Historia resguardada
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Capítulo 4 · Capital Imperial
Oculta bajo una capa, Aura entra en la capital para buscar un instructor. Syrit la confunde con Ambarine y le ofrece refugio junto con otra versión de la muerte del emperador.
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Volver al mapa de capítulosSyrit Maythea calculaba su llegada a la Academia Imperial de Daliana con bastante cuidado. Entrar demasiado temprano la obligaba a esperar. Llegar tarde era impropio. Aparecer cuando casi todos estaban sentados permitía que la puerta se abriera, que varias personas levantaran la mirada y que ella pudiera saludar antes de ocupar su lugar.
Aquella mañana, Mirret abrió la puerta del carruaje cuando faltaban pocos minutos para la primera campana. Syrit aceptó su mano y descendió con la espalda recta, una carpeta bajo el brazo y la peineta de plata sosteniendo su cabello. El cristal de Amalgamita brilló cuando levantó la cabeza hacia las torres de la Academia.
—Hemos llegado en el momento preciso —dijo.
Mirret bajó detrás de ella con cuatro libros sujetos contra el pecho.
—La primera campana sonó mientras cruzábamos la puerta oriental, mi lady.
—Esa campana anuncia que pronto habrá otra.
—La segunda indica el comienzo de las clases.
—Entonces todavía no ha comenzado nada.
Mirret no discutió. Acomodó los libros y caminó a su lado por el primer patio.
Los edificios de la Academia rodeaban tres patios unidos por galerías. En el primero se reunían estudiantes de distintas facultades antes de separarse. Había mesas debajo de árboles pequeños, tablones cubiertos de avisos y un jardín central que sufría las pisadas de quienes tomaban atajos. Hacia el este quedaban las aulas de magia; al norte, las salas de legislación y administración. La facultad de urbanismo ocupaba parte del ala occidental, donde era común encontrar estudiantes con reglas, planos enrollados y manchas de carbón en los dedos.
Syrit saludó a dos jóvenes que conversaban junto a una fuente. Ambos respondieron inclinando la cabeza. Otras personas se apartaron para dejarla pasar.
—Buenos días —dijo ella, satisfecha.
—Buenos días, mi lady —respondió Mirret.
—Se lo decía a ellos.
—Ellos ya se alejaron.
Syrit lo miró por encima del hombro. Mirret mantenía la expresión seria que usaba tanto delante de una posible amenaza como cuando ella olvidaba un libro. Era difícil saber si alguna vez bromeaba.
Llegaron al aula cuando el profesor cerraba la puerta.
—Lady Maythea —dijo el hombre.
—Profesor.
Syrit le dedicó una sonrisa y entró sin apresurarse. Mirret le entregó los libros desde el corredor. Los guardias personales podían acompañar a los estudiantes por las áreas comunes, pero no permanecer dentro de las clases. Él se retiró a esperar cerca de la galería, como hacía cada mañana.
La lección trató sobre la circulación de decretos entre oficinas. El profesor explicó los sellos utilizados para distinguir originales, copias administrativas y versiones destinadas a los archivos provinciales. Syrit anotó los primeros ejemplos con una letra limpia. Después dibujó flores en el margen mientras el hombre describía por tercera vez la diferencia entre un registro de recepción y uno de traslado.
Ella se preparaba para trabajar como funcionaria política, la misma clase de carrera que había permitido a su padre servir como diplomático de la corte. Nunca se había negado. Él había escogido buenos profesores, conseguido su admisión y explicado que una joven de la familia Maythea debía comprender las instituciones en las que algún día trabajaría.
Syrit cumplía. Asistía a las lecciones, obtenía buenas calificaciones en debate y recordaba los nombres importantes. Solo encontraba difícil entusiasmarse por el viaje de una hoja desde un escritorio hasta otro.
—Para la próxima semana —anunció el profesor—, reconstruirán el recorrido completo de un decreto reformado durante el gobierno anterior. Deberán presentar la primera versión, las modificaciones posteriores y las oficinas que conservaron cada copia.
Varias personas protestaron en voz baja.
Syrit levantó la mano.
