Tirka se detuvo delante de Aura y buscó algo entre los pliegues de su ropa.
Sacó el retazo ensangrentado que se había llevado la noche anterior. Lo sostuvo un momento antes de devolverlo. Aura reconoció la esquina endurecida y extendió la mano sana, pero las orejas de Tirka se inclinaron hacia los lados.
—Los encontré —dijo—. Mauro, Micah y Peryna. Están en Salachita.
Aura dejó de mirar la tela.
El nombre del lugar no le dijo nada. Los otros tres sí. Aura tomó el retazo y quiso preguntar por Erina e Iris, por la puerta, por cuánto tardarían en ir hasta allí. Tirka la miraba sin sonreír.
—La sangre era de Mauro.
Aura cerró los dedos sobre la tela. Neria, que había dejado su bolso junto a una caja, se acercó al oír el nombre.
—Está herido.
Ambarine apartó la lona de la tienda del mapa.
—Ven. Cuéntanos dentro.
Aura siguió a Tirka sin soltar el retazo. Neria recogió el bolso y entró detrás de ella. Cael dejó de ordenar sus papeles cuando vio que llegaban; había cubierto una esquina de la mesa con tiras escritas y pequeñas placas de madera, pero la parte central seguía despejada. Orven acercó una caja y Aura se sentó, dejando espacio para que Neria colocara el bolso a su lado.
Nashira se quedó junto a la entrada. Brenor apoyó el arco contra el poste y esperó mientras Tirka bebía de la taza que le habían acercado.
—Shaeli sigue fuera —dijo la exploradora, devolviéndola—. Fue detrás del otro carro.
—¿Otro? —Aura miró a Ambarine.
Tirka apoyó un dedo sobre el camino dibujado al sur de la capital.
—Salieron juntos de la granja. Después pararon junto a una bifurcación. Había un carro esperando. Pasaron a Erina y a Iris a ese; los otros tres siguieron hacia el noreste. Los vi desde lejos. Shaeli siguió a las dos y yo a Mauro, pero tuve que volver cuando llegué al puesto de guardia.
Tirka señaló los dos caminos.
—Anoche salimos otra vez. Shaeli volvió por el otro camino y yo regresé al puesto. Esta vez pude seguir hasta la prisión.
Aura intentó imaginar el lugar. No lo había visto. Su último recuerdo de Mauro era la espada levantada delante de los guardias; después estaban la zanja, la casa quemada y aquella tela que ahora tenía entre las manos.
Tirka acercó una placa al borde del mapa. Cael la detuvo antes de que tapara una anotación y la movió un poco más arriba.
La prisión estaba excavada en una meseta. Tirka había retomado el camino desde el puesto y llegado hasta el portón, pero desde allí no pudo ver a los Fuegel. Tuvo que rodear la roca y esperar a que unos trabajadores abrieran un acceso pequeño para limpiar una ventilación. Cuando se fueron, se deslizó hasta una abertura que daba a la parte posterior de una galería.
—No cabía de pie. Y tuve que esperar otra vez porque había un guardia al otro lado.
—Oí a la niña antes de verla. Cantaba muy bajito. Después algo se encendió detrás de la puerta. Me acerqué a la rejilla y pude mirar de lado.
Aura bajó la cabeza. Había enseñado a Peryna a reunir aquella luz cuando todavía estaban en el patio de su casa. Quiso preguntarle si la niña seguía cantando, pero Neria se había inclinado sobre la mesa.
—¿Dónde estaba el vendaje?
Tirka se señaló un costado, bajo las costillas.
—Aquí. La tela estaba oscura por un lado.
Neria dejó quieta la mano sobre el bolso de Aura.
Ambarine miró a Neria. La joven seguía observando el punto que Tirka se había señalado.
—Tengo que llevar mi agua y el material de atención —dijo—. Si le cuesta respirar así, tenemos que sacarlo pronto.
—¿Puedes curarlo? —preguntó Aura.
Neria se volvió hacia ella.
—Necesito verlo. Puedo ayudarlo durante el traslado, pero después va a necesitar al sanador.
Aura apretó el retazo hasta sentir la tela contra las uñas.
—Entonces vamos.
Ambarine ya estaba mirando el mapa.
—Orven, prepara el transporte. Que el sanador revise lo que necesita y vengan dos personas para cargar a Mauro.
Brenor recogió el arco.
—¿Salimos hacia Salachita?
—Todavía falta Shaeli.
—Sabemos dónde están tres.
—Y ella está siguiendo a las otras dos —respondió Ambarine. Se pasó una mano por el borde de la mesa—. Prepara tus flechas. En cuanto vuelva, decidiremos el recorrido.
