abrió el legajo, comprobó la primera hoja y pasó otras dos con cuidado de no rozar el sello. Era mayor que la mayoría de los presentes y había participado en el Consejo que dictó la condena. Isaliria la había visto apoyar medidas urgentes y detener otras por una palabra mal colocada.

—La sentencia existe —dijo la consejera—. La captura permite ejecutarla, si se comprueba que la prisionera puede soportar el traslado y comprende la lectura de la pena.

—Un sanador la examinará.

—No me refiero solo a su estado.

La mujer levantó por fin la mirada. Tenía una mano sobre la página en la que figuraba la muerte de Emeter.

—Anoche volvió a hablarse de un informe anterior y de la cámara funeraria. Si han aparecido documentos que no fueron considerados por este Consejo, debemos recibirlos.

—No apareció ningún documento.

—Ambarine afirmó que existía.

—Ambarine entró por la fuerza en el palacio, produjo un combate y volvió a huir cuando se le ofreció entregar aquello que decía tener. Su afirmación no suspende una condena.

Otro representante pidió la palabra sin esperar a que la mujer contestara.

—¿Dónde se encuentran los restos de Emeter?

La pregunta recorrió la mesa sin que nadie moviera la cabeza. Isaliria miró a quien la había hecho. Era uno de los hombres que, durante los primeros meses, la visitó casi a diario para recordarle qué asuntos podía resolver una emperatriz viuda y cuáles debían esperar una sucesión formal. Después aprendió a enviar esas advertencias por escrito.

—Bajo custodia imperial.

—El Consejo no recibió noticia de un traslado.

—Porque no se trató de una nueva ceremonia ni de una declaración sucesoria.

—Entonces podrá informarnos después de la ejecución —intervino la consejera de las actas—. Pero debe hacerlo. La muerte de Ambarine cerrará la pena impuesta a Ambarine. No la reconocerá a usted como sucesora de Emeter ni iniciará una nueva línea imperial.

Isaliria apoyó las manos sobre los brazos del asiento. El pulgar encontró una pequeña imperfección en la madera y presionó hasta que le dolió.

—No los he convocado para tratar mi reconocimiento.

—Pero pide un acto público que muchas personas entenderán de esa manera.

—Les pido que respeten las reglas del mismo imperio y cumplan una sentencia impuesta por ustedes.

Nadie respondió enseguida. La lluvia había dejado gotas en una de las ventanas altas. Una descendió por el vidrio, se unió con otra y deformó por un instante la luz sobre la mesa.

Isaliria conocía aquella forma de negarse. No estaba en la primera concesión, sino en todo lo que colocaban detrás de ella. «Sí, pero todavía nos necesitas». Una persona cercana le había hecho algo parecido muchos años atrás, aunque entonces no había utilizado palabras cuidadosas ni se había protegido detrás de un Consejo.

La humedad de la sala desapareció bajo un olor a sal, madera mojada y comida guardada para que durara unos días más.

Durante su infancia, la lluvia entraba en la casa de Querialar por dos lugares. Su padre colocaba un recipiente debajo de la gotera mayor y movía la mesa para que la otra cayera sobre el suelo. Si el viento venía desde el mar, la madera de una de las paredes quedaba húmeda durante varios días. Isaliria dormía junto a esa pared y, algunas mañanas, despertaba con el cabello pegado a la mejilla y la manta fría cerca de los pies.

Su madre no permitía que aquella casa fuera lo primero que vieran de sí mismos. Cuando había comida suficiente para compartir sin contar cada porción, sacaba los pocos recuerdos de la familia y hablaba de Daliana. No necesitaba desplegar un mapa; describía el palacio iluminado por el sol, las tierras que habían obedecido a los Ruphana y la traición que los había expulsado. Decía que los Folsitia eran una familia secundaria hasta que Vish se volvió contra los gobernantes legítimos y les entregó lo que no les correspondía.

—¿Por qué los ayudó? —preguntó Isaliria una noche.

Su madre tardó un poco en responder.

—Porque también los dioses y los dragones pueden traicionar.

—¿Y nadie defendió a nuestra familia?

—Sobrevivimos. Eso es lo que ellos no consiguieron impedir.

El hermano de Isaliria estaba sentado en el suelo, arreglando una correa junto a su padre. Levantó la mirada.

—No preguntó eso.

La madre guardó silencio. Isaliria miró a su hermano, molesta porque hubiera señalado la diferencia antes de que ella pudiera hacerlo.

—Los vencedores conservaron los registros —continuó la mujer—. Borraron a quienes se opusieron y dejaron una historia donde siempre tenían razón. Si buscas una respuesta en sus documentos, encontrarás la respuesta que prepararon.

Isaliria aceptó aquella explicación. Empezó a utilizarla también cuando una parte del relato cambiaba. Si su madre no recordaba un nombre que había mencionado antes, los Folsitia lo habían borrado. Si no podía explicar por qué algunas familias de Querialar desconfiaban de los Ruphana, era porque la mentira había cruzado el mar. Cada ausencia demostraba que alguien se había esforzado en ocultar la verdad.

Preguntaba más que su hermano. Quería saber cuántos gobernantes hubo, qué puertas tenía el palacio y desde dónde podía verse el mar. Con pedazos de carbón dibujaba la costa que nunca había visitado y marcaba un edificio grande en el centro. Su madre corregía algunas líneas; otras veces le decía que los detalles ya no importaban. Isaliria volvía a empezar hasta que la forma se parecía a lo que había imaginado.

—Cuando regresemos, ¿vamos a vivir allí? —preguntó.

Su padre dejó de remendar una red.

—Primero debemos vivir aquí.

—Siempre dices eso.

—Porque seguimos aquí.

La respuesta la enfadó. Su madre le pidió que no discutiera y después apoyó una mano sobre su cabeza.

—Tú conocerás algo mejor —le dijo—. No tienes que aceptar esta vida como si fuera la única que corresponde a nuestra familia.

Isaliria lo recordó durante años. Recordó menos las manos dañadas de su padre y la manera en que su hermano cubría la gotera cuando ella quería seguir durmiendo.

El primer indicio del poder apareció una tarde en la que discutía con él. Isaliria había vuelto del puerto hablando de una familia que viajaría a otra isla durante el verano. Dijo que podía conseguir un lugar en su embarcación si su padre dejaba de tratarla como una niña. Su hermano se rió porque nadie iba a aceptar una deuda tan grande solo por conversar con ella.