—¿Podemos escoger el decreto?
—Dentro del periodo indicado.
—Entonces no debería representar ninguna dificultad.
El profesor la observó sobre sus lentes.
—Me alegrará comprobarlo, lady Maythea.
Al salir del aula, Syrit encontró a Mirret en el mismo lugar. Él recibió los libros sin preguntar y la siguió hasta el primer patio, donde dos estudiantes ya ocupaban la mesa que compartían casi todos los días.
Iveren Solthar estudiaba en la facultad de magia. Tenía el cabello castaño siempre desordenado, hablaba con las manos y esa semana llevaba una marca quemada en el puño de la camisa. La última había desaparecido apenas unos días antes.
Maela Doren pertenecía a urbanismo. Recogía su cabello oscuro en una trenza corta para que no cayera sobre los planos y guardaba más lápices de los que Syrit consideraba necesarios. Era tranquila hasta que alguien colocaba una taza encima de uno de sus dibujos.
Iveren alzó la mano al verla.
—¡Lady Syrit! Llegas justo a tiempo para resolver una disputa entre facultades.
—Todas las disputas mejoran con mi participación.
Maela retiró una bolsa del asiento libre.
—Iveren asegura que una torre debería llevar placas de Amalgamita alrededor de toda la parte superior.
—Servirían como señal —dijo Iveren—. Solo hay que distribuirlas bien.
—Su distribución consiste en hacer que la torre brille más que el palacio.
Syrit se sentó y Mirret dejó sus libros junto a la mesa.
—En ese caso, estoy de acuerdo con Iveren.
—Gracias.
—Pero si la torre cae, negaré haber participado en esta conversación.
Maela extendió un plano entre los tres. Mostraba una pequeña torre de observación, las calles cercanas y la sombra que proyectaría sobre los edificios vecinos. Iveren había dibujado círculos alrededor de las ventanas para indicar dónde colocar las placas mágicas.
—No puedes pensar solamente en la torre —dijo Maela—. La luz entrará por las ventanas de estas casas. Y si amplían la calle para construirla, tendrán que mover el mercado.
—Podrían poner el mercado aquí —propuso Syrit, señalando una plaza.
—Esa es una fuente ceremonial.
—Las ceremonias no se celebran todos los días.
—El mercado sí.
Iveren apoyó la barbilla sobre una mano.
—Podríamos mover la fuente.
Maela enrolló el plano antes de que continuaran ayudándola.
Mirret dejó una pequeña cesta frente a Syrit. Luego se apartó lo suficiente para concederles privacidad sin perderlos de vista.
—¿Qué te encargaron hoy? —preguntó Iveren mientras abría uno de los panes que Syrit había llevado.
—Debo encontrar un decreto antiguo y seguir todas sus modificaciones.
—Eso suena terrible.
—Suena fácil —corrigió Syrit—. Mi padre conserva copias de muchos documentos. Elegiré uno de su biblioteca.
Maela empezó a guardar sus lápices.
—El profesor querrá que uses los catálogos de la Academia.
—No especificó dónde debíamos encontrarlo.
—Pero cuando vea que intentaste evitar la sala de registros...
Syrit tomó una fruta de la cesta.
—Maela, una buena funcionaria no evita el trabajo. Encuentra la manera más eficiente de realizarlo.
—Eso mismo dijo Iveren antes de quemarse la manga.
Iveren ocultó la mano debajo de la mesa.
—Eso... Fue una reacción inesperada.
—Fue la tercera esta semana.
Syrit rió. Sus conversaciones casi siempre terminaban así: Iveren proponía algo imposible, Maela explicaba por qué destruiría un edificio y Syrit encontraba una forma elegante de apoyar a ambos sin comprometerse con ninguno.
Durante aquella época, la Academia le gustaba principalmente por eso. Las clases ocupaban una parte necesaria del día. El resto pertenecía a los almuerzos bajo los árboles, los restaurantes cercanos, los debates que continuaban fuera de las aulas y las ocasiones en que podía entrar a una sala sabiendo que todos reconocerían el apellido Maythea.
El decreto resultó menos obediente que sus compañeros.
