Sentoria · Ave portadora de memoria
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DalianaCapítulo 23

Limessia·Daliana·Capítulo 23

Ave portadora de memoria

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Folio 23·27 min de lectura

Cuando Aura y Tirka regresaron a la casa, la luz de la mañana ya entraba por las rendijas de las contraventanas. No alcanzaba a iluminar todo el cuarto. Dejaba líneas claras sobre el suelo, el borde de la mesa y las vendas que Rayenteeka había puesto a secar cerca del brasero. La kunan las retiró en cuanto escuchó la llave, mientras Brenor se apartaba de la pared con el cuchillo preparado en la mano sana. El mango seguía envuelto en la tira de tela.

Tirka entró primero y cerró con rapidez. Permaneció junto a la puerta, escuchando la calle, hasta que los pasos de dos personas pasaron de largo. Solo entonces retiró la tela que cubría el cabello de Aura.

—La encontraron —dijo Shaeli.

No era una pregunta. Estaba sentada frente a la mesa y tenía un cuenco frío entre las manos. El cabello le ocultaba parte del cuerno roto. No parecía haber dormido desde que llegaron.

Aura miró a los demás. Nashira continuaba recostada sobre el banco más largo, con el hombro sujeto contra el pecho y una manta doblada bajo la cabeza. Brenor llevaba una venda nueva alrededor del brazo, pero ya había vuelto a mancharla cerca del codo. Rayenteeka se había quedado junto al brasero, sosteniendo las tiras húmedas. Ninguno habló mientras Aura buscaba una forma de repetir lo que había leído.

—La van a ejecutar hoy —dijo—. Al atardecer.

Los dedos de Shaeli se cerraron alrededor del cuenco. Nashira levantó la cabeza demasiado deprisa y el movimiento le hizo apretar los dientes.

—¿Dónde? —preguntó.

—En la explanada del palacio. La que da hacia el mar.

—¿Quién firmaba el anuncio?

—El Consejo de las Altas Casas Solares. Tenía su sello.

Shaeli bajó la mirada. Tirka se alejó por fin de la puerta y se sentó cerca de Nashira, sin quitarse la capa. Su cola permanecía recogida contra una pierna.

—Había guardias esperando a que terminaran de colocar la hoja —añadió—. Y vimos otro anuncio en la calle de los curtidores. Lo están poniendo por toda la capital.

Brenor dejó el cuchillo sobre la mesa. El golpe hizo saltar una gota del cuenco de Shaeli.

—Entonces sabemos dónde estará.

—También lo sabrán todos los guardias de la ciudad —respondió Shaeli.

Brenor miró la venda de su brazo. Abrió la mano hasta que el borde de la tela tiró de la herida y volvió a cerrarla.

—Puedo sostener un cuchillo.

—Con una mano y hasta que vuelvan a golpearte esa herida.

—Shaeli —murmuró Rayenteeka.

La kunara no respondió. Dejó el cuenco y se limpió con el pulgar el agua que había caído sobre la mesa. Aura vio que tenía una mancha oscura en la manga, cerca de la muñeca. La misma ropa de la noche anterior. Pensó en la mujer que había muerto junto al portón, en Shaeli cerrándole los ojos y pronunciando su nombre antes de marcharse.

Lyra.

Aura había oído el nombre cuando Shaeli la presentó en el refugio. Ahora no conseguía dejar de oírlo.

—Tenemos que regresar —dijo.

Tirka levantó la vista hacia ella. Aura había repetido esas palabras desde la plaza, aunque al pronunciarlas dentro de la casa sonaron distintas. Allí estaban las vendas, la ausencia del arco, el banco donde seguían algunas cosas de Ambarine y seis personas que la noche anterior habían sido once.

—Tenemos que rescatarla —continuó—. Todavía está viva...

—Eso es lo único que sabemos —dijo Nashira.

Aura la miró. Esperaba una oposición en su rostro, pero encontró enojo. Nashira trató de incorporarse y Rayenteeka fue a sostenerla por el lado sano. Ella aceptó la ayuda después de un intento inútil por hacerlo sola.

—No tenemos la ruta que usarán para sacarla del palacio —prosiguió—. No sabemos cuántos instrumentos como el de anoche van a colocar ni dónde. Tampoco quién estará en el cadalso, en los accesos o entre la gente. Sabemos una hora y un lugar al que nos están invitando a mirar.

—Podemos mezclarnos con las personas que vayan a la explanada —propuso Aura—. Si no entramos juntos...

—Nos reconocerán por separado —dijo Shaeli—. Ya tienen nuestras descripciones. Quizá no las de todos, pero sí la mía y la de Tirka. A Brenor le falta un arco y le sobra una herida visible. Nashira no puede ocultar el hombro durante mucho tiempo.

—Yo puedo caminar —protestó ella.

Nashira soltó el aire por la nariz y se dejó apoyar contra la pared. Rayenteeka acomodó la manta detrás de su espalda.