Isaliria sintió calor detrás de los hombros. Al principio creyó que el sol entraba por la ventana, pero la luz estaba a su espalda y la sombra de su cuerpo se abrió sobre el suelo. Dos formas largas se extendieron a los lados, hechas de un resplandor rojizo que no nacía de plumas ni de huesos. Al volverse no encontró nada unido a su piel. El calor continuaba allí y una llama pequeña apareció sobre la mesa.

Su hermano retrocedió y golpeó el recipiente de la gotera. El agua se derramó entre los dos. Isaliria cerró las manos, asustada; la llama se inclinó hacia ella en lugar de apagarse. Su madre la cubrió con una manta hasta que la luz desapareció.

Durante los días siguientes probaron lejos de otras casas. La forma de las alas aparecía detrás de Isaliria cuando conseguía reunir suficiente Lay Len y se deshacía en cuanto perdía la concentración. Nunca podía tocarlas. El fuego sí alcanzaba la hierba, la madera y sus propias manos si lo llamaba sin cuidado. Terminaba con dolor en la espalda y los brazos, pero pedía intentarlo otra vez antes de recuperar por completo el aliento.

El rayo apareció después. No se extendió como las alas ni llenó el espacio de luz. Saltó desde dos de sus dedos hacia una pieza de metal que su padre había dejado cerca, produjo un chasquido y le adormeció la mano hasta la muñeca. Su madre la miró con una expresión que Isaliria no le había visto ni siquiera al hablar de Daliana.

—La sangre te eligió... —dijo entre lágrimas teñidas de un orgullo heredado que despertaba con una esperanza efímera de ver a su hija recuperando lo que les pertenecía.

Le contó que los Ruphana habían recibido ayuda de otro dragón cuando intentaron recuperar su territorio. No conocía su nombre ni podía explicar qué había entregado a la familia. Solo sabía que aquel poder había viajado con ellos y que, al igual que las alas, no había desaparecido.

—Entonces es verdad —dijo Isaliria—. Todo lo que me contaste... Daliana debe ser nuestra.

—Nuestra sangre no olvidó, ni los ancestros.

Su padre pidió que bajaran la voz. El hermano recogió la pieza de metal con un trozo de tela y la dejó lejos del agua.

—Tenerlo no significa que Daliana te pertenezca —dijo.

Isaliria todavía sentía los dedos entumecidos. Lo miró con una mezcla de rabia y lástima. Habían recibido una prueba dentro de su propia casa y él encontraba otra forma de negarla.

Desde entonces practicó sin pedirle que la acompañara. Aprendió a mantener el fuego cerca del cuerpo, a dirigir el rayo por superficies que pudiera prever y a detenerse cuando el dolor de la espalda volvía inestable la proyección. También empezó a observar con más atención a las personas del puerto. Había descubierto dos herencias que los demás no poseían: un poder guardado en su sangre y la facilidad de hacer que alguien continuara hablando después de decidir que no quería hacerlo. A medida que mejoraba en ambas, le costaba más aceptar que su padre o su hermano pudieran juzgar lo que ella debía intentar.

Una Isaliria más joven estaba de pie junto a una puerta en Querialar. Su hermano no quiso acercarse cuando le explicó lo que necesitaba.

—No te estoy pidiendo que lo hagas tú —le dijo Isaliria—. Solo vigila y avísame.

Él negó con la cabeza. No parecía asustado. Eso le dolió más, porque Isaliria no podía decirse que aceptaría si tuviera valor.

—No sabemos ni a quién pertenece —continuó ella—. Podría haber llegado a sus manos del mismo modo.

—Y podría no haber sido así.

—Madre dijo que tenemos que dejar de esperar a que alguien nos devuelva lo que nos quitaron.

Su hermano bajó la voz al responder, aunque no había nadie cerca.

—Madre hablaba de Daliana. Tú hablas de robar otra vez.

Isaliria sintió calor en la cara. Los dos habían crecido escuchando la misma historia. Habían visto a su madre conservar los pocos objetos que vinculaban a su familia con los Ruphana, y a su padre calcular qué podían comprar antes de que cambiara la estación. No entendía cómo él podía separar una necesidad de la otra justo cuando ella había encontrado algo que les permitiría avanzar.

—Cuando lo consiga, también lo vas a utilizar.

—No.

—Entonces no lo hagas. Quédate aquí.

Esperó que la llamara al abrir la puerta. Él no lo hizo.

Isaliria fue sola. Durante el trayecto repitió cada paso hasta estar segura de que no necesitaba a nadie vigilando. Logró llegar hasta lo que buscaba y sujetarlo con ambas manos. Fue al intentar salir cuando escuchó una voz detrás de ella.

La retuvieron en una habitación pequeña. Al principio no pudo dejar de mirar la puerta, esperando ver entrar a su padre o a su hermano, pero quienes la habían descubierto todavía no sabían quién era. Uno quiso llamar a una autoridad. Otro insistió en averiguar para quién trabajaba. Isaliria tenía la boca seca y las piernas le temblaban debajo de la mesa.

Respondió primero lo mínimo. Cuando eso no bastó, escuchó las preguntas en lugar de seguir pensando en lo que le harían. El hombre que quería denunciarla temía haber permitido que otra persona entrara antes. El segundo no quería explicar a su superior por qué una joven había llegado tan lejos sin que nadie la detuviera. Isaliria admitió que había tomado algo, negó que alguien la enviara y permitió que ambos imaginaran un error menos peligroso para ellos que la presencia de un ladrón organizado.

No recordaba todas las palabras. Sí recordaba el instante en que dejaron de preguntarle quién más estaba implicado y empezaron a discutir qué versión podían repetir. Isaliria les ofreció una que no los convertía en responsables. La hicieron devolver lo que llevaba y la dejaron marcharse con la amenaza de no volver.

Afuera, tuvo que apoyar una mano en una pared. Sentía las rodillas débiles y una risa le subía por el pecho sin que estuviera contenta. La habían atrapado. Había fracasado. Aun así, cruzó las calles sin que nadie fuera detrás de ella.

Su padre se levantó al verla entrar en casa. Le tocó los brazos y la cara buscando heridas. El hermano permaneció junto a la mesa.

—¿Te siguieron? —preguntó.

—No... Idiota. Me abandonaste...

—¿Lo conseguiste?

Isaliria lo miró unos momentos.

—Conseguí salir.

Su hermano apartó los ojos. Ella quiso contar cómo había comprendido a quienes la retenían, cómo logró cambiar la conversación cuando ya parecía decidido que llamarían a otros. En lugar de eso, su padre preguntó si debían abandonar la casa. Isaliria respondió que no y se encerró antes de que le preguntaran algo más.

