Sentoria · Levantamiento
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DalianaCapítulo 24

Limessia·Daliana·Capítulo 24

Levantamiento

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Folio 24·60 min de lectura

A media mañana, dos empleados de la Academia cruzaron el patio de legislación con una tabla entre las manos. No llamaron a los estudiantes ni interrumpieron las clases. Retiraron un aviso sobre los exámenes de fin de ciclo, fijaron una hoja nueva en el espacio central y continuaron hacia la facultad de magia para hacer lo mismo allí.

Syrit los vio desde la galería del segundo piso. Estaba copiando una reforma administrativa que el profesor había dejado sobre la mesa cuando las primeras personas empezaron a reunirse frente al tablón. Una estudiante leyó por encima del hombro de otra y se apartó. Dos jóvenes que hablaban cerca de la fuente bajaron la voz.

Syrit dejó el lápiz.

—La copia todavía no termina —le recordó el profesor.

—Volveré enseguida.

Bajó antes de que él pudiera preguntarle adónde iba. Al verla aproximarse, algunos estudiantes abrieron espacio con la cortesía habitual. Otros permanecieron demasiado atentos a su reacción. El sello del Consejo de las Altas Casas Solares ocupaba la parte inferior del anuncio, junto con una marca de la oficina imperial.

Por resolución vigente del Consejo, la sentencia contra Ambarine Folsitia se cumplirá hoy al atardecer en la explanada ante el palacio. El acto será público.

Syrit volvió a leer la primera línea. Ya conocía la condena. Su padre había estado presente cuando la dictaron y, años atrás, le explicó que la sentencia continuaría esperando aunque Ambarine no estuviera bajo custodia. Sin embargo, aquellas palabras siempre habían pertenecido a un futuro que Syrit no podía ver. La hoja confirmaba que la habían capturado, que faltaban unas horas y que el Consejo quería que toda la capital la viera morir.

—Dicen que la encontraron dentro del palacio —comentó alguien detrás de ella.

—Entró para robar.

—¿Después de tantos años? Algo tuvo que encontrar.

La última voz calló cuando una de sus compañeras le dio un golpe leve con el codo. Syrit se volvió, pero nadie quiso sostenerle la mirada.

Regresó al aula por su capa y sus apuntes. No terminó la copia. Cruzó el tercer patio hasta la sala donde se recibían solicitudes administrativas y pidió una hoja limpia. El hombre del escritorio levantó la vista al reconocerla.

—Necesito presentar una petición de revisión —dijo Syrit.

—¿De qué expediente?

Syrit colocó el anuncio frente a él.

El hombre tardó un momento en responder.

—La Academia no revisa sentencias del Consejo.

—Pero recibe solicitudes para las oficinas imperiales.

—Puedo registrarla.

—¿La leerán hoy?

El hombre miró hacia el patio y después hacia el montón de solicitudes que tenía junto al sello.

—No.

—La ejecución es hoy.

—Lo sé, lady Maythea.

Syrit apretó la hoja entre los dedos. Podía escribir que las referencias del examen de Emeter habían sido apartadas del catálogo general. Ambarine le había contado que encontró dos versiones: en la primera faltaban comprobaciones; en la segunda, su magia ya había causado la muerte de su padre. Syrit no tenía aquellas copias ni había examinado los documentos originales. Si explicaba cómo conocía el recorrido de los registros, su nombre y el de Ambarine quedarían unidos antes de que la petición saliera de la Academia.

—¿Hay alguna forma de que llegue antes? —preguntó.

—Puede llevarla usted misma a la oficina correspondiente. No puedo asegurar que la reciban.

El hombre deslizó hacia ella una hoja para que escribiera. Syrit ocupó la mesa lateral y empezó con las fórmulas que había aprendido en clase. Solicitó la suspensión de la sentencia hasta que se revisaran los documentos retirados de circulación. Citó los códigos que podía citar sin explicar quién los había seguido y añadió que una ejecución impediría cualquier examen posterior de la acusada. Cuando terminó, su nombre quedó al pie, mucho más visible que todos los argumentos.

El empleado leyó la primera parte.

—Si la registra aquí, quedará una copia en la Academia.

—Para eso existen los registros.

Él levantó la vista. Syrit sostuvo la mirada hasta que tomó el sello.

El golpe sobre el papel sonó más fuerte de lo que esperaba.

Mirret aguardaba junto al carruaje, fuera de la puerta oriental. Syrit le entregó la copia de la petición.

—Llévala a la oficina que figura arriba. Si no la reciben, regresa a casa y guárdala.

—¿Y usted?

—Iré a la explanada del acantilado.

Mirret miró el anuncio que alguien ya había fijado cerca de la entrada. Después observó a las personas que lo rodeaban.

—Su padre no me indicó que la acompañara allí.

—No voy a pedirte que lo hagas. Entrega la petición.

—No puedo dejarla sola.

Syrit apoyó una mano en la puerta abierta del carruaje. Cuando Ambarine volvió después de casi un año, le reprochó que hubiera decidido alejarse sin preguntarle. Después regresó del archivo con una mano cortada y se quedaron juntas en el invernadero hasta que empezaron a pasar los primeros carros. Syrit le había pedido que volviera. En unas horas quizá ya no podría hacerlo.

—Primero entrega la petición —dijo—. Después... ven a buscarme.

Mirret no pareció satisfecho, pero tomó la hoja.

—¿Y si ya entró?

Syrit se ajustó la capa y se apartó del carruaje.

—Entonces tendrás que encontrarme entre la gente.


Después del amanecer, Cael envolvió las transcripciones del examen de Emeter y las copias que había preparado. Las guardó junto a los registros que seguían bajo su cuidado y pidió al encargado de la vigilancia que permaneciera allí hasta su regreso. Le dejó también la forma de encontrarlo en el punto de apoyo exterior.

El aviso de la víspera continuaba sobre la mesa: los once se habían reunido en la capital. Cael lo leyó una vez más antes de doblarlo. Después de aquella confirmación, no había llegado nada.

La mujer que había hecho la última vigilancia esperaba junto a la entrada. Cael le pidió que buscara a Ferenth en la parada donde trabajaba Velenthesa.

—Dile que Ambarine entró al palacio anoche. Con los otros. Tenían que avisarme antes de que amaneciera y no lo hicieron.

La mujer dejó de ajustarse la capa.

—¿Él lo sabía?

Cael negó con la cabeza.

—Yo sí. Dile que fui yo quien te mandó. Estaré en el punto de apoyo exterior.

Ella quiso preguntar algo más. Cael le repitió dónde debía encontrarlo y volvió a los documentos mientras la oía salir.

—Si alguien vuelve, que me busque allá —dijo.

El hombre miró el paquete de documentos.

—¿Se los lleva?

Cael negó y retiró la mano que todavía tenía apoyada encima.

—Estas se quedan. Llevo otra copia del examen. Si viene alguien por las que están aquí, espere a que yo regrese.

Separó las hojas que había vuelto a copiar durante la preparación y las guardó bajo su capa.

Cael guardó el aviso entre sus notas y recogió lo que necesitaría para el camino. Neria lo esperaba con los materiales de atención preparados. Salieron juntos del refugio.

Cuando alcanzó el punto de apoyo, fuera de las murallas, encontró la segunda carreta sin caballos. La lona seguía sujeta y el espacio dispuesto para acostar a una persona estaba vacío. Revisó los dos lados del camino antes de acercarse. No había una prenda olvidada ni una marca que reconociera de los grupos.

El conductor volvió desde la ciudad cuando Cael terminaba de comprobar las ruedas. Guiaba a los caballos por las riendas y llevaba una hoja doblada en la mano.

—Esperé hasta que empezó a clarear —dijo—. Después llevé los caballos al almacén. No podía dejarlos aquí todo el día. Tampoco volvió nadie por las armas.

—¿Las recogieron del palacio?

—El de la entrega las dejó anoche. El arco y la espada.

Cael soltó despacio el aire. El hombre le entregó la hoja. Era una copia del anuncio que acababan de colocar en la capital.

Leyó el nombre de Ambarine. Bajó hasta la hora y regresó al nombre, como si hubiera confundido una línea.

—¿Se sabe algo de los otros?

—Yo no escuché nada.

Cael metió la mano entre sus notas y sacó la distribución de los grupos. Había escrito las horas de regreso al lado de cada recorrido. El papel se le dobló entre los dedos.

—Darom tiene que saberlo —dijo—. Lleve la carreta al almacén. Pueden cargar allí las armas y lo que consigan para los heridos, pero necesito que vuelva antes del atardecer. Voy a preparar el regreso desde aquí.

—Darom sigue recuperándose en la dependencia del oeste, fuera de la capital.

—Lo sé. Dígale también un nombre: Aaron, el alquimista. Aura trabajó con él antes de venir con nosotros. Pregunten por su taller. Si encuentran a alguno de los nuestros, que mande una respuesta aunque no pueda salir.

Se volvió hacia la carreta y tiró de la lona para comprobar el nudo. Lo había revisado ya. Dejó de hacerlo cuando el conductor le preguntó dónde descargarían a los heridos.

Cael señaló el cobertizo próximo al camino y se acercó con él. Neria ya había dejado sus materiales sobre una caja y estaba retirando del suelo los bultos que estorbaban. Les pidió agua y algo sobre lo que pudiera acostar a los heridos. Al hablar de las mantas, Cael tuvo que empezar la frase otra vez.

Ferenth llegó por la mañana con la mujer y dos colaboradores de la parada. Traían mantas en un caballo de carga. Cael salió a recibirlos.

Le dio el anuncio y la lista de los grupos. Mientras Ferenth leía, le habló de los registros, la cámara funeraria y las entradas separadas.

—¿Cuántos salieron?

—No lo sabemos. El conductor no los vio tampoco. Ambarine iba a ir sola. Los demás quisieron acompañarla.

—Y tú preparaste los papeles.

—Sí.

—Hacía tiempo que quería verla decidir qué iba a hacer con su padre. Pero podría habérmelo dicho. Cualquiera de ustedes podría haberlo hecho.

Cael alisó un pliegue que se había abierto sobre los nombres de Orven y Brenor.

—Lo sé.

Ferenth ayudó a bajar las mantas. Un colaborador se quedó para acondicionar el cobertizo; a la mujer le pidió buscar otro lugar para los heridos. Cael le recordó que los del grupo conocían el camino al campamento y Ferenth mandó revisar el acceso.

Después examinó las copias con Cael y llamó al otro colaborador.

—Llévalas a la oficina donde recibieron lo de Silas. Diles que son para pedir una revisión de la condena. Que las lean antes del atardecer.

