Historia resguardada
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Capítulo 5 · El trato del alquimista
Para encontrar un instructor, Aura acepta ayudar a Aaron a recuperar una bolsa en un vórtice agotado. El viaje exige cruzar unas alcantarillas pobladas de criaturas peligrosas.
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Volver al mapa de capítulosDiez años antes del despertar de Aura
Aaron Tzulfern trabajaba en una de las tiendas de medicina más costosas de la capital.
El local ocupaba dos pisos de un edificio del distrito alto. Tenía grandes ventanas, estantes de madera oscura y lámparas que permanecían encendidas incluso durante el día. Los frascos se ordenaban por tamaño y color detrás del mostrador. Ninguno mostraba su precio. Si alguien necesitaba preguntarlo, lo más probable era que no pudiera pagarlo.
Aaron pasaba la mayor parte del tiempo en una habitación trasera. Allí preparaba las fórmulas que luego eran entregadas bajo el nombre de su familia. Pesaba raíces secas, separaba aceites, medía minerales y anotaba cada reacción antes de permitir que un compuesto llegara al mostrador. No podía percibir Lay Len, pero no necesitaba magia para reconocer una mezcla inestable o saber cuánto calor arruinaría una medicina.
Aquella mañana trabajaba con un líquido para reducir la inflamación y facilitar la respiración. La fórmula era efectiva, aunque demasiado cara según su padre. Aaron había conseguido disminuir la cantidad de dos ingredientes sin perder el efecto y esperaba que aquello redujera también el precio.
—No lo hará —dijo su padre al leer sus notas.
—Usa menos material.
—Y necesitaste tres días para encontrar las medidas correctas en tu experimento. El tiempo, también vale dinero.
Aaron sostuvo el frasco frente a la luz. El líquido debía quedar transparente. Una nube blanca continuaba acumulada en el fondo.
—Ya recibo un salario.
—No se trata de tu salario. Si podemos producirlo por menos y venderlo al mismo precio, tendremos más ganancia.
—Claro. Por un momento creí que queríamos fabricar medicinas.
Su padre dejó las notas sobre la mesa.
—A veces no entiendo por qué sigues aquí si desprecias tanto nuestro trabajo.
Aaron tampoco tenía una respuesta que quisiera darle.
Una discusión llegó desde el salón principal. Al principio intentó ignorarla. Los clientes se quejaban del precio casi todos los días y los encargados sabían conducirlos hacia la puerta sin levantar demasiado la voz. Esta vez oyó una tos profunda, seguida por el golpe de algo contra el suelo.
Dejó el frasco y salió.
Una mujer joven Delim permanecía frente al mostrador con una mano apoyada sobre la madera. Vestía una capa marrón reparada varias veces. El cabello oscuro se le pegaba a la frente por el sudor. A sus pies había caído una pequeña bolsa de monedas.
El encargado no se agachó para recogerla.
—Ya le expliqué que no es suficiente —dijo—. Puede regresar cuando tenga el resto.
—Tengo una orden del médico —respondió ella. Su voz era áspera por la tos—. Dijo que debía empezar hoy.
—La orden no cubre el costo.
—Puedo pagar una parte ahora y traer lo demás después.
—Esta tienda no ofrece préstamos.
Aaron miró el papel extendido sobre el mostrador. Reconoció el nombre de la medicina que estaba preparando en la habitación trasera.
—Tenemos una dosis disponible —dijo.
El encargado giró hacia él.
—La preparación todavía no fue aprobada.
—La mía sí funciona.
—Aaron.
Su padre había salido detrás de él. La advertencia en su voz fue suficiente para que los otros empleados evitaran mirarlos.
La mujer recogió las monedas con dificultad.
—No quiero causarles problemas.
—No los está causando —dijo Aaron.
—Ya se iba —intervino su padre.
Ella guardó la bolsa y caminó hacia la puerta. Aaron observó cómo se detenía antes de abrirla para contener otro ataque de tos. Luego regresó a la habitación trasera, llenó un frasco pequeño con la preparación y anotó la dosis sobre una tira de papel.
Su padre se apoyó contra el marco.
—Si sales con eso, puedes olvidarte de presentarlo como una prueba. Tendrás que pagarlo.