Cael apartó una tira de papel de las demás.
—Ferenth dio el visto bueno anoche —dijo—. La gente del transporte y el sanador pueden venir. Le falta saber dónde están Erina e Iris.
—En cuanto Shaeli vuelva, envíale el lugar —respondió Ambarine.
Aura miró de uno a otro.
—¿Ferenth?
—Coordina los apoyos de distintos lugares —explicó Cael—. Las personas que nos reciben, los carros… Hay otros esperando esas mismas cosas.
Ambarine volvió hacia el mapa.
—Hablamos con él para que nos ayuden a sacar a los Fuegel. Ahora tenemos que encontrarlos a todos.
Brenor abrió la boca, pero terminó mirando a Tirka.
—¿La viste regresar?
—Nos separamos al salir del campamento anoche. No la he visto desde entonces.
Orven salió para buscar al sanador. Neria pidió a Tirka que le mostrara otra vez cómo había intentado incorporarse Mauro. Aura escuchó las preguntas sin intervenir. Cada respuesta le traía algo que no quería imaginar: el cuenco lejos de la mano, el esfuerzo de sentarse, Peryna acercando sus flores para que él abriera los ojos.
Se levantó cuando Neria abrió su bolsa de materiales. Quiso ayudar a acomodar el odre, pero la joven le entregó solo un rollo de tela.
—Sujétame esto.
Aura lo sostuvo sobre las piernas. Al otro lado de la lona, los caballos empezaron a moverse.
Cuando Neria terminó de separar sus materiales, Aura salió con los paños que habían quedado fuera de la bolsa. Encontró a Orven junto al carro, con una rodilla apoyada en el borde y medio cuerpo entre las cajas. Había dejado en el suelo dos sacos, una lámpara y una manta doblada. Mientras ella se acercaba, sacó una segunda manta y la arrojó sobre la primera.
—¿Hay que llevar eso?
Orven volvió la cabeza.
—Las mantas, sí. Los sacos se quedan. Puedes dejar los paños sobre el banco.
Aura los acomodó y recogió las dos mantas. Una olía a caballo; la otra tenía una esquina húmeda.
—Esta está mojada.
—Entonces esa tampoco.
Él bajó del carro y se limpió las manos en los pantalones. Llevaba el cabello corto, aplastado de un lado, y tenía una hebra de paja prendida en el cuello. Aura pensó en avisarle, pero Orven ya estaba mirando la manta.
—¿Solo la esquina?
Ella la extendió para mostrársela.
—Podemos doblarla hacia afuera —dijo él—. Tráela.
Había despejado un espacio entre los bancos. Aura subió un pie al escalón y estuvo a punto de apoyar la manta allí, pero Orven señaló el otro extremo.
Hasta entonces había visto un carro con cajas. Ahora miró el hueco alargado que Orven estaba preparando y calculó dónde quedarían los pies de Mauro, dónde se sentaría Micah y si Peryna podría ir a su lado.
—¿No se va a mover mucho?
—Voy a sujetar la camilla. Él se agarrará aunque le duela. Para no caerse.
Orven dejó de apartar una caja.
—¿Lo conoces así?
Aura asintió.
—Cuando cargábamos cosas, no decía que pesaban. Había que verlo por la cara.
Él probó el banco con la mano y se agachó a mirar debajo.
—Podemos dejar a alguien aquí, junto a su hombro. Acércame esa cuerda.
Aura la recogió del suelo. Orven pasó un extremo alrededor del soporte del banco, pero al levantar el brazo se le deslizó la manga. Una marca pálida rodeaba su muñeca.
Ella se quedó mirándola. Orven siguió el movimiento de sus ojos.
—Un brazal. Lo llevaba demasiado apretado.
—¿De la guardia?
—Sí.
Aura le entregó el otro extremo de la cuerda.
—No sabía que habías sido guardia.
—Ya no tengo mucho aspecto.
Ella miró la paja que seguía en su cuello.
—Tienes eso ahí.
Orven se palpó el lado equivocado. Aura señaló de nuevo y él terminó sacándola.
—Menos todavía.
A Aura se le escapó una sonrisa pequeña. Orven dejó la hebra sobre una caja y volvió a la cuerda.
—Estuve en la Guardia del Sol Ardiente.
Ella levantó la cabeza.
—¿Y que hacías?
—Vigilaba sus puertas, sobre todo. Algunos puestos eran mejores que otros. Una vez pasé casi toda una tarde delante de una sala vacía. Habían cambiado la reunión y nadie se acordó de avisarnos. Cuando vino el relevo, los dos estábamos convencidos de que al otro lado se estaba decidiendo algo muy importante.