Aquella salida no le entregó lo que había ido a buscar, pero le mostró algo que podía conservar. Las personas no necesitaban creer por completo una explicación. A veces bastaba con ofrecerles una que protegiera aquello que no querían perder.

Pasó tiempo antes de que se marchara de Querialar. Para entonces ya sabía entrar en conversaciones que no habían comenzado para ella, conseguir encargos y permitir que otros hablaran de su utilidad. Cuando preparó el equipaje, dejó comida y una bolsa con dinero sobre la mesa. Contó las monedas dos veces. Eran suficientes para que su padre y su hermano no tuvieran que pedir ayuda durante un tiempo, pero no tantas como para obligarla a renunciar al viaje.

Su padre puso la mano sobre la bolsa sin recogerla.

—Espera a que regrese —le pidió—. No te vayas así.

Isaliria ajustó la correa del equipaje. Había oído esa petición antes, con otras palabras: espera, todavía no, piensa en lo que puede salir mal.

—Él eligió quedarse.

—No eligió perderte.

La puerta se abrió cuando ella ya salía. Su hermano se detuvo al verla con el equipaje y miró después el dinero sobre la mesa.

—Isaliria…

Ella esperó. Él abrió la boca, pero su padre se interpuso para explicarle que su hermana se marchaba. Isaliria no quiso escuchar otra negativa convertida en preocupación. Cruzó la puerta antes de que terminara.

Durante años recordó que él no había ido tras ella. Casi nunca recordaba que pronunció su nombre.

No llegó a Ill'osjalf con una posición esperándola. Durante los primeros meses aceptó trabajos que le permitían permanecer cerca de comerciantes y funcionarios aunque solo estuviera allí para copiar un registro, entregar una carta o esperar una firma. Escuchaba incluso cuando fingían que ella no se encontraba en la habitación. Aprendió qué familias prestaban dinero, cuáles necesitaban una ruta marítima y qué funcionarios temían que una revisión descubriera sus errores.

Una de sus primeras oportunidades surgió cuando un cargamento quedó retenido en el puerto. El comerciante culpaba al funcionario que había recibido las cajas; el funcionario aseguraba que el sello estaba roto antes de que llegaran a sus manos. Isaliria había visto descargar la embarcación y sabía que ninguno decía toda la verdad. Se ofreció a llevar un mensaje y regresó con una explicación distinta: el sello había cedido por la humedad durante el viaje, el funcionario lo había advertido a tiempo y el comerciante aceptaría una revisión parcial para evitar otra demora. Ninguno había dicho eso. Ambos aceptaron repetirlo porque les permitía recuperar las mercancías sin admitir una falta.

El comerciante creyó que Isaliria lo había ayudado a él. El funcionario pensó lo mismo. Días después, cada uno la recomendó ante una persona distinta.

Isaliria empezó a reunir favores de esa manera. Algunas veces resolvía un problema real; otras, trasladaba una frase entre dos personas hasta que ambas escuchaban lo que necesitaban. No inventaba siempre. Una verdad incompleta era más fácil de defender y permitía culpar a quien hubiera entendido otra cosa. Cuando necesitaba mentir, añadía detalles pequeños que nadie consideraba importantes hasta que ya formaban parte de la historia de otra persona.

También aprendió los modales de quienes tenían una casa seca, sirvientes y espacio de sobra en su mesa. Cambió su forma de vestir antes de poder pagar telas mejores, imitando cortes que veía en otras mujeres y arreglando la misma prenda para distintas reuniones. Escuchó cómo hablaban de Querialar quienes nunca habían pasado hambre allí y permitió que creyeran que conocía a familias más importantes que la suya. No sintió vergüenza. Cada puerta que se abría confirmaba que su padre y su hermano habían aceptado demasiado pronto el lugar que otros les concedieron.

Sus protectores no eran amigos. Uno esperaba que facilitara un acuerdo comercial; otro quería colocar a una persona de confianza cerca de un rival; una familia la presentaba en sus reuniones porque su procedencia resultaba interesante mientras no preguntara demasiado. Isaliria cumplía lo suficiente para conservar su apoyo y procuraba que cada favor dejara otro pendiente. Cuando alguien intentaba apartarla, descubría que otra persona todavía necesitaba algo de ella.

Los poderes permanecieron ocultos durante aquel ascenso. Practicaba el fuego lejos de las viviendas y reducía la proyección de las alas hasta que solo una luz fina recorría el aire detrás de sus hombros. Con el rayo avanzó de forma distinta. No buscó aumentar su fuerza; aprendió a dirigirlo por metal, agua o trazados preparados, a interrumpirlo antes de que se dispersara y a reconocer el dolor que anunciaba una pérdida de precisión. Las alas ocupaban espacio y exigían sostener una presencia. El rayo podía esconderse dentro de un movimiento pequeño.

Cuando obtuvo un cargo diplomático, quienes impulsaron su nombre pensaban que viajaría para proteger sus rutas y extender sus acuerdos. Isaliria no les prometió otra cosa. Los dejó preparar cartas donde hablaban de su prudencia, su utilidad y su lealtad a Ill'osjalf. Cada carta decía una parte cierta y ninguna mencionaba por qué ella había pedido Daliana.

Vio el territorio desde la cubierta de una embarcación. Primero distinguió la línea alta de la costa y después los edificios que recibían el sol. El palacio era diferente al que dibujó con carbón en el suelo de Querialar. Tenía más torres, otras murallas y una distancia que su madre nunca había podido describir. Isaliria permaneció junto a la borda hasta que el puerto ocultó una parte de la vista.

No pensó que llegaba a un lugar nuevo. Pensó que había tardado demasiado en volver.

Dalia llevaba dos años muerta. Isaliria no había conocido a la emperatriz ni tuvo relación con la enfermedad que la mató. Encontró las consecuencias: Emeter continuaba gobernando, pero el duelo había dejado espacios abiertos en la familia y en la corte. Ambarine se había vuelto seria, evitaba asuntos relacionados con el matrimonio y todavía reaccionaba cuando alguien hablaba de su madre como si una posición pudiera llenarse con otra persona.

Isaliria no intentó ocupar ese lugar al principio. Escuchó a Emeter hablar de estabilidad, de las casas que discutían cada decisión y del futuro del linaje. Frente a Ambarine era cuidadosa. No le exigía cercanía, recordaba cuándo quería permanecer sola y procuraba que cada gesto afectuoso pareciera una elección de la joven. La paciencia le dio entrada donde una ambición visible la habría dejado como otra embajadora extranjera.