Syrit encontró una copia en la biblioteca de su padre, tal como había previsto. Trataba sobre el uso de rutas comerciales durante una temporada de escasez y contenía dos sellos distintos. Preparó una exposición sobre sus consecuencias, memorizó las fechas y dedicó bastante tiempo a escoger la cinta con la que sujetaría las páginas.
El profesor escuchó hasta el final.
—¿Dónde está la primera versión? —preguntó.
—Esta es la copia que entró en vigencia.
—La tarea pedía reconstruir el recorrido completo.
—Las versiones anteriores dejaron de tener efecto.
—Una de ellas explica por qué se modificaron las rutas del norte.
Syrit miró sus hojas.
—Puedo conseguirla.
—También falta la relación de oficinas receptoras y el registro de la reforma posterior.
—Puedo conseguirlos.
—Para la próxima semana —dijo el profesor—. Esta exposición está incompleta.
Syrit regresó a su asiento mientras varios estudiantes evitaban mirarla. Nadie parecía burlarse, lo cual le resultó peor.
Aquella noche llevó el decreto a la mesa durante la cena. Su padre lo reconoció antes de sentarse.
—¿Tomaste esto de mi biblioteca?
—Lo... utilicé para una tarea.
—¿Y la ficha que estaba junto a la caja?
Syrit dejó de acomodar la servilleta.
—No consideré que formara parte del decreto.
—Indicaba de qué archivo recibí la copia.
—Entonces habría sido conveniente escribirlo en la primera página.
Su padre le extendió la mano. Syrit le entregó el documento.
—¿Qué intentabas demostrar?
—Cómo cambió el comercio durante la escasez.
—¿Con qué versión?
—Con la vigente.
—¿Y si la primera decía algo distinto?
—Ya no importa lo que dijera.
Su padre colocó el decreto junto a su plato.
—Importó lo suficiente para que alguien lo reformara. Si no sabes qué cambió, solo conoces el resultado.
Syrit apoyó la espalda contra la silla.
—Los diplomáticos también revisan catálogos, supongo.
—Los buenos revisan todo aquello que van a citar delante de alguien capaz de corregirlos.
—Yo habría conseguido los documentos si el profesor los hubiera pedido con claridad.
—Los pidió.
Syrit entrecerró los ojos.
—¿Cómo lo sabes?
—Me escribió esta tarde.
—Eso es una traición a la confianza académica.
—Eres mi hija.
—En la Academia soy una estudiante adulta.
—Una estudiante adulta que tomó un decreto de mi biblioteca sin registrar de dónde provenía.
Syrit abrió la boca y volvió a cerrarla. Su padre sirvió té en ambas tazas con la calma de quien ya sabía que había ganado.
Ella realizó la tarea otra vez. Pasó dos tardes en la sala de catálogos, encontró la primera versión y descubrió que Maela tenía razón: el profesor había diseñado el ejercicio para obligarlos a consultar los registros. Entregó una reconstrucción completa, obtuvo una calificación suficiente y decidió que aquello confirmaba su opinión. Podía hacerlo. Simplemente no deseaba repetirlo con frecuencia.
Su vida continuó entre las clases, las reuniones con sus amigos y las visitas a Ambarine.
Ambarine escuchaba las historias de la Academia con una sonrisa que aparecía menos que antes. Syrit exageraba las discusiones con el profesor, imitaba la seriedad de su padre y describía las mangas quemadas de Iveren hasta conseguir que riera. Algunas veces llevaba planos de Maela para pedirle opinión sobre una plaza o un camino, aunque Ambarine terminaba hablando de entrenamiento, de su padre o de los asuntos que le esperaban en el palacio.
Syrit notó el cambio sin comprender cuánto había avanzado. Ambarine se quedaba callada en medio de una conversación y necesitaba que le repitieran las preguntas. Se irritaba al mencionar el matrimonio y luego se disculpaba. Cuando hablaba de Emeter, todavía lo llamaba un buen padre antes de recordar la última discusión.
La noche en que llegó a la mansión Maythea después de la muerte de Emeter, no se parecía a la princesa que Syrit recordaba.