Cael escribió una nota para acompañarlas. Tardó en firmarla. Después le dio a Ferenth la dirección del almacén de Veyra. Él separó dos mantas y añadió un mensaje para el encargado. La mujer los llevó antes de seguir por los otros apoyos. Ferenth se quedó preparando el cobertizo con Cael.


Poco después del mediodía, Aaron retiró una olla del fuego porque alguien golpeaba la puerta con la insistencia de quien no pensaba marcharse. Chalkois descendió de una viga y se quedó sobre el respaldo de una silla, con las plumas del cuello levantadas.

—Si es otro cobrador, no estoy —dijo Aaron.

El golpe se repitió.

—Y si es un paciente, dile que sí.

Chalkois emitió un sonido bajo.

—Qué útil.

Aaron abrió. Una mujer de brazos anchos y ropa de camino esperaba al otro lado. Llevaba una ficha de madera marcada con tres líneas doradas sobre un círculo verde. Detrás de ella había un carro pequeño cubierto por una lona; bajo uno de los bordes sobresalía la curva de un arco pesado.

—Vengo de parte de Darom Veyra —dijo—. Me llamo Ana.

—Entonces debería estar en un hospital.

—Está recuperándose fuera de la capital. El sanador todavía no lo deja volver al trabajo.

Ana le entregó un papel doblado. La escritura se mantenía recta al principio y temblaba un poco en las últimas líneas.

Aaron, espero que esta carta, por lo menos, no te encuentre mal. Ayudé a Aura y a sus compañeros con un plan para entrar al palacio durante la recepción. No regresaron por el segundo carruaje, y la noticia de esta mañana dice que capturaron a Ambarine. Algo salió mal. La decisión del Consejo no fue justa y me resulta muy sospechosa. No hubo testigos ni apelación, y quieren ejecutar la sentencia sin otra revisión. Quiero reunir un pequeño grupo para intentar cambiar algo, lo que sea. Mi estado me impide ir, pero te pido que los apoyes. Y, si encuentras a Aura, ayúdala también. Preguntaré quién desea ayudar; no enviaré a nadie por obligación.

Debajo había una indicación más breve.

Si aceptas acompañarlos, decide tú qué medicinas pueden llevar y quién está en condiciones de usarlas.

Aaron leyó la nota otra vez.

—No conozco a Veyra.

—Él tampoco lo conoce a usted. El conductor que recuperó la carreta habló con Cael en el punto de apoyo exterior. Le dio su nombre y nos dijo que Aura había trabajado con usted. Preguntamos por el taller en el barrio.

—Aura toma decisiones muy generosas con mi tiempo.

Ana apartó la lona. Además del arco había una espada envuelta y cajas vacías. Una cuerda todavía sujetaba la lona por el lado donde habían descargado el resto.

—Es la segunda carreta que dejamos fuera de las murallas —explicó—. El conductor fue a buscar ayuda al amanecer y la dejó allí, sin los caballos. Cael la encontró. Después la trajimos al almacén y cargamos las armas que devolvió el conductor de la entrega.

—¿Cuántos hombres envía? —preguntó.

—Ninguno, todavía. Nos pidió que explicáramos lo ocurrido y preguntáramos. Hay conductores, dos encargados de almacén y trabajadores que conocieron a la princesa antes de la acusación.

—Diez personas sin entrenamiento no detendrán a la guardia imperial.

—No dijo que pudieran hacerlo.

Aaron se quedó mirando el arco. Recordó a Aura comprobando la pieza que acababa de sujetarle bajo la capa y a Micah esperando junto a la puerta. Les había dicho que volvieran a casa. Ahora la carta de Darom le hablaba de una incursión de la que no habían regresado. Ambarine estaba condenada a morir. Las armas habían vuelto del palacio sin sus dueños.

Se pasó la mano por el cabello y devolvió el papel a Ana.

—Lleven todo al almacén donde recogieron las armas —dijo—. Que nadie beba, coma ni se aplique nada que yo no le haya dado.

Ana asintió.

—¿Eso significa que vendrá?

—Si vinieron a buscar a un alquimista supongo que no tienen muchas oportunidades.

Cuando el carro se alejó, Aaron cerró la puerta y apartó frascos, pinzas y libros hasta despejar la mesa grande. Sacó vendas limpias, dos recipientes para detener hemorragias y las soluciones que utilizaba cuando un paciente necesitaba permanecer consciente. De un cajón con cerradura retiró varios tubos estrechos. Contenían un líquido cobrizo que se adhería al cristal aun cuando los inclinaba.

No curaba. Obligaba al cuerpo a ignorar durante un rato parte del cansancio y del dolor que intentaban detenerlo. Aaron utilizaba cantidades pequeñas cuando mover a un herido era menos peligroso que dejarlo en el lugar. En una pelea, alguien podía continuar hasta romper cada hueso.

Miró los tubos y las vendas. Diez personas, quizá menos, y todo lo que pudiera sacar de aquellos estantes. Levantó la vista hacia Chalkois.

—No será suficiente.

Chalkois seguía en la silla. Había inclinado la cabeza hacia el aviso que Aaron trajo esa mañana y dejó abierto sobre el escritorio. El nombre de Ambarine ocupaba el centro.

—Vas a odiar lo siguiente —dijo Aaron.

El fénix giró la cabeza para mirarlo con el otro ojo.

Aaron hizo una copia breve del anuncio y añadió la dirección del almacén de Darom donde iban a reunirse. Enrolló el papel, lo protegió dentro de un tubo metálico y se acercó a Chalkois.

—Llévaselo a Ereel. Si decide quedarse, regresas sin arrancarle los dedos. Si decide venir, procura no perderlo. Ya está viejo.

Chalkois picoteó su nudillo.

—Eso sobraba.

El ave extendió las alas. Aaron abrió la ventana y se apartó de la corriente caliente cuando Chalkois salió hacia los techos con una velocidad increíble.

Luego volvió a la mesa. Todavía tenía que convertir el contenido de sus estantes en algo que pudiera transportarse y, si Aura seguía viva, encontrar una forma adecuada de reclamarle por haber tardado tanto.


El vórtice no mostraba el mediodía. Bajo el cielo negro, los ríos de arena luminosa seguían cayendo desde la raíz gigantesca. El desierto azul se extendía entre los árboles, aunque en Daliana las horas avanzaran hacia el atardecer.

Ereel estaba junto a la entrada de su cabaña, separando semillas de una planta que solo abría sus hojas cerca de la cascada de arena, cuando un graznido lo hizo levantar la cabeza. Una figura rojiza avanzaba entre los troncos desde el árbol del portal, rozando las lianas al cambiar de dirección.

Chalkois abrió las alas demasiado tarde. Rodó sobre la arena azul, se levantó con un graznido furioso y sacudió varios granos luminosos sobre el manto de Ereel.

—También me alegra verte —dijo el mago.

El fénix se acercó a grandes pasos y extendió una pata. Ereel encontró el tubo sujeto bajo las plumas y lo retiró. Reconoció la letra de Aaron antes de terminar la primera línea.

Leyó el anuncio en silencio.

—¿Aura está con él?

Chalkois batió las alas una vez. No era una respuesta que Ereel pudiera interpretar.

El mensaje solo contenía tres hechos: Ambarine sería ejecutada al atardecer, Aaron se reuniría con varias personas en un almacén de Darom y no sabía dónde estaba Aura. Ereel volvió a la fecha. En Daliana habían transcurrido varios días desde que Aura cruzó el portal. Dentro del vórtice, el cielo no había cambiado y medir aquella separación con las mismas horas seguía resultando inútil.

Guardó el papel dentro del manto y entró en la cabaña. Sobre la mesa permanecía abierta una de las memorias que consultaron durante el entrenamiento. El capítulo señalaba las variaciones de sintonía entre integrantes de una misma familia. Ereel había enseñado esa diferencia a Ambarine y, aun así, ante el cuerpo de Emeter aceptó demasiado pronto que una semejanza bastaba para nombrar a la culpable.

Isaliria no le permitió terminar el examen. Después lo expulsó. Durante años, Ereel utilizó ambos hechos para explicar por qué no había podido corregir su conclusión. Eran ciertos. También era cierto que no volvió a buscar a Ambarine.

Chalkois entró detrás de él y se posó sobre el respaldo de la silla que Aura había usado.

—No sé qué encontró —dijo Ereel—. Tampoco sé si mi conversación con Aura provocó esto.

El ave mordió el borde de la silla.

—Esa no era una pregunta.

Ereel cerró el libro. Eligió dos vendas, fragmentos minerales, una bolsa de semillas y tres recipientes protegidos con fibra. Dejó otros objetos sobre la mesa después de sostenerlos unos segundos; no podía cargar el contenido de la cabaña ni preparar una respuesta para cada peligro que imaginara. Por último tomó la vara de madera retorcida y se puso el manto azul.

Ereel recorrió los puentes hasta el árbol de entrada, con Chalkois adelantándose de un tronco a otro. Al llegar al portal se detuvo y apoyó una mano sobre las raíces.

—Debí regresar antes —dijo.

Apoyó la vara entre las raíces. La superficie del portal se abrió y dejó ver hojas moviéndose bajo la luz del día.

Ereel cruzó detrás de Chalkois y salió junto al estanque de la copa. Guardó mejor los recipientes antes de acercarse al borde. Descendió entre las ramas, sosteniéndose con corrientes breves de Lay Len hasta alcanzar el suelo. Chalkois lo esperaba más abajo; echó a volar hacia la capital cuando el mago tomó el sendero.


Horas antes de que Chalkois alcanzara el vórtice, Shaeli había cubierto la tela con líneas de carbón y borrado casi la mitad con la manga. El palacio ocupaba la parte superior; debajo estaban la explanada y las calles que su red había utilizado antes de la emboscada. Algunas rutas terminaban en manchas oscuras. Otras se cruzaban sin llegar a ninguna entrada.

Rayenteeka terminaba de ajustar las vendas de Nashira junto a la ventana. Había dejado el resto de sus suministros sobre una silla y observaba el mapa mientras trabajaba.

Aura recibía la visión de Wist sentada junto a la mesa. Cada vez que el fénix cambiaba de altura, tenía que apoyar una mano para recordar dónde se encontraba su propio cuerpo.

—Ahí —dijo. Señaló el espacio entre dos edificios—. Entran carros y trabajadores. Hay guardias en la escalera y otros en el paso superior.

Shaeli volvió a ensuciarse los dedos con el carbón.

—Lo cerrarán cuando empiece el acto.

—Aunque no lo cierren, tendríamos que pasar frente a ellos —dijo Nashira.

Aura esperó a que Wist rodeara otra torre. Vio un portón interior, una galería abierta y una escalera que descendía hacia el lado del mar. Había uniformes en los tres lugares. No podía saber cuántos permanecían dentro de los edificios ni cuáles se moverían al comenzar la ejecución.