Después llegó el matrimonio. Algunas personas de Ill'osjalf celebraron que una mujer promovida por ellas entrara en la familia imperial. Emeter creyó haber encontrado a alguien capaz de acompañarlo sin competir con Dalia. Isaliria observó el palacio desde habitaciones que antes solo había conocido mediante historias y pensó en la mesa húmeda de Querialar. No escribió a su padre ni a su hermano.

Ganó aliados entre comerciantes, casas y funcionarios. Facilitó permisos a quienes podían sostener su posición, reemplazó responsables que seguían ligados a la familia de Dalia y permitió que las confiscaciones alimentaran nuevas dependencias. La división de Daliana ya existía; Isaliria la volvió más útil. Si los Salim, los kunan, los kunaras, los semi-humanos y las familias expulsadas necesitaban rutas distintas para defenderse, tendrían más dificultad para reconocerse como parte del mismo daño. Mientras discutieran entre ellos o buscaran el favor de una casa superior, no lo harían contra el palacio.

Emeter seguía siendo el centro que no podía reemplazar. La llamaban emperatriz por su matrimonio y aceptaban su presencia en las reuniones, pero las órdenes importantes conservaban la firma Folsitia. Ambarine continuaba siendo la heredera y cada discusión sobre su futuro recordaba a Isaliria que la sangre Ruphana todavía vivía dentro del palacio de otra familia.

Decidió matar a Emeter después de comprender que nunca le entregaría la continuidad que buscaba. No actuó durante un arrebato. Estudió sus hábitos, la regularidad de su pulso, los tónicos que tomaba cuando dormía poco y las ocasiones en que podía tocarlo sin atraer una mirada. Durante semanas introdujo en uno de esos preparados una sustancia que por sí sola no lo enfermaba. Servía como anclaje: retenía dentro de su cuerpo una sintonía mínima relacionada con el poder de las alas y le abría al rayo un camino que Isaliria podía reconocer.

Probó cantidades pequeñas. Emeter no sintió más que un cansancio que ya esperaba sentir. Isaliria percibía el anclaje cada vez que acercaba la mano a su pecho o le sostenía la muñeca. Esperó hasta poder seguir el ritmo del corazón sin producir una descarga visible.

La mañana posterior a la última discusión entre Emeter y Ambarine, vio la oportunidad perfecta y se sentó con él antes del almuerzo. Emeter estaba preocupado. Habló de su hija, de la obligación del linaje y de que debía darle tiempo para calmarse. Isaliria lo dejó hablar. Cuando él extendió una mano sobre la mesa, ella colocó la suya encima.

El rayo no iluminó la habitación. Entró por el punto preparado como una corriente estrecha y alcanzó el corazón entre dos latidos. Isaliria sintió bajo los dedos el siguiente movimiento, débil y fuera de tiempo. Después no hubo otro.

Emeter intentó tomar aire. La silla rozó el suelo y su cuerpo cayó antes de que Isaliria se levantara. Ella permaneció a su lado, llamándolo, hasta escuchar pasos fuera de la sala. Ambarine apareció mientras Isaliria todavía tenía una mano cerca de él.

La joven vio a su padre en el suelo y no pidió una explicación. El fuego llegó primero. Isaliria levantó una barrera y permitió que parte de la descarga alcanzara el espacio alrededor del cuerpo. La magia de Ambarine dejó un residuo visible sobre la intervención oculta. Cuando entraron los guardias, encontraron a la princesa atacando, a Isaliria detrás de una defensa y a Emeter muerto entre ambas.

Isaliria señaló a Ambarine antes de que alguien preguntara qué había ocurrido.

Después utilizó cada hora que siguió. Impidió que Ereel continuara el examen, unió el rastro del anclaje con el fuego disperso y consiguió que el miedo a una crisis sucesoria apresurara las conclusiones. No necesitaba que todos los presentes mintieran. Bastaba con que un sanador dudara de sí mismo, que los guardias repitieran lo que habían visto y que el Consejo recibiera una historia completa antes de conocer sus vacíos.

Ambarine huyó antes de la condena. Ese error había perseguido a Isaliria durante años. Poseía el gobierno, el palacio y suficientes personas dependientes de sus favores para imponer reformas, pero no podía obligar al Consejo a reconocer una línea nueva ni completar el fuego ritual de Emeter. Él seguía bajo custodia en una tumba especial que preservaba su cuerpo. La hija que debía responder por su muerte continuaba viva. Mientras ambas cosas fueran ciertas, Isaliria gobernaba desde un lugar que todos obedecían y nadie terminaba de entregarle.

Una hoja raspó la mesa del Consejo y los recuerdos se detuvieron. La consejera había girado el legajo hacia Isaliria. En la última página podía verse su propia firma, junto a las de quienes aprobaron la sentencia años atrás.

—El Consejo puede ordenar que se cumpla —dijo la mujer—. Pero quiero que conste que cualquier solicitud de sucesión se examinará por separado y que los documentos mencionados anoche podrán ser presentados aunque Ambarine haya muerto.

Isaliria apartó el pulgar de la madera. Había dejado una marca roja sobre la piel.

—Que conste.

El hombre junto a las ventanas la observó con sorpresa. Tal vez esperaba que discutiera hasta convertir la mañana en una defensa de su título. Isaliria no necesitaba obtenerlo todo en aquella mesa. Necesitaba que firmaran lo primero.

Conocía los intereses de varias personas sentadas alrededor. Unas casas habían recibido rutas que antes compartían con comerciantes Salim; otras compraron propiedades confiscadas o colocaron familiares en oficinas que controlaban permisos y registros. Habían apoyado sus reformas porque obtenían algo de ellas, no porque aceptaran la restitución Ruphana que Isaliria nunca les había confesado. Ahora esos mismos beneficios las hacían obedientes en algunos asuntos y cautelosas en otros. Ninguna quería devolver lo recibido; tampoco querían que Isaliria dejara de necesitarlas.

Durante años imaginó el final de aquella dependencia. Emeter sería despedido mediante el fuego ritual, la última resistencia Folsitia desaparecería y el Consejo reconocería una continuidad nueva. Las casas que se inclinaban solo lo necesario aprenderían a temer la posibilidad de perder sus rutas, sus oficinas y sus nombres. Daliana vería a Isaliria en el lugar que su madre describió, gobernando sin que nadie pudiera llamarla embajadora, viuda o autoridad provisional.