Aura llevó una mano al pecho. La quemadura estaba cubierta, pero el contacto bastó para que volviera la punzada. La amalgamita descansaba envuelta en otra tela, dentro de su bolso. Aaron había dicho cinco absorciones y ya llevaba tres. Al salir no se había atrevido a llevarla pegada a la piel.

—Puedo usar mi magia sin la gema.

Tirka negó antes de que terminara.

—Anoche apenas podías mantenerte en pie.

—Ahora estoy mejor.

—Te dolió caminar hasta la plaza.

—No todo el tiempo.

—Aura.

El tono de Tirka hizo que dejara de buscar una respuesta. No estaba intentando avergonzarla. Tenía las orejas bajas y todavía llevaba una mano cerca de su brazo, preparada para sujetarla si volvía a doblarse.

Brenor arrastró una silla y se sentó al revés sobre ella, con el pecho contra el respaldo.

—Sin el arco no podré cubrirlos desde lejos.

—Tampoco tenemos por dónde acercarnos —respondió Shaeli.

—Entonces averigüémoslo.

—¿Con quién? —Shaeli alzó la voz por primera vez—. Orven está muerto. Lyra está muerta. El hombre de cabello gris está muerto. Ambarine fue capturada y no sabemos qué ocurrió con el del brazal. Nashira necesita que alguien la ayude a levantarse. Tú perdiste el arco. Yo no tengo a nadie dentro del palacio. Ese hombre estaba en el campamento y no sabemos cuánto les contó ni qué más están esperando que hagamos. ¿A quién quieres enviar ahora?

Brenor se quedó mirándola. La mano que tenía sobre el respaldo se contrajo, pero no contestó.

La respiración de Shaeli se oía en el cuarto. Bajó la cabeza y volvió a sentarse. Durante unos momentos solo se escuchó el agua calentándose en el brasero y el roce de la tela cuando Rayenteeka terminó de colgar las vendas en otro lugar.

—Lo siento —dijo Shaeli, sin mirar a Brenor.

Él tardó un poco en asentir.

—Yo también estoy enfadado.

—Ya lo sé.

Aura se acercó al banco donde estaban las cosas de Ambarine. La noche anterior se había sentado allí sin poder apartar la vista de la puerta. Ahora tocó el borde de una de las telas dobladas y recordó sus dedos sobre la mejilla, calientes incluso mientras el campo de interferencia debilitaba sus llamas.

«Ayúdala».

Ambarine se lo había pedido a Brenor antes de dejar que cerraran el portón. Había elegido quedarse para que ellos salieran. Aura comprendía por qué los demás temían desperdiciar esa elección regresando sin armas ni una ruta, pero eso no hacía más fácil permanecer allí hasta el atardecer.

—No quiero que muera —dijo.

Nadie respondió enseguida.

—Yo tampoco —dijo Tirka.

Rayenteeka dejó las vendas. Nashira miró el brazo que no podía mover y después a Aura.

—No pienso dejar que la maten si encontramos una forma de acercarnos —dijo—. Pero ahora mismo no puedo pelear ni correr. Si salgo así, alguien tendrá que quedarse conmigo cuando nos descubran.

—Puedo llevarte —ofreció Rayenteeka.

—Y entonces tú tampoco podrás defenderte.

La kunan bajó las manos. Nashira apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos unos segundos.

—La tumba estaba vacía —dijo Aura—. Eso tiene que importar. Si Ambarine puede decirlo delante de todos...

Shaeli se frotó el rostro.

—Isaliria dirá que el cuerpo fue trasladado. O que Ambarine entró a profanarlo. Ya consiguió que el Consejo firmara la condena antes de que pudiéramos mostrar el informe alterado.

—Tenemos las transcripciones.

—Y siguen a salvo fuera de la capital. Si las traemos sin alguien dispuesto a recibirlas, solo perderemos lo único que conseguimos proteger.

Tirka volvió hacia la puerta.

—Cael esperaba un aviso antes del amanecer.

—Por eso intentamos llegar al contacto —dijo Shaeli.

—Puede buscar a Ferenth.

Brenor levantó la cabeza. Durante unos instantes nadie habló.

—No sabemos si ya lo hizo —respondió Shaeli—. Ni cuánto tardaría alguien en llegar hasta aquí. Cael no sabe si conseguimos volver aquí.

Aura miró la ventana cerrada. Había visto a Cael preparar el regreso y dejar espacio para quienes salieran heridos. Quiso imaginarlo viniendo por ellos, pero la calle que separaba aquella casa del contacto seguía llena de guardias.

Aura apartó la mano de las cosas de Ambarine.

—Entonces, ¿qué hacemos?

La pregunta quedó entre ellos. Brenor miró a Shaeli y ella no intentó contestar de inmediato. Tirka se levantó para comprobar otra vez la ventana. La abrió apenas, olió el aire y volvió a cerrarla.

—Esperar unos minutos —dijo Shaeli al fin—. Escuchar la calle. Averiguar cuántos anuncios colocaron y por dónde están moviendo a la guardia. Si aparece una ruta, la usamos. Si no aparece...

—¿La vemos morir? —preguntó Aura.

Shaeli apretó los labios. La dureza abandonó su rostro por un instante y quedó algo mucho más cansado.