—No encuentro una entrada sin guardias.

—Porque no la hay —respondió Shaeli.

Tirka acercó la nariz a la tela y retrocedió al mancharse de carbón. Se limpió con la manga antes de hablar.

—Podría seguir el olor de los caballos hasta la entrada de servicio, pero no hacer que los soldados dejen de estar ahí.

Brenor utilizó la punta de su cuchillo para marcar dos recorridos. El primero atravesaba una barrera; el segundo pasaba entre las gradas y el muro del palacio.

—Si abrimos uno por la fuerza, el otro se llena antes de que lleguemos al cadalso.

—Y todavía no tienes el arco —dijo Shaeli.

Las orejas de Brenor se inclinaron hacia atrás. Dejó el cuchillo sobre la mesa.

Wist abandonó las murallas y voló hacia el borde del acantilado. Aura vio el mar debajo, los riscos que sostenían la explanada y una torre elevada a un costado. La construcción estaba separada del palacio por un tramo angosto de roca y un puente corto. Dos guardias permanecían en la parte visible. Podía haber más dentro.

—Esperen. Hay una torre junto al acantilado.

Shaeli acercó el carbón.

—¿Conectada al palacio?

—Por un puente. Debajo hay otros riscos. Wist no está mirando la base.

El fénix descendió lo suficiente para mostrarla. Una cornisa irregular rodeaba parte de la torre y terminaba cerca de una ladera seca. No era una entrada al palacio, pero desde arriba se veía el cadalso casi sin obstáculos.

Wist rodeó la torre una vez más y se alejó del palacio por decisión propia. La imagen de los riscos fue sustituida por tejados, calles y, al final, la contraventana del refugio. Tirka lo dejó entrar varios minutos después. El fénix ocupó el respaldo de una silla mientras Shaeli terminaba de dibujar lo que Aura había descrito.

—Podemos llegar hasta la ladera —dijo Tirka—. La roca me sirve más que una calle llena de botas.

—Después tendríamos que subir —añadió Brenor—. Y quitar a los guardias antes de que pidan ayuda.

Shaeli trazó la torre. La línea que intentó llevar desde allí hasta la explanada quedó suspendida a mitad del espacio.

—Aunque consigamos esa posición, todavía estaremos fuera.

Aura recordó la copa del árbol donde se encontraba el vórtice de Ereel. Había bajado saltando entre ramas y liberando presión bajo sus pies para reducir cada caída. También había usado el mismo principio al descender la muralla después de recibir el informe de Arcalzar.

—Podría bajarnos —dijo.

Todos la miraron.

—No es vuelo. Es una especie de... levitación descendente. Reduzco la caída y elijo dónde apoyar los pies antes de volver a soltarme.

—¿A nosotros también? —preguntó Nashira.

—Tal vez.

—¿Cuánto tiempo?

Aura levantó una mano hasta la altura de su cintura.

—Puedo sostenerme así unos segundos.

—¿Cuántas personas? —insistió Nashira.

—No lo sé. Nunca lo hice con otra.

—Entonces todavía no puedes bajarnos —dijo Brenor.

Aura quiso contradecirlo, pero no tenía una medida distinta. La caída desde la torre era mucho mayor que la del árbol y no habría ramas donde descansar.

Tirka siguió con una garra el trayecto hasta el cadalso.

—Además nos verían. Una persona flotando ya llama la atención. Cinco serían difíciles de ignorar, miau.

—Darían la alarma antes de que alcanzáramos la mitad —dijo Shaeli.

El carbón permaneció quieto entre sus dedos. Cael habría sabido qué puertas necesitaban autorizaciones y cuáles se abrían durante un acto público. Ambarine habría seguido haciendo preguntas hasta encontrar el punto que nadie había considerado. Ninguno de los dos estaba allí. Shaeli probó otra línea desde la torre, la observó unos segundos y terminó borrándola.

—Tenemos un lugar al que quizá podamos llegar —dijo—. No una forma de entrar desde él.

Aura observó la mancha dejada sobre la tela. Había querido que la visión de Wist les entregara una respuesta. Solo les había mostrado con más claridad todo lo que estaba vigilado.

«Sigues pensando en atravesar la distancia paso a paso.»

Aura apretó el borde de la mesa.

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que escuchó aquella voz que tardó en confiar en ella.

«¿Témpora?»

«Sí.»

«Te llamé... Anoche también.»

La respuesta demoró un momento.

«Lo sé. No siempre conseguí alcanzarte.»

Aura quiso preguntarle por qué. Había sostenido la esfera, había esperado una respuesta mientras todo se cerraba alrededor de ellos. Miró hacia el banco donde Ambarine había dejado sus cosas.

«Ambarine se quedó allá. Yo no pude...», empezó.

«Te escucho, Aura.»

Wist cambió de posición en el respaldo de la silla. Por un instante, Aura se vio desde su altura, con las manos aferradas a la mesa. Cerró los ojos y soltó aquella imagen.

«¿Qué quisiste decir con la distancia?»

«Que intentas convertir la caída en un camino. Ya conoces una técnica que no necesita recorrerlo.»

Aura miró el extremo de la tela donde Shaeli había dibujado la torre.

—El destello —dijo.

Tirka levantó las orejas.

—¿Qué ocurre?

No respondió enseguida. Brenor miró la esfera dentro del bolso y después a Aura.

«Solo he podido moverme hasta lugares cercanos», continuó ella. «Y tengo que ver dónde voy.»

«La primera vez también creías que debías saltar sin imaginar una trayectoria. Aprendiste a elegir dónde terminaba el movimiento.»

«Wist puede mostrarme el lugar, pero son sus ojos.»

«Entonces no intentes dirigirlos. Utiliza la imagen que él acepte darte como destino. Tú conservas el trazado.»

Aura explicó la idea mientras Témpora la guiaba. El destello no debía sostener su peso durante todo el espacio. Necesitaba fijar el punto de partida, reconocer un lugar libre al otro lado y cerrar la distancia antes de que la imagen de Wist cambiara. La perspectiva prestada podía servir, pero también aumentaba el riesgo: una inclinación del ave alteraría lo que Aura consideraba suelo.

—Sigue dejándonos en la torre —dijo Shaeli.

—Podría usarlo otra vez desde allí hasta el cadalso.

Nashira apoyó la mano sana sobre la mesa.

—Tú. No nosotros.

Aura transmitió la objeción.

«Cuando realizas el destello, ¿qué decides transportar?», preguntó Témpora.

«Mi cuerpo.»

«Decides el espacio que ocupa tu trazado. Hasta ahora nunca necesitaste hacerlo más grande.»

Aura apartó una silla y pidió a Tirka que se acercara.

—Voy a probarlo aquí. Solo hasta la pared.

—¿Conmigo?

—Eres la más ligera.

Tirka movió las orejas hacia los lados, pero le ofreció ambas manos. Aura formó el destello alrededor de sí misma y trató de extender el límite hasta cubrir los brazos de la felina. La energía se cerró demasiado pronto. Aura apareció junto a la pared sin ella.

Tirka continuó frente a la mesa, todavía con las manos extendidas.

—Eso habría sido malo sobre el acantilado.

—Sí.

«No la añadas después», indicó Témpora. «Empieza el trazado alrededor de ambas.»

Aura regresó caminando. Esta vez sostuvo a Tirka por los antebrazos y reunió la Lay Len desde el suelo. El límite resultó más ancho y le costó conservarlo cerca de la cola, que no permanecía quieta.

—Tirka...

—Estoy intentando no moverla.

—La estás moviendo más.

La cola se detuvo de golpe. Aura eligió el espacio junto a la pared y cerró el trazado.

El destello las dejó allí juntas. Tirka aterrizó agachada, con las garras apoyadas en el suelo y todo el pelaje de la cola erizado.

—No vi nada entre un sitio y el otro —dijo.

—Eso es lo que hace.

—No me gusta...

Aura sintió una risa breve, cálida, en el fondo de su mente. Había olvidado cuánto extrañaba escucharla.

Shaeli se acercó para la tercera prueba. Con dos personas dentro del trazado, Aura tuvo que repetir la forma varias veces antes de evitar que la energía se cerrara sobre sus brazos. Consiguió llevarlas hasta el otro extremo de la habitación. Al llegar, las rodillas dejaron de sostenerla durante unos segundos. Tirka la sujetó por un lado y Shaeli por el otro.

La mesa parecía haberse inclinado. Aura cerró los ojos y esperó a que el mareo disminuyera. No había energía roja en sus manos ni el calor que otras veces había intentado subirle desde el pecho. Había utilizado más Lay Len de la que su cuerpo podía acomodar con rapidez.

—Dos —dijo cuando pudo volver a mirar—. Puedo llevar a dos conmigo.

—Has cruzado una habitación —señaló Nashira.

—Lo sé. La distancia real será peor.

«Hazlo una vez», aconsejó Témpora. Su voz volvía a oírse tenue. «El alcance, la visión prestada y dos personas exigirán cosas distintas de ti. No encadenes otro destello largo hasta recuperar el equilibrio.»

Aura repitió la advertencia y esperó a que sus piernas dejaran de temblar antes de apartarse de Tirka.

Wist bajó del respaldo de la silla y se acercó a su mano. La hebra cálida entre ambos se hizo más perceptible. Esta vez no apareció una imagen; una corriente pequeña rodeó los dedos de Aura y se detuvo junto a la muñeca.

—Él también quiere ayudar —dijo.

El fénix apoyó la parte oscura del pico contra su palma y dejó pasar un poco más. La corriente cambiaba con cada respiración. No permanecía quieta dentro de vetas como la energía de la amalgamita: se acercaba, retrocedía y conservaba una tensión propia.

Tirka se situó delante de Aura.

—Si vas a practicar la levitación con alguien, sigo siendo la más ligera.

Aura formó el trazado de presión bajo los pies de Tirka. Tomó una porción pequeña de la corriente de Wist y la extendió con cuidado. Las botas de la felina se separaron del suelo. Primero un dedo. Después el ancho de una mano.

—No muevas la cola —pidió Aura.

—La cola no pesa tanto.

Wist giró la cabeza hacia un sonido de la calle. La corriente cambió con él y Tirka se inclinó de lado. Alcanzó la mesa con una garra antes de golpearla. Aura intentó corregir el trazado, recibió más fuerza de la necesaria y tuvo que soltarlo. Tirka cayó sobre ambos pies.

—Eso también habría sido malo sobre el acantilado —dijo.

Wist abrió las alas y retiró la corriente.

Aura esperó a que la punzada bajo las costillas disminuyera. Después volvió a ofrecerle la palma.

—Si cambias la fuerza, tengo que soltarla. No intentaré conservarla.