La muerte de Ambarine no completaría por sí sola esa visión. La consejera se lo acababa de recordar. Sin embargo, eliminaría a la única heredera capaz de presentarse ante el palacio y convertir las dudas sobre Emeter en una disputa viva. Después podría ocuparse de los ritos, los votos y las condiciones que aún pretendían imponerle. Primero necesitaba que la ciudad viera a la hija condenada por la muerte del padre.

—La ejecución se realizará al atardecer, en la explanada entre el palacio y el acantilado —continuó—. La sentencia se leerá ante la corte y la ciudad. Ambarine será trasladada desde el ala oriental después de la revisión del sanador. Permanecerá separada de cualquier otro detenido y no recibirá visitas.

—La pena establece el uso de la espada reservada al linaje —recordó otro representante.

—El custodio la preparará.

—No se ha utilizado desde antes de Emeter.

—Entonces tendrá tiempo suficiente para comprobarla antes del atardecer.

La consejera cerró el legajo, pero conservó una mano sobre la cubierta.

—No aceptaré que se modifique la lectura para añadir acusaciones que este Consejo no juzgó. La incursión de anoche puede mencionarse al rechazar una revisión o un pedido de clemencia. No puede convertirse en prueba del asesinato.

Isaliria sostuvo su mirada. La mujer acababa de concederle casi todo lo que necesitaba y todavía quería dejar claro que la concesión tenía bordes.

—Se leerá la sentencia existente —respondió—. Después se informará por qué no habrá demora.

Pidieron la entrada del escribano. Cada condición fue añadida al acta y leída en voz alta. Mientras discutían si el examen del sanador debía realizarse antes o después del mediodía, Isaliria llamó al oficial que esperaba fuera y le entregó una hoja con órdenes preparadas durante la noche.

—Lleve la primera copia a la guardia del ala oriental —dijo—. La segunda, al responsable de la explanada. Los anuncios saldrán en cuanto el Consejo coloque el sello.

El oficial miró la parte inferior todavía vacía.

—¿Espero las firmas?

—Espere junto a la puerta.

Regresó a su lugar. La consejera de las actas había oído el intercambio y no hizo ningún comentario. Tomó la pluma, firmó debajo de las condiciones que exigió y la pasó a la persona de su derecha.

Las firmas avanzaron alrededor de la mesa. Algunos representantes leyeron todo antes de escribir; otros buscaron el sello anterior y añadieron el nombre cerca. Isaliria no los apuró. Cuando el documento regresó, estampó el sello del gobierno provisional sin colocarlo sobre el de las Altas Casas. La cera aún estaba blanda cuando el oficial recibió las copias.

Dos mensajeros partieron antes de que la sesión terminara. Uno descendió hacia las plazas con el nombre de Ambarine expuesto bajo la sentencia. El otro cruzó hacia el ala oriental, donde los guardias prepararían su traslado y ajustarían las cadenas que debía llevar frente a la ciudad.

Isaliria los vio separarse desde la ventana alta. El Consejo seguía detrás de ella, hablando de los límites de una sucesión que aún no estaban dispuestos a reconocer. No volvió para corregirlos. Antes del mediodía, discutirían el título entre ellos; en las calles, en cambio, ya estarían leyendo una versión firmada por todos.

Isaliria apoyó la mano en una baranda. Sonrió apenas, pero no intentó ocultarlo. Esta vez no había tenido que convencer a una sola persona: todos habían puesto algo de su propia mano para que el acto ocurriera al atardecer.


Ambarine despertó sin saber cuánto tiempo había pasado.

No había ventanas en la celda. Una lámpara protegida por una rejilla ardía junto a la puerta y su luz no cambiaba. La comida que alguien había dejado sobre el suelo seguía intacta. El agua, no. Había bebido al despertar la primera vez, o quizá la segunda; no podía ordenar bien las horas. Cada vez que intentaba incorporarse, le temblaban las piernas y la tela rozaba la quemadura del brazo.

Apoyó la cabeza en la pared. La piedra estaba fría.

Aura había quedado al otro lado de la puerta pequeña del portón, sostenida por Brenor. Ambarine le había tocado la mejilla antes de levantar el muro de llamas. Tirka no quería dejar de cubrirla con la lanza. Rayenteeka ayudaba a Nashira, y Shaeli sostuvo la hoja hasta que Ambarine le pidió que cerrara. Vio la calle por última vez antes de apagar el fuego y levantar las manos. Orven no había salido de la galería.

Ambarine cerró los ojos.

El rostro de Orven aparecía con una claridad que no tenían los demás. No como lo había visto al final, sino unas horas antes, junto al cruce que llevaba al templo. Había dicho que se quedaría con Brenor, Nashira y los otros tres para buscar por dónde volver al patio. Si daba la orden de salir, regresarían, aunque todavía no hubieran llegado a la cámara. Ella lo había aceptado y continuó hacia allí.

«¿En qué me equivoqué?»

La respuesta más fácil era en haber entrado. La más cruel, en no haber previsto cada puerta cerrada, cada soldado adicional, cada ausencia dentro de la tumba. Ninguna le servía. Si se detenía en ellas podía transformar cualquier fracaso en una sola decisión y fingir que todo habría terminado bien de haber elegido lo contrario.

¿Y si hubiera suspendido la incursión cuando supo que habían cerrado la salida? ¿Y si no hubiera llevado a Aura? ¿Y si hubiese escuchado a Shaeli cuando le recordó que todavía tenían que regresar?

Esto habría sido distinto, pensó. Orven seguiría vivo. Aura no estaría herida. Ella no estaría allí.

Pero Emeter continuaría desaparecido y la mentira seguiría ocupando su lugar.

Una llave giró al otro lado de la puerta.

Ambarine abrió los ojos. Entraron dos guardias y una mujer con el emblema médico del Consejo bordado en la manga. La mujer dejó un estuche en el suelo, se arrodilló a una distancia prudente y pidió que extendiera las manos.

—¿Mis compañeros están vivos? —preguntó Ambarine.

La mujer le tomó el pulso. Uno de los guardias miró hacia la puerta.

—¿Puede mantenerse de pie sin ayuda? —preguntó la sanadora.

—¿Aura está viva?

—Necesito saber si puede mantenerse de pie.

Ambarine retiró la mano. El movimiento le hizo arder el brazo.

—Sí.

La sanadora examinó sus pupilas, apartó con cuidado la tela de la quemadura y le hizo repetir su nombre, el de sus padres y el lugar donde se encontraba. No preguntó para curarla. Verificaba que comprendiera lo que iba a ocurrir.

—Puede ser trasladada —dijo al levantarse.

Los guardias le entregaron una túnica gris sin broches ni cordones. Esperaron fuera mientras se cambiaba. Después entraron con los grilletes.