—Anótalo en mi cuenta.
—No tienes una cuenta.
—Entonces es un buen momento para abrir una.
Aaron pasó junto a él y salió por la puerta lateral.
Encontró a la mujer al final de la calle. Caminaba despacio, rozando las paredes con una mano.
—Oiga.
Ella volvió la cabeza y lo reconoció. Su expresión se endureció.
—Ya entendí que no puedo pagarlo.
—Yo no trabajo en el mostrador.
—Lo vi discutir con el hombre que sí.
Aaron le ofreció el frasco.
—Una medida después de comer, dos veces al día. Si le produce mareo, deja de tomarlo y vuelve con el médico.
La mujer no extendió la mano.
—¿Cuánto?
—Nada.
—No acepto favores de alguien que ni siquiera conozco.
—Entonces considérelo una prueba. Si funciona, habré aprendido algo. Si no funciona, vendrá a reclamarme y también habré aprendido algo.
Ella examinó el líquido a contraluz.
—Esa es una forma bastante desagradable de ofrecer ayuda.
—Es la que tengo.
Por fin tomó el frasco. Sus dedos estaban calientes.
—Saila —dijo—. Para que sepa quién vendrá a reclamarle.
—Aaron.
—Eso ya lo escuché.
Saila guardó la medicina debajo de la capa y continuó su camino. Aaron permaneció en la calle hasta que ella dobló la esquina. Cuando regresó, su padre había retirado sus notas de la mesa.
Volvió a verla doce días después.
Aaron regresaba de entregar un pedido cuando reconoció la capa marrón al otro lado de una plaza. Saila caminaba sin apoyarse en las paredes y ya no tosía. Llevaba una cesta con hierbas y dos trozos de mineral envueltos en tela. Aaron pensó en acercarse, pero ella cruzó una calle y entró en una casa abandonada, apartada de los demás edificios.
La fachada tenía varias ventanas rotas. El portón se inclinaba hacia un costado y las paredes estaban cubiertas de garabatos. Nadie que pudiera pagar una reparación habría elegido vivir allí.
Aaron llamó a la puerta.
No recibió respuesta.
Regresó dos días después con la excusa de comprobar si la medicina había producido algún efecto inesperado. Llamó tres veces. Algo pesado se movió en el piso superior, pero nadie abrió.
La tercera vez llevó otro frasco.
La puerta se abrió antes de que pudiera tocarla.
Saila estaba de pie al otro lado, con el cabello recogido y una vara corta en la mano. Ya no parecía enferma.
—¿Siempre visita tres veces a las personas que aceptan una muestra? —preguntó.
—Solo a quienes viven en edificios que podrían caerles encima.
—La casa está mejor de lo que parece.
Una teja se desprendió del borde del techo y se quebró detrás de Aaron, el miró los restos sobresaltado.
Saila también miró al mismo punto.
—Excepto esa parte...
Un graznido salió del interior. Aaron apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza antes de que un ave de plumas rojas descendiera desde una viga. El calor de sus alas le golpeó el rostro. Retrocedió y protegió el frasco contra el pecho.
El fénix se posó sobre el hombro de Saila. Tenía el pico dorado, ojos amarillos y una expresión que Aaron habría considerado orgullosa incluso en una persona.
—Chalkois —dijo ella—. Déjalo.
El ave inclinó la cabeza y observó a Aaron como si todavía no hubiera decidido.
—¿Tienes un fénix dentro de una casa de madera? En primer lugar, ¿Como puedes tener un fénix?
—Por eso todavía quedan habitaciones calientes. Es solo un viejo compañero.
—También explica las partes quemadas.
Saila bajó la vara.
—La medicina funcionó. ¿Eso era todo?
Aaron le mostró el segundo frasco.
—Mejoré la fórmula.
—¿Y ahora quieres usarme de sujeto de prueba de nuevo? Podría cobrarte por ello.
—Preferiría que no volvieras a enfermarte para comprobarla.
Ella sonrió por primera vez. Aaron sintió calor en el rostro y decidió culpar a Chalkois.
Saila lo dejó entrar.