—No sé qué haremos si no aparece.

Aura quiso insistir. Quiso decir que una ruta no iba a llegar sola, que podían entrar por las alcantarillas o buscar el portón de la noche anterior, que ella soportaría la quemadura si con eso alcanzaban a Ambarine. Cada posibilidad se deshacía antes de pronunciarla. El palacio conocía una de las salidas; las calles estaban vigiladas; la gema podía romperse con otro uso. Hasta Aulita permanecía callada dentro de su bolso, pesada y fría contra las demás cosas.

Un roce sobre el techo hizo que Tirka levantara las orejas.

Brenor tomó el cuchillo. Shaeli se puso de pie sin mover la silla y Rayenteeka apagó el brasero con la tapa que había dejado al lado. Todos quedaron inmóviles.

El ruido se repitió. Tres golpes breves recorrieron las tejas, seguidos por un arrastre más largo. Un poco de polvo cayó cerca de la pared.

—Es demasiado pesado para ser una paloma —susurró Tirka.

Nashira separó la manta de sus piernas. Rayenteeka negó y volvió a colocársela, esta vez sin pedirle permiso.

Una sombra pasó frente a las rendijas. El cuarto se oscureció durante un instante y, después, una corriente cálida entró por debajo de la contraventana. No olía a humo de cocina ni al brasero recién apagado. Era un calor seco que le recordó a Aura la cercanía de una llama pequeña.

Tirka avanzó hacia la ventana. Apoyó una mano en la madera y esperó. Al otro lado se oyó el golpe de unas garras contra el alféizar.

Movió el cierre y abrió una de las hojas el ancho de dos dedos. Un ojo verde apareció en el espacio, rodeado por un aro violeta tan definido que al principio Aura creyó que era un reflejo. El ojo pasó de Tirka a las demás personas del cuarto. Después el ave empujó la contraventana con el pico.

Tirka retrocedió y la abrió un poco más.

El fénix entró sin precipitarse. Introdujo primero la cabeza y parte de un ala; luego giró el cuerpo para no rozar las plumas más largas contra el marco. Cuando saltó al interior, extendió ambas alas para frenar la caída. El aire caliente levantó las telas de la mesa y obligó a Aura a cubrirse el rostro.

Era más grande que Chalkois. Su cuerpo era alargado y las alas, todavía abiertas, ocupaban buena parte del espacio entre la ventana y la mesa. Las plumas nacían de un rojo oscuro junto al lomo y se volvían anaranjadas hacia los costados. Sobre el pecho, la luz de la mañana quedaba atrapada en reflejos dorados que se movían con cada respiración. Las plumas de la cola descendían largas detrás de él; al sacudirlas, sus bordes desprendieron varias ascuas que se apagaron antes de tocar el suelo.

Había otros colores entre el fuego. Los extremos de las remeras eran de un púrpura profundo, visible cuando plegó un poco las alas. Una iridiscencia verde rodeaba el cuello y bajaba entre las primeras plumas del pecho; desaparecía al quedar en sombra y volvía a mostrarse cuando movía la cabeza. El pico era dorado, oscurecido hacia la punta, y las garras que se afirmaron sobre la piedra del alféizar parecían negras por haber permanecido demasiado cerca de las llamas.

El ave no terminó de cerrar las alas.

Mantuvo una separada del cuerpo y la otra más baja, con las plumas exteriores temblando por el esfuerzo. Su pecho subía deprisa. Aun cansado, conservaba el cuello erguido y las patas firmes. Miró la puerta, el brasero, las dos ventanas y a cada persona, en ese orden. Cuando Tirka se desplazó hacia un costado, el fénix giró para no darle la espalda. El movimiento dejó libre el camino hacia la abertura por la que había entrado.

—Es... ¿un fénix? —preguntó Tirka. Sus orejas se inclinaron hacia delante mientras miraba las garras.

Aura bajó despacio la mano de su cara. Durante el primer momento, el rojo de las plumas y aquel calor le habían hecho pensar en el taller del barrio bajo. Pero Chalkois habría dado una vuelta sobre su cabeza antes de escoger dónde posarse o habría empujado cualquier cosa que no le gustara. Aquel fénix no reconocía el cuarto ni a las personas que había dentro. Tampoco la miraba con la familiaridad suficiente para saltar a su hombro.

—No es de Aaron —dijo—. Chalkois es más pequeño. Y sus ojos son amarillos.

—¿Cuántos alquimistas tienen uno de estos? —preguntó Nashira.

—No pertenecen a los alquimistas —respondió Brenor.

Había dejado el cuchillo sobre la mesa, aunque mantenía la mano cerca. El fénix siguió el movimiento de sus dedos y abrió un poco más el ala levantada.

Brenor dejó la mano quieta.

—No voy a moverme.

—Vienen de Hesheraum —continuó—. De la zona boscosa que crece en las faldas del volcán.

Tirka asintió sin dejar de observar las garras.

—Creo que el volcán está activo —añadió Tirka—. Los fénix no atacan por cualquier cosa, pero yo no me acercaría porque sí.