Tenía el cabello desordenado, la ropa marcada por el polvo y una desesperación que le impedía ordenar las frases. Repitió que Isaliria le había hecho algo a su padre. Dijo que los soldados habían entrado, que habían visto su magia y que nadie quiso escucharla.
Syrit intentó sentarla. Quiso pedir té, llamar a Mirret y cerrar todas las puertas al mismo tiempo. Antes de decidir qué hacer, la voz de su padre llegó desde el corredor.
—¡Syrit! ¿Dónde estás?
Ambarine miró la puerta.
—Quédate aquí —le pidió Syrit—. Hablaré con él y volveré.
—No le digas que me viste.
—Es mi padre. Puede ayudarnos.
—No le digas a nadie.
Syrit dejó la habitación solo después de verla ocultarse detrás del biombo.
Su padre la esperaba al final del pasillo. Habían llegado noticias desde el palacio y la guardia estaba cerrando algunas calles. Le pidió que no saliera de la mansión, que mantuviera a los sirvientes dentro y que le informara si había escuchado algo extraño.
Syrit respondió demasiado rápido. Él la observó durante unos segundos, pero una nueva llamada desde el piso inferior interrumpió la conversación.
Cuando volvió a su habitación, el biombo estaba vacío.
Revisó el armario, abrió la ventana y se asomó hacia el jardín. No vio a Ambarine entre los arbustos ni en el camino que conducía a la reja. Bajó las escaleras y recorrió el patio hasta que Mirret salió a su encuentro.
—Mi lady, debe regresar al interior.
—¿Viste salir a alguien?
—No.
—¿Estás seguro?
Mirret recorrió con la mirada la muralla, las rejas y las ventanas del segundo piso.
—Revisaré el terreno.
No le preguntó a quién buscaba. Tomó una lámpara y recorrió el jardín mientras Syrit esperaba cerca de la puerta. Regresó sin haber encontrado nada.
Al día siguiente, la Academia estaba llena de rumores.
Iveren había oído que encontraron magia de Ambarine en el cuerpo de Emeter. Maela sabía que habían cerrado dos accesos cercanos al palacio y cambiado el recorrido de los transportes oficiales. Ninguno conocía el informe completo. Eso no impedía que otros estudiantes hablaran de la culpabilidad de la princesa como si hubieran presenciado su muerte.
—Ella no lo hizo —dijo Syrit durante el descanso.
Lo dijo con la voz que utilizaba al ganar un debate. Varias personas guardaron silencio.
Un estudiante de administración, sentado dos mesas más allá, alzó la mirada.
—Encontraron su magia.
—Ambarine intentó ayudar a su padre.
—¿Estabas allí?
Syrit apretó los dedos alrededor de su taza.
—La conozco.
—Eso no responde la pregunta.
Iveren dejó de tocar la marca quemada de su manga. Maela enrolló el plano que tenía delante.
Syrit quiso contestar. Podía recordar a Ambarine entrando en su habitación, la forma en que hablaba de Isaliria y el miedo con el que miró la puerta. No podía repetir nada sin revelar que la fugitiva había estado en su casa. Tampoco podía demostrar qué ocurrió dentro del palacio.
—No —admitió—. No estaba allí.
El estudiante volvió a su conversación. Syrit permaneció sentada hasta que la siguiente campana obligó a todos a regresar a las aulas.
Pasó el resto de la lección mirando las copias de decretos que colgaban de la pared. Cada una tenía nombres, fechas y sellos. Ninguna decía cuánto debía conocer una persona antes de firmarla.
La sentencia llegó tiempo después.
Su padre regresó tarde de la corte y pidió hablar con ella en su estudio. No se había cambiado la ropa formal. Dejó los guantes sobre el escritorio, se sentó y tardó unos instantes en empezar.
—El Consejo de las Altas Casas Solares aceptó el informe sobre la muerte de Emeter —dijo—. Han dictado sentencia contra Ambarine.
Syrit permaneció de pie.
—¿Qué sentencia?
Su padre la miró directamente.
—Ejecución.
La palabra fue demasiado breve. Syrit esperó algo después de ella, una condición o una explicación que cambiara su significado.