El interior conservaba mesas, estantes y armarios que alguien había abandonado años atrás, pero casi ningún mueble servía para vivir. Saila ocupaba una habitación del segundo piso. En la planta baja guardaba raíces, piedras, recipientes y hojas llenas de símbolos que Aaron no comprendía.
—Esto es alquimia —dijo al acercarse a una de las mesas.
—Una forma imprecisa de arruinar buenos ingredientes.
—Eso dicen quienes no pueden leer los trazados.
—Yo no puedo percibir Lay Len.
Saila dejó la cesta sobre la mesa.
—No necesitas percibirla para estudiar lo que hace. ¿Puedes preparar una medicina sin preguntarle a la raíz cómo se siente?
—Las raíces no... hablan,
Chalkois graznó desde la escalera.
—Él opina que algunas sí —dijo Saila.
Ella le mostró una hoja tratada con un compuesto alquímico. El color era distinto en cada nervadura. Saila explicó que la reacción permitía saber qué partes conservaban más Lay Len y cuáles podían extraerse sin arruinar el resto de la planta.
Aaron tomó la hoja y la observó bajo la luz.
—Si esto funciona, podría reducir la cantidad necesaria en algunas fórmulas.
—Acabas de llamar impreciso a mi trabajo.
—Y ahora intento corregirlo.
—Qué generoso.
Pasaron la tarde discutiendo proporciones. Cuando Aaron se dio cuenta de la hora, las ventanas ya estaban oscuras. Saila envolvió el frasco que él había llevado y lo guardó junto a sus propias mezclas.
—Puedes volver —dijo—. Pero la próxima vez trae comida. Los ingredientes no cuentan.
Aaron regresó dos días después.
Luego empezó a hacerlo cada semana.
La casa cambió con ellos. Aaron reparó una de las mesas y reemplazó los cristales de dos ventanas. Saila llenó los estantes con plantas traídas de distintos lugares. Chalkois escogió una viga sobre el salón principal y protestaba cada vez que Aaron movía algo sin consultarlo.
En la tienda de su familia, Aaron continuó fabricando medicinas costosas. En la casa abandonada, él y Saila intentaban crear versiones que necesitaran menos material y pudieran conservarse durante más tiempo. Algunas se echaban a perder. Otras producían colores que ninguno esperaba. Una mezcla abrió un agujero en el mantel y dejó una marca negra sobre la mesa.
—Esa no se la daremos a nadie —dijo Saila.
—Podríamos venderla como disolvente.
—Eh.. No todo debería tener un precio.
Aaron arrojó sus notas al fuego.
Saila las rescató antes de que ardieran por completo.
—También debemos recordar los errores.
—Preferiría olvidar algunos.
En una de aquellas tardes, Saila lo llevó fuera de la capital. Caminaron hasta un árbol enorme que crecía aislado en un claro. Chalkois los siguió desde el aire.
—¿Qué hay arriba? —preguntó Aaron.
—Alguien que puede ayudarte.
—Esa explicación no ayuda.
Saila apoyó una mano sobre el tronco y utilizó pequeñas salientes para comenzar a escalar. Aaron la siguió. Cuando llegaron a la parte superior, encontró un estanque entre las ramas y una planta extraña en el centro. Sus raíces formaban un círculo sobre el agua.
—Es un vórtice —dijo Saila.
Aaron retrocedió del borde.
—Pudiste mencionar eso abajo.
—También pudiste negarte a subir.
—No me dijiste a qué estaba aceptando.
—Ahora lo sabes.
Saila tocó la planta. El círculo se llenó de luz y abrió una superficie ondulante entre las raíces.
Aaron no sentía la energía, pero sí el aire que llegó desde el otro lado. Olía a tierra, minerales y algo dulce que no pudo reconocer.
—No confío en lugares que necesitan romper el espacio para existir.
—Confías en frascos que explotan sobre mi mesa.
—Los frascos obedecen ciertas reglas.
—Los vórtices también, aunque sepamos menos de ellos.
Saila cruzó. Chalkois entró detrás de ella. Aaron permaneció varios segundos junto al estanque y terminó siguiéndolos.
Al otro lado encontró un mundo cubierto por arena azul, árboles curvados y luces que colgaban de sus ramas. Una raíz gigantesca atravesaba el cielo oscuro. La arena caía desde sus grietas y desaparecía en lugares que Aaron no alcanzaba a ver.