—Son criaturas especiales —dijo Rayenteeka—. Creí que casi no salían de esa región.

Nashira acomodó el brazo contra su pecho.

—Salen cuando quieren. Ese es el problema para quienes intentan encontrarlos. Puedes pasar años buscándolos y no conseguir que uno se muestre. Si deciden acercarse a alguien, es porque lo eligieron.

El fénix movió la cabeza hacia ella. Nashira sostuvo su mirada, pero no intentó levantarse.

—¿Y este a quién eligió? —preguntó Shaeli.

El ave volvió la atención hacia Aura.

No lo hizo con docilidad. Bajó la cabeza apenas, adelantó una pata y mantuvo el resto del cuerpo preparado para saltar hacia la ventana. Sus ojos verdes recorrieron el cabello de Aura, su rostro y el bolso que colgaba a un lado. El aro violeta que rodeaba sus pupilas parecía más oscuro cuando la luz quedaba detrás de él.

Una claridad blanca azulada se filtró entre los pliegues del bolso de Aura.

Llevó la mano hacia la abertura. El fénix extendió las alas de golpe. Una oleada caliente recorrió el cuarto y el aire agitó el cabello de Tirka. Aura se detuvo antes de tocar la tela.

El ave no lanzó fuego ni trató de herirla. Permaneció con las alas abiertas, el pecho elevado y el pico apuntando hacia su mano. Esperó.

Aura apartó los dedos.

—No voy a sacarlo —dijo, aunque no sabía si podía entenderla—. Está bien.

La postura del fénix cambió poco a poco. Primero bajó el ala que le temblaba; después recogió la otra, sin pegarlas por completo al cuerpo. Volvió a mirar la puerta y a Brenor, comprobó la distancia hasta la ventana y dio otro paso en dirección a Aura.

Las garras produjeron un roce áspero sobre la piedra. De cerca, ella distinguió zonas donde las plumas rojas habían perdido brillo y otras pegadas por el viaje. El pecho continuaba moviéndose demasiado rápido. Aun así, no se dejó caer ni bajó la vigilancia. Miró otra vez el bolso de Aura y después su rostro.

Tirka se acercó solo lo necesario para quedar junto a ella.

—No intentes tocarlo todavía —susurró.

Aura asintió.

El fénix inclinó la cabeza hacia un lado. Durante unos segundos la observó con un ojo; luego con el otro. Dio un tercer paso y se detuvo fuera del alcance de sus manos. No se acomodó ni escondió las garras bajo el cuerpo. Permaneció erguido, atento a todos, con las largas plumas de la cola extendidas detrás y unas pocas ascuas muriendo en los bordes.

Aura bajó una mano hacia el bolso, sin introducirla todavía.

—Hay algo aquí que conoces, ¿verdad?

El ave cerró los ojos un instante al escucharla. Cuando volvió a abrirlos, miró directamente el bolso.

La claridad aumentó. Era Aulita. La esfera respondió desde el fondo con una pulsación leve que le recordó la energía blanca azulada entre las ruinas de la granja. El fénix seguía mirándola a ella y al bolso.

Aura apartó la solapa lo suficiente para que entrara la luz. No sacó la esfera. El ave alargó el cuello, miró el interior y dejó escapar un graznido bajo. No sonaba amenazante, pero cuando Aura acercó la mano a su cabeza volvió a separar un ala.

Ella se detuvo.

Brenor retiró los dedos del cuchillo. Shaeli le hizo una seña para que se alejara de la mesa y Rayenteeka ayudó a Nashira a moverse hasta el extremo del banco. El fénix siguió cada desplazamiento. Cuando nadie quedó entre él y la ventana, plegó por fin el ala.

Aura mantuvo la mano abierta, a medio camino. Le dolía el hombro por sostenerla sin moverla y empezó a sentir calor en las puntas de los dedos. Aun así, esperó. El ave dio un paso, luego otro. Acercó el pico a su palma y la rozó una vez, con la parte dorada, antes de apartarse.

Una hebra de Lay Len recorrió la piel de Aura. Era cálida y viva, distinta de la corriente que reunía desde el ambiente. No entró en ella ni respondió a su voluntad. Se mantuvo alrededor de sus dedos, probándolos con la misma cautela con que el ave la observaba.

Aura volvió a acercar la mano. Esta vez alcanzó las plumas cortas sobre el pico. El fénix tensó las garras contra la piedra, pero no se retiró. Ella movió los dedos apenas, siguiendo el contorno hasta el espacio entre sus ojos.

La pulsación de Aulita coincidió con el latido bajo las plumas.

El cuarto desapareció.

Aura sintió unas garras apoyadas sobre piedra áspera y un cuerpo mucho más ligero que el suyo. Delante había una mujer arrodillada, tan cerca que su mano cubría la parte superior de aquella visión. El calor de sus dedos llegaba a través de las plumas.

El rostro de la mujer quedaba fuera de la imagen. Aura veía la ropa de viaje manchada de polvo, una correa que le cruzaba el pecho y una rotura cosida varias veces cerca del hombro. La otra mano descansaba sobre una rodilla.