No le cubrieron la cabeza.

La condujeron por corredores de servicio que Ambarine conocía sólo a fragmentos. De niña había corrido por algunos para evitar una lección o llegar antes a las cocinas. Ahora encontró puertas tapiadas, nuevos puestos de vigilancia y emblemas del gobierno provisional colocados sobre los antiguos. El sol incompleto de los Folsitia permanecía en los arcos, pero aparecía rodeado por una segunda línea de metal oscuro.

Pensó en la cámara vacía bajo el templo.

Su padre debía estar allí. No porque la tumba le perteneciera por derecho, sino porque ella necesitaba verlo. Necesitaba saber qué le habían hecho, despedirse de algo más que una acusación y dejar de reconstruir sus últimos minutos con pruebas que nunca alcanzaban.

Los guardias la hicieron descender. El aire se volvió húmedo y la piedra empezó a oler a sal.

El cadalso había sido construido en la explanada occidental, entre el palacio y el acantilado. Ambarine lo vio primero desde abajo, a través de una abertura por donde entraba la luz de la tarde: una plataforma elevada sobre pilares claros, con gradas para las autoridades y un espacio central demasiado estrecho para confundirlo con una tribuna. El mar se extendía detrás. El viento empujaba su ruido contra los muros.

En el centro de la plataforma había un apoyo angosto para los pies. Dos cadenas descendían desde una estructura superior y terminaban en argollas abiertas. Debajo del entablado, a cada lado, vibraban dos cajas revestidas de cuarzelita. Una tercera estaba sujeta al arco de arriba.

Ambarine reconoció el zumbido antes de sentirlo en los dientes.

—Suba —ordenó uno de los guardias.

La fijaron por las muñecas. Las cadenas mantuvieron sus brazos elevados, sin llegar a suspenderla, y un aro más ancho le cerró la cintura contra el soporte. Cuando ajustaron la tercera caja, el zumbido cambió. Una presión irregular le recorrió los brazos.

Intentó formar una chispa apenas visible entre los dedos.

La luz no llegó a nacer. Se dobló hacia la argolla y le atravesó la mano como una aguja caliente. Ambarine contuvo el aire. La caja inferior respondió con un golpe seco.

«No sigas», le había pedido Aura en la galería, después de ver cómo el instrumento deformaba su magia. «La energía está. No está haciendo lo que le pides.» Ambarine había vuelto a intentarlo. Recordó el fuego desviándose hacia su propia manga.

La plataforma comenzó a elevarse.

Primero apareció el cielo. Luego los techos cercanos, las banderas, el borde del acantilado y, por último, la plaza.

Había más personas de las que Ambarine esperaba. Ocupaban el espacio entre los edificios y se extendían hacia las calles laterales, contenidas por filas de soldados. Desde arriba no podía distinguir los rostros, sólo manchas de color, movimientos breves y un rumor que el viento rompía. En las gradas reservadas reconoció ropas de las Altas Casas, funcionarios del templo y representantes de distritos que años atrás apenas eran admitidos en el patio exterior.

Isaliria estaba en el palco central.

No llevaba una corona. Un dosel oscuro marcaba su lugar y dos oficiales permanecían detrás de ella. La distancia permitía que pareciera inmóvil, ajena al trabajo de las cadenas y al ruido de las cajas.

Un relator se adelantó con un documento abierto.

—Ambarine Folsitia, hija de Emeter Folsitia y de la emperatriz Dalia, última descendiente reconocida de la casa custodial...

Un custodio retiró la tela que cubría la mesa situada frente al cadalso.

La espada ceremonial reposaba debajo.

Ambarine dejó de escuchar durante un instante.

La hoja clara tenía un canal rojizo en el centro. La guarda se abría como dos alas rodeadas de llamas y el pomo mostraba un sol al que le faltaba uno de sus radios. No era una imperfección: cada gobernante añadía el suyo durante la ceremonia de reconocimiento. Cerca de la empuñadura quedaban marcas pequeñas, desgaste dejado por las manos de quienes la habían sostenido antes.

La primera vez que la vio, Emeter llevaba una capa demasiado pesada para el clima y fingía que no le molestaba. Dalia caminaba a su alrededor arreglando aquello que los asistentes ya habían arreglado tres veces.

—Si sigues moviéndote, terminarán la ceremonia mañana —le dijo ella.

—Ellos eligieron una capa que intenta derribarme.

—La capa sabe que no has desayunado.

Ambarine, todavía pequeña, se acercó a la mesa mientras discutían y puso ambas manos en la empuñadura. Tiró de ella. La espada no se movió.

—No es un juguete —dijo Dalia, aunque estaba sonriendo.

Emeter se agachó a su lado.

—Cuando seas mayor podrás sostenerla.

—¿Sin ayuda?

—Sin ayuda. Y tendrás que decir todas las palabras sin equivocarte.

—Emeter —lo reprendió Dalia—. Primero deja que aprenda a no mancharse la cara con tinta.

Le limpió la mejilla con el pulgar. Ambarine había imaginado entonces una ceremonia futura en la que los dos estarían a cada lado de ella. Su padre le entregaría la espada. Su madre corregiría su cabello antes de que pudiera protestar.

No había imaginado que volvería a verla desde unas cadenas.

—...en cumplimiento de la sentencia emitida por el Consejo de las Altas Casas Solares —continuó el relator— y ratificada en esta fecha por sus representantes...

La voz llegaba amplificada por una placa bajo sus pies. Cada palabra regresaba desde las paredes del palacio.

El nombre de Dalia había quedado suspendido en ella.

Durante la enfermedad, la habitación de su madre olía a paños hervidos, infusiones y flores que renovaban antes de marchitarse. Ambarine se sentaba cerca de la ventana con un libro abierto. Pasaba las páginas cuando entraba alguien, pero llevaba días detenida en el mismo párrafo.

Dalia tenía las manos frías.

—Ven más cerca —le pidió una tarde.

—El sanador dijo que debes descansar.

—También dijo que no dejarías de vigilar cada frasco que entra aquí.

Ambarine miró la bandeja. Había aprendido los nombres de las raíces, las cantidades y las horas. Creía que, si entendía lo suficiente, encontraría el error que los adultos no veían.

—No todos saben lo que hacen —respondió.

—Eso es cierto —dijo Dalia—. Pero no tienes que aprenderlo todo hoy.

Ambarine se acercó. Su madre le acarició el cabello con una lentitud que la asustó más que la fiebre.