Saila lo condujo por un puente estrecho hasta una cabaña construida entre las raíces de un árbol. Un hombre de cabello blanco trabajaba delante de varias macetas. Llevaba un manto lleno de bolsillos y sostenía una vara de madera.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.
—No acordamos una hora —respondió Saila.
El hombre observó a Aaron.
—¿Este es el químico?
—Aaron Tzulfern —dijo él—. Y usted debe ser la razón por la que me hicieron subir a un árbol y cruzar hacia... otro mundo.
—Ereel. Saila asegura que sabes trabajar sin sentir la Lay Len.
—Llevo haciéndolo toda mi vida.
Ereel le entregó una hoja grisácea. Cuando Aaron rozó su superficie, esta se inclinó hacia su dedo.
—Entonces dime qué puedes hacer con esto.
Aaron pasó el resto del día examinando plantas que no existían fuera del vórtice. Ereel discutía cada conclusión, Saila añadía posibilidades que él no había considerado y Chalkois dormía cerca del fuego. Por primera vez, la incapacidad de Aaron para usar magia no lo excluía del trabajo. Lo obligaba a buscar otra forma de comprenderlo.
Después de aquella visita, las discusiones con su familia se volvieron más frecuentes. Aaron ya no aceptaba que una medicina tuviera que ser costosa solo porque siempre lo había sido. Empezó a desviar parte de sus ingredientes hacia tratamientos gratuitos y atendió a personas que entraban por la puerta de servicio.
Su padre descubrió las cuentas.
—¡Todo lo que sabes lo aprendiste aquí! —le recriminó—. Cada fórmula pertenece a esta familia.
—Las enfermedades no.
—Si abandonas esta casa, no utilizarás nuestro nombre para vender copias baratas.
Aaron se quitó el delantal y lo dejó sobre el escritorio.
—Me quedaré con mi nombre. Pueden conservar el resto.
Salió antes de pensar cuánto dinero llevaba consigo. Era poco. Tampoco tenía un lugar donde dormir.
Saila lo encontró esa noche sentado frente a la casa abandonada, con una maleta, dos cajas de libros y la misma ropa que había usado en la tienda.
—Supongo que la conversación salió bien —dijo.
—Fue breve.
Aaron miró el portón inclinado.
—Necesito alquilar una habitación.
—No tienes dinero.
—Podría reparar el techo.
Otra teja cayó en el patio.
Saila rió. —Entonces necesitarás empezar hoy.
Saila le permitió ocupar una habitación del primer piso. Durante los meses siguientes, el salón principal se convirtió en un pequeño taller. La gente que no podía pagar los tratamientos del distrito alto empezó a llegar hasta allí. Al principio fueron pocos. Después tuvieron que preparar cajas con nombres y horarios para no confundir las dosis.
Aaron y Saila trabajaban hasta la noche. Algunas veces sus manos se encontraban al buscar el mismo instrumento. Ella solía apartarse primero para continuar hablando del trabajo, y Aaron siempre encontraba una razón para mirar sus notas.
Pensó muchas veces en decirle que quería que aquella vida continuara. Nunca encontró una frase que no le pareciera torpe o innecesaria.
Saila habló del vórtice de la felicidad durante una noche de lluvia.
Había escuchado el rumor de un comerciante que atravesaba las montañas. En una mina abandonada existía un mundo donde nadie sentía dolor y la calma podía durar para siempre. Algunas personas habían entrado. Ninguna había regresado para explicar qué había encontrado.
—Eso último debería preocuparte más —dijo Aaron.
—Me preocupa.
—Creo que no lo suficiente...
Saila extendió sobre la mesa un dibujo de la zona. Había marcado una mina entre dos montañas y una ruta que evitaba el pueblo destruido cercano.
—Si el rumor es cierto, el vórtice altera la mente. Ereel podría estudiar sus plantas y nosotros sus propiedades. Quizá encontremos algo útil para personas que viven con dolor constante.
—O quizá encontremos una forma agradable de morir dentro de una cueva.
—Por eso no iré sola.
Aaron dejó de ordenar los frascos.
—Ya decidiste ir.
—Sí.