Aura se quedó mirando los dedos que acariciaban las plumas. Quería que aquella mano se quedara allí un poco más.

Detrás de la mujer se elevaban rocas oscuras y una luz blanca ocupaba una parte del cielo. Podía ser la mañana, un fuego distante o alguna cosa que Aura no conocía. La memoria no conservaba suficiente del lugar para distinguirlo.

—Wist, en algún momento llegará alguien especial —dijo la mujer.

El graznido que salió del fénix fue corto y curioso. Aura lo sintió vibrar en una garganta que no era la suya. La mujer deslizó el pulgar entre las plumas. Cuando volvió a hablar, su voz sonó más suave.

—La sentirás. Su energía se parece a la mía, pero sabrás que no soy yo.

El ave ladeó la cabeza.

—Quiero que la busques, Wist.

El fénix retrocedió de inmediato. Sus garras rasparon la piedra y abrió las alas con un graznido de negación. La mano de la mujer quedó suspendida en el aire.

—Tengo que ir a otro lado —dijo ella.

Wist volvió a graznar. El sonido fue más bajo y largo. El pulgar de la mujer dejó de moverse. Pasaron unos segundos sin que dijera nada. Después apoyó otra vez la mano sobre su frente. Él no se apartó, pero mantuvo las alas abiertas.

La imagen cambió antes de que Aura pudiera escuchar algo más.

La mujer ya no estaba.

Wist permanecía en una saliente de la misma montaña, o de otra muy parecida. Abajo se extendía un terreno seco, sin caminos que Aura pudiera reconocer. La visión saltó entre mañanas y noches: la sombra de un risco recorriendo el suelo; lluvia acumulada en las grietas; una capa de nieve que cubrió las garras del fénix hasta que este se levantó, molesto, y la derritió con una sacudida; plantas pequeñas creciendo entre las piedras y secándose después. En algunas imágenes vigilaba desde la saliente. En otras descendía para beber o desaparecía durante un tiempo que la memoria no mostraba. Siempre regresaba al mismo lugar.

Aura no podía saber cuánto había pasado. Podían ser estaciones, años o recuerdos separados por espacios aún mayores. Solo recibió la espera: el cuerpo erguido frente al horizonte, el impulso de levantar la cabeza ante cualquier cambio y la ausencia repetida después.

Hasta que algo respondió a lo lejos.

Wist despertó en mitad de una noche despejada. Una vibración recorrió su pecho y llegó hasta la punta de las alas. No era un sonido.

Aura la reconoció porque Aulita reaccionó también dentro del bolso, en el cuarto que todavía sentía alrededor de su verdadero cuerpo. La energía era semejante a la de la mujer, aunque no idéntica y más confusa para el fénix.

Wist abrió las alas y abandonó la montaña.

El viaje apareció en fragmentos. Voló sobre cumbres donde el aire empujaba hacia abajo y tuvo que pasar tan cerca de las rocas que las ascuas de su cola quedaron girando dentro de la nieve. Más adelante siguió un río ancho entre árboles de hojas casi negras. Durmió en ramas demasiado delgadas para su peso, bajo salientes húmedas y una vez sobre la torre abandonada de una construcción cuyo techo se rindió durante la noche. Wist salió entre una nube de polvo con una dignidad que habría resultado más convincente si una teja no hubiera quedado atrapada sobre su cola.

También encontró criaturas que no respetaban su prisa.

En una llanura bajó demasiado cerca de una bestia de cuatro patas, cubierta por una melena abundante y dos cuernos curvos. La criatura lo siguió con bramidos cada vez que intentaba tocar el suelo. Wist terminó posándose sobre uno de los cuernos. La bestia giró la cabeza para alcanzarlo, dio varias vueltas detrás de sí misma y acabó sentada de golpe. El fénix alzó el pecho y abrió las alas. Cuando quiso despegar, el movimiento del animal lo lanzó de lado y tuvo que batirlas con rapidez para no caer sobre su lomo.

En otro territorio, una criatura pequeña y escamosa salió del barro mientras Wist bebía. Le mordió una pluma de la cola y se negó a soltarla. El fénix saltó, extendió las alas y produjo una llamarada breve. La criatura desapareció bajo el agua, pero regresó un instante después para sacudirle barro sobre el pecho. Wist la persiguió por la orilla hasta que el suelo cedió bajo sus garras. La memoria siguiente lo mostró sobre una roca, cubierto de lodo hasta el cuello y limpiándose cada pluma con tanta atención que el sol cambió de lugar antes de que aceptara continuar.

Aura sintió ganas de reír. El pecho le dolió cuando se le escapó el aire, y por un instante percibió también el cuerpo del ave tensarse ante algo que no pertenecía a su recuerdo. La conexión no se rompió. El viaje siguió entre terrenos verdes, poblaciones observadas desde lejos y una costa que se prolongó durante varios amaneceres. Wist evitaba a las personas. Algunas señalaban hacia él; otras corrían por vasijas o armas antes de que se alejara.

La llamada se hizo más fuerte cerca del mar.

Entonces apareció Daliana.