El fénix tocó sus dedos. Dejó pasar una hebra menor y la recogió dos veces, con dos tirones breves que Aura sintió hasta el antebrazo. Luego la retiró.

—Hazlo otra vez.

Wist repitió los dos tirones.

En el segundo intento, Aura mantuvo a Tirka cerca del suelo y soltó el trazado al recibir la señal. La felina descendió sin inclinarse.

Shaeli regresó a la tela. Ya no intentó dibujar un recorrido continuo. Marcó la torre, el cadalso y el lugar aproximado de los tres cubos.

—Puedo utilizar la visión de Wist para fijar el destino —dijo Aura—. Llevaré a dos conmigo. Pero tengo que poder sostener el trazado... y encontrar un espacio libre junto a Ambarine.

—¿A quiénes? —preguntó Brenor.

Aura miró su brazo vendado, el hombro de Nashira y las pocas armas que conservaban.

—Todavía no lo sé.

Shaeli apoyó el carbón sobre el dibujo de la torre. Brenor seguía mirando la distancia hasta el cadalso; cuando Aura se volvió hacia él, recogió el cuchillo de la mesa.

Era la primera posibilidad que no exigía cruzar una puerta llena de guardias.

Wist se aproximó a la ventana. Tirka abrió la contraventana y el fénix salió al tejado. Permaneció allí hasta que Shaeli recogió la tela, Rayenteeka ajustó las vendas y cada uno ocultó lo que llevaba bajo capas distintas. Después desplegó las alas y avanzó sobre los tejados.

No voló tan rápido como durante el reconocimiento del palacio. Se detenía sobre techos, chimeneas y muros bajos hasta que el grupo alcanzaba la siguiente esquina. Aura recibió su vista solo cuando Shaeli pedía comprobar una calle. Cerraba los ojos, describía lo que él miraba y cortaba el vínculo antes de volver a caminar. Aun así, el estómago se le revolvía cada vez que regresaba a su propio cuerpo.

El trayecto los alejó de las avenidas que conducían directamente al palacio. Encontraron dos controles y tuvieron que retroceder ante uno. En el segundo, Tirka olió el cuero húmedo de varios uniformes antes de que los guardias aparecieran y los condujo por el patio trasero de una vivienda abandonada. Nashira caminaba apoyada en Rayenteeka. Brenor conservaba la mano sana debajo de la capa, alrededor del cuchillo. Shaeli no dejó una sola marca tras ellos.

Wist los esperaba sobre el muro del almacén de Darom. Shaeli había elegido volver allí después de recoger la tela: el conductor prometió dejar las armas, y todavía necesitaban el arco de Brenor.

La segunda carreta estaba en el patio. Varias personas habían apartado las cajas vacías y extendido una lona entre dos paredes para ocultar el interior. El arco de Brenor descansaba sobre una mesa improvisada, junto a una espada envuelta y las flechas que había entregado en el control. Cerca de la entrada, Ana hablaba con tres conductores y dos trabajadores de almacén. Había más personas junto al carro. Ninguna llevaba uniforme ni el mismo tipo de ropa.

Aaron salió de debajo de la lona con un maletín en una mano.

Se detuvo al ver a Aura. Primero observó la capa, después la forma en que mantenía un brazo cerca de las costillas y, por último, al fénix que ocupaba el muro.

—Tardaste —dijo.

Aura sintió alivio suficiente para sonreír.

—Estuve ocupada.

—Esa explicación mejora mucho cuando la persona que desapareció varios días sigue de pie. Siéntate.

—Los demás están más heridos.

—Y en cuanto termines de discutir, seguirán estándolo.

Tirka señaló una caja con la cola.

—Puedes sentarte ahí, miau.

Aura la miró. Las orejas de Tirka permanecieron levantadas con una inocencia poco convincente.

—Eso ha sido a propósito.

—Sí.

Aura obedeció. Mientras Aaron abría su maletín, reconoció el símbolo de las tres líneas doradas en la ficha que llevaba la mujer.

—¿Darom está aquí? —preguntó.

—En la dependencia del oeste —respondió ella—. Sigue sin poder trabajar. Tiene que descansar, aunque no le guste que se lo recuerden.

Aura bajó la mirada hacia la ficha. Darom le había ofrecido un camino para devolver una deuda sin obligarla a aceptar una recompensa. Ahora ese camino tenía una carreta, armas y personas que podían perder mucho más que una tarde de trabajo.

—Dígale que gracias.

—Puede decírselo usted cuando esto termine.

Shaeli se acercó a Ana antes de que Aaron empezara a retirar el vendaje.

—¿Cael está afuera?

—En el punto de apoyo. Nos pidió que le lleváramos una respuesta. Está preparando dónde recibirlos.

Ana señaló las mantas nuevas junto a la carreta.

—Ferenth mandó eso. Y hay gente con Cael, despejando un cobertizo y buscando otro lugar donde puedan quedarse.

Shaeli dejó quieta la mano sobre el papel.

—¿Lo encontró Cael?

—Cael lo mandó buscar cuando dejaron de llegar los avisos. Eso decía la nota que trajeron con las mantas.

Brenor se volvió hacia la puerta del almacén. Después se acercó a Shaeli.

Shaeli miró a los demás. Tomó una hoja de las que Ana llevaba junto a la carta de Darom y pidió con qué escribir. Le costó empezar la primera línea. Después se apartó con Brenor para completar los nombres.

Aaron retiró la tela que cubría la quemadura de Aura. Su expresión perdió parte de la ironía.

—¿Usaste otra vez la gema?

—No. Está en el bolso.

Comprobó la herida, le pidió respirar profundo y presionó con cuidado alrededor de las costillas. Aura tuvo que detenerlo al encontrar el punto más doloroso. Aaron cambió el vendaje y dejó una mezcla fría bajo la tela.

Después examinó a Brenor. La herida del brazo había vuelto a abrirse cerca del codo y parte del pelaje permanecía pegado por la sangre. Aaron limpió, vendó y le hizo cerrar la mano varias veces.

—Puedes tensar ese arco una vez —dijo—. Quizá dos. Después puedes despedirte del brazo durante varias semanas.

—Necesito más de dos.

—Sí, pero tus tendones dicen que no.

Nashira se sentó frente a ellos. Aaron tardó más con su hombro. Le retiró el soporte, comprobó la inflamación y volvió a inmovilizarlo antes de permitirle bajar el brazo.

—No puedes pelear así.

—Eso ya lo sé. ¿Qué trajiste?

Aaron sacó dos tubos estrechos con líquido cobrizo.

—Esto no cura. Reduce el dolor, sostiene la respuesta muscular y evita que el cuerpo te detenga durante un periodo corto. Después devuelve todo junto: cansancio, temblores, dolor y poca coordinación.

Brenor miró los tubos.

—¿Cuánto dura?

—Entre veinte minutos y media hora. Menos si fuerzas el cuerpo o utilizas Lay Len al mismo tiempo.

—¿Puedo potenciar las piernas? —preguntó Nashira.

—Puedes. Una vez. Si intentas sostener la potenciación porque el preparado oculta el dolor, no notarás el daño hasta que ya no puedas caminar.

Nashira observó su hombro y después la ruta que Shaeli había vuelto a extender sobre una caja.

—Entonces camino hasta la posición y corro una vez.

Aaron le ofreció uno de los tubos, pero no lo soltó cuando ella intentó tomarlo.

—Lo bebes cuando falte poco para actuar. No antes.

—Comprendido.

Solo entonces abrió la mano. Brenor recibió la segunda dosis.

—¿Y si tengo que elegir entre salir y cubrir a alguien? —preguntó.

—El preparado no puede elegir por ti.

—No te pregunté eso.

Aaron sostuvo su mirada.

—Si el efecto empieza a terminar, no podrás cubrir a nadie con precisión. Te retiras antes de que ocurra.

Las orejas de Brenor descendieron un poco. Guardó el tubo junto al protector del antebrazo y fue hasta su arco. Revisó la madera, la cuerda y cada flecha recuperada. Las contó dos veces.

Aaron encontró la amalgamita envuelta dentro del bolso de Aura. La sostuvo bajo la luz. Las dos grietas anteriores seguían unidas cerca del engarce; desde aquella unión partía una tercera que atravesaba una de las vetas. Aaron giró la pieza con unas pinzas y acercó la lámpara.

—En realidad, me sorprende que haya durado tanto.

—Absorbió otra sobrecarga en el patio... Van tres. Pero Wist puede prestarme Lay Len.

Aaron levantó la mirada hacia el muro. El fénix lo observó con poca simpatía.

—¿Ese también toma decisiones generosas con mi trabajo?

—Él decidió... ayudarme.

Aura explicó la prueba, la variación de la corriente y los dos tirones con los que Wist podía retirarla. Aaron escuchó mirando de vez en cuando al fénix. Colocó la amalgamita dentro del engarce y ajustó el cierre.

—El cierre puede sujetarla. Las grietas se quedan —dijo—. Dos absorciones disponibles, si la piedra aguanta. No la fuerces para averiguar cuánto.

—Si conduces energía viva y la gema intenta absorber el exceso, cualquiera de los dos puede cambiar antes de que reacciones.

Sujetó la pieza al interior de la capa, lejos del centro de la quemadura.

Aura le contó también lo de la caja. Describió el zumbido, el mineral azul pálido y la forma en que la barrera dejó de responder cuando se acercaron.

—Cuarzelita —dijo Aaron—. Si la hacen vibrar como corresponde, deforma los trazados. La energía sigue ahí. Puedes sentirla y aun así no conseguir dirigirla.

—Eso pasó —respondió Aura—. Ambarine tampoco podía mantener el fuego.

Aaron miró las líneas del cadalso sobre la tela.

—¿Han visto más?

—Tres. Las estaban colocando esta mañana.

Ana había reunido a nueve personas, pero no las distribuyó como una unidad. Algunas sabían moverse entre los almacenes y los caminos de servicio; otras solo habían aceptado mezclarse con el público o ayudar a retirar heridos. Tres llevaban armas cortas bajo la ropa. Los demás discutieron entre ellos qué rutas conocían y cuáles ya podían haber sido cerradas.

Aura les mostró la torre del acantilado sobre la tela. Shaeli repasó la ladera con los trabajadores de Darom mientras Brenor comprobaba el arco. Tirka se acercó a Nashira y las dos siguieron con la mirada la distancia entre la torre y el cadalso.

—Con los tres cubos funcionando así, no puedo llevar a nadie hasta allí —dijo Aura—. Si la interferencia disminuye, intentaré sostener el destello. Tirka y Nashira vendrán conmigo.

—¿Y después? —preguntó la mujer.