—Entonces podrías haber empezado por eso.
Saila sonrió con algo de culpa. —¿Vendrás?
Aaron no confiaba en los vórtices. El de Ereel tenía puentes reparados, rutas conocidas y un hombre que llevaba décadas estudiándolo. El de la mina solo tenía rumores y personas desaparecidas.
Miró el mapa. Saila ya había preparado provisiones para dos.
—Iré para recordarte que fue una mala idea.
—Eso puede ser útil.
Prepararon la maleta durante dos días. Guardaron agua, comida, vendas, frascos vacíos y varios instrumentos. Saila añadió sus notas sobre alquimia y las primeras fórmulas que habían creado juntos. Aaron le pidió que las dejara en la casa.
—Si algo se rompe, tendremos que recordar qué usamos —respondió ella.
—Puedo recordarlo.
—No siempre.
Chalkois se posó encima de la maleta y se negó a moverse hasta que Saila prometió llevarlo.
Llegaron a la mina poco antes del atardecer. El pueblo cercano permanecía vacío. Algunas casas se habían hundido por los túneles abiertos debajo de sus cimientos y grandes rocas oscuras sobresalían entre los caminos destruidos.
Saila encontró el manantial en el fondo de la mina. El agua emitía una luz suave y un árbol pequeño de tronco azul crecía en el centro. Sus hojas blancas apenas se movían.
No estaban solos.
Cuatro hombres salieron de los túneles detrás de ellos. Llevaban espadas, cuerdas y bolsas vacías. Uno tenía en la mano una copia del mismo mapa.
—Ustedes saben abrirlo —dijo.
Saila sostuvo la vara junto a su cuerpo.
—El vórtice está débil. Si entran demasiadas personas podría cerrarse.
—Si se cierra, ustedes mueren.
Aaron abrió la maleta y buscó uno de los frascos defensivos que habían preparado. El segundo hombre desenvainó la espada.
—Ni siquiera lo intentes.
Chalkois abrió las alas. El túnel se llenó de calor, pero Saila alzó una mano para detenerlo. No tenían espacio para combatir sin quedar atrapados entre el agua y las rocas.
—Abriré el vórtice —dijo—. Después cada uno será responsable de regresar.
El hombre sonrió.
—Tú regresarás con nosotros.
Saila entró al manantial. Al tocar el árbol, las raíces se iluminaron y formaron un círculo. El portal se abrió con un temblor que recorrió el agua.
Los hombres los obligaron a cruzar primero.
El otro mundo los recibió con un viento cálido. Pastos azules crecían sobre el suelo gris y árboles inmensos levantaban hojas blancas hacia un cielo nuboso. Una raíz luminosa lo atravesaba de extremo a extremo. Miles de puntos brillantes viajaban por ella y proporcionaban una claridad semejante a un ocaso que nunca terminaba.
Aaron olió las cascadas antes de verlas. El vapor traía un aroma suave que relajó sus hombros y redujo el dolor de sus piernas. Las lianas metálicas de los árboles chocaban entre sí con un sonido tranquilo y repetido.
Por un momento olvidó a los hombres que estaban detrás.
Se encontraba en la casa de Saila, pero las paredes ya no estaban rotas. Los estantes estaban llenos de medicinas y ninguna caja tenía precio. Varias personas esperaban frente al mostrador. Saila caminaba entre ellas mientras Chalkois dormía sobre la viga. Al verlo entrar, le sonrió y señaló una mesa con dos lugares preparados.
Aaron dio un paso hacia ella.
—Aaron.
La voz real de Saila llegó desde su izquierda. El taller desapareció. Volvieron el pasto azul, la raíz luminosa y los hombres que se alejaban en distintas direcciones.
—¿Lo viste? —preguntó ella.
Aaron tardó en responder.
—Sí.
—No bebas el agua. No comas nada. Y si vuelves a verme en otro lugar, pregunta algo que solo yo pueda responder.
—¿Qué cosa?
—Invéntala ahora.
Aaron miró a Chalkois.
—¿Quién quemó la primera fórmula que preparamos?
Saila frunció el ceño.
—Fuiste tú. La arrojaste al fuego porque dije que sonabas como tu padre.
—Bien.