Aura reconoció los tejados apretados de la capital, las calles que descendían hacia el puerto y el palacio elevado sobre el acantilado. La imagen pertenecía a la noche anterior. Había antorchas en los accesos y movimiento dentro de los patios. Wist giró varias veces sobre las torres, buscando el origen de la energía que llevaba tanto tiempo siguiendo.

Una luz intensa cubrió uno de los muros interiores.

El fénix descendió. Desde la punta de un tejado vio el patio y el portón pequeño. Había soldados alrededor de un muro de llamas. Ambarine se sostenía delante de ellos, con los brazos extendidos, mientras Aura aparecía al otro lado de la abertura entre Brenor y Tirka.

Aura se vio a sí misma desde arriba: el cabello cubierto de polvo, una mano alargada hacia Ambarine y el cuerpo doblado por el dolor que todavía llevaba en el pecho. Quiso apartar la mirada, pero aquellos no eran sus ojos. Vio cómo el fuego se apagaba y Ambarine levantaba las manos antes de que la puerta terminara de cerrarse. El patio quedó en una oscuridad incompleta.

Wist había estado allí.

El ave volvió a elevarse. Siguió a las figuras que corrían por la calle exterior, aunque mantuvo tanta distancia que en ocasiones las perdió bajo aleros y pasadizos. La energía de Aura reaparecía cada vez que estaba a punto de abandonarlas. Cuando el grupo se ocultó detrás de una tapia, Wist se posó sobre una chimenea cercana. Su pecho subía con dificultad y una de sus alas permaneció más baja. Pese a eso, estiró el cuello y adoptó una postura tan erguida que parecía fingir que aquel descanso había sido decisión suya y no una necesidad.

Esperó.

Los siguió hasta la casa. No bajó con ellos. Escogió la parte más alta del tejado vecino, se limpió el resto de barro que aún aparecía entre sus plumas y se acomodó mirando hacia las ventanas. Durante la noche despertó ante cada patrulla que cruzó la calle; la energía que había seguido permaneció bajo aquel techo. Cuando Aura salió por la mañana con Tirka, Wist las observó desde una cornisa. Esperó a que regresaran, a que la calle quedara vacía y a que se cerrara la puerta.

Entonces cruzó hasta el techo, caminó sobre las tejas y golpeó el alféizar.

Aura regresó a su cuerpo con una respiración brusca. La casa volvió alrededor de ella, demasiado estrecha después del cielo. Tenía las rodillas dobladas y Tirka la sujetaba por un brazo. Su mano continuaba entre las plumas del fénix.

Wist.

La voz de la mujer seguía sonándole en la cabeza. Aura intentó volver a la imagen, retenerla un poco más, pero solo encontró la mano sobre las plumas y la correa cruzada sobre la ropa. No había visto su rostro.

—Wist... —murmuró.

El fénix abrió los ojos. No se apartó de su mano.

A Aura le costó llenar los pulmones. Bajó la mirada hacia su propia mano, todavía apoyada entre las plumas.

—Ella te pidió que me buscaras... —dijo—. ¿Por qué?

Tirka apretó un poco su brazo.

—¿Quién? —preguntó Tirka.

Aura negó despacio.

—No lo sé. No pude verle la cara...

Él soltó un graznido breve y bajó la cabeza lo suficiente para que la palma de Aura descansara mejor sobre sus plumas.

Aura sintió alivio, pero apretó los labios. Alguien había enviado a Wist a buscarla. Quería volver a oír a aquella mujer, dejar que terminara lo que iba a decir antes de que la imagen cambiara.

—¿Cuándo la viste? —preguntó—. ¿Dónde estaba?

Wist la observó.

—Dijo que tenía que ir a otro lado. ¿Adónde?

El ave retiró la cabeza de su mano. No huyó, pero volvió el rostro hacia la ventana.

Aura tragó saliva. Sabía que no podía responderle. Aun así, la falta de una respuesta dolió como si hubiera esperado otra cosa.

Shaeli se acercó hasta el lado opuesto de la mesa.

—¿Qué ocurrió?

Aura les contó lo que había visto. No supo decir cuánto duró la espera en la montaña ni nombrar los territorios del viaje. Explicó que una mujer había enviado a Wist a buscar a alguien y que él había seguido una energía semejante a la suya hasta el palacio la noche anterior. Al hablar del portón, bajó la mirada. Wist había visto a Ambarine quedarse atrás igual que ella.

—Entonces sabía que estábamos aquí —dijo Brenor.

Wist levantó la cabeza con un movimiento rápido.

—Nos siguió —respondió Aura—. Pero no sabía si podía entrar. O no quería hacerlo todavía.

El fénix abrió un ala y se la mostró antes de recogerla, ofendido por alguna parte de la explicación.

Nashira dejó escapar una risa que terminó en una mueca por el hombro.

—Tal vez solo quería que quedara claro que entró cuando decidió hacerlo.

Wist se volvió hacia ella y golpeó una vez la piedra con una garra.

—Eso parece —dijo Tirka.