—¿Ambarine estuvo allí?
—No. Continúan buscándola.
—Entonces no pudo responder.
—La declararon fugitiva después de su acusación pública contra Isaliria.
—¿Tú votaste?
—No pertenezco al Consejo. Estaba en la corte por mis funciones diplomáticas cuando se dictó la condena.
Syrit se acercó al escritorio.
—Pero escuchaste lo que dijeron.
—Escuché una parte.
—¿Qué informe revisaron? ¿Quién examinó a Emeter? ¿Por qué están seguros de que fue ella?
—Encontraron rastros de su magia y aceptaron la relación presentada por los examinadores.
—Eso es lo mismo que todos repiten.
—Es lo que puedo decirte.
—¿Dónde está el informe?
—No tengo acceso a él.
—Eres diplomático de la corte.
—Eso no me permite entrar en cualquier archivo ni intervenir en una decisión de las Altas Casas.
Syrit comenzó a caminar delante del escritorio. Había preparado discursos enteros para discusiones más pequeñas. En aquel momento solo encontraba preguntas que su padre no podía responder.
—Tiene que existir una revisión.
—La sentencia ya fue dictada.
—Entonces que la revisen otra vez.
—Syrit.
—¿Para qué guardan informes si nadie puede cuestionarlos? ¿Para qué existen tantas oficinas y copias si al final unas cuantas personas pueden decidir sin escucharla?
Su padre apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—No confundas mis límites con aprobación. No formo parte del Consejo y no puedo anular lo que decidió.
—Pero trabajas para ellos.
—Trabajo para Daliana desde antes de que Isaliria llegara a la capital.
—Eso debería servir para algo.
La frase quedó entre ambos. Syrit lamentó haberla dicho al ver el cansancio en el rostro de su padre, pero no la retiró.
Él recogió los guantes y los dejó otra vez en el mismo lugar.
—Querías saber por qué insistí en que estudiaras administración —dijo—. Creías que bastaba con hablar bien, recordar nombres y comprender a quien tenías delante. Todo eso es útil. También debes saber quién puede tomar una decisión, qué documento utiliza y qué camino existe para oponerse. Yo no puedo enseñarte a cambiar esta sentencia esta noche.
—¿Entonces qué puedes enseñarme?
—A no prometer una solución que todavía no tienes.
Syrit bajó la mirada. Estaba furiosa con el Consejo, con Isaliria y con su padre por no haber regresado con una respuesta mejor. También tenía miedo de que los guardias encontraran a Ambarine antes de que alguien pudiera escucharla.
—No quiero que muera —dijo.
—Lo sé.
Su padre se levantó y rodeó el escritorio. Por un momento pareció que iba a abrazarla, pero se detuvo y puso una mano sobre su hombro.
—Ten cuidado con las preguntas que hagas y con las personas delante de quienes las hagas. Tu apellido puede abrirte algunas puertas. También permite que sepan con facilidad a quién vigilar.
Syrit regresó a su habitación. No durmió. Cuando amaneció, seguía sentada junto a la ventana, esperando ver una figura en el jardín.
Llegó a la Academia antes de la primera campana.
Mirret abrió la puerta del carruaje y extendió la mano. Syrit descendió sin esperar a que otros estudiantes miraran. Llevaba el cabello recogido de forma más sencilla y los mismos libros que él había cargado durante meses.
—Puedo llevarlos, mi lady —dijo Mirret.
Syrit observó la pila.
—Solo hasta la sala de catálogos.
Mirret inclinó la cabeza.
—Como desee.
Iveren y Maela todavía no habían llegado a la mesa de la fuente. Syrit atravesó el primer patio, entró en el ala norte y pidió el catálogo de procedimientos administrativos. El encargado le señaló una estantería sin demostrar interés por su apellido, su peineta o la urgencia que ella sentía.
Syrit pasó el dedo por los títulos. Solicitudes. Revisiones. Informes. Competencias del consejo. Circulación entre oficinas. Había tantos volúmenes que no sabía por cuál empezar.
—¿Busca algo en particular? —preguntó el encargado.