—¿Y no abrieron para mirar?
Orven la miró mientras tiraba del nudo.
—No.
Aura bajó los ojos hacia sus manos. Él aflojó la cuerda y volvió a pasarla, esta vez dejando el extremo a su alcance.
—Sujeta aquí. Sin tirar todavía.
Ella obedeció.
—¿Ambarine te conocía?
—Lo suficiente para saber que estaba en aquella puerta.
—¿Y te avisó?
—No. Se rio cuando se lo contaron.
—Porque te quedaste esperando delante de una sala vacía.
Ambarine había aparecido detrás de ellos con una caja entre los brazos. Orven se volvió.
—Habíamos recibido una orden.
—También te dije que habían terminado.
—Dijiste: «No creo que vuelvan».
Ambarine dejó la caja en el suelo.
—Y no volvieron.
Orven abrió la boca, pero acabó mirando a Aura.
—Sujeta un poco más arriba.
Aura cambió los dedos de sitio. Le costó contener la sonrisa mientras Ambarine comprobaba el espacio del carro.
—¿Cabe el material de Neria?
—Detrás del banco. ¿Qué traes?
—Más paños.
—Déjalos con esos.
Ambarine los acomodó junto a los que había llevado Aura. Antes de marcharse, rozó con la mano la manta doblada bajo la cabecera.
Aura esperó hasta que estuvo lejos.
—Todavía se acuerdan.
—Ella se acuerda de bastantes cosas que preferiría que olvidara.
Orven terminó de asegurar la cuerda y se apartó para comprobarla. Aura tiró también. El banco crujió, pero el nudo no cedió.
—¿Por qué dejaste la guardia?
Él mantuvo una mano sobre la madera. Desde el otro lado del carro llegó la voz de uno de los porteadores, preguntando dónde debía poner la camilla. Orven le señaló el suelo despejado.
—Aquí, por ahora. Vamos a probar cómo entra.
Aura retiró los pies del escalón. Había hecho la pregunta demasiado deprisa; quiso añadir que no tenía que responderle.
—Eso va a tardar más que lo de la puerta —dijo Orven.
Ella lo miró.
—Podemos dejarlo para después.
Él asintió y recibió la camilla por un extremo. Al levantarla, la manga volvió a descubrirle la muñeca. Aura recogió la manta que había quedado en el suelo y dobló hacia afuera la esquina húmeda.
—Voy a buscar otra seca.
—Pregunta junto a la tienda. Y gracias.
Cael tenía una manta sobre las piernas cuando Aura regresó. La había recogido de una caja para que el polvo no llegara a los papeles que estaba ordenando encima. Brenor, sentado a pocos pasos, examinaba las plumas de una flecha.
—¿Puedo llevarme esa? —preguntó ella.
Cael alzó la vista, siguió su dedo y levantó los papeles con ambas manos.
—Sí. Claro. ¿Te hace falta otra?
—Es para Mauro.
Le quitó un hilo que se había adherido a la tinta antes de entregársela. Aura miró los renglones. Uno terminaba con una mancha grande, extendida sobre la última palabra.
—¿Son nombres?
—Dueños de mercancía confiscada. Algunos. Otros son transportistas, empleados... Tengo que separarlos.
Brenor deslizó un dedo por el asta de la flecha.
—Todavía no sabes quién está encerrado.
—Por eso estoy separándolos.
Cael acercó la hoja a la luz. Había dos fechas junto a un mismo nombre, una escrita con tinta más clara. Aura no sabía cuál de las dos debía mirar.
—¿Y si han llevado a todos al mismo lugar?
—Sería más fácil encontrarlos. Pero estas hojas se copiaron en días distintos. Una persona puede aparecer aquí cuando ya la trasladaron o cuando... —Cael se detuvo, miró a Aura y dejó el papel sobre los demás—. Cuando dejó de estar allí.
—Puedes decirlo —respondió ella.
Él se frotó la yema del pulgar. Tenía una mancha de tinta que no salió.
—No sabemos si están vivos.
Aura acomodó la manta contra su pecho. Brenor dejó la flecha en el carcaj y se levantó.
—Entonces no les pongas otra fecha mientras esperamos.
Cael levantó la cabeza.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que escriba que están en Salachita porque Tirka vio a tres personas allí? Si le doy esa hoja a alguien y lo mando a buscar...
—Quiero salir.
—Yo también.
Cael lo había dicho más fuerte de lo que Aura esperaba. Bajó la mirada hacia los papeles y juntó sus bordes, aunque ya estaban alineados.