Aura miró a Tirka, a Nashira y a Shaeli. Pensó en las cadenas, en la guardia y en el mareo que la había dejado sostenida entre dos cuerpos después de cruzar una habitación.

—Después necesitaré que me protejan hasta que pueda moverme otra vez.

Shaeli eligió a dos de los voluntarios que conocían la ladera y dejó que el resto decidiera entre la explanada y el puesto de Aaron. Rayenteeka se quedó con el alquimista. Brenor recuperó el arco. Nashira guardó su tubo sin beberlo y Tirka comprobó tres veces que Aura llevara la esfera, la amalgamita y las vendas.

Aura sacó el cuaderno antes de cerrar el bolso. La flor de Peryna seguía entre las hojas. Acomodó un pétalo que sobresalía, cerró el cuaderno y se lo tendió a Aaron.

—¿Puedes guardármelo hasta que volvamos?

Aaron lo colocó en la parte alta del maletín, separado de los frascos. Tirka se inclinó para comprobar que quedara plano y después ayudó a Aura a cerrar el bolso.

Salieron en grupos pequeños. Parte de los voluntarios siguió a las personas que caminaban hacia el palacio; otros ayudaron a Aaron a trasladar el maletín y los suministros a un almacén de Darom situado fuera del cerco inmediato. Ana entregó al conductor la hoja de Shaeli antes de que llevara la carreta de regreso al punto exterior. Aura, Tirka, Shaeli, Nashira y Brenor tomaron las calles que descendían hacia el mar, acompañados por los dos trabajadores que conocían la ladera.


Cael había conseguido mantas y dos recipientes de agua cuando la carreta regresó. La hizo entrar junto al cobertizo, dejando libre el camino para quienes llegaran a pie. El conductor le entregó la hoja de Shaeli antes de bajar.

Reconoció su letra. Los seis estaban vivos y seguían en la capital. Cael sostuvo el papel con ambas manos hasta llegar a los nombres de quienes no habían regresado.

Orven. Lyra. El hombre de cabello gris.

El conductor empezó a explicar dónde habían encontrado a los supervivientes. Cael levantó una mano.

—Espere... ¿Orven?

Miró otra vez la línea. Shaeli había escrito que lo mataron dentro del palacio, mientras estaba sujeto. Cael recordó la última corrección que hicieron juntos sobre el regreso, a Orven esperando que terminara de anotar antes de despedirse. No supo dónde dejar aquella hoja. La sostuvo un rato más mientras el conductor guardaba las riendas.

Ferenth dejó las mantas y se acercó a leer con él.

El del brazal seguía desaparecido. Ambarine estaba capturada. La tumba de Emeter se encontraba vacía. Shaeli advertía también que el hombre que ayudaba con los víveres había denunciado el operativo. Lo encontraron dentro del palacio. Había estado en el campamento, pero no sabían qué más reveló ni hasta dónde lo llevaron sus visitas.

Cael se volvió hacia el camino por el que había llegado. Las transcripciones seguían en el refugio, junto a las personas que esperaban noticias. Sacó una hoja y escribió el aviso antes de continuar leyendo. Cuando el contacto exterior llegó al cobertizo para preguntar por el regreso, se lo entregó.

—Llévelo al encargado de la vigilancia. Que haya alguien mirando el acceso en cada relevo y que comprueben quién llega antes de dejarlo pasar.

El hombre leyó la primera línea.

—¿Van a salir de allí?

Cael apretó los dedos sobre el borde de sus notas.

—Todavía no. No sabemos qué contó. Pero tienen que enterarse ahora.

Esperó a que el hombre se alejara y volvió al mensaje de Shaeli. Cerraba con el destino al que iban a intentar llegar: la explanada, antes de que comenzara la ejecución.

Cael se sentó en el borde de la carreta. Sacó el aviso de los once y lo puso junto al nuevo. Durante unos momentos no escribió nada.

—¿Cuántas personas puede traer en cada viaje? —preguntó al fin.

El conductor miró el espacio bajo la lona.

—Depende de cómo vengan.

Cael asintió. Apartó una caja que estorbaba y dobló otra manta para cubrir las tablas.

—Si no pueden caminar, vayan primero por ellos. En el almacén sabrán dónde dejó Aaron su puesto. Pregunte por él antes de acercarse al palacio.

El hombre empezó a girar la carreta. Cael se levantó para ayudarlo y tuvo que soltar el borde cuando recordó las hojas que había dejado sobre el asiento. Las recogió antes de que cayeran.

—Yo estaré aquí —añadió.


La ruta que tomaron Aura y los demás hasta la ladera no se pareció a la que habían dibujado. Una patrulla cerró el primer callejón y los obligó a cruzar por el patio de una vivienda abandonada. Más adelante encontraron una reja nueva donde uno de los trabajadores de Darom recordaba un paso abierto. Tuvieron que bajar hasta la playa rocosa y regresar por debajo de un muro de contención. Cuando por fin vieron la torre, el acto ya había reunido a casi toda la explanada.

Había tres guardias.

Uno vigilaba el puente y los otros descendían por la escalera exterior. Tirka reconoció el olor del cuero antes de que aparecieran. El grupo se ocultó entre las rocas y esperó a que pasaran, pero el último se detuvo al oír la respiración forzada de Brenor. Shaeli lo alcanzó antes de que pudiera gritar. La lucha breve contra la pared atrajo al segundo; Nashira intentó ayudar y tuvo que retroceder cuando el hombro le falló. Tirka se lanzó a sus piernas, Brenor utilizó el arco sin flecha como palanca y entre los tres consiguieron derribarlo. Los trabajadores de Darom arrastraron a ambos detrás de las rocas y utilizaron sus cinturones para sujetarles las manos.

El guardia del puente miró hacia abajo.

Una piedra cayó junto a él desde el lado opuesto de la torre. Wist apareció sobre una almena, batió las alas y volvió a ocultarse. El hombre se apartó para buscar el origen del ruido. Eso les dio el tiempo necesario para alcanzar la escalera y reducirlo dentro de la entrada.

Nadie salió a reemplazarlo.

Los dos trabajadores se quedaron abajo con los guardias inmovilizados y el acceso de la ladera a la vista.

—Eran pocos —dijo Tirka mientras escuchaba detrás de una puerta.

La torre tenía una habitación superior abierta hacia el acantilado y dos ventanas estrechas orientadas a la explanada. Brenor tomó una de ellas. Shaeli volvió a bajar para vigilar la escalera y conservar una salida. Aura se sentó junto a la otra ventana con Tirka y Nashira. Las tres cabían dentro del trazado si permanecían juntas.

Nashira observó la distancia hasta el cadalso.

—Es bastante más que la habitación.

—Sí.

—¿Sigues pensando que puedes hacerlo?

Aura tardó en contestar.

—Creo que sí.

Nashira asintió. No le pidió que sonara más segura.

Wist ocupó el borde superior de la torre. Cuando Aura aceptó su visión, el mar apareció debajo de él y la explanada se extendió al otro lado. Las banderas del palacio se movían en una dirección distinta a sus plumas. El cadalso ya se encontraba preparado y los tres cubos de cuarzelita ocupaban las posiciones que Aura había marcado: dos debajo de la plataforma, a los lados del soporte, y uno sujeto al travesaño superior.

Ambarine estaba encadenada en el centro.

Aura dejó de respirar durante un instante. La túnica gris, los brazos elevados y el aro que le apretaba la cintura ocupaban casi toda la imagen. La cabeza de Ambarine permanecía inclinada y parte del cabello le cubría el rostro.

—La veo —susurró Aura.

Tirka se aproximó hasta rozarla con el hombro.

El relator pronunciaba la sentencia desde un lado de la plataforma. Aura no recibía sonido a través de Wist, pero las palabras alcanzaban la torre desde la placa que las amplificaba sobre la explanada. Escuchó el nombre de Emeter, la acusación de asesinato y la incursión de la noche anterior. Algunas personas asentían; otras preguntaban por qué el Consejo había esperado tantos años para ejecutar una sentencia ya dictada.

Wist recorrió el borde de la plaza con la mirada. Aura reconoció la peineta de plata antes que el rostro. Syrit se encontraba detrás de una de las primeras barreras destinadas a las casas y a los funcionarios menores. Mirret permanecía a pocos pasos, atento a los guardias más que al cadalso.

—Syrit está aquí —dijo Aura.

Tirka miró hacia la explanada, aunque desde la ventana no podía distinguirla.

Los voluntarios de Darom tampoco se agruparon. Aura distinguió a Ana cerca de una calle lateral y perdió a los demás entre capas, sombreros y hombros.

El custodio descubrió la espada.

El canal rojizo de la hoja brilló bajo el sol. La cuarzelita seguía activa. Aura reconocía el zumbido incluso desde la torre y, a través de Wist, veía vibrar las cajas bajo la plataforma.

Brenor bebió el preparado en la otra ventana. Nashira hizo lo mismo junto a Aura. El efecto no borró sus vendajes. Brenor tardó varios segundos antes de levantar el arco y probar la cuerda sin tensarla por completo. Nashira apoyó la mano sana en la pared, movió los pies y esperó a que dejaran de temblarle las piernas.

—Cuando lleguemos —dijo—, Tirka va por las cadenas. Yo te protejo a ti.

—Si llegamos —corrigió Aura.

La lectura terminó.

Ambarine levantó la cabeza.

Desde la altura de Wist, Aura vio su rostro y la dirección de sus ojos. No miraba al ejecutor ni la espada. Miraba a Isaliria bajo el dosel del palco.

El ejecutor recibió el arma y ocupó su lugar.

La hoja comenzó a elevarse.

Aura reunió las manos de Tirka y Nashira dentro del trazado. Fijó el espacio junto a Ambarine e intentó cerrar la distancia. La energía se torció al alcanzar el cadalso; el borde que rodeaba a las tres se abrió y volvió a deshacerse. Sus pies seguían sobre el suelo de la torre.

La espada descendió.

—¡Ambarine!

El miedo de Aura alcanzó a Wist por el vínculo, junto con la urgencia de llegar hasta ella. La visión prestada se cortó. Desde la ventana, Aura alcanzó a ver dos hilos de fuego que se unían alrededor del fénix mientras se dejaba caer. El resplandor envolvió sus alas y se alargó hacia la plataforma.

Un pilar de luz cayó sobre el cadalso.

El golpe sacudió las tablas. Cinco lenguas de fuego salieron hacia los lados y se curvaron alrededor del soporte, formando una espiral que bajó por los bordes hasta el suelo. Las cajas de cuarzelita golpearon contra sus sujeciones y el ritmo de los mecanismos se rompió. Un zumbido se apagó de inmediato; el segundo se convirtió en un traqueteo irregular. El cubo del travesaño se inclinó y dejó de vibrar antes de que la estructura terminara de moverse.