¿Y si hubiese empezado antes? ¿Si hubiera encontrado otro sanador, otra mezcla, una causa que nadie buscó? Durante años había vuelto a aquellas botellas como si una niña pudiera haber visto lo que no encontraron los médicos del palacio.

Después de la muerte de Dalia entrenó hasta que le temblaban las piernas y estudió hasta quedarse dormida sobre los registros. Quería no volver a ser inútil frente a una cama. Quería que ninguna persona pudiera apartarla con una explicación incompleta.

Mucho tiempo después, Ereel había colocado dos placas ante ella y le había pedido que indicara cuál conservaba la huella de una persona concreta. Ambarine eligió una. Ereel negó con la cabeza.

—Puedes reconocer un parentesco —le dijo—. Todavía no puedes asegurar cuál de ellos dejó la marca.

Ella insistió hasta repetir la prueba. Volvió a fallar.

En el cadalso, el relator describía como certeza aquello que la prueba nunca había podido demostrar.

—La acusada fue hallada junto al cuerpo del emperador. Su afinidad quedó registrada en el lugar del crimen y fue confirmada por examinadores de la corte...

Una ráfaga movió el documento. El hombre esperó a que dos asistentes lo sujetaran.

Ambarine flexionó los dedos. La mano derecha empezaba a entumecerse.

La última vez que habló con su padre, él estaba de pie junto a la mesa de trabajo. Había dejado preparados tres expedientes con nombres de familias que Ambarine conocía demasiado bien. No necesitó abrirlos.

—No te estoy pidiendo que elijas hoy —dijo Emeter—. Te pido que dejes de rechazar toda conversación.

—Llevamos años teniendo la misma conversación.

—Porque llevas años creyendo que puede desaparecer si la ignoras.

—No la ignoro. Te he dicho que no.

Emeter apoyó una mano sobre los expedientes.

—No se trata sólo de ti.

—Nunca se trata sólo de mí cuando quieres decidir por mí.

La expresión de su padre cambió. No fue ira al principio, sino cansancio. Ambarine lo vio y aun así continuó.

—¿Cuánto tiempo esperas que finja que alguno de esos nombres me importa? —preguntó—. ¿Cuánto hasta que admitas que no voy a darte la sucesión que planeaste?

—No necesito que finjas.

—Entonces deja de pedirlo.

—Necesito que entiendas lo que puede ocurrir cuando yo no esté.

—Siempre depende de mí cuando tú no quieres aceptar que algo termina.

El silencio que siguió fue breve. En su recuerdo, sin embargo, ocupaba toda la habitación.

Emeter pronunció su nombre cuando ella llegó a la puerta.

Ambarine no volvió.

Al día siguiente regresó dispuesta a disculparse por la forma, no a aceptar el matrimonio. Encontró a Isaliria con él y decidió esperar al final del corredor. Pensó que habría tiempo cuando terminara la reunión. Después oyó el golpe.

¿Y si hubiera entrado antes? ¿Si no hubiese salido la noche anterior? ¿Si hubiera vuelto cuando él dijo su nombre?

Esto habría sido distinto, se decía. Habría visto lo que Isaliria le daba. Habría llamado a los guardias. Tal vez Emeter seguiría vivo.

Tal vez sólo habría muerto delante de ella.

La idea no disminuía el arrepentimiento. Ambarine quería haber regresado. Quería haberle dicho que lo amaba y que seguía enfadada; que su negativa no era abandono; que él podía temer por Daliana sin convertir el cuerpo de su hija en una garantía. Quería escuchar una disculpa que Emeter nunca había ofrecido y darle la que ella retuvo por orgullo.

Le costaba mantener separadas ambas cosas. El dolor siempre intentaba unirlas, hacer de su desobediencia la causa de su muerte.

—La acusada atacó a la emperatriz Isaliria y huyó del recinto imperial —leyó el relator—. Con ello confirmó su resistencia a la custodia y su intención de eludir el juicio de las Altas Casas.

Ambarine buscó a Isaliria desde el borde de su visión.

Recordó otra galería, varios años antes. Había discutido con Emeter y se ocultó cerca del jardín de invierno para que nadie la encontrara llorando. Isaliria apareció con un vaso de agua. No le ordenó volver, no le habló de Dalia ni intentó ocupar su lugar. Dejó el vaso a su alcance y se sentó a cierta distancia.

—No tienes que contarme nada —dijo.

Ambarine terminó contándoselo.

Isaliria escuchó sin interrumpir. Hizo dos preguntas sencillas y ninguna parecía dirigida a defender a Emeter. Aquella tarde, Ambarine creyó encontrar a una persona capaz de verla fuera del linaje, fuera de la obediencia que todos esperaban.

«¿Qué parte de eso era cierta?»

Quizá Isaliria había sido paciente porque ya sabía cuánto podía obtener. Quizá no todo había sido falso. Esa posibilidad era peor. Significaba que podía comprender el dolor de otra persona y utilizarlo de todos modos.

«¿Y si no le hubiera contado nada?»

Habría buscado otra abertura. Ambarine lo sabía ahora. Isaliria no había llegado al palacio gracias a una sola confianza, y tampoco había gobernado gracias a una sola muerte.

El relator levantó una segunda hoja.

—La incursión cometida contra el templo imperial durante la última noche demuestra que la condenada conserva medios, aliados y voluntad para perturbar la paz. Por decisión conjunta, se rechazan las solicitudes de revisión y clemencia consideradas hoy y se dispone cumplir la sentencia sin demora.

El rumor de la plaza creció. Ambarine no pudo distinguir si expresaba aprobación, miedo o sorpresa. Se negó a convertirlo en apoyo sólo porque lo necesitaba. Había aprendido en el exilio cuánto podía equivocarse alguien al interpretar el silencio ajeno.

Al principio viajaba con documentos falsos y una lista de nombres que no confiaban en ella. Creía que bastaría con revelar quién era, encontrar pruebas y regresar. En cambio encontró aldeas donde el apellido Folsitia significaba impuestos; barrios que habían visto llegar a los recaudadores antes que a los médicos; familias kunara que no necesitaban otra promesa pronunciada desde un caballo.

Nadie le había pedido que fuera princesa.

Le pidieron rutas seguras. Alimentos. Una persona que volviera después de ofrecer ayuda. Ambarine se equivocó de caminos, calculó mal provisiones y llegó tarde más de una vez. Aprendió a no prometer lo que no podía cumplir. Aprendió también que no bastaba con trabajar más que todos si continuaba tomando sola las decisiones que los afectarían.