Brenor se quedó de pie. Sus orejas se habían orientado hacia él; después giró una hacia los caballos y volvió a sentarse.
—¿Comiste?
Cael tardó en responder.
—Había pan.
—Te pregunté si comiste.
—Voy a comer... cuando termine esta hoja.
Brenor buscó en una bolsa que tenía junto al banco y sacó un trozo envuelto en tela. Lo puso sobre la caja, lejos del tintero.
—Ese no tiene tinta.
Cael miró el pan, después sus dedos. Aura apretó los labios para no sonreír. Brenor volvió a sacar la misma flecha.
—Esa ya la revisaste —dijo Cael.
El arquero la giró para observar las plumas desde el otro lado.
—Le falta un hilo.
Cael arrancó un pedazo de pan y se lo llevó a la boca. Aura permaneció junto a la caja mientras él buscaba una hoja que se había deslizado debajo del mapa.
—¿Alguien te enseñó a hacer esto? —preguntó.
—A copiar, sí. A buscar lo que falta... —Cael masticó antes de continuar—. Al principio ni siquiera guardaba las copias. Pensaba que si alguien decía lo que había visto bastaría con encontrar a otra persona que también lo hubiera visto.
Dejó el pan sobre su envoltorio y separó dos hojas muy parecidas.
—Ahora hago dos. Si puedo, las dejo en lugares distintos.
Aura pasó una mano sobre la manta.
—¿Quieres que lleve una?
Cael la miró un momento y negó con la cabeza.
—Mejor lleva la manta con los paños. Esa hace falta hoy.
Brenor levantó la vista cuando ella se apartó. Señaló una tabla astillada junto al escalón del carro.
—Sube por el otro lado. Orven todavía no cambia esa.
Aura rodeó el carro con la manta entre los brazos. Al dejarla junto a la cabecera, oyó a Cael pedirle a Brenor que le alcanzara la bolsa sin rozar el tintero.
Shaeli llegó mientras Cael comparaba las indicaciones de Tirka con una hoja de registros.
Nashira la vio primero y salió a recibirla. La kunara entró con polvo en las botas y una tira de tela atada alrededor de la muñeca. Se deshizo el nudo con los dientes antes de hablar; el cuerno roto había rozado algo y conservaba una marca clara cerca de la punta.
—Están en la mansión de Silas.
Aura se puso de pie tan deprisa que Neria tuvo que sujetar el rollo que sostenía.
—¿Las dos?
—Las dos. Las vi bajar del carro. Esta tarde volví a ver a Iris junto a una ventana. Erina estaba detrás de ella.
Shaeli dejó la tira de tela sobre la mesa. Había dibujado el contorno de un muro, una entrada y dos caminos con trazos pequeños que Cael acercó a la lámpara.
—¿Las encerraron juntas? —preguntó Ambarine.
—En la planta superior, hacia el patio. Hay un guardia en la galería.
Aura volvió a sentarse. Durante un instante pudo pensar en los cinco en lugares concretos, separados por puertas y caminos, pero vivos. Después miró la placa de Salachita.
—Mauro está herido.
Shaeli se volvió hacia Tirka, que asintió. Neria resumió lo que necesitaba llevar. La kunara la escuchó y apoyó un dedo sobre el camino que conducía a la mansión.
—Silas tiene caballos junto al acceso principal. Si alguien llega de la prisión, puede sacar a las dos antes de que alcancemos la casa.
—Podemos entrar en ambos lugares —dijo Brenor.
Nashira miró la tela dibujada.
—Con tres personas en cada uno. Y después cargar a Mauro, a una niña y a cualquiera que no pueda caminar.
Brenor apartó la vista. Ambarine juntó las dos placas sobre la mesa y volvió a separarlas.
—Primero Salachita. Cuando los Fuegel estén con el sanador, iremos a la mansión.
—¿Y si llega un jinete antes? —preguntó Aura.
Nashira siguió con el dedo las dos entradas que había marcado Shaeli.
—Lo veremos por estos caminos. Si viene desde la prisión, tendremos que detenerlo antes de que alcance el portón.
—Tú, Tirka y Brenor se adelantarán —dijo Ambarine—. Vigilen los accesos y los caballos. Si intentan sacar a Erina e Iris, sigan el carro y busquen dónde cortarle el paso. No entren a la casa por su cuenta.
Tirka se inclinó para mirar la ventana señalada, pero retiró la mano antes de tocarla.
—Nos quedamos afuera.
—Hasta que lleguemos.