Aura volvió a apoyar la mano cerca del ave. Ya no intentó tocarlo. La hebra cálida continuaba alrededor de sus dedos, más débil, pero presente. Wist miró la abertura entre ambos y después giró la cabeza hacia la ventana.

La visión de Aura se dividió.

Continuaba viendo la mesa, su mano y el costado rojo del fénix. Al mismo tiempo se vio desde el alféizar: una joven pálida de cabello carmesí, inclinada hacia delante, con Tirka a su lado y varias personas heridas detrás. La perspectiva elevada deformó las distancias del cuarto. Aura retrocedió por instinto y chocó contra Tirka.

—¿Qué sucede?

—Me veo —respondió—. Él me está mirando y yo... veo desde donde está.

Wist saltó hacia la ventana.

El movimiento arrastró la segunda visión. Aura sintió sus propios pies sobre el suelo, pero también el impulso de unas patas que abandonaban la piedra. Se agarró al borde de la mesa. Por un instante el cuarto quedó debajo de ella, visto desde unas alas abiertas, mientras su cuerpo permanecía inmóvil junto a Tirka.

No recibió el batir del aire ni los sonidos de la calle. Solo imágenes: tejas húmedas, una cuerda de ropa, la pared de enfrente y el descenso estrecho hacia la esquina. Wist se posó en el borde del techo. Aura intentó mirar hacia la izquierda y no ocurrió nada. El ave siguió observando la calle que había elegido.

—No puedo moverlo —dijo.

Shaeli llegó hasta la contraventana sin abrirla.

—¿Puedes ver... afuera?

—Sí. La calle está vacía. Hay un carro detenido más abajo y... espera.

Tres guardias aparecieron al final del descenso. Aura los vio antes de que doblaran la esquina del refugio. Uno llevaba una lanza corta; otro tenía una tira clara atada al brazo y el tercero miraba las puertas a ambos lados. Wist agachó el cuerpo hasta que las plumas de su pecho rozaron las tejas.

—Vienen hacia aquí —advirtió Aura—. Son tres.

Rayenteeka se quedó junto a Nashira. Brenor recogió el cuchillo y todos guardaron silencio. Tirka acercó una oreja a la madera. Durante unos segundos no se oyó nada. Después llegaron los pasos y el roce de una lanza contra una hebilla. Las sombras pasaron frente a las rendijas. Los guardias continuaron sin detenerse.

Tirka esperó hasta que el sonido desapareció.

—Eran tres —confirmó—. Uno arrastraba un poco el pie.

Aura no lo había notado. Wist tampoco había mirado las piernas el tiempo suficiente. Recibía sus ojos, pero no todo lo que él sabía o sentía.

El fénix abrió las alas.

—Wist, espera.

Él saltó del techo.

La calle descendió de golpe. Aura apretó la mesa hasta que le dolieron los dedos. Vio los aleros pasar por debajo, luego una plaza pequeña y una serie de callejones que nunca habría reconocido desde aquella altura. Al intentar dar un paso para acomodarse, su pie calculó una distancia que pertenecía al tejado y no al suelo. Tropezó. Tirka la sostuvo antes de que golpeara la silla.

—No camines —le ordenó.

Aura se dejó sentar. Cerró sus propios ojos, pero la visión de Wist permaneció, más limpia ahora que no se superponía con el cuarto. Seguía sintiendo el peso de su cuerpo, la mano de Tirka sobre su hombro y la quemadura bajo la ropa. Encima de todo aquello, la capital se extendía bajo las alas del fénix.

Wist avanzó hacia el palacio.

No siguió la ruta más directa. Rodeó dos torres, se ocultó tras una hilera de edificios altos y ganó altura sobre el borde del acantilado. Aura quiso que mirara los portones por los que podrían entrar, pero el ave atendió primero a una bandada que se apartó de su camino y después al brillo del mar. Ella no podía corregirlo. Solo observar lo que él decidía mostrarle.

La explanada apareció al otro lado de un muro.

Habían reunido madera y cadenas en el nivel inferior. Una plataforma permanecía encajada en el espacio de servicio mientras varios hombres trabajaban alrededor de un travesaño. Otros descargaban piezas desde un carro. Aura reconoció las cajas metálicas antes de distinguir el mineral claro de su interior. Eran semejantes a la que había torcido su magia la noche anterior.

—Están colocando cajas como la de anoche —dijo.

Shaeli se sentó frente a ella.

—¿Cuántos?

Wist pasó sobre el borde. Aura alcanzó a ver uno a cada lado de la base y otro todavía en el carro. Un trabajador señaló la parte alta del travesaño mientras dos personas preparaban cuerdas.

—Tres. Creo. Dos están abajo y el otro aún no lo han puesto.

—¿Hay gente reunida?

—No mucha. Trabajadores, guardias...

La vista giró hacia una calle donde colocaban barreras de madera. Más lejos, personas se detenían alrededor de uno de los anuncios. Aura distinguió el movimiento de sus cabezas, pero no oyó lo que decían. Tampoco podía saber cuáles eran guardias sin uniforme o qué órdenes habían recibido quienes movían las cadenas.