Shaeli le dio nombres y refugios que no aparecían en los mapas. Nashira discutió sus órdenes hasta obligarla a explicar aquello que antes habría presentado como necesario. Tirka formulaba preguntas directas que no podían apartarse con cortesía. Brenor y Cael permanecían cerca porque podían marcharse, no porque le debieran obediencia.

Fuegel la había recibido sin pedirle que demostrara su sangre. Aura entró al palacio conociendo el riesgo y por motivos que también eran suyos.

Ambarine tardó en comprenderlo. A veces todavía lo olvidaba.

Vio a Syrit en el invernadero, tratando de deshacer el nudo de la tira de tela mientras le reprochaba haber dejado de visitarla durante casi un año. Había decidido por ella y llamó protección a desaparecer sin explicárselo.

«¿Y si no hubiera dejado pasar aquel año sin visitarla?»

No para pedirle ayuda. No para corregir la escena. Sólo para escuchar la respuesta después de haberle dejado espacio para tener una.

Las cadenas tiraron de sus hombros cuando uno de los asistentes ajustó el apoyo de los pies. Ambarine inhaló con cuidado. Ya no sentía dos dedos de la mano derecha.

El custodio se colocó junto a la espada.

—Esta hoja fue entregada a la casa Folsitia junto con la custodia de Daliana —declaró—. No pertenece a la sangre que la porta, sino a la ciudad que esa sangre juró servir. Cuando la custodia se vuelve contra Daliana, la misma hoja retira aquello que le fue confiado.

Ambarine había leído una versión más antigua de esas palabras en los archivos. Entró buscando la prueba de que el gobierno de Emeter debía ser restaurado y encontró un pacto condicionado, reconocimientos que podían retirarse y obligaciones que su familia terminó confundiendo con propiedad.

«Mi padre no creó todo esto», había pensado entonces.

Seguía siendo verdad. También era insuficiente.

Emeter no había iniciado cada despojo ni levantado cada separación entre la capital y los distritos. Tampoco las había deshecho. Había amado a Daliana desde el lugar más alto de ella, protegido por una estructura cuyo peso rara vez llegaba hasta sus habitaciones.

¿Qué intentaba recuperar Ambarine?

La pregunta le había dado miedo desde que abrió aquellos registros.

Quería recuperar la verdad sobre su padre. Su cuerpo. El derecho de despedirlo sin que Isaliria escogiera las palabras. Quería retirar las sentencias sostenidas por pruebas falsas, detener las confiscaciones y devolver nombre a quienes habían sido reducidos a una categoría conveniente. Quería que las personas que confiaron en ella no hubieran arriesgado todo para devolver a otra Folsitia al mismo asiento.

No sabía aún qué forma tendría Daliana después.

Antes habría ocultado esa duda. Ahora entendía que inventar una respuesta para conservar obediencia era una forma de parecerse demasiado a la mujer del palco.

Nashira no la seguía por sus ojos anaranjados. Shaeli no había levantado su red por respeto a un emblema. Tirka no iba a callarse si Ambarine llegaba a palacio y empezaba a ordenar desde la misma altura que Emeter. Aquello que le habían confiado no era un trono. Era la posibilidad de abrir un camino y responder por cada persona que entrara en él.

Orven había elegido quedarse.

Si hubiera cambiado el plan, si hubiese ordenado la retirada antes, si hubiera ocupado ella su lugar en el corredor... La sucesión de posibilidades podía continuar hasta borrar la decisión de Orven y convertirlo en una pieza que Ambarine había movido. Él había conocido el riesgo. Ella había aceptado su ayuda. Nada de eso volvía tolerable su muerte.

La plaza quedó en silencio cuando el relator terminó.

Ambarine sintió miedo.

No llegó como una revelación. Había estado allí desde la celda, escondido debajo de las preguntas, en el temblor breve de sus piernas cuando vio la espada. Quería vivir. Quería saber quién había escapado. Quería volver a discutir con Nashira, pedirle perdón a Syrit sin convertir la disculpa en otra solicitud, sentarse junto a Aura cuando ninguna de las dos tuviera que vigilar una puerta. Quería encontrar a Emeter.

«Quiero otra oportunidad.»

Lo pensó sin vergüenza.

El custodio alzó las manos sobre la hoja.

—Que la luz sea testigo de lo que se entrega y de lo que se retira. Que la mano no actúe por rencor. Que la espada sirva a Daliana antes que a quien la sostiene.

La oración se extendió por la plaza.

Ambarine había atacado a Isaliria por ira. Recordaba el calor en los brazos, el cuerpo de su padre en el suelo y la certeza de que la mujer frente a ella era responsable. No había matado a Emeter, pero eso no volvía sensata cada acción posterior. Había huido porque quedarse significaba morir. También había dejado que el dolor eligiera parte de la ruta.

¿En qué se había equivocado?

En confiar en Isaliria. En creer que la fuerza podía impedir toda pérdida. En entrar al templo con un plan que dependía de demasiadas cosas. En decidir por otros mientras se decía que los protegía. En abandonar la habitación cuando Emeter la llamó.

No en decirle que no.

No en buscar la verdad.

No en volver.

El ejecutor avanzó hasta la mesa. Vestía una protección oscura sobre el rostro y guantes claros hasta los codos. El custodio tomó la espada con ambas manos, pero todavía no se la entregó.

Ambarine tenía la cabeza inclinada. El dolor de los hombros la había obligado a bajar el mentón y el cabello le cubría parte del rostro. Desde la plaza podía parecer arrepentimiento. Desde el palco, sumisión.

Isaliria usaría también esa imagen.

La mostraría como había mostrado las pruebas, separada de todo cuanto pudiera contradecirla. La última Folsitia agachando la cabeza ante una sentencia firmada por Daliana. La ciudad recordaría el gesto incluso si algún día descubría la mentira.

«No.»

Ambarine movió un pie hasta afirmarlo mejor sobre el soporte. El aro le presionó las costillas. Las cadenas mordieron las muñecas cuando enderezó la espalda.

Levantó la cabeza.

Encontró a Isaliria bajo el dosel.

No intentó esconder el cansancio ni fingir que no temía. La tristeza seguía allí, junto a la rabia y a todo lo que no había alcanzado a reparar. Pero su mirada llegó al palco fría y severa, libre por un instante de la versión que acababan de leer sobre ella.

«Mírame.»

El custodio entregó la espada.

El ejecutor cerró ambas manos sobre la empuñadura y ocupó su posición. Ambarine no apartó los ojos de Isaliria.

La hoja comenzó a elevarse.

Folio 22·9606 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

34,76 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

3,62 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

854,31 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||