Syrit estuvo a punto de decir el nombre de Ambarine.
Recordó la advertencia de su padre.
—Quiero entender cómo se registra una decisión del Consejo de las Altas Casas Solares.
—Eso depende del asunto.
—Entonces empezaré por los asuntos de sucesión.
El hombre indicó otra sección.
Syrit llevó el primer volumen a una mesa. Mirret colocó los demás junto a ella y permaneció en el corredor.
Encontró referencias, códigos y nombres de oficinas. No encontró una forma de salvar a Ambarine. Algunas páginas explicaban cómo presentar una solicitud; otras describían quién podía rechazarla sin revisarla. Cada respuesta abría otra pregunta.
Cuando Iveren y Maela aparecieron, Syrit ya tenía manchas de tinta en dos dedos y polvo sobre una manga.
—Te estuvimos esperando —dijo Iveren.
Maela miró los libros abiertos.
—¿Qué ocurrió?
Syrit tardó en responder. No quería contarles que Ambarine había estado en su casa. Sí podía decirles lo demás.
—La condenaron a muerte.
Iveren dejó de sonreír.
—¿A Ambarine?
Syrit asintió.
Maela ocupó la silla de enfrente.
—¿Qué necesitas?
—No lo sé.
Era la primera vez que Syrit lo admitía delante de ellos sin intentar arreglar la frase después.
Iveren miró uno de los encabezados.
—Yo no sé nada sobre consejos.
—Ni yo sobre exámenes mágicos.
—Puedo explicarte cómo se registran en la facultad. Los ordinarios, al menos. No significa que el palacio utilice el mismo procedimiento.
Maela acercó otro volumen.
—Urbanismo recibe decisiones de varias oficinas. Puedo ayudarte a seguir los códigos de traslado. Cuando modifican una plaza o una ruta, siempre quedan copias en lugares distintos porque alguien tiene que construir el cambio.
Syrit miró los libros y luego a sus amigos.
—No quiero involucrarlos en algo peligroso.
—Todavía estamos sentados en una biblioteca —dijo Maela—. Si se vuelve peligroso, puedes advertirnos.
Iveren tomó asiento a su lado.
—Además, llevo meses esperando la oportunidad de saber por qué legislación necesita tantos catálogos.
—Para evitar que personas como tú cambien un plano después de que el edificio ya fue aprobado —respondió Maela.
—Eso ocurrió una sola vez.
—Tres —dijo Syrit.
Iveren la miró.
Syrit sonrió por primera vez aquella mañana.
No investigaron el caso de Emeter. Syrit no tenía acceso al informe ni una autorización para solicitarlo. Empezaron por los procedimientos que podían consultar: cómo circulaban los decretos, qué oficinas conservaban copias y por qué algunos documentos desaparecían de los catálogos comunes al pasar a un fondo reservado.
La siguiente semana, Syrit realizó una exposición sin adornar la carpeta con cintas. Mostró la primera versión del decreto, las reformas y cada oficina que había recibido una copia. Cuando el profesor intentó interrumpirla, ella encontró la referencia antes de que terminara la pregunta.
—Ahora sí está completo —dijo él.
Syrit inclinó la cabeza.
—Naturalmente.
Iveren, que había pedido permiso para observar la exposición, ocultó una risa detrás de la mano. Maela ni siquiera lo intentó.
Syrit todavía disfrutaba entrar a una sala y sentirse observada. Continuó usando su peineta de plata, cuidando sus vestidos y levantando un poco la barbilla cuando alguien dudaba de ella. Sin embargo, dejó de asumir que una frase pronunciada con seguridad bastaría para tener razón. Preguntaba de dónde provenía un dato. Aprendió a reconocer códigos, firmas y autorizaciones. Algunas tardes permanecía en los archivos hasta que Mirret debía recordarle que la Academia cerraría.
Su padre notó el cambio. No le preguntó de inmediato por qué había empezado a tomar más libros de su biblioteca. Dejaba fichas junto a las cajas y, algunas veces, añadía el nombre de otro registro que podía resultarle útil.