Shaeli señaló un cruce situado antes de la propiedad. Desde allí, una senda se separaba del camino y desaparecía detrás de un muro bajo. Nashira lo reconoció y marcó el lugar con la uña.
—Los encontraremos aquí —dijo—. Dejaremos a uno esperando cuando pueda apartarse de su puesto. Si no hay nadie, no sigan hasta el portón. Voy a dejar marcas desde el cruce hasta donde estemos.
Cael copió el dibujo. Aura lo observó inclinarse sobre la hoja, taparla con una mano y volver a levantarla para comprobar que no había confundido una bifurcación. La distancia entre las placas le parecía demasiado grande.
—¿Cuánto tardaremos?
—Depende de cómo salga Mauro —respondió Ambarine.
Aura miró a Neria. La joven había preparado su bulto junto a la entrada y ajustaba la correa del odre, que se le escapaba de los dedos. Aura quiso decir que ella podía ir más deprisa. Miró otra vez el camino dibujado entre las dos placas y se quedó callada.
Cael extendió la hoja de Salachita. Era una copia anterior al arresto de los Fuegel, conseguida a través de las personas que seguían las confiscaciones. Había marcado los destinos que utilizaba la oficina y las firmas que aceptaban en recepción. Junto a ella tenía impresos sin usar, guardados de otros traslados.
—Los detenidos por confiscación suelen ir al ala de superficie. Es donde Tirka vio a los tres. Podemos entrar llevando dos detenidas.
Aura miró a Ambarine.
—¿Quiénes?
—Tú y Neria. Orven, Shaeli y yo iremos de escolta. Cael llevará la orden.
Neria dejó de ajustar la correa de su bolsa. Aura se rozó las muñecas, recordando las manos de los guardias sobre Peryna.
—¿Y si nos separan?
—La orden tendrá el mismo destino para las dos —dijo Cael—. Voy a pedir que la escolta confirme la entrega allí.
—Si intentan llevarlas a otro sector, dejamos de fingir —añadió Ambarine.
Cael completaría los documentos mientras los demás se cambiaban. El paso por recepción les permitiría entrar al ala; el acceso por el que había mirado Tirka era demasiado estrecho para trasladar a Mauro. Aura siguió sobre el dibujo el corredor de servicio y la rampa hasta el portón de carga. Orven llevaría a los dos porteadores con la camilla por allí cuando pudieran abrirlo. El carro y el sanador esperarían fuera, en un ensanche protegido por la roca; tenían otro lugar al que retirarse si llegaba una patrulla.
—Nos van a quitar las cosas —dijo Aura.
—Las anotaré en el registro —respondió Cael.
—Y yo las buscaré —añadió Shaeli—. Muéstrame lo que llevas antes de salir.
Neria acomodó el odre de cuero dentro de su bulto de pertenencias. Comprobó el tapón y dejó la correa recogida contra un lado, sin cubrir la boca reforzada. Orven separó un atado pequeño de paños y vendas para llevarlo como equipo de la escolta; las reservas de agua quedarían en el transporte.
—Yo voy con Mauro cuando lo encontremos —dijo.
—Y tú tendrás que cubrirlos al cruzar el patio —dijo Ambarine a Aura.
Aura abrió la boca. Había preparado una protesta para cuando le dijeran que se quedara; no encontró qué hacer con ella ahora.
—¿Quieres que vaya?
—Habrá tiradores arriba. Yo tengo que abrir la salida y Neria estará atendiendo a Mauro.
Aura miró las torres dibujadas por Tirka.
—Puedo hacer una barrera. Una pequeña, si ellos van pasando...
Se detuvo. En la granja también había empezado con un espacio pequeño. Después estaban Iris al otro lado, Peryna detrás y la corriente entrando mientras ella intentaba golpear al mago.
No necesitas contarlo todo, dijo Témpora.
Aura bajó la mano de la amalgamita. La grieta seguía allí.
—No puedo atacar mientras sostengo una barrera... Si se acercan por otro lado, alguien tendrá que... avisarme. O detenerlos.
Ambarine señaló sus posiciones: ella delante, Orven junto a la camilla y Shaeli en el lado que Aura no pudiera alcanzar.
—Esta mañana pude parar cuando quise —continuó Aura—. Pero tú también te detuviste y estábamos dentro del vórtice.
—Lo sé. Afuera tendremos que ayudarte.
Neria levantó la vista.
—Yo tampoco quiero quedarme atrás con Mauro mientras todos avanzan.
—Me quedaré cerca —dijo Aura.
Cael apartó los impresos y dejó a la vista la lista que había separado.
—Hay cinco personas que nos pidieron buscar —dijo—. Sus familias están aquí. Los ingresos que pude encontrar van al ala de confiscaciones.