Wist descendió detrás de una torre. Durante unos segundos el palacio ocultó la plataforma. Aura sintió náusea al conservar la altura sin ver el suelo y abrió los ojos propios. El cuarto apareció sobre la otra imagen. Nashira estaba borrosa frente a ella; el borde de la mesa parecía inclinado.

—No puedo seguir las dos cosas —dijo.

—Entonces deja de mirar —respondió Tirka.

Aura buscó la hebra cálida alrededor de su mano e intentó soltarla. La visión aérea se debilitó, pero antes de desaparecer Wist volvió a elevarse. La explanada regresó desde otro ángulo. Esta vez mostró el paso superior, las escaleras de servicio y un tramo de muro próximo al acantilado. Había guardias en cada entrada visible. Entre dos construcciones quedaba un corredor por donde aún circulaban carros y trabajadores.

Después el vínculo cedió.

Aura abrió los ojos por completo. Tenía la frente húmeda y el estómago revuelto. Tirka le acercó el cuenco que Shaeli había dejado sobre la mesa por si vomitaba. Aura lo sostuvo con ambas manos hasta que el cuarto dejó de inclinarse.

—¿Se cortó? —preguntó Brenor.

—Yo lo solté. Creo.

Miró hacia la ventana. Wist no había regresado. La hebra se había vuelto tan tenue que apenas podía distinguirla, pero no desapareció del todo.

Aura explicó lo que alcanzó a ver. Describió las cajas, la plataforma aún sin elevar, los accesos vigilados y el corredor de trabajo. Cuando Shaeli preguntó cuántos guardias había junto al paso superior, Aura admitió que no los había contado. Tampoco sabía si el corredor continuaría abierto al atardecer ni cómo funcionaban juntos los tres campos.

—Pero podemos mirar otra vez —dijo Brenor.

—Si él quiere —corrigió Aura.

Brenor miró hacia la ventana.

—Entonces se lo pedimos.

Nashira observó la ventana.

—Voló hasta el palacio después de enseñarte que estuvo allí anoche. Creo que sabe qué estamos buscando.

—Saberlo no significa que vaya a obedecernos, miau —dijo Tirka.

—No necesitamos que lo haga... —dijo Aura.

Aura dejó el cuenco. La náusea seguía allí. Ellos continuaban heridos, las calles permanecían vigiladas y Ambarine seguía dentro del palacio, pero ahora podían observar una ruta antes de enviar a alguien por ella.

Un golpe de alas llegó desde el tejado. Wist apareció en la ventana y entró con menos cuidado que la primera vez. Cayó sobre el alféizar, abrió las alas para equilibrarse y miró a Aura. Había regresado por decisión propia.

Ella se acercó hasta donde las piernas le permitieron y se detuvo fuera de su alcance.

—Gracias.

Wist recogió las alas. Después bajó del alféizar y se acomodó cerca de su bolso, sin ocultar las garras ni dejar de vigilar a los demás.

Aura miró a Shaeli.

—Muéstrame las rutas que conocen hasta la explanada. Todas. Wist puede decirnos cuáles siguen abiertas antes de que salgamos.

Shaeli observó al fénix, luego a Nashira y a Brenor. El miedo no había abandonado su rostro. Tampoco el cansancio. Extendió sobre la mesa una de las telas secas y acercó un trozo de carbón.

—Primero dibujaremos lo que viste —dijo—. Después decidiremos hasta dónde podemos llegar.

Aura tomó otra silla. Afuera aún faltaban horas para el atardecer.

Folio 23·6161 palabras
SeñalesLecturas atmosféricas de este folio

Resonancia atmosférica

28,93 Hz

El pulso entre las palabras

Densidad iónica

4,70 kR

Un rastro de aurora

Luminiscencia

692,59 Lux

La luz que permanece

Fin del capítulo

Novedades · Versión 1.5.6

Portada, personajes y revisión de Daliana

  • Portada: se renueva la presentación de la sinopsis, con una distribución adaptada a móviles y escritorio y un acceso más claro para conocer la historia.
  • Continuar leyendo: los accesos de lectura de la portada ahora tienen en cuenta el progreso guardado en el dispositivo. Permiten retomar el capítulo actual o avanzar al primer capítulo principal pendiente; al completar lo publicado, llevan al selector de capítulos.
  • Personajes: «Los rostros del camino» estrena una presentación individual con ilustraciones de mayor tamaño, descripciones y un selector de miniaturas. Ambarine aparece como selección inicial.
  • Navegación del carrusel: puedes cambiar de personaje con las miniaturas, los botones anterior y siguiente, el teclado o deslizando sobre la ilustración en móviles. El recorrido continúa del último al primero y la sección conserva su altura al cambiar de personaje.
  • Enciclopedia: la galería incorpora enlaces directos a las fichas publicadas y se retira el aviso de «Próximamente» del acceso general. También se corrigen y unifican los textos de presentación de los personajes.
  • Capítulos 19 — Nombre con un peso y 20 — La noche del sol ardiente: ||se revisan los preparativos del regreso a la capital y las escenas de entrada a la ciudad y al palacio. Se actualizan sus tiempos estimados de lectura.||