Seguían discutiendo durante la cena. Syrit continuaba intentando ganar. La diferencia era que ahora llevaba referencias.
Ambarine regresó algunas veces.
La esperaba cerca de la Academia, por los restaurantes que Syrit frecuentaba o en lugares donde podían hablar durante pocos minutos. Otras veces dejaba una cinta atada en una reja. Syrit quería contarle todo lo aprendido, preguntarle dónde vivía y convencerla de que permaneciera más tiempo. Casi nunca alcanzaba.
En la última visita, Ambarine le advirtió que, si volvía a entrar en la capital, quizá tendría que cambiar las cosas que todos recordaban de ella. Después desapareció otra vez.
Pasaron semanas. Luego meses.
Syrit siguió asistiendo a la Academia cuatro días de cada semana. Iveren aprendió a proteger sus mangas durante las prácticas, aunque todavía aparecía con pequeñas quemaduras. Maela participó en el diseño de una ruta que evitaba desalojar a los comerciantes de una plaza. Los tres continuaron reuniéndose junto a la fuente y, cuando podían pagarlo, en un restaurante cercano a la avenida principal.
Ninguno volvió a ser exactamente la persona que había ocupado aquella mesa antes de la muerte de Emeter. Aun así, se reían. Syrit todavía podía convertir una discusión sobre registros de mantenimiento en una defensa apasionada de la dignidad de su facultad. Iveren seguía proponiendo soluciones mágicas a problemas que Maela prefería resolver con piedra, espacio y medidas correctas.
Casi un año después de la última señal de Ambarine, los tres salieron de la Academia al terminar las clases.
—Admite que disfrutas los catálogos —dijo Iveren mientras caminaban hacia el restaurante.
—Disfruto encontrar respuestas.
—Dentro de los catálogos.
—Eso es circunstancial.
Maela acomodó un tubo de planos bajo el brazo.
—Ayer pasaste toda la tarde comparando dos índices.
—Porque uno estaba equivocado.
—Y lo corregiste.
Syrit levantó la barbilla.
—No podía permitir que futuros estudiantes fueran víctimas de semejante descuido.
Mirret caminaba unos pasos detrás de ellos. Conservaba la misma postura recta y la atención repartida entre Syrit, las calles y las personas que se acercaban. Cuando llegaron al restaurante, abrió la puerta y esperó a que entraran.
Ocuparon una mesa junto a la ventana. Iveren pidió más comida de la que podía terminar. Maela extendió un plano hasta que Syrit le recordó que se encontraban sobre una mesa preparada para comer. Durante un rato hablaron de una convocatoria de la facultad de magia y de los cambios que Maela quería proponer para las calles cercanas al mercado occidental.
Syrit los escuchó mientras movía la cucharilla dentro de su taza.
Había aprendido a continuar con sus días sin dejar de esperar. Algunas mañanas revisaba las rejas durante el camino. En otras creía reconocer una capa o un mechón carmesí entre la gente. Casi siempre descubría el error antes de dar un paso.
Iveren estaba explicando por qué una lámpara podía iluminar mejor si se colocaban dos cristales pequeños en lugar de uno grande cuando Maela consultó la hora. Todavía debía entregar sus planos antes de que cerrara el ala occidental. Iveren se ofreció a acompañarla y ambos se despidieron de Syrit en la puerta.
Syrit permaneció unos minutos más para terminar el té. Cuando salió al atardecer, Mirret caminó detrás de ella y se detuvo al notar que no continuaba.
Junto al restaurante descansaba una joven cubierta con una capa. Había levantado la mirada hacia Syrit y ahora parecía querer apartarse. Su rostro estaba parcialmente oculto, pero había algo conocido en sus facciones, en el tono de su piel y en la forma desconfiada con la que observaba la calle.
Syrit sintió que el corazón le golpeaba demasiado rápido.
La había esperado en los caminos de la Academia, en cada restaurante y frente a todas las rejas donde alguna vez encontró una cinta. Podía ser otra equivocación. Aun así, no consiguió seguir caminando.
La joven la miraba también.
Syrit se detuvo con la boca entreabierta y dio un paso hacia ella.