Aura acercó la lámpara. Cael había escrito una edad y una indicación junto a cada nombre.
—Daven, diecinueve años. Hacía entregas para un almacén. Velia es su hermana; tiene veinticuatro y llegó hace tres días. —Cael señaló la línea siguiente—. Nima tiene doce. Su padre, Darel, estuvo conmigo esta mañana. A ella la llevaron cuando vaciaron la casa; él no estaba allí.
Neria dejó de recoger las vendas.
—¿Una niña sola?
—No lo sé. Él tampoco.
Cael pasó a los otros nombres. Tavren tenía treinta y seis años; Selen, su esposa, había llevado hasta el campamento la copia de la confiscación de su hogar. Liora tenía cuarenta y siete y su hermana Enna reconoció su nombre en una de las relaciones. El último era Odren, de sesenta y ocho años. Su hija Mavia llevaba días preguntando por él.
Aura miró otra vez la edad de Nima. Cael giró la hoja para que Ambarine pudiera leerla y llamó hacia la entrada.
Velia se acercó con un hombre que Aura había visto junto a las provisiones. Él se quedó detrás de ella, apretando entre las manos un gorro pequeño. Velia llevaba el cabello atado con una tira de tela y tenía una uña oscurecida por un golpe.
—Darel —dijo Cael, haciéndole espacio—. Vamos a llevar los nombres.
El hombre miró a Ambarine antes de dejar el gorro sobre la mesa.
—No sé si la dejaron llevar nada. Este se quedó en casa. Tiene una costura por dentro que le molesta; siempre se lo pone al revés.
Aura tocó el borde sin levantarlo. Darel lo recogió cuando Cael terminó de anotar.
—Pregunten por ella aunque no salga en el libro —añadió—. Por favor.
Velia buscó la primera línea.
—Daven tiene una cicatriz aquí. —Se señaló debajo de la barbilla—. Se cayó de un carro cuando era pequeño. Si lo llaman y no contesta, díganle mi nombre. A veces cree que es mejor hacerse el que no oye.
—¿Puede caminar? —preguntó Orven.
—Cuando se lo llevaron, sí.
Orven miró hacia el transporte y salió a comprobar el espacio. Cael guardó otra hoja con los nombres junto a sus copias.
—Esta se queda aquí —le dijo a Velia—. Cuando volvamos, hay que llamar a Selen, a Enna y a Mavia también.
Ella asintió y ayudó a Darel a apartarse de la mesa. Él volvió la cabeza antes de salir, pero no preguntó nada más.
Tirka se acercó con las orejas bajas.
—Podría intentar reconocer algún olor si me dan algo suyo. Pero dentro olía a tantas personas, a agua vieja... Me costó encontrar incluso la sangre de Mauro.
Miró la placa de la mansión. Shaeli acercó la lista al registro.
—Tú vigila la casa. Nosotros podemos llamar por estos nombres y comparar el libro de dentro. —Tocó el dibujo de la galería—. El sector inferior no lo abriría; hay celdas de granulito.
Aura miró a Ambarine, que le explicó que aquel acero atraía Lay Len. Después volvió a mirar la hoja.
—¿Y si hay más personas junto a ellos?
Ambarine pasó los dedos por el borde del papel.
—Ayudaremos a los que podamos. Pero hay que preparar dónde recibirlos. Aquí ya no cabe otra tienda junto a las provisiones.
—Podemos mover esas cajas —dijo Cael.
—Para esta noche. Después necesitaremos otro lugar.
Cael llamó a Velia antes de que se alejara y le pidió que avisara a quienes preparaban las mantas. Aura siguió mirando el gorro que Darel llevaba entre las manos hasta que ambos desaparecieron detrás de la lona.
Cael y Shaeli acompañarían a los liberados cuando Mauro estuviera con el sanador. Ambarine, Aura, Neria y Orven seguirían hasta el cruce para reunirse con los otros tres. Aura miró una vez más las placas que separaban la prisión de la mansión.
—Prepárense —dijo Ambarine—. Salimos en cuanto estén los documentos.
La tienda se vació poco a poco. Cael se quedó con los impresos, inclinado bajo la lámpara; Shaeli repasó con él dónde podían exigir una firma y qué parte del registro debía mirar primero. Orven salió con los porteadores y Ambarine fue a revisar las capas de guardia.
Neria llevó el bolso hasta donde Aura había dejado su manta.
—No mezcles esto con las hierbas secas —dijo, entregándole dos paños limpios.