Cuando la luz permitió distinguir otra vez la plataforma, Ambarine seguía encadenada al travesaño. El ejecutor tenía una mano sobre la empuñadura de la espada, clavada entre las tablas a un lado de ella.

Wist rodó sobre la madera y abrió las alas. Durante un instante, Aura volvió a recibir su visión: las cadenas, la túnica gris y el espacio libre a la izquierda de Ambarine. Las llamas rodeaban la túnica de Ambarine y las botas de los guardias sin quemarlos. Una pequeña marca de quemadura quedó sobre las tablas donde había caído el fénix; al pie del cadalso, el fuego dejó otra sobre la piedra. Los asistentes retrocedieron y se sacudieron las ropas, todavía intactas.

Antes de que alguno consiguiera alcanzarlo, Wist se impulsó otra vez. Cruzó sus propias llamas, pasó entre dos lanzas y se dejó caer por el borde del acantilado. Para la plaza, desapareció.

Aura conservó la última imagen que él le había entregado. Apretó las manos de Tirka y Nashira e intentó formar otra vez el trazado. El borde temblaba con cada tirón de la interferencia que aún llegaba del cadalso.

Esperó.


El ejecutor permaneció con una mano sobre la espada clavada en las tablas. Los guardias miraron el fuego, los mecanismos detenidos y el lugar por donde el fénix se había ido. Incluso Isaliria seguía inmóvil bajo el dosel.

La plaza quedó en silencio.

Syrit no podía apartar la vista de la espada. El fuego de Wist se retiraba poco a poco de las tablas y de las ropas sin haber quemado a nadie. Detrás de ella, alguien dejó escapar el aire que había contenido durante el golpe. Otros comenzaron a murmurar, pero nadie se atrevía todavía a llenar el silencio. ¿Qué podía decir ahora? ¿Y qué ocurriría cuando su padre supiera que había sido ella?

Había tenido varias horas para decidir qué haría si encontraba una oportunidad. Durante el camino pensó en las oficinas donde esperaba trabajar al terminar su formación, en el nombre de su padre unido a los registros del Consejo y en la mansión donde los Maythea seguían recibiendo invitaciones porque sabían guardar las formas. Pensó en Mirret, que podía perder su puesto por acompañarla, y en todas las personas de su familia que no habían elegido estar allí.

Después miró a Ambarine, todavía sujeta al travesaño.

Si callaba, la espada volvería a levantarse. Su carrera, su apellido y la paciencia de su padre continuarían a salvo porque Ambarine estaría muerta. Mientras esperaba en la explanada había oído a dos personas discutir sobre una cámara funeraria vacía; ninguna sabía decir adónde habían llevado a Emeter. Syrit tampoco sabría qué había detrás de los documentos ni si aquel rumor era cierto.

Syrit cerró una mano alrededor de la peineta de plata. La amalgamita respondió con una luz débil entre sus dedos.

«Lo siento, padre.»

La arrancó de su cabello y dirigió la punta hacia el cielo. No necesitaba un trazado complejo. Reunió la poca Lay Len que sabía guiar, alimentó la piedra y lanzó una esfera blanca sobre la explanada. El destello se elevó por encima de las banderas antes de abrirse en varios hilos. Muchas cabezas se volvieron hacia ella.

Mirret dio un paso a su lado.

—Lady Maythea.

—Registré una petición de revisión esta mañana —dijo Syrit.

Al principio su voz solo alcanzó a quienes estaban detrás de la barrera. El silencio hizo el resto. Varias personas repitieron su nombre y alguien del nivel inferior pidió que la dejaran hablar.

Syrit subió al travesaño bajo de la separación. Mirret intentó sostenerla por el brazo; terminó ayudándola a conservar el equilibrio.

—La ejecución se anunció esta mañana para cumplirse al atardecer. Registré una petición en la Academia y me dijeron que no la leerían hoy. ¿Cómo vamos a presentar las pruebas nuevas si no esperan a recibirlas? No hubo acceso público a la deliberación, como sí lo hubo cuando se dictó la sentencia anterior. Tampoco se ha respondido a las referencias retiradas de la Academia.

La mujer que sostenía las actas se inclinó hacia otro consejero. Isaliria no se movió bajo el dosel.

—La condena ya fue revisada y pronunciada —respondió el relator desde el arco de autoridades—. El acto continuará.

—¿Sin preguntar por el cuerpo de Emeter? —Syrit alzó más la voz—. En las calles se dice que su tumba estaba vacía cuando Ambarine entró al palacio. Si es mentira, muéstrenlo. Si fue trasladado, ¿se informó al Consejo? ¿Quién responde por él?

El murmullo se extendió hasta las escaleras. Un hombre cerca de la barrera volvió la cara al escuchar la pregunta. Otra mujer se cubrió la boca antes de decirle algo a su acompañante.

—Retiren a lady Maythea del sector —ordenó el relator.

Dos guardias solares abandonaron la línea. Syrit los vio acercarse y sintió que las piernas querían bajarla de la barrera, esconderla otra vez entre la gente. Mirret se colocó delante de ella.

—También expulsaron a Ereel sin permitirle apelar ni terminar el examen que se usó contra Ambarine —continuó Syrit—. Ahora ejecutan a su antigua alumna antes de responder por ese destierro, por los documentos apartados y por una tumba vacía.

Uno de los guardias miró al otro. El más joven no levantó la lanza.

—Lady Maythea, debe venir con nosotros —dijo el segundo.

—¡Detengan la ejecución!

Syrit dirigió la mirada hacia el palco. Había estudiado las fórmulas de sucesión suficientes veces para saber que Isaliria podía mandar sobre oficinas, nombrar funcionarios y disponer de la guardia mientras el gobierno siguiera incompleto. También sabía qué no había ocurrido.

—Isaliria conserva el título que recibió al casarse con Emeter, pero no ha sido juramentada como su sucesora ante la tradición de Daliana. ¡No puede utilizar una sentencia antigua para cerrar sola la sucesión que el Consejo se ha negado a reconocer!

Esta vez la respuesta no vino del palco. Cerca de Syrit, una pareja de semi-humanos se miró. El hombre tenía orejas cortas entre el cabello y una cicatriz que le cruzaba la mandíbula; la mujer ocultaba la cola bajo una capa demasiado ancha. Ella buscó su mano. Permanecieron unidos unos segundos mientras las personas a su alrededor se apartaban de los guardias.

—A mi hermana le quitaron la casa por una firma que nunca puso —dijo la mujer—. También dijeron que no había nada que revisar.

El hombre apretó su mano.

—Que respondan primero.

Ana levantó la voz desde el costado de la explanada.

—¿Dónde está la respuesta a la petición de esta mañana?

Otro de los trabajadores se acercó a la barrera, sin sacar el arma corta que llevaba oculta.

—Yo vi a Ambarine sacar gente de un almacén incendiado. No sé quién mató a Emeter, pero no voy a apartarme para que la maten antes de averiguarlo.

No todos se unieron. Algunas personas retrocedieron y otras pidieron que no provocaran a la guardia. Un hombre gritó que Ambarine había entrado armada al palacio; desde otro sector le respondieron que eso no devolvía el cuerpo del emperador a su tumba. Las voces ya no pertenecían solo a quienes reconocían a Syrit.

Isaliria levantó una mano. El relator interrumpió su intento de hablar y aguardó.

—La sentencia fue dictada por el Consejo antes de que yo asumiera el gobierno —dijo ella. Su voz alcanzó la explanada mediante la placa de amplificación—. La captura de Ambarine permite cumplirla. Los asuntos de sucesión y el traslado de Emeter serán tratados por las autoridades correspondientes después de que termine este acto.

Syrit bajó de la barrera y quedó frente a los dos guardias.

—Después de que la única persona que puede contradecirla esté muerta —respondió.

La placa no llevaba su voz, pero quienes estaban cerca la repitieron. La frase cambió al pasar de una boca a otra. Al llegar al extremo de la plaza ya era una acusación distinta, mezclada con casas confiscadas, familiares detenidos y nombres de personas que nunca habían conocido a Ambarine.

Isaliria dejó caer la mano.

—Continúen.

El ejecutor reaccionó antes que el resto. Tiró de la espada clavada entre las tablas, apoyó una bota junto a la hoja y consiguió liberarla. El canal rojizo volvió a recibir la luz.

Una parte del público empujó hacia el cadalso.

Los guardias bajaron las lanzas para contenerla. El joven que había llegado hasta Syrit mantuvo la suya cruzada frente al pecho, sin dirigir la punta contra nadie.

—Retrocedan —pidió—. No quiero herirlos.

Su compañero agarró a Mirret por el hombro. Mirret respondió apartando la mano y recibió un golpe con el asta bajo las costillas. Syrit trató de sujetarlo. La pareja de semi-humanos se interpuso antes de que el guardia volviera a alzar el arma.

—¡He dicho que se aparten!

El primer golpe del público llegó desde atrás. Un trabajador de los muelles alcanzó al guardia en el rostro con el puño y lo hizo chocar contra la barrera. Durante un instante ambos parecieron tan sorprendidos como quienes los rodeaban. Después el guardia desenvainó.

La explanada dejó de obedecer.

Personas que solo habían discutido se abalanzaron sobre las separaciones. Otras intentaron abrir espacio para huir y empujaron en la dirección contraria. Los voluntarios de Darom se movieron entre ambas corrientes: dos rodearon a Syrit y a Mirret; Ana sacó a una anciana del suelo antes de que la pisaran. Más abajo, un grupo se negó a retroceder cuando los guardias avanzaron y obligó a la línea a dividirse.

Los magos de la guardia levantaron las manos. Barreras claras aparecieron frente al cadalso y sobre la escalera del palco. Varias luces lanzadas por el público se dispersaron al tocarlas. Una piedra se detuvo en el aire y cayó sin fuerza. La mayoría de quienes se resistían conocía encantamientos cotidianos, útiles para encender una lámpara o mover una carga pequeña. Contra defensas preparadas y uniformes entrenados, aquello no bastaba.

No todos los guardias atacaron. Dos conservaron los escudos en alto y retrocedieron al reconocer a Syrit entre la gente. Otro apartó con el brazo la espada de un compañero que intentaba descargarla sobre el hombre de las orejas cortas.

—Son civiles.

—Están atacando a la guardia.

—Nuestro deber es contenerlos.

La discusión abrió un hueco en la línea.


Desde la torre, Aura vio el cambio como una inclinación de lanzas y capas. Ya no recibía la mirada de Wist, pero conservaba con suficiente claridad el lugar que él había dejado junto a Ambarine. Las manos de Tirka y Nashira seguían dentro del trazado.