—Fue un desperdicio de papel.
Uno de los hombres comenzó a reír. Se había arrodillado junto a una roca y llenaba su bolsa con puñados de tierra gris.
—Miren —decía—. Todo es oro. Todo.
No había oro entre sus dedos.
Otro hablaba con alguien que no estaba allí. Pedía perdón, luego sonreía y extendía los brazos. El tercero permanecía inmóvil, contemplando el cielo. El que llevaba el mapa regresó hacia Saila.
—Nos mentiste.
—Tenemos que salir —dijo ella.
—Dijiste que sería peligroso.
—Lo es.
—Aquí no hay nada que pueda hacernos daño.
El hombre intentó sujetarla. Chalkois descendió sobre su brazo y le quemó la manga. Él gritó y golpeó al fénix con la empuñadura de la espada. Saila alcanzó a interponerse antes del segundo golpe.
Los otros reaccionaron al ruido. El que recogía tierra se aferró a su bolsa. Otro se colocó entre ellos y el lugar por donde habían entrado.
—Quieren cerrarlo —dijo—. Quieren obligarnos a volver.
—El vórtice ya está perdiendo energía —respondió Saila—. Si esperamos, nadie podrá salir.
El cielo continuaba tranquilo. Aquella advertencia parecía absurda bajo la luz cálida, pero Aaron vio que los puntos dentro de la raíz luminosa empezaban a apagarse.
Abrió la maleta y sacó un frasco. Lo arrojó al suelo frente a los hombres. El humo les cubrió las piernas y los hizo retroceder tosiendo.
—¡Corre! —gritó.
Saila levantó a Chalkois. Los tres avanzaron hacia el portal, pero uno de los hombres salió del humo y atrapó la capa de Saila. Otro la sujetó por el brazo.
Aaron regresó y golpeó al primero con la maleta. El hombre soltó la tela, pero el segundo le dio un puñetazo en el rostro. Aaron cayó sobre el pasto. Durante unos segundos no oyó nada salvo las lianas metálicas y el agua de las cascadas.
Cuando intentó levantarse, el taller estaba otra vez delante de él.
Saila lo esperaba junto a la mesa.
—Ya terminó —le dijo—. No tienes que volver.
Aaron cerró los ojos. Se clavó las uñas en la palma hasta sentir dolor.
—¿Quién quemó nuestra primera fórmula?
La imagen sonrió.
—Chalkois.
Aaron abrió los ojos y el taller desapareció.
Estaba solo.
No sabía cuánto tiempo había permanecido en el suelo. La luz del vórtice era más débil y la maleta ya no estaba junto a él. Encontró marcas en el pasto, una tira de la capa de Saila y varias plumas rojas. Siguió el rastro mientras gritaba su nombre.
Las visiones regresaron una tras otra. Su padre lo llamaba desde la tienda. Su madre le aseguraba que podía volver sin disculparse. Saila aparecía delante de cada árbol, algunas veces herida y otras sonriendo. Aaron repetía la misma pregunta y continuaba cuando recibía una respuesta incorrecta.
Encontró primero la maleta. Estaba abierta junto a una elevación, con los frascos rotos y las notas esparcidas. Más adelante había varios cuerpos entre las raíces.
Aaron se detuvo.
La ropa pertenecía a los hombres de la mina, pero apenas quedaba algo dentro de ella. Algunas raíces atravesaban los huesos y se hundían otra vez en la tierra. El metal de las espadas estaba cubierto por una capa opaca. Parecía que hubieran permanecido allí durante años.
—Saila.
Chalkois respondió con un graznido débil.
Aaron corrió hacia el sonido. Encontró al fénix bajo una de las capas, con un ala atrapada entre raíces delgadas. Las arrancó con las manos y recibió varias quemaduras cuando Chalkois intentó defenderse. El ave dejó de atacarlo al reconocerlo.
Junto a él estaba la vara de Saila.
Aaron buscó alrededor. Apartó capas, raíces y restos de tela hasta que le dolieron los brazos. No encontró a Saila completa. Solo reconoció el broche que usaba para sujetarse el cabello y una parte de su ropa entre los huesos cubiertos por las raíces.
Chalkois se acercó dando pasos torpes. Tocó el broche con el pico y produjo un sonido bajo que Aaron nunca le había escuchado.
Aaron se sentó en el suelo.
—Lo siento.
No supo cuánto tiempo permaneció allí. El cielo siguió perdiendo luces y el viento cálido empezó a enfriarse. Chalkois apoyó el cuerpo contra su pierna.
Un temblor recorrió el terreno.
La entrada del vórtice parpadeó a lo lejos.
Aaron guardó el broche, la vara, las fórmulas y las páginas que pudo recuperar dentro de la maleta. También recogió varias muestras. Necesitaba saber qué había ocurrido y qué parte de aquel mundo devoraba los cuerpos. Quizá Ereel pudiera explicarlo. Quizá alguna de las plantas conservara algo.
Otro temblor abrió grietas entre las rocas.
Aaron intentó levantar la maleta con una mano y cargar a Chalkois con la otra. El fénix no podía mover bien el ala. Avanzó unos metros, pero las raíces empezaron a cerrarse alrededor del equipaje. Tiró hasta que el asa le cortó los dedos.
La entrada volvió a parpadear.
Tuvo que soltarla.
Tomó a Chalkois contra el pecho y corrió. El paisaje le ofreció el taller una última vez. Saila estaba junto a la puerta, sosteniendo la maleta que él había dejado atrás.
Aaron no le hizo la pregunta.
Atravesó el portal con Chalkois cuando el círculo empezaba a cerrarse.
El agua del manantial estaba fría. Aaron cayó de rodillas y sostuvo al fénix por encima de la superficie. A su espalda, el árbol de tronco azul perdió casi toda la luz. Las raíces se separaron y la abertura desapareció.
Aaron tocó el tronco.
No ocurrió nada.
—Saila.
Su voz regresó desde los túneles vacíos.
Chalkois se liberó de sus brazos y se quedó junto al árbol. No quiso seguirlo hasta mucho después.
Aaron regresó solo a la casa abandonada.
Chalkois entró detrás de él y subió a la viga del salón. Conservaba el ala herida cerca del cuerpo. Durante varios días rechazó la comida, quemó a Aaron cada vez que intentó revisarlo y permaneció mirando la puerta.
Aaron hizo lo mismo desde la mesa.
Las fórmulas que habían dejado en la casa no estaban completas. Faltaban correcciones, proporciones y los resultados de sus primeras pruebas. Todo eso continuaba dentro de la maleta. También estaban la vara de Saila, su broche y las páginas que Aaron había recogido junto a sus restos.
Intentó abrir el vórtice otra vez. No pudo.
Buscó personas capaces de reanimarlo. Algunas exigieron más dinero del que tenía. Otras quisieron informar a la Academia y reclamar el lugar. Dos aceptaron acompañarlo, pero no reunieron suficiente energía. Con cada intento, el árbol del manantial respondía menos.
Aaron volvió a la casa y terminó de reparar el salón. Convirtió los estantes de Saila en un almacén de medicinas y ocupó la mesa donde habían trabajado juntos. Conservó los errores que ella había salvado del fuego.
Las primeras cajas llevaron nombres. Las siguientes también recibieron una inscripción sencilla:
«Sin costo».
Chalkois se quedó con él. Discutían por los ingredientes, por las ventanas abiertas y por cualquier objeto que el fénix decidiera convertir en ceniza. Aaron se quejaba. Chalkois ensanchaba el pecho y fingía no escucharlo.
Cada cierto tiempo, Aaron regresaba a la mina para comprobar si el árbol había recuperado algo de luz.
Pasaron cinco años.
La casa continuó pareciendo abandonada. Aaron dejó de corregir a quienes lo llamaban alquimista y aprendió a trabajar con los materiales que podía pagar. Nunca volvió a fabricar una medicina para alguien que pudiera guardarla detrás de un mostrador hasta que aparecieran suficientes monedas.
Aaron continuó imaginando la maleta al otro lado del vórtice, entre las raíces y el pasto azul. Para cualquier otra persona solo contendría materiales viejos, papeles dañados y objetos que pertenecieron a una mujer muerta.
Aaron sabía lo que había dejado allí.
Por eso siguió esperando a alguien capaz de abrir el camino.