Aura abrió el bolso sobre las piernas. Seguían allí las notas, el ungüento y los materiales que había conservado desde su estancia con Ereel. Separó lo que Neria necesitaba y dejó sus hojas debajo de la ropa doblada. Aulita apareció entre ellas, lisa y clara bajo la luz anaranjada.
La sostuvo un momento.
En la granja vi una puerta, pensó. Si pudiera verla otra vez...
Ahora sabes adónde ir, respondió Témpora.
Aura pasó el pulgar sobre la esfera.
No quiero que me la quiten.
Shaeli sabe qué tiene que recuperar. Muéstrasela.
Aura miró hacia la tienda. Quiso volver a guardar Aulita bajo las notas, pero terminó levantándose con ella entre las manos. Neria la acompañó hasta la entrada.
Shaeli dejó de mirar el papel cuando Aura le mostró la esfera.
—También está esto en el bolso. La necesito.
La kunara la observó sin extender la mano. Se había quitado uno de los guantes. Junto al documento había un botón pequeño, de vidrio verdoso, que Aura no había visto antes.
—¿Es tuyo?
Shaeli lo recogió y lo acercó a la lámpara. Tenía el borde desportillado y solo uno de los dos agujeros seguía entero.
—Ahora sí.
Lo giró entre los dedos. La luz atravesó el vidrio y dejó una mancha verde sobre el papel.
Aura inclinó un poco la cabeza para verla.
Shaeli se guardó el botón antes de volver a mirar Aulita.
—¿Hay otra?
Aura apartó el borde de su capa y señaló la amalgamita sujeta en el interior.
—Esta, es una amalgamita que me ayuda un poco con la magia...
Cael anotó ambas por separado. Shaeli le pidió que señalara también la grieta de la piedra, y Aura tuvo que girarla hacia la lámpara para que la viera. Después la kunara se acercó al bolso y señaló el hueco entre dos prendas.
—Si pones la esfera ahí, no rodará hasta el fondo cuando lo carguen.
Aura hizo sitio con la mano. Shaeli esperó a que terminara y tomó su guante de la mesa.
—Gracias por buscarlas —dijo Aura—. A Iris y a Erina. Yo no sabía ni por dónde empezar y tú...
Shaeli la miró, confusa.
Aura no supo que decir.
Shaeli trató de ponerse el guante. Un dedo se había vuelto hacia adentro y tuvo que sacarlo otra vez. Aura bajó la vista para no quedarse mirándola.
—¿Iris pudo verte?
—No.
—Quizá habría querido saber que alguien iba a ir.
La kunara dejó de tirar del guante.
—Se acercó a la ventana cuando pasó un carro. Yo estaba junto al muro. No sé si miraba el camino o si esperaba a alguien.
Aura recordó a Iris saliendo de la casa para ver quién llegaba. Casi siempre decía algo antes de que el visitante alcanzara la puerta.
Cael les pidió que levantaran el bolso para sacar una hoja que había quedado debajo. Shaeli sujetó una de las asas y esperó a que Aura tomara la otra.
—Que quede en el mismo paquete —dijo la kunara—. No dejes que la guarden aparte.
Aura devolvió Aulita al bolso. Cuando salió, Neria revisó la tela del codo y alisó un extremo que se había doblado.
—El vendaje se queda. Si la cuerda te tira del brazo, avisa para que la acomoden.
Aura miró la cuerda que Orven había dejado sobre una caja.
—¿Nos van a atar de verdad?
—Para que parezca creíble —dijo Orven al acercarse—. Yo haré el nudo. Descuida, podrás zafarte fácil.
Le mostró cómo pasar el extremo y dejó que lo intentara con la mano sana. Aura tiró demasiado pronto; el lazo se deshizo sobre sus rodillas.
—Así está bien —dijo él—. Hazlo cuando sea el momento.
Neria probó después. La cuerda se enganchó en el borde de su manga y tuvo que recoger la tela antes de repetirlo. Aura la ayudó a doblarla; la joven le sonrió sin levantar mucho la cabeza.
—Espero que no se me olvide.
—A mí también —respondió Aura.
Ambarine apareció con una capa oscura sobre el brazo. Llevaba el cabello recogido y había dejado las prendas más reconocibles en la tienda. Se cubrió la cabeza antes de ajustar una tela alrededor del cuello; el casco ocultaba parte de las mejillas, pero Aura todavía podía reconocerla de cerca.
—No nos quedaremos conversando en el control —dijo a Cael cuando él salió con las hojas.
Él asintió y repitió en voz baja el nombre que figuraba en la orden.