Todavía alcanzaba a oír el traqueteo de uno de los cubos. Reunió Lay Len; el borde del destello tembló y volvió a cerrarse alrededor de las tres. Aura esperó un momento más. No se había deshecho. Abajo, el ejecutor tenía otra vez la espada en las manos.

—Ahora —dijo.

El destello cerró la habitación a su alrededor.

Durante un instante no hubo torre, viento ni suelo. La imagen prestada se inclinó en su memoria y Aura corrigió el destino demasiado tarde para llegar de pie. Apareció sobre las tablas junto a Ambarine con Tirka aferrada a una mano y Nashira a la otra. Las tres golpearon la plataforma; Tirka consiguió agacharse, pero Aura cayó de rodillas.

El mareo llegó con más fuerza que durante la práctica. El cadalso se inclinó hacia el mar y regresó. Aura intentó apoyar una mano, calculó mal la distancia y habría caído de lado si Nashira no la hubiera sujetado por la capa.

—Respira —le ordenó Nashira.

Tirka ya estaba junto a las cadenas. Probó el cierre de la muñeca menos herida de Ambarine y enseñó los dientes al comprobar el grosor.

—Necesito la llave.

Ambarine seguía con la vista clavada en Isaliria. La ira la había mantenido tan fija en el dosel que no reaccionó al destello ni a los tres cuerpos que cayeron junto a ella.

La voz de Tirka la hizo parpadear. Volvió la cabeza y miró a Aura en el suelo, a Nashira cubriéndola y a Tirka tirando de la sujeción.

—Aura... ¿Estás bien?

Quiso inclinarse hacia ella. La cadena tiró de su muñeca y tuvo que afirmarse otra vez.

—Un momento —respondió Aura, sin poder levantar todavía la cabeza.

Ambarine miró el hombro sujeto de Nashira y la mano de Tirka sobre el cierre. Una sonrisa cálida volvió a su rostro.

—Volvieron...

—El custodio —dijo—. La llevaba en el cinturón.

El custodio había retrocedido junto al soporte de la espada. Tirka corrió hacia él antes de que terminara la frase.

Una flecha cruzó la explanada desde la torre y golpeó el poste al lado del ejecutor. El hombre se apartó por instinto. La segunda flecha alcanzó la correa de su protector y lo obligó a soltar la espada para evitar que el tirón le torciera el brazo. Brenor no podía mantener el arco abierto mucho tiempo; desde aquella distancia hizo que cada disparo modificara una posición en vez de buscar un cuerpo.

Shaeli apareció en el puente de la torre con los dos trabajadores. Habían esperado que la línea del palacio mirara hacia el público. Derribaron la primera separación y descendieron hacia la escalera lateral mientras los voluntarios repartidos en la plaza contenían a los guardias que intentaban cerrarles el paso.

Bajo el dosel, Isaliria se incorporó al reconocer a Aura. La noche anterior solo había alcanzado a observarla entre el fuego, el campo de interferencia y las personas que escapaban. Ahora fijó la mirada en sus ojos púrpura, el cabello carmesí y la semejanza con Ambarine que había confundido a guardias e invitados.

Sus dedos se cerraron sobre el brazo del asiento. Lo soltó antes de que la madera crujiera.

—La joven de ojos púrpura está en el cadalso —dijo al oficial más cercano—. Sepárenla de Ambarine. No la pierdan otra vez.

El hombre transmitió la orden. Isaliria volvió la vista hacia el público. Las barreras continuaban en pie, la guardia conservaba las armas y desde los corredores del palacio llegaban más soldados. La interrupción había sido visible, pero todavía podía encerrarse como otro ataque de los mismos fugitivos.

—Detengan esta rebelión inútil —ordenó a través de la placa—. Despejen la explanada y restituyan el acto.

Los magos cambiaron de contención a neutralización. Una red de luz cayó sobre las primeras personas que empujaban la barrera. Corrientes de aire barrieron piernas y arrancaron capas sin dirigir todavía el filo de las armas. Los escudos avanzaron detrás de esos ataques y recuperaron varios pasos.

Syrit ayudó a Mirret a mantenerse erguido. Él respiraba con una mano contra las costillas, pero no permitió que los voluntarios lo alejaran.

—Detengan la sentencia —repitió ella cuando un guardia intentó llevarla hacia la calle—. Eso es lo que tiene que terminar.

El guardia la reconoció. Bajó la mano sin tocarla y miró a su superior. No fue el único. Entre la Guardia Solar había hombres y mujeres que habían escuchado la condena en boca del Consejo y conocían la diferencia entre custodiar un acto y golpear a quienes pedían una respuesta. Algunos siguieron avanzando. Otros mantuvieron las barreras sin acompañar a quienes empezaron a usar las empuñaduras y los bordes de los escudos contra rostros desprotegidos.

El resultado, aun con esas dudas, empezó a favorecerlos. Los civiles tenían menos espacio, menos protección y ninguna línea común. Un hombre cayó con la frente abierta junto a la separación. La mujer semi-humana recibió un corte en el antebrazo al cubrir a su compañero. Tres personas huyeron hacia la calle y arrastraron a otras con ellas. Los magos de la guardia cerraron el hueco que había permitido avanzar a Shaeli.

En el cadalso, Nashira interceptó al primer soldado que alcanzó a Aura. Se impulsó con las piernas y golpeó su escudo desde un costado; la fuerza de la potenciación sacó al hombre de las tablas. Nashira aterrizó sin una vacilación visible, aunque respiraba demasiado rápido y mantenía el hombro vendado pegado al cuerpo.

Aura consiguió levantar la cabeza. Podía percibir la Lay Len otra vez, pero el traqueteo del cubo situado bajo el lado derecho de la plataforma todavía introducía tirones en cada intento de formar un trazado. El instrumento superior ya no vibraba y el del otro extremo había quedado en silencio. Los encargados trataban de enderezar el que continuaba activo y otro hombre se acercaba con una llave para devolver la tensión a uno de los mecanismos detenidos.

Ambarine cerró los dedos alrededor de la cadena. Una llama breve apareció sobre su muñeca y se desvió hacia la manga. La apagó antes de quemarse.

—No puedo romper la barrera con fuego —dijo—. Alcanzaría a la gente debajo.

Aura siguió con la mirada la defensa que protegía la escalera. Podía reunir un pulso amplio y obligarla a ceder, pero las primeras personas del público estaban apretadas contra el otro lado. Recibirían la misma fuerza.

Aura intentó reunir presión contra el cubo. El trazado se abrió antes de llegar y empujó una tabla suelta hacia el público. Lo cortó.

—Yo tampoco.

Tirka regresó con la llave. Detrás de ella, el custodio permanecía en el suelo con las manos sobre la cabeza, más dispuesto a protegerse que a recuperar el objeto. La felina insertó la llave en el primer cierre.

—Entonces déjennos hacer lo que no necesita magia.

Abrió la muñeca derecha. Ambarine dejó caer el brazo y casi perdió el apoyo cuando todo el peso cambió hacia la otra cadena. Tirka la sujetó por la cintura, pero el segundo cierre había quedado deformado durante el choque de Wist y la llave no giró.

Los guardias recuperaron la escalera. Shaeli tuvo que retroceder hacia el puente y uno de los trabajadores recibió un golpe en la rodilla. Brenor disparó otra flecha. Esta vez la cuerda le arrancó un gesto de dolor y el arco descendió apenas terminó el tiro.

Parecía que la plaza volvería a cerrarse.

Una corriente atravesó el humo y las capas levantadas. No tuvo fuerza para derribar a nadie. Abrió un corredor estrecho entre el polvo y permitió ver a un hombre alto que avanzaba desde una de las calles laterales con una vara de madera retorcida. El manto azul tenía arena en el borde. Su cabello blanco permanecía recogido y Chalkois volaba sobre él, evitando las descargas con movimientos más cortos que los de Wist.

Ereel golpeó una vez el suelo con la vara.

La red de luz que sujetaba a varias personas se deformó hacia un solo punto y cayó sobre la piedra. Un segundo movimiento levantó una barrera breve frente a Ana. La barrera recibió dos proyectiles de los magos y se deshizo, pero le dio tiempo para sacar al hombre herido de la línea.

Aura reconoció la técnica. Ereel no sostenía una defensa amplia ni intentaba dominar toda la Lay Len alrededor. Elegía un movimiento, lo cerraba y utilizaba el tiempo ganado para empezar otro. Era la misma interrupción que le había enseñado en el vórtice, ejecutada sin desperdiciar fuerza.

Uno de los guardias magos también lo reconoció.

—Ereel.

El nombre pasó por la primera línea. Varias personas mayores volvieron la cabeza. Un antiguo estudiante levantó el brazo para señalarlo y otra voz preguntó si de verdad había regresado. La guardia no se retiró, pero la barrera que acababa de recomponerse perdió uniformidad.

Ereel alcanzó el extremo de la explanada desde donde podía ver la plataforma. El zumbido irregular de los cubos llegó hasta él entre los golpes y los gritos. Había leído aquella teoría muchos años atrás, cuando la interferencia por vibración todavía no pasaba de pruebas incompletas. El mecanismo que tenía delante seguía siendo imperfecto: tres campos superpuestos, carcasas dañadas y demasiadas piezas expuestas.

El mago que vigilaba la escalera lanzó una descarga. Ereel inclinó la vara y la desvió hacia una placa metálica caída. La superficie recibió la energía y se calentó hasta ponerse roja en los bordes.

Ereel mantuvo la punta de la vara sobre ella. El metal que el combate había dejado a sus pies se estiró en seis líneas estrechas y se separó de la piedra. Realizó toda la modificación fuera de la parte más intensa del campo. Después envolvió las esquirlas en una corriente breve, les dio impulso y las soltó antes de que atravesaran la interferencia.

La cuarzelita desvió los restos del trazado, pero no detuvo el metal. Dos esquirlas entraron por la carcasa abierta del cubo que todavía traqueteaba y rompieron la transmisión de la vibración. Otras alcanzaron el instrumento que los encargados intentaban poner en marcha. El mecanismo dio un golpe seco, se atascó y dejó caer varias láminas azules bajo la plataforma.

Ereel volvió la vara hacia el travesaño. El último cubo colgaba inclinado e inactivo. Un impulso de aire rompió la sujeción dañada y lo hizo caer detrás del cadalso. La carcasa se abrió contra la piedra.

El zumbido desapareció por completo.

Aura sintió que la Lay Len volvía a responderle sin los tirones del campo. Ambarine reunió una llama en la mano libre, pero la forma vaciló y se dispersó antes de tocar la cadena. Había pasado demasiado tiempo dentro de la distorsión para recuperar el control de inmediato.