Aura observó el mechón carmesí que le caía sobre la manga. Reunió una corriente pequeña y buscó el cambio que había practicado antes. El color se oscureció despacio. Neria siguió con la vista la transformación, pero no habló hasta que Aura terminó y levantó el rostro.
—También los ojos.
Aura había elegido un castaño apagado. Miró hacia Ambarine, esperando que comprobara el resultado, y la princesa se acercó a la lámpara con ella.
Un mechón carmesí se había escapado por debajo de su casco. Aura levantó la mano hacia él y se detuvo antes de tocarlo.
—Podría cambiar el tuyo también.
Ambarine miró el mechón.
—¿Sin quitarte el disfraz?
—A Peryna y a Iris se los cambié a la vez. El mío no lo tenía... pero puedo probar.
La princesa apartó un poco la tela del cuello. Aura tomó la punta del mechón entre los dedos sin soltar el cambio que sentía detrás de los ojos. Al principio solo consiguió oscurecer el extremo. Se acercó más a la lámpara, mirando el cabello de Ambarine y el que le caía sobre su propia manga.
El castaño avanzó hasta perderse bajo el casco. Neria se inclinó para comprobarlo por el otro lado.
—Todavía tienes tus ojos castaños —le dijo a Aura.
Aura soltó el mechón despacio. Ambarine se apartó un paso y el color permaneció. La princesa volvió a cubrirse el cuello, dejando fuera solo unas puntas oscuras.
—Así se ve menos.
Aura notaba el trazado sostenido detrás de la mirada. Se quedó quieta unos instantes antes de cerrar la mano.
—Cuando empiece con la defensa, se quitarán los dos.
—Para entonces ya estaremos dentro —respondió Ambarine.
Cael entregó las hojas a Orven y se las pidió de nuevo casi enseguida. Había olvidado comprobar el número de escoltas. Aura esperó mientras lo corregía; el pulso le golpeaba demasiado deprisa, aunque alrededor todos hacían cosas pequeñas: apretar una correa, asegurar un tapón, doblar una manta.
Desde la entrada llegó el aviso de que afuera el sol ya había descendido detrás de las mesetas. Saldrían con la última luz y alcanzarían la prisión de noche.
Tirka apareció junto a ella con el cabello recogido y los cuchillos curvos asegurados entre los pliegues de la ropa. Se detuvo al ver sus ojos.
—No me gusta mucho ese color.
Aura estuvo a punto de sonreír.
—A mí tampoco.
Tirka se acercó y olió el borde de su capa.
—Sigues siendo tú.
Detrás, Nashira revisaba con Brenor el camino dibujado en la tira de tela. El arquero había guardado las flechas ordinarias en el carcaj y escuchaba sin apartar la vista de las dos marcas que señalaban los accesos.
—Iris y Erina estarán esperando —dijo Aura.
Tirka intentó sonreír, pero sus orejas se inclinaron hacia los lados. Después apoyó la frente contra el hombro sano de Aura y frotó apenas la mejilla contra la tela de su capa. Dejó en ella el olor tenue de la hierba, el cuero y algo dulce que Aura no pudo reconocer.
—Así podré encontrarte. —murmuró.
Aura levantó la mano y rozó con cuidado el cabello negro entre sus orejas.
—Ten cuidado.
La cola de Tirka se curvó alrededor de su muñeca durante un instante antes de soltarse.
—Tú también. Y no dejes que Mauro intente caminar solo. Parece de los que harían eso, miau.
Nashira la llamó desde la abertura. Tirka retrocedió hasta que tuvo que volverse y cruzó detrás de ella. Brenor las siguió con el arco junto al cuerpo.
Aura observó el espacio que dejaron. Neria ajustó su bolsa sobre el hombro y se quedó a su lado mientras Orven hacía pasar el transporte. Cael protegió los documentos bajo la capa. Shaeli cruzó primero para comprobar que el camino seguía libre.
Ambarine se acercó a Aura.
—Si digo que nos retiremos, saldrás con Neria y los que hayan alcanzado el patio.
Aura sostuvo la correa del bolso.
—¿Aunque alguien siga dentro?
Ambarine tardó en responder.
—Si cierran el patio, no podré volver por ustedes.
Aura bajó los ojos hacia la mano con que sujetaba el bolso. Todavía conservaba bajo las uñas un poco de polvo oscuro del retazo de Mauro.
—No me dejes atrás sin decirme.
—Te lo diré.
Neria tocó suavemente el codo sano de Aura. Del otro lado de la abertura, Shaeli les hizo una seña con la mano. El aire exterior agitó la tela del cuello de Ambarine y trajo el olor seco de la piedra.
Aura respiró una vez y avanzó con ellas hacia la última luz.