Tres magos de la guardia se volvieron contra Ereel. El primero levantó una barrera; Ereel envió un pulso contra el suelo debajo de sus pies y lo obligó a arrodillarse. Al segundo le apartó la vara con una corriente lateral y le inmovilizó la muñeca entre dos tiras arrancadas de la baranda. La tercera consiguió lanzar una red de presión. Ereel la dejó acercarse, abrió un espacio estrecho en el centro y respondió por allí con un golpe de aire que la lanzó sobre los escudos de sus compañeros.

El siguiente ataque rozó su hombro y le arrancó parte del manto; tuvo que afirmar ambos pies antes de levantar otra barrera. Sin la cuarzelita, la diferencia entre su control y el de los magos que lo rodeaban resultaba visible. Cada defensa de la guardia ocupaba más energía de la que Ereel empleaba para desviarla.

La gente también lo vio. Quienes habían empezado a retroceder volvieron a sostener la barrera caída. Un grupo de estudiantes gritó su nombre desde el nivel inferior. Los voluntarios de Darom aprovecharon el impulso para sacar a dos heridos y mantener abierto el corredor hacia el puesto de Aaron. Shaeli descendió otra vez por la escalera, esta vez acompañada por civiles que no esperaron una orden suya.

Tirka apoyó una bota contra la cadena deformada de Ambarine. Ahora que no había interferencia, Aura reunió una presión pequeña en la unión del cierre. La sostuvo solo hasta que Tirka metió la punta de su cuchillo y utilizó el espacio ganado como palanca.

El metal cedió.

Ambarine bajó el segundo brazo. Intentó enderezarse demasiado pronto; las rodillas se doblaron y tuvo que sujetarse del travesaño. Tirka se colocó bajo uno de sus hombros. Aura quiso acercarse, pero la plataforma volvió a inclinarse ante sus ojos y se quedó donde estaba hasta que el mareo pasó.

Ereel alcanzó el cadalso detrás de Shaeli. Al verlo, Ambarine dejó de probar el peso sobre las piernas.

—Maestro.

La palabra no fue un saludo. Ereel miró las marcas de las cadenas, la venda que cubría el brazo de Ambarine y la espada caída a pocos pasos.

Ambarine sostuvo su mirada. A su alrededor continuaban chocando escudos y barreras; aun así, durante un instante no respondió.

—Han pasado años.

—Lo sé.

La mirada de Ereel pasó hacia Aura. Ella seguía de rodillas, respirando despacio para que el suelo no volviera a moverse. Él abrió la boca, pero un golpe alcanzó su barrera y la luz se abrió en varias grietas.

Ereel levantó la vara antes de que la barrera cediera. Ambarine lo siguió con la mirada.

Ereel descendió de la plataforma para reforzar la línea. Seguían apareciendo guardias desde el palacio y los civiles continuaban en desventaja, pero ambos grupos miraron de otra manera la distancia entre ellos. Algunos conocían al erudito expulsado por sus investigaciones. Otros vieron que los instrumentos preparados por el palacio podían romperse y que un hombre condenado al exilio había regresado para ponerse delante de la guardia.

El ejecutor intentó recuperar la espada. Nashira llegó primero. Puso un pie sobre la hoja y lo apartó con el hombro sano. La potenciación todavía sostenía sus piernas, aunque un temblor pequeño había empezado a recorrerle la mano.

—Aura —dijo sin volverse—. Si vas a moverte, hazlo ahora.

Aura se puso de pie con ayuda de Tirka. Le costó enfocar la escalera y no confiaba todavía en otro destello. Podía caminar. Conservaba Lay Len suficiente para intervenciones cortas y Wist seguía en algún lugar debajo del acantilado, pero la hebra entre ambos se había vuelto débil.


Isaliria observó cómo el último cubo se abría contra la piedra. Las barreras de la guardia continuaban, pero ya no formaban una sola línea. Un oficial transmitía órdenes contradictorias entre el Consejo y los accesos del palacio. La mujer de las actas había abandonado su asiento y dos consejeros discutían con los soldados que querían conducirlos al interior.

—Restablezcan la separación —ordenó Isaliria.

El oficial miró hacia la explanada.

—Necesito más hombres en la escalera.

—Ya vienen.

—Los de la puerta oriental están conteniendo a la gente de la avenida. La mitad de esta línea no avanza.

Isaliria vio a uno de los guardias solares bajar el arma ante Syrit. Otro protegía con su escudo a una niña atrapada junto a la barrera. El mandato seguía saliendo del palco, pero cada orden llegaba a personas que ya habían elegido qué parte obedecer.

Más uniformes aparecieron en el acceso principal. Ereel los detuvo con una pared de aire que solo duró unos segundos. Shaeli y los voluntarios ocuparon el espacio cuando se deshizo. Brenor disparó desde la torre una última vez y falló por primera vez: la flecha golpeó una columna lejos de la escalera. El arco se le cayó de la mano. Se apoyó contra la ventana mientras el dolor que el preparado había ocultado regresaba al brazo.

Nashira dio un paso para ayudar a Ambarine y su pierna dejó de responder. Cayó sobre una rodilla. Aaron había llegado hasta el corredor de heridos con dos de los voluntarios; al verla, lanzó al suelo un frasco. El líquido se extendió como una espuma pálida y endureció entre la plataforma y una descarga de la guardia. La defensa alquímica recibió el impacto, se agrietó y ganó el tiempo suficiente para que Tirka y Shaeli sacaran a Nashira del centro.

—Se terminó —dijo Aaron cuando alcanzó su lado.

—Todavía puedo...

—No puedes mantenerte de pie.

Nashira intentó demostrar lo contrario. El temblor le recorrió ambas piernas y tuvo que aceptar el brazo de Shaeli.

—Brenor está en la torre —dijo.

—Ya envié a alguien. Tú vienes conmigo.

Ana llamó a uno de los voluntarios desde el extremo de la escalera. El conductor había vuelto al puesto de Aaron con la carreta; necesitaba ayuda para acercarla al corredor de heridos. Shaeli sostuvo mejor a Nashira y miró hacia la calle por donde tendrían que sacarla.

—Cael y Ferenth los esperan afuera —dijo Ana—. Neria está allí para atenderlos y hay sitio para acostarlos. Llevarán primero a los que no pueden caminar.

—También a Brenor —respondió Nashira.

—También a Brenor.

Aaron entregó a Aura dos vendas dobladas y un recipiente pequeño para limpiar heridas. No ofreció otro tubo cobrizo.

—Esto es lo único que puedo darte sin empeorar lo que ya hiciste.

Aura guardó ambos objetos. Antes de que pudiera responder, una nueva fila de guardias salió por el acceso del palacio.

Isaliria observó la cantidad, la posición de Ereel y las personas que continuaban entrando desde las calles. Podía conservar las defensas interiores. Podía cerrar los corredores y separar otra vez a Ambarine de quienes la ayudaban. En la explanada, en cambio, cada intento de restaurar el acto daba a la multitud otra imagen de la guardia golpeando a quienes pedían una respuesta.

Abandonó la placa de amplificación.

—Repliegue al palacio —ordenó al oficial—. Cierren el acceso.

—Majestad, el cadalso...

—Ya no hay ejecución que continuar aquí.

La orden se propagó con menos claridad que las anteriores. Algunos guardias empezaron a retroceder de inmediato. Otros permanecieron protegiendo a civiles o tratando de sacar a sus compañeros. Los más violentos aprovecharon la retirada para golpear una vez más antes de cubrirse con los escudos. Ereel sostuvo el corredor sin perseguirlos; cada pulso de presión obligaba a cerrar la formación y les impedía volver hacia el público.

Isaliria descendió del palco por la escalera interior. Dos miembros del Consejo la siguieron. La mujer de las actas eligió otra salida, escoltada por un guardia que no había levantado la espada durante el enfrentamiento.


Ambarine vio desaparecer el broche claro bajo el arco del palacio.

Apartó el brazo de Tirka y avanzó. El primer paso fue corto. El segundo le hizo apretar los dientes por el dolor de las muñecas y el hombro, pero no se detuvo.

—¡Isaliria!

La emperatriz volvió la cabeza desde el acceso.

Ambarine llegó al borde de la plataforma, sostenida por una mano de Aura cuando el desnivel casi la hizo caer.

—¡¿Dónde está mi padre?!

Isaliria la observó unos segundos. Detrás de ella, los guardias empujaban una de las hojas de la puerta.

Entró al palacio.

Ambarine bajó de la plataforma. Tirka quiso acompañarla, pero tuvo que volver hacia Nashira cuando Aaron pidió ayuda. Los voluntarios de Darom repartían a los heridos entre la calle y el puesto médico; dos permanecieron junto a Syrit mientras Mirret recibía una venda alrededor de las costillas. Desde las avenidas llegaban más voces y más guardias.

Aura alcanzó a Ambarine antes de la escalera.

—Espera, Ambarine... Apenas puedes caminar. Yo tampoco puedo hacer otro destello así.

Ambarine miró las puertas. Una de las hojas ya cubría la mitad del acceso.

—Movió a mi padre antes de que llegáramos a la tumba. Si dejamos que cierre el palacio, volverá a hacerlo.

Aura intentó sostenerle el brazo. Ambarine se detuvo, pero no apartó la vista del espacio que quedaba entre las puertas.

—No puedo volver y encontrar otra tumba vacía.

No pidió a Aura que la siguiera. Apoyó una mano contra la pared y empezó a subir.

Aura comprobó la hebra que la unía a Wist. Apenas pudo sentirla. Después miró a Ereel, que contenía a cuatro guardias junto a la base de la escalera mientras Shaeli y Ana sacaban a los últimos civiles del centro.

—Iré con ella —dijo.

Ereel desvió una descarga y respondió sin volverse.

—Yo mantendré este acceso mientras pueda.

Aura quiso preguntarle por los demás. El grito de un guardia la hizo volverse antes de hablar. Ereel golpeó el suelo y una barrera se levantó entre las dos y los soldados que intentaban cortarles el paso.

—¡Vayan!

Un batir de alas ascendió desde el acantilado. Wist superó el borde con menos velocidad que antes y aterrizó junto a Aura. Una de sus alas descendió más que la otra. Las llamas de su cuello eran pequeñas, pero cuando Ambarine continuó hacia el acceso, el fénix avanzó detrás de ella.

Aura lo siguió mientras las puertas empezaban a cerrarse. Ambarine pasó primero por el espacio restante, todavía con una mano sobre la pared. Wist plegó las alas y cruzó a su lado. Aura entró detrás de ambos cuando la abertura ya no permitía ver la explanada completa. Las dos hojas se encontraron a su espalda y ocultaron la plaza.

Folio 24·13.747 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

37,55 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

2,73 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

931